Resulta que se armó un escándalo porque ahora que Netflix subió la serie de Friends, algunas personas se «escandalizaron» por los contenidos que juzgaron como homofóbicos, sexistas y machistas.
Yo vi Friends muy pocas veces y por eso no me atrevería hacer un juicio de la serie. Posiblemente no estén del todo equivocados quienes adviertan en la serie algunas manifestaciones de ese tipo, y no es difícil advertirlo ya que hablamos de una serie que terminó hace 14 años. Y la verdad es que de 14 años para acá han existido varios cambios dentro de la cultura occidental. La cultura estadounidense de 2018 no es la misma que la del año 2000.
El problema no es el juicio que hagan de la serie, el problema tiene que ver con la forma que llevan a cabo dicho juicio.
Yo esperaría, por poner un ejemplo, que dicha serie sirviera como punto de referencia para ver cuánto se ha avanzado en materia de derechos de la mujer o de los gays en los últimos 15 o 20 años. Si antes había ahí expresiones machistas normalizadas (como dirían algunas personas) que ahora se han «desnormalizado», entonces podría presumirse un logro.
Pero no, se procede al linchamiento hacia quienes vivieron y se desenvolvieron en otro contexto.
De verdad, esto es horrible. Vivir siempre conflictuado y resentido con el pasado.
Y la infinitud del conflicto será inevitable porque conforme la sociedad siga progresando, siempre se mirará al pasado con un fuerte recelo. La única alternativa para no pelearse con la historia sería no progresar como especie, pero ahí el recelo con el presente sería mucho mayor. Para ellos, no hay escapatoria.
Es paradójico, porque las corrientes posmodernas, aquellas tan influenciadas por corrientes filosóficas relativistas, están tomando una postura absolutista. Es decir, están haciendo juicios morales de eventos que ya ocurrieron tomando como referencia el tiempo actual. Así uno entiende que algunas de estas personas sean implacables hasta con William Shakespeare. Gran parte de los valores morales suelen ser relativos a la época a la que se encuentran (no confundir con relativismo moral) ya que son establecidos por culturas que se van modificando a través del tiempo con el fin de establecer una serie de normas y valores gracias a las cuales sus miembros puedan convivir, desarrollarse y satisfacer sus necesidades de la mejor forma.
¿El ser humano era más malo y desgraciado en aquellos tiempos en que se permitía la esclavitud o en aquellas épocas en las que se encontraba en constante guerra? Lo dudo mucho, porque se trataba de una sociedad mucho menos madura. La civilización contemporánea no es resultado de la espontaneidad, sino de una serie de procesos evolutivos que han tomado miles de años.
No somos seres humanos en su «estado natural». Por el contrario, somos educados y criados para sobrevivir y poder desarrollarnos en un entorno que es producto de la sabiduría y de la experiencia acumulada a través de los siglos. Nuestra forma de ser está, en gran medida, determinada por construcciones sociales que son resultado de todo este proceso evolutivo de nuestra especie.
Voltear al pasado y darnos de latigazos por haber sido más imperfectos en el pasado es una actitud muy injusta. Es injusta porque estamos haciendo un juicio tomando como base un modelo social que en ese entonces no existía siquiera (aunque claramente, existen muchas conductas absolutamente reprobables para la moral de la época y por eso es que podemos criticar a Hitler o a cualquier déspota sanguinario). Naturalmente, repetir dichas actitudes ya superadas en la actualidad sí debe ser reprobable: someter a una persona como esclavo es un delito que debe de ser castigado con todo el peso de la ley.
Que una cultura determinada progrese implicará necesariamente que cuando voltee al pasado (incluso al próximo) vea algunas posturas, conductas o actitudes que en la actualidad son criticadas o restringidas.
¿Y nos vamos a martirizar por eso?
Y lo más grave del asunto, de esta cultura de la autotortura con nuestro pasado, es que es imposible progresar cuando como especie guardamos mucho resentimiento hacia nosotros mismos y hacia nuestra historia.
En las últimas semanas se ha hablado bastante del acoso sexual, lo cual me parece bien porque es un problema real y que naturalmente se debe de combatir. Se ha generado un fuerte debate al respecto entre grupos feministas (como en el que se involucraron las francesas y la campaña #MeToo) e incluso vimos un debate en Televisa entre Marta Lamas, académica feminista de la vieja guardia, y Catalina Ruiz Navarro, una activista con una perspectiva más progresista.
En las redes me pude percatar que dicho debate generó reacciones viscerales dentro de las posturas contrarias: desde aquellas feministas que atacaron duramente a Marta Lamas hasta aquellas personas que la usaron como escudo para atacar duro a las propias feministas en redes. Para quienes vimos dicho programa, nos pudimos dar cuenta que el debate entre Lamas y Ruiz Navarro no era una competencia, no se trataba de ver quien ganaba, sino de un sano intercambio de ideas. Lamentablemente en redes no fue visto así por muchas personas:
Aunque Marta Lamas me causa más bien desconfianza, la «respuesta airada» de las #Feminazis me lleva a pensar que les dio un repaso…
A ver, no, a Marta Lamas no hay nada qué reconocerle. Ella ha traducido los intereses del mercado para la venta y explotación de los cuerpos de las mujeres en «feminismo». Han sido 30 años de de encubrimiento de redes de trata.
En lo particular, a mí como hombre me parecieron interesantes ambos puntos de vista. Evidentemente, Marta Lamas es una académica de la vieja guardia mientras que Catalina Ruiz Navarro es más emocional y combativa (más propio del feminismo postestructuralista). Si bien he criticado al postestructuralismo en este espacio y disiento con esta corriente ideológica, algunas observaciones de Catalina no dejaron de parecerme bastante interesantes. Habría sido un error cerrarme por medio de juicios a priori ya que sólo hubiera reforzado mi postura, por ello decidí escuchar a las dos y sacar conclusiones al final. Es un trabajo que a mucha gente le cuesta hacer porque puede confrontar sus pensamientos y paradigmas pero es una práctica indispensable para madurar intelectualmente e incluso como persona.
No me quiero detener en los puntos que abordaron, especialmente entre los disensos entre #MeToo y las feministas francesas quienes pueden tener puntos válidos (aunque la decadencia sea muy característica a Hollywood o aunque las francesas tengan una visión más tradicional de lo que el feminismo es). Por esto creo que es importante regresar a lo básico, al sentido común. Y desde ahí intentaré argumentar sobre un concepto que me parece importante: el consentimiento.
Dejando del lado filias y fobias o las ideas que tengamos sobre los géneros, existe un principio muy básico dentro de las relaciones entre seres humanos: una persona no puede obligar a otra a hacer algo sin su permiso con el fin de obtener un beneficio propio. Es un principio de vida, es uno de los valores fundamentales que deberíamos tener como seres humanos.
Se me hace más fácil analizar los reclamos de las mujeres bajo este principio ya que es universal, no forma parte de ideología alguna y aplica en toda relación humana sin distingo de género (con lo cual podemos eliminar cualquier sesgo). Bajo dicho principio podría darle la razón a varios de los argumentos que esgrimen las activistas de #MeToo ya que si en algo insisten es en el comportamiento del hombre contra su voluntad. Básicamente, los hombres no podemos forzar a una mujer a actuar en contra de su voluntad por un beneficio propio, porque no podemos hacer lo propio con cualquier ser humano independientemente del género que sea. Hacerlo constituye una forma de abuso: si un hombre corteja a una mujer insistentemente cuando ella ya dijo que no, entonces la galantería se convierte en una forma de acoso; si una mujer no quiere tener sexo con nosotros, o si en el acto manda señales de incomodidad y nosotros las pasamos por alto de forma deliberada, entonces es una forma de acoso sexual. Incluso, si a una mujer no le gusta que le abran la puerta y el hombre, sabiéndolo, insiste, ya no se trata de un acto de caballerosidad sino de un acto abusivo ya que está haciendo algo en contra de la voluntad de la mujer (algo que lamento mucho es que se pierda la costumbre de la caballerosidad, pero quienes reciben los cumplidos son quienes deciden si están de acuerdo con ellos o no).
¿Qué es lo que define el abuso? La intencionalidad. Es decir, el abuso existe en tanto el individuo tiene la intención de abusar de otro para obtener un beneficio. Dentro del contexto del debate que se ha llevado a cabo podríamos plantearnos las siguientes preguntas y responderlas:
¿Qué pasa si una mujer se siente incómoda en una relación sexual y el hombre lo pasa por alto? Para que constituya un abuso, el hombre debe tener el conocimiento de que la mujer se siente incómoda. No se puede considerar un abuso si el hombre no fue consciente de dicha incomodidad ya que entonces el hombre no tuvo la «intención» de abusar. Si el hombre se da cuenta que la mujer se siente incómoda, su obligación es parar, preguntar a la mujer qué es lo que incomoda y tomar la decisión necesaria para que la incomodidad desaparezca (incluso si eso implica parar el acto sexual).
Dicho esto, la comunicación es importante. Si una mujer se siente incómoda debería hacerlo notar. La inexperiencia de un hombre, por ejemplo, puede hacer que dentro de un acto sexual no note algunas señales de incomodidad de la mujer. Pero por otro lado, si el hombre sospecha, sin estar seguro, que la mujer se siente incómoda, entonces también debe de tomar cartas en el asunto. Si ante la sospecha, el hombre continúa, también constituye una forma de abuso ya que dentro de su mente cabe la posibilidad de que la mujer se sienta incómoda.
¿Pero qué pasa si la mujer, por temor, decide no hacer explícita su incomodidad ya que el hombre se encuentra en una posición de poder (por ejemplo, que sea su jefe de trabajo)? Es la intencionalidad per sé, y no necesariamente las señales, lo que determina si el abuso existe. Si una persona usa su posición de poder para forzar a otra persona a tener sexo a sabiendas de que no opondrá resistencia alguna entonces sí constituye un abuso. El hombre que se encuentra en dicha posición también debería ser responsable y evitar, a toda costa, que esta le traiga un beneficio cuando se trate de llevar a una mujer a la cama.
Por otro lado, hay quienes dicen que quien determina si el abuso existió es la mujer. Discrepo de esa afirmación ya que lo que determina si el abuso existe es el mero acto. La mujer puede asumir que el hombre intentó abusar de él, pero si ella no pudo o no quiso mostrar su incomodidad y el hombre no se percató de ella no podría considerarse como tal; recordemos que lo que determina el abuso es la intencionalidad como acto. También es posible que, bajo este argumento, la mujer pueda denunciar a un hombre que es inocente para obtener una ventaja, y de la misma forma el hombre tampoco puede determinar si el abuso existió; ya que, aunque lo sabe, es muy probable que mienta ya que los beneficios de su engaño son mucho más altos que los perjuicios. Por otro lado, es posible que un hombre haya abusado de una mujer sin que ella se haya dado cuenta (por ejemplo, cuando se encontrara dormida), el abuso existió, independientemente de que la mujer no lo haya podido determinar como tal.
Todo esto es muy importante notarlo ya que si bien es una muy buena noticia que las mujeres se hayan empoderado y estén denunciando los actos de acoso sexual de los cuales fueron víctimas (porque vaya, es uno de los delitos que menos se denuncian), también esto puede prestarse a algunos abusos; como por ejemplo, que una mujer acuse a un hombre inocente porque tiene un interés en atentar contra su dignidad.
Asumir que un hombre puede cruzar una barrera mediante la cual la mujer ha puesto un límite sí constituye un acto de machismo, ya que ello implica asumir que el hombre, por el hecho de ser hombre, tiene más permisos. Aquí incluyo todas esas afirmaciones del estilo de «feminazis locas, hacen un escándalo porque les agarraron una pierna». Concuerdo con ellas cuando reclaman que los hombres no pueden actuar en contra de su voluntad, porque básicamente nadie puede hace actuar a nadie en contra de su voluntad para obtener un beneficio propio.
También debemos tomar en cuenta que los diferentes tipos de abusos no tienen una misma dimensión, no es lo mismo agarrar una pierna que violar a una mujer. Los castigos, que van de los informales (la sociedad te señala o te reprende por el acto) a los formales (cuando constituye una falta a la ley o un delito) deben ser proporcionales al tamaño de la falla. Posiblemente sea un exceso encarcelar a un hombre que gritó «guapa» o, de la misma forma, un castigo informal es evidentemente insuficiente para una persona que intentó violar a otra.
Más allá de filias y fobias, de simpatías o antipatías con los movimientos feministas, esto es algo que tiene que ver con el sentido común, es un principio básico. Entendiendo que los hombres y mujeres tienen el mismo valor y merecen el mismo respeto, entonces ninguna persona tiene el derecho de abusar de otra. No se trata de un acto de puritanismo, se trata de un acto de respeto a la dignidad de la otra persona.
El PRI y sus secuaces nos advierten que, de llegar López Obrador a la presidencia, México se convertirá en una nueva Venezuela. El problema es que, al menos en lo político, sus gobiernos parecen tener más cosas en común con el régimen bolivariano que con la democracia: censura a periodistas (como ocurrió con Pedro Ferriz de Con y Carmen Aristegui), espionaje a personajes incómodos y ahora censura a medios por medio de la propaganda gubernamental.
Los mexicanos se enteran de las tropelías de su gobierno no por los medios impresos, sino por diarios internacionales como The New York Times o medios digitales como Animal Político: no es coincidencia que el primero haya elaborado el reportaje y el segundo haya sido uno de los pocos que le ha dado difusión. Cuando un escándalo suena, este permanece ausente de las portadas de los diarios más importantes del país. A pesar de que Internet tiene cada vez más relevancia, las notas siguen perdiendo alcance cuando son ignoradas por los principales medios del país. La gente informada se entera de dichos escándalos; la gente no tan informada, la que se entera de las noticias por medio de los cabezales de los diarios en los quioscos, no tanto.
El PRI es campeón en este tipo de prácticas que se volvieron muy comunes en regímenes como los de Luis Echeverría y José López Portillo. Pero no son los los únicos que incurren en ellas. El problema es más bien uno estructural y hasta de negocios donde los incentivos para que los gobernantes ejerzan la censura a través de la propaganda oficial son bastante altos.
Los diarios impresos (no sólo en México) están batallando por obtener recursos para subsistir. La convergencia a lo digital les está siendo un fuerte dolor de cabeza porque en los portales de Internet no generan el volumen de ganancias que generaban anteriormente y aquí es la propaganda gubernamental es un alivio: es lo que los mantiene a flote y con vida, pero a cambio de la libertad de expresión. Diarios como El Universal que habían conservado un periodismo independiente se han convertido en pasquines del gobierno. Las críticas al gobierno dentro de Milenio y Excelsior tan sólo se pueden ver dentro de algunos muy pocos columnistas que son minoría ante aquellos que mantienen una postura oficialista. Incluso hicieron lo propio con La Jornada (ahora moribundo), el diario de izquierda opositor por excelencia, llegó a publicar encabezados favorables al gobierno. El Reforma es el único que mantiene una relativa independencia periodística y lo logra por dos razones que no suelen ser del agrado de sus lectores: que sólo se puede acceder a sus contenidos mediante una suscripción de paga, y que gran parte de sus ingresos vienen del Metro, que por cierto, se vende más que el propio Reforma. Aún así, dicho diario tampoco es inmune a dichas prácticas como bien explica el reportaje de NYT.
Animal Político, por su parte, busca no depender mucho de la propaganda gubernamental y ha tenido que crear un sistema de fondeo para poder sostenerse económicamente. Esto le ha permitido mantener una independencia periodística suficiente como para publicar reportajes como La Estafa Maestra.
Después de leer la nota de The New York Times varios internautas han sugerido que se legisle para que los diarios prescindan de dicha propaganda. El problema es que si eso sucede, muchos de estos diarios desaparecerían de la faz de la tierra ante la imposibilidad de sostenerse económicamente.
Algunos sugieren que los diarios creen contenido más atractivo para atraer suscriptores, pero eso ya lo han intentado hacer, han creado portales de Internet, contenidos multimedia, video-reportajes. El problema estriba, creo yo, en que el mercado de los diarios no es muy amplio. Tan sólo una minoría los lee (ya sea en físico o en Internet), la gente a la que le gusta informarse es tan sólo un «nicho de mercado». Debido a esto, las empresas que se anuncian en medios impresos no estarán dispuestas a pagar grandes carretadas de dinero como sí lo harían si los lectores fueran una mayoría. ¿Y sabes quien sí está dispuesto a hacerlo? El gobierno.
Dudo de la efectividad de la propaganda del gobierno e incluso dudo que les preocupe demasiado porque su función es más bien controlar lo que dicen los medios. No les preocupa tanto la imagen positiva de la propaganda oficial, sino evitar la «imagen negativa» de las notas críticas del gobierno.
Lo más grave de todo es que para ellos este mecanismo de coacción y censura es tan importante que pueden, sin remordimiento alguno, recortar presupuesto de otras áreas como el sector salud o las becas de Conacyt con el fin de que los diarios más importantes no sean críticos con el gobierno y «se comporten bien».
Y ahí está la pregunta, difícil de responder, y posiblemente aún más difícil de ejecutar la respuesta ¿cómo hacer para que los medios dejen de depender de la propaganda gubernamental?
Y es necesario que lo hagan, una democracia necesita un periodismo independiente, no pasquines al servicio del gobierno en turno.
Firma en change.org para oponerte a la Ley de Seguridad Interior, firma para que el gobierno no censure en Twitter, firma para oponernos al gasolinazo, firma para que tu vecino quite la basura de tu canasto, firma porque es injusto que tu mamá te haya castigado en tu cuarto. Firma aquí, firma allá, firma por esto, firma por aquello, firma en change.org.
Charge.org es la máxima expresión del activismo de sofá. Ese activismo que no le requiere esfuerzo alguno al individuo más que agarrar su teléfono inteligente y apretar un botón. Y tristemente tengo que decir que dentro del activismo así como todo en la vida todo lo que vale la pena implica un esfuerzo. Si es fácil y cómodo, entonces no vale la pena.
Seamos sinceros, imagina que eres un político corrupto, uno de esos que está a punto de aprobar una medida polémica: por ejemplo, vas a subir los impuestos o vas a reducir las prestaciones sociales. Entras a tu computadora y ves una de esas peticiones de change.org que tiene como diez mil firmas de gente molesta con esa medida que está a punto de aprobar (dudo que en la práctica lo vean o siquiera se enteren de ello). ¿De verdad te importaría?
¿De verdad crees que los políticos no saben que una medida que están a punto de tomar va a generar indignación? Lo saben muy bien y lo asumen, o ya lo han medido con antelación, saben que sus beneficios son mucho más altos que el «costo» de tener a decenas de miles de personas indignadas, menos aún si se quedan en su casa mandando peticiones en change.org. Para ellos eso no representa nada, no les dice nada siquiera, no representa una amenaza porque como tal un bonche de personas en change.org no afecta de ninguna forma su poder porque en realidad no están haciendo absolutamente nada más que un acto de catársis. El político corrupto se ríe y siente hasta ternura: «me los estoy chingando y en vez de que me pongan en mi madre andan firmando en change.org ¡bendito Internet! Hasta es menos molesto que cuando me dicen de cosas en el Twitter».
De hecho ellos podrían estar muy felices con change.org porque así los indignados canalizan su molestia en un espacio virtual en vez de que salgan a las calles o se organicen. Por eso es que hay tantas peticiones y por eso es que si se pone la atención debida casi ninguna de ellas funciona: es un placebo.
Hay quienes podrán decir que esas peticiones ayudan a correr la voz, que más personas se enteran de la «polémica medida que el gobierno está por implementar» porque cuando firmas una petición la aplicación te permite postearla en el Facebook de tus contactos. El problema es que lo más seguro es que ya se hayan enterado por otros medios, y también es muy probable que ni siquiera le pongan mucha atención. A veces me llegan tantas peticiones que termino ignorándolas de forma automática. Y siempre siempre que me llega una petición ya me había enterado de la noticia en Twitter o en un portal de Internet.
Y a pesar de todo, el sujeto aprieta el botón rojo para firmar y apaga su teléfono contento de que «ya hizo algo».
Y mientras, el político ríe y dice: «hay que robarles más».
Kevin Spacey es un actor muy admirado por sus papeles, que de alguna forma, reflejan la decadencia de la cultura estadounidense.
En Seven, interpreta a un asesino en serie que «castiga» a quienes según él, han cometido alguno de los siete pecados capitales. En American Beauty (Belleza Americana) interpreta a un adulto frustrado, quien tiene un empleo mediocre, un matrimonio mediocre, se masturba constantemente y tiene sueños húmedos con la mejor amiga de su hija. En House of Cards, Spacey interpreta a un político sin escrúpulos que está dispuesto a hacer lo que sea por acaparar poder.
Ya sea la cultura de la violencia, la decadencia moral y la crisis existencial o la ambición desmedida de poder, Kevin Spacey ha logrado, a través de sus personajes, reflejar esa faceta decadente de la cultura estadounidense. Lo curioso es que ahora ha incluido un cuarto papel, donde no interpreta a un personaje suyo, sino donde es él mismo:
Spacey fue acusado por al autor Anthony Rapp de acosarlo sexualmente cuando tenía 14 años. Ante ello, Kevin Spacey «salió del closet» para intentar desviar la atención, cosa que no ocurrió, y tan solo provocó la indignación de la comunidad LGBT. Pero el escándalo no quedó ahí porque a raíz de la noticia más personas (incluidas personas que trabajaron dentro de la serie House of Cards) se atrevieron a denunciarlo. Este «empoderamiento de las víctimas» ocurrió a raíz de las denuncias que cayeron sobre Harvey Weinstein.
Para Kevin Spacey, estas denuncias podrían ser casi el fin de su carrera. Ya fue despedido por Netflix, quien terminará la última temporada de House of Cards sin él (si es que se termina produciendo), además de que ya no volverán a trabajar con él de ninguna forma.
Dentro del cine y los espectáculos, una industria que presume de ser liberal, son constantes los abusos de poder. Aquel director o productor del cual depende la carrera de muchos actores o actrices, tiene un gran poder para chantajearlos y pedirles favores sexuales. Eso no es algo que ocurra solamente en Estados Unidos, sino también en México y en otras latitudes (de ahí la fama de algunos productores de Televisa). Pero el mismo poder hace que las actrices o incluso actores que son acosados callen y no alcen la voz. Denunciar a su victimario podría suponer el fin de sus carreras.
Apenas las víctimas han decidido hablar, y la mugre y las cucarachas están empezando a salir. Lo que se ve es apenas la punta del iceberg. Seguro hay más actores y productores temerosos de que su caso salga a la luz. Temen que aquella actriz a la que acosaron o aquel individuo al que chantajearon, se anime a hablar para así acabar con su carrera.
Por supuesto que es una buena noticia. Que las víctimas se empoderen y denuncien a sus acosadores es una buena noticia, aunque no lo parezca dada la desilusión de ver que varios de nuestros actores favoritos tan sólo eran unos decadentes patanes que abusaban de su posición. Y tal vez tampoco lo parezca porque nos habla de una industria llena de perversiones, pero la industria siempre había sido así (y ya se hablaba de ello, aunque no se mencionaran muchos nombres). Y tampoco podrá parecerlo cuando la industria cinematográfica es una de las más grandes «armas de influencia» que Estados Unidos tiene sobre los demás países.
Pero es mejor eso que vivir en una mentira. Es mejor eso, conocer la dura verdad, que admirar a personajes que en realidad no deberían ser objeto de nuestra admiración.
Hace poco vi este video, un tanto penoso, donde la politóloga Denise Dresser describe el presidente que quieren los millennials mexicanos. Dice, con un acento «gringo mamón», que ellos quieren un presidente ‘cool’, que se la pase mandando tweets, que tenga un tatuaje, sea fan de Gilmore Girls y se la pase visitanto la página de Buzzfeed.
Naturalmente tomó como referencia a Barack Obama y a Justin Trudeau (de quien pronunció su apellido con un tono gringo mamón y no con el francés que le correspondía), y lo hizo porque ambos mandatarios son admirados por un sector de la sociedad mexicana, pero no necesariamente por sus dotes como estadistas, sino porque el primero basó su legitimidad en la cultura popular, y el segundo en su apariencia física. Esto, dejando parcialmente del lado su forma de gobernar porque al final del día gobiernan un país distinto al de sus admiradores, y por ende, no esperan resultados tangibles como sí lo harían dentro de nuestro país.
Denise desearía que el siguiente presidente sea muy activo en Twitter y se comporte como millennial, que repita sus clichés, que vea los mismos programas para «estar en sintonía con ellos», como si con eso bastara (pregúntenle a Peña Nieto como le fue cuando su equipo de comunicación le quiso dar ese perfil). Me llama la atención que una persona que dice ser politóloga haga tanto hincapié en el empaque y no en el contenido.
Denise Dresser subestima a los millennials de una forma grosera, casi los llama ignorantes. Piensa que sólo les importa «lo de afuera», como si con eso bastara para acabar con la crisis de legitimidad de la política en Occidente. Como si el problema fuera que los presidentes no ven Gilmore Girls o que no tienen un tatuaje de infinito en el brazo: –No aplicaré políticas para generar empleos para jóvenes, pero sí me tomaré una foto en el upside down para subirme al tren del mame de Stranger Things.
Dresser dice se nota que los millennials están interesados en la política porque hacen memes, pero que el problema es que «no hay contestación del otro lado», como si todo se redujera a un problema de comunicación donde los únicos responsables son los políticos. Dice que se sienten incómodos pero «sin muchos instrumentos» para incidir. Es decir, que si la sociedad se queda en el activismo de sofá y no sale a luchar por sus derechos, si no saben organizarse como «miembros de la sociedad civil» es culpa del gobierno, de los políticos, pero no de ellos mismos. Después de subestimar a los millennials, los victimiza.
Fuente: Youtube / Nación 321
Denise se equivoca porque yo no creo que los millennials esperen un presidente que sólo se arrincone en la cultura popular, sino uno que saque al país adelante, uno que cree las condiciones para que ellos puedan tener acceso a mejores empleos y puedan aspirar a tener un mejor futuro. Denise Dresser parece creer lo que creen dentro de los equipos de comunicación de candidatos de medio pelo, que para «rejuvenecer al susodicho» lo tratan de vender como jovial, lo hacen pronunciar frases trilladas, pero que al final no conecta, porque el empaque no corresponde con el producto.
Más grave es que presente a los millennials como víctimas de sus circunstancias. Cree que van a poder influir sólo hasta que el gobierno les de las herramientas para hacerlo (lo cual es una terrorífica contradicción) cuando en realidad es desde la ciudadanía donde se tienen que empezar a crear los instrumentos para poder incidir en el quehacer político. Lo más grave es que hay claros ejemplos de que eso se puede hacer, y ejemplos de los que ella mismo ha sido promotora como la Ley 3 de 3. Denise debería más bien invitar a los millennials a que se involucren, a que sepan como organizarse, a que asuman su rol como generación, pero en vez de eso, es condescendiente con ellos y los caricaturiza como personas que están viendo series en su laptop mientras retuitean memes políticos desde su smartphone.
México no necesita un presidente cool ni que vaya a conciertos ni se aparezca en el Corona Capital y cante con Brandon Flowers, necesita un presidente que sea estadista y que haga su trabajo.
México tampoco necesita una generación que se oculte bajo su smartphone porque piensa que no puede hacer nada más dado que el gobierno «no les da las herramientas para luchar contra sus propios excesos», sino una que asuma su responsabilidad histórica para construir el México que quieren.
Hemos regresado al mundo cotidiano, a nuestra cruda realidad. Como lo mencionaba, el furor por ayudar pasaría (porque es natural que así suceda) y todos regresaríamos a nuestras rutinas, a nuestros trabajos, volveríamos a repetir una y otra vez los patrones de conducta a los que estamos tan acostumbrados.
De nuevo las noticias son muy típicas: nos enteramos que de acuerdo al Barómetro Global contra la Corrupción, nuestro país es el más corrupto de América Latina; que más de la mitad de los mexicanos han sobornado a autoridades en el último año para acceder a servicios públicos; que la oposición (ni los candidatos independientes) pueden ponerse de acuerdo en nada; que dos mil capitalinos aprovecharon la ayuda económica que el gobierno de la CDMX estaba ofreciendo a los damnificados sin serlo; que periodistas siguen desapareciendo; que mujeres son violadas o asesinadas. Regresamos del México deseable al México que queremos dejar atrás.
Los damnificados, quienes estaban cobijados por la organización ciudadana, ahora están al amparo de las ineficientes autoridades, de los coyotes. Cada vez menos cámaras los entrevistan para contar su situación, cada vez reciben menos atención. El México excepcional ya no está ahí (porque naturalmente ayudar como lo hizo la gente de forma incansable requiere muchas energías), sino el México común. Ellos ahora están ahí enfrentándose a nuestros más oscuros vicios, el de la corrupción y la ineficiencia. Habitantes de la Colonia del Valle ven, al regresar a su edificio, que «alguien» robó varias de sus pertenencias; a los de Iztapalapa ni les hacen caso porque su colonia no es tan trendy y los medios de comunicación ni los pelan. Otros se quejan de que las autoridades les dan largas cuando les preguntan si su edificio es habitable. Y todo esto mientras que de las comunidades de Oaxaca, Puebla y Morelos sabemos menos, y lo poco que se sabe es gracias a quienes todavía siguen ayudando, a los donativos de empresas y grupos de rock.
Este momento llegaría, pero también es cierto que ante las tragedias se cimbran los cimientos de la sociedad y se convierten en oportunidades para generar cambios. Algunas organizaciones están en ello, aquellas que exigen justicia o transparencia en la reconstrucción, aquellos vecinos que se han organizado para demandar colectivamente a quienes fueron responsables de actos de corrupción que costaron vidas. Aquellos habitantes de La Condesa que deciden quedarse y «no dejar que se caiga todo». Colocan una gran imagen de la perra Frida en la glorieta donde se encuentra la Fuente de Cibeles como recuerdo e inspiración mientras parte de las calles de los barrios siguen acordonados ante los edificios que deben ser reparados o demolidos.
La opinión pública se ha volcado al tema de las elecciones, pero lo aborda como si se tratara de una carrera de caballos. Que si el Peje va arriba, que si el PRI se va adelantar, que si el frente. Pero pocos hablan de los temas que importan y que serán o deberían de ser trascendentales en las siguientes elecciones: poco se habla de la corrupción, de los proyectos económicos (porque muy pocos tienen algo parecido a un proyecto de gobierno). Se habla más bien del cotilleo, del chisme, del meme. La tragedia desnudó, una vez más, la corrupción que existe dentro de nuestra sociedad y nuestras instituciones, tema que debería ser primordial en las elecciones venideras.
Hemos regresado a la normalidad, a la vida cotidiana. Pero hace poco, hace apenas unos días, los mexicanos demostramos que tenemos la capacidad de romper con ella y de dejar al lado nuestros vicios que replicamos todos los días. Y como los vicios son conductas aprendidas, son también, por tanto, conductas que se pueden desaprender. ¿Hasta qué punto la tragedia logrará modificar el estado de las cosas? ¿Hasta qué punto esa lección que nos dimos nosotros mismos gestará cambios dentro de nuestro inconsciente colectivo y nos motivará a cambiar algunas conductas?
Son preguntas que tenemos que responder, y de la mejor manera.
Siempre he tenido la curiosidad: Cuando la gente habla de derechos humanos ¿los aborda en su universalidad donde estos trasciendan cualquier cualquier ideología o corriente de pensamiento? ¿O defienden los derechos humanos como si estos fueran un mero instrumento de alguna ideología determinada?
Me he podido percatar, al menos en redes sociales, que algunas personas (incluyendo algunos que se dicen ser líderes de opinión) responderían más bien a la segunda pregunta. Es decir, los derechos humanos les sirven para defender o atacar alguna ideología determinada.
Hace unas semanas así ocurrió con algunas personas quienes aseguran ubicarse a la izquierda del espectro político. Relativizaron a más no poder la represión orquestada por Nicolás Maduro. La intentaron justificar afirmando que los manifestantes estaban manipulados por «la derecha internacional» o el imperalismo. Defender los derechos humanos como tales habría significado para ellos aceptar las falencias de su doctrina o del régimen que defienden (porque no sería compatible defender ambas cosas al mismo tiempo). En aras de la «justicia social» decidieron hacer caso omiso de la agresión (que incluyó algunas muertes) del gobierno de Maduro hacia varios ciudadanos venezolanos (por más paradójico que parezca). Se vale, dicen, agredir a los manifestantes porque están manipulados, son enviados, pertenecen a alguna clase de interés oscuro.
Ahora ha vuelto a ocurrir lo mismo con la represión que sufrieron los catalanes, pero en este caso son algunos conservadores los que han sido parte de la hipocresía. Varios han justificado la represión del gobierno de Mariano Rajoy para «defender la legalidad y el Estado de derecho». En efecto, el referendum al que convocaron era ilegal, pero los manifestantes nunca usaron la violencia o dieron alguna razón que permitiera a las autoridades utilizar la fuerza bruta.
En ambos casos, para tratar de desestimar el argumento de que las víctimas de la represión son inocentes, intentan convencer a la opinión pública de que no es así compartiendo «evidencias» de algún manifestante que se descarrió, algunos otros pocos que hicieron pintas, para así mostrarlos como si fueran parte de un todo, como si fueran la regla y no la excepción. Así entonces, la represión no es represión sino solamente la «aplicación de la ley».
Y la represión, en tanto no es una respuesta a la violencia o no tiene como fin disuadir los actos violentos de un grupo o una organización, no puede ser justificada de ninguna forma.
Quienes argumentan así, quienes relativizan o justifican actos represivos, no conciben los derechos humanos como universales y niegan de forma tácita que éstos trasciendan cualquier ideología. Hannah Arendt decía que las dictaduras totalitarias no están fundamentadas en la idea de que el ser humano es un ser digno cuya integridad debe respetarse, sino que todo debe «reinterpretarse» para que pueda caber en la ideología y por tanto, ésta no pueda contradecirse. La dignidad del ser humano está condicionada a la ideología, y si hubiera alguna incompatibilidad, es de la dignidad de la que se debe prescindir, no de la ideología misma. Si bien, ni el régimen de Maduro ni el gobierno de Rajoy son dictaduras totalitarias, sí podemos advertir que muchas personas son capaces de relativizar o negar estos derechos universales para poder darle fuerza a la corriente ideológica que defienden.
Algunos hablarán de la libertad y el Estado de derecho, otros hablarán de la justicia social. Todos esos conceptos son loables, pero cuando se promueven solamente como parte de una doctrina o de un conjunto rígido de ideas, pierden fuerza y validez (Un Estado de derecho que reprime a los ciudadanos ya no puede concebirse como tal, ni tampoco la justicia social, en tanto niega a los individuos el derecho a manifestarse). A partir de aquí entonces constatamos que ni siquiera esto trata ya de los principios básicos de la doctrina, sino del poder. Porque si algo hemos aprendido a través de la historia es que el poder termina pervirtiendo la esencia de la doctrina y ésta termina siendo solamente un instrumento a favor de quienes buscan ostentar o conservar el poder.
Los derechos humanos son universales, todos los individuos somos dignos y nuestra integridad debe de estar garantizada. Por eso es que debemos advertir cuando éstos quedan sujetos a algún interés o doctrina política. Los derechos humanos trascienden cualquier doctrina porque son los seres humanos quienes han creado las doctrinas, no al revés.