Categoría: temas polémicos

  • ¿Tío Richie Presidente?: cómo Ricardo Salinas Pliego construye su narrativa rumbo a 2030

    ¿Tío Richie Presidente?: cómo Ricardo Salinas Pliego construye su narrativa rumbo a 2030

    En redes leo con frecuencia el “Tío Richie Presidente”. Aunque no ha dicho explícitamente que busca la grande, sus movimientos sugieren que lo considera seriamente. ¿Por qué?

    Salinas Pliego es de esos empresarios que disfrutan estar cerca del poder. Es innegable que en su trayectoria hay esfuerzo e ímpetu empresarial, pero también es evidente el impulso de sus conexiones políticas y la influencia que ejerce desde su televisora y sus nexos. Apoyó con fervor a López Obrador en 2018 —a quien llamaba amigo— y puso a su servicio lo que tenía a la mano. Incluso los programas sociales que hoy critica se apoyaron en la infraestructura de Banco Azteca.

    Algo se rompió. En la superficie se dice que fue por los impuestos que, dicen,  el magnate adeuda (yo sospecho que hubo algo más). El giro fue abrupto: si al inicio de ese sexenio Javier Alatorre visitaba Dos Bocas y decía “Me canso ganso”, y Jorge Garralda elogiaba el AIFA, después vimos reportajes durísimos contra los libros de texto y comparaciones de la 4T con los peores regímenes colectivistas. Salinas se presentó como engañado: insiste en que AMLO no era quien creía y culpa a algunos “rijosos” que lo habrían asesorado mal. Como si no supiera quién era, o como si nunca hubiese percibido la vena populista y autoritaria que muchos advertimos.

    Pocos empresarios se han atrevido a cuestionar frontalmente al régimen. Mientras algunos callan para “no tener problemas” y otros se benefician con acuerdos y licitaciones «en infínitum», Salinas lo confronta usando los mismos recursos con los que antes lo apoyó. Además, se construyó un perfil público más agresivo: usa sus redes para defender su visión y atacar a los funcionarios que lo critican. Así nació ese personaje que hoy no deja a nadie indiferente.

    A esta postura —que más de uno ve como valentía— se suma su creciente simpatía por ideas libertarias y un discurso abiertamente polarizante contra la 4T que ha calado en sectores de derecha, los mismos que lo adoptaron como “Tío Richie”.

    Salinas presume no ser parte de la hoy oposición partidista moribunda, aunque en algún momento llegó a formar lazos con ella cuando estuvo en el poder. Tomó nota del fenómeno Milei en Argentina y, poco a poco, adoptó sus símbolos y estética. Con eso ha sabido contrastar con el régimen y plantearse como alternativa sin bailar al son del oficialismo (algo que los partidos opositores no lograron). No se enreda tanto en nociones como democracia o separación de poderes —importantes pero a veces abstractas—, sino que contrapone libertad (libertad negativa en el sentido de Isaiah Berlin) vs. esclavitud (la que, según él, representa la 4T con autoritarismo y dádivas).

    En ese marco, Salinas acertó al producir un documental propagandístico para empujar su narrativa y la confrontación. Invitó a Juan Miguel Zunzunegui, un historiador medianito y menor pero con buena retórica y capacidad de divulgación para transmitir sus ideas a la gente común. A los especialistas el documental les parecerá frívolo; a los no especializados, preocupados por la 4T y ajenos a sus valores, puede hacer clic.

    Salinas Pliego es un empresario polémico. Además de mantener empresas importantes y muy conocidas como TV Azteca, Elektra o TotalPlay, también se ha envuelto en escándalos: años atrás envió un comando armado para tomar las instalaciones de CNI Canal 40 en el Cerro del Chiquihuite. También usa su televisora para golpear empresarios competidores o políticos incómodos: desde Cuauhtémoc Cárdenas (con el caso Paco Stanley) hasta Citlalli Hernández, de quien se burló por su peso incluso en pantalla. En Estados Unidos ha sido acusado de corromper jueces y violar órdenes, por lo que pagó fianza. Y en redes, sus críticas generan polémica constante.

    Ese perfil, en condiciones de normalidad, sería un lastre; en la coyuntura actual podría jugarle a favor: lo muestra envalentonado, dispuesto a hacer lo que quiere y a conseguirlo como sea; un Trump tropical —aunque ideológicamente más cercano a Milei. Ante un gobierno percibido por algunos como corrupto, asistencialista e ineficiente (y razones no les faltan), un “macho alfa” que se presente como lo diametralmente opuesto puede resultar atractivo (aunque algunos dirán que, en corrupción, Salinas tal vez no sea precisamente ejemplar).

    ¿Sus probabilidades de ser presidente en 2030 si decide lanzarse? Es temprano para un pronóstico fino, pero no la tiene fácil:

    1. Necesita plataforma: que lo cobijen partidos de oposición o, al menos, uno con aspiraciones reales de conservar el registro.

    2. Competiría en una elección organizada por un árbitro cuya confiabilidad hoy se discute más que antes, con un gobierno quizá con mayor margen de acción y sin contrapesos.

    Si sortea esos dos obstáculos, su destino estará atado a la coyuntura económica (más que a la seguridad). En Twitter la indignación contra la 4T abunda —ahí está su nicho—, pero Twitter no es México. Al día de hoy el gobierno de Claudia Sheinbaum es muy popular (sí, incluso con escándalos como el huachicol o el enriquecimiento dudoso de figuras clave). Si en 2030 el panorama luce parecido, veo difícil que Salinas sea un contendiente que inquiete demasiado al régimen. Pero si la economía se deteriora y la gente siente el golpe en el bolsillo —como en Argentina con Milei—, entonces su discurso podría embonar y crecer como espuma, atrayendo sobre todo a gente apática que de otra forma no hubiera salido a votar. En una mala economía, un empresario que hable de mercado, libertad y progreso, y que sea recordado por confrontar al régimen, puede volverse rentable.

    Puede que, aun intentándolo, no prospere. Pero no es alguien a quien el oficialismo deba subestimar ni dar por muerto, menos en estos tiempos. De hecho, la virulencia con que lo atacan podría fortalecerlo en la oposición (hoy minoritaria).

    Otra discusión es imaginar un eventual gobierno suyo: si tomaría buenas medidas económicas y sanearía lo dañado por la 4T; si usaría el poder para beneficiar a sus empresas y castigar a quien le incomode; y cómo gobernaría sin algo ni remotamente parecido a una mayoría en el Congreso. No lo sabemos. Hoy es demasiado pronto para construir escenarios de alguien que ni siquiera ha confirmado que lo vaya a intentar.

  • PRI: Crónica del fin (mi reseña)

    PRI: Crónica del fin (mi reseña)

    Acabo de terminar de ver el documental sobre el PRI de Denisse Maerker que está publicada en VIX. ¿Es buena? Sí ¿La recomiendo? Sí. Pero tampoco te esperes una obra maestra. A pesar de ser interesante, creo que el documental tiene algunos problemas y en algunos aspectos se queda corta.

    La serie PRI: Crónica del fin resulta interesante no tanto por lo novedoso de su contenido, sino porque ofrece la oportunidad de escuchar a varios protagonistas (sobre todo del viejo partido, algunos con trayectorias turbias) reflexionando sobre su propio declive. No es una joya del género documental, pero cumple con su propósito: narrar la caída de un régimen que durante décadas marcó la vida política del país.

    Para quienes disfrutamos de la historia y la política mexicana, mucho de lo que ahí se cuenta es ya conocido. Sin embargo, la serie revela matices que llaman la atención, como el resentimiento que algunos priístas todavía sienten hacia Ernesto Zedillo, a quien acusan de haber detestado a su propio partido. Aunque parciales por razones muy lógicas y seguramente sin revelar todo lo que saben, es interesante escuchar cómo los propios priístas vivieron el declive de su partido y como se esfuerzan (muchas veces sin éxito) en hacer una suerte de autocrítica.

    También es valioso asomarse a los conflictos internos entre los dos grandes bloques del PRI que fueron fundamentales en la ruptura de este partido: los tecnócratas y los revolucionarios o estatistas. Esa fractura explica en buena medida la posterior consolidación de la izquierda como oposición desde la escisión de los «revolucionarios» de la mano de Cuauhtémoc Cárdenas y la posterior absorción de los cuadros por parte del régimen de López Obrador, el cual, paradójicamente, al llegar al poder terminó heredando varias de las viejas prácticas priístas que hoy siguen vigentes.

    El último capítulo me parece el más sólido, pues aborda con claridad la candidatura y el gobierno de Peña Nieto, al cual se muestra como un personaje que trajo un paquete de propuestas ambiciosas (Pacto por México) pero que tuvo varios desaciertos políticos (producto, mencionan los testigos, de su inexperiencia) así como escándalos que terminaron descarrilando su presidencia para, desde ahí, trazar la línea directa hacia el estado actual del PRI: un partido disminuido, sin proyecto ni liderazgo, cuyo resurgimiento luce cada vez más improbable.

    Aunque como dijo el Jefe Diego cuando Denisse le preguntó si el PRI estaba muerto: el PRI se quitó la chaqueta tricolor para ponerse la moradita.

    En ese cierre radica, quizás, la mayor virtud de la serie porque deja ver que el colapso es contundente y, como dijera Juan Villoro parafraseando a Marx en el El 18 de brumario de Luis Bonaparte, repitieron su historia primero como tragedia y luego como farsa. Las reflexiones finales del Jefe Diego y Marcelo Ebrard son contundentes.

    Sin embargo, el documental queda lejos de ser exhaustivo y por momentos se queda corto. Elude, por ejemplo, la relación simbiótica entre el PRI y los medios de comunicación, particularmente Televisa, y que se repitiera en la campaña de Enrique Peña Nieto. No es un detalle menor, y menos aún cuando la serie es producida y difundida precisamente por esa empresa. Esto es algo paradójico, ya que uno de los puntos fuertes de la serie es el acceso al acervo histórico que tiene Televisa que nos permitió ver varias escenas que no habíamos visto, al menos en Internet u otro tipo de documentales.

    Tampoco se profundiza del todo en episodios cruciales como el asesinato de Colosio, el de Ruiz Massieu, la devaluación de 1994 o la represión del 68, que aparece apenas mencionada de forma superficial y que fue muy importante ya que este evento fue, a mi parecer, una de las primeras fisuras que comenzaron a aparecer en el priismo. Creo que los documentales de Enrique Krauze sobre los presidentes que fueron transmitidos ya hace tiempo (y que pueden encontrarse en YouTube) hacen una mejor cobertura de estos temas.

    Entiendo que la intención era concentrarse en la erosión del partido, pero un contexto más amplio habría fortalecido la narrativa, sobre todo para aquellos que no conocen tanto de su historia. Un capítulo adicional para situar los orígenes del PRI, y explorar esos episodios clave habría hecho la diferencia, especialmente para las nuevas generaciones que se acercan por primera vez a esta historia.

    En suma, PRI: Crónica del fin es una serie recomendable que pasa la prueba, pero limitada como para convertirse en «el documental» que nos transitara de las épocas «gloriosas» del PRI al ocaso de un partido que moldeó al México moderno y que hoy parece condenado a ser apenas una sombra de sí mismo.

  • Una bala le dio a Charlie Kirk, la otra le dio a la democracia

    Una bala le dio a Charlie Kirk, la otra le dio a la democracia

    La peligrosa espiral de polarización

    Creo que la polarización creciente que se vive en Estados Unidos, y en buena medida en Occidente, terminará muy mal.

    Los cimientos de la democracia están tambaleando. La democracia no es solo ir a votar; es también un consenso tácito: el acuerdo de que nuestras diferencias no se resolverán mediante la violencia. Y ese consenso se está rompiendo.

    Desde 2016, con la llegada de Donald Trump al poder y la aparición de sectores fascistoides en la derecha —como la Alt-Right— junto con una izquierda iliberal, poco dispuesta a debatir y más inclinada a cancelar, algunos comenzaron a advertir sobre el peligro de la polarización. Ocho años después, no solo sigue ahí: se ha agravado, y no parece haber un freno.

    Pero esta fractura no nació con Trump, ni con la derecha iliberal, ni con lo que algunos llaman la “izquierda woke”. Todo eso son apenas síntomas de un proceso mucho más largo, una polarización que lleva gestándose décadas y que hoy amenaza con arrastrarnos a un escenario muy oscuro.

    La explicación de Ezra Klein

    En Why We’re Polarized, Ezra Klein sostiene que la polarización es el resultado acumulativo de múltiples factores. Uno de los más relevantes es la transformación ideológica de los partidos: desde los años sesenta, demócratas y republicanos comenzaron a distanciarse hasta el punto en que las familias de congresistas de diferentes partidos, que antes podían convivir sin problema, hoy casi no se relacionan.

    A eso se sumó la irrupción de la televisión por cable, que segmentó a las audiencias con noticieros diseñados para reforzar identidades políticas. Así se construyeron burbujas ideológicas en las que la gente se acostumbró a escuchar solo lo que confirmaba lo que ya pensaba.

    Las redes sociales aceleraron aún más este proceso, aunque de una forma más compleja de lo que se suponía con la idea de “cámaras de eco”. Lo cierto es que transformaron por completo la manera en que nos informamos, debatimos y compartimos. Nos arrojaron a un entorno comunicativo para el cual todavía no sabemos adaptarnos.

    El asesinato de Charlie Kirk

    El cobarde asesinato de Charlie Kirk es otro síntoma de esta dinámica: una polarización que se retroalimenta, donde los discursos de odio se intensifican, las facciones se detestan cada vez más y los puentes de comunicación están rotos.

    Personalmente, mucho de lo que decía Kirk me parecía aberrante: solía estigmatizar a migrantes y a personas con otra orientación o identidad sexual. Aun así, considero que Ezra Klein (progresista) tiene un punto en algo que escribió en The New York Times: más allá de lo que pensáramos de sus ideas, Kirk hacía política de la forma correcta en un sentido dinámico. Iba a universidades y debatía con quienes quisieran enfrentarlo, generando un intercambio de ideas. Paradójico, sí: alguien con posturas intolerantes que, al mismo tiempo, estaba dispuesto a confrontarlas en público.

    Aunque hoy no conocemos al asesino ni sus motivaciones, es altamente probable que discrepaba con las ideas de Kirk. Si él era ultraconservador, lo lógico es pensar que quien lo mató provenía de la izquierda. Y si ese fue el caso, no sería más que otro ejemplo de cómo la violencia política engendra más violencia política.

    Redes sociales y discursos de odio

    Twitter mostró enseguida el efecto. Muchos aprovecharon para declarar que “la izquierda es asesina” o que “esto es una guerra contra la izquierda”. La narrativa de “nosotros los buenos, ellos los malos”.

    Pero la realidad es que ambos extremos han contribuido a este clima. También hemos visto violencia de la derecha: el asesinato de la congresista demócrata Melissa Hortman o el intento de secuestro de Nancy Pelosi, que Trump no condenó sino que ridiculizó.

    Afirmar que “la izquierda” o “la derecha” es asesina es una generalización absurda, pero es un discurso útil para estigmatizar al adversario. Y es justo esa banalización la que acelera la polarización: que desde la izquierda se tache de “fascista” a cualquiera con ideas diferentes, o que desde la derecha se lancen eslóganes como “zurdos de mierda”, alentando incluso a romper vínculos familiares con quien piense distinto, como promueve Agustín Laje.

    El dilema moral

    Entiendo que haya personas incapaces de empatizar con Kirk (quien detestaba la idea de la empatía), sobre todo quienes se sintieron directamente afectados por sus dichos. Sin embargo, cualquiera con un mínimo de sensatez debería condenar lo ocurrido y rechazar la violencia contra cualquier persona.

    Es cierto que la mayoría de los opositores a Trump y a las ideas de Kirk condenaron el asesinato, pero también hubo quienes dijeron que “se lo merecía” o incluso lo celebraron. Ese es el nivel de degradación moral al que hemos llegado.

    ¿Se puede frenar?

    Esta violencia política, al tiempo que posiblemente desencadene en más violencia política, seguramente también ocasionará que tanto la derecha como la izquierda que quieran expresar algo (esta por medio a represalias) se terminen autocensurando cada vez más temiendo que algo similar pueda pasar. A raíz de lo que ocurrió, Comedy Central decidió remover la parodia que South Park hizo de Charlie Kirk producto de activistas de MAGA que, enojados, comenzaron a culpar a la serie de lo ocurrido y tanto los demócratas Gavin Newsom, Alexandra Ocasio-Cortez como el derechista Ben Shapiro, decidieron, por la misma razón, posponer o cancelar sus próximos eventos públicos.

    ¿Cómo detener este clima de odio? No lo sé. Como dije al principio, no soy optimista. Creo que esto terminará en un escenario doloroso y que solo cuando toquemos fondo podremos reflexionar y construir un nuevo consenso. La polarización, el desgaste de la democracia liberal y así como los cambios geopolíticos no muestran un futuro prometedor.

    Me gustaría que pudiéramos promover un espacio donde las ideas se enfrenten sin miedo, donde el debate y la confrontación civilizada sean posibles. Pero quizá ya hemos entrado en un punto de no retorno. Y si un hecho tan lamentable como este sirve de pretexto para odiar más en lugar de reflexionar, entonces el panorama es aún más sombrío de lo que imaginamos.

  • El Chicharito está en la banca

    El Chicharito está en la banca

    En este artículo no me voy a centrar en la carrera futbolística del Chicharito, sino más bien en el fenómeno social en torno a sus videos y declaraciones que tanta polémica han causado en estas redes.

    Soy consciente de que lo que escriba aquí no va a ser del agrado de todas las personas que lean este texto, y en realidad no importa, porque este espacio es para dar mi opinión y generar debate, no para quedar bien.

    Así empezó la cosa. En mi TikTok apareció ese video donde el Chicharito está dentro de un carro en el cual decía:

    Entonces, quieres a un hombre proveedor, pero para ti limpiar es opresión patriarcal. ¡Interesante!

    Aunque sabía que ese contenido iba a generar polémica y, a pesar de su superficialidad (el Chicharito no es un intelectual ni mucho menos), pensé: igual tiene un punto.

    A ver, es que en una relación o familia funcional los dos deben poner de su parte para sacar el barco a flote. Si esperas que el marido sea el que trabaje y te mantenga ¿qué vas a hacer tú en tu familia? Quien no trabaja se ocupa del hogar. Y lo mismo iría en el caso en que una mujer mantenga al marido (caso poco común en nuestro país, pero que sería lo consecuente en caso de que ocurra).

    Pensé. Tal vez no lo expresó de la mejor forma pero, ta bien. No pasa nada.

    Pero luego vino ese segundo video en el cual básicamente acusa a las mujeres de erradicar la masculinidad y dice que deben dejar liderarse por un hombre y sostener el hogar. Habla de energías masculinas y femeninas (lo cual es una construcción simbólica pero que no tiene ningún sustento científico ya que no son medibles ni verificables)

    Es fácil advertir que, aunque el Chicharito lo diga en tono amable, el comentario es profundamente misógino. Básicamente le dice a la mujer que su papel está en el hogar. Este segundo video, a su vez, le da más contexto al primero al cual no le había dado mucha importancia.

    Es importante hacer aquí una importante acotación. Si una mujer y un hombre deciden formar una pareja tradicional, es decir, que el hombre sea proveedor y la mujer se encargue del hogar, ello es completamente válido y respetable en tanto lo hagan desde su libertad de decisión.

    No es lo mismo el respeto a quienes desean ese modelo de relación a indicar a una mujer que ese modelo de relación es el que debe de seguir. La postura de respeto, valga la redundancia, respeta la libertad de las personas a decidir qué camino quieren tomar. Decirle a una mujer que debe quedarse en el hogar es una forma de no reconocer la libertad que las mujeres tienen para elegir otra forma de relación o seguir una carrera profesional.

    Y claro, en un contexto donde las mujeres han buscado ganar espacios y relevancia en el ethos social, este tipo de comentarios va a parecer a muchas personas muy insensible u ofensivo.

    Podemos darle vueltas al asunto y tratar de entender por qué el Chicharito dijo lo que dijo. Que si su coach de vida Diego Dreyfus le lavó el cerebro, que si está frustrado porque está al borde del retiro y su nivel en la cancha es muy malo, que si pudiera ser que Chicharito tiene algún problema con el otro sexo, que si es tal o cual cosa.

    Lo cierto es que no son pocas las personas en México que piensan como el Chicharito y eso es lo relevante. El quid del asunto es que el Chicharito es una persona muy famosa. Es uno de los tres futbolistas más importantes de la historia del país. Su discurso resuena en un sector de la población que por el efecto halo (en este caso, asumir que si una persona es virtuosa en un ámbito, debe serlo en los otros).

    ¿Derecho a decir lo que se dice?

    El asunto de la libertad de expresión aquí se vuelve relevante. Yo soy una persona convencida del derecho de expresarse, incluso para decir sandeces como las que dijo el Chicharito, pero la libertad de expresión tiene consecuencias que deben asumirse, porque si la gente está en profundo desacuerdo con lo que dijo el Chicharito, entonces ellos tienen la libertad de recriminarlo y criticarlo fuertemente. Si yo voy a una Iglesia y, después de leer una de las lecturas, digo que Dios no existe y que todos están engañados, no estoy cometiendo delito alguno, pero es evidente que la reacción de quienes están en el recinto va a ser de profunda desaprobación.

    Para que en una sociedad pueda existir una sana convivencia, es importante que existan reglas no escritas.

    Y me parece absolutamente positivo (aunque algunos quieran calificarlo como censura) que la gente desapruebe expresiones como las del Chicharito, las cuales van en contra de la libertad de la mujer a decidir qué hacer con su vida para que, de esta forma, se concientice a la sociedad sobre ciertas ideas que pueden afectar la libertad de otros. Está muy bien que sea mal visto, como es mal visto hablar en favor de la esclavitud. Criticar y desaprobar lo que otra persona dice, en tanto no se le ejerza coerción efectiva, no es censura. También es, curiosamente, libertad de expresión.

    Pero yo no creo que estas expresiones deban combatirse con la censura. Solo debe ser censurable aquello que, cuando se dice, puede poner en riesgo la integridad directa de otras personas. Por ejemplo, convocar a agredir a personas por su credo, color de piel o identidad sexual, etcétera.

    En cierta medida no es del todo malo que este tipo de opiniones se lleguen a escuchar en tanto sigan siendo parte de las idiosincrasias de la gente, porque reconociendo su existencia se puede comprender que ese tipo de pensamientos están ahí y ser conscientes de que hay gente que sigue pensando así. Lo importante no es tanto que se diga menos que «las mujeres deben quedarse en el hogar» sino que menos gente realmente lo piense, y concientizar sobre ello es lo más importante. Para eso, hay que tomar el toro por los cuernos y profundizar sobre el fenómeno en cuestión.

    Dada mi postura adversa hacia la censura, pienso que ni el gobierno ni la FMF deberían castigar al Chicharito por aquello que dijo (como, en efecto, sí hizo la Federación), pero sí están en su derecho de mostrar su posicionamiento ante los dichos del futbolista (como también ocurrió) y también es cierto que, de acuerdo con sus intereses comerciales, las empresas que patrocinaban a este jugador son libres de dejar de patrocinarlo (como ocurrió con la marca Puma).

    Los actos de censura suelen empoderar a aquellas personas que tienen tales ideas para victimizarse y legitimar aquello que dicen. Además, las políticas que buscan regular la conducta, por más bien intencionadas sean, suelen ser muy contraproducentes. Las políticas de violencia de género en México han sido poco utilizadas para defender realmente a las mujeres de actos de misoginia y sí han servido mucho como mecanismo de persecución política de opositores, como acaba de ocurrir con el escándalo de Dato Protegido.

    Dese cuenta, mi compa

    Estas expresiones lamentables del Chicharito se dan en un contexto donde, como respuesta de la liberación de la mujer, muchos hombres sienten incertidumbre sobre cuál es su rol y se sienten amenazados.

    Los cambios sociales, por más buenos y necesarios que sean (como estos) siempre traen efectos colaterales que hay que abordar porque si estos efectos generan la suficiente masa crítica pueden llegar a boicotear estos avances y mover la «ventana de Overton» para que la idea de la mujer más sumisa se vuelva a normalizar. Esta transición a la equidad es relativamente fácil para los hombres que son conscientes de que la equidad de género es algo justo y valioso y están empapados del tema. No lo es para muchos otros que no saben cómo adaptarse ante dichos cambios y que, vale decir, han quedado desatendidos.

    Y ante esta desatención aparecen figuras como Andrew Tate, El Temach y demás gurús de la «masculinidad» que, para llenar ese vacío, proponen una suerte de retorno a lo pasado, a lo conocido, al rol del hombre proveedor que lidera a la mujer.

    Tampoco es casualidad alguna que en muchos países se esté expresando un political divide donde las mujeres tienden a un voto más progresista y los hombres a un voto más conservador. En teoría, con el tiempo esta fricción debería comenzar a ceder, pero por el momento parece no hacerlo.

    Y tal vez acá es donde nos deberían llevar los dichos del Chicharito. Mucha gente lo festeja, lo ve como un «buen madrazo a los progres», algunos hasta gritan «hombres, hombres», lo ven como una reivindicación del hombre, sobre todo de aquél hombre que se siente abandonado porque no sabe cómo adaptarse a estos cambios y que ha acumulado una cantidad de resentimiento que no duda expresar en las redes sociales.

    En este contexto, la censura solo termina fortaleciendo este encono y dando legitimidad a su postura: por eso se vuelve contraproducente. Cuando no hay debate o intercambio de información que les ayude a contrastar sus posturas y, en cambio, existe un creciente sentimiento de persecución, la gente comienza a tomar posturas más duras y determinantes.

    A pesar de que la vida del Chicharito ha venido en picada en los últimos años y que su comportamiento ha cambiado (para mal) en ese tiempo, no creo que sea una mala persona más allá de prejuicios que pueda tener. También es cierto que, cuando eres una persona con gran relevancia, lo que dices resuena mucho y eres responsable de aquello que dices. Si yo digo una sandez en Twitter tal vez me lleguen diez personas a criticar y hasta lo ignore, pero si lo hace el Chicharito, hasta los medios se le van a ir encima y él debe de ser consciente de eso.

    Tal vez hablar de un video polémico del Chicharito en un país sumido en una deriva autoritaria y donde muchas mujeres son violadas y asesinadas pueda parecer algo trivial, pero me parecía importante hacerlo y expresar mis reflexiones por lo que esto deja entrever.

  • Quiúbole con la gentrificación

    Quiúbole con la gentrificación

    Querían poner el tema de la gentrificación en la mesa. Lo lograron.

    Pero eso implica que el tema deba someterse a debate (claro, no nos alcanza para que sea muy riguroso) y que haya voces que tengan distintos puntos de vista al respecto.

    Y sé que a algunos de que querían que se pusiera el tema en la mesa no les gusta esto. Pero es necesario.

    Los debates son para ganar una mejor perspectiva del problema, no para decir lo que se quiere escuchar.

    En teoría algo muy bueno debería salir de aquí: llegar a consensos, una sociedad muy informada sobre el tema que tome decisiones informadas al respecto. Tal vez estemos esperando mucho de una sociedad polarizada que exige respuestas simples ante un fenómeno que tiene muchas complejidades. Las respuestas simples:

    • La culpa es de los gringos, hay que correrlos
    • Hay que regular todo, prohibir
    • Esto es una lucha de clases ¡muerte al capitalismo!
    • La gente indignada es floja y huevona, la gente que los desplaza es trabajadora. ¡Pónganse a trabajar!
    • Todas las personas molestas son resentidas que quieren que el gobierno les regale todo
    • La gentrificación no existe, es un invento de la izquierda para imaginar problemas donde no los hay.

    Verán que estas respuestas tan simplistas vienen de ambos lados del espectro. Naturalmente si este tipo de argumentos son los que dominan y si las políticas públicas se crean alrededor de estos argumentos, pues el resultado va a ser un desastre. Pero bueno, mucha gente quiere respuestas simples ya sea por sus condicionamientos ideológicos o porque están movidas por las emociones y no se detienen a pensar.

    Quiúbole con la gentrificación

    Ya de por sí el concepto de gentrificación tiene muchas aristas. La RAE la define así:

    Proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo.

    Claro. Es una definición sencilla, pero que deja entrever dos cosas:

    • Que el barrio se renueva con todo lo que eso implica:
      • Mejores servicios
      • Circula más dinero
      • Se generan más empleos y se crean negocios
    • Y sí, que hay gente que ya no puede pagar por vivir ahí y se tiene que ir a otros lados.

    En este entendido, la gentrificación no es buena o mala per sé, más bien se puede decir que tiene efectos tanto positivos como negativos. Es un fenómeno que ocurre en las distintas ciudades del mundo. La gente que es desplazada migra a otros lugares donde las rentas son más baratas y ellos mismos terminan, a su vez, gentrificando esos barrios y desplazando a quienes vivían ahí. Es decir, los desplazados pueden terminar, a la larga, beneficiándose del proceso de gentrificación que su presencia causa en los barrios a los que llegan.

    Algunos de los gringos que llegaron a la Condesa fueron desplazados de sus barrios originales. Tal vez no sea en todos los casos, pero en el tiempo que viví en la Condesa escuché casos de personas que vieron como sus barrios se encarecieron y vieron con buenos ojos venir a México a un barrio que les pareció bonito y asequible para sus ingresos.

    Es decir, muchos gringos fueron desplazados de sus barrios, a su vez, al llegar a la Condesa desplazaron a otros que van a vivir a otros barrios donde van a desplazar a otros. En ese proceso, los barrios donde ocurre este fenómeno mejoran, tienen mejores servicios.

    Es claro. Ser desplazado no es nada grato. A nadie le gusta que el casero llegue y te diga que como no puedes pagar debes dejar tu departamento. Esto implica muchas cosas:

    • Tener que irte a un lugar menos atractivo, con servicios no tan buenos, siendo que tienes el mismo ingreso o salario.
    • La disrupción que esto implica para una rutina:
      • Es posible que el trabajo o la escuela te quede más lejos
      • Que tal vez esos servicios que tenías (gym, super) no queden tan a la mano
      • En caso de haber socializado en el barrio, tener que romper con ello e irte a un lugar donde no conoces a nadie.
    • El estatus es algo que no se menciona en el debate pero tiene mucho peso. Si eres desplazado a un barrio menos atractivo, ello puede tener un efecto negativo en el estatus percibido como persona.
    • La incomodidad propia que implica una mudanza
    • Si llevas mucho tiempo viviendo ahí (varios años o décadas), la pérdida de arraigo.

    Los procesos de gentrificación son comunes y normales en las ciudades. Con el tiempo los barrios cambian, la gente se mueve de lugar por distintas razones. Las sociedades son dinámicas.

    Es la crisis de vivienda, estúpido

    Y es que el problema subyacente, real, es la crisis de vivienda.

    Ya dije cómo la gentrificación implica que personas de más alto poder adquisitivo llegan a un barrio mejorando la calidad de los servicios y la seguridad mientras que los habitaban ahí, al ver los precios encarecidos, tienen que irse a vivir a otros barrios.

    La crisis de vivienda puede convivir mucho con la gentrificación y hay quienes consideran a la gentrificación como un componente de la crisis de vivienda, pero no son lo mismo. La crisis de vivienda es un problema generalizado donde, por el alza de precios y la escasez de oferta (ambas cosas completamente interrelacionadas), las personas tienen una mayor dificultad para acceder a una vivienda digna. Esta crisis es una realidad que afecta a muchos países del mundo.

    Aunque se considere la gentrificación como un componente de la crisis de vivienda, es completamente posible que la gentrificación exista sin ella. Es decir, un barrio se puede encarecer pero hay la suficiente oferta como para que 1) los precios del alquiler no suban tanto y 2) que las personas que dejan el barrio por el alza de precio no tienen dificultad en encontrar otro hogar con servicios que sigan siendo relativamente buenos.

    Es decir, considero que la molestia con los procesos de gentrificación, que siempre han existido (la Condesa se ha gentrificado varias veces) se disparó por la crisis de vivienda donde la demanda de hogares supera en exceso a la oferta. Eso pasa en la CDMX, en California, Barcelona, Madrid, Londres. Así, atacar el problema de la gentrificación per sé y sin comprender el problema de crisis de vivienda probablemente lleve a políticas públicas equivocadas.

    Considero que la pregunta sobre la que todo tendría que girar es ¿por qué no hay oferta de hogares que logren satisfacer a la demanda? ¿Por qué mientras se construyen muchas torres de lujo al tiempo que se construye poca vivienda para personas de clase media y, sobre todo, para los sectores populares? Ahí entonces tenemos que hablar de restricciones excesivas que el gobierno pone, la corrupción en este ámbito, la especulación inmobiliaria.

    Dado que la crisis de vivienda es un fenómeno multicausal, debe abordarse desde distintas posturas e incluso con un enfoque interdisciplinar. Importa mucho el componente económico y financiero, pero también el social y humano y tal vez hasta el político. Yo soy escéptico sobre las excesivas regulaciones como medida para resolver el tema y, en la mayoría de los casos, tal vez me inclino más hacia un enfoque liberalizador: que haya menos restricciones para construir vivienda (quitando las que son absurdas y dejando solo las necesarias como las que tienen que ver con estructuras resistentes a sismos, entre otras) y más incentivos para para que la iniciativa privada lo haga, que el gobierno construya más vivienda. Eso no implica que no crea que en alguna situación particular alguna política regulatoria pueda llegar a funcionar, pero cualquier propuesta debe de ser validada en la medida de lo posible con evidencia empírica y experiencias previas.

    Antes de ser presas de las emociones o la indignación, habría que investigar qué es lo que se ha hecho en otros países (por ejemplo, una de las propuestas más comunes habla sobre regular Airbnb. Sin embargo, en Nueva York, aunque estas medidas desaceleraron el incremento de las rentas de 7% a 3%, estas siguieron incrementándose y no aumentó la oferta de vivienda como se esperaba). Habría que investigar los efectos tanto de las políticas regulatorias como de las políticas liberalizadoras, de estrategias de construcción de vivienda (ya sea tanto por el gobierno como por el sector privado). Aunque es un fenómeno global que no ha sido solucionado, muchos países (sobre todo Europeos y Estados Unidos) ya tienen más experiencia

    La xenofobia

    ¿Se justifican las agresiones y los deseos de que los gringos sean corridos de La Condesa? Por supuesto que no.

    No podemos hacer generalizaciones y pensar que todos los manifestantes son vándalos o que todos eran xenófobos, pero lo cierto es que, aunque hayan sido los menos, hicieron mucho ruido y se hicieron notar. Constantemente hemos visto expresiones de xenofobia frente a este fenómeno y este es, en mi punto de vista, un sentimiento irracional que conforme toma más forma, se comienza parecer cada vez más a la xenofobia que existe en Estados Unidos hacia los migrantes mexicanos.

    Los gringos no son los únicos que están gentrificando barrios en México, pero se han convertido en el chivo expiatorio y creo que esto ocurre por diversas razones:

    • La gentrificación gringa en la Roma – Condesa es más agresiva dado que ellos tienen un poder adquisitivo mucho más alto que el mexicano porque trabajan para empresas de origen
    • Algunos norteamericanos deciden no adaptarse al barrio al que llegan, solo hablan inglés y establecen sus microcomunidades (aunque en mi experiencia no todos y sí hay varios que se integran).
    • El roce histórico con Estados Unidos
    • El contexto actual de la relación con Estados Unidos, deportaciones y discursos de odio contra migrantes desde el poder político estadounidense.

    Creo que ello no es razón suficiente para usar al estadounidense como chivo expiatorio. Es cierto que la gentrificación es más agresiva, pero al mismo tiempo hay mayor derrama económica y se generan más y mejores empleos que benefician a mexicanos. Algunos pierden (los que son desplazados) otros ganan. Mucha gente parece ignorar hasta deliberadamente eso, la llegada de los gringos también ha beneficiado a varios mexicanos.

    Es cierto que, a lo largo del tiempo, muchos de los derechos que hoy gozamos no se ganaron pidiendo permiso, pero el caos generado por los vándalos atentando contra muchos negocios que no tienen ninguna responsabilidad ni culpa en el problema no ayuda mucho a la causa y solo perjudicaron a emprendedores y trabajadores mexicanos que trabajan duro para ganar dinero, porque no solo fueron tiendas estadounidenses las afectadas (cuyos franquiciatarios y empleados son mexicanos y, por tanto, la mayoría del perjuicio se la llevan los mexicanos) sino también negocios y restaurantes mexicanos.

    Nada de esto ataca el problema de raíz, la crisis de vivienda. El gobierno (y ya lo estamos comenzando a ver en su discurso) podría estar motivado a establecer «parches» para mantener contenta a la gente molesta sin reparar que a largo plazo las consecuencias podrían ser peores en vez de tomar el tema de la crisis de la vivienda por los cuernos.

  • El Juego del Calamar y la libertad de votar

    El Juego del Calamar y la libertad de votar

    En el tercer capítulo de la temporada 2 de El Juego del Calamar, después de que en el primer juego los participantes que perdieron fueran asesinados, se les da a los participantes restantes la opción de retirarse con 24 millones de wones (poco más de 300,000 pesos mexicanos).

    Para ello, la mayoría debe votar por salirse del juego, o bien, seguir jugando con el riesgo de ser aniquilados. Si se retiran, saldrán con una cantidad de dinero que tal vez no sea suficiente para arreglar las miserables vidas que tienen allá afuera. O pueden quedarse a arriesgar sus vidas con la promesa de que irán acumulando más dinero conforme se vayan eliminando.

    Aunque a la mayoría se les da la «libertad» de votar, el orden de incentivos preestablecido garantizaría que el juego llegue a su final ya que los incentivos para quedarse para una mayoría son mayores a los que tienen para irse. Los organizadores no tienen ningún incentivo para que los jugadores salgan antes ya que por más personas cuenten lo vivido en el mundo real irán levantando más sospechas en las autoridades y la población. (Como no he terminado la serie, supondré que este resultado se cumple)

    El arreglo de incentivos que han establecido los organizadores es una trampa. La decisión de quedarse para los participantes es irracional dado que están haciendo un cálculo basado en el corto plazo ignorando lo que puede ocurrir en el largo.

    Los jugadores, a diferencia de los organizadores, no tienen la capacidad de prever qué ocurrirá en ocasiones posteriores porque no tienen la experiencia al respecto que los organizadores (y el jugador 456 quien, al parecer, no tiene mucha capacidad de convocatoria) tienen. Es decir, existe una asimetría de información al respecto que los organizadores aprovechan en perjuicio de los participantes a quienes afirman una y otra vez que tienen capacidad de decidir.

    Muchos de ellos asumen que la mayoría en una siguiente ocasión decidirá retirarse, pero el orden de incentivos se mantiene dado que el monto prometido a ganar es cada vez mayor. En cada juego, la probabilidad de sobrevivir es mayor a la probabilidad de morir, no así al sumar los resultados de todos los juegos en conjunto.

    La pregunta en cuestión aquí es: ¿Podemos afirmar que una persona está votando en libertad en tanto que los organizadores ya han establecido cierto arreglo de incentivos que les garantiza que ocurra el resultado que les interesa?

    ¿Qué tan libres somos cuando vamos a votar? Por lo general, los políticos establecen un sistema de incentivos para orientar nuestro voto de tal o cual forma. ¿Cómo medimos esa libertad?

    Supondría que, por más impredecible sea el resultado para el poder político, el ciudadano votaría más libremente ¿no? Es decir, en ciudadano vota de forma libre en tanto el poder político no puede asegurar que el resultado que desea vaya a ocurrir.

    Sin embargo, también es cierto que el resultado una elección puede ser muy predecible para el poder político dado que la gente está genuinamente contenta con su forma de gobernar sin necesidad de que el gobierno en turno haga un gran esfuerzo propagandístico.

    O tal vez podríamos medir esa libertad en la capacidad de maniobra que tiene el poder político para orientar el voto de alguna u otra manera y que habría ocurrido de forma distinta si no existiese asimetría de información y los votantes no fueran sugestionados deliberadamente por el poder político. En el caso del Juego del Calamar, esa capacidad de maniobra es absoluta, saben que la receta funciona y si la repiten una y otra vez el resultado será el mismo.

    En el caso de las democracias funcionales, la capacidad de maniobra no es nunca absoluta pero existe de tal forma que el resultado podría ser diferente si los políticos pueden echar mano de la propaganda y los recursos que tienen a la mano. En las democracias disfuncionales, donde los gobiernos utilizan más recursos públicos y programas sociales, la capacidad de maniobra, sin ser absoluta, es mayor de tal grado que decimos que la elección fue, cuando menos, inequitativa. Conforme el gobierno es más autoritario, como ocurre con la Rusia de Putin, la capacidad de maniobra es casi absoluta y, aunque la gente va a votar sin que alguien le ponga una pistola en la cabeza, el poder ya sabe cuál va a ser el resultado sin que, en muchas ocasiones, haya necesidad de orquestar un fraude en las urnas.

    Dado que los políticos siempre tienen incentivos para orientar el voto a su favor, y dado que de ello resulta que harán todo lo posible por lograrlo, ¿qué tanta libertad real dejarán a los votantes con el uso de nuevas tecnologías predictivas como la Inteligencia Artificial y demás tecnologías?

    Esa es una gran cuestión, porque una democracia debería presuponer elecciones libres. En la práctica, esa libertad nunca es completamente absoluta dado que siempre habrá gente que hubiese votado de otra forma si hubiera tenido información completa para decidir o no hubiese sido sugestionada, pero sí podemos decir que en las democracias más funcionales existe una relativa libertad. Sin embargo, en tanto el poder político logra aprender a maniobrar y orientar de mejor forma la intención de voto, sin que eso signifique necesariamente el uso de coerción, podremos decir que el votante estaría perdiendo cierta libertad de elegir, aunque sienta o crea que es libre.

  • Ni Robespierre se atrevió a tanto: ruptura en la inauguración de los JJOO

    Ni Robespierre se atrevió a tanto: ruptura en la inauguración de los JJOO

    Aclaro: en este texto no voy a hablar mucho de la polémica de la Última Cena, que en realidad no se refería a la Última Cena sino al Dios griego Dionisio, y la dejaré casi de lado. Creo que ahí habrá puntos de vista irreconciliables de acuerdo con las creencias y convicciones de la gente y creo que no hay mucho que agregar más allá del espíritu que se quiso mostrar en esta inauguración.

    Haciendo de lado ese hecho, me llama la atención cómo algunas personas terminaron bien fascinadas catalogándola como la mejor de la historia mientras que otros estaban casi espantados diciendo que estuvo muy aburrido, muy gris y que perdieron toda la solemnidad de los JJOO casi nominándolos a los peores de la historia.

    No sé cuántos sean de un lado y cuántos del otro, las redes son muy engañosas, pero sí se puede percibir cierta polarización en la forma en que la gente ha estado calificando esta inauguración. Eso, que recuerde, no había ocurrido (al menos a este grado) en alguna inauguración que me haya tocado presenciar.

    Tal vez porque nunca había habido una inauguración tan «atrevida».

    Me llama la atención no porque me sorprenda dicha reacción, la cual es normal y previsible en un contexto de ruptura. Más bien me llama la atención que esa ruptura haya acontecido y, derivado de ella, se vuelve interesante la reacción de la opinión pública.

    Este fenómeno divisivo ocurre con casi cualquier innovación o ruptura. Aunque, con el tiempo, se forme un consenso positivo y se perciba como «una gran innovación», al principio generará opiniones muy divididas. Sucede cuando una banda de música lanza un disco que rompe con su estilo anterior (por ejemplo, Kid A de Radiohead o Achtung Baby de U2), cuando Apple lanzó el iPhone (al principio, muchos se burlaron del nuevo dispositivo) y muchas teorías o descubrimientos científicos generan el mismo efecto.

    Dichos quiebres necesariamente confrontan al espectador que tiene ciertas expectativas cuando se sientan frente al televisor. Algunos disfrutan esa confrontación, otros la rechazan tajantemente y no entienden qué está pasando. ¿Dónde está la pista? ¿Dónde están los atletas marchando o caminando?

    Muchos (a veces la mayoría) necesitan tiempo para asimilar la sacudida, algunos refunfuñan al principio. Luego, cuando comiencen a asimilar las cosas, algunos le empezarán a encontrar «el saborcito». Ello no quiere decir que el consenso sobre aquello termine siendo favorable: a veces lo es, a veces no. Ante un quiebre, la mayor parte de la gente necesita «adaptarse» al nuevo entorno para poder entenderlo mejor y darle una evaluación más razonada.

    El juicio o consenso «final» (si lo llega a haber, porque hay casos en que esa división permanece) lo conoceremos en unos años. Veremos si en las ceremonias de los siguientes juegos venideros se toman algunos de estos elementos de ruptura o no. Si los toman, ello sugerirá una evaluación positiva, si no, tal vez denote que esa ruptura tal vez no fue tan aceptada y que es mejor regresar al estadío anterior. La gente hará comparaciones, contextualizará todo y ahí ya tendremos una visión más clara de lo que nuestros ojos vieron ayer.

    Yo agradezco ese atrevimiento, agradezco la impredecibilidad. Hay cosas que me gustaron y otras que no tanto de la inauguración, pero, a través de esa ruptura, la Francia se mostró tal cual es: mostró su cultura disruptiva, de francos quiebres ante el statu quo anterior sin gradualismos ni medias tintas.

    Francia rompió con la tradición pero, a la vez, estableció una suerte de dialéctica entre la tradición y la modernidad. Es decir, rompe con la tradición, pero no niega su existencia y la hace dialogar con la modernidad creando una suerte de interesante sincretismo. Un claro ejemplo fue el performance de la banda de Death Metal Gojira acompañados de la cantante de ópera Marina Viotti, haciendo alusión a la decapitación de María Antonieta, Los Miserables y la misma Revolución Francesa.

    ¿Qué se puede esperar de una Francia que abolió la monarquía sin titubeos; que fue pionera en la separación de la Iglesia y el Estado; que, bajo la dirección de Haussmann, prácticamente demolió parte de París para darle su fisonomía actual (supuestamente para reprimir obreros con mayor facilidad); que vivió el caos de mayo del 68; la París del Moulin Rouge y Juana de Arco; el país donde nació René Descartes, quien marcó una profunda ruptura en la filosofía y el pensamiento occidental, y qué decir de Rousseau o de los filósofos contemporáneos como Michel Foucault y Jacques Derrida, quienes siguen siendo polémicos hasta hoy? Se puede esperar, precisamente, que sea el primer país en inaugurar un estadio en su río, con su cultura, sus monumentos, en su corazón.

    Francia se mostró tal cual es: una ruptura. La inauguración fue lo más francesa posible. Vimos a la Francia en todo su esplendor, con todas sus maravillas, vicios, luces y contradicciones.

  • Trump, disparo, oreja, símbolo, narrativa

    Trump, disparo, oreja, símbolo, narrativa

    Trump, disparo, oreja, símbolo, narrativa

    Podrán morir las personas, pero jamás sus ideas (por más nefastas que sean).

    Si una persona tiene influencia (ideológica, cultural, política) sobre un sector de la población y si se cree que esa persona es una amenaza para el interés común, la peor decisión que podría uno tomar es acabar con su vida.

    El ingenuo cree que al haber acabado con él la amenaza ha sido neutralizada, pero las ideas seguirán más vivas que nunca.

    Sus simpatizantes están ahí no tanto por la persona en sí, sino por lo que representa. Y aquello que representa termina fortaleciéndose porque, al morir, se convierte en un mito: el representante se vuelve el mártir de aquello que representó, porque ese aquello es más grande que la persona misma.

    Y eso es tan poderoso al punto en que, por poner un ejemplo, el asesinato de Salvador Allende sigue teniendo efectos importantes en la política chilena (e incluso más allá) casi medio siglo después. Ciertamente, tras su supresión, Augusto Pinochet pudo establecer una dictadura que duró aproximadamente 2 décadas, pero culturalmente y en el ideario del chileno, Allende siguió vivo y se convirtió en uno de los símbolos de la izquierda latinoamericana.

    ¿Y qué decir de Abraham Lincoln, Álvaro Obregón, John F Kennedy, Luis Donaldo Colosio, Mahatma Gandhi, MLK, Ronald Reagan o Nelson Mandela cuyos asesinatos o intentos de asesinato terminaron generándoles mucha simpatía y hasta mitificó su legado?

    Sería lamentable, especialmente para sus detractores, que lograran asesinar a Trump. En primer lugar, y más importante, porque el asesinato de una persona debe ser categóricamente condenado, independientemente de nuestras opiniones sobre ella. Además, su muerte podría haber mitificado al trumpismo y posiblemente consolidado su lugar en el ethos político de Estados Unidos.

    A pesar del intento fallido de asesinato por parte de Thomas Matthew Crooks, Trump está en condiciones de capitalizar este incidente. Trump es experto en manejar la narrativa y los símbolos, una habilidad que dominan muy bien los líderes populistas de ambos extremos del espectro político, como López Obrador, Javier Milei y Hugo Chávez, entre otros..

    Si algo me llamó sobremanera la atención, y vaya que Trump me parece una figura despreciable, es su habilidad, el coraje y la stamina para aprovechar ese incidente: en el mismo momento, arriesgándose, para postrarse como una suerte de héroe (al menos entre sus simpatizantes).

    A Trump nunca se le vio débil ni asustado. Por el contrario, gritó «fight, fight», tal cual arquetipo de héroe invencible al cual nada lo tumba. Y justo en esos segundos, alguien le tomó una fotografía que circuló por todo el mundo, tanto en medios tradicionales, digitales y así como redes sociales, mostró a Trump en una postura casi épica, con la cara ensangrentada, en posición de lucha y acompañado de la bandera de Estados Unidos.

    ¿Ya se definió la elección?

    A raíz de este incidente, hay quien dice que la elección ya está definida. Otros afirman que no se puede cantar victoria y que históricamente un atentado previo a la elección no garantiza el triunfo electoral.

    Ciertamente hay muchos matices aquí: Trump, a pesar de liderar las preferencias, no es una figura particularmente popular en Estados Unidos y, de alguna forma, depende de la baja aprobación presidencial de Biden.

    En un entorno polarizado, el papel de Trump en el atentado va a entusiasmar mucho a sus seguidores pero no lo hará en lo absoluto con sus detractores. También es cierto que faltan cuatro meses para las elecciones y este momentum puede quedar muy atenuado. Además, si Trump (o sus fanáticos más radicales) maneja torpemente el acontecimiento, puede incluso jugarle en contra.

    Pero es cierto también que este acontecimiento y, sobre todo, la forma en que el propio Trump lo abordó, contrasta groseramente con la imagen débil y hasta senil de Joe Biden, al cual cada vez más personas le piden que se baje de la contienda. Es cierto que si algo sabe hacer Trump, a pesar de la hasta ahora campaña mediocre que tanto él como Biden han llevado a cabo, es el manejo de los símbolos y de la narrativa.

    Pero, sobre todo, hay que notar que este acontecimiento es fácilmente encuadrable con su narrativa de un outsider perseguido por el establishment con lo cual puede atenuar el hecho de que es el primer candidato delincuente convicto: «A Trump lo persiguieron, lo acusaron de fascista, usaron la ley en su contra, lo trataron de encarcelar, y ahora lo tratan de matar«.

    En un país muy polarizado, este evento probablemente no cambiará mucho las preferencias electorales. Sin embargo, en el contexto actual, ese pequeño cambio podría ser determinante para que Trump logre regresar a la presidencia. Aunque sería precipitado asegurar categóricamente que ‘ya ganó la elección’, ya que muchas cosas pueden suceder en cuatro meses, ciertamente aumenta sus probabilidades, que ya eran altas, y hace que un escenario donde los demócratas ganen se vuelva aún más difícil.

    Teorías de la conspiración

    Es casi una obviedad afirmar que, ante un incidente de este tipo, la sospecha y la suspicacia no pueden dejar de estar presentes, sobre todo en tiempos de fake news y desinformación y en el que los medios se han precipitado en sacar la nota sin esforzarse en verificar sus fuentes.

    En redes sociales, han circulado dos corrientes en este sentido. Una que apunta a que fue la «izquierda internacional» e incluso el gobierno de Joe Biden quien «mandó a matar a Trump» y otra que fue un autoatentado o una «falsa bandera».

    Ambas teorías me parecen bastante absurdas. La primera porque, como comenté, un hipotético atentado que hubiera «desvivido» a Trump habría mitificado al trumpismo y a la derecha iliberal a nivel internacional y no necesariamente se habría convertido en un triunfo electoral de los demócratas. Algunas figuras de la derecha (incluso políticos) han coqueteado con estos argumentos para buscar capitalizarlo en su favor.

    La segunda propuesta es igual de absurda, o incluso más, debido al alto riesgo que implicaría. Pedirle a Trump que se deje ‘cercenar’ una oreja por una bala para aumentar su popularidad es extremadamente irracional. Incluso con el tirador más hábil del mundo, un solo movimiento en falso podría costarle la vida a Donald Trump, lo que hace que esta idea sea completamente descabellada.

    Es posible que en este caso, siguiendo la famosa Navaja de Ockham, la respuesta más simple sea la verdadera: un sujeto que por su propia cuenta quiso asesinar al presidente y cuyas razones aún no conocemos. Un joven universitario que aparentemente estuvo afiliado al partido republicano y que, según algunos testigos, podría haber simpatizado con ideas conservadoras, para luego donar a los demócratas (perfil que no ayuda mucho para la narrativa trumpiana).

    En un país donde se pueden comprar armas de alto calibre en un Wal Mart y donde los problemas mentales van en crecimiento hacen que esta tesis sea más concebible de lo que muchos piensan.

    Breve conclusión

    Este acontecimiento quedará como un momento vergonzoso en la historia de Estados Unidos, sobre todo porque es sintomático de la polarización y la división que vive el país. Lo que no sabemos realmente son las consecuencias que va tener, ya no solo en el terreno electoral, sino en el mismo ambiente social. Algunos temen que este acto de violencia política pueda tener consecuencias nefastas en el futuro próximo o, sea simplemente un síntoma de un estado de cosas peor que pudiera venir: una escalada de violencia política, conflictos internos y civiles (con uso de la violencia).