Categoría: sociedad

  • ¿Qué es ser un buen opositor?

    ¿Qué es ser un buen opositor?

    ¿Qué implica ser oposición? ¿Qué es lo que hace que yo me defina como opositor de un gobierno? ¿Qué es lo que haría que yo fuera un simpatizante o no de éste?

    Todos se dicen opositores, pero me temo que es un poco más complicado definir este término de lo que uno podría pensar. Incluso no descartaría la posibilidad de replantear el uso del término y la forma en que lo utilizamos para definirnos.

    En una definición apresurada alguien podría decir que ser oposición implica, como el término lo sugiere, oponerse a una entidad, en este caso a un gobierno. Si AMLO está gobernando el país, yo como opositor me opondría a él y a su gobierno.

    Pero si tomáramos esta definición de forma literal, estaría siendo irresponsable. ¿Por qué? Porque qué pasaría si AMLO toma una decisión que creo acertada. Si me tengo que oponer a AMLO, entonces implicaría que me tendría que oponer también a sus aciertos. Ser oposición en ese sentido implicaría ser un fanático porque entonces oponerme sería llevarle la contra a todo lo que una figura haga. Y cuando se trata de gobiernos lo que una persona sensata esperaría es que el político gobierne con base en lo que creemos mejor para el país.

    Y como hasta el político más desgraciado puede llegar a tomar una buena decisión alguna vez, entonces es casi imposible que se de el caso que estemos en contra de absolutamente todo lo que haga algún político si lo evaluamos de acuerdo con lo que creemos que es mejor para el país y para la sociedad.

    Para estar totalmente en contra de todas las acciones de un político por lo que su figura representa se necesita cierto grado de cinismo o de supeditar el bien común a las simpatías políticas o a algún capricho.

    Entonces tendríamos que desligar el término opositor de esa definición apresurada, ya que seríamos irresponsables si fueramos opositores de esa forma.

    Otra definición, más sensata, es decirse opositor de una figura con la que se está de acuerdo la mayoría de las veces o con quien no se comparte su proyecto o sus ideales. Es más sensata porque, en este caso, hay cierta flexibilidad para aceptar y reconocer los aciertos del político, al menos desde la percepción subjetiva del individuo. Si el político en cuestión cambiara su programa y empezara a tomar decisiones muy diferentes, es posible que el opositor llegue a la conclusión de que ya no hay elementos para seguir siéndolo.

    El primer opositor toma una postura a priori con respecto del político con base en lo que representa para él: he decidido que tal político me cae mal porque es de tal corriente política, o simplemente porque su cara no me gusta, entonces me voy a oponer a todo lo que haga. Incluso si hace cosas bien, voy a buscar pretextos para demeritar su trabajo.

    El segundo opositor, más responsable, toma una postura a posteriori. Es decir, primero evalúa las acciones del político y con base en ellas se determina si es opositor (es decir, que se oponga la mayoría de las veces) o no. Él no juzga por ser opositor, él juzga y, como consecuencia de ese juicio, decide si es opositor o no. Es cierto que puede darse una idea del político a priori antes de que llegue al poder y tome cierta postura o guarde cierto escepticismo. rechazo o temor, por lo que el político le transmite, porque su postura política es distinta o por sus declaraciones, pero no toma una postura opositora de forma tan categórica y definitiva, sino que espera a ver si las acciones que tome el político confirma la idea que tenía sobre él y es capaz de evaluar las acciones por sí mismas y no por medio de una falacia ad hominem.

    El problema en México es que tenemos muchos opositores del primer tipo y pocos del segundo. No importa si se trate de López Obrador o de Enrique Peña Nieto.

    Los opositores del primer tipo no pueden priorizar el bien común por obvias razones. Ellos incluso esperan, tal vez de forma inconsciente, que el político fracase para confirmar su postura. Eso explica por qué ante cualquier acción de AMLO (aunque no tenga relación alguna) algunos digan «así empezó Chávez ¡aguas!» y empleen silogismos abductivos para forzar la realidad de tal forma que su postura se vea confirmada. Estos opositores no investigan, no indagan y no se cuestionan nada. Menos profundizan, lo que provoca que ni siquiera pongan atención a aquellas cosas criticables por concentrarse en superficialidades a las cuales atienden para confirmar su postura.

    A los políticos incluso les conviene tener una oposición del primer tipo (aunque sean opositores suyos). Aunque suene paradójico, son más fáciles de engañar. Se les puede distraer con nimiedades. Se puede hacer una declaración polémica para mantenerlos distraídos e indignados de tal forma que no pongan atención aquello que sí debería ser más polémico.

    Tal vez por eso AMLO puede sentirse tranquilo. Porque mientras sus opositores sigan diciendo «está tonto y está loco» o «es ignorante» o «es como Chávez», o «él estuvo detrás de la muerte de Érika Alonso y Moreno Valle» no tiene que preocuparse tanto por aquello que sí debería importar.

  • El problema con el libertarismo

    El problema con el libertarismo

    Basta pasearse un poco por las redes para darse cuenta que existen grupos de jóvenes que dicen defender las ideas libertarias. Creen haber encontrado una oportunidad ante la llegada de un gobierno de izquierda con el cual se confrontarán (y más aún si este gobierno comienza a tomar malas decisiones económicas). Varios de ellos, paradójicamente, comenzaron a desarrollar sus movimientos políticos dentro de universidades públicas, como el caso del Puma Capitalista.

    Ellos buscan mostrarse como una alternativa ante los crecientes populismos que emergen tanto de la derecha como desde la izquierda. Aunque siendo honestos, la mayoría están contentos con el ascenso de Bolsonaro al poder.

    El libertarianismo básicamente dice buscar la libertad individual y acabar con cualquier forma de coacción en contra del individuo (aquello que Isaiah Berlin llamaba la libertad negativa), estado al cual sólo se puede llegar a través de un Estado mínimo que prácticamente no intervenga en la economía y no estorbe. Así, dicen, el individuo podrá llevar a cabo su vida libremente: desde un religioso que tendría el derecho de educar a su familia con sus creencias hasta un libertino que tendría derecho a drogarse o a ser promiscuo. El gobierno no puede aspirar a redistribuir la riqueza ni a intervenir de ninguna forma ante alguna falla del mercado (que para ellos son virtualmente inexistentes). Aspiran a que el gobierno cobre el mínimo de impuestos (si no es que ninguno) y que solo vele por la libertad negativa del individuo. Dicen inspirarese en Friedman, Hayek, Ayn Rand, Karl Popper o los filósofos John Locke o Adam Smith.

    El libertarismo no es necesariamente lo mismo que el liberalismo económico (ni en la definición de liberal fuera de Estados Unidos). De hecho va más allá. Aunque se diga que la economía de las últimas décadas ha sido muy liberal (o neoliberal), la realidad es que las economías no terminan de negar cierto papel del Estado. Los libertarios quieren ir más allá, casi al punto de coquetear un poco con el anarquismo.

    El problema con el libertarismo es que quienes abanderan esta causa se presentan como personas que no siguen un dogma o una ideología, creen que defienden algo que le es natural al ser humano: que el mercado sea absolutamente libre, que el Estado sea absolutamente mínimo. Ni siquiera yo, que estoy a favor de una economía de mercado (aunque no a esos extremos), puedo afirmar que sea algo «natural». Cuando mucho se puede decir que tiene cierto grado de eficiencia, e incluso éste tiene que tener cierta flexibilidad y es necesario que el gobierno juegue un papel para que el propio libre mercado funcione, como ocurre en todos los países desarrollados.

    El ser humano y todo lo que se refiere a él (civilización, cultura, e incluso su propio organismo) es muy complejo, por lo tanto, todo aquél que deseé abordar cualquiera de esas vertientes tiene que partir desde esa complejidad. Eso significa que los esquemas bajo los cuales deba operar deben tener cierta flexibilidad, ya que basta un pequeño cambio en el entorno para que, aquella cosa que funcionaba, ya no funcione. El Consenso de Washington es un ejemplo de ello, una misma receta económica tuvo efectos disímiles en los distintos países en los que se aplicó ya que dichos países vivían realidades distintas.

    Los libertarios ignoran esta complejidad y creen que pueden operar el mundo desde creencias y propuestas rígidas que se vuelven tan predecibles. No se equivocan cuando dicen que una intervención excesiva del Estado en la economía trae consecuencias nefastas ni cuando critican a los gobiernos intervencionistas como los de Argentina y Venezuela (amén de toda la experiencia y literatura que hay el respecto). Ciertamente, el Estado no debe ser excesivamente grande, pero se les olvida una cosa muy importante: «la eficiencia». Un Estado puede ser más eficaz que otro: no solo importa el tamaño, importa la eficiencia, y tal vez más. Brasil y Alemania tienen gobiernos más «grandes», los de México y Corea son más «pequeños», y Alemania se sigue pareciendo más a Corea en Desarrollo y México a Brasil. Por eso digo que se equivocan al afirmar que hay una correlación directa entre Estado mínimo y desarrollo. En muchos casos es la eficiencia y no el tamaño del Estado la que explica la diferencia de desarrollo entre varios países.

    Los libertarios comparten con los jóvenes izquierdistas llenos de idealismo esa ingenuidad que los caracteriza; pero, a diferencia de ellos, presumen tener las credenciales necesarias en economía (independientemente de que hayan estudiado eso o no), se presentan como seres racionales y pragmáticos que se basan en la evidencia empírica (se dicen muy cercanos al racionalismo de Popper, al menos en teoría). Quienes tienen diferencias con ellos ya son socialistas o casi marxistas, les es más fácil crear un hombre de paja que confrontar sus ideas.

    Pero eso es solo una fachada con la cual a veces llegan a engañarse incluso ellos mismos. El contenido ideológico, como cualquier individuo que se aferra a una doctrina, es alto, y el sesgo, que incluso puede afectar a su profesión, también. Suelen hacer interpretaciones convenientes, al cabo ahí siempre va a estar el Estado (como entidad convertida en hombre de paja) para acusarlo de todos los males. No importa si la crisis ocurra en un Estado intervencionista o en una nación sumamente capitalista.

    Pero el mundo es mucho más complejo. Si, como ellos dicen, bastara abrir los mercados, desregular todo y quitar cualquier papel al gobierno que vaya más allá de la seguridad, eso ya hubiera ocurrido y muchos de las naciones ya serían libertarias. La realidad es que el Estado, con todos sus defectos, siempre será un mal necesario en tanto el ser humano no encuentre otra forma de organización más avanzada y sofisticada, la cual posiblemente tenga poco que ver con los esquemas libertarios.

  • Se convirtieron en lo que tanto criticaron

    Se convirtieron en lo que tanto criticaron

    Y de pronto nos dimos cuenta que no eran solo los lopezobradoristas.

    Y también nos dimos cuenta que también eran los otros.

    Me explico. Tenemos una costumbre de crear estereotipos (incluso hombres de paja) de los distintos sectores sociales de tal forma que dejamos de poner atención a nuestro propio comportamiento: Mira, es que los «chairos» son de esta forma, inventan teorías de la conspiración, hacen esto o aquello.

    Y entiendo que era difícil para muchos darse cuenta de la contradicción. Los izquierdistas nunca habían estado en el poder, eran antisistema, no eran sistema. Bastaba que se cambiaran los papeles para que la realidad saliera a flote.

    Pero es muy curioso cómo al tiempo que cambia el gobierno, los roles se invierten para que, de alguna u otra manera, quienes tienen una postura adopten las conductas de sus contrincantes: esas conductas de las que tanto criticaban y renegaban.

    Y es más curioso aún que los unos vociferen tanto sobre la contradicción de los otros que no se paran a ver que la suya es igualmente evidente.

    Descubrimos que muchas de las conductas no eran tanto particularidades de un colectivo, sino del universo, del conjunto de la sociedad mexicana. Particularidades que no son producto de sus posturas políticas, sino más bien un conjunto de comportamientos más bien universales que más bien se manifiestan con base en la relación de su postura política con el poder. Así, los lopezobradoristas, al llegar al poder, adoptan muchos de los comportamientos de los antilopezobradoristas y viceversa.

    Ciertamente, me podrán argumentar que ese culto a la personalidad a su líder es muy característico de varios de los izquierdistas. Pero, en todo caso, más bien tendríamos que esperar a que un líder similar surja desde la derecha. Un demagogo que prometa mano dura contra el crimen y denuncie el «socialismo que nos va a llevar hacia la catástrofe».

    Hasta hace poco nos dimos que esas peculiaridades también se manifiestan en la otra facción: ahí están los antilopezobradoristas tejiendo teorías de la conspiración en torno al lamentable fallecimiento de Moreno Valle y Martha Érika Alonso en un helicóptero. Ahí tenemos a los lopezobradoristas descalificando marchas de los «antis«, algunos de los cuales hasta hace poco pedían que se regularan.

    Tenemos también a los lopezobradoristas pidiendo no politizar cosas que politizaron cuando fueron oposición. Los antilopezobradoristas que decían que había que dejar de criticar al presidente y ponerse a trabajar son los que ahora suben memes y memes de López Obrador.

    Y en vez de percatarse de su propia paradoja, solo se la pasan señalando las incongruencias del otro.

    Así el nivel de debate político en nuestro país.

  • Una muerte lamentable, el sospechosismo y un silogismo abductivo

    Una muerte lamentable, el sospechosismo y un silogismo abductivo

    La abducción es un silogismo que ofrece, como conclusión y a partir de sus premisas, una hipótesis. A diferencia de la deducción, este silogismo no es lógicamente válido en tanto no exista una ratificación empírica.

    Por ejemplo:

    -Todos los lápices de la bolsa X son negros
    -Estos lápices son negros
    -Por lo tanto, estos lápices proceden de la bolsa X

    Si se fijan, en este razonamiento abductivo no se puede inferir de forma categórica su conclusión a partir de sus premisas. El hecho de que los lápices de la bolsa X sean negros no implica que todos los lápices negros sean de la bolsa X.

    Ahora hagamos otro ejercicio:

    -En la guerra sucia de los años 70, los gobiernos del PRI desaparecían a los guerrilleros y activistas sociales de izquierda
    -Los estudiantes de Ayotzinapa desaparecieron
    -El gobierno de Peña (del PRI) los desapareció.

    Otro más:

    -El triunfo de Martha Érika Alonso afecta los intereses de MORENA ya que Puebla se convertiría en un estado opositor.
    -Martha Érika Alonso y su esposo Moreno Valle, quienes afectaron los intereses de MORENA, fallecieron al desplomarse un helicóptero.
    -El gobierno de AMLO fue responsable de su fallecimiento

    ¿En qué coinciden todos estos silogismos abductivos? En que las conclusiones no pueden ser lógicamente válidas en tanto no se comprueben de forma empírica. Si bien los silogismos abductivos pueden ser útiles para buscar hipótesis novedosas (por lo cual varias ramas de la ciencia que se utilizan para establecer conjeturas a partir de las cuales se hará una posterior investigación empírica) no se puede derivar de ellas una afirmación categórica porque entonces no sería válida. Los teóricos de la conspiración como los terraplanistas utilizan este tipo de razonamiento para construir sus teorías (evidentemente, para hacer juicios categóricos a partir de este silogismo, pero sin una búsqueda de evidencia empírica posterior).

    Entonces ¿por qué deberíamos de dar un trato diferente a las conjeturas que muchos hacen (incluidos uno que otro malo periodista) y que toman por verdades categóricas?

    Y si alguien cuestiona su afirmación categórica a partir de dicho silogismo abductivo, entonces utilizan otro silogismo abductivo: «Oye, Álvaro, es que aunque me digas que fuera un suicidio político o un riesgo innecesario para AMLO, recuerda que AMLO tomó decisiones irracionales como el aeropuerto: está loco y está tonto»:

    -Cancelar el aeropuerto de Texcoco es irracional
    -Que AMLO estuviera involucrado en el desplome del helicóptero sería un acto irracional
    -Por lo tanto, AMLO está involucrado en el desplome del helicóptero

    ¿Qué pasó entonces? ¿Estoy seguro que fue un accidente? ¿Puedo afirmar de forma categórica que fue un atentado?

    Lo más que puedo hacer son conjeturas, y no puedo hacer una afirmación categórica a partir de ellas. Siempre existirán posibilidades de que esté equivocado.

    Por más grosero que pueda escucharse, existe la posibilidad de que haya sido un mero accidente. Las coincidencias existen. Puedo incluso hacer silogismos como éste para establecer la hipótesis del accidente a partir del hecho de que no son raros los accidentes aéreos en helicópteros o aviones pequeños.

    -Los accidentes aéreos en helicópteros o aviones son algo comunes
    -Martha Érika Alonso y su esposo Moreno Valle, quienes afectaron los intereses de MORENA, fallecieron al desplomarse un helicóptero.
    -Por lo tanto, fue un accidente

    No se puede descartar la posibilidad de un atentado, ya que no tenemos información o elementos para hacer afirmaciones categóricas. Esto es, no tenemos evidencia empírica sobre lo ocurrido. Y en tanto no la tengamos, es irresponsable pasar una conjetura por afirmación categórica. Incluso es irresponsable hacer sugerencias apuntando y acusando a ciertos actores políticos con base en conjeturas y pidiendo que prueben su inocencia ante una acusación que parte de una hipótesis (es la presunción de inocencia, amiguito). Esto es algo que los periodistas deben saber y acatar, de lo contrario estarían faltando a su ética periodística. Los de a pie pueden hacer conjeturas, pero deben saber que sus afirmaciones no pueden pasar de ser una mera hipótesis que puede ser falsa.

    A mí me parece, por ejemplo, muy difícil que el Gobierno Federal tuviera algo que ver, sería un pésimo cálculo político donde el riesgo es mucho más alto que el beneficio (vaya, que una entidad federativa sea oposición o no no hace mucha diferencia). Podría sospechar un poco más de Barbosa, o tal vez de algún cercano, o del narcotráfico, pero igualmente, no hay elementos suficientes para acusarlo a él. No descarto que haya sido un atentado, pero no es poco probable tampoco que haya sido un accidente.

    Lo que sí sería responsable es solicitar una investigación imparcial de lo ocurrido de tal forma de que podamos obtener información empírica a partir de la cual podamos hacer racionamientos deductivos (que sí son lógicamente válidos).

    Entiendo el sospechosismo, y de alguna forma es natural en un país donde los abusos del poder público y la poca transparencia han sido una constante en la historia de este país. Pero siento decirles que sus argumentos no pueden pasar de ser meras conjeturas, las cuales muchas veces están muy afectadas por las simpatías y fobias políticas.

    Y siento decirles que, en caso de que sí sea un atentado, lo más probable es que no sepas quienes fueron los responsables (ya fuera el Gobierno Federal, Miguel Barbosa o el narco, como muchas de las conjeturas de los tuiteros apuntan) por diversas razones. Y es posible, que, aunque el gobierno muestre pruebas contundentes, las desestimes.

    Dicho esto, lo más probable es que te quedes con la duda.

    Vaya lío, pero así es.

    Lamento el deceso de Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle. Antes que políticos, eran seres humanos. Que descansen en paz.

  • México no tiene por qué estar unido siempre

    México no tiene por qué estar unido siempre

    Hay quien dice ¡Qué hipócrita la sociedad mexicana, muy unida en el terremoto, pero dividida en la política!

    Ese comentario peca, cuando menos, de una profunda ingenuidad.

    En realidad no existe contradicción alguna. ¿Por qué? Porque la sociedad, para que funcione, no tiene por qué estar de acuerdo en todo, sino solamente en algunas cosas.

    Cuando hay un terremoto, es una obviedad que la gran mayoría de las personas desea que el sufrimiento sea el menor posible. La gente se une porque tiene un objetivo en común: ayudar al prójimo.

    En la política el contexto es muy distinto. Si bien, puede existir alguna suerte de objetivo común que es que a este país le vaya mejor, las discrepancias inician con la forma en que se puede lograr dicho objetivo, el concepto de «un México mejor» puede ser diferente entre la población y dicho concepto difiere producto de las experiencias de vida de cada persona, la educación que recibió e incluso su temperamento: algunos pueden apuntar al desarrollo tecnológico, otros a una mayor igualdad.

    ¿Qué implicaría que no hubiera divisiones o discrepancias cuando hablamos de política o de corrientes de pensamiento? Que todo mundo piense igual, que absolutamente todos sean de «derecha» o de «izquierda» y eso es completamente imposible porque los seres humanos no somos una copia exacta de los otros. Los nazis y los soviéticos son los que más se atrevieron a luchar por esa homogeneidad de pensamiento y ya conocemos las desastrosas consecuencias. Asumir que siempre tenemos que estar unidos significa supeditar nuestra individualidad al colectivo en absolutamente todos los casos.

    La realidad es que, aunque los mexicanos tengamos muchas coincidencias, también tenemos muchas diferencias, las cuales se ven reflejadas en discusiones, conflictos y debates. Es natural que en algunas ocasiones la sociedad se polarice (si hablamos de política o derechos sociales) y otras en las que se una (en caso de un terremoto o en caso de que su país sea invadido por un agente externo) sin que exista una contradicción o incongruencia.

    Ser parte de una sociedad no solo implica compartir valores comunes, sino también reconocer la heterogeneidad: que no todos estarán de acuerdo con lo que pensamos y que diferentes personas posiblemente se opongan a nuestros deseos o nuestras luchas sin que eso implique un ataque a nuestra integridad.

    Gracias a esta heterogeneidad y conflicto permanente es que nuestra sociedad puede avanzar y no quedarse estancada. Gracias a esa heterogeneidad y al disentimiento es que se han llevado profundas transformaciones sociales. La cuestión debería basarse más en la forma en que se lleva a cabo dicho conflicto. No es lo mismo utilizar la violencia que debatir o utilizar los órganos institucionales para ello. Sí, nos falta mucha madurez para debatir, pero eso no se debe a que el conflicto sea indeseable. Por el contrario, asumir el conflicto es un primer paso para madurar la forma en la que nos conflictuamos.

  • AMLO: Tan cerca de la austeridad, tan lejos de Venezuela

    AMLO: Tan cerca de la austeridad, tan lejos de Venezuela

    Imagen: Publimetro

    Malas noticias para quienes desean con todo su corazón que México se convierta en Venezuela. Después de varios tropiezos, errores y decisiones que a mi juicio son absurdas, AMLO ha tenido una muy buena semana. 

    Y todo tiene que ver con su equipo económico, del que creo que es la parte más destacable de su gabinete. Y que tenga un buen equipo económico también son buenas noticias (con excepto, sí, de los que les urge que AMLO pacte con Maduro para que nos suma en la pobreza).

    El simple hecho de que AMLO esté escuchando a los moderados y a los sensatos, más que a los radicales, es, en materia económica, algo que debería de tranquilizarnos un poco después de todos los errores y desplantes que tanta incertidumbre han causado.

    El aumento al salario mínimo es, a mi parecer, un gran acierto. Éste aumentó de forma mesurada con lo que se asume que no causará inflación, pero es lo suficientemente grande para que cualquier mexicano que esté dentro de la formalidad se encuentre por encima de la línea de bienestar. Los más ortodoxos tal vez vean con escepticismo esta medida, pero parece que está lo suficientemente diseñada como para que los empresarios vean,  apoyen y promuevan este aumento.  Incluso Juan Pablo Castañón, director del Consejo Coordinador Empresarial, estuvo presente en la conferencia en la que se hizo el anuncio. 

    El otro acierto tiene que ver con el presupuesto del 2019. No está exento de críticas pero logra su cometido: es fiscal y macroeconómicamente responsable.  Algunas de las críticas (que dábamos por hecho porque no esperaba otra cosa) que le haría tienen que ver con algunas de las asignaciones presupuestales. Por ejemplo, el que quiera construir una refinería, que reduzca el presupuesto del Conacyt (y se otorguen menos becas para estudiantes), o que haga recortes presupuestales a las universidades públicas y a Cultura (aunque también es cierto que en estos últimos casos, muchos de los recursos se van a burocracia o a proyectos culturales inútiles). No me termina de gustar mucho de la visión de AMLO sobre la política y no está ausente de demagogia, pero al menos podemos estar tranquilos porque, al menos este primer año, vamos a tener un gobierno austero que sea respetuoso de los equilibrios macroeconómicos. 

    Que señale estos aciertos no excluye, desde luego, muchos de los errores y despropósitos que siguen ahí. Ya no solo el caso de la refinería, sino el del aeropuerto de Texcoco cuya cancelación, decisión de la que AMLO no quiere desligarse por el costo político que le podría acarrear, se vuelve cada vez más costosa. 

    Pero al menos no ocurrió algo que algunos temíamos dada la improvisación que veíamos en este gobierno: que tuviéramos un presupuesto improvisado y mal hecho que pudiera dar pie a generar distorsiones económicas. Eso no pasó: el presupuesto, con sus aristas, fue bien visto en general por el sector empresarial. 

    Algunos criticamos que AMLO sea muy reacio a los contrapesos, pero al menos se molesta a escuchar a su equipo económico y eso es muy bueno. Espero que su gobierno se trate de una izquierda que haya aprendido la lección de todos los errores que hemos visto una y otra vez en el cono sur de nuestro continente. 

  • La Revolución Francesa y el lenguaje inclusivo

    La Revolución Francesa y el lenguaje inclusivo

    Históricamente, Francia ha sido un país muy liberal, uno de los más dispuestos a realizar experimentos o innovaciones sociales y a socavar el orden existente con ese fin. De dichos experimentos resultó la República que posteriormente fue adoptada por gran parte de los países de Occidente, entre ellos México. 

    Si bien, las agendas de izquierda actuales como el feminismo o los colectivos LGBT no son causas meramente francesas, sí tienen una fuerte influencia de los filósofos de aquel país, en especial los postestructuralistas como Derrida, Foucault o Deleuze que hacían mucho hincapié en el lenguaje. Estos izquierdistas comparten, de una u otra manera, ese ímpetu de socavar el orden y las estructuras existentes para plantear otras de las que argumentan generarán una sociedad más equitativa en materia de género y las minorías que, hasta hace poco, eran abiertamente rechazadas. 

    Pero algo que me llama la atención de esta «izquierda posmoderna» es que asumen que cualquier cambio, por el simple hecho de estar suscrito a una causa social, podrá realizarse de forma exitosa sin que importe tanto la practicidad de los cambios que proponen, desde agregar más letras a las siglas «LGBT» para incluir a todas las orientaciones sexuales hasta plantear una gran cantidad de géneros en reemplazo del género binario que siempre hemos utilizado y que más bien puede causar mucha confusión.

    Pero la practicidad importa, y mucho. Aquello que es más práctico tiene más posibilidades de ser asimilado por la sociedad que aquello que no lo es. Y para muestra basta remitirnos a la propia Revolución Francesa:

    Como parte del espíritu revolucionario que pretendía tumbar un sistema medieval, monárquico y basado en el linaje para pasar a una República basada en las libertades, se propuso un nuevo calendario y un sistema métrico que reflejaban ese nuevo espíritu ilustrado.

    El calendario sustituiría los meses de cuatro semanas que conocemos actualmente, por otros de 3 «décadas» (semanas que duraban 10 días), que eliminaba cualquier referencia religiosa y cuyos nombres estaban muy basados en fenómenos naturales o la agricultura como «Brumario», «Termidor», o «Floreal». El nuevo sistema métrico decimal, por su parte y también con un espíritu fuertemente republicano, buscaba homologar las medidas que, hasta ese entonces, solían estar basadas en órganos del cuerpo generalmente tomados de distintos reyes.

    El calendario republicano francés desapareció poco tiempo después en tiempos de Napoleón ya que resultó ser poco práctico. Las «décadas» no tenían relación con las fases de la luna que sí tienen las semanas y que servían como referencia para los agricultores e implicaba menos días de descanso para los trabajadores (uno de cada diez en vez de uno de cada siete). Además, los nombres de los meses estaban muy basados en el clima y la flora francesa, con lo cual causaría confusión en otras naciones.

    El sistema métrico decimal en cuyo diseño participaron muchos expertos,, por el contrario, se popularizó tanto que es el que utilizamos en casi todo el mundo actualmente gracias a su practicidad y homogeneidad. Hasta los propios ingleses o el propio Vaticano lo terminaron adoptando. 

    Así como el calendario y el sistema métrico tenían una fuerte inspiración republicana, el lenguaje inclusivo que se propone actualmente como eliminar el género neutro (que es igual al masculino) por una «x» o una «e» tiene una fuerte inspiración en las causas feministas y también de los colectivos LGBT, argumentando que la manera en que la forma en que se utiliza el lenguaje afecta la forma en que construimos las relaciones humanas y las actitudes ante los géneros.

    Sin embargo, la lección de la Revolución Francesa debería ser muy tomada en cuenta por quienes promueven estos cambios al lenguaje. Como mencioné al principio, un cambio estructural o de esquemas no solo trasciende por los valores o ideales que defiende, sino por su practicidad. Al lenguaje inclusivo se le acusa fuertemente de ser poco práctico (por ejemplo, la profunda confusión sobre como pronunciar la «x» o el hecho de tener tres géneros en lugar de dos: masculino, femenino o indeterminado) dentro de un idioma que ya de por sí es complejo como el Español. Todo esto ha generado una fuerte reticencia no solo por quienes no se identifican con las causas, sino por quienes ven en el lenguaje inclusivo una forma muy poco práctica de hablar o escribir.

    ¿Es el lenguaje inclusivo, al menos como ha sido propuesto, una herramienta que ayude a combatir la discriminación hacia las mujeres o hacia otras minorías? ¿Debe mantenerse igual como se ha propuesto hasta ahora? ¿Debería cambiarse por otro modelo? ¿No tiene sentido ni ninguna utilidad tangible?  ¿Cambiar el lenguaje va o no va a ser determinante en aras de la equidad de género o el reconocimiento de personas con otra orientación sexual? Son preguntas que sus proponentes deberían responderse. 

  • ¿Y quién va a ser la oposición de López Obrador?

    ¿Y quién va a ser la oposición de López Obrador?

    ¿Y quién va a ser la oposición de López Obrador?

    Lo voy a decir de una forma clara: si las cosas siguen como van en la oposición y el gobierno de AMLO no se convierte en un desastre, MORENA va a repetir en 2024.

    ¿Por qué? Porque la oposición al gobierno de López Obrador es algo lamentable y casi inexistente. Para mí lo que sucedió en la toma de posesión de AMLO resume muy bien lo que es la oposición hoy en día: a los panistas se les ocurrió sacar carteles pidiendo bajar la gasolina y el propio López Obrador les recriminó el haber votado por subirla en el sexenio de Peña Nieto. AMLO los exhibió.

    La oposición partidista, a pesar de la sacudida que recibieron y que los dejó casi en la irrelevancia, no ha logrado entender el mensaje ni el contexto. Siguen enfrascados en una forma de hacer política que fue casi unánimemente rechazada en las urnas en las elecciones federales. Otra muestra de ello es el spot que el PAN acaba de sacar donde compara a López Obrador con los líderes autoritarios históricos que van desde Hitler hasta Chávez; la misma estrategia que no funcionó en lo absoluto en la campaña:

    La oposición partidista cree que va a lograr crear un movimiento de oposición por medio de mensajes acartonados, que no dicen nada, que son creados por agencias de comunicación y que son pronunciados por políticos tibios, falsos y oportunistas que en todo el sexenio de Peña Nieto no se comportaron a la altura de lo que una oposición debe ser ¿por qué pensar que las cosas van a ser diferentes esta vez?

    López Obrador, mal que bien, tiene ideales y es en cierta forma congruente con ellos (que sea o no congruente con sus mensajes hacia la opinión pública es otra cosa) a diferencia de la gran mayoría de los políticos ahora de oposición que creen poderse mover, despachando desde sus oficinas aisladas del resto del país, dentro de un mar de pragmatismo político excesivo movido por las meras conveniencias y aspiraciones personales. Que AMLO tenga ideales claros y ellos no, los deja en una clara desventaja y casi fuera de competencia.

    Pero hasta el momento, dentro de la sociedad civil las cosas no se ven mucho mejores. Es cierto que ha habido marchas para oponerse a las decisiones de AMLO, pero no hay un hilo conductor ni parece haber una buena articulación. Parece más bien un colectivo de gente cuya coincidencia es el desdén hacia la figura de López Obrador, el miedo a que México se convierta en Venezuela y un discurso no rebasa por mucho lo que uno puede leer en los chats de los familiares de Whatsapp. No se percibe al menos en el corto plazo que vayan a surgir liderazgos políticos de éstas y tampoco hay actualmente líderes que le den forma y contenido político a estas marchas. Las entrevistas que realizó el periodista Hernán Gómez (con todo y el sesgo que pueda haber dada su simpatía con López Obrador) me parece que refleja muy bien esto.

    También se ve difícil que estas marchas vayan a generar masa crítica ya que sus formas son más propias de una minoritaria clase acomodada de clase media-alta y alta que hasta este momento solía tener una postura más apática hacia lo público (y que se puede palpar en la forma en que llevan a cabo las marchas). El hecho de que vayan vestidos de luto en un país donde hay muchas más razones de peso para vestirse así genera rechazo en un sector importante de la población.

    Estas marchas parecen no tener el expertise ni sus integrantes parecen estar lo suficientemente politizados como para profundizar en las demandas que le plantean a López Obrador y articular un discurso en el cual los opositores a López Obrador puedan sentirse integrados. Por el contrario, en el colectivo se siente como si solo representaran a una minoría (producto de su inexperiencia al tratar de entender y empatizar con el «México mayoritario», lo cual podría alienar a quienes no simpatizan con AMLO pero que no se sienten identificados con estas marchas). No son pocos los que han dicho en las redes que se puede estar perfectamente en contra de AMLO pero también de estas «marchas fifí». 

    Tal vez las organizaciones que representan al sector civil y el privado puedan hacer una mejor tarea ya que tienen más organización y más conocimiento de lo político. Las cámaras empresariales como la Coparmex (que mantuvo una postura de oposición al gobierno de Peña Nieto en los últimos años y que es, a mi parecer, la única cámara que tiene un sentido social) y las organizaciones como el IMCO o Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad podrían articularse de mejor forma e ir creando un frente de oposición.

    Pero, con independencia de la sociedad civil, es necesaria una oposición política. ¿De dónde van a surgir los nuevos liderazgos? Es casi una obviedad que es cada vez menos probable que surjan de las fuerzas políticas tradicionales. ¿Serán necesarios nuevos partidos? ¿Podrán movimientos como Wikipolítica lograr articular algún movimiento de oposición y desde ahí ingresar al poder político como lo intentaron sin éxito en las elecciones pasadas? Gobernadores como Javier Corral y Enrique Alfaro (por su cuenta y no producto de sus partidos) parecieron ejercer una forma de liderazgo como gobernadores, sobre todo por los superdelegados que les restaban poder. Pero López Obrador ya se ha dado a la tarea de neutralizarlos al darles ciertas concesiones. 

    Lo cierto es que este gobierno necesita una oposición, y en medio de un presidente muy dado a basar su legitimidad en narrativas y simbolismos, en tanto la oposición no encuentre una narrativa convincente, se va a ver rebasada. Pero lo cierto es que no se ve donde se encuentra esa oposición y por dónde pueda surgir. Está muy desarticulada y López Obrador y los suyos sienten que están casi en un día de campo.