Categoría: temas polémicos

  • Priansplaining

    Priansplaining

    Priansplaining

    Hay algunos seguidores de López Obrador que conozco y que son razonables: ellos están muy abiertos al debate y he discutido con ellos de forma civilizada. Pero a veces temo que sean la minoría. 

    La constante, al menos por lo que veo en las redes sociales, es que no. Pareciera que muchos de sus seguidores intentan crear un clima donde es «políticamente incorrecto» criticar a López Obrador (aunque no siempre lo hagan de forma deliberada) y eso es preocupante ya que los seguidores dicen algo de su líder. Esto no ocurre, al menos en esa magnitud, cuando uno hace crítica de otros actores políticos. 

    Si bien no son los únicos que se comportan de forma agresiva (sus contrapartes muchas veces suelen ser agresivos con ellos utilizando términos despectivos como «chairos»), y si bien es cierto que los otros actores pueden introducir ruido en la red para desviar la conversación (como los infames bots del PRI) sí son quienes más acostumbran a hacer juicios morales y a «vigilar» lo que están opinando los demás. Si las críticas hacia AMLO empiezan a circular en las redes, ellos se ponen en acción. Parecen no distinguir entre un ataque propagandístico en contra de AMLO y las opiniones críticas hacia el tabasqueño, o entre un analista pagado (que los hay) y uno que simplemente quiso hacer una crítica, el trato es casi igual. 

    Haz un ejercicio, busca un artículo crítico de AMLO escrito por alguna persona que consideres razonable (es decir, descarta a Ricardo Alemán, Pablo Hiriart y a todos esos columnistas por consigna). Puedes utilizar Twitter para hacer ese ejercicio, es la herramienta indicada. Observa con detenimiento los comentarios: están llenos de personas que cuestionan incluso la integridad de los columnistas (crítico de AMLO = PRIAN = corrupto) y les exigen probidad, en su muy personal definición de lo que la probidad es (simpatizar con AMLO y no cuestionarlo).

    Los juicios morales abundan. Es muy común que, por ejemplo, te cuestionen porqué has escrito más artículos críticos de AMLO que de Meade en la última semana, aunque eso se explique por razones coyunturales. A veces me ha ocurrido con algunos de sus seguidores que ni siquiera se dan la tarea de contar bien y les tengo que hacer la tarea.

    Algunos de ellos están a la expectativa de lo que vas a publicar, aunque digan que eres un «analista muy chafa que no vale la pena», están ahí esperando un tuit crítico de López Obrador para contraatacar. A veces los cuestionamientos tienen un componente falaz; me ha llegado a ocurrir que cuando cuestiono a AMLO me dicen ¡y por qué no dices nada de Peña Nieto, vendido! Cuando mi tuit o artículo que le antecede a ese precisamente era una crítica al gobierno de Peña. 

    Recurren de forma constante a los juicios ad hominem, ya no es la crítica en sí a la que tratan de desarmar, sino al mensajero. Si cuestionas el programa de gobierno de AMLO, no llegarán a decirte, como sucede en muchas ocasiones, por qué tu crítica sobre dicho programa está mal. Simplemente cuestionarán tu persona: eres un vendepatrias, te pagan, estás manipulado por los medios. 

    Hay quienes (sin éxito) intentan despojarte de cualquier autoridad moral como esperando a que ya nadie te lea o te haga caso: que si critico a AMLO es porque tengo un interés oscuro en ello, que tal vez alguien me paga, que si la mafia del poder esto o aquello, que «Televisa me idiotiza» (vaya, yo ni televisión veo). Así esperan que cuando cualquiera te lea, haga un juicio a priori antes de leer tu texto. 

    Yo puedo ver esto con algo de gracia, pero no sé si sea lo mismo para los analistas a quienes este tipo de cuentas persiguen y hostigan, quienes en muchas ocasiones suelen sacar de contexto afirmaciones de quienes consideran sus adversarios. Un caso muy ejemplar es el de León Krauze, quien escribió una nota donde dijo que la campaña de López Obrador debía de tener cuidado con la injerencia rusa. La petición era razonable ya que los rusos han estado interviniendo en varios países a favor de los candidatos que sean o parezcan lo más opuestos a los intereses de Washington (aunque lo sean de forma moderada, como creo, es el caso de AMLO, quien no parece tener un discurso agitador en contra del país del norte). Sus seguidores tergiversaron, tal vez de forma deliberada, lo que León Krauze quiso decir, y afirmaron que había dicho que los rusos estaban detrás de López Obrador con el fin de desprestigiarlo. Pero León nunca afirmó que estuvieran detrás de él, solo dijo que AMLO tuviera cautela con la posibilidad y tomaran medidas al respecto. 

    Lo mismo ha ocurrido con Jesús Silva-Herzog, a quien han acusado de charlatán, e incluso llegó a ocurrir lo mismo con Julio Astillero, a quien increparon cuando el columnista de la jornada cuestionó el conservadurismo social de López Obrador. 

    Nadie se ha salvado de esta «persecución», ya ni siquiera Carmen Aristegui, tal vez con excepción de los columnistas muy afines a López Obrador como John Ackerman o Genaro Villamil, porque básicamente nunca lo cuestionan. 

    Y la realidad es que nadie debería escribir para complacer a nadie. Me atrevo a decir que sería buen negocio darle la razón a sus seguidores. Algunos columnistas y hasta Youtubers tienen muchos seguidores porque básicamente les dicen lo que quieren escuchar. Habemos muchos otros que nunca vamos a amoldar nuestras opiniones para «quedar bien con los demás» porque, para empezar, es algo intelectualmente deshonesto.

    Seguramente este artículo me va a costar algún que otro unfollow, lo cual no me molesta en lo absoluto. Por el contrario, porque lo que menos aspiro con este sitio es crear una cámara de eco.

    ¡Sapere aude!

  • Hoy, no felicites a las mujeres

    Hoy, no felicites a las mujeres

    Hoy, no felicites a las mujeres

    Felicitar a la mujer en este día es un despropósito. El Día Internacional de la Mujer no es un cumpleaños ni siquiera es un aniversario. Este día, por el contrario, es uno de reflexión.

    Por eso es que, aunque a varias personas les moleste, está de más felicitarlas, mandarles flores y decirles lo hermosas que son, que hacen de comer muy rico, etcétera. Si se piensa que esa es la manera de abordarlas en este su día, entonces es que no se ha entendido nada e incluso se va en sentido contrario de lo que se busca en este día.

    Para nosotros los hombres, este debería ser un día de reflexión y, sobre todo, de empatía hacia ellas. Incluso debería ser un día de confrontación personal. 

    Y hablo de una empatía real, no de ver «cómo me subo al tren del mame para ver cómo quedo bien con ellas», y eso incluye que los hombres revisemos nuestra conducta hacia ellas. Por eso muchos hombres se frustran, porque creen que ellos son los que deciden cómo es que hay que felicitar a la mujer, pero la verdad eso es un absurdo ya que si quieres felicitar o reconocer a alguien, es pertinente hacerlo de tal forma que la persona que es objeto de dicho reconocimiento se sienta bien. 

    De verdad, el día de hoy (y más bien todos los días) deja de pretender que te quieres sumar porque quieres ligar. Deja al lado las pretensiones y sé empático con ellas: platica con ellas sobre qué es lo qué es lo que les molesta, qué es lo que les preocupa, sobre qué es lo que quieren y si sienten que el mundo que tenemos hoy es justo con ellas. Platica, y sobre todo, escucha lo que las mujeres tienen que decir sobre los feminicidios, sobre aquellas veces que temen subirse a un taxi o a un Uber por miedo a que vayan a ser acosadas sexualmente. Escucha lo que tienen que decir sobre la veces que han sido abusadas por un hombre (porque la verdad, los hombres somos muy torpes al tratar de entender el impacto psicológico que ello les causa), las veces que han sido limitadas personal o profesionalmente por su género. 

    Entiendo muy bien que se pueda ser crítico o se tenga discrepancias con ellas y es completamente válido, como se tiene con cualquier persona. Pero uno tiene que asegurarse que dichas críticas no tengan la intención de reducir o subestimar a la mujer por su género, ni de limitarlas. El día de hoy revisa bien esas conductas que tienes ahí muy internalizadas, date cuenta que cuando dices «a las mujeres no hay que entenderlas, hay que amarlas» te ves bien pendejo, ya que estás subestimando su inteligencia. Tampoco digas «la violaron porque iba vestida así», es una ofensa e incluso una injusticia. Y de verdad, por el amor de Dios, deja de decirles piropos como «ay mami, estás bien chula, ay ese cuerpecito». Si otra persona te pone un buen moquetazo por hostigar así a una mujer, nadie tendría por qué defenderte. Si discrepas con ellas, no las insultes ni les digas feminazis; aprende a debatir y a dialogar de forma civilizada, aprende a establecer puentes de diálogo.

    Y repito el ejemplo que he puesto en este blog para que entiendas lo torpes que solemos ser cuando queremos «entenderlas» (así, entre comillas). Muchos hombres dicen que las mujeres exageran y alardean ante el acoso sexual. Ahora imagínate que tú, como hombre, entras a un bar y tres personas afroamericanas fornidas de más de dos metros te empiezan a tirar la onda y a decirte «ay papi chulo, eso que tienes allá abajo yo lo quiero» (para que comprendas el efecto que la fuerza de un hombre tiene sobre el de la mujer). ¿Cómo te sentirías? Amenazado o aterrado es lo menos que podrías decir. Y aún así solo habrás entendido una parte, ya que uno de los temores más grandes de las mujeres es ser violadas, no solo por el mero acto, sino por el juicio de la sociedad que recae ante ellas. 

    Históricamente, las mujeres han sido relegadas a un segundo plano: «el otro» como le llamaba Simone de Beauvoir. Incluso, en lo que la anatomía se refiere, se intentaba justificar que la mujer era algo así como un complemento del hombre, él como un ente activo y ella como un ente pasivo. Durante muchos siglos prevaleció la creencia de que la mujer era un «hombre invertido» para justificar la supremacía del hombre en el quehacer público. Y si bien en los últimos siglos, sobre todo con el advenimiento de la Ilustración y la democracia, la mujer ha ganado muchos espacios y la disparidad de género es mucho menor que antes (algo que se debe reconocer), todavía no podemos hablar de sociedades completamente equitativas, sobre todo en México. Reminiscencias de esos paradigmas siguen dentro de nuestra sociedad: hombres machos que golpean a las mujeres, hombres que las acosan sexualmente, que no las dejan avanzar profesionalmente por su género. 

    No tienes siquiera que estar siempre de acuerdo con todas la corrientes feministas ni tienes que presumir ser un aliado feminista (se es, no se presume), la discrepancia es válida (que no es lo mismo discrepar y ser crítico que imponer tu visión) y algunas de las diferencias que he tenido las he expresado en este sitio. Pero es trabajo tuyo revisar esas conductas que afectan a las mujeres, es tu trabajo reconocer que estos paradigmas herencia de una sociedad histórica patriarcal prevalecen y hay que reconocerlos para así combatirlos: debes reconocer que las mujeres no son objetos sexuales ni mucho menos que están a tu servicio ni que son tus criadas, reconoce que a la mujer no puedes callarla por ser mujer, que si una mujer que te gusta te dice que no, no debes insistir y debes respetar su espacio. Tal vez no sea tu culpa que tengas varias conductas internalizadas que no sabías que les molestan o las subestiman, pero sí es tu responsabilidad ponerte a chambear para reconocerlas y cambiarlas. Por eso, escúchalas, dialoga con ellas, interésate genuinamente en ellas. 

    No se trata, en lo absoluto, de despojarte de tu masculinidad. Se trata, simplemente, de dejar de ser machista. 

    Y eso ya ni se trata siquiera de feminismo sino de simple sentido común y de equidad. Y por el contrario de lo que reza esa ridícula frase, sí, a las mujeres hay que entenderlas. De hecho, los hombres desconocemos más a las mujeres de lo que pensamos. 

    Y de verdad, deja de pretender que te sumas a su causa, que eres un aliado, para ver si así ligas. No las felicites, si ellas no quieren ser felicitadas en este día, entonces ¡no lo hagas! En vez de eso, escúchalas, lee sobre lo que ellas tienen que decir, y sobre todo, actúa en vez de presumir. 

    Y si no puedes hacerlo, al menos no te tomes la molestia de «subirte al tren del mame». Muchos te lo agradeceremos. 

  • Los pirrurris contra los prietos. Crónica de la discriminación

    Los pirrurris contra los prietos. Crónica de la discriminación

    Los pirrurris contra los prietos. Crónica de la discriminación

    Si con algo me quedo de la precampaña es con la incapacidad que muchos tienen de separar el razonamiento de sus simpatías partidistas, el sesgo es enorme. Muchos, incluso algunos de esos que presumen ser expertos, hacen maromas y contorsiones intelectuales para poder justificar a su candidato o partido político. 

    En este contexto se dan las declaraciones de López Obrador al llamar pirrurris y fifí a Jesús Silva-Herzog, y la otra declaración que a mi parecer es más grave, la de Enrique Ochoa Reza, el presidente del PRI, al llamar prietos a los priístas que migraron a MORENA.

    Primero: los dos son actos de discriminación. La declaración de AMLO es, al menos, clasista, ya que se está refiriendo a Silva-Herzog de forma despectiva por su posición social. La declaración de Enrique Ochoa Reza no sólo es clasista, más bien es racista. Aunque trate de justificarse como lo hizo en Twitter, cualquier persona sabe que la palabra prieto tiene una connotación peyorativa hacia las personas de todo de piel oscuro y, por tanto, debió abstenerse de usarlo. 

    Segundo: La declaración de Ochoa Reza es, a mi parecer, más grave que la de López Obrador, pero eso tampoco implica que se debe relativizar (como varios hacen) las declaraciones del tabasqueño ya que no dejan de mostrar desprecio y discriminación.

    Digo que es más grave porque podría hacerse el siguiente ejercicio: podemos ir a alguna calle de Polanco y decirle a alguna persona desconocido de dinero pirruris o fifí y la respuesta tal vez sea una risa e incluso podrá reafirmarlo como persona: ah mira, me dijo pirruris, pues claro, si yo tengo baro y ese pendejo no; o, en el peor de los casos, si le llega a molestar, dirá que el que le dice eso es un resentido o envidioso. 

    Aún así no deja de ser un acto de discriminación y una falta de respeto en contra de otra persona, más cuando se hace un juicio ad hominem de otra persona con base en su posición social como hizo López Obrador. 

    https://www.youtube.com/watch?v=bbwFXo43nPw

    Pero si vamos por la calle y le decimos prieto a una persona de tez morena que no conocemos, la respuesta no va a ser la misma. Posiblemente recibamos un gesto de desaprobación, un insulto o hasta un golpe. 

    La diferencia estriba en que una de las personas aludidas se encuentra en una posición de privilegio y la otra no. El «pirruris» jamás se sentirá mal por su posición social ni su color de piel ya que ha sido históricamente dominante en nuestro país en el cual los españoles y los criollos siempre han estado en la parte superior de la pirámide en tanto las personas morenas suelen estar más bien en la base. Si bien, en la actualidad esto no siempre se cumple, sí existe una marcada tendencia, la suficiente como para que relacionemos al blanco con las clases altas y al moreno con las clases más bien bajas. 

    Otra cosa que me llama la atención de todo esto es el grado al que está internalizado el racismo en nuestro país. El adjetivo molesta cuando el insulto es explícito (que alguien en la calle te diga prieto) pero no siempre ocurre cuando alguien hace una mofa de la gente de tez morena. Hasta hace poco no se hablaba mucho de ello a pesar de que nuestro país es muy racista. Pero no solo está internalizado dentro de «los de arriba» sino también en «los de abajo»:

    Si yo estuviera frente al estrado en un mitin en Estados Unidos donde hay varias personas de color y yo pronunciara tan solo la palabra nigga, recibiría insultos, tal vez intentos de agresión y una gran cantidad de desaprobación. Pero cuando Ochoa Reza hizo su lamentable declaración no se escucharon manifestaciones de indignación (si algo abundan en los mítines del PRI es gente de tez morena), inclusive algunos de ellos rieron.   

    Tienen razón quienes dicen que estas declaraciones (tanto las de AMLO como las de Ochoa Reza) fomentan la división, pero yo más bien diría que exhiben una realidad que siempre hemos querido ocultar «tapando el sol con un dedo». Ese es el México de de veras, el que también explica por qué somos una sociedad tan desigual. Una sociedad donde muchos blancos y privilegiados son muy racistas y clasistas con los pobres y morenos, pero donde también la discriminación ocurre a la inversa (de abajo para arriba). 

    https://www.youtube.com/watch?v=QcYApfwartM

  • Nuestro conflicto con el pasado

    Nuestro conflicto con el pasado

    Nuestro conflicto con el pasado

    Resulta que se armó un escándalo porque ahora que Netflix subió la serie de Friends, algunas personas se «escandalizaron» por los contenidos que juzgaron como homofóbicos, sexistas y machistas

    Yo vi Friends muy pocas veces y por eso no me atrevería hacer un juicio de la serie. Posiblemente no estén del todo equivocados quienes adviertan en la serie algunas manifestaciones de ese tipo, y no es difícil advertirlo ya que hablamos de una serie que terminó hace 14 años. Y la verdad es que de 14 años para acá han existido varios cambios dentro de la cultura occidental. La cultura estadounidense de 2018 no es la misma que la del año 2000.

    El problema no es el juicio que hagan de la serie, el problema tiene que ver con la forma que llevan a cabo dicho juicio. 

    Yo esperaría, por poner un ejemplo, que dicha serie sirviera como punto de referencia para ver cuánto se ha avanzado en materia de derechos de la mujer o de los gays en los últimos 15 o 20 años. Si antes había ahí expresiones machistas normalizadas (como dirían algunas personas) que ahora se han «desnormalizado», entonces podría presumirse un logro.

    Pero no, se procede al linchamiento hacia quienes vivieron y se desenvolvieron en otro contexto. 

    De verdad, esto es horrible. Vivir siempre conflictuado y resentido con el pasado. 

    Y la infinitud del conflicto será inevitable porque conforme la sociedad siga progresando, siempre se mirará al pasado con un fuerte recelo. La única alternativa para no pelearse con la historia sería no progresar como especie, pero ahí el recelo con el presente sería mucho mayor. Para ellos, no hay escapatoria.

    Es paradójico, porque las corrientes posmodernas, aquellas tan influenciadas por corrientes filosóficas relativistas, están tomando una postura absolutista. Es decir, están haciendo juicios morales de eventos que ya ocurrieron tomando como referencia el tiempo actual. Así uno entiende que algunas de estas personas sean implacables hasta con William Shakespeare. Gran parte de los valores morales suelen ser relativos a la época a la que se encuentran (no confundir con relativismo moral) ya que son establecidos por culturas que se van modificando a través del tiempo con el fin de establecer una serie de normas y valores gracias a las cuales sus miembros puedan convivir, desarrollarse y satisfacer sus necesidades de la mejor forma.

    ¿El ser humano era más malo y desgraciado en aquellos tiempos en que se permitía la esclavitud o en aquellas épocas en las que se encontraba en constante guerra? Lo dudo mucho, porque se trataba de una sociedad mucho menos madura. La civilización contemporánea no es resultado de la espontaneidad, sino de una serie de procesos evolutivos que han tomado miles de años. 

    No somos seres humanos en su «estado natural». Por el contrario, somos educados y criados para sobrevivir y poder desarrollarnos en un entorno que es producto de la sabiduría y de la experiencia acumulada a través de los siglos. Nuestra forma de ser está, en gran medida, determinada por construcciones sociales que son resultado de todo este proceso evolutivo de nuestra especie. 

    Voltear al pasado y darnos de latigazos por haber sido más imperfectos en el pasado es una actitud muy injusta. Es injusta porque estamos haciendo un juicio tomando como base un modelo social que en ese entonces no existía siquiera (aunque claramente, existen muchas conductas absolutamente reprobables para la moral de la época y por eso es que podemos criticar a Hitler o a cualquier déspota sanguinario). Naturalmente, repetir dichas actitudes ya superadas en la actualidad sí debe ser reprobable: someter a una persona como esclavo es un delito que debe de ser castigado con todo el peso de la ley. 

    Que una cultura determinada progrese implicará necesariamente que cuando voltee al pasado (incluso al próximo) vea algunas posturas, conductas o actitudes que en la actualidad son criticadas o restringidas. 

    ¿Y nos vamos a martirizar por eso? 

    Y lo más grave del asunto, de esta cultura de la autotortura con nuestro pasado, es que es imposible progresar cuando como especie guardamos mucho resentimiento hacia nosotros mismos y hacia nuestra historia. 

  • El consentimiento ¿cuándo es un abuso y cuándo no?

    El consentimiento ¿cuándo es un abuso y cuándo no?

    El consentimiento ¿cuándo es un abuso y cuándo no?

    En las últimas semanas se ha hablado bastante del acoso sexual, lo cual me parece bien porque es un problema real y que naturalmente se debe de combatir. Se ha generado un fuerte debate al respecto entre grupos feministas (como en el que se involucraron las francesas y la campaña #MeToo) e incluso vimos un debate en Televisa entre Marta Lamas, académica feminista de la vieja guardia, y Catalina Ruiz Navarro, una activista con una perspectiva más progresista. 

    En las redes me pude percatar que dicho debate generó reacciones viscerales dentro de las posturas contrarias: desde aquellas feministas que atacaron duramente a Marta Lamas hasta aquellas personas que la usaron como escudo para atacar duro a las propias feministas en redes. Para quienes vimos dicho programa, nos pudimos dar cuenta que el debate entre Lamas y Ruiz Navarro no era una competencia, no se trataba de ver quien ganaba, sino de un sano intercambio de ideas. Lamentablemente en redes no fue visto así por muchas personas:

    En lo particular, a mí como hombre me parecieron interesantes ambos puntos de vista. Evidentemente, Marta Lamas es una académica de la vieja guardia mientras que Catalina Ruiz Navarro es más emocional y combativa (más propio del feminismo postestructuralista). Si bien he criticado al postestructuralismo en este espacio y disiento con esta corriente ideológica, algunas observaciones de Catalina no dejaron de parecerme bastante interesantes. Habría sido un error cerrarme por medio de juicios a priori ya que sólo hubiera reforzado mi postura, por ello decidí escuchar a las dos y sacar conclusiones al final. Es un trabajo que a mucha gente le cuesta hacer porque puede confrontar sus pensamientos y paradigmas pero es una práctica indispensable para madurar intelectualmente e incluso como persona.

    No me quiero detener en los puntos que abordaron, especialmente entre los disensos entre #MeToo y las feministas francesas quienes pueden tener puntos válidos (aunque la decadencia sea muy característica a Hollywood o aunque las francesas tengan una visión más tradicional de lo que el feminismo es). Por esto creo que es importante regresar a lo básico, al sentido común. Y desde ahí intentaré argumentar sobre un concepto que me parece importante: el consentimiento. 

    Dejando del lado filias y fobias o las ideas que tengamos sobre los géneros, existe un principio muy básico dentro de las relaciones entre seres humanos: una persona no puede obligar a otra a hacer algo sin su permiso con el fin de obtener un beneficio propio. Es un principio de vida, es uno de los valores fundamentales que deberíamos tener como seres humanos. 

    Se me hace más fácil analizar los reclamos de las mujeres bajo este principio ya que es universal, no forma parte de ideología alguna y aplica en toda relación humana sin distingo de género (con lo cual podemos eliminar cualquier sesgo). Bajo dicho principio podría darle la razón a varios de los argumentos que esgrimen las activistas de #MeToo ya que si en algo insisten es en el comportamiento del hombre contra su voluntad. Básicamente, los hombres no podemos forzar a una mujer a actuar en contra de su voluntad por un beneficio propio, porque no podemos hacer lo propio con cualquier ser humano independientemente del género que sea. Hacerlo constituye una forma de abuso: si un hombre corteja a una mujer insistentemente cuando ella ya dijo que no, entonces la galantería se convierte en una forma de acoso; si una mujer no quiere tener sexo con nosotros, o si en el acto manda señales de incomodidad y nosotros las pasamos por alto de forma deliberada, entonces es una forma de acoso sexual. Incluso, si a una mujer no le gusta que le abran la puerta y el hombre, sabiéndolo, insiste, ya no se trata de un acto de caballerosidad sino de un acto abusivo ya que está haciendo algo en contra de la voluntad de la mujer (algo que lamento mucho es que se pierda la costumbre de la caballerosidad, pero quienes reciben los cumplidos son quienes deciden si están de acuerdo con ellos o no).

    ¿Qué es lo que define el abuso? La intencionalidad. Es decir, el abuso existe en tanto el individuo tiene la intención de abusar de otro para obtener un beneficio. Dentro del contexto del debate que se ha llevado a cabo podríamos plantearnos las siguientes preguntas y responderlas:

    ¿Qué pasa si una mujer se siente incómoda en una relación sexual y el hombre lo pasa por alto? Para que constituya un abuso, el hombre debe tener el conocimiento de que la mujer se siente incómoda. No se puede considerar un abuso si el hombre no fue consciente de dicha incomodidad ya que entonces el hombre no tuvo la «intención» de abusar. Si el hombre se da cuenta que la mujer se siente incómoda, su obligación es parar, preguntar a la mujer qué es lo que incomoda y tomar la decisión necesaria para que la incomodidad desaparezca (incluso si eso implica parar el acto sexual). 

    Dicho esto, la comunicación es importante. Si una mujer se siente incómoda debería hacerlo notar. La inexperiencia de un hombre, por ejemplo, puede hacer que dentro de un acto sexual no note algunas señales de incomodidad de la mujer. Pero por otro lado, si el hombre sospecha, sin estar seguro, que la mujer se siente incómoda, entonces también debe de tomar cartas en el asunto. Si ante la sospecha, el hombre continúa, también constituye una forma de abuso ya que dentro de su mente cabe la posibilidad de que la mujer se sienta incómoda.  

    ¿Pero qué pasa si la mujer, por temor, decide no hacer explícita su incomodidad ya que el hombre se encuentra en una posición de poder (por ejemplo, que sea su jefe de trabajo)?  Es la intencionalidad per sé, y no necesariamente las señales, lo que determina si el abuso existe. Si una persona usa su posición de poder para forzar a otra persona a tener sexo a sabiendas de que no opondrá resistencia alguna entonces sí constituye un abuso. El hombre que se encuentra en dicha posición también debería ser responsable y evitar, a toda costa, que esta le traiga un beneficio cuando se trate de llevar a una mujer a la cama. 

    Por otro lado, hay quienes dicen que quien determina si el abuso existió es la mujer. Discrepo de esa afirmación ya que lo que determina si el abuso existe es el mero acto. La mujer puede asumir que el hombre intentó abusar de él, pero si ella no pudo o no quiso mostrar su incomodidad y el hombre no se percató de ella no podría considerarse como tal; recordemos que lo que determina el abuso es la intencionalidad como acto. También es posible que, bajo este argumento, la mujer pueda denunciar a un hombre que es inocente para obtener una ventaja, y de la misma forma el hombre tampoco puede determinar si el abuso existió; ya que, aunque lo sabe, es muy probable que mienta ya que los beneficios de su engaño son mucho más altos que los perjuicios. Por otro lado, es posible que un hombre haya abusado de una mujer sin que ella se haya dado cuenta (por ejemplo, cuando se encontrara dormida), el abuso existió, independientemente de que la mujer no lo haya podido determinar como tal. 

    Todo esto es muy importante notarlo ya que si bien es una muy buena noticia que las mujeres se hayan empoderado y estén denunciando los actos de acoso sexual de los cuales fueron víctimas (porque vaya, es uno de los delitos que menos se denuncian), también esto puede prestarse a algunos abusos; como por ejemplo, que una mujer acuse a un hombre inocente porque tiene un interés en atentar contra su dignidad. 

    Asumir que un hombre puede cruzar una barrera mediante la cual la mujer ha puesto un límite sí constituye un acto de machismo, ya que ello implica asumir que el hombre, por el hecho de ser hombre, tiene más permisos. Aquí incluyo todas esas afirmaciones del estilo de «feminazis locas, hacen un escándalo porque les agarraron una pierna». Concuerdo con ellas cuando reclaman que los hombres no pueden actuar en contra de su voluntad, porque básicamente nadie puede hace actuar a nadie en contra de su voluntad para obtener un beneficio propio. 

    También debemos tomar en cuenta que los diferentes tipos de abusos no tienen una misma dimensión, no es lo mismo agarrar una pierna que violar a una mujer. Los castigos, que van de los informales (la sociedad te señala o te reprende por el acto) a los formales (cuando constituye una falta a la ley o un delito) deben ser proporcionales al tamaño de la falla. Posiblemente sea un exceso encarcelar a un hombre que gritó «guapa» o, de la misma forma, un castigo informal es evidentemente insuficiente para una persona que intentó violar a otra. 

    Más allá de filias y fobias, de simpatías o antipatías con los movimientos feministas, esto es algo que tiene que ver con el sentido común, es un principio básico. Entendiendo que los hombres y mujeres tienen el mismo valor y merecen el mismo respeto, entonces ninguna persona tiene el derecho de abusar de otra. No se trata de un acto de puritanismo, se trata de un acto de respeto a la dignidad de la otra persona. 

  • Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Kevin Spacey es un actor muy admirado por sus papeles, que de alguna forma, reflejan la decadencia de la cultura estadounidense. 

    En Seven, interpreta a un asesino en serie que «castiga» a quienes según él, han cometido alguno de los siete pecados capitales. En American Beauty (Belleza Americana) interpreta a un adulto frustrado, quien tiene un empleo mediocre, un matrimonio mediocre, se masturba constantemente y tiene sueños húmedos con la mejor amiga de su hija. En House of Cards, Spacey interpreta a un político sin escrúpulos que está dispuesto a hacer lo que sea por acaparar poder. 

    Ya sea la cultura de la violencia, la decadencia moral y la crisis existencial o la ambición desmedida de poder, Kevin Spacey ha logrado, a través de sus personajes, reflejar esa faceta decadente de la cultura estadounidense. Lo curioso es que ahora ha incluido un cuarto papel, donde no interpreta a un personaje suyo, sino donde es él mismo:

    Spacey fue acusado por al autor Anthony Rapp de acosarlo sexualmente cuando tenía 14 años. Ante ello, Kevin Spacey «salió del closet» para intentar desviar la atención, cosa que no ocurrió, y tan solo provocó la indignación de la comunidad LGBT. Pero el escándalo no quedó ahí porque a raíz de la noticia más personas (incluidas personas que trabajaron dentro de la serie House of Cards) se atrevieron a denunciarlo. Este «empoderamiento de las víctimas» ocurrió a raíz de las denuncias que cayeron sobre Harvey Weinstein. 

    Para Kevin Spacey, estas denuncias podrían ser casi el fin de su carrera. Ya fue despedido por Netflix, quien terminará la última temporada de House of Cards sin él (si es que se termina produciendo), además de que ya no volverán a trabajar con él de ninguna forma. 

    Dentro del cine y los espectáculos, una industria que presume de ser liberal, son constantes los abusos de poder. Aquel director o productor del cual depende la carrera de muchos actores o actrices, tiene un gran poder para chantajearlos y pedirles favores sexuales. Eso no es algo que ocurra solamente en Estados Unidos, sino también en México y en otras latitudes (de ahí la fama de algunos productores de Televisa). Pero el mismo poder hace que las actrices o incluso actores que son acosados callen y no alcen la voz. Denunciar a su victimario podría suponer el fin de sus carreras.

    Apenas las víctimas han decidido hablar, y la mugre y las cucarachas están empezando a salir. Lo que se ve es apenas la punta del iceberg. Seguro hay más actores y productores temerosos de que su caso salga a la luz. Temen que aquella actriz a la que acosaron o aquel individuo al que chantajearon, se anime a hablar para así acabar con su carrera. 

    Por supuesto que es una buena noticia. Que las víctimas se empoderen y denuncien a sus acosadores es una buena noticia, aunque no lo parezca dada la desilusión de ver que varios de nuestros actores favoritos tan sólo eran unos decadentes patanes que abusaban de su posición. Y tal vez tampoco lo parezca porque nos habla de una industria llena de perversiones, pero la industria siempre había sido así (y ya se hablaba de ello, aunque no se mencionaran muchos nombres). Y tampoco podrá parecerlo cuando la industria cinematográfica es una de las más grandes «armas de influencia» que Estados Unidos tiene sobre los demás países. 

    Pero es mejor eso que vivir en una mentira. Es mejor eso, conocer la dura verdad, que admirar a personajes que en realidad no deberían ser objeto de nuestra admiración.

  • NXIVM, Emiliano Salinas, y la guerra de las ideas tras bambalinas

    NXIVM, Emiliano Salinas, y la guerra de las ideas tras bambalinas

    NXIVM, Emiliano Salinas, y la guerra de las ideas tras bambalinas
    Fotografía tomada de The New York Times

    En esta semana, The New York Times publicó un artículo polémico, donde aseguró que una organización (más bien secta) liderada por Keith Raniere llamada NXIVM marcaba mujeres como si se trataran de ganado. Dicha organización está vinculada con Emiliano Salinas (hijo de Carlos Salinas de Gortari) quien tiene vínculos con esa organización a través de un programa de superación personal llamado Executive Success Program y que trabaja tanto en Estados Unidos, como en México y Canadá. Dicha organización, a través de Mark Vicente (según narra León Krauze) vino a México a filmar una cinta llamada Encender el Corazón, en la cual participa el activista Julian LeBarón, y la cual tenía la intención de «despertar al país de su apatía frente a la criminalidad». 

    La opinión pública se volcó sobre el hecho de que esta secta marcara mujeres (lo cual evidentemente es algo grave) y que Emiliano Salinas tiene nexos con ésta. Pero no se habla tanto del papel y el objetivo al que aspira dicha organización dentro de las sociedades donde se encuentra establecida. Su propósito es, parece ser, ejercer influencia sobre las élites. ¿Con qué propósito? con el fin de promover una serie de preceptos filosóficos e ideológicos. 

    No soy de las personas que piensan que el mundo está dominado por un selecto grupo oculto o unos pocos como algunos afirman. Más bien pienso que nuestra civilización es una especie de arena donde existe una constante batalla ideológica (la cual puede pasar advertida por quien es ingenuo), y esto ocurre porque las ideas generan poder, y una forma de ejercer poder es estableciendo una doctrina ideológica. 

    A través de la historia, las doctrinas y las corrientes de pensamiento (sean religiosas o ideológicas) se han establecido de dos formas: la primera es aquella que se ha instaurado a través de las guerras, golpes de Estado y conquistas: la cultura que gana la guerra busca imponer su cultura a aquella que la pierde. La segunda se establece de una forma más progresiva y tiene que ver más con la evolución de una sociedad determinada: ese fue el caso de la Ilustración que fue más bien producto de los avances científicos y el progreso del hombre, del poder blando que naciones ejercen sobre otras (a través de la cultura o medios de comunicación) o incluso producto de discusiones académicas o intelectuales. Immanuel Kant decía, dado que quería conservar su fe, que la Ilustración debería «adoptarse de forma progresiva». Eso fue básicamente lo que ocurrió. 

    Las dos formas modifican los equilibrios de poder dentro de una sociedad dada, algunas corrientes u organizaciones adquieren más poder mientras otras lo ven disminuir. Pero la diferencia estriba en que la primera forma lo hace de una manera intempestiva destruyendo la estructura social para ser sustituida por otra, por lo cual tiene más posibilidades de crear regímenes opresivos (necesita de un Estado o ejército muy fuerte u opresor). En tanto, la segunda no destruye la estructura social, sino que la va modificando con el tiempo (lo cual, es básicamente lo que sucede dentro de las sociedades occidentales), los equilibrios de poder van modificándose por el tiempo pero no se hace de forma abrupta, por lo cual es muy difícil que un tirano pueda acapararlo todo. 

    Las dos formas no son mutuamente excluyentes. Es decir, una «revolución ideológica o de pensamiento» puede contener un poco de la primera forma y otro tanto de la segunda. Que tanto tenga de la primera o de la segunda determina si genera cambios abruptos o progresivos. 

    Quienes aspiran al poder por medio de un orden de ideas no son necesariamente quienes crean las revoluciones ideológicas: Rousseau nunca propuso una revolución sangrienta como la que llevó a cabo Robespierre, quien, influido en las ideas del filósofo francés, instauró el terror en Francia para deshacerse de sus opositores. Seguramente Marx nunca imaginó que sus ideas derivarían en una dictadura tan totalitaria y sangrienta como la Rusia de Stalin o la China de Mao, ni imaginaba que así se manifestaría la «dictadura del proletariado». Los marxistas esperaban en un inicio que la revolución se diera de forma más bien progresiva, como consecuencia del «fracaso del capitalismo». Dicho fracaso nunca llegó y en un segundo intento buscaron establecer el comunismo por medio de guerras y golpes de Estado. 

    Imponer una doctrina ideológica es una empresa muy complicada. Lo es porque eso significaría romper los cimientos de las estructuras sociales que sostienen a determinadas sociedades y cuyo sistema de valores y principios dan sentido a la vida de las personas que habitan en ellas. Dichas estructuras no son estáticas sino que van renovándose de forma progresiva con el tiempo para sobrevivir y evolucionar. El individuo se enfrenta constantemente a lo desconocido (a lo novedoso) y lo va adoptando dentro de las estructuras ya existentes. Como afirma Jordan Peterson, una sociedad estática y rígida que nunca se enfrenta a lo desconocido se estanca y se degenera mientras que una que se expone demasiado y niega las estructuras sociales corre el riesgo de sumirse en el caos.  

    Confrontar el orden social con lo desconocido de forma moderada es algo muy saludable para las sociedades, porque así se van perfeccionando y evolucionando. Hemos visto, por ejemplo, que dentro de nuestro sistema de valores occidentales hemos agregado el tema de los derechos de la mujer o de las minorías. Hoy, una mujer, una persona afroamericana o un homosexual tienen mayor reconocimiento y aceptación en la sociedad que nunca (aunque en muchos casos no sea suficiente). Aunque también es cierto que existen corrientes que influyen dentro de estas causas (sobre todo en los últimos años) que buscan tornarse un poco más intempestivas o abruptas, buscando «deconstruir» el orden social en vez de implementar cambios o mejoras dentro del orden de las cosas ya existente. Aunque claro está, no al grado de promover guerras o regímenes dictatoriales.  

    Hitler y Stalin lo entendieron muy bien, y para poder instalar su régimen totalitario pulverizaron y fragmentaron el tejido social hasta lo más profundo, rompiendo incluso vínculos familiares, para dejar al individuo desamparado con una severa crisis existencial. Así, sumido en la ansiedad, el individuo vio en el nuevo régimen la mejor alternativa para volver a aspirar a una suerte de equilibrio psicológico.

    Ante un mundo cada vez más pacífico y donde el costo de involucrarse en una guerra es mucho mayor al beneficio, se han buscado otras formas de promover, e incluso imponer, doctrinas ideológicas o corrientes de pensamiento para acaparar poder sin tener que derramar sangre o involucrarse en un conflicto internacional. Un claro ejemplo son este tipo de sectas u organizaciones. 

    ¿Qué es lo que buscan sectas como NXIVM (o Nexium)? Lo que buscan es adoctrinar a individuos pertenecientes a las élites (dado que por su condición privilegiada son quienes tienen mayor capacidad de ejercer influencia sobre el resto de la sociedad), porque de esta manera, a través de las ideas, aspiran a acaparar poder. El método aquí no es tanto progresivo sino más bien intempestivo, porque aunque no modifican el ethos de la sociedad de golpe (básicamente porque no tienen la capacidad de hacerlo), sí buscan destruir las estructuras de pensamiento de los individuos que ingresan a estas organizaciones para ser suplantadas por otras nuevas (a menos que la filosofía anterior del individuo coincidiera demasiado con la de la organización). 

    Por lo que se sabe, dado que es una organización secreta, no se puede conocer la filosofía que promueven del todo, sino sólo a través de testimonios e información disponible. Según algunos testimonios, NXIVM promueve un culto al dinero y a la acaparación material. En su página web, esta organización habla más bien poco de lo que realmente es y explica su filosofía más bien de manera ambigua. Parece que se presentan como racionalistas:

    The less factual data with which we sustain our opinions, the more likely we may become invested in them; the more invested we are, the more our disputes on differences of opinion are likely to escalate. Disagreement soon begets conflict, and conflict soon begets war.

    Pero dentro del supuesto racionalismo (basado en datos objetivos) que promueven en este argumento, se logra respirar una suerte de pensamiento único y sectario (el cual no se define bien). La frase dice que por menos datos objetivos se utilicen, más serán las disputas y diferencias de opinión, y que las diferencias de opinión generan conflictos, y los conflictos generan guerras. A pesar de presumirse como racionalistas, rompen con el concepto de la democracia, donde en democracia el conflicto de ideas es deseable. 

    Así, la organización de Keith Raniere busca «reprogramar» a las élites con una forma de pensamiento que no conocemos a la perfección, de tal forma que cuando salgan y ocupen puestos dentro de empresas, en el gobierno o incluso dentro de organizaciones civiles, propaguen las ideas de Raniere como ciertas y absolutas. De esta forma, buscan influir en la cultura, y lo hacen también a través de filmes como Encender el Corazón, o por medio de personajes clave como Emiliano Salinas para que propague la doctrina dentro de las élites mexicanas. Por ejemplo, la empresa Anima Inc, una empresa que sigue la filosofía de Keith Raniere, fue quien organizó el desfile del Día de Muertos de 2016 y 2017, así como las ceremonias de los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011 y los Centroamericanos de Veracruz en 2014.

    Habría entonces que preguntarnos hasta qué grado este tipo de organizaciones buscan influir en nuestra cultura para perservar o modificar corrientes de pensamiento. No es un secreto que varias organizaciones, tanto progresistas como conservadoras, buscan ejercer cierta influencia dentro de nuestra sociedad. Los primeros lo hacen a través de los medios de comunicación y el lobbying en gobiernos y organismos internacionales, los últimos lo hacen educando a las élites en escuelas confesionales (como ocurre con los institutos del Opus Dei y los Legionarios de Cristo). Pero en el caso de organizaciones como NXIVM, a diferencia del modus operandi de las organizaciones que acabo de mencionar, buscan despersonalizar al individuo y reprogramarlo con una corriente de pensamiento que no podemos conocer del todo porque tampoco conocemos del todo la forma en que busca implantarse. 

    ¿Qué tanto poder y alcance tienen estas organizaciones? ¿Qué tanta influencia ya han ejercido sobre empresas y gobiernos de los países en los que se encuentran? Estas son preguntas serias que nos deberíamos hacer. Porque si bien, es natural que haya quienes busquen ejercer influencia dentro de la sociedad, es indispensable saber quienes son y cómo lo hacen. Que esto se haga desde la secrecía puede ser algo muy peligroso. 

  • La hipocresía de defender los derechos humanos

    La hipocresía de defender los derechos humanos

    La hipocresía de defender los derechos humanos
    Fuente: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

    Siempre he tenido la curiosidad: Cuando la gente habla de derechos humanos ¿los aborda en su universalidad donde estos trasciendan cualquier cualquier ideología o corriente de pensamiento? ¿O defienden los derechos humanos como si estos fueran un mero instrumento de alguna ideología determinada?

    Me he podido percatar, al menos en redes sociales, que algunas personas (incluyendo algunos que se dicen ser líderes de opinión) responderían más bien a la segunda pregunta. Es decir, los derechos humanos les sirven para defender o atacar alguna ideología determinada.

    Hace unas semanas así ocurrió con algunas personas quienes aseguran ubicarse a la izquierda del espectro político. Relativizaron a más no poder la represión orquestada por Nicolás Maduro. La intentaron justificar afirmando que los manifestantes estaban manipulados por «la derecha internacional» o el imperalismo. Defender los derechos humanos como tales habría significado para ellos aceptar las falencias de su doctrina o del régimen que defienden (porque no sería compatible defender ambas cosas al mismo tiempo). En aras de la «justicia social» decidieron hacer caso omiso de la agresión (que incluyó algunas muertes) del gobierno de Maduro hacia varios ciudadanos venezolanos (por más paradójico que parezca). Se vale, dicen, agredir a los manifestantes porque están manipulados, son enviados, pertenecen a alguna clase de interés oscuro.

    Ahora ha vuelto a ocurrir lo mismo con la represión que sufrieron los catalanes, pero en este caso son algunos conservadores los que han sido parte de la hipocresía. Varios han justificado la represión del gobierno de Mariano Rajoy para «defender la legalidad y el Estado de derecho». En efecto, el referendum al que convocaron era ilegal, pero los manifestantes nunca usaron la violencia o dieron alguna razón que permitiera a las autoridades utilizar la fuerza bruta. 

    En ambos casos, para tratar de desestimar el argumento de que las víctimas de la represión son inocentes, intentan convencer a la opinión pública de que no es así compartiendo «evidencias» de algún manifestante que se descarrió, algunos otros pocos que hicieron pintas, para así mostrarlos como si fueran parte de un todo, como si fueran la regla y no la excepción. Así entonces, la represión no es represión sino solamente la «aplicación de la ley». 

    Y la represión, en tanto no es una respuesta a la violencia o no tiene como fin disuadir los actos violentos de un grupo o una organización, no puede ser justificada de ninguna forma. 

    Quienes argumentan así, quienes relativizan o justifican actos represivos, no conciben los derechos humanos como universales y niegan de forma tácita que éstos trasciendan cualquier ideología. Hannah Arendt decía que las dictaduras totalitarias no están fundamentadas en la idea de que el ser humano es un ser digno cuya integridad debe respetarse, sino que todo debe «reinterpretarse» para que pueda caber en la ideología y por tanto, ésta no pueda contradecirse. La dignidad del ser humano está condicionada a la ideología, y si hubiera alguna incompatibilidad, es de la dignidad de la que se debe prescindir, no de la ideología misma. Si bien, ni el régimen de Maduro ni el gobierno de Rajoy son dictaduras totalitarias, sí podemos advertir que muchas personas son capaces de relativizar o negar estos derechos universales para poder darle fuerza a la corriente ideológica que defienden. 

    Algunos hablarán de la libertad y el Estado de derecho, otros hablarán de la justicia social. Todos esos conceptos son loables, pero cuando se promueven solamente como parte de una doctrina o de un conjunto rígido de ideas, pierden fuerza y validez (Un Estado de derecho que reprime a los ciudadanos ya no puede concebirse como tal, ni tampoco la justicia social, en tanto niega a los individuos el derecho a manifestarse). A partir de aquí entonces constatamos que ni siquiera esto trata ya de los principios básicos de la doctrina, sino del poder. Porque si algo hemos aprendido a través de la historia es que el poder termina pervirtiendo la esencia de la doctrina y ésta termina siendo solamente un instrumento a favor de quienes buscan ostentar o conservar el poder. 

    Los derechos humanos son universales, todos los individuos somos dignos y nuestra integridad debe de estar garantizada. Por eso es que debemos advertir cuando éstos quedan sujetos a algún interés o doctrina política. Los derechos humanos trascienden cualquier doctrina porque son los seres humanos quienes han creado las doctrinas, no al revés.