Categoría: temas polémicos

  • Chester Bennington murió asesinado

    Chester Bennington murió asesinado

    Chester Bennington murió asesinado

    Así lo dice el encabezado de una página web estadounidense especializada en teorías de la conspiración (porque básicamente cualquier medio especializado en teorías de la conspiración es un medio de entretenimiento y no informativo). 

    Esa página web dice que el suicidio de Chester Bennington, el vocalista de Linkin Park, se dio en «circunstancias extrañamente similares» al de Chris Cornell. Por ejemplo, que ninguno dejó una carta póstuma ¡asombrosa coincidencia! y que ¡los dos murieron ahorcados! (el ahorcamiento es una de las formas más comunes de suicidio). 

    A los teóricos de la conspiración también les extraña que dos estrellas de rock de mediana edad se hayan suicidado. Dicen que es inexplicable que personas que lo tienen todo, dinero, fama, decidan quitarse la vida. ¡Algo hay detrás! Que los mataron los pedófilos porque estaban involucrados con ONG’s que buscan combatir la pedofilia y la trata de personas. Que los pedófilos son bien cabrones (eso nadie lo duda) y te pueden matar. 

    Su argumento es facilón, es una falacia de generalización apresurada: Las redes de pederastas no tienen piedad, ellos estaban haciendo algo contra la pederastía, ergo, los mataron los pederastas. 

    Los incautos que creen estas notas, muchas veces con un aire de superioridad moral (típica de los fanáticos de las teorías de la conspiración), creen saber algo que toda la gente no sabe; ellos ven más allá (la realidad es que no, sólo les cuentan una historia que suena atractiva y la creen), pero ellos mismos exhiben una visión limitada, cuadrada y cerrada al no tener la capacidad siquiera de cuestionar este tipo de teorías. 

    Por ejemplo, si Chris Cornell y Chester Bennington fueron asesinados ¿por qué no hay nadie dentro de sus círculos cercanos que sospeche algo? ¿Por qué nadie más que estos medios conspiranoicos y sus fieles seguidores sospechó nada? ¿Por qué ni sus respectivas esposas, ni sus parientes, amigos y ni siquiera sus fans nunca dijeron que había algo demasiado extraño? ¿Los pederastas los amenazaron a todos ellos? Si se trató de «un asesinato de los pedófilos», entonces ¿entraron a su casa, los mataron y simularon que fue un suicidio sin dejar ni siquiera rastro alguno? ¿Cómo es que los pedófilos entraron al cuarto del hotel de Chris Cornell? ¿Se hicieron pasar por personal de limpieza? (lo cual dudo porque Cornell se suicidó en la noche) ¿Forzaron la puerta de un hotel de cadena reconocida sin que nadie viera, escuchara y sospechara nada y a la vez sin dejar algún rastro de nada? 

    Peor aún, los conspiranoicos ni siquiera tienen la capacidad de analizar por qué pudieron tomar la decisión de suicidarse, todo tiene que cuadrar dentro de su conspiración, porque suena más atractiva y porque «saber la verdad» les da una aire de superioridad moral sobre los demás. No se molestaron en pensar en que Chester Bennington tenía problemas de adicción y que sufrió abusos en su infancia, lo cual lo llevó a escribir letras de mediana calidad para Linkin Park. No se molestaron en pensar en que la cercanía de las fechas de ambos suicidios puede explicarse parcialmente porque uno pudo motivar al otro, como reveló su compañero Mark Shinoda, quien dijo que Chester quedó devastado por el suicidio de Chris Cornell (quien además era su amigo). Menos se molestaron en pensar que muchos músicos de rock suelen tener problemas psicológicos, los cuales a veces llegan a explicar su fama y su genio dentro de la música, ni que viven en un ambiente donde el alcohol y las drogas suelen ser comunes. 

    De la misma forma, cuestionarán que una persona de clase media y con recursos económicos se suicide, cuando sabemos que en la práctica la posición económica no tiene siquiera correlación con los índice de suicidio. Asumen que no hay explicación para que alguien que esté rodeado de fama y discos de oro se suicide cuando la fama, al contrario de lo que muchos piensan, no es de ninguna forma un sustituto de las relaciones interpersonales y que con el tiempo se acostumbran a ella (para algunos incluso termina siendo un estorbo). Se les hace increíble que ambos hayan muerto ahorcados cuando en realidad es la forma más fácil de suicidarse (a menos que tenga un arma a la mano) cuando una persona está pasando una crisis de depresiva dentro de un cuarto de hotel o del cuarto de su casa. 

    Aún así, con todo esto, es más atractivo pensar en historias de fantasía que en la aburrida pero clara verdad. Los teóricos de la conspiración no muestran siquiera una prueba de que esto haya podido suceder así más que puras suposiciones y falacias de todos colores y sabores.

    Vaya, ni siquiera se molestan en respetar al que acaba de fallecer. Todo sea por clics dentro de sus anuncios de publicidad.

  • Madrear delincuentes

    Madrear delincuentes

    Madrear delincuentes

    Últimamente han circulado varios videos donde los ciudadanos se «ajustician» a los delincuentes. Uno de ellos empieza a grabar con su smartphone mientras los otros le propinan golpes y patadas al victimario; a veces hasta hacerlo bañar en sangre: ¡Qué vean todos los delincuentes lo que les va a pasar si siguen delinquiendo, que ni se atrevan!

    A veces lo amarran contra el poste y ahí le propinan una golpiza, a veces lo tiran al suelo y todos en círculo lo patean, a veces son un poco más compasivos y tan sólo lo despojan de la ropa y lo dejan completamente desnudo. Quienes ven esos videos ven la escena con júbilo: ¡Justicia al fin!

    Pero por el contrario, estas manifestaciones son reflejo de que algo está muy mal en el país. Primero, que se vive una tremenda inseguridad en muchas ciudades del país, y segundo, que las autoridades son incapaces de castigar a los delincuentes por lo cual los ciudadanos toman justicia por su propia mano. Una persona podrá, al ver esos videos, sentir una sensación de justicia y de venganza, pero que los individuos tomen justicia por su propia mano en vez de que las autoridades se encarguen de castigar al delincuente es más bien una manifestación de retroceso casi hacia un estado de anarquía.

    ¿Por qué se creó el Estado? En la antigüedad, dentro de una economía de escala en un entorno violento, quienes eran improductivos y eran fuertes atacaban a quienes sí producían pero eran débiles. Luego los que eran débiles se agrupaban para que la suma de todos ellos tuviera más poder que los fuertes que los acechaban, pero al mismo tiempo los fuertes que no producían podían agruparse no sólo para despojar a los débiles que sí producían, sino a los fuertes que sí lo hacían, encarnando así una espiral de violencia. Debido a eso, el hombre creó el Estado donde, de acuerdo a Hobbes, los individuos debieron renunciar a ciertos derechos naturales (como el derecho a matar o a robar) y cederle cierto poder al soberano para que así pudiera vivir de forma civilizada. 

    Cuando vemos a los ciudadanos golpeando al delincuente, lo que vemos es a los débiles que sí producen agrupados (débiles no tanto por la fuerza, sino porque no suelen poseer armas como los delincuentes) propinándole una lección al «fuerte improductivo». La «puesta en escena» es primitiva, es un estadio anterior a la civilización, es la ausencia del soberano, de un Estado que es incapaz de castigar, por medio de las leyes y del poder que la ciudadanía le confiere, al delincuente. Como el 99% de los delitos en México quedan impunes, no queda de otra más que hacer justicia por cuenta propia. 

    Posiblemente los ciudadanos vengativos no sean los más responsables, de hecho ellos reaccionan como lo haría casi cualquier persona que está siendo asaltada y ve la oportunidad de agruparse para defenderse. Los ciudadanos lo hacen también por impotencia, porque sienten que no tienen otro recurso y no les queda más que agredir al delincuente, filmar el acto y subirlo a las redes como forma de exposición mediática para que «todos los delincuentes vean lo que les va a pasar si se atreven a delinquir». A juzgar por los índices de delincuencia, dicha exposición mediática no tiene mucho efecto ni parece disuadirlos de seguir cometiendo crímenes.

    Promover estos videos es el camino visceral, el camino corto y más fácil, y el que más enjundia genera porque casi todos los que han sido asaltados alguna vez y ven esos videos lo disfrutan. El camino difícil y deseable es la construcción de un Estado fuerte capaz de garantizar la seguridad a sus ciudadanos. Tan no existe ese Estado fuerte que si quien se encuentra en el timón de éste (el Presidente de la República) saliera a la calle sin ningún elemento de seguridad, posiblemente sería tratado igual que los delincuentes que son golpeados en dichos videos. 

  • Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Más que hablar de izquierdas y derechas, el conflicto se centra en la batalla entre liberales (o más bien progresistas) y conservadores. En un forcejeo ideológico, ambas facciones se han apropiado de la agenda política. Si queda algún reducto ideológico bajo el cual se puedan resguardar los individuos es ese, entre los que están abiertos a todos los cambios y entre quienes quieren que se conserve el estado de las cosas.

    Lo preocupante es que lo que hemos visto es una creciente polarización entre ambas facciones donde están cada vez menos dispuestas a debatir. Ambas tienden a la radicalización, y peor aún, a elaborar juicios de valor de la otra facción desde un punto de vista maniqueo: yo soy bueno, tú eres malo.

    Por ejemplo, hace pocos días apareció un video de un pastor evangélico que se presentó en un programa de televisión en Chile y en el cual dicho pastor, enfrente del conductor abiertamente homosexual, sacó de su saco una bandera del colectivo LGBT para utilizarla como tapete, era la «bandera de la inmundicia». Lo que hizo naturalmente fue una grosería, el conductor visiblemente molesto le pidió que la quitara, y al final el pastor decidió abandonar el programa.

    Ante tal hecho, muchos progresistas señalaron: ¿ven? los religiosos conservadores son unos intolerantes, son reaccionarios que están llenos de odio y no quieren progresar. Hablan de amor y de Dios y sólo se la pasan discriminando por doquier. ¡Que se regresen a la edad media!

    Pocos días después, ante la llegada del «autobús de la libertad» que ha sido llevado a varios países por grupos conservadores para defender lo que ellos llaman la familia natural y que el Estado no les imponga la ideología de género a sus hijos, un colectivo LGBT visiblemente radical vandalizó el autobús. Lo rayaron, le pusieron calcomanías y gritaron consignas. Y ante esto fueron los conservadores los que señalaron: -Miren, ahí están los LGBT, no sólo quieren depravar y pervertir a la sociedad, son unos intolerantes, están llenos de odio y resentimiento-.

    Tanto los progresistas y los conservadores se acusan de lo peor, ambas posturas pregonan la tolerancia, pero por el contrario, ambas facciones son cada vez más intolerantes que sus opuestos. La creciente intolerancia no es tanto una manifestación de su postura política per sé ni es consecuencia de sus paradigmas sino que más bien los trasciende. La intolerancia entonces tiene más bien poco que ver con los valores que pregonan y mucho que ver con una actitud donde actúan como si fueran tribus, donde quienes están dentro son bienvenidos y quienes están fuera se convierten necesariamente en sus enemigos. Ese tipo de exclusión es el mismo que justificó los más atroces genocidios en la historia de nuestra especie. 

    Se niegan a debatir, se excluyen, se etiquetan. Ambas facciones se acusan de no respetar la ciencia, la biología, el sentido común. Se acusan de complots, de imposiciones. Todo lo ven como un ataque, todo es «un ataque a mis valores», no son ni siquiera capaces de confrontar sus ideas, de escuchar por qué el otro piensa como piensa. 

    Tergiversan de la palabra «tolerancia» porque sólo la utilizan cuando son atacados y no cuando atacan: eres intolerante cuando me atacas, pero yo no lo soy cuando te ataco porque «estoy defendiendo la tolerancia». Y cuando lo hacen, ambos creen que están haciendo un bien, porque se sienten atacados, y así entonces vemos cómo se forma un círculo vicioso.

    Nadie les dijo que tenían que estar de acuerdo, por el contrario, se asume que la democracia es conflicto y que por medio del conflicto, las posturas siempre podrán debatir y confrontar sus ideas para que el resultado de dicho debate derive en un estado de las cosas mejor. Eso no está sucediendo. 

    Así, en un mundo donde se habla de democracia, inclusión, solidaridad, integración, vemos como los individuos son cada vez menos capaces siquiera de sentarse a dialogar. Sus bienintencionadas banderas se vuelven inocuas e hipócritas ante sus actitudes. Ambos pregonan el amor por el prójimo, pero entre varios de ellos, pareciera sólo valer como prójimo aquel que pertenece a su tribu.

    Y así, tenemos una sociedad cada vez más polarizada y desintegrada. No es culpa de la doctrina ideológica del otro, sino de las actitudes propias. 

  • Peña Nieto y la Lupita

    Peña Nieto y la Lupita

    Peña Nieto y la Lupita

    Resulta que, de acuerdo a The New York Times, el gobierno mexicano espió a varios periodistas y activistas. Casi todos ellos opositores al régimen. Compraron software a una compañía que solo lo vende a los gobiernos. Al parecer, el espionaje no fue tan sofisticado porque pues todos nos dimos cuenta.

    El software insertaba malware en los teléfonos celulares de los espiados de tal forma que cuando vieran un SMS o mensaje aparentemente inofensivo su teléfono se infectara y así los espías no sólo tuvieran acceso a sus contactos, correo, agenda y demás, sino que podían activar la cámara o el micrófono no sólo cuando el espiado usara el teléfono, sino en cualquier momento. Así, los espías podían escuchar cualquier conversación que tuvieran, una comida, una plática con la familia.

    Los espías podían averiguar así quienes eran sus contactos así como sus intenciones. Incluso podían conocer su vida personal para así amedrentarlos, podían saber cual era su talón de aquiles. 

    Entre las personas espiadas se encuentran Carmen Aristegui, su hijo Emilio, Carlos Loret de Mola, Juan Pardinas, Daniel Lizárraga, Salvador Camarena, entre otros. Que Loret de Mola se encuentre dentro de los espiados podría deberse a ciertos delirios del presidente Peña Nieto quien posiblemente ya no confía en casi nadie. 

    Mientras el discurso de la élite política es la dictadura fallida de Venezuela y cómo es que con López Obrador nos convertiríamos inevitablemente en algo similar, aquí se violan derechos básicos como la libertad de expresión. Porque tengo que decirlo, este tipo de espionaje es propio de dictaduras. El hecho por sí mismo vulnera la democracia y la pone en entredicho. Nuestros gobernantes siguen insistiendo en Venezuela, que hay que denunciar lo que pasa allá, pero hay que callar lo que pasa aquí.

    Lo que más me llama la atención es que la oposición brilla por su ausencia en este tema, los que se supone deberían de ser un contrapeso no han emitido declaración alguna. Ahí están los periodistas defendiéndose solos. Como lo señaló Juan Pardinas del IMCO (uno de los espiados) «somos los nuevos enemigos del Estado». El enemigo parece no ser solamente el Gobierno Federal sino toda la clase política cómplice con su silencio.

    Los periodistas intentan hacer ruido para que la prensa en la medida de lo posible tome nota. Los medios digitales, más independientes, replican inmediatamente el caso; los más «tradicionales» intentan ser más discretos aunque el escándalo es lo suficientemente grande como para no abordarlo. Mientras en Estados Unidos el escándalo es primera plana, en nuestro país se intenta que la nota sea lo más irrelevante posible. 

    El gobierno, de forma casi cínica, responde y dice que no espió a nadie cuando todo está bien documentado. Peña Nieto habla en la cumbre de la OEA, también de forma casi cínica, de la libertad de expresión y de la democracia, mientras su propio gobierno vulnera sus principios más importantes: la libertad de expresión y la libertad de prensa. 

    Mientras desaparecen periodistas (algunos víctimas del narco, o incluso de gobernadores) el Gobierno Federal no sólo no les garantiza seguridad ni hace nada por ellos, sino que los espía, los vigila, los amedrenta. Carmen Aristegui tenía la razón al indignarse: ¿cómo se le puede ocurrir al gobierno de Peña Nieto a espiar a un hijo suyo, quien ni siquiera es mayor de edad?

    Nos tendríamos que preguntar si podemos seguir considerando a México una democracia funcional: una clase política se representa a sí misma, el regreso de las elecciones fraudulentas, gobiernos que espían o amedrentan, periodistas a quienes no se les puede garantizar la libertad de prensa. Si bien, Venezuela está peor que nosotros (sobre todo por el estado de su economía) creo que nuestra clase política está perdiendo autoridad moral incluso para denunciar lo que está pasando en ese país. Hacerlo es un acto de cinismo cuando en México no son capaces de garantizar derechos elementales. 

    Preocupados en el discurso por el ascenso de López Obrador, ellos mismos llevan a cabo en la práctica todas esas amenazas que alertan, el deterioro institucional, el autoritarismo, la falta de libertad de expresión. La democracia y el Estado de derecho se están pervirtiendo, pareciera que vivimos un retroceso, como si el gobierno aspirara a restaurar la hegemonía (abra el Spotify y póngale play a la Marcha Imperial de Star Wars) bajo la cual vivió durante varias décadas.  

    Pero hasta López Obrador calla y se mantiene en silencio. 

    Y nos dimos cuanta que ciudadanos tenemos que representarnos solos. Peor aún, el gobierno pretende acorralarnos cada vez más. Parece que tendremos que construir nosotros lo que asumimos que ya estaba construido.

  • Léelo antes de que linches a un millennial

    Léelo antes de que linches a un millennial

    Leelo antes de que linches a un millennial
    Fuente: State Farm / Flickr

    En los últimos tiempos se ha vuelto una moda linchar a los millennials. Se ha vuelto un deporte.

    Ciertamente, como ocurre con muchas generaciones, la de los millennials tiene defectos y rasgos negativos. Podrían criticarse o señalarse tales rasgos, pero atreverse a condenarla me parece un craso e irresponsable error, y explicaré por qué:  

    Se ha dicho que son unos buenos para nada, que no tienen ideales, que se la pasan pegados a sus gadgets, que son una generación perdida. Y se dice como si ellos fueran los culpables, como si ellos se hubieran puesto de acuerdo para condenarse a la autoperdición. 

    En esta tesitura, me llamó la atención la columna de Antonio Navalón donde dice que lo más que han llegado a hacer es crear filtros para Instagram; columna, que por cierto, generó una gran polémica. Navalón, como «adulto grande» (el pleonasmo es a propósito) condenó a los millennials categóricamente:

    Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo.

    Antonio Navalón dice que su generación no quiere hacerse responsable del «fracaso que los millennials representan». Lo paradójico del caso es que fue su generación la que los crió y educó. Y no sólo eso, la suya fue la que les creó el mundo en el que viven, tanto en lo político, en lo social, como en lo tecnológico. Personas como Antonio Navalón pretenden ver a los millennials como algo ajeno a ellos cuando en realidad son producto de lo que su generación engendró.

    Si la generación de los millennials es tan vacía, lamentable y hasta catastrófica como los «adultos grandes» nos lo quieren pintar, entonces deberían ser igualmente estrictos con ellos mismos y responsabilizarse sobre el «monstruo que ellos engendraron». Ellos educaron a los jóvenes que se la pasan pegados a los smartphones.

    De la misma forma puedo hablar sobre el terreno político. No quiero de alguna forma justificar que, por ejemplo, los millennials del Reino Unido hayan sido lo suficientemente apáticos como para que ganara el sí al Brexit, pero también habríamos de preguntarnos si las estructuras políticas actuales (justo acababa de escribir un artículo sobre su relación con la política) son capaces de representar y comunicarse efectivamente con los millennials. Habríamos de preguntarnos si la apatía es una simple indiferencia o flojera de ellos, o si bien ellos se sienten ignorados por unas estructuras políticas ensimismadas y poco dispuestas a renovarse.

    Porque por ejemplo, es paradójico que en nuestro país se perciba una profunda apatía de los jóvenes cuando de salir a votar se trata, pero al mismo tiempo haya más jóvenes que nunca involucrados en organizaciones civiles y colectivos de participación ciudadana. Incluso, algunos de estos últimos forman parte de los primeros (participan activamente en temas ciudadanos pero no salen a votar porque no se sienten representados). 

    En el tema tecnológico y de emprendedurismo Navalón dice que la mayor aportación de los millennials son Apps y filtros de Instagram (ignora que Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, entra dentro de la categoría de los millennials). Ciertamente, los millennials tienden a ser más inestables cuando de empleos se trata y también son algo más indisciplinados que su antecesores, pero decir que no aportan absolutamente nada es un tremendo error que puede ser evidenciado fácilmente; e incluso algunos de dichos defectos parecen ir en consonancia con el entorno en que viven (y que crearon aquellos como Navalón que los condenan): por ejemplo, es casi un sinsentido esperar que un joven sea leal a la empresa donde trabaja como lo fueron los adultos cuando el mercado es muy cambiante y cuando ya ha dado por sentado que tendrá muchos trabajos a lo largo de su vida. 

    Así, los millennials son producto de su entorno y de sus circunstancias. Mientras los «adultos grandes» como Antonio Navalón se enclaustran en la nostalgia con el recurrente sesgo cognitivo de que lo pasado siempre fue mejor, los millennials, con todas sus virtudes y sus limitaciones, intentan crear un proyecto de vida dentro del mundo que sus antecesores les heredaron; ellos fueron los que les crearon este mundo posmodernista donde todos los simbolimos que les puedan dar una identidad son considerados constructos sociales; ellos fueron los que construyeron y diseñaron los gadgets a los que se la pasan pegados. Los grandes construyeron un mundo, y ahora se quejan de sus consecuencias. 

  • Cómo quisiera poder vivir sin aire

    Cómo quisiera poder vivir sin aire

    Cómo quisiera poder vivir sin aire

    La ciencia es la manifestación suprema del hombre como individuo terrenal.

    Lo es porque la ciencia es el producto de sus más altas capacidades cognitivas. La ciencia no es perfecta en tanto el ser humano no es perfecto, pero tiene la capacidad de autolimitarse, regularse y de ponerse a prueba a sí misma a través del método empírico. Es decir, la ciencia no puede ser producto de arrebatos y arbitrariedades, ella misma funge como filtro ante las ocurrencias de nuestra especie. 

    La única forma en que se puede negar a la ciencia es con más ciencia. Si alguien duda de alguna teoría o hipótesis, debe plantear otra nueva que evidencie la hipótesis anterior y la sustituya. Quien pretenda negar a la ciencia fuera de esa dinámica es un charlatán.

    Pero esa negación, tomando en cuenta que el progreso humano y su autosustentabilidad tiene como base a la ciencia misma (y claramente a la filosofía que no contradice a la ciencia sino que le da sustancia), puede ser muy peligrosa. 

    Lo que acaba de hacer hoy Donald Trump es una rotunda negación de la ciencia. El cambio climático no es un concepto esotérico ni una arbitrariedad, es un hecho comprobable a través de la ciencia. Salirse del acuerdo climático de París es una de las decisiones más bárbaras que ha tomado Estados Unidos desde hace tiempo. 

    El pobre Donald Trump no entiende a la ciencia, básicamente porque su ignorancia y su desmedida ambición pesa más que la razón, porque el beneficio inmediato (si es que hay un beneficio tangible) importa más que la sustentabilidad a largo plazo. No entiende, el pobre Donald, que si no se toman medidas enérgicas (parte de la razón de ser del tratado) al planeta se lo va a cargar el payaso. Por ejemplo, se estima que en algunos años o décadas las principales ciudades del mundo tendrán un clima más cálido que cualquier otro año hasta 2005

    La ciencia es tan evidente que muchas empresas estadounidenses se opusieron a esta medida (porque recordemos que Trump busca, entre otras cosas, aumentar la productividad en su país al deshacerse de los «represivos protocolos ambientales»). Empresarios como Elon Musk y el CEO de Disney decidieron renunciar a los consejos consultivos de la Casa Blanca

    Nuestros antepasados creían que con el avance de la ciencia, la charlatanería terminaría siendo una anécdota histórica. Creían que bastaba con demostrar que algo era cierto o erróneo para que se estableciera de esa forma. Nos hemos dado cuenta que no es así, mucho de lo que ya puede ser afirmado o negado categóricamente por medio de la ciencia es ignorado (a veces de forma deliberada) para así crear una «interpretación alternativa» de la realidad, a pesar de que las evidencias son claras. El menosprecio por la ciencia que tienen algunos sectores de la sociedad estadounidense se ha traducido en políticas públicas tangibles. El dogma que puede ser fácilmente evidenciado ha logrado imponerse sobre la razón.

    La decisión de Trump hará mucho daño al planeta tierra (por el tamaño, importancia y el peso económico del país al que gobierna), un planeta cuyo ecosistema ha visto deteriorarse por la supremacía del ser humano sobre todas las demás especies. Justo cuando empezamos a tomar responsabilidad sobre ello, y justo cuando posiblemente lo hicimos tarde, la ambición de un líder, alimentado por la ignorancia y el dogma, pueden comprometer la sustentabilidad de nuestro planeta en un futuro que ya no es tan lejano.

    Y claro, la reacción de la comunidad internacional apareció al instante: 

  • El pobre es pobre porque quiere

    El pobre es pobre porque quiere

    El pobre es pobre porque quiere

    Pepe es un clasemediero (posiblemente esté condenado toda su vida a ser clasemediero).

    A Pepe le gusta mucho leer esos libros para cambiar y mejorar su relación con el dinero, ama a esos autores que presumen vastas riquezas a pesar de que la mayor parte es producto de las ventas de sus libros. Así, Pepe carga un libro de Robert Kiyosaki en su mano y afirma de manera categórica:

    – Los pobres son pobres porque quieren, los pobres deben de cambiar su actitud. Los ricos, en cambio (él no es rico) tienen una actitud positiva, se esfuerzan, saben ahorrar y «no tienen un problema personal con el dinero», no le tienen miedo. De hecho, hacen que el dinero trabaje para ellos -.

    Pepe trae datos para sostener su argumento. Dice, que leyó un estudio que decía que mientras los ricos ahorran dinero, los pobres se gastan los recursos que tienen enfrente, no tienen una cultura del ahorro. El estudio que leyó no es falso y tiene rigor académico.

    Pepe dice: -Ahí está, es su culpa. Ellos no tienen una cultura del ahorro, no se han molestado en aprender a entablar una «mejor relación con su dinero».

    Así, Pepe presume todo aquello que le ha forjado (según él) una actitud de éxito que le permite (según él, nuevamente) criticar de forma altiva a los pobres. Pepe presume sus cursos de superación personal, su diplomado de educación financiera, todos ellos con un costo no módico (que tal vez le pagaron sus papás): – yo me he molestado en tomar estos cursos, en educarme continuamente, y los pobres nada más no lo hacen, – se dice. – Yo sí me esfuerzo por salir adelante, ¡es la actitud, es la mentalidad! – Insiste.

    Pepe, el clasemediero altivo kiyosakista-multinivelista nunca se preguntó si aquel joven pobre al que desprecia tuvo no sólo el dinero para pagar todos esos cursillos que presume que «cambiaron su mentalidad de víctima a tomar las riendas de su vida» sino el tiempo o incluso el conocimiento de que esos cursos existían. Tampoco se preguntó si él, clasemediero que es, soportaría física o psicológicamente un trabajo de «pobres con actitud negativa que no le echan ganas a la vida» de 10 horas diarias en una construcción o el de la señora del aseo del Estado de México cuyo traslado de su casa a la casa de su patrona en la Colonia del Valle es de dos horas y que tiene que barrer y trapear toda una residencia para después hacer de cocinar.

    Aún así, Pepe se pregunta: – ¡A ver! ¿por que la muchacha de mi casa no ha aprendido a hacer networking? A mí me va bien (no le va tan bien en realidad) gracias a mis conectes y mis relaciones -.

    La cultura del pobre es diferente al del clasemediero y al del acaudalado, eso no queda duda. Los patrones de comportamiento son diferentes. Pepe insiste en que es cuestión de actitud. 

    – Es que a cualquier persona que le echa ganas a la vida le va bien, es cuestión de esfuerzo y nada más. 

    Después de rechazar una invitación de una organización civil que ayuda a los pobres precisamente para darles esos conocimientos que tanto él presume y así tengan mayores posibilidades de movilidad social (eso de ayudar no le gusta porque le quita tiempo para el business), sale a pasear a una colonia opulenta donde decidió no comer porque los costos de los restaurantes eran prohibitivos (dijo que su conciencia kiyosakiana le susurró al oído que tenía que practicar la cultura del ahorro, lo cierto es que no tenía dinero). En eso un joven acaudalado, parte de las élites de la ciudad, se le queda viendo y se dice a sí mismo:

    – Ese clasemediero es clasemediero porque quiere y porque no tiene pantalones. Leyendo a Kiyosaki, que loser. Si se hubiera esforzado como yo me maté cuando estudié en la escuela de negocios de Harvard, no sería un vil clasemediero. De verdad, cómo no tiene la visión para irse a Estados Unidos y tomar los congresos de negocios del MIT. Sí, son caros, pero pues que se ponga a trabajar para pagarlos. Le falta esa actitud que los acaudalados tenemos. 

  • Un borracho que conduce un automóvil

    Un borracho que conduce un automóvil

    Un borracho que conduce un automóvil

    Siempre me he preguntado: ¿Por qué en la actualidad, cuando hay tantas apps, cuando se han hecho miles de campañas de concientización, la gente sigue manejando en estado de ebriedad?

    Sé que me preguntarán por qué no estoy escribiendo sobre lo que sucede en Siria (hablaré de eso en un artículo posterior), o sobre el nombramiento de Paloma Merodio. O que por qué me tardé en escribir sobre el tema (mucho trabajo y preparación para exámenes, la razón). Pero me pareció imperativo hablar de ello, porque este es un problema serio.

    Tuvieron que morir cuatro personas en Reforma para que se hablara del tema. Tuvo que llegar una persona inconsciente (quien subió a cuatro personas a su automóvil a quienes no conocía, y quien fue el único que se salvó después de que su BMW se partiera a la mitad) para que se volviera a hablar de los peligros que implica conducir en estado de ebriedad. 

    Villuendas Adame salvó el pellejo, pero tendrá que enfrentar a una justicia que tendrá que ser implacable con él. Los demás quedaron tirados y desmembrados en Reforma. Las imágenes tuvieron que ser muy explícitas, la tragedia tuvo que ser de tal magnitud (que los cuerpos hayan quedado mutilados, que haya ocurrido sobre la avenida más importante del país) para que pusiéramos un poco de atención.

    México ocupa el séptimo lugar en el mundo de muertes por accidentes automovilísticos donde el conductor iba en estado de ebriedad. 24 mil personas mueren anualmente por accidentes relacionados con el alcohol. No son cifras de las cuales podamos sentirnos orgullosos, pero tienen una razón de ser.

    Evitar este tipo de problemas es muy fácil, alternativas hay muchas: Si vas a tomar, puedes dejar tu coche en casa y pedir un Uber. Si te llevaste tu coche y tomaste, puedes regresar a tu casa en Uber o taxi y regresar el siguiente día por tu automóvil, o bien, pueden elegir de entre todos los amigos a un conductor designado. Si vas a tomar a casa de uno de tus amigos y traes coche, puedes quedar a dormirte ahí y regresarte el siguiente día en automóvil. Algunos establecimientos inclusive ofrecen facilidades para evitar que la gente se vaya tomada.

    Aún así, con todo esto, muchas personas prefieren regresarse en estado de ebriedad a sus casas. Algunos aseguran que conducirán con cuidado y no jugarán a las carreras (como si eso fuera suficiente), algunos otros ni eso. No son pocos quienes conducen a toda velocidad para así poder reafirmarse a sí mismos, como los «cabrones que le hacen al vergas». 

    En lugar de tomar conciencia y evitar poner en riesgo la vida de los demás, muchas personas buscan evadir la ley. Entran a Fan Pages de Facebook y medios similares que les dicen donde están colocados los retenes de alcoholemia para así evadirlos. Es triste ver que muchos conocidos míos utilizan esos recursos. 

    A veces las excusas son absurdas. Dicen que los retenes de alcoholemia son injustos, que casi no te dejan tomar (como si no pudieran optar por una de las tantas alternativas que ya he mencionado), que incluso son muy caras las multas porque dicen, es dinero que va a ir a las manos de los políticos corruptos. Se quejan de la corrupción, pero ellos también la ejercen al evadir la ley y poner la vida de las demás personas en riesgo.

    Un auto es como un arma, todas las demás personas que se trasladan de cualquier otra forma en la vía pública se encuentran en una situación más vulnerable a la del conductor: ya sea un ciclista, un motociclista o un peatón. Por eso se insiste que los más vulnerables (empezando por los peatones) tienen mayor preferencia, que el automóvil debe dejar pasar al peatón y no al revés. Lamentable, dentro de nuestra cultura y nuestros paradigmas retrógradas, la regla (y no la excepción) es que quien tiene un automóvil se siente superior a los demás, siente que puede meterse por cualquier lado y romper todas las leyes que le sea posible.  Si a eso le sumamos el alcohol y nuestra poca inclinación a respetar la ley (y luego nos quejamos de que los políticos hacen lo mismo), entonces es comprensible que seamos el séptimo país del mundo por más muertos por conducir en estado de ebriedad.

    Y se trata de algo que sólo requiere una pizca de sentido común y de respeto a las demás personas. Evitar conducir tomado es algo muy fácil, aún así, muchas personas siguen poniendo en riesgo la vida de los demás.