Categoría: sociedad

  • Quiúbole con la Ley de Amnistía Federal

    Quiúbole con la Ley de Amnistía Federal

    Quiúbole con la Ley de Amnistía Federal

    El mismo día en que Hidalgo liberó a presos de la cárcel de la congregación de Dolores, el gobierno anuncia la Ley de Amnistía enfocada en la justicia social que se enfoca en tres grupos: mujeres, indígenas y jóvenes, dado que se considera que estos sectores viven o están en condiciones de desigualdad. Esto se da en un contexto en el cual los niveles de inseguridad se han disparado en el país.

    Como se asume que el sistema penal es injusto y no es equitativo (lo cual no es falso), el gobierno busca que quienes se encuentren en desventaja se beneficien de dicha amnistía. En estas categorizaciones entran:

    1. Mujeres encarceladas por abortar.
    2. Personas en situación de pobreza encarceladas por delitos contra la salud por indicación de un tercero (pareja, pariente o delincuencia organizada).
    3. Consumidores de drogas que hayan poseído hasta dos veces la dosis máxima de consumo personal.
    4. Personas que pertenezcan a comunidades indígenas y no contaran con un intérprete o defensor con conocimiento de su lengua y cultura.
    5. Robo simple sin violencia con pena máxima de cuatro años.
    6. Delito de sedición o formar parte de grupos de incitaran a la comisión de otros delitos motivados por ideas políticas para alterar la vía institucional. Se excluyen los actos de terrorismo, secuestro, homicidio o lesiones graves.

    En lo particular veo algunos problemas con esta ley y los describo:

    No sé cuál sea la intención del punto 1, o si tenga un fin más bien retórico, en tanto que a nivel federal no existe una sola mujer procesada por abortar.

    En el punto 2 ¿cómo podemos determinar y demostrar que una persona fue coercionada por un tercero? El problema es que en muchos casos no se podrá probar porque no hay declaración o no hay prueba alguna de que ello haya ocurrido, lo que quiere decir que, a menos que solo se liberen a aquellas personas que puedan probar que fueron coercionadas (que será un porcentaje ínfimo), se correría el riesgo de liberar a personas que delinquieron voluntariamente.

    El punto 5 es el que me parece más preocupante. Aunque se trate de robo simple y sin violencia, se trata, efectivamente, de personas que voluntariamente cometieron un delito. El mensaje que se envía con esto es cuestionable. Si se anuncia que quienes han sido procesados por delitos simples y pequeños serán liberados, ¿cómo podrían tomarlo aquellas personas con el potencial de delinquir o que asuman que pueden apelar a su condición socioeconómica para reducir la pena y así bajar las barreras para cometer este tipo de actos delictivos?

    Es cierto que en México la justicia no es equitativa. Una persona pobre tiene mayor posibilidad de ser detenido que una que no lo es. No es un secreto que los policías, para cumplir sus cuotas, acuden a barrios populares o en situación de pobreza para detener de forma arbitraria a personas que están tomando alcohol en la calle o están consumiendo estupefacientes. Dicho esto, debería reformarse todo el sistema penal y de justicia de tal forma que todas las personas sean, en la práctica, juzgadas sin distingo de clase o condición socioeconómica y que nadie tenga privilegios sobre otros ante la ley.

    Pero hablar de una aplicación asimétrica de la justicia no implica de ninguna forma que vivir en condición de pobreza per sé sea un atenuante a la hora de ser juzgado en tanto no se demuestre en los casos individuales que su condición de pobreza haya sido un factor a la hora de recibir la condena, ya que ello contraviene lo mismo que desea procurarse: unas leyes que apliquen igual para todos. La pobreza o un tejido social roto deben ser considerados a la hora de combatir la delincuencia para inhibirla, pero no deben de ser variables una vez que el individuo ya ha cometido un crimen.

    Tampoco se puede asumir que los pobres son más buenos por ser pobres y, desde esa posición, pretender establecer criterios de justicia. Los delitos deben de ser juzgados de igual forma para todos y se debe evitar que los pobres se encuentren en desventaja frente a la justicia, no promover lo opuesto (que tengan más beneficios o consideraciones).

    Me parece que, más que tener un fin práctico, esta Ley de Amnistía tiene un fin retórico que busca abonar al discurso y a los simbolismos de este gobierno. Si se quiere acabar con la inequidad con respecto a la ley (lo cual es imperativo) entonces debería proponerse una ambiciosa reforma (lo cual no es tan complicado en tanto que MORENA gobierna como mayoría), pero una amnistía, además de ser mucho más fácil de instrumentar, abonaría más al discurso de combate a la desigualdad que a su combate en sí.

    El problema, además, es que la amnistía no soluciona ningún problema de fondo. Pretenden amnistiar a quienes consideras fueron procesados producto de un sistema inequitativo (cuya realización en la práctica queda en duda por lo ya antes mencionado), pero no soluciona el problema de raíz ya que ese sistema no ha cambiado. En tanto no haya reformas, el sistema seguirá replicando aquello que se quiso subsanar mediante la amnistía.

  • México, no te canses de gritar

    México, no te canses de gritar

    México, no te canses de gritar

    No es poco común que se diga que el 15 de septiembre «no hay nada que festejar». Llevamos varios años diciéndolo y parece que se ha convertido en un mantra.

    Sin embargo, festejamos.

    Ya sea por el desmadre, ya sea porque al final uno quiere recordar al país en el que vive; pero, a pesar de los dichos, no es como que la tradición del Grito de Independencia esté en una profunda decadencia. De hecho, en vez de negarlos, se hace uso de los mismos símbolos para criticar a un gobierno a una régimen. El individuo no va al Zócalo o a la plaza principal porque el presidente, gobernador o alcalde en turno no lo representa, pero ello no significa que no celebre. Es un castigo al régimen, no al orgullo mexicano.

    Pero ahí estarán los restaurantes y bares anunciando promociones para llenar sus establecimientos adornados con banderas tricolores y hacer un buen negocio. Otros saldrán de vacaciones aprovechando el puente y celebrarán ahí en su destino turístico, porque la noche del 15 de septiembre no es cualquier noche.

    Algunos otros, sin renegar del grito, dicen que México tiene pocas cosas para celebrar, y tal vez no estén equivocados. Nuestro país no es una nación llena de triunfos o momentos gloriosos (celebramos batallas ganadas que fueron parte de guerras perdidas), e incluso parte de nuestro ideario consiste en relatos victimizantes desde los cuales el mexicano no puede perdonar a los españoles por la conquista, o como aquellas agresiones estadounidenses que son contrastadas con hechos meramente simbólicos como ese momento en que Juan Escutia se habría arrojado por la bandera.

    Pero al fin y al cabo nuestra nación tiene que tener una identidad, un relato que cohesione a nuestro país y que no lo condene a ser una mera formalidad ni reduzca la ciudadanía a un mero contrario obligatorio. Todas las naciones promueven relatos llenos de mitos y símbolos a través de la historia y la educación pública (y privada en muchas ocasiones) de tal forma que el individuo se identifique con el país que lo vio nacer. Ahí está Estados Unidos y sus Padres Fundadores, Francia y su Revolución. Dichos eventos, evidentemente edulcorados a propósito con el paso del tiempo, le dan a las naciones un rasgo ùnico que las identifican de las demás. Pero también recurren a otras cuestiones como tradiciones típicas, platillos de comida, bebidas, arte o música que están muy relacionadas con la nación en cuestión y que los hace únicos fuera de sus fronteras.

    En estos tiempos posmodernos se muestra una tendencia a cuestionar y deconstruir dichos símbolos y significados (lo cual se vuelve evidente no solo en México en casi cualquier nación occidental). Se nos insiste que la historia que nos contaron no fue la que realmente aconteció, nos humanizan a los héroes despojándolos de su aura mitológico para mostrarlos tal cual individuos de carne y hueso, tan falibles e imperfectos como nosotros a través de los cuales intentan analizar la historia desde distintas perspectivas y con fines distintos a la procuración de un orgullo nacional.

    Pero tampoco es como que esa deconstrucción de los símbolos y los mitos ponga en jaque a la identidad nacional. Es como un: sí, sabemos que la historia no fue como nos lo contaron, pero de todos modos hay que celebrarlo porque somos mexicanos. Entonces entendemos lo simbólico como un relato, que no necesariamente es una fiel recreación de la realidad, pero con todo ese reconocimiento le damos su valor porque es algo muy nuestro, porque son nuestros símbolos (más allá de que no los tomemos en sentido literal).

    Podemos cuestionar muchas cosas sobre el Grito, sobre si Hidalgo realmente buscaba la independencia, sobre quiénes merecerían más crédito por los anales de la historia; pero al final respetamos a dichos personajes mitológicos, son muy nuestros, son muy mexicanos.

    Nuestro país podrá ser imperfecto, podrá no ser una de las grandes naciones del concierto mundial y no necesariamente presume las mejores métricas de desarrollo. Pero a pesar de lo dicho hay una identidad, un amor por la tierra, por lo mexicano. Y muy posiblemente no haya indignación con el estado de las cosas que haga que el mexicano se desprenda por completo de sus símbolos, de lo que lo hace sentir único, de ese patriotismo (que no debe confundirse con aquel nacionalismo dogmático y xenófobo), de ese sentimiento de pertenencia, de esos colores de los que sabe forma parte, a pesar de todo.

    Por ello, siempre habrá un 15 de septiembre para gritar ¡Viva México!

  • Coaching de vida… o muerte

    Coaching de vida… o muerte

    El profesional de hoy ya no es un engranaje de una maquinaria que lo explota, ya no es ese homo laborans al que refería Hannah Arendt.

    El profesional contemporáneo, por el contrario, se siente más libre porque puede construir su carrera profesional a su medida; lo cual, en teoría, la da significado a lo que hace. El profesional de hoy no hace trabajos repetitivos (de los cuales ya se están comenzando a hacer cargo los robots) sino que utiliza su mente para crear sistemas, su creatividad para aportar soluciones o su capacidad para comunicarse con otras personas.

    El problema ahora no es la falta de libertad, sino la imperativa necesidad del éxito. El profesional ya no es explotado, más bien se explota a sí mismo por miedo al fracaso, a la pérdida o por miedo a no cumplir las expectativas sociales, preocupación que le puede generar frustración e incluso cuadros de ansiedad o depresión. El profesional ya no es obligado a trabajar más de 14 horas diarias como ocurría en el siglo XIX, más bien se obliga a ello.

    Ello ha creado un mercado potencial explotado por los llamados «coaches de vida» quienes, a diferencia de un terapeuta, se enfocan, dicen, en desarrollar las potencialidades que lleve al individuo al éxito. Atienden eso que tanto le preocupa al profesional contemporáneo: su imperativo deseo de éxito y el miedo al fracaso. Le ayudarán a salir de su zona de confort, a tener una actitud positiva y a elaborar un plan que los lleve a la cima.

    Pero resulta que la mayoría de estos coaches (hay excepciones, claro), a diferencia de los psicólogos que necesitan amplios estudios y una cédula (aún así hay varios que son malos), pueden serlo con solo con tomar un curso que durará 160 horas (mientras que un año de estudios universitarios puede rondar entre las 1,000 y 2,000 horas efectivas de clase), leer algunos libros de coaching, aprender PNL básico y recibir (comprar) su certificado.

    Gracias a las bajas barreras de entrada para convertirte un coach como de esos que abundan, no pocas personas, ante la necesidad de generar ingresos o de mantener su status más que por una real vocación, se convierten en coaches de vida. No necesitas pagar una carrera universitaria, no necesitas ser un profesional de la mente en sentido estricto. Tan solo requieres algunos conocimientos básicos, alguna experiencia por aquí y alguna mentoría por acá para convertirte en un coach en cuestión de unos pocos meses. En tanto existan personas capaces de recurrir a lo que sea, en tanto exista mercado, se convierte en una opción rentable para algunos.

    Así, con esas barreras de entrada tan bajas, lo que debería ser una vocación sustentada por una amplia preparación se convierte en un mero negocio de dudosa calidad, como si se tratara de entrar en una empresa multinivel o uno de esos tantos negocios donde no requieres mayores habilidades o conocimientos, pero que prometen dinero y reconocimiento.

    Por eso es que hoy todo el mundo puede ser coach, por eso cualquier persona abre su cuenta de Facebook o Instagram para anunciar sus conferencias, para postear frases de Einstein o Alva Edison y decirte que tengas una actitud positiva. Basta tomar uno de esos cursos express y recibir un certificado que te permitirá ser uno de esos tantos coaches, aunque la calidad del servicio ofrecida al cliente sea muy inferior al que podría esperarse de un profesional o un experto de la mente.

    Paradójicamente, son los mismos individuos ansiosos por el éxito y temerosos del fracaso los que se convierten en coaches de otros individuos ansiosos por el éxito y temerosos del fracaso. El paciente se convierte en el médico que lo es porque busca precisamente acabar con el mismo padecimiento que aflige a sus propios pacientes.

  • De terraplanistas y gallinas violadas. ¿Por qué? ¿Por qué?

    De terraplanistas y gallinas violadas. ¿Por qué? ¿Por qué?

    De terraplanistas y gallinas violadas. ¿Por qué? ¿Por qué?

    En estos últimos días comenzaron a circular unos videos donde unas activistas españolas, animalistas radicales y feministas, se expresaron en contra de lo que consideran una violación sexual de los gallos hacia las gallinas.

    La mayoría vio estos videos como algo cómico y «fuera de toda comprensión». Lo que es cierto es que este activismo tiene una incongruencia muy fuerte: los animalistas radicales rehuyen a cualquier tipo de antropocentrismo porque quieren acabar con cualquier opresión del hombre sobre el animal y así liberarlos del yugo de nuestra especie. Pero, al decir que un gallo está violando a una gallina, se está humanizando al animal. Es decir, juzgan la conducta de los animales con base en atributos humanos, lo cual, además de ser un error per sé, implica necesariamente un juicio realizada desde una perspectiva antropocéntrica (es decir, que asumen tácitamente la superioridad del ser humano sobre del animal). Dado que un gallo actúa por mero instinto (del cual no puede escapar), y dicho instinto tiene fines meramente reproductivos y de supervivencia, no se puede decir que esté violando a una gallina. Por el contrario, reprender ese acto instintivo tan solo evitaría que los gallos y las gallinas se reprodujeran o que para ello requirieran de intervención humana directa.

    Si bien, en este espacio no podemos estar más a favor de tratar a las demás especies con el mayor respeto posible, lo cierto es que este tipo de activismo radical cae en un dogmatismo que raya en lo ridículo, que es contraproducente y, peor aún, que es fácilmente falseable. ¿Por qué entonces siguen creyendo en ello y por qué defienden sus tesis con tanta pasión y ahínco?

    Si nos vamos todavía más al extremo nos encontramos a los terraplanistas quienes, a diferencia de los animalistas radicales (que de ellos al menos se puede decir que parten de la noble idea de reducir el sufrimiento a los animales), sostienen un argumento es falso por completo, de principio a fin. Parten de una idea falaz: que la tierra es plana. Y al ser una idea falaz, por los argumentos que la sostienen serán por lo tanto falsos por sí mismos o, en el mejor de los casos, sacados de contexto.

    Pero si su argumento es fácilmente desmontable: ¿por qué los terraplanistas siguen siendo terraplanistas, al igual que los animalistas radicales que son incapaces de ser críticos con sus propias argumentaciones?

    La respuesta es sencilla: el asunto central no es la creencia en sí (que si la tierra es plana o que si los gallos violan gallinas) sino los beneficios que ellos obtienen al defender esas tesis. El creer en estas tesis les confiere un sentimiento de superioridad: «yo, creyente en la tierra plana, sé algo que las mayorías ignoran». El terraplanista siente que es privilegiado, el hecho de creer que la tierra es plana le hace sentirse superior a las «masas ignorantes que se dejan llevar por lo que les dicta el status quo«.

    Por supuesto que ellos creen en todo eso, pero si solo se tratara de creer en algo porque se cree que es cierto, una persona mínimamente racional entendería que su tesis es falsa y por lo tanto dejaría de defenderla. Pero sabemos que lo que ocurre es más bien lo contrario: intentan rebatir cualquier crítica (aunque el argumento con el que se rebata sea aún más absurdo) e incluso pueden terminar haciendo juicios de valor sobre los escépticos.

    Y no solo se trata de ese sentimiento de superioridad, sino de un sentimiento de pertenencia, lo cual explica que los terraplanistas o los animalistas radicales formen colectivos, lleven a cabo conferencias (a veces internacionales) y convivan entre ellos.

    El terraplanista así siente que su vida tiene un valor o significado en el hecho de sentirse privilegiado por saber algo que, él dice, los demás desconocen o quieren ignorar, además de que le sirve para alimentar su sentimiento de pertenencia. En resumen, el terraplanista o el animalista radical cree en lo que cree, porque el hecho de creer en ello les sirve como una contención psicológica que les permite mantener cierto equilibrio en la psique. No es algo muy distinto de lo que pasa dentro de las sectas o las religiones fundamentalistas.

    El terraplanista no va a ceder en su argumentación, porque si lo hiciera, perdería toda esa contención psicológica que ha generado gracias a su adherencia al terraplanismo. Ciertamente, algunos están más involucrados con otros y el precio a pagar por parte de unos podrá ser mayor al de los otros (los primeros evidentemente más fanatizados), pero, en general, no estarán muy dispuestos a debatir si sienten que su tesis pueda quedar lo suficientemente comprometida.

    Algunos argumentan que el terraplanismo y estos movimientos radicales (como el animalismo radical o el movimiento antivacunas) son producto de la posmodernidad y de la posverdad. Si bien, no es una respuesta completamente falsa, apenas aspira a ser parcial (y corre el riesgo de asumir que en el pasado nuestras sociedades eran más racionales, lo cual es falso). Considero también que estos movimientos existen, se difunden y su mensaje se amplifica gracias a Internet. Si en el pasado no escuchábamos tanto de este tipo de movimientos era en gran medida porque tenían menos medios para crearse, propagarse y difundirse.

    Es nuestra responsabilidad (y todavía más de los expertos y líderes de opinión quienes tienen la capacidad de generar un impacto mayor) de desmontar este tipo de movimientos para evitar que sigan creciendo ya que, al servir como una forma de contención psicológica en un mundo donde no son pocas las personas que se sienten solas y que necesitan significado alguno a su vida, la capacidad para atraer adherentes no es precisamente pequeña.

    Este tipo de movimientos son incluso peligrosos, como lo ha demostrado ser el movimiento antivacunas; porque al partir de una tesis errónea, pueden llegar a poner en riesgo la vida de muchas personas, además de poner en jaque a los mismos avances científicos que han permitido el bienestar de más seres humanos. No solo ello, también corren el riesgo de diluir las críticas que puedan ser válidas al confundirse con estas teorías de la conspiración (por ejemplo, que yo haga una crítica válida sobre las empresas farmacéuticas).

    Sí, en pleno siglo XXI mucha gente sigue creyendo en cuestiones que son ilógicas y absolutamente falseables, y posiblemente siga ocurriendo dado que el ser humano es imperfecto. Pero sí estamos obligados a evitar que este tipo de tesis nos terminen creando un perjuicio irreparable.

  • De universidades, ideologías y libertad de cátedra

    De universidades, ideologías y libertad de cátedra

    Es complicado que una universidad no muestre cierta tendencia ideológica. Mantener un equilibrio absoluto en este sentido es muy difícil. Hay quienes insisten en la promoción de libertad de cátedra para llegar a ese equilibrio absoluto donde todas las voces tengan igual peso. Sin embargo, en la práctica se requeriría lo contrario: restringir la libertad de cátedra de tal forma que pueda lograrse una igualdad de proporciones en cuanto a ideologías políticas por medio de cuotas.

    Pero la libertad de cátedra sí garantiza algo y por ello es que es indispensable en una universidad pública: y es que, asumiendo que en una institución universitaria haya una inclinación, se garantiza cierta pluralidad de tal forma que el alumnado acceda a corrientes distintas a la dominante.

    Las universidades públicas suelen tener cierta tendencia a la izquierda. De hecho, cualquier universidad que insista en fomentar el espíritu crítico tendrá, de alguna u otra manera, alguna inclinación a la izquierda ya que la izquierda suele cuestionar el status quo mientras que en una «universidad de derechas» como la UP o la Universidad Anáhuac tenderán a promover una serie de valores preestablecidos que requieren que el alumno entienda y no cuestione. Por eso, generalmente las universidades de Estados Unidos y los países europeos suelen mostrar cierta inclinación a la izquierda o al progresismo, sobre todo en las humanidades (aunque no es falso que en los últimos años algunas de ellas se hayan inclinado en exceso con los inconvenientes que mencionaré en el siguiente párrafo).

    Las universidades, sin embargo, tampoco deben estar demasiado cargadas a la izquierda si no quieren perder el espíritu crítico. Para desarrollarlo es indispensable exponerse ante distintas corrientes de pensamiento. Cuando una institución se carga mucho a la izquierda, termina por emular una conducta análoga a las universidades de derecha que tanto dicen aborrecer, ya que se vuelve sectaria y dogmática.

    Una universidad pública, más que ninguna otra, debe fomentar el espíritu crítico y aceptar una pluralidad de opiniones (más allá de su natural inclinación) por el simple hecho de que es pública. Como es una universidad pública que financian los ciudadanos con sus impuestos entonces debería poder representar, de una u otra forma, a todos. Una universidad privada no está obligada a ello por el hecho de que es privada y por el hecho de que no aspira a representar a toda la ciudadanía (ni mucho menos está obligada), sino solo a un sector que comulgue con sus ideas. Así, vemos universidades conservadoras como la UP o el Anahuac, universidades más «tecnocráticas» como el ITAM o el ITESM, u otras más liberales y progresistas como la IBERO (ITESO).

    Lo que aconteció en la UNAM, donde los alumnos tomaron la Facultad de Ciencias Políticas porque no estaban de acuerdo con que Ricardo Anaya diera clases en un diplomado, debe de ser reprobable porque atenta contra la libertad de cátedra que se debe esperar de una universidad pública.

    Incluso la carta que presentaron muestra no un contenido propio de un alumnado con espíritu crítico sino uno dogmático gracias al cual pueden recibir ideas falaces y aceptarlas sin cuestionarlas:

    Primero: dicen que Ricardo Anaya es de ultraderecha. Esta afirmación no se sigue ni en lo económico ni en lo social. Cuando mucho, Ricardo Anaya puede catalogarse como un político de centro-derecha. No es eminentemente «neoliberal» en lo económico, dado los orígenes filosóficos de su partido (que vimos puestos en la práctica en el gobierno de Felipe Calderón): su concepto (de origen católico) de subsidiariedad que siempre ha acompañado a su partido requiere de cierta participación del Estado en la economía, y lo cual se palpó en la candidatura de Anaya con la propuesta del Ingreso Básico Universal. No es gratuito que en los sexenios «neoliberales» del PAN se haya reducido la desigualdad y se haya expandido, de una u otra forma, el Estado de bienestar (con el Seguro Popular, por ejemplo). Ricardo Anaya tampoco me parece que sea una persona muy conservadora en lo social, a diferencia de algunos miembros de su partido.

    Segundo: hablan de una «ultraderecha neoliberal fascista militarista y asesina». Con excepción de alguna corriente minoritaria dentro de ese partido (como el Yunque, que tampoco alcanza a ser fascista ni mucho menos asesina), la mayor parte del PAN, y sobre todo la encarnada por Ricardo Anaya, es más cercana al centro político. Dan por sentado que el neoliberalismo (un término demasiado ambiguo que suele utilizarse de forma peyotativa) implica el militarismo y el fascismo, lo cual es absolutamente falso. Intuyen que están relacionados porque en el Chile de Pinochet se implementaron políticas liberales auspiciadas por Estados Unidos, pero esa es casi una excepción a la regla. Países que suelen poner de ejemplo en sus argumentos como México y Colombia han hecho uso de la milicia por razones ajenas al sistema económico (el narcotráfico). De la misma forma, hemos visto regímenes de izquierda con una fuerte participación de la milicia como el de Chávez y Maduro.

    En resumen, podemos ver cómo estos estudiantes no aspiran al uso del espíritu crítico y mucho menos a la libertad de cátedra, sino que aspiran al adoctrinamiento y al dogmatismo mediante el uso de ideas que, como no son cuestionadas ni por ellos mismos, no son rebatidas y caen en el absurdo. Así, la facultad corre el riesgo de perder su universalidad y que puedan ayudar a formar mejores alumnos para que, en cambio, produzcan meros peones ideológicos sin capacidad de cuestionar y cuestionarse.

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  • Conflicto entre generaciones

    Conflicto entre generaciones

    Conflicto entre generaciones

    ¿Por qué entre las generaciones no nos entendemos? ¿Por qué señalamos a unos como arcaicos o retrógradas y a otros les acusamos la incapacidad de seguir los roles que esperábamos que siguieran?

    Partamos desde el principio: los seres humanos construimos nuestra percepción del mundo de forma subjetiva con base en nuestra educación y nuestra experiencia: con lo que recibimos de los medios, de las corrientes filosóficas vigentes y dominantes. Es esa construcción la que nos separa del hombre primitivo en estado de naturaleza. Es esa construcción paradigmática que, con todos sus defectos, nos permite vivir en una sociedad siguiendo reglas y apegándonos a un sistema de valores.

    La sociedad y la cultura, tal y como se nos manifiestan, moldean esa percepción de la realidad que tenemos. Es a partir de esa construcción paradigmática desde donde hacemos juicios y desde donde construimos nuestros anhelos.

    Es cierto, no todos construimos la realidad de la misma forma ni necesariamente nos exponemos a la misma información o sistema de valores (basta ver las distintas ideologías y formas de pensar que coexisten en nuestro mundo). Pero es claro que, por encima de esta multiplicidad, hay un relato más dominante, de tal forma que podemos distinguir las diferencias entre los paradigmas de nuestra generación y las generaciones pasadas. Incluso uno se puede percatar de que, en una sociedad tan globalizada y occidentalizada como la nuestra, existen algunas reminiscencias o patrones de ese paradigma (propio del sistema occidental) en sociedades no occidentales.

    Como la cultura y la sociedad no son cosas rígidas sino que van mutando de forma progresiva a través del tiempo, una persona joven y una persona mayor no construyen su realidad a partir de la misma sociedad y cultura, sino desde una relativamente distinta, lo que quiere decir que no perciben la realidad exactamente de la misma manera, y lo cual es el origen del conflicto generacional.

    Todos estos términos como «baby boomers«, «generación x» o «millennials» son básicamente formas de categorizar a la sociedad con respecto al paradigma de su tiempo. Tal vez sean un tanto arbitrarios, pero su mera existencia y uso explica que tenemos la capacidad de distinguir que los seres humanos crecemos bajo ciertos paradigmas típicos de nuestro tiempo.

    Los jóvenes y los mayores caemos en el error de juzgarnos como asumiendo que todos operamos bajo el mismo paradigma, lo cual nos lleva a la contundente resolución de que el otro está mal y no comprendemos «cómo es que no entiende y agarra la onda», y como dice el Abuelo Simpson, si no entendemos esto, al crecer nos vamos a ubicar en el mismo dilema que los grandes a los que cuestionamos y nuestros hijos serán los jóvenes que nos cuestionarán.

    Ciertamente, ambos paradigmas (el de los mayores y el de los jóvenes) no son completamente diferentes. No se trata de un rompimiento, sino que una es una derivación de la otra y la última no se termina de explicar sin la anterior (prueba de que no existe ese rompimiento por completo es la transmisión de valores de la gente mayor a la gente joven). Un paradigma es una acumulación histórica de conocimiento, de significantes, de conceptos, de valores que se someten al avance del tiempo, cuya mayoría permanecen pero algunos otros cambian.

    Pero, aunque uno sea casi en todos los casos una derivación del otro, los paradigmas no serán lo suficientemente iguales como para que ambas generaciones puedan entenderse sin necesidad de comprender que no perciben la realidad de forma idéntica.

    Y en una posmodernidad tan cambiante como la nuestra, donde el continuo cuestionamiento de los propios paradigmas se suma al vigoroso avance de las tecnologías que han modificado de manera abrupta los canales de comunicación y, por ende, la forma en que se transmite la información y los valores, hace que este contínuo y progresivo cambiar del paradigma sea más veloz y más agitado, con lo cual es muy posible que una generación se sienta aún más alienada con respecto de la otra.

    Dicho esto, la única forma en que el joven y el mayor podrán entenderse es a partir de la empatía, de ponerse en el lugar del otro, de tratar, en la medida de lo posible, de entender el paradigma del otro y simular que están percibiendo la realidad a partir de éste.

  • ¿On ta el gen gay?

    ¿On ta el gen gay?

    ¿On ta el gen gay?

    La homosexualidad es una orientación que nos ha acompañado a lo largo de la historia de nuestra especie humana. En muchos de los casos ésta ha sido prohibida, restringida o estigmatizada. Inclusive, en varios de los países menos desarrollados del mundo sigue siendo un delito. Pero lo cierto es que siempre ha estado ahí.

    La homosexualidad entonces es una constante. La variable más bien ha sido la actitud que la sociedad toma hacia quienes son homosexuales. Dicha variable ha ido cambiando en los últimos años al lograr, de forma progresiva, una mayor inclusión hacia ellos dentro de la sociedad.

    Hace apenas unos días apareció un interesante y revelador estudio que tumbaba la teoría de que existía un gen gay (como algunos sugerían) y que más bien refuerza lo que se venía diciendo: que la homosexualidad es producto de una combinación genética (en la que no participa un gen, sino variantes genéticas, como ocurre con la altura y otros rasgos) así como factores ambientales y culturales, lo cual lo convierte en un tema muy complicado: No es exclusivamente genético, pero no es algo exclusivamente cultural o social como para sugerir que se trata de una «desviación» meramente provocada por factores sociales que pueda «curarse con terapias de conversión sexual». El estudio es importante sobre todo porque es el primero que toma una muestra lo significativamente grande (utilizaron datos de 470,000 voluntarios).

    Espero que la ciencia pueda usarse para educar a la gente un poco más acerca de lo natural y normal que es el comportamiento homosexual.

    Benjamin Neale, genetista del Instituto Broad del Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Universidad de Harvard (The New York Times)

    Algunos ultraconservadores (agrego el término «ultra» ya que hay conservadores con posturas mucho más sensatas y no quiero que se caiga en la generalización), como temieron algunos de los genetistas involucrados en el estudio, tergiversaron los hallazgos que este estudio arrojó, o de plano solo leyeron los encabezados para sugerir que todos los seres humanos son heterosexuales y que de ahí se siga que la homosexualidad es una enfermedad.

    Un ejemplo es esta imagen colgado por ConFamilia en sus redes sociales. Ellos dicen que la ciencia dice que «nadie nace gay». Pero el estudio no afirma eso, más bien afirma que «la homosexualidad no se explica por un único gen, sino por diversas variantes genéticas en conjunto con el ambiente y diversos factores sociales».

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    Pero los resultados que arroja el estudio no abona a su causa, sino todo lo contrario:

    Los ultraconservadores insisten que la homosexualidad es una enfermedad no por el hecho de que sea una enfermedad en sí, sino porque temen que la homosexualidad trastoque el orden social como ellos lo conciben o creen que deben de ser. Pero entonces si lo que les preocupa es que sea una enfermedad, ¿por qué insisten mucho más en ella que en cualquier otra enfermedad? La respuesta es muy simple: al categorizar a la homosexualidad como enfermedad entonces tienen un argumento para combatirla y arrinconarla. Al categorizarla como enfermedad pueden señalar la homosexualidad como una anomalía o una desviación que es imperativo curar.

    Como lo que a los ultraconservadores les motiva no es el hecho de que sea una enfermedad, sino el temor a que se trastoque el orden social, si encontraran un argumento para combatir la homosexualidad que no tenga que ver con la enfermedad, entonces lo utilizarían. Algo así podría haber pasado si se hubiera descubierto que la homosexualidad estuviera determinada por un «gen gay» ya que pudieran sugerir entonces combatir la homosexualidad a partir de la genética y habrían argumentado que se trata de una anomalía genética, como ocurre con el Síndrome de Down.

    Pero al encontrar que no es una sino diversas variables las causas de la orientación sexual y que se trata de algo sumamente complejo, entonces se encontrarán con que es muy difícil combatirla y erradicarla. Si algo es producto de diversas variables genéticas, del ambiente y de la cultura (donde entra también el hecho de que en una sociedad más tolerante con los homosexuales más personas respondan de forma positiva a las preguntas) ¿entonces por dónde pueden empezar?

    De hecho ¿bajo qué argumentos pueden sostener que la homosexualidad es una enfermedad? ¿Por el hecho de que estuvo categorizada como trastorno en el DSM donde fue catalogada como tal de forma muy arbitraria y que tuvo que ser eliminada por presión de muchos colectivos, una batalla que amenazaría con revelar la naturaleza espuria de su taxonomía? Además, las enfermedades que conocemos y categorizamos como tal pueden o no tener factores genéticos inmiscuidos y coincidimos que es una enfermedad por la afectación que ésta trae en nuestro cuerpo y nuestra psique. Entonces ¿Por qué entonces si la homosexualidad es una enfermedad como dicen, la gran mayoría de los «afectados» no están urgidos en curarse como ocurre con cualquier enfermedad? En este sentido, para los ultraconservadores lo que revela el estudio no les debería dar siquiera argumentos para sostener que la homosexualidad se trata de una enfermedad. Ellos pretenden sostener esta correlación, pero son los mismos científicos que ejecutaron el estudio los que alertan de que no se tergiversen los hallazgos para este fin.

    Evidentemente, conforme más se avance en el terreno de la ciencia, más se sabrá por qué hay personas que tienen una diferente orientación sexual. El conocimiento que tenemos todavía es limitado para entender cómo es que las condicionantes genéticas interactúan con el entorno.

    Y para concluir ¿por qué tendríamos siquiera que hablar de combatir la homosexualidad? ¿Por qué no deberíamos mejor respetar la autodeterminación de las personas?

  • Cuando tu historial de Twitter te destruya

    Cuando tu historial de Twitter te destruya

    Cuando tu historial de Twitter te destruya

    Ya mucho se ha escrito sobre la forma en que las redes sociales han cambiado la forma de comunicarnos e incluso de hacer política. Pero hoy quiero hacer énfasis en uno de los rasgos más relevantes: tu historial de Twitter.

    Resulta que en Twitter podemos llegar a escribir cualquier cosa de forma desenfadada, podemos echar a andar nuestros prejuicios y decir aquello que nunca hubiéramos la osadía de decir en persona para no sufrir el escarnio de los presentes.

    Pero tus tuits, esos que parecían tan inofensivos, se van guardando en tu historial. No desaparecen a menos de que los borres. Pasa el tiempo y ya ni siquiera recuerdas que hayas escrito esas barbaridades, pero ahí están, almacenados en un servidor en quien sabe qué parte del mundo. No importa si es de hace 10 años. Todo lo que está almacenado en Twitter está al alcance de cualquiera con una pequeña búsqueda.

    Pero luego ese tuit misógino que escribiste (aunque ya no pienses así ni por asomo), ese tuit que critica duramente a la empresa o al gobierno para el cual trabajas, todos esos tuits están ahí escondidos pero de alguna forma listos para arruinarte la vida.

    Para muchos esto es una bendición cuando se trata de casos de políticos, como si se tratara de un mecanismo de transparencia, porque en muchas ocasiones basta con hurgar en su historial de tuits para ver cómo se contradicen, cómo criticaban eso que ahora ellos hacen. En muchas ocasiones es útil, pero no siempre es el caso:

    Ocurre que una persona puede revisar el historial de otra con el fin explícito de calumniarla. Por lo general, la gente no pone mucho empeño en tratar de entender lo que ocurrió ni el contexto, porque a veces no tiene siquiera el tiempo. Si me convierto en una persona famosa recientemente y dije un comentario discriminatorio en 2011, tal vez no muchas personas reparen que en estos últimos 8 años mi postura cambió, que maduré y que yo ya no pienso así. Posiblemente era un mocoso de 18 años que todavía no maduraba. Aún así, posiblemente la gente me etiquete por ello, sobre todo si soy una figura pública.

    El acusado entonces se verá en la necesidad de escribir una carta de hacer una videodeclaración explicando el contexto de ese tuit para que la gente lo comprenda. Pero aún así, no toda la gente va a ver el video o va leer el texto, y es muy posible que algunas personas no le crean, por lo cual no tiene asegurada la posibilidad de que la opinión pública rectifique.

    También es posible que la gente no entienda el contexto del tuit. Hay contenidos que sí son lo suficientemente explícitos como para juzgarlos por sí solos, pero muchos otros no y aún así muchas personas suelen hacer juicios categóricos con base en esos 280 caracteres sin reparar en nada más. Tal vez la gente lo malinterprete, defina de forma arbitraria eso que malinterpretó y difunda mi tuit con su particular interpretación, cosa que ocurre no pocas veces.

    Twitter es una herramienta maravillosa, pero también puede ser un arma de doble filo, en especial para aquellas figuras públicas que antes de serlo escribían cualquier cosa o, ya de plano, decían una cosa y luego dicen otra.