Categoría: sociedad

  • La familia, los amigos y la religión contra las dictaduras

    La familia, los amigos y la religión contra las dictaduras

    El discurso de la familia o la religión ha quedado confinada, sobre todo en los últimos años, a los círculos conservadores. Pero más allá de los argumentos que son criticados desde el liberalismo por atenerse más a una creencia religiosa que a la ciencia o la método empírico, estas instituciones, al dotarle de una identidad y un sentido de pertenencia al individuo, pueden formar un antídoto contra los regímenes totalitarios. ¿Cómo? Vamos a platicar de eso. 

    Empezaremos diciendo que existen dos tipos de dictaduras, las convencionales y las totalitarias.

    Las convencionales son aquellas donde el dictador aspira a tener todo el poder y el control político de una nación pero no intenta invadir la esfera privada de sus gobernados. Esto es el caso de dictaduras como la de Augusto Pinochet, el fascismo de Mussolini que no alcanzó el totalitarismo o la que ya está viviendo Venezuela. Es decir, mientras el individuo no se involucre en cuestiones políticas ni confronte a las autoridades, no correrá riesgo alguno y podrá llevar su vida normal.

    Las dictaduras totalitarias, por su parte, sí que invaden la esfera privada de los individuos. De hecho, esa intromisión en lo privado es lo que les da fuerza. De este modo, los individuos no sólo no deben confrontar al Estado, sino que deben «vivir la dictadura» y hacer que en mayor o menor medida, ésta esté presente en sus actividades diarias. El nazismo, el comunismo soviético o el de Corea del Norte son ejemplos de dictaduras totalitarias.

    Ahora, hablamos de que las dictaduras totalitarias tienen su fuerza en la invasión de lo privado. Pero ¿cómo lo logran? ¿Cómo convencer al pueblo para hacer que su vida gire en torno a una dictadura? El dictador totalitario no sólo tiene que acaparar todo el poder, tiene que lograr que el pueblo se adhiera al régimen.

    Para eso, como lo explica Hannah Arendt. primero tiene que fragmentar y atomizar a la sociedad. Algo que hicieron bien los nazis, y sobre todo, el régimen de Stalin. ¿Qué quiere decir esto? Que el movimiento totalitario que aspira al poder debe romper todos los lazos sociales que el individuo tiene para dejarlo solo, alienado y abandonado. En ese estado, el individuo estará urgido de buscar una entidad para poder saciar su necesidad de sentido de pertenencia; y qué más que el propio régimen totalitario que no sólo se presenta como la única alternativa, sino que por sus características puede satisfacer sus necesidades con creces.

    Así, el individuo, por medio de estrategias de terror y de propaganda llevadas a cabo por el régimen totalitario, no sólo es separado de todas aquellas agrupaciones que le daban un sentido de pertenencia, sino que es persuadido y convencido para unirse a las filas del régimen, que lo hará sentir tan parte de algo, que será capaz de cometer atrocidades con la finalidad de no perder ese sentido de pertenencia. Esa, y no sólo el mero acaparamiento del poder político, es la principal fuerza de los regímenes totalitarios.

    Los nazis supieron hacerlo muy bien, pero los comunistas lo hicieron mucho mejor, no solamente al suprimir las clases sociales so pretexto de la dictadura del proletariado, sino que se esforzaron en inmiscuirse en las familias de tal forma que la lealtad del individuo estuviera con el Estado y no con éstas. Como dice Arendt en su libro The Origins of Totalitarianism: los individuos que juegan Ajedrez y así pertenecen al grupo de «los que juegan ajedrez», entonces deben de ser desterrados de ese grupo porque les da un sentido de pertenencia, y sólo el Estado debe darles ese sentido de pertenencia para que estos individuos sean irracionalmente leales al régimen.

    Otra razón por la cual estos regímenes tomaron su fuerza, fue porque después de la Revolución Francesa, los derechos humanos que hasta ese entonces eran dados por la religión, pasaron a manos del Estado, para así perder su universalidad. Es decir, a pesar de que en las monarquías que antecedieron a la Revolución Francesa la condición era de una desigualdad y división de clases que el individuo no podía superar, la religión, sobre todo gracias a las aportaciones de filósofos como Santo Tomás de Aquino, consideraba a todos los humanos como dignos y valiosos independientemente de su raza, origen o posición social; visión que contrastaba con la de los regímenes totalitarios, donde por medio de una falsa interpretación de la ciencia y la historia, la raza o la adherencia a una nación determinaba la valía del ser humano.

    Con esto no intento negar las aportaciones de la Revolución Francesa a Occidente que rompieron un orden monárquico donde la posición social del individuo no estaba dada por el mérito ni por una condición de igualdad, sino por herencia y las costumbres. Pero esa característica, la secularización de los derechos humanos y la imposibilidad hasta ese entonces, de crear valores universales, ayudaron a que los regímenes totalitarios surgieran. Fue en gran parte debido a esto, que la ONU creó la Declaración Universal de Derechos Humanos tres años después de concluida la Segunda Guerra Mundial, para que la dignidad del individuo estuviera garantizada indistintamente de la nación a la que perteneciera. 

    Sin unos valores universales que le den dignidad al ser humano y con un individuo atomizado, alienado y con un entorno adverso (una crisis económica que antecedió) se entiende muy bien por qué estos regímenes totalitarios fueron tan exitosos. Entonces habrá que pensar qué es lo que se puede hacer para que este tipo de regímenes no vuelvan a surgir.

    Y aquí es donde tenemos que hablar de un sentido de pertenencia en un mundo donde son cada vez más los individuos que se sienten solos, que viven dentro de familias disfuncionales. Los demagogos (aunque no se trate de regímenes totalitarios o ni siquiera sean dictadores) se alimentan de este estado de las cosas. Así Donald Trump tiene gran parte de sus bases en la clase blanca trabajadora que ha visto sus empleos desaparecer, donde la tasa de divorcios es muy alta, al igual que el consumo de drogas.

    Por más sólidos sean los lazos que tienen los individuos, será más difícil atomizarlos y fragmentarlos. Incluso las habilidades interpersonales pueden jugar un papel importante para que el individuo tenga la capacidad de tejer redes humanas y se adhiera a organizaciones con las que tenga actividades o creencias en común. Las religiones tal vez no funcionen mucho para prevenir los regímenes autoritarios, pero sí lo pueden hacer con creces para prevenir los regímenes totalitarios que intentan implementar un sistema de valores nocivos basados en el odio y al desprecio al diferente porque las religiones son capaces de dar un sentido de identidad a sus miembros.

    No sólo es con decisiones geopolíticas como se puede prevenir el surgimiento y la expansión de los regímenes autoritarios, sino por medio decisiones y políticas públicas en el ámbito local inclusive. Pero no sólo es tarea del gobierno, sino de las instancias privadas, de las organizaciones civiles y de las propias familias que logren crear comunidades con tejidos sociales fuertes y con individuos más felices y realizados. Así, el líder autoritario verá imposible hacer de las suyas. 

  • Las palancas joden a México

    Las palancas joden a México

    Siempre que se habla de empleo, de oportunidades y de crecimiento profesional, sale esa palabrita a relucir: «palancas». 

    He escuchado a algunas personas decir: -No es como que le tenga que joder tanto para llegar a donde quiero, yo tengo palancas-.

    Ellos entienden que la trayectoria profesional puede no ser tan importante, que son los pobres diablos los que buscan empleos en OCC, y que son los ganones quienes tienen al contacto indicado, a los amigos y a la gente indicada para poder aspirar a un puesto.

    Ciertamente, el networking y las relaciones públicas siempre son importantes, hasta en las naciones que tanto envidiamos. Es cierto que quien tiene talento y se esfuerza, también debe de esforzarse por darse a conocer y presumir sus talentos. Es cierto que el individuo debe saber tejer relaciones. Pero no me malinterpreten, yo no me refiero a eso, sino a las palancas en el más arcaico sentido de la palabra.

    Las palancas son, para decirlo de cierta forma, un mecanismo que se postra sobre el contrato social. Las palancas no sólo sirven para encontrar un mejor trabajo desistiendo de los esfuerzos para ser un mejor profesional, sino para evadir la ley o ganar favores.

    Las palancas, manifestación explícita del patrimonialismo como constante en la historia de nuestro país, establecen unas reglas de juego que suplen a las que están convenidas y formalizadas porque no todos pueden jugar con ellas. Básicamente, para tener palancas hay que tener palancas. Quien no las tiene no puede ser parte de esta dinámica.

    Las palancas reducen la posibilidad de movilidad social y perpetúan el status quo. Porque quien tiene palancas no sólo las tiene dentro de su misma clase social, sino dentro de sus mismos grupos sociales a los que pertenece. Las palancas excluyen de oportunidades de crecimiento a quienes no las tienen a pesar de tener el potencial intelectual y de voluntad.

    Las palancas permiten a quienes las usan poder escalar en la pirámide sin haber hecho un gran esfuerzo para ello y excluyen a quienes sí se han esforzado y tienen el talento.

    Y así entendemos cómo es que las palancas son nocivas. No sólo porque perpetúan la desigualdad, sino porque no son los más talentosos quienes deberían estar en los puestos que los más talentosos deberían ocupar. Entonces concluimos que inciden muy negativamente en el desarrollo de una entidad, una sociedad o incluso una nación.

    Vemos que en los puestos más importantes está el compadre, el que hizo un favor, el familiar, el bueno para nada cuyos padres estaban urgidos de que trabajara. Así, los mediocres son los que llegan a ocupar las élites sociales y no al contrario.

    Y cómo este sistema queda expuesto, se imita y se perpetúa. Se aprende que la palancas, el contacto, son indispensables, más que el esfuerzo. Para muchos basta con «tener un título de algo» y al compadre indicado para poder aspirar a un puesto mientras otros se matan y se preguntan por qué no han llegado a donde quieren llegar.

    De igual forma, las palancas perpetúan la corrupción cuando se tratan de evadir la ley. Lo que importa no es cumplir con la ley, sino tener al contacto adecuado para no cumplirla, sin importar el daño que se haga a las demás personas. El que tiene palancas se defenderá diciendo que «así es, que todos lo hacen» y que irse por el camino recto implica aceptar la derrota por anticipado.

    No recuerdo la existencia de un estudio que determine el impacto negativo de las palancas en la competitividad de nuestro país ni mucho menos en la producción de riqueza o en el PIB. Pero estoy seguro de que si se implementara alguno, los resultados de esos estudios serían muy preocupantes.

    Entonces concluimos que la sociedad no premia al más talentoso, sino al que esté «mejor parado», a aquel que se llevó al table dance a su compadre.

  • Mas si osare dos extraños enemigos

    Mas si osare dos extraños enemigos

    México no tiene un enemigo en común, sino dos. No sólo es Trump, también es Peña Nieto. Esta paradoja no ha permitido al país cerrar filas ante el magnate.
    Marcha #VibraMéxico

    El semiólogo recientemente fallecido Umberto Eco decía que todos necesitamos tener un enemigo. Ello, dice él, define nuestra identidad y nuestro sistema de valores. Se puede tratar de un enemigo concreto (otra nación o algún personaje) o uno abstracto (alguna corriente política o forma de pensar).

    Por ejemplo: la Unión Soviética forjó gran parte de su identidad con el discurso antioccidental y la conceptualización de Estados Unidos como «el enemigo». Un clásico de futbol también está explicado por ésto. Los equipos -Real Madrid o Barcelona, Chivas o América- no sólo tienen un rival acérrimo a quien odiar, sino que parte de su esencia tiene que ver con ese odio: ser aficionado al Guadalajara es odiar al América y viceversa. 

    De igual forma ocurre con los enemigos abstractos: Los enemigos de los libertarios son los keynesianos, el enemigo de la religión es el ateísmo y viceversa. 

    México ha conocido a un nuevo enemigo, una amenaza que pudiera ayudarle a reforzar su identidad: Donald Trump. Ante la amenaza, el mexicano hace énfasis en los valores que lo definen como mexicano: saca su bandera, presume el guacamole, y hasta hace campañas para producir lo hecho en México. Ante una amenaza así el mexicano intenta ser más mexicano. 

    Pero México tiene dos problemas, que aquel «extraño enemigo» no era el primero ni el único. 

    El que «pegó primero» fue aquel que primero le daba identidad a la izquierda pero que después -producto de sus errores y agravios- se convirtió un enemigo común para todo mexicano sin distinguir corriente política o posición social -el 88% según las encuestas-: Enrique Peña Nieto.

    Entonces estamos en un problema. ¿Por qué?

    Porque parte de la dinámica en la cual la entidad -sea una persona, un grupo o una nación- toma una postura ante el enemigo, consiste en reforzar los lazos de quienes conforman dicha entidad. Pero resulta que dentro de esa entidad hay, a su vez, otras entidades que juegan el mismo papel y que debilitan el reforzamiento de la identidad como un todo. 

    Para decirlo más fácil, tener un enemigo interno no permite a la nación crear una unidad absoluta en contra del enemigo exterior. Quienes forman parte de esos lazos -los ciudadanos- no sólo gastan muchas energías en tratar de combatir a los dos, sino que son incapaces de crear una unidad completa.

    La única forma de hacerlo es reconciliándose con el enemigo interior, de quien se supone -y no todos concuerdan con ello- representa una amenaza inferior al enemigo exterior, y porque esas entidades internas al final forman una parte de una otra más grande y suprema -llamada México-. Si la identidad suprema se vence, las internas quedarán muy comprometidas.

    Pero sí entonces tenemos tan sólo la reconciliación como opción para aspirar a la mejor unidad posible, tendríamos que poner sobre la mesa las razones por las cuales el enemigo interior -Peña Nieto- fue creado. ¿Por qué la gente odia a Peña Nieto y lo considera su enemigo? Porque está muy relacionado con la corrupción, por su postura displicente -cuando menos- con la tragedia de Ayotzinapa, por el conflicto de intereses de la Casa Blanca, por el estado actual de las cosas de nuestro país. 

    El enemigo de los ciudadanos es Peña Nieto en tanto que no ocurre lo contrario, al menos no con tanta fuerza. Los ciudadanos odian a Peña por las causas antes mencionadas, Peña tiene cierto resquemor con los «ciudadanos de oposición» que son el 88% porque lo odian por las causas anteriormente mencionadas. 

    Entonces las únicas dos formas en que ambas partes pueden conciliarse serían las siguientes:

    1. Que los ciudadanos cedan. Esto es, que «perdonen» los agravios al Presidente o al menos los relativicen lo suficiente para que Peña Nieto no merezca la etiqueta de enemigo.
    2. Que Peña Nieto ceda. Esto es, que resuelva todos los agravios de los que se le acusa y que lo haga de tal forma que dichos actos tengan credibilidad y sea perdonado por el pueblo.

    Lo cual se antoja muy difícil por cualquiera de los dos partes. Personajes como Steve Bannon, el hombre detrás de Donald Trump, conocen muy bien estas dinámicas. Parece ser que en la Casa Blanca se esfuerzan por debilitar aún mas la figura del presidente, porque así la unidad es menos posible y el país se vuelve más vulnerable. 

    El enemigo de fuera juega con el enemigo interno. Pero el enemigo interno ha agraviado tanto a la población que los mexicanos están muy poco motivados a cerrar filas con él.

    Por eso se entiende que hasta las marchas se polaricen. Ante la búsqueda de legitimidad el gobierno trata de incidir en ellas, esperando que sea algo «pro Peña», o al menos que no sea «anti Peña». Por eso los letreros de repudio a Trump se hacen a acompañar por los del repudio a Peña Nieto, por eso se debate con insistencia si la marcha de #VibraMéxico tiene que ser en pro o en contra de Peña como si no existiera un punto medio. El agravio con el enemigo interno es tan grande que muchos no pueden dejar de «recordársela a Peña. 

    Si esta paradoja de los dos enemigos no existiera ya hubiéramos visto las calles de México abarrotadas desde hace mucho. Pero el mexicano, con dos enemigos y no uno, se siente atacado por diferentes flancos que no puede concentrarse en uno solo.

    Y por eso México llega muy debilitado al combate. 

  • ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    FOTO: DIEGO SIMÓN SÁNCHEZ /CUARTOSCURO.COM

    Las redes sociales están divididas en torno a esta marcha. Hay quienes dicen que es organizada por el establishment, que se trata de una marcha descafeinada en repudio a Trump pero que no profundiza en las causas y hay quienes de plano creen que su propósito es legitimar al gobierno de Peña Nieto. 

    Argumentos tan simplones como: «Si Enrique Krauze promovió la marcha en el programa de Denise Maerker, si el programa de Maerker se transmite por Televisa, y si Televisa apoyó a Peña Nieto en 2012, entonces la marcha tiene el propósito de legitimar a Peña Nieto».

    Algunos de estos críticos lincharon a Enrique Krauze por no marchar cuando desaparecieron los estudiantes de Ayotzinapa -aunque escribió varios artículos lamentando lo ocurrido-. Pero si cuando ocurrió lo de Ayotzinapa casi todos marcharon, mucha gente «de derecha» hasta monjas salieron a las calles. ¿Si esa vez prácticamente todo México se unió, por qué no ahora?

    Los críticos también parten de otro supuesto -más que válido-. Si el Gobierno de Donald Trump nos puede humillar es porque somos muy débiles como nación, y esta debilidad se explica en gran medida porque México es un país muy corrupto donde la clase política forma parte de la corrupción. El problema es que piensan que dado esto, entonces primero tenemos que resolver todo antes de manifestarnos con un demagogo que nos insulta y que es un riesgo no sólo para México, sino para el mundo.

    La conclusión es errónea. Voy a hacer una analogía:

    Tú eres una persona debilucha y el bully de la escuela siempre te golpea en la salida. Si fueras una persona menos débil el bully ya no se metería contigo, naturalmente llegas a la conclusión de que debes ir al gimnasio para que en unos meses tengas más masa muscular y puedas darle unos buenos golpes al agresor. Pero ¿eso significa que mientras tanto vas a dejar que te golpeen? Naturalmente no, vas a tratar de defenderte en la medida que sea posible. Posiblemente vayas con el director de la escuela o le avientes un mesabanco al bully, y que lo hagas no implica que no dejes de ir al gimnasio.

    Es una obviedad que México tiene que fortalecerse y resolver sus problemas internos para ser un país más fuerte del cual no abusen. Pero eso no está peleado con el hecho de que los mexicanos salgan a las calles para mostrar su repudio al bully llamado Donald Trump, una cosa no cancela la otra. El problema del bully es un problema inmediato, el problema del país débil que necesita fortalecerse es uno necesitará varios años de lucha, voluntad y esfuerzo. 

    Los críticos dicen que es algo que está organizado por el gobierno. Pero yo por más que me meto a su página y veo todas las organizaciones involucradas no veo a nada que me huela a gobierno. 

    ¿Amnistía Internacional? ¿El CIDE y el Colmex que tiene académicos muy críticos con el gobierno actual? ¿El IMCO que con la #Ley3de3 tuvieron muchos roces con el gobierno y cuyo titular es duro crítico de Peña Nieto? ¿Transparencia Mexicana? ¿La Universidad Iberoamericana que respaldó a los alumnos que formarían #YoSoy132?

    Curiosamente muchas de esas ONG’s e instituciones se la han pasado trabajando para incidir en el gobierno y cambiar las cosas. ¿O son despreciables las reformas políticas propuestas desde la ciudadanía y estas organizaciones?

    Ciertamente, yo dije que no puedo apoyar moralmente a Peña Nieto, pero sí puedo exigirle que haga lo que tiene que hacer y esperar que represente a México de la forma más digna. El sitio web dice que el propósito de la marcha es:

    … «que los ciudadanos sumemos esfuerzos y unamos voces para manifestar nuestro rechazo e indignación ante las pretensiones del Presidente Trump, a la vez de contribuir a la búsqueda de soluciones concretas ante el reto que ellas implican». A su vez «Requerir que el gobierno informe permanentemente de las negociaciones con Estados Unidos» y «Exigir el buen gobierno que merecemos». 

    La marcha tiene como propósito la inmediatez y es totalmente comprensible porque el riesgo es «inmediato», nos manifestamos por eso que ya está enfrente de nosotros. Es inmediato que el gobierno tome medidas ante este nuevo contexto y por eso hay que marchar. 

    Y sí, también hay que marchar en contra de Donald Trump. Que seamos un país débil no significa que no tengamos el derecho a defendernos de un agresor. Que deploremos a nuestro gobierno no significa darle derecho a alguien externo a agredirlos. Esos cómicos memes de: -Peña es un pendejo, pero es nuestro pendejo, no te metas con él Donald Trump- llevan algo de verdad. Y si algo es muy cierto es que Steve Bannon pretende debilitar lo más posible al gobierno así como deteriorar aún más la imagen de Peña Nieto para poder incidir así más sobre México, que pierda lo más posible en las negociaciones para cumplir los caprichos políticos de Donald Trump. 

    Pero no sólo se trata de México, el repudio hacia Donald Trump debe unir a todas las voces de distintas partes del mundo, que sea generalizado. Recordemos que el mayor peligro de Trump y su gente es que pretenden destruir los cimientos de la democracia liberal y modificar el panorama geopolítico llevándonos a un estado de las cosas que ya habíamos superado. Por eso es importante colmar las calles, porque se trata de unir fuerzas de repudio en todo el globo terráqueo. Debemos evitar que las tentaciones de ultraderecha prosperen.

    Por eso me preocupa que ante un momento así decidamos dividirnos, afirmar sin bases que unirnos a esta marcha implica abandonar los temas nacionales, el gasolinazo o la corrupción, o que nos «estamos volviendo paleros de Peña Nieto» cuando esta marcha ni siquiera está organizada por el gobierno ni tiene relación alguna. Los problemas de México son muchos y se pueden atacar por diferentes flancos. 

    No es con banderitas ni con nacionalismos absurdos de activistas de sofá, es salir a las calles no sólo a defender a México, sino unirnos con todo el mundo, con todos los ciudadanos del mundo que no queremos a Trump, que no queremos que la ultraderecha avance. El repudio debe ser generalizado, y si Estados Unidos puede -todavía- incidir en todo el mundo, entonces todos los ciudadanos del mundo tenemos que mostrar músculo.

    Como dijo Genaro Lozano en su Twitter: si tu problema es que no quieres marchar «con la derecha» puedes unirte al colectivo de la UNAM. Esta marcha no debe tener colores, debe unir a todos los mexicanos y todas las facciones están representadas. 

    Vibra México no es sólo un alto a las agresiones de Donald Trump, es un alto al fascismo y al oscurantismo. 

  • Make nuestra pinche hipocresía great again

    Make nuestra pinche hipocresía great again

    Make nuestra pinche hipocresía great again

    Lo voy a decir claro, si un Donald Trump mexicano surgiera dentro de nuestro territorio -esto es, una figura igual que el magnate estadounidense, pero adaptado o tropicalizado al contexto y la realidad mexicana- sería muy popular entre un considerable sector de la población, y hasta podría ganar. 

    Ahora ya entró la moda de subestimar a los estadounidenses, y sobre todo, de ser implacables con quienes votaron por Trump, aquellos de los apalaches, del rust belt, de las zonas más deprimidas de nuestra nación vecina. A veces las críticas se llevan a cabo con cierto tufo de superioridad moral: –mira que la «clase media ilustrada» mexicana está mucho más avanzada que esos white trash-. E incluso muy dentro de nosotros nos congratulamos de su condición porque haciendo la comparación ya nos sentimos tan mal. 

    La realidad es que incluso nuestras clases urbanas ilustradas, a diferencia de las estadounidenses, siguen siendo en gran medida apáticas, o bien, se limitan al activismo comodino. Si bien es cierto que la participación ciudadana en México ha aumentado en los últimos años, sigue siendo mayoría la que sigue sin involucrarse y no muestra responsabilidad alguna para con su comunidad. 

    Estados Unidos presenta una curiosa dicotomía, una aparente contradicción que es parte de su cultura y sus raíces y que de alguna manera siempre ha coexistido. Por un lado está el multiculturalismo, el país de migrantes. Por otro lado está el nativismo y el racismo. Uno vive dentro de las ciudades, otro dentro de las áreas rurales y suburbanas. Las segundas fueron olvidadas por el sistema, y desde un contexto decadente, de exclusión, de tejidos sociales rotos, votaron por un demagogo que les dio voz. 

    Los estadounidenses no niegan esa contradicción ni se la guardan. Por el contrario, la gritan. Las élites intelectuales y el multiculturalismo presumen su condición y sus ideales, los nativistas también. 

    Los mexicanos, por nuestra parte, no nos caracterizamos por ser directos. No sólo porque a veces llegamos a pecar de ser demasiado humildes como para poder terminar de presumir todas nuestras virtudes, sino que nos gusta esconder muchos de nuestros defectos y a hacer como que no existen. Esto ocurre mucho con el tema del racismo, muy presente en nuestro país. 

    La realidad es que si reconocemos nuestra condición tal y como es, podemos llegar a la conclusión de que nuestra situación es igual o posiblemente peor a la de los Estados Unidos. Posiblemente nosotros no tengamos red necks o nativistas que salen al pórtico de sus casas a decir que matarán al primer migrante que encuentren dado que no recibimos las olas de migrantes que los estadounidenses reciben. Pero la realidad es que nosotros también discriminamos a los migrantes.

    Eso sin importar la incongruencia que eso representa cuando criticamos el racismo y la xenofobia de Donald Trump.

    La Encuesta Nacional de Migración de UNAM realizó las siguientes preguntas: ¿estás de acuerdo en que se deporten a los migrantes centroamericanos? O ¿estarías de acuerdo en que se construya un muro en la frontera sur? Las respuestas fueron las siguientes:

    • La mitad está totalmente o parcialmente de acuerdo en que se construya un muro en el sur.
    • El 40% está total o parcialmente de acuerdo en que se deporten a los migrantes.
    • El 30% está de acuerdo en que los extranjeros paguen más impuestos que nuestros connacionales.

    Un Trump o una Marine Le Pen mexicana estarían frotándose las manos.

    Eso sí, cuando se habla de los migrantes mexicanos en Estados Unidos el consenso es unánime: no debe haber muro, no deben haber deportaciones.

    ¿Qué ésto no sólo es contradictorio, sino producto de un nacionalismo trasnochado y convenenciero, como ese que tanto le reclamamos a Trump?

    Peor aún, los mexicanos también somos selectivos con los extranjeros, y el criterio para hacerlo es muy parecido al del gobierno de Donald Trump, En esa misma encuesta, los mexicanos muestran más confianza ante estadounidenses, canadienses y españoles, en tanto estigmatizan más a los centroamericanos. Por más blancos y más limpios, son más bienvenidos.

    Incluso somos más tolerantes con los sirios porque no son sucios y porque gracias a los medios están de moda. Aplaudo que el esfuerzo de muchos haya dado la oportunidad a Samah, una siria que huía de la guerra, para que continuara con sus estudios y su proyecto de vida. Pero esa solidaridad no la muestran todos, ni siempre, ni con todos. 

    No debemos tampoco olvidar las manifestaciones de discriminación hacia los migrantes que es pan de cada día. En Guadalajara, muchas personas se opusieron a el establecimiento de una casa de paso para ayudar a los migrantes porque decían, afean sus colonias, son sucios, y traen inseguridad -a pesar de que han demostrado lo contrario-. De igual forma, en esta misma ciudad, algunos colonos han desplegado mantas donde invitan a los migrantes a retirarse de sus colonias. 

    Si queremos que otras naciones respeten a la nuestra debemos actuar con congruencia respetando no sólo a aquellos de otras nacionalidades sino a nosotros mismos. Lo primero que deberíamos hacer es aceptar nuestros defectos culturales en vez de verlos reflejados como un «lo que te choca te checa» en los defectos del vecino. 

    Duele, pero es la verdad. Y si queremos avanzar deberíamos primero ser conscientes de nuestra realidad. No, no somos tan incluyentes con los migrantes como pensamos y presumimos. Dejemos de pensar que lo somos porque a los extranjeros -predominantemente blancos- se les atiende con una cálida cortesía.

    Y vaya que sólo he hablado de los migrantes, porque hasta con nosotros mismos discriminamos. 

  • ¿Por qué no me puedo alinear con Peña Nieto?

    ¿Por qué no me puedo alinear con Peña Nieto?

    ¿Por qué no me puedo alinear con Peña Nieto?

    Uno de los factores por los cuales los nazis no ganaron la Segunda Guerra Mundial fue porque Churchill, Roosevelt y Stalin forjaron una alianza estratégica. Las diferencias entre los tres mandatarios eran muchas -más bien las que tenían Churchill y Roosevelt con Stalin-, sin embargo decidieron hacerlas a un lado porque había un interés supremo sobre aquellas diferencias evidentes. Si no trabajaban en conjunto, Hitler y la Alemania Nazi podrían ejercer una dictadura casi mundial sobre los demás países. 

    Con este argumento traté de justificar la necesidad de alinearnos con el Presidente de la República, cuyo papel en este conflicto entre México y Estados Unidos comenzó de una forma vergonzosa aunque al final terminó componiéndose un poco -no lo suficiente-. Algunos personajes de los medios estadounidenses más opositores a Donald Trump incluso hablaron de que Peña Nieto le había soltado un buen golpe a Trump. La realidad es que Trump ya casi lo había desinvitado -al condicionar la visita al pago del muro- y Peña simplemente dijo no. Por primera vez Peña -sin dejar del todo a un lado ese semblante artificial y alienado- se pronunciaba con enjundia: «México no va a pagar ese muro».

    Pero si hay un bien supremo a las evidentes diferencias que tenemos el 88% de los mexicano con Peña Nieto ¿por qué decidí ya no apoyarlo?

    Tan fácil y tan sencillo, si dos facciones se van a unir con un propósito en común todos van a poner de su parte. La Guerra Fría y el conflicto de la URSS con Occidente comenzó hasta ya terminada la misión. La URSS, Estados Unidos y el Reino Unido se respetaron mientras duró el pacto. 

    En nuestro caso, Peña Nieto no está poniendo de su parte, me explico…

    Yo no puedo entender cómo en este momento tan crucial fue capaz de darle empleo a su amigo el infame Virgilio Andrade como director de Bansefi, quien lo exoneró de los conflictos de interés con la casa blanca. No puedo entender cómo es que uno de los gobernadores de su partido, Rodrigo Medina, quien pisó unas horas la cárcel en un teatro lamentable, termine en libertad, como seguramente permanecerá. No puedo entender tampoco que Peña  pretenda regular los derechos de audiencias.

    Hay que preguntarnos, ¿por qué México es un país suficientemente débil como para que nos hayamos convertido en el juguete de Donald Trump?

    Fácil, somos un país sin instituciones sólidas, con una clase política, por tanto, corrupta. En gran medida la clase política -sin querer eximir a los ciudadanos de las tareas que nos toca hacer- es responsable del estado actual de las cosas. Si Peña quisiera a un pueblo unido en torno a él, entonces estaría obligado a comprometerse con éste, y eso implicaría dejar a un lado esas prácticas nocivas que tanto han lacerado al país.

    ¿Lo hizo? No, al contrario.

    ¡Basta ya de mensajes estériles que en vez de crear una unidad como mexicanos parecen hasta tener la intención de obtener un beneficio político!

    Y no, no porque López Obrador o Carlos Slim inviten a la unidad -esa palabreja que les encanta a la clase política- lo tenemos que hacer. En un acto de unidad ambos tienen que estar comprometidos y Peña Nieto no lo está. Peña nunca defendió a México siquiera cuando Trump pretendía contender por las elecciones primarias y casi nadie daba un peso por él:

    El gobierno de México ha dejado solos a los mexicanos en Estados Unidos frente a Donald Trump. Quedarse callados, con la intención de no subir su perfil, ya no es suficiente. Ese momento ya pasó. El momento de enfrentarlo es ahora, no un día después de la elección. Es un grave error no tomarlo en serio. Sus palabras son muy peligrosas. Otros ya están siguiendo su ejemplo con ataques verbales en contra de inmigrantes de todas las nacionalidades. – Jorge Ramos. Agosto 2015.

    Dejemos atrás nacionalismos bananeros, dejemos detrás esas manifestaciones estériles que consiste portar banderitas en los perfiles que no causan efecto alguno y concentrémonos en unirnos de verdad los mexicanos para trabajar en este país, para que ya no sea la pobre víctima de los fuertes y poderosos. Una verdadera unidad tiene que ser legítima donde ambas partes pongan de su parte, donde tanto el gobierno como los ciudadanos trabajemos por México y no por intereses propios. 

    Si queremos a un México unido no tenemos que elaborar puestas de teatro llenas de parsimonia e hipocresía. Por el contrario, debemos primero tener la convicción de que nos la queremos «rajar por México» y sí, con esa convicción trabajar juntos y unirnos.

    No puede haber unión con quien no parece siquiera tener el interés de trabajar por esa meta en común.

    Y lo único que me queda es exigir a Peña Nieto, como patrón suyo que soy, a que vele por los intereses de México. 

  • Potus el que no lo lea

    Potus el que no lo lea

    Potus el que no lo lea
    Fuente: TAMI CHAPPELL/AFP/Getty Images

    Siempre se ha dicho que las marchas no sirven de nada, que son inútiles. Lo ocurrido este fin de semana ha demostrado que ello no es cierto.

    En algunos casos las marchas deben ir acompañadas, ya en una etapa posterior, de una propuesta. Esto sí es así en muchos casos, mas no siempre. En ocasiones la marcha per sé es la herramienta necesaria para poder aspirar a un cambio o para ejercer resistencia. Tal fue el caso de las manifestaciones en contra de Donald Trump.

    Gracias a la presión que los estadounidenses ejercieron en los principales aeropuertos -incluidos políticos como el alcalde de Boston o la senadora Elizabeth Warren- y a los abogados que trabajaron como voluntarios, lograron que un juez bloqueara temporalmente la iniciativa de Donald Trump de prohibir el paso de personas de Medio Oriente -en países donde Donald Trump no tiene negocios o intereses económicos- a su país, en un acto que tiene un tufo light a esa Alemania de los años 30. 

    A diferencia de los casos de otros países que se han lastimado ante el ascenso de líderes autoritarios, Donald Trump -dictador en potencia, su egocentrismo y megalomanía lo demuestran- no sólo se ha topado con un sistema político estadounidense que blindará, al menos de forma parcial, sus caprichos, sino con una ciudadanía y medios de comunicación que se mantendrán en pie de guerra.

    En la otrora Repúbica de Weimar, Hitler pudo convencer a una mayoría, gracias a la cual legitimó todos sus actos. Los alemanes estaban desesperanzados por los efectos de la crisis económica de 1929 que los maltrató. El contexto de Estados Unidos -a pesar de sufrir el embate de la crisis del 2008- es bastante diferente. Donald Trump tendrá bastantes dificultades para convencer a esa mayoría que se le opone, los argumentos para convertir a las clases medias urbanas e intelectuales en nacionalistas carecen de fuerza. Trump ganó fuerza gracias un sector, el de la clase media trabajadora que vive aislada de las clases urbanas cosmopolitas. 

    Esas clases urbanas, a diferencia de las historias de otros países, no se han mostrado displicentes y timoratas. Por el contrario, quieren mostrar su músculo, quieren que no le arrebaten lo que es suyo. Las clases urbanas quieren, como cualquier ciudadano de cualquier nación, a su país. Pero esas clases tienen un concepto de país muy diferente a los blancos de los apalaches o de las zonas más deprimidas de Michigan que difícil se dejarán seducir por un discurso anacrónico como el de Donald Trump. Ellos conciben a Estados Unidos como lo que siempre ha sido, un país construido por migrantes, por una gran diversidad de culturas. 

    En vez de agitar y emocionar a las masas, el efectismo y la radicalización de Trump ha ahuyentado a algunos simpatizantes -posiblemente a los más moderados, y que pensarían que Trump se moderaría al llegar a la Casa Blanca-. Trump tal vez aspiraba con sus actos de esta semana a mostrarse como un líder efectivo, como el que va a restaurar «América». La realidad es que sus índices de aprobación bajaron casi 5 puntos:

    Fuente: Gallup

    Peor aún, Donald Trump basó su discurso pesimista sobre Estados Unidos en mentiras. Aunque sus medidas fueran efectivas, éstas no tendrán el impacto esperado porque Trump creó una percepción falsa de la realidad. Por ejemplo, reducir la tasa de desempleo del 4% actual -el menor hace casi una década- a un porcentaje menor no es algo que vaya a ser muy notorio. Por el contrario, al obligar o convencer a las empresas de emplear estadounidenses solo obtendrá un alza en el costo de los productos -que afectará el poder de consumo de los propios estadounidenses-. 

    Trump no tiene, como Hitler de la mano de Goebbels, toda una gran estructura propagandística -aunque no se puede negar que supo jugar con los medios en la campaña-. Por el contrario, tiene a casi todos los medios de comunicación -excepto Fox News y algún otro panfleto derechista- en su contra. Hitler y Mussolini contaban con el apoyo de muchas empresas, como el caso de la Volkswagen quien fabricó el famoso coche para el pueblo -el vocho- para complacer al dictador nazi. En los tiempos actuales, la gran mayoría de las empresas, sobre todo las que tienen que ver con la tecnología, ven con muchos recelos a Trump: ahí están las declaraciones de los CEO’s de Apple, Facebook, Google, Amazon, PlanetX -aunque Elon Musk forma del consejo que asesora a Donald Trump, ya se ha pronunciado muy en contra de las políticas del magnate demagogo-, y el propio Twitter con el que Trump gobierna y amenaza. 

    Sería muy ingenuo no alertar el creciente nacionalismo en el mundo y no preocuparse por éste. Pero de la misma forma también es ingenuo pensar que la democracia liberal va a morir de nada. Por el contrario, todos aquellos que defienden -defendemos- un mundo cosmopolita, de libertades y abierto el mundo, opondrán, como ya lo están haciendo, una gran resistencia. Los de derecha -incluso de izquierda- nacionalista, tendrán como respuesta mucha gente en las calles, empresarios y a todas las élites -académicas y científicas- en su contra. 

    El riesgo existe y es muy latente. Las primeras muestras de resistencia han sido muy alentadoras porque son una muestra de que esta ola nacionalista xenófoba tendrá serios obstáculos que no habían contemplado. Si la democracia liberal vence y logra hacer de esta ola nacionalista un bache o un fenómeno pasajero, éste habrá servido como lección para que los demócratas nos replanteemos y entendamos que esta manifestación no sólo fue producto de los discursos mentirosos de los demagogos, sino de nuestra mediocridad, al dar el sistema democrático por sentado; y tal vez sí, al exceso de corrección política que en vez de fomentar la inclusión provocó que muchos otros se sintieran excluidos. De igual forma, será una lección que nos obligará a enmendar los defectos de la globalización, a ser más críticos con nuestros sistemas políticos y económicos y reconocer nuestras contradicciones.

    Si eso no ocurre, si la xenofobia y el nacionalismo irracional vence, tendremos que, desde la oposición, dar la lucha en un contexto que todavía no conocemos, un anacronismo político conviviendo con una sociedad tecnológicamente evolucionada e interconectada. 

    Y no, las manifestaciones no son en vano, por el contrario, son un gran arma para combatir la intolerancia y la cerrazón. Las marchas sí sirven.

  • ¡Vamos a boicotear a las empresas gringas! ¡Trump va a caer!

    ¡Vamos a boicotear a las empresas gringas! ¡Trump va a caer!

    ¡Vamos a boicotear a las empresas gringas!
    Imagen: Vanguardia

    Entiendo la frustración que sentimos los mexicanos ante un vecino hostil -o un presidente hostil- ante el cual no podemos hacer mucho porque básicamente somos un país muy débil si nos comparamos con éste. De hecho, Trump ha decidido bullearnos a nosotros -y no a China- porque no somos un país fuerte que pueda responderle con duras represalias. 

    Tan débiles somos, que México -contrario a lo que dijo Carlos Slim- está dividido. No son muchos los que han decidido apoyar moralmente al gobierno para enfrentar al problema -comprendo perfectamente esa dificultad-. El magnate tomó a México -en una de sus peores versiones- como un pretexto para legitimarse ante sus bases, a quienes les inventó el discurso de que nosotros somos culpables de todos sus males.

    Entendida la frustración, entiendo entonces que los mexicanos decidan por su cuenta tomar medidas para manifestarse. Incluso debo decir que me parece extraño que no nos hayamos volcado a las calles para repudiar el muro; de hecho, en algunos casos parece que algunos han normalizado el conflicto. Muchas personas no ven las amenazas de Trump como un problema mayor, les parece algo anecdótico.

    Hay quienes dicen que cualquier tipo de manifestación es mejor a no hacer nada, que deberíamos sentirnos contentos porque los ciudadanos están participando y tomando cartas en el asunto ,y que por ende tenemos que respetar las formas en que la gente se manifiesta.

    Si bien concuerdo en que «participar es mejor a no hacerlo» eso no significa que no debamos poner en tela de juicio ni ser críticos con esas manifestaciones. No porque sea noble el acto significa que debamos conformarnos con manifestaciones que no sólo no tienen pies ni cabeza, sino que incluso pueden llegar a ser contraproducentes. Por el contrario, debemos decir a los manifestantes que su propuesta esta mal articulada, porque no sólo se trata de buenas intenciones sino de efectividad. Si nos manifestamos es porque queremos que nuestro acto tenga un efecto, y que tal efecto sea positivo.

    Cuando hablo de manifestaciones sin sentido, me refiero, claro, al llamado a boicotear productos americanos. 

    Me llama la atención porque todos hablamos del absurdo proteccionismo de Donald Trump el cual no se sostiene desde la teoría económica y terminamos respondiendo de forma similar. Si Trump va a castigar a México lastimando no sólo a nuestro país sino al suyo propio ¡entonces vamos a hacer lo mismo!

    ¡Vamos a joder a Trump aunque también nos jodamos a nosotros mismos y a los empleos que esas empresas generan en México! ¡Bravo!

    Supongo que la mayoría concordamos en que el problema no es Estados Unidos, mucho menos su gente -mucha de la cual se ha solidarizado con nosotros-, sino el gobierno de Donald Trump. Basta ver a los artistas de Hollywood, los presentadores como Conan O’Brien -quien grabará un programa en México- y muchos ciudadanos que han cerrado filas con nosotros. El Estados Unidos que nos odia, el de la clase trabajadora mexicana que fue engañada por Donald Trump, no es el que ha fundado y levantado a las empresas a las que queremos «castigar», de hecho ese sector tiene menos relevancia en la economía y en lo intelectual que el sector que repudia a Trump. Recordemos que Trump tiene algo así como un 40% de aceptación y un porcentaje similar está a favor de la construcción del muro, menos de la mitad de los estadounidenses. 

    Entendido esto, deja tener sentido boicotear a las empresas -sólo lo podría entender si se trata de aquellas empresas que tienen un interés directo con Trump como Chevron-. 

    Una de las consignas fue no comprar cafés en Starbucks ¡así nos vamos a chingar a Trump!

    Pero los manifestantes no repararon en lo siguiente: Starbucks es una empresa progresista -por ende, contraria a la filosofía de Donald Trump-. Los manifestantes tampoco pensaron siquiera en que Starbucks por más «gringa que sea», es operada en México por Alsea -empresa mexicana- la cual da empleo a muchos mexicanos. Es decir, parte del dinero que llega a Starbucks se queda aquí y Alsea tan sólo le paga un porcentaje a la cadena estadounidense, quien le permite operar la franquicia.

    Si a esas vamos ¿por qué los manifestantes no cierran su Facebook para «chingarse a Donald Trump»? Es más, ¿Por qué no dejan de pedir Uber? Su CEO integra el consejo de asesores tecnológicos de Donald Trump -lo cual le trajo muchas críticas en Estados Unidos aunque cabe aclarar que formar parte de ese consejo no necesariamente tiene que estar acompañada por una simpatía al magnate-. 

    Respuesta: porque dejar consumir en Starbucks requiere un sacrificio menor a pedir un Uber o cerrar el Facebook. Regresamos al tema de las manifestaciones comodinas que no requieren algún esfuerzo o sacrificio. 

    No estoy en contra de que la gente quiera apoyar al mercado nacional, por el contrario, me parece bien que se haga eso para fortalecer el mercado interno. Pero se vuelve un sinsentido cuando el propósito es «joderse a las empresas gringas para joderse a Trump» cuando en muchos casos esas empresas ni siquiera simpatizan con el presidente. 

    Es como si neutralizar a una amenaza que tenemos enfrente disparando balazos por doquier a ver si una de esas balas se impacta con el enemigo cuando la posibilidad de que nos disparemos al pie es similar.

    Ni Starbucks, ni Apple, ni siquiera Uber ni Facebook tienen responsabilidad alguna en el ascenso de Trump ni en sus políticas proteccionistas ni en su hostilidad hacia nuestro país. Por el contrario, pueden verse afectadas. 

    Y no, no porque sea una noble causa significa que no tengamos el derecho de señalar sus contradicciones.