Categoría: sociedad

  • Propongo dignificar el transporte público con el gasolinazo

    Propongo dignificar el transporte público con el gasolinazo

    Propongo dignificar el transporte público con el gasolinazo

    En la mayoría de mis viajes, tengo que usar mi automóvil ¿por qué? Porque lamentablemente es la única forma en que me puedo transportar de una forma regularmente eficiente. Y digo regularmente porque al final la calidad del traslado no termina por ser buena: mucho tráfico, estrés, etcétera.

    Si el transporte público de mi ciudad fuera digno, ya hace tiempo hubiera vendido mi carro. El automóvil entonces es un mal necesario. Lo necesito para ahorrar tiempo -debido a la mala cobertura del transporte público-, tiempo que puedo invertir en mi trabajo y otras actividades.

    El problema es que la cultura del automóvil no sólo hace poco digno al transporte público, que queda relegado a un segundo plano en las políticas públicas, sino que hace lo propio con el traslado en automóvil. Más carros, más tráfico, más estrés, ciudades menos vivibles.

    Entonces, ahora que todos están indignados con el gasolinazo, yo preferiría proponer que éste sí tenga efecto, que sí aumente la gasolina el 20%, pero que el IEPS -impuesto que hace la diferencia para que la gasolina sea más cara- se destine a las entidades federativas, se utilicen para la mejora de transporte público y que con ese dinero las ciudades puedan llevar a cabo una reestructuración urbana donde se de prioridad a infraestructura peatonal -y no me refiero a los excluyentes pasos peatonales-, ciclovías, mejoramiento del transporte urbano y construcción de líneas de transporte como BRT, Tren Ligero o Metro. 

    De la misma forma, propongo que se exente de este impuesto a quienes consumen gasolina como parte de actividades productivas tales como traslado de insumos. Esto para aminorar el efecto de la inflación y evitar que el incremento impacte en el costo de los productos, sobre todo aquellos de primera necesidad. 

    ¿Por qué propongo esto? Porque basta de seguir alimentando esa cultura del automóvil que está colapsando nuestras ciudades. Basta de alimentar ese concepto del automóvil como una herramienta que otorga prestigio y status social, que reafirma la clase social a la que pertenece un individuo. ¡Basta! Nos está haciendo mucho daño.

    Basta de pensar en nosotros mismos, tenemos que comenzar a pensar en nuestra comunidad -lo que es bueno para nuestra comunidad es bueno para nosotros-. Necesitamos crear ciudades dignas para todos, ciudades que fomenten la convivencia, ciudades más ecológicas, ciudades para las personas y no para los automóviles. Tenemos que romper con un modelo que está por llevar a nuestras ciudades al colapso. 

    Para eso tendremos que romper paradigmas y conceptos que no sirven: habrá quienes se opongan a las ciclovías porque van a tener menos espacio para estacionar los coches que ya no les caben en la cochera, habrá quienes se molesten porque el carril de calle de su casa ya no estará tan grande. Pero tenemos que romper esas barreras y conceptos mal fundados. 

    Además, el subsidio a la gasolina no beneficia a los más pobres como afirman ciertos líderes políticos, por el contrario, el subsidio es altamente regresivo y beneficia a los ricos:

     

    Por eso, yo propongo presionar al gobierno para que el IEPS se utilice en la mejora del transporte público digno para todos sin importar clase social o económica, e infraestructura urbana para tener ciudades más habitables, que por consecuencia se convertirán en ciudades más seguras, y no que se utilice para tapar los agujeros fiscales que el propio gobierno ha creado. 

    Comparte esto, pasa la voz.

  • De las manifestaciones posmodernas sin sentido

    De las manifestaciones posmodernas sin sentido

    De las manifestaciones posmodernas sin sentido

    El primer comentario que se virtió con el anuncio del alza de gasolina y su posterior desabasto fue: «todos están distraídos con los XV de Rubí, bola de ignorantes, tenemos que ser ciudadanos responsables y debemos tomar acción».

    ¿Cuál fue la acción? Bueno, llenar el tanque y no cargar de gasolina los siguientes 3 días. Hice eso que llaman facepalm.

    Ya argumenté lo absurda de esta propuesta en mi artículo anterior: No reduce el consumo de gasolina, no va a afectar las arcas del gobierno, puede agravar el problema de abastecimiento afectando a más personas, y también, que simplemente todas las manifestaciones de «deja de consumir x o y» -en este caso ni eso es- no sirven para nada porque están muy mal focalizadas.

    No quiero herir susceptibilidades al mostrar mi frustración por la forma en que los mexicanos a veces queremos mostrar nuestra indignación y queremos hacer presión. Y es que la indignación no debería estar peleada con lo racional ni con lo estratégico ni con el sentido común.

    Hablo de ese tipo de manifestaciones que no sé como llamarlas, porque no son ni desobediencia civil ni son nada. Es más, son todavía mucho menos eficientes que las protestas tradicionales -de esas donde sales a la calle con una pancarta-. Estas manifestaciones tan estériles e improvisadas no le requieren al indignado ningún esfuerzo, ni pararse de su cama siquiera.

    En una manifestación, la fuerza del voluntad y el sacrificio amplifican el mensaje. Ya sea quienes se van a acampar, quienes enfrentan directamente a sus políticos, quienes hacen huelgas de hambre, o mínimo salen a la calle. Si el indignado hace un sacrificio es porque está dispuesto a dar algo a cambio de luchar por una causa. Sin eso, una manifestación no vale la pena.

    ¿Por qué la huelga de hambre de Ghandi fue muy simbólica y efectiva? Por los sacrificios que él y su gente estuvieron dispuestos a hacer para luchar por lo que creían, porque así dieron a entender que eso por lo que luchaban es muy importante: Si un individuo está dispuesto a morir de hambre por algo, es porque ese algo tiene mucho valor y porque no se van a rendir fácilmente. 

    Entonces, si la gente se manifiesta llenando el tanque, el mensaje es que no están dispuestos a hacer casi nada por hacer que el gobierno de marcha atrás con ese impuesto que incrementará el costo de las gasolinas. 

    En este mundo digital posmoderno comelikes #TodosSomosQuienSabeQuéCabrón nos hemos acostumbrado a manifestarnos desde el sillón, o desde acciones que requieren poca o ninguna fuerza de voluntad. Porque vaya, se nota la poca fuerza de voluntad cuando se crea alguna actividad que no está bien focalizada, que no tiene pies y cabeza, y cuyos organizadores ni siquiera se informaron bien para entender el entorno, o cómo es que esa manifestación puede lograr su cometido.

    Un ejemplo de ello es la campaña que se propuso para dejar de consumir productos extranjeros para «ponerle en su madre a Trump», ignorando que muchas de esas empresas se opusieron al magnate en la campaña. Es decir, las empresas no tenían responsabilidad alguna en el destino político de los Estados Unidos y menos en las propuestas que pueden afectar a nuestro país. Peor aún, muchas de esas empresas dan trabajo a mexicanos. 

    No, no estoy hablando de usar la violencia ni de quemar casetas. Bajo la legalidad y el respeto al Estado de derecho se pueden hacer manifestaciones que cambien realidades. Pero son más complejas, mejor pensadas y requieren, sí, de fuerza de voluntad. 

    ¿Por qué la gente no propone, por ejemplo, no poner gasolina a su auto durante un periodo de tiempo, lo cual le obligue a usar el transporte público durante unos días? Los quejosos podrían publicar en las redes con la leyenda «yo estoy en huelga por el gasolinazo, por eso hoy tomo el camión», eso me parecería al menos un poco más sensato, lo es porque en ese caso sí estarían dejando de consumir gasolina y estarían dispuestos a hacer un sacrificio. ¿Pero por qué no se hace?

    Por eso mismo, porque requiere un sacrificio: tomar el camión -lo cual implica más tiempo de traslado- es un sacrificio que no todos estarían dispuestos a tomar. 

    Incluso pondría mucho en tela de juicio la efectividad de esta propuesta, pero al menos podría decir que tiene más sentido y está mejor pensada. 

    Armar una manifestación inocua y estéril como la de los 3 días sin consumir gasolina es muy fácil, basta propagar la propuesta por redes sociales o Whatsapp y todos se unen porque siente que están participando en algo y haciendo algo, y que ese algo no significa un gran esfuerzo para ellos. Es como algo gratis. Al final, parece que la gente lo hace por ser parte de algo -que entiendo que ese sentimiento de unidad es parte de las protestas- pero más allá del objetivo final, basta hacer un análisis muy superficial para entender que la propuesta no tiene sentido.

    Y lo mismo pasa con muchas manifestaciones «digitales». Un caso especial son las firmas de change.org que sólo funcionan cuando unos pocos deciden llegar con esas firmas, encarar gente -ya sean políticos o a quienes se están oponiendo- y pagar el precio que los muchos no pagaron. 

    Es sentido común, si quieres algo, tienes que esforzarte por conseguirlo.

    Sí, también aplica cuando se trata de causas sociales. 

  • Tanque vacío ¡por favor!

    Tanque vacío ¡por favor!

    Tanque vacío ¡por favor!

    Hoy veo a una ciudadanía enojada, arrojada en cólera. Tienen razón para estarlo, un fuerte incremento a la gasolina no es algo que agrade a nadie. Menos cuando las razones a las que esta decisión obedece no tienen justificación alguna más que llenar las arcas de un gobierno que no trabaja para sus ciudadanos, un gobierno que ya está planeando estrategias de corte asistencialista -y que requieren de dinero del erario público- para tratar de ganar las elecciones venideras. 

    A esto hay que agregar el desabasto que es resultado de lo mismo. Personas que tienen que formarse para poder ponerle un poco de gasolina al auto y puedan desplazarse, mientras las autoridades (como ocurrió en San Luis Potosí) estaban asistiendo a los XV años de Rubí. La gente tiene todo el derecho a estar enojada, aunque a veces fallen un poco en la interpretación de aquello que está sucediendo.

    Por ejemplo, a diferencia de lo que muchos piensan y de lo que algunos políticos -dizque progresistas- quieren hacer creer, el alza a la gasolina y el desabasto no son producto de la Reforma Energética, ni a que le «vamos a entregar Pemex a las transnacionales»; no es culpa del neoliberalismo, sino de la Reforma Fiscal que planteó el PRI junto con el PRD. Por el contrario, lo que ocurre es que a nuestro flamante gobierno se le ocurrió gravar la gasolina con ese impuesto especial llamdo IEPS que representa el 26% del total del consumo. Como un amigo mío economista lo explica, así se divide el costo de la gasolina:

    a) 43% como Precio de referencia internacional.
    b) 26% de Impuesto Especial a la Producción y Servicios (IEPS).
    c) 14% de Margen comercial, mermas y costos de transporte.
    d) 17% por Impuesto al Valor Agregado (IVA) más otros conceptos.

    Es decir, si ese impuesto no existiera, al liberar el costo de la gasolina a precios de mercado éste sería todavía más bajo de lo que la gasolina cuesta actualmente. No es culpa de la Reforma Fiscal, ni de las transnacionales, sino del PRI y del PRD que diseñaron ese bodrio llamado Reforma Fiscal, y claro está, del gobierno de Peña Nieto.

    Supongo que el gobierno espera recaudar más dinero no sólo por el impacto de la economía y política mundial, sino por la ineptitud del propio gobierno que ha manejado mal las finanzas de este país.

    Podría «entender» este incremento si tuviéramos a un gobierno cuyo trabajo fuera palpable, donde los ciudadanos puedan percatarse de la inversión cuando salen a la calle, donde hay servicios dignos. Pero no hay eso, en realidad tenemos a varios gobernadores que desfalcaron estados y que el Gobierno Federal hace como que persigue después de estar varios años consintiéndolos.

    Si el gobierno tuviera sus finanzas sanas y fuera responsable, posiblemente la gasolina no necesitaría estar gravada con este impuesto.

    Entiendo completamente -disculpen por la majadería que diré- que los ciudadanos sientan esto como una patada en los huevos.

    Algunos plantean como manifestación que la gente llene su tanque antes del primero de enero y que los siguientes 3 días no carguen gasolina. En realidad, creo que el impacto que tendrá dicha manifestación será mínima sino es que nula. Primero, porque podrían incluso agravar el problema de desabasto, y porque si piensan castigar al gobierno de esa forma, la realidad es que sólo perderán la diferencia del IEPS de un año a otro en una sola carga. De hecho, incluso sin «castigo», muchas personas «yo me incluyo» llenamos el tanque en vez de hacerlo en enero para que «nos saliera un poco más barato».

    En ese caso, me parecería un poco más sensato lo siguiente y  que seguramente no generará tanta convocatoria por la indisposición de algunas personas para usar el transporte público -en algunos casos porque lo suficiente malo e ineficiente como para que sea opción-: dejar de usar el auto durante un tiempo, puede ser una semana por ejemplo; y en vez de eso usar la bicicleta, el transporte público, o si es posible, trabajar desde casa. De esta forma el impacto económico sería mucho mayor. Y sí, de una vez eso ayudaría a desincentivar a que sea un poquito, la cultura del automóvil en el país donde los carros per cápita superan el de algunos países desarrollados.  

    Bueno, en realidad mi propuesta sólo serviría para que aprendas a no depender tanto del coche, aunque tan sólo una semana no creo que ayude de mucho. 

    El gasolinazo no es tanto una «medida impopular pero necesaria» sino más bien reflejo de la ineptitud del gobierno de Peña Nieto, que observa pasivamente como el país se le cae a pedazos, un país de simulación, de improvisación y de parches. 

    Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de los 13.40 por litro de Magna. 

  • ¡Así que tú fuiste a los XV años de Rubí!

    ¡Así que tú fuiste a los XV años de Rubí!

    Muchos quisiéramos que nuestra sociedad, la mexicana, fuera una más crítica, participativa, responsable, que leyera y se informara más. Vaya, que sean mejores ciudadanos. La realidad es que México está muy lejos de ser eso, aunque no se puede ignorar que de pronto hay manifestaciones esporádicas donde el mexicano intenta organizarse y cambiar su entorno.

    ¡Así que tú fuiste a los XV años de Rubí!

    Cuando apareció este extraño fenómeno difícil de explicar llamado «Los XV de Rubí», caí, como muchos, en la tentación de preguntarme por qué la gente participa en estos fenómenos en vez de, no sé, organizarse por hacer algo en beneficio de la sociedad. Luego, después de razonar sobre el tema, llegué a la conclusión de que el fenómeno de «Los XV de Rubí» no tiene mucho que ver con que la sociedad se organice para no sé, defender sus derechos. ¿Por qué?

    Primero, porque el propósito es muy diferente. Una cosa es el activismo y otra cosa es la diversión, y ambas cosas no son excluyentes ni una cosa debe de privar de la otra. Es decir, la gente no va a los XV de Rubí en vez de manifestarse, no sé, para deponer a Peña Nieto; más bien la gente va muy independientemente de si fue o piensa ir a manifestarse para deponer a Peña. El reclamo solo sería válido si ambos eventos coincidieran en fecha, lo cual no es el caso.

    El «tren del mame» de los XV años de Rubí no tiene nada que ver con el hecho de si la gente es crítica o participa de forma activa. Quienes van lo hacen por diversión o tal vez hasta por morbo. Si el argumento fuera válido, entonces podría pedir que se cancele la cartelera de conciertos del siguiente año -sí, incluyendo a Metallica-, porque «no puedo entender por qué la gente se junta para ver una banda de rock en vez de marchar por sus derechos», como si la gente no se pudiera entretener hasta que México haya terminado con todos sus problemas.

    Siendo sinceros, a mí me daría una tremenda flojera ir a ese evento, peor aún, manejar y gastar gasolina, pero son mis gustos, el fenómeno no me llama para nada la atención y no tiene ninguna importancia para mí, no le «encuentro el chiste». Supongo que la gente quiere ir para ser parte de un acontecimiento, que ciertamente y de forma objetiva, su único valor consiste en ser un fenómeno mediático, o más bien, el fenómeno mediático creado desde las redes sociales y creado por los usuarios. Tal vez en ello resida la importancia, que los usuarios de redes sienten que el fenómeno es suyo y que ellos hicieron grande, y no una creación de Televisa o alguna entidad externa. 

    Segundo, porque a diferencia de otros fenómenos o contenidos, los XV años de Rubí no promueve antivalores, se trata de un fenómeno inocuo. Es decir, el evento no tiene algo «de valor» pero tampoco es «basura». La gente no se está organizando para hacer un megabaile de reaggeton donde todos van a cantar al unísono letras misóginas repegando sus cuerpos con mujeres a quienes ven como objeto de placer sexual, tampoco van a ver un maratón de la Rosa de Guadalupe, o a hacer polémica con el penoso caso de la Lady Coralina

    Pienso que Álvaro Cueva, a quien critiqué duramente el artículo pasado por una nota suya que me pareció algo lamentable, tiene razón cuando dice que ese fenómeno puede ayudar a que muchas personas conozcan un poco más a aquellos sectores de la sociedad con los que no suelen convivir y que en muchos casos ni conocen, que es diferente a esa caricaturización que suelen hacer de ellos los medios de comunicación. 

    Entiendo la frustración, muchos quisiéramos ver una sociedad muy involucrada en los problemas que realmente importan, y al ver este tipo de eventos nos preguntamos ¿por qué sí los XV años de Rubí y no la marcha por sus derechos? Pero el problema a mi parecer no es que la gente SÍ vaya a los XV años de Rubí, sino que NO se involucre y no participe en los temas que importan. 

    Lo que sí puede y debe estar sujeto a críticas es el trato que muchos le han dado a este evento. Aquí incluyo gobernadores, medios de comunicación y empresas que se han aprovechado de un fenómeno viral para obtener un beneficio. Se me hace inaceptable que gobernadores como Eruviel Ávila usen recursos del erario público para montarse en el «mame», que partidos políticos ofrezcan llevar a curiosos al evento, o que algunos promotores traten de exprimir el fenómeno y se aprovechen de la propia familia -tengo entendido que Televisa estaba pensando en hacer un capítulo del tema para la Rosa de Guadalupe-. Se me hace detestable como algunos medios tratan a estos fenómenos -y sobre todo al #LadyWuu, cuyo único mérito es decir Wuu- como fenómenos de circo y no les tengan ningún respeto. 

    https://www.youtube.com/watch?v=YlKgBD733tY

    Pero también es preocupante que algunos, bajo el manto pseudointelectual, afirmen que este hecho es una cortina de humo perpetrada desde no sé donde para que la gente ignore lo que realmente importa como el aumento de la gasolina, como si fuera una especie de nuevo chupacabras; y bajo este argumento pretendan sentirse moralmente superiores a los demás: – mira camarada, el gobierno nos está manipulando, no te dejes manipular, no seas tonto-. 

    Los XV años de Rubí no lograrán que el país avance, pero tampoco provocarán lo contrario. Sí, muchos quisiéramos que una causa social adquiriera los alcances de los XV años de Rubí, pero si queremos tener una sociedad participativa e involucrada creo que recriminar a quienes asistieron al evento no es una buena idea, y pienso que tenemos que concientizar a la gente de otras formas, empezando con el ejemplo. Construir una sociedad participativa y responsable es una tarea difícil que requiere mucho esfuerzo y dedicación, no críticas sin ton ni son en redes sociales. 

  • Ser un poser intelectual

    Ser un poser intelectual

    Ser un poser intelectual
    Imagen: oxforddictionaries.com

    La pose intelectual es una constante en nuestra especie, pose que posiblemente se volvió más notoria desde la Ilustración cuando el conocimiento pasó de ser algo que estaba dado a algo que el individuo podía buscar. Es ese sábelotodo, el que presume de sus conocimientos y de su estante poblado de libros que no cualquier persona puede leer. 

    Los snobs o los posers intelectuales tienen algo que no toda la gente tiene y por eso sienten que son merecedores de una superioridad moral. Digamos que de alguna forma se esmeraron en adquirir cierta cultura y cantidad de conocimiento suficiente para poder asumir esa pose.

    Para explicarlo de una forma más sencilla, pensemos en una persona que decide ir al gimnasio porque se siente débil. Después de varios meses de gran esfuerzo, se dará cuenta que tiene los pectorales marcados y ya tiene panza de lavadero. Eso hace que su autoestima suba no sólo porque al estar más fuerte se sentirá más seguro de sí mismo, sino porque con ese nuevo cuerpo se verá más atractivo y podrá tener más éxito con el sexo opuesto. Esta persona usará ropa (como camisas apretadas) para lucir su cuerpo porque le representa una ventaja: más seguridad y más atracción.

    Algo similar pasa con la gente que ejercita su intelecto. Quien suele gustar de películas de arte, quien escucha música clásica o lee filosofía tuvo que ejercitar su intelecto previamente para poder apreciar en su máxima expresión aquello que disfruta. En este sentido no es un error decir que Mozart es superior a Don Omar o que Nietzsche es superior a Paulo Coelho; los primeros requieren de más preparación para ser apreciados. Quienes no han ejercitado su intelecto posiblemente no puedan terminar de apreciar la música de Mozart -puede que les llegue a agradar su música, pero no como se debe disfrutar una pieza clásica-, o tendrán dificultades para digerir cierto tipo de literatura. 

    Pero los recursos que ha adquirido el ahora intelectual -o aspirante a- son más abstractos y más difíciles de percibir que los que adquirió el que se puso a levantar pesas. Cualquier persona puede darse cuenta del cuerpo musculoso de quien fue al gimnasio. Mientras el individuo no esté ciego o tenga un muy severo retraso mental se dará cuenta que el individuo que tiene enfrente es un individuo fuerte; en cambio, una persona que no tiene cultura tendrá problemas para determinar qué tan culta es aquella persona que tiene enfrente. Si bien, podrá darse cuenta que tiene cultura porque usa un lenguaje más complejo, habla de temas que no entiende o su carrera profesional lo da a entender, necesitaría poseer el conocimiento que el otro, a quien juzga, tiene, y un poco más para poder hacer un juicio más acertado de que tan culto es.

    Además, mientras que el fuerte siempre será más fuerte que el débil, el culto no siempre tendrá más conocimiento que el ignorante en todos los casos. Es decir, el culto no siempre será más culto en todo que el ignorante ni viceversa.

    De esta forma, quien posee conocimiento y cultura, y sobre todo, si tiene una autoestima baja que lo orille a usar, como mecanismo de defensa, una pose de superioridad moral, tendrá que insistir mucho en que es culto, con todo y que esa arrogancia no le permita ser más cultivado de lo que ya es -la necedad siempre obra contra el intelecto-. Pero a la vez, quien tiene una mente sana y no necesita mostrar sus recursos para sentirse superior a los demás, tendrá que también insistir un poco por sentido de supervivencia, de la misma forma que un vendedor tiene que mostrar sus habilidades de venta en un trabajo.

    Una persona que tienda a ser culta -porque creo que ya entendimos que no hay ni absolutamente cultos o absolutamente ignorantes- leerá con más probabilidad a Nietzsche en vez de Paulo Coelho, y posiblemente escuchará a Mozart en vez de escuchar reaggeton. La gente asume que la gente que quien escucha reaggeton o lee a Coelho es más ignorante porque para disfrutarlos y elegirlos sobre Mozart o Nietzsche no tuvo que hacer un esfuerzo mental. El poser intelectual entonces dirá: «yo sí me esforcé para tener gustos refinados, el reaggetonero no lo hizo, por lo tanto soy superior a él».

    Pero de la misma forma está cayendo en una generalización -generalizar también puede obrar contra el intelecto-. Posiblemente sí, haya cierta tendencia donde quienes leen libros de autoayuda o escuchan reaggeton tengan menos cultura, e incluso puede que tengan en promedio un IQ un poco más bajo que quienes escuchan a Mozart o leen a Nietzsche, pero no quiere decir que es una regla o que ocurra en todos los casos ni mucho menos se puede pensar que su opinión no tiene ningún valor. 

    “People who boast about their I.Q. are losers.” (Quienes fanfarronan acerca de su IQ son perdedores) – Stephen Hawking

    Es decir, existen muchas personas que, hablado de música y lectura, son ignorantes. Pero posiblemente esas mismas personas son muy buenas emprendiendo negocios, habrán leído mucha literatura al respecto, o bien, adquirieron mucha experiencia -que también es conocimiento-. Esa misma persona puede tener el hábito de salir a bailar salsa en las noches -la danza y el baile también es cultura-. Por ejemplo, a mí me gusta leer mucho, pero nunca he sido un aficionado al cine; posiblemente disfrute más una película cómica de Jim Carrey con mis amigos que una película de cine de arte francés porque no he desarrollado del todo el gusto por ver esas películas; entonces podría considerarme un ignorante del cine de arte. Además, tener gustos «refinados» no priva a nadie de poder disfrutar aquello más «mundano», y muchos se privan de ello para reforzar artificialmente su estatura intelectual. 

    También puede darse lo contrario, mucha gente cuyo conocimiento es escaso -muchas veces más por falta de práctica que de posibilidades o acceso a la educación- puede sentirse intimidada y criticará a quienes tienen más conocimientos que él como posers cuando nunca éstos últimos nunca han pretendido serlo, como si les exigieran de forma tácita que no usen sus recursos con tal de no sentirse intimidados -es decir, esperan que pasen inadvertidos-. 

    Para concluir, sí puedo decir que el hábito de adquirir conocimiento da más recursos a quien lo tiene, le da una ventaja -porque tener más recursos en cualquier cosa es una ventaja-, mayor seguridad y una perspectiva más amplia del mundo, y de cierta forma sí tiene que asumir esa posición. Ser humilde no implica esconder los recursos que ha ganado con su esfuerzo y mérito.

    Pero también creo que quien utiliza dichos recursos como mecanismo de defensa ante un problema de autoestima tendrá más problemas para seguir adquiriendo conocimiento, despreciará a quienes no conocen tanto como él para reforzar su pose intelectual y se privará de obtener más conocimientos, porque hasta de la persona más inculta hay algo que aprender. 

    En resumen: una persona culta y sana pone su conocimiento al servicio de los demás y no de sí mismo. Sabe que con los recursos que ha ganado puede hacer un cambio dentro de su comunidad. 

    Y vaya, porque para ser sinceros, a la gran mayoría de nosotros todavía nos falta adquirir mucho conocimiento para poder algún día autoetiquetarnos como cultos en el amplio sentido de la palabra. 

  • Aleppo, la ciudad que nadie ve y nadie oye

    Aleppo, la ciudad que nadie ve y nadie oye

    Aleppo, la ciudad que nadie ve y nadie oye
    Imagen: Al Jazeera

    Arthur Dent, un inglés que vive en las afueras de Londres, es avisado de que su casa será demolida para construir una autopista. Ese mismo día, de forma irónica, los vogones anuncian a los terrícolas que su planeta será destruido en tan solo unos minutos para dar paso a una autopista intergaláctica. Prácticamente todos los humanos mueren, pero Arthur salva su pellejo gracias a su amigo Ford Prefect quien viviò 15 años en la tierra haciéndose pasar por ser humano. La novela The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy, de Douglas Adams, relata que ya después, estando en el planeta Magrathea donde se construyen planetas a cargo de adinerados clientes, Arthur descubre gracias a Slartibartfast que el planeta Tierra en realidad había sido un experimento creado para conocer «la pregunta a la respuesta definitiva» -el sentido de la vida, el universo etc.- y que había sido destruida tan sólo 5 minutos antes de que los ratones, quienes eran en realidad más inteligentes que los humanos y experimentaban con ellos sin que se dieran cuenta, lograran responder esa pregunta.

    Cuando escucho hablar de Siria y Aleppo recuerdo a la Tierra de la novela de Douglas Adams, como si fuera una suerte de experimento que sirve a otros intereses y que puede ser «apagado» en caso de ya no necesitarse. Al menos lo que se buscaba en el mundo de Arthur Dent era noble, conocer la «última pregunta a la respuesta definitiva». Mientras tanto, Siria y gran parte de la región árabe han sido un experimento que sirve a varios intereses geopolíticos. 

    Con la misma falta de sensibilidad de los vogones al anunciar a los terrícolas que su planeta sería destruido han actuado los gobiernos y la comunidad internacional con respecto a lo que pasa en Aleppo, una ciudad que ya fue tomada por el gobierno de Assad -auspiciado por Rusia-.

    Creo que tienen razón los que dicen que no podemos observar esta tragedia humanitaria desde la perspectiva de los buenos y los malos, porque vaya, todas las facciones involucradas tienen algo de responsabilidad. Más bien, deberíamos observarla desde la perspectiva del sufrimiento de miles de personas que están atrapadas en esta ciudad gracias a la configuración geopolítica que han trazado en el mapa el gobierno de Assad y los rebeldes, y que han creado un especie de cárcel de donde no pueden salir, porque su integridad importó menos que los intereses que algunos tienen ahí puestos. 

    El gobierno de Assad -apoyado por rusos e iraníes-, restringió el acceso a víveres y artículos de primera necesidad a la zona ocupada por los rebeldes porque entonces así, unos rebeldes mal alimentados serían más débiles, y por tanto más fáciles de combatir. Pero los estadounidenses, quienes armaron a los rebeldesno han querido meter mucho las manos para no verse involucrados en un conflicto directo con Rusia, país con el que ya tienen tensas relaciones por haber influido en las elecciones que le dieron el triunfo a Donald Trump. 

    Aleppo, una ciudad otrora pujante, con vida y cultura, ha sido convertida en ruinas, donde los habitantes que quedan ahí atrapados no saben si seguirán vivos el día siguiente, porque quienes se supone deberían proteger su integridad -desde su gobierno, hasta las instancias internacionales- están protegiendo sus propios intereses.

    El Medio Oriente ha sido siempre una región vulnerable, no solo por las creencias de los islámicos radicales, sino porque ha sido históricamente un campo de experimento para Occidente y las potencias mundiales: primero con una Inglaterra que partió al mundo árabe en varios países -lo cual naturalmente ha derivado en varios conflictos entre dichos países-, luego con la Guerra Fría donde Estados Unidos y la Unión Soviética se pelearon la zona armando a individuos que después terminarían creando movimientos radicales, movimientos que ya han sido capaces de matar centenas de civiles inocentes en las ciudades más importantes de Europa.

    Pero ahí vamos de nuevo, la historia se repite. Los intereses geopolíticos importan mucho, los habitantes importan más bien poco. Posiblemente, al final del conflicto, los habitantes de la zona hayan adquirido mayor resentimiento, para que en algunos años o décadas después, nos preguntemos por qué ellos se volvieron muy hostiles con nosotros. 

    Posiblemente el mundo creado por Douglas Adams en su novela no sea tan diferente al nuestro cuando dice que los ratones son más inteligentes que los humanos, también posiblemente a los hombres del poder les haga falta un «Pez de Babel» para entender y ser más empáticos con aquellos con quien han experimentado tanto. 

  • ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    Ante la llegada de Trump al poder, hay quienes piensan -en México- que se abre un mundo de oportunidades, y hay otros que predicen una hecatombe para nuestro país. Yo sugiero un punto intermedio entre los ilusos -ser optimista en exceso es ser iluso- y los pesimistas.

    De hecho, lo que me da más miedo de Donald Trump no tiene que ver directamente con México, y eso es algo de lo que no todos hablan.

    Es decir, lo que genera mucha ansiedad aquí es que Trump va a construir el muro -el cual vamos a pagar, dice-, que va a deportar a muchos connacionales,  y que planea cancelar el TLC-, del cual hasta hace poco muchos dudaban de sus beneficios-. De esos tres puntos, la deportación de muchos connacionales es la que me preocupa más -seguramente serán mucho menos de los que prometió, aunque no dejará de ser un número considerable-, porque muchos serán desterrados y mucha familias quedarán rotas. No es que no importen las otras, sí importan, pero no es el final del país.

    ¿Por qué no me preocupa tanto? Porque no creo que México dependa o deba depender completamente de Estados Unidos; de hecho, esa relación de dependencia es relativamente reciente. No es como que no se pueda entender a México sin una relación estrecha con Estados Unidos.

    Lo que me preocupa de Trump, eso de lo cual no se habla tanto, no es su relación con México, sino la que tendrá con su propio país y con el mundo, así como las implicaciones geopolíticas que su presencia pueda tener.

    Me preocupa, por ejemplo, esa tendencia de Occidente hacia el nacionalismo abrazado (y posteriormente abrasado) por demagogos tendientes hacia el autoritarismo. Y preocupa por lo que representa Trump al frente del país que todavía tiene mayor influencia ideológica y cultural sobre el mundo.

    La democracia está en peligro, pero aún así, si sortea los malos tiempos -lo cual creo que sucederá-, regresará en una mejor versión. Esta cadena nacionalista fue una advertencia para los liberales, por ejemplo, que encajonados en su corrección política, preocupados por solo algunas minorías (de raza, género o preferencia sexual) se olvidaron de toda la sociedad en su conjunto. Pero claro que hay razones por las cuales nos debemos mantener en alerta, y comparto la petición de que no se debe «normalizar» a este magnate con inclinaciones fascistas.

    Pero México puede sobrevivir a Trump.

    Si a Trump se le ocurre cancelar el TLC, o lo negocia de tal forma que quedamos en desventaja, todavía tenemos varias alternativas, muchas de las cuales ni siquiera habíamos contemplado porque ya nos habíamos acostumbrado a esa relación de dependencia.

    Incluso no se equivocan del todo quienes dicen que esta crisis puede abordarse de tal forma que se transforme en una oportunidad. Ésta puede ayudar a México a replantearse como nación. La contraparte es que para esto se necesita mucha visión, y eso es algo de lo que carece el gobierno actual (en todos los niveles).

    Y no estoy diciendo que no vayamos a padecer nada. Muy posiblemente podamos ver a corto plazo algún impacto en nuestra economía al ver reducido el intercambio de productos y servicios con Estados Unidos, habrán trabajos que se pierdan -sobre todo al norte del país-, posiblemente entremos en alguna suerte de recesión económica, pero no creo que sea un día desolador del cual no podamos salir o que pueda comprometer nuestro futuro a largo plazo si somos inteligentes.

    Una alternativa es diversificar nuestra economía. Ante una estrella menguante como la de Estados Unidos, podríamos mirar a países como China, la misma Europa o todas esas naciones asiáticas que emergen gracias a la globalización mientras Occidente se estanca.

    Si Estados Unidos se cierra y cae en un nacionalismo absurdo, México podría llenar esos vacíos que deje nuestro vecino.

    Otra cosa que se puede hacer es fortalecer el mercado interno y trabajar a México desde adentro -lo cual no implica necesariamente que apostemos a una especie de proteccionismo-. México puede apostar a producir lo que importaba por poner un ejemplo. En un mundo globalizado gracias a las tecnologías de la información es más fácil absorber conocimiento que en la etapa pre-TLC, y por lo tanto la curva de aprendizaje es menor.

    Se trata de una estrategia más ambiciosa que convocar en redes a comprar producto nacional para castigar a las empresas gringas -cuya mayoría no tienen nada que ver con el triunfo de Donald Trump, y que de hecho lamentan-. Ese nacionalismo absurdo de no comprar Coca Cola o Starbucks por un día no servirá en lo absoluto. No debemos caer en el mismo juego de cerrarnos.

    Lo que más me preocupa de México no es la llegada de Donald Trump, sino todos los problemas que tenemos dentro de nuestro país y que nos laceran mucho más que Trump.

    La corrupción, la violencia, los feminicidios -ahora que se hace énfasis en la misoginia de Trump-, las instituciones débiles, la impunidad. No podemos culpar a Trump de todas nuestras desgracias a corto plazo cuando ni siquiera nos hemos molestado en barrer la casa. Si queremos vencer a «la amenaza del hombre naranja» debemos vencer a nuestras amenazas internas primero.

    Buscar a enemigos a quien culpar es una pérdida de tiempo cuando el enemigo está en casa, y no me refiero a Peña Nieto -quien es tan sólo una manifestación-, sino a todos, a nuestros vicios como sociedad.

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump? Sí, porque no necesitamos de su presencia o ausencia para reinventarnos como país. Nos podrá meter en algunos aprietos -menos de los aprietos en que nosotros mismos nos metemos-, pero la capacidad que tenemos -porque tengo fe en que la tenemos- de ser un país grande reside en nuestra voluntad.

     

  • Los políticos, y el arte de aguantar vara

    Los políticos, y el arte de aguantar vara

    Los políticos, y el arte de aguantar vara
    Fuente: http://abovethelaw.com/

    Muchas personas te critican a tus espaldas, y sucede con más frecuencia de lo que crees. No lo hacen necesariamente con una mala intención, pero entre algunos rasgos o conductas nuestras que pueden no agradar mucho a personas a las que, paradójicamente, les agradamos, y nuestra tendencia a meter el ojo en paja ajena -lo hacemos más de lo que decimos hacerlo-, nuestro nombre es mencionado de forma bastante frecuente y por varias personas en muchos lugares. Por más importantes seamos, y por más amigos tengamos, la frecuencia de esas críticas aumentará.

    Si tuviéramos alguna forma de ver todo lo que los demás dicen nosotros, desde los amigos, parientes o colegas, nos sentiríamos agraviados, traicionados, posiblemente perderíamos algunos amigos y los señalaríamos de hipócritas. Verías cómo es que a las demás personas les causa gracia tu nuevo peinado, cómo dudan de tus proyectos, les molesta mucho que hables demasiado -cuando tú pensabas lo contrario de tu pose de supuesto macho alfa-, alguno dice que te huelen los pies -y ni te habías dado cuenta-, que no eres bueno para combinar los colores de tu ropa, que algunas actitudes tuyas parecen infantiles, y un largo etcétera.

    Que suceda eso, mientras las críticas no lleven una intención de destruirte o llamar la atención a costa tuya, es algo normal y es bueno para nuestra salud emocional, porque el ser humano necesita lidiar psicológicamente con aquello «que no nos gusta de las personas que nos gustan». No somos perfectos y nuestras imperfecciones no serán necesariamente del agrado de todos, aunque ciertamente no siempre estamos obligados a cambiarlas para tratar de caer bien a los demás, porque vaya, así nos aceptan; y porque es muy probable que tú también critiques a tus amigos: dirás que tu amigo Juan a veces es necio y te saca de tus casillas, o que Paulina a veces es bien materialista.

    Como dicen por ahí, no es personal.

    Como nosotros no somos sujetos al «escrutinio público» y no nos damos cuenta de todo lo que se dice detrás, entonces no entrenamos a la mente para lidiar con algo de lo que en realidad nunca se entera, y así, podemos vivir nuestras vidas como si nada. Pero están aquellas personas quienes son «personajes del dominio público» para quienes lo privado se hace público y quienes deben sí aprender a lidiar con el problema: artistas, actores, futbolistas, pero sobre todo los políticos.

    Y hago énfasis en los políticos porque son quienes más sufren el aluvión de críticas. Los políticos (con muy honrosas excepciones) no son admirados por sus hazañas, sino más bien son señalados por lo que han dejado de hacer, o lo que han hecho mal. Sus aciertos se dan por sentado y sus críticas destacan e indignan mucho.

    Un político promedio conocido por la sociedad sabe que si abre su Twitter y lee su feed, se encontrará una marejada de burlas, memes, cartones, insultos o descripciones grotescas. Algo así como si nosotros viéramos un documento que contiene todas las críticas que han hecho todos sobre nuestra persona. Pero en el caso del político es peor, porque las críticas de los amigos y seres queridos contienen aquello que les molesta o les causa gracia de una persona a quien estiman y cuyas virtudes resaltan muy por encima de los defectos -si no, tal vez ni tus amigos serían-, mientras que la gente no siente amor o afecto por sus políticos, y ve en ellos a alguien en que descargar sus frustraciones al considerarlos responsables de la comunidad que gobiernan.

    Pero el político no sólo se enfrenta a la «indignación de las personas» reflejada en un meme. Como la política es poder, y el poder es algo así como una sustancia que causa mucha adicción, éste se dará cuenta que siempre habrá quienes lo quieran destruir. Ya sean los opositores en una campaña, los propios opositores dentro de su gobierno, hasta los que considera cercanos y por debajo confabulan para obtener un beneficio -es decir, una tajada de poder- a su costa.

    Un político debe tener entonces, el suficiente temple para aguantar esa dura marejada de críticas e insultos, muy característicos gajes de su oficio. Si no puede lidiar con ellos, es prácticamente hombre muerto.

    Javier Duarte

    Por ejemplo, para Donald Trump, como relata el filósofo Aaron James en su libro «Trump, ensayo sobre la imbecilidad» es indispensable que sea percibido como alguien superior a los demás. Más que ser libre gracias sus grandes posesiones materiales y capacidad de trasgredir las reglas sin recibir pena alguna, es prisionero de su propio narcisismo. Trump es alguien que sabe, como buen empresario, hacer rentables esas duras críticas contra su persona, refuerzan su papel de «payaso bobo imbécil» con el cual, según afirma Aaron James, Trump se ha vendido al electorado. La megalomanía de Trump sirve también para contener psicológicamente esa marejada de críticas: – Me critican porque soy superior a los demás-.

    Hay quienes, no siendo capaces, al menos al parecer, de contener psicológicamente esas burlas e insultos, prefieren taparse los ojos y darles la espalda. Algo así parece suceder con Peña Nieto quien vive en un mundo muy controlado y que recibe la información después de haber pasado por varios filtros. Muy posiblemente se entere a grandes rasgos que la gente está molesta por su casa blanca o conoce la popularidad en las encuestas, pero a mi parecer, con base en sus declaraciones, parece que Peña no se entera mucho de la forma en que la gente expresa sus críticas. Es decir, no le comunican los memes, ni los «chinga tu madre Peña Nieto» para que esto no le afecte psicológicamente.

    El sentirse superiores es un buen mecanismo de defensa. El poder no pervierte a las personas, sino que más bien perversas desde un inicio -perversidad latente pero que no podía ser expresada debido a que sin poder tenían que estar sujetos a varias reglas – sacan el cobre. Sienten que merecen más que aquellos que no lo poseen. De esta forma, este halo de superioridad les ayuda a contener las críticas. Las críticas que más nos duelen son las de nuestros pares, con quien tenemos más cosas en común y pertenecen a nuestras clases sociales. El político criticado entonces, se sube a ese monte del que el poder le dota para desligarse de esa masa que lo critica e integrarse a una clase superior, y entonces así ver a sus gobernados de arriba a abajo.

    – Me critican, pero el pópulo es inferior a mi. – Dice el político. – Yo tengo poder, yo tengo dinero, yo me los puedo chingar si quiero.

    Pero no es que no les importen las críticas o las ignoren del todo, no es gratuito que los políticos traten de defender su nombre cuando terminaron su gestión. Dan innumerables entrevistas justificando sus decisiones o escriben libros. A un mandatario le importa de alguna manera cómo será recordado por sus gobernados. Pero esa gran dosis de poder con la que contaron, que los hizo lo suficientemente inmunes a esas críticas y agravios al su persona para al menos no quebrarse, también les permitió abusar de su poder para beneficiarse. Luego entonces, se preguntan por qué a pesar de haber desfalcado al pueblo éste los repudia.

    Por último está el déspota, que a diferencia del político normal, consigue amasar una cantidad de poder tal que puede ya considerar que las críticas no son gajes del oficio, sino que por el contrario, es un problema que puede ser resuelto. El déspota no utiliza mecanismos de defensa psicológicos porque por medio del ejercicio del poder puede callar las críticas. El déspota censura periódicos o incluso manda a matar periodistas. El déspota crea un clima de miedo tal, que quienes tienen una pluma o micrófono a la mano, titubean a la hora de emitir una crítica con el político.

    Por eso no cualquier persona puede ser político, no todos tienen el hígado de aguantar las críticas y las injurias en su contra. Es el precio a pagar para eso que ellos quieren acumular tanto: el poder.