Categoría: sociedad

  • Maradona humano, demasiado humano

    Maradona humano, demasiado humano

    Maradona humano, demasiado humano

    Cierto es que Diego Armando Maradona Franco fue un jugador genial. La genialidad no queda a debate. Maradona fue hecho un mito en tiempos donde todos los mitos han sido sujetos de una deconstrucción muy abrasiva (y tal vez de más). 

    Quienes lo vimos jugar (aunque en ese entonces estaba muy chico) sabíamos del genio que el argentino tenía en sus pies. Quienes no lo vieron jugar afortunadamente tienen Youtube para poder ver sus grandes proezas. Fue una cosa de otro mundo, fue uno de esos destellos que el futbol solo da de cuando en cuando. Seguramente, junto con Pelé, el mejor jugador del siglo XX.

    Basta ver ese golazo que le metió a Inglaterra en el mundial de México 86 y con la herida de la Isla de las Malvinas muy reciente. El Diego se fue solo con el balón, se llevó a la media, a la defensa, al portero, a todos, y metió el mejor gol de todos los tiempos.

    https://www.youtube.com/watch?v=jOz2uGMTA2w

    Pero justo en ese mismo partido metió ese otro gol, ese que no habla de la proeza, sino de la trampa: la mano de dios. 

    Maradona tuvo la gran suerte de que el árbitro no viera tan grosera mano que el resto del Estadio Azteca sí vio: una mano que fue de alguna forma, si no sé si determinante (aunque fue el que abrió el marcador), sí muy relevante en el triunfo de Argentina que, a la postre, los llevaría al campeonato. Una actitud antideportiva que le pudo merecer una tarjeta (tal vez roja) se convirtió en un mito en sí mismo. El nombre que se le dio, “la mano de Dios”, es toda una contradicción: de los dioses se puede esperar una virtud que el ser humano terrenal es incapaz de alcanzar; la mano, por el contrario, es totalmente opuesta a cualquier manifestación de virtud y sería algo más parecido a alguna representación del mal.

    Diego Armando hizo felices a muchos. Cierto es que el futbol es un espectáculo, pero dentro de ello a los argentinos les dio muchas glorias y algo de lo que sentirse orgullosos. Maradona fue una suerte de reafirmación nacional: “nosotros tenemos a Maradona”, “el genio es argentino”. Me atrevo a decir que la rebeldía de Maradona encajaba bien dentro de ese arquetipo que los argentinos sentían que necesitaban y, en parte, ello también explica la mitificación de la que ha sido sujeto. Sin duda Maradona tenía personalidad, imponía, hacía lo que quería. Nunca se llegó a crear un mito de ese tamaño ni siquiera con Pelé, tampoco con Messi quien, aunque a mi juicio es aún más talentoso de lo que fue Maradona, se queda corto en cuanto a mitificaciones. 

    Pero no todas las rebeldías son buenas. Cierto es que muchos rebeldes suelen agitar las estructuras sociales y sus convenciones para exhibir sus carencias, cierto es que es la rebeldía la que hace que este mundo no sea tan rígido y predecible. Pero las rebeldías mal encausadas generan efectos adversos, y la de Maradona fue, en muchas ocasiones, una mal encausada, ya que no era que se rebelara necesariamente contra las injusticias, sino que llegaba a causarle algún agravio a alguien más (e incluso a sí mismo).

    Fue esa rebeldía la que le llevó a consumir drogas, y si no lo hizo para mejorar su desempeño en la cancha, sí a sabiendas de lo que ello le podía acarrear en su carrera profesional. El problema no es que haya consumido drogas, sería incorrecto estigmatizarlo por ese hecho en sí (la gente cae en las drogas por muchas razones), sino por el contexto, por el daño que le hizo a su carrera, porque creyó que era invencible y lo podía todo, y no era así.

    Maradona perdió casi todo ese lapso que va de 1990 a 1994 donde todavía tenía la edad para seguir brillando, y regresó ese mismo año para participar en el Mundial de Estados Unidos donde metió un gol pero donde volvió a ser sancionado por dar positivo en el antidopaje. Ahí se acabó su carrera como futbolista, luego jugó un pequeño tiempo en Boca Juniors pero eso ya fue como un “tiempo extra”, como un homenaje a lo que fue. 

    Tanto la garra y el deseo de lucha como sus carencias explicaron también lo que siguió. Maradona logró ser entrenador de la Selección Argentina llevándola a los cuartos de final para luego ser eliminada por Alemania de una forma humillante. Tuvo su propio programa de televisión, se hizo amigo de Fidel Castro y Hugo Chávez, deambuló como entrenador de algunos equipos en Asia, otros en Argentina, entrenó a los Dorados de Sinaloa e incluso fue rechazado por el Atlas de Guadalajara a quien pidió trabajo seguramente porque sus finanzas no eran nada sanas. Sin duda, Maradona habría sido aún más genial si no hubiese sido víctima de sus pasiones. Pero Maradona no supo administrar su fama. Afortunadamente para él, su talento con los pies era tanto, que aún con sus excesos y falencias, pudo brillar y de gran manera (fortuna que no se pueden dar otros futbolistas).

    Como persona su vida fue de claroscuros. Empezó y se construyó desde abajo, desde Villa Florito, comenzó a destacar por su excepcional talento y esfuerzo. Fue leal y compasivo en ocasiones, fue un déspota y un hijo de… en otras: tuvo hijos no reconocidos, golpeaba a su ex esposa, agredía a la prensa y, al mismo tiempo, podía ser un buen amigo o podía llorar por su país. No era, como dice López Obrador, alguna persona que siempre haya defendido sus ideales y haya sido congruente con ellos, era como cualquier ser humano en ese sentido que profesaba una cosa y hacía otra, o más bien ni le ponía atención a ello y hacía lo que se le pegaba la gana.

    La izquierda latinoamericana ha puesto un esfuerzo monumental en mitificarlo: un hombre venido de abajo y que se codea con los líderes socialistas del subcontinente. Basta ver cómo Eduardo Galeano se refiere a él, como el «dios más humano de los dioses»:

    «Es un Dios sucio de barro humano, se nos parece mucho: pecador, mentiroso, fanfarrón, mujeriego, le gusta el trago como a nosotros. Es el más humano de los dioses y por eso muchísima gente se reconoce en él«

    Eduardo Galeano

    Ciertamente, Galeano no se equivoca del todo cuando dice que Maradona comenzó a ser admirado por ese gol «sucio» (el de la mano de Dios) pero él, como muchos, se subieron a esa mitificación y convirtieron casi en objeto de culto a todos sus pecados porque es un dios «de abajo» que toma, que es mujeriego, como la gente «del barrio». En este sentido, el arquetipo de Maradona no es muy diferente a aquel del populista latinoamericano: alguien visto como un padre, admirado, alabado, venido de otro planeta, pero que, al mismo tiempo, es «parte de nosotros», es «pueblo».

    Así, bajo esa mitificación, se relativizan sus fallos, e incluso se le victimiza: el pobre hombre que no pudo controlar la fama y cayó en las drogas, casi como si no tuviera capacidad de decisión y fuera víctima de su contexto. Pero Maradona en este sentido no puede ser visto como un buen ejemplo. Peor aún es que sean varios de esos fallos los que han creado el mito de Maradona: la mano de dios es un mito, hasta canciones se le han hecho con ese nombre.

    Maradona dejó toda una cultura tras de sí, incluso iglesias que giran en torno a su persona. La Argentina contemporánea no se puede entender sin él, es parte de su historia moderna. Maradona es un objeto de culto y muy posiblemente el futbolista más alabado de la historia, el que ha generado más fanatismo irreflexivo tras de sí.

    Tristemente, El Diego se fue de este mundo por consecuencia de sus errores, pero sin duda sus virtudes futbolísticas quedarán en la memoria. Era evidente que su estado de salud (desde hace mucho tiempo) no era el más estable, tenía ya dificultades para hablar e incluso hace más de una década tuvo que operarse después de un increíble sobrepeso. Era obvio que su modo de vida iba a cobrar factura a su cuerpo y así lo hizo.

    Y lo que queda es hacer un juicio justo sobre su persona, los matices y los contrastes son groseros. ¿Maradona el genio del futbol, el que vino de abajo, el que tenía una gran garra? ¿O el Maradona impulsivo, agresivo, mujeriego y misógino? Porque eso sería lo justo, reconocer y admirar sus aciertos, pero también hacer lo propio con sus errores que también lo definen. Ese partido de México 86 contra Inglaterra resume quien fue Maradona. El primero, el virtuoso: el del gol del siglo, el segundo, el tramposo: el de la mano de dios.

    Y si fue un dios con la pelota, fue terrenal, muy terrenal sin ella.

  • En defensa de las personas que sobresalen

    En defensa de las personas que sobresalen

    En defensa de las personas que sobresalen

    En México hay un dicho que dice que solemos ser como cangrejos, que no nos gusta ver a los demás sobresalir y por consecuencia nos encargamos de «bajar» a quien busca destacar.

    Si bien, no he visto algún estudio que muestre evidencia empírica de que nos destaquemos por ello, y si bien no creo que sea algo exclusivo de México, sí es algo que, a mi parecer, comúnmente sucede. Sí parece haber una fuerza gravitacional que trata de empujarte a la medianía.

    Para el caso de este texto, tomaré el concepto sobresalir como algo muy general y que consiste en ser un outlier sobre algo dentro de una distribución dada. Es decir, mientras que la mayoría de la gente está relativamente cerca de la mediana, el outlier se ubica en el extremo positivo de esta.

    Para explicarlo de esta forma tomemos como referencia esta gráfica que hice con base a los ratings que el juego FIFA 18 da a los jugadores de las ligas más importantes. Si bien los ratings no son exactos (hay mucha subjetividad a la hora de dar una calificación a los futbolistas), el rating trata de alguna manera corresponder con la realidad.

    Cada punto gris es un futbolista, los que están dentro de la «caja» son los que están más cerca del promedio (los que están justo en la línea del medio son la mediana estadística) y los que se encuentran en las secciones punteadas en los extremos son los outliers. Evidentemente, los de la izquierda son los que «sobresalen» por ser malos y los de la derecha son los que sobresalen por ser buenos, entre esos puntos nos vamos a encontrar a Messi, a Cristiano Ronaldo, a Mbappe. Son 93 jugadores de los 17,592 jugadores que tiene la base de datos.

    De igual forma podemos saber que los actores famosos de Hollywood son outliers con respecto a todos lo que se dedican a la actuación o que las bandas de rock que aparecen en los festivales lo son con respecto a todas las bandas de rock existentes (incluida la que tiene tu vecino). Sin embargo, hay que recalcar que los outliers lo son con respecto a su contexto. Por ejemplo, sabemos que los jugadores mexicanos de futbol profesional son outliers con respecto de todos los mexicanos que juegan futbol, pero difícilmente lo serán con respecto a todos los jugadores de todas las ligas del mundo (como lo ilustra esta gráfica) y tal vez solo uno o dos alcanzarán a tener ese privilegio.

    Tomando como referencia esta contextualización, se puede decir que, con respecto de todos tus amigos, al que le va muy bien en los negocios es un outlier con respecto al conjunto de tus amigos, el que se destaca en todo tu grupo de amistades por ser el que es muy bueno para contar chistes también lo es, aunque no lo sea a nivel nacional.

    Además hay que hacer otro señalamiento: el outlier lo es en algo, no en todo. Messi es un outlier como futbolista, pero no lo es hablando de política (aunque seguramente habrá algún ingenuo que le de gran relevancia a su opinión porque… Messi). Dicho esto, la proporción de las personas que son outliers en cualquier cosa con respecto a todo el conjunto es más grande que la proporción de personas que lo es con respecto a algo en específico. Entonces, si te pones a analizar a todos tus amigos y parientes, te encontrarás que varios destacan en algo y tal vez tú también lo hagas: uno es el mejor haciendo chistes, el otro es un gran atleta, y otro se destaca por saber mucho de filosofía.

    Y justo es con los outliers con los que tenemos un problema, nuestra cultura no es muy amable con ellos.

    ¿Por qué? Porque nos confronta, porque la gente cree (y creo que esto es algo completamente erróneo) que si alguien destaca en lo que uno no lo hace siente que pierde valía como persona, y como ello le molesta y le afecta a su ego, entonces se sentirá «orillado» a evitar que esa persona sobresalga cuestionándola, poniéndole piedras en el camino e incluso poniendo su entredicho su honor.

    ¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase «tiene éxito, seguro robó o seguro fue por palancas»? Es cierto que la suerte puede jugar cierto papel como lo muestra esta gráfica que toma la fecha de nacimiento de esos mismos jugadores profesionales de futbol. Vaya, si quieres ser futbolista profesional y naciste en febrero, tal vez tengas un poco de más suerte.

    Pero aún así, la suerte nunca podrá explicarlo todo, ésta siempre tiene que conjuntarse con algún talento o capacidad del individuo. Creo que a la sociedad no nos es difícil detectar a quien ha llegado a la fama por favores pero no tiene mérito alguno.

    Pero negando ese mérito o los talentos de la persona en cuestión y afirmando que todo es circunstancial, la gente sentirá que en realidad no sobresale, que hay una injusticia ahí, ¡problema solucionado! ¡Ya no me siento un mediocre o un inepto porque el otro solo tuvo suerte o privilegios! Es cierto, allá afuera hay gente que logra sobresalir de formas dudosas y antiéticas (políticos corruptos, empresarios que roban, personas que hicieron trampa), pero no nos hagamos, nos encanta agarrar de las piernas al que se eleva para que no se suelte de nuestro mundo de la medianía.

    Esta cultura de no dejar sobresalir al que sobresale se vuelve muy nociva, porque la distinción entre los outliers y quienes no lo son no es un juego de suma cero. Los que se encuentran en la medianía (de hecho, todos nos encontramos en la medianía de casi todas las cosas) en realidad no salen perjudicados por la existencia de outliers (lo cual es, a su vez, inevitable), por el contrario.

    No hay nada de malo que haya gente que destaque en algo y nosotros no, es lo más natural. Es terrible que creamos que se trata de una competencia y que nuestra valía deba ser dada en comparación con los demás.

    Peor aún, no es extraño que una persona que sea un outlier en un ámbito, se frustre porque no lo es en el otro. Imaginemos una persona que es brillante en el mundo de la computación pero que no sea un casanova tratando de ligar con el género opuesto y sienta una abundante envidia al ver a su amigo o amiga que se caracteriza por sus dotes de ligue.

    Pero la existencia de outliers es, a la larga, benéfica para todo el conjunto:

    Por ejemplo, es posible que tu amigo brille en el mundo de los negocios y tú no tanto, pero es muy posible que él te enseñe algunas estrategias de negocio que hagan que te vaya mejor de lo que te iría o te eche la mano en caso de que entres en una crisis económica. El amigo que hace muy buenos chistes hace más amenas las reuniones, el amigo que sabe muchísimo de filosofía te podrá decir por qué libro debes comenzar si quieres adentrarte en el tema.

    Los outliers (obviamente hablamos de aquellos que destacan en cosas virtuosas y no nocivas) abonan de alguna manera al progreso de la sociedad. Son ellos quienes, por sus características, logran romper con la monotonía y el mecanicismo que caracterizan a nuestras sociedades. Los outliers ejercen una suerte de fuerza gravitacional sobre el resto, son los que publican los libros que nos enamoran, son los que desarrollan los inventos que mejoran la calidad de nuestras vidas, son los que nos inspiran.

    Y si prescindiéramos de ellos, condenaríamos a nuestra sociedad a la irrelevancia y de ahí a su colapso.

  • El derecho a criticar a quienes no les importa cuidarse de la pandemia

    El derecho a criticar a quienes no les importa cuidarse de la pandemia

    El derecho a criticar a quienes no les importa cuidarse de la pandemia

    Ya han pasado varios meses desde que la pandemia comenzó. Algunos llegamos a pensar, ilusamente, que para estas fechas podría estar relativamente controlada, lo cual está muy lejos de ser cierto. La realidad es que parece que tendremos que esperar a la vacuna.

    Mientras tanto, son centenas de personas que mueren diariamente en el país por el Covid. Más de ochenta mil del poco más de un millón de personas que han muerto en el mundo son de México.

    Y esto nos puso en un dilema: si nos quedamos en casa la economía se deprime y la salud mental de muchas personas se puede venir abajo, pero si todos salimos entonces serán más las personas que mueran y posiblemente los servicios de salud se saturen provocando la muerte de aún más personas.

    Pero este dilema no debería ser tan difícil de solucionar, habría que buscar un punto de equilibrio donde la gente salga de sus casas usando cubrebocas, respetando las medidas de sana distancia y evitando grandes aglomeraciones y tumultos. No es lo mismo que la vida normal, pero al menos así el impacto económico es mucho menor: la gente sale a trabajar, los jóvenes se divierten (con las evidentes limitaciones) y la situación se vuelve más llevadera. Con un escenario así, de menos podríamos ver menos contagiados y, por tanto, menos muertes.

    Esto es por lo que, en teoría, se ha apostado: un punto de equilibrio donde la vida sea lo más parecida posible a la otrora normalidad y con el número de contagios menos posibles.

    Pero aún así vemos a gente saliendo a las calles sin utilizar cubrebocas, bodas tumultuosas, reuniones grandes donde la gente incluso se burla del virus pensando que no les va a pasar nada, empresas que no toman medidas dentro de sus instalaciones. Las consecuencias se vuelven evidentes a los pocos días.

    Y aclaro, en esta crítica, que me refiero a las medidas que la gente está en su capacidad de hacer. Se comprende, por ejemplo, que mucha gente tenga que tomar el camión para trabajar o incluso tomar algunos riesgos porque si no, no come.

    Dentro de este contexto me he encontrado a mucha gente quejarse de las personas que critican a los que no obedecen las medidas e incluso sugieren que lo hacen desde una superioridad moral, como si se sintieran más que los demás. Dicen que son libres de hacer lo que sea e incluso aducen a argumentos supuestamente anticolectivistas para esperar que los demás respeten eso que consideran su libertad.

    Pero a esas personas se les olvida que viven en sociedad y se benefician de ella. Por más «libertarios» que pretendan ser, simplemente no podrían sobrevivir, ya no digamos tener la calidad de vida que ahora ostentan, si no estuvieran insertos en una sociedad armónica. Decir, «soy libre, no voy a usar cubrebocas porque nadie puede imponérmelo» es básicamente atentar con esa armonía social que, al mismo tiempo, les permite ejercer su libertad.

    Una sociedad libre no es una sociedad prehobbesiana: anárquica y sin reglas (la cual no podría ser llamada sociedad siquiera), las sociedades libres tienen reglas y normas para que los individuos puedan ejercer su libertad. Algunas de esas normas son institucionales mientras que otras son sociales y son sancionadas informalmente por la sociedad misma.

    Y bueno, lo normal es que si vivimos en una sociedad existan numerosas normas informales para evitar conductas que afecten a la sociedad en su conjunto. En este sentido, entonces debería ser normal que se reproche a la gente que no toma medidas porque ese reproche es racional:

    Es racional porque el perjuicio social de no obedecer las medidas es mayor que el beneficio individual de no seguirlas. Peor tantito, el perjuicio individual puede llegar a ser peor que el beneficio individual. Y decimos que el reproche es racional, al igual que es racional reprochar a aquella persona o empresa que contamina el agua para reducir gastos o a aquella persona que no obedece las leyes de tránsito poniendo en riesgo la integridad de automovilistas y peatones.

    Reprochar la conducta de los demás no es una conducta «antiliberal» como algunos argumentan. Por el contrario, el reproche se sirve de la libertad de expresión individual para sancionar socialmente a alguien más. El sujeto puede seguir actuando como quiera (a menos que haya normas institucionales al respecto) pero evidentemente el costo de hacerlo (impuesto por los demás en el ejercicio de su libertad) será más alto y más de una persona evitará caer en esas conductas para no ser reprochado por los demás.

    Hablar de superioridad moral es apelar al lugar común para restar importancia a la motivación del reproche. La verdad es que, en medio de la pandemia, con los sacrificios que mucha gente hace para evitar que más gente sufra y muera, lo menos que uno siente es coraje y la verdad es que la gente tiene derecho a externalizar dicho coraje.

    Y la gente no tendría por qué dejar de reprochar, incluso dejar de hacerlo sería irracional, porque más vale una persona más que esté molesta algún ratito por recibir reclamos que una más que falleció por el Covid.

  • Sí por México, La competencia de FRENA

    Sí por México, La competencia de FRENA

    Sí por México, La competencia de FRENA

    En algún momento, dentro de las manifestaciones anti-AMLO hubo una escisión entre FRENA y los demás conglomerados (chalecos amarillos, Xiudadanos y demás). De hecho, cuando comenzaron las manifestaciones allá por inicios de 2019, FRENA no existía.

    El «Frente Nacional Anti AMLO» comenzó a cobrar relevancia con las caravanas automovilísticas que se convocaron a inicios de la pandemia: mucha gente, preocupada por el gobierno de López Obrador, se empezó a sumar a esa organización. Las otras organizaciones decidieron ir por su lado, una de las razones era el rechazo a la figura de FRENA, Gilberto Lozano, por su talante autoritario y su organización vertical.

    Pero ¿qué iba a pasar con el resto de las oposiciones? ¿Qué iba a pasar con las organizaciones patronales? ¿Qué iba a pasar con Chalecos Amarillos y demás organizaciones que habían quedado relativamente desarticuladas? Desde hace tiempo se les había visto reticentes a sumarse a FRENA y no vieron con mucho gusto la idea de buscar remover a AMLO del poder (por ser imposible de hacer y, por ende, inconstitucional). Sumarse a FRENA habría implicado someterse a los designios de Gilberto Lozano.

    Entonces surgió Sí por México, una organización creada por Claudio X González, Gustavo de Hoyos y otros líderes empresariales que básicamente buscan ser una oposición sin «los defectos de FRENA» a la cual se le ve muy a la derecha del espectro político y se le acusa de tener un carácter demagógico, nacionalista y populista.

    Todos esos conglomerados (Chalecos Amarillos y demás), que se habían vistos rebasados por FRENA y habían quedado desarticulados se aliaron con Sí por México.

    Después de la creación de ésta nueva organización AMLO se apresuró a decir que Sí por México y FRENA eran lo mismo y hasta se esmeró en tejer paralelismos con la campaña de Pinochet en el referendum que el dictador chileno convocó y perdió.

    A los de FRENA, por su parte, les molestó que surgiera una oposición diferente a la que representaban ellos y que quisieran desligarse de ellos. Inmediatamente buscaron desacreditar ese movimiento tratando de promover la idea de que Sí por México fue inventado por AMLO, lo cual es a todas luces falso ya que ahí están líderes que en todo momento han sido opositores a AMLO.

    Sí por México y FRENA se parecen más bien poco. Sí por México, a diferencia de FRENA (que es un movimiento meramente reactivo y con algo contenido demagógico), pretende ser un movimiento propositivo e institucionalista, para ello han invitado a organizaciones de todas las ideologías (ahí están sumados desde el Frente Nacional por la Familia como algún colectivo LGBT) para conformar un frente amplio.

    Sí por México se presenta como una oposición ideológicamente bastante más moderada que FRENA sin caudillos ni líderes demagógicos. Gilberto Lozano no se quiso sumar porque de hacerlo, según me han comentado personas que ha tratado con él, su liderazgo se habría visto eclipsado. El líder y caudillo de FRENA es él, acá ya no habría tomado ese rol.

    Por eso la urgencia de Gilberto Lozano y los suyos de desprestigiar a este movimiento, porque la única oposición que puede existir son ellos. ¿Les suena? Suena conocido ese discurso, ¿verdad?

    Algunas organizaciones ultraconservadoras se unieron a la causa de FRENA y se dedicaron a hacer a desprestigiar a Sí por México diciendo que ahí hay masones, comunistas y «aborteros». Ello también deja patente la orientación político-ideológica de FRENA muy a la derecha (aunque Gilberto Lozano niegue que tengan alguna ideología).

    La pregunta con Sí por México es si un movimiento que no busca apelar a las vísceras y al miedo será capaz de atraer gente como para convertirse en la oposición más visible. El discurso simple, demagógico y basado en el miedo de Gilberto Lozano ha convocado a un número de personas nada despreciable. El discurso populista de Lozano ha calado en aquellos sectores preocupados por el actual gobierno. Este apelar a las emociones más profundas puede ser más atractivo que un movimiento formado por sectores empresariales e intelectuales que comentan que apostarán a la propuesta y al bien del país (evidentemente, de acuerdo a su concepción de lo que debería de ser) más que ser un movimiento meramente reactivo y catártico.

    ¿Podrá llamar la atención del electorado una organización como Sí por México vinculada a sectores de poder (en su mayoría empresariales) frente a un FRENA que, por más radical que sea, puede presentarse como una organización más orgánica? Si de algo seguramente puede adolcer Sí por México es de frescura: varios son, al final, los mismos rostros.

    Lo cierto es que Sí por México podrá servir como receptáculo para que aquellos que son opositores a AMLO pero se oponen a liderazgos como Gilberto Lozano, puedan aspirar a ser una suerte de contención a este régimen.

  • Lo que debes saber sobre el Papa Francisco y sus declaraciones sobre la comunidad gay.

    Lo que debes saber sobre el Papa Francisco y sus declaraciones sobre la comunidad gay.

    Lo que debes saber sobre el Papa Francisco sus declaraciones sobre la comunidad gay.

    Existen personas que tienen tanto poder que les basta con pronunciar unas palabras para cambiar la realidad de muchas personas. Las declaraciones del Papa Francisco, quien dijo que las leyes de la unión civil deben de cubrir a homosexuales, van en este sentido y me voy a explicar:

    A pesar de que la Iglesia Católica como institución no vive sus mejores momentos, el Papa sigue siendo una figura que detenta una considerable cantidad de poder sobre millones de conciencias e incluso ejerce influencia sobre la opinión pública (incluyendo no practicantes o no creyentes).

    En este sentido los papas suelen ser mesurados, no suelen embarcarse en declaraciones que generen mucha polémica, tienen que cuidar mucho sus palabras porque un paso en falso puede llegar a trastocar los intereses de la Iglesia Católica.

    La Iglesia Católica, como cualquier iglesia, es conservadora por naturaleza. Dado que las iglesias pretende fungir como «guardianas» de valores morales, siempre se encontrarán en la retaguardia en cuanto a cambios sociales se refiere. Dado que son los dogmas y las creencias los que forman la estructura de la institución, ésta no puede darse el lujo de llevar a cabo cambios abruptos. Continuas reinterpretaciones de los textos sagrados solo generarían incertidumbre en sus devotos fieles. Si la Iglesia funge como el camino a la Verdad, entonces esta no podría ser cambiada una y otra vez porque si no dejaría de serla.

    Es cierto, la Iglesia ha cambiado con el pasar del tiempo, pero esos cambios han sido parsimoniosos. La Iglesia siempre ha, de alguna u otra manera, tratado de adaptarse a los tiempos en los que se encuentra inserta, pero también ha tratado de mantener muchos de sus dogmas y prácticas: al día de hoy las mujeres no pueden aspirar al sacerdocio y los sacerdotes no pueden contraer matrimonio.

    Y vale la pena decir todo esto para entender el contexto en el cual el Papa Francisco da su mensaje, el cual aparece en un documental. En este dice que

    «Las personas homosexuales tienen derecho a estar en una familia, son hijos de Dios, tienen derecho a una familia. No se puede echar de una familia a nadie, ni hacerle la vida imposible por eso» «Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil, tienen derecho a estar cubiertos legalmente».

    Es cierto, el Papa Francisco no ha dicho nunca que esté a favor de que el sacramento del matrimonio pueda otorgarse a personas del mismo sexo como algunas cabezales llegaron a asegurar o algunas personas llegaron a creer, ni habló de adopción, pero el simple hecho de sugerir leyes de convivencia civil para parejas del mismo sexo se vuelve algo importante para la comunidad LGBT, ¿por qué?

    Porque sus palabras legitiman a la comunidad gay, los incluye más, los reconoce y los coloca más al centro. Ciertamente no hay una inclusión total al permanecer el sacramento del matrimonio igual que siempre, pero sí es un paso adelante, sobre todo de reconocimiento y aceptación.

    Pensemos un poco. Son generalmente los sectores conservadores confesionales los que se han opuesto fervientemente al matrimonio igualitario, y es cierto que dentro de muchos de estos sectores la discriminación e incluso desprecio hacia la comunidad gay no son casos aislados. Las declaraciones del Papa (aún cuando no haya tocado el tema del matrimonio) restan legitimidad a las consignas de quienes ven la homosexualidad con malos ojos. El mensaje a los creyentes es claro: «no podemos seguir relegando a los homosexuales a la periferia, no los podemos seguir excluyendo de las familias».

    Sería iluso pensar que de buenas a primeras el Papa se atreviera a tocar el sacramento del matrimonio por muchas razones, recordemos que los cambios que da la Iglesia suelen ser parsimoniosos y esta no es la excepción. Hacerlo en el contexto actual podría suponer incluso un nuevo cisma dentro de la Iglesia, lo cual reduciría de forma considerable el poder social e incluso político que tiene. Un anuncio así podría provocar que muchos creyentes migren a otras iglesias cristianas más conservadoras (a los evangélicos les encantaría esto). Por eso la declaración del Papa Francisco, aunque algo revolucionaria, también es mesurada y parsimoniosa, y aún así genera ciertas resistencias en algunas personas que tendrán más problemas para ver en su religión un pretexto para seguir sosteniendo sus prejuicios. Incluso genera seguramente resistencias dentro del Vaticano, no es como que sea fácil para el Papa tratar de dar avances en esta materia y ello puede reconocérsele.

    Su mensaje no implica cambios estructurales en la Iglesia, pero sí promueve a sus feligreses un cambio de actitud hacia los homosexuales, y en muchos casos los cambios culturales (como el que promueve este mensaje) son condiciones ex ante para cambios posteriores que sí puedan ser más estructurales y sustanciosos.

    No es como que todos los sectores más duros vayan a cambiar de opinión, algunos tratarán de reinterpretar las palabras del Papa para que se acomoden a sus prejuicios (esos que son «más papistas que el Papa»), otros harán como que no pasó nada, pero seguramente estas declaraciones moverán a más de uno, le harán preguntarse si la homosexualidad es tan mala como piensa cuando su líder toma el camino opuesto. y es una buena noticia, porque además va en consonancia con la progresiva inclusión de la comunidad gay en la sociedad. Si la comunidad gay ha logrado, con el tiempo, incluirse cada vez más en la sociedad, un mensaje así ayudará a acelerar un poco más ese proceso.

    Todo esto es, sin duda, un reflejo evidente de la lucha que han llevado a cabo por colocarse al centro.

    Algunas personas argumentan hipocresía en la Iglesia al tomar una posición intermedia y no incluir a los gays en el sacramento del matrimonio. Es cierto que se trata de una inclusión «a medias», pero también es cierto que sería iluso esperar algo más. La sustancioso de la noticia no trata sobre la Iglesia, no trata sobre si «se está modernizando». Si la Iglesia es hipócrita, si ha tenido fallas, si lo hace para ganar devotos, si es una institución falible como todas las instituciones humanas, es un tema secundario aquí.

    Lo que importa son los efectos del mensaje, lo que importa es el efecto instrumental de aquello que se dice, porque a quienes más les debería importar lo que diga el Papa son aquellos sectores confesionales y devotos, muchos de los cuales suelen ver al homosexual con una mirada que, cuando no es de desprecio, es de profunda conmiseración.

    Para los gays que no son religiosos puede ser que si la Iglesia establece esto o aquello sea irrelevante, porque naturalmente no la obedecen ni la toman en cuenta siquiera, pero la progresiva apertura que es, a su vez, un reflejo y consecuencia de su lucha por abrirse camino, tendrá efectos en la sociedad creando una suerte de círculo virtuoso. Tal vez estos efectos no sean de la magnitud que quisieran, pero que sí implica un estadio mejor al actual.

    Y para los gays que son creyentes o religiosos la noticia será mejor aún, porque percibirán que una Iglesia de la cual se han sentido excluidos empieza, aunque sea de forma tímida y gradual, a tenerles una mayor aceptación.

    Al final, esto es un avance como tal y es reflejo de un proceso social en el cual la comunidad LGBT ha buscado ser incluida en el ethos social. Es una buena noticia por donde se le quiera ver, más allá de consideraciones, intereses y demás.

  • Las Tres Muertes de Marisela Escobedo. Reseña de un documental que deberías ver  ya

    Las Tres Muertes de Marisela Escobedo. Reseña de un documental que deberías ver ya

    Las Tres Muertes de María Escobedo. Reseña de un documental que deberías ver

    El problema que a veces tengo con las cifras es que difícilmente logran transmitir la carga emocional que contiene aquello que miden o representan. Hablamos de tantas personas muertas o asesinadas con una frialdad que nos recuerda aquella frase atribuida a Stalin que dice que «una muestre es una tragedia, un millón es estadística».

    Cuando hablamos de asesinatos o, más en específico, feminicidios, solemos caer en la trampa. No es que las cifras no importen, es que si les diéramos la real importancia a lo que miden deberían dolernos en lo más profundo del corazón. Lo que hace el documental de Netflix, Las Tres Muertes de Marisela Escobedo, es humanizar aquello que hemos relegado a la frialdad de las cifras.

    Lo que tenemos es el relato de una historia desgarradora e indignante, muy dolorosa pero necesaria. La impotencia, el coraje y la tristeza se entremezclan al escuchar tan dolorosa historia y, peor aún, saber que es solo una historia de tantas. Basta haber retomado tan solo un elemento de tantos que componen esas cifras que ya nos son demasiado cotidianas como para llamarnos la atención sobre la pobredumbre humana, moral e institucional detrás de una pérdida humana (un feminicidio, en este caso).

    Todo comienza con el feminicidio de Rubí, asesinada por su pareja Sergio Barraza quien, después de que Marisela Escobedo indaga sobre lo ocurrido con su hija, es detenido y llevado a juicio. Las pruebas son contundentes, existen las suficientes declaraciones e incluso Sergio tácitamente reconoce su culpabilidad al pedir perdón a Marisela. Era un hecho que sería condenado culpable ¿verdad?

    Pero Sergio Barraza es absuelto, por increíble que parezca. La escena donde Marisela Escobedo estalla en llanto y coraje es desgarradora. Es difícil que esa indignación no le llegue a uno a lo más profundo de las entrañas.

    Sin embargo, Marisela Escobedo es fuerte. No se deja caer. Desde el siguiente día sigue adelante, presiona a las autoridades, hace numerosas manifestaciones para exigir justicia, pero queda claro hay algo que no cuadra. Ante el vacío que deja la ausencia de las autoridades, ella se empeña en buscar al feminicida para que sea recapturado y ahora sí encarcelado. Logra dar con él en Zacatecas, pero el operativo fracasa estrepitosamente. Él logra escapar. Luego se entera de que había ingresado a la fila de los Zetas.

    Marisela Escobedo sigue siendo fuerte, va a la Ciudad de México y el entonces Presidente Felipe Calderón se niega a recibirla. Trata de llamar la atención del nuevo gobernador de Chihuahua César Duarte y es rechazada. Se manifiesta frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, duerme ahí y posteriormente es asesinada ¡frente al Palacio de Gobierno!

    De ahí el nombre del documental: la primera muerte es la de su hija, la segunda es la de la inexplicable liberación de su asesino y la tercera es su propia muerte. Yodos esos crímenes quedaron impunes. Sergio Barraza falleció por razones ajenas al crimen que cometió y nunca pagó por lo que hizo. La colusión de las autoridades con el crimen organizado es completamente evidente pero absolutamente nadie pagó, todos salieron bien librados y no padecieron más que la indignación del pueblo que salió a las calles.

    Lo que retrata este caso, uno de tantos, es no solo la pobredumbre social o el machismo (evidente desde varias perspectivas) sino un sistema de justicia inoperante que no logra, ni siquiera a medias, proteger a los ciudadanos de los delincuentes y que está diseñado para no darle la suficientemente atención a la violencia privada que las mujeres sufren (ahí donde generalmente no hay muchos testigos) y que es una de las razones por las cuales las mujeres protestan una y otra vez.

    La sensación que te deja esa historia es que estás solo, que si eres violentado tienes que ir por tu cuenta como hizo Marisela Escobedo cuya ardua labor trató de llenar el vacío que la displicencia de las autoridades llenaron. Y no sólo vas solo, porque las autoridades, que deberían defenderte, ni siquiera toman un papel neutral sino que son cómplices. Tú te vuelves un problema para los intereses de las autoridades más que el asesino.

    La única luz de esperanza que deja este documental es ver cómo los colectivos feministas han tomado la figura de Marisela Escobedo como un símbolo, y que, a pesar de todo, nadie se ha rendido en la búsqueda de un estado de cosas más justo donde las autoridades nos defiendan a todas y todos, uno donde las mujeres no sean violentadas.

    Y dentro de todo el cúmulo de sensaciones fuertes, de corajes o indignaciones que genera esta serie, también hay una historia de lucha y amor encabezada por Marisela Escobedo, quien hizo todo lo que estuviera a su alcance para hacerle justicia a su hija Rubí al punto que dio su vida por ella. Y a pesar de que el crimen quedó impune su lucha no fue en vano ya que se ha convertido en inspiración de muchas activistas para seguir con la lucha.

    Es evidente que la impunidad y la colusión de las autoridades también nos afecta sobremanera a los hombres, pero en el caso de las mujeres se agrega este elemento de la violencia privada, donde no hay testigos y los testimonios faltan, lo cual genera un sentimiento de vulnerabilidad mucho mayor. Es evidente que nuestro sistema de justicia poco hace por este tipo de violencia, no sólo porque es ineficiente en la práctica, sino por su propio diseño.

    Si uno quiere preguntarse el por qué de las marchas de las feministas que tanto incomodan a ay tanta «indignación» generan por los vidrios rotos o monumentos rayados, debería ver esta serie. Este documental debería ser vista obligatoria para toda persona de este país. A veces es necesario confrontarnos con la realidad, que es mucho más cruel que las cifras, porque solo a partir de la cruda realidad es como se puede comenzar a construir una realidad mejor.

  • La necesidad de juzgar

    La necesidad de juzgar

    La necesidad de juzgar

    La gente siempre te juzga dentro de sus cabezas, y los juicios que hacen sobre ti no siempre son necesariamente buenos.

    Es probable que algunos de los juicios que la gente hace sobre ti no te agraden en absoluto si tuvieras conocimiento de ellos.

    Pero la gente necesita juzgarte.

    La gente necesita saber cómo tratarte y abordarte, y ello sólo se logra a través de juicios sobre tu persona (unos de forma más consciente que otros). Y como no eres una persona perfecta porque ningún ser humano es perfecto, entonces da por descontado que, incluso la gente que más te quiere, ha hecho juicios negativos sobre ti y posiblemente los sigue haciendo.

    Y ello no tiene nada de malo.

    La gente nunca va a decir con detalle todo lo que piensa de ti, no tiene incentivos para hacerlo dado que ambas partes perderían: externarlo puede llegar a ser irracional y contraproducente, puede lacerar una relación sin necesidad.

    Imagina que todo el mundo que conocieras te dijera por primera vez: «estás gordo, tu timbre de voz no me gusta, a veces eres torpe al hablar». La convivencia en un contexto así seria imposible.

    Y la verdad es que no necesitas saber todo lo que la gente piensa de ti ya que los juicios tienen una fuerte carga subjetiva. El mal juicio que una persona haga de ti (digamos, que no le gusta que seas calvo) a la otra persona tal vez ni le pase por la cabeza o hasta piense que tu calvicie tenga cierto sex appeal.

    Y tiene sentido que no necesites saberlo, porque ya que hacer juicios es una forma de adaptación al entorno (en este caso, adaptarse a tu persona) y ya que cada persona, al ser un mundo distinto, tiene distintas necesidades y cosmovisiones, entonces va a juzgar de distinta forma. Que a alguna persona no le guste tu calvicie no es problema alguno mientras ello no sea un juicio sistemático.

    Son solo aquellos juicios que son muy sistemáticos, importantes para el que juzga y recurrentes de tal forma que afecten tu convivencia con los demás, los que deberían de preocuparte, porque ellos hablan de un rasgo o defecto tuyo que podría afectar tu relación con los demás. En este caso, es muy plausible que una persona (en especial alguien cercano) te lo externe:

    Hablando de ello, solo cuando la relación se vuelve más cercana e íntima, el individuo está dispuesto a expresar más juicios sobre tu persona (y no del todo, sino sólo cuando es relevante para el interés de la relación o la estima hacia la otra persona). Conforme la convivencia es más íntima, los rasgos de tu persona se vuelven más trascendentales para la otra persona. No es lo mismo que seas una persona que huela mal para alguien que convive contigo poco que para una persona que todos los días tiene que lidiar con el mal olor.

    Y que la gente no te externe todos los juicios que hace sobre ti no la hace hipócrita. La gente hipócrita expresa un sentimiento hacia tu persona que no tiene: el hipócrita te dice que le caes bien o te estima cuando ello no es cierto. Que alguien no externe todos los juicios que hace en su mente sobre ti no significa que no sea sincero a la hora de expresar aprecio por tu persona.

    Es gracias a esos juicios que la gente termina tolerando y aceptando tus defectos, porque así te termina reconociendo. Gracias a ello la gente te reconoce como valiosa: porque a pesar de tus defectos, eres una persona con la que es agradable estar y convivir. Los juicios son un mecanismo de adaptación. Sin ellos, la convivencia sería imposible.

  • ¿Quién va a ganar las elecciones en Estados Unidos?

    ¿Quién va a ganar las elecciones en Estados Unidos?

    ¿Quién va a ganar las elecciones en Estados Unidos?

    Hace más de cincuenta años, el filósofo Isaiah Berlin escribió un ensayo llamado «El Erizo y el Zorro». En este ensayo se describe al erizo como aquel que ve el mundo a través de una gran idea o narrativa, mientras que el zorro es más minucioso y no cree que el mundo se pueda ver de tal forma.

    El Erizo sabe una «gran cosa» y el zorro sabe muchas cosas.

    Este ensayo fue retomado en el libro The Signal and The Noise por el estadístico Nate Silver (muy conocido por hacer estadísticas y predicciones tanto deportivas como estadísticas en Estados Unidos) para sugerir que a la hora de hacer predicciones políticas uno debe ser más un zorro y no un erizo. ¿Qué quiere decir esto?

    Se dice que en 2016 las casas encuestadoras, que daban como favorita a Hillary Clinton, fallaron. La respuesta del erizo es simple: si las encuestas fallaron en el 2016, no se puede confiar en ellas en 2020 y hay que ignorarlas. Muchos de quienes predicen la victoria de Trump utilizan esta gran narrativa. Pero hacerla de erizo, como bien afirma Nate Silver, no es muy distinto a dar un resultado aleatorio o arrojar una moneda. En su libro muestra cómo los politólogos que salen en la televisión y que pronostican con base en sus intuiciones y sus grandes narrativas no suelen acertar más que una moneda que es arrojada al suelo. El caso del show de McLaughlin es ejemplar. Estos son los resultados de las predicciones de sus especialistas:

    The Signal and the Noise – Nate Silver

    Pero el zorro no se conforma con grandes narrativas. El zorro se pregunta por qué fallaron, en qué fallaron y por qué margen fallaron. Cuando uno analiza los datos de 2016, se dará cuenta que en realidad las encuestas no se equivocaron tanto y no fueron mucho menos precisas que en otras ocasiones. En cambio, fueron algunos agregadores que, con base en esas encuestas, afirmaron que Hillary tenía más de 80% de posibilidades de ganar la elección.

    El erizo no entiende de encuestas

    De acuerdo a RealClearPolitics, el promedio de todas las encuestadoras le daría a Hillary Clinton el triunfo en el voto popular por 3.2%. Hillary terminó ganando el voto popular por 2.1% (solo 1.1% menos). Tomando en cuenta que las encuestadoras generalmente suelen utilizar un margen de error del +/-3, podemos darnos cuenta que estadísticamente varias de ellas hicieron bien su papel.

    Para explicarlo de una forma más sencilla. Digamos que, en un caso hipotético, AMLO gana por 12 puntos de diferencia a Anaya y Parametría muestra en sus encuestas (con margen de error de +/- 3 que AMLO ganaría por 16 puntos. En el otro, digamos que Calderón le gana a Peña Nieto por 2 puntos y Consulta Mitofsky pronostica que Peña va a ganar por un punto.

    La opinión convencional (el erizo) dirá que Parametría acertó (porque al final el ganador coincidió) y que Mitofsky se equivocó (porque daba 1% de ventaja al candidato perdedor). Estadísticamente, Mitofsky tuvo un mejor desempeño que Parametría.

    Lo que ocurre es que cuando el resultado de la elección es cerrada, existe la posibilidad de que una encuestadora haga bien su trabajo y no acierte al ganador. La elección de MORENA es ejemplar en este sentido, y también lo fue la elección del 2006, donde varias encuestadoras daban ventaja a AMLO pero dentro del margen de error existía la posibilidad de que Calderón ganara.

    Con esto no quiero decir que en 2016 las encuestas no hayan cometido errores (el margen casi siempre cayó a favor de Hillary Clinton y ello tiene muchas explicaciones), pero dichos errores fueron más pequeños en magnitud de lo que se piensa.

    El erizo, por ejemplo, va a desestimar que mientras que la diferencia que marcaban las encuestas entre Trump y Hillary eran del 3.2% el día de hoy la diferencia que Biden le lleva a Trump es del 9.8%. Como «las encuestas fallaron» todo esto le parecerá frívolo e intrascendente.

    Otro error tiene que ver con la interpretación de los datos. A Nate Silver le llovió porque su agregador (que fue el más acertado) decía que Hillary tenía 71% de posibilidades de ganar. Un erizo que no analiza bien la información habría concluido que «Hillary ya ganó» porque el 71 es un número grande, pero en realidad lo que afirma es «Hillary tiene más posibilidades de ganar, pero Trump está lejos de estar muerto y puede dar una sorpresa». Estadísticamente, es como decir: si las elecciones se llevan a cabo tres veces, Aproximadamente Hillary ganaría dos y Trump una.

    Si uno comprende todo esto, entonces se podrá dar cuenta que no hay razón para desestimar por completo las encuestas sino que se deben tomar como lo que son: herramientas que marca tendencias, las cuales tienen un margen de error y no son completamente infalibles.

    Y a pesar de su falibilidad, las encuestas suelen acertar con más precisión que las opiniones del erizo.

    El erizo no distingue entre percepciones subjetivas y hechos.

    A mí no me gustó Biden en el primer debate: lo vi soso, aburrido, sin contundencia, me pareció que desperdició muchas oportunidades. Trump tampoco me gustó en lo absoluto, fue un simple bully que se la pasaba interrumpiendo.

    Pero lo que yo percibo no es necesariamente lo que perciben todos. Mucha gente, después de ver al Biden que yo vi, afirmó de forma categórica que Donald Trump va a ganar.

    Pero para constatar eso, deberíamos tener forma de medir el impacto del debate en los electores estadounidenses. El debate prácticamente no tuvo impacto alguno en las preferencias (de hecho, últimamente los debates no lo tienen) e incluso hubo una estrecha correlación entre el candidato al que el elector daba por ganador y el elector con el que simpatiza:

    Un simpatizante de Trump dirá que su candidato dominó el escenario, que se vio más vivo y agresivo sobre un endeble Joe Biden. Un simpatizante de Biden dirá que su candidato contuvo la agresividad de Trump y se mantuvo en sus cabales.

    Al final, la idea de que «no me gustó tal candidato en el debate, por lo tanto el otro va a ganar» es, de nuevo, una actitud de erizo porque está haciendo el pronóstico con base en un evento cuando lo que define el resultado de una elección es una multiplicidad de eventos que producen un resultado, eventos que no están siendo analizados.

    ¡Entiende erizo! No es lo mismo quién crees que va a ganar a quién quieres que gane.

    En 2018 me atreví a pronosticar el triunfo de López Obrador. Muchas personas se me fueron encima por tratar de decir ello.

    No es que fuera Nostradamus, en lo absoluto. Tampoco simpatizaba con él, no voté por AMLO, pero las tendencias eran muy claras. Las encuestas hablaban de más de 20 puntos de ventaja.

    Claramente habían procesos sociales que lo podían sugerir (como el desencanto con la clase política, que AMLO era prácticamente el único opositor con una base leal de seguidores y también que AMLO se identifica mucho con la idiosincrasia del mexicano común), pero existía el riesgo de que en mi análisis omitiera otros eventos de los cuales no me había percatado.

    Por ello es que seguí al agregador de encuestas de Oráculus, plataforma que elaboraron Javier Márquez, Sebastián Garrido (que es actualmente mi profesor en el CIDE) y otros, lo consultaba todos los días.

    Los argumentos en mi contra eran: «todos dijeron lo mismo de Hillary», «las encuestas están compradas». Pero no sabían explicarme cómo y por qué. Decían que habían visto mal a AMLO en los debates y que «no era posible que alguien así ganara». Me insistieron en que había un «voto oculto» como ocurrió en 2016 en Estados Unidos (sin importar que en EEUU hablábamos de diferencias de uno o dos puntos porcentuales y en México de más de veinte puntos).

    Los argumentos estaban muy afectados por el sesgo cognitivo producto de las preferencias ideológicas. Algunos incluso se cegaban a ver la realidad. A mí no me agradaba tampoco, pero sabía que con esas tendencias las encuestas tendrían que cometer un error histórico de proporciones nunca antes vistas en el país.

    ¿Quién va a ganar? ¿Biden o Trump?

    Hice leer un choro a mis lectores antes de llegar a la pregunta planteada en el título de este texto, y hacerlo así tiene un propósito que creo ya te es muy evidente.

    Y lo peor es que mi respuesta no te va a satisfacer.

    Seguramente esperarás de mi parte que «nombre a un ganador», pero sería irresponsables hacer eso. Me explico:

    Si las elecciones fueran hoy, pronosticaría el triunfo de Joe Biden, no sólo por los casi 10 puntos que las encuestas le dan de ventaja en el voto popular, sino porque también guarda una ventaja no despreciable en la mayoría de los estados bisagra. Recordemos que, como ocurrió en 2000 y 2016, un candidato puede llegar a ganar el voto popular y perder la elección (aunque en ambos casos la diferencia no superó los dos puntos).

    Pero las elecciones no se llevan a cabo hoy. ¡Hoy ni siquiera es martes, es domingo!

    Aunque la diferencia que tiene Biden sobre Trump no es nada despreciable, no es tampoco tan grande como para dar por muerto a Donald Trump. Es decir, la victoria de Joe Biden no está asegurada del todo, aunque sí creo que es lo más probable que ocurra porque, a diferencia de 2016, las preferencias no se han movido mucho (esto podría ser explicado en parte por el hecho de que Trump ya es Presidente de EEUU y la gente, a diferencia de 2016, ya tiene una idea muy fija sobre él).

    Lo único que puedo decir es eso: Biden tiene más posibilidades de ganar la elección, pero su victoria no es segura del todo.

    Predecir es problemático para las ciencias sociales y más que predecir, las encuestas muestran tendencias, y las tendencias, valga la redundancia, pueden cambiar con el paso del tiempo.

    Si el día de la elección, con tendencias parecidas a las de hoy en las encuestas, gana Trump, sería un escándalo. Para las encuestadoras el 2016 sería una breve anécdota comparada con la gran tragedia que para ellas sería el 2020.