Generalmente, se suele asociar la doble moral con el conservadurismo religioso, aunque últimamente también ocurre con los progresistas (como algún «aliado del feminismo» a quien se le descubrió un acto sumamente misógino o el simpatizante mexicano de Black Lives Matter que se refiere a la señora del aseo de forma despectiva).
La doble moral no tiene ideología y se puede manifestar en cualquier corriente de pensamiento, aunque se vuelve más notable en aquellas corrientes que le demandan al individuo un fuerte compromiso con los ideales que las conforman (independientemente de las razones por las que se ha comprometido, si son legítimas o no). Ejemplos son los esquemas que tienen cierta carga de idealismo como varias causas progres así como los dogmas religiosos.
Ya que dichos ideales tienen una mayor carga sobre el individuo, entonces se necesita más tesón y sacrificio para cumplirlos. Si las expectativas que recaen sobre la forma en que se deben manifestar dichos ideales (el deber ser) son muy altas, entonces más dificultades habrá para cumplirlas hasta un punto en el cual será prácticamente imposible hacerlo, más aún si dichos ideales implicaran confrontar los límites de la condición humana.
Este conflicto, donde los ideales defendidos son más difíciles de cumplir de lo que parece, se acrecienta si el individuo vive en una sociedad donde dichos esquemas tal y como cree que deben de ser no están normalizados y donde el incentivo para romperlos es mayor, como cumplir cabalmente con el dogma religioso cuando la mayoría no lo hace o promoverse como un gran «aliado del feminismo» en una sociedad donde el machismo es común.
Empeora la situación el hecho de que el individuo presuma esos ideales con ahínco e incluso se los exija a los demás (eso que ahora llamanvirtue signaling, que aunque suena novedoso por su manifestación en las redes sociales, es algo que siempre ha existido). De hecho, es lo común ya que quien suele defender ciertos ideales se siente privilegiado (por ser conocedor de dichos ideales así como sus fines) y siente que tiene un deber moral en promoverlos. Pero no es lo mismo promoverlos que sostenerlos en la cotidianidad.
Esta fricción y falta de correspondencia entre la promoción de los ideales que representan el deber ser (que, como tales, siempre tienen una carga moral) y la forma en que los adoptamos para nosotros en nuestra vida cotidiana y que representa el ser, es lo que conocemos como doble moral.
No tiene nada de malo defender ideales, terrible sería recomendar a mis lectores el nihilismo para evitar cualquier posibilidad de conflicto. Para evitar la doble moral se necesita autoconocimiento y una reflexión profunda de sí mismo: el individuo debe reconocerse como un ser imperfecto que puede fallar y que, antes de recriminar el comportamiento de los demás, debería asegurarse ser congruente entre lo que dice y hace.
Llevar los ideales a la práctica es tal vez lo más complicado, porque requiere más esfuerzo y autocrítica que el acto de presumir tener ciertos ideales y señalar a los demás a partir de ellos.
En el corto plazo hay más incentivos sociales para presumir defender tales ideales que para llevarlos a cabo y que explican en parte la manifestación de la doble moral. Si bien, todos podemos a llegar a caer en ella, quien cae una y otra vez en cuestiones de doble moral termina, en un momento u otro, exhibido como un estafador y con su honor en serio entredicho.
He escuchado a quienes dicen que vivimos en una dictadura, pero no es así. Al día de hoy, México es una democracia. Imperfecta, pero lo es. Con todo y que este gobierno no nos guste a mucho, con todo y que veamos riesgos de regresiones autoritarias.
Y hay que notarlo para saber dónde estamos parados. No es lo mismo tener una democracia la cual sospechamos está en riesgo a vivir en una dictadura. Las acciones que la oposición debe tomar en ambos casos son distintas.
Uno de los argumentos que se esgrimen para decir que México es una dictadura es que el gobierno tiene mayoría en las cámaras y margen de maniobra para hacer cuanta cosa absurda quiera, pero tiene mayoría porque la gente así lo votó. Es la voluntad popular…
Tampoco hay, al día de hoy, censura abierta. Sí hay algún periodista que salió de forma muy «sospechosa» igual como ocurrió en el gobierno anterior. Sí, AMLO arremete contra la prensa y los bots le tiran a los periodistas opositores. Pero basta escuchar a esos periodistas, columnistas y ciudadanos que critican a este gobierno libremente. Las voces incómodas ahí están, y creanme que hacen mucho ruido.
Tampoco hay dictadura porque el árbitro electoral sigue siendo autónomo (gracias, en parte a quienes sí están comprometidos y a la presión ciudadana que lo defendió la semana pasada). Los ciudadanos pueden hacer valer su voto.
No hay dictadura porque hay derecho a la libre manifestación. Ninguna de las caravanas que se ha manifestado ha sido reprimida. Hoy, la gente puede salir a manifestarse contra AMLO libremente.
Y no la hay porque hay sistema de partidos (desacreditados, en gran medida, por responsabilidad propia) y un poder judicial que ha mostrado independencia de los caprichos del gobierno.
Cierto es que el sistema de separación de poderes no es perfecto. Es bastante más frágil que en Estados Unidos que ha contenido muy bien los desplantes autoritarios de Trump y puede romperse más fácilmente.
Se puede sospechar, sí, que el estado de cosas nos pueda llevar a un régimen autoritario. Para eso tenemos que defender a las instituciones que garantizan la democracia y los contrapesos y ejercer presión contra el gobierno. Para ello tenemos que reconocer que el día de hoy somos una democracia.
Y por eso es importante notar que el día de hoy no vivimos en una dictadura, para así reconocer que tenemos muchos mecanismos democráticos para contrarrestar cualquier intentona que pudiera existir con el fin de llevarnos a un régimen autoritario o a una suerte de «neoPRI hegemónico». Si sabemos que hoy no vivimos en una dictadura entonces sabremos qué es lo que tenemos que defender para contener cualquier impulso autoritario.
Evidente es que hay quienes temen contagiarse de Covid-19 y que sus vidas corran peligro.
El temor se acrecienta al saber que, al día de hoy, no hay forma de paliar el riesgo más allá de las medidas que ya todos conocemos (sana distancia, cubrebocas, lavarse las manos y procurar tener un buen sistema inmune).
A los seres humanos nos suele ser incómoda la incertidumbre, queremos sentirnos seguros y tener certeza sobre lo que va a pasar, pero no siempre está en nuestras manos evitar esa incertidumbre y, ante un escenario así, solo se pueden hacer dos cosas.
1) Podemos abordarla con cierto estoicismo aceptando que no tenemos el control sobre todo lo que nos rodea y que deberíamos enfocarnos en lo que sí podemos hacer (y que no mucha gente hace, basta salir a la calle para ver cuántas personas no usan cubrebocas).
2) O podemos engañarnos y tratar de construir, dentro de nuestra mente, la creencia de que nos encontramos completamente seguros cuando no es así.
El dióxido de cloro (como producto milagroso) se ha vuelto popular básicamente porque la gente tiene una gran necesidad de sentirse segura y de que creer no le va a pasar nada. Si tomo dióxido de cloro no me va a dar Covid-19 o, en todo caso, si me infecto, me voy a salvar y no me va a pasar nada.
No voy a profundizar en cuestiones médicas, aquí puedes ver más información al respecto. Lo que sabemos es que el dióxido de cloro no está avalado por la ciencia, es cierto que puede matar virus en superficies, pero eso no significa que lo haga en nuestro cuerpo (en ese caso deberíamos comer jabón o arrojarnos spray de Lysol en la boca. No hay estudios científicos que digan o sugieran que el dióxido de cloro previene el Covid-19 y sí charlatanes.
Peor aún, es posible que el producto desincentive la toma de medidas necesarias: por ejemplo, que una persona relaje las medidas preventivas porque se siente protegida con el dióxido de cloro.
Seguramente habrá algún incauto que me hable de una «conspiración de las malvadas farmacéuticas», pero se trata de ser críticos y sensatos. Si algo ha quedado muy en evidencia es que tanto a la comunidad internacional como a los «grandes capitales» les urge que la pandemia sea controlada lo antes posible por la pérdida de ingresos producto de la depresión económica. Por eso es que se están desarrollando vacunas en tiempo récord como nunca antes en la historia. Si el dióxido de cloro funcionara, ya habría sido promovido (incluso contra los intereses de las «malvadas farmacéuticas»).
Lo cierto es que si algo no está avalado por la ciencia no debe consumirse, no es que la ciencia sea perfecta ni que nunca se equivoque, pero es mucho más precisa que las meras opiniones. Si alguien cree que el dióxido de cloro puede prevenir o combatir el Covid-19, entonces debería hacer un estudio científico (que no existe) para demostrar su efectividad y, solo entonces, debería ser consumido. Mientras ello no exista, es irresponsable consumirlo y recomendarlo.
Los testimonios personales no sirven como evidencia científica. He escuchado varios casos de personas que aseguran haberse curado del Covid-19 con el dióxido de cloro o aseguran no haber tenido síntomas fuertes, pero ello en realidad es un efecto placebo, ya que en la práctica sólo una minoría de todos los infectados fallecen o terminan en estado grave en el hospital.
Otras personas afirman que en el pasado homeópatas les habían recomendado tomar dióxido de cloro y que se curaron gracias a ello, pero basta recordar que la homeopatía es una pseudociencia.
Existen una supuesta organización de médicos que está pugnando para demostrar su eficacia (seguramente ya habrás escuchado de ellos en Grupo Imagen), pero nada más no lo han comprobado. Basta ver el portal que tienen y el tipo de contenidos que manejan para darse cuenta de que no se trata de una organización confiable.
El problema es que, dado que esta sustancia milagrosa ha adquirido fama en América Latina (mucho menos que en países desarrollados), muchos han visto en este producto una gran oportunidad de negocio, con lo cual se propaga y difunde más esta falsa solución, y ello ocurre por lo que mencioné al principio de este artículo: la gente quiere evitar la incertidumbre a toda costa.
Para terminar, les comparto este video sobre el dióxido de cloro que me parece aborda muchos puntos importantes y más que nada les recomiendo consultar los enlaces que aparecen debajo del video.
Ningún líder, por más noble que sea, puede tener el privilegio de evitar ser confrontado por los periodistas. Ninguno.
Ocurre que Ciro Gómez Leyva entrevistó al líder de FRENA Gilberto Lozano. Literalmente lo hizo añicos y exhibió su retórica populista y demagoga, e incluso el periodista se veía a cada rato desesperado por la cantidad de incongruencias que escuchaba por parte de Gilberto y parecía tratar de explicar con peras y manzanas por qué aquello que decía no tiene sustento.
Y en la misma tesitura del sector más rancio del pejismo, sus seguidores se indignaron, lo llamaron vendido y chayotero. Lo más grotesco es que los mismos pejistas llamaron a Ciro chayotero ese mismo día (por otras razones, claro está). Los paralelismos entre el pejismo y los «lozanistas» son preocupantes, pero eso ya será tema de otro artículo.
Lo que aquí toca es que ningún líder político tendría que ser tratado como un ser mítico al que no se le puede tocar ni cuestionar. Por más noble que sea, por más genuino y hasta iluminado. ¿Por qué?
Porque la confrontación arroja información, y por más información tengamos en nuestras manos, los ciudadanos tendremos más herramientas para tomar mejores juicios y decisiones.
¿Qué información arrojan estos ejercicios? Cuando se confronta a un líder, se le hace salir de su zona de confort, se muestran sus contradicciones que generalmente mantiene a raya y trata de ocultar, se le obliga a sostener y fundamentar sus dichos y se le obliga a tomar posturas respecto de distintos temas; se le coloca en escenarios adversos que nos harán ver de qué está hecho. Dichos escenarios nos revelan información del líder en cuestión que de otra forma no habríamos conocido.
En muchas ocasiones, el líder sale avante o bien muestra algunas contradicciones que no son muy relevantes y no ponen en entredicho su «estatura moral», pero sí hay otros que muestran una clara incongruencia entre lo que el líder dice ser y lo que en realidad es.
Cuando la gente se predispone ante este tipo de escenarios, lo hace porque, al tiempo en que su líder es confrontado, teme que su concepto del líder a quien sigue y admira sea confrontado también y pueda quedar en entredicho. Es un mecanismo de defensa, claro está, y no es casualidad que aquellos sectores que rayan en el fanatismo son los que reaccionan con más encono hacia este tipo de ejercicios.
En una democracia sana, independientemente de su postura política, los líderes son confrontados por algún periodista, en tanto que en los regímenes autocráticos ello o no ocurre o en el mejor de los casos sólo se cuestiona a quienes son un peligro para el régimen. Afortunadamente en México, mal que bien, con lo imperfecta que nuestra prensa es, tenemos de las «dos sopas»: a AMLO y sus acólitos se les ha confrontado igual que a opositores como Gilberto Lozano.
Los comunicadores no necesariamente son objetivos ya que eso de la «objetividad perfecta» no existe (por eso es que se desea que el periodismo sea plural), pero eso no invalida este tipo de ejercicios, porque aquí lo que importa no es tanto lo que opine el periodista sino la defensa que el líder haga de las críticas y confrontaciones. Ayuda, en este sentido, que el comunicador sea de una ideología distinta del líder en cuestión.
Insistiendo en el tema del periodista y su pretendida posibilidad de alcanzar un objetivismo que nunca se alcanza por completo, que estos ejercicios sean útiles no implica, por otro lado, que todo lo que dice el periodista sea verdadero o que las acusaciones lo sean. Lo que importa es la defensa que el líder hace de ellas, porque si al líder se le acusa de una injuria que jamás cometió, entonces debería tener la capacidad de refutarla.
Sabemos que Ciro Gómez Leyva, aunque no es uno de mis periodistas preferidos, de pejista tiene poco. Difícilmente se puede sostener el argumento de que tiene consigna por parte del régimen porque sigue siendo crítico con López Obrador y porque ese mismo día los pejistas lo trataron de la misma forma que los lozanistas.
A muchos no les gustó ver a su líder confrontado, pero mal que bien los ciudadanos obtuvimos más información de él, y eso siempre es una buena noticia.
Veo, con un poco de preocupación, que en algunos sectores progresistas se está volviendo costumbre tratar de silenciar a la persona que guarda prejuicios o incluso que tiene una forma de pensar diferente.
Así, lo que no importa es refutar al opositor, sino evitar que hable porque aquello que dice es o se considera ofensivo. En lugar de ir a la conferencia a confrontar al opositor, se pide a la universidad o institución que se cancele el evento. Si tales libros pueden parecer ofensivos, entonces hay que quitarlos de la biblioteca.
No sé ustedes, pero estos eran justo los terrenos del conservadurismo, los que buscaban censurar contenidos que no eran de «buenos modales», los que buscaban prohibir libros que «promovían el ateísmo» y demás.
Es evidente que cierta dosis de corrección política es necesaria en la sociedad, y como he señalado en este espacio, cuando se incluyen a sectores que antes estaban relegados, las normas de convivencia tienen que sufrir cambios. Es evidente que la gente no está obligada a convivir con personas que pronuncien discursos machistas o racistas, pero otra cosa es negarse a debatir y, en vez de eso, apostar a silenciar o «cancelar» aquella persona cuyo comentario parece ofensivo en vez de refutarla y confrontarla.
La verdad es que toda causa, por más noble que sea, debe estar abierta a la crítica. Al final, cualquier ideología y forma de pensamiento es un sistema, y los sistemas abiertos a la larga suelen funcionar mejor que los cerrados: es su interacción y confrontación con su opuesto lo que los retroalimenta y fortalece, es ello lo que les da un mayor sustento y fundamento.
Al prejuicioso no se le debe censurar, se le debe de refutar. La censura le niega al activista un mayor aprendizaje incluso de su causa misma. Cuando el activista se cierra a lo diferente entonces deja de conocer a su contraparte y solo le queda el recurso de hacer de ella un vil estereotipo que no necesariamente es cercano a la realidad al cual se le juzga de forma mecanicista. Así, cancela la oportunidad de saber cómo persuadir o cómo refutar a su opositor porque deja de conocerlo.
El/la activista dirá: «los otros son machistas, opresores o racistas», pero, por no confrontarse con ellos, entonces no va a saber por qué es racista o machista y asumirá que todos son exactamente iguales. No se dará cuenta que incluso hay diferentes tipos de ellos, que a algunos de ellos los puede persuadir, que algunos no son necesariamente malas personas y que basta con concientizarlos y darles la información correcta, que a otros puede confrontarlos duramente con argumentos y mostrarles por qué su postura es errónea.
Cuando una causa se cierra a esta dinámica, cuando uno no tiene la suficiente tolerancia a la frustración para confrontarse con quien piensa distinto, ésta termina, con el tiempo, degenerándose o volviéndose dogmática. No importa cuán noble sea la causa ni lo bienintencionada que sea.
¿Qué tenemos que decir sobre la discriminación? Tomando los valores liberales como referencia, ¿debe ser permitido o no discriminar? ¿Es que los progresistas están yendo lejos cuando hablamos de discriminación, o los conservadores se quieren quedar muy cortos?
Algunas personas suelen decir que la libre decisión y la discriminación son sinónimos. Cuando tomamos una decisión elegimos una cosa sobre de otra, por lo tanto discriminamos una cosa en favor de la otra.
Pero para efectos de este texto habría que hacer una distinción y separar lo que es la libre decisión de las personas y lo que es un acto rampante de discriminación en su contexto negativo.
Por lo tanto usaré el término discriminación no en el sentido de elegir, sino de relegar, degradar o denigrar a otra persona.
Libertad de elección
La gente tiene el derecho a tomar decisiones libres y las autoridades no pueden hacer nada con respecto a ello siempre y cuando los individuos se sujeten al marco normativo y legal y no transgredan los derechos de los demás.
Cuando la gente toma decisiones, algunas personas se verán favorecidas sobre otras. Por ejemplo, si a la gente le atrae en la mayoría de los casos las personas delgadas las personas con sobrepeso se verán en desventaja y lo tendrán un poco más complicado a la hora de elegir pareja.
Pero la gente está en su derecho de decidir optar por una persona con tales atributos físicos o color de piel. Puedo decidir tener amigos católicos y no musulmanes porque con los primeros me entiendo mejor, etc. La persona es libre de decidir porque no está buscando perjudicar a las personas que no ha elegido ni ha atentado contra su dignidad.
Puede parecer injusto, pero no lo es. Los seres humanos no somos iguales, todos tenemos características únicas que nos pueden dejar en ventaja en ciertas circunstancias y en desventaja en otras. De aquí se sigue que tampoco tenemos el derecho de tener los mismos resultados (ej: ganar lo mismo o tener el mismo número de parejas a lo largo de la vida), más bien a lo que tenemos derecho es que no se nos discrimine y, valga la redundancia, a poseer los mismos derechos que los demás tienen. Podemos hablar de otros derechos como los que tienen que ver con la salud y la educación que deben ser para todos porque dichos derechos constituyen una base o punto de partida bajo el cual cada persona puede desarrollarse de acuerdo a sus talentos y necesidades propias.
Prejuicios
La gente tiene derecho a albergar prejuicios en su cabeza por el simple hecho de que nadie tiene el derecho a ejercer coerción sobre su conciencia.
Sabemos que todos en mayor o menor medida albergamos prejuicios y sabemos que lo ideal es que hagamos de forma sistemática exámenes de conciencia para cuestionar nuestros prejuicios, pero siendo ciudadanos mayores edad, nadie puede obligarnos de forma coercitiva a cambiar nuestros pensamientos.
Dicho esto, si una persona alberga prejuicios homofóbicos o racistas, tiene derecho a tenerlos y nadie le puede obligar por medio de coerción a pensar de tal o cual manera.
Sin embargo, a lo que esa persona no tiene derecho es a discriminar públicamente con base en su prejuicio. Una persona puede tener el prejuicio de que «los gays son degenerados» pero ello no implica que en lo público pueda discriminar a los gays, por ejemplo, relegándolos, discriminándolos o insultándolos. La persona prejuiciosa bien puede saber que no debe discriminar a los gays y, a pesar de sus prejuicios, puede decidir no hacerlo no considerando la orientación sexual a la hora de contratar empleados.
Es decir, la gente tiene el derecho a pensar lo que quiera pero no tiene derecho a hacer lo que quiera con aquello que piensa.
Discriminación
A diferencia de la libertad de elección, la discriminación no puede estar ética ni moralmente justificada. Si yo decido insultar o degradar a otra persona por su orientación sexual o por su etnia, ello es reprobable.
Sin embargo, la discriminación solo debe ser sancionada con coerción por el Estado cuando ella pone en peligro la integridad o los derechos fundamentales de la persona a la que se le discrimina.
Es decir, desde el punto de vista formal, una persona tiene derecho a decir frases machistas o chistes degradantes, tiene la libertad de expresión garantizada por el Estado de hacerlo, pero …
… ello no implica que la sociedad o un conjunto de personas estén obligados a tolerar ese tipo de frases. Las leyes formales lo pueden permitir, pero no necesariamente las normas o convenciones sociales o de un grupo determinado.
Dicho esto, una persona o un grupo de personas puede relegar o excluir a aquella persona por decir comentarios machistas ya que es parte de su libertad de elección. En este punto hay quienes dicen que se está vulnerando la libertad de expresión, pero ello no ocurre en tanto no implique que el Estado aplique medidas coercitivas, porque entonces la alternativa sería vulnerar la libertad de elección de las personas que deciden con quienes pueden convivir y asociarse. Si se me obligara a tolerar personas que sostienen discursos racistas o fascistas estarían vulnerando mis derechos.
El Estado no puede obligar a las empresas privadas a contratar gente de todas etnias o preferencias sexuales en tanto se apeguen a derecho y cumplan son sus obligaciones, pero si una sociedad dada determina que tal empresa discrimina a las mujeres o a los latinos, la sociedad tiene todo el derecho de protestar, indignarse, criticar o presionar a la empresa en cuestión ya que están utilizando su derecho a la manifestación y expresión.
Lo mismo pasa con la comedia de la que ahora algunos denuncian que la corrección política ya no les permite hacer ciertos tipos de comedia. El Estado no puede decir a los ciudadanos qué tipo de comedia pueden hacer; sin embargo, la gente tiene derecho a protestar por tal o cual tipo de comedia e incluso algún club puede decidir no contratar a comediantes cuyo contenido considere machista o discriminatorio. La sociedad tiene el derecho de establecer sus convenciones o normas sociales y ellas por sí mismas no implican un atentado en contra de la libertad de expresión.
Conclusión
El Estado no puede o no debería poder intervenir ni en la libertad de elección ni en la conciencia de las personas ni en la forma en que los ciudadanos se expresan a menos que ello ponga en riesgo la integridad de un tercero (alguien que invite a golpear a las mujeres por un decir). Las campañas contra la discriminación por parte del gobierno serán válidas en tanto no impliquen coerción directa del Estado (a menos, claro, que pongan en riesgo la integridad de terceros).
Pero la libertad de expresión no implica que la gente esté obligada a tolerar todo aquello que dices. La sociedad y los diversos grupos de la sociedad tienen el derecho de establecer sus normas y convenciones sociales bajo las cuales regularse, y de hecho necesitan de ellas para poder formarse y ser sostenibles.
Amigos, nada puede ser gratis. El significante «gratis» define cosas que no existen en la realidad objetiva, así como el significante unicornio o dragón. Al menos los unicornios o dragones pueden ser imaginados o dibujados. Lo gratis no, porque refiere a una mera distorsión cognitiva.
La gratuidad, sépanlo, va en contra de las leyes de la naturaleza, y las leyes de la naturaleza no pueden ser modificadas ni manipuladas.
– Oye Álvaro, pero afuera de la tienda me regalaron un Gatorade gratis.
– Pero no es gratis. Te lo «regalan» para que en el futuro consumas más. Además, los gastos en publicidad y promoción van implícitos en el costo del producto. Así que otros consumidores y tal vez tú mismo terminarán, de una u otra forma, pagando tu Gatorade «gratis».
Todo lo que una empresa te da gratis tiene un propósito comercial. Sería iluso que las empresas tiraran su dinero así nada más regalando cosas. En la mayoría de los casos solo están postergando sus beneficios para un beneficio mayor posterior: te doy algo gratis, lo consumes, te gusta, porque quiero que compres más de lo que me hubieras comprado con lo cual la inversión queda satisfecha.
– ¡Pero Álvaro! En el seguro médico te atienden de forma gratuita.
– El seguro médico no es gratuito. Todos lo pagamos con nuestros impuestos. Así que mínimo te pediría cumplir con tus obligaciones y vigilar que el gobierno administre bien un seguro que es nuestro porque nosotros lo pagamos. Y está bien, no me molesta pagar cierto porcentaje de mi ingreso para que todos los mexicanos tengan acceso a la salud.
– «Jaque Mate». El Facebook es gratis, y paradójicamente lo estás usando para decir que no.
– ¡A que no sabes a donde van tus datos y qué pasa con tu privacidad!
– Ah ¿Y tu beca del CIDE qué?
– Lo paga la gente con sus impuestos. Por lo cual, cuando termine de estudiar, me sentiré moralmente obligado a retribuir positivamente a la sociedad con mis conocimientos.
– ¿Y qué me dices de los actos caritativos: los que regalan cobijas a los pobres?
– Tampoco es gratis. Para que a los pobres y a los desposeídos les den algo, alguien tiene que trabajar para producir ese algo. Al donarlo, ellos satisfacen su necesidad personal de ayudar a alguien más (lo cual es loable y muy humano), un acto que hacen de forma voluntaria y que les implica esfuerzo.
Así que, como nada puede ser gratis porque ello implicaría crear algo de la nada, entonces no puedes esperar a que nadie te dé nada así nomás.
Cuando alguien te obsequie algo, recuerda que detrás de ese obsequio hubo algún esfuerzo, por más mínimo que sea. Cuando el Seguro Social te salve la vida, agradece aunque sea en tu mente a todos los que lo pagan. Cuando alguien te regale algo, recuerda que se esforzó por ello.
No seas ingrato. La ingratitud es lo más inhumano que hay, aunque lo disfraces bajo un velo de justicia social.
Me imagino que ser comediante no ha de ser una tarea muy fácil, o tal vez lo pienso porque a mí no sé me da. No es como que no tenga capacidad de hacer reír pero no soy muy histriónico.
Cuando Chumel Torres llegó a la «pantalla de Youtube» lo hizo con una propuesta muy fresca. Me había dado gusto que alguien tuviera la iniciativa de hacer un canal de comedia política. Durante varios años el Pulso de la República me pareció una joya, no me lo perdía. El formato era innovador para nuestro país.
Pero, a diferencia de Stephen Colbert o John Oliver, Chumel no es un comediante político completo. ¿Qué quiero decir con esto? Es simple:
John Oliver o Stephen Colbert siempre van a brillar por sí solos. Son muy buenos comediantes, pero también conocen muy bien aquello sobre lo que están haciendo comedia. Chumel no, él tenía lo primero (sabía hacer comedia) pero necesitaba de Durden quien hacía todo menos hacer reír y le daba sustancia a la comedia que Chumel hacía.
Durden se fue, tal vez justo en el momento en que Chumel más empezaba a brillar, cuando más lo empezaban a invitar a programas, y ahí se vino todo para abajo. Sin Durden, la comedia de Chumel se volvió muy frívola y visceral. A partir de ahí lo dejé de ver.
Lo que ocurrió en estos últimos días es muestra de ello (más allá de la posible censura que pudo recibir del gobierno y la cual es, desde cualquier perspectiva, reprobable). Cuando escuchas a hablar a Colbert o a John Oliver te percatas de que son comediantes que tienen sustancia, que se mofan de todo, sí, pero transmiten a la vez seriedad y confianza. Con Chumel no pasa eso, más bien parece que ha adoptado una postura más infantil, haciendo chistes sin pensar como si se tratara de cualquier jovencillo que está en una fiesta y no de un comediante profesional.
Tiene mucha razón Chumel cuando dice que él siempre ha criticado presidentes. No es, como creen algunos de sus detractores, que tenga una agenda especial contra López Obrador, pero también la forma en que reaccionó contra ese sector ha sido muy visceral. como de cantina o parranda, no tiene ese «toque» de elegancia que muchos cómicos norteamericanos tienen. De alguna forma ha caído en el juego de sus detractores y ha permitido que lo definan.
Las acusaciones de racismo no son completamente ajenas a dichos intereses políticos para mancharlo porque los pejistas no lo toleran (como no toleran a cualquier cosa que parezca oposición) y ciertamente alguien que dijo chistes racistas en el pasado puede tomar conciencia y reflexionar sobre el tipo de comedia que hace (sobre todo porque ese tipo de comedia estaba muy normalizado). Pero también es cierto que «ese ser visceral», ese «caer en la frivolidad para mantenerse vigente» (lo que explica los chistes con contenido racista) le está cobrando factura, algo que los comediantes a los que él admira sí han cuidado mucho.
Muchos echamos de menos ese Chumel de antes, ese que se reía y se mofaba de todo pero sabía de qué burlarse, ese que se podía distinguir del tuitero promedio que se burla de todo para ganar algunos retuits.
Posiblemente esté siendo muy exigente y posiblemente estar en los zapatos de Chumel sea muy difícil. Lo cierto es que su aspiración, como él mismo lo dijo, siempre fue ser una suerte de Stephen Colbert y quedó lejos de ello. Tal vez si tuviera todavía a Durden de su lado hubiera podido aspirar a algo más. Pero lo cierto es que las figuras públicas se desgastan y una vez que lo han hecho ya no hay marcha atrás. Lamentablemente, para Chumel, el desgaste le llegó algo rápido.
Hoy Chumel es, sí, una figura pública conocida por todo mundo, pero una que ya está algo desgastada y que recordamos más por lo que hizo antes que por lo que hace ahora.