Categoría: temas polémicos

  • Fuchiguacalismo, la humillación del Estado

    Fuchiguacalismo, la humillación del Estado

    Preocupante me parece es que este sea el tercer artículo seguido que escribo sobre un tema preocupante de lo que está aconteciendo con el gobierno de López Obrador (y eso que me he guardado otros temas). Pero lo que ocurrió ayer no tiene nombre y no hay manera de justificarlo.

    Lo que ocurrió ayer es tan solo un peldaño más de lo que muchos estábamos alertando: que este gobierno se muestra débil, que a este gobierno le tiembla la mano a la hora de querer aplicar la ley. Lo vimos con las repetidas ocasiones en que el ejército fue humillado por pobladores o delincuentes, en aquellas declaraciones donde decía que el narco es pueblo. Lo vimos en el excesivo buenismo al tratar de abordar un tema tan complejo como es el tema de la inseguridad, el cual, como dice el ya tan cacareado slogan, dicen que puede resolverse con abrazos y no con balazos.

    Que un gobierno haya liberado a un capo de la droga porque «no pudo» no tiene precedentes. Es una humillación histórica, es la renuncia del Estado a una de sus funciones más elementales que es la de proporcionar seguridad a sus gobernados.

    Me dirán que el Estado siempre ha sido incapaz de proporcionar seguridad, lo cual es cierto. Pero aquí hablamos de una renuncia formal traducida en la liberación de un capo previamente capturado producto de una deficiente estrategia que orilló al gobierno a liberarlo para evitar una tragedia.

    El problema no fue tanto la liberación en sí. En ese contexto, tal vez habría sido más grave no hacerlo. El problema fue eso que llevó al gobierno a liberarlo y que se puede resumir en un operativo completamente deficiente. Eso es todavía más grave porque el mensaje que se manda es muy claro:

    Cedemos ante el narco porque no pudimos contra ellos.

    Son preocupantes las imágenes donde la SEDENA, casi sometida, ve pasar a hombres con armas de grueso calibre sin hacer absolutamente nada porque están en desventaja. Ello es tan solo un reflejo de la incapacidad del Estado, del cual se dice tiene el monopolio de la violencia, para hacer frente al crimen. ¿12 años de campaña, 12 años de levantar la mano, para llegar a la presidencia y presentar un gobierno tan débil y tan pusilánime ante una crisis de inseguridad por la cual sufren muchos mexicanos? ¿De verdad?

    Después de desmentir al propio Durazo, López Obrador declara en su mañanera que se tomó la decisión acertada, que había que liberar al hijo del Chapo para evitar un derramamiento de sangre.

    El Presidente dice que en su gobierno «el derramamiento de sangre ya terminó», que no puede «valer más la captura de un delincuente que las vidas de las personas». Se contrasta con los anteriores gobiernos para decirnos que están haciendo las cosas de forma diferente. ¿Y cómo el que ese capo esté libre va a garantizar seguridad a los ciudadanos? ¿Y cómo lo va a hacer los treinta y tantos reos que se fugaron? El ridículo es tan grande que la familia de Ovidio hasta mensaje de gratitud va a enviar.

    Como dije antes, con la situación ya insostenible no quedaba otra que liberarlo, pero ¿entonces por qué hacen un operativo sin pies ni cabeza que va a salir mal? ¿Por qué no lo plantearon de mejor manera? ¿Por qué improvisar de esa manera ante algo tan delicado y sobre lo cual, se supondría, ya existe mucha experiencia porque no son pocos los capos que se han detenido en nuestro país?

    Hoy los cárteles se sentirán más seguros, porque frente a ellos tienen a un Estado débil, uno al que le tiembla la mano, uno que improvisa y luego recula, uno que dice que «no quiere derramamiento de sangre» ni violencia, uno que habla de dar abrazos, de recular a su tarea como poseedor del monopolio de la violencia porque piensa que basta con entender las causas por las cuales alguien se vuelve delincuente para acabar con el narco y el crimen.

    El Estado mexicano fue derrotado, fue humillado. No lo fue tanto por incapacidad sino por incompetencia. El día de hoy se sienta un precedente muy peligroso, incluso para las aspiraciones de López Obrador, ya que si hay algo capaz de matar una narrativa tan poderosa como la que AMLO ha creado es una situación grave de inseguridad.

    Lo que pasó es muy peligroso y preocupante. El ciudadano promedio tiene razones de peso para estar preocupado.

  • América no fue descubierta, fue conquistada. Pero…

    América no fue descubierta, fue conquistada. Pero…

    América no fue descubierta, fue conquistada. Pero...

    La historia la escriben los ganadores, dicen.

    En la escuela nos enseñaron una historia muy romántica del «descubrimiento» (y no conquista) de América. Llegaba Cristobal Colón con sus tres carabelas (La Santa María, La Pinta y La Niña) para traer civilización a nuestro continente. Colón era casi una suerte de héroe.

    En estas últimas décadas, la academia, algunos intelectuales y activistas han tratado de narrar la historia desde la perspectiva de los vencidos (o más bien de lo que se cree es la perspectiva de los vencidos). Así, ya no se habla de descubrimientos, sino de colonialismo, conquista, genocidios. Incluso varios estados de Estados Unidos no celebraron el «Columbus Day» este 12 de octubre, sino el día de los indígenas.

    Evidentemente, este cambio de perspectiva no es algo que agrade a los conservadores porque temen que este cambio de perspectiva pudiera trastocar los relatos históricos que dan cohesión a sus culturas o naciones, ya que les despojaría de su misticismo. Esta preocupación queda muy bien reflejada en un episodio de los Simpson:

    Me parece acertado saber qué ocurrió en realidad. La tan repetida frase que dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla tiene algo de cierto. Hasta aquí todo bien, me parece bien que sepamos qué ocurrió realmente, pero otra cosa es plantearnos qué vamos a hacer con las realidades históricas y aquí puede presentarse un problema.

    Resulta que si escarbamos en la historia, nos vamos a encontrar con una bárbara cantidad de hechos que en nuestra época nos parecerán inaceptables o aberrantes, y que poco tienen que ver con los relatos entre buenos (los nuestros) y malos (los otros) que nos enseñaron en la escuela.

    El problema es que solemos juzgar estos hechos desde nuestro sistema de valores éticos y morales actuales sin llevar a cabo ninguna suerte de contextualización y eso es un problema, porque ello inevitablemente nos llevará a vivir con resentimiento hacia nosotros mismos y nuestros orígenes.

    En siglos pasados se llevaron a cabo muchas matanzas y muchos crímenes. Sin embargo, las formas de organización humana, las formas de relacionarnos con los demás y las formas de dirimir nuestros conflictos eran más precarias. En esos entonces no existía un sistema de principios éticos y morales tan complejo y desarrollado como el que tenemos ahora. En esos tiempos no existía siquiera el concepto de derechos humanos tal y como lo conocemos ahora: algunos eran más humanos que otros que eran vistos casi como animales, la esclavitud y la servidumbre existía, y era algo completamente normal, la inquisición del Estado y la Iglesia (siendo más severa la del primero) también. La libertad de expresión estaba muy acotada e incluso tu rol dentro de la sociedad estaba determinado por un «orden natural».

    Aunque nos quejemos del mundo y de una supuesta decadencia moral, vivimos en uno de los mundos menos violentos de la historia (tanto a nivel político como social) donde, a pesar de las inequidades que se le puedan señalar, todos los seres humanos son reconocidos como dignos y que son poseedores de ciertos derechos por el solo hecho de ser humanos. Las mujeres han ganado cada vez más espacios, y progresivamente han comenzado a ser reconocidas e integradas aquellas personas que históricamente han sido consideradas como una «desviación de la norma» dentro de una sociedad dada (personas con otras religiones, personas con otra orientación y/o identidad sexual). Todavía somos capaces de discriminar, pero ya aprendimos a repudiar los ataques a la integridad de otra persona. Hay quienes todavía pueden poner nuestra vida en peligro (asaltantes, asesinos) pero estos actos ya son prácticamente reprobados de forma unánime por la sociedad y la institucionalidad.

    Los problemas de primer mundo son una nimiedad comparados con los problemas de nuestros antepasados. Ahora hablamos de trastornos mentales (como ansiedad y depresión) producto de un mundo hipercompetitivo como bien relata Byung-Chul Han, pero ya hablamos menos de muertes por conflictos bélicos o duelos para dirimir un conflicto entre ambas personas.

    Y esto nos lleva a una paradoja. Si nos introducimos en una espiral de recriminación y somos incapaces de perdonar nuestro pasado, entonces por cada nuevo derecho, por cada progreso social, habrá una razón más para recriminarnos y, desde esa perspectiva, tendremos serias dificultades para crear cualquier forma de cohesión social y seremos víctimas de nuestro propio progreso.

    ¿No podríamos aprender a ver nuestra historia en retrospectiva y, en vez de recriminarnos, reconocer los innegables avances que nuestras sociedades han tenido? ¿Por qué. a pesar de lo imperfecta que es nuestra sociedad actual, no aprendemos también a reconocernos por los grandes avances que hemos tenido? El pasado no se puede cambiar, y eso es una mala noticia para los simpatizantes de este victimismo exacerbados que no lograrán encontrar una salida. Es necesario, sí, reconocer la realidad, por más cruda que sea, de nuestra historia; pero también podernos darnos cuenta que si, en ese lapso entre el pasado y el presente, logramos cambios sustanciales (tanto que el pasado nos parece repugnante), podremos lograr muchos más para dejar un mundo mucho mejor a las siguientes generaciones.

    Porque por más grande sea nuestro progreso, el pasado nos parecerá todavía más repugnante. Y eso, de cierta forma, es una buena noticia.

  • ¡Ay Guadalajara! Sigues oliendo a tierra mojada pero ya no eres tan persignada

    ¡Ay Guadalajara! Sigues oliendo a tierra mojada pero ya no eres tan persignada

    ¡Ay Guadalajara! Sigues oliendo a tierra mojada pero ya no eres tan persignada

    Siempre se ha dicho que Guadalajara es una sociedad tradicional y conservadora; afirmación que, al menos hasta hace poco, tenía sólidos argumentos. Incluso ese conservadurismo tan característico de nuestra ciudad se podía explicar por cuestiones históricas, como la Guerra Cristera, dentro de la cual Jalisco fue uno de los bastiones más relevantes.

    A los tapatíos siempre nos han echado carrilla: «Ustedes que son tan mochos, tan machos y tan persignados».

    Pero las encuestas que se han hecho sobre el tema en los últimos años revelan más bien que esa idea que Guadalajara es muy conservadora se está disipando (incluso el cambio generacional es muy contrastante). Por ejemplo, según una encuesta de Reforma lanzada hace 4 años, poco más del 50% de los jóvenes estaban a favor del matrimonio igualitario. Igualmente, Jalisco como Estado ocupa el lugar 11 dentro de los estados que más apoyan esta figura (por encima no solo de Guanajuato, sino de Nuevo León). Guadalajara ya ha dejado de ser un bastión conservador, el cual ve su última legión fuerte y consistente en la generación análoga a los baby boomers que si bien siguen siendo muchos, por la edad, ya están cediendo los espacios de poder y relevancia social a los más jóvenes que ya no son tan conservadores. Las organizaciones religiosas de diversa índole han sabido mantener relevancia a través de este sector, pero no han sabido contrarrestar el cambio. La Guadalajara conservadora muy posiblemente vea su tamaño y peso político y social disminuir ante el siguiente cambio generacional.

    La Guadalajara conservadora y tradicional todavía tiene mucho peso, además de capacidad de organización. Sus marchas son más grandes que las de los colectivos liberales y/o progresistas por esa misma razón. Pero ello no implica que sean mayoría, sino que las estructuras conservadoras construidas en gran parte por organizaciones religiosas son capaces de movilizar mucha gente.

    Pero, a pesar de ello, la Guadalajara conservadora ya está dejando de ser la Guadalajara dominante y está siendo más relevada por una más liberal. La Guadalajara tradicional de la Colonia Chapalita está dando paso a la Guadalajara liberal de la Colonia Americana. Ello se puede explicar, a mi parecer, por tres razones:

    1) Que las sociedades con el tiempo se van volviendo más liberales (proceso que viene ocurriendo desde el fin de la Edad Media y el inicio de la Ilustración). Evidentemente este punto aplica para todas las ciudades de México. No hay prácticamente ninguna ciudad que se vuelva más conservadora, pero este proceso ocurre a diferentes ritmos; y en ese sentido, Guadalajara es una de las ciudades que lleva un paso más acelerado (que se explica en los siguientes puntos). No hay que olvidar que las ciudades, por lo general, son más liberales que los pueblos, y conforme una ciudad se va volviendo más plural y diversa culturalmente, ésta se vuelve más liberal.

    2) La apuesta de la ciudad por ser un hub de las tecnologías de la información y las industrias creativas. Los perfiles de quienes conforman estos sectores suelen ser liberales porque embonan mejor con los perfiles requeridos (creativos con mente más abierta a la novedad y al cambio, etc). Basta acudir a esos ecosistemas para notar que la gran mayoría de quienes las integran son liberales. Esta apuesta también implica un intercambio cultural con hubs ya establecidos y que son muy liberales como los de California y que, de una u otra manera, terminan influyendo en la cultura tapatía ya que los oriundos de Guadalajara se exponen a otras cosmovisiones distintas.

    3) La reciente apuesta por la cultura. No es un secreto que Guadalajara se ha convertido de forma progresiva en una entidad cultural, ya que hay más eventos culturales y recintos que antes. En este sentido, Guadalajara ya no es el rancho que era antes y que se veía a sí mismo, sino que ya es capaz de exponerse a otras cosmovisiones y adoptar, dentro de lo que cabe, una cultura más global. La expresiones culturales, en este sentido, también suelen ser liberales.

    4) La migración y la inmigración. En los últimos años ha habido un mayor flujo de inmigrantes (locales e internacionales) que han hecho que nuestra ciudad sea un tanto más diversa. También ayuda el hecho de que cada vez más personas viajan a Europa o Estados Unidos a estudiar o a vivir por un tiempo y regresan importando posturas más liberales de dichos países.

    Ls Guadalajara de hoy ya no se parece tanto a la de antes. Sigue oliendo a tierra mojada pero ya no es tan persignada. Incluso, por primera vez, el conservadurismo de antaño ya no tiene la representación política que antes tenía. El PAN es un fantasma y tan solo hay algún que otro político afín a ellos (expanistas) dentro de los partidos dominantes (MC y MORENA) quienes, al parecer, tienen una agenda un tanto más liberal (aunque con la prudencia que implica gobernar una ciudad donde el sector conservador todavía sigue teniendo un peso importante).

  • Una noche, el 26 de septiembre, 43 disparos sonaron en el cielo de Iguala

    Una noche, el 26 de septiembre, 43 disparos sonaron en el cielo de Iguala

    Una noche, el 26 de septiembre, 43 disparos sonaron en el cielo de Iguala

    Más allá de acotaciones, los 43 de Ayotzinapa se han convertido en un símbolo de la violencia y la injusticia en México.

    Es un símbolo porque ellos representan a tantos jóvenes que mueren producto de la violencia en nuestro país.

    Es un símbolo porque su muerte, ordenada por autoridades gubernamentales, representa la faceta más denigrante y corrompida del servicio público.

    Es un símbolo porque su muerte también nos recuerda los débiles lazos sociales que sostiene a este país, unos que se quiebran de forma muy fácil.

    Es un símbolo porque el papel del presidente Peña Nieto representó la poca empatía que las autoridades tienen con sus gobernados. El vacío tan profundo que dejó despertó las más macabras sospechas y de las cuales algunos sacaron tajada política (como aquella que decía que él estaba involucrado en la masacre)

    Es un símbolo porque sacó a muchos de sus burbujas clasemedieras y les hizo voltear la mirada a ese otro México, ese más pobre, más roto. Muchos, incluso algunas personas de clases medias-altas y altas, salieron a marchar para pedir justicia.

    Es un símbolo porque más allá de que muchos podamos no compartir las ideologías políticas que profesaban ni sus métodos, reconocimos su humanidad.

    Y es un símbolo, sobre todo, porque las dudas que hasta el día de hoy sigue generando tan lamentable conocimiento representa la incapacidad de las autoridades por hacer justicia a aquellas personas que son víctimas de la delincuencia, del crimen, del narcotráfico, y de las autoridades mismas.

    A 5 años, nos siguen faltando 43.

  • ¡Qué calor hace, Greta!

    ¡Qué calor hace, Greta!

    El cambio climático es una realidad.

    Pruebas sobran del calentamiento global que pueden ser medidas cualitativa y cuantitativamente. También podemos verificarlo empíricamente a través de los cambios bruscos en el medio ambiente: en tan solo dos años varios huracanes devastaron casi todo el Caribe. En Guadalajara, mi ciudad, cayeron granizadas nunca antes vistas que dejaron una capa de hielo digna de una ciudad siberiana.

    Y a pesar de todo esto, el problema del cambio climático no está lo suficientemente socializado. No es algo que parezca importar lo suficiente en la vida cotidiana, y cuando alguien hace algún cambio en sus hábitos no faltarán las personas que se burlen.

    Pareciera como si el cambio climático nos diera risa, como si fuera algo tan ajeno a nosotros: al cabo los gobiernos verán cómo lo resuelven, igual firman unos protocolos, establecen unas políticas y ¡vualá! (ni hablar de la llegada de mandatarios al poder como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador que no parecen tener conciencia alguna sobre el tema). Creen que el cambio climático es una «moda progre» de redes, siendo que lo tenemos frente a nuestras narices.

    En este contexto, dentro de un problema que debería merecernos más atención, apareció Greta Thunberg, una niña activista sueca de 16 años que padece Síndrome de Asperger, quien dio en la ONU un discurso caracterizado por ser muy emocional (tal vez de forma excesiva) pronunciando frases tales como «me robaron mis sueños» que causaron polémica.

    Muchos reconocieron el gesto, pero otras personas se burlaron de la niña, porque parecía que «nos estaba regañando», porque fue un discurso que apelaba a las emociones, como si no muchos hubiesen apelado a la razón en muchas ocasiones sin encontrar respuesta alguna.

    Sí, el discurso de Greta es uno emocional y retórico, pero lo cierto es que en muchas ocasiones es necesario persuadir a la gente por medio de los sentimientos para que entienda qué es lo que está pasando. Sí, el discurso de Greta parece catastrofista, pero en ocasiones se vuelve necesario mantener una postura catastrofista para que la gente siente cabeza. Ejemplos de un catastrofismo bien empleado fueron la contingencia del virus AN1H1 hace algunos años, o el que se promovió con la llegada del Huracán Patricia cuyas dimensiones eran históricas y que incluso en la propia ciudad de Guadalajara obligó a mucha gente a resguardarse e hasta a poner cinta a sus ventanas por si el huracán llegaba (cosa que habría sido inédita). Al final no ocurrió nada, pero fue mejor excederse en las precauciones que caer en exceso de confianza.

    Burlarse de Greta suena muy absurdo en el contexto en que se encuentra, ya no solo porque es una niña de 16 años y porque me parece algo cruel burlarse de una niña de 16 años que busca, con todas sus limitaciones, poner su granito de arena, sino porque, con la simplicidad de su mensaje y de sus conocimientos sobre el tema, alerta sobre algo que es real.

    Lo real, lo necesario y lo urgente es el cambio climático que estamos viviendo y que si no se toman cartas en la asunto terminará afectando la vida de millones de personas, muchas mas que las que ya se vieron afectadas.

  • Romantizar el crimen

    Romantizar el crimen

    “El castigo entra en el corazón del hombre desde el momento en que comete el crimen.”

    Hesíodo

    Antes de continuar, vean el siguiente video:

    Últimamente ha crecido un discurso que, a primera vista, parecería noble o empático, pero que puede ser muy peligroso y contraproducente. Uno que nos dice que empaticemos con los criminales y entendamos que son seres humanos, que si son criminales es por una causa (que por el sistema económico opresor, que si vienen de familias rotas).

    Camila Ramírez en ese video argumenta que hay que humanizar a las víctimas y que entendamos por qué cometieron un delito. Añade en su cuenta de Twitter que los delincuentes delinquen porque son seres humanos.

    Dentro de cualquier acto delictivo hay un motivante. Es decir, los actos de delincuencia no ocurren por sí solos como si los delincuentes fueran autómatas que no saben lo que hacen, sino que hay una razón o una multiplicidad de razones detrás de ello.

    Es cierto, es imperativo conocer los motivantes para atacar el crimen de mejor manera y comprender por qué lo hacen. Detrás de los actos criminales puede haber un problema de fondo estructural que puede tener alguna relación con un tejido social dañado o con una condición de inequidad (que una persona se sienta obstaculizada, que sea agredida u oprimida por alguien más), pero de ahí no se sigue que el acto de delinquir deje de ser malo.

    El argumento de que el criminal roba porque es humano es muy tramposo. ¿Por qué podría catalogarse un crimen, por más pequeño que sea, como un acto humano? ¿Por el hecho de que lo comete un ser humano? ¿O es que el hecho de que sea una persona que vive en una situación difícil la que comete el crimen lo convierte en un acto de humanidad?

    Al ser ciudadanos, tomando como referencia a Thomas Hobbes, cedemos algunos derechos en favor del bien común (el derecho a matar, el derecho a robar). Por tanto, aunque alguien tuviera la osadía de considerarlo «humano», eso no hace al acto de delinquir menos reprobable, y no lo hace por el simple hecho de que otra persona (inocente) ha sido afectada.

    Podemos entender, tal vez, a aquella persona que literalmente se está muriendo de hambre y entra a un establecimiento a tomar algo, pero esa no es la realidad con la mayoría de los actos delicuenciales. Puedo entender a aquella persona que fue obligada o coercionada para que delinquiera en contra de su voluntad; pero cuando el delincuente delinque por voluntad propia con la posibilidad de no hacerlo, entonces no hay manera en que podamos justificar el acto.

    Es que incluso una persona que no viva en la pobreza de igual forma podría tener una historia «conmovedora»: por ejemplo, que un político robe porque teme que al finalizar su sexenio su nivel de vida descienda con todo lo que ello implica (exclusión del círculo social, poca valía personal), que un empresario robó quiere garantizar el futuro de su familia y de sus hijos a quienes «quiere mucho» y un largo etcétera.

    Tampoco es cierto que todas las personas que se encuentran en la base de la pirámide tengan una «historia conmovedora» que contar. La maldad no respeta nivel socioeconómico y hay quienes delinquen sin piedad alguna ni que les importe las consecuencias. Hay quien puede llegar a delinquir por necesidad y desesperanza, pero muchos otros, la mayoría, no lo hacen por ello.

    Decir que son «víctimas» del modelo socioeconómico (neoliberalismo) es, cuando menos, impreciso; además que dicha afirmación tiene un componente retórico con base en la tan peculiar definición que el gobierno actual hace del término «neoliberalismo«. Es cierto que hay una correlación positiva entre desigualdad y crimen, pero aquello que hace de nuestro país uno muy desigual no parece ser precisamente el libre mercado en sí, sino las estructuras sociales y de poder público-privadas (en las que el gobierno siempre está inmiscuido, incluído el actual) que se fueron formando desde hace mucho tiempo. Cabe decir que desde el año 2000 la desigualdad en nuestro país se ha reducido.

    Al empatizar con el delincuente se está dejando de hacer lo propio con la víctima. La víctima no tiene la culpa de la situación en la que el delincuente se encuentra y no tendría que tener que pagar los platos rotos. ¿Qué hay de la víctima?

    La ley debe de ser igual para todos, y esto implica que un crimen debe ser reprobable sea quien sea que lo cometa (quien debe recibir el mismo castigo). Si bien, como escribí hace algunos días, la gente pobre suele ser más castigada y ser víctima de arbitrariedades, la solución no pasa por romantizar el crimen, sino por la construcción de un sistema justo donde todos seamos iguales ante la ley.

    Dejemos de romantizar el crimen y mejor pensemos en construir un sistema justo, uno que haga justicia a las víctimas y que evite cualquier tipo de arbitrariedades o sesgos con base en el nivel socioeconómico.

  • Linchar y castigar

    Linchar y castigar

    Linchar y castigar

    La gente lincha en redes porque es fácil y no tienen que pagar las consecuencias.

    La gente lincha en redes porque no percibe a los otros usuarios como personas completas, sino como seres con una dimensión expresada en las redes y que molesta al agresor.

    Un ataque a esa dimensión en forma de argumento tiene repercusiones en la completitud de la persona (incluso puede ver su vida destruida) y no solo en la dimensión atacada.

    El usuario cree que la postura ideológica es la esencia completa de la persona cuando, en el sentido metafísico, es más probable que sea mero accidente.

    ¿O es que todos conocen a la piloto de Interjet en todas sus dimensiones? ¿O lo que consideran que su esencia es está necesariamente sujeta a la reprobable publicación que ella hizo?

    ¿Por qué habría que exigir a la empresa donde trabaja que sea despedida por un comentario lamentable? ¿No debería ser la empresa quien, de acuerdo a sus normas, delibere si esa conducta es causal de despido, y no los usuarios de una red social donde no pocos están motivados por posturas políticas?

    Un argumento poco más que absurdo es que debería «evitarse un acto terrorista» (hasta trajeron el atentado contra las Torres Gemelas a colación). Sin conocer cómo es ella siquiera, ya muchos supusieron que es inestable mentalmente y que podría estrellar un avión siendo que ni saben quien es y siendo que no pocos han hecho alguna vez comentarios similares en las redes sociales.

    ¿Es real esa preocupación, o se trata de una suerte de venganza o linchamiento sobre una persona que se mofó del sector o corriente política a la que pertenecen?

    Es un comentario lamentable, eso es innegable, pero es un tipo de comentario que incluso algunos de los ahora indignados han hecho.

    ¿Por qué la persecución de esa forma? ¿Por qué ni siquiera hay un criterio congruente? ¿Por qué lincho con más ahínco a quien se mofó de algo que comparto (una posición política o simpatía con un mandatario) que comentarios igual de reprobables hacia otros sectores los cuales no me importan tanto.

    No es lo mismo reprobar una conducta (como la del piloto) que involucrarse en una campaña de linchamiento. No es lo mismo señalar en redes sociales la inconformidad con la conducta a presionar a una aerolínea para que la despidan y tenga su merecido. Lo primero tiene la finalidad de hacer entrar en razón a la persona que dijo ese comentario reprobable y, de la misma forma, fortalecer normas y valores que fomenten la convivencia (es decir, que en redes sea reprobable decir tal o cual cosa). Lo segundo tiene como finalidad la vil venganza y el escarnio.

    En el pasado era mas común matar por diferencias políticas, hoy nos parece abominable. Pero en la arena de las redes sociales sí hay permiso para destruir a los demás, al cabo no sabemos bien quienes son, ni cómo son, ni cómo sienten; solo nos parecen «argumentos vivientes» a los que hay que aniquilar. El de la piloto fue un comentario reprobable, pero a muchos los linchan y los persiguen por menos, por el simple hecho de disentir.

    En las redes se confunde al mensaje con el emisor. Las redes se han convertido en una arena salvaje por nuestra incapacidad de darnos cuenta que quienes están detrás de una cuenta y de un conjunto de caracteres son seres humanos que tienen muchas más dimensiones que las que muestran en las redes.

    De hecho, nos hemos acostumbrado a decir en público eso que nunca diríamos en público. Porque todo nos parece tan virtual, porque parece que en la red nada tiene consecuencias.

  • Coaching de vida… o muerte

    Coaching de vida… o muerte

    El profesional de hoy ya no es un engranaje de una maquinaria que lo explota, ya no es ese homo laborans al que refería Hannah Arendt.

    El profesional contemporáneo, por el contrario, se siente más libre porque puede construir su carrera profesional a su medida; lo cual, en teoría, la da significado a lo que hace. El profesional de hoy no hace trabajos repetitivos (de los cuales ya se están comenzando a hacer cargo los robots) sino que utiliza su mente para crear sistemas, su creatividad para aportar soluciones o su capacidad para comunicarse con otras personas.

    El problema ahora no es la falta de libertad, sino la imperativa necesidad del éxito. El profesional ya no es explotado, más bien se explota a sí mismo por miedo al fracaso, a la pérdida o por miedo a no cumplir las expectativas sociales, preocupación que le puede generar frustración e incluso cuadros de ansiedad o depresión. El profesional ya no es obligado a trabajar más de 14 horas diarias como ocurría en el siglo XIX, más bien se obliga a ello.

    Ello ha creado un mercado potencial explotado por los llamados «coaches de vida» quienes, a diferencia de un terapeuta, se enfocan, dicen, en desarrollar las potencialidades que lleve al individuo al éxito. Atienden eso que tanto le preocupa al profesional contemporáneo: su imperativo deseo de éxito y el miedo al fracaso. Le ayudarán a salir de su zona de confort, a tener una actitud positiva y a elaborar un plan que los lleve a la cima.

    Pero resulta que la mayoría de estos coaches (hay excepciones, claro), a diferencia de los psicólogos que necesitan amplios estudios y una cédula (aún así hay varios que son malos), pueden serlo con solo con tomar un curso que durará 160 horas (mientras que un año de estudios universitarios puede rondar entre las 1,000 y 2,000 horas efectivas de clase), leer algunos libros de coaching, aprender PNL básico y recibir (comprar) su certificado.

    Gracias a las bajas barreras de entrada para convertirte un coach como de esos que abundan, no pocas personas, ante la necesidad de generar ingresos o de mantener su status más que por una real vocación, se convierten en coaches de vida. No necesitas pagar una carrera universitaria, no necesitas ser un profesional de la mente en sentido estricto. Tan solo requieres algunos conocimientos básicos, alguna experiencia por aquí y alguna mentoría por acá para convertirte en un coach en cuestión de unos pocos meses. En tanto existan personas capaces de recurrir a lo que sea, en tanto exista mercado, se convierte en una opción rentable para algunos.

    Así, con esas barreras de entrada tan bajas, lo que debería ser una vocación sustentada por una amplia preparación se convierte en un mero negocio de dudosa calidad, como si se tratara de entrar en una empresa multinivel o uno de esos tantos negocios donde no requieres mayores habilidades o conocimientos, pero que prometen dinero y reconocimiento.

    Por eso es que hoy todo el mundo puede ser coach, por eso cualquier persona abre su cuenta de Facebook o Instagram para anunciar sus conferencias, para postear frases de Einstein o Alva Edison y decirte que tengas una actitud positiva. Basta tomar uno de esos cursos express y recibir un certificado que te permitirá ser uno de esos tantos coaches, aunque la calidad del servicio ofrecida al cliente sea muy inferior al que podría esperarse de un profesional o un experto de la mente.

    Paradójicamente, son los mismos individuos ansiosos por el éxito y temerosos del fracaso los que se convierten en coaches de otros individuos ansiosos por el éxito y temerosos del fracaso. El paciente se convierte en el médico que lo es porque busca precisamente acabar con el mismo padecimiento que aflige a sus propios pacientes.