El slogan de Trump, ese «Make America Great Again» siempre apeló a ese Estados Unidos blanco, en el cual las otras razas estaban condenadas a formar parte de la base de la pirámide y a no tener los mismos derechos de los primeros. Eso explica que su gobierno no haya tenido ningún empacho a separar a los niños de sus padres.
Las imágenes y videos que circularon por las redes sociales donde había niños enjaulados cubiertos con hojas de aluminio dentro de un almacén o un recinto que había sido abandonado por Wal Mart en Texas son muy crudas. Esas imágenes, que causaron una gran indignación, evocaron a muchos (yo incluido) imágenes de eventos pasados que ya creíamos superados. Pero los seres humanos podemos llegar a ser tan imbéciles como para volver a repetir la historia.
A Trump se le debe de llamar por lo que es: un fascista, cosa que los medios de comunicación en Estados Unidos temen hacer. Pero este tipo de medidas no permiten categorizarlo de otra forma.
Trump se excusó en la «falta de efectividad y debilidad de los demócratas» con respecto a la seguridad fronteriza. Dijo que era tiempo de «cambiar las leyes» pero no hay ninguna ley que requiera la separación de familias, fue la decisión de la administración Trump de hacerlo. La mayoría de los estadounidenses (incluyendo algunos republicanos) reprueban estas medidas, pero hay quienes, como el fiscal general Jeff Sessions, tienen el empacho de citar la Biblia para justificar estas políticas al decir que «se debe obedecer la ley porque Dios lo ha ordenado con el propósito del orden», un argumento que se utilizó constantemente incluso por los esclavistas de Estados Unidos.
Muchos padres que cruzan la frontera con sus hijos o familia están siendo deportados sin ellos. A los padres los regresan mientras sus hijos permanecen confinados en jaulas donde pasarán meses o años sin que sus padres los puedan ver o recuperar. Los padres tienen dos opciones: que los niños queden bajo custodia de algún familiar en Estados Unidos (evidentemente que resida de forma legal) o que sean regresados a las autoridades del país que provienen (no con sus padres), pero en la práctica esto no siempre sucede así ya que debido a «cuestiones burocráticas» los niños permanecerán detenidos meses o años.
Quienes son más afectados naturalmente son los niños. Estos niños seguramente terminarán con severos trastornos psicológicos al haber sido separados de sus padres y ser recluidos en una jaula donde lo único que tienen a la mano son botellas de agua, bolsas de papas fritas y telas de aluminio, donde se encuentran junto con personas desconocidas, donde se sienten inseguros y lo cual seguramente les afectará demasiado en su desarrollo psicoemocional. Seguramente estos niños desarrollarán fuertes trastornos de ansiedad, un escaso control del manejo de sus emociones e incluso podrían llegar a sufrir problemas psicóticos como esquizofrenia en los casos más extremos. No solo los están separando de sus padres, literalmente casi están cancelando su futuro.
¿Cuál ha sido la respuesta de las autoridades mexicanas? indiferencia. No hemos visto una postura enérgica de nuestras autoridades, de hecho, Enrique Peña Nieto no ha hecho declaración al respecto y Videgaray lo hizo tarde:
Parece que Peña está más preocupado por su pellejo y sus intereses en las elecciones que por la forma en que están siendo tratados los niños que migraron de nuestro país y que están sufriendo, lejos de sus padres, por las políticas inhumanas de Donald Trump, quien, seguramente ante la presión y el alto costo político que estas políticas le estaban acarreando, firmó una orden ejecutiva para terminar con la política de separación de familias (que él mismo se sacó de la manga).
Trump nos enseñó que los seres humanos podemos ser lo suficientemente estúpidos como para retroceder a un oscuro pasado que ya había sido superado.
Al igual que yo, Ricky no simpatiza con AMLO; pero yo, a diferencia de Ricky Incredulín, acepto la realidad y no me dejo invadir por mi sesgo cognitivo. Ricky está tratando de cuadrar los números porque no da razón a lo que sucede en las encuestas: AMLO sube y sube como la espuma. Que si los indecisos, que la tasa de rechazo, que el voto oculto, Ricky trata de encontrar algún recoveco para mantener sus esperanzas.
Ricky Incredulín: – Oye Álvaro, pero Roy Campos dijo que las encuestas no son un oráculo que predicen la victoria.
Yo: – Es cierto, una encuesta por sí misma no te puede asegurar que alguien puede ganar porque las tendencias pueden cambiar y porque las encuestas muestran una tendencia aproximada de las preferencias al día de hoy, pueden tener errores. Pero si ves el panorama completo te darás cuenta de que la victoria de AMLO está, si no completamente definida, sí muy muy cercana.
Ricky Incredulín: – ¿Cómo el panorama completo?
Ricky me pregunta mientras analiza ansiosamente una y otra vez las gráficas. Piensa erróneamente que todas las barras de indecisos o tasa de rechazo se van a ir con Anaya, sin percatarse de que muchos de ellos ni siquiera van a salir a votar y que es probable que la tendencia en ese voto no difiera mucho del que sí lo declara.
Yo: – Sí. No sólo es la encuesta, es también la tendencia donde López Obrador sigue subiendo mientras que Ricardo Anaya y José Antonio Meade están estancados. Esperaría que la elección se cerrara conforme se acercara la elección y eso no está sucediendo. Y no sólo es eso, es que Anaya tiene una pésima campaña, no tiene una narrativa, no conecta. Incluso ya varios panistas como Juan Ignacio Zavala y Roberto Gil Zuarth dicen que este arroz ya se coció, que «ya valió madres». Se trata de analizar la campaña en su conjunto mi estimado. Estamos en una elección donde la gente grita cambio y venganza contra el gobierno actual.
Ricky Incredulín: – Pero seguramente tendrán un as bajo la manga.
Yo: – Recapitulemos Ricky. Qué no se ha dicho ya de AMLO, que si nos va a convertir en Venezuela, que varias de sus propuestas son absurdas (y lo son), que si el aeropuerto, que se peleó con algunos empresarios y míralo, sigue subiendo. Está casi igual que Trump, quien dijo que podía matar a alguien en la Quinta Avenida y aún asi no caer en la encuestas. Si tuvieran un as bajo la manga ya la hubieran sacado. Yo no sé realmente qué se tendría que hacer a estas alturas. Incluso, ni se si sería buena idea que a Meade se le ocurriera declinar a favor de Anaya (lo cual dudo muchísimo que suceda), en una de esas Anaya pierde muchos de esos votos de quienes quieren castigar al PRI pero no quieren votar por AMLO. Tal vez prefieran lo primero a lo segundo.
Ricky Incredulín: – Pero ve, Anaya es rebueno para los debates. Al Beltrones se lo puso como camote. ¡Esperate al tercer debate!
Yo: – Sí, lo recuerdo, pero ya van dos debates y Ricardo Anaya no ha capitalizado nada. No conecta y trata de ser muy racional cuando la gente vota más por emociones y en una elección donde los sentimientos están a flor de piel. Anaya no ha construido una narrativa, en cambio AMLO, con todo y sus propuestas mafufas, sí lo ha logrado. Además, los golpes que sufrió del PRI le quitaron mucha credibilidad ante un sector del electorado.
Ricky Incredulín: – Pero no te dejes engañar. O sea, las encuestas usan muestras de 1200 entrevistados, son bien poquitos y no representan a todos los votentes ¡a mí no me encuestaron!
Yo: – Me temo, mi estimado Ricky, que no tienes muchos conocimientos sobre muestreo. Te recomiendo este libro de estadística para Dummies donde podrás darte cuenta que así se hacen todos los estudios. Se sacan muestreos representativos del universo y, con base al número de entrevistados, se obtiene un margen de error que en general está cerca del 3%. O sea, que el resultado puede variar 3 puntos arriba o abajo de la realidad. Es natural que en un país de más de cien millones de habitantes donde las casas encuestadoras no suelen entrevistar a más de dos mil personas nunca te hayan entrevistado.
Ricky Incredulín: – Pero están cuchareadas. Una vez un cuate me dijo que en la encuesta del Reforma en la Ciudad de México entrevistaron solo en las delegaciones que coincidentemente en la mayoría AMLO tenía fuerza. No fueron a la Benito Juárez donde están los pirrurris. ¿Ves? Están manipuladas. Ya te sabes como son los pejezombies paranoicos.
Yo: – Pero entonces no te comportes como «pejezombie paranoico» diciendo que todas las encuestas están compradas. No sólo hay que advertir que todas esas encuestas son verificadas por el INE sino que lo que mencionas de las delegaciones no es algo que se haga a propósito para «manipular». Se seleccionan aleatoriamente porque como son 1200 encuestas repartidas en todo el país, no alcanza para encuestar en todas. De la misma forma es muy posible que lo opuesto haya pasado en otros lugares de la República.
Ricky se pone muy ansioso y nervioso, me dan ganas de darle un abrazo porque hasta ahora se acaba de dar cuenta de la realidad, una que no le gusta ni a él ni a mí, pero que yo ya había anticipado desde hace mucho tiempo.
Ricky Incredulín: – ¿Entonces ya ganó?
Yo: – No me atrevería a afirmarlo categóricamente. Falta un mes y puede llegar a pasar algo que cambie las tendencias, pero la verdad se me antoja muy difícil que suceda. Incluso, toma en cuenta que ya va a empezar el Mundial y la gente se va a distraer un poco de las elecciones con lo cual las estrategias de campaña van a tener menos impacto.
Ricky Incredulín: – ¡No puede ser!
Yo: – Ánimo Ricky, nosotros como sociedad civil vamos a ser un contrapeso ante su régimen. Ánimo que el mundo no se acaba, no llores. Vamos por algo de comer, ¿qué quieres?
Ricky Incredulín: -¡Ya sé! Una torta y un Frutsi,
Yo: – ¿Queeee?
Ricky Incredulín: – Estaba bromeando, vamos mejor al McDonalds antes de que AMLO lo cancele.
En el libro «Political Brain» de Dres Westen, se narra un experimento para tratar de entender qué tan racional es el hombre a la hora de decantarse por un candidato o candidata. En dicho experimento se sometió a los participantes (que simpatizaban con los republicanos o con los demócratas) a una serie de diapositivas: en la primera, cierto político hacía una afirmación, y en la siguiente hacía otra afirmación que se contradecía con la primera (Por poner un ejemplo, un candidato dice: «voy a subir el salario mínimo para ayudar a las familias que menos tienen» y un mes después ante empresarios dice «subir el salario mínimo es una medida artificial que va a detonar la inflación»). Luego, se les pedía que en una escala del 1 al 5 evaluaran qué tan contradictorio era dicho candidato.
Resultó que los participantes le dieron una calificación más alta (más contradictorio) al político del partido con el que no simpatizaban, en tanto que, de la misma forma, relativizaban las contradicciones del político del partido con el que tenían simpatías. Al primero le daban un 5 y al otro un 2 o 3. Las reacciones en el cerebro de los participantes iban en consonancia, los participantes buscaban reducir aquellas sensaciones que les parecieran desagradables e incómodas (como caer en la cuenta de que su candidato era un mentiroso).
Cuando de una elección se trata, todos juran ser objetivos y racionales. Todos juran estar del lado de los que piensan, mientras que los otros son los emocionales, los viscerales, y hasta los pendejos y los ignorantes; como si la elección se tratara de una batalla entre los que sí piensan y los pendejos. Peor aún, creen que haciendo gala de su superioridad moral van a lograr persuadir a los otros:
– A ver, voy a compartir este post y le voy a poner: «para que se eduquen, chairos ignorantes». Así le voy a quitar algunos votos a López Obrador.
En realidad, eso es muestra de que ellos mismos también están siendo muy irracionales. En principio, porque ni siquiera saben las razones por las cuales sus «contrapartes» van a votar por uno u otro candidato. Creen que «escuchar las razones del otro» es ceder, cuando bien les podrían dar más información para llevar a cabo una elección racional. En ese momento, elegir a un candidato deja de ser un tema de racionalidad y comienza a ser una batalla donde cada quien agarra una bandera.
Por eso es que en los debates las tendencias se mueven más bien poco y sólo llegan a influir entre los que están más indecisos. Los que han tomado una postura no la van a cambiar y el debate solamente les funciona para reafirmar su postura. Tómese como constante en esta elección la batalla entre el lopezobradorismo y el antilopezobradorismo. Según Demotecnia, AMLO fue el gran ganador del debate, pero al mismo tiempo también fue el gran perdedor del debate.
De las Heras Demotecnia
¿Por qué pasa esto? Porque la postura que los electores tienen frente a López Obrador (sea positiva o negativa) se explica más por las emociones que por la razón. Las dos emociones que mueven más estas elecciones tienen que ver con el tabasqueño. López Obrador es el depositario del hartazgo hacia el gobierno actual y el sistema, y «se le tiene miedo» a López Obrador. No hay medias tintas con el candidato, no son muchos los que se atreverían a decir: «pronostico que AMLO no gobernará muy bien pero no ocurrirá una catástrofe» o «la presidencia de AMLO será medianamente aceptable» aunque esos escenarios bien pueden plausibles.
El efecto de la polarización, generada tanto por el tabasqueño con su discurso como por sus críticos acérrimos con las campañas de contraste, ha acentuado estas posturas. Unos esperan un cambio profundo y otros una tragedia. Eso también explica por qué la postura hacia López Obrador suele ser más dura e incluso rayar en el fanatismo en muchas ocasiones, mientras que los otros dos candidatos casi no generan emociones ni de una simpatía extrema ni de un fuerte rechazo, sino más bien de indiferencia, cierto desprecio o más bien como vía para ejercer el voto útil contra AMLO.
Este sesgo de confirmación no es necesariamente producto de la ignorancia, ya que es posible verlo hasta en los más eruditos quienes hacen juicios de los candidatos con base en sus posturas ideológicas. Esta irracionalidad tal vez tenga algún sentido de existir ya que es muy complejo y difícil pronosticar bien a bien cómo es que un candidato va a gobernar, y sólo es posible tener una vaga aproximación con información limitada porque ni siquiera conocemos el entorno en el que gobernará.
Una forma de tener alguna aproximación es analizando las propuestas y corroborar que estén bien sustentadas. Para saberlo será, en muchos casos, necesaria la opinión de expertos en el tema de quienes debemos esperar que algún tipo de sesgo no tuerza la evaluación ya que prácticamente nadie tiene la preparación en todas las áreas en las que un Presidente gobernará. Habrá que ver si están realmente dispuestos a cumplirlas o son actos de propaganda; y si están dispuestos a hacerlo, habríamos de preguntarnos si habrá la posibilidad política de aplicarlas (por ejemplo, reformas que necesiten una mayoría en el Congreso).
Importa, sí, el historial del candidato y su reputación. Pero aunque sea buena o mala, tampoco sabemos bien a bien cómo podrá reflejarse en su gestión. Hay atributos que pueden ser vistos como malos pero que en ciertos contextos podrían llegar a ser buenos. Me viene la mente cuando a Anaya se le acusa (con razón) de haber traicionado a otros políticos para salirse con la suya. Esa agudeza política no siempre será nociva, en ciertos contextos podría incluso generar algunos aciertos.
Entendiendo todo esto, podemos concluir que emitir un voto racional es más bien complicado. Y ya que la realidad objetiva en esta cuestión es difícil de alcanzar y evaluar dada su complejidad, las subjetividades y las emociones juegan, sí o sí, un papel muy importante. Aunque esta imposibilidad no significa que nos dejemos llevar completamente por las emociones, sino reconocer nuestras limitaciones y procurar acercarnos a la realidad objetiva lo más posible, aunque no la alcancemos del todo.
Si se le viera desde un punto de vista racional y pragmático, un solo voto no vale casi nada. A menos que la diferencia entre los dos punteros sea de un solo voto, el voto de una sola persona no alterará el resultado de la elección. Pero en realidad muchos de los electores están deliberando y discutiendo su forma de votar durante toda su campaña y, pasados los años, recuerdan muy bien por quienes votaron (al menos los cargos muy importantes). Debe haber necesariamente un componente emocional para que la gente salga a votar.
Un voto también es una forma de reafirmarse personalmente, es también una suerte de expresión personal. Cuando una persona vota por tal o cual candidato reafirma ciertos valores o intenta mandar un mensaje. Su voto casi no hará diferencia, pero sentirá un placer dentro de su organismo cuando vote por un candidato para votar al sistema o cuando vote en contra del otro candidato. También alimenta su sentimiento de pertenencia, lo cual es fácilmente demostrable en las redes sociales donde se crean facciones: «los chairos contra los fachos o derechosos». Votar es pertenecer a algo, a una forma de percibir y concebir la realidad, percepción que está dada por factores culturales, de historia personal y hasta genéticos, donde algunos valores tienen prioridad sobre otros: algunos se preocupan más por la libertad que por la igualdad y viceversa.
Cuando una persona cuestiona a otra y le dice: «qué pendejo, cómo votaste por Anaya», no sólo está haciendo un juicio de su voto, sino de su persona, porque su forma de votar podrá reflejar algo de su persona e incluso se atreverá asumir atributos que tal vez ni siquiera la otra persona posee. Incluso evaluamos las subjetividades de la otra persona por medio de nuestras subjetividades propias. Por eso es que un ínfimo voto que por sí mismo no cambia ninguna realidad puede llevar a mucha gente a perder amigos o hasta familiares.
A menos que una persona piense votar por un candidato porque tiene un gran deseo de afectar a otras personas (por ejemplo, votar por un candidato que deseé atentar contra la integridad o dignidad de algún sector social), hacer un juicio sobre la integridad de una persona tan sólo por su intención de voto es un acto irresponsable.
Por eso es importante recordar que, antes de juzgar a otra persona por su forma de votar, recuerdes que es muy posible, si no es que seguro, que las emociones también estén teniendo una influencia sobre tu voto.
A mí siempre me han molestado los boicots: no por su esencia sino por su forma, no porque esté en contra de la libertad de expresión (que en muchos casos es una forma de expresarse y ejercer presión) sino porque en la gran mayoría de los casos están muy mal planeados o dirigidos.
Los típicos boicots con los que me topé desde mi adolescencia son aquellos que buscaban «castigar» a los Estados Unidos. Si el gobierno decidía deportar mexicanos había que abstenerse de tomar Coca Cola y consumir productos gringos durante un día.
Eran absurdos en principio porque ni Coca Cola ni las empresas gringas tenían algo que ver con las decisiones del gobierno. También lo son por el escaso impacto que tendrían con las finanzas de esas corporaciones que, como acabo de decir, nada tienen que ver con las decisiones del gobierno el cual ni se enterará de lo ocurrido.
Ese tipo de boicots absurdos siguen existiendo: uno clásico fue cuando algunos quisieron boicotear a Starbucks para «joder a Trump» siendo que la filosofía de la empresa de Seattle es casi diametralmente opuesta al ideario de Trump. Si el mandatario estadounidense se hubiese llegado a enterar (cosa que seguramente no ocurrió) hasta le hubiera dado gusto que «castigaran» a una de esas empresas liberales que tanto lo odian.
Luego vino el boicot del gasolinazo. Muchos sugirieron dejar de cargar gasolina durante un número limitado de días en tanto que otros decidieron bloquear pacíficamente las gasolineras. En el primer caso, no redujeron el consumo de las gasolinas ya que cargaron su coche días antes o después de los días del boicot. En el segundo, solo perjudicaron a quienes tienen la franquicia de las gasolineras o a quienes trabajan ahí que nada tienen que ver con las decisiones del gobierno.
El problema con los boicots es que para que funcionen tienen que ser bien planeados para que quien tenga la capacidad de ejecutar o revertir la decisión que está molestando a los inconformes se sienta presionado a recular. En ninguno de los tres casos que mencioné se cumple con esta condición. En el primero y en el segundo se presiona a la iniciativa privada cuando la decisión es tomada por el gobierno, y en el tercero se presiona, cuando mucho, a los despachadores de gasolinas o franquiciatarios de Pemex cuando «el gasolinazo» es una decisión en materia económica del gobierno. Los indignados parecen no molestarse en averiguar bien las características del problema que los aqueja y, movidos por las emociones, asumen cosas que los llevan a cometer errores.
El boicot que me llamó la atención en estos días fue el que se hizo a la película de Eugenio Derbez que, a diferencia de los otros ejemplos, tiene un talante intolerante y fanático. Varios seguidores de López Obrador se indignaron porque Derbez simplemente expresó lo que pensaba: que no estaba seguro de que el tabasqueño fuera la mejor opción. Organizaron un boicot para que nadie fuera a ver su película Hombre al Agua. No lo perdonaron ni porque se trata de alguien que está dignificando a los latinos asediados por Donald Trump.
Movidos desde el encono y el fanatismo, ellos no se percataron que se habían convertido en publicistas gratuitos para la película de Eugenio Derbez. Creyeron que iban a lograr que muchas personas no fueran a ver la película y lograron lo contrario. Desde un principio visualicé ese resultado porque no se requiere mucha ciencia para entenderlo: ¿cuántas de estas personas irían a ver una película de Eugenio Derbez? La verdad que muy pocas. Gracias a ellos se empezó a hablar más de la película en redes, muchas personas seguramente ni se habían enterado que Derbez tenía una nueva película (yo no lo sabía).
Además de las personas que fueron a verla porque gracias a ellos se habían enterado del nuevo filme de Derbez, otras varias, por solidaridad con el comediante, fueron a ver la película. Hoy, Eugenio Derbez, a quien trataron de callar y coartar su libertad de expresión, tuvo más ventas que Avengers en México, y conste que a mí no me gustan mucho sus películas.
Este caso es más grave que los otros porque al menos los otros boicots parten de una causa noble o justa. Aquí no ocurre eso, aquí el objetivo fue coartar la libertad de expresión de un comediante que tiene derecho a decir lo que se le venga en gana. Una cosa es criticar lo que se dice (como ocurrió con unas declaraciones polémicas sobre los community managers) y otra cosa es restringir uno de los derechos que tiene no sólo gracias a la constitución sino a los tratados internacionales. Pero fue su mismo odio lo que llevó su boicot al fracaso, porque ni siquiera analizaron bien las repercusiones que su «medida» podría traer. Actuaron con las vísceras y Eugenio Derbez ahora tiene, gracias a ellos, más dinero en su cuenta de banco.
Si el gobierno o las empresas «malévolas» toman decisiones muy bien calculadas y los indignados actúan con las vísceras sin estrategia y hoja de ruta alguna (como ocurre con la gran mayoría de los boicots) es muy fácil advertir quien va a ganar la partida.
México es un país que se encuentra polarizado como consecuencia del proceso electoral en el que se encuentra inmerso, en el cual las descalificaciones y los insultos de uno a otro lado abundan. Pero eso no es nada, México ha venido sufriendo, desde hace varios años, una espiral de violencia en la cual diariamente muchas personas pierden la vida, sobre todo como producto de la delincuencia y el narcotráfico. ¡Vaya! no faltan las palabras para decir que nuestro país se encuentra en una posición delicada.
Por eso es que deberíamos esperar, por parte de los periodistas y líderes de opinión, prudencia ante este entorno agitado, ya que sus palabras resuenan y se multiplican mucho más que las de cualquier usuario de redes sociales. También, como periodistas, deben de sujetarse a una ética profesional por medio de la cual deben de acostumbrar informar o generar opinión dentro de su audiencia y no lo opuesto.
Ricardo Alemán es un periodista que ha sabido jugar con los límites de esta ética profesional. La fama que le acarrea (positiva o negativa) es producto de ello. Más que ser un periodista, Alemán ha acostumbrado, de forma sistemática, a atacar a un sector de la sociedad que no sólo está compuesto por los simpatizantes de López Obrador, sino básicamente por quienes fungen como opositores del gobierno actual.
Ciertamente, a Ricardo Alemán le ha funcionado «la fórmula» en un sector, ya que algunos de los simpatizantes lopezobradoristas suelen ser poco tolerantes y tienden a descalificar en vez de debatir y contrastar ideas. Alemán ha tomado una postura igual de visceral que su contraparte y por eso es que puede entusiasmar a ciertas personas que están «hartas» de las descalificaciones que provienen del lopezobradorismo. Pero él es un periodista, no es cualquier usuario de las redes sociales.
Alemán no es cualquier tonto, con anterioridad había mostrado que era capaz de hacer análisis bastante decentes, pero en los últimos años se ha decantado por una postura oficialista ramplona, guarra y majadera; podría describirse como un Alex Jones priísta. Últimamente ha tenido intervenciones bastante nefastas, no sólo porque acostumbra a llamar «legión de idiotas» a quienes no piensan como él o son críticos del gobierno actual. Hace pocos días se burló de las manifestaciones que surgieron a raíz del asesinato de los estudiantes del CAAV y que generaron bastante indignación:
Pero lo que ocurrió ayer (al día en que escribo esta columna) fue la gota que derramó el vaso. A Ricardo Alemán se le ocurrió compartir una publicación en la que se hace apología al delito y sugiere privar de la vida al candidato Andrés Manuel López Obrador. Aunque lo haya publicado en «tono de broma», su actuar es muy irresponsable, inadmisible y hasta peligroso, como mencionó Enrique Krauze.
«Les hablan!!!» (dice Ricardo Alemán) junto con la siguiente publicación: «A John Lennon lo mató un fan, a Versace lo mató un fan, a Selena lo mató un fan, a ver a qué hora chairos».
La reacción en redes sociales fue de una fuerte desaprobación, no sólo entre «sus enemigos» sino entre casi todos los líderes de opinión del país tal vez con excepción de alguno que otro que tiene un perfil similar. Julio Astillero fue uno de los periodistas que le dio más difusión a estas calumnias, pero también fue desacprobado contundentemente por Enrique Krauze y Juan Pardinas quien dijo que en una democracia civilizada, hoy debería ser el último día en la carrera profesional de Ricardo Alemán.
Pero Ricardo Alemán (quien me bloqueó de Twitter por reclamarle de forma civilizada sus palabras) no reculó. Por el contrario, siguió descalificando y afirmó que Julio Astillero y MORENA habían tergiversado lo que él había querido decir:
Pero no fue ni Julio Astillero ni MORENA quienes «distorsionaron» su post. Muchos de los líderes de opinión que lo vieron y muchos usuarios que lo vimos llegamos a la misma conclusión: el texto que compartió Ricardo Alemán sugiere privar de la vida a un candidato.
A pesar de ello Ricardo Alemán siguió insistiendo. Trató de «arreglarle» y ofreció una «disculpa» a medias a quien pudo ofender por hacer lo que realidad sí hizo y que a muchos nos quedó claro. Siguió insistiendo en una conspiración hacia su persona de parte de Julio Astillero y «los chairos» y que quiso advertir de «ese riesgo» aunque no aclara bien cómo, además de que se me hace un absurdo que alguien como Alemán advierta sobre un supuesto riesgo de que un fan «mate» a AMLO.
https://www.youtube.com/watch?v=kN5l7oQvEUU
La libertad de expresión tiene límites, y esta frontera se cruza cuando se dice o se pronuncia algo que pueda atentar contra la dignidad o integridad de un tercero. Aquí, los dichos de Alemán van más inclusive más allá de eso. En el contexto que vivimos como país, donde la inseguridad y el encono prevalecen, ese tipo de palabras son muy peligrosas.
Por eso es que creo que todos los medios que tienen relación alguna con Ricardo Alemán deberían rescindir de su contrato. Una cosa es que un periodista tenga algún sesgo político o una preferencia política, pero aprovechar un espacio para agredir e incluso sugerir un delito debe de ser penado y sancionado severamente por quienes le otorgan estos espacios al periodista, de no serlo podrían ser vistos como una suerte de cómplices al permitir que en sus medios alguien pueda llamar al odio, a la agresión o a la privación de los derechos más elementales.
Espero que Milenio y todas estas empresas rescindan de su contrato por el bien del periodismo. En México no podemos darnos el lujo de tener periodistas que sólo abonen al odio y a la agresión. No es lo mismo un periodista polémico y que confronta a uno que pide públicamente atentar contra los derechos de alguien más. Debemos evitar que estos discursos se pronuncian en las elecciones, ya que no es la primera vez que ocurre. Ignacio Taibo II, hace unos días, sugirió que a los «traidores» los fusilaran en el cerro de las campanas.
De la misma forma, Twitter pone a su disposición herramientas para denunciar discursos de odio y esa cuenta puede ser reportada. Para hacerlo (no importa que hayas sido bloqueado por él) tienes que seguir los siguientes pasos:
Tatiana Clouthier publicó en su cuenta de Twitter una especie de manual de resistencia para que los seguidores de López Obrador «conviertan» a los suyos al lopezobradorismo. Llama la atención que se sugiera no descalificar a los demás y ridiculizarlos sino empatizar con ellos y explicarles con argumentos por qué «AMLO es la mejor opción».
Llama la atención porque ciertamente muchos de los lopezobradoristas no se caracterizan por seguir a pie juntillas lo que ese manual dice; a veces su postura suele ser la contraria, la de la descalificación, la denigración y la ridiculización del oponente. Basta con darse una vuelta en Twitter.
Pero no sólo un considerable sector de los lopezobradoristas suele ser así, ya que también es una práctica recurrente si hablamos de muchos de sus oponentes, quienes también ridiculizan y denigran a los primeros (el término «chairo» es un gran ejemplo de ello). Muchas veces se quejan de la «intolerancia» de los lopezobradoristas mostrando una actitud asombrosamente similar que a veces hasta la excede. Frases como «chairo güevón intolerante, ya cállate» los exhibe.
Lo peor del caso es que muchos piensan que así, con una preocupante indisposición al diálogo, van a lograr persuadir a sus oponentes de votar o dejar de votar por un candidato, como si por medio de insultos fueran a «agarrar la onda». Nada más falso. Su actitud, que es un claro ejemplo de lo que el sesgo de confirmación es, tan sólo abona a crear una cámara de eco donde las personas escuchan lo que quieren escuchar y lo reinterpretan a su manera: si alguien piensa diferente es porque está manipulado, ya sea por la «mafia del poder» o por el mesías tabasqueño. No hay lugar para un pensamiento libre, se cree que el que piensa libre es, coincidentemente, el que piensa como yo, en tanto que el otro es necesariamente un esclavo de sus pasiones.
Muchos incluso suelen cuestionar la capacidad intelectual de sus oponentes. No dan crédito que alguien esté a favor de cometer el «mismo error que Venezuela» o que los otros piensen en votar por «la corrupción», por los que nos «han chingado tanto». Lo piensan así porque en muchos casos ni siquiera se han sentado a dialogar para comprender cómo llegaron a esas conclusiones. Ante la falta de argumentos sólo resta el uso de los prejuicios y las generalizaciones.
Yo no creo que alguien debería tener la necesidad de obligarse moralmente a «convertir» a alguien más. El voto es una decisión personal que debe ser producto de una deliberación propia y no de la presión social. Sí, es muy sano y deseable que las diferentes personas debatan y contrasten sus puntos de vista ya que eso les ayudará a tener un voto muy informado, pero eso no es lo que ocurre en la mayoría de los casos (sobre todo en las redes). Lo más común es que la gente quiera imponer su punto de vista a los demás, y aunque digan que su propósito es el del convencimiento, en el fondo quieren tener la razón y reafirmar su postura.
Su aspiración es llegar con un claro sentimiento de superioridad y reafirmación personal y decir: ¿ves? Te lo dije. Yo tenía razón, tú estabas equivoado, ergo, tú «me la pelas».
Entonces, si ambas partes quieren reafirmar su postura, no se puede esperar que lleguen a un punto de común acuerdo ni que se retroalimenten; se trata de vencer al oponente, se trata de un juego de suma cero donde para que uno gane el otro tiene que perder.
Así, muchos comparten información de dudosa procedencia, de la cual solo se percatan cuando beneficia al candidato opositor, para defender su punto de vista; el sesgo de confirmación está ahí en su máxima expresión. Investigan para reafirmar su postura. Si la realidad los contradice, entonces es la realidad la que hay que tergiversar reinterpretando, relativizando y deconstruyendo significados.
En realidad no van a convencer a ninguna persona y sí van a perder unos cuantos amigos.
La forma en que operan los cárteles de la droga en nuestro país es muy parecida a la forma en que los regímenes totalitarios (como los nazis y los comunistas) se implantaron dentro de las naciones en las que gobernaron. Estos regímenes aprovechan una condición de vulnerabilidad para establecerse: así como los nazis aprovecharon el declive económico de la República de Weimar a raíz de la crisis de 1929, los cárteles del narco aprovechan las condiciones de vulnerabilidad, pobreza y falta de oportunidades preexistentes dentro de alguna comunidad dada.
De la misma forma, la propaganda es crucial. La cultura que el narco promueve es una forma de propaganda, una cultura aspiracional y de status, de dinero, mujeres, camionetas que serían impensables ganar de forma legal y formal. El narco penetra dentro de la vida cotidiana por medio de géneros musicales como la banda (narcocorridos) o el rap, así como otros medios de consumo. Por último, al igual que las dictaduras totalitarias, los cárteles del narco atomizan y destruyen el tejido social e implementan uno nuevo por medio de un régimen del terror, donde todos los que son parte se vigilan a ellos mismos o se delatan ante la más mínima traición que les puede llegar a costar la muerte.
La llamada guerra contra el narco desatada en los últimos doce años parece haber subestimado la reingeniería social que el narco hace en las comunidades y se ha enfocado mucho en el desmembramiento de los cárteles por la vía coercitiva. Es decir, la guerra contra el narcotráfico ha tenido una visión correctiva pero no preventiva. La Alemania ocupada de la posguerra llevó a cabo un proceso de desnazificación para revertir la influencia que el nazismo tenía en el tejido social, no había bastado con que los aliados vencieran al ejército de Hitler, había que limpiar a Alemania que estaba infectada para evitar su resurgimiento.
La propuesta de López Obrador en materia de seguridad tiene muchas lagunas y le falta desarrollo, ello explica que haya dado pie para que sus opositores tergiversaran su propuesta de la amnistía afirmando que va a liberar a los capos (lo cual es falso). Pero si algo ha de reconocerse es que López Obrador ha planteado una alternativa que busca atacar el problema de raíz. La amnistía considera más bien hacerlo con aquellas personas que están en la cárcel porque se han visto forzadas (ya sea por necesidad económica y coerción) a involucrarse en actividades relacionadas con el narcotráfico como la siembra y actividades similares, no considera liberar a los capos ni pactar con ellos. Pero lo interesante, a pesar de su falta de desarrollo como propuesta, es el cambio de enfoque que propone el tabasqueño ya que aborda eso que ha faltado en el combate contra el narcotráfico.
No sé si las hojas de ruta que se tracen en el caso de López Obrador puedan ser las más acertadas, me parece un tanto evidente que sus asesores están trabajando sobre la marcha en ellas y la buenas intenciones no bastan. Pero el diagnóstico y la propuesta de cambio de perspectiva (que ha quedado relegada en un segundo plano en el contexto electoral) es algo que debe analizarse y tomarse en cuenta. Aunque creo que la estrategia correctiva no debe abandonarse del todo, sino que debería formar parte más bien parte de una estrategia integral que busque atacar el problema de raíz.
Cuestiones como la excesiva desigualdad y un sistema que no ofrece posibilidades de movilidad social (la capacidad que tiene un individuo de desplazarse a un nivel socioeconómico superior) a aquellos que se encuentran abajo se convierten en caldo de cultivo para que el narco penetre en esas comunidades y las explote en su beneficio. Eso es algo que no se ha combatido posiblemente porque implicaría tocar algunos intereses y cotos de poder. La desigualdad y la falta de oportunidades, más que un problema, son un síntoma de una falla estructural más grande y que es la que debe de atenderse. López Obrador es el único que lo ha detectado, pero habría que debatir con él no argumentos absurdos como si «va a liberar a los capos» sino, por ejemplo, si su intención de revertir la Reforma Educativa pudiera jugar en contra de este objetivo ya que la educación es un pilar clave para crear un país donde haya una mayor movilidad social.
Pareciera que sus opositores no quieren entrarle al tema y parecen más bien aspirar a hacer eso mismo que durante 12 años no ha funcionado. Si a 12 años de que la guerra contra el narco inició estamos lamentándonos por el triste asesinato de estudiantes en Guadalajara, entonces es porque algo no ha funcionado en la estrategia. Tal vez sea importante comenzar a hablar del combate a la desigualdad y a la falta de oportunidades, un combate que no se lleve por medio de programas asistencialistas pero sí con una regeneración de las estructuras sociales para que «los de abajo» tengan mayores oportunidades de crecer «hacia arriba» sin tener que recurrir al narco para ello. Tal vez sea importante comenzar a debatir sobre cómo podemos regenerar y fortalecer el tejido social de esas comunidades para que los jóvenes no se vean tentados por la delincuencia y se vean seducidos por la narcopropaganda. Esto debería ser uno de los temas centrales dentro de la elección y sólo López Obrador lo ha abordado a medias y con torpeza.
Mientras tanto, muchas familias siguen rompiéndose, muchos jóvenes siguen siendo asesinados, los balazos siguen cimbrando el territorio mexicano.
En esta semana varios amigos míos han entrado en una terrible frustración que deriva incluso en el llanto. Y no son pocas las razones para que se sientan así, yo mismo he tenido un sentimiento similar al ver la displicencia de las autoridades ante un caso que no sólo es trágico, sino de lo más vil y ruin que puede existir.
Los estudiantes Javier Salomón Aceves, Jesús Daniel Díaz y Marco Francisco Ávalos del CAAV fueron asesinados simplemente por estar en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. Ellos tan sólo iban a hacer una tarea escolar. Pero no sólo fueron asesinados por narcotraficantes sino que sus cuerpos fueron disueltos en ácido.
Los ciudadanos nos sentimos solos, abandonados a nuestra suerte, con la sensación de que el Estado, de quien se dice tiene el monopolio de la violencia, no puede hacer su tarea ni parece tener un especial interés en ello. Las autoridades se vieron presionadas y rebasadas por la indignación de la ciudadanía; sin esta, su reacción hubiera sido incluso más displicente y tal vez ni siquiera habría merecido una rueda de prensa. Pero la versión oficial no les cuadra a muchas personas e incluso dudan que realmente los estudiantes hayan sido asesinados.
Algunos tomaron la glorieta de Niños Héroes y la hicieron suya. Ante el desamparo, muchos salieron a las calles (cosa que también ocurrió en la Ciudad de México) para manifestarse y exigir una explicación. ¿Qué hacer cuando las autoridades, que son los únicos que tienen el monopolio de la fuerza y son quienes ejercen la ley, no responden? ¿Qué hacer cuando no dan un argumento convincente?
En estas elecciones poco se habla del narcotráfico. Cuando alguien habla de ello, lo hace de una forma muy general, no profundiza lo suficiente o lo hace para atacar a otro contrincante. Lo abordan, pero de tal forma que cuidan sus palabras para no meterse en problemas. Poco se habla de que los cárteles del narcotráfico han logrado penetrar en las estructuras políticas y sociales de nuestro país, al grado que alguien, como los estudiantes del CAAV, puede ser asesinado solamente por estar en el lugar equivocado. El narcotráfico es un poder lo suficientemente grande que no podríamos descartarlo de la ecuación electoral. ¿Qué tanto podrían influir en las elecciones y qué papel juegan?
Prueba del poder que el narco ya tiene dentro de la cultura mexicana es que uno de quienes confesaron disolver a los estudiantes en ácido es un rapero llamado QBA quien tiene en Youtube videos con más de cinco millones de visitas:
El narco ha logrado impactar en la cultura de varios sectores de la población con el fin de poder de reclutar a jóvenes que engrosen sus filas. No sólo les promete un ingreso económico al cual podrán aspirar de forma legal, sino que logra vender su cultura como si se tratara de algo cool, de algo aspiracional, como una forma de status (si estás dentro eres un privilegiado, no eres cualquiera, eres alguien) para así crear un círculo vicioso donde más personas se enrolan y más personas se sienten en la necesidad de hacerlo. Todos quieren mostrar lujos, camionetas, armas, es muestra de que tienes poder, de que eres un chingón.
En un ambiente tan nihilista como este todo se vale, nada está prohibido en tanto no molestes «a los de arriba». Despojados de cualquier sentimiento de humanidad, a aquellos «conversos», aquellos que han caído en las garras del crimen y el narcotráfico, pueden matar gente inocente y masacrar sin que eso les cause remordimiento o sentimiento de culpa.
A los ciudadanos esto los rebasa, se encuentran en franca desventaja ante los tentáculos del narcotráfico de los cuales forman parte estos jóvenes reclutados. Estudiantes de cine de clase media nada pueden hacer ante estos individuos que han hecho del crimen y de la lesa humanidad un estilo de vida. Los ciudadanos tan sólo pueden aspirar a que el Estado haga algo, que combata de alguna u otra forma a los cárteles que infectan a la sociedad con esta narcocultura. Pero los ciudadanos sienten que el Estado les falla, que no hace su tarea, que se muestra displicente y a veces hasta sienten que les mienten.
La frustración es grande, es muy grande cuando te enfrentas a fuerzas que son muy superiores a ti y te encuentras solo.