Categoría: reflexión

  • ¡Vamos a boicotear a las empresas gringas! ¡Trump va a caer!

    ¡Vamos a boicotear a las empresas gringas! ¡Trump va a caer!

    ¡Vamos a boicotear a las empresas gringas!
    Imagen: Vanguardia

    Entiendo la frustración que sentimos los mexicanos ante un vecino hostil -o un presidente hostil- ante el cual no podemos hacer mucho porque básicamente somos un país muy débil si nos comparamos con éste. De hecho, Trump ha decidido bullearnos a nosotros -y no a China- porque no somos un país fuerte que pueda responderle con duras represalias. 

    Tan débiles somos, que México -contrario a lo que dijo Carlos Slim- está dividido. No son muchos los que han decidido apoyar moralmente al gobierno para enfrentar al problema -comprendo perfectamente esa dificultad-. El magnate tomó a México -en una de sus peores versiones- como un pretexto para legitimarse ante sus bases, a quienes les inventó el discurso de que nosotros somos culpables de todos sus males.

    Entendida la frustración, entiendo entonces que los mexicanos decidan por su cuenta tomar medidas para manifestarse. Incluso debo decir que me parece extraño que no nos hayamos volcado a las calles para repudiar el muro; de hecho, en algunos casos parece que algunos han normalizado el conflicto. Muchas personas no ven las amenazas de Trump como un problema mayor, les parece algo anecdótico.

    Hay quienes dicen que cualquier tipo de manifestación es mejor a no hacer nada, que deberíamos sentirnos contentos porque los ciudadanos están participando y tomando cartas en el asunto ,y que por ende tenemos que respetar las formas en que la gente se manifiesta.

    Si bien concuerdo en que «participar es mejor a no hacerlo» eso no significa que no debamos poner en tela de juicio ni ser críticos con esas manifestaciones. No porque sea noble el acto significa que debamos conformarnos con manifestaciones que no sólo no tienen pies ni cabeza, sino que incluso pueden llegar a ser contraproducentes. Por el contrario, debemos decir a los manifestantes que su propuesta esta mal articulada, porque no sólo se trata de buenas intenciones sino de efectividad. Si nos manifestamos es porque queremos que nuestro acto tenga un efecto, y que tal efecto sea positivo.

    Cuando hablo de manifestaciones sin sentido, me refiero, claro, al llamado a boicotear productos americanos. 

    Me llama la atención porque todos hablamos del absurdo proteccionismo de Donald Trump el cual no se sostiene desde la teoría económica y terminamos respondiendo de forma similar. Si Trump va a castigar a México lastimando no sólo a nuestro país sino al suyo propio ¡entonces vamos a hacer lo mismo!

    ¡Vamos a joder a Trump aunque también nos jodamos a nosotros mismos y a los empleos que esas empresas generan en México! ¡Bravo!

    Supongo que la mayoría concordamos en que el problema no es Estados Unidos, mucho menos su gente -mucha de la cual se ha solidarizado con nosotros-, sino el gobierno de Donald Trump. Basta ver a los artistas de Hollywood, los presentadores como Conan O’Brien -quien grabará un programa en México- y muchos ciudadanos que han cerrado filas con nosotros. El Estados Unidos que nos odia, el de la clase trabajadora mexicana que fue engañada por Donald Trump, no es el que ha fundado y levantado a las empresas a las que queremos «castigar», de hecho ese sector tiene menos relevancia en la economía y en lo intelectual que el sector que repudia a Trump. Recordemos que Trump tiene algo así como un 40% de aceptación y un porcentaje similar está a favor de la construcción del muro, menos de la mitad de los estadounidenses. 

    Entendido esto, deja tener sentido boicotear a las empresas -sólo lo podría entender si se trata de aquellas empresas que tienen un interés directo con Trump como Chevron-. 

    Una de las consignas fue no comprar cafés en Starbucks ¡así nos vamos a chingar a Trump!

    Pero los manifestantes no repararon en lo siguiente: Starbucks es una empresa progresista -por ende, contraria a la filosofía de Donald Trump-. Los manifestantes tampoco pensaron siquiera en que Starbucks por más «gringa que sea», es operada en México por Alsea -empresa mexicana- la cual da empleo a muchos mexicanos. Es decir, parte del dinero que llega a Starbucks se queda aquí y Alsea tan sólo le paga un porcentaje a la cadena estadounidense, quien le permite operar la franquicia.

    Si a esas vamos ¿por qué los manifestantes no cierran su Facebook para «chingarse a Donald Trump»? Es más, ¿Por qué no dejan de pedir Uber? Su CEO integra el consejo de asesores tecnológicos de Donald Trump -lo cual le trajo muchas críticas en Estados Unidos aunque cabe aclarar que formar parte de ese consejo no necesariamente tiene que estar acompañada por una simpatía al magnate-. 

    Respuesta: porque dejar consumir en Starbucks requiere un sacrificio menor a pedir un Uber o cerrar el Facebook. Regresamos al tema de las manifestaciones comodinas que no requieren algún esfuerzo o sacrificio. 

    No estoy en contra de que la gente quiera apoyar al mercado nacional, por el contrario, me parece bien que se haga eso para fortalecer el mercado interno. Pero se vuelve un sinsentido cuando el propósito es «joderse a las empresas gringas para joderse a Trump» cuando en muchos casos esas empresas ni siquiera simpatizan con el presidente. 

    Es como si neutralizar a una amenaza que tenemos enfrente disparando balazos por doquier a ver si una de esas balas se impacta con el enemigo cuando la posibilidad de que nos disparemos al pie es similar.

    Ni Starbucks, ni Apple, ni siquiera Uber ni Facebook tienen responsabilidad alguna en el ascenso de Trump ni en sus políticas proteccionistas ni en su hostilidad hacia nuestro país. Por el contrario, pueden verse afectadas. 

    Y no, no porque sea una noble causa significa que no tengamos el derecho de señalar sus contradicciones.

  • Donald Trump y la ciencia

    Donald Trump y la ciencia

    Donald Trump y la ciencia

    Para que un Estado sea fuerte, es condición indispensable que éste tenga un amor profundo por la filosofía y la ciencia:

    La filosofía como aquella disciplina que le puede dar una identidad y un orden de valores y principios al Estado, y que por consecuencia pueda reforzar el tejido social. Que cualquier cosa que se haga esté fundamentada en el pensamiento filosófico y no sea producto de la improvisación y la arbitrariedad.

    La ciencia como aquella disciplina indispensable para el progreso -ahí entran técnicos, economistas, médicos, científicos y demás-. Es decir, un Estado que respete las leyes de la naturaleza, el método empírico y el sentido común, que base en ella todas las actividades que realice y que a ella apueste como motor del progreso.

    Estas dos disciplinas no son excluyentes, por el contrario, son complementarias y se retroalimentan, condición necesaria. La filosofía le da cuerpo a la ciencia y evita que se desvié de su misión que es servir al humano como ser íntegro. Pero por otro lado, la filosofía debe respetar las leyes de la naturaleza y no tratar de sustituir a la ciencia ni jugar su papel.

    Estados Unidos fue un país muy fuerte no sólo por su carácter hegemónico sino porque siempre contó con una filosofía -que proviene desde sus padres fundadores y que a la vez son depositarios de los principios de la Ilustración así como de las religiones protestantes importadas de Europa- y una ciencia -a través de las universidades y el emprendurismo-. Cuando más presentes están estos principios, más fuerte es el país.

    El problema para Estados Unidos es que Donald Trump no tiene amor ni por la filosofía ni por la ciencia. Peor aún, ni siquiera lo tiene su equipo. Muchos de quienes sí tienen ese amor se han pronunciado como opositores a su gobierno. Donald Trump se encuentra en una condición más lamentable que Enrique Peña Nieto, quien ciertamente es un hombre profundamente ignorante,  pero en su equipo al menos hay cierto respeto por la ciencia -no así por la filosofía-.

    De hecho, Donald Trump -hábil para hacer negocios, ignorante en todo lo demás- no sólo es indiferente a la ciencia y la filosofía, sino que se ha pronunciado -de forma explícita o tácita- contra ambas disciplinas. Ya ha despreciado a las élites intelectuales -quienes suelen ser las principales depositarias de la filosofía y la ciencia en una nación- así como a los principios que rigen a la nación. Donald Trump es un hombre sin principios, de hecho los considera un estorbo para poder hacer lo que mejor sabe, hacer negocios. Faltar a la verdad, como es su costumbre, también es un atentado a la filosofía.

    Ninguna corriente filosófica puede dar cabida a los «alternative facts«. 

    De igual forma, Donald Trump se ha opuesto contra las políticas ambientales, las cuales la ciencia considera muy necesarias no sólo para crear condiciones ambientales óptimas para el ser humano, sino para el futuro de nuestra especie. También ha despreciado el sentido común que la ciencia provee, como es el caso de la economía. 

    Cualquier mandatario debe tener, si bien no un conocimiento absoluto, si un gran respeto por estas dos disciplinas que son los pilares en que se levantan los Estados. Ignorarlas pueden derivar en el colapso y en la decadencia de ese Estado porque ya no habrá nada que le de una esencia. 

  • México, ese niño bueno que nadie quiere ser

    México, ese niño bueno que nadie quiere ser

    México, ese niño bueno que nadie quiere ser

    Se dice, que quien se siente incapaz y débil suele protegerse bajo el manto del niño bueno. Así, cree justificarse moralmente para cuestionar por qué es que le va mal y reclama al mundo por qué está colocado en una situación de desgracia. -Pero yo soy bueno, yo no le hago daño a nadie ni me meto en problemas -. Intenta mantenerse irrelevante esperando que la justicia caiga por cuenta propia, cree que su pusilanimidad es parte de esa bondad, de ese sentimiento de superioridad moral por asumirse como bueno. No tiene muchos problemas porque no se mete en problemas, no le gusta tener conflictos con la gente porque asume que tener conflictos es malo.

    El niño bueno muestra una faceta conciliadora al exterior, pero se agravia mucho internamente y vive en un eterno conflicto. El niño bueno suele lastimarse a sí mismo ante la frustración y la impotencia, se compara con sus semejantes y se frustra al ver que él no tiene lo que ellos sí. No sabe como forjarse a sí mismo ni adquirir una identidad propia porque todo está supeditado a lo que hacen los demás. Desvaloriza sus virtudes -sin importar su potencial- porque no empatan con las que sus semejantes presumen. El niño bueno no es atractivo, tiene dificultad para crear amigos y a veces deja dominarse por ellos para no perderlos creando una relación de codependencia. Al niño bueno tampoco le va muy bien con las personas del sexo opuesto:

    México: Hey Canadá ¿Quieres andar conmigo… en el TLC?

    Canadá: No, lo siento querido México, tú vales mil, ojalá hubieran más países como tú -tus tradiciones, tu cultura, tus minas que nosotros explotamos- pero podemos ser muy buenos amigos.

    México: ¿Pero por qué te vas con él -Estados Unidos-? Es grosero y arrogante, es un patán.

    Entonces Canadá decide irse con el macho alfa naranja.  El macho beta nieto le parece algo tierno, pusilánime y aburrido. El macho alfa es fuerte y poderoso.

    México representa al arquetipo del niño bueno, siempre ha pretendido jugar un papel similar. Su historia, como la del niño bueno, es la de quien funge constantemente como víctima: Me robaron el territorio, me invadieron los franceses, me explotaron, me robaron mis recursos.

    Pero México, como el niño bueno, nunca se molestó en resolver sus conflictos internos, su «división interna». La historia de México es la de una víctima que trata de quedar bien con el victimario (el bully) para evitar cualquier conflicto, aún así si eso implica darle el lonche del recreo. No es gratuito que Peña Nieto apenas, y de forma timorata, se haya pronunciado y haya dicho que México no va a pagar el muro. 

    México suele tomar una postura lo más neutral ante conflictos internacionales para no «meterse en pedos». Si la toma -como sucedió en la Segunda Guerra Mundial donde se limitó a mandar un escuadrón- es bajo el manto protector de uno de sus pocos amigos, con el que tiene una relación codependiente y quien -supone- lo va a defender si alguien quiere «acomodarle unos buenos trancazos». 

    Lo más triste, es que algunos de estos niños buenos -entre ellos ese que se llama México- no son personas tontas ni discapacitadas. Por el contrario, tienen el potencial intelectual como para poder superar su condición y convertirse en personas relevantes, pero debido a su autodesprecio y su falta de confianza, no se han molestado siquiera en descubrir sus talentos y virtudes. Son diamantes en bruto que no tienen los arrestos para sacar su brillo.

    ¿México puede ser un país «chingón»? por supuesto que sí. ¿México puede convertirse en un país relevante, un país que tenga peso? Sí. No sólo por sus recursos naturales o su geografía, sino por sus recursos humanos. ¿Por qué no lo es? ¿Por qué México sigue siendo ese niño bueno? Porque no tiene confianza en sí mismo, porque mira al pasado, porque se cuenta una historia donde siempre ha sido víctima cuando nunca se ha respetado a sí mismo. 

    -¡Hey Peña! Te veo en el recreo, y más vale que me des tu dinero porque quiero hacer mi lonche great again-.

  • Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres

    Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres

    Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres
    Fuente: @remysmidt (Twitter)

    Donald Trump acaba de llegar a la Casa Blanca y tiene un serio problema. En medio de toda su parafernalia, el discurso beligerante y nacionalista y las secciones de cambio climático y de derechos LGBT que desaparecieron de la página oficial para dar paso a los muros y a los soldados que «hará grandes otra vez», parece no haberse dado cuenta. 

    Para que un líder autoritario, populista y demagogo -como el que Trump pretende ser- pueda mantenerse firme en el poder necesita tener una gran base de simpatizantes. Todos los populistas, desde Hitler hasta Hugo Chávez, son capaces de atiborrar las plazas centrales para escuchar a su líder. La toma de posesión desangelada y con grandes espacios vacíos en el National Mall reflejan lo contrario. No es que no los tenga, de alguna forma consiguió los votos para llegar a la presidencia,  cuya mayoría está fuera de las grandes urbes. Simplemente que parece que no ha logrado crear una gran masa que se postre ante él, no la del tamaño que tiene la oposición. Trump es el Presidente que entra en funciones con la más baja popularidad de la historia (44% de aprobación).

    Lo que importa aquí no es solamente el porcentaje de quienes lo desaprueban, sino la forma y la intensidad. No es lo mismo decir -lo desapruebo porque no me gusta mucho cómo es que está gobernando- a decir que -lo desapruebo porque lo detesto, no es mi presidente-. Quienes desaprueban a Trump tienden a pensar más bien lo segundo, el rechazo es categórico porque la postura de Trump también es categórica. 

    Si el 20 fue un día histórico por lo que representa el ascenso de Donald Trump al poder, también el 21 lo fue, porque bajo los principios y valores de Occidente millones de personas salieron a manifestarse no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. Podríamos hablar de una de las manifestaciones más grandes de la historia de la humanidad, posiblemente la más grande si hablamos que todas éstas fueron producto de una sola convocatoria. #WomensMarch se llevó a cabo en todas las ciudades de Estados Unidos, de Europa, América Latina, incluso llegó a la Antártida, a Iraq y a algunos países africanos. 

    Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres
    Chang W. Lee/The New York Times

    Women’s March tuvo como centro a las mujeres, a quienes Donald Trump considera como un objeto e inferiores a él (basta ver el trato hacia su esposa Melanie así como sus escándalos). Con valentía y a pesar de los prejuicios que siguen vigentes como Estados Unidos, ellas salieron a hacer valer lo que es suyo. Pero era claro que el destinatario de ésta era Donald Trump y el repudio a los valores «o antivalores» que enarbola. A las causas de la mujer también se incluyeron aquellas relativas a la migración, el cambio climático y otras que están en riesgo por el ascenso del empresario populista. El discurso misógino y racista de Donald Trump parece haberle ayudado a ganar las elecciones, pero también abrió la caja de pandora. 

    Ante el ascenso de un misógino nacionalista y proteccionista, una manifestación de las mujeres global y multicultural.

    La democracia liberal, que parecía moribunda y que parece pender del hilo llamado «La Alemania de Angela Merkel», mostró que todavía tiene fuerza y que sigue muy enraizada en Occidente, sobre todo en las grandes ciudades. La manifestación «dio en el clavo» y mandó un mensaje no sólo a Donald Trump, sino a sus pares de otros países, la resistencia que opondrán será mucha y muy grande.

    Esta resistencia se inició y se desarrollo en las ciudades. Es en las grandes urbes donde los simpatizantes se pueden congregar y pueden lograr un mayor impacto mediático. Los simpatizantes de Donald Trump, que ciertamente tampoco es que sean muy pocos, se encuentran más bien dispersos en los suburbios y en las ciudades pequeñas. 

    La mayoría de los medios de comunicación se comportarán como oposición, como lo demostraron con su cobertura de la marcha. Medios como New York Times o Washington Post difundieron ampliamente la manifestación ayudando así a amplificar todavía la resistencia que surgirá de las grandes ciudades. Varias de las estrellas de Hollywood, comediantes y artistas se sumarán como ya lo están haciendo, al igual que las élites intelectuales. Gran parte de la «cultura estadounidense» está en su contra, y debido al discurso políticamente incorrecto (racista, discriminador y misógino) es muy difícil que cambien de parecer. 

    Otro problema para Trump es que mientras que la postura de oposición de los habitantes de las grandes ciudades -generalmente más liberales que aquellos rurales- suele ser muy firme porque consideran que él representa una agresión a sus ideales, la lealtad de los suyos está de alguna forma condicionada al cumplimiento de sus promesas -regresarle sus trabajos y hacer a «América» más grande-, sea lo que eso signifique.

    Por otro lado, la gran mayoría de los opositores de Trump no tienen la percepción de que la economía vaya de picada, por lo cual será muy difícil que el populista de Nueva York conquiste sus corazones. Peor aún, los habitantes de las grandes ciudades no se verán beneficiados por los empleos que Trump tratará de regresar a su país, por el contrario, verán como gracias a la mano de obra más cara, el precio de los insumos producidos por estas empresas aumenta debido a los sueldos más altos. 

    Si Trump no cumple las expectativas de los suyos y tomando en cuenta que el repudio de los opositores  -que son mayoría- se mantendrá constante, terminará arrinconado y sin margen de maniobra alguna. El problema para Trump es que después de todos los agravios y declaraciones que ha hecho, una intentona por moderar su discurso no le traerá los resultados esperados. 

    Ver que el gobierno de Donald Trump tendrá mucha resistencia es una muy buena noticia, porque ésta es un antídoto para que se consume como el demagogo autoritario que pervirtió a las instituciones y que destruyó siglos de legado histórico para hacer de la nación estadounidense un capricho.

    La pesadilla apenas comienza, pero la resistencia también. Que sepan todos aquellos líderes que basan su discurso en el odio y la mentira, que vamos a resistir, que no vamos a dejar que se salgan con la suya.

  • Un atentado en Monterrey, y el Columbine del morbo y la sociedad infantiloide

    Un atentado en Monterrey, y el Columbine del morbo y la sociedad infantiloide

    Un atentado en Monterrey, y el Columbine del morbo y la sociedad infantiloide

    Decir que México está pasando por un mal momento es repetir aquello que ya es muy obvio. Balaceras en Playa del Carmen y Cancún perpetrados por comandos armados, y ahora un niño que padecía depresión y aparentemente sufría de bullying decidió atentar contra su maestra y compañeros.

    ¿Por qué la frustración de un niño puede llevarlo a atentar contra la vida de sus compañeros y la suya propia?

    Tuvieron que ocurrir muchas cosas para que el niño tomara esa decisión, en las que posiblemente tuvieron alguna relación desde su familia, la escuela, su comunidad y hasta los medios de comunicación -muy seguramente tuvo conocimiento de uno de tantos atentados que han ocurrido en Estados Unidos y alguno de ellos le sirvió de inspiración-.

    Cuando esto sucede no debe de tomarse como un caso aislado, incluso deberíamos entender esto como una «conclusión» de lo que ocurre en las escuelas -públicas y privadas- del país, donde el bullying es una constante. Las señales de alerta existían,  basta ver en Youtube los cientos de videos de este tipo de actos. 

    Lo que se debería de esperar de nosotros, los mexicanos, es un sentimiento de preocupación y solidaridad con las víctimas, con la maestra, los niños heridos, e incluso el victimario que de alguna forma es víctima de un sistema que no funciona y no puede garantizar el sano desarrollo de los niños. 

    Pero en vez de eso, me percato de que lo que abunda es el morbo. Si algo me hizo sentir más mal que el propio video del acto y las fotografías explícitas, fue la cantidad de gente que compartió esos contenidos en sus redes sociales. No para generar consciencia, mucho menos como actos de solidaridad, sino para generar morbo, para divertirse.

    Es discutible si los medios deben o no difundir esos contenidos, algunos podrán alegar que pueden generar un impacto en la gente y que al verlos, hagamos consciencia sobre lo que está pasando. No me atrevería a reprobar categóricamente el mero hecho de la difusión de los videos si la intención es esa, y no la del morbo -aunque considero que es muy imprudente, sobre todo con una sociedad como la nuestra que no termina de madurar-. Pero vaya, incluso algunos medios de comunicación se subieron al tren del mame, para ganar visitas, likes, o vender más diarios. 

    Algunos intentaron (intentamos) parar la propagación de estos contenidos. Muchos, como Risco, recibieron insultos, y como sanción, le publicaron una y otra vez estos contenidos en Twitter. 

    ¿De verdad? ¿Ante un problema tan grave y delicado no podemos tener siquiera respeto por las víctimas?

    ¿De verdad no se puede tener al mínimo un sentimiento de empatía con todas estas personas después de haber visto estos contenidos? ¿Te imaginas ser la madre de una de las víctimas y que gente morbosa esté compartiendo el video donde balacearon a tu niño? 

    ¿De verdad, tu reacción ante un país que se descompone por la violencia, el narcotráfico, y un sistema que no puede por sí mismo garantizar seguridad ni una vida digna a sus ciudadanos, es el morbo? ¿De verdad?

    Estoy francamente sorprendido, estoy sorprendido de que parte de mi sociedad, a la que pertenezco, le importe llamar más la atención en las redes sociales que sus propios semejantes. Si fuéramos una sociedad evolucionada, deberíamos estar lamentando el hecho y estar pensando qué podemos hacer para que esto no vuelva a pasar. 

    Porque si este atentado nos obliga a pensar en la descomposición social que la origina, también entonces debemos pensar en aquella que motiva a algunos usuarios a propagarlas con tal de llamar la atención: ¿qué educación les dan sus padres o cuál es la que reciben en su escuela?

    Ante un panorama -local, nacional y global- tan complicado, los ciudadanos deberíamos estar a la altura. No lo estamos. Seguimos siendo una sociedad que no puede autogobernarse. 

    Y todo eso ocurre en los albores del ascenso de Donald Trump, el bully de México. 

  • Ya llegó Trump. ¿Dejaremos que abusen de nosotros otra vez?

    Ya llegó Trump. ¿Dejaremos que abusen de nosotros otra vez?

    Ya llegó Trump. ¿Dejaremos que abusen de nosotros otra vez?

    Trump ya viene, Trump ya está aquí. El viernes se convertirá en Presidente de Estados Unidos, y parece que nosotros no le caemos muy bien. Somos culpables de las desgracias de los estadounidenses, dice. Y es que parece ser que la presidencia de Trump será más bien parecida a la del Trump en campaña que la del Trump moderado en el que muchos creyeron y que en realidad solo existió en su imaginación.

    México está en una de esas tantas coyunturas en las que aparece como la víctima, como el país del cual van a abusar; como todas aquellas que recordamos con rencor y resentimiento, que si los españoles, que si los gringos que nos robaron la mitad del territorio. 

    Pero como yo siempre he dicho, para que exista un victimario o un bully, también se necesita alguien que se deje abusar. La pregunta en cuestión es, ¿qué papel tomaremos nosotros ante una presidencia hostil, como la de Donald Trump? ¿El de víctimas, o el de un país que tiene orgullo y dignidad?

    Primero, para poder ser un país que pueda defenderse bien ante los embates de Trump, se necesita un líder al mando. En su lugar tenemos a Peña Nieto, quien junto con Luis Videgaray, tuvo la osadía de invitar al candidato Trump a Los Pinos para que regresara y se burlara de nosotros en nuestra cara. Luego, Peña volvió a invitar a Luis Videgaray como canciller, el cual dice, está aprendiendo.

    Pero parece que en estos últimos días el gobierno de Peña Nieto ha sido un poco más sensato con respecto a este tema, no sólo porque al menos estableció un posicionamiento al decir que México no pagará el muro -antes, ni eso ocurría-, sino por la decisión de nombrar a Gerónimo Gutiérrez como embajador de Washington, que es experto en el NAFTA y no se aleja del perfil que se necesitaría en este puesto ante estas eventualidades. 

    Pero sigue siendo poco, muy poco. Necesitamos un líder que nos una a los mexicanos. En vez de eso, miles brincan y gritan al unísono en Mexicali «fuera Peña» como protesta al gasolinazo y todos los agravios acumulados durante este gobierno. Quien debería mostrar dotes de liderazgo es repudiado, y con justa razón, por el pueblo. 

    No hablo de una figura que «le miente la madre» a Donald Trump, que le siga el juego, se descomponga del coraje y se desentienda de todas las reglas escritas -y no escritas- de la diplomacia. Hablo más bien de un líder moral, un líder que lleve al país en los hombros, uno en el cual se sientan representados los mexicanos y que sientan que éste está defendiendo sus intereses. No hay eso. 

    Ante una eventualidad así, también se necesita sensatez e inteligencia, cosa que también parece estar ausente en este gobierno. Un gobierno visionario podría incluso jugar con esta coyuntura a su favor. Con mucha inteligencia podría sacar dividendos a su favor y podría explotar la irracionalidad de Donald Trump.

    Muchos países se han reinventado gracias a las desgracias que les han caído y que les han obligado a salir de su zona de confort.

    Tal vez, dependiendo de la postura que termine tomando Trump ya como Presidente de Estados Unidos, tendremos que olvidarnos del TLC (NAFTA). Pero un gobierno con visión podría plantear una muy buena alternativa ante este hecho. Las que se vienen a la mente de muchos es fortalecer el mercado interno y tejer alianzas económicas con otros países para dejar de depender de un solo país, que languidece como imperio. Pero seguro podrán existir otras alternativas todavía más acertadas e inteligentes. 

    El tamaño de la desgracia para México dependerá no sólo del gobierno de Donald Trump, sino de lo que hagamos o dejemos de hacer nosotros los mexicanos. No podemos volver a caer en el error histórico de buscar culpables externos y de crear resentimientos cuando ni nosotros mismos nos respetamos. 

    México está ante una coyuntura histórica delicada, pero dependerá de nosotros hacia adonde queremos que nos lleve. Si no hay algún líder, hay que crearlo. Si no hay una estrategia clara, hay que sumar a aquellas personas lo suficientemente inteligentes, porque en México talento sobra, para delinear una. 

    ¿Vamos a ser ese México luchón y echado para delante? ¿O vamos a ser ese que se baja los pantalones y que se echa a dormir en un nopal después de haber sido abusado?

    Porque no, yo no voy a romper mi cochinito para pagar el muro. 

  • ¿Quieres ser mi amigo?

    ¿Quieres ser mi amigo?

    ¿Quieres ser mi amigo?
    Photo por MCPIX/REX Shutterstock – Huffington Post UK

    ¿Por qué un amigo se convierte en tu amigo? Aristóteles delineó tres clases de amistad: la primera es la amistad perfecta -que se da entre hombres buenos y donde ambos se desean el bien-, la segunda es la amistad por interés -donde cada uno se beneficia del otro- y la tercera la amistad por placer. La amistad por interés la podemos encontrar dentro del mundo de la política o los negocios; la amistad por placer, entre aquellos que se van de juerga. Estos dos tipos de amistades, a diferencia de la amistad perfecta, pueden disolverse, pero también pueden trascender y convertirse una amistad duradera.

    Eso me ha pasado, por un decir, con algunos clientes donde la amistad, al principio, estaba basada en un interés mutuo, pero con el tiempo éste  trascendió y actualmente la amistad existe aunque la relación de negocios ya no exista o haya terminado. Lo mismo puedo decir de algunas «amistades de juerga». 

    Cuando hablo de los amigos, me quiero referir a aquellas amistades que consideramos duraderas y valiosas. Una amistad por interés o placer puede estar sujeta a una ideología, dado que ésta dio origen a la amistad. Por un decir, una persona que se ha afiliado a algún partido político entablará una relación de amistad con varias personas porque tienen coincidencias ideológicas y de interés. Si aquella persona se desencanta del partido y decide cancelar su afiliación es muy probable que la relación de amistad termine a menos que haya trascendido. A ese nivel se entiende esa condición, no se trata de una amistad consolidada sino una relación de interés mutuo. 

    Pero cuando hablamos de esas amistades que Aristóteles llamó perfectas, que trascienden cualquier tipo de interés, entonces deberíamos preguntarnos por qué permitimos que éstas se rompan ante el primer conflicto ideológico o de pensamiento que se presente.

    No soy una persona de muchísimos amigos. Pero si algo he procurado es no esperar que ellos piensen como yo ni que tengan las mismas posturas políticas o ideológicas que yo tengo, y tan sólo espero que coincidamos en ser personas de bien -ya lo dijo Aristóteles, las amistades perfectas se dan entre dos iguales en virtud y quieren el bien el uno del otro en cuanto son buenos-. 

    Tener amigos que piensan diferente es una de las mayores bendiciones, por llamarlo de alguna forma, que una persona puede tener. ¿Por qué? Primeramente, porque convivir con personas que tienen diferentes puntos de vista te puede dar una perspectiva mucho más amplia de la realidad y ambas personas pueden aprender mucho una de la otra -a diferencia de quien siempre se procura amistades que piensan igual que él- y porque dichas amistades vuelven más tolerantes a las personas.

    Si bien, siempre existirá una tendencia a buscar amigos que compartan afinidades con nosotros, porque no hay que olvidar que tiene que existir ese algo en común -un interés, círculos en común, una simpatía ideológica o una simpatía personal- que inaugure esa amistad antes de que trascienda, la realidad es que los amigos nunca seremos iguales en todo, y por tanto, no podemos exigir a nuestros amigos que piensen igual que nosotros, ni mucho menos, poner en tela de juicio una amistad por ello. 

    Pero aún así, hay quienes tienen miedo de ver sus creencias o dogmas confrontados, quienes no valoran lo suficiente la libertad que tienen las demás personas y esperan que coincidan a la fuerza. Confunden las amistades con lealtades que no son recíprocas, la persona espera que la otra persona esté alineada a su credo sin dar algo a cambio -y si es que sí hay algo a cambio, la primera decide de forma arbitraria, y sin preguntar, cuál es esa moneda de cambio-.

    La lealtad, dentro de una amistad genuina, lleva implícita el derecho a la libertad que ambos tienen. La lealtad genuina consiste en el respeto y el amor, no en el sometimiento. La lealtad genuina se rompe cuando uno de los dos amigos se aprovecha de la amistad del otro o la traiciona, no cuando discrepa en su forma de pensar o no está de acuerdo con ella.

    Para terminar, puede darse el caso de que haya una discrepancia entre la clase de amistad que cada uno de los dos está ofreciendo. Por ejemplo, uno puede pensar que se trata de una amistad de interés, y otro que se trata de una amistad perfecta. Esto ocurre porque uno de los dos se creó demasiadas expectativas de la amistad que el otro le estaba ofreciendo, o bien, porque, en un acto de hipocresía, uno de ambos fingió entablar una amistad más elevada de la que en realidad estaba ofreciendo para obtener un interés propio.

    Las amistades son una de las relaciones más importantes que el ser humano tiene y son indispensables no sólo como forma de organización humana, para crear y fortalecer estructuras sociales, sino por el beneficio tanto psicológico, como de pertenencia y hasta espiritual que le dota al ser humano. Crear amistades más genuinas y más maduras también nos ayudará a crear mejores sociedades. 

  • Bajarse los pantalones ante la decadencia del imperio estadounidense

    Bajarse los pantalones ante la decadencia del imperio estadounidense

    Bajarse los pantalones ante la decadencia del imperio estadounidense

    Roma no fue un Estado que llamara la atención por su aporte a las ciencias y las artes -que más bien heredaron de los griegos-, pero sí por su legado en materia de derecho y organización política. En este sentido, los romanos parecían estar adelantados a su tiempo, y la política que ahí se hacía parecería tener más similitudes con el mundo contemporáneo que lo que esperaríamos de gobiernos de aquella época.

    Los romanos ya lidiaban con la inflación, las crisis económicas; y desde ese entonces, aunque no le llamaran de esa forma, existían facciones de izquierda y de derecha. También la demagogia y hasta la compra de votos se manifestaban en el Estado que sentó las bases de la civilización occidental. 

    Actualmente hay muchas discusiones sobre por qué Roma cayó, algunos dicen que fue porque Constantino movió la capital a lo que posteriormente se llamaría Constantinopla, otros culpan al cristianismo -qué más bien ocupó un vacío dejado por los paganos-, o por la invasión de los bárbaros, como los godos y los vándalos. Pero algo era cierto, aquella Roma se encontraba en un proceso de decadencia. Ya no era esa misma Roma de instituciones fuertes y un ejército capaz que venció a Aníbal, sino una de emperadores déspotas que duraban muy poco en el trono después de ser asesinados, de un senado que ya sólo era una fachada al servicio del emperador. Roma se fue con Rómulo Augústulo, quien fue el último emperador que gobernó desde Roma, y si bien no desapareció del todo gracias al imperio bizantino que fungió como reminiscencia, terminaron su historia con el inicio de la Edad Media. 

    La historia es cíclica, aunque las manifestaciones de ésta no sean exactamente iguales. Los imperios tienen que caer alguna vez.

    Cuando veo a Donald Trump dar su conferencia de prensa, lo primero que se me viene a la mente es esa Roma en decadencia, esa Roma que da la espalda a sus valores para caer en la improvisación de un déspota. 

    Tal vez Estados Unidos no esté asediado por godos o vándalos, pero sí por una Rusia que puede involucrarse en las elecciones e influir para obtener un beneficio, para que después, pueda chantajear al ganador. 

    En su conferencia de hoy, Donald Trump dejó claro que es un déspota, que se puede permitir involucrarse en conflictos de interés, que puede callar a la prensa -«You are fake news», le dijo a un reportero de la CNN-. Trump va directamente contra esos valores que han sostenido y legitimado el imperio estadounidense -aunque sea de «dientes pa’fuera». Trump puede convertirse en el Rómulo Augústulo de Estados Unidos, que cierre con llave la historia de un imperio para quedar opacado por aquellos nacientes como China. 

    Ante un imperio que languidece ¿qué hace México?

    Bajarse los pantalones. 

    Ante la amenaza de un caudillo que sí hará que México pague por el muro -porque tiene la intención y no tiene oposición-, vemos a un gobierno inerme, inoperante, displicente. El canciller, el que se supone que está al frente de los asuntos exteriores, y que es quien daría la cara, está «aprendiendo». 

    Porque vamos a decirlo así, para que haya un abusador también tiene que haber alguien que permita que abusen de él, y el dejado es el gobierno de Peña Nieto.

    Sin haber tomado posesión todavía, Trump ya a empezado a atacar a nuestro país al obligar a varias empresas automotrices a quedarse en Estados Unidos. El precio del dólar es muestra de una guerra que se está perdiendo y en la cual no hemos sido dignos siquiera de desenfundar el arma. En vez de eso, nos bajamos los pantalones.

    Si Trump termina de cumplir sus promesas, quedará marcado en la memoria colectiva de nuestro pueblo otro «abuso de Estados Unidos»; pero para ese entonces no deberemos olvidar que, otra vez, nuestro gobierno se sometió a Estados Unidos y no tuvo la dignidad de enfrentarlo. 

    Nuestro gobierno no toma una actitud proactiva, que entienda el fenómeno de Donald Trump y la decadencia del imperio estadounidense, para que así juegue sus fichas de la mejor forma. Es más, ni siquiera hay una actitud reactiva. ¡Están pasmados! Ante las amenazas de Trump no vemos una reacción ni declaración alguna. 

    Con la decadencia de los imperios los entornos cambian, y quienes se adaptan mejor a ese entorno son los que más se benefician. Nuestro país no sabe qué hacer, y así parece que vamos a salir mal parados ante esta coyuntura. 

    Y posiblemente para ese entonces le mentemos la madre a un tal Donald Trump, ignorando que tuvimos un gobierno que dejó que hicieran lo que quisieran con nuestro país.