Categoría: reflexión

  • Tener la razón, no la verdad

    Tener la razón, no la verdad

    La verdad. ¿Qué es la verdad? Ese objeto tan preciado pero tan percibido e interpretado de forma subjetiva en muchos casos. La verdad tendría, supongo, que ser aquello que es objetivo, es decir, lo que es; y no subjetivo, es decir, lo que interpretamos que es o queremos que sea. Hay veces que la damos por sentada: ¿De qué color es el sol? La gran mayoría de las personas dirán sin reparo alguno que es amarillo, pero lo es solamente desde la perspectiva de un ser humano que es capaz de percibir colores y que lo observa desde el planeta tierra. Si el ser humano sale al espacio, se percatará que el sol es de color blanco y no amarillo porque la atmósfera modifica las ondas de luz. Por su parte, un perro que posee visión monocromática lo verá de color blanco -aunque no lo determine como tal porque no entiende el concepto «blanco»-.

    Tener la razón, no la verdad
    http://www.glitterpopupparties.com/

    Pero independientemente de estas cuestiones, los seres humanos decimos buscar la verdad y estamos muy convencidos de ello. La religión habla de «la verdad»; el método empírico, se dice, está ahí para llegar a la verdad de una manera más fiable intentando filtrar sesgos ideológicos (lo cual no logra en todos los casos). La realidad es que el fin último de la especie humana no es buscar la verdad sino preservarse como especie. Esto incluye que el humano tiende a buscar y aceptar la verdad cuando le beneficie más que no encontrarla o ignorarla, lo cual no se da en todos los casos.

    Si la fantasía -es decir, una chaqueta mental- le trae un beneficio mayor, tendera mayores posibilidades de preferirla y dejar la verdad a un lado.

    Voy a poner un ejemplo tan simple como un partido de futbol en un caso que no es fácil de juzgar. Imaginemos que el Atlas y las Chivas (rivales acérrimos) llegan a la final. El Atlas gana 1-0 gracias a un gol que en realidad se debió anular porque el anotador estaba en posición adelantada por medio metro.  ¿Cuál será la reacción de los aficionados?

    Gran parte de los aficionados de las Chivas estarán indignados. La mayoría de ellos hablarán del fuera de lugar y usarán ese evento como recurso para quitar legitimidad al campeonato de su rival, algunos otros incluso hablarán de conspiraciones y arreglos extra cancha. Otros pocos, sí, aceptarán que el Atlas al final ganó el campeonato de forma justa y lo reconocerán, pero serán minoría.

    Mientras tanto, los aficionados del Atlas tomarán una postura diferente. Desde aquellos que dirán que no hubo un fuera de lugar hasta que vean la repetición y a los especialistas decir que sí era, o aquellos que relativizarán el hecho para legitimar el campeonato de su equipo. -Si, fue fuera de lugar, pero el árbitro es parte del juego-. -Tampoco marcó algunas faltas de las Chivas-, -A mí la jugada anterior me pareció que fue penal a favor del Atlas,  no la marcó, y los de las Chivas no hablan de ello-. Pocos dirán que no fue del todo justo.

    ¿Pero por qué pasa eso?

    Los aficionados a un equipo lo son por un sentimiento de pertenencia y lealtad. Éste representa ciertos valores, costumbres o símbolos con los que tienen relación. Por ejemplo, el aficionado de las Chivas lo es porque sólo juegan mexicanos, porque es el «equipo del pueblo» o porque sus familiares y gente cercana le va a ese equipo.

    Entonces, cuando el individuo hace un juicio sobre la final tenderá a priorizar su sentimiento de lealtad a los colores de su equipo sobre la verdad. Al aficionado a las Chivas le trae un beneficio psicológico mayor relativizar el campeonato del Atlas porque le duele ver que su equipo perdió el trofeo frente al acérrimo rival. El aficionado del Atlas, por el contrario, mientras mayor valor le dé el campeonato -implica rechazar aquello que le reste, como ese fuera de lugar- se sentirá mejor. No será hasta que pase cierto tiempo y las emociones se tranquilicen cuando tomen una postura un tanto más objetiva y aún así seguirán existiendo diferencias entre los dos bandos y su interpretación de la validez del campeonato del Atlas.

    ¿O ustedes han visto a alguien indignarse porque le otorgaron un penal a su propio equipo? ¿Por qué es tan común que un equipo se queje un gol mal señalado en su contra, y tan raro que lo hagan cuando se señala a favor como para que de la vuelta al mundo y la FIFA les de un reconocimiento por el «fair play«?

    El experimento de la cueva de ladrones (Robbers Cave Experiment) muestra que los humanos damos preferencia, tratamos mejor, y damos más validez a los argumentos de los grupos afines sobre aquellos que son diferentes o contrarios a nosotros. 

    Existen casos en los que el ser humano sí se esmera por encontrar la verdad porque le representa un beneficio. El ser humano suele ser más racional cuando, por ejemplo, va a hacer una compra que implique mucho dinero. Por ejemplo, si el individuo compra un automóvil, lo más probable es que pregunte por sus características, compare entre varios modelos y así tome una decisión. El costo por ser irracional es muy alto. Serlo puede implicar una pérdida económica.

    Lo contrario sucede cuando el individuo va a votar. ¿Qué le ocurrirá a un individuo si vota por un mal candidato? En realidad nada, porque para que su voto haga diferencia necesitará que el candidato gane por un sólo voto, el suyo. Como el votante sabe que su voto es uno entre varios cientos de miles o millones, entonces no tiene muchos incentivos para usar la razón y si tiene más para ejercer su voto en favor de un sentimiento de lealtad o pertenencia.

    ¿Cuántas personas analizan realmente los programas de los candidatos y hacen una elección? En realidad son pocas. Muchos, incluso de entre quienes se dicen estar informados, suelen votar porque el candidato es afín a su corriente ideológica favorita porque tienen un sentimiento de pertenencia con ella. El individuo religioso que va a misa, quien acude con un sacerdote para que sea su guía espiritual, tenderá a votar conservador. En cambio, un joven que tiene amigos en la comunidad LGBT a quien le gusta estar en contra de la corriente, tenderá a votar liberal. El conservador tiene un sentimiento de lealtad con instituciones conservadoras, mientras que el liberal con aquellas liberales.

    Puede ser que algunas propuestas del candidato conservador o las del candidato liberal no tengan mucho fundamento, pero en la mayoría de los casos no serán suficiente razón para que el sujeto cambie el sentido de su voto, -especialmente cuando su simpatía por alguna corriente o partido sea notoria- aunque en la práctica y de forma racional podamos determinar que las propuestas del otro candidato traerán mayores beneficios para la sociedad.

    El experimento Asch demuestra que el ser humano puede negar aquello que es evidente con tal de no sentirse excluido.

    Muchos católicos estadounidenses votaron por Donald Trump porque la agenda dentro de algunas instituciones católicas hace énfasis en rechazar el aborto o los matrimonios del mismo sexo. Lo hicieron sin reparar que Donald Trump -en vez de Hillary, quien es pro aborto- ha acosado sexualmente a mujeres y sus políticas favorecen el racismo y la discriminación; y peor aún, sin tomar en cuenta tampoco que la postura de Trump frente al aborto es convenenciera. Trump antes fue liberal y cambió su postura para ganarse al electorado conservador estadounidense.

    ¿Qué pasará si el conservador vota en favor de Hillary, pro abortista? Posiblemente sentirá que ha traicionado a las instituciones conservadoras de las cual forma parte, o tendrá miedo de enfrentar las críticas de aquellas personas miembros de instituciones -sean familiares o formales- a las que pertenece. Votar por Trump evitará todo eso, mientras que la alternativa representa sólo 1 voto en un millón, lo cual no le trae beneficio personal alguno. Esta persona, por lo tanto, se convencerá de que Hillary es peor, relativizará los defectos de Trump y maximizará sus virtudes. Pierde más si vota por Hillary -aunque objetivamente haya sido mejor candidata, por un decir- que por Trump.

    Si a un individuo relativamente informado se le diera la capacidad de decidir quien será presidente con solo su voto, su elección tendería a ser más racional y se tomaría más en serio cómo el candidato fundamenta sus políticas públicas propuestas. Incluso podría consultar a expertos en diversos temas que le ayuden a tomar una decisión más fundamentada, porque de hacer una mala elección se sentiría muy responsable, no sólo porque dichas políticas le perjudiquen, sino por el juicio que la sociedad -que le entregó su derecho, a cambio de que él solo pudiera hacer la elección- haría de él.

    Pero ese sesgo, o «irracionalidad racional» como lo llama Bryan Caplan -autor de «El Mito del Votante Racional»- no es exclusivo de los conservadores. Por ejemplo, los progresistas están a favor de aumentar salarios mínimos por decreto porque esa política pública se alinea con su creencia en la justicia social. Cuando algún economista le diga que subir salarios desincentivará la creación de empleos, lo tachará de vendido, iluso o cerdo capitalista. Pero cuando el mismo progresista vaya a buscar trabajo -para lo cual será más racional-, no usará el mismo criterio. El progresista no pondrá un sueldo esperado muy alto en el currículum porque sabe que si lo hace, las posibilidades de que lo contraten serán menores. En vez de eso, procurará poner un sueldo esperado cercano a lo que ofrece el mercado de acuerdo a sus capacidades.

    El Mito del Votante Racional: Por qué las democracias prefieren las malas políticas- Bryan Caplan
    El Mito del Votante Racional: Por qué las democracias prefieren las malas políticas- Bryan Caplan

    Cuando el progresista -o conservador- vaya a votar, no le importará mucho ser irracional, porque serlo no perjudicará a su persona (un voto de millones), pero cuando tenga que tomar una decisión que pueda afectar su vida tratará de ser lo más racional posible, porque si erra, tendrá que enfrentar las consecuencias.

    Para que el individuo se percate de ello -que su elección no es la mejor para el propósito original- la verdad tendrá que ser demasiado evidente -que se filtre un video de los directivos del Atlas pagándole al árbitro, o que Trump proponga una política donde se permita explícitamente a los hombres abusar sexualmente de mujeres- para cambiar de postura, y aún así, las posibilidades de que erre no desaparecerán.

    Eso no significa que no que haya quienes -sobre todo aquellos muy informados- razonen lo mejor posible su voto, ni quienes sean irracionales cuando el costo por serlo sea muy alto, como quienes rechazan la medicina para curar un problema de cáncer para favorecer su falaz creencia de que la homeopatía o los productos naturales funcionan mejor. Hay quienes están netamente convencidos de la búsqueda de la verdad que en algunos casos pueden pagar el precio, o quienes, por el fanatismo o el dogma, puedan tomar decisiones que vayan en contra de su integridad y lo paguen caro. Pero estos casos suelen ser excepción y no regla.

    Según el «sesgo de autoservicio» el ser humano suele atribuirse sus logros como propios. En cambio, cuando fracasa, tiende a echar la culpa a factores externos. 

    Pueden existir algunas contadas ocasiones donde desde una perspectiva racional -valga la pena la aparente contradicción- ignorar la verdad será más benéfico que aceptarla y conocerla. Para este caso traigo a colación un capítulo de los Simpsons donde Lisa descubre que Jeremiah Springfield, padre y fundador de la ciudad del mismo nombre donde se desarrolla la serie, era un impostor. Lisa intentó comunicar la verdad a su comunidad, y cuando tuvo la oportunidad de hacerlo frente a miles de personas se retractó, ¿por qué?

    Lisa, sabiendo que la leyenda de Jeremiah Springfield daba un sentimiento de identidad a su ciudad, determinó que el costo por conocer la verdad -perder parte de la identidad de su ciudad- era mayor que el beneficio de conocerla -que sólo implica el conocimiento de dicha verdad-. De igual forma ocurre cuando se decide no decirle a un enfermo las probabilidades que tiene de morir. Si a un paciente se le dice que lo más probable es que muera, posiblemente adquiera una actitud más negativa, actitud que aumentará aún más dichas probabilidades.

    Si bien, se dice que el hombre se diferencia de los demás animales para el uso de la razón -y también, a diferencia de los animales, es capaz de fabricar chaquetas mentales- no significa que sea racional en todos los casos. En realidad debe de decirse que el hombre posee más capacidades cognitivas que las demás especies – es necesario tener dichas capacidades para tener la razón o inventar historias con el fin de evadirla- . La mayoría de los animales actúan por instinto, y existen aquellos que sí tienen capacidades cognitivas que incluso incluyen lenguaje -como los monos o los delfines- pero son bastante más limitadas que las nuestras.

    No es que seamos intelectualmente deshonestos, es que la búsqueda de la verdad parece no ser el último fin de nuestra especie, sino preservar a ésta última.

    Personas que dirán que escribí esto no para honrar a la verdad sino para beneficiarme en 3…2…1…

  • Los 6 tipos de usuarios de Internet (y por qué no es tan democrático)

    Los 6 tipos de usuarios de Internet (y por qué no es tan democrático)

    Con la llegada de Internet pensamos que la democracia se iba a consolidar. El argumento esa muy sencillo: si la información está al alcance de todos, entonces todos pueden beneficiarse de ella. Gracias a Internet ya no existirían medios unidireccionales que monopolicen la información sin que el usuario pudiera responder o interactuar. Entonces, se decía, la ignorancia cerraría sus puertas para crear una sociedad compuesta solamente de ciudadanos críticos e informados. Nada más falso.

    Los 5 tipos de usuarios de Internet (y por qué no es tan democrático)
    eldiario.es

    Pensamos que la amenaza a esa democratización y posibilidad de compartir conocimiento peligraba gracias a mecanismos institucionales restrictivos como la Ley SOPA. En realidad, parece que la disponibilidad del conocimiento puede ayudar a reforzar la desigualdad -tanto económica como intelectual- dentro de una sociedad porque nuestra capacidad económica y nuestra capacidad intelectual condiciona lo que podemos hacer con dicho conocimiento.

    Ciertamente, Internet ha abierto puertas a aquellos que antes no tenían acceso al conocimiento. Por ejemplo, personas de países en desarrollo que no podrían aspirar a estudiar una carrera -pero que gracias a sitios web como coursera.org o edx.org pueden adquirir conocimiento para especializarse de forma gratuita-, son mejores profesionales con un mejor ingreso. Pero de la misma forma, una persona que antes se encontrara en una posición relativamente cómoda y que no ha podido o querido adaptarse a Internet, puede verse perjudicada. Por ejemplo, personas con trabajos que han sido reemplazados por el desarrollo tecnológico.

    Decía que los seres humanos no nos encontramos en las mismas condiciones. Tenemos distintos ingresos, nacemos en condiciones totalmente distintas, algunos tuvimos más suerte que otros, unos somos más inteligentes o tontos que otros, unos somos más sociables o antisociales que otros, unos tenemos más valores y principios que otros, y algunos tenemos más o menos criterio que otros. Debido a estas diferencias, que pueden ser atenuadas pero nunca eliminadas, es que en el mundo hay ganadores y perdedores. Y de igual forma, hay quienes ganan mucho más con Internet que otros.

    Entendiendo estas diferencias, me atreví a hacer una escala de usuarios de Internet y su papel con la información que ahí se genera. Tal vez pueda escucharse un tanto reduccionista al simplificar el rol del individuo en Internet de esta forma, pero creo que es la forma más fácil de explicar cómo la gente genera o consume contenidos en Internet, y cómo es que estos roles generan una condición de desigualdad:

    1. El capitalista
    2. El influencer
    3. El técnico
    4. El crítico (o informado)
    5. El ingenuo
    6. El ignorante (o anticuado)

    Esta lista está organizada -de mayor a menor- por la capacidad que cada uno tiene para beneficiarse de la información en Internet. A los primeros dos -el capitalista y el influencer- los podemos considerar emisores -es decir, ejercen influencia sobre los demás al emitir o controlar la información-, mientras que los otros tres son receptores de la información. El técnico, por su parte, puede jugar ambos papeles.

    Antes de empezar a describir a cada uno, debo señalar que aunque coloqué al capitalista por encima del influencer, no siempre sucede que el capitalista tenga más poder de influencia que el influencer. Es decir, un influencer podría ejercer más influencia que aquel que tiene algunos millones de dólares para invertirlos en pauta y big data. También se puede dar el caso que el individuo juegue más de un papel. Un influencer que amase dinero gracias a la publicidad en Youtube y lo invierta para tener mayor alcance, podría ser considerado capitalista también.

    También un emisor puede jugar al mismo tiempo el papel de un receptor. Un influencer, por ejemplo, puede ser un crítico, o bien, puede jugar el papel del ingenuo, con lo cual logrará amplificar la desinformación dentro de Internet.

    De igual forma un crítico podría llegar a jugar el papel del ingenuo en más de alguna ocasión. Que suela estar informado no lo hace completamente inmune de caer en alguna trampa.

    Pero aún haciendo estas aclaraciones, el individuo terminará siempre jugando más un papel que los otros. El capitalista será siempre más capitalista que influencer, y el crítico será la mayor parte de las veces crítico y no ingenuo.

    1.- El capitalista

    El capitalista, Donald Trump, Facebook

    El capitalista se encuentra en la punta de la pirámide social: ha amazado mucha fortuna, y así como puede invertir en bienes raíces o empresas, también puede invertir dinero para influir en la opinión pública -de forma positiva o negativa-. No sólo es el capitalista tradicionalmente hablando, sino quien tiene dinero a su disposición, como pueden ser los gobiernos o diversas instituciones.

    Vamos a decir la verdad, quien tiene más dinero tiene mayor capacidad de influir -o manipular- a la opinión pública. Dentro de esta categoría no sólo podríamos considerar a individuos, sino a empresas como tales. Quienes tienen capital pueden invertir en tecnología o infraestructura. Google o Facebook pueden considerarse capitalistas: casi toda la información que circula por Internet pasa por ellos, y aunque, al menos en teoría, tomen una postura neutral con respecto a la información, al modelar la estructura por la cual la información circula, terminan ejerciendo influencia porque condicionan la forma en que el usuario final la consume.

    Un individuo o empresa que tenga la suficiente cantidad de dinero para crear unidades de conocimiento se puede considerar capitalista. Un grupo de accionistas que desarrolle un portal de información en línea y tenga los suficientes recursos para darle una gran exposición también. Un capitalista puede manipular a la opinión pública a su favor. Si un político tiene dinero como para esparcir información falsa a su favor, también es un capitalista.

    El propio Donald Trump -o su campaña- es un capitalista -en este sentido-, y a la vez, también explica el rol capitalista de Facebook -aunque Mark Zuckerberg no simpatice con Trump-. La inversión de la campaña de Trump en Facebook Ads y big data fue esencial para ganar las elecciones. Si Obama mostró que Internet puede darle el triunfo a candidatos progresistas, y si Egipto y Libia demostraron que Internet puede derrocar dictaduras, Trump logró mostrar que Internet también puede ser la vía para el ascenso de algún político autoritario o hasta fascista.

    Básicamente, el equipo de campaña de Trump invirtió una gran cantidad de dinero en pautas. Quienes hemos usado Facebook Ads, sabemos que la infraestructura que tiene la red social es algo enorme, complejo e intrigante. Por ejemplo, la campaña de Trump buscaba disuadir a aquellos sectores que Hillary necesitaba: los blancos liberales idealistas, los afroamericanos y las mujeres blancas. Y lo logró.

    Segmentar la audiencia a la que se quiere llegar -gracias a los custom audiences, los lookalikes y la segmentación por intereses– es algo completamente posible. Si quiero mostrar anuncios a jóvenes de la Ibero considerados de izquierda que mantienen una relación, que tienen una edad de 18 a 22 años de edad, que anden en bicicleta y que además les guste correr, lo puedo hacer. Gracias a nuestra actividad en Facebook -las Fan Pages que te gustan, los contenidos que compartes, cuando publicas que tienes novia o que vas a entrar a estudiar algo-, la red social crea un perfil de nosotros y de cada usuario, de tal forma que les pueda servir a los anunciantes para mostrarte sus productos. Gracias a Facebook, un capitalista puede influir en la población -desde crear consciencia sobre algún tema hasta desinformar por medio de notas falsas para modificar percepciones políticas- y beneficiarse de ello.

    Sólo basta tener mucho dinero para que el alcance sea mayor.

    2.- El influencer

    Fuente: Youtube
    Fuente: Youtube

    El influencer no tiene -necesariamente- la cantidad de dinero que un capitalista tiene, pero tiene la capacidad de ejercer influencia sobre otras personas. Cuando hablamos del influencer, se nos vienen a la mente los videobloggers como Werevertumorro o Chumel Torres. Sí, ellos son un tipo de influencers, pero no son los únicos.

    También lo son las personas líderes en su ramo que han utilizado Internet para amplificar su alcance son influencers. Por ejemplo, los especialistas en marketing digital, psicología, política, o finanzas personales –Sofía Macías por ejemplo- que son muy conocidos por quienes conocen el ramo.

    También los periodistas, columnistas y opinólogos que crearon parte de su reputación fuera del Internet -es decir, en medios tradicionales-, y que gracias a éste han tenido un mayor alcance -lo cual ocurre sobre todo en Twitter-, lo son, porque gracias a Internet ejercen influencia sobre los demás. Por ejemplo, Denise Dresser o Pedro Ferriz de Con deben ser considerados como influencers.

    Muchos influencers no necesitaron de mucho dinero para crearse una reputación tal que les diera la capacidad de influir sobre los demás, pero sí necesitaron de mucho talento, o una gran habilidad para crear un proyecto.

    Los influencers son quienes han tenido una mayor movilidad social gracias a Internet. Mientras los capitalistas ya lo eran, los influencers, en muchos casos, eran personas comunes y corrientes que dieron con la fórmula correcta.

    El influencer también puede modificar o manipular la opinión pública, pero a diferencia del capitalista -quien en muchos casos puede ocultarse-, el influencer tiene que dar la cara, y su reputación queda sujeta al escrutinio público.

    Cuando hablamos de la viralización de un contenido, el influencer juega un papel esencial. Contrario a la creencia general de que los contenidos se viralizan solos como si se multiplicaran como un virus, ésto ocurre gracias a que dicha información llega a uno o varios influencers -que no necesariamente conoces-, y cuando éstos lo comparten, amplifican considerablemente su alcance. El libro The Tipping Point de Malcolm Gladwell, ilustra bien la forma en que el conocimiento se viraliza.

    3.- El técnico

    El técnico
    Funny botanist © Serg Nvns – Fotolia.com

    El técnico es aquel que puede beneficiarse de la información gracias a su especialización en áreas relacionadas con las tecnologías de la información. Un técnico puede ser un data scientist que tiene la capacidad de analizar cantidades de datos muy grandes (big data), un hacker que a través de sus conocimientos en computación puede obtener un beneficio de la información, o un programador que pueda diseñar la arquitectura de sitios e interfases por medio de las cuales se transmita dicha información.

    Los técnicos generalmente no emiten información, pero sí pueden condicionar la forma en que ésta se consume, pueden influir para determinar quienes consumirán determinada información, o bien, pueden tomar decisiones con base en la información que recibe y obtener un beneficio. Un data scientist puede analizar datos de tal forma que con los cruces que haga tenga un mayor conocimiento de un sector de la población, conozca sus hábitos de consumo o incluso su perfil psicológico. Esto le ayudará mucho para influir en dichos segmentos que le interesan y conoce a la perfección.

    El hacker puede manipular los canales de comunicación -para distribuir información, chantajear a gobiernos, empresas o instituciones-, o puede extraer información con el mismo fin, para obtener un beneficio personal, político o ideológico. También puede ser contratado por capitalistas para que le ayudan a sus fines, o bien, pueden atentar contra los intereses de dichos capitalistas.

    El técnico es el único que posee conocimiento especializado en tecnologías de la información, por lo cual, todos los otros tipos de usuarios (excepto el ignorante, quien no accede a Internet) dependen de él. El capitalista, por más dinero que tenga, necesitará de un especialista para poder crear la arquitectura de una unidad de conocimiento, o utilizará un sistema «creado por técnicos» para poder invertir en publicidad digital. El influencer necesita de plataformas creadas por técnicos (como Youtube o Twitter) para poder alcanzar a sus seguidores. Y así también el crítico y el ingenuo también necesitarán de esas plataformas para consumir contenidos en Internet.

    4.- El crítico (o informado)

    Fotografía: Alfredo Cunha
    Fotografía: Alfredo Cunha

    Como mencioné, a diferencia de los primeros dos personajes, el crítico no genera información sino que la consume o la comparte en sus redes -con un limitado alcance-. El crítico es el mejor consumidor de información en Internet y es el más inmune ante la manipulación que pueden llegar ejercer tanto el capitalista como el influencer porque son, valga la redundancia, críticos con la información que reciben.

    El crítico, gracias a su criterio, sabe utilizar la información a su favor. El crítico suele ser educado -aunque pueden darse casos en que una persona con alta escolaridad puede tener menos criterio que uno con menor escolaridad-, y suele tener el hábito de adquirir conocimiento de forma constante.

    El crítico es quien sabe usar mejor todas las herramientas que facilita Internet. Posiblemente busque especializarse gracias a esta herramienta por medio de sitios en educación en línea o haga consultas en buscadores o sitios especializados para solucionar problemas. Además, sabe ser selectivo con la información que consume. El crítico revisa las fuentes de la información que circula en Internet, suele mostrar escepticismo y sabe contrastar información.

    Sin embargo, tenemos que recalcar que el crítico no es perfecto, porque a pesar de su capacidad de contrastar y ser selectivo, puede estar condicionado por sesgos ideológicos -ya sea, preferencia política, religión, políticas económicas- que harán que dé preferencia a cierto tipo de información.

    Otro detalle a señalar es que el tipo de contenidos que un usuario tiene más posibilidad de consumir en Internet, es aquel con el que muestra mayor simpatía. Esto ocurre porque redes sociales como Facebook muestran al usuario contenidos similares a los que suele compartir o con quienes suele interactuar, así generando una cámara de eco. Lo mismo ocurre con Twitter donde el usuario tiende a seguir más bien a usuarios que sigan una línea ideológica similar.

    El crítico es aquel que asumimos en que nos convertiríamos todos, y por eso pensamos que el poder de los capitalistas estaría limitado por la población en su conjunto y la sociedad ya no volvería a ser manipulada, pero no fue así.

    5.- El ingenuo

    El ingenuo
    http://www.academiasidiomas.es/

    A través de la historia hemos aprendido que, en mayor o menor medida, la gente informada y preparada intelectualmente es una minoría dentro de una sociedad dada; mientras que la gente que no lo es, suele ser mayoría. Quizá suene políticamente incorrecto decirlo, pero es una realidad que puede ser fácilmente demostrable.

    De esta forma podemos entender que «el ingenuo» sea el personaje que más abunde en Internet.

    El ingenuo es quien es más susceptible de ser manipulado por quienes emiten la información (capitalistas o influencers). Aunque el ingenuo se conecte constantemente a Internet, no está preparado intelectualmente para absorber la información que recibe. De hecho, no suele utilizar Internet tanto para informarse, sino para divertirse. El ingenuo entra a Internet para estar conectado en Facebook -donde puede recibir información falsa que no tiene capacidad de rechazar-. El ingenuo, por ejemplo, puede dar por válida información que circula como cadena en Whatsapp.

    Si bien, algunos ingenuos suelen ignorar información relevante que pueda malinformarlos -por ejemplo, que no estén interesados en política, y no pongan atención a anuncios o artículos relacionados-, otros pueden pensar que son críticos y apasionarse por diversos temas, pero sin la capacidad de interpretar o contrastar la información que reciben.

    El ingenuo, al igual que el crítico, no sólo consume información , sino que también la comparte; con lo cual puede desinformar a más gente. Pueden existir casos en que un influencer pueda llegar a jugar el papel de ingenuo y compartir información falsa en redes, amplificando su alcance y desinformando a mucha gente sin tener la intención de ello. Supongamos, por ejemplo, que Chumel Torres recibe información sobre un desfalco que nunca ocurrió, e indignado, lo comente en sus redes; información que será dada como verdadera por muchos usuarios de Twitter.

    6.- El ignorante (o anticuado)

    El ignorante (o anticuado)
    http://www.dfiles.me/

    El ignorante es aquel que básicamente no tiene acceso a la información porque no está familiarizado con Internet. Este grupo naturalmente está compuesto principalmente por personas mayores de edad.

    El ignorante también puede jugar el papel de ingenuo o de crítico con respecto a la información que circula en Internet y le llega por medios externos. Por ejemplo, un pariente que le comente sobre cierta noticia que circula en Internet, y el ignorante, al ser una persona leída y cultivada, tenga la capacidad de darse cuenta que esa noticia es falsa.

    Los ignorantes, al no estar conectados, no reciben beneficio alguno de Internet, y por tanto, se encuentran en desventaja frente a los demás. En muchos casos, esa desventaja se puede convertir en menos oportunidades profesionales, rezago, o incluso en cierta exclusión social (que todos los familiares estén conectados menos él).

    Conclusión

    Al darnos cuenta que tanto los recursos económicos, el talento, los roles de cada individuo en una sociedad, y la capacidad intelectual determinan la forma en que cada usuario consume los contenidos en Internet, entonces entendemos por qué tener tanta información en nuestras manos no se ha transformado en esa democratización que tantos esperábamos.

    Más bien, Internet ha cambiado las reglas del juego. Y algo que ha quedado en evidencia, es que nuestras instituciones y nuestras formas de organización se han visto rebasadas por esa súbita cantidad de información que apareció en nuestras manos y que hace menos de dos décadas no teníamos.

    Posiblemente el ascenso de la ultraderecha en Occidente tenga, entre muchas explicaciones, que aquellos que están más informados suelan ser más escépticos con sus gobiernos, haciendo menos atractivas las candidaturas con posturas cercanas al centro político -con lo cual algunos fueron disuadidos de votar-, en tanto que aquellas personas con menos educación y que son más proclives a ser engañados por medio de Internet (véase Estados Unidos y Brexit) vieron en candidatos populistas y demagogos una opción muy atractiva.

    Estoy seguro que con el tiempo podremos saber utilizar Internet y todo el conocimiento que hay ahí de mejor forma, hay indicios de ello. Pero ya no podemos pensar a estas alturas del juego que Internet por sí sólo democratizará al globo terráqueo. Posiblemente fuimos muy idealistas, ahora es muy conveniente tomar una dosis de realidad, y empezar a trabajar desde ahí.

  • Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    En el discurso, la izquierda tiene una clara ventaja sobre la derecha. La izquierda suele, en el discurso -valga la redundancia-, apelar a esos valores tan humanos y cristianos como lo son la igualdad, la solidaridad y la justicia. El discurso de la derecha, en cambio, apuesta por el orden y mantener un estado de las cosas. Naturalmente el discurso que viene desde la izquierda es más idealista y más romántico, el de la derecha hace énfasis en que un cambio al orden establecido representa una amenaza.

    Aclaro que hago énfasis en esas izquierdas y derechas alejadas del centro político y de lo convenido por la democracia liberal.

    Dudo mucho que un idealista abrace a una figura como Donald Trump. A pesar de que el magnate representa para muchos una irrupción, su discurso va en el sentido de preservar aquello que está en riesgo de perderse o recuperar aquello que se perdió. Voltea al pasado -make America great again- y hace un contraste con el presente tan decadente -la percepción pesa más que la realidad-. A Trump no le importa un mundo justo o igualitario -vaya, es un magnate ávaro-, sino recuperar la grandeza que Estados Unidos perdió.

    Pero se entiende entonces por qué muchos idealistas abrazan a la figura de Fidel Castro y no la de Donald Trump. Los que optan por los discursos de derecha lo hacen porque las circunstancias actuales los frustran, no es algún idealismo el que los mueve, ni algún sentimiento de solidaridad con sus semejantes. No es que los izquierdistas no se frustren, pero mientras ellos anhelan un mundo mejor y más justo a partir de su frustración, los de derecha tan sólo quieren recuperar lo que se ha perdido. El hombre muy de derecha piensa más en los suyos y los grupos con los que tiene afinidad, que en el bien común.

    Por eso es que en ocasiones es más «políticamente correcto» ser de izquierda que ser de derecha. Quienes son izquierdistas presumen su postura política como si eso los definiera y les diera cierta altura moral. Los de derecha son más cautelosos e incluso suelen utilizar eufemismos para no etiquetarse como tales.

    Mis redes sociales se han llenado de cierto romanticismo al ver partir a un hombre como Fidel Castro quien fue un dictador, quien mantuvo su poder a costa de las libertades de la población y de las vidas de muchos otros.

    Los románticos idealistas presentan tablas y estadísticas demostrando que los cubanos son un pueblo educado, que tienen mejor nivel de vida que muchos países latinoamericanos y que tienen un sistema de salud que «no tiene ni Obama». Su información no es del todo falsa, pero los románticos ignoran o relativizan el hecho de que a cambio cedieron muchos derechos que damos por sentados -aunque no siempre garantizados en la práctica- en las democracias liberales.

    Es como cuando Hobbes decía que el individuo debe ceder libertades al soberano para así poder vivir en un Estado que le garantice un mejor nivel de vida, lo cual ocurre en cualquier rincón donde haya civilización. Pero en el caso de Cuba, son más las libertades cedidas, que los beneficios obtenidos a cambio.

    No puedo negar que Cuba tiene algunas cosas buenas, algunas de las cuales varios países incluso podrían tomar nota. Algo se podrá aprender de su sistema de salud por un ejemplo. Pero de igual forma, también se pueden adjudicar aciertos a dictadores de derecha como Augusto Pinochet, como establecer la estructura económica a partir de la cual Chile, después de él, se convirtió en la economía más desarrollada de América Latina -con todo y los experimentos de los chicago boys-. Pero sus aportaciones, al igual que con Castro, languidecen frente a sus crímenes y los excesos de su poder, y es reconocido merecidamente más por sus agravios que por otra cosa.

    Pero al final del día, defender y recordar a Pinochet es más políticamente incorrecto que hacer lo propio con Fidel Castro. Es incluso mucho más riesgoso llevar un remera con la fotografía de Pinochet -mínimo serás tachado de fascista y escoria social-, que portar la de Castro, -en el peor de los casos, serás señalado como un joven idealista «chairo» al cual le falta aprender más de política y debe de dejar de fumar tanta mota-.

    A pesar de mantener a los suyos como prisioneros en su isla, de censurar, encarcelar o hasta matar a opositores incómogos y hasta de perseguir homosexuales, es políticamente correcto defender a Fidel Castro, tan sólo por el discurso de la igualdad y solidaridad adaptado por la izquierda. Paradójico que inclusive desde algunas corrientes progresistas defensoras de los derechos de las minorías idealicen a Fidel Castro, cuya postura ante los homosexuales -quienes a su juicio no podían ser revolucionarios-, era más dura que la de Norberto Rivera y el Frente Nacional por la Familia juntos.

    Nuestra sociedad no puede darle cabida a estas degeneraciones – Fidel Castro sobre los homosexuales.

    Llama la atención que figuras políticas, incluso unas más cercanas al centro, lo reconocieron el día de su muerte como un luchador que devolvió la dignidad a Cuba y lo independizó de Estados Unidos -lo cual sólo puede ser cierto tomando como referencia los primeros años, antes de adoptar los ideales marxistas-leninistas y de perpetuarse en el poder-.

    La premisa de los idealistas es, gracias a Castro, Cuba es más igualitaria que la mayoría que todos los demás países de América. ¿Pero a cambio de qué? Me pregunto si esos idealistas estarían de acuerdo con ir a vivir a Cuba donde posiblemente nunca caigan en pobreza extrema, pero donde el gobierno raciona las comidas, donde la expresión política y la disidencia están anuladas.

    No nos dejemos engañar por ese discurso romántico de la igualdad y la solidaridad. Cuba se mantiene no por la solidaridad de sus habitantes, sino gracias a un régimen déspota y dictatorial.

    Castro fue eso, un dictador, un dictador enriquecido dentro de un país relativamente pobre. Ni los libros, ni las remeras, ni los documentales sesgados a su favor, podrán ocultar eso que es tan evidente.

  • Es la dictadura de Fidel Castro, estúpido

    Es la dictadura de Fidel Castro, estúpido

    Quien celebra la muerte de Fidel carece de la más mínima sensibilidad humana. Quien la llora carece de conocimientos de historia elemental.

    Es la dictadura de Fidel Castro, estúpido
    Sept. 29, 1974. (AP Photo)

    Voy a empezar siendo políticamente incorrecto, lo que voy a decir a continuación va a molestar a más de uno, lo cual en realidad no importa porque no he escrito este artículo para quedar bien con nadie:

    Fidel Castro fue un dictador que restringió las libertades de su pueblo, al cual, como en todos los países comunistas de la época, adoctrinó y exigió lealtad. Si fue un revolucionario, entonces traicionó a su pueblo porque derrocó una dictadura (la de Fulgencio Batista) para imponer la suya propia, inspirada e influenciada enormemente por el comunismo soviético.

    Y quiero aclararlo así porque me niego a deificar y mitificar a un dictador que reprimió a su pueblo.

    Los idealistas de izquierda suelen tomar como inspiración sus discursos, sus arrebatos contra la desigualdad y la pobreza, pero ignoran la opresión que ejerció con los suyos. Los idealistas suelen exaltar la educación, pero ignoran todo el contenido doctrinario que ésta contenía. Los idealistas suelen alabar la medicina cubana, pero ignoran el estado en el que se encuentran muchos cubanos que habitan la isla.

    Me pregunto si todos esos idealistas estarían dispuestos a vivir en Cuba. – Es pobreza pero no de la extrema, en Cuba no hay pobreza extrema. -¿Estarías dispuesto a dejar tu modo de vida, tus gadgets, tu Twitter donde tan bien hablas de la Revolución Cubana, para irte a un país donde el gobierno te dice qué comer?

    ¿Fidel Castro aportó cosas positivas? Sí, podemos hablar del sistema de salud por poner un ejemplo. Pero dichas aportaciones quedan relegadas a segundo plano cuando recordamos a tantos cubanos que trataron de escapar de una isla de la cual eran literalmente prisioneros.

    Fidel Castro inspiró a muchos, sobre todo a aquellos que no tenían pleno conocimiento de lo que ocurría en la isla, o bien, relativizaban lo que pasaba para fortalecer su mensaje contestatario hacia el gobierno (quesque-capitalista-facha-neoliberal) de su nación. Así, de la misma forma que algunos españoles ilusos anhelan el regreso de Francisco Franco, o los chilenos el de Pinochet. Porque no se trata de ideologías, sino de libertades.

    La figura de Castro, siento arruinar el velorio a los izquierdistas, debe de ponerse a la misma altura de esos dictadores de derecha que tanto detestan. Todos ellos se caracterizaron por restringir las libertades de su pueblo. La historia no puede absolver a Fidel Castro.

    E insistirán en que «no conozco la historia». La evidencia es explícita y abrumadora. Ahí está una Cuba congelada en los años 50, sin ninguna expresión de progreso y modernidad, y con las casas cayéndose a pedazos (tienen mucha suerte de no vivir en una zona sísmica).

    No, yo me niego a deificar a Fidel Castro como muchos pretenden hacer.

    Y menos pretendo hacerlo en un momento de la historia donde algunos amagan con reconstruir muros, apelan al odio y promueven un nacionalismo que divide mas a los seres humanos.

    No celebro su muerte, no puedo celebrar la muerte de un ser humano, pero tampoco puedo llorarla.

    ¡No a la mitificación de Fidel Castro!

  • ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    Ante la llegada de Trump al poder, hay quienes piensan -en México- que se abre un mundo de oportunidades, y hay otros que predicen una hecatombe para nuestro país. Yo sugiero un punto intermedio entre los ilusos -ser optimista en exceso es ser iluso- y los pesimistas.

    De hecho, lo que me da más miedo de Donald Trump no tiene que ver directamente con México, y eso es algo de lo que no todos hablan.

    Es decir, lo que genera mucha ansiedad aquí es que Trump va a construir el muro -el cual vamos a pagar, dice-, que va a deportar a muchos connacionales,  y que planea cancelar el TLC-, del cual hasta hace poco muchos dudaban de sus beneficios-. De esos tres puntos, la deportación de muchos connacionales es la que me preocupa más -seguramente serán mucho menos de los que prometió, aunque no dejará de ser un número considerable-, porque muchos serán desterrados y mucha familias quedarán rotas. No es que no importen las otras, sí importan, pero no es el final del país.

    ¿Por qué no me preocupa tanto? Porque no creo que México dependa o deba depender completamente de Estados Unidos; de hecho, esa relación de dependencia es relativamente reciente. No es como que no se pueda entender a México sin una relación estrecha con Estados Unidos.

    Lo que me preocupa de Trump, eso de lo cual no se habla tanto, no es su relación con México, sino la que tendrá con su propio país y con el mundo, así como las implicaciones geopolíticas que su presencia pueda tener.

    Me preocupa, por ejemplo, esa tendencia de Occidente hacia el nacionalismo abrazado (y posteriormente abrasado) por demagogos tendientes hacia el autoritarismo. Y preocupa por lo que representa Trump al frente del país que todavía tiene mayor influencia ideológica y cultural sobre el mundo.

    La democracia está en peligro, pero aún así, si sortea los malos tiempos -lo cual creo que sucederá-, regresará en una mejor versión. Esta cadena nacionalista fue una advertencia para los liberales, por ejemplo, que encajonados en su corrección política, preocupados por solo algunas minorías (de raza, género o preferencia sexual) se olvidaron de toda la sociedad en su conjunto. Pero claro que hay razones por las cuales nos debemos mantener en alerta, y comparto la petición de que no se debe «normalizar» a este magnate con inclinaciones fascistas.

    Pero México puede sobrevivir a Trump.

    Si a Trump se le ocurre cancelar el TLC, o lo negocia de tal forma que quedamos en desventaja, todavía tenemos varias alternativas, muchas de las cuales ni siquiera habíamos contemplado porque ya nos habíamos acostumbrado a esa relación de dependencia.

    Incluso no se equivocan del todo quienes dicen que esta crisis puede abordarse de tal forma que se transforme en una oportunidad. Ésta puede ayudar a México a replantearse como nación. La contraparte es que para esto se necesita mucha visión, y eso es algo de lo que carece el gobierno actual (en todos los niveles).

    Y no estoy diciendo que no vayamos a padecer nada. Muy posiblemente podamos ver a corto plazo algún impacto en nuestra economía al ver reducido el intercambio de productos y servicios con Estados Unidos, habrán trabajos que se pierdan -sobre todo al norte del país-, posiblemente entremos en alguna suerte de recesión económica, pero no creo que sea un día desolador del cual no podamos salir o que pueda comprometer nuestro futuro a largo plazo si somos inteligentes.

    Una alternativa es diversificar nuestra economía. Ante una estrella menguante como la de Estados Unidos, podríamos mirar a países como China, la misma Europa o todas esas naciones asiáticas que emergen gracias a la globalización mientras Occidente se estanca.

    Si Estados Unidos se cierra y cae en un nacionalismo absurdo, México podría llenar esos vacíos que deje nuestro vecino.

    Otra cosa que se puede hacer es fortalecer el mercado interno y trabajar a México desde adentro -lo cual no implica necesariamente que apostemos a una especie de proteccionismo-. México puede apostar a producir lo que importaba por poner un ejemplo. En un mundo globalizado gracias a las tecnologías de la información es más fácil absorber conocimiento que en la etapa pre-TLC, y por lo tanto la curva de aprendizaje es menor.

    Se trata de una estrategia más ambiciosa que convocar en redes a comprar producto nacional para castigar a las empresas gringas -cuya mayoría no tienen nada que ver con el triunfo de Donald Trump, y que de hecho lamentan-. Ese nacionalismo absurdo de no comprar Coca Cola o Starbucks por un día no servirá en lo absoluto. No debemos caer en el mismo juego de cerrarnos.

    Lo que más me preocupa de México no es la llegada de Donald Trump, sino todos los problemas que tenemos dentro de nuestro país y que nos laceran mucho más que Trump.

    La corrupción, la violencia, los feminicidios -ahora que se hace énfasis en la misoginia de Trump-, las instituciones débiles, la impunidad. No podemos culpar a Trump de todas nuestras desgracias a corto plazo cuando ni siquiera nos hemos molestado en barrer la casa. Si queremos vencer a «la amenaza del hombre naranja» debemos vencer a nuestras amenazas internas primero.

    Buscar a enemigos a quien culpar es una pérdida de tiempo cuando el enemigo está en casa, y no me refiero a Peña Nieto -quien es tan sólo una manifestación-, sino a todos, a nuestros vicios como sociedad.

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump? Sí, porque no necesitamos de su presencia o ausencia para reinventarnos como país. Nos podrá meter en algunos aprietos -menos de los aprietos en que nosotros mismos nos metemos-, pero la capacidad que tenemos -porque tengo fe en que la tenemos- de ser un país grande reside en nuestra voluntad.

     

  • ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    Han pasado dos semanas y -tanto la comentocracia, los aficionados a la política como la gente normal- no hemos terminado de digerir el triunfo de Donald Trump. Después de su triunfo se ha escrito tanto tratando de entender cómo es que llegó al poder. Después de analizarlo una y otra vez, llegamos a ciertas conclusiones, para después sólo preguntarnos por qué eso sucedió y cómo fue posible.

    Esta histeria es inédita, sobre todo en un país de origen como estados Unidos. Nunca había visto a esta nación en estas circunstancias donde se le dedicaran con resquemor tantos artículos al presidente electo señalando aquello que les preocupa tanto. Pero en este contexto, esta histeria es normal y posiblemente hasta deseable, porque la sociedad norteamericana debe adaptarse a una circunstancia muy diferente jamás vivida, y no debe de dejar la guardia.

    A los pocos días ya hemos visto, por ejemplo, muchos exámenes de consciencia por parte de varios liberales y progresistas que se obsesionaron tanto por la corrección política e incluyeron solo a algunas minorías -raciales, LGBT, de género, nacionalidad etc.- y no a todas -excluyeron y subestimaron a esa clase blanca trabajadora, por su escasez de estudios y su precaria resiliencia-.  Esa es una muy buena noticia, porque estas contradicciones dentro del liberalismo le pusieron la alfombra roja a Donald Trump, y sería muy grave no advertirlas. La que no es una buena noticia sin duda, es que la derecha no sólo no hizo ese mismo examen de consciencia en su tiempo, sino que se radicalizó, y ganó.

    Libros para entender que sucedió han circulado por montones, por lo reciente del triunfo, hasta ahora nos podemos remitir a aquellos libros que ya se habían escrito antes de llevarnos esa dolorosa sorpresa. Obras como Hillbilly Elegy o El Mito del Votante Racional, que sin hablar precisamente de las elecciones pasadas se han vuelto un gran referente. Si algo parecen hacer bien las élites académicas, intelectuales, periodistas y expertas en la materia, es que se han puesto a buscar y generar el mayor conocimiento posible para entender qué es lo que está pasando. Los académicos tratan de entrar a la guerra con el arma más poderosa que tienen, su mente.

    En el caso de nuestro país, la obsesión tiene que ver con el muro, la deportaciones o la renegociación del TLC. El panorama para México no es muy alentador, pero también es cierto que se trata de una circunstancia tal que un gran visionario podría no sólo revertir los efectos -excepto aquellos deportados que verán sus familias separarse- de Trump en el poder, sino que podría utilizar esa circunstancia a nuestro favor. Lo triste es que si algo falta en el gobierno actual -e incluyo a los partidos de oposición- es visión.

    El mayor peligro de Trump no son los efectos que puede causar en nuestro país -algunos están tan obcecados con el muro que no pueden ver el peligro real-, sino el efecto que su presencia tiene en el mundo. No sólo se trata de esta ola autoritaria que parece invadir a Occidente, sino el peso que tiene Estados Unidos para detener o promover dicha ola.

    El problema es que, a pesar de todas sus contradicciones, el discurso de Estados Unidos y la democracia era uno de los pilares que sostenía a la democracia liberal en Occidente. Los países desarrollados habían oscilado dentro de lo que se considera el consenso democrático liberal que va desde la centro izquierda, a la centro derecha (cuyas diferencias van poco más allá del papel del gobierno en una economía de mercado y las posturas en temas como el aborto o el matrimonio igualitario), consenso que parece quebrarse en tanto son cada vez más los que optan por modelos autoritarios.

    No es que Estados Unidos se vaya a convertir en una dictadura, pero con Trump el discurso se desviará lo suficiente de tal forma que pueda debilitar la democracia liberal en favor de autocracias como la Rusia de Vladimir Putin (quien celebra con regocijo el triunfo de Donald Trump). Si la democracia liberal está en riesgo, entonces muchas cosas están en riesgo.

    A Donald Trump no se le debe de normalizar, posiblemente debamos vivir con cierta dosis de histeria los 4 años que vienen a continuación. Lo que sí es importante es que quienes creemos en la democracia liberal, desde progresistas hasta conservadores, debemos ser autocríticos con nosotros mismos y aceptar que no somos ajenos ante lo sucedido. Debemos ser críticos tanto con nuestros modelos económicos -las clases medias en varios países son cada vez más estrechas- como con nuestros modelos sociales que hablan de inclusión pero no prometen inclusión para todos, sino sólo para algunas minorías.

    Nuestra obsesión con Donald Trump posiblemente sea un mecanismo de defensa. Nuestra obsesión posiblemente evite la normalización de un modelo que puede representar un riesgo no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo.

    Porque no podemos dejar de obsesionarnos ante la presencia de una persona que ha hecho del odio y la división, su fortaleza.

  • Carta a Alfredo sobre Donald Trump

    Carta a Alfredo sobre Donald Trump

    Estimado Alfredo Culebro:

    Tuve la oportunidad de ver tu streaming en Facebook y la verdad que lo que escuché ahí se me hizo lamentable.

    Nunca me ha gustado la filosofía de ustedes, los gurús del dinero. No tengo nada en contra de que la gente se haga rica,  pero esa idea excesivamente individualista de poner el dinero en el centro de todo se me hace muy pobre. Una cosa es la educación financiera -muy necesaria en estos tiempos- y otra cosa es esa mentalidad individualista donde el dinero es un fin y no un medio. Pero eso no es el punto, tú puedes ser un gurú del dinero si quieres, tienes todo el derecho a hacerlo, y lo respetaré. Voy a lo que verdaderamente lamenté:

    En tu video me llamaste borrego y loser, así llamaste a la mayoría de los mexicanos. No solamente eso, insultaste a la inteligencia de tu auditorio.

    Primero, la gente tiene derecho a indignarse sobre la llegada de Trump. Que la mayoría lo haga no los convierte en borregos.

    Si algo me gusta mucho es leer, leo más de 20 libros al año, muchos de ciencia política, de filosofía, y sí, algunos libros relacionados con educación financiera y emprendimiento, así que no puedes hablarme de «contextos chiquitos». Y créeme, que la preocupación que tiene la gente por Trump es genuina. Independientemente de la viabilidad de sus propuestas como el muro o el NAFTA, esta persona insultó a México. ¿No tiene la gente derecho a molestarse porque quien ganó hirió el orgullo de nuestro país?

    Dices que es una oportunidad. Concuerdo en que debemos sacar lo mejor de esta circunstancia. Sí podemos, en la medida de lo posible, buscar oportunidades como fortalecer el mercado interno o diversificar nuestra economía. Tampoco he visto hasta el momento, gente que haya tirado sus sueños por el triunfo de Trump, tal y como afirmas. Pero eso no evita el inevitable sufrimiento para nuestros connacionales, no le puedes decir «te quitaron a la vaca» a una familia que va a quedar dividida porque al padre lo van a regresar. ¿Sabes lo que es ser ilegal en Estados Unidos?

    Sé que comparar a Trump con Hilter es algo muy exagerado. Pero ¿te atreverías a decirle a los judíos alemanes de 1935 que «te quitaron a la vaca»?

    Aseguras que el único peligro de Trump es una guerra, que por su temperamento iracundo pueda desatar un conflcto. Yo veo más peligros. No se si en el poder sea un poco más mesurado o termine siendo lo contrario. Pero su llegada es parte de una ola donde los electores están optando por políticos populistas y antidemocráticos. ¿Entiendes que esto implica un riesgo, verdad?

    Hablas de oportunidades, oportunidades y oportunidades. ¿Entonces consideras que la misoginia de Trump es una «ventana que se abre»? ¿Consideras que su intolerancia es una «oportunidad para los aventados»?  Ahí yo veo más bien peligros, peligros y peligros.

    Luego te congratulas porque Trump es un empresario, y dices que los empresarios tienen una mentalidad diferente. Mencionas a Fox, un presidente que tuvo una gestión decente y no más, como caso de éxito. No subestimo a los empresarios, por el contrario, su papel es indispensable en nuestra economía, pero eso no garantiza que sean buenos políticos. ¿Conoces a Silvio Berlusconi, el magnate italiano que gobernó Italia? Pregúntale a los italianos como les fue.

    Peor tantito, te contradices muy feo, primero dices que quienes estamos preocupados por la llegada de Trump somos «losers de la borregada», que debemos cambiar nuestra mentalidad y emprender. Pero luego dices que los mismos gringos con quienes haces negocios -naturalmente emprendedores- estaban muy preocupados por la llegada de Trump. ¿Qué no, como son emprendedores de éxito, porque alguien como tú tan «exitoso» no haría negocios con cualquier mediocre, también deberían tener tu «mismo chip» de ver las oportunidades, oportunidades, y oportunidades?

    Claro, y no podía faltar, justificas a Trump porque es amigo de Robert Kiyosaki. Eso para mí reafirma esa filosofía individualista y acaparadora de dinero de la cual eres promotor. Este mundo necesita más Elon Musk o Steve Jobs, quienes crean, quienes innovan y producen riqueza. Ni Kiyosaki ni Trump producen riqueza, lo cual convierte esto en una ecuación cercana a la suma cero. Mientras Musk crea automóviles o cohetes espaciales, Trump y Kiyosaki especulan en bienes raíces. Lo primero genera progreso humano, lo segundo desigualdad y hasta crisis mundiales -2008, cof cof-. ¿De qué lado quieres estar?

    Y seguirás diciendo en tu mente que soy un loser…

    En lugar de insultarme porque no me cae bien Donald Trump, deberías de venir a Guadalajara -donde por cierto, Elon Musk presentó su proyecto para colonizar Marte por su creciente industria de las tecnologías de la información- para asesorar financieramente a todas esas nuevas startups, y a esos jóvenes que quieren innovar para que aprendan a administrarse mejor económicamente.

    Y para terminar, te cuento lo siguiente:

    Yo en mi vida he tenido bastantes momentos duros y crisis que al final se convirtieron en oportunidades. He participado en varias organizaciones civiles, trabajo por mi cuenta y posiblemente me vaya a estudiar una maestría al Reino Unido, mucho de eso producto de las fuerzas que agarré con el dolor que me provocaron corazones rotos y momentos difíciles.

    Y cuando pasé por esos momentos. cuando «me quitaron a la vaca», le lloré y mucho ¿tiene algo de malo? Pero ni siquiera le estás dando a la gente la oportunidad de expresarse y sacar sus sentimientos, algo que es completamente sano y que es parte de un proceso de duelo. Tu mensaje es: -deja de quejarte, loser borrego-, ¡hasta les truenas los dedos! ¿Con qué autoridad? Estamos hablando de un video que publicaste el mismo día en que Donald Trump fue declarado ganador. A mí me parece un insulto.

    No niego que tengas conocimientos en el ramo, no niego que te has hecho una vida con base en tu esfuerzo, ese no es el punto. Seguro estás gracias a tus méritos, pero también tienes una responsabilidad. El punto es que no puedes insultar a la gente y sacar un beneficio de ello (desde atención, likes, hasta más personas inscritas para tus seminarios), es algo que no es ético y es completamente irresponsable.

    Ojalá ofrezcas una disculpa a tu auditorio, creo que se la merece. No puedes llamar borrego o loser a alguien que no va con tus mismas ideas.

    Bueno, ni siquiera sabes que es el bitcoin y te dices ser gurú del dinero…

    Un saludo.

  • Trump, y el imperio estadounidense que llega a su fin

    Trump, y el imperio estadounidense que llega a su fin

    Trump, y el imperio estadounidense que llega a su fin
    Andrew Moore / The New York Times

    La historia es cíclica, no es permanente. Dentro de ésta siempre existe una potencia hegemónica -se puede sumar alguna otra contraria como lo fue la URSS- que ejerce influencia sobre gran parte del territorio mundial, pero su condición de potencia no es algo que dure para siempre. El Reino Unido, con su ímpetu colonizador, fue una potencia que mantuvo su condición hasta entrado el siglo XX, para luego ceder progresivamente su estafeta a Estados Unidos. La pérdida de esta condición no se debió necesariamente a un proceso de decadencia como sucedió con Roma y como sí parece estar sucediendo actualmente con el país norteamericano. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial cuando los estadounidenses consolidaron su poder, el Reino Unido había salido victorioso en el conflicto mundial de la mano de Winston Churchill. Con el paso del tiempo, a pesar de no tener la influencia de antaño, e incluso a pesar del Brexit, la nación británica y su cultura mantiene cierta influencia en el concierto de las naciones.

    Una de las características de las potencias económicas es la capacidad que tienen para ejercer influencia en las culturas de los demás países. Ese soft power o poder blando, con el cual un país puede incidir en otro por medio de la cultura o la ideología, ha sido crucial para que Estados Unidos se mantenga como potencia hegemónica.

    No es que Estados Unidos esté en riesgo de perder ese poder blando, es que éste ya se ha empezado a deteriorar desde hace varios años. Antes, por medio de su cultura, Estados Unidos podía mostrarse como el salvador del mundo, como aquellos que defienden los valores democráticos a capa y espada contra las tiranías -siempre y cuando no fuera aliada-. El discurso funcionaba. Así, Estados Unidos podía tener cierta injerencia en otros países, y el discurso de los «mensajeros de la democracia» les daba legitimidad para cometer actos, en algunos casos, atroces.

    El capitalismo y la democracia, con la ayuda de una cultura relativamente simple -y por tanto fácil de aprender-, así como un idioma inglés fácil de aprende en comparación con otros idioma, sirvieron para tal propósito. Pero el capitalismo estadounidense ya no funciona tan bien (ni siquiera dentro de su país) y la democracia está en un riesgo serio.

    Considero que fue entrado el siglo XXI cuando Estados Unidos comenzó a perder no sólo capacidad de influencia, sino respeto. Después de la decisión del gobierno de George W Bush de invadir Irak para destruir unas armas de destrucción masiva, Estados Unidos se convirtió en el hazmerreír. Hollywood dejó de crear filmes donde el Presidente de Estados Unidos salvaba al mundo, y en cambio aparecieron muchas películas y documentales exhibiendo las carencias de su gobierno y de su pueblo. El orgullo estadounidense estaba quedando en entredicho.

    Parecía que con Barack Obama Estados Unidos respiraba y volvería a recuperar algo de legitimidad, pero el daño ya estaba hecho, y con un congreso dividido y una polarización creciente, el margen de maniobra era muy estrecho. Ante una economía que parecía no recuperarse del todo, una clase media empequeñecida, y los monstruos de la cultura estadounidense como el racismo y el nativismo, erigieron a Donald Trump como su presidente.

    Reuters / Jason Reed

    Trump llega con carro completo. Parte de la decadencia del gobierno estadounidense se debía a esa parálisis provocada por la división en las cámaras que no les permitía tomar decisiones. Esa condición se rompió, pero quien liderará el país será un magnate populista con tendencias fascistas muy bien marcadas. Y un tirano con «carro completo» es un peligro. Las instituciones estadounidenses serán sometidas a una dura prueba.

    Regresando al poder blando. Si Trump asume la presidencia como condujo su campaña -el escenario más probable-, lejos estará de ser un presidente que cree en la «libertad» y los «valore democráticos». Un régimen tendiente al autoritarismo y proteccionista como el que parece prometer terminará de romper de una vez por todas ese concepto de país «libre y democrático». El discurso, ese que dio poder a Estados Unidos, y que le dio legitimidad para llevar a cabo actos que en cualquier otro escenario hubieran sido considerado reprobables pero que abonaron a su condición hegemónica, habrá terminado de destruirse.

    Estados Unidos quedará aislado, no solo por el muro, sino por un falso proteccionismo donde sus empresas son alentadas por medio de la coacción a no tercerizar sus operaciones en el extranjero y regresar los empleos a Estados Unidos. Quedará aislado por sus altos aranceles, por su intolerancia -en mayor o menor medida, al priorizar el concepto del hombre blanco-, y por su poca apertura. Es decir, entrará en una profunda contradicción con sus ideales y con los valores que intentó transmitir cuando, como potencia hegemónica, ejerció una fuerte influencia sobre el mundo.

    No es que Trump -a menos que nos sorprenda gratamente a todos, cosa que veo improbable- sea el responsable de conducir a Estados Unidos a un futuro decadente, más bien Donald Trump es consecuencia del deterioro tanto económico como cultural de Estados Unidos. La cultura estadounidense es simple, no requiere complicaciones ni mucho menos un lenguaje rebuscado. Para absorber su cultura «consumista pop» no requiere de capacidad intelectual alguna. Cualquier persona con escasa educación puede disfrutar de los reality show, de los Jackass, o de las Kardashian. Un pueblo al que no se le requiere intelectualizar ni expandir sus horizontes más allá de su nación -amen de su gran capacidad para ubicar países en un mapa-, al cual se le dijo que bastaba trabajar y esforzarse mucho para avanzar, premisa que en la actualidad ya no es cierta. Los pocos educados (mayoría) y susceptibles ven casi imposible la posibilidad llegar a ser parte de esa minoría educada y selecta que forma parte de las élites económicas, académicas y empresariales. Esa minoría, cuya mayoría repudió a Trump, pero despreció y subestimó a esas «mayorías enojadas».

    Donald Trump es consecuencia de esa cultura tan simple para poder ejercer influencia en otros países pero tan chatarra como para poder quebrarse por sí misma. Él se presentó como un showman esquizofrénico de la televisión, no importaba que los medios no lo apoyaran, tan sólo necesitaba que le dieran cobertura. El producto vendió tanto que ganó, rompió esquemas y pronósticos.

    Bienvenido al ocaso de Estados Unidos, un país que en las próximas décadas podría dejar de ser considerada como la potencia hegemónica en turno. Posiblemente uno de los pocos legados que queden es su idioma, el inglés es lo suficientemente práctico (sobre todo si lo comparamos con el Chino mandarín) que posiblemente no necesite de Estados Unidos para consolidarse como idioma universal.

    Bienvenidos.