Categoría: sociedad

  • Isabela Otero, Interjet, y una historia de acoso sexual

    Isabela Otero, Interjet, y una historia de acoso sexual

    Isabela, Interjet, y una historia de acoso sexual

    Decía Simone de Beauvoir que la mujer ha sido considerada históricamente como el segundo sexo, como el otro, como un subproducto del hombre, como la «costilla de Adán». La mujer, entonces no podía entenderse sin el hombre: el hombre es el todo y la mujer es un derivado de éste. Y aunque muchos hombres ya han aprendido a ver a las mujeres como sus iguales, muchos otros no, y en muchas ocasiones se encuentran dentro de puestos de poder o decisión. 

    Una sobrecargo de la aerolínea Interjet subió un video estremecedor. Envuelta en llanto, narra cómo uno de los pilotos la acosó sexualmente e intentó violarla sin éxito (gracias al segurito de la puerta de hotel de su cuarto). Lo más doloroso e inquietante de la historia es la cadena de complicidades que han dejado el caso impune. No sólo las otras azafatas o los pilotos, sino el personal de la aerolínea. En lugar de defenderla, la han acusado de difamación, e incluso le han pedido que se someta a exámenes psicométricos porque creen que es esquizofrénica o tiene algún otro padecimiento mental.

    Pero a juzgar por el video, dudo mucho que se trate de un montaje o que la sobrecargo, de nombre Isabela Otero, esté mintiendo. Tendría que ser una actriz excepcional para grabar ese video y aparecer tal como apareció. Primero, porque de hacerlo (suponiendo que quisiera acabar con la reputación del piloto o algo así) tendría muy poco que ganar y mucho que perder (porque no tendría pruebas y porque podría ser despedida de su trabajo). Segundo, porque a juzgar por el video, yo no percibo actuación alguna, no existe un discurso armado (porque si vas a mentir, debes estructurar la mentira para que parezca verdad, no la puedes improvisar, menos en el transcurso de una hora) y basta analizar su llanto: Isabela empieza llorando fuertemente, con el tiempo parece calmarse, pero cuando recuerda alguno de aquellos momentos difíciles, vuelve a romper en llanto. Dudo muchísimo que una persona que tenga la intención de mentir gaste una hora llorando narrando algo que podría tomarse cinco o diez minutos en hacer.

    En efecto, es un video muy largo que ver. Y es notorio que lo hace después de ser ignorada por el personal de la aerolínea, de darse cuenta que se encuentra sola y que nadie la va ayudar. Es notorio que se encuentra en un trance, y bajo esos efectos es muy difícil ordenar bien aquello que se quiere decir. 

    Como suele ocurrir, no todas las personas en Internet la apoyaron. Unos, como su servidor, se indignaron ante lo sucedido, otros están solicitando firmas para hacer justicia; pero algunos otros (no muy pocos) se han burlado de ella, la han insultado. Desde el clásico «eres una feminazi», «tú te lo buscaste», o el «¿y no te gustó»?, al «aprende a hablar bien, no te entendí nada, pónganle subtítulos». 

    No quiero pensar por lo que está pasando Isabela. Son cuatro cosas las que la tienen sumida en la angustia: El hecho de que hayan intentado abusar de ella, el hecho de que no se haga justicia, el hecho de que podría perder su puesto de trabajo, y el miedo que ella tiene de que el piloto ejerza represalias contra ella.

    Su condición de mujer la deja en desventaja, porque muchos son incapaces de ponerse en sus zapatos. Para muchas personas, ella es culpable hasta que muestre pruebas contundentes de que fue acosada sexualmente (lo cual suele ser muy difícil de probar en muchas ocasiones), ella es la difamadora, la esquizofrénica, la que necesita terapia. La aerolínea, así como muchas empresas mexicanas, parece que no tienen siquiera algún mecanismo para evitar el acoso sexual entre sus empleados, siendo que es un problema muy grave. Lo que sufre Isabela no es la excepción, es algo que viven muchas mujeres en nuestro país. 

    Me apena que ante un video de un ser humano que sufre, bañado en lágrimas, devastado, muchas personas no puedan ser sensibles: aquellas que ven a la mujer como «el otro», como el subproducto, aquellas personas en redes que responden con imágenes de mujeres semidesnudas para joder, aquellas personas que se burlan para tratar de paliar sus frustraciones psicológicas. 

    Triste que muchas mujeres puedan ser abusadas sexualmente y que el acosador quede impune, y hasta protegido. 

  • Rotaciones de mentalidad

    Rotaciones de mentalidad

    Rotaciones de mentalidad

    Me llama la atención que en un país donde reina la pasividad y donde la participación ciudadana, aunque creciente, todavía es muy minoritaria, algunos (pseudo)aficionados vayan a recibir al entrenador Juan Carlos Osorio y a la selección mexicana para insultarlos y mentarles la madre. 

    Que están encabronados por el escandaloso fracaso y por las famosas rotaciones que tanto molestan a muchos. He escuchado la palabra «rotaciones» más veces que la palabra corrupción últimamente y eso que no soy un aficionado de hueso colorado ni mucho menos.

    Pero vamos a poner las cosas en contexto:

    La Copa de Oro, un negocio que es lo suficiente lucrativo como para realizarse cada dos años en vez de cuatro como todos los torneos continentales porque básicamente los mexicanos llenan los estadios para ver a su selección (por eso se procura que siempre llegue a la final) y los ingresos son en dólares, es un torneo donde participan selecciones menores que no tienen mucho peso. Ninguna de las selecciones, ni México, ni Estados Unidos ni Costa Rica, son selecciones de élite ni mucho menos. Rara vez podemos colocar a alguna de ellas entre las diez mejores selecciones del mundo. No es un torneo atractivo y ni debería de serlo porque además de esas 3 selecciones que son «las mejorcitas», las demás suelen ser de ínfima calidad. Es un torneo donde ir y ganar el título es cumplir un trámite.

    Luego, la selección mexicana fue con una selección B porque llevó a la principal a la Copa Confederaciones donde tuvo un desempeño regular. Cuando llevas una selección B a un torneo, por más sea de la Concacaf, sabes que el desempeño no será el mismo que el que una selección A te puede dar. Recuerdo que hace varios años, en esa misma copa, la selección mexicana goleó 5-0 a Estados Unidos que llevó a una selección B caminando y sin despeinarse. Cuando los equipos llevan a selecciones alternativas (con excepción de Alemania, claro) el desempeño siempre es menor.

     México lleva a esa selección B y pierde contra Jamaica, lo cual ciertamente no deja de ser un resultado bastante malo (tampoco históricamente malo como algunos dicen), y entonces se desata la indignación.

    Una derrota en un torneo que no tiene importancia alguna con una selección B contra otra selección irrelevante como es Jamaica es suficiente incentivo para ir al aeropuerto y gritarle al entrenador Juan Carlos Osorio: «pendejo, vas a chingar a tu madre, estamos hartos de tus putas rotaciones».

    https://www.youtube.com/watch?v=HTu6nkDHjgo

     ¿De verdad, no tienen una vida propia?

    Es cierto, que aunque el futbol es un espectáculo (que es lo que debe de ser y nada más), el aficionado tiene derecho a criticar y exigir a su selección o equipo predilecto. Pero insultar y agredir (cosa que ya no es válida) a un entrenador por perder con una selección alternativa una copa a quien nadie le importa más que a los hombres de pantalón es algo demasiado penoso.

    Más triste, es que ni para el futbol muchos de estos aficionados tienen el criterio para exigir y criticar. No me quiero imaginar cuando se trata de cosas que sí importan como la vida pública y política del país. Piensan que, con correr a un entrenador, ¡sorpresa! la selección va a trascender. Los medios de comunicación les han metido a la cabeza a los aficionados que la selección tiene el mejor equipo de la historia, que tenemos unos jugadorazos, que hay muchos de ellos en Europa y quién sabe qué más.

    La realidad es que de los que juegan en Europa, ningún jugador es de élite, cosa que sí puede presumir la selección de Chile y ya no se diga Argentina y Brasil. Los únicos jugadores de élite que la selección ha tenido son Hugo Sánchez y Rafael Márquez cuando estuvo en el Barcelona. Todos los que juegan en Europa juegan con equipos medianos, o si llegan a jugar en equipos grandes (como Chicharito en Real Madrid) no son titulares indiscutibles. No son malos, tienen calidad, pero no se encuentran entre los mejores jugadores del mundo. 

    Pero los aficionados, como los que fueron a mentar madres al aeropuerto, creen que tenemos una selección de primer nivel con un pésimo entrenador, creen que basta con traer a Bielsa o al entrenador de las Chivas para construir una selección que haga historia. No entienden que México no tiene una selección ganadora porque toda la estructura que sostiene al futbol está viciada, y que para empezar, dicha estructura tiene que ser reformada desde abajo y una vez hecho esto, se debe crear un plan a largo plazo (sí, hay que esperar). Pero eso se oye más difícil porque implica construir, sugerir y aportar. Pedir una cabeza es muy fácil, inmediato y comodino.

    Y me podrán preguntar qué es lo que tiene de relevante este tema. Mucho, porque si la gente no puede tener el criterio suficiente para pedir que se mejore la calidad de un espectáculo, menos lo va a tener para exigir a sus gobernantes; peor aún, para involucrarse en temas sociales y políticos.

    Este tipo de eventos nos muestran donde estamos parados como país y como sociedad. 

  • ¿Cómo sería el mundo sin religiones?

    ¿Cómo sería el mundo sin religiones?

    ¿Cómo sería el mundo sin religiones?

    Occidente se está secularizando, cada vez más personas de países desarrollados están dejando del lado la religión porque ésta ya no les satisface o porque simplemente no creen en la idea de que un dios creó todo el universo, ni creen que su sistema de valores deba estar sujeto a lo que diga una institución religiosa. Algunos anhelan que esta secularización se complete, que la religión desaparezca del mapa, porque dicen, superarla implicaría un avance evolutivo. 

    Algunos especialistas como Gabe Bullard aseguran que dicha secularización se da más en aquellos países o regiones donde los individuos han alcanzado un mayor nivel de vida y cuentan con la suficiente seguridad económica y social como para sentirse tranquilos (lo que explica que sea más marcado en Europa, que en Estados Unidos donde hay más pobreza y donde la red de protección social es más débil). El psicólogo Paul Bloom asegura, a su vez, que la razón por la que la religión tiene una mayor importancia dentro de los países menos favorecidos no es que ésta produzca la ignorancia y la pobreza (como algunos afirman) sino al contrario: como aquellos países son más pobres, son menos equitativos y más inseguros, la gente encuentra en la religión una forma de sentirse protegida y unida. 

    Además debemos hablar de las mujeres: ellas fueron más religiosas a través de la historia porque era la única forma en que podían trascender desde su pasividad, mientras que los hombres trascendían por medio de su rol activo dentro de la sociedad. La equidad de género y el rol cada vez más activo de la mujer hace que su interés en la religión se equipare cada vez más con el interés que los hombres ponen en ella.

    Así, algunos aseguran que la desaparición de las religiones será consecuencia del desarrollo económico y social, y que cuando lleguemos a un mundo más desarrollado y menos equitativo, las religiones no tendrán razón de ser. La realidad, pienso yo, es algo más compleja que esto e incluso me atrevería a poner en tela de juicio el argumento de que la religión desaparecerá de la faz de la tierra. 

    Para tratar de entender el papel de la religión, primero me atrevería a hablar de tres etapas evolutivas (en realidad existen más, como las etapas prehistóricas, la de los humanos nómadas, los cazadores y agricultores) y que son las más recientes: El premodernismo que tiene lugar en la Edad Media y donde la verdad estaba determinada por el mandato divino, el modernismo que inicia con la Ilustración donde por medio de la razón (racionalismo) y la experiencia (empirismo) se llega a la verdad, y el posmodernismo, donde la verdad no es algo objetivo sino que está construida socialmente. A la vez, debemos decir que estas tres etapas no avanzan al mismo ritmo ni a nivel mundial ni dentro de los países ni entre los propios individuos. Generalmente hay una vanguardia que es la primera en avanzar de una etapa a otra. Por ejemplo, últimamente se dice que la vanguardia, ante las evidentes deficiencias de la filosofía posmoderna, está avanzando a un estado ulterior donde se busca compaginar la razón con algunos de los temas que abraza el posmodernismo como la justicia social y los derechos de las minorías, corrigiendo sus errores epistemológicos (como el irracionalismo) para así huir del dogma y poder sostener una escala de valores éticos y morales. 

    A partir de Copérnico y Galileo comenzó la revolución científica que comenzó a separar la ciencia de la religión. La ciencia ya no debía estar basada en las Sagradas Escrituras sino en la razón y la experiencia.

    Que se ancle a la religión en el premodernismo no significa que la propia religión no pueda trascenderlo, aunque sea de forma parcial, y ello explica que siga viva dentro de muchos países desarrollados. Desde antes de la Ilustración, Santo Tomás de Aquino intentó conciliar la fe divina y la razón. Fuertemente influenciado por la filosofía de Aristóteles, cuyos textos fueron rescatados durante la Edad Media, buscó explicar la existencia de Dios por medio de cinco vías.  A la fecha, la filosofía de Aristóteles y la de Santo Tomás de Aquino (filosofía aristotélico-tomista) constituye la base filosófica de la religión cristiana e incluso de parte del legado filosófico que sostiene a la sociedad occidental.

    Hasta la llegada de la Ilustración, gran parte de la ciencia (o filosofía natural, como se le llamaba en ese entonces) estaba determinada por los postulados de Galeno e Hipócrates (medicina), y sobre todo, Aristóteles (casi todo lo demás). La filosofía natural tenía que estar fundamentada en la «autoridad de las Sagradas Escrituras». Si la disección de un cadáver contradecía lo postulado por las escrituras, lo que estaba mal era el cadáver. A partir de Copérnico y Galileo comenzó la revolución científica que comenzó a separar la ciencia de la religión. La ciencia ya no debía estar basada en las Sagradas Escrituras sino en la razón y la experiencia. Así, gracias a una vanguardia de científicos y filósofos que arriesgaron su pellejo durante la épocas de la Santísima Inquisición, comenzamos a transitar del premodernismo al modernismo. La religión se mostró muy reticente en ese entonces, pero algunas religiones le terminaron dando, con el tiempo, la razón a la ciencia y aceptaron su separación (entre ellas, la Iglesia Católica que acepta la teoría de la evolución) aunque otras religiones protestantes siguen oponiéndose a ello.

    La razón y la ciencia como los pilares de Occidente trajeron los mayores avances dentro de nuestra especie. Pero después pasó algo. A mediados del siglo XX, se comenzó a abandonar la idea de un futuro promisorio producto de los avances tecnológicos y científicos ante uno más pesimista y que persiste con más fuerza, lo que cedió el paso al posmodernismo que se centró en la justicia social, la ecología y los derechos de las minorías. El posmodernismo tardío, como consecuencia de la influencia del marxismo, del nihilismo y el irracionalismo, comenzó a radicalizarse en las últimas décadas «infectando» varias de las causas que defendía originalmente.

    Naturalmente, el papel de la Iglesia Católica ante el posmodernismo de los últimos años es profundamente adverso, postura que se entiende en tanto el posmodernismo tardío busca derribar todas las estructuras y convenciones sociales reinterpretándolas arbitrariamente. Es imposible desde cualquier punto de vista que la Iglesia se adapte a una corriente ideológica que niega cualquier forma de estructura. Pero a la vez podemos ver avisos donde la Iglesia intenta asimilar el posmodernismo temprano (el que no estaba corrompido) y que queda patente en la encíclica del Papa Francisco, Laudato Sí, donde la ecología y la justicia social son la base de dicho texto. De la misma forma, hemos visto al Papa Francisco mostrar una mayor tolerancia ante la comunidad homosexual. 

    A pesar de los intentos de las religiones de adaptarse (en mayor o menor medida) a la época, éstas pierden cada vez más influencia en Occidente. Cada vez más niños nacen dentro de familias ateas o agnósticas que no les dieron ninguna instrucción religiosa. Nuestra generación es aquella que decidió negar a la religión, pero la siguiente será aquella que ni siquiera la conoció.

    Decir que las religiones han tenido la función de «manipular y controlar a las masas» es una afirmación demasiado reduccionista y parcial. Las religiones han mostrado tener una función importante dentro de la sociedad si hablamos de cohesión social y de su capacidad de otorgar una escala de valores morales a los individuos. Ciertamente, muchas personas han matado en nombre de Dios, o han discriminado o relegado en su nombre; y ciertamente, la religión, en algún momento de la historia, obstaculizó cualquier avance científico condenando, por medio de la Santísima Inquisición, a quien se atreviera a refutarla. Incluso podemos ver que algunos, en nombre de la religión, niegan derechos a las minorías. Pero también es cierto que la religión ha hecho una labor muy importante por los pobres y los desvalidos: la asistencia social y la filantropía tienen orígenes profundamente religiosos.  

    El individuo cada vez tiene menos referencias para sostener una escala de valores éticos y morales, lo cual le genera un incremento de angustia y ansiedad.

    Menos podemos olvidar el legado del pensamiento religioso en la filosofia occidental, que ha influido, inclusive, en muchos los valores que sostiene la izquierda política (solidaridad, justicia social, equidad).  

    Los religiosos, sobre todo en Estados Unidos, suelen ser más felices que los ateos porque ellos, al ser parte de una comunidad, crean más lazos sociales generando un sentimiento de pertenencia. Y esto sin olvidar el beneficio psicológico que otorga la espiritualidad y el sentimiento de trascendencia al creer en un ser divino (aunque ciertamente un ateo o un agnóstico puede desarrollar la espiritualidad de otra forma).  

    Ante un mundo posmoderno donde el nacionalismo (que surgió durante la Revolución Francesa para cohesionar a la sociedades que integraban determinado país) ha quedado casi descartado y donde ahora cada vez más gente abandona la religión, deberíamos preguntarnos cómo es que logrará ser sustituida. El individuo cada vez tiene menos referencias para sostener una escala de valores éticos y morales, lo cual le genera un incremento de angustia y ansiedad. En esta modernidad líquida, como le llama Zygmunt Bauman, el hombre tiene cada vez menos referentes desde donde sostenerse. Se pensó que tendríamos la capacidad de construir una escala de valores con base en la razón y toda la herencia de pensamiento filosófico, pero el posmodernismo (tardío) parece anular esa opción. Se pensó que seríamos capaces de crear un escala de valores más evolucionados y desarrollados. Ciertamente, hemos avanzado de forma considerable en algunos temas como los derechos humanos y hemos logrado reducir los índices de violencia (el mundo actual es el más pacífico de la historia), pero nos hemos quedado cortos al crear una escala de valores integral bajo la cual los individuos puedan tener un referente y sostenerse. 

    Si no somos capaces de construir un sistema de valores universal, el individuo se sentirá lo suficientemente perdido y angustiado que buscará el primer recurso a la mano para sostenerse.

    Jonathan Haidt, en su libro The Righteous Mind, se pregunta preocupado qué es lo que pasará cuando en todos esos países desarrollados que se han secularizado ocurra un cambio generacional donde la religión pase a ser algo desconocido, donde no exista ese algo que logre cohesionar a la sociedad. ¿Cómo se podrá sostener una sociedad si no mantiene cohesión alguna? De acuerdo a Hannah Arendt, una sociedad atomizada y con poca cohesión tiene mayores probabilidades de caer dentro de un régimen fascista o totalitario. De hecho, los nazis y los comunistas destruyeron en la medida de lo posible todos los lazos sociales (incluso familiares, como fue el caso de la URSS) para establecer sus regímenes. 

    Un futuro sin religiones promisorio sólo se podrá dar en la medida en que el ser humano logre construir una escala de valores universal, producto de toda la herencia de su pasado, y que logre dar una identidad y una guía al individuo que en la actualidad se siente más ansioso, angustiado y perdido. Un futuro sin religiones promisorio sólo se podrá dar en la medida en que el individuo sea capaz de generar un sentimiento de trascendencia sin la necesidad de un ser divino. Un futuro sin religiones promisorio sólo se podrá dar si el ser humano es capaz de construir un sistema ético y moral que supere y represente un avance de aquel que estaba basado en la religión. Al contrario de lo que postulan los posmodernos, los valores no deberían de deconstruirse, deberían de evolucionar y adaptarse a la etapa evolutiva en la que se encuentra el ser humano. Y para que eso suceda, el hombre no puede negar su pasado; por el contrario, debe considerar que se encuentra en hombros de gigantes.  

    Si eso no ocurre, si no somos capaces de construir un sistema de valores universal, el individuo se sentirá lo suficientemente perdido y angustiado que buscará el primer recurso a la mano para sostenerse. El crecimiento de la ultraderecha en Europa (que parece haber sido contenida temporalmente) es uno de los primeros avisos. Pero también podría ocurrir cierto resurgimiento de las religiones, que ante el vacío en el que cada vez se sumerge el ser humano, no termine por abandonarlas y termine recurriendo a ellas. El ser humano necesita una estructura ética y moral para vivir, para relacionarse con los demás, y para ser feliz: es una necesidad intrínseca a él. 

  • #SíAlaCiclovía, o el día en que los ciudadanos hicieron historia

    #SíAlaCiclovía, o el día en que los ciudadanos hicieron historia

    #SíAlaCiclovía, o el día en que los ciudadanos hicieron historia
    Fuente: cuenta de Facebook de GDL en Bici.

    Hoy muchos tapatíos estamos de fiesta, no es para menos.

    Lograr mantener una ciclovía que se construyó en una avenida que no es de las arterias más importantes de la ciudad (aunque por su ubicación y por los inmuebles que se encuentran en ella la hacían indispensable) puede sonar a poco, pero el simbolismo y el significado que hay detrás de ese logro lo hace algo muy grande:

    Primero, porque al votar por su permanencia han sentado las bases de lo que será la postura de la ciudadanía ante los asuntos de movilidad urbana; es decir, una agenda progresista en materia de movilidad será más rentable pensando en una elección que otra más arcaica y que apueste al auto. Segundo, porque se trata de un triunfo ciudadano, producto del trabajo que varios colectivos y organizaciones han venido haciendo durante varios años en materia de movilidad.

    Guadalajara, gracias a estas organizaciones de la sociedad civil (OSC), se ha convertido en una de las ciudades pioneras en materia de movilidad. La presión de dichas organizaciones ha hecho que se instalen sistemas públicos de bicicletas (MiBici), que se instalen ciclovías, que se construyan rampas en las banquetas para personas con alguna discapacidad, que se lleven a cabo vías de recreación los fines de semana para fomentar la convivencia y el deporte (Vía Recreactiva). Varias de estas organizaciones han adquirido un conocimiento sobre la materia tal que han logrado incidir en el gobierno para que se logren cambios sustantivos. Naturalmente esta tarea no ha sido fácil y ha enfrentado a muchas resistencias.

    Es natural que estas resistencias existan cuando se trata de cambiar paradigmas de un modelo de movilidad orientado al automóvil a otro orientado al transporte público y al transporte no motorizado como han venido haciendo los países desarrollados. Causa resistencias porque construir una ciclovía implica que los automovilistas ya no podrán estacionar su coche en la banqueta que ahora está confinada para la ciclovía. Eso implicará para ellos que tarden más tiempo en buscar un cajón de estacionamiento, o peor aún para quienes viven sobre una calle donde se ha construido una y ya no sepan donde estacionar el automóvil que ya no cabe en la cochera. 

    Pero las políticas públicas deben estar orientadas a beneficiar a la mayoría, a la sociedad a su conjunto, a veces en detrimento de los intereses de una minoría que durante décadas se había acostumbrado a dejar el coche en la banqueta o estacionarse en doble fila (minoría que, a la larga, y al haber asimilado dicho cambio de paradigma, también será beneficiada). Las tendencias en movilidad no son modas, son necesidades, y responden a la inviabilidad del modelo del automóvil por el impacto negativo que tiene en la calidad de vida. Debemos recordar que el trazo de las calles no fue pensado para albergar tal cantidad de automóviles. Como afirma Edward Glaeser, las calles de Nueva York se trazaron antes de la fabricación en serie del mítico Ford T, cuando los coches eran exclusivos para una selecta minoría y cuando la gran mayoría de las personas se movía por medio de transporte público. Muchas ciudades han decidido desincentivar el uso del automóvil para fomentar una sociedad con menos estrés, menos contaminación y para crear más espacios de convivencia. 

    Ellos tuvieron un papel crucial

    Fue un error someter a consulta la decisión de construir una ciclovía por el simple hecho de que al intentar cambiar un paradigma se deben romper resistencias (no llamarlas a votar). Es un error porque gran parte de los ciudadanos, sobre todos aquellos acostumbrados vivir en un modelo autocéntrico, no tienen conocimientos en movilidad y no entienden cómo este cambio de paradigma los terminará beneficiando (beneficio que naturalmente no es palpable en unos pocos días). El logro de la ciudadanía, aquella que tenía conocimiento en la materia, que impulsó el voto por el SÍ para la permanencia de la ciclovía en la avenida Blvd General Marcelino Barragán, es muestra de que la mejor forma en que las y los ciudadanos pueden incidir en una democracia es por medio de organizaciones y agrupaciones, que tienen el conocimiento para promover una agenda que será benéfica para la comunidad.

    Fueron las organizaciones, ante la posibilidad de que dicha consulta «tumbara» la ciclovía, quienes promovieron el voto a favor de ésta; fueron ellos quienes informaron a la gente y la persuadieron para salir a votar. Dichas organizaciones no sólo han logrado impulsar una agenda dentro del gobierno, sino dentro del imaginario colectivo, convenciendo a los habitantes de la ciudad de la utilidad del transporte no motorizado. 

    Las consultas, los referendums y los plebiscitos son atractivos dado que len da voz a cualquier ciudadano. Pero en muchos de los casos dichos instrumentos son promovidos para legitimar a un gobierno o para aprobar agendas que se sabe de antemano serán votadas de determinada forma. Incluso muchos líderes carismáticos autoritarios los promueven constantemente para legitimarse y dar la apariencia de ser un gobierno democrático. Peor aún, en la mayoría de los casos, los ciudadanos no están preparados para ejercer el voto sobre un determinado tema. Por eso es que, dentro de la democracia representativa, los ciudadanos elegimos a nuestros gobernantes para que tomen decisiones en nuestro nombre, asumiendo que ellos están preparados e informados (lo cual no siempre sucede) para tomar decisiones en su área de competencia. Por medio de las OSC y de los colectivos, el ciudadano puede incidir de mejor forma, porque éstos tienen el conocimiento necesario (en muchos casos más que el propio gobierno) para poder incidir. 

    Este logro de la ciudadanía es el claro ejemplo de que se pueden lograr cambios sustanciales cuando hay voluntad y ganas, cuando se logra romper ese otro paradigma dentro del cual nos enseñaron que el gobierno tomaba las decisiones y los ciudadanos nos quedábamos callados para pasar a uno que requiere que el ciudadano se involucre en los asuntos públicos para que los cambios sucedan. Lo que pasó hoy es una muestra de ello, las cosas van a empezar a cambiar en el momento en que nosotros decidamos involucrarnos y abandonemos la apatía y el conformismo. Nada del progreso en materia de movilidad, ni las ciclovías, ni los servicios de bicicletas, ni las rampas, ni las dependencias que comienzan a remover los puentes peatonales que confinan al peatón a tomar un rol secundario donde el auto es el rey, nada de eso habría ocurrido si no fuera por la presión ciudadana, de esas mujeres y de esos hombres que decidieron dar un paso más. 

  • Madrear delincuentes

    Madrear delincuentes

    Madrear delincuentes

    Últimamente han circulado varios videos donde los ciudadanos se «ajustician» a los delincuentes. Uno de ellos empieza a grabar con su smartphone mientras los otros le propinan golpes y patadas al victimario; a veces hasta hacerlo bañar en sangre: ¡Qué vean todos los delincuentes lo que les va a pasar si siguen delinquiendo, que ni se atrevan!

    A veces lo amarran contra el poste y ahí le propinan una golpiza, a veces lo tiran al suelo y todos en círculo lo patean, a veces son un poco más compasivos y tan sólo lo despojan de la ropa y lo dejan completamente desnudo. Quienes ven esos videos ven la escena con júbilo: ¡Justicia al fin!

    Pero por el contrario, estas manifestaciones son reflejo de que algo está muy mal en el país. Primero, que se vive una tremenda inseguridad en muchas ciudades del país, y segundo, que las autoridades son incapaces de castigar a los delincuentes por lo cual los ciudadanos toman justicia por su propia mano. Una persona podrá, al ver esos videos, sentir una sensación de justicia y de venganza, pero que los individuos tomen justicia por su propia mano en vez de que las autoridades se encarguen de castigar al delincuente es más bien una manifestación de retroceso casi hacia un estado de anarquía.

    ¿Por qué se creó el Estado? En la antigüedad, dentro de una economía de escala en un entorno violento, quienes eran improductivos y eran fuertes atacaban a quienes sí producían pero eran débiles. Luego los que eran débiles se agrupaban para que la suma de todos ellos tuviera más poder que los fuertes que los acechaban, pero al mismo tiempo los fuertes que no producían podían agruparse no sólo para despojar a los débiles que sí producían, sino a los fuertes que sí lo hacían, encarnando así una espiral de violencia. Debido a eso, el hombre creó el Estado donde, de acuerdo a Hobbes, los individuos debieron renunciar a ciertos derechos naturales (como el derecho a matar o a robar) y cederle cierto poder al soberano para que así pudiera vivir de forma civilizada. 

    Cuando vemos a los ciudadanos golpeando al delincuente, lo que vemos es a los débiles que sí producen agrupados (débiles no tanto por la fuerza, sino porque no suelen poseer armas como los delincuentes) propinándole una lección al «fuerte improductivo». La «puesta en escena» es primitiva, es un estadio anterior a la civilización, es la ausencia del soberano, de un Estado que es incapaz de castigar, por medio de las leyes y del poder que la ciudadanía le confiere, al delincuente. Como el 99% de los delitos en México quedan impunes, no queda de otra más que hacer justicia por cuenta propia. 

    Posiblemente los ciudadanos vengativos no sean los más responsables, de hecho ellos reaccionan como lo haría casi cualquier persona que está siendo asaltada y ve la oportunidad de agruparse para defenderse. Los ciudadanos lo hacen también por impotencia, porque sienten que no tienen otro recurso y no les queda más que agredir al delincuente, filmar el acto y subirlo a las redes como forma de exposición mediática para que «todos los delincuentes vean lo que les va a pasar si se atreven a delinquir». A juzgar por los índices de delincuencia, dicha exposición mediática no tiene mucho efecto ni parece disuadirlos de seguir cometiendo crímenes.

    Promover estos videos es el camino visceral, el camino corto y más fácil, y el que más enjundia genera porque casi todos los que han sido asaltados alguna vez y ven esos videos lo disfrutan. El camino difícil y deseable es la construcción de un Estado fuerte capaz de garantizar la seguridad a sus ciudadanos. Tan no existe ese Estado fuerte que si quien se encuentra en el timón de éste (el Presidente de la República) saliera a la calle sin ningún elemento de seguridad, posiblemente sería tratado igual que los delincuentes que son golpeados en dichos videos. 

  • Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Más que hablar de izquierdas y derechas, el conflicto se centra en la batalla entre liberales (o más bien progresistas) y conservadores. En un forcejeo ideológico, ambas facciones se han apropiado de la agenda política. Si queda algún reducto ideológico bajo el cual se puedan resguardar los individuos es ese, entre los que están abiertos a todos los cambios y entre quienes quieren que se conserve el estado de las cosas.

    Lo preocupante es que lo que hemos visto es una creciente polarización entre ambas facciones donde están cada vez menos dispuestas a debatir. Ambas tienden a la radicalización, y peor aún, a elaborar juicios de valor de la otra facción desde un punto de vista maniqueo: yo soy bueno, tú eres malo.

    Por ejemplo, hace pocos días apareció un video de un pastor evangélico que se presentó en un programa de televisión en Chile y en el cual dicho pastor, enfrente del conductor abiertamente homosexual, sacó de su saco una bandera del colectivo LGBT para utilizarla como tapete, era la «bandera de la inmundicia». Lo que hizo naturalmente fue una grosería, el conductor visiblemente molesto le pidió que la quitara, y al final el pastor decidió abandonar el programa.

    Ante tal hecho, muchos progresistas señalaron: ¿ven? los religiosos conservadores son unos intolerantes, son reaccionarios que están llenos de odio y no quieren progresar. Hablan de amor y de Dios y sólo se la pasan discriminando por doquier. ¡Que se regresen a la edad media!

    Pocos días después, ante la llegada del «autobús de la libertad» que ha sido llevado a varios países por grupos conservadores para defender lo que ellos llaman la familia natural y que el Estado no les imponga la ideología de género a sus hijos, un colectivo LGBT visiblemente radical vandalizó el autobús. Lo rayaron, le pusieron calcomanías y gritaron consignas. Y ante esto fueron los conservadores los que señalaron: -Miren, ahí están los LGBT, no sólo quieren depravar y pervertir a la sociedad, son unos intolerantes, están llenos de odio y resentimiento-.

    Tanto los progresistas y los conservadores se acusan de lo peor, ambas posturas pregonan la tolerancia, pero por el contrario, ambas facciones son cada vez más intolerantes que sus opuestos. La creciente intolerancia no es tanto una manifestación de su postura política per sé ni es consecuencia de sus paradigmas sino que más bien los trasciende. La intolerancia entonces tiene más bien poco que ver con los valores que pregonan y mucho que ver con una actitud donde actúan como si fueran tribus, donde quienes están dentro son bienvenidos y quienes están fuera se convierten necesariamente en sus enemigos. Ese tipo de exclusión es el mismo que justificó los más atroces genocidios en la historia de nuestra especie. 

    Se niegan a debatir, se excluyen, se etiquetan. Ambas facciones se acusan de no respetar la ciencia, la biología, el sentido común. Se acusan de complots, de imposiciones. Todo lo ven como un ataque, todo es «un ataque a mis valores», no son ni siquiera capaces de confrontar sus ideas, de escuchar por qué el otro piensa como piensa. 

    Tergiversan de la palabra «tolerancia» porque sólo la utilizan cuando son atacados y no cuando atacan: eres intolerante cuando me atacas, pero yo no lo soy cuando te ataco porque «estoy defendiendo la tolerancia». Y cuando lo hacen, ambos creen que están haciendo un bien, porque se sienten atacados, y así entonces vemos cómo se forma un círculo vicioso.

    Nadie les dijo que tenían que estar de acuerdo, por el contrario, se asume que la democracia es conflicto y que por medio del conflicto, las posturas siempre podrán debatir y confrontar sus ideas para que el resultado de dicho debate derive en un estado de las cosas mejor. Eso no está sucediendo. 

    Así, en un mundo donde se habla de democracia, inclusión, solidaridad, integración, vemos como los individuos son cada vez menos capaces siquiera de sentarse a dialogar. Sus bienintencionadas banderas se vuelven inocuas e hipócritas ante sus actitudes. Ambos pregonan el amor por el prójimo, pero entre varios de ellos, pareciera sólo valer como prójimo aquel que pertenece a su tribu.

    Y así, tenemos una sociedad cada vez más polarizada y desintegrada. No es culpa de la doctrina ideológica del otro, sino de las actitudes propias. 

  • Léelo antes de que linches a un millennial

    Léelo antes de que linches a un millennial

    Leelo antes de que linches a un millennial
    Fuente: State Farm / Flickr

    En los últimos tiempos se ha vuelto una moda linchar a los millennials. Se ha vuelto un deporte.

    Ciertamente, como ocurre con muchas generaciones, la de los millennials tiene defectos y rasgos negativos. Podrían criticarse o señalarse tales rasgos, pero atreverse a condenarla me parece un craso e irresponsable error, y explicaré por qué:  

    Se ha dicho que son unos buenos para nada, que no tienen ideales, que se la pasan pegados a sus gadgets, que son una generación perdida. Y se dice como si ellos fueran los culpables, como si ellos se hubieran puesto de acuerdo para condenarse a la autoperdición. 

    En esta tesitura, me llamó la atención la columna de Antonio Navalón donde dice que lo más que han llegado a hacer es crear filtros para Instagram; columna, que por cierto, generó una gran polémica. Navalón, como «adulto grande» (el pleonasmo es a propósito) condenó a los millennials categóricamente:

    Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo.

    Antonio Navalón dice que su generación no quiere hacerse responsable del «fracaso que los millennials representan». Lo paradójico del caso es que fue su generación la que los crió y educó. Y no sólo eso, la suya fue la que les creó el mundo en el que viven, tanto en lo político, en lo social, como en lo tecnológico. Personas como Antonio Navalón pretenden ver a los millennials como algo ajeno a ellos cuando en realidad son producto de lo que su generación engendró.

    Si la generación de los millennials es tan vacía, lamentable y hasta catastrófica como los «adultos grandes» nos lo quieren pintar, entonces deberían ser igualmente estrictos con ellos mismos y responsabilizarse sobre el «monstruo que ellos engendraron». Ellos educaron a los jóvenes que se la pasan pegados a los smartphones.

    De la misma forma puedo hablar sobre el terreno político. No quiero de alguna forma justificar que, por ejemplo, los millennials del Reino Unido hayan sido lo suficientemente apáticos como para que ganara el sí al Brexit, pero también habríamos de preguntarnos si las estructuras políticas actuales (justo acababa de escribir un artículo sobre su relación con la política) son capaces de representar y comunicarse efectivamente con los millennials. Habríamos de preguntarnos si la apatía es una simple indiferencia o flojera de ellos, o si bien ellos se sienten ignorados por unas estructuras políticas ensimismadas y poco dispuestas a renovarse.

    Porque por ejemplo, es paradójico que en nuestro país se perciba una profunda apatía de los jóvenes cuando de salir a votar se trata, pero al mismo tiempo haya más jóvenes que nunca involucrados en organizaciones civiles y colectivos de participación ciudadana. Incluso, algunos de estos últimos forman parte de los primeros (participan activamente en temas ciudadanos pero no salen a votar porque no se sienten representados). 

    En el tema tecnológico y de emprendedurismo Navalón dice que la mayor aportación de los millennials son Apps y filtros de Instagram (ignora que Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, entra dentro de la categoría de los millennials). Ciertamente, los millennials tienden a ser más inestables cuando de empleos se trata y también son algo más indisciplinados que su antecesores, pero decir que no aportan absolutamente nada es un tremendo error que puede ser evidenciado fácilmente; e incluso algunos de dichos defectos parecen ir en consonancia con el entorno en que viven (y que crearon aquellos como Navalón que los condenan): por ejemplo, es casi un sinsentido esperar que un joven sea leal a la empresa donde trabaja como lo fueron los adultos cuando el mercado es muy cambiante y cuando ya ha dado por sentado que tendrá muchos trabajos a lo largo de su vida. 

    Así, los millennials son producto de su entorno y de sus circunstancias. Mientras los «adultos grandes» como Antonio Navalón se enclaustran en la nostalgia con el recurrente sesgo cognitivo de que lo pasado siempre fue mejor, los millennials, con todas sus virtudes y sus limitaciones, intentan crear un proyecto de vida dentro del mundo que sus antecesores les heredaron; ellos fueron los que les crearon este mundo posmodernista donde todos los simbolimos que les puedan dar una identidad son considerados constructos sociales; ellos fueron los que construyeron y diseñaron los gadgets a los que se la pasan pegados. Los grandes construyeron un mundo, y ahora se quejan de sus consecuencias. 

  • Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    El día de ayer tuve la oportunidad de discutir en una mesa de trabajo con varias personas expertas el rol que tenían los jóvenes, los millennials, dentro de la política.  Y creo que vale la pena hablar de eso porque los jóvenes de hoy son quienes en unos años más ocuparán los puestos de poder. 

    Siempre que queremos tejer una relación entre estas dos palabras (millennials y política) aparece un subproducto de estas dos llamado apatía. Se dice que los jóvenes son quienes menos quieren participar en asuntos políticos, sobre todo cuando tienen ese aroma tradicional de gente grande y rancia tratando de mover los hilos del poder; muchos piensan que «todos son lo mismo».  Pero hay una paradoja en todo esto, porque a la vez estamos viendo en nuestro país un vertiginoso crecimiento de organizaciones civiles y colectivos, cuyos miembros son en considerable medida jóvenes. Al final las ONG’s hacen política si nos apelamos al estricto significado de la palabra, sin que esto implique que se involucren en la política formal.

    Me atrevo a decir que parte del desprecio de los jóvenes por la política tradicional (o formal, partidista o como le quieras llamar) tiene que ver con la brecha generacional entre ellos y los políticos, así como la nula capacidad que tienen estos últimos para comunicarse con los jóvenes.

    Por ejemplo, los partidos políticos muchas veces consideran a los jóvenes como un accesorio o como un recurso operativo. Los jóvenes (cada vez menos) que entran a los partidos envueltos en un franco idealismo con el fin de hacer un cambio terminan pegando calcomanías, repartiendo folletos y bailando «despacito» en las calles para que la gente vote por su partido. Así mismo, los partidos políticos buscan formar cuadros con los nuevos talentos, pero no tanto para aprovechar esas energías y deseos de cambio de los jóvenes, ni para traer nuevas ideas, ni mucho menos con la intención de ir renovando paulatinamente al partido, sino para más bien adoctrinarlos con las ideas de los que ya están ahí.

    Al final, dar poder de decisión a los jóvenes y darles la libertad de que implementen sus nuevas ideas implica para los más grandes ceder poder, y lo que menos quieren ellos es cederlo. Y la mejor forma de integrarlos sin que eso represente una amenaza es el adoctrinamiento, que piensen igual que nosotros, que los jóvenes no se nos rebelen.

    Dicho esto, se entiende por qué hay muchos jóvenes en los partidos replicando los mismos discursos, apoyando las mismas plataformas obsoletas de los candidatos «grandes». Los jóvenes le hacen la talacha a los grandes y les aprenden en su afán de irse moviendo para poder aspirar a un puesto político.

    Los jóvenes entonces aprenden que un partido no es tanto una plataforma para darle rienda suelta a su idealismo sino una estructura donde pueden hacer carrera profesional para hacer dinero. Así, son menos los que entran para defender un ideal o para soñar con un México mejor que los que aspiran a obtener un puesto donde les vaya bien y tengan un buen ingreso. Son ellos en su mayoría quienes terminan conformando la «sangre fresca» de su partido, y por consecuencia vemos que despuésde algunos años, los jóvenes igualan, cuando menos, a sus antecesores cuando hablamos de actos de corrupción. Así, se entiende por qué los partidos han perdido de forma progresiva su ideario ideológico. 

    Peor aún, debido a esto, quienes ocupan los puestos importantes y trascendentales dentro del gobierno no son los más talentosos ni los que tienen las mejores ideas, sino el que «se supo mover», el que «se le pegó al diputado». Incluso siendo jóvenes, muchas veces no son los mejores, los que tienen mejores intenciones ni quienes tienen mejor preparación.

    Pero el problema no sólo está en la relación con los jóvenes que están dentro de los partidos, sino en la forma en que se comunican con los de fuera. Para muchos de los «grandes» los jóvenes (a quienes en muchos casos estigmatizan) son algo así como mocosos que le pican a eso del SnapChat. Los miran de arriba hacia abajo, los subestiman por su inexperiencia. Para comunicarse con ellos usan muchas etiquetas e intentan usar su lenguaje a veces sin entenderlo porque básicamente no lo entienden:

    Los partidos sólo intentan comunicarse con los jóvenes cuando las elecciones se acercan y cuando su voto importa. Los ven en términos de rentabilidad política y no como aquellos que podrían aportar con sus ideas, su frescura y su talento. Los jóvenes no son tan ingenuos como ellos piensan y no son seducidos tan fácilmente por los mensajes acartonados con los que los intentan persuadir. 

    Si bien los jóvenes entran progresivamente a los partidos y forman parte de ellos, como son adoctrinados y terminan emulando a los grandes, ni siquiera ellos son capaces de representar a los de afuera. Así la brecha entre los partidos políticos y los jóvenes (no afiliados) se torna abismal. Es decir, ni los jóvenes de adentro terminan de entender a los de afuera.

    Deberíamos preguntarnos entonces: ¿cómo podrían los jóvenes incidir en la política? ¿Cómo podríamos hacerla más atractiva para ellos tomando en cuenta que quienes conforman la política formal no son capaces de entenderlos? ¿Cómo decirles que la política es mucho más que burócratas ensimismados tomando decisiones en las que no los toman en cuenta?  ¿Qué mecanismos tienen disponibles los que realmente quieren incidir? ¿Tendrían que ingresar a las estructuras vigentes o tendrían que crear las suyas propias? ¿Deberían integrarse mejor a organizaciones civiles que buscan, desde la ciudadanía, incidir en lo político?

    Los jóvenes interesados en la política son cada vez menos y al mismo tiempo las oportunidades para que quienes sí quieran incidir lo hagan realmente son pocas. Eso no es una muy buena noticia si hablamos de renovar la forma de hacer política en nuestro país, y como vimos en las elecciones pasadas, las prácticas más añejas y rancias siguen ahí.