Categoría: temas polémicos

  • ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    Las autoridades nos hablan de «regresar a la normalidad».

    Aunque es posible que haya una segunda ola de contagios, lo cierto es que en muchos países ya se ha logrado contener la curva. Incluso, en el caso de México, la curva, que ciertamente no se ha aplanado, pero que no parece crecer de forma tan virulenta y que tiene una economía algo precarizada que no aguantaría más días de cuarentena, ya hay planes de reapertura. Todo esto nos ha llevado a comenzar a hablar de «regresar a la normalidad», de ir reduciendo por etapas las medidas de confinamiento (que, no sobra decirlo, no han sido muy bien llevadas a cabo por la población).

    Pero hablar de «regresar a la normalidad» es engañoso.

    Primero, ¿qué es lo normal? Esta palabra tiene muchas connotaciones y, en muchos casos, se utiliza para justificar ideas o doctrinas. Se cree que lo normal es lo natural o lo deseable (en realidad algo normal puede ser indeseable y normal no es de ninguna forma sinónimo de natural), pero en sentido estricto su significado tiene que ver con la norma: el evento que se repite un mayor número de veces y/o de forma periódica es lo normal.

    Lo normal es lo previsible, lo que puedo prever que va a pasar y, en efecto, comúnmente pasa. Lo anormal es lo que ocurre rara vez, lo que es imprevisible y lo que no contemplo al punto que me llega de sorpresa y no sé cómo tratarlo. Por ello es que lo normal nos es cotidiano y familiar mientras que a lo anormal lo percibimos con suspicacias y algo de temor porque representa lo diferente y lo extraño.

    Antes de la pandemia, casi todos los días teníamos una rutina en la cual podíamos salir a la calle sin ninguna preocupación relacionada con la salud. Ello era la normalidad, incluso aquello que interrumpía la cotidianeidad lo considerábamos como normal: si me enfermo de gripa tengo que quedarme en mi casa, pero es normal que me enferme de gripa de vez en cuando, o es normal que algún que otro día del año llueva a cántaros y sea mejor quedarme en mi casa.

    Pero una cuarentena no es normal ni previsible. Si bien no es la primera cuarentena producto de una pandemia que ha vivido nuestra especie, lo cierto es que las pandemias de este tipo (en el entendido de que el SIDA no requirió de una cuarentena) ocurren de forma tan esporádica y en un contexto temporal tan diferente que no pensamos siquiera que van a llegar a irrumpir en nuestro día a dia.

    Entramos así en una etapa de anormalidad, donde hemos tenido que modificar temporalmente nuestros hábitos para podernos adaptar a esta contingencia sanitaria. Nuestras vidas hoy son, en cierta medida, anormales (más para unos que para otros, pero nadie escapa de lo anormal), y como se trata de una anormalidad que no es previsible y porque sería mucho más anormal pensar en que dicha anormalidad se va a normalizar debido a que las cuarentenas terminan en algún momento (no es que vayamos a durar varios años encerrados en nuestras casas), entonces nos aferramos a la idea de que la anormalidad se va a ir y «regresaremos a la normalidad».

    Pero ese regresar es equivocado, tendríamos que hablar de una nueva normalidad que no será idéntica a la otra. Esa normalidad a la que algunos quieren regresar simplemente ya se fue.

    Como el virus no se va a ir de la noche a la mañana, no vamos a regresar a las calles como si nada; de hecho, temo que vamos a regresar a una anormalidad más matizada, una donde algunas características de la anormalidad actual van a convivir con otros de la normalidad anterior en conjunto con algunas otras nuevas y exclusivas de esta etapa que está próxima.

    Vamos a tener que volver a salir a las calles con hábitos lo suficientemente distintos para poder coexistir con el Covid-19. Vamos a salir con cubrebocas, vamos a tener que evitar abrazarnos o saludarnos de mano y usaremos gel antibacterial a la hora de entrar a cualquier recinto. Vamos a salir en medio de una crisis económica, en un entorno donde muchos procesos tecnológicos y políticos se han acelerado producto de la pandemia misma.

    Incluso, cuando la pandemia termine, no habremos de regresar a una normalidad, sino que viviremos una nueva que no va a ser exactamente igual a la anterior. Algunos hábitos cambiarán para siempre, la vida no será la misma incluso con el virus controlado o eliminado. Si varios de nuestros hábitos de higiene surgieron a causa de otras pandemias o crisis sanitarias y perviven con nosotros, es posible que lo mismo ocurra en el futuro.

    Y esto sin contar algo de lo que se habla cada vez más, una hipotética segunda ola de contagios que nos obligará a readaptarnos y posiblemente creé una nueva anormalidad que ni siquiera será igual a la anormalidad actual, ya que nos parecerá más «anormal» debido a que nos hemos acostumbrado un poco a la anormalidad que hoy estamos viviendo.

  • El perverso mito de la «ciencia neoliberal»

    El perverso mito de la «ciencia neoliberal»

    El perverso mito de la "ciencia neoliberal"

    En los últimos años la ciencia ha recibido muchos ataques. Todo aquello que sea visto como ciencia o intelectualidad ha sido vilipendiado por aquellas figuras que insisten representar a aquellos que no forman parte de las élites científicas o intelectuales. Hemos visto ya actitudes muy preocupantes en liderazgos demagogos de derecha como los de Donald Trump y Jair Bolsonaro cuya fobia hacia la ciencia se ha puesto en evidencia en una crisis sanitaria como la actual.

    Pero lo sorprendente (o quizá no tanto) es que sea López Obrador y su caballada la que haya impulsado una cruzada contra la ciencia en México, y no importa si con esa cruzada atente con varios mecanismos de movilidad social que podrían dar más oportunidades a los que menos tienen. Esta cruzada será mucho más letal en México que en Estados Unidos dada la autonomía de las instituciones y empresas que se encargan de esa chamba en el país del norte.

    El significante «ciencia neoliberal» ha sido elegido como el concepto bajo el cual justificarse para arremeter contra la ciencia. Si el término «neoliberalismo» es muy ambiguo y retórico, si el significado personal y particular que le da AMLO lo vacía todavía más de significado real, el significante «ciencia neoliberal» no significa nada: significa más bien lo que López y los suyos quieren que signifique de tal forma que el significado quede supeditado a los intereses del gobierno: es decir, no tiene siquiera un significado propio ya que es relativo a las arbitrariedades de quienes han creado ese concepto.

    Partamos desde abajo. Es cierto que, como dice Mario Bunge, la ciencia se hace desde el zeitgeist en el que se encuentra inserta, y es verdad que la ciencia no opera desde el vacío ideológico. Pero ello no significa que la ciencia como tal sea ideológica, los que poseen la carga ideológica son los que hacen la ciencia (que no es lo mismo).

    El método científico es neutro en este sentido ya que per sé no es ideológico. El método científico es perfectible en el entendido de que nuestra relación con la realidad es complicada ya que solo podemos sustraer como seres humanos una realidad subjetiva y condicionada por nuestra forma de pensar. Pero justamente lo que se busca con el método científico es acotar en la medida de lo posible estas consideraciones y busca siempre perfeccionarse a sí mismo como método para acotar lo más posible las inevitables influencias ideológicas y culturales entre quienes hacen ciencia. Las críticas a la forma en que se hace ciencia (que si tal ejercicio tiene algún sesgo cultural marcado, que si tiene una carga machista o demás) no tendrían que hacer otra cosa que fortalecerla y mejorarla. La ciencia no es un monolito ideológico, por el contrario, es el resultado de varias contraposiciones que, se espera, derivarán en un consenso científico. La ciencia en este sentido es conflicto, el conflicto es el medio para llegar al consenso el cual incluso puede romperse por medio de otro conflicto para llegar a otro más sólido.

    El resultado no es perfecto e incluso tal vez nunca lo sea por completo dado que somos animales subjetivos, pero lo cierto es que sí logra aunque sea aproximarse más a la realidad en sí (esa que no podemos conocer por completo) que las meras opiniones e intuiciones que no están sujetas a este proceso. Es inobjetable que la ciencia ha mejorado nuestra calidad de vida y ha disminuido dramáticamente la pobreza mundial (incluso en la «etapa neoliberal»).

    Si es cierto que la ciencia se lleva a cabo dentro de un contexto cultural e ideológico y que ejerce cierta influencia en la forma en que se hace ciencia ¿puede entonces hablarse de que en México se hace ciencia neoliberal? Algún incauto podría responder que sí ya que asumirá que como vivimos en una «etapa neoliberal», entonces la ciencia debe ser neoliberal, pero entonces tendría que haber una suerte de consenso científico en hacer ciencia bajo convicciones neoliberales.

    Lo cierto es que en México gran parte de la comunidad científica más bien tiende a inclinarse hacia la izquierda política; lo cierto es que las universidades públicas, más que las privadas, son las que hacen ciencia en el país. Algunos de ellos incluso votaron por López Obrador (naturalmente arrepentidos). Por más que el «neoliberalismo» fuera hegemónico, lo cierto es que esa hegemonía nunca ejerció tal control sobre la forma de hacer ciencia como para llamarla así porque en cierta medida parece haber renunciado a ello al mantenerse ausente.

    Y es que lo que se criticaba de esa etapa «neoliberal», aquella que va desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto, era que la inversión en ciencia y tecnología tendía a ser reducida y no llegaba siquiera al 1% del PIB recomendado por la OCDE. Se reprochaba también que no existiera una cultura ni en la IP ni en incluso parte de la academia para invertir más en I+D. Se criticaba su corto alcance. Uno de los mayores reproches a esa «etapa neoliberal» que explica en gran medida por qué no crecimos mucho es su no muy grande interés por la ciencia (aún así, pareciera que este gobierno está todavía menos interesado) y la formación de capital humano.

    Pero si entonces aquello era «ciencia neoliberal», entonces uno esperaría que el Estado se involucrara más, que diera más becas a científicos y estudiantes, que abriera más instituciones, pero ello no está ocurriendo sino todo lo contrario: la ciencia está siendo recortada, comprometida, avasallada y, paradójicamente, está siendo acotada desde consideraciones meramente ideológicas. Si el «neoliberalismo» no logró ejercer una fuerte presión hegemónica sobre el ejercicio de la ciencia, ellos sí aspiran a que su discurso ejerza presión hegemónica sobre de ella. En vez de que sea la ciencia la que acote la ideología, es la ideología (o más bien la visión personalista de López Obrador) la que está acotando a la ciencia misma.

    Es más, ni siquiera las ciencias sociales y humanidades (que generalmente son defendidas por la izquierda) se salvan del tijerazo. Parece haber un desprecio con todo lo que suene a ciencia y conocimiento.

    Bien es cierto que el término «neoliberalismo» es un término ambiguo con una fuerte carga retórica, pero si nos referimos neoliberalismo como el significante que tiene un mayor consenso en las ciencias sociales: aquel que tiene que ver con el monetarismo de los 70 que contrastó con el keynesianismo otrora dominante y que se vió reflejado en los gobierno de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y el Consenso de Washington, entonces podría argumentarse incluso que muchas de las medidas de este gobierno con respecto de la ciencia son neoliberales (dados los recortes que ésta está sufriendo).

    Pero recordemos que el término «ciencia neoliberal» es un significante vacío de significado relativo a los intereses del poder en turno, y por ello el gobierno «se salva» de esa crítica. Para ellos el Fonca es neoliberal porque fue creado por su némesis, Carlos Salinas, a quien llaman neoliberal, aunque la creación del Fonca como tal no tiene nada de «neoliberal». Neoliberal es cualquier cosa que tenga que ver con los gobiernos a los que se opuso AMLO, incluídas las medidas «antineoliberales» que hayan tomado.

    Lo que existe es en realidad una cruzada anticientífica y antiintelectual que tiene anonadados incluso a algunos intelectuales de izquierda. Los amagues en contra del CIDE (si al Colmex no lo tocan nomás es porque es más complicado hacerlo), el Instituto Mora y todos los centros de investigación, la cancelación de becas Fonca y un largo etcétera de una mujer como Álvarez-Bullya que se imagina capaz de imaginar una revolución científica a la Thomas Kuhn como si ella fuera la Einstein de nuestro siglo cuando en realidad está destruyendo la estructura científica e intelectual de este país acotándola a consideraciones ya no necesariamente ideológicas, sino a los caprichos del gobernante en turno.

    Para el gobierno todo lo que tiene que ver con ciencia e intelectualidad es un ejercicio de élites. En realidad sí es así y es inevitable que lo sea, siempre van a ser unos pocos que hacen ciencia sobre muchos que no lo hacen, y siempre habrá pocos intelectuales sobre muchos que no lo son (principio de Pareto), y todo aquello que están recortando son precisamente las vías de acceso para que la gente que no nació en condiciones privilegiadas pueda acceder a dichas élites por medio del mérito y su talento y no por su privilegio (básicamente se trata de un mecanismo de movilidad social).

    Si es inevitable la existencia de élites científicas e intelectuales, entonces la única alternativa (y que parece ser que es la que está siguiendo el gobierno) es crear una élite más mediocre, o bien, pueden aspirar a desaparecer cualquier función del Estado dejando que la élite, si es que queda algo, sea formada solamente de los grandes capitales (y dado que los grandes empresarios en México no invierten mucho en ciencia, sobre todo aquellos rentistas como Salinas Pliego y Carlos Slim a los que AMLO favorece, no podríamos esperar que ella sea de una gran calidad).

    Lo cierto es que esta cruzada anticientífica y antiintelectual puede comprometer seriamente el desarrollo de nuestro país y este «cambio en reversa» sumado con el sinnúmero de errores cometidos por este gobierno nos llevará a un estancamiento económico, social, intelectual y económico del cual nos podrá llevar muchos años recuperarnos mientras otras naciones de «nuestro nivel» nos continúan rebasando. A esto hay que agregar que tenemos a un gobierno que guarda ciertas sospechas con la iniciativa privada y que es incapaz de ver los beneficios que de ella han sacado muchos países como motor de desarrollo. En vez de ello, apuesta a desarrollos tecnológicos y económicos de una etapa que como país ya deberíamos haber superado (apostar al carbón y el petróleo) en vez de usar estos mismos recursos para financiar aquello que ellos mismos quieren recortar: el desarrollo científico, tecnológico e intelectual.

  • La «gran conspiración» detrás del #Covid-19

    La «gran conspiración» detrás del #Covid-19

    La conspiración detrás del #Covid-19

    Siempre me he preguntado por qué a muchas personas les gusta las teorías de la conspiración.

    Con esto no quiero decir que los gobiernos nunca nos oculten nada o que no haya nada que no sepamos, sin embargo por alguna razón la gran mayoría de las teorías de la conspiración resultan falsas o nunca se pueden probar con el tiempo.

    Las teorías de la conspiración son atractivas por muchas razones, una de ellas es la intriga. Los relatos de la conspiración están llenos de intriga, algo así como si se trataran de un espectáculo hollywoodense: incluso muchas de las teorías de la conspiración terminan siendo muy parecidas al guión de las películas hollywoodenses.

    La realidad, me temo, es un tanto más aburrida ya que las películas buscan divertir al espectador y la realidad en sí misma no tiene como fin el espectáculo. Seguramente habrá cosas que no sabemos pero seguramente esos misterios, que nos podrían hacer enojar o podría crear un gran conflicto, tal vez no serán tan intrigantes como se supone que serían.

    Otra razón de su atractivo reside en el sentimiento de seguridad. Al individuo no le gusta conformarse con la incertidumbre, tiene una aversión a ella y le angustia. Es algo así como, recordando a Kierkegaard, el quedarse en la punta del precipicio con un terrible miedo a lanzarse pero, a la vez, con un fuerte deseo de hacerlo. Como no sabemos bien cómo funciona el mundo (incertidumbre), las teorías de la conspiración se convierten en ese «arrojarse al vacío». Los conspiranoicos temen que la realidad sea como creen que es, pero prefieren arrojarse porque ello les da un sentimiento de seguridad, incluso si su creencia es más dolorosa y oscura que la realidad.

    Y otra razón tiene que ver con un sentimiento de pertenencia y reafirmación personal. El hecho de saber algo que creen verdadero y que la mayoría de la gente no cree los hace sentirse especiales: yo no estoy siendo engañado como la mayoría de la gente, soy especial. Luego, los conspiranoicos pueden llegar a crear un sentimiento de pertenencia entre ellos. Conviven en los mismos foros, en las redes y hasta organizan congresos internacionales como ocurre con los terraplanistas y los antivacunas.

    Dado que alguien siempre es capaz, de alguna u otra forma, de ocultarnos algo, me parece que es válido cuestionar si dentro de un evento hay algo que no sepamos. Es válido que cuestione en mi mente si el Covid-19 pudo ser creado en el laboratorio, pero de aquí en adelante habrá una separación entre aquella persona que busca resolver su duda de forma racional y aquel otro que decide usar una lógica conspiranoica bajo la cual asegura, sin pruebas y con meras conjeturas producto de correlaciones que muy probablemente son espurias, que dicha conspiración sí está ocurriendo.

    Imagen: Wired

    Una persona sensata indaga recopilando pruebas, y sabe que no podrá decir que algo ocurre al menos que tenga las suficientes pruebas en la mano. El conspiranoico no opera igual ya que de entrada está prácticamente asegurando una tesis que no ha sustentado: los terraplanistas aseguran que la tierra es plana y los antivacunas aseguran que las vacunas son tan solo una estrategia de las farmacéuticas para manipularnos.

    Los conspiranoicos en realidad no indagan ni buscan pruebas, sino que más bien ya han llegado a una conclusión desde un principio y más bien buscan a posteriori elementos con los cuales reafirmen su postura. Los conspiranoicos basan su tesis en relaciones espurias producto de razonamientos en las cuales se extraen conclusiones de premisas débiles. Tomemos como ejemplo este silogismo:

    Premisa 1: Estas personas parecen ser mexicanas

    Premisa 2: Las personas mexicanas deben pagar una cuota

    Conclusión: Estas personas deben pagar una cuota

    Una de estas premisas es débil (la primera) ya que no comprueba nada por sí misma sino que sólo elabora una suposición. Al observador le parece que esas personas son mexicanas, pero no está seguro de ello. Es muy probable que si les exige pagar una cuota, esté cobrándola a personas que no deberían pagarla.

    Si hago un ejemplo con algunas de las teorías que circulan por las redes podría elaborar un razonamiento así, el cual es a todas luces más débil que el primero:

    Premisa 1: Los gobiernos a veces nos engañan y nos ocultan algo

    Premisa 2: Algunos de los agentes involucrados en el combate al Covid-19 son gobiernos

    Conclusión: Los gobiernos crearon o inventaron el Covid-19 para engañarnos

    Esta premisa, bajo la cual algunos concluyen que el virus no existe o crearon, es todavía más débil que la primera. La primer premisa dice que «a veces los gobiernos nos engañan, es decir, ello no siempre ocurre. Pero la primera premisa no dice nada sobre la forma en que nos engañan y no dice nada sobre si los gobiernos han creado o inventado epidemias o no. Se observa que la conclusión es mucho más débil incluso que en el caso del primer silogismo porque la conclusión ni siquiera se apega a la información dada por las premisas.

    Es válido preguntarse «¿habrán inventado el Covid-19 en un laboratorio?». Sí lo es, pero para ello es importante recabar pruebas que vayan fortaleciendo o descartando la hipótesis. Una cosa es hacerse la pregunta, otra cosa es afirmar o pensar que una sospecha producto de un argumento débil debe ser muy probable, porque lo cierto es que, conforme menos información tengamos para evaluar un caso hipotético del cual sospechamos, es menos posible que nuestra hipótesis sea verdadera.

    Un evento ocurre o no ocurre, no es que tenga posibilidad de que ocurra o no sí ya está ocurriendo o no. Pero lo cierto es que hay una proporcionalidad inversa entre la cantidad de conocimiento sobre lo que se juzga y la posibilidad de que eso que se juzga sea cierto (obviando que esta proporcionalidad no es necesariamente perfecta, ya que el sujeto, con la información suficiente a la mano, puede hacer una argumentación irracional). Es decir, por menos información y argumentos tengamos a la mano, es más probable que estemos equivocados.

    También hay que tomar en cuenta que dentro de una conspiración tal hay muchas variables que están involucradas. Habrá que tomarlas todas en cuenta para evaluarlas e ir consiguiendo información. Por ejemplo, imaginemos que investigo en fuentes confiables y concluyo que el virus sí puede ser fabricado en un laboratorio sin que nadie se de cuenta (en realidad es complicadísimo hacerlo si no es que imposible, pero para efectos de este ejemplo, vamos a suponer que sí es posible).

    Premisa 1: Un virus puede ser fabricado por un especialista en un laboratorio sin que nadie se dé cuenta de que es artificial

    Premisa 2: Los gobiernos, que tienen especialistas a la mano, tienen la capacidad de fabricar virus

    Conclusión: Por lo tanto, un gobierno puede fabricar un virus en un laboratorio sin que nadie se dé cuenta de que es artificial

    Este es un silogismo deductivo que tiene premisas sólidas (para efectos de nuestro ejemplo) y cuya conclusión también lo es. Sería una hipótesis a favor de la teoría conspirativa, pero no la comprueba por sí misma, sino que sólo comprueba una de las tantas variables que deben ser comprobadas para llegar a esa conclusión. Hemos concluido tan solo que el gobierno sí tiene la capacidad de crear un virus artificial sin que nadie se dé cuenta de que fue un gobierno el que lo creó, pero de ahí no se sigue que el Covid-19 haya sido fabricado por el gobierno porque para llegar a ello entonces habrá que analizar todas las demás variables.

    Es cierto que es casi imposible desenmarañar una conspiración así, pero sí que se pueden resolver varios argumentos para que, de menos, nos dejen en una posición de que ello es plausible aunque no segura. Demostrar la plausibilidad de una conspiración es muy útil porque, a más plausible sea, más incentivos habrá para que terceros decidan aventurarse e investigar más sobre el tema (periodistas, etc) para tratar de llegar a la verdad.

    Podemos también preguntarnos cuántas personas o quiénes estarían involucradas en la conspiración. Por más sean las personas involucradas será más difícil llevarla a cabo ya que es más probable que alguna persona suelte la sopa. Eso es algo que no consideran los terraplanistas porque para sostener que la tierra es plana entonces deben haber muchísimos agentes involucrados en la conspiración como gobiernos, líneas aéreas, comunidad científica y además debe considerarse el entorno en el que se encuentran (en un régimen dictatorial será relativamente más fácil ocultar información que en uno democrático). Estas consideraciones hacen dicha tarea imposible. No es casualidad que las pocas teorías de la conspiración que han resultado ciertas como el MK-Ultra hayan requerido de relativamente pocas personas involucradas en tal actividad. Estas consideraciones también hacen que las teorías de un «nuevo orden mundial» que nos están ocultando sean difíciles de sostener.

    Así mismo, podemos tratar entender otras variables que por sí mismas no nos darán algo concluyente pero pueden hacer la hipótesis más plausible. Por ejemplo, podemos tratar de entender el panorama geopolítico porque ello nos puede explicar algo sobre los incentivos (si alguien quiere conspirar, alguien debería tener un incentivo para hacerlo) y sobre las barreras que juegan el papel contrario (la posibilidad de que alguien más me descubra y pague un precio alto por ello desincentiva la acción).

    Si sabemos que China y Estados Unidos son, al día de hoy, una suerte de adversarios ¿cómo juega ello con las demás variables? Podemos preguntarnos ¿qué ganan los distintos actores al fabricar un virus o qué reacción tendrían los distintos actores? Si el virus lo fabricó China ¿Por qué Trump no ha dicho que es una conspiración para acabar con EEUU? ¿Por qué la Unión Europea, parte del polo occidental, no ha sospechado absolutamente nada? ¿De verdad pudieron ocultarlo y eliminaron absolutamente todas las pistas para que la comunidad científica no albergara sospecha alguna?

    Evidentemente, todas estas preguntas deben de ser contestadas con el máximo rigor posible y no con meras conjeturas que adolecen de lo que adolecen las mismas teorías que los conspiranoicos defienden a capa y espada como por ejemplo: «si el gobierno hizo X (de lo cual no tengo pruebas y es una teoría de la conspiración), ¿el gobierno volverá a hacer X?».

    La postura más responsable, a mi parecer, sería partir a priori de la idea de que la teoría es hipotéticamente falsa en tanto no tengamos elementos para decir lo contrario y, con base en los hechos y pruebas que se recaben, dimensionar la plausibilidad que ésta podría tener. Si no tengo ninguna prueba medianamente aceptable entonces descarto que X esté sucediendo en tanto no acumule más pruebas que de menos me hagan decir que hay ciertas posibilidades de que X ocurra y que, al haber cierta plausibilidad, entonces vale la pena investigarlo. Es válido preguntarse, pero es muy distinto preguntarse «¿podrá estar ocurriendo eso?» a afirmarlo o darle una plausibilidad que no tiene porque no tenemos elementos a la mano.

    El problema con los fanáticos de las teorías de la conspiración es que no suelen hacer este ejercicio, sino que más bien parecen acumular una gran cantidad de argumentos que no pueden ser validados o acumulan una gran cantidad de correlaciones espurias con algún hecho aislado para así concluir que su tesis es cierta. La necesidad de paliar la incertidumbre, la necesidad de pertenencia y reafirmación terminan sesgando completamente el ejercicio.

    Que algo sea plausible nos evoca de nuevo a la incertidumbre, porque hablamos de que algo pudiera estar sucediendo pero no podemos decirlo con certeza. Solo sospechamos, pero no afirmamos. De nuevo, la angustia kierkegaardiana y la necesidad de arrojarse al vacío les viene a muchos. Por eso el conspiranoico afirma, no se pregunta.

    Por ejemplo, alguien puede argumentar que el gobierno de EEUU pudo fabricar el virus porque hace dos décadas ellos se encargaron de derrumbar sus torres gemelas, argumento que, dos décadas después, tampoco ha sido comprobado con hechos. Los teóricos de la conspiración suelen acumular este tipo de argumentos porque deducen que el cúmulo de correlaciones espurias o no probadas los lleva a la verdad. Ello es falso. De hecho, han logrado tejer historias muy complejas e intrigantes a través de este tipo de correlaciones que terminan siendo desmentidas, a veces con un simple argumento.

    Los teóricos de la conspiración suelen desechar de forma a priori evidencia que ponga en duda su teoría. Si un medio que consideran mainstream publica la información, entonces tiene que ser falsa ya que hay una «gran conspiración». Es cierto que una fuente seria puede, en algún dado caso, llegar a mentir, puede llegar a equivocarse o verse afectada por su sesgo ideológico, sería iluso pensar que ello no sucede, aunque ciertamente las que llamamos «fuentes confiables» suelen ser, valga la redundancia, más confiables de las que no lo son o de las que tienen mala reputación y por ello se les da más valor. Para reducir la posibilidad de recibir información falsa se indaga más sobre el tema, se buscan otras fuentes que lo corroboren o, si es el caso, se analiza el paper del cual se extrajo la información. Otra cosa es afirmar que los medios siempre mienten porque están ocultando una gran maquinación sin probarlo.

    Decía que los teóricos de la conspiración no suelen hablar de plausibilidades, sino que aseguran que algo está ocurriendo con base en correlaciones espurias. A parece relacionarse con B, pero no pueden determinar si A provoca B, B provoca A, si ambas variables son ocasionadas por una tercera variable o es una simple y linda «casualidad de la vida» que exhibe su condición espuria porque:

    Vincent Granville on LinkedIn: Spurious correlations: 15 examples

    ¿Hay una conspiración entre el gasto en ciencia y los suicidios por ahorcamiento o estrangulamiento? ¿Si recortamos el gasto en ciencia reducimos los suicidios? Es obvio que es una coincidencia porque se trata de una correlación espuria, pero un teórico de la conspiración no lo verá así, pensará que le están ocultando algo.

    Por último ¿Por qué es importante partir de la idea de que una teoría es hipotéticamente falsa mientras no comprobemos su existencia o, ya de menos, su plausibilidad?

    La respuesta la podemos ver en las redes. El hecho de que las personas tejan teorías de la conspiración a partir de cualquier correlación (las cuales o la mayoría de las cuales son falsas) hace que dichas teorías se mezclen con la información veraz. En la práctica, ello crea un clima de fuerte desconfianza a través de la cual la gente termina desconfiando de todo el mundo y de cualquier argumento porque siempre debe haber una conspiración detrás de éste. Si la gente ya desconfía de todos los medios y de todas las personas, entonces ninguna información es más valiosa y confiable que otra y ello es un problema muy grave. Peor, se puede incluso llegar a la conclusión de que la información falsa e intrigante «fake news» termine teniendo más credibilidad que aquella información que debería ser creíble. Los antivacunas y los nefastos efectos de su activismo son un claro ejemplo de ello.

    No se trata de asumir que no existen conspiraciones en el mundo, se trata de ser más rigurosos a la hora de investigar aquello que nos hace dudar y sospechar. La duda es completamente sana, preguntarse si el virus fue creado en un laboratorio es completamente válido. El problema es 1) tomar como verdaderas aquellas conspiraciones de la cual no tengo pruebas y 2) crear un ambiente de absolutamente desconfianza y sospechosismo. Todo ello es nocivo para el bienestar de la sociedad misma y, en nuestro caso, puede terminar afectando los esfuerzos para controlar la pandemia que estamos viviendo.

    Y para terminar hay que decirlo: tener espíritu crítico no es solo ser crítico con el gobierno o con aquello sobre lo que se desconfía, sino con el mismo paradigma y los métodos a través de los cuales estoy emitiendo mi crítica.

  • Esto no lo van a pasar en Hechos

    Esto no lo van a pasar en Hechos

    Esto no lo van a pasar en Hechos

    Siempre he dicho yo que un empresario tiene un compromiso moral con la sociedad o las sociedades en las que está inserto, que tiene que ver con el respeto al entorno en el cual se desempeña. Es decir, un empresario debería poder hacer negocios libremente evitando que sus actividades perjudiquen su entorno y que el trato con las demás personas (empleados, clientes, proveedores y demás) sea humano.

    Dicho compromiso moral no debe necesariamente estar calificado por el Estado (aunque ciertamente varios de los reglamentos están enfocados a ello). Más bien tiene que ver con la ética y la moral, con las normas sociales y que habla de la honorabilidad del empresario, el cual puede ser juzgado por la población en caso de que las trasgreda.

    La actitud que Ricardo Salinas Pliego ha tenido en estas últimas semanas es una clara trasgresión a ese compromiso moral que deberíamos esperar de un empresario. El magnate ha decidido poner sus intereses económicos sobre el bienestar general de la población. Salinas ha preferido tener a toda la gente trabajando (y sin protección, como atestiguan algunos videos) en tiempos de pandemia, sin importar el riesgo que implica para ellos, sus familiares y toda la sociedad, que tratar de preservar su integridad.

    Hoy en día hay muchas empresas medianas y pequeñas que están haciendo muchos sacrificios económicos para que sus negocios puedan seguir existiendo y puedan seguir dando trabajo a su plantilla laboral. Algunos hasta se han esforzado para poder seguir pagando a sus empleados mientras están encerrados en sus casas. Es evidente que Salinas Pliego no corre con el riesgo de que sus negocios quiebren ni debe estar preocupado de qué dar de comer a su familia. Pero Salinas no solo ha decidido mantener a su plantilla trabajando, sino que ha exhortado a todo mundo a hacer lo mismo a través de sus medios de comunicación, contraviniendo no solo las recomendaciones de las autoridades, sino la del consenso de científicos, epidemiólogos y expertos.

    Es decir, Salinas Pliego no tiene argumentos para decir que «está pensando fuera de la caja» o está manejando la crisis desde otra perspectiva. No es siquiera quién para hacerlo porque no es epidemiólogo ni tiene los conocimientos en el tema. Para justificarse tan solo ha recurrido a unos pocos que sugieren una alternativa y tal vez sin siquiera entenderla: básicamente se trata de ese clásico sesgo de confirmación por el cual un individuo contenido que coincida con su postura.

    La «osadía» de Salinas Pliego no terminó ahí. Se le ocurrió que por alguna u otra razón que no sabemos a ciencia cierta (y sobre la cual no profundizaré porque no tenemos la información suficiente) había que desprestigiar públicamente a Hugo López-Gatell. La intencionalidad es evidente. No se trataba de una nota periodística cualquiera, sino de un mensaje que tenían necesidad de que se propagara y creara el máximo impacto posible. No es la primera vez que TV Azteca hace estas campañas de desprestigio para destruir a los obstáculos que se le ponen enfrente a los intereses de Salinas Pliego, de hecho es una práctica muy común: ahí están los Saba, la aseguradora ING a la cual logró correr del país, Cuauhtémoc Cárdenas o el diario Reforma.

    El mensaje que fue dado por Javier Alatorre, independientemente de si la acusación es verdadera o falsa, contraviene en su totalidad a la ética periodística. No solo se presentó la acusación sin darle voz al acusado, sino que no se presentaron pruebas fehacientes (un gobernador del partido en el gobierno acusando a Gatell de haber manipulado la información que se le envió no es en sí una prueba dado que dicho gobernador podría estar mintiendo). Lo peor es que no solo no se presentó evidencia suficiente, sino que se le dijo al espectador no sólo lo que debería pensar sino lo que debería hacer: ignorar a López-Gatell.

    Criticar la metodología, los errores o las omisiones de López-Gatell es libertad de expresión. Llamar a los espectadores a desobedecer a las autoridades sanitarias es una aberración de lo más baja y que puede por sí misma poner en riesgo las vidas de muchos mexicanos. Decir: «ya no hagan caso a López-Gatell» implica invitar a los televidentes a ignorar lo que las autoridades sanitarias digan desacreditando su autoridad moral.

    ¿Qué fue lo que ocurrió? Hasta hoy no lo sabemos exactamente y lo que abundan son las especulaciones. Llama la atención que López Obrador, si bien de alguna manera trató de recobrar la legitimidad de López-Gatell, se mostró complaciente con el actuar de la televisora al decir que «su amigo Javier Alatorre se equivocó y que respeta su uso de la libertad de expresión», lo cual levanta sospechas sobre la relación entre este gobierno y Ricardo Salinas Pliego, quien ha visto sus cifras crecer en este sexenio en parte por su cercanía con la 4T (Banco Azteca administra los programas sociales y básicamente tienen el control de la Secretaría de Educación por medio de Esteban Moctezuma). Hasta el Chicharito, quien solo había expresado su sentir sobre este gobierno, recibió una reprimenda más fuerte por parte de AMLO que la que recibió Javier Alatorre (ya no digamos Salinas Pliego quien ni siquiera fue mencionado).

    La actitud de Ricardo Salinas Pliego va a costar vidas que pudieron haberse salvado, incluída seguramente la de alguno o algunos de sus empleados. La ética del magnate, si ya bien antes era algo cuestionable por algunos sectores, hoy ha quedado en entredicho.

    https://www.youtube.com/watch?v=G2wR3hbJPY0
  • El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    Recuerdo muy bien el momento en que me enteré por redes sociales que había ocurrido un sismo en el centro del país. Por los primeros «tuitazos» no parecía ser la gran cosa: «ay, este se sintió duro», «tenemos sismo». Pero pocos segundos después alguien habló de un edificio que se vino abajo (igual estaba viejo y descuidado, solo le faltaba un «empujoncito», pensé), pero luego fue otro, y otro. Pasaron muy pocos minutos para entender lo que había ocurrido.

    Y solo pasaron pocos minutos para que se fuera conformando toda una red de ayuda a través de las redes sociales y que duró muchos días. Todo México se movió para ayudar, había pensado: médicos, ingenieros, rescatistas, gente común que se puso a ayudar con lo que podía. Y aunque el gobierno no actuó tan mal como lo hizo en el 85 y el ejército sí jugó un papel importante, el activismo de los ciudadanos terminó salvando muchas vidas.

    Me quedé con la impresión de que México era un país solidario, donde toda la gente se ayuda. Pero a veces las impresiones pueden ser engañosas.

    Un sismo y una pandemia son crisis trágicas, pero son dos fenómenos muy distintos entre sí. El primero te obliga a salir a la calle, la segunda más bien te invita a no salir. El sismo es un evento que dura unos segundos o minutos y justa cuando termina es cuando hay que salir a ayudar al prójimo. La pandemia es un evento que dura semanas o meses, la crisis es un continuum que está ahí y que no nos deja.

    El terremoto corta de tajo nuestra cotidianeidad y crea un sentimiento de urgencia que nos obliga a reaccionar inmediatamente para reparar el daño (después del activismo, la gente se percata de que ha gastado muchas energías y está muy cansada). La pandemia no corta dicha cotidianeidad sino que la infecta y se vuelve parte de ella. El individuo no puede utilizar todas las energías que utilizaría para rescatar a las víctimas de un sismo a lo largo de varias semanas o meses, es imposible. Quienes desean ayudar en la crisis sanitaria deben compaginar su activismo con la vida cotidiana, por ello su labor no se nota tanto, y también se vuelve más invisible por el hecho de que están confinados en sus casas: no se ven muchos voluntarios en la calles.

    Posiblemente la naturaleza de ambos eventos explique por qué en el primero hayamos visto a un México muy solidario y a otro a un México más bien egoísta donde hemos visto incluso agresiones a médicos: es cuestión de percepciones y tiene que ver con lo que salta a la vista.

    Después de un sismo, el México egoísta se vuelve invisible al punto en que crees que no existe. No te percatas de ello porque se queda en sus casas sin hacer nada. Lo que está en el centro son las montañas de personas ayudando a rescatar gente, las personas en redes tratando de ayudar, los médicos y los rescatistas. De ahí se infiere que todo México es solidario: incluso se dice «México se solidarizó con las víctimas», «México hizo esto y aquello», pero en realidad es solo una faceta, la otra está ahí escondida.

    Con la pandemia ocurre algo muy distinto que genera la percepción de que la sociedad es de lo más ruin y egoísta que podría haber:

    Primero, el activismo en redes no es tan intenso porque como la crisis no es inmediata sino lenta y continua no hay un sentimiento de urgencia. Como comenté, la gente tiene que compaginar su activismo con la vida cotidiana. Sí hay activismo, pero no vemos todas las redes inundadas de gente ayudando, los activistas tienen que dosificar la ayuda porque ayudar también implica esfuerzo y gastar energía. Sería humanamente imposible emplear la energía utilizada para ayudar las víctimas del sismo durante las semanas o meses que dure la epidemia.

    Segundo, porque lo visible, lo que queda al centro, es aquel México egoísta. Si en el sismo quienes acuden a las calles son los voluntarios, en una epidemia quienes salen a las calles son aquellos que no están dispuestos a quedarse en sus casas (claro, exceptuando a los que tienen que salir por necesidad). Lo que sale a la luz no es tanto la gente que ayuda, sino la gente que no está dispuesta a hacer el mínimo sacrificio por los demás: los que se van a Vallarta, los que pretenden seguir con su vida diaria y los cuales, presas de un pánico irracional combinado con egoísmo, agreden a doctores y enfermeras porque tienen miedo de que «les peguen el bicho».

    Pero tal vez nuestra sociedad no sea tanto ni lo uno ni lo otro. Tal vez no es tan solidaria como pensamos que en 2017 era, pero tal vez no sea tan ruin como hoy pensamos que es. La diferente naturaleza de las crisis nos mostró a dos Méxicos diferentes, uno puso al México solidario al centro y escondió al egoísta en la periferia, el otro puso al México egoísta al centro y escondió al solidario en la periferia.

    La realidad es que, a pesar de que no lo parezca, sí hay gente ayudando. Hay gente que dona parte de su tiempo y talento para que otras personas tengan una cuarentena más llevadera. Otros buscan herramientas de trabajo, cubrebocas y trajes para los médicos (mientras los otros los agreden). El problema es que en una crisis como la actual el impacto que genera el «México egoísta» es considerable al punto en que podemos no salir bien librados por ello y su displicencia tiene un mayor impacto que el esfuerzo de la gente que quiere ayudar: tener más gente en la calle implica que la tasa de contagio es más elevada y los sistemas de salud se ven más rebasados, lo cual se traduce en más muertes. En el sismo pasaba lo contrario: tal vez ni siquiera era necesario el «México egoísta», bastaban las manos del México solidario para hacer las labores de rescate.

    Tal vez tenemos que pensar en que México es algo heterogéneo: tal vez no hay algo así como un México solidario o un México egoísta como tal, sino gente solidaria y gente egoísta. Es cierto que la cultura y la idiosincrasia moldea la forma en la que la sociedad se manifiesta y que por ello las sociedades de algunos países están más a la altura que otras (o están más a la altura en ciertos eventos como en otros, como es nuestro caso), pero también es cierto que la gente tiene libre albedrío y tiene la capacidad de decidir si es solidaria o egoísta.

  • Cielito Lindo y qué ruido

    Cielito Lindo y qué ruido

    Cielito Lindo y qué ruido

    La forma en que las personas actúan refleja necesariamente la realidad en la que se encuentran insertas. Sus actuaciones responden a construcciones de la realidad que han hecho a través de la experiencia.

    Es decir, si esta persona actúa de tal o cual forma, ello explica de alguna forma la realidad de la cual forma parte. Y viendo ese penoso «Cielito Lindo» que se aventaron algunos artistas de la farándula, puedo tratar de explicarme un poco su realidad.

    Es que ¿a quién se le ocurre montar un espectáculo de tan baja calidad para «animar a la gente» o «solidarizarse», si es que ello fue su verdadera intención?

    El contenido del video ya es de por sí muy cliché: ¿qué cantamos? Ah sí, ¡el Cielito Lindo! Es lo que la gente canta cuando gana México en los mundiales. Luego, creemos que tenemos un gran poder de convocatoria porque somos estrellas de Televisa (o de TV Azteca). Esto va a pegar, esto le va a encantar a la gente. No importa que sea un video mal hecho hecho al aventón al que no le pusimos ningún esmero, que no está bien editado, donde nadie sabe cantar ni se esfuerza por hacerlo, donde unos cantan con enjundia y otros parecen que se están durmiendo lo cual arruina por completo la continuación del video: parece que van a llegar al punto álgido de la canción con esos insulsos gritos de ¡viva México! para que llegue otro de esos artistas a cantar el coro sin ganas, ni pasión. Es más, ni siquiera están coordinados con la pista. Es una experiencia visual y auditiva terrible.

    Esto se trató de una iniciativa basada en el mínimo esfuerzo: no importa que quede parchado, la cosa es que salga. Y eso se notó y mucho, eso hizo al video todavía más patético, porque el mensaje que comunican a su audiencia (o la que creen que es su audiencia) es que están dispuestos a dar poco de sí.

    Luego tienes a los artistas en sus casas presumiéndonos sus jardines, sus albercas, sus balcones con vista a la ciudad o a la playa (presumiblemente Miami) como para decirnos que ellos se la están pasando muy guay en una cuarentena todo de lujos, como para restregarle su privilegio a la gente en su cara.

    Evidentemente, la desconexión de su «México» ya no con el México real, sino incluso con el México de las clases medias, es notable. Pareciera que tratan al público de forma condescendiente, como si fuéramos a pensar que ellos son importantes para nosotros porque pueden ser conocidos (en realidad yo solo ubico a Daniel Bisogno, Yuri y Rebeca de Alba), pero ello no quiere decir que sean admirados o sean referencias para una gran parte de la población que está cada vez más desconectada de los medios tradicionales que es donde ellos tienen exposición. Pareciera que creen que seguimos viviendo en esos años 80 siempreendominguistas donde los famosos eran construidos por aquellas televisoras en donde trabajan y eran casi la única referencia que la gente tenía.

    Era evidente que cuando subieran el video a redes lo único que se iban a ganar son burlas. Era evidente que la impresión del público es que lo único que estos artistas querían era exposición y ni para hacer eso le echaron ganas.

    https://www.youtube.com/watch?v=xnYBoUGYACM
  • #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    Está llegando el momento que todos sabíamos que iba a llegar, pero que pocos habían dimensionado.

    Está llegando ese momento en que los fallecidos diarios se comenzarán a contar por centenas y no decenas. Si el día de hoy ya no son pocas las personas que conocen al menos a una persona que tiene Covid-19, pronto no serán pocas las que conozcan al menos una persona que falleció por el virus.

    Sí el día de hoy ya tenemos algunos hospitales a su máxima capacidad, pronto veremos al sistema de salud rebasado y habrá gente que no podrá recibir atención hospitalaria (suena duro, pero las cosas como son) lo cual seguramente provocará conflictos y descontento. Si en los países desarrollados ello está pasando ¿por qué tendríamos que esperar algo diferente en nuestro país donde el sistema de salud es más precario?

    En unos días, alguna que otra persona de aquellas que se fueron a vacacionar o que dijeron que el coronavirus era una simple gripe van a estar implorando en sus redes sociales porque no hay ventiladores. Más de una de esas personas va a fallecer.

    La crisis va a ser complicada por la naturaleza de la pandemia, pero los efectos causados por las personas que no tomaron precauciones y los errores de las autoridades van a complicarlo más aún más porque debido a ello la curva no se habrá «aplanado lo suficiente» y muchas personas no recibirán la atención médica necesaria para sobrevivir.

    En unos días vamos a escuchar uno que otro caso de algún famoso, político o personalidad pública que falleció a causa del Covid-19 y ello asustará mucho a la gente, incluso a algunos de los que el día de hoy creen que es un juego.

    Vamos a escuchar a mucha gente desesperada, incluyendo gente cercana. Veremos a alguno que otro conocido llorando porque se le murió alguien. Nuestras redes se van a inundar de casos, de anécdotas muy dolorosas e indignantes aunque también de aquellas que nos harán tener una luz de esperanza: veremos algunos actos heroicos, personas que se salvaron contra todo pronóstico, personas que se partieron la madre para salvar a los otros.

    A juzgar por los pronósticos, esta etapa de finales de abril y el transcurso de mayo va a ser la más complicada, e incluso va a ser la etapa más complicada para el país en muchos años y en muchos ámbitos.

    Y ello quiere decir (partiendo del hecho de que la enfermedad no muestra síntomas sino hasta casi dos semanas después) que hoy es cuando más debes cuidarte. Si te contagias hoy, posiblemente muestres síntomas cuando los hospitales estén rebasados. Dicho esto, hoy más que nunca deberías de cuidarte porque si la enfermedad se complica va a ser un problema. Con probabilidad adquirirás el Covid-19 algún día, pero mucho mejor que ello ocurra cuando el sistema de salud no esté saturado.

    Y eso no quiere decir que en junio vayamos a regresar a la normalidad. La normalidad tal y como la conocíamos va a tardar mucho en llegar. Se manejan muchos escenarios al respecto, tal vez en un par de meses no tengamos que estar encerrados en casa pero sí se van a cambiar muchos patrones de conducta: evitaremos saludarnos de mano, no iremos a eventos donde mucha gente se conglomera. Es más, incluso podrían establecerse cuarentenas periódicas o parciales mientras se encuentra la vacuna. No lo sabemos.

    Hoy vivimos en una tranquilidad tensa, sabiendo que lo peor, lo que ya está a la vuelta de la esquina, no ha llegado.

    La tranquilidad se disipará pero la tensión subirá, nuestras vidas tal vez se verán algo más interrumpidas de lo que ya están. Trataremos de continuar haciendo nuestras vidas implorando porque el crecimiento se detenga sin saber siquiera qué va a pasar después ¿se habrá acabado todo? ¿Vendrá una segunda ola de contagios? No lo sabemos.

    Y ello, además, vendrá con consecuencias económicas. Habrá que apretarse, hacer algunos sacrificios, algunos proyectos tendrán que empezarse desde cero.

    Y ante la frustración buscaremos culpables: el gobierno, la gente que no hizo nada, la OMS, AMLO, Trump, López-Gatell, China y hasta los murciélagos.

    Sé que sonará chocante, pero esto es parte de la vida. Los equilibrios que damos por sentado y que nos permiten mantenernos en nuestra zona de confort son eso, equilibrios que en cualquier momento pueden sacudirse. La estabilidad nunca es eterna. De hecho, el mundo necesita sacudirse de cuando en cuando para no atrofiarse y colapsar.

    Pero hasta en esta sacudida somos afortunados. Al final, el virus tiene una tasa de mortalidad relativamente baja, más baja que muchas otras pandemias que nos han azotado como la peste o la gripe española. Las posibilidades de que fallezcas son bastante bajas (sobre todo si tienes menos de 60 años y no presentas comorbilidad), las posibilidades de que te hospitalicen son un poco más altas pero siguen siendo relativamente bajas.

    Y es por esto que nos debemos mantener fuertes y unidos. Ahora que viene la ola más avasalladora es donde tendremos, al menos en espíritu, que sostenernos todos y agarrarnos muy muy fuerte, porque no tenemos margen de maniobra para evitar que la ola nos caiga encima pero sí lo tenemos para que no nos derrumbe.

    Porque siempre hay una luz al final del túnel. Porque llegará el momento en que todo haya acabado, y aquello que no nos mató, nos habrá hecho más fuertes.

  • La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    El miércoles tuve que salir de mi casa al hospital por una prueba médica. Éste se encuentra a tres cuadras por lo que me fui caminando, al cabo habría poca gente en las calles, pensé.

    Desde que puse el primer pie fuera de mi casa me percaté de algo: sí había gente.

    Es cierto que había menos gente de lo normal, pero tampoco es como para decir que las calles estaban vacías. Decían los «expertos» en mi ciudad que para contener la pandemia era necesario que el 70% se quedaran en sus casas, pero cuando mucho podría decir que había sólo 50% menos gente, si no es que menos.

    Es cierto que tendría que obviar a la gente que no puede dejar de salir a trabajar porque tienen que comer (y hacia quienes no se puede esgrimir críticas), pero en ese caso tendría que haber visto muy pocos autos y sí más gente en el transporte público, lo cual no fue el caso. Si digo que se redujo menos del 50% de gente en las calles, ello se vio reflejado en igual proporción en los automóviles como en los transeúntes que toman el transporte público. Ello quiere decir que personas con lujo de sobra salieron a la calle y personas con una realidad un poco más «ajustada» hicieron el sacrificio de quedarse en su casa.

    En la calle había muchos coches de lujo circulando, de gente de la cual uno esperaría que solo salga para lo estrictamente necesario. Pero eran los suficientes coches para darse cuenta que la mayoría no salían para ello sino para cosas que podrían evitar hacer.

    Luego crucé el camellón que tiene una pista para correr. Había alguna que otra persona trotando. Y me dije, está bien, mientras tomen sus precauciones y mantengan distancia entre ellos no hay mucho riesgo (la posibilidad de contagio es mínima con tres personas en una pista de un kilómetro) y les ayuda para el bienestar emocional, si no tuviera la bicicleta estática que me permite hacer ejercicio en mi casa posiblemente lo haría (tomando las evidentes precauciones). Varios países europeos en cuarentena lo permiten porque, a la larga, ello permite que la gente no se desespere tanto y tengan su sistema inmunológico en mejores condiciones.

    Pero solo bastó cruzar la avenida para ver a un grupo de jóvenes (de clase media alta) platicar afuera de un automóvil, eran unos ocho. Estaban relajados, se reían, bromeaban como si nada. Eran de esos jóvenes que evidentemente tienen la capacidad económica para quedarse en casa.

    Seguí caminando y pasé por edificios donde había empresas que, por su naturaleza, podrían hacer home office pero que tenían ahí a sus empleados trabajando como si nada. Desde la ventana de afuera ni siquiera se veía nada anormal (que por ejemplo, hubiera más distanciamiento entre los empleados).

    Luego llegué al hospital donde el vigilante me tomó la temperatura y me dio gel antibacterial. Hasta ese momento volví a recordar que estamos en una situación de emergencia sanitaria, no sentí la calle muy extraña, tan solo parecía ser día feriado cuando mucho y nada más.

    ¿Por qué hay mucha gente a la que no le importa lo que está pasando? ¿Por qué hay mucha gente que antepone aferrarse a su vida cotidiana que evitar que mucha gente, sobre todo aquella vulnerable ante el COVID-19 muera? ¿Por qué hay gente que sigue yendo al gimnasio? ¿Por qué hay gente que cree que no hay problema con platicar con ocho amigos en la calle?

    Y si bien hay gente que sí está actuando de forma muy responsable y solidaria, hay otra que no lo está haciendo, la suficiente cantidad para que se conviertan en un problema. Lo peor es que ello va a afectar a muchas personas, se va a traducir un mayor número de muertes.

    Al final, todas aquellas personas tendrán alguna responsabilidad moral por aquellas muertes que pudieron evitarse.