Categoría: sociedad

  • Adiós Estado de bienestar, hola ciudadanos dependientes

    Adiós Estado de bienestar, hola ciudadanos dependientes

    Adios Estado de bienestar, hola ciudadanos dependientes
    Foto: CNN

    Una de las premisas de las izquierdas modernas es el fortalecimiento de la red de seguridad social, o eso que comúnmente conocemos como Estado de bienestar.

    Esta institución, surgida principalmente Europa entre finales del siglo XIX y parte del siglo XX, se presentó como una alternativa evitar radicalizaciones entre los obreros e incluso para que los países mayormente europeos no cayeron en las garras del comunismo. A pesar de algunos embates de la liberalización económica que tuvo lugar a partir de los años 70, este sistema sigue siendo una constante en la gran mayoría de los países desarrollados en los cuales los trabajadores pueden aspirar a tener una pensión, un sistema de salud gratuito, el derecho a la educación, la cultura y un largo etcétera.

    El Estado de bienestar, al tiempo que reduce la desigualdad, también le proporciona al ciudadano una base relativamente firme para poder desarrollar su proyecto de vida.


    Erica Belcher – London School of Economics

    Es cierto que en México el Estado de bienestar es más austero que el que existe en países desarrollados, en gran medida por la más limitada capacidad económica de nuestro país. También es cierto que la redistribución tiene un impacto muy marginal en el combate a la desigualdad. Aún así, tenemos un sistema que ofrece pensiones, sistema de salud (el IMSS, el ISSSTE y el casi desaparecido Seguro Popular) sin los cuales la cruda desigualdad y la pobreza tendrían un impacto aún más profundo en la población. Podríamos además incluir aquí a los programas focalizados como «Solidaridad – Progresa – Oportunidades – Prospera» que buscan combatir la pobreza, entre otros.

    Pero con la izquierda de López Obrador no parece que estemos viendo un fortalecimiento de un Estado de bienestar institucional. Más bien pareciera que se está buscando desmantelar parte de éste con el fin de tejer relaciones de dependencia entre los ciudadanos y su gobierno. Pretender sustituir los programas de guarderías y de refugios para mujeres por transferencias directas es, me parece, una clara muestra de la búsqueda de la consolidación de poder a través de la creación de redes de dependencia dentro de los cuales los beneficiados sientan que «el gobierno les está ayudando y con el cual deberían sentirse agradecidos».

    Un sistema de seguridad social institucional no debería verse nunca como un favor que el gobierno le hace a los ciudadanos, sino como un derecho que dichos ciudadanos tienen y que el gobierno, compuesto por servidores públicos que representan a los ciudadanos, está obligado a proporcionar. El caso europeo es ejemplar en este sentido, ya que, aunque sus sistemas son bastante más robustos que el nuestro, no buscan tejer redes de dependencia entre el gobierno y la ciudadanía como sí lo busca hacer el gobierno de López Obrador y como también lo ha acostumbrado a hacer el priísmo (basta ver el uso que el gobierno de Peña Nieto le dio a Prospera). Si bien los gobiernos en esos lares sí pueden prometer fortalecer o adelgazar el sistema de seguridad social, nunca se concibe como un favor que se hace ni que asumen que la ciudadanía les debe algo (votos y apoyo) con el fin de amasar poder y fortalecer la imagen del líder, de quien se dice, es quien proporciona todos estos beneficios.

    A algunos esta diferencia les puede parecer no muy significante, pero se trata de todo lo contrario. Dicha diferencia es más bien muy determinante por diversas razones: primero, porque esta visión paternalista afecta mucho el diseño de las políticas públicas (haciéndolas mucho menos eficientes ya que los beneficios que los individuos obtienen están supeditados a la creación de relaciones de dependencia que derive en una mayor cantidad de poder en el gobierno), y segundo, porque suelen distorsionar la dinámica misma de la democracia, creando clientelas y movilizándolas para que el gobierno actual busque refrendarse en el poder.

    Mucho se habla del papel que gobierno debe tener en la economía. Si debe tener un papel activo, si debe limitarse a redistribuir la riqueza, o si bien, debe mantenerse completamente ajeno. Pero también es importante debatir cómo es que el gobierno participa. Importa el objetivo que tengan los programas sociales implementados, la postura del gobierno con respecto de ellos y el diseño de las políticas sociales. La diferencia entre un Estado de bienestar constitucional visto por los ciudadanos como un derecho y los beneficios gubernamentales que deben ser agradecidos es enorme, aunque el presupuesto invertido sea similar.

    Tal vez no debamos pensar en el desmantelamiento del Estado de bienestar, pero sí en el cambio de narrativa con respecto a éste. Lamentablemente, la narrativa en la llamada Cuarta Transformación es una que incluye una relación paternalista entre el gobierno y los ciudadanos.

  • El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    Después de la muerte de Armando Vega Gil pensé en escribir un nuevo artículo, pero para ello preferí esperarme unos días. Quería deliberar dentro de mi cabeza, escuchar voces de ambos lados en este entorno tan polarizante y tratar de entender bien este fenómeno llamado #MeToo.

    Días después, creo que estoy listo para hacerlo, y aún así no es algo muy fácil de hacer, ya que analizar este fenómeno es muy complejo y para ello no me queda de otra que matizar, diseccionar y alejarme de las generalidades y de los juicios de valor categóricos a un movimiento. Implica hacer un ejercicio de empatía, implica la muy difícil tarea de darle la justa dimensión a las cosas, e implica deliberar entre convicciones mías que en este contexto se muestran contrapuestas (como la cultura de la legalidad contra la equidad de género).

    El problema en el que estamos metidos

    Primero empiezo reconociendo el problema: México es un país muy machista, más de lo que pensábamos (o yo pensaba) y, peor aún, lo que nos exhibió #MeToo fue una cultura del acoso y violencia hacia la mujer que está impregnada en las estructuras sociales en los estratos socioeconómicos que, curiosamente, son o serían los menos machistas, donde se supone que la cultura de la equidad de género se ha impregnado más. Esto es, si ahí las cosas están mal ¿cómo estarán las cosas en los otros sectores?

    Tenemos que admitir que la cultura del acoso y la violación sexual es un problema muy grave en nuestro país y es algo que no se puede relativizar. En relación con la cultura del combate al acoso también estamos atrasados con respecto a muchos países. Básicamente es necesario un cambio cultural.

    A este se suma otro problema grave que tan solo fortalece el status quo, y es la incapacidad de las autoridades para hacer justicia hacia las mujeres que desean denunciar. La justicia en este sentido prácticamente no sirve, por lo cual para muchas mujeres denunciar pareciera no ser más que algo meramente rutinario o simbólico.

    Dicho esto, si bien soy un defensor de la legalidad y de la institucionalidad, debo reconocer que, al menos de momento, esta perspectiva se vuelve completamente inútil con respecto a la problemática que muchas mujeres sufren. #MeToo en este sentido opera por fuera de lo legal, no de forma ilegal, sino más bien alegal, y el movimiento mismo hace de alguna u otra forma la tarea que las instituciones deberían hacer, con todos los problemas que esto implica.

    La naturaleza de #MeToo

    #MeToo llegó tarde a México, ya se había manifestado en Estados Unidos y otros países como en el caso de Harvey Weinstein y Kevin Spacey quienes vieron su reputación arruinada después de que se ventilaran diversas acusaciones hacia sus personas. En ese momento algunas personas trataron de replicar la dinámica en este país haciendo algunas denuncias pero no se había logrado viralizar. Era necesaria una cantidad de masa crítica como para que las mujeres vieran que el movimiento era fuerte y que podían estar seguras de no sentirse solas a la hora de exponer sus denuncias.

    Me parece muy ingenuo esperar que un movimiento como #MeToo contenga, a priori, filtros o mecanismos para evitar abusos por el simple hecho de que fue una explosión que se viralizó en redes (otra cosa son los ajustes que se pueden ir haciendo con el tiempo). La falta de experiencia (es un fenómeno nuevo en nuestro país), el hecho de que sea un fenómeno orgánico que se ha viralizado y el alto contenido emocional (vaya, mujeres que han sido abusadas y violadas) hace impensable pensar en algo así.

    También es ingenuo esperar conformarse con una postura conciliadora, como si bastara con hacer reuniones con galletitas y café para acabar con este problema. Si bien, soy un defensor de la progresividad como mecanismo para cambiar realidades, en el caso del abuso y la violación sexual tendría que hacer una excepción ya que no pueden lograrse cambios de fondo sin generar incomodidades cuando se trata de problemas graves que se encuentran muy escondidos y a los cuales no se les ha podido dar una real dimensión.

    #MeToo es una explosión viralizante, en donde las mujeres que fueron violadas y acosadas se animaron a contar sus historias porque creyeron que quedarían marcadas por la violencia que ejerció sobre de ellas un violador o un acosador. No solo está el problema las instituciones inoperantes al respecto, sino que muchas se lo guardaron por miedo a ser señaladas, criticadas o estigmatizadas (lo que también explica en parte el asunto de las denuncias anónimas). Debo decir que es muy común que en nuestra sociedad se estigmatice a una mujer que fue violada.

    En este sentido era necesario que surgiera, no había otra forma de poder dimensionar lo que estaba ocurriendo. Era necesaria una explosión, una sacudida mediante la cual las mujeres tuvieran el ánimo de hacer su denuncia, de buscar justicia ante el agravio que sufrieron. Y naturalmente iba a haber efectos secundarios.

    Asegunes y matices

    El suicidio de Armando Vega Gil de la extinta banda Botellita de Jerez desató un sinfín de polémicas que creo deben de ser atendidas y, sobre todo, entendidas.

    Primero, es importante (y difícil, lo sé) dar la justa dimensión a las cosas. Me parece una desproporción darle una dimensión en la cual este suicidio se vuelve más importante que todas las denuncias de acoso y violaciones reales, o afirmar de forma categórica que #MeToo lo mató (primero, porque no sabemos si es inocente como dice, y porque implicaría negar su libre albedrío). Pero de la misma forma sería irresponsable desestimar lo ocurrido y no darle ninguna importancia, como ha ocurrido entre algunas feministas radicales quienes incluso han culpado a Armando Vega de «deslegitimar el movimiento» con el suicidio.

    Dije que #MeToo comenzó con una explosión de la cual no se puede esperar una suerte de filtros y matices a priori y expliqué por qué, pero conforme pasa el tiempo sí que se pueden ir implementando dichos filtros y sí es necesaria una crítica al interior del movimiento para ir dándole forma e institucionalizarlo (por decirlo de alguna forma) para reducir al mínimo los abusos que deriven en personas inocentes que se vean afectadas. Dada la naturaleza de este fenómeno (y que incluye denuncias anónimas) surgen los siguientes problemas: (recordemos que este es un movimiento alegal, que no se apega a derecho -básicamente por su inoperancia con respecto a este tema- y que implementa sus propios mecanismos)

    Primero: que hay personas que pueden abusar de esta herramienta para dañar la reputación de terceros inocentes. Más aún cuando el empoderamiento de la mujer y el cierre de filas entre ellas genera una postura escéptica ante quienes tratan de desmentir las acusaciones. Esto puede provocar daños severos en la vida de personas inocentes, que aunque sean muchos menos que las mujeres violentadas no significa que no importen.

    Segundo: que se lancen acusaciones que no se puedan catalogar como acoso o abuso, que ciertamente se puedan tratar de conductas incluso reprobables pero en las cuales no esté involucrado algún problema de violencia de género: por ejemplo, conflictos personales en una pareja, infidelidad que dentro de ella no contenga violencia de género (entendiendo que una mujer también puede ser infiel con un hombre) y otros diversos casos.

    Tercero: la difusa frontera entre lo que es un acoso y lo que no es. Es relativamente fácil definir qué acto es una violación, pero no siempre pasa lo mismo con el acoso, un acto puede ser percibido como un acoso para una persona y no para otra que dentro de su fuero interno nunca tuvo la intención explícita de acosar. Es imperativo, a mi parecer, que el acusado haya tenido la intención explícita de hacerlo (esto sin importar si se encontraba alcoholizado o afectado por estupefacientes).

    Veredicto

    A mí me parece difícil hacer una afirmación categórica sobre el movimiento. He dicho que era necesario que haya surgido y también he dicho que, dada su naturaleza, tiene algunos problemas que pueden incluso llegar a afectar la vida de terceros. Antes de glorificar o satanizar al movimiento, y evitando un juicio utilitarista donde argumente que es bueno solo porque son más los beneficiados que los perjudicados, me parece que lo más sensato debería ser hacer lo propio hacer estos juicios con los actores más que el movimiento en su conjunto:

    Por ejemplo: a mí me parece ética y moralmente correcto que una persona que fue agraviada o violada exponga públicamente su caso. Debería tenerse una moral retorcida como para pensar que moralmente una persona no tiene el derecho a defenderse ante un agravio, más cuando las opciones institucionales no son una alternativa. De la misma forma, me parece ética y moralmente reprobable y condenable que una persona se «suba» al movimiento para difamar a otra o para mera venganza.

    También se debe entender a este movimiento en su contexto. Todos estamos de acuerdo en los problemas que trae en esencia, pero habríamos también que preguntarnos qué alternativa existe para socializar y combatir el problema. A la fecha, me cuesta mucho trabajo pensar en una alternativa igual de poderosa. Es, me parece, una buena causa que ciertamente es imperfecta, que adolece de no tener una curva de aprendizaje recorrida al momento del inicio.

    Lo que sigue

    Y si bien #MeToo inició inexperto, sí debería ir adquiriendo experiencia en el camino, desde plantearse cómo dar más visibilidad a la problemática de las violaciones hasta cómo evitar que personas abusen de esta plataformas y afecten a personas inocentes.

    Muy importante también es cómo lograr que el fenómeno #MeToo se convierta en políticas públicas que reduzca el número de violaciones, en un sistema de justicia que sí ayude a las mujeres y también en protocolos dentro de organizaciones públicas, privadas, sociales o escuelas, para combatir este problema de tal forma que logre penetrar ahí en la cultura y sacuda las estructuras para combatir la violencia de género. El mero hecho de exhibir el problema ya es un gran paso que seguramente motivará a más de una organización a cambiar su cultura, pero el esfuerzo no debe quedar ahí.

    La tarea no es fácil, pero se dio un gran primer paso, que naturalmente es incómodo (no sé cuántos hombres estén temerosos de que expongan su caso) y que seguramente logrará un cambio dentro de las estructuras sociales. Las mismas lideresas del movimiento también deberán ser críticas con ellas mismas si quieren lograr que el cambio sea profundo. Se debe procurar que este movimiento combata este problema y no termine desviándose a una mera batalla de géneros de mujeres contra hombres.

    Extirpar este cáncer es imperativo y los hombres también debemos colaborar en ello. Era necesario que algo así sucediera, que se sacudieran las estructuras, porque no se puede tolerar que en una sociedad como la nuestra se permitan numerosos abusos y violaciones que se cometen de forma impune.

  • Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    En estos días algo se movió dentro de las estructuras sociales mexicanas, recibieron una sacudida muy fuerte.

    Decenas de profesores despedidos de sus puestos de trabajo. Personas que, cuando menos lo esperaban, vieron destruida su reputación; se vieron señalados, vieron que su vida posiblemente no será igual porque dieron por sentado que «eso que hicieron» siempre quedaría ahí oculto en la oscuridad.

    Fue como un Blitzkrieg, llegó de forma intempestiva, bastaron dos días para poner el mundo de cabeza.

    Fue una batalla cultural y social, apunta ahí a las mismas estructuras sociales. Fue una breve terapia de shock que incluso comprometió el futuro de algunas instituciones e hizo mella en el tejido social.

    Tal vez no se equivoquen quienes digan que #MeToo tiene algunos defectos, que hay gente que puede subirse al mame con el fin de desprestigiar personas o para vengarse, que hace falta matizar entre los casos o que hacen falta poder más filtros para evitar daños colaterales. Pero también sería ingenuo esperar que en una batalla como ésta donde se busca generar el mayor impacto posible en el menor tiempo se fueran a tomar demasiadas consideraciones de ese estilo y se fuera a ejecutar de una forma muy pragmática. Más cuando hablamos de mujeres que escondían dentro de sí historias que les partían el alma y que vieron en esta dinámica una oportunidad para expresarse.

    Tan solo bastaron dos días para mostrarnos que los acosos y las violaciones sexuales son parte de las estructuras sociales, que no son la excepción sino la regla. Nos mostraron toda la pobredumbre incluso dentro de las instituciones que se presumían defensoras de los Derechos Humanos.

    Y no es que las cosas se hayan degenerado, es que las cosas ya estaban degeneradas, el problema tenía años e incluso, para los apologistas del pasado, décadas.

    Y quien fuera a esperar que no sucediera gran cosa estaba muy equivocado. Eran muchas las mujeres que tenían una historia muy dolorosa que contar, una historia que habían mantenido en secreto por miedo a ser señaladas o criticadas, por miedo a perder sus puestos de trabajo o que nadie les creyera.

    Pero se empoderaron: se dijeron entre ellas «yo sí te creo» para respaldarse y recordarse que no están solas. Vieron en ellas mismas un apoyo psicológico para lograr externar eso que había quedado ahí oculto durante todas sus vidas. Hombres que eran vistos como respetables pero que tan solo eran depredadores sexuales, de los que uno no sospecharía nada, y quienes habían logrado que su crimen quedara ahí en lo escondido, en lo oscurito. Hombres que vieron sus vidas arruinadas, y en la mayoría de los casos, justamente.

    Lo peor del caso es que solo estamos viendo una parte de todo el problema, porque así como hay universidades, instituciones y sectores sociales que permitieron que esta ola permeara, había también muchos otros círculos que se han blindado ante la amenaza ya sea por sus estructuras de poder o porque el activismo escasea más ahí: partidos políticos, universidades e instituciones conservadoras e incluso agrupaciones religiosas; además de todas aquellas instituciones o agrupaciones donde seguramente se han tomado medidas para que las historias de los violadores que se encuentran ahí no salgan a la luz.

    Las mujeres dieron un golpe de autoridad y mostraron que no están dispuestas a quedarse calladas, por ello algunos hombres se encuentran en pánico, porque temen que su caso se ventile. Muchos otros no tememos alguna difamación porque nunca nos hemos conducido así pero seguramente nos hizo repensar y ser mas críticos con nuestra conducta hacia las mujeres.

    Algo se movió estos días, las mujeres ganaron un poco más de poder y relevancia (lo cual ciertamente genera incomodidades). El bombardeo fue intensivo e intempestivo, no hubo mucha piedad (aunque los acusados menos aún la tuvieron cuando cometieron sus fechorías). Apenas se dieron cuenta del ataque cuando ya solo había ruinas sobre de sí.

  • ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    Como librepensador que me considero, yo nunca he sido una persona que utilice las etiquetas de aliado o feminista para definirme, y tengo muchas razones para ello.

    La primer razón y que sonaría como la más obvia, es que así como concuerdo en ciertos temas con los feminismos (entendiendo que se trata de un movimiento heterogéneo), también a veces llego a discrepar, y sé que esas discrepancias pueden llegar a incomodar a más de una persona. En lo general, comparto el fin que las feministas buscan, que es lograr una real equidad de género tanto en lo público como en lo privado. Pero al igual que haría con todo movimiento, podré decir también que con esto no estoy de acuerdo o con esta otra forma tampoco, como lo he llegado a expresar en este espacio.

    Pero la segunda razón y la de más peso es que decirse aliado o feminista en las redes, hablar y parlotear es algo muy fácil para los hombres. Y la realidad es que varios (no todos) lo hacen porque quieren congratularse con las mujeres, presumen estar deconstruidos (término derridiano muy torpemente utilizado) y se la pasan señalando a quienes consideran realizó un acto machista. Estoy seguro que varios de los varones se dicen feministas por cualquier razón menos que por una real preocupación por aquello que una mujer padece (desde inequidad, hasta violaciones o abusos).

    Hace año y medio, yo critiqué en Facebook a un grupo de feministas por el linchamiento que hicieron hacia Gatorade y la propia Paola Espinosa por el anuncio que decía «mi mayor triunfo es ser mamá», ya que atentaba contra su libertad de expresión y porque en ese anuncio, atendiendo el entorno, nunca se quiso transmitir el mensaje de «una mujer no puede aspirar a ser más que una madre» como algunos parecían sugerir. Naturalmente es una crítica que sostengo al día de hoy.

    En ese entonces llegó un hombre (de quien voy a omitir su nombre) casi con el fin de hacer un linchamiento sistemático a mi persona señalándome como misógino y sexista. De igual forma me atacó porque sugerí que no todas las diferencias entre ambos géneros eran necesariamente producto de construcciones sociales (e incluso después de insistir en que ninguna diferencia que existiera justificaba una relación asimétrica entre mujeres y hombres ni mucho menos podría sugerir que las mujeres eran menos talentosas que los hombres en algo). ¿Qué pasó después?

    Resultó que esta persona fue denunciada por su exnovia, quien aprovechó la campaña #MeToo para decir que, en los dos años que duró su relación, él abusó psicológicamente de ella. No fue una mentira ni una difamación, la misma persona reconoció que había abusado de ella y pidió disculpas. Esos abusos estaban ocurriendo justo en el tiempo en que aprovechó las redes para llamarme sexista y misógino. En redes se presumía como un aliado, en la vida real era un machista, él era eso que yo decía que era.

    En otra historia, mucho más fuerte, el día de hoy Alexia confesó (aprovechando también la campaña #MeToo) que había sido violada sexualmente por una persona llamada Luis Hernán Landivar Pimentel que pertenecía a Wikipolítica. Su declaración es escalofriante y confieso que terminé muy enojado y angustiado al terminar de leerla.

    Pero lo que más me llamó la atención fue este escrito de Luis Hernán hecho hace apenas unas pocas semanas donde hablaba cómo es que estaba deconstruyéndose y reconociendo sus machismos (naturalmente muchísimo menores a esa violación y acoso sistemático que hizo a Alexia). En el texto parece hacer mención de lo sucedido pero tergiversando toda la historia para que quedara en algo menor, además de que se refirió a ella como su pareja (cosa que no fueron en la vida real):

    Me enfrasqué en una dinámica destructiva en la que era incapaz de responder a las necesidades y justos reclamos que me hacía; en cambio le llamaba inmadura, acusaba su falta de experiencia porque era menor que yo.

    ¿De qué sirve a una mujer tener a un grupo de hombres diciéndose aliados o feministas cuando solo quieren quedar bien? Por eso es que yo prefiero desligarme de esos términos.

    Prefiero mil veces que una feminista me critique porque discrepa con aquello que dije en mi libertad de expresión que volverme un hombre nocivo, acosador o violador. Presumir ser aliado para ganar unos likes o aplausos es bien fácil, reconocer que somos imperfectos y que podemos tener problemas en nuestra conducta para trabajar en ellos es muy difícil. Yo mismo me atrevo a reconocer que en algún momento he tenido conductas machistas y admito que puedo llegar tener algunas conductas internalizadas y debería estar alerta de ello, pero si uno quiere cambiar la realidad de las cosas, las reconoce y las trabaja, no se pone a presumir en todas sus redes que es un aliado y que está del lado de las mujeres. No se presume, se actúa.

    Es triste escuchar estos relatos de mujeres que fueron violadas y abusadas. Es peor escuchar que los violadores se ocultaron bajo su manto de aliados feministas y que con él, engañaron a las mujeres para seguir abusando impunemente de ellas.

  • Los Chalecos Amarillos MX, o cómo no ser oposición

    Los Chalecos Amarillos MX, o cómo no ser oposición

    Los Chalecos Amarillos MX, o cómo no ser oposición

    Lo he repetido una y otra vez en este espacio y en mis redes: no solo se trata de ser oposición, se trata de saber ser oposición, y que dicha oposición esté supeditada al bien común (o al menos a lo que se cree que es).

    Si algo ha caracterizado a este régimen lopezobradorista es a la ausencia de una buena oposición. Lo poco que hemos visto en estos 100 días ha venido de algunas plumas, de las tan vilipendiadas organizaciones civiles por parte de AMLO e incluso desde dentro del mismo gobierno (lograr que la Guardia Nacional tenga mando civil es un buen ejemplo). Pero allá afuera, en las calles, dentro de la sociedad, hemos visto muy poco, y dentro de ese poco lo que se ve en las calles es algo tan penoso que pareciera una autoparodia.

    Y sí, me refiero a los Chalecos Amarillos.

    Esta organización, que tiene células en varias ciudades pero que, a la vez, tiene muy pocos miembros (basta ver la cantidad de gente que acude a sus manifestaciones), se ha convertido en una burla en las redes sociales, incluso por parte de muchos opositores a López Obrador. Sus videos nos dejan ver que se trata de gente de derecha (y cuando me refiero a la derecha, me refiero a la derecha y no a los liberales o incluso socialdemócratas que los apologistas del gobierno actual buscan etiquetar como «derecha») que tiene más bien poca idea sobre la política, que no se informa bien y cuyas consignas parten desde la histeria, los lugares comunes y las suposiciones.

    Para entender por qué este movimiento se ha convertido en una parodia tenemos que empezar por su nombre. Toman el nombre y el concepto del movimiento francés, supuestamente instigado por gente cercana a Marine Le Pen, que llevó a cabo destrozos en el centro de París para protestar en contra del presidente Emmanuel Macron y la alza en los precios de los combustibles entre otras cosas.

    https://www.youtube.com/watch?v=Q5nftPr-uNs

    Pero en el caso de los Chalecos Amarillos en México, lo que hay no son destrozos ni auto quemados, sino señores y señoras con viseras y lentes oscuros para que no les pegue el sol y que dicen haberse inspirado en este movimiento a raíz de la crisis del desabasto de hace algunas semanas. También, a diferencia de la manifestación en Francia, no vemos multitudes, sino unas pocas personas reunidas en ciudades como Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y León con pancartas alertándonos de Andrés Manuel López Obrador.

    Los organizadores han insistido en que son parte de ese «movimiento global» que se ha expandido por algunas partes de Europa, aunque los organizadores de ese movimiento ya se deslindaron de la «versión mexicana» y afirmaron que no tienen nada que ver con ellos, aunque nuestros connacionales siguen insistiendo que sí son parte de este movimiento global..

    Este movimiento (el mexicano) que ha adoptado una postura conservadora de derechas, no tanto porque tenga una postura en sí, sino por la idiosincrasia de sus participantes, también ha aprovechado para manifestarse en contra de los migrantes en Tijuana. No parece tener una agenda y ha recibido el beneplácito de cuestionables figuras como el regiomontano Gilberto Lozano, empresario y activista.

    Sus manifestaciones se han caracterizado por ser desoladoras, hecho que ha sido aprovechado por los lopezobradoristas para señalar que la oposición en el país es inexistente. Los chalecos amarillos han realizado muchas en distintas ciudades, pero en la mayoría de las ocasiones no han rebasado las decenas de personas que cargan con pancartas que dicen #AsíNoAMLO:

    Para entender de qué va, basta ver los volantes que ellos mismos reparten en sus manifestaciones, en los cuales comparan a AMLO con Hitler, afirman que es un enfermo mental y que pactó con los «comunistas de Sao Paulo» la creación de la Guardia Nacional. En sus redes suelen circular mucha desinformación ya que pareciera que ni siquiera filtran la información ni tienen el más mínimo rigor a la hora de analizarla para que, con base en esta, puedan elaborar sus demandas y peticiones. Basta una fake news en un grupo de Whatsapp para que ésta termine ilustrada en una de las pancartas que llevan a la calle.

    Evidentemente, un movimiento de este calibre no solo abona a crear oposición ante el régimen actual sino que lo termina fortaleciendo porque, además, solo terminan contribuyendo a la polarización que tanto le beneficia al lopezobradorismo.

    En México falta una oposición, no solo partidista, sino civil. Pero está claro que Chalecos Amarillos no es ni de lejos la oposición que México necesita. México necesita una oposición madura que logre ser contrapeso, no una oposición desinformada e histérica que solo estorba en el camino de la construcción de esa oposición que, al día de hoy, se muestra muy ausente.

    Nadie dice que no tengan derecho a manifestarse, pero también es parte de la libertad de expresión advertir de los grandes problemas que este movimiento tiene.

  • Rawvana y el deterioro de la influencercracia

    Rawvana y el deterioro de la influencercracia

    A raíz de la aparición de plataformas digitales de video como Youtube surgió la figura del influencer, la cual modificó la dinámica de adquisición de información y de consumo de contenidos. Algunos podrían decir que esta figura tiene un elemento democratizador ya que, a diferencia de los líderes de opinión tradicionales, que deben hacer carrera, ingresar a algún medio de comunicación o ser un académico respetado, cualquier persona con una conexión a Internet, una inversión no muy grande (una cámara decente, micrófono, y tal vez un escenario) y una idea original podía aspirar a convertirse en un líder de opinión dentro del ciberespacio.

    Y es que a raíz del surgimiento de los influencers, los medios tradicionales (sobre todo la televisión) se comenzaron a dar cuenta que ya no tenían el monopolio de la creación de gente famosa y de líderes de opinión, ya que la gente se dio cuenta que ya no tenía necesariamente que pasar por sus instalaciones. Basta ver los contenidos de principios de los años 90 donde Televisa monopolizaba la creación de «artistas», músicos, actores y comentaristas, y las rentabilizaba por medio de sus otras ramas (revistas) o incluso se vendían en forma de estampas de álbumes coleccionables.

    Hoy la dinámica es bastante diferente. Ya no hay una empresa u organización que sirva de filtro y decida qué contenidos quiere o puede ver la gente. Gracias a Youtube, esta toma decisión queda enteramente en manos de la audiencia.

    Los influencers son los nuevos líderes de opinión: no importa si hablen de política, filosofía, cocina, videojuegos, bromas, comida o viajes. Algunos de ellos se han convertido en referencia de su auditorio. Hay algunos que ciertamente han combinado su trayectoria profesional para potenciar su alcance como el doctor Jordan Peterson o el filósofo Slavoj Žižek, o incluso el periodista Pedro Sola, pero muchos otros se han sabido ganar un espacio desde el anonimato; pasaron de ser personas comunes y corrientes a referentes sociales que reciben cheques con decenas o centenas de miles de pesos mensuales por concepto de la publicidad insertada en sus videos.

    Ya decía Marshall McLuhan, filósofo al cual se le considera un visionario de la «sociedad de la información», que el medio es el mensaje. Los contenidos en Youtube parecían hechos por gente más honesta y más desinteresada ya que era gente común la que usaba esa plataforma para expresarse. Ya no había una grande empresa o un gran aparato de comunicación detrás y eso le parecía más honesto al consumidor, hasta se podía pensar en un «nosotros» que estaba interactuando lejos de los mecanismos del capital y del poder.

    Pero los propios influencers se dieron cuenta que el mero hecho de ser influencer conlleva un nuevo privilegio que los sitúa por encima del individuo común. Ellos ahora ya son famosos, su poder adquisitivo se ha incrementado enormemente (a menos que provengan de una familia adinerada) y la gente habla de ellos. Así, estas otrora personas comunes ahora tienen representantes, reciben dinero de patrocinios, e incluso llegan a ser invitados por las televisoras urgidas de ídolos, donde les dan un lugar, un espacio y más libertad que las que recibían las clásicas «estrellas».

    Conforme pasó el tiempo, el mercado de los influencers comenzó a saturarse un poco por el simple hecho de que empezaron a abarcar la mayor parte de los temas de interés que pueden ser rentables: los grandes ya estaban consolidados, algunos comenzaron a perder la frescura inicial y fueron reemplazados por otros. Esto porque el exceso de patrocinios, participación con televisoras o incluso su actitud de estrellas mató ese perfil «honesto y fresco» que les había ayudado a hacerse de una audiencia.

    También me atrevo a decir que la figura del influencer llegó a ensuciarse un poco, sobre todo porque muchas personas han comenzado a ver este medio como un mero negocio (lo cual es palpable, sobre todo en Instagram, donde muchos hombres y mujeres siguen a la mayor cantidad de personas para que los sigan a ellos y les den contenidos poco originales como «la peda en un antro» para así aspirar a que alguien los patrocine). Muchos creen que ser influencer es hacer cualquier cosa e incluso creen ingenuamente que ese trabajo que hacen los Youtubers es algo muy sencillo cuando en realidad es producto de mucho esfuerzo y trabajo.

    Pero la figura del influencer también ha sido víctima de su propio éxito. Rawvana, la influencer vegana que fue descubierta comiendo pescado en Bali y que fuera referencia para muchos veganos (hasta ese día), también es una muestra de que la escasez de barreras de entrada a este mundo (que no sobrepasan el hecho de tener una idea muy original que vaya dirigida al mercado correcto) también pueden ser un arma de doble filo, y lo es más si pensamos en que muchos de ellos son completamente validados y legitimados por sus audiencias por el mero hecho de ser personas comunes que llegaron con una idea.

    Tal vez alguien que no sea doctor o filósofo pueda ser evidenciado por alguien que sí lo es, pero hay casos como los de Rawvana quien mantuvo engañados a sus seguidores, los cuales solo se dieron cuenta por un accidentado video de una amiga suya donde entró a la toma el platillo que la Youtuber estaba consumiendo. Ante este hecho uno podría preguntarse cuántos influencers podrían estar engañando a sus audiencias sin que éstas se den cuenta. ¿Cuántos podrían estar fingiendo ser alguien que no es con el fin de volverse famosos o recibir dinero por medio de publicidad?

    No es falso que algunos influencers inflan sus métricas para así engañar a las empresas para que los patrocinen o para que les den más recursos de lo que en realidad deberían de recibir; no es falso que otros usan estrategias de follow back para llegar con los patrocinadores cuando en realidad nadie les ponen atención. El problema es que en Youtube sí hay varios influencers que hacen las cosas bien y de forma honesta que pueden terminar pagando los platos rotos porque, a raíz de todos estos casos, el auditorio está comenzando a ver a los influencers con mayor escepticismo.

    El que sea muy sencillo comenzar a publicar videos en Youtube no implica que el aspirante a influencer deba ignorar que, al convertirse en líder de opinión, adquirirá una nueva responsabilidad. Sus palabras y su comportamiento tendrán un impacto cada vez mayor dentro de la sociedad y el que no esté siendo vigilado por una empresa que lo haya contratado no lo exime de ser riguroso. Varios no lo han tomado en cuenta y creen que cualquier cosa se vale con el fin de ganar más dinero y seguidores.

    Que la estructura de una plataforma como Youtube ayude a democratizar la «entrada al estrellato y al liderazgo de opinión» no implica que el rigor, la honestidad y la congruencia, que ya de por sí no siempre están presentes en los medios tradicionales, se puedan relajar. Las audiencias también pueden ser lapidarias como lo están siendo con Rawvana, quien seguramente no volverá nunca a tener la reputación de antes (no sin mencionar la afectación que le podrá traer esto en la carrera profesional) y mucho menos con una audiencia que suele ser muy exigente como la vegana.

    Parafraseando a Abraham Lincoln: se puede engañar a una parte de la audiencia todo el tiempo, o se puede engañar a toda la audiencia durante un tiempo, pero no se puede engañar a la audiencia todo el tiempo. Bastó un descuido para que la audiencia de Rawvana se diera cuenta que había sido timada, aún con las excusas de la Youtuber quien se comenzó a dar cuenta cómo la gente iba dejándola de seguir en su canal.

    La figura del influencer llegó para quedarse y se ha convertido en una oportunidad para gente que tiene mucho talento. También ha ayudado a descentralizar el poder de comunicar que antes se centraba en los medios que decidían a quien darle un espacio. Pero lo que hacen algunos puede terminar afectando a todos, y a la audiencia no le gusta nada que la timen.

  • #8M. Las mujeres se están empoderando

    #8M. Las mujeres se están empoderando

    #8M. Las mujeres se están empoderando

    Con toda la imperfección, las virtudes y los defectos que puedan traer los distintos movimientos feministas y relacionados detrás de sí, algunos moderados, otros radicales y de distintas ideologías (imperfecciones, virtudes y defectos que suelen ser constante en todas las luchas). usted, mi amigo, no podrá negar que estos últimos años las mujeres se han empoderado mucho, que han cobrado mayor relevancia como género como nunca antes y que ello representa uno de los cambios culturales más importantes de los últimos años. No solo votan y estudian, también escriben cada vez más libros y ocupan más puestos de poder.

    Tampoco podrá negar que ya no habrá un punto de retorno hacia el pasado al cual no lo puede justificar ni la nostalgia, no podrá negar que las sociedades de la información actuales son completamente incompatibles con la relación asimétrica entre géneros que solo pueden explicarse como reminiscencias de etapas de desarrollo de la especie que ya fueron superadas.

    Si usted es hombre como yo, no debería estar molesto ni asustado, en el entendido de que el ser humano es digno por solo el hecho de serlo no tiene elementos para argumentar que un género es superior a otro. Tampoco debería pensar que su masculinidad está en crisis ya que tan solo debería preocuparse por evitar esas conductas que minimizan, infantilizan o ridiculizan a las mujeres. Menos debe someterse para quedar bien, usted tiene derecho a disentir, pero sea crítico a la hora de detectar cuándo se trata de un disenso o cuestionamiento legítimo, y cuándo se trata de su reticencia a abandonar conductas que minimizan o denigran al género femenino.

    Más allá de arroparse con términos como «aliado» o «feminista» (y peor aún cuando se usan por conveniencia o para quedar bien) simplemente nos debería parecer inconcebible que entre los dos géneros, igualmente importantes en la preservación de la especie, no exista por completo todavía una relación simétrica donde los roles sean producto del común acuerdo de ambos.

    Tal vez no esté usted equivocado cuando dice que hay movimientos que llegan a caer en excesos o incongruencias (al igual que ocurrió con la emancipación de los negros o con los feminismos liberales de su tiempo), aunque también recuerde usted, estimado amigo, que nuestro género llegó a ser muy manchado con ellas, les dijimos que su rol debería ser tal o cual, que su rol estaba en la cocina, que debían obedecer «al hombre», roles que se justificaron bajo argumentos supuestamente naturalistas, pseudocientíficos, o como preservación de lo tradicional.

    Cierto que explicar el papel de histórico de los roles de género va mucho más allá de los relaciones de poder, no se limita a éstas y son producto de algo mucho más complejo que solo puede analizarse desde una perspectiva multidisciplinar. Pero lo cierto es que ellas están pidiendo su espacio y, por el simple hecho de ser seres humanos, tienen derecho a ello.

  • Percepción 1, realidad 0

    Percepción 1, realidad 0

    Hace unos días, Consulta Mitofsky publicó los resultados de un estudio de opinión sobre la popularidad que tiene López Obrador y la percepción que la gente tiene sobre sus políticas públicas. En resumen, contrario a lo que algunos eruditos piensan, López Obrador ha aumentado sus índices de popularidad.

    Pero me llamó la atención sobremanera el apartado sobre la percepción que la gente tiene de la seguridad del país, y creo que la interpretación de esta gráfica nos ayuda a interpretar casi todo lo demás, como por ejemplo ¿por qué AMLO es cada vez más popular?

    La percepción no siempre está correlacionada con la realidad porque el individuo muchas veces no conoce la realidad más allá de lo inmediato, de su realidad cercana y los medios de comunicación, porque tiene escepticismo de la estadística (sobre todo cuando viene de fuentes oficiales) y, sobre todo, porque las emociones y las sensaciones influyen mucho a la hora de hacer un juicio. Vaya, se les pregunta a las personas lo que percibe, no si hizo un minucioso estudio de las estadísticas. Tomemos el caso de la seguridad: Es común que una persona que fue asaltada en el último mes y que en la televisión vio noticias sobre asaltos y asesinatos, diga que la inseguridad se ha disparado aunque los datos duros indiquen que ha pasado lo contrario: digamos que esta persona tuvo mala suerte porque aunque ha habido menos asaltos, a ella le tocó la mala fortuna de ser víctima de uno y los noticieros que esta persona ve generalmente exhiben nota roja porque así esperan tener más audiencia.

    El caso de la gráfica que nos muestra Consulta Mitofsky muestra este mismo sesgo pero en el sentido inverso donde el porcentaje de la gente que percibe que México es más seguro es mucho mayor que en todos los 10 años en que la encuestadora ha lanzado esa pregunta. Es discutible si enero ha sido el mes más violento (como afirma un columnista en Animal Político donde, al parecer, hizo un mal desglose de la información proporcionada por la SESNSP al no excluir los homocidios accidentales de los demás homicidios). pero lo cierto es que, en el mejor de los casos, la tendencia se ha mostrado estable, lo cual muestra que ese cambio drástico en la percepción nada tiene que ver con la realidad.

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    ¿Y entonces por qué ese drástico cambio en la percepción se dio? Si un indicador se mueve es porque una variable dentro de la ecuación cambió.

    Y me atrevería a sugerir que este cambio podría explicarse por la figura y la retórica de López Obrador. ¿Por qué?

    Mi argumento es el siguiente: la mayoría de los mexicanos en este momento evalúa de forma positiva la gestión de López Obrador porque tiene esperanza en su figura, su amplia popularidad creciente lo deja ver latente. Posiblemente la gente está tomando con agrado que se esté «gobernando de una forma diferente», que en poco tiempo le esté «pegando al avispero» y esté cambiando la forma de hacer las cosas. Muchos de los especialistas y la oposición han sido muy críticos sobre las formas y los métodos, pero el alcance que tienen en el contexto actual es limitado. Incluso toman eso como algo positivo, «si los perros están ladrando, es señal de que se está avanzando», podrían pensar. AMLO dirige la agenda, los medios bailan a su ritmo, sus seguidores la propagan y la defienden en las redes sociales.

    Y como la gente está percibiendo que este gobierno «está haciendo algo», entonces en automático piensa que la seguridad está mejorando porque cuando una narrativa de cambio y rompimiento de un status quo deficiente está siendo implementada dentro del colectivo, se piensa que todo tiende a mejorar. Como en un lapso de tres meses solo una pequeña proporción de la población es asaltada y como hasta ahora no se ha suscitado algún escándalo fuerte relacionado con la seguridad, no hay algo que ponga en tela de juicio su argumento. Lo mismo explica por qué el desabasto de gasolina no redujo la popularidad de López Obrador en lo absoluto: muchos de los que aprueban su gestión tal vez se sintieron incomodados, pero al mismo tiempo llegaron a la conclusión es que es muestra de que «por fin se está haciendo algo». No es poco común que cuando un gobierno implementa cambios de fondo, suela generar incomodidades en el corto plazo (aunque podemos cuestionar si este es el caso).

    El gobierno de López Obrador ha tomado como base lo simbólico. Es la forma en que aspira a mantener legitimidad mientras llegan los resultados (los cuales tardan más). Vender el avión presidencial, abrir Los Pinos o quitarles las pensiones a los ex presidentes tiene un efecto casi nulo dentro de las finanzas o dentro del combate a la corrupción, pero ayudan mucho a fortalecer la narrativa que López Obrador ha estado propagando.

    El problema es que la fortalece tanto que la gente piensa que los indicadores sobre aquello que «sí importa» están mejorando cuando no hay evidencia empírica alguna de ello. Y ello es un problema porque la gente no está haciendo un juicio sobre los hechos, sino con base en una percepción muy sugestiva que ha sido, de alguna forma, alterada con la ayuda de la misma propaganda lopezobradorista, para que la gente crea que AMLO está gobernando muy bien y está transformando el país cuando en realidad su gobierno lleva solamente tres meses.

    ¿Hasta qué punto podrá el símbolo alterar la percepción de la gente? Difícilmente lo sabremos. Habrá que ver hasta que grado los hechos que contradigan a lo simbólico son suficientes para convencer a la gente de la cruda realidad, si bastarán datos duros o tenga que percibir una afectación en la vida cotidiana. Habrá que ver si en el mediano plazo, el gobierno de López Obrador comienza a mostrar resultados positivos con lo cual el símbolo se vuelve innecesario.

    Pero lo cierto es que juzgar el mandato de un gobierno con base en lo simbólico puede llegar a ser peligroso. Imaginemos que López Obrador logra extender la fuerza de lo simbólico unos tres años aunque los resultados de su gestión no sean en realidad nada buenos, lo cual hace que la gente le vuelva a dar un voto de confianza en las cámaras porque «percibe» que este gobierno está haciendo las cosas bien. Imaginemos que la gente cuestiona a quienes evidencian los errores del gobierno bajo el pretexto de que son supuestamente parte de las élites que quieren que las cosas no cambien (por eso es que la polarización suele ser una buen arma política). Imaginemos que AMLO insista en estigmatizar a la prensa, a la oposición. No sería el primero en hacerlo, pero dada la popularidad que tiene López Obrador así como su fuerte y feroz narrativa, el efecto será mucho más grande que al que habría podido aspirar cualquier otro presidente.

    A la hora de hacer juicios políticos, la gente es menos racional de lo que se piensa, ya que sus posturas no son necesariamente producto de una concienzuda deliberación, es a veces más producto de la forma en que percibe el mundo y, en muchas ocasiones, las personas se expresan a través de ésta. Los políticos lo saben, López Obrador lo sabe, y sabe sacarle partido.