Categoría: reflexión

  • El influencer, el ego y la perversa carrera por el like

    El influencer, el ego y la perversa carrera por el like

    El influencer, el ego y la perversa carrera por el like

    Un simple concepto o mecanismo irrumpió en el ethos social y ha modificado ya no solo las relaciones sociales sino los contenidos que consumimos en Internet: ese es el like (y sus símiles o derivados como los corazones en Twitter, Instagram o TikTok que vienen a ser lo mismo, o las extensiones del propio like en Facebook como el «me importa» o «me encorazona»).

    Lo vemos en todos lados, ese pulgar arriba símbolo de aprobación o de interés que hace que nuestro cuerpo despida dopamina. A partir de los likes nos creamos una narrativa de nosotros mismos y nuestra interacción con los demás (la cual no necesariamente termina de corresponder con la realidad, incluso muchas personas tienen la osadía de medir su éxito social a partir de ellos, pero hoy no me voy a centrar tanto en los efectos que el like tiene en los individuos como tales, hace algunos años escribí este artículo que, me parece, sigue vigente.

    Hoy quiero escribir sobre los efectos que el like tiene en los creadores de contenido, lo cual, a su vez, afecta sobremanera la forma en que los contenidos en Internet se presenta (y, a su vez, está estrechamente ligado al efecto que tiene en las personas como tales y cómo es que puede modificar patrones de comportamiento, lo cual es más notorio en TikTok). Al igual que en el caso de las personas comunes, existe una carrera por los likes así como por la cantidad de suscriptores. Ya sea Youtube, Twitter, Instagram o TikTok, este mecanismo ha creado una suerte de incentivos (a veces perversos) que terminan modificando la forma en que los contenidos se presentan.

    Hace poco platicaba con un amigo quien me decía que la mercadotecnia política era una suerte de perversión de la política misma: en vez de que las campañas ofrezcan información a los individuos de tal forma que tomen una mejor decisión en las urnas (lo cual ciertamente pasa, pero de forma secundaria), se posicionan a los políticos como productos de mercado que se ofrecen después de haber estudiado al mercado meta. Sin embargo, dada la dinámica de las elecciones (buscar convencer al elector) y de las herramientas disponibles para ello, llegué a la conclusión de que los incentivos para hacer de la elección un despliegue mercadotécnico son altísimos e incluso es casi inevitable que ello no suceda.

    Algo así ocurre, me parece, con los influencers y el diseño de las plataformas a través de las cuales comparten contenidos. Si en la política se esperan buenos candidatos, en las redes sociales se esperaría que el influencer se centre en crear buenos contenidos. No niego que en las redes uno puede encontrarse contenidos de gran calidad, pero también nos encontramos a influencers hacer todo lo posible (y en detrimento de los contenidos mismos) para ganar likes y suscriptores, lo cual está asociado a su vez con un algoritmo cada vez más inteligente y complejo que, a su vez, está asociado con el dinero que ganan a través de la plataforma.

    Es posible que estos incentivos creados hayan motivado a Yosstop a subir un video donde estaban violando a una menor de edad y por lo cual hoy está tras las rejas mientras se le juzga. Es posible que Yosstop haya pensado que un contenido así podría viralizar su contenido o darle muchos likes. Los youtubers buscan mantenerse vigentes no solo por el hecho de que teman que su público se olvide de ellos, sino porque el algoritmo (ese que te presenta una lista de videos recomendados en la página principal) es muy caprichoso y necesitan estar llamándote la atención para que no dejen de aparecer en tu página principal.

    Influencia es poder, y los «creadores de contenido» lo saben. Esta se mide, en gran medida, por el número de likes y suscriptores. Dichos creadores no esperan ganar «reputación académica» sino llegar a más gente, la influencia en las redes sociales se monetiza: por más alcance tengas, por más personas te vean, te sigan y te recomienden, más dinero ganas. Pero no solo es un asunto de dinero, sino de egos. Muchos influencers intentan crear una narrativa sobre su persona que, además de que sea económicamente rentable, los posicione como «alguien»: ser alguien te da dinero y, a la vez, ganar dinero significa que eres alguien.

    Ante la avalancha de críticas que recibió en Twitter, Diego Ruzzarín decidió restringir el acceso a su cuenta (no sin haber bloqueado a muchos tuiteros, práctica común en muchos «influencers de Twitter). Este tipo de acciones se debe, en muchos casos, al temor de que esa narrativa que los influencers buscan crear de sí mismos se ponga en entredicho. De la misma forma, es posible ver cómo personajes como Ruzzarín gustan de publicar extractos de sus videos donde se imponen intelectualmente a otras personas: «aquí le doy unas lecciones de política a Chumel Torres», aquí destruyo a Carlos Muñoz. El propio Carlos Muñoz, al haberse creado la percepción (adecuada, considero) de que había perdido el debate y que Ruzzarín lo había exhibido, decidió bajar el video de su canal de YouTube. Todo se trata de crear una reputación que alimente el ego y que pueda monetizarse.

    No es que las personas, de la noche a la mañana, se hayan vuelto más egocéntricas. Ocurre más bien que el diseño de las plataformas crean los incentivos para actuar de tal o cual manera. En las redes sociales, la popularidad de muchos personajes suele crecer como la espuma (cosa que no habría ocurrido en los medios tradicionales). Si Ruzzarín ganó popularidad, entonces ello puede reforzar su autoconcepto de filósofo inteligente (atributo que, a la vez, busca resaltar), pero la popularidad en redes no necesariamente tiene que estar directamente correlacionada con los atributos que algunas personas suelen darse sino con otros factores. Es posible que Ruzzarín no sea el gran filósofo que cree que es y ello lo termine hacer caer en un mar de contradicciones: a partir de ahí viene el desencanto. El influencer ya no solo tiene muchos seguidores sino haters que cuestionan los atributos que el influencer mismo se otorga. El influencer, en muchos casos, se siente acorralado y amenazado. Algo tiene que hacer para no perder su reputación. Algunos logran (a veces con éxito) crear una narrativa polarizadora de nosotros contra ellos (como ha intentado hacer el propio Carlos Muñoz); otros se desesperan y terminan cometiendo muchos errores. Algunos que eran capaces de crear contenidos decentes terminan haciendo cualquier cosa para ganar seguidores o reducir las críticas.

    Algunos otros influencers se esfuerzan porque estas dinámicas no les afecten, tratan de apaciguar a su ego y se enfocan en crear contenidos de calidad. Aún así, pueden verse completamente afectados por las plataformas mismas como ocurrió con Martí del canal C de Ciencia quien decidió terminar su cuenta después de verse afectado psicológicamente por el comportamiento del propio algoritmo de YouTube que le hacía perder progresivamente sus ganancias. Lo cierto es que la calidad de los contenidos en YouTube se han visto afectados por los incentivos creados por la estructura de la plataforma que ha derivado en una perversa carrera por el número de likes y la necesidad hasta de patrocinar los propios contenidos para obtener recursos que la misma plataforma ya no les da.

    La plataforma de Twitter es menos compleja, y si bien no puede monetizarse, sí sirve para construir narrativas sobre los propios perfiles que pueden trasladar a otras redes que sí son monetizables como YouTube. Ahí en Twitter, en una lucha de egos, los influencers se retan a «debates» que son más bien una suerte de talk-shows que consiste en ver quién destroza la reputación de quién, casi como una contienda máscara contra cabellera. No trata de debates formales y, muchas veces, ni siquiera de debates centrados en el mero contenido, sino un debate donde los egos se ponen a prueba para que después los contendientes presuman en sus redes que «destruyeron» a su adversario. Igual que al finalizar los debates políticos, los influencers buscan crear (a veces de forma forzada) la narrativa de que ellos ganaron el debate y fueron los vencedores. Twitter suele ser el lugar donde los influencers se retan, pero suelen subir sus videos a YouTube o a Facebook, además de crear clips propagandísticos de su mera persona en estas mismas plataformas y hasta en TikTok. Su postura ideológica incluso queda en segundo plano frente al ego: la idea es poder tener ese contenido audiovisual donde se demuestre que humilló al otro y (su ego) salió vencedor.

    Evidentemente, toda esta dinámica beneficia las arcas de las propias redes sociales que se excusan en querer mostrar a los usuarios los contenidos que quieren ver. En realidad, los influencers terminan haciendo cualquier cosa para ganar dinero (o no dejar de ganarlo): a veces tardan más tiempo en aprender los trucos y mecanismos para rentabilizar sus canales que en la ardua labor de investigación para traer contenidos valiosos porque hay algo en el discurso de las redes sociales sobre los contenidos que no termine de cuadrar del todo y posiblemente se explique por el mero hecho de que las empresas tecnológicas buscan ganar dinero y no hacer servicio a la comunidad. Es posible que los incentivos económicos no estén del todo alineados con la creación de contenidos de valor. Por ello las empresas tecnológica solo hacen frente a los efectos colaterales cuando en la opinión pública se empieza a hacer ardua crítica a las propias redes sociales.

  • ¿Por qué la selección mexicana debe quedar eliminada del Mundial?

    ¿Por qué la selección mexicana debe quedar eliminada del Mundial?

    ¿Por qué la selección mexicana debe quedar eliminada del Mundial?

    Dentro de todo lo mediocre que existe en el país, existe algo que si destaca por su mediocridad, y tan solo por eso, es el balompié mexicano.

    México es un país que tiene más de 100 millones de habitantes, es una nación donde el futbol es, por mucho, el deporte más importante. Si bien no es un país desarrollado, tiene la infraestructura y el capital. En resumen, el país tiene las condiciones socioeconómicas del país le dan la posibilidad potencial de que su selección sea, si no potencia mundial, cuando menos una de esas naciones que están ahí muy cerca de esa élite y que tienen la capacidad de ser protagonistas.

    Pero la selección nacional se ha convertido en un loop de la mediocridad que se repite cada cuatro años: van al Mundial, los eliminan en octavos de final, luego regresan a jugar algunos partidos moleros contra selecciones mediocres en su mayoría y la infame Copa Oro (con puras selecciones mediocres también) para después sobrellevar la clasificación al siguiente Mundial (a veces de forma cómoda y a veces con muchos problemas) en donde participan puras selecciones mediocres. No sé ustedes, pero en mi caso ya me da una tremenda pereza ver cualquier partido de la selección mexicana y de hecho no recuerdo haber visto alguno después del último juego en Rusia 2018. Todo es predecible, ya sabemos lo que va a pasar.

    Peor aún, los hombres de pantalón lograron que México ya no asista a la Copa América. También, gracias a ellos, los equipos de nuestro país ya no asisten a la Copa Libertadores. Los pocos torneos que nuestro país tenía para foguearse ya no existen más.

    ¿Por qué, a pesar del potencial que ahí existe, nuestra selección es una muy mediocre e irrelevante que, exceptuando una ya lejana Copa Confederaciones y algunos títulos en selecciones menores (una medalla de oro olímpica y dos mundiales Sub 17), no ha ganado nada? Me parece que la respuesta es simple: los hombres de pantalón no tienen los incentivos para hacer que la selección nacional sea competitiva. ¿Por qué? Porque la selección ya es un negociazo, es una de las naciones que más dinero genera y el hecho de volverla una «potencia mundial» no hará que generen mucho más dinero que el que ya ingresan. El negocio está garantizado en tanto la selección clasifique al Mundial.

    Está garantizado porque el aficionado mexicano es cortoplacista y poco exigente. La gente sigue comprando camisetas y sigue asistiendo a los estadios, sobre todo en Estados Unidos donde la nostalgia por las raíces de los mexicanos que viven allá hace que no se pierdan ningún partido cuando la selección juega cerca de su ciudad. Los de pantalón hasta afortunados son de tener dos mercados (el mexicano y el hispano-estadounidense), privilegio que prácticamente ningún otro país tiene.

    Y también los de pantalón tienen su negocio garantizado porque la Selección Nacional es una de los pocos medios por los cuales la gente percibe que puede expresar su patriotismo. En México no solemos estar orgullosos de muchas cosas y, por lo general, aquello que nos da una identidad natural tiene que ver más con los recursos naturales y las tradiciones (que si el mariachi, que si los tacos) que con las victorias o las hazañas. El aficionado, por lo tanto, no va a desprenderse de su selección nada más porque sí y la va a apoyar casi hasta el último momento. Ahí la razón por la cual nuestro país tiene una de las aficiones más populosas y más llamativas en todos los mundiales. La afición misma se vuelve motivo de orgullo.

    Todos estos incentivos perversos, aunados a la corrupción y la terrible improvisación en la que está sumida la liga, tienen atorada a la selección en un círculo vicioso que no le permite trascender. Para modificar esta serie de incentivos perversos se necesita una sacudida que ponga en aprietos a los hombres de pantalón. Una de ellas es la clasificación al Mundial.

    Es curioso, porque la última «revolución» ocurrió justo después del escándalo ocurrido a finales de los años 80 cuando la selección quedó eliminada de Italia 90 y demás competiciones por el escándalo de los cachirules. Justo ahí, los hombres de pantalón se sintieron orillados a hacer algo. La selección subió un peldaño más: comenzó a tener mejores resultados en mundiales, comenzó a ganar algunos títulos (aunque ninguno de ellos equiparable a una Copa América y ya no digamos un Mundial), algunos jugadores empezaron a migrar a Europa, pero ahí se quedó atorada la selección y ya no subió más.

    Antes de esa «revolución» no existían tantos intereses económicos, y aún así, los hombres de pantalón vieron necesario ponerse a trabajar para lograr que la selección subiera de nivel. Tal vez solo ello, un cisma que comprometa sus ingresos y les de un sape en sus pequeñas cabezas, hará que vuelvan a poner manos a la obra. Es claro que una eliminación es algo que les dolería en lo más profundo del alma. Basta recordar las eliminatorias del 2014 que, ante la inminente posibilidad de ver a la selección eliminada, movieron mar y tierra para que eso no ocurriera: eso les genera temor y mucha preocupación. Por ello es que es necesario que ocurra.

    También una eliminación vendría bien para sacudir al aficionado conformista, mediocre y cortoplacista cuya presencia es un gran activo para el negocio de los hombres de pantalón: aquél aficionado que, a pesar de los escasos resultados sigue yendo al estadio a cantar el cielito lindo, sigue comprando camisetas y sigue falsamente esperanzado en que «esta vez sí vamos a llegar al quinto partido».

    Tal vez sean los aficionados más primitivos los que nos hagan el favor: aquellos que, a pesar de las advertencias y amenazas de la FIFA (más allá de la terrible incongruencia que supone organizar dos mundiales seguidos en países con regímenes homofóbicos) siguen haciendo el grito homofóbico. Tal vez serán ellos (aunque la selección actual con su pésimo nivel también podría hacernos el favor) los que se encarguen de dilapidar, al menos por un momento, los intereses económicos de aquellos que han sabido lucrar con la mediocridad tanto de la selección como del aficionado que se conforma con tan poco.

  • Discúlpenme por ser clasemediero

    Discúlpenme por ser clasemediero

    Discúlpenme por ser clasemediero

    En México, el voto de la clase media ha terminado siendo muy relevante en los resultados electorales. En 2018, ésta ejerció un voto de protesta en contra tanto del régimen de Peña Nieto como de la partidocracia votando por Andrés Manuel López Obrador. Desde luego no todos quienes conformamos la clase media votamos por López Obrador, pero el voto de los clasemedieros en su favor fue determinante. En este año, fue la misma clase media la que ejerció un voto de protesta, pero en su contra. La clase media (muchos de los cuales habían votado por él en 2018) atiborraron las filas de las casillas e hicieron de esta elección intermedia la más concurrida.

    Hoy, López Obrador está muy molesto con quienes conformamos la clase media: nos tachó de aspiracionistas y de ser personas fácilmente manipulables (por Reforma y quién sabe cuántos medios más). Los clasemedieros, dice, somos conservadores, gente insensible con la pobreza, que solo pensamos en nuestras aspiraciones, nuestros títulos de maestría y doctorado. Somos muy malos, sí, bien malos.

    Pero a López Obrador se le olvida cómo nos golpeó en estos tres años de gobierno. El presidente ignoró a la clase media cuando, sorprendentemente, decidió no apoyar a los pequeños empresarios en la pandemia: gente con PyMES, restaurantes y demás se fueron a la quiebra porque quedaron desamparados, y con ellos, también los que tenían un empleo gracias a ellos. El presidente también nos ignoró con los constantes ataques a la ciencia, cuando hizo abruptos recortes a las becas y cuando eliminó fideicomisos. ¡Y cómo no olvidarlo! Ignoró a la clase media al mostrar un terrible desdén hacia las mujeres en muchos sentidos: no le importó en lo absoluto la violencia de género y, jurando ser izquierdista, tomó la misma postura que esos machitos que siempre repiten frases como «a los hombres nos matan más» o «se lo buscaron por cómo iban vestidas».

    Era obvio que el desencanto de la clase media iba a llegar, pero resulta que no lo apoyamos porque nosotros somos muy manipulables, resulta que nos hacen coco-wash de forma muy fácil. Seguramente el Reforma ha de tener mensajes subliminales o algo así.

    López Obrador nos reclama por el hecho de ser aspiracionistas, que somos de lo peor querer buscar subir peldaños en la pirámide socioeconómica, como si ello fuera algo malo (claro, en tanto no se busque por medios ilegales). A López Obrador se le olvida que justo esa aspiración es la que ayuda a naciones a prosperar, se le olvida que el mercado no es un juego de suma cero. Quienes quieren subir peldaños creando su changarro o su pequeña empresa tienen que generar empleos de los cuales se benefician más personas.

    Malas noticias para López Obrador, los de abajo también son «aspiracionistas». La diferencia estriba en que, en muchas ocasiones, no tienen los recursos para escalar por la escasa movilidad social que existe en nuestro país. Ellos también aspiran a ser como quienes están más arriba de ellos. ¿Y saben qué ha hecho López Obrador para generar mayor movilidad social en estos tres años? Absolutamente nada.

    Contrario a lo que dice el presidente, con excepción de algún libertario dogmático, casi nadie está en contra de que existan programas sociales para ayudar a los que menos tienen o a quienes se encuentran en una situación más vulnerable. Lo que se ha criticado es la visión clientelar de los programas de éste régimen que busca capitalizarlos políticamente, lo que se ha criticado también es el pésimo diseño de los programas de este gobierno que los vuelve muy ineficientes.

    Si bien es innegable que en estos últimos días han aparecido algunas lamentables expresiones de clasismo en las redes y que deben repudiarse categóricamente, es un despropósito generalizar a todos por los comentarios de unos cuantos. Voy más allá: el presidente es clasista. Cuando López Obrador afirma que a los pobres hay que tratarlos como animalitos a los que hay que auxiliar, está mostrando lo que es el clasismo en su máxima expresión: él, quien se encuentra en una posición ventajosa y privilegiada, trata a quienes se encuentran en una posición no privilegiada como inferiores a quienes él, desde su posición de privilegio, se encarga de definir y encuadrar sin siquiera considerar su libre agencia: los que menos tienen deben ser leales al régimen que busca auxiliarlos a través de mis programas sociales.

    Cuando habla de programas sociales, como sugiriendo que nosotros queremos que se eliminen para que los pobres queden en el más terrible desamparo, López Obrador nos recuerda que el dinero es «del pueblo». La afirmación sería cierta si hablara del «pueblo» como toda la sociedad en su conjunto: los individuos pagamos impuestos y esperamos que el gobierno los administre eficientemente en beneficio del bien común. Queremos que existan mejores servicios públicos, mejor educación, un mejor sistema de salud público, mejores carreteras, infraestructura.

    Pero cuando López Obrador habla del pueblo habla de «su pueblo», ese en el que las clases medias no cabemos. Ese pueblo es aquel sector de la sociedad del que el presidente espera lealtad y una cierta forma de sumisión (y del que, en realidad, no recibe tanta como esperaría). Es ese «pueblo» en el que reside (o espera que resida) su poder. Entre líneas se puede comprender que entonces el dinero, más que ser de la gente, es del régimen. Si el régimen se asume como tutor de «su pueblo» (al cual hay que tratar como animalitos y no como personas con libre agencia), entonces es el régimen el que dispone de él y el que dice qué se va a gastar, en qué, por qué y para qué sin que «su pueblo» tenga algo que decir sobre ello, porque recordemos qué pasa cuando se disiente con el régimen, los clasemedieros lo sabemos muy bien. Así, termina de tomar forma la trampa conceptual: un traslado de la gente a un soberano que reside en el presidente, muy en la tesitura de Luis XIV.

    Es muy claro que López Obrador está enojadísimo con las clases medias. Ellas le quitaron la posibilidad de alcanzar la mayoría calificada en el Congreso. Cualquier aspiración de extender su mandato o reelegirse ha sido neutralizada, así como cualquier intento de acabar con las instituciones democráticas. Ellas le quitaron el bastión, el corazón de su proyecto, la Ciudad de México, quienes votaron incluso por el PAN, no porque fueran conservadores ni mojigatos, sino porque de verdad ya estaban hartos.

    Pero la gente tan solo expresó libremente y de manera democrática su sentir en las urnas. Todo lo demás es causa de la gestión de López Obrador y sus compinches, aunque no lo quiera reconocer.

  • Breves reflexiones sobre las elecciones intermedias

    Breves reflexiones sobre las elecciones intermedias

    Breves reflexiones sobre las elecciones intermedias

    Sobre la oposición partidista:

    Pensar que esto es un gran éxito de la oposición es equivocado.

    1. Es la gente que se organizó y no la legitimidad de los partidos de oposición lo que hizo que la 4T quedara lejos de la mayoría calificada. El éxito es de la gente.
    2. La alianza sirvió para que la gente supiera con mayor facilidad por qué candidatura votar contra MORENA y poco más.
    3. Después de la desastrosa gestión de AMLO, que la oposición solo pudiera evitar que AMLO quedara lejos de la mayoría calificada y no ganara la absoluta es un fracaso monumental.
    4. ¿Hubo voto de castigo contra AMLO por parte de una población? Sí. Pero también lo hubo contra la oposición, si la oposición tuviera legitimidad, AMLO habría perdido cuando menos, la mayoría absoluta

    Las cosas como son. Los ciudadanos podemos festejar, los opositores no. Ellos tienen que ponerse a trabajar para el 2024, porque si hoy fuera la elección presidencial, el candidato de MORENA ganaría.

    El voto de castigo a AMLO y MORENA en la ciudad de México:

    No fueron los «fifís» o los privilegiados los que castigaron a AMLO. Esos nunca votan por él. Quienes votaron contra él fueron las clases medias que, curiosamente, fueron las que terminaron de llevar a AMLO al poder.

    AMLO, con su desdén a la academia y la ciencia, con su desdén a la violencia hacia la mujer, y con su desdén a los pequeños empresarios que no recibieron apoyo en la pandemia. Que el poniente de la CDMX se haya vuelto azul no es culpa del clasismo ni significa que se está volviendo conservador. Es la gente que está encabronada.

    En cambio, AMLO ha ganado apoyo en las clases más marginadas (antes del PRI) con quien ha tejido una relación clientelar. México se parece cada vez a lo que fue Estados Unidos con Trump, donde él tenía el apoyo de los menos favorecidos mientras los demócratas (acá la oposición) tenían a los grandes centros urbanos.

    Puede ser complicado comprender el voto de castigo a AMLO en números brutos, porque el voto perdido de la clase media se traslapa con el voto ganado. Los números pueden ser engañosos porque parece que AMLO perdió «poquito» y salió bien librado. Pero si comprendemos que la gente votó por el PRI y el PAN, por los que mucho sienten, cuando menos, asco, si comprendemos que estuvieron dispuestos a votar por eso, entonces comprendemos la gran necesidad que la gente tenía de castigar a AMLO. Si existiera una oposición fuerte y consistente, es muy posible que AMLO no tuviera siquiera mayoría simple.

    Sobre el clasismo que fortalece a AMLO:

    Pero AMLO sigue vivo y coleando a pesar de lo desastroso de su gestión. Y si eso pasa es porque la oposición (tanto política como ciudadana) no ha estado a la altura de las expectativas:

    Para una persona que vive en situación de pobreza o en una condición cercana a ella, una despensa mensual de 1,000 pesos o 2,000 pesos presupone una gran diferencia en su calidad de vida.

    Contrario a lo que piensa mucha gente, aceptar la despensa y votar por el candidato que la promete es una decisión racional para un individuo y sus necesidades. La respuesta simplona es «que se pongan a trabajar». El problema es que ya muchos trabajan (en ocasiones más que los quejumbrosos) y la movilidad social en México es escasa. El esfuerzo, si bien necesario, no es suficiente para abandonar su condición, se necesita suerte y estar el lugar correcto a la hora correcta (lo cual no aplica para la mayoría de la gente sin recursos) para tener la oportunidad de abandonar la trampa de la pobreza.

    La alternativa es el crecimiento económico de tal forma que la misma creación de riqueza creara muchos empleos y sacara adelante a la gente, el problema es que la que es hoy oposición no logró hacer crecer el país durante más de 20 años.

    Si la gente sale con sus argumentos tipo «ellos son huevones, resentidos y que no pagan impuestos» (como dice falsamente un meme por ahí), el populismo siempre va a acechar porque a una persona que vive en una situación complicada le va a beneficiar ese tipo de despensas y no se le está ofreciendo alternativa alguna.

    Si ya no quieren a gente como López Obrador, entonces deben poner su granito de arena para que haya más crecimiento, más movilidad social, para que quien se esfuerce sí tenga posibilidades de mejorar su condición de vida en esos sectores, que se involucren en campañas para dar mayor acceso a educación a la gente que nació en condiciones difíciles. Esos quejidos (porque luego algunos de ellos evaden impuestos y terminan pagando menor porcentaje de impuestos que los que menos tienen) no ayudan, solo nos mantienen en la trampa del populismo. Un populista se irá, luego llegará otro, y no saldremos del círculo. A ellos también hay que recriminarles la presencia de AMLO, son corresponsables.

  • Decirle a la gente por quién votar

    Decirle a la gente por quién votar

    Te tengo un notición que NO te va a gustar

    Decirle a la gente por quién votar

    Aleccionar a la gente cómo tiene que votar es inútil y tal vez hasta ingenuo. A nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

    Ello ha sido un error garrafal en muchos pro «voto útil».

    Cuando alguien te dice cómo tienes que votar, la gente siente que la están subestimando o, básicamente, que está tonta o es ignorante, y ese sentimiento es muy desagradable. Es más, es posible que termines reforzando tu voto para reafirmarte como persona autónoma o independiente.

    La gente, por lo general, expresa sus valores, cosmovisiones o creencias por medio de su voto, y no es como que éstos vayan a cambiar con una discusión en redes sociales.

    Cuando mucho, la gente cambia cuando le das información muy relevante que le puede ser útil para que él decida su voto (y tampoco es como que cambien muy seguido de parecer. Los sesgos son muy poderosos incluso en quienes dicen ser muy «rigurosos y racionales»).

    Pero es raro que la gente te diga algo nuevo o algo que no sepas. Mucha información (alguna de ella basura) circula a través de las redes sociales y tanto tú como quien te quiere convencer está expuesta a ella. Que no votes por AMLO porque el aeropuerto de Santa Lucía, que la pandemia. Eso ya todos lo hemos escuchado hasta el hartazgo.

    Uno dice muchas cosas en Facebook, discute y así, pero en el fondo sabemos que todo es más un acto de mera catarsis y expresión.

    Nota al pie: poco tiempo he tenido de escribir aquí en estas últimas semanas porque estoy en entregas finales y pues mi escritura está abocada a ello. Pero juro, ya que termine la siguiente semana, que hablaré largo y tendido sobre lo acontecido en estas elecciones.

  • El voto útil: la persuasión de «sofá»

    El voto útil: la persuasión de «sofá»

    El voto útil: la persuasión de "sofá"

    Para llamar al voto útil, se está haciendo todo mal.

    Si la oposición se encuentra con que le lograron quitar la mayoría (ya de menos la calificada) al régimen, no habrá sido por mérito propio, sino por los errores de López Obrador, porque algunos simpatizantes se sienten personalmente traicionados por él, o porque la gente vio en una App por qué partido votar (no porque ese partido haya sido exitoso en persuadirlos).

    La oposición (en todas sus especificaciones) urge a la gente a votar contra MORENA, pero no da nada a cambio, no hay sacrificio de su parte. La oposición partidista no está siquiera dispuesta a cambiar las causas que hicieron que la gente votara por López Obrador. Parecen creer que la gente tiene urgencia de regresar al estado de cosas anterior, ese estado de cosas que fue votada en contra de forma contundente en la elección pasada.

    La oposición es como un sujeto gordito con halitosis y con poca confianza en sí mismo que está urgido de conseguir novia. Se fija y se obsesiona con la primer mujer que ve, pero no hace nada por ser más atractivo: cree que él es «bueno» y que por eso la mujer debe fijarse en él.

    En la oposición (tanto política como parte de la ciudadana) hay una profunda desconexión con la realidad, con el otro. No hay un ejercicio mínimo de empatía. Columnas como ésta donde se considera que a los trabajadores hay que hablarles como Adal Ramones es prueba de ello. Somos nosotros, los poseedores de la razón y la sabiduría, los que le hablamos desde un pedestal de superioridad moral al ignorante, al otro, y le decimos qué es lo que tiene que hacer: hay que incluso parecer cool y usar frases juveniles para llegarle «a los chavos».

    Igualmente, muchas personas están convencidas de que «voy a hablar con mi sirvienta para convencerla de que no vote por MORENA, con ese mismo tono con el que le pido que tienda la cama o planche la ropa», voy a decirle a mis trabajadores, casi con un afán de «educar», que no voten por MORENA. Les voy a contar, desde una postura paternalista casi de relación amo-esclavo en el sentido hegeliano, lo difícil que es ser empresario, porque yo sé más que ellos, y les voy a contar todo desde mi perspectiva, les voy a decir cómo un triunfo de MORENA me va a afectar a mí y cómo, por tanto, yo siendo el empresario que les doy trabajo a mis empleados, les va a afectar a ellos. Pero la gente lo nota, y cuando los empleados salen de trabajar, lo primero que van a hacer es quejarse de sus patrones que les dicen «qué tienen que hacer». Si el patrón no es alguien que se destaque por la profunda admiración y respeto que recibe de sus empleados, en su fuero interno se mofarán de él y hasta incentivos de sobra tendrán de no hacerle caso y votar en sentido contrario.

    Apostar por el voto útil para que MORENA no gane mayoría en el Congreso es completamente válido y, en las circunstancias actuales, hasta necesario, ya que existen riesgos de involución democrática. No se debe malinterpretar lo que digo. Sin embargo, insisto en que quienes lo promueven no hacen esfuerzo o sacrificio alguno: les basta aleccionar y educar, pero no ponen nada a cambio, no quieren asumir nada. El esfuerzo ni siquiera está centrado en compartir información para que la gente tome una buena decisión en las urnas, sino de decirles «qué es lo moralmente correcto», «qué es lo que se debe de hacer», porque yo estoy en una posición en que te puedo decir a ti qué es lo que tienes que hacer.

    Creen que su percepción de la realidad, esa construida a través de sus propias experiencias, es la misma realidad del otro. Asumen que el otro posee una realidad más incompleta, que son ignorantes de ella, como si ellos fueran una versión muy inacabada de ellos mismos y que, por lo tanto, se les debe educar, pero son completamente incapaces de sentir sus necesidades que no son las mismas que las de ellos, porque no es lo mismo ir a trabajar en carro que en camión, no es lo mismo vivir en esta colonia que en aquella otra, porque la interacción con la demás personas no es la misma, porque la relación con las autoridades tampoco lo es. No conocen sus realidades y no parece siquiera estar dispuestos a conocerla: es el trabajador, el de abajo, el que tiene que esforzarse por comprender la realidad del patrón, le delegan al trabajador esa responsabilidad.

    Pero los que sienten estar en una posición de superioridad intelectual y hasta moral pueden llegar a ser ignorantes y tomar decisiones irracionales de la misma forma que, piensan ellos, el «otro» lo hace. Muchos, me consta, tienen poca idea de la política y sus insumos sobre el tema provienen de los chats de WhatsApp. Si asumiéramos que votar contra MORENA es «estar del lado correcto de la historia» no se debería omitir el evidente hecho de que estar del lado «correcto de la historia» no implica necesariamente que se sea un conocedor de la política o que se sepa más que el que «está equivocado»: a veces se puede estar en el camino correcto por las razones equivocadas. En muchos casos, estar «del lado correcto» es meramente circunstancial: puede ser producto de la presión social o, simplemente, porque exista la coincidencia de que lo que parece convenir o cree que conviene a una persona en lo individual le conviene al colectivo en su conjunto. ¡Vaya! A veces hasta los más «cultos y doctos» llegan a tomar malas decisiones.

    Y la realidad es que la falta de empatía, la incapacidad de abordar al otro para persuadirlo es también una manifestación de ignorancia.

    Tal vez por eso López Obrador sigue siendo popular a pesar de su gobierno tan errático, porque sabe comprender esas otras realidades (aunque luego se mofe o se burle de ellas). La oposición no ha hecho el mínimo esfuerzo siquiera.

  • El emprendimiento positivo como ideología populista

    El emprendimiento positivo como ideología populista

    El emprendimiento positivo como ideología populista

    Un fantasma está recorriendo México, es el fantasma del «emprendimiento positivo».

    A ver, el emprendimiento no es malo. Por el contrario, a nuestro país le urgen emprendedores que innoven y creen riqueza. Pero, de hace algunos años para acá, se ha enquistado una cultura nociva, frívola y superficial que poco abona a este propósito: es eso que yo llamo el «emprendimiento positivo» porque más de estrategias de emprendimiento e innovación parte de la premisa «motivacional» de que si tienes una actitud positiva o una mentalidad de tiburón (que no es otra cosa que un nuevo concepto que utiliza los mismos clichés de la autoayuda), te vas a convertir en millonario.

    En esta cultura no se trata tanto de darle a la gente las herramientas para que logre innovar o emprender: por lo general esos contenidos suelen quedar en un segundo plano. Esta cultura trata, más que nada, de jugar un poco con las ambiciones inmediatas de la gente haciéndole sentir que «sí puede ser exitoso», «sí puede ser millonario», porque, ante la necesidad que mucha gente tiene de tener más recursos económicos (a los cuales van acompañados deseos de status o autorrealización), este tipo de discursos se vuelven mucho más atractivos (y más fáciles de comprender) que la transmisión de metodologías y conocimiento para que una persona pueda emprender.

    Es más, voy más allá: este «emprendimiento positivo» es una ideología populista. Si bien, los politólogos no nos hemos terminado bien de poner de acuerdo sobre qué es el populismo, sí podemos percatarnos que el «emprendimiento positivo» comparte algunas nociones de las definiciones de populismo más aceptadas.

    Una de las características de los populismos tiene que ver con una visión moral dualista de los buenos contra los malos: buscan librar a la política de la corrupción ocasionada por la élite (argumenta Pipa Norris). Aunque la definición de la élite para este caso pueda parecer difuso, puede estar fácilmente por 1) los empleadores, aquellos que contratan a personas para tenerlas trabajando a sueldo y 2) el sistema educativo: los gurús del emprendimiento siempre insisten en que la educación no funciona.

    El emprendimiento positivo también hace una distinción dualista entre los emprendedores y los empleados (godínez). Los emprendedores se conciben (nótese incluso el aire marxista) como aquellos sujetos emancipados del godinato, de los jefes que los explotan y hacen uso de su tiempo. El emprendimiento positivo no hace distinciones y no explica que mientras algunos se encuentran cómodos emprendiendo, a otros les va mejor tener un empleo. En el emprendimiento positivo hay una superioridad moral del emprendedor sobre el empleado: el emprendedor siempre será mejor que el empleado: el empleado es el sujeto que no se ha emancipado, el que «no ha pensado fuera de la caja», el que «se deja explotar».

    Otra de las características achacadas a los populismos es la presencia de los líderes mesiánicos que promueven una retórica populista que consiste en «la adopción de ciertas ideas específicas en el discurso a partir del dualismo entre buenos y malos» tales como «librar a la política de la corrupción ocasionada por la élite» o «regresar el poder a la gente ordinaria». El emprendimiento positivo no tiene a Donald Trump o Hugo Chávez, pero sí que tiene a Carlos Muñoz, Richie Espinoza y demás gurús que pululan por Instagram y que, por medio de frases triviales, crean un culto a su persona.

    Para el populista del emprendimiento el pueblo son sus seguidores, los emprendedores (que los siguen) o aspirantes a ello, su tribu: el propio Carlos Muñoz, en su debate con Diego Ruzzarin, afirmó que cuando muriera él iba a tener el funeral más grande del mundo. Los emprendedores (obviamente, afines al líder) forman parte del pueblo, mientras que los empleadores, los mismos empleados, los profesores y todos aquellos que no caben en el concepto de emprendimiento forman parte de esa élite o los «conservadores» como diría cierto político mexicano.

    Así, el emprendimiento positivo se vuelve objeto de culto. En Instagram gustan de subir frases motivacionales: «sé tu propio jefe», «cambia tu mentalidad», «los ricos invierten, los pobres gastan». «tu competencia está en el espejo», «haz que el dinero trabaje para ti», «logra tus metas en 5 pasos», todo ello acompañado de imágenes de «gente exitosa» de un stock de fotos o de gente reconocida que muchas veces no tiene nada que ver con el texto de la imagen. Así como el populista político te dice que votes por él para que te saque de la pobreza, el populista del emprendimiento te dará consejos, te dirá qué hacer pero no cómo hacerlo.

    El emprendedor populista insiste mucho en las inversiones, en la imagen personal y en las ventas (aunque no ahondará mucho en metodologías y sí mucho en clichés emocionales), pero poco te dirá sobre innovación y creación de riqueza. Al igual que el populista político, para el emprendedor populista los símbolos y las narrativas importan muchísimo más que el diseño de políticas públicas o, en nuestro caso, de metodologías para que las personas puedan adquirir las habilidades necesarias.

    No se trata de que seas millonario: no se trata de ti, se trata de él, de que él construya una imagen de éxito para sí mismo y que tú lo sigas y admires para que consumas sus cursos, para que compres sus libros. Estos gurús te hablarán mucho de Robert Kiyosaki y otros «motivadores de negocios», pero poco hablarán de Peter Drucker o Michael Porter (autores que deberían estar en el librero de cualquier emprendedor) porque es aburrido, es técnica, es metodología. Se trata más de hacer sentir que de hacer: se trata de hacer sentir a la gente que puede ser millonaria, no de ayudar a que sea millonaria, son dos cosas distintas. También se trata de pertenecer, de prometer: no se trata de «voy a ser rico porque estoy trabajando duro», sino de «voy a ser rico porque estoy siguiendo a Carlos Muñoz». Un emprendedor sensato no perdería su tiempo consumiendo una y otra vez videos y frases motivacionales en Instagram: el tiempo es dinero, y no hay que malgastarlo.

    Por eso el «emprendimiento populista» es un ideología: porque contiene un marco normativo que dicte cómo es que las cosas deberían de ser: «todos deben emanciparse del godinato para ser emprendedores». Y es populista por este binarismo entre emprendedores y empleados oprimidos, por las retóricas incendiarias, por las promesas que no van a poder cumplir (la de hacerte millonario). Tal vez no sea casualidad que este tipo de cultura abunde en América Latina, región donde los populismos abundan.

  • Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    La tragedia del #MetroCDMX sí debe politizarse, en especial cuando los responsables son los mismos políticos. Los ciudadanos tenemos derecho a saber quienes son los responsables y a exigir justicia.

    Viajan en los vagones del metro cansados después de una dura jornada de trabajo. Apenas es lunes y parece ser un día ordinario. Algunos de ellos exponiéndose a algunos riesgos de más por el Covid debido a las aglomeraciones que se dan en las estaciones del Metro. Todo parecía tan cotidiano. Desde allá arriba, desde el paso elevado construido por ICA y Grupo Carso, se ven las luces de la gran ciudad. De pronto, en un instante, todo se cae. Todo pasa tan rápido que a algunos apenas les dio tiempo de sentir subir la adrenalina antes de fallecer. Otros, lesionados o ilesos, tuvieron suerte como para poder contar esa terrible experiencia que marcará sus vidas. A nadie se le ocurre que el tramo elevado en el que uno se desplaza vaya a colapsar. De entre millones que usan el metro a diario, solo a ellos, a esas decenas, les tocó la trágica suerte: una tragedia que nunca debió ocurrir.

    Tragedias ocurren en la vida, pero las que indignan y encabronan son aquellas que son producto de fallas éticas humanas: de aquellos que sabían del desperfecto que tenía ese tramo, de aquellos que «le metieron materiales más baratos» para quedarse con el sobrante, de aquellos que no fueron profesionales en su trabajo, de los que simplemente fueron omisos. Por eso encabrona, porque la tragedia se habría podido evitar.

    Las autoridades lo sabían, los vecinos lo advirtieron, las mismas estructuras «gritaron» desde hace años que estaban en riesgo de colapsar.

    Hoy las huestes obradoristas insisten en que no politicemos lo ocurrido, que no nos «aprovechemos» para criticar al régimen. Pero está muy bien que se politice: lo ocurrido es un asunto de interés público y, por tanto, político. Poco ético sería que los opositores pronunciaran calumnias o difamaran. No lo hacen, en principio porque ni siquiera tienen necesidad: es evidente que hay responsables y quiénes son ellos. Criticar el derecho a politizar una tragedia es faltar el respeto a las personas que murieron, ellas merecen justicia y merecen que los responsables paguen de forma categórica (cosa que anticipamos no va a suceder). Las huestes nos reclaman cuando ellas mismas, cuando opositoras, fueron campeonas no solo de la politización (en algunas ocasiones tenían razón en sus críticas), sino de la difamación virulenta. Es más, estando en el poder siguen difamando a aquellas personas que osan disentir con el régimen. Ello es tan solo una expresión de intolerancia y autoritarismo.

    Una de las ventajas de la democracia y los partidos es ello: la politización de lo público. Los partidos pueden acusarse de todo por interés propio, pero esa dinámica (en tanto no implique mentira o difamación) da a la ciudadanía más información sobre sus representantes. Antes no conocíamos cuán corruptos eran muchos de ellos, hoy lo sabemos más y tenemos más información para tomar decisiones al respecto. Así supimos que Peña Nieto es un corrupto, y así sabemos que Marcelo Ebrard, Mario Delgado y todos los involucrados en la construcción y mantenimiento de la línea 12 son responsables (funcionarios, empresas privadas como Grupo Carso) y deben pagar por ello.

    Después de la tragedia, uno habría esperado que la mañanera se tratara sobre ella, sobre las labores de rescate. En vez de eso, López Obrador se encargó de linchar a la prensa además de presentar estampas. No hubo solidaridad con las muertes más que algunas condolencias verbales y decretar luto nacional (vaya, nada que le requiera un gran esfuerzo de su parte), porque pareciera que importan más las víctimas que convienen a la narrativa del régimen: los indígenas ultimados por los españoles, las víctimas de Porfirio Díaz, pero no importan tanto las de ayer, con todo y que seguramente varios de ellos votaron por López Obrador. Es cierto, López Obrador no es directamente responsable de la tragedia como sí lo son sus colegas Marcelo Ebrard, Mario Delgado, Miguel Mancera así como las empresas privadas involucradas en la construcción de la línea 12 (varias de ellas, de los empresarios favoritos del régimen), pero al evadir responsabilidad y tratar de diluir el golpe político que implica lo ocurrido, entonces se vuelve cómplice. Él no fue, pero tapa a los responsables.

    ¿Dónde está esa izquierda que decía velar por los de abajo? Son los de abajo los que más han pagado por las irresponsabilidades de este gobierno con respecto de la pandemia, son los de abajo los que fallecieron en los vagones del Metro. En los hechos, ellos siguen siendo ignorados o, en todo caso, utilizados políticamente, incluso más que en los «gobiernos neoliberales». Los muertos merecieron poca empatía por parte del gobierno que insiste en el pueblo bueno, fueron plato de segunda mesa en la mañanera porque el banquete principal era el linchamiento a la prensa. Hasta los mandatarios extranjeros se mostraron más solidarios. De López Obrador no merecieron un tuit.

    El régimen actual se precia de ser como un ave que vuela sobre un pantano y no se mancha, pero los responsables de la tragedia (con excepción de Miguel Mancera) hoy forman parte de esa denominación oligofrénica llamada Cuarta Transformación y son sus pilares principales. No hay razones para tener esperanza en el régimen, ayer a decenas les quitaron la vida y no recibieron siquiera la compasión del Presidente. Un Presidente que se precia de representar al pueblo se hubiera involucrado de lleno, hubiera ido al lugar, hubiera instruido órdenes, hubiera hablado con las familias, pero López Obrador no lo hizo, para él lo ocurrido quedó en el anecdotario porque le importa más el impacto político de un evento que las vidas humanas.

    Los muertos y sus familias merecen justicia.