Categoría: temas polémicos

  • El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    Después de la muerte de Armando Vega Gil pensé en escribir un nuevo artículo, pero para ello preferí esperarme unos días. Quería deliberar dentro de mi cabeza, escuchar voces de ambos lados en este entorno tan polarizante y tratar de entender bien este fenómeno llamado #MeToo.

    Días después, creo que estoy listo para hacerlo, y aún así no es algo muy fácil de hacer, ya que analizar este fenómeno es muy complejo y para ello no me queda de otra que matizar, diseccionar y alejarme de las generalidades y de los juicios de valor categóricos a un movimiento. Implica hacer un ejercicio de empatía, implica la muy difícil tarea de darle la justa dimensión a las cosas, e implica deliberar entre convicciones mías que en este contexto se muestran contrapuestas (como la cultura de la legalidad contra la equidad de género).

    El problema en el que estamos metidos

    Primero empiezo reconociendo el problema: México es un país muy machista, más de lo que pensábamos (o yo pensaba) y, peor aún, lo que nos exhibió #MeToo fue una cultura del acoso y violencia hacia la mujer que está impregnada en las estructuras sociales en los estratos socioeconómicos que, curiosamente, son o serían los menos machistas, donde se supone que la cultura de la equidad de género se ha impregnado más. Esto es, si ahí las cosas están mal ¿cómo estarán las cosas en los otros sectores?

    Tenemos que admitir que la cultura del acoso y la violación sexual es un problema muy grave en nuestro país y es algo que no se puede relativizar. En relación con la cultura del combate al acoso también estamos atrasados con respecto a muchos países. Básicamente es necesario un cambio cultural.

    A este se suma otro problema grave que tan solo fortalece el status quo, y es la incapacidad de las autoridades para hacer justicia hacia las mujeres que desean denunciar. La justicia en este sentido prácticamente no sirve, por lo cual para muchas mujeres denunciar pareciera no ser más que algo meramente rutinario o simbólico.

    Dicho esto, si bien soy un defensor de la legalidad y de la institucionalidad, debo reconocer que, al menos de momento, esta perspectiva se vuelve completamente inútil con respecto a la problemática que muchas mujeres sufren. #MeToo en este sentido opera por fuera de lo legal, no de forma ilegal, sino más bien alegal, y el movimiento mismo hace de alguna u otra forma la tarea que las instituciones deberían hacer, con todos los problemas que esto implica.

    La naturaleza de #MeToo

    #MeToo llegó tarde a México, ya se había manifestado en Estados Unidos y otros países como en el caso de Harvey Weinstein y Kevin Spacey quienes vieron su reputación arruinada después de que se ventilaran diversas acusaciones hacia sus personas. En ese momento algunas personas trataron de replicar la dinámica en este país haciendo algunas denuncias pero no se había logrado viralizar. Era necesaria una cantidad de masa crítica como para que las mujeres vieran que el movimiento era fuerte y que podían estar seguras de no sentirse solas a la hora de exponer sus denuncias.

    Me parece muy ingenuo esperar que un movimiento como #MeToo contenga, a priori, filtros o mecanismos para evitar abusos por el simple hecho de que fue una explosión que se viralizó en redes (otra cosa son los ajustes que se pueden ir haciendo con el tiempo). La falta de experiencia (es un fenómeno nuevo en nuestro país), el hecho de que sea un fenómeno orgánico que se ha viralizado y el alto contenido emocional (vaya, mujeres que han sido abusadas y violadas) hace impensable pensar en algo así.

    También es ingenuo esperar conformarse con una postura conciliadora, como si bastara con hacer reuniones con galletitas y café para acabar con este problema. Si bien, soy un defensor de la progresividad como mecanismo para cambiar realidades, en el caso del abuso y la violación sexual tendría que hacer una excepción ya que no pueden lograrse cambios de fondo sin generar incomodidades cuando se trata de problemas graves que se encuentran muy escondidos y a los cuales no se les ha podido dar una real dimensión.

    #MeToo es una explosión viralizante, en donde las mujeres que fueron violadas y acosadas se animaron a contar sus historias porque creyeron que quedarían marcadas por la violencia que ejerció sobre de ellas un violador o un acosador. No solo está el problema las instituciones inoperantes al respecto, sino que muchas se lo guardaron por miedo a ser señaladas, criticadas o estigmatizadas (lo que también explica en parte el asunto de las denuncias anónimas). Debo decir que es muy común que en nuestra sociedad se estigmatice a una mujer que fue violada.

    En este sentido era necesario que surgiera, no había otra forma de poder dimensionar lo que estaba ocurriendo. Era necesaria una explosión, una sacudida mediante la cual las mujeres tuvieran el ánimo de hacer su denuncia, de buscar justicia ante el agravio que sufrieron. Y naturalmente iba a haber efectos secundarios.

    Asegunes y matices

    El suicidio de Armando Vega Gil de la extinta banda Botellita de Jerez desató un sinfín de polémicas que creo deben de ser atendidas y, sobre todo, entendidas.

    Primero, es importante (y difícil, lo sé) dar la justa dimensión a las cosas. Me parece una desproporción darle una dimensión en la cual este suicidio se vuelve más importante que todas las denuncias de acoso y violaciones reales, o afirmar de forma categórica que #MeToo lo mató (primero, porque no sabemos si es inocente como dice, y porque implicaría negar su libre albedrío). Pero de la misma forma sería irresponsable desestimar lo ocurrido y no darle ninguna importancia, como ha ocurrido entre algunas feministas radicales quienes incluso han culpado a Armando Vega de «deslegitimar el movimiento» con el suicidio.

    Dije que #MeToo comenzó con una explosión de la cual no se puede esperar una suerte de filtros y matices a priori y expliqué por qué, pero conforme pasa el tiempo sí que se pueden ir implementando dichos filtros y sí es necesaria una crítica al interior del movimiento para ir dándole forma e institucionalizarlo (por decirlo de alguna forma) para reducir al mínimo los abusos que deriven en personas inocentes que se vean afectadas. Dada la naturaleza de este fenómeno (y que incluye denuncias anónimas) surgen los siguientes problemas: (recordemos que este es un movimiento alegal, que no se apega a derecho -básicamente por su inoperancia con respecto a este tema- y que implementa sus propios mecanismos)

    Primero: que hay personas que pueden abusar de esta herramienta para dañar la reputación de terceros inocentes. Más aún cuando el empoderamiento de la mujer y el cierre de filas entre ellas genera una postura escéptica ante quienes tratan de desmentir las acusaciones. Esto puede provocar daños severos en la vida de personas inocentes, que aunque sean muchos menos que las mujeres violentadas no significa que no importen.

    Segundo: que se lancen acusaciones que no se puedan catalogar como acoso o abuso, que ciertamente se puedan tratar de conductas incluso reprobables pero en las cuales no esté involucrado algún problema de violencia de género: por ejemplo, conflictos personales en una pareja, infidelidad que dentro de ella no contenga violencia de género (entendiendo que una mujer también puede ser infiel con un hombre) y otros diversos casos.

    Tercero: la difusa frontera entre lo que es un acoso y lo que no es. Es relativamente fácil definir qué acto es una violación, pero no siempre pasa lo mismo con el acoso, un acto puede ser percibido como un acoso para una persona y no para otra que dentro de su fuero interno nunca tuvo la intención explícita de acosar. Es imperativo, a mi parecer, que el acusado haya tenido la intención explícita de hacerlo (esto sin importar si se encontraba alcoholizado o afectado por estupefacientes).

    Veredicto

    A mí me parece difícil hacer una afirmación categórica sobre el movimiento. He dicho que era necesario que haya surgido y también he dicho que, dada su naturaleza, tiene algunos problemas que pueden incluso llegar a afectar la vida de terceros. Antes de glorificar o satanizar al movimiento, y evitando un juicio utilitarista donde argumente que es bueno solo porque son más los beneficiados que los perjudicados, me parece que lo más sensato debería ser hacer lo propio hacer estos juicios con los actores más que el movimiento en su conjunto:

    Por ejemplo: a mí me parece ética y moralmente correcto que una persona que fue agraviada o violada exponga públicamente su caso. Debería tenerse una moral retorcida como para pensar que moralmente una persona no tiene el derecho a defenderse ante un agravio, más cuando las opciones institucionales no son una alternativa. De la misma forma, me parece ética y moralmente reprobable y condenable que una persona se «suba» al movimiento para difamar a otra o para mera venganza.

    También se debe entender a este movimiento en su contexto. Todos estamos de acuerdo en los problemas que trae en esencia, pero habríamos también que preguntarnos qué alternativa existe para socializar y combatir el problema. A la fecha, me cuesta mucho trabajo pensar en una alternativa igual de poderosa. Es, me parece, una buena causa que ciertamente es imperfecta, que adolece de no tener una curva de aprendizaje recorrida al momento del inicio.

    Lo que sigue

    Y si bien #MeToo inició inexperto, sí debería ir adquiriendo experiencia en el camino, desde plantearse cómo dar más visibilidad a la problemática de las violaciones hasta cómo evitar que personas abusen de esta plataformas y afecten a personas inocentes.

    Muy importante también es cómo lograr que el fenómeno #MeToo se convierta en políticas públicas que reduzca el número de violaciones, en un sistema de justicia que sí ayude a las mujeres y también en protocolos dentro de organizaciones públicas, privadas, sociales o escuelas, para combatir este problema de tal forma que logre penetrar ahí en la cultura y sacuda las estructuras para combatir la violencia de género. El mero hecho de exhibir el problema ya es un gran paso que seguramente motivará a más de una organización a cambiar su cultura, pero el esfuerzo no debe quedar ahí.

    La tarea no es fácil, pero se dio un gran primer paso, que naturalmente es incómodo (no sé cuántos hombres estén temerosos de que expongan su caso) y que seguramente logrará un cambio dentro de las estructuras sociales. Las mismas lideresas del movimiento también deberán ser críticas con ellas mismas si quieren lograr que el cambio sea profundo. Se debe procurar que este movimiento combata este problema y no termine desviándose a una mera batalla de géneros de mujeres contra hombres.

    Extirpar este cáncer es imperativo y los hombres también debemos colaborar en ello. Era necesario que algo así sucediera, que se sacudieran las estructuras, porque no se puede tolerar que en una sociedad como la nuestra se permitan numerosos abusos y violaciones que se cometen de forma impune.

  • Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    En estos días algo se movió dentro de las estructuras sociales mexicanas, recibieron una sacudida muy fuerte.

    Decenas de profesores despedidos de sus puestos de trabajo. Personas que, cuando menos lo esperaban, vieron destruida su reputación; se vieron señalados, vieron que su vida posiblemente no será igual porque dieron por sentado que «eso que hicieron» siempre quedaría ahí oculto en la oscuridad.

    Fue como un Blitzkrieg, llegó de forma intempestiva, bastaron dos días para poner el mundo de cabeza.

    Fue una batalla cultural y social, apunta ahí a las mismas estructuras sociales. Fue una breve terapia de shock que incluso comprometió el futuro de algunas instituciones e hizo mella en el tejido social.

    Tal vez no se equivoquen quienes digan que #MeToo tiene algunos defectos, que hay gente que puede subirse al mame con el fin de desprestigiar personas o para vengarse, que hace falta matizar entre los casos o que hacen falta poder más filtros para evitar daños colaterales. Pero también sería ingenuo esperar que en una batalla como ésta donde se busca generar el mayor impacto posible en el menor tiempo se fueran a tomar demasiadas consideraciones de ese estilo y se fuera a ejecutar de una forma muy pragmática. Más cuando hablamos de mujeres que escondían dentro de sí historias que les partían el alma y que vieron en esta dinámica una oportunidad para expresarse.

    Tan solo bastaron dos días para mostrarnos que los acosos y las violaciones sexuales son parte de las estructuras sociales, que no son la excepción sino la regla. Nos mostraron toda la pobredumbre incluso dentro de las instituciones que se presumían defensoras de los Derechos Humanos.

    Y no es que las cosas se hayan degenerado, es que las cosas ya estaban degeneradas, el problema tenía años e incluso, para los apologistas del pasado, décadas.

    Y quien fuera a esperar que no sucediera gran cosa estaba muy equivocado. Eran muchas las mujeres que tenían una historia muy dolorosa que contar, una historia que habían mantenido en secreto por miedo a ser señaladas o criticadas, por miedo a perder sus puestos de trabajo o que nadie les creyera.

    Pero se empoderaron: se dijeron entre ellas «yo sí te creo» para respaldarse y recordarse que no están solas. Vieron en ellas mismas un apoyo psicológico para lograr externar eso que había quedado ahí oculto durante todas sus vidas. Hombres que eran vistos como respetables pero que tan solo eran depredadores sexuales, de los que uno no sospecharía nada, y quienes habían logrado que su crimen quedara ahí en lo escondido, en lo oscurito. Hombres que vieron sus vidas arruinadas, y en la mayoría de los casos, justamente.

    Lo peor del caso es que solo estamos viendo una parte de todo el problema, porque así como hay universidades, instituciones y sectores sociales que permitieron que esta ola permeara, había también muchos otros círculos que se han blindado ante la amenaza ya sea por sus estructuras de poder o porque el activismo escasea más ahí: partidos políticos, universidades e instituciones conservadoras e incluso agrupaciones religiosas; además de todas aquellas instituciones o agrupaciones donde seguramente se han tomado medidas para que las historias de los violadores que se encuentran ahí no salgan a la luz.

    Las mujeres dieron un golpe de autoridad y mostraron que no están dispuestas a quedarse calladas, por ello algunos hombres se encuentran en pánico, porque temen que su caso se ventile. Muchos otros no tememos alguna difamación porque nunca nos hemos conducido así pero seguramente nos hizo repensar y ser mas críticos con nuestra conducta hacia las mujeres.

    Algo se movió estos días, las mujeres ganaron un poco más de poder y relevancia (lo cual ciertamente genera incomodidades). El bombardeo fue intensivo e intempestivo, no hubo mucha piedad (aunque los acusados menos aún la tuvieron cuando cometieron sus fechorías). Apenas se dieron cuenta del ataque cuando ya solo había ruinas sobre de sí.

  • ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    Como librepensador que me considero, yo nunca he sido una persona que utilice las etiquetas de aliado o feminista para definirme, y tengo muchas razones para ello.

    La primer razón y que sonaría como la más obvia, es que así como concuerdo en ciertos temas con los feminismos (entendiendo que se trata de un movimiento heterogéneo), también a veces llego a discrepar, y sé que esas discrepancias pueden llegar a incomodar a más de una persona. En lo general, comparto el fin que las feministas buscan, que es lograr una real equidad de género tanto en lo público como en lo privado. Pero al igual que haría con todo movimiento, podré decir también que con esto no estoy de acuerdo o con esta otra forma tampoco, como lo he llegado a expresar en este espacio.

    Pero la segunda razón y la de más peso es que decirse aliado o feminista en las redes, hablar y parlotear es algo muy fácil para los hombres. Y la realidad es que varios (no todos) lo hacen porque quieren congratularse con las mujeres, presumen estar deconstruidos (término derridiano muy torpemente utilizado) y se la pasan señalando a quienes consideran realizó un acto machista. Estoy seguro que varios de los varones se dicen feministas por cualquier razón menos que por una real preocupación por aquello que una mujer padece (desde inequidad, hasta violaciones o abusos).

    Hace año y medio, yo critiqué en Facebook a un grupo de feministas por el linchamiento que hicieron hacia Gatorade y la propia Paola Espinosa por el anuncio que decía «mi mayor triunfo es ser mamá», ya que atentaba contra su libertad de expresión y porque en ese anuncio, atendiendo el entorno, nunca se quiso transmitir el mensaje de «una mujer no puede aspirar a ser más que una madre» como algunos parecían sugerir. Naturalmente es una crítica que sostengo al día de hoy.

    En ese entonces llegó un hombre (de quien voy a omitir su nombre) casi con el fin de hacer un linchamiento sistemático a mi persona señalándome como misógino y sexista. De igual forma me atacó porque sugerí que no todas las diferencias entre ambos géneros eran necesariamente producto de construcciones sociales (e incluso después de insistir en que ninguna diferencia que existiera justificaba una relación asimétrica entre mujeres y hombres ni mucho menos podría sugerir que las mujeres eran menos talentosas que los hombres en algo). ¿Qué pasó después?

    Resultó que esta persona fue denunciada por su exnovia, quien aprovechó la campaña #MeToo para decir que, en los dos años que duró su relación, él abusó psicológicamente de ella. No fue una mentira ni una difamación, la misma persona reconoció que había abusado de ella y pidió disculpas. Esos abusos estaban ocurriendo justo en el tiempo en que aprovechó las redes para llamarme sexista y misógino. En redes se presumía como un aliado, en la vida real era un machista, él era eso que yo decía que era.

    En otra historia, mucho más fuerte, el día de hoy Alexia confesó (aprovechando también la campaña #MeToo) que había sido violada sexualmente por una persona llamada Luis Hernán Landivar Pimentel que pertenecía a Wikipolítica. Su declaración es escalofriante y confieso que terminé muy enojado y angustiado al terminar de leerla.

    Pero lo que más me llamó la atención fue este escrito de Luis Hernán hecho hace apenas unas pocas semanas donde hablaba cómo es que estaba deconstruyéndose y reconociendo sus machismos (naturalmente muchísimo menores a esa violación y acoso sistemático que hizo a Alexia). En el texto parece hacer mención de lo sucedido pero tergiversando toda la historia para que quedara en algo menor, además de que se refirió a ella como su pareja (cosa que no fueron en la vida real):

    Me enfrasqué en una dinámica destructiva en la que era incapaz de responder a las necesidades y justos reclamos que me hacía; en cambio le llamaba inmadura, acusaba su falta de experiencia porque era menor que yo.

    ¿De qué sirve a una mujer tener a un grupo de hombres diciéndose aliados o feministas cuando solo quieren quedar bien? Por eso es que yo prefiero desligarme de esos términos.

    Prefiero mil veces que una feminista me critique porque discrepa con aquello que dije en mi libertad de expresión que volverme un hombre nocivo, acosador o violador. Presumir ser aliado para ganar unos likes o aplausos es bien fácil, reconocer que somos imperfectos y que podemos tener problemas en nuestra conducta para trabajar en ellos es muy difícil. Yo mismo me atrevo a reconocer que en algún momento he tenido conductas machistas y admito que puedo llegar tener algunas conductas internalizadas y debería estar alerta de ello, pero si uno quiere cambiar la realidad de las cosas, las reconoce y las trabaja, no se pone a presumir en todas sus redes que es un aliado y que está del lado de las mujeres. No se presume, se actúa.

    Es triste escuchar estos relatos de mujeres que fueron violadas y abusadas. Es peor escuchar que los violadores se ocultaron bajo su manto de aliados feministas y que con él, engañaron a las mujeres para seguir abusando impunemente de ellas.

  • El absurdo de pedirle disculpas al Rey Felipe VI de España por la conquista

    El absurdo de pedirle disculpas al Rey Felipe VI de España por la conquista

    El absurdo de pedirle disculpas al Rey Felipe VI de España por la conquista

    López Obrador exige al Rey Felipe VI pedir disculpas por la conquista española. Hay que aclarar algunas cosas:

    En la conquista, los españoles conquistaron a los indígenas. Después de eso, muchos se mezclaron. México es producto de esa mezcla que, en algún momento de la historia, se independizó de la Corona Española.

    Desde aquí hay un problema, ya que López Obrador es mestizo y no indígena, tiene ambas sangres. La herencia genética de López Obrador no solo está en el territorio que ahora es México, sino también en España. En este sentido, si AMLO exige disculpas, se podría argumentar que AMLO es parte victimario y parte víctima, no puede desligarse de los conquistadores porque debe parte de su existencia a ellos.

    A más de uno le molestará escucharlo, pero, a menos que sea indígena puro, no puede desligarse de los españoles y no puede sentirse víctima sin dejar de sentirse victimario (si es que se quiere exigir disculpas al Rey de España). No se puede hacer una analogía con el resentimiento que ha existido entre Japón y China a raíz de la Segunda Guerra Mundial, porque Japón y China son los mismos que estuvieron inmersos en el conflicto. En nuestro caso, el conflicto se dio entre la Corona Española y los indígenas, no entre la Corona Española y México; siendo México un subproducto de españoles e indígenas.

    Insisto: México, con respecto a los pueblos indígenas que habitaban este territorio, es «parte conquistador» y «parte conquistado». Nos sentimos orgullosos de los indígenas (a veces de dientes pa’ fuera) pero también hablamos español y estamos occidentalizados.

    Pero esta sola es una parte del absurdo:

    No voy a negar que existieron abusos en la Conquista porque existieron como existían en cualquier conquista de su tiempo. Pero vaya, eso ocurrió hace 5 siglos. Y vaya, si ésta no hubiese ocurrido, los quejosos de ahora ni siquiera habrían nacido para quejarse.

    ¿Tiene culpa el Rey de España por lo que ocurrió hace 500 años, una Corona Española que era en esencia muy diferente a la de ahora, cuya cultura y sus paradigmas eran muy diferentes? ¿Tiene culpa de ello la sociedad española actual?

    ¿Y tenemos el derecho a culpar a España cuando en realidad somos nosotros, los que habitamos este país, los que más discriminamos y relegamos a los indígenas? ¿De verdad tenemos la autoridad moral para hacerlo?

    ¿En qué beneficia que el Rey Felipe VI se disculpe? ¿Cómo beneficia esto a nuestro país? La historia de la conquista, que yo sepa, no está entorpeciendo las relaciones entre México y España (como sí ocurrió entre Japón y China donde este último pidió perdón sin que China se lo exigiera). Por el contrario, las relaciones entre ambos países suelen ser estrechas, no falta recordar aquel momento cuando México le abrió las puertas a los españoles que huían de la Guerra Civil.

    Por el contrario, este tipo de actitudes como la que está sosteniendo López Obrador sí podrían, en dado caso, llegar a deteriorar las relaciones con España.

    El absurdo resentimiento que algunas personas le tienen a España es más bien producto, me parece, de la historia oficial (que siempre tendió a victimizar a nuestro país) junto con una mala interpretación de la historia porque, como dije, una persona que no es indígena no puede desligarse por completo de España, también le debe a España gran parte de su herencia.

    Es absurdo seguirse doliendo por algo que ocurrió hace 500 años, es poco inteligente. Pregúntenles a los japoneses que con sendas bombas atómicas que cayeron sobre sus tierras, prefirieron trabajar desde adentro y desarrollarse que crear una narrativa victimista para tener a quién culpar de sus problemas. Y vaya que Japón tiene muchas más razones para estar enfadados con Estados Unidos que nosotros con España.

  • La mentira del neurocoaching cuántico

    La mentira del neurocoaching cuántico

    La mentira del neurocoaching cuántico

    ¿Qué es la física cuántica? ¿Qué es la neurología? Basta con plantearse esas preguntas para entender que no cualquier persona puede contestarlas. Se necesitan estudios especializados en la materia para contestarlos ¿o no? Y cuando me refiero a estudios, me refiero a estudios académicos y no talleres dados por «gurús» en algún salón de conferencias de un hotel.

    Entonces, si estos conceptos no son fáciles de entender o explicar por la gran mayoría de la población ¿por qué es común escuchar sobre muchos gurús o especialistas que se asumen como «neuro-coaches» o como «especialistas de la transformación cuántica» que venden talleres de superación personal?

    La respuesta es fácil, lo hacen porque esos conceptos suenan lo suficientemente sofisticados o inclusive intrigantes para llamar la atención de los incautos. Con esos términos, los gurús de la autoayuda pretender darle a sus cursos una sofisticación que no tienen. Se trata de cualquier curso o seminario de autoayuda, de esos que tanto abundan en el mercado y que no es otra cosa más que una estrategia de ventas deshonesta. Basta ver este video de alguien que dice ser neurocoach y que tiene la ocurrencia de decir que a partir de la tercer semana de gestación la personalidad ya se comienza a formar siendo que las primeras conexiones neuronales ocurren después y ya no digamos la actividad del cerebro.

    Cuando ellos tratan de definir su profesión (si es que se le puede llamar de esa forma) redundan mucho. Presumen tener un gran currículum y se presentan como «trainers» como «masters en programación neurolinguística»; hablan mucho de PNL pero no son expertos en ello y se limitan a aprender algunas «técnicas». El neurocoach no tiene alguna especialización científica destacable como para considerarlo un especialista tal y como podríamos considerar a un buen psicoterapeuta profesional o ya no digamos un psiquiatra o un neurólogo. Mientras que los neurólogos estudian muchos años carreras y maestrías para poder ser capaces de dar un buen servicio a sus pacientes, a los neurocoaches les basta con tomar ciertos talleres y capacitaciones para venderse como tales.

    Estos términos tan sofisticados son usados para vender lo que siempre han vendido. Estos solo sirven como una forma de adornar el empaque de un producto cuya calidad podemos cuestionar.

    Básicamente, con el término «neuro» buscan venderse como especialistas que conocen muy bien el funcionamiento del cerebro y que por lo tanto pueden lograr cambios significativos en las personas. Pero en realidad, del cerebro conocen poco más que la persona común. Con el término «cuántico», tan usado estos últimos años, profundizan ese supuesto halo de especialización que se dan y se muestran como conocedores de una ciencia que a le gente les parece extraña y enigmática. Pero basta con hacerle un pequeño examen sobre física cuántica a estos charlatanes, acércate con uno de ellos y pregúntale si:

    Basta con que le pidas que te lo explique de una forma cotidiana, como lo explicaría algún curioso que se metió a Youtube a ver videos o leyó algún libro. Te vas a dar cuenta que la gran mayoría de ellos ni siquiera saben a qué te estás refiriendo.

    Si ellos fueran «psicólogos o coaches cuánticos» no solo deberías obligarles a contestar esas preguntas. Tendrían que explicarte las fórmulas por medio de las cuales se han desarrollado esos conceptos. Peor aún para ellos, deberían decirte la relación que tiene esa ciencia con la mente y cómo es que a través de ella pueden lograr cambios significativos.

    Naturalmente, se van a quedar en blanco. La realidad es que ellos no saben nada de neurología ni mucho menos de física cuántica. Utilizan términos que ellos mismos no entienden y hasta es posible que ni conozcan.

    Sabemos que, a través de la historia, el lenguaje ha sido utilizado como estrategia de manipulación: lo que se dice, la forma en que se dice, el contexto en el que se dice. Esta no es más que otro de esos abusos lingüísticos con los cuales buscan manipular o engañar a los individuos para que tomen una decisión que les convenga a ellos. Lo peor del caso es que estos erróneos conceptos pueden transmitirse y multiplicarse. No es imposible ver neurocoaches (sobre todo aquellos primerizos) que ni siquiera son conscientes de que ese término está siendo usado de forma engañosa, que no buscan engañar a los demás, pero que cayeron en el engaño de otros y se encargan de transmitirlo.

    Lo más triste es que estos cursos venden. Primero, porque mucha gente se deja impactar por lo primero que ve ya que no tiene el conocimiento suficiente para sospechar de ello y, segundo, porque en nuestra sociedad existe una urgencia de hacer cualquier cosa para encontrar la felicidad y el sentido a su vida cuando allá afuera existen psicoterapeutas, o incluso psiquiatría o medicación (para aquellos que confunden una depresión clínica con una falta de «echarle ganitas») que pueden ayudarles a mejorar su calidad de vida de forma mucho más eficiente.

  • Los Chalecos Amarillos MX, o cómo no ser oposición

    Los Chalecos Amarillos MX, o cómo no ser oposición

    Los Chalecos Amarillos MX, o cómo no ser oposición

    Lo he repetido una y otra vez en este espacio y en mis redes: no solo se trata de ser oposición, se trata de saber ser oposición, y que dicha oposición esté supeditada al bien común (o al menos a lo que se cree que es).

    Si algo ha caracterizado a este régimen lopezobradorista es a la ausencia de una buena oposición. Lo poco que hemos visto en estos 100 días ha venido de algunas plumas, de las tan vilipendiadas organizaciones civiles por parte de AMLO e incluso desde dentro del mismo gobierno (lograr que la Guardia Nacional tenga mando civil es un buen ejemplo). Pero allá afuera, en las calles, dentro de la sociedad, hemos visto muy poco, y dentro de ese poco lo que se ve en las calles es algo tan penoso que pareciera una autoparodia.

    Y sí, me refiero a los Chalecos Amarillos.

    Esta organización, que tiene células en varias ciudades pero que, a la vez, tiene muy pocos miembros (basta ver la cantidad de gente que acude a sus manifestaciones), se ha convertido en una burla en las redes sociales, incluso por parte de muchos opositores a López Obrador. Sus videos nos dejan ver que se trata de gente de derecha (y cuando me refiero a la derecha, me refiero a la derecha y no a los liberales o incluso socialdemócratas que los apologistas del gobierno actual buscan etiquetar como «derecha») que tiene más bien poca idea sobre la política, que no se informa bien y cuyas consignas parten desde la histeria, los lugares comunes y las suposiciones.

    Para entender por qué este movimiento se ha convertido en una parodia tenemos que empezar por su nombre. Toman el nombre y el concepto del movimiento francés, supuestamente instigado por gente cercana a Marine Le Pen, que llevó a cabo destrozos en el centro de París para protestar en contra del presidente Emmanuel Macron y la alza en los precios de los combustibles entre otras cosas.

    https://www.youtube.com/watch?v=Q5nftPr-uNs

    Pero en el caso de los Chalecos Amarillos en México, lo que hay no son destrozos ni auto quemados, sino señores y señoras con viseras y lentes oscuros para que no les pegue el sol y que dicen haberse inspirado en este movimiento a raíz de la crisis del desabasto de hace algunas semanas. También, a diferencia de la manifestación en Francia, no vemos multitudes, sino unas pocas personas reunidas en ciudades como Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y León con pancartas alertándonos de Andrés Manuel López Obrador.

    Los organizadores han insistido en que son parte de ese «movimiento global» que se ha expandido por algunas partes de Europa, aunque los organizadores de ese movimiento ya se deslindaron de la «versión mexicana» y afirmaron que no tienen nada que ver con ellos, aunque nuestros connacionales siguen insistiendo que sí son parte de este movimiento global..

    Este movimiento (el mexicano) que ha adoptado una postura conservadora de derechas, no tanto porque tenga una postura en sí, sino por la idiosincrasia de sus participantes, también ha aprovechado para manifestarse en contra de los migrantes en Tijuana. No parece tener una agenda y ha recibido el beneplácito de cuestionables figuras como el regiomontano Gilberto Lozano, empresario y activista.

    Sus manifestaciones se han caracterizado por ser desoladoras, hecho que ha sido aprovechado por los lopezobradoristas para señalar que la oposición en el país es inexistente. Los chalecos amarillos han realizado muchas en distintas ciudades, pero en la mayoría de las ocasiones no han rebasado las decenas de personas que cargan con pancartas que dicen #AsíNoAMLO:

    Para entender de qué va, basta ver los volantes que ellos mismos reparten en sus manifestaciones, en los cuales comparan a AMLO con Hitler, afirman que es un enfermo mental y que pactó con los «comunistas de Sao Paulo» la creación de la Guardia Nacional. En sus redes suelen circular mucha desinformación ya que pareciera que ni siquiera filtran la información ni tienen el más mínimo rigor a la hora de analizarla para que, con base en esta, puedan elaborar sus demandas y peticiones. Basta una fake news en un grupo de Whatsapp para que ésta termine ilustrada en una de las pancartas que llevan a la calle.

    Evidentemente, un movimiento de este calibre no solo abona a crear oposición ante el régimen actual sino que lo termina fortaleciendo porque, además, solo terminan contribuyendo a la polarización que tanto le beneficia al lopezobradorismo.

    En México falta una oposición, no solo partidista, sino civil. Pero está claro que Chalecos Amarillos no es ni de lejos la oposición que México necesita. México necesita una oposición madura que logre ser contrapeso, no una oposición desinformada e histérica que solo estorba en el camino de la construcción de esa oposición que, al día de hoy, se muestra muy ausente.

    Nadie dice que no tengan derecho a manifestarse, pero también es parte de la libertad de expresión advertir de los grandes problemas que este movimiento tiene.

  • Riobóo y la Suprema Corte. Un escándalo que no hace ruido

    Riobóo y la Suprema Corte. Un escándalo que no hace ruido

    Riobóo y la Suprema Corte. Un escándalo que no hace ruido
    Foto: (Twitter, @NoticiaCongreso)

    Regresemos unos años atrás, por ahí del 2014, en esos tiempos en que nos indignamos con el gobierno de Peña Nieto por el conflicto de interés que representó su relación con Grupo Higa y la Casa Blanca de por medio. Recordemos la indignación que generó ese caso, recordemos que fue una de las razones (junto con la masacre de Ayotzinapa) que lanzó a la gente a las calles.

    Ahora imaginemos que además de eso, el gobierno de Peña decide nombrar como ministra de la Suprema Corte a la misma esposa de Hinojosa Cantú (dueño de Grupo Higa).

    Y si ello no fuera suficiente, imaginemos que la esposa de Hinojosa Cantú tuviera un perfil conservador: opuesta al matrimonio igualitario y al aborto. Eso seguramente mantendría muy descontentos a quienes se dicen de izquierda.

    ¿Cuál habría sido la reacción de la izquierda? Seguramente hubiéramos tenido gente en las calles. Pero acabo de salir y veo que se encuentran como cualquier otro día.

    Estoy seguro que la reacción habría sido muy diferente al apaciguamiento y a la displicencia que los otrora inconformes están mostrando con el nombramiento de Yasmín Esquivel, esposa de José María Riobóo, el contratista predilecto de Andrés Manuel López Obrador, que de paso, fue un férreo defensor del Aeropuerto de Santa Lucía.

    Y es preocupante, porque entonces una considerable cantidad de mexicanos no está juzgando a López Obrador por sus actos sino por su persona. Un mismo acto, igual de reprobable, tiene un diferente valor por el simple hecho de quien lo cometió fue tal o tal persona (con quien se simpatiza o con quien no). No se trata del acto en sí, sino de si hablamos de López Obrador o de un «neoliberal».

    Y peor aún es que esto sucede en un entorno en el que la oposición brilla por su ausencia. Son pocas las personas que levantan la mano o alzan la voz cuando en otro gobierno habrían sido millones. Esas personas, por su pequeño número, no tienen gran capacidad de influencia y, por ello, López Obrador puede irse a dormir tranquilo, porque un acto que a Peña le costó varios puntos de popularidad a AMLO le hizo lo que el viento a Juárez.

    Las mujeres o los gays que se verían representados en la izquierda progresista, se encuentran con que son casi huérfanos. La mayoría de la oposición a AMLO es de derecha y tan solo una minoría son liberales o socialdemócratas que podrían representar sus intereses y que son, valga la redundancia, la minoría de una minoría, porque gran parte de los izquierdistas de quienes se esperaría deberían estarlos acompañados en su lucha, se encuentran en el limbo, inermes, desprovistos de herramientas para defender sus causas porque la esperanza en la figura de López Obrador les parece más importante.

    La falta de contrapesos también existe porque una gran parte del país prefiere no cuestionar los actos de un líder político por la esperanza que tienen depositada en él. Que se simpatice con alguien no implica que no deba reconocerse sus errores, y menos cuando esos errores contravienen sus principios ideológicos.

  • Attolini vs Majluf. Dos Méxicos a debate.

    Attolini vs Majluf. Dos Méxicos a debate.

    Foto: Radio Centro

    En el programa de Julio Astillero en Radio Centro (cadena de radio que ha empezado a ganar notoriedad) se suscitó un debate muy apasionado que fue anunciado con bombo y platillo. Vaya, hay que agradecerle a Julio Astillero su disposición para crear debates entre individuos tan disimiles e incluso darles un espacio a aquellos que ya traían pique en Twitter.

    Estos ejercicios son interesantes, pero no solo por la discusión en sí (no siempre mantienen un buen nivel, producto más de los debatientes que de el formato) sino por lo que estas discusiones reflejan sobre la realidad política de nuestro país. Y en este contexto, el debate entre Antonio Attolini y Pablo Majluf fue muy ilustrativo.

    Antonio Attolini llega representando la esencia retórica y dialéctica de MORENA, posiblemente en su peor versión. Pablo Majluf llegó representando, no a esa «derecha visceral e histérica» incapaz de formar una oposición digna y que es la que más resuena, sino a ese pequeño reducto intelectual que cree en la democracia liberal y sus valores, ese que cubre un cacho del espectro ideológico que abarca desde el liberalismo hasta la socialdemocracia (que de todos modos para los incautos para Attolini siempre los van a catalogar como de derecha), que cree en los contrapesos y en la participación ciudadana.

    Desde ahí ya hay una desventaja, ya que Attolini representa al gobierno que está en el poder y Majluf representa una proporción minoritaria de la ya pequeña oposición al gobierno de López Obrador, tal vez lo poco rescatable de eso que llamamos oposición. En este sentido, la relevancia de lo que Attolini representa es mucho más grande que lo que representa Majluf.

    Attolini llevó la retórica, Majluf llevó los argumentos. Me parece que Pablo Majluf subestimó a su rival, uno muy cínico, agresivo y visceral, porque en un debate los argumentos son necesarios mas no suficientes. El debate es todo un arte, no solo hay que saber argumentar sino saber «cómo hacerlo» y luchar por ellos en la arena. A Majluf lo noté nervioso al principio, como si hubiese recibido unos madrazos apenas al salir del vestidor y apenas se estuviese dando cuenta de lo que había pasado. Luego se recuperó y entendió de qué iba esto. Pero, aunque Majluf siempre tuvo los argumentos de su lado, Attolini siempre tuvo el control emocional de la contienda.

    No conozco bien a Pablo Majluf, pero en el debate me dejó en claro que es alguien que sabe matizar, que sabe entender la complejidad del asunto. Attolini solo sabe ver blancos y negros (cosa que, de hecho, hace a propósito) y llega a ser tan cínico y poco ético en el debate que acusa falsamente a su contrincante de hacer lo mismo. Un ejemplo es cuando a Attolini le preguntaron cuáles eran los errores de AMLO en estos tres meses y a a Majluf cuáles eran sus aciertos. Majluf supo reconocer de forma fácil tres aciertos de su gobierno, Attolini no estuvo nunca dispuesto a reconocer error alguno.

    Mientras que es evidente que Pablo Majluf se ha concentrado en el ámbito intelectual, Antonio Attolini, el otrora autonombrado líder de #YoSoy132, ha practicado mucho sus habilidades de retórica o debate, pero no con el fin de saber ganar un buen debate, sino con la finalidad de destrozar al adversario violando las reglas de lo que un buen debate es. como si se tratara de un boxeador que le pone espinas a su guante y no le importa si ello implica que lo descalifiquen porque lo que le importa es ver a su adversario en la lona sangrando.

    Attolini se ha preparado para imponerse, para evocar las más oscuras emociones de los oyentes y de sus simpatizantes. Attolini no espera tener el mejor argumento sino generar la percepción de que está destrozando a su rival y que los suyos se emocionen al verlo. Majluf le dice que aquello que ha dicho es una falacia ad hominem y Attolini le responde que se vale. Attolini ni se preocupa por negar que esté defendiendo a un potencial régimen de partido único (MORENA) como el que tanto dijo combatir (PRI). El simpatizante de MORENA relativizó todas las acusaciones, ni siquiera las desmintió. Buscó humillar y despreciar a Pablo Majluf, haciendolo notar como irrelevante, como reaccionario y como contradictorio (cuando era él el que caía en las más aberrantes contradicciones) porque parte de la tesis de que lo que importa no es la realidad sino la percepción del espectador, al cual busca engañar tergiversándola para crear la falsa creencia de que él ha ganado el debate.

    Llama la atención que sea un joven como Antonio Attolini quien muestre serias manifestaciones de intolerancia a la hora de debatir, que considere que cualquier oposición es despreciable y que está necesariamente movida por oscuros intereses y que la única que vale es aquella comodina, timorata, aquella que no incomoda al régimen.

    Tanto Attolini y Majluf fueron como representantes de «aquello que representan». El primero representando un aura de intolerancia y agresividad, el otro capaz de matizar, de ser crítico (incluso con aquello que defiende) pero que todavía le falta algo más para defender sus ideas.

    Ayer, en la mesa de Julio Astillero vimos dos porciones de México.