Categoría: sociedad

  • América no fue descubierta, fue conquistada. Pero…

    América no fue descubierta, fue conquistada. Pero…

    América no fue descubierta, fue conquistada. Pero...

    La historia la escriben los ganadores, dicen.

    En la escuela nos enseñaron una historia muy romántica del «descubrimiento» (y no conquista) de América. Llegaba Cristobal Colón con sus tres carabelas (La Santa María, La Pinta y La Niña) para traer civilización a nuestro continente. Colón era casi una suerte de héroe.

    En estas últimas décadas, la academia, algunos intelectuales y activistas han tratado de narrar la historia desde la perspectiva de los vencidos (o más bien de lo que se cree es la perspectiva de los vencidos). Así, ya no se habla de descubrimientos, sino de colonialismo, conquista, genocidios. Incluso varios estados de Estados Unidos no celebraron el «Columbus Day» este 12 de octubre, sino el día de los indígenas.

    Evidentemente, este cambio de perspectiva no es algo que agrade a los conservadores porque temen que este cambio de perspectiva pudiera trastocar los relatos históricos que dan cohesión a sus culturas o naciones, ya que les despojaría de su misticismo. Esta preocupación queda muy bien reflejada en un episodio de los Simpson:

    Me parece acertado saber qué ocurrió en realidad. La tan repetida frase que dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla tiene algo de cierto. Hasta aquí todo bien, me parece bien que sepamos qué ocurrió realmente, pero otra cosa es plantearnos qué vamos a hacer con las realidades históricas y aquí puede presentarse un problema.

    Resulta que si escarbamos en la historia, nos vamos a encontrar con una bárbara cantidad de hechos que en nuestra época nos parecerán inaceptables o aberrantes, y que poco tienen que ver con los relatos entre buenos (los nuestros) y malos (los otros) que nos enseñaron en la escuela.

    El problema es que solemos juzgar estos hechos desde nuestro sistema de valores éticos y morales actuales sin llevar a cabo ninguna suerte de contextualización y eso es un problema, porque ello inevitablemente nos llevará a vivir con resentimiento hacia nosotros mismos y nuestros orígenes.

    En siglos pasados se llevaron a cabo muchas matanzas y muchos crímenes. Sin embargo, las formas de organización humana, las formas de relacionarnos con los demás y las formas de dirimir nuestros conflictos eran más precarias. En esos entonces no existía un sistema de principios éticos y morales tan complejo y desarrollado como el que tenemos ahora. En esos tiempos no existía siquiera el concepto de derechos humanos tal y como lo conocemos ahora: algunos eran más humanos que otros que eran vistos casi como animales, la esclavitud y la servidumbre existía, y era algo completamente normal, la inquisición del Estado y la Iglesia (siendo más severa la del primero) también. La libertad de expresión estaba muy acotada e incluso tu rol dentro de la sociedad estaba determinado por un «orden natural».

    Aunque nos quejemos del mundo y de una supuesta decadencia moral, vivimos en uno de los mundos menos violentos de la historia (tanto a nivel político como social) donde, a pesar de las inequidades que se le puedan señalar, todos los seres humanos son reconocidos como dignos y que son poseedores de ciertos derechos por el solo hecho de ser humanos. Las mujeres han ganado cada vez más espacios, y progresivamente han comenzado a ser reconocidas e integradas aquellas personas que históricamente han sido consideradas como una «desviación de la norma» dentro de una sociedad dada (personas con otras religiones, personas con otra orientación y/o identidad sexual). Todavía somos capaces de discriminar, pero ya aprendimos a repudiar los ataques a la integridad de otra persona. Hay quienes todavía pueden poner nuestra vida en peligro (asaltantes, asesinos) pero estos actos ya son prácticamente reprobados de forma unánime por la sociedad y la institucionalidad.

    Los problemas de primer mundo son una nimiedad comparados con los problemas de nuestros antepasados. Ahora hablamos de trastornos mentales (como ansiedad y depresión) producto de un mundo hipercompetitivo como bien relata Byung-Chul Han, pero ya hablamos menos de muertes por conflictos bélicos o duelos para dirimir un conflicto entre ambas personas.

    Y esto nos lleva a una paradoja. Si nos introducimos en una espiral de recriminación y somos incapaces de perdonar nuestro pasado, entonces por cada nuevo derecho, por cada progreso social, habrá una razón más para recriminarnos y, desde esa perspectiva, tendremos serias dificultades para crear cualquier forma de cohesión social y seremos víctimas de nuestro propio progreso.

    ¿No podríamos aprender a ver nuestra historia en retrospectiva y, en vez de recriminarnos, reconocer los innegables avances que nuestras sociedades han tenido? ¿Por qué. a pesar de lo imperfecta que es nuestra sociedad actual, no aprendemos también a reconocernos por los grandes avances que hemos tenido? El pasado no se puede cambiar, y eso es una mala noticia para los simpatizantes de este victimismo exacerbados que no lograrán encontrar una salida. Es necesario, sí, reconocer la realidad, por más cruda que sea, de nuestra historia; pero también podernos darnos cuenta que si, en ese lapso entre el pasado y el presente, logramos cambios sustanciales (tanto que el pasado nos parece repugnante), podremos lograr muchos más para dejar un mundo mucho mejor a las siguientes generaciones.

    Porque por más grande sea nuestro progreso, el pasado nos parecerá todavía más repugnante. Y eso, de cierta forma, es una buena noticia.

  • El ser humano que se hace cargo de sí mismo

    El ser humano que se hace cargo de sí mismo

    El ser humano que se hace cargo de sí mismo

    Amigos, estos días he estado reflexionando seriamente.

    Me parece notorio que en nuestro país (pero es evidente que es algo que ocurre en Occidente y todo el mundo) estamos comenzando a vivir un cambio de paradigma sobre la forma en que percibimos el mundo, sobre la forma en que abordamos la moral y la ética. Las transiciones son dolorosas, y tal vez ello explique la preocupación de algunas personas.

    Me parece notorio porque, por lo general, los que todavía estamos algo jóvenes tenemos una forma de abordar la realidad de una forma distinta a la de la gente mayor. Cuando a uno le dicen que esto está prohibido porque lo dice la Iglesia o es del demonio uno no hace más que hacer una mueca de extrañamiento, incluso para alguien como yo que creció en un entorno religioso.

    No es porque crea que todo se valga. Simplemente ese tipo de razonamientos no me parece tener sentido. Si a uno le dicen que no debe tener sexo hasta el matrimonio parece que está escuchando a una reliquia parlante. Posiblemente ello explique por qué las religiones tienen menos influencia que antes.

    No es que las religiones estén mal en sí, ni que su filosofía deba ser prescindible (vaya, uno de los pilares filosóficos que Occidente es el cristianismo). Ni siquiera creo que las creencias o la fe en sí sean un problema.

    La cuestión es la manera de entender la moral, a través de normas rígidas e incuestionables que uno debe obedecer «para salvarte». Normas que, en algunos casos, pueden incluso llegar a ser incompatibles con la sociedad contemporánea dado que la moral busca regular la conducta del ser humano que se encuentra inserto en un contexto dado y, con el tiempo, el contexto se va modificando.

    La alternativa a ello no debe de ser el nihilismo, ello sometería la sociedad al caos. Tampoco se trata de una negación del caos en sí, sino de saber postrarse ante él. La alternativa más bien debería consistir en que el individuo se haga a cargo de sí mismo, que se emancipe pero no en el sentido meramente posmoderno, sino en uno donde decida hacerse responsable de sí. Ello no implicaría necesariamente esperar que la gente se desprenda de sus creencias religiosas, sino que cambie la forma de abordar la moral.

    Emanciparse no es una tarea fácil, es una libertad que conlleva una responsabilidad que el individuo antes no acostumbraba a tomar, y es aprender a conformarse como sujeto a partir de la idea más básica de la dignidad humana y el amor.

    Y ello implica una responsabilidad porque no le toca formarse una moral pasiva (una escala de valores morales que algún agente externo le entrega) sino una más bien activa, en cuya conformación él participa y de la cual él se hace responsable. No puede ser una moral arbitraria ni una moral «a conveniencia», sino una moral razonada que le exige sacrificios, autocontrol y un espíritu crítico.

    Un sujeto emancipado no diría: esto que quiero hacer está mal porque x o y lo dice o porque me voy a condenar. Tampoco diría: voy a crear el sistema que me permita hacer lo que quiera y que sea fácil. Diría más bien: voy a desarrollar un sistema que esté basado en el amor, en la moderación y en el control del instinto.

    El sujeto emancipado y que se hace a cargo de sí mismo tendrá una exigencia sobre de sí mayor: le requerirá adquirir más sabiduría, tratar de entender cómo es que funciona el mundo y los porqués de las cosas. El sujeto emancipado no renegará de forma infantil de la sabiduría filosófica e incluso religiosa, más bien tratará de entenderla, tratará de entender los porqués y, en un acto de humildad, reconocerá la sabiduría que yace bajo ella.

    El sujeto emancipado no esperará que todo se le tenga que prohibir o que le digan que no puede hacer esto simplemente porque está mal. El sujeto más bien, con base en el amor y la dignidad humana, razonará los posibles actos, se preguntará si ello le hace bien o mal a él y a los demás y asumirá las decisiones. El individuo emancipado no se arrojará al vicio ni al instinto, por el contrario, él por sí mismo logrará evitar caer en éste.

    El sujeto emancipado no desea romper las cadenas para arrojarse al vicio porque entiende que el vicio no es liberador sino opresor. Sabe que el individuo es libre cuando sabe controlarse a sí mismo, cuando sus emociones y sus impulsos no lo gobiernan, sino que él gobierna a ellos.

    Así, el sujeto emancipado es como aquella persona que ha madurado, como aquella que ya no es cuidada por alguien más, sino que ya es alguien que sabe cuidarse a sí mismo. Él es realmente libre y, por tanto, respeta la libertad de los demás.

    El sujeto emancipado ya no está atado a ninguna cadena porque ha sabido convertirse responsable de sí mismo, de sus actos y sus decisiones.

  • ¡Ay Guadalajara! Sigues oliendo a tierra mojada pero ya no eres tan persignada

    ¡Ay Guadalajara! Sigues oliendo a tierra mojada pero ya no eres tan persignada

    ¡Ay Guadalajara! Sigues oliendo a tierra mojada pero ya no eres tan persignada

    Siempre se ha dicho que Guadalajara es una sociedad tradicional y conservadora; afirmación que, al menos hasta hace poco, tenía sólidos argumentos. Incluso ese conservadurismo tan característico de nuestra ciudad se podía explicar por cuestiones históricas, como la Guerra Cristera, dentro de la cual Jalisco fue uno de los bastiones más relevantes.

    A los tapatíos siempre nos han echado carrilla: «Ustedes que son tan mochos, tan machos y tan persignados».

    Pero las encuestas que se han hecho sobre el tema en los últimos años revelan más bien que esa idea que Guadalajara es muy conservadora se está disipando (incluso el cambio generacional es muy contrastante). Por ejemplo, según una encuesta de Reforma lanzada hace 4 años, poco más del 50% de los jóvenes estaban a favor del matrimonio igualitario. Igualmente, Jalisco como Estado ocupa el lugar 11 dentro de los estados que más apoyan esta figura (por encima no solo de Guanajuato, sino de Nuevo León). Guadalajara ya ha dejado de ser un bastión conservador, el cual ve su última legión fuerte y consistente en la generación análoga a los baby boomers que si bien siguen siendo muchos, por la edad, ya están cediendo los espacios de poder y relevancia social a los más jóvenes que ya no son tan conservadores. Las organizaciones religiosas de diversa índole han sabido mantener relevancia a través de este sector, pero no han sabido contrarrestar el cambio. La Guadalajara conservadora muy posiblemente vea su tamaño y peso político y social disminuir ante el siguiente cambio generacional.

    La Guadalajara conservadora y tradicional todavía tiene mucho peso, además de capacidad de organización. Sus marchas son más grandes que las de los colectivos liberales y/o progresistas por esa misma razón. Pero ello no implica que sean mayoría, sino que las estructuras conservadoras construidas en gran parte por organizaciones religiosas son capaces de movilizar mucha gente.

    Pero, a pesar de ello, la Guadalajara conservadora ya está dejando de ser la Guadalajara dominante y está siendo más relevada por una más liberal. La Guadalajara tradicional de la Colonia Chapalita está dando paso a la Guadalajara liberal de la Colonia Americana. Ello se puede explicar, a mi parecer, por tres razones:

    1) Que las sociedades con el tiempo se van volviendo más liberales (proceso que viene ocurriendo desde el fin de la Edad Media y el inicio de la Ilustración). Evidentemente este punto aplica para todas las ciudades de México. No hay prácticamente ninguna ciudad que se vuelva más conservadora, pero este proceso ocurre a diferentes ritmos; y en ese sentido, Guadalajara es una de las ciudades que lleva un paso más acelerado (que se explica en los siguientes puntos). No hay que olvidar que las ciudades, por lo general, son más liberales que los pueblos, y conforme una ciudad se va volviendo más plural y diversa culturalmente, ésta se vuelve más liberal.

    2) La apuesta de la ciudad por ser un hub de las tecnologías de la información y las industrias creativas. Los perfiles de quienes conforman estos sectores suelen ser liberales porque embonan mejor con los perfiles requeridos (creativos con mente más abierta a la novedad y al cambio, etc). Basta acudir a esos ecosistemas para notar que la gran mayoría de quienes las integran son liberales. Esta apuesta también implica un intercambio cultural con hubs ya establecidos y que son muy liberales como los de California y que, de una u otra manera, terminan influyendo en la cultura tapatía ya que los oriundos de Guadalajara se exponen a otras cosmovisiones distintas.

    3) La reciente apuesta por la cultura. No es un secreto que Guadalajara se ha convertido de forma progresiva en una entidad cultural, ya que hay más eventos culturales y recintos que antes. En este sentido, Guadalajara ya no es el rancho que era antes y que se veía a sí mismo, sino que ya es capaz de exponerse a otras cosmovisiones y adoptar, dentro de lo que cabe, una cultura más global. La expresiones culturales, en este sentido, también suelen ser liberales.

    4) La migración y la inmigración. En los últimos años ha habido un mayor flujo de inmigrantes (locales e internacionales) que han hecho que nuestra ciudad sea un tanto más diversa. También ayuda el hecho de que cada vez más personas viajan a Europa o Estados Unidos a estudiar o a vivir por un tiempo y regresan importando posturas más liberales de dichos países.

    Ls Guadalajara de hoy ya no se parece tanto a la de antes. Sigue oliendo a tierra mojada pero ya no es tan persignada. Incluso, por primera vez, el conservadurismo de antaño ya no tiene la representación política que antes tenía. El PAN es un fantasma y tan solo hay algún que otro político afín a ellos (expanistas) dentro de los partidos dominantes (MC y MORENA) quienes, al parecer, tienen una agenda un tanto más liberal (aunque con la prudencia que implica gobernar una ciudad donde el sector conservador todavía sigue teniendo un peso importante).

  • Papá ¿el cambio climático es culpa del capitalismo?

    Papá ¿el cambio climático es culpa del capitalismo?

    Se ha repetido muchas veces de que el cambio climático es culpa del capitalismo.

    Sabemos que cambio climático es una realidad, sabemos que hay un fuerte consenso científico de que es provocado por el ser humano y que los efectos que causa son nocivos (ya los estamos experimentando en carne propia). Si bien, me parece más complicado de lo que parece pronosticar el impacto que va a tener a mediano y largo plazo, creo que hay suficiente información para preocuparse y tomar cartas en el asunto. Y en un asunto así, es preferible el catastrofismo que la desidia.

    Entonces, si el sistema en el que casi todo el mundo vive es capitalista, el cual se basa en la acumulación de bienes y servicios, y si el cambio climático lo está generando el ser humano, entonces debe ser el capitalismo el culpable del cambio climático ¿no?

    Decir que el cambio climático es producto en sí del capitalismo es una afirmación un tanto imprecisa, con todo y que el capitalismo no sea ajeno al calentamiento global. El problema de esta imprecisión es que puede motivar la búsqueda de otro sistema económico pensando en que ello arreglará el problema.

    Si el calentamiento global fuera un problema exclusivo del capitalismo, entonces tendríamos que mostrar que en otros sistemas como el comunismo el nivel de contaminación es mucho más bajo.

    Pues no, y basta tomar a la ex Unión Soviética como ejemplo. El país comunista era el segundo más grande productor de contaminación en el mundo en 1980 y por cada unidad del producto interno bruto (PIB), contaminaba 1.5% más que Estados Unidos. Países socialistas como Venezuela o Bolivia tampoco son ejemplares en el combate al cambio climático. La condición depredadora del hombre sigue ahí muy presente.

    Entonces, si sabemos que ese carácter depredador del ser humano y que explica el calentamiento global como algo que no es algo característico del capitalismo, tendríamos entonces que dejar de insistir en cambiar el modelo económico en sí para más bien replantearnos qué es lo que podríamos hacer para generar un menos impacto en el medio ambiente. Creo que el punto más endeble del discurso de Greta (esa niña de 16 años con la que la derecha reaccionaria y la izquierda radical sigue obsesionada, como si les hubiera hecho algo indignante) es pensar que el desarrollo económico deba estar peleado con el combate al cambio climático. No tendría por qué estarlo.

    La cuestión no es consumir menos ni crecer menos, sino consumir y crecer de forma más eficiente.

    El cambio climático, a pesar de la urgente atención que merece, no es una de las prioridades de la mayoría de los ciudadanos, porque no es algo que perciban que sientan les esté afectando y porque las consecuencias más duras podrán venir en el corto y en el mediano plazo (lo que también es consecuencia de la deficiente socialización del problema). La gente está pensando en comer, en su seguridad o en su educación.

    Pedirle a la gente que reduzca su consumo o que reduzca su poder adquisitivo es algo complicado y contraproducente. Dudo incluso que la mayoría de los ecologistas estén dispuestos a hacerlo.

    Más contraproducente es esperar que los países en crecimiento dejen de crecer. Ello aumentaría la pobreza y la hambruna.

    Decía que la cuestión es de eficiencia. No es lo mismo usar combustibles fósiles que energías limpias (vaya daño que las empresas petroleras han causado al medio ambiente al retrasar la implementación de energías más limpias). La industria podría implementar procesos más limpios y sustentables para producir sus productos y servicios. La gente podría tomar conciencia racionando la energía que utiliza (por ejemplo, apagar la luz que no se esté utilizando, separar la basura y no gastar recursos innecesarios) y priorizando productos más ecológicos sobre aquellos cuya producción generan un mayor impacto al medio ambiente. Los gobiernos podrían incentivar el transporte público y el transporte alternativo sobre el automóvil a la hora de diseñar sus políticas públicas, cosa que ya está comenzando a ocurrir.

    Es más, la innovación y el desarrollo tecnológico pueden abonar a la creación de procesos más limpios, y esos van ligados con el desarrollo económico. Paradójico es que los países más desarrollados son los que han tomado más conciencia sobre el tema y los que más han mejorado sus procesos.

    En un régimen socialista como el de la URSS sería más complicado tomar cartas en el asunto porque los ciudadanos estarían a la merced del gobierno que concentraría todo el poder de decisión. En un régimen así, los ciudadanos no podrían incidir sobre las decisiones que se tomen, y incluso tendrían menos control sobre su forma de consumo (en el entendido de que no habría competencia y, por lo tanto, no habría variedad de productos para que los consumidores prefieran los más ecológicos).

    En cambio, un sistema capitalista le puede dar la vuelta al problema desde dentro del mismo capitalismo. Si la gente decide consumir productos más ecológicos y menos contaminantes, entonces las empresas invertirán más en ese tipo de productos. Si hay un discurso del medio ambiente en la sociedad, una empresa podrá utilizarla como ventaja competitiva al producir productos o servicios menos contaminantes. La gente, de la misma forma, podrá «castigar» a las empresas contaminantes dejando de comprar sus productos.

    Ello no quiere decir que no haya empresas y corporaciones contaminantes que cabildean para seguir haciendo negocio con factura al medio ambiente y retrasar el surgimiento de alternativas más limpias o que incluso traten de manipular la opinión pública (las grandes empresas petroleras vuelven a ser un ejemplo). Pero incluso este escenario sigue siendo más preferible a uno con un gobierno centralizado que toma las decisiones sin rendir cuentas a los ciudadanos, porque en el primer caso, como ya ha ocurrido, la misma ciudadanía puede llegar a poner en evidencia a ese tipo de empresas.

    Pedir «cancelar» el capitalismo o pedirle a la gente que reduzca su nivel de vida se antoja más bien contraproducente, es una petición simplista porque no toma en cuenta los matices ni las externalidades. Está muy bien que los gobiernos tomen cartas en el asunto y que se exija que lo hagan, más en tiempos donde presidentes demagogos como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador no parecen tener ninguna consideración sobre el tema, en ese sentido la intervención de Greta (con las imprecisiones que haya podido tener) es aplaudible. Pero se trata más de un tema de conciencia social, de eficiencia, y en el cual el mismo desarrollo económico puede abonar por medio de la innovación para el desarrollo de energías más limpias y procesos menos contaminantes.

    Solo así podemos hacer frente a este problema, antes de que sea demasiado tarde.

  • Una noche, el 26 de septiembre, 43 disparos sonaron en el cielo de Iguala

    Una noche, el 26 de septiembre, 43 disparos sonaron en el cielo de Iguala

    Una noche, el 26 de septiembre, 43 disparos sonaron en el cielo de Iguala

    Más allá de acotaciones, los 43 de Ayotzinapa se han convertido en un símbolo de la violencia y la injusticia en México.

    Es un símbolo porque ellos representan a tantos jóvenes que mueren producto de la violencia en nuestro país.

    Es un símbolo porque su muerte, ordenada por autoridades gubernamentales, representa la faceta más denigrante y corrompida del servicio público.

    Es un símbolo porque su muerte también nos recuerda los débiles lazos sociales que sostiene a este país, unos que se quiebran de forma muy fácil.

    Es un símbolo porque el papel del presidente Peña Nieto representó la poca empatía que las autoridades tienen con sus gobernados. El vacío tan profundo que dejó despertó las más macabras sospechas y de las cuales algunos sacaron tajada política (como aquella que decía que él estaba involucrado en la masacre)

    Es un símbolo porque sacó a muchos de sus burbujas clasemedieras y les hizo voltear la mirada a ese otro México, ese más pobre, más roto. Muchos, incluso algunas personas de clases medias-altas y altas, salieron a marchar para pedir justicia.

    Es un símbolo porque más allá de que muchos podamos no compartir las ideologías políticas que profesaban ni sus métodos, reconocimos su humanidad.

    Y es un símbolo, sobre todo, porque las dudas que hasta el día de hoy sigue generando tan lamentable conocimiento representa la incapacidad de las autoridades por hacer justicia a aquellas personas que son víctimas de la delincuencia, del crimen, del narcotráfico, y de las autoridades mismas.

    A 5 años, nos siguen faltando 43.

  • ¡Qué calor hace, Greta!

    ¡Qué calor hace, Greta!

    El cambio climático es una realidad.

    Pruebas sobran del calentamiento global que pueden ser medidas cualitativa y cuantitativamente. También podemos verificarlo empíricamente a través de los cambios bruscos en el medio ambiente: en tan solo dos años varios huracanes devastaron casi todo el Caribe. En Guadalajara, mi ciudad, cayeron granizadas nunca antes vistas que dejaron una capa de hielo digna de una ciudad siberiana.

    Y a pesar de todo esto, el problema del cambio climático no está lo suficientemente socializado. No es algo que parezca importar lo suficiente en la vida cotidiana, y cuando alguien hace algún cambio en sus hábitos no faltarán las personas que se burlen.

    Pareciera como si el cambio climático nos diera risa, como si fuera algo tan ajeno a nosotros: al cabo los gobiernos verán cómo lo resuelven, igual firman unos protocolos, establecen unas políticas y ¡vualá! (ni hablar de la llegada de mandatarios al poder como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador que no parecen tener conciencia alguna sobre el tema). Creen que el cambio climático es una «moda progre» de redes, siendo que lo tenemos frente a nuestras narices.

    En este contexto, dentro de un problema que debería merecernos más atención, apareció Greta Thunberg, una niña activista sueca de 16 años que padece Síndrome de Asperger, quien dio en la ONU un discurso caracterizado por ser muy emocional (tal vez de forma excesiva) pronunciando frases tales como «me robaron mis sueños» que causaron polémica.

    Muchos reconocieron el gesto, pero otras personas se burlaron de la niña, porque parecía que «nos estaba regañando», porque fue un discurso que apelaba a las emociones, como si no muchos hubiesen apelado a la razón en muchas ocasiones sin encontrar respuesta alguna.

    Sí, el discurso de Greta es uno emocional y retórico, pero lo cierto es que en muchas ocasiones es necesario persuadir a la gente por medio de los sentimientos para que entienda qué es lo que está pasando. Sí, el discurso de Greta parece catastrofista, pero en ocasiones se vuelve necesario mantener una postura catastrofista para que la gente siente cabeza. Ejemplos de un catastrofismo bien empleado fueron la contingencia del virus AN1H1 hace algunos años, o el que se promovió con la llegada del Huracán Patricia cuyas dimensiones eran históricas y que incluso en la propia ciudad de Guadalajara obligó a mucha gente a resguardarse e hasta a poner cinta a sus ventanas por si el huracán llegaba (cosa que habría sido inédita). Al final no ocurrió nada, pero fue mejor excederse en las precauciones que caer en exceso de confianza.

    Burlarse de Greta suena muy absurdo en el contexto en que se encuentra, ya no solo porque es una niña de 16 años y porque me parece algo cruel burlarse de una niña de 16 años que busca, con todas sus limitaciones, poner su granito de arena, sino porque, con la simplicidad de su mensaje y de sus conocimientos sobre el tema, alerta sobre algo que es real.

    Lo real, lo necesario y lo urgente es el cambio climático que estamos viviendo y que si no se toman cartas en la asunto terminará afectando la vida de millones de personas, muchas mas que las que ya se vieron afectadas.

  • Romantizar el crimen

    Romantizar el crimen

    “El castigo entra en el corazón del hombre desde el momento en que comete el crimen.”

    Hesíodo

    Antes de continuar, vean el siguiente video:

    Últimamente ha crecido un discurso que, a primera vista, parecería noble o empático, pero que puede ser muy peligroso y contraproducente. Uno que nos dice que empaticemos con los criminales y entendamos que son seres humanos, que si son criminales es por una causa (que por el sistema económico opresor, que si vienen de familias rotas).

    Camila Ramírez en ese video argumenta que hay que humanizar a las víctimas y que entendamos por qué cometieron un delito. Añade en su cuenta de Twitter que los delincuentes delinquen porque son seres humanos.

    Dentro de cualquier acto delictivo hay un motivante. Es decir, los actos de delincuencia no ocurren por sí solos como si los delincuentes fueran autómatas que no saben lo que hacen, sino que hay una razón o una multiplicidad de razones detrás de ello.

    Es cierto, es imperativo conocer los motivantes para atacar el crimen de mejor manera y comprender por qué lo hacen. Detrás de los actos criminales puede haber un problema de fondo estructural que puede tener alguna relación con un tejido social dañado o con una condición de inequidad (que una persona se sienta obstaculizada, que sea agredida u oprimida por alguien más), pero de ahí no se sigue que el acto de delinquir deje de ser malo.

    El argumento de que el criminal roba porque es humano es muy tramposo. ¿Por qué podría catalogarse un crimen, por más pequeño que sea, como un acto humano? ¿Por el hecho de que lo comete un ser humano? ¿O es que el hecho de que sea una persona que vive en una situación difícil la que comete el crimen lo convierte en un acto de humanidad?

    Al ser ciudadanos, tomando como referencia a Thomas Hobbes, cedemos algunos derechos en favor del bien común (el derecho a matar, el derecho a robar). Por tanto, aunque alguien tuviera la osadía de considerarlo «humano», eso no hace al acto de delinquir menos reprobable, y no lo hace por el simple hecho de que otra persona (inocente) ha sido afectada.

    Podemos entender, tal vez, a aquella persona que literalmente se está muriendo de hambre y entra a un establecimiento a tomar algo, pero esa no es la realidad con la mayoría de los actos delicuenciales. Puedo entender a aquella persona que fue obligada o coercionada para que delinquiera en contra de su voluntad; pero cuando el delincuente delinque por voluntad propia con la posibilidad de no hacerlo, entonces no hay manera en que podamos justificar el acto.

    Es que incluso una persona que no viva en la pobreza de igual forma podría tener una historia «conmovedora»: por ejemplo, que un político robe porque teme que al finalizar su sexenio su nivel de vida descienda con todo lo que ello implica (exclusión del círculo social, poca valía personal), que un empresario robó quiere garantizar el futuro de su familia y de sus hijos a quienes «quiere mucho» y un largo etcétera.

    Tampoco es cierto que todas las personas que se encuentran en la base de la pirámide tengan una «historia conmovedora» que contar. La maldad no respeta nivel socioeconómico y hay quienes delinquen sin piedad alguna ni que les importe las consecuencias. Hay quien puede llegar a delinquir por necesidad y desesperanza, pero muchos otros, la mayoría, no lo hacen por ello.

    Decir que son «víctimas» del modelo socioeconómico (neoliberalismo) es, cuando menos, impreciso; además que dicha afirmación tiene un componente retórico con base en la tan peculiar definición que el gobierno actual hace del término «neoliberalismo«. Es cierto que hay una correlación positiva entre desigualdad y crimen, pero aquello que hace de nuestro país uno muy desigual no parece ser precisamente el libre mercado en sí, sino las estructuras sociales y de poder público-privadas (en las que el gobierno siempre está inmiscuido, incluído el actual) que se fueron formando desde hace mucho tiempo. Cabe decir que desde el año 2000 la desigualdad en nuestro país se ha reducido.

    Al empatizar con el delincuente se está dejando de hacer lo propio con la víctima. La víctima no tiene la culpa de la situación en la que el delincuente se encuentra y no tendría que tener que pagar los platos rotos. ¿Qué hay de la víctima?

    La ley debe de ser igual para todos, y esto implica que un crimen debe ser reprobable sea quien sea que lo cometa (quien debe recibir el mismo castigo). Si bien, como escribí hace algunos días, la gente pobre suele ser más castigada y ser víctima de arbitrariedades, la solución no pasa por romantizar el crimen, sino por la construcción de un sistema justo donde todos seamos iguales ante la ley.

    Dejemos de romantizar el crimen y mejor pensemos en construir un sistema justo, uno que haga justicia a las víctimas y que evite cualquier tipo de arbitrariedades o sesgos con base en el nivel socioeconómico.

  • Linchar y castigar

    Linchar y castigar

    Linchar y castigar

    La gente lincha en redes porque es fácil y no tienen que pagar las consecuencias.

    La gente lincha en redes porque no percibe a los otros usuarios como personas completas, sino como seres con una dimensión expresada en las redes y que molesta al agresor.

    Un ataque a esa dimensión en forma de argumento tiene repercusiones en la completitud de la persona (incluso puede ver su vida destruida) y no solo en la dimensión atacada.

    El usuario cree que la postura ideológica es la esencia completa de la persona cuando, en el sentido metafísico, es más probable que sea mero accidente.

    ¿O es que todos conocen a la piloto de Interjet en todas sus dimensiones? ¿O lo que consideran que su esencia es está necesariamente sujeta a la reprobable publicación que ella hizo?

    ¿Por qué habría que exigir a la empresa donde trabaja que sea despedida por un comentario lamentable? ¿No debería ser la empresa quien, de acuerdo a sus normas, delibere si esa conducta es causal de despido, y no los usuarios de una red social donde no pocos están motivados por posturas políticas?

    Un argumento poco más que absurdo es que debería «evitarse un acto terrorista» (hasta trajeron el atentado contra las Torres Gemelas a colación). Sin conocer cómo es ella siquiera, ya muchos supusieron que es inestable mentalmente y que podría estrellar un avión siendo que ni saben quien es y siendo que no pocos han hecho alguna vez comentarios similares en las redes sociales.

    ¿Es real esa preocupación, o se trata de una suerte de venganza o linchamiento sobre una persona que se mofó del sector o corriente política a la que pertenecen?

    Es un comentario lamentable, eso es innegable, pero es un tipo de comentario que incluso algunos de los ahora indignados han hecho.

    ¿Por qué la persecución de esa forma? ¿Por qué ni siquiera hay un criterio congruente? ¿Por qué lincho con más ahínco a quien se mofó de algo que comparto (una posición política o simpatía con un mandatario) que comentarios igual de reprobables hacia otros sectores los cuales no me importan tanto.

    No es lo mismo reprobar una conducta (como la del piloto) que involucrarse en una campaña de linchamiento. No es lo mismo señalar en redes sociales la inconformidad con la conducta a presionar a una aerolínea para que la despidan y tenga su merecido. Lo primero tiene la finalidad de hacer entrar en razón a la persona que dijo ese comentario reprobable y, de la misma forma, fortalecer normas y valores que fomenten la convivencia (es decir, que en redes sea reprobable decir tal o cual cosa). Lo segundo tiene como finalidad la vil venganza y el escarnio.

    En el pasado era mas común matar por diferencias políticas, hoy nos parece abominable. Pero en la arena de las redes sociales sí hay permiso para destruir a los demás, al cabo no sabemos bien quienes son, ni cómo son, ni cómo sienten; solo nos parecen «argumentos vivientes» a los que hay que aniquilar. El de la piloto fue un comentario reprobable, pero a muchos los linchan y los persiguen por menos, por el simple hecho de disentir.

    En las redes se confunde al mensaje con el emisor. Las redes se han convertido en una arena salvaje por nuestra incapacidad de darnos cuenta que quienes están detrás de una cuenta y de un conjunto de caracteres son seres humanos que tienen muchas más dimensiones que las que muestran en las redes.

    De hecho, nos hemos acostumbrado a decir en público eso que nunca diríamos en público. Porque todo nos parece tan virtual, porque parece que en la red nada tiene consecuencias.