Categoría: temas polémicos

  • En defensa de la generación de cristal

    En defensa de la generación de cristal

    En defensa de la generación de cristal

    Una famosa frase que circula en las redes sociales dice que las «sociedades prósperas generan individuos débiles que, a su vez, generan sociedades caóticas que generan individuos fuertes».

    Habría que analizar a fondo la historia universal para determinar qué tan precisa es esta frase, ya que si bien podemos encontrar ejemplos de ello, también podemos encontrarnos con sociedades caóticas producto de factores que poco tienen que ver con el «debilitamiento» de la calidad de los individuos producto de la prosperidad, como la República de Weimar castigada con el Tratado de Versalles que dio origen al régimen nazi o la Rusia en la que acaeció la Revolución de 1917.

    Pero, más allá de qué tan precisa sea aquella frase, no es un secreto que conforme la sociedad se vuelve más próspera, los individuos se debilitan en varios sentidos, pero ello es una consecuencia natural porque los seres humanos no hacemos nada más que adaptarnos a nuestro entorno para funcionar lo mejor posible en él.

    Por ejemplo, casi nadie de nosotros (ni los preocupados por la «fragilidad de las nuevas generaciones») podría sobrevivir en la selva como lo hacían nuestros antepasados. No tenemos ni la fortaleza física ni las habilidades necesarias, la gran mayoría pereceríamos ahí. Pero es que para sobrevivir en la actualidad no necesitamos dichas habilidades.

    También es cierto que cada vez menos nos vemos necesitados de ir a la guerra. E incluso ahí, con el tiempo, la fuerza física, aunque sigue siendo muy importante, se ha vuelto progresivamente menos relevante ya que los ejércitos dependen cada vez más de la tecnología para poder triunfar en el campo de batalla. Paradójicamente, la existencia de las armas nucleares (que actúan como disuasorio) junto con la forma en que están configuradas las economías actuales, hacen cada vez menos viable una guerra en el sentido tradicional.

    Vaya, nuestro mundo se ha vuelto cada vez más próspero, donde la fuerza ha dado paso al intelecto como medio de producción y de supervivencia. Ya no nos importa ser muy fuertes, nos basta con tener un cuerpo sano y relativamente atlético, y en el mejor de los casos. Y de igual forma hemos buscado, en la medida de lo posible, construir un mundo que sea lo más confortable con respecto a la psique. Por ello hemos venido humanizando los trastornos psíquicos de tal forma que aquello que podíamos calificar como locura (un trastorno de ansiedad o un TOC) se ha venido convirtiendo de forma progresiva en algo parecido a una gripe.

    Debido al progreso, hemos procurado una sociedad más confortable para todos: desde el mercado, desde el Estado, desde la familia y desde diversas instituciones. Nuestras camas son más cómodas que las de hace un siglo, desde el celular realizamos ciertas actividades que nos facilitan la vida, nos preocupa la salud más que nunca. Y es evidente que así, las generaciones que nazcan en ese mundo de confort, lo den por sentado. Recordemos que los individuos construimos la realidad de forma subjetiva por medio de nuestra educación e interacción con el entorno.

    Es curioso que muchas de las personas que aseguran que los millennials y los centennials son «generaciones de cristal» son los mismos que se esmeraron por construirles esa vida llena de comodidades, los que pensaron que habría que alejar a los hijos de cualquier dolor. Son los mismos que se quejan de una presunta falta de tolerancia a la frustración. Ellos, como cualquier otra generación, lo único que hicieron fue adaptarse a su entorno. ¿Por qué ellos habrían de tener la culpa?

    Bien podría decir que estas generaciones, como todas, tienen sus particularidades y no todas ellas son necesariamente buenas, aunque ha caído un severo escarnio sobre ellas y creo que se ha hecho un juicio, a veces, excesivamente lapidario, casi como asumiendo que las generaciones pasadas (la generación X y los Baby Boomers) eran generaciones con un gran tesón y una fortaleza de espíritu digna de ejércitos imperiales, lo cual, siento decirles que no. No es como que las dos generaciones pasadas fueran muy diferentes en este sentido.

    El problema es que las comparaciones entre generaciones son, en muchos casos, complicadas de hacer porque éstas se desenvuelven en contextos distintos. Por ejemplo, estaba leyendo un artículo del caso del ITAM donde muchos alumnos salieron a manifestarse por el caso del suicidio de una estudiante. El autor explicaba varios casos del trato que algunos maestros les daban a los alumnos, y la verdad que esto hace algunos años habría sido casi igual de escandaloso e indignante. En mi secundaria (hace ya 20 años) llegaron a correr a profesores por menos que eso (producto de la presión de los alumnos y padres de familia).

    Es cierto que, en algunos casos, sí se han manifestado algunos excesos en aras de proteger la psique de los estudiantes que les podrá traer más problemas que beneficios en el largo plazo, como la creación de espacios seguros que solo ayudan a aislar y tribalizar al estudiantado. Pero tampoco nos engañemos y pensemos que las generaciones pasadas tenían una fortaleza moral profunda y eran capaces de hacer frente a cualquier obstáculo que tuvieran enfrente.

    La hiperconectividad que existe ahora tampoco ayuda a la hora de hacer comparaciones. Asumimos que esto que estamos viendo es nuevo, como si antes no hubiesen existido casos de suicidios o de alumnos indignados por la conducta de los maestros, pero antes no recibíamos tanta información. Casos como estos se centraban en las comidas familiares de personas que se habían enterado del caso y que en la actualidad se esparcen y viralizan por medio de las redes sociales.

    Las dinámicas sociales el día de hoy son diferentes, hasta para la misma organización de protestas con el fin de solicitar a una institución que tome cartas en el asunto. Las comparaciones son, en muchos casos, muy tramposas y engañosas.

    Por ejemplo, se dice que hay menor compromiso de los empleados con las empresas (lo cual muchas veces no es falso), pero ¿el compromiso de las empresas con los propios empleados es igual que antes? En el pasado un empleado entraba a una empresa y sabía que ahí crecería y trabajaría toda su vida, lo cual evidentemente generaba un fuerte compromiso y hasta cariño con la empresa que trabajaba. Hoy eso no ocurre. El individuo da casi por sentado que trabajará en varias empresas a lo largo de su vida, que en algún momento será dado de baja por un recorte de personal (y que muchas veces no estará ligado a su desempeño) o buscará otro lugar donde seguir creciendo dado que asume que su crecimiento no está ligado a una empresa, sino a su trayectoria personal. Ya ni hablemos de los freelancers o autónomos que cada vez abundan más.

    En defensa de la generación de cristal

    También se asume, en varios casos, que ciertos problemas que existen en la actualidad no existían en el pasado, como si el propio pasado fuera idílico, como si en el pasado todas las personas tuvieran una gran capacidad para sortear la tolerancia a la frustración. Por ejemplo, muchos hablan de la mediocridad de muchos estudiantes, que falta compromiso en los estudios. Pero desde que tengo uso de memoria eso siempre, en mayor o menor medida, ha existido.

    Hay quienes agregan como ejemplo de la fragilidad de las nuevas generaciones el ambiente de crispación que hay en las redes sociales. Pero ¡es que antes no había redes sociales y por lo tanto no había un punto de comparación! No sabemos cómo habría sido dicha interacción si en 1970 hubiera existido Facebook. Les aseguro que no estarían debatiendo con galletitas y café. Otros todavía tienen la osadía de incluir a ciertos movimientos reivindicativos como responsables de la fragilidad de las nuevas generaciones: «ya no puedo decirles maricones, ¡qué frágiles!» o señalan a los excesos de corrección política como si la corrección política no hubiese existido en muchos otros ámbitos en el pasado (promovida en esos entonces más bien por sectores conservadores).

    Y lo mismo ocurre con la relación de los jóvenes con la democracia. Al parecer, existe un menor compromiso, parte de ello tiene que ver con el hecho de que a ellos no les tocó conocer algún régimen distinto como a muchos de nosotros sí . Ellos suelen votar menos (aunque, al parecer, sí son capaces de involucrarse en otras formas de hacer política y que responden a sus preocupaciones actuales) ¿Hong Kong, Chile, hola? ¿Hemos hecho lo suficiente para transmitirles esos valores? ¿Nos hemos dado cuenta de sus propias dinámicas para adaptar esos valores a las suyas? Ellos la dan por sentado porque todos damos por sentado aquello con lo que crecemos y de lo cual no conocemos alternativas en carne propia, nos familiarizamos y lo asumimos como si fuera algo natural, es algo muy humano. Y seamos sinceros, no es como que muchas de las generaciones pasadas (las hoy molestas) hayan luchado por su vida para construir países más justos, la mayoría solo fueron meros espectadores mientras seguían su rutina cotidiana. De los Boomers y la Generación X en México prácticamente nadie fue a la guerra y los contratiempos más bien fueron de carácter económico (crisis, devaluaciones y demás).

    No pocos se quejan de la frustración de las nuevas generaciones, pero también les entregaron un mundo hipercompetitivo determinado por el capitalismo en lo económico y el posmodernismo en lo cultural (y que por más antagónicos se presuman, actúan como fraternos aliados moldeando las estructuras sociales): una sociedad líquida y cambiante, más inestable que la que vivieron las generaciones pasadas que saborearon las mieles del crecimiento de los años de la posguerra. Les entregaron un mundo paradójico: un mundo que procura confort y libertad, pero a la vez carente de un piso firme. Y tampoco es como que les hayan entregado un mundo tan horrible como los pesimistas y los nostálgicos del pasado (a veces ellos mismos) aseguran, pero tampoco les entregaron un mundo igual al que ellos vivieron como para esperar que se comporten igual.

    ¿Son las nuevas generaciones más débiles? La respuesta es que, como todas, lo único que han hecho es adaptarse a su entorno. En algunos ámbitos podríamos hablar de algunas manifestaciones de fragilidad o falta de tolerancia a la frustración, pero tampoco creo que sea algo tan dramático o exacerbado como algunos aseguran (y que creen falsamente que sus generaciones tuvieron un gran tesón) y ello es producto de su adaptación al entorno que la otras generaciones les crearon.

    Me rehúso a pensar que se trata de una generación perdida. Las nuevas generaciones, así como tienen ciertos defectos, también tienen cualidades particulares: son, por lo general, más multitarea lo cual les facilita más adaptarse a los cambios, son más especializados, son más flexibles y curiosos. No es casualidad, por ejemplo, que la filosofía, que ya había sido casi descartada, esté recobrando cierto auge (no dentro de las aulas, sino más bien por otros medios, sobre todo, digitales).

    En resumen, me atrevo a decir que estas críticas lapidarias no son más que uno de esos tantos conflictos generacionales, con el aditivo de que el conflicto actual es propagado y magnificado por Internet y las redes sociales.

  • De terapias de conversión gay a los libros quemados

    De terapias de conversión gay a los libros quemados

    Yo estoy absolutamente a favor de que se prohíban las terapias de conversión gay.

    Primero, es un absurdo, a estas alturas de la vida, plantearse por qué a alguien debería «quitársele lo gay». La homosexualidad es algo que ha estado ahí en toda la historia de la vida humana y no es algo que se vaya a ir ni hay sentido en esperar ello. Entonces vamos de una vez a promover terapias para forzar a los pelirrojos a que cambien su color a negro porque ser pelirrojo no es común.

    No solo eso, es anticientífico. No hay bases científicas medianamente serias que sustenten este tipo de terapias, aunque quieran decir lo contrario.

    Los sectores ultraconservadores argumentan que el Estado les está quitando el derecho a educar a sus hijos.

    (Y digo ultraconservadores porque cada vez son más los conservadores ya no tienen problemas o conflictos con que alguien tenga otra orientación sexual. Entonces hay que hacer otra diferenciación para no meter a todos en el mismo saco)

    Pero al mismo tiempo estas terapias se escudan en el hecho de que las personas «tratadas» tienen que ir voluntariamente y no forzadas o persuadidas por alguien más (lo cual, en la práctica, es falso, y hay muchos testimonios de ello).

    Entonces hay una severa contradicción entre ambos argumentos. Porque el último implica que el «paciente» es quien toma la decisión, no sus padres. El argumento del «derecho de los padres a educar a sus hijos» invalida el argumento de que la gente va ahí voluntariamente.

    Regresemos al argumento de la «intervención estatal». Estoy de acuerdo en que el Estado no debe quitar el derecho a los padres a educar a sus hijos, pero las terapias tienen como el fin explícito evitar la libertad de su desarrollo personal. Es decir, hay una libertad anterior que se está restringiendo.

    Porque lo cierto es que en la práctica muchas personas van forzadas a esas terapias y no son extraños los casos de aquellas personas que se llegan a suicidar o a desarrollar severos trastornos psicológicos.

    Porque bajo ese mismo argumento, yo entonces tendría derecho a agredir a mis hijos y a golpearlos violentamente porque considero que esa es la forma de educarlos.

    Bajo ese mismo argumento en tiempos pasados el esposo tenía derecho a golpear a su esposa. Al cabo es mi asunto ¿no? Y si bien el Estado no debe meterse en la educación que doy a mis hijos, hay un límite en el cual si la integridad de un ser humano se está viendo amenazada, el Estado tiene que intervenir.

    Y por lo mismo no estoy de acuerdo con el hecho de que algunas mujeres hayan quemado libros sobre conversión afuera de la FIL ¿Por qué?

    Primero, por el mero simbolismo que tiene la quema de libros y que creo queda bien plasmada en la novela Fahrenheit 451. Segundo, porque quemar un libro no implica destrozar un argumento, sino negarte a la posibilidad de hacerlo.

    Y lo que se necesita es exhibir los argumentos bajo los cuales estos «terapeutas de la conversión gay» siguen haciendo un gran negocio. Se necesita socializar el hecho de que dichas terapias son inhumanas y restringen la libertad del individuo. Se necesita que más gente lo sepa y lo entienda.

    Me hubiera encantado que leyeran el libro y destruyeran los argumentos. Seguramente no habría sido un trabajo muy difícil.

    ¿Por qué mejor no hubieran hecho una puesta en escena donde se hubieran mofado de los contenidos de ese libro?

    Pero la quema de libros cancela esa posibilidad, la posibilidad de confrontar argumentos, de socializar una causa (que es no solo completamente legítima, sino humana). Por el contrario, lo único que van a lograr es darles argumentos a los ultraconservadores precisamente en el preciso instante en el que se debate prohibir este tipo de terapias.

    Y por más que esté a favor de la equidad de género, de combatir la violación hacia las mujeres y de prohibir estas terapias, no puedo secundar que se quemen libros, simplemente no puedo aprobarlo.

  • Una semana sin Facebook

    Una semana sin Facebook

    Por ahí dicen que no valoras lo que tienes hasta que no lo tienes.

    No es que tengamos que valorar a las redes sociales, pero algo análogo ocurre cuando nos desconectamos de ellas. Solo cuando esto ocurre nos damos cuenta cómo es que cada vez están impregnadas en nuestra vida.

    Hace una semana me banearon de Facebook por subir esa imagen del funcionario de MORENA haciendo una seña obscena. El ban iba a ser por un mes, aunque apelé y a la semana decidieron que había sido un error y lo levantaron, con lo cual el ban terminó durando una semana, lo cual aparentemente no es mucho, pero sí lo suficiente para darme cuenta de la forma en que las redes ya son parte de mi cotidianeidad.

    Es chistoso, porque el ban me evocó al instante a un capítulo de Black Mirror: podía entrar a Facebook y ver todas las publicaciones, pero no podía interactuar con nadie, ni darle «like» a ninguna publicación. Yo los veo, pero ellos no me ven.

    Me di cuenta que, debido al ban, tenía que hacer algunos ajustes. Resulta que por ese medio me comunico con algunos clientes (de uno ni siquiera tenía su contacto fuera de Facebook) y que parte de mis actividades en las organizaciones civiles a las que pertenezco se llevan a cabo ahí, entonces como no podía tampoco administrar las Fan Pages, tuve que coordinarme con otras personas para que me ayudaran.

    Evidentemente tampoco podía dar mis «opiniones políticas» ni interactuar con la de los otros (porque vaya que me gusta debatir), lo cual me dejó como cierto vacío al ver las opiniones y no poder opinar de nada. El ban pasó a ser algo así como una «ley del hielo colectivo» donde yo los veo pero nadie me habla, como si solo fuera un expectador del mundo.

    Si algunos hablan sobre el transhumanismo como una cuestión del futuro, tendrían mejor que comenzar a abordarlo desde el presente. Tal vez nuestro organismo biológico no esté directamente intervenido pero sí que lo está indirectamente al utilizar cada vez la tecnología como una extensión de nuestro cuerpo.

    Y este sentimiento que tuve me llama la atención, porque las redes sociales como Facebook se alimentan de toda la información que le damos, a través de la cual van construyendo bases de datos cada vez más grandes y alimentando algoritmos para que por medio de machine learning, se vuelvan más inteligentes. Yuval Noah Harari tiene razón cuando dice que los datos son poder, porque por más sofisticados se vuelvan estos algoritmos podrán hacer cada vez más cosas, podrán predecir con mayor fidelidad nuestra conducta y nuestras decisiones. No sabemos las consecuencias que ello tendrá en el futuro.

    Pero básicamente cada vez, sin darnos cuenta y sin sentirlo, estamos más integrados a un sistema que extrae de nosotros datos que no solo se convierten en negocio sino en poder. Datos que en teoría tienen propósitos comerciales pero que también pueden utilizarse, como ya vimos en 2016, para propósitos políticos y propagandísticos.

    El problema será cuando llegue ese momento en que los algoritmos nos conozcan un poco más de lo que nos conocemos nosotros mismos, como dice Borja Moya en su libro Data Dictatorships. Cuando ese momento llegue, podríamos llegar a estar en aprietos.

    Mientras, las redes cada vez se impregnan más en nuestra cotidianeidad, hacen muchas cosas por nosotros, nos facilitan la vida en muchos sentidos, aunque a cambio de ello les cedemos nuestra privacidad, le entregamos datos para fines comerciales y, sobre todo, para seguir entrenando a esos algoritmos.

  • ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    Partamos de la idea de que la vida de todos, hombres y mujeres, valen igual. Parto de la idea liberal, sí, que incluso es heredada del propio cristianismo, de que el ser humano es digno por el mero hecho de serlo.

    Cuando se habla de la violencia contra las mujeres se dice que a los hombres nos matan más, y que se está ignorando ese hecho; pero, a grandes rasgos (excluyendo tal vez a algunas expresiones misándricas que son minoritarias) no creo que sea así. Me voy a explicar.

    A los hombres nos matan más, creo que nadie puede estar en desacuerdo con ello porque es empíricamente comprobable, pero el hombre, a la vez, tiene más margen de maniobra para evitar ser asesinado. El hombre se involucra mucho más en situaciones de riesgo que la mujer, se involucra más en peleas, en pandillas, hasta en cárteles. El hombre puede decidir no involucrarse en situaciones de riesgo y las posibilidades de ser asesinado disminuyen dramáticamente.

    Eso no sucede con las mujeres. Si bien, a las mujeres las matan menos, una mujer tiene menos margen de maniobra para que la maten porque 1) a ella también se le debe incluir en la mayoría de aquellas situaciones en las que el hombre no tiene margen de maniobra (como el hecho de ser asesinada por algún asaltante en la vía pública) 2) sobre todo, porque la violencia contra la mujer ocurre más bien en el ámbito privado (en el hogar) donde el margen de maniobra para evitar ser violentada e incluso asesinada es mucho menor (no es que no llegue a existir violencia doméstica contra el hombre, pero suele ser menor en cantidad e intensidad) y 3) porque debido a la diferencia de fuerza física y a la forma en que ambos sexos se atraen sexualmente, un hombre tiene más incentivos y mayor facilidad para violar a una mujer que una mujer a un hombre.

    La violencia hacia el hombre suele ser pública, y la violencia contra la mujer suele ser más bien privada. Ese es un problema, porque entonces la violencia contra la mujer (en el hogar o incluso en el ámbito laboral) no solo es menos visible, sino es que es casi invisible. Otro problema es que la forma en que las políticas y estrategias de seguridad se enfocan más en lo público que en lo privado. Es decir, la mujer dentro de casa está menos protegida.

    Dicho esto uno puede responder a la pregunta: Si a un hombre lo matan más, ¿por qué las mujeres se sienten más vulnerables cuando salen a la vía pública? ¿Por qué ellas se la piensan más en tomar un taxi o un Uber?

    La respuesta tiene que ver con la situación de vulnerabilidad.

    No se trata de hacer absurdas y falsas distinciones de que el hombre es malo y la mujer es buena, ambos pueden ser crueles y abusivos, una mujer puede llegar a destruir la vida de un hombre también. Vaya, ambos son seres humanos imperfectos y con muchos defectos. Se trata de entender cómo el sistema de cosas (social, cultural, económico, político) mantiene a la mujer en una situación de mayor vulnerabilidad.

    Nunca he estado cómodo con el término «patriarcado» porque, como lo he sostenido en este espacio, me parece que implica un régimen de total dominio del hombre hacia la mujer, y a estas alturas creo que ya no es tan así: la mujer tiene cada vez más espacios de poder y mayor participación en la vida pública. Lo que sí podría argumentar es que todavía existen varias reminiscencias de un régimen patriarcal anterior. Me voy a explicar:

    Los roles de género tienen mucho que ver con el contexto histórico, social, económico y tecnológico en el que se encuentran insertos. Durante mucho tiempo el hombre (que tenía más fuerza) era quien salía a trabajar por el pan y la mujer era quien criaba a los hijos (evidentemente esto con muchos matices a lo largo del tiempo y entre diferentes culturas). Como el hombre era quien más participaba de la vida pública, quien trabajaba y hacía la guerra, era también quien tenía más poder, por lo cual había una asimetría de poder entre el hombre y la mujer. La mujer cedía poder pero en cambio recibía alimento y protección: sí había una suerte de hegemonía patriarcal pero también, hasta cierto punto, podría hablarse de una suerte de consenso. El hombre era quien hacía las leyes y construía el mundo, la mujer se quedaba en casa básicamente a criar a mujeres y a esos mismos hombres que tomarían roles protagónicos en el futuro. Vaya, la mujer estaba tan fuera de la vida pública que no tenía derecho a votar.

    Hubo un momento en el cual la mujer se comenzó a dar cuenta de que no necesitaba ese alimento y protección porque podía ganárselo ella misma, ahí el «consenso patriarcal» se comenzó a resquebrajar, aunque ese resquebrajamiento no se dio de forma paulatina en los diversos sectores, prueba de ello es que mientras la sufragistas buscaban el voto había ligas de mujeres en contra de adquirir dicho derecho. El inicio de este resquebrajamiento ocurrió básicamente después de la Revolución Industrial, sobre todo cuando la fuerza comenzó a ceder a otras habilidades y al conocimiento como medio principal de producción, donde la mujer ya no se encontraba en desventaja. Casualmente, las primeras organizaciones feministas comenzaron a surgir en este contexto y algunos fenómenos aceleraron ese proceso, como la Segunda Guerra Mundial, donde las mujeres tomaron los trabajos de los hombres que habían ido a la guerra.

    Hoy, a pesar de la insistencia de algunos necios, no hay razón alguna como para que la sociedad persuada u obligue a la mujer tomar el rol pasivo y el hombre el activo porque aquellos rasgos se volvieron totalmente irrelevantes en el contexto actual. La tendencia actual ahora va más en función de la adopción de la división de tareas entre mujer y hombre. Digamos que los avances tecnológicos y sociales promovieron por sí mismos la idea de equidad de género, que tiene que ver, sobre todo, con la equidad dentro de lo público. Pero los cambios no son completamente tersos ni lineales, sino un poco disparejos y abruptos.

    Y considerando la naturaleza de estos cambios, entendemos que en un estado de cosas que ya no debería esperar que ambos géneros tomen roles diferentes, siguen existiendo manifestaciones de esa sociedad patriarcal que aparentemente ya habría sido superada. El machismo, los celos de algunos hombres cuando las mujeres cobran relevancia dentro de lo público, y demás problemas que son los que aquejan a la mujer, son ejemplo de dichas manifestaciones. Son como una suerte de desfase, de rasgos propios de un sistema que ya no existe dados los avances sociales y hasta tecnológicos.

    Las estrategias para combatir la violencia y el crimen no están exentas de esas reminiscencias patriarcales. Posiblemente la idea de que el hombre fuera quien participara de lo público, y el hecho de que él tenía a su cargo a la mujer, hizo que la violencia hacia ella no fuera visible y de hecho por mucho tiempo llegó a ser legal que el hombre golpeara a la mujer y lo sigue siendo en algunos de los países más atrasados. Incluso socialmente era más aceptado que el hombre tuviera una pareja fuera del matrimonio que el hecho de que la mujer lo tuviera, algunas mujeres tenían que callar cuando eso ocurría y, por el contrario, si ellas eran infieles, el más pesado escarnio caía sobre de ellas. Todo ello se explicaba por esta idea de que el hombre era, de alguna forma, el protector de la mujer. Las leyes no contemplaban una situación de igualdad, sino una donde la protección del primero a la segunda se asumía.

    Todo esto no implica que la violencia contra la mujer sea meramente un asunto de género. Pero el género sí está inmiscuido, es lo suficientemente relevante, y no puede negarse por todo lo que he comentado anteriormente. Pero son varios factores los que la detonan y los que la magnifican y hay que entenderlo como el fenómeno complejo que es. Que en México haya una impunidad generalizada y una crisis de seguridad evidentemente incrementa de forma drástica el número de mujeres asesinadas y violadas; pero como había comentado, la lógica de las estrategias de seguridad atienden más lo público que lo privado y también hay factores culturales propios que son reminiscencias de una sociedad patriarcal obsoleta, y por ello entonces también deben de ponerse los puntos sobre las íes en este tema.

    Es importante, sí, crear un Estado de derecho donde cualquier crimen y asesinato sea castigado, de poco sirve un gobierno que pregone tener «conciencia de género» y presuma de pasar leyes para proteger a la mujer cuando su estrategia de seguridad general es un desastre. Pero, por otro lado, quienes relativizan el problema o dicen que es cualquier violencia porque todas las violencias importan igual (lo cual es un falso dilema) no ayudan en mucho. Hay muchos países donde los niveles de seguridad son relativamente bajos pero donde sin embargo aquellas violencias que son privadas y que son las que afectan más a la mujer siguen estando muy presentes.

    Live and Learn staff pose with a ‘Stop! Violence against women’ sign. (L-R) Wilson David, Clifton Mahuta Mainge, Ellison Sau and Francis Rea.

    Si se crean políticas públicas a partir de estos dos extremos: que es exclusivamente un tema de género, o que el género es completamente irrelevante, tarde o temprano nos daremos cuenta de su ineficiencia. Hay alguna cuestión de género cuando un hombre golpea a su esposa o viola a una mujer, la hay cuando la mujer decide no contarlo por miedo a ser juzgada; pero también hay otros factores: que el hombre sea una persona psicológicamente inestable o tenga ciertos traumas, etc. Combatir la violencia hacia la mujer requiere de una estrategia multidisciplinar.

    Si el feminismo ha crecido a pesar de los pronósticos que decretaban su fin (más allá de cuestiones ideológicas, intereses, imperfecciones, excesos y demás cuestiones propias de cualquier causa social) es en gran medida porque las mujeres, en tanto han comenzado a externalizar aquello que estaba invisible, se han dado en cuenta que el sistema (como estado de cosas económico, social, político y cultural) tal como se muestra es incapaz de enfocarse en aquello que les aqueja. Dicen las feministas que lo privado es público, y en ese sentido, eso que ocurre en lo privado ha sido subido al ágora. Las mujeres cada vez callan menos la violencia de la que muchas veces son objeto y que hasta hace poco habían enterrado por miedo al juicio de la sociedad (sí, otra reminiscencia de lo que fue una sociedad patriarcal).

    No solo es el hecho, como dije, de que la impunidad general sea muy alta y la ineficiencia de las autoridades en torno a la seguridad agrave fuertemente el problema, sino que en el caso específico de las mujeres el paradigma del sistema de seguridad invisibilice su problema.

    Todos somos iguales ante la ley porque todos somos dignos como seres humanos, pero de ahí no se sigue que deba establecerse un paradigma unidimensional para atacar las diversas problemáticas que existen, sino que debe entenderse la heterogeneidad de la sociedad y atender las problemáticas específicas. Así como hay leyes y normas que protegen a las personas de la tercera edad o para proteger a la niñez, entonces ¿por qué no tendría que haber un enfoque específico que atienda los problemas de la mujer, así como también debería haberlo para atender los problemas del hombre?

    Y por alguna razón, es la violencia contra la mujer la que más se regatea, a la que más se le ponen peros. Concuerdo con que, en varios casos, falta empatía sobre el tema (lo que incluye burlas por parte de algunos hombres y hasta mujeres), pero en muchos casos también falta el conocimiento para poder empatizar, porque no se puede empatizar con lo que se desconoce. Mucha gente no empatiza porque en realidad no entiende. Y lo que hemos visto en las últimas fechas es un grito para alertar, para llamar la atención de lo que está pasando.

    Y no se trata de presumirse feminista o aliado (siendo sinceros, a veces su uso por parte de los hombres me llega a causar cierta sospecha) ni es imperativo siquiera adoptar el discurso o evitar disentir con aquellos movimientos, sino simplemente de empatizar con el dolor de los otros a partir de la idea del ser humano como digno por el hecho de serlo, y desde ahí entender este problema que aqueja a las mujeres, que es real, y que es muy duro (porque incluso las violaciones destruyen muchas veces su ser como los hombres no tenemos idea).

    Porque las viscerales burlas por parte de quienes en teoría están preocupados por que los movimientos feministas se radicalicen solo harán eso, radicalizarlas. Porque justamente es la falta de empatía y la impotencia la que genera el encono.

    El problema es real, y no se puede ocultar.

  • El #LordCafé y el manejo de las emociones

    El #LordCafé y el manejo de las emociones

    El Director General del restaurant La Gorda (identificado Daniel Gutiérrez) tuvo un percance donde hizo todo mal.

    Una joven quien aparentemente trataba de esquivar un camión chocó en contra del ahora apodado #LordCafé. La joven hizo lo que hace cualquier persona razonable cuando tiene un percance, que es detener el automóvil y hablar al seguro para que éste se encargue de reparar el daño causado.

    En teoría uno puede estar molesto cuando le chocan, por el percance, porque te rompen la rutina y a veces hasta por el susto. Pero uno sabe que si quien le chocó está asegurado podrá estar seguro de que su automóvil será reparado y no tendrá que pagar un solo peso.

    Pero lo que hizo el #LordCafé fue todo lo opuesto a lo que una persona debería hacer cuando le chocan, y en todo salió perdiendo. El hombre bajó, agredió el carro de la mujer, agredió a la mujer aventándole su café directamente a ella y escapó. Probablemente él tendrá que pagar los daños que sufrió su carro y los que causó a la mujer, y lo peor, que ese acto le hizo un severo acto a su reputación como persona que podría derivar en la pérdida de su puesto con todo lo que ello implica. Todo esto justo en el marco del Día Internacional contra la Violencia contra la Mujer que magnificó aún más la indignación hacia este personaje en las redes sociales. Vaya, hasta el ex Presidente Felipe Calderón tuiteó al respecto amplificando el escarnio que cae sobre el #LordCafé.

    No todo termina ahí para el #LordCafé, Director General y uno de los dueños de La Gorda ¿qué le van a decir los otros accionistas por un evento que está manchando la reputación de su restaurante (conocido en la ciudad)? Inclusive este altercado ya ha sido aprovechado por su competencia para robarle algunos clientes. Seguramente el impacto que esto tenga en su carrera profesional va a ser muy fuerte.

    También ¿qué implicaciones tendrá su actitud para la el restaurant que actualmente maneja y que, como muchos restaurantes de Guadalajara, se ha construido a través de muchas generaciones? ¿Ello le causará remordimiento? Ni que decir del hecho de que ya está siendo investigado por la Fiscalía, por lo cual seguramente recibirá sanciones, seguramente tendrá que pagar a la mujer, además de las otras sanciones correspondientes.

    La mujer, de quien se quiso desquitar por quién sabe qué razón, salió tal vez hasta ganando. Ante la mediatización del hecho, ya hay talleres que con el afán de hacerse publicidad se ofrecieron a reparar gratis el carro de la chica, además de que la propia fiscalía ya se puso en contacto con ella. Toda la comunidad se solidarizó con ella ante la agresión que recibió, mientras que el #LordCafé ve cómo su reputación se va hasta los suelos en un evento que seguramente no será olvidado por la gente en tan poco tiempo, y menos por las mujeres quienes vieron la agresión en redes apenas un día después del día contra la violencia hacia la mujer.

    Y lo más triste para #LordCafé es que el escarnio que está recibiendo es justo. No hay un linchamiento con base en mentiras o suposiciones, todo quedó grabado en ese video.

    Si el #LordCafé hubiera controlado sus emociones, su vida seguiría transcurriendo normalmente, la peor incomodidad tal vez habría sido tener que usar el Uber en algunos días mientras su coche (de cuya reparación no pagará ningún peso) sale del taller. Pero en vez de eso, ahora es visto públicamente como una persona violenta, arrogante, agresiva y hasta machista, y no es injusto. Todo por no manejar bien sus emociones y volverse esclavo de sus más primitivos instintos.

  • Deepfake. La mañanera que viste nunca ocurrió

    Deepfake. La mañanera que viste nunca ocurrió

    Hace algunos meses apareció una página web que imitaba la voz del psicólogo clínico Jordan Peterson a la perfección. En dicha página cualquier usuario podía escribir cualquier cosa para que «Jordan Peterson lo dijera». La emulación era tan increíble que cualquier persona podía llegar a pensar que realmente él lo había dicho. Evidentemente Peterson buscó con éxito bajar la página de la red ya que era bien fácil hacer creer a la gente que el psicólogo había dicho algo que realmente no había dicho.

    A este nueva técnica se le llama deepfake, la cual, por medio de inteligencia artificial (algoritmos y deep learning ‘de ahí, el deep‘), permite crear audios y videos falsos de personas que aparentemente son reales. Esta técnica no solo emula en sí la voz y la imagen de aquella persona a quien quiere imitar, sino que «aprende a ser ella» al alimentar al programa con los suficientes contenidos relativos a la persona en cuestión. Llegará un punto donde no solo el tono de voz sea igual, sino que las expresiones y las muletillas serán exactamente las mismas. La tecnología está justo rebasando sea frontera en la cual la gente ya no es capaz de darse cuenta de que un contenido multimedia es falso, y esto puede representar un grave problema con implicaciones políticas y sociales.

    Un conocido antecedente de esta tecnología fue la recreación de la cara de la actriz Carrie Fisher (quien interpreta a la Princesa Leia) que vimos en la película Star Wars Rogue One:

    Pero cuando vimos esa escena que tantos recuerdos nos trajo, casi nadie se preguntó qué implicaciones podía tener la capacidad de emular la imagen y la voz de una persona con tal fidelidad que la gente no se vaya a dar cuenta de que lo que está viendo no es real. La animación y la inteligencia artificial al parecer ya han avanzado lo suficiente como para que no podamos distinguir qué es real y qué no lo es, y eso nos obliga a reflexionar sobre los externalidades que dicha tecnología pueda tener.

    En la actualidad, estas técnicas se desarrollan dentro de estudios muy sofisticados, pero como ocurre con cualquier tecnología, será cuestión de tiempo para que más personas y organizaciones puedan utilizarla a un costo cada vez menor. Pero si con Internet hemos aprendido que nos cuesta trabajo distinguir las noticias reales de las fake news cuando ciertamente hay forma de sortear ese dilema si investigamos bien la fuente, ¿qué va a pasar cuando frente a nuestra pantalla tengamos, por ejemplo, declaraciones de políticos que en realidad nunca existieron y que han sido creados para manipular a la opinión pública?

    Imagina que frente a la pantalla, el día de la elección presidencial, estás viendo un video donde a tu candidato favorito lo «agarraron con las manos en la masa» pactando con uno de los principales líderes del narco. Seguramente, al ser esta técnica ya conocida, mucha gente va a comenzar a sospechar y a preguntarse si lo que vio es verdad, pero bastará con que algunos duden para que dicho video tenga un impacto en las votaciones e influya sobre el resultado.

    Pero el problema también puede darse a la inversa, que los usuarios sospechen de cualquier contenido de tal forma que cuando un mandatario se vea en la necesidad de dar una declaración polémica y que salga de lo habitual pero que es necesaria, mucha gente comenzará a creer que es falso y posiblemente lo ignore.

    O ahora imaginemos que una pandilla delincuencial afirma haber sacrificado a un ser querido tuyo y te envía un video donde dicha persona se encuentra atada a una silla diciendo que si no le pagan tanta cantidad de dinero a los capos lo van a matar y que tiene tantos minutos para hacer la transferencia. ¿Cómo saber si lo que estás viendo es verdad?

    Esto puede tener serias implicaciones porque hasta ahora hemos dado por sentado que lo que estamos viendo frente a nuestra pantalla es real. Hasta ahora podíamos tener algunas imitaciones que eran asombrosamente parecidas pero que sabíamos que eran falsas. Ellas dependían de la caracterización y del maquillaje con lo cual era particularmente complicado engañar al público. El actor habría tenido que practicar por años a su personaje (cosa que la inteligencia artificial puede hacer de forma mucho más rápida) además de tener un aspecto físico lo suficientemente parecido como para que su caracterización fuera casi fiel: era un trabajo casi imposible. Dichas imitaciones por lo tanto tenían más bien propósitos humorísticos.

    Pero con la inteligencia artificial esos obstáculos propios de la condición humana han sido prácticamente sorteados. En no mucho tiempo podremos emular una mañanera de López Obrador sin problema alguno, o bien podremos crear un acuerdo ficticio entre Donald Trump y Vladimir Putin.

    Si ya de por sí el Internet ya ha modificado los canales de comunicación con la suficiente fuerza como para afectar la forma en que hacemos política, el caos podría adquirir nuevas tonalidades con esta tecnología que, si bien por un lado podría traer muchos beneficios, también podría generar muchísimos problemas si es utilizada con intenciones perversas u oscuras.

  • La conspiración de George Soros

    La conspiración de George Soros

    George Soros (Investor, Finanzier, Open Society Foundation), Foto: www.stephan-roehl.de

    ¿En qué coinciden la ultraderecha y la izquierda radical mexicana? George Soros.

    Voceros que apoyan a la 4T, como Alfredo Jalife, dicen que George Soros controla todo el poder mediático en México (poder mediático que dice, es sionista) y que orquestó todo lo ocurrido en Culiacán para desestabilizar al gobierno de López Obrador. También llegan a decir que él estuvo detrás de los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

    La ultraderecha dice que George Soros está detrás de todos los colectivos LGBT y feministas con el fin de «destruir a la familia» e imponer una dictadura mundial, y que de paso busca destruir a Occidente promoviendo la migración en Europa. La ultraderecha lo acusa de estar detrás de una supuesta agenda comunista, pero izquierdistas latinoamericanos como Hugo Chávez lo han acusado de lo contrario.

    Y esto no es nuevo. Tanto los nazis como los comunistas rusos crearon un sinfín de teorías conspirativas en contra de los judíos.

    George Soros se ha convertido en un comodín para crear las conspiraciones más macabras y ridículas. Los radicales de ambas posturas saben que las teorías de la conspiración fundadas en el miedo o en el resentimiento pueden funcionar más que el debate racional. Las teorías de la conspiración son más emotivas y no necesitan del uso de la razón. No necesitan de preparación alguna o conocimiento previo como sí se necesita para discutir profundamente sobre los temas en los que, dicen, George Soros está involucrado.

    George Soros se ha convertido en el comodín de los sectores políticos radicales porque 1) es judío, y las historias antisemitas sobre los judíos que conspiran suelen caer bien en ciertos sectores de la sociedad (los Rothschild o los supuestos Protocolos de los Sabios de Sion son un claro ejemplo) 2) porque es conocido el caso en el que una vez logró desestabilizar la libra esterlina especulando y porque tiene ONG’s internacionales como Open Society por medio de las cuales promueve sus convicciones políticas (libre mercado y progresismo social).

    Y si bien Soros es un millonario que tiene cierto peso político, está muy lejos de tener esa gran influencia que los conspiranoides de la izquierda radical y la ultraderecha le asignan.

  • Andrés Manuel Superestrella

    Andrés Manuel Superestrella

    Un presidente cristiano

    La religiosidad latinoamericana es una muy particular:

    Importamos el catolicismo de Europa (bueno, más bien los españoles nos la «importaron») y naturalmente la forma en que la religión se manifestó no podía estar exenta del contexto colonialista en el que se implantó la fe católica.

    En nuestra porción de continente crecimos con esta idea muy marcada del «pide y se te dará» a diferencia de lo que ocurría con la religiosidad en Estados Unidos y lo que ahora es Canadá. Esa dinámica rememora un poco a aquella que los romanos sostenían con los dioses y que San Agustín de Hipona aborrecía (aunque no era exactamente igual): en aquel entonces había un dios para cada necesidad terrenal, así como en nuestra región se acostumbra mucho a rezar a los santos para pedir trabajo o pedir salud, aunque evidentemente la primera sin esa trascendentalidad de la fe religiosa que tiene la última: la idea de la salvación.

    La cuestión es sea: los pueblos latinoamericanos hemos estado acostumbrados a la idea de pedir a un ser superior que resuelva nuestros problemas. Y así como en los albores de la Ilustración el Estado no rechazó por completo las formas religiosas sino que las adaptó de alguna u otra forma en una realidad laica y más terrenal, esta idea del «pide y se te dará» también se trasladó al Estado en nuestra región.

    El Estado en México y en casi toda Latinoamérica se presentó como uno paternalista, y con base a ese rol construyó el tejido social. Paradójico que ese paternalismo coexistiera con altísimos índices de desigualdad y poco hiciera para reducirlos (y si lo llegase a hacer, lo hace a costa del aparato productivo). Tal vez esa relación vertical entre gobernantes y gobernados explique en parte la incapacidad de los países de nuestra orbe para construir instituciones sólidas. La debilidad institucional, en parte, explica esa profunda desigualdad que coexiste con el paternalismo: la incapacidad del Estado de cobrar impuestos, su dependencia de los recursos naturales. A diferencia de Europa e incluso de Estados Unidos, la desigualdad permanece prácticamente igual antes de impuestos y después de impuestos.

    Si el rol de la religión católica con el Estado en la Edad Media (que no estaban completamente unidos y fungían como una suerte de contrapeso) fue un claro antecedente que, después diversos procesos históricos, derivó en la división de poderes y el Estado de derecho, la particular religiosidad en América Latina derivó en algo no muy parecido y que se conflictúa con el Estado de derecho mismo: el Estado paternalista.

    No es casualidad el surgimiento de los liderazgos populistas en América Latina más que en ninguna otra orbe. La primera ola (Juan Domingo Perón, Getulio Vargas y demás) tenían tanto elementos socialistas, como conservadoras e incluso algunas connotaciones fascistas, pero claramente determinados por el paternalismo. La segunda ola (Chávez y los suyos) con una retórica más socialista (en gran medida por su relación con Cuba), pero en la práctica no muy distintos a los de la primera ola. Pero incluso muchos gobiernos no populistas y que fueron un poco más institucionales dentro de lo que cabe (Lázaro Cárdenas y el PRI en general) mantuvieron una relación paternal con los gobernados.

    Cuando López Obrador dice que su gobierno es cristiano (casi equiparándose con Jesucristo), apela más bien a este cristianismo típico de América Latina, donde un líder salvador vendrá al rescate de su pueblo. Aunque parezca contradictorio y paradójico dado que se considera que es la izquierda la que más pugna por la separación entre Iglesia y Estado, la izquierda latinoamericana siempre ha estado bañada de una fuerte dosis de cristianismo. En muchos casos, los líderes renegaban de ello, así como las primeras repúblicas europeas lo hacían a la vez que importaban muchas de sus formas.

    López Obrador simplemente quita ese velo bajo el cual se niega cualquier influencia cristiana de forma explícita (aunque se mantiene de forma tácita) y revela a la tradición del cual él forma parte tal y como es. Retorna a los símbolos cristianos muy latinoamericanos haciéndolos explícitos, habla de los mandamientos, de «pecados sociales», hace analogías de su gobierno con el cristianismo. Su religiosidad no es una de élites, sino con una más de pueblo, no tan parecida a la de aquel joven que estudia en una escuela del Opus Dei sino al de aquel que todos los años participa en la peregrinación de la Virgen de Guadalupe o la Virgen de Zapopan.

    No es descabellado imaginar a López Obrador como un líder parroquial, no es casualidad que su partido tenga como nombre MORENA (la morenita). López Obrador se ha sumado a esa izquierda cuasirreligiosa, esa que está tan arraigada en nuestro continente y sigue siendo parte de nuestra cultura, pero que, para efectos prácticos, se ha convertido un problema a la hora de construir instituciones sólidas y a la hora de tratar de consolidar una democracia liberal como la que presumen gran parte de los países desarrollados.