Categoría: temas polémicos

  • ¡Auxilio! Mi hijo es un niñonazi

    ¡Auxilio! Mi hijo es un niñonazi

    ¡Auxilio! Mi hijo es un niñonazi

    Hola, soy Ramiro, y quería comentarles algo que me tiene muy preocupado. ¡Creo que mi hijo se convirtió en un niñonazi!

    Les cuento: era el mediodía y mi hijo había llegado de la escuela. Como siempre, su madre la había traído. Mi esposa se encarga de traerlo, ella nos hace de comer y yo soy el que trabajo, ya sabe.

    Pero esta vez, mi niño llegó llorando. ¡Sea hombrecito! ¡Los hombres no chillan! A ver, ¿por qué llora usted chamaco? Le dije:

    Papá, es que tengo miedo de que un robachicos me secuestre. Hoy uno se robó a uno de segundo de primaria en la entrada.

    ¿Por eso te estás quejando Ricardo?

    Papá, es que tengo mucho miedo. ¿Qué tal si el robachicos llega y me rapta? Él está grandote y fuerte, y pues un niño como yo no puede defenderse.

    ¡A ver Ricardo! Esto no es de adultos contra niños ni de robachicos, esto es de gente buena contra gente mala.

    Pero los robachicos siempre son adultos (decía Ricardo hundido en llanto). ¿A poco has visto a un niño robándose un adulto? Los niños tenemos miedo de que una persona grande nos secuestre. Por eso, cuando estamos solos en la calle esperando a que nos recojan y pasa un adulto extraño que no conocemos nos da miedo.

    ¡Ricardo! Vamos a ser racionales. Según el Instituto de la Estadística Mexicana treinta niños son secuestrados cada mes y cien son adultos ¡A los adultos nos secuestran más!. ¿Entonces cómo vienes a decirme a mí, un adulto, que me preocupe por los robachicos cuando a nosotros nos pueden secuestrar más?

    Pero Papá, a muchos grandes los raptan no solo para pedir recompensas, sino también como ajustes de cuentas entre pandillas, por eso son más. Y claro que me dolería mucho que a ti te raptaran, pero los niños tenemos mucho miedo por lo que pasó ¿por qué está mal que digamos que tenemos miedo de que un robachicos llegue y nos rapte?

    Aparte estás viendo mucha televisión Ricardo, ahí se la pasan hablando de robachicos. ¿Qué no ves que todos esos medios de comunicación reciben dinero del tal George Soros ese que quiere que los adultos y los niños nos peleemos para instaurar el comunismo en las familias?

    ¡Pero papá, tengo mucho miedo!

    Evidentemente mandé a mi niño a su cuarto por chillón. ¡Me dio coraje! ¿Cómo mi hijo pudo, así de fácil, convertirse en un niñonazi?

  • El Coronavirus ya llegó a México. Y tienes que saber esto

    El Coronavirus ya llegó a México. Y tienes que saber esto

    El Coronavirus ya llegó a México. Y tienes que saber esto

    Pasó lo que era inevitable que pasara: el Coronavirus llegó a nuestro país. Ya hay un caso confirmado en la CDMX y otro en Sinaloa, ambas personas provienen del norte de Italia, donde hace pocos días el número de infectados se disparó, lo cual obligó a las autoridades italianas tomar cartas en el asunto y aislar la zona.

    ¿Y qué va a pasar? ¿Se va a acabar el mundo?

    Las cifras a veces son muy útiles para poner en contexto el problema y entender su real dimensión:

    Al día de hoy, la tasa de mortalidad del coronavirus en el mundo es de 2.3 por ciento. Esto significa que, de cada cien personas infectadas, poco más de dos mueren. La tasa de mortalidad, sin ser despreciable, es relativamente baja.

    Para contextualizar mejor este número, tomemos como referencia la tasa de mortalidad de la gripe común en Estados Unidos que es del 0.05%, la tasa de mortalidad del cáncer en el mundo es del 30%, la del ébola es del 83% al 90%. Es más peligrosa que la gripe común, pero ciertamente si tienes cáncer, las posibilidades de que fallezcas son diez veces más altas que con el coronavirus.

    Pero si nos dicen que la tasa de mortalidad es del 2.3% ello no implica que dicha tasa aplique para todos los sectores y edades, ese es el promedio general.

    Las personas de mayor edad son las más afectadas. Si una persona de más de 80 años se contagia, la posibilidad de que muera es de poco más del 14%; es decir, uno de cada siete contagiados aproximadamente. Esto significa que las autoridades deberán dar mayor prioridad a este sector.

    ¿Qué pasa no estás tan grande si tienes 20, 30 o 40 años? La tasa de mortalidad de una persona de estas edades ronda el 0.2% (dos de cada 1,000 personas de 20 a 40 años) al 0.4% (cuatro de cada 1000 personas de 40 a 50 años). Gente de 50 a 60 años tiene 1.3% posibilidades de morir, y conforme la edad es mayor, las posibilidades crecen drásticamente.

    Hay otras variables que pueden afectar en la práctica la tasa de mortalidad: por ejemplo, si no tienes defensas bajas o no sufres otra enfermedad en este momento que se pudiera complicar, la tasa de mortalidad será aún menor. Afectan también las políticas de prevención y detección dentro de una comunidad dada.

    Si no eres mayor de edad, es poco probable que si te contagias de Coronavirus sufras algo más severo que algo parecido a una gripe o un cuadro de influenza común, e incluso es posible que no muestres síntomas siquiera (lo cual explica la dificultad para contener la propagación de este virus). Aún así, la posibilidad de complicaciones sí es mayor a una gripe común.

    Incluso habrá que tomar en cuenta que muchos casos (sobre todo aquellos que no muestran síntomas o son leves) no se diagnostican, lo cual haría que la tasa de mortalidad bajara aún más.

    Se estima que en México el coronavirus podría llegar a causar hasta 12,500 muertes en el peor de los tres escenarios que se contemplaron (afectando mayormente en personas de avanzada edad) dentro de un país de aproximadamente 130 millones. De nuevo, para poner en contexto, durante la temporada de influenza estacional 2018-2019 hubo 838 muertes a causa de la influenza mientras que 4,227 personas murieron en un accidente automovilístico en 2018 (en 2008 la cifra fue de más de 8,000 personas), casi 35,000 personas fueron asesinadas mientras que 80,000 murieron por cáncer.

    Después de comprender estos números, podemos concluir que es suficiente razón para que las autoridades tomen cartas en el asunto y nosotros tomemos medidas de prevención (sobre todo por la gente más grande), pero no como para caer en pánico y pensar que nos vamos a morir. El alarmismo solo hace que tomemos malas decisiones e incluso puede alimentar actitudes discriminatorias y xenofóbicas.

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    Con información del 26 de febrero (más información aquí).
  • AMLO: crónica de un desastre «patriarcal escatológico»

    AMLO: crónica de un desastre «patriarcal escatológico»

    AMLO: crónica de un desastre "patriarcal escatológico"

    Febrero ha sido el peor mes de López Obrador en lo que va de su presidencia. De hecho, podría marcar un parteaguas en su presidencia.

    Y lo ha sido básicamente porque cometió una cadena de errores que podrían orillarlo a un punto de no retorno. El tema de Ovidio Guzmán o Santa Lucía no son nada a comparación de lo que este mes ha ocurrido.

    ¿Por qué?

    Porque, a diferencia de aquellos otros momentos, a López Obrador le arrebataron la agenda, algo que no le había pasado nunca desde el mismo proceso electoral donde él tuvo el dominio completo de lo que se decía.

    El evento que inauguró esta cadena de errores fue aquel momento que pronunció esa frase «fuchi caca». A alguien se le ocurrió ponerle «El cacas» y así le arrebataron algo de su agenda. Lograron convertir una de esas frases campechanas de AMLO que le funcionaban para comunicarse con su gente en un humillante apodo. No es un apodo muy grato y seguramente lo va a acompañar el resto de su sexenio.

    Si algo es bueno para destruir gobiernos, instituciones y conceptos es la risa y la ridiculización (pregúntenle al buen Peña Nieto). «El cacas» es un apodo lo suficientemente cómico, desagradable y humillante como para creer que no va a surtir ningún efecto en ese ser mitológico que el propio López Obrador hizo de sí mismo.

    Y eso fue solo es el inicio, luego vino lo peor: vinieron las protestas.

    Protestas contra López Obrador hemos tenido varias, pero esas protestas habían sido parasitarias de la misma agenda de AMLO y discursivamente él tenía control sobre ellas. Éstas eran llevadas a cabo en gran medida por gente de clase alta y media alta que desde un principio ya era opositora a esa cosa llamada Cuarta Transformación y a las cuales AMLO fácilmente etiquetaba como fifís. Esas protestas repetían las mismas frases de AMLO, acudían a lugares comunes como el «nos vamos a volver Venezuela» y demás. Esas protestas le hacían que a AMLO lo que el viento a Juárez: porque mientras sus seguidores estuvieran contentos ello no tendría que ser gran problema para él.

    Pero a López Obrador se le ocurrió despreciar el tema de los feminicidios y ahí se metió en un gran problema ¿por qué?

    Porque si alguien sabe de agendas y de comunicación es el progresismo. Si alguien podía competirle al discurso de López Obrador ese era un sector que también fuera capaz de construir discursos y metarrelatos (cosa que la derecha mexicana, por lo visto, tiene problemas para hacer).

    Básicamente, López Obrador se metió dentro de una batalla por la hegemonía del discurso que se está llevando a cabo en nuestro país (y en parte del globo terráqueo) y es aquella que tiene que ver con la hegemonía del progresismo sostenida por diversas élites liberales, medios de comunicación y activistas en contra de una cultura considerada machista o patriarcal.

    El relato progresista entonces ubicó a López Obrador dentro de «la facción machista y patriarcal». No está de nuestro lado, está del lado de ellos.

    Y como López Obrador es de izquierda, se asumió que se debía alinearse con el progresismo, aunque, como ya había dicho, la izquierda lopezobradorista y, en general, la tradición de la izquierda populista latinoamericana es más bien conservadora y poco tiene que ver con dichas corrientes. Si algunos advierten cierto «ímpetu progresista» en algunos sectores de MORENA, ello tiene más que ver con el hecho de que se trata de un partido atrapalotodo donde forman parte tanto chavistas, progresistas, conservadores como ultraderechistas. Ello es patente en el hecho de que en algún Estado con mayoría de MORENA se logran aprobar agendas como el matrimonio igualitario y en otros son los mismos morenistas los que tumban dichas iniciativas.

    Todo esto lo había advertido en este espacio antes del mismo inicio de las elecciones.

    Y como muchos progresistas creyeron ingenuamente que la 4T era la plataforma idónea para impulsar su agenda, en algún momento se iban a dar cuenta de que no era así, incluso el gobierno de Peña Nieto se vió un tanto más abierto a esos temas.

    Entonces le robaron su agenda a López Obrador.

    ¿O quién está hablando de la rifa el día de hoy? Nadie. Todos están hablando de los feminicidios, de Ingrid, de Fátima, del paro de mujeres, de la equidad de género. La agenda la tienen los colectivos feministas y tendrá que pasar el momentum (que el tema de los feminicidios se disipe) para que López Obrador vuelva a tener control. AMLO tendrá que «no regarla» al menos de aquí al 9 de marzo, el día del paro nacional, y que en ese lapso no aparezca a la luz algún otro caso de feminicidio.

    El paro no es en sí una marcha contra AMLO como tal, aunque sí busca de alguna forma exigir al gobierno que tome cartas en el asunto y sí se vio en parte motivada por la displicencia del gobierno. Esa displicencia le dio poder mediático y fuerza a la causa. Ésta ha crecido tanto que muchas personas mucho más allá de los tradicionales sectores «progres» se han sumado.

    Es cierto que los partidos de oposición han tratado de sacar raja política del paro, pero es falso que sea una iniciativa orquestada por la derecha. Lo cierto es que, producto de su displicencia, este fenómeno se le salió de control.

    Pero es posible que ni siquiera se dé cuenta de ello. Su gobierno todos los días le mete más carne al asador al intentar desacreditar la protesta, al decir que la derecha está detrás, al utilizar bots para desprestigiar dicha iniciativa, y lo único que hace es enfurecer a la gente y darle fuerza a esas voces que quiere acallar.

    Mientras tanto, López Obrador se ha convertido en parasitario de las élites progresistas. Los colectivos feministas y los sectores liberal-progresistas construyen su agenda y AMLO reacciona a ella: «no me rayen las paredes», «la derecha está detrás de esos movimientos». Y ese es el peor lugar en el que AMLO puede estar.

    La postura de López Obrador implica un rompimiento con el progresismo, con los jóvenes universitarios, con las mujeres feministas, y con varios sectores que en parte (aunque no todos) le dieron el beneficio de la duda. Incluso algunos de esos influencers que defendían a capa y espada al gobierno de pronto se desencantaron, así, de la noche a la mañana:

    Es cierto que este sector no es muy grande en número, pero sí que tiene a su disposición varios medios de comunicación, sabe construir discursos, sabe convocar. No son muchos, pero son muy ruidosos, son muy participativos políticamente y son muy estorbosos para quien se le oponga.

    El relato de que están matando mujeres y que AMLO ha sido displicente con ello está ahí en el aire, se respira. Y basta con que una mujer se sienta vulnerable por alguna razón como para que vea a AMLO con recelo.

    Y peor aún, ello seguramente va a crear un problema dentro de su partido, porque ese sector progresista que se había refugiado ahí con la convicción de que AMLO le daría la bienvenida a su agenda se va a desencantar.

    López Obrador, quien poco a poco va perdiendo simpatizantes (según lo reflejan las encuestas), algo va a tener que hacer para lograr que todo este momentum se disipe lo más rápido. Hasta ahora todo lo que ha hecho le ha resultado contraproducente.

    Y el problema es que corre el riesgo de que esto se convierta en un punto de no retorno.

  • Todos estamos ideologizados

    Todos estamos ideologizados

    Todos estamos ideologizados
    Ilustración: The Financial Times

    Amigo, te voy a hacer una pregunta: ¿guardas simpatía con una o algunas de estas corrientes de pensamiento?

    Capitalismo, liberalismo, conservadurismo, catolicismo, socialismo, feminismo, protestantismo, comunismo, cientificismo, anarquismo, machismo, islamismo, humanismo, masculinismo o cualquiera de todos los ismos habidos y por haber.

    Entonces temo decirte que estás ideologizado, o de la misma forma, adoctrinado. Y no hay escapatoria.

    Incluso si eres una persona que no conoce nada de política ni de la vida, seguramente sigues alguna de ellas cuando menos aunque no la sepas nombrar.

    Y es natural, porque nosotros nos valemos de relatos para explicarnos el mundo. Incluso los más tecnócratas y aquellos a los que les encanta el positivismo.

    Y en este mundo posmoderno donde el individuo aspira a construir su propio relato, es posible que sigas más de una doctrina (conservador en lo social y liberal en lo económico; o liberal en lo económico y feminista y un largo etcétera) pero de igual forma estás ideologizado.

    El conservadurismo ha renegado de esa definición argumentando que ellos no siguen ideologías (Russell Kirk) sino que aspiran a que los cambios sociales sean lo suficientemente lentos como para que no trastoquen el tejido social. Pero esa aspiración en sí ya es una idea, una idea sobre cómo el mundo debería funcionar.

    Peor aún, el conservador actual sigue ciertas ideologías que, al estar ya establecidas en el ethos social, considera casi como naturales. Algunos de ellos siguen el liberalismo económico, algunos otros profesan el catolicismo.

    Algo similar pasa con las religiones. La diferencia más notable entre una religión y una ideología secular es el componente trascendental de la primera que una ideología no tiene. No es gratuito que algunos aseguren que una ideología es una religión secular. Tanto las ideologías como las religiones tienen dogmas (aunque la religión los reconoce de forma más abierta) y de igual forma, de las dos se desprenden una serie de valores éticos y morales. La religión no deja de ser una suerte de ideología.

    Y lo diré claro: en tanto una persona tenga la capacidad de comunicarse, interactuar con las demás personas y formar parte de una sociedad, estará ideologizada. Es imposible no estarlo porque la ideología (o el conjunto de ideologías) le sirve como una suerte de brújula para entender el mundo y porque sin ideología no puede existir cohesión social alguna.

    Que una serie de ideas te parezcan normales o naturales no dejan de formar parte de una ideología por su mera condición de ideas. Puede sonar chocante pero lo explicaré de una forma sencilla: en el medievo, la idea el progreso básicamente no existía: el mundo se concebía como algo estático. Esta idea que nos parece natural, de ver al mundo como algo que progresa y evoluciona la heredamos de la modernidad o, mejor dicho, del liberalismo y no ha estado siempre con nosotros.

    El liberalismo también nos trajo esa herramienta útil que llamamos «método científico» que aspira llegar a los hechos reales (no falsables, como diría Karl Popper) y lo más limpios posible de cualquier sesgo ideológico. Realmente es útil y gracias a éste se explica gran parte del desarrollo que hemos alcanzado, pero ni el método científico está libre de ideología porque parte de su legitimidad está articulada por argumentos ideológicos (adheridos al liberalismo y su concepción de lo que el mundo debe ser) y porque es inevitable que lo ideológico (no necesariamente liberal) opere en el proceso de las siguientes formas:

    1) El individuo hace ciencia o busca conocer la verdad motivado por razones que a su vez están influidas por razones ideológicas. El individuo que hace ciencia no es neutro, siempre tiene una motivación, y ello puede hacer que publique su paper en caso de que su hipótesis haya resultado verdadera, pero es posible que no lo haga cuando ella sea falsa (este fenómeno tiene un nombre que no recuerdo, se los debo) dando más visibilidad a la forma de pensamiento afín de los científicos que la llevan a cabo.

    2) Los hechos en sí son objetivos en tanto que residen fuera de la mente del individuo, pero la interpretación de éstos puede estar influenciada por razones ideológicas al punto de correr el riesgo de hacer interpretaciones erróneas de un fenómeno que es en sí verdadero. Ya que todos los seres humanos estamos condenados a conocer la realidad de forma subjetiva o intersubjetiva (consenso de varios individuos subjetivos) y porque nuestras convicciones ideológicas afectan ese «conocer la realidad», nadie, absolutamente nadie, es ajeno a esa posibilidad y sólo puede evitarse en tanto los instrumentos utilizados sean lo más precisos posible. A mayor precisión, el sesgo ideológico queda más restringido. De igual forma, el consenso entre distintos científicos, producto de experimentos practicados por diferentes personas y en distintas circunstancias también ayudan a reducir el sesgo ideológico a su mínima expresión (y aún así no hay nada que nos garantice que éste estará completamente ausente).

    Reconocer que operamos bajo relatos ideológicos no quiere decir que debamos caer en el relativismo absoluto y pensemos que todas las ideologías valen igual; por el contrario, es completamente sano y deseable defender las convicciones ideológicas propias. También es cierto que unas ideologías han probado ser más eficientes que otras (el liberalismo probó ser más eficiente que el comunismo, por poner un ejemplo); unas perviven y otras son vencidas fácilmente, unas se adaptan bien a ciertas circunstancias y otras no.

    Del mismo modo, hay algunas ideologías más flexibles que otras, unas que restringen más la libertad del individuo que otras. Pero todas son, al final del día, ideologías.

    Y por eso estamos ideologizados e incluso adoctrinados. Incluso quienes somos liberales y nos regodeamos en la flexibilidad de nuestra doctrina, fuimos educados de tal forma y recibimos información tal que somos liberales. Evidentemente el adoctrinamiento no tiene por qué ser coercitivo, uno puede «adoctrinarse» producto de la voluntad propia, de la deliberación en nuestro fuero interno y de la adquisición de conocimiento, aunque nuestros valores previos, la cultura en la que estamos insertos, nuestra experiencia de vida y nuestro temperamento en cierta medida nos llegan a predisponer, lo cual se comprueba al darnos cuenta que en un país occidental existen muchas más personas liberales que en uno de Oriente Medio.

    Los autores posmodernos decretaron el fin de los metarrelatos (Lyotard, en específico) para ser reemplazados por un relato propio o microrrelato. En algo tienen razón al hablar de la sociedad posmoderna, pero dicho relato propio es, al final, una combinación de distintas doctrinas e ideologías: un ejemplo es una mujer que va a la Iglesia, en la tarde va al Yoga y estudia economía monetaria. El individuo apela a distintas doctrinas para distintos ámbitos de la vida, pero la ideologización pervive.

    El eclecticismo más profundo no libera a una persona del hecho de que está ideologizada.

    Es imposible desentenderse de ello. Sin ideologías no puede haber civilización y no puede existir orden alguno, sin ellas el individuo entraría en una profunda crisis existencial. Debe, a pesar de todo, existir algo parecido a un consenso.

    Ese consenso es lo hegemónico. La hegemonía actual en Occidente es la democracia liberal en lo político, capitalista en lo económico y progresismo en lo cultural, lo cual es sostenido y promovido (comprendiendo a Gramsci) por ciertos conglomerados como la educación, el intelectualismo y los medios de comunicación. No todos están de acuerdo y pueden disentir o profesar «ideologías distintas», pero al final terminan viviendo, de una u otra forma, el discurso hegemónico del cual la sociedad es parte: un socialista que se pone a vender camisas para pagar la renta puede ser un claro ejemplo, o también un aspirante a dictador sabe que la mejor forma de llegar al poder es mediante elecciones.

    Entonces, decir que alguien está ideologizado o adoctrinado (en sentido peyorativo) es impreciso porque de cierta forma todos lo estamos. Se dice en el argot popular que una persona lo está cuando se adhiere a otra ideología que no comulga con la nuestra, o cuando su postura ideológica es demasiado inflexible y sigue dicho credo a rajatabla y de forma profundamente dogmática. Pero que nosotros guardemos una mayor flexibilidad o sigamos la ideología dominante no implica no sigamos ideología o doctrina alguna, es absurdo.

    Los conservadores pueden argumentar si es mejor que los cambios sociales (y por tanto ideológicos) deben ser lentos y es válido, pero ello no implica que no sigan una ideología. La siguen.

    También es válido argumentar si una ideología puede ser peligrosa, pero ello no nos exime del hecho de que sigamos una o algunas.

    Pero siempre, en cualquier sociedad se cumplirán dos cosas: 1) Siempre existirá un discurso hegemónico dominante y 2) Todo aquel individuo que es parte de sociedad alguna profesará una o más ideologías bajo las cuales regirá su vida y tratará de entender el mundo.

    Estamos condenados a seguir ideologías, y ciertamente ser muy inflexible no es buena idea, pero tampoco lo es tratar de despojarnos por completo de ellas ya que nos conducirá irremediablemente al nihilismo. Lo responsable, a mi parecer, es siempre mantener un mínimo de flexibilidad a la hora de defender la doctrina que seguimos. Las ideologías son muy útiles, pero el mundo es lo suficientemente complejo como para enmarcarlo en una sola ideología, por lo cual habrá un momento en que cualquier ideología tenga deficiencias a la hora de mostrarnos la realidad de forma fidedigna.

  • Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Hasta hace apenas unas décadas la violencia intrafamiliar hacia la mujer no era muy mal vista. Era correcto que «los varones corrigieran a sus esposas». El hombre era la cabeza de la casa y los asuntos familiares, en este sentido, eran privados. El mismo hombre era quien, a la vez, fungía como protector de la mujer ante la violencia externa.

    En términos generales, el hombre era lo público y la mujer lo privado. El hombre es quien trabaja y produce y la mujer se queda en casa a cuidar a los niños.

    Ello tiene un efecto en el diseño en el orden institucional. Si la cultura siempre dijo que los problemas domésticos y privados eran «asunto privado», entonces sería iluso esperar que el orden institucional atienda lo privado como debiera. Pero ese estado de cosas que buscaba proteger a la mujer en lo privado es el mismo que invisibiliza este tipo de violencia.

    Dado que la mujer ha querido liberarse de la condición anterior (patriarcal) muchos de estos mecanismos de contención (protección de los padres, vigilancia a la hora de seleccionar pareja, por ejemplo) se han vuelto más laxos ya que dichos mecanismos contemplaban a la mujer como un asunto privado. Pero esos mecanismos no han terminado de ser sustituidos por aquellos que contemplen a la mujer en la misma condición de equidad que el hombre.

    Puede sonar algo chocante pensar que el proceso de liberación femenina las ha dejado en un proceso de mayor vulnerabilidad, pero no porque la liberación femenina esté mal, sino porque no se han terminado de construir los mecanismos de contención que contemplan a la mujer dentro de lo público, como ser autónomo y que no necesita la «protección paternalista del hombre que está a cargo de ella».

    Una porción del «también la mujer tiene responsabilidad por juntarse con esa gente» parte del mismo esquema. Como los asuntos domésticos son privados, entonces es la mujer quien debe evitar de estar con una persona violenta y no es tanto la autoridad o la sociedad quien debe defender a la mujer en caso de ser abusada (problema que se traslada también a situaciones laborales y de noviazgo).

    Por eso los padres de familia han sido históricamente mucho más estrictos al evaluar a las parejas de las hijas que la de los hombres. Por ello las mismas mujeres deciden guardarse sus historias, porque como se asume que hay corresponsabilidad ya que en ese estado de cosas anterior es la presión social la que evitaba que se fuera a involucrar con un gañán, entonces se le estigmatiza, como ocurre con las mujeres que han sido violadas.

    Lo que estás viendo es, en resumen, una crisis producto de una transición de un sistema patriarcal a un sistema de plena equidad entre ambos géneros. Los avances obtenidos por la mujer son muy evidentes, pero igual es evidente también que esa transición no ha, de ninguna forma, terminado.

    Una transición implica una crisis porque no todas las variables evolucionan a la misma velocidad lo cual provoca disonancias. Implica un salir de la zona de confort en aras de llegar a otra estado de cosas estable superior. Algunos hombres a estas alturas todavía ven con recelo que las mujeres se emancipen. Otros, al ver que la mujer está más presente en lo público y al ver que los mecanismos de protección «patriarcales» son más laxos y que no han sido sustituidos aquellos otros, tienen más estímulos para abusar, acosar o violar a una mujer.

    Evidentemente habrá siempre resistencia, ello es inherente a todos los cambios sociales. Hay quienes quieren ver la violencia contra la mujer como cualquier violencia, como si debiéramos de categorizarla en la sección de «misceláneos». Y tiene sentido, porque es una negación de que aquello está ocurriendo porque antes no importaba, y como no se veía, no se tenía una dimensión real.

    Hay quienes insisten en que la mujer busca privilegios, pero en realidad quiere un estado de cosas que la considere como parte de lo público al igual que el hombre y que desde ahí vele por su seguridad y su integridad.

    Algunos se niegan a verlo por el shock que genera el conocer la dimensión real del problema, que la cultura del acoso y la violación es una plaga (con todo y que les parezca reprobable y nunca se hayan involucrado). Algunos otros se resisten por la pérdida de privilegios, porque el mero hecho de hacer público algo privado de lo cual se beneficiaban los hace sentir vulnerables.

    No solo se trata de crear instituciones fuertes que obedezcan a esta nueva realidad de equidad, se trata también de cambios culturales, de nuevas normas, valores y convenciones dentro de las propias familias, amistades y los distintos ámbitos que implique una relación entre hombres y mujeres.

    Y tienen todo el derecho a buscar cambiar esa condición.

  • ¿Por qué no quieres ver lo que tienes que ver?

    ¿Por qué no quieres ver lo que tienes que ver?

    Justicia para Fátima

    ¿Por qué se rayan paredes?

    Para muchos, este ha sido el tema de discusión principal. Y mientras eso ocurre, nos enteramos que a una mujer la desollaron, luego a otra, y luego incluso a Fátima, una niña de siete años.

    Y tal vez he ahí la respuesta.

    La respuesta está en eso que pasa por debajo de ellos.

    Y se enfocan en el tema de las paredes como si fuera causa y no efecto de algo. Para no ver, prefieren reducir el tema con argumentos como: «son personas antisociales o están manipuladas», como para decir que lo que pasa es que simplemente ellas están mal y que el problema no existe o está sobreestimado, como si no hubiera un detonante real.

    ¿O por qué crees que en México el feminismo crece como la espuma cuando muchos insisten en las redes en que «se ha tergiversado la causa» y casi pronostican el fin de estos movimientos? ¿Por qué cada vez más mujeres, contra sus expectativas, se solidarizan con el tema? La respuesta es simple y muchos no lo quieren ver, porque la sensación de riesgo y vulnerabilidad es real.

    Y no lo quieren ver porque prefieren tener una sensación de orden y estabilidad que es, dicho sea de paso, ilusoria. Porque así ignoran que «les puede tocar a ellos y a los suyos». Mejor decir que todo ese encono es producto de una mera manipulación, que no hay nada que lo detone.

    Y su afán por vivir en un estado ilusorio de estabilidad entorpece, paradójicamente, las tareas que se deben llevar a cabo para combatir el problema, porque para combatir un problema debe reconocerse. Pero el problema, para su mala fortuna, existe y no es ajeno a ellos. Les puede llegar a tocar.

    ¿Qué se puede pensar de un país en el cual este tipo de crímenes inhumanos se vuelven pan de cada día?

    El entramado social, cultural e institucional está fallando y gacho.

    Hay quien dice que la sociedad no tiene responsabilidad de ello, pero sí la tiene. Si no, no se explicaría por qué en México estos crímenes son el pan de cada día y en muchos otros países la tasa es mucho menor.

    Luego, hay quien dice que el machismo no tiene nada que ver.

    ¡Claro que tiene que ver! No es la única razón y no se puede reducir solamente a una cuestión de género, pero claro que es parte de la ecuación, y podría quedarme a hablar sobre cómo es que una cultura del machismo abona a que este tipo de tragedias sean más constantes, pero lo dejaré para una ocasión posterior.

    Pero regreso a mi punto ¿qué es lo que está pasando en nuestro país como para que estas cosas pasen? Que pasan, aunque no nos guste admitirlo ¿Qué es lo que está pasando para que haya tanta insensibilidad con respecto al tema?

    Hay quien dirá que el asesino es un psicópata como para excusarse, como para negar que hay en nuestro país-sociedad-instituciones algo que está podrido, como para negar que como sociedad tenemos un grado de responsabilidad. Muchos asesinos no son psicópatas y su condición de asesinos se explica por el contexto en el que éste se desarrolló. No, no son meras víctimas de su contexto, no es como que no tengan libre albedrío y deben ser castigados con la fuerza de la ley, pero el contexto, como expliqué hace poco, no está ausente.

    El problema existe, y no hay nada que te asegure que a ti, a tu esposa o a tu hija no le pueda llegar a tocar.

    ¿Y ven por qué ese sentimiento de vulnerabilidad?

    Este tipo de noticias es el que hace que las personas tengan miedo de hacer su vida cotidiana. Ambas reacciones tienen que ver con eso: unos se ponen a la defensiva y hacen como que no pasa nada, los otros, en una postura más proactiva, tratan de visibilizar el asunto para que se cambie el problema desde abajo. Es evidente que la segunda postura es más productiva.

    Y tal vez en un contexto así ponerse a la defensiva puede terminar siendo, no solo una postura irracional, sino tal vez un tanto egoísta. Porque implica negarles la atención a aquellas personas que sufren con tal de sentir una falsa sensación de tranquilidad.

    Nos arrebataron a Fátima, una inocente niña de tan solo 7 años, en un crimen de lo más cruel, vil, indignante e inhumano, y que como sociedad no podemos tolerar en lo absoluto.

    Y no tengo palabras para ello, es algo muy fuerte.

    Error sería que lo normalizáramos.

  • El asesinato de Ingrid Escamilla

    El asesinato de Ingrid Escamilla

    El asesinato de Ingrid Escamilla

    Ingrid Escamilla fue asesinada cobardemente por Erik Francisco Robledo Rosas, asesino, feminicida, bestia, a raíz de una discusión.

    En un país normal, esto habría suscitado una indignación y escándalo terrible. Pero estamos en México, donde ya acostumbramos a normalizar la violencia.

    Muchas personas son asesinadas a diario (como si tuviera que ser algo normal), pero la forma en que fue asesinada Ingrid (después de darle varias puñaladas, le sacaron los ojos y la desollaron) es terrible.

    Sí, hubo quien se indignó, la nota salió en la prensa. Pero la noticia rápido se va a perder dentro de toda la cotidianeidad.

    Y si algunos se indignaron, otros se burlaron:

    «Tenemos como hombres que exigir justicia por el señor quien sabe qué vieja loca tenía por esposa #NiUnoMenos» dijo uno.

    «La dejó en los puritos huesos» dijo otro.

    Muchos de ellos seguramente son acosadores o violadores potenciales.

    Hubo quienes cobarde e inhumanamente compartieron las fotos del cuerpo desollado, como si la tragedia pudiese ser vista como un espectáculo. Esas personas tienen un poco de Erik en su interior.

    No es la primera vez que el morbo se manifiesta. Ocurrió lo mismo con aquel niño que disparó a sus compañeros de clase en Monterrey. Y lo peor es que la prensa llega a tener el descaro de capitalizarlo.

    Algunos hombres (y mujeres) culparon a la víctima: que es su culpa también por andar juntándose con ese tipo de gente. Algunos por ser hijos de su madre, otros por protección psicológica: la teoría del mundo justo en su máxima expresión.

    Hace dos años, la misma Ingrid había criticado al feminismo, diciendo que termina cuando su mejor argumento es «por el hecho de que somos mujeres». Dos años después, Ingrid murió a causa más atroz violencia que un hombre le puede causar a una mujer.

    Seguramente ella no se imaginó que le podía tocar. Seguro pensó, como muchas personas, que no correría con esa suerte, que no podría ocurrirle a ella, y le ocurrió.

    Y muchas mujeres se espantan y se indignan por una noticia como esta, porque al ver que si a una mujer como Ingrid, con una vida cotidiana como la de ellas, le tocó, entonces también les puede tocar.

    Seguramente los colectivos feministas verán su tamaño crecer. Ante estos casos, más mujeres verán en estos colectivos una contención, un escudo de protección.

    Hubo algunas mujeres, leí en redes, que buscaron adjudicarle cierta responsabilidad a la víctima. De nuevo la teoría del mundo justo entra en acción. No quieren pensar que exista posibilidad alguna de que a ellas les toque: que por andarse metiendo con gente más grande, que por buscar hombres de ese tipo. No es por mamonas necesariamente, sino porque quieren protegerse psicológicamente.

    En la mañanera, AMLO no quiso responder las preguntas relacionadas con el feminicidio. Esa palabra, la de feminicidio, que causa escozor en un sector de la opinión pública.

    «Se han manipulado mucho los feminicidios… la prensa dice muchas mentiras» dijo López Obrador.

    Y es la misma discusión ideológica (que si las feministas exageran, que si esto y lo otro) lo que termina sobresaliendo dentro de la opinión pública más que el denigrante e inhumano asesinato de Ingrid Escamilla.

    Seguramente mañana más de una mujer tendrá más miedo de salir a la calle. A los hombres nos matan más, pero tenemos mayor margen de maniobra para que no nos maten (no meternos en pedos), al punto en que yo me siento más seguro saliendo a la calle que lo que se siente una mujer.

    Yo no tengo que estar tomando excesivas precauciones a la hora de tomar un Uber. Los riesgos que tengo en la calle también los tienen las mujeres (que me asalten, me agredan o me maten para despojarme de mis pertenencias) pero ellas tienen otros que nosotros no tenemos (que te violen, por ejemplo).

    Y ni qué decir del ámbito privado, que es donde suceden las más dolorosas tragedias. Y no solo es un tema de género (que sí está presente dentro de la ecuación) sino de instituciones que no funcionan (ni para mujeres ni para hombres), de un pacto social tan endeble que no funciona bien como contención frente a gentes enfermas e inhumanas como Erik Francisco Robledo Rosas y que orilla a muchas personas a hacer justicia por cuenta propia (con los problemas que ello acarrea).

    Yo no sé si era buena o mala persona, si cometió errores, si engañó a alguien, si fue una persona ejemplar. Pero ella no mereció morir así, de eso puedo estar seguro. Y puedo seguir hablando…

    …y podría extenderme más y más. Pero ya es noche y tengo que irme a dormir, porque mañana tengo que trabajar en mi cotidianeidad, esa que le rebataron a Ingrid.

    Pero Ingrid ya no está.

    Que en paz descanse.

    #NiUnaMás

  • Minorías, gobierno y paternalismo

    Minorías, gobierno y paternalismo

    Minorías, gobierno y paternalismo

    Veo, con un poco de preocupación, que se recurra cada vez más a ese vicio de pedir al gobierno o a las autoridades pedir silenciar a aquellas personas que expresan algo que se considere ofensivo (lo sea o no).

    Que si x persona se burló del baile feminista, que si aquella persona criticó a otra cultura o que el gobierno no debe dejar entrar a Agustín Laje (por más nefasto se me haga el tipo). ¿Qué no se puede defender uno o una?

    El problema es que, a la larga, quienes pierden más son precisamente aquellos sectores que quieren integrarse a la sociedad y ser vistos como iguales. ¿Por qué?

    1) Porque pedirle al gobierno que me defienda es opuesto al espíritu de empoderamiento y corre el riesgo de establecer una relación de paternalismo y codependencia entre individuo y Estado. Al hacer eso, el individuo no se está empoderando, está empoderando al Estado de quien se está haciendo dependiente.

    2) Porque el exceso de corrección política sólo genera gente hipócrita: gente que en su fuero interno tiene prejuicios pero no los expresa, gente que hace como que te tolera pero para la cual eres una patada en los huevos porque al pedirle que no hable, gente que solo termina reforzando más su postura y basta con que encuentre una válvula de escape para soltar todo. Energías y tiempo que se podrían usar en empoderar realmente a las minorías y mostrarle al mundo que valen y se merecen su lugar, se gastan en sobreprotección.

    3) Porque en la práctica ello hace poco o nada para cambiar los paradigmas y combatir prejuicios contra dichas personas. Peor aún, aquello que está prohibido se vuelve atractivo, no solo para quienes disienten, sino también para quienes guardan serios prejuicios en contra de algún sector de la población. Así, el acto de discriminación corre el riesgo de convertirse en un acto de rebeldía: «soy rebelde por decir que los negros son inferiores o por decir que las mujeres deben quedarse en la cocina».

    4) Porque en un mundo tan interconectado, la censura es contraproducente. Incluso aquellas personas que realmente guardan prejuicios aprovechan la situación para empoderarse y legitimar su discurso. Así se crea un círculo vicioso: las voces antagónicas y discursos reales de odio crecen y se le pide aún más ayuda al Estado que absorbe el empoderamiento que debería ser propio de las mismas minorías.

    Conclusión: El gobierno sólo debe intervenir en aquellos casos donde la integridad de alguien esté en peligro producto del discurso de odio a un sector de la población. Dejarle la tarea al gobierno una chamba que debe ser de la sociedad y los activistas mismos solo termina dando más poder a aquel. Porque empoderarse implica ser independiente, valerse por sí mismo para colocarse en el centro y no en la periferia y, de esa forma, exigir su lugar dentro de la sociedad.