Categoría: sociedad

  • La política no es un hobby

    La política no es un hobby

    La política no es un hobby

    Estaba, como cualquier otro día, navegando en mi Twitter cuando me encontré esta publicación de Gerry Sánchez, uno de esos pick up artists que venden seminarios para aprender a ligar:

    Entiendo que no es una persona conocedora del tema y seguramente no entiende muy bien la función que la política tiene dentro de una sociedad, pero abordo este contenido porque sé que muchos piensan así. También dentro de esta peculiar publicación hay un punto importante que es el que lo motiva a pensar así (ver la política como opio) y que casi seguramente se deriva del bajo nivel del discurso político en nuestro país.

    Primero debo de decir categóricamente que la política no es un hobby.

    A ver, el entorno en el que vivimos no es algo dado o algo que debamos dar por sentado, es la suma de muchos equilibrios o muchas variables que, de ser modificadas, pueden cambiarnos todo el contexto. Las decisiones que se toman en política terminan irremediablemente afectando la vida cotidiana, y desde ahí debemos entender que la política es algo lo suficientemente serio como para rebajarlo a la categoría de hobby.

    Posiblemente Gerry Sánchez, como muchos otros, se frustre al ver el nivel de discusión política que existe en nuestro país (sabemos que es bastante malito). Tal vez, a partir de esa frustración, deduzca que se trata de algo innecesario: si veo que toda la gente se está peleando y discutiendo cuando podría estar «formándose», entonces no deberíamos interesarnos en política a menos que «tengamos los medios para hacer algo y modificarlo».

    La política es frustrante (otra razón para no considerarla un hobby), en muchos casos molesta e incomoda. Pero la política es necesaria: un país desarrollado o que aspire a serlo necesita de ciudadanos que al menos estén al tanto de lo que acontece en su comunidad y/o en su país.

    Estar al tanto de la política es una responsabilidad que uno tiene como ciudadano, no es un hobby

    Digamos que, si los ciudadanos nos desentendiéramos de la política, le daríamos demasiado poder a los políticos. Seríamos más manipulables (sí, todavía más de lo que somos) porque no tendríamos ninguna información a la mano.

    Gerry Sánchez y quienes piensan así entonces deberían estar contentos al ver que las nuevas generaciones se muestran, por lo general, menos interesadas en la política y salen menos a votar. Pero ya hemos visto las consecuencias que eso ha traído en algunos países como el Reino Unido y los Estados Unidos. Y tampoco es, como pensaría él, que entre la juventud tengamos más «hombres forjándose». De hecho, él mismo hace hincapié en esta idea de que las nuevas generaciones (esas mismas que son más apáticas políticamente) son más débiles de carácter.

    Dice también que «si tienes los medios para modificar algo al respecto, entonces lo hagas». La cuestión es que estar al tanto de lo que ocurre en la política es condición necesaria para lo que viene. Si la sociedad está completamente despolitizada, entonces nadie va a hacer nada, nadie se va a manifestar ni nadie siquiera querrá involucrarse activamente. El estar informado y al tanto de lo que pasa ya es hacer algo, por más mínimo e insignificante que parezca.

    Dice Gerry que la política es el opio. Opio es más bien el que tratan de vender los políticos, y se vende más fácil cuando la gente no está al tanto y no cuestiona lo que acontece. El ciudadano pasivo, apático y desinteresado es aquel que más interesa a aquel político que privilegia sus intereses personales sobre el bien común. Ese tipo de ciudadano es más peligroso incluso que aquel fanático que defiende a un gobierno sin cuestionarlo porque es quien tiene la posibilidad de fungir como contrapeso y no lo hace.

    En su publicación critica a los «intelectuales» que opinan, como si tuviéramos demasiados y muy vistos como sí ocurre, por ejemplo, en los deportes. Pero los intelectuales, como sea, ayudan a formar opinión pública. De nuevo, si no existieran, la población estaría aún más desinformada y sería más presa de los intereses políticos. Y si no fueran relevantes y no tuvieran peso alguno, no veríamos a algunos gobernantes quejarse de ellos e incluso reprender a algunos diarios por sus actividades.

    La conclusión a la que él parece querer llegar es que «un hombre que quiere forjar acero» no debería estar perdiendo su tiempo en esas «frivolidades». Pero dudo que el tiempo que se le debe invertir en estar al tanto del acontecer político prive a una persona de leer un buen libro, ir a ligar al antro o ir al gimnasio.

    Otra cosa es que el nivel de la discusión política sea muy magro, pero eso es resultado del fenómeno opuesto al que propone Gerry Sánchez. En lo cuantitativo, mucha gente es apática con relación al quehacer político, y en lo cualitativo, mucha gente no es rigurosa a la hora de informarse y se deja llevar por la información que corre en las redes sin verificarla siquiera.

    Por último, pensar que no nos debemos preocupar por la política porque «nosotros nos podemos forjar» es un craso error. Muchos dentro de este mundito de la autoayuda, desde una causalidad radical y una postura ultraindividualista por no decir egoísta, piensan que la política no importa porque si nos forjamos no habrá crisis ni problema que nos afecte. La verdad es que pensar ello es iluso.

    Desde luego un hombre o una mujer con un buen temple y carácter tendrá más posibilidades de sortear una dificultad, pero no hay garantía de ello por el simple hecho de que nadie tiene la capacidad de controlar todas las variables. El individuo tampoco vive aislado como para despreocuparse de todo lo demás y desprenderse de la sociedad. El individuo vive en comunidad y requiere de ella para salir adelante, el individuo convive, hace negocios y se relaciona con otras personas que conforman la comunidad. El individuo es ciudadano de un país. Eso le obliga moralmente a estar al tanto del acontecer político.

    Por ello pensar que la política es un hobby es un craso error. La política no es una frivolidad, es muy importante. La política está en todos lados, es parte de nuestra vida, de nuestra cotidianeidad, y no se puede dejar del lado.

  • En defensa de la generación de cristal

    En defensa de la generación de cristal

    En defensa de la generación de cristal

    Una famosa frase que circula en las redes sociales dice que las «sociedades prósperas generan individuos débiles que, a su vez, generan sociedades caóticas que generan individuos fuertes».

    Habría que analizar a fondo la historia universal para determinar qué tan precisa es esta frase, ya que si bien podemos encontrar ejemplos de ello, también podemos encontrarnos con sociedades caóticas producto de factores que poco tienen que ver con el «debilitamiento» de la calidad de los individuos producto de la prosperidad, como la República de Weimar castigada con el Tratado de Versalles que dio origen al régimen nazi o la Rusia en la que acaeció la Revolución de 1917.

    Pero, más allá de qué tan precisa sea aquella frase, no es un secreto que conforme la sociedad se vuelve más próspera, los individuos se debilitan en varios sentidos, pero ello es una consecuencia natural porque los seres humanos no hacemos nada más que adaptarnos a nuestro entorno para funcionar lo mejor posible en él.

    Por ejemplo, casi nadie de nosotros (ni los preocupados por la «fragilidad de las nuevas generaciones») podría sobrevivir en la selva como lo hacían nuestros antepasados. No tenemos ni la fortaleza física ni las habilidades necesarias, la gran mayoría pereceríamos ahí. Pero es que para sobrevivir en la actualidad no necesitamos dichas habilidades.

    También es cierto que cada vez menos nos vemos necesitados de ir a la guerra. E incluso ahí, con el tiempo, la fuerza física, aunque sigue siendo muy importante, se ha vuelto progresivamente menos relevante ya que los ejércitos dependen cada vez más de la tecnología para poder triunfar en el campo de batalla. Paradójicamente, la existencia de las armas nucleares (que actúan como disuasorio) junto con la forma en que están configuradas las economías actuales, hacen cada vez menos viable una guerra en el sentido tradicional.

    Vaya, nuestro mundo se ha vuelto cada vez más próspero, donde la fuerza ha dado paso al intelecto como medio de producción y de supervivencia. Ya no nos importa ser muy fuertes, nos basta con tener un cuerpo sano y relativamente atlético, y en el mejor de los casos. Y de igual forma hemos buscado, en la medida de lo posible, construir un mundo que sea lo más confortable con respecto a la psique. Por ello hemos venido humanizando los trastornos psíquicos de tal forma que aquello que podíamos calificar como locura (un trastorno de ansiedad o un TOC) se ha venido convirtiendo de forma progresiva en algo parecido a una gripe.

    Debido al progreso, hemos procurado una sociedad más confortable para todos: desde el mercado, desde el Estado, desde la familia y desde diversas instituciones. Nuestras camas son más cómodas que las de hace un siglo, desde el celular realizamos ciertas actividades que nos facilitan la vida, nos preocupa la salud más que nunca. Y es evidente que así, las generaciones que nazcan en ese mundo de confort, lo den por sentado. Recordemos que los individuos construimos la realidad de forma subjetiva por medio de nuestra educación e interacción con el entorno.

    Es curioso que muchas de las personas que aseguran que los millennials y los centennials son «generaciones de cristal» son los mismos que se esmeraron por construirles esa vida llena de comodidades, los que pensaron que habría que alejar a los hijos de cualquier dolor. Son los mismos que se quejan de una presunta falta de tolerancia a la frustración. Ellos, como cualquier otra generación, lo único que hicieron fue adaptarse a su entorno. ¿Por qué ellos habrían de tener la culpa?

    Bien podría decir que estas generaciones, como todas, tienen sus particularidades y no todas ellas son necesariamente buenas, aunque ha caído un severo escarnio sobre ellas y creo que se ha hecho un juicio, a veces, excesivamente lapidario, casi como asumiendo que las generaciones pasadas (la generación X y los Baby Boomers) eran generaciones con un gran tesón y una fortaleza de espíritu digna de ejércitos imperiales, lo cual, siento decirles que no. No es como que las dos generaciones pasadas fueran muy diferentes en este sentido.

    El problema es que las comparaciones entre generaciones son, en muchos casos, complicadas de hacer porque éstas se desenvuelven en contextos distintos. Por ejemplo, estaba leyendo un artículo del caso del ITAM donde muchos alumnos salieron a manifestarse por el caso del suicidio de una estudiante. El autor explicaba varios casos del trato que algunos maestros les daban a los alumnos, y la verdad que esto hace algunos años habría sido casi igual de escandaloso e indignante. En mi secundaria (hace ya 20 años) llegaron a correr a profesores por menos que eso (producto de la presión de los alumnos y padres de familia).

    Es cierto que, en algunos casos, sí se han manifestado algunos excesos en aras de proteger la psique de los estudiantes que les podrá traer más problemas que beneficios en el largo plazo, como la creación de espacios seguros que solo ayudan a aislar y tribalizar al estudiantado. Pero tampoco nos engañemos y pensemos que las generaciones pasadas tenían una fortaleza moral profunda y eran capaces de hacer frente a cualquier obstáculo que tuvieran enfrente.

    La hiperconectividad que existe ahora tampoco ayuda a la hora de hacer comparaciones. Asumimos que esto que estamos viendo es nuevo, como si antes no hubiesen existido casos de suicidios o de alumnos indignados por la conducta de los maestros, pero antes no recibíamos tanta información. Casos como estos se centraban en las comidas familiares de personas que se habían enterado del caso y que en la actualidad se esparcen y viralizan por medio de las redes sociales.

    Las dinámicas sociales el día de hoy son diferentes, hasta para la misma organización de protestas con el fin de solicitar a una institución que tome cartas en el asunto. Las comparaciones son, en muchos casos, muy tramposas y engañosas.

    Por ejemplo, se dice que hay menor compromiso de los empleados con las empresas (lo cual muchas veces no es falso), pero ¿el compromiso de las empresas con los propios empleados es igual que antes? En el pasado un empleado entraba a una empresa y sabía que ahí crecería y trabajaría toda su vida, lo cual evidentemente generaba un fuerte compromiso y hasta cariño con la empresa que trabajaba. Hoy eso no ocurre. El individuo da casi por sentado que trabajará en varias empresas a lo largo de su vida, que en algún momento será dado de baja por un recorte de personal (y que muchas veces no estará ligado a su desempeño) o buscará otro lugar donde seguir creciendo dado que asume que su crecimiento no está ligado a una empresa, sino a su trayectoria personal. Ya ni hablemos de los freelancers o autónomos que cada vez abundan más.

    En defensa de la generación de cristal

    También se asume, en varios casos, que ciertos problemas que existen en la actualidad no existían en el pasado, como si el propio pasado fuera idílico, como si en el pasado todas las personas tuvieran una gran capacidad para sortear la tolerancia a la frustración. Por ejemplo, muchos hablan de la mediocridad de muchos estudiantes, que falta compromiso en los estudios. Pero desde que tengo uso de memoria eso siempre, en mayor o menor medida, ha existido.

    Hay quienes agregan como ejemplo de la fragilidad de las nuevas generaciones el ambiente de crispación que hay en las redes sociales. Pero ¡es que antes no había redes sociales y por lo tanto no había un punto de comparación! No sabemos cómo habría sido dicha interacción si en 1970 hubiera existido Facebook. Les aseguro que no estarían debatiendo con galletitas y café. Otros todavía tienen la osadía de incluir a ciertos movimientos reivindicativos como responsables de la fragilidad de las nuevas generaciones: «ya no puedo decirles maricones, ¡qué frágiles!» o señalan a los excesos de corrección política como si la corrección política no hubiese existido en muchos otros ámbitos en el pasado (promovida en esos entonces más bien por sectores conservadores).

    Y lo mismo ocurre con la relación de los jóvenes con la democracia. Al parecer, existe un menor compromiso, parte de ello tiene que ver con el hecho de que a ellos no les tocó conocer algún régimen distinto como a muchos de nosotros sí . Ellos suelen votar menos (aunque, al parecer, sí son capaces de involucrarse en otras formas de hacer política y que responden a sus preocupaciones actuales) ¿Hong Kong, Chile, hola? ¿Hemos hecho lo suficiente para transmitirles esos valores? ¿Nos hemos dado cuenta de sus propias dinámicas para adaptar esos valores a las suyas? Ellos la dan por sentado porque todos damos por sentado aquello con lo que crecemos y de lo cual no conocemos alternativas en carne propia, nos familiarizamos y lo asumimos como si fuera algo natural, es algo muy humano. Y seamos sinceros, no es como que muchas de las generaciones pasadas (las hoy molestas) hayan luchado por su vida para construir países más justos, la mayoría solo fueron meros espectadores mientras seguían su rutina cotidiana. De los Boomers y la Generación X en México prácticamente nadie fue a la guerra y los contratiempos más bien fueron de carácter económico (crisis, devaluaciones y demás).

    No pocos se quejan de la frustración de las nuevas generaciones, pero también les entregaron un mundo hipercompetitivo determinado por el capitalismo en lo económico y el posmodernismo en lo cultural (y que por más antagónicos se presuman, actúan como fraternos aliados moldeando las estructuras sociales): una sociedad líquida y cambiante, más inestable que la que vivieron las generaciones pasadas que saborearon las mieles del crecimiento de los años de la posguerra. Les entregaron un mundo paradójico: un mundo que procura confort y libertad, pero a la vez carente de un piso firme. Y tampoco es como que les hayan entregado un mundo tan horrible como los pesimistas y los nostálgicos del pasado (a veces ellos mismos) aseguran, pero tampoco les entregaron un mundo igual al que ellos vivieron como para esperar que se comporten igual.

    ¿Son las nuevas generaciones más débiles? La respuesta es que, como todas, lo único que han hecho es adaptarse a su entorno. En algunos ámbitos podríamos hablar de algunas manifestaciones de fragilidad o falta de tolerancia a la frustración, pero tampoco creo que sea algo tan dramático o exacerbado como algunos aseguran (y que creen falsamente que sus generaciones tuvieron un gran tesón) y ello es producto de su adaptación al entorno que la otras generaciones les crearon.

    Me rehúso a pensar que se trata de una generación perdida. Las nuevas generaciones, así como tienen ciertos defectos, también tienen cualidades particulares: son, por lo general, más multitarea lo cual les facilita más adaptarse a los cambios, son más especializados, son más flexibles y curiosos. No es casualidad, por ejemplo, que la filosofía, que ya había sido casi descartada, esté recobrando cierto auge (no dentro de las aulas, sino más bien por otros medios, sobre todo, digitales).

    En resumen, me atrevo a decir que estas críticas lapidarias no son más que uno de esos tantos conflictos generacionales, con el aditivo de que el conflicto actual es propagado y magnificado por Internet y las redes sociales.

  • Homo Youtubens

    Homo Youtubens

    Homo Youtubens

    Hace unos días, en uno de esos programas de revista de TV Azteca, los conductores compartían los videos más chistosos que habían visto en Youtube. Ese simple hecho, que puede parecer tan inocente, se convierte en clara muestra de que la conversación ya no está en la llamada «caja idiota» sino en los contenidos que se producen en la plataforma propiedad de Google.

    Hasta bien entrado el nuevo milenio, muchas personas soñaban con desfilar en los pasillos de Televisa para ser conductores, cantantes o actuar en una telenovela. Lo que ocurría en la televisión era el tema de conversación del siguiente día: la final de la novela, la última noticia que transmitió Hechos con Javier Alatorre, la nueva serie que van a «pasar por el canal 5».

    ¿Y quién habla de eso? Más allá de los deportes donde las televisoras tradicionales ostentan todavía los derechos de transmisión (aunque poco a poco se han ido al cable) ¿cuándo se habla de lo que ocurre en la caja idiota? Ello ocurre en contadas ocasiones, y cuando ocurre, la misma conversación se lleva al propio Internet para que ahí se desarrolle.

    ¿O quién espera al telediario deportivo de la noche para ver todos los goles del partido cuando los puede ver en Youtube minutos después de que haya concluido? En ese momento, la televisión, productora y transmisora de los contenidos, pierde el monopolio y la conversación se lleva a las redes donde los usuarios interactúan y reinterpretan los contenidos. Lo que era un contenido televisivo, en minutos ya es un video en un canal de Youtube (aunque sea el canal oficial de la televisora). La televisora poco a poco se convierte en uno de tantos productores que hay en Youtube. Ahí la gente ve los resúmenes de los programas, porque ahí los tiene a la mano, disponible a la hora que sea y donde sea.

    La televisión ha perdido prácticamente el control de la conversación y poco a poco, sin reconocerlo, se ha venido convirtiendo en una parasitaria de la conversación que ocurre en Internet. En las transmisiones recurren al hashtag de Twitter o a las votaciones en Facebook, como para tratar de jalar algo de la conversación que ocurre allá, porque saben que ya no tienen el monopolio de la atención del usuario.

    Como menos que nunca los televidentes ven los anuncios (apenas se van a comerciales y el televidente se pone a ver su Facebook), las televisoras recurren en demasía al product placement y a las tácticas publicitarias similares para vender espacios. Los comentaristas de deportes anuncian más productos que nunca y hasta narran «goles patrocinados». Y tarde que temprano ni a eso podrán recurrir para que sus ingresos dejen de desplomarse.

    Y como la televisión se ha vuelto casi irrelevante, entonces el sueño de las y los jóvenes ya no es salir en la tele, sino ser youtuber y producir sus propios contenidos. Los sueños están donde está la atención, donde está la atención está también el dinero e incluso el poder. Y la atención, hoy por hoy, no está en la televisión, está en Youtube.

    Y todos lo saben. Los estudios cinematográficos lanzan ahí los trailers de sus nuevas películas. Los anunciantes gastan menos en pagarle a Televisa y más en pagarle a Google Adwords para insertar anuncios muy bien dirigidos y segmentados en los videos de Youtube. Algunos de los periodistas «recortados» por la crisis financiera que pasan las televisoras busca hacerse un espacio como Youtubers, desde donde opinan o comparten sus videocolumnas.

    Ya no se habla de rating, se habla de likes, de views y de suscripciones. Ya no es el «sintonícenos a las 10 de la noche el Canal de la Estrellas», sino el «dale like y suscríbete a mi canal».

    El emporio de Youtube, con sus algoritmos cada vez más sofisticados, se encarga de que los otrora homo videns (como les llamaba Giovanni Sartori), ahora convertidos en homo youtubens, vean lo que quieren ver. A Youtube le encantan los números y los datos, tanto que cada vez se vuelve más capaz de anticiparse a lo que quiere ver el usuario.

    Las televisoras te ponían los contenidos que ellos querían y que creían que iban a funcionar mejor para vender más espacios a los anunciantes a mayor precio. Youtube no. En teoría el usuario elige lo que quiere ver, pero la plataforma se anticipa al usuario cada vez con mayor precisión: ¡así que te interesan mucho los videos de música latina! Pues aquí te va otro bonche para que pases más tiempo en mi plataforma y veas más de esos anuncios patrocinados que me generan ingresos.

    El Youtube Rewind de 2019 (al que tantas críticas le llovió) es un claro ejemplo de la esencia de Youtube: los números, los likes, la popularidad, porque todos ellos se traducen inevitablemente en recursos económicos. Se crea una paradoja, porque por un lado pareciera que la producción de contenidos se descentralizó: cualquier persona puede crear lo que quiera en la plataforma libremente, pero por otro lado, Youtube como plataforma se convierte casi en un monopolio que almacena, concentra y monetiza todas tan heterogéneas y diversas producciones.

    Técnicamente en Youtube tenemos centenas de miles de televisoras (la gran mayoría pequeñas) cuyo set no es un gran complejo sino un pequeño estudio adaptado pero que están, de alguna forma, controladas por sus tentáculos de Youtube. Y si bien Youtube no decide qué contenidos deben publicarse, sí marca reglas o pautas que afectan la forma en que los contenidos se producen. Las pequeñas producciones caseras han pasado con el tiempo a convertirse en producciones más sofisticadas donde ya incluso se crean empresas dedicadas a administrar a varios creadores de contenidos. Con el tiempo, las barreras de entrada para cualquier aspirante a youtuber crecen: se requiere más dinero para competir con producciones más elaboradas (mejores cámaras, audio profesional, un estudio), los nichos de mercado están cada vez más saturados y competidos. Así, poco a poco la creación de contenidos empieza a concentrarse en menos manos: en aquellas que tienen la capacidad de invertir más dinero en crear producciones profesionales casi análogas a lo que era la televisión profesional.

    Pero el mandón, el que concentra el monopolio dado que en su plataforma es donde ocurre todo, es Youtube. Si Youtube decidiera apagarse, este ecosistema desaparecería casi por completo y tendría que conformarse con unas de las pocas alternativas que no ofrecen un ecosistema tan flexible como Youtube, con lo cual muchas producciones desaparecerían (me viene Facebook a la mente). Basta con que Youtube cambie algunas de sus reglas para modificar el ecosistema, para hacer que quienes ganaban mucho con ello ya no ganen tanto y viceversa. Basta un cambio en el algoritmo (propenso, como cualquier algoritmo que le da a la gente lo que quiere, a crear cámaras de eco) para cambiar las reglas del juego. No es poco común que muchos Youtubers se quejen: que ya les está costando trabajo seguir con el proyecto porque Youtube los está desmonetizando por decir alguna frase políticamente incorrecta como «ok Boomer» (sí, sucedió) mientras otros ven un gran incremento de ingresos de la nada y sin saber por qué.

    Hoy podemos hablar del homo youtubens, del individuo cuya opinión ya no es influenciada por la televisión, sino por Youtube, por lo que producen los demás ¡oh, pareciera ser el epítome de la ciudadanización y la democracia de la información! Aunque tampoco nos engañemos tanto, porque quien tiene más recursos será más escuchado y ejercerá una mayor influencia.

    Ya no es la televisión esa «ventana a lo que acontece el mundo», es Youtube (y ciertamente, en menor medida, otras plataformas). Ahí es donde sucede todo, ahí es donde los contenidos multimedia circulan y se propagan. Ahí es donde se llevan a cabo cada vez más transmisiones. Youtube es la nueva televisión, más interactiva y donde los usuarios, en teoría, son los que crean los contenidos.

    Youtube es donde sucede todo. No es el canal de las estrellas, son centenas de miles de canales de algunas estrellas que brillan mucho y otras no tanto.

  • De terapias de conversión gay a los libros quemados

    De terapias de conversión gay a los libros quemados

    Yo estoy absolutamente a favor de que se prohíban las terapias de conversión gay.

    Primero, es un absurdo, a estas alturas de la vida, plantearse por qué a alguien debería «quitársele lo gay». La homosexualidad es algo que ha estado ahí en toda la historia de la vida humana y no es algo que se vaya a ir ni hay sentido en esperar ello. Entonces vamos de una vez a promover terapias para forzar a los pelirrojos a que cambien su color a negro porque ser pelirrojo no es común.

    No solo eso, es anticientífico. No hay bases científicas medianamente serias que sustenten este tipo de terapias, aunque quieran decir lo contrario.

    Los sectores ultraconservadores argumentan que el Estado les está quitando el derecho a educar a sus hijos.

    (Y digo ultraconservadores porque cada vez son más los conservadores ya no tienen problemas o conflictos con que alguien tenga otra orientación sexual. Entonces hay que hacer otra diferenciación para no meter a todos en el mismo saco)

    Pero al mismo tiempo estas terapias se escudan en el hecho de que las personas «tratadas» tienen que ir voluntariamente y no forzadas o persuadidas por alguien más (lo cual, en la práctica, es falso, y hay muchos testimonios de ello).

    Entonces hay una severa contradicción entre ambos argumentos. Porque el último implica que el «paciente» es quien toma la decisión, no sus padres. El argumento del «derecho de los padres a educar a sus hijos» invalida el argumento de que la gente va ahí voluntariamente.

    Regresemos al argumento de la «intervención estatal». Estoy de acuerdo en que el Estado no debe quitar el derecho a los padres a educar a sus hijos, pero las terapias tienen como el fin explícito evitar la libertad de su desarrollo personal. Es decir, hay una libertad anterior que se está restringiendo.

    Porque lo cierto es que en la práctica muchas personas van forzadas a esas terapias y no son extraños los casos de aquellas personas que se llegan a suicidar o a desarrollar severos trastornos psicológicos.

    Porque bajo ese mismo argumento, yo entonces tendría derecho a agredir a mis hijos y a golpearlos violentamente porque considero que esa es la forma de educarlos.

    Bajo ese mismo argumento en tiempos pasados el esposo tenía derecho a golpear a su esposa. Al cabo es mi asunto ¿no? Y si bien el Estado no debe meterse en la educación que doy a mis hijos, hay un límite en el cual si la integridad de un ser humano se está viendo amenazada, el Estado tiene que intervenir.

    Y por lo mismo no estoy de acuerdo con el hecho de que algunas mujeres hayan quemado libros sobre conversión afuera de la FIL ¿Por qué?

    Primero, por el mero simbolismo que tiene la quema de libros y que creo queda bien plasmada en la novela Fahrenheit 451. Segundo, porque quemar un libro no implica destrozar un argumento, sino negarte a la posibilidad de hacerlo.

    Y lo que se necesita es exhibir los argumentos bajo los cuales estos «terapeutas de la conversión gay» siguen haciendo un gran negocio. Se necesita socializar el hecho de que dichas terapias son inhumanas y restringen la libertad del individuo. Se necesita que más gente lo sepa y lo entienda.

    Me hubiera encantado que leyeran el libro y destruyeran los argumentos. Seguramente no habría sido un trabajo muy difícil.

    ¿Por qué mejor no hubieran hecho una puesta en escena donde se hubieran mofado de los contenidos de ese libro?

    Pero la quema de libros cancela esa posibilidad, la posibilidad de confrontar argumentos, de socializar una causa (que es no solo completamente legítima, sino humana). Por el contrario, lo único que van a lograr es darles argumentos a los ultraconservadores precisamente en el preciso instante en el que se debate prohibir este tipo de terapias.

    Y por más que esté a favor de la equidad de género, de combatir la violación hacia las mujeres y de prohibir estas terapias, no puedo secundar que se quemen libros, simplemente no puedo aprobarlo.

  • Una semana sin Facebook

    Una semana sin Facebook

    Por ahí dicen que no valoras lo que tienes hasta que no lo tienes.

    No es que tengamos que valorar a las redes sociales, pero algo análogo ocurre cuando nos desconectamos de ellas. Solo cuando esto ocurre nos damos cuenta cómo es que cada vez están impregnadas en nuestra vida.

    Hace una semana me banearon de Facebook por subir esa imagen del funcionario de MORENA haciendo una seña obscena. El ban iba a ser por un mes, aunque apelé y a la semana decidieron que había sido un error y lo levantaron, con lo cual el ban terminó durando una semana, lo cual aparentemente no es mucho, pero sí lo suficiente para darme cuenta de la forma en que las redes ya son parte de mi cotidianeidad.

    Es chistoso, porque el ban me evocó al instante a un capítulo de Black Mirror: podía entrar a Facebook y ver todas las publicaciones, pero no podía interactuar con nadie, ni darle «like» a ninguna publicación. Yo los veo, pero ellos no me ven.

    Me di cuenta que, debido al ban, tenía que hacer algunos ajustes. Resulta que por ese medio me comunico con algunos clientes (de uno ni siquiera tenía su contacto fuera de Facebook) y que parte de mis actividades en las organizaciones civiles a las que pertenezco se llevan a cabo ahí, entonces como no podía tampoco administrar las Fan Pages, tuve que coordinarme con otras personas para que me ayudaran.

    Evidentemente tampoco podía dar mis «opiniones políticas» ni interactuar con la de los otros (porque vaya que me gusta debatir), lo cual me dejó como cierto vacío al ver las opiniones y no poder opinar de nada. El ban pasó a ser algo así como una «ley del hielo colectivo» donde yo los veo pero nadie me habla, como si solo fuera un expectador del mundo.

    Si algunos hablan sobre el transhumanismo como una cuestión del futuro, tendrían mejor que comenzar a abordarlo desde el presente. Tal vez nuestro organismo biológico no esté directamente intervenido pero sí que lo está indirectamente al utilizar cada vez la tecnología como una extensión de nuestro cuerpo.

    Y este sentimiento que tuve me llama la atención, porque las redes sociales como Facebook se alimentan de toda la información que le damos, a través de la cual van construyendo bases de datos cada vez más grandes y alimentando algoritmos para que por medio de machine learning, se vuelvan más inteligentes. Yuval Noah Harari tiene razón cuando dice que los datos son poder, porque por más sofisticados se vuelvan estos algoritmos podrán hacer cada vez más cosas, podrán predecir con mayor fidelidad nuestra conducta y nuestras decisiones. No sabemos las consecuencias que ello tendrá en el futuro.

    Pero básicamente cada vez, sin darnos cuenta y sin sentirlo, estamos más integrados a un sistema que extrae de nosotros datos que no solo se convierten en negocio sino en poder. Datos que en teoría tienen propósitos comerciales pero que también pueden utilizarse, como ya vimos en 2016, para propósitos políticos y propagandísticos.

    El problema será cuando llegue ese momento en que los algoritmos nos conozcan un poco más de lo que nos conocemos nosotros mismos, como dice Borja Moya en su libro Data Dictatorships. Cuando ese momento llegue, podríamos llegar a estar en aprietos.

    Mientras, las redes cada vez se impregnan más en nuestra cotidianeidad, hacen muchas cosas por nosotros, nos facilitan la vida en muchos sentidos, aunque a cambio de ello les cedemos nuestra privacidad, le entregamos datos para fines comerciales y, sobre todo, para seguir entrenando a esos algoritmos.

  • ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    Partamos de la idea de que la vida de todos, hombres y mujeres, valen igual. Parto de la idea liberal, sí, que incluso es heredada del propio cristianismo, de que el ser humano es digno por el mero hecho de serlo.

    Cuando se habla de la violencia contra las mujeres se dice que a los hombres nos matan más, y que se está ignorando ese hecho; pero, a grandes rasgos (excluyendo tal vez a algunas expresiones misándricas que son minoritarias) no creo que sea así. Me voy a explicar.

    A los hombres nos matan más, creo que nadie puede estar en desacuerdo con ello porque es empíricamente comprobable, pero el hombre, a la vez, tiene más margen de maniobra para evitar ser asesinado. El hombre se involucra mucho más en situaciones de riesgo que la mujer, se involucra más en peleas, en pandillas, hasta en cárteles. El hombre puede decidir no involucrarse en situaciones de riesgo y las posibilidades de ser asesinado disminuyen dramáticamente.

    Eso no sucede con las mujeres. Si bien, a las mujeres las matan menos, una mujer tiene menos margen de maniobra para que la maten porque 1) a ella también se le debe incluir en la mayoría de aquellas situaciones en las que el hombre no tiene margen de maniobra (como el hecho de ser asesinada por algún asaltante en la vía pública) 2) sobre todo, porque la violencia contra la mujer ocurre más bien en el ámbito privado (en el hogar) donde el margen de maniobra para evitar ser violentada e incluso asesinada es mucho menor (no es que no llegue a existir violencia doméstica contra el hombre, pero suele ser menor en cantidad e intensidad) y 3) porque debido a la diferencia de fuerza física y a la forma en que ambos sexos se atraen sexualmente, un hombre tiene más incentivos y mayor facilidad para violar a una mujer que una mujer a un hombre.

    La violencia hacia el hombre suele ser pública, y la violencia contra la mujer suele ser más bien privada. Ese es un problema, porque entonces la violencia contra la mujer (en el hogar o incluso en el ámbito laboral) no solo es menos visible, sino es que es casi invisible. Otro problema es que la forma en que las políticas y estrategias de seguridad se enfocan más en lo público que en lo privado. Es decir, la mujer dentro de casa está menos protegida.

    Dicho esto uno puede responder a la pregunta: Si a un hombre lo matan más, ¿por qué las mujeres se sienten más vulnerables cuando salen a la vía pública? ¿Por qué ellas se la piensan más en tomar un taxi o un Uber?

    La respuesta tiene que ver con la situación de vulnerabilidad.

    No se trata de hacer absurdas y falsas distinciones de que el hombre es malo y la mujer es buena, ambos pueden ser crueles y abusivos, una mujer puede llegar a destruir la vida de un hombre también. Vaya, ambos son seres humanos imperfectos y con muchos defectos. Se trata de entender cómo el sistema de cosas (social, cultural, económico, político) mantiene a la mujer en una situación de mayor vulnerabilidad.

    Nunca he estado cómodo con el término «patriarcado» porque, como lo he sostenido en este espacio, me parece que implica un régimen de total dominio del hombre hacia la mujer, y a estas alturas creo que ya no es tan así: la mujer tiene cada vez más espacios de poder y mayor participación en la vida pública. Lo que sí podría argumentar es que todavía existen varias reminiscencias de un régimen patriarcal anterior. Me voy a explicar:

    Los roles de género tienen mucho que ver con el contexto histórico, social, económico y tecnológico en el que se encuentran insertos. Durante mucho tiempo el hombre (que tenía más fuerza) era quien salía a trabajar por el pan y la mujer era quien criaba a los hijos (evidentemente esto con muchos matices a lo largo del tiempo y entre diferentes culturas). Como el hombre era quien más participaba de la vida pública, quien trabajaba y hacía la guerra, era también quien tenía más poder, por lo cual había una asimetría de poder entre el hombre y la mujer. La mujer cedía poder pero en cambio recibía alimento y protección: sí había una suerte de hegemonía patriarcal pero también, hasta cierto punto, podría hablarse de una suerte de consenso. El hombre era quien hacía las leyes y construía el mundo, la mujer se quedaba en casa básicamente a criar a mujeres y a esos mismos hombres que tomarían roles protagónicos en el futuro. Vaya, la mujer estaba tan fuera de la vida pública que no tenía derecho a votar.

    Hubo un momento en el cual la mujer se comenzó a dar cuenta de que no necesitaba ese alimento y protección porque podía ganárselo ella misma, ahí el «consenso patriarcal» se comenzó a resquebrajar, aunque ese resquebrajamiento no se dio de forma paulatina en los diversos sectores, prueba de ello es que mientras la sufragistas buscaban el voto había ligas de mujeres en contra de adquirir dicho derecho. El inicio de este resquebrajamiento ocurrió básicamente después de la Revolución Industrial, sobre todo cuando la fuerza comenzó a ceder a otras habilidades y al conocimiento como medio principal de producción, donde la mujer ya no se encontraba en desventaja. Casualmente, las primeras organizaciones feministas comenzaron a surgir en este contexto y algunos fenómenos aceleraron ese proceso, como la Segunda Guerra Mundial, donde las mujeres tomaron los trabajos de los hombres que habían ido a la guerra.

    Hoy, a pesar de la insistencia de algunos necios, no hay razón alguna como para que la sociedad persuada u obligue a la mujer tomar el rol pasivo y el hombre el activo porque aquellos rasgos se volvieron totalmente irrelevantes en el contexto actual. La tendencia actual ahora va más en función de la adopción de la división de tareas entre mujer y hombre. Digamos que los avances tecnológicos y sociales promovieron por sí mismos la idea de equidad de género, que tiene que ver, sobre todo, con la equidad dentro de lo público. Pero los cambios no son completamente tersos ni lineales, sino un poco disparejos y abruptos.

    Y considerando la naturaleza de estos cambios, entendemos que en un estado de cosas que ya no debería esperar que ambos géneros tomen roles diferentes, siguen existiendo manifestaciones de esa sociedad patriarcal que aparentemente ya habría sido superada. El machismo, los celos de algunos hombres cuando las mujeres cobran relevancia dentro de lo público, y demás problemas que son los que aquejan a la mujer, son ejemplo de dichas manifestaciones. Son como una suerte de desfase, de rasgos propios de un sistema que ya no existe dados los avances sociales y hasta tecnológicos.

    Las estrategias para combatir la violencia y el crimen no están exentas de esas reminiscencias patriarcales. Posiblemente la idea de que el hombre fuera quien participara de lo público, y el hecho de que él tenía a su cargo a la mujer, hizo que la violencia hacia ella no fuera visible y de hecho por mucho tiempo llegó a ser legal que el hombre golpeara a la mujer y lo sigue siendo en algunos de los países más atrasados. Incluso socialmente era más aceptado que el hombre tuviera una pareja fuera del matrimonio que el hecho de que la mujer lo tuviera, algunas mujeres tenían que callar cuando eso ocurría y, por el contrario, si ellas eran infieles, el más pesado escarnio caía sobre de ellas. Todo ello se explicaba por esta idea de que el hombre era, de alguna forma, el protector de la mujer. Las leyes no contemplaban una situación de igualdad, sino una donde la protección del primero a la segunda se asumía.

    Todo esto no implica que la violencia contra la mujer sea meramente un asunto de género. Pero el género sí está inmiscuido, es lo suficientemente relevante, y no puede negarse por todo lo que he comentado anteriormente. Pero son varios factores los que la detonan y los que la magnifican y hay que entenderlo como el fenómeno complejo que es. Que en México haya una impunidad generalizada y una crisis de seguridad evidentemente incrementa de forma drástica el número de mujeres asesinadas y violadas; pero como había comentado, la lógica de las estrategias de seguridad atienden más lo público que lo privado y también hay factores culturales propios que son reminiscencias de una sociedad patriarcal obsoleta, y por ello entonces también deben de ponerse los puntos sobre las íes en este tema.

    Es importante, sí, crear un Estado de derecho donde cualquier crimen y asesinato sea castigado, de poco sirve un gobierno que pregone tener «conciencia de género» y presuma de pasar leyes para proteger a la mujer cuando su estrategia de seguridad general es un desastre. Pero, por otro lado, quienes relativizan el problema o dicen que es cualquier violencia porque todas las violencias importan igual (lo cual es un falso dilema) no ayudan en mucho. Hay muchos países donde los niveles de seguridad son relativamente bajos pero donde sin embargo aquellas violencias que son privadas y que son las que afectan más a la mujer siguen estando muy presentes.

    Live and Learn staff pose with a ‘Stop! Violence against women’ sign. (L-R) Wilson David, Clifton Mahuta Mainge, Ellison Sau and Francis Rea.

    Si se crean políticas públicas a partir de estos dos extremos: que es exclusivamente un tema de género, o que el género es completamente irrelevante, tarde o temprano nos daremos cuenta de su ineficiencia. Hay alguna cuestión de género cuando un hombre golpea a su esposa o viola a una mujer, la hay cuando la mujer decide no contarlo por miedo a ser juzgada; pero también hay otros factores: que el hombre sea una persona psicológicamente inestable o tenga ciertos traumas, etc. Combatir la violencia hacia la mujer requiere de una estrategia multidisciplinar.

    Si el feminismo ha crecido a pesar de los pronósticos que decretaban su fin (más allá de cuestiones ideológicas, intereses, imperfecciones, excesos y demás cuestiones propias de cualquier causa social) es en gran medida porque las mujeres, en tanto han comenzado a externalizar aquello que estaba invisible, se han dado en cuenta que el sistema (como estado de cosas económico, social, político y cultural) tal como se muestra es incapaz de enfocarse en aquello que les aqueja. Dicen las feministas que lo privado es público, y en ese sentido, eso que ocurre en lo privado ha sido subido al ágora. Las mujeres cada vez callan menos la violencia de la que muchas veces son objeto y que hasta hace poco habían enterrado por miedo al juicio de la sociedad (sí, otra reminiscencia de lo que fue una sociedad patriarcal).

    No solo es el hecho, como dije, de que la impunidad general sea muy alta y la ineficiencia de las autoridades en torno a la seguridad agrave fuertemente el problema, sino que en el caso específico de las mujeres el paradigma del sistema de seguridad invisibilice su problema.

    Todos somos iguales ante la ley porque todos somos dignos como seres humanos, pero de ahí no se sigue que deba establecerse un paradigma unidimensional para atacar las diversas problemáticas que existen, sino que debe entenderse la heterogeneidad de la sociedad y atender las problemáticas específicas. Así como hay leyes y normas que protegen a las personas de la tercera edad o para proteger a la niñez, entonces ¿por qué no tendría que haber un enfoque específico que atienda los problemas de la mujer, así como también debería haberlo para atender los problemas del hombre?

    Y por alguna razón, es la violencia contra la mujer la que más se regatea, a la que más se le ponen peros. Concuerdo con que, en varios casos, falta empatía sobre el tema (lo que incluye burlas por parte de algunos hombres y hasta mujeres), pero en muchos casos también falta el conocimiento para poder empatizar, porque no se puede empatizar con lo que se desconoce. Mucha gente no empatiza porque en realidad no entiende. Y lo que hemos visto en las últimas fechas es un grito para alertar, para llamar la atención de lo que está pasando.

    Y no se trata de presumirse feminista o aliado (siendo sinceros, a veces su uso por parte de los hombres me llega a causar cierta sospecha) ni es imperativo siquiera adoptar el discurso o evitar disentir con aquellos movimientos, sino simplemente de empatizar con el dolor de los otros a partir de la idea del ser humano como digno por el hecho de serlo, y desde ahí entender este problema que aqueja a las mujeres, que es real, y que es muy duro (porque incluso las violaciones destruyen muchas veces su ser como los hombres no tenemos idea).

    Porque las viscerales burlas por parte de quienes en teoría están preocupados por que los movimientos feministas se radicalicen solo harán eso, radicalizarlas. Porque justamente es la falta de empatía y la impotencia la que genera el encono.

    El problema es real, y no se puede ocultar.

  • El feminismo mexicano como fenómeno político

    El feminismo mexicano como fenómeno político

    Allá hace algunos meses, cuando explotó el #MeToo, algunos presagiaron el fin del feminismo dados los efectos colaterales producto del método a seguir para hacer denuncias y que constaba de creer el testimonio de las mujeres y darlas por válidas (que más de un hombre llegó a ser falsamente denunciado producto de alguna mujer que aprovechó el momentum para difamar).

    Luego también presagiaron su fin cuando algunas anarquistas vandalizaron el Ángel de la Independencia. Lo volvieron a matar ahora con el vandalismo ocurrido en la Avenida Juárez de la Ciudad de México.

    Decían que el feminismo estaba perdiendo apoyo y legitimidad, que hay gente indignada por lo ocurrido. Pero en realidad está ocurriendo justamente lo contrario, más gente se está sumando. ¿Por qué?

    Quienes presagian su muerte no han entendido de qué va la cosa, parten desde la idea de que una lucha social tiene que legitimarse ante la comunidad, convencer y caer bien a todos, lo cual no es solo absolutamente falso, sino también absurdo.

    Una causa social solo necesita legitimarse ante el número suficiente de personas necesarias para que tenga la suficiente capacidad de difundir el mensaje que quieren comunicar e impulsar sus peticiones. Lo que importa aquí no es tanto la legitimidad del colectivo como tal, sino la del mensaje que quieran que sea escuchado para que a partir de ahí se gesten los cambios.

    Las feministas no pretenden siquiera generar simpatías ante todo el mundo, no son «un político en busca de la mayor cantidad de votos» (además ni los políticos buscan agradar a todos, sino a los suficientes para ganar). A veces pueden resultar nefastas y caer gordas, y no es como que les importe, tampoco les interesa tanto que todo el mundo lea a los filósofos postestructuralistas de los que tanto gustan algunas de ellas. Lo que les interesa es cambiar la realidad en la que se encuentran y por ello quieren visibilizar aquello que consideran que está invisibilizado. Lo que quieren no es caer bien, sino que el mensaje se escuche para que las problemáticas que les afecta se combatan.

    De hecho, es probable que más de una de ellas asuma que caerle bien a todos implicaría que no están haciendo bien su chamba. Porque si hablamos de una batalla cultural donde pretenden cambiar actitudes y normas, queda implícito que algunas personas van a quedar muy incómodas con ello. Asumen que el diálogo se ha quedado corto y que el conflicto se vuelve inevitable.

    Pero el feminismo como tal no está en crisis, por el contrario, está creciendo y ya logró esa masa crítica necesaria para insertarse dentro del ágora política y social de nuestro país. Con el polémico #MeToo primero lograron esa masa crítica necesaria para que muchas mujeres se atrevieran a externar los casos de violación de los que fueron objeto, eso pesó más que las deficiencias del método. El mero hecho de que quedara al descubierto que el problema era más grande de lo que se pensaba hizo, contrario a lo que muchos pensaron, que su movimiento creciera.

    Poco a poco más mujeres, muchas de las cuales tienen miedo de salir a la calle o de ser violadas, como varias de sus pares, sumado a esto los altos niveles de impunidad y la ineficiencia de las autoridades para combatir el problema, comenzaron a sentir alguna forma de simpatía con la causa. Importó más encontrar un canal o un refugio para sus preocupaciones y temores que las imperfecciones o los excesos que puedan existir en su movimiento.

    Y entendido que se trata de la legitimidad del mensaje más que la del colectivo, los mismos actos vandálicos (cometidos por una minoría y no en nombre de todo el contingente, ciertamente) les terminaron siendo útiles de alguna forma. Muchas personas se molestaron (tienen derecho a oponerse a las formas y no implica necesariamente una disyuntiva), sí, pero aquello logró amplificar su mensaje. Entre tantas molestias por los monumentos rayados varios entienden que hay una dura molestia detrás. Y como en la publicidad, la idea es repetir varias veces el mensaje para que «se posicione en la mente del individuo».

    Tal vez muchos nunca simpaticen con estos colectivos pero comprendan que el problema existe y logren cierta empatía con ello.

    Y después de lo acontecido en el Día Internacional contra la Violencia contra la Mujer, quienes recibieron opiniones mixtas por la comentocracia mexicana donde algunos se lanzaron en contra (el escarnio de Paty Chapoy) y otros a favor, las mujeres se lanzaron al Zócalo a replicar una puesta en escena creada en Chile y que se viralizó en las redes sociales hasta replicarse internacionalmente. Dicha puesta en escena se convirtió en un símbolo, de esos que dan cohesión e identidad a un movimiento:

    Lograron invadir parte de la explanada del Zócalo, fueron la cantidad suficiente de mujeres como para enseñar «músculo», como diciendo que no se trata de un grupo minoritario y que la cosa va en serio. Fue tal cantidad de gente que incluso en la puesta en escena es posible percatarse de la velocidad del sonido a través del movimiento de sus brazos.

    Y más que hablar de un movimiento social en desprestigio, muchas mujeres que han sido afectadas (algunas que incluso veían con escepticismo ese tipo de movimientos), o mujeres que temen serlo, han encontrado en ese movimiento una forma de contención y refugio ante la problemática que viven.

    El feminismo, como cualquier causa social, es perfectible, puede no gustar, puede llegar a caer mal, pueden haber excesos, pueden manifestarse algunos radicalismos, pueden generar escepticismo, molestias y hasta indignación. Lo cierto es que el feminismo como fenómeno político no es un fenómeno aislado surgido de la nada ni es una «conspiración macabra ideada por George Soros y algún reptiliano», más bien tiene una causa bastante clara, y justamente esa causa es increíblemente parecida a ese mensaje que quieren comunicar. Y si se quiere entender este fenómeno, ya sea para analizarlo, criticarlo o apoyarlo, se vuelve indispensable entender la causa en sí.

  • El #LordCafé y el manejo de las emociones

    El #LordCafé y el manejo de las emociones

    El Director General del restaurant La Gorda (identificado Daniel Gutiérrez) tuvo un percance donde hizo todo mal.

    Una joven quien aparentemente trataba de esquivar un camión chocó en contra del ahora apodado #LordCafé. La joven hizo lo que hace cualquier persona razonable cuando tiene un percance, que es detener el automóvil y hablar al seguro para que éste se encargue de reparar el daño causado.

    En teoría uno puede estar molesto cuando le chocan, por el percance, porque te rompen la rutina y a veces hasta por el susto. Pero uno sabe que si quien le chocó está asegurado podrá estar seguro de que su automóvil será reparado y no tendrá que pagar un solo peso.

    Pero lo que hizo el #LordCafé fue todo lo opuesto a lo que una persona debería hacer cuando le chocan, y en todo salió perdiendo. El hombre bajó, agredió el carro de la mujer, agredió a la mujer aventándole su café directamente a ella y escapó. Probablemente él tendrá que pagar los daños que sufrió su carro y los que causó a la mujer, y lo peor, que ese acto le hizo un severo acto a su reputación como persona que podría derivar en la pérdida de su puesto con todo lo que ello implica. Todo esto justo en el marco del Día Internacional contra la Violencia contra la Mujer que magnificó aún más la indignación hacia este personaje en las redes sociales. Vaya, hasta el ex Presidente Felipe Calderón tuiteó al respecto amplificando el escarnio que cae sobre el #LordCafé.

    No todo termina ahí para el #LordCafé, Director General y uno de los dueños de La Gorda ¿qué le van a decir los otros accionistas por un evento que está manchando la reputación de su restaurante (conocido en la ciudad)? Inclusive este altercado ya ha sido aprovechado por su competencia para robarle algunos clientes. Seguramente el impacto que esto tenga en su carrera profesional va a ser muy fuerte.

    También ¿qué implicaciones tendrá su actitud para la el restaurant que actualmente maneja y que, como muchos restaurantes de Guadalajara, se ha construido a través de muchas generaciones? ¿Ello le causará remordimiento? Ni que decir del hecho de que ya está siendo investigado por la Fiscalía, por lo cual seguramente recibirá sanciones, seguramente tendrá que pagar a la mujer, además de las otras sanciones correspondientes.

    La mujer, de quien se quiso desquitar por quién sabe qué razón, salió tal vez hasta ganando. Ante la mediatización del hecho, ya hay talleres que con el afán de hacerse publicidad se ofrecieron a reparar gratis el carro de la chica, además de que la propia fiscalía ya se puso en contacto con ella. Toda la comunidad se solidarizó con ella ante la agresión que recibió, mientras que el #LordCafé ve cómo su reputación se va hasta los suelos en un evento que seguramente no será olvidado por la gente en tan poco tiempo, y menos por las mujeres quienes vieron la agresión en redes apenas un día después del día contra la violencia hacia la mujer.

    Y lo más triste para #LordCafé es que el escarnio que está recibiendo es justo. No hay un linchamiento con base en mentiras o suposiciones, todo quedó grabado en ese video.

    Si el #LordCafé hubiera controlado sus emociones, su vida seguiría transcurriendo normalmente, la peor incomodidad tal vez habría sido tener que usar el Uber en algunos días mientras su coche (de cuya reparación no pagará ningún peso) sale del taller. Pero en vez de eso, ahora es visto públicamente como una persona violenta, arrogante, agresiva y hasta machista, y no es injusto. Todo por no manejar bien sus emociones y volverse esclavo de sus más primitivos instintos.