Categoría: reflexión

  • Internet. El conocimiento y la sabiduría es sólo para los disciplinados

    Internet. El conocimiento y la sabiduría es sólo para los disciplinados

    Imagen: coursetalk.com

    En este mundo contemporáneo y hedonista, nos hemos acostumbrado a sobreprotegernos con el argumento de que el humano no merece sufrir. El placer es bueno y el dolor es malo, se dice. Desde un utilitarismo mal entendido, hemos diseñado políticas públicas que buscan reducir el dolor del ser humano al mínimo. Así, el individuo se ha vuelto muy cómodo y más frágil, dada la sobreprotección que recibe. Al niño o a la niña que sufren de bullying ya no se les enseña a defenderse, el joven que está estresado con los exámenes está «sufriendo», y como el sufrimiento y el dolor se deben evadir, entonces algo mal están haciendo las instituciones, dirán, y reclamarán que su método de estudios debe ser arcaico o los maestros deben ser insensibles.

    Por otro lado, -no, no estoy cambiando abruptamente de tema-, me sorprendo al ver en Internet la gran cantidad de información y conocimiento disponible. Ya no sólo es ese gran volumen de información dispersa que el usuario debía molestarse en estructurar por su cuenta. Ahora el usuario puede encontrar información lo suficientemente estructurada como para hacerse experto en un tema o para continuar con su desarrollo profesional.

    Sitios como Coursera o Edx, donde los usuarios pueden aprender de cursos (MOOCS) impartidos por las mejores universidades del mundo, pueden ayudar a desarrollar profesionalmente incluso a quienes no tienen oportunidad de pagar una universidad. Estos cursos son gratis y el usuario sólo debe pagar si quiere que le expidan un certificado. Una persona puede, a través de Internet, convertirse en un programador de primer nivel, o volverse un experto en Big Data de forma gratuita o a un módico costo. Cursos organizados de forma pedagógica, que posiblemente en unos años en décadas, vuelvan a la educación superior tradicional obsoleta. 

    De igual forma, si el individuo quiere aprender filosofía, psicología, o quiere tener un nivel de cultura mucho más amplio, no sólo hay canales de Youtube que le dotarán al usuario de un nivel de conocimiento en el tema más que aceptable, sino que también puede encontrar diversos sitios web como The Book of Life que ayudan a mejorar la autoestima y la integridad de personas a través de la cultura y la filosofía, y así formarse como persona. Y si no tiene conocimiento del idioma inglés para consumir estos contenidos que en mayor parte están en este idioma, también puede adquirir un buen nivel de inglés en Internet, a un costo más bajo que en una escuela.

    Dirás que todo esto es maravilloso, que las posibilidades son infinitas, y técnicamente es cierto, pero entonces regreso al primer argumento:

    ¿Cómo puede aprovechar esta información el individuo sobreprotegido al cual educaron para no sufrir porque el dolor es malo? Estamos, y créanme porque lo he visto una y otra vez en mi trayectoria profesional, ante nuevas generaciones más comodinas que se sienten especiales por el simple hecho de tener la etiqueta de millennials, que se dicen ser críticas, irruptivas, pero muchos de ellos no están dispuestos a hacer un gran esfuerzo. Incluso algunos ni siquiera saben buscar información en Internet. 

    Fuente: forbes.es

    Algunos de ellos sueñan con ser el nuevo Steve Jobs, pero se despiertan tarde; y así, con su pijama puesta y su Mac, mientras se reclinan en la cama, dicen estar creando el proyecto que va a cambiar para siempre los hábitos de consumo. Hablo de jóvenes que conocen el arte del Facebook, que son expertos en las mascarillas de realidad aumentada del Snapchat, pero a quienes si les pides buscar algún concepto filosófico, no sabrán ir más allá de Wikipedia.

    Cierto, no son todos, no puedo generalizar. Allá afuera hay jóvenes muy talentosos que tienen las virtudes que les achacan a los llamados millennials -su horizontalidad a la hora de organizarse, la intención de irrumpir y crear cosas nuevas y cuestionarse todo-, a la vez que son disciplinados y trabajadores. Esos son quienes logran cambios positivos, los que innovan. Esos son los que han hecho que en México haya una mayor participación ciudadana, y son quienes están aprovechando la ola de la innovación digital.

    Pero al comparar a ésta con las pasadas, parece que a estas nuevas generaciones les están, en cierta medida, atrofiando la fuerza de voluntad.

    Entonces, mientras que toda esa información, todo ese conocimiento está ahí, a la mano de todos, lo que no abunda es la gente que tiene la voluntad para poder absorberla.

    Porque para eso se necesita de autodisciplina; pero a los jóvenes de hoy, poco resilientes, y quienes llevaron a sus madres a su escuela porque es un «insensible maltrato psicológico» que le pongan 5 de calificación al chamaco, no les enseñaron el hábito. Porque hacerse de dicho hábito implica dolor y sacrificio. Implica dejar los placeres inmediatos a un lado.

    Y es paradójico, porque los jóvenes millennials ya no quieren ser «godínez», quieren crear sus propios proyectos o quieren «freelancear», no quieren horarios fijos. Y para eso se necesita un chingo de autodisciplina, más que la que se necesita para conservar un puesto de trabajo de nueve a seis.

    Supongamos que quiero tomar un curso en Coursera, alguno de Big Data impartido por MIT, o uno de filosofía impartido por Harvard (cursos que no son cualquier cosa). El «aspirante a estudiante digital» tendrá que hacerse el hábito de dedicar una hora diaria al estudio de ese curso. Esa hora implica prescindir de una que dedicaba al ocio. Y como el curso no tiene un horario fijo ni una estructura como sí lo tiene la escuela o la academia de inglés a la que va porque y pagó (pagaron sus papás), tendrá que obligarse él mismo a estudiar ese curso a tal hora y en determinada cantidad de tiempo todos los días.

    Pero antes de eso, tuvo que haber una disposición para buscar información e informarse de los cursos disponibles y que le podrían ser útiles, hasta para eso se necesita disciplina y fuerza de voluntad.

    Me llama la atención, porque en esta sociedad globalizada cualquier persona con acceso a Internet puede acceder a conocimiento que está disponible en todo el mundo y que es desarrollado por las mejores instituciones y los más talentosos en su campo. Y en vez de eso, vemos muchos jóvenes que se pierden, que no saben trabajar, que no se involucran en temas sociales o no les importa la política porque «todos son iguales». Jóvenes que quieren el placer inmediato, que piensan en las fiestas, en el placer, en la peda, en el iPhone, y no en la inversión en ellos mismos. 

    En lugar de sobreproteger jóvenes y hacerlos más débiles de carácter con el argumento de que el dolor per sé «vulnera sus derechos humanos», deberíamos fomentar jóvenes más resilientes.  Si esas cualidades atribuidas a los millennials como su capacidad para innovar y pensar fuera de la caja se compaginara con las cualidades de la disciplina y la fuerza de voluntad, sumado a todo el conocimiento que está disponible en Internet, tendríamos a una generación que marcaría un hito en la historia de la humanidad. 

    Pero los que aprovechan este mundo de oportunidades, son los menos. 

  • Las palancas joden a México

    Las palancas joden a México

    Siempre que se habla de empleo, de oportunidades y de crecimiento profesional, sale esa palabrita a relucir: «palancas». 

    He escuchado a algunas personas decir: -No es como que le tenga que joder tanto para llegar a donde quiero, yo tengo palancas-.

    Ellos entienden que la trayectoria profesional puede no ser tan importante, que son los pobres diablos los que buscan empleos en OCC, y que son los ganones quienes tienen al contacto indicado, a los amigos y a la gente indicada para poder aspirar a un puesto.

    Ciertamente, el networking y las relaciones públicas siempre son importantes, hasta en las naciones que tanto envidiamos. Es cierto que quien tiene talento y se esfuerza, también debe de esforzarse por darse a conocer y presumir sus talentos. Es cierto que el individuo debe saber tejer relaciones. Pero no me malinterpreten, yo no me refiero a eso, sino a las palancas en el más arcaico sentido de la palabra.

    Las palancas son, para decirlo de cierta forma, un mecanismo que se postra sobre el contrato social. Las palancas no sólo sirven para encontrar un mejor trabajo desistiendo de los esfuerzos para ser un mejor profesional, sino para evadir la ley o ganar favores.

    Las palancas, manifestación explícita del patrimonialismo como constante en la historia de nuestro país, establecen unas reglas de juego que suplen a las que están convenidas y formalizadas porque no todos pueden jugar con ellas. Básicamente, para tener palancas hay que tener palancas. Quien no las tiene no puede ser parte de esta dinámica.

    Las palancas reducen la posibilidad de movilidad social y perpetúan el status quo. Porque quien tiene palancas no sólo las tiene dentro de su misma clase social, sino dentro de sus mismos grupos sociales a los que pertenece. Las palancas excluyen de oportunidades de crecimiento a quienes no las tienen a pesar de tener el potencial intelectual y de voluntad.

    Las palancas permiten a quienes las usan poder escalar en la pirámide sin haber hecho un gran esfuerzo para ello y excluyen a quienes sí se han esforzado y tienen el talento.

    Y así entendemos cómo es que las palancas son nocivas. No sólo porque perpetúan la desigualdad, sino porque no son los más talentosos quienes deberían estar en los puestos que los más talentosos deberían ocupar. Entonces concluimos que inciden muy negativamente en el desarrollo de una entidad, una sociedad o incluso una nación.

    Vemos que en los puestos más importantes está el compadre, el que hizo un favor, el familiar, el bueno para nada cuyos padres estaban urgidos de que trabajara. Así, los mediocres son los que llegan a ocupar las élites sociales y no al contrario.

    Y cómo este sistema queda expuesto, se imita y se perpetúa. Se aprende que la palancas, el contacto, son indispensables, más que el esfuerzo. Para muchos basta con «tener un título de algo» y al compadre indicado para poder aspirar a un puesto mientras otros se matan y se preguntan por qué no han llegado a donde quieren llegar.

    De igual forma, las palancas perpetúan la corrupción cuando se tratan de evadir la ley. Lo que importa no es cumplir con la ley, sino tener al contacto adecuado para no cumplirla, sin importar el daño que se haga a las demás personas. El que tiene palancas se defenderá diciendo que «así es, que todos lo hacen» y que irse por el camino recto implica aceptar la derrota por anticipado.

    No recuerdo la existencia de un estudio que determine el impacto negativo de las palancas en la competitividad de nuestro país ni mucho menos en la producción de riqueza o en el PIB. Pero estoy seguro de que si se implementara alguno, los resultados de esos estudios serían muy preocupantes.

    Entonces concluimos que la sociedad no premia al más talentoso, sino al que esté «mejor parado», a aquel que se llevó al table dance a su compadre.

  • Los 475 de Guadalajara, que tiene el alma de provinciana

    Los 475 de Guadalajara, que tiene el alma de provinciana

    Los 475 de Guadalajara, que tiene el alma de provinciana

    La identidad propia y los valores son indispensables para lograr una cohesión dentro de una sociedad dada. Guadalajara no sólo los tiene para ella, sino para el país entero. México no se podría entender sin la Perla Tapatía. Las tradiciones, la historia, la cultura y gastronomía de esta ciudad moldean de cierta forma la esencia de México, Guadalajara hace a México más mexicano.

    Yo tengo toda mi vida viviendo en esta ciudad llamada Guadalajara que ha cumplido 475 años y por eso puedo decir que es parte de mí. No es una ciudad perfecta, como todas las ciudades grandes de México tiene varios problemas: la inseguridad es un tema pendiente, la mala planeación urbana, la contaminación o que en una ciudad tan grande e importantes no existan museos dignos para el tamaño e importancia de ciudad.

    Pero con todas sus imperfecciones, Guadalajara es una ciudad de la cual nos podemos sentir orgullosos no sólo como tapatíos sino como mexicanos. Mi ciudad es una muy curiosa porque hay varias realidades que parecen contradictorias pero que se las han arreglado para coexistir y que parcialmente podrían explicarse por un cambio generacional. Por ejemplo, la sociedad tapatía sigue siendo en cierta medida conservadora, pero a la vez es muy conocida por la cultura gay a través no sólo de los colectivos sino de los antros y espacios destinados a las personas con preferencia del mismo sexo.

    Todos los que vivimos en Guadalajara decimos que es un «ranchote» porque resulta que a pesar del tamaño nuestra ciudad (la N° 81 del mundo y la octava más grande de América Latina) todos nos conocemos. Nos sorprendemos cuando resulta que la persona que acabamos de conocer es amigo de nuestros amigos o parientes. Pero a pesar de eso podría decir que Guadalajara tiene una sociedad muy diversa con muchas realidades que conviven dentro de nuestro territorio: desde la señora que asiste religiosamente a misa, el joven entrepreneur motivado por una ciudad que ha tomado la bandera de la sociedad del conocimiento y la innovación -condición que le mereció la visita de Elon Musk-, aquellas personas -mayormente jóvenes- con ideas mucho más liberales que las de sus padres, o los activistas sociales. 

    Hacker Garage MIT
    Fuente: MIT Enterprise Forum

    A pesar de sus muchos problemas, Guadalajara ha visto la irrupción de una sociedad civil organizada que está dispuesta a organizarse colectivamente para tratar de incidir en el quehacer público y ocupar «esos lugares» que el gobierno deja vacíos. A pesar de nuestra fama de ser una sociedad pasiva -apatíos, nos dicen algunos-, la realidad es que la participación ciudadana ha venido in crescendo, y eso se nota incluso dentro de la clase política tapatía que si bien no tiene buena fama -algo merecido- sí están más sujetos a los checks and balances que en la mayoría de las entidades de nuestro país. También tiene una prensa relativamente nutrida y plumas que analizan y critican todo lo que sucede en nuestra entidad. A diferencia de muchas entidades, existe la libertad de expresión suficiente para que los opinólogos puedan expresar sus puntos de vista. 

    Esta presión ciudadana ha obligado a los gobiernos a rendir cuentas y a intentar -aunque sea de dientes para afuera- tener una mejor comunicación con los gobernados. Así lo hace el Gobernador emanado del PRI con la Glosa Ciudadana y de igual forma los presidentes locales como Enrique Alfaro, y sin olvidar que desde el activismo ciudadano han surgido políticos que no entienden de «viejas formas» como Pedro Kumamoto. Guadalajara no podría tener darse el lujo de tener a un déspota como Javier Duarte. De hecho, en Jalisco los políticos ya no tienen fuero. Por todo esto me atrevería a afirmar que Guadalajara es una de las ciudades más democráticas de nuestro país, a pesar de que la clase política tapatía nos siga quedando mucho a deber.

    Pero cuando hablamos de Guadalajara también hay que hablar de una cultura de la innovación que ha crecido paulatinamente. Promovida por la iniciativa privada desde la llegada de transnacionales como HP e IBM hace algunas décadas, fomentada también por el gobierno a través de políticas públicas y festivales como Epicentro o el simple hecho de hospedar Campus Party, pero sobre todo, por los jóvenes que crean proyectos, que van a Hacker Garage a los diversos eventos, hacen networking y comparten conocimiento. 

    Esta modernidad, de una ciudad que quiere trascender como tal, no se desliga de su pasado. Por el contrario, el pasado y el futuro, la tradición y la innovación convergen para hacer más fuerte a esta ciudad. 

    Aquél entrepreneur o «innovador social» sigue yendo con sus amigos a los bares del centro para disfrutar un buen tequila y cantar con el mariachi. También muchos de ellos se ponen el fin de semana la camiseta de las Chivas o el Atlas y organizan una ida con sus amigos a Tequila. Muchos viajan a Europa o a otros países y regresan con la necedad de implementar todo el desarrollo visto allá -cosa que en algunos casos se ha transformado en políticas públicas, con resultados mixtos-, pero sin dejar a un lado a aquello que le da esencia a nuestra ciudad, por el contrario, estar afuera le ayuda al tapatío a valorar más toda esa riqueza cultural de nuestra ciudad.

    Foto: MEXSPORT/Javier Martinez

    Sin embargo no hay que negar todo aquello que se puede mejorar, como por ejemplo el transporte público y dejar de apostar al carro como principal medio de transporte, más cuando nuestras vialidades ya no pueden soportar una mayor carga vehicular. La mala planeación urbana -aunque parece que ya se empieza a hacer algo al respecto-. La inseguridad, como decía, es un asunto pendiente. Al igual que en todo el país, la ciudad necesita un Estado de derecho más sólido y unas instituciones que funcionen mejor. Si bien ha habido presión ciudadana en este sentido, queda muchísimo por hacer. 

    Como dice el articulista Diego Petersen, Guadalajara es una todavía joven que está empezando a madurar. A pesar de todos los defectos, Guadalajara tiene todo el potencial para ser una gran ciudad, tiene un bagaje cultural muy rico y está acertando al apuntalarse como la ciudad de la innovación y las TIC de México, y que tiene una participación ciudadana que ciertamente no suficiente todavía pero sí cada vez más grande. 

    Guadalajara es una ciudad con un gran pasado pero también con un gran futuro. 

    ¡Feliz cumpleaños!

  • Mas si osare dos extraños enemigos

    Mas si osare dos extraños enemigos

    México no tiene un enemigo en común, sino dos. No sólo es Trump, también es Peña Nieto. Esta paradoja no ha permitido al país cerrar filas ante el magnate.
    Marcha #VibraMéxico

    El semiólogo recientemente fallecido Umberto Eco decía que todos necesitamos tener un enemigo. Ello, dice él, define nuestra identidad y nuestro sistema de valores. Se puede tratar de un enemigo concreto (otra nación o algún personaje) o uno abstracto (alguna corriente política o forma de pensar).

    Por ejemplo: la Unión Soviética forjó gran parte de su identidad con el discurso antioccidental y la conceptualización de Estados Unidos como «el enemigo». Un clásico de futbol también está explicado por ésto. Los equipos -Real Madrid o Barcelona, Chivas o América- no sólo tienen un rival acérrimo a quien odiar, sino que parte de su esencia tiene que ver con ese odio: ser aficionado al Guadalajara es odiar al América y viceversa. 

    De igual forma ocurre con los enemigos abstractos: Los enemigos de los libertarios son los keynesianos, el enemigo de la religión es el ateísmo y viceversa. 

    México ha conocido a un nuevo enemigo, una amenaza que pudiera ayudarle a reforzar su identidad: Donald Trump. Ante la amenaza, el mexicano hace énfasis en los valores que lo definen como mexicano: saca su bandera, presume el guacamole, y hasta hace campañas para producir lo hecho en México. Ante una amenaza así el mexicano intenta ser más mexicano. 

    Pero México tiene dos problemas, que aquel «extraño enemigo» no era el primero ni el único. 

    El que «pegó primero» fue aquel que primero le daba identidad a la izquierda pero que después -producto de sus errores y agravios- se convirtió un enemigo común para todo mexicano sin distinguir corriente política o posición social -el 88% según las encuestas-: Enrique Peña Nieto.

    Entonces estamos en un problema. ¿Por qué?

    Porque parte de la dinámica en la cual la entidad -sea una persona, un grupo o una nación- toma una postura ante el enemigo, consiste en reforzar los lazos de quienes conforman dicha entidad. Pero resulta que dentro de esa entidad hay, a su vez, otras entidades que juegan el mismo papel y que debilitan el reforzamiento de la identidad como un todo. 

    Para decirlo más fácil, tener un enemigo interno no permite a la nación crear una unidad absoluta en contra del enemigo exterior. Quienes forman parte de esos lazos -los ciudadanos- no sólo gastan muchas energías en tratar de combatir a los dos, sino que son incapaces de crear una unidad completa.

    La única forma de hacerlo es reconciliándose con el enemigo interior, de quien se supone -y no todos concuerdan con ello- representa una amenaza inferior al enemigo exterior, y porque esas entidades internas al final forman una parte de una otra más grande y suprema -llamada México-. Si la identidad suprema se vence, las internas quedarán muy comprometidas.

    Pero sí entonces tenemos tan sólo la reconciliación como opción para aspirar a la mejor unidad posible, tendríamos que poner sobre la mesa las razones por las cuales el enemigo interior -Peña Nieto- fue creado. ¿Por qué la gente odia a Peña Nieto y lo considera su enemigo? Porque está muy relacionado con la corrupción, por su postura displicente -cuando menos- con la tragedia de Ayotzinapa, por el conflicto de intereses de la Casa Blanca, por el estado actual de las cosas de nuestro país. 

    El enemigo de los ciudadanos es Peña Nieto en tanto que no ocurre lo contrario, al menos no con tanta fuerza. Los ciudadanos odian a Peña por las causas antes mencionadas, Peña tiene cierto resquemor con los «ciudadanos de oposición» que son el 88% porque lo odian por las causas anteriormente mencionadas. 

    Entonces las únicas dos formas en que ambas partes pueden conciliarse serían las siguientes:

    1. Que los ciudadanos cedan. Esto es, que «perdonen» los agravios al Presidente o al menos los relativicen lo suficiente para que Peña Nieto no merezca la etiqueta de enemigo.
    2. Que Peña Nieto ceda. Esto es, que resuelva todos los agravios de los que se le acusa y que lo haga de tal forma que dichos actos tengan credibilidad y sea perdonado por el pueblo.

    Lo cual se antoja muy difícil por cualquiera de los dos partes. Personajes como Steve Bannon, el hombre detrás de Donald Trump, conocen muy bien estas dinámicas. Parece ser que en la Casa Blanca se esfuerzan por debilitar aún mas la figura del presidente, porque así la unidad es menos posible y el país se vuelve más vulnerable. 

    El enemigo de fuera juega con el enemigo interno. Pero el enemigo interno ha agraviado tanto a la población que los mexicanos están muy poco motivados a cerrar filas con él.

    Por eso se entiende que hasta las marchas se polaricen. Ante la búsqueda de legitimidad el gobierno trata de incidir en ellas, esperando que sea algo «pro Peña», o al menos que no sea «anti Peña». Por eso los letreros de repudio a Trump se hacen a acompañar por los del repudio a Peña Nieto, por eso se debate con insistencia si la marcha de #VibraMéxico tiene que ser en pro o en contra de Peña como si no existiera un punto medio. El agravio con el enemigo interno es tan grande que muchos no pueden dejar de «recordársela a Peña. 

    Si esta paradoja de los dos enemigos no existiera ya hubiéramos visto las calles de México abarrotadas desde hace mucho. Pero el mexicano, con dos enemigos y no uno, se siente atacado por diferentes flancos que no puede concentrarse en uno solo.

    Y por eso México llega muy debilitado al combate. 

  • ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    FOTO: DIEGO SIMÓN SÁNCHEZ /CUARTOSCURO.COM

    Las redes sociales están divididas en torno a esta marcha. Hay quienes dicen que es organizada por el establishment, que se trata de una marcha descafeinada en repudio a Trump pero que no profundiza en las causas y hay quienes de plano creen que su propósito es legitimar al gobierno de Peña Nieto. 

    Argumentos tan simplones como: «Si Enrique Krauze promovió la marcha en el programa de Denise Maerker, si el programa de Maerker se transmite por Televisa, y si Televisa apoyó a Peña Nieto en 2012, entonces la marcha tiene el propósito de legitimar a Peña Nieto».

    Algunos de estos críticos lincharon a Enrique Krauze por no marchar cuando desaparecieron los estudiantes de Ayotzinapa -aunque escribió varios artículos lamentando lo ocurrido-. Pero si cuando ocurrió lo de Ayotzinapa casi todos marcharon, mucha gente «de derecha» hasta monjas salieron a las calles. ¿Si esa vez prácticamente todo México se unió, por qué no ahora?

    Los críticos también parten de otro supuesto -más que válido-. Si el Gobierno de Donald Trump nos puede humillar es porque somos muy débiles como nación, y esta debilidad se explica en gran medida porque México es un país muy corrupto donde la clase política forma parte de la corrupción. El problema es que piensan que dado esto, entonces primero tenemos que resolver todo antes de manifestarnos con un demagogo que nos insulta y que es un riesgo no sólo para México, sino para el mundo.

    La conclusión es errónea. Voy a hacer una analogía:

    Tú eres una persona debilucha y el bully de la escuela siempre te golpea en la salida. Si fueras una persona menos débil el bully ya no se metería contigo, naturalmente llegas a la conclusión de que debes ir al gimnasio para que en unos meses tengas más masa muscular y puedas darle unos buenos golpes al agresor. Pero ¿eso significa que mientras tanto vas a dejar que te golpeen? Naturalmente no, vas a tratar de defenderte en la medida que sea posible. Posiblemente vayas con el director de la escuela o le avientes un mesabanco al bully, y que lo hagas no implica que no dejes de ir al gimnasio.

    Es una obviedad que México tiene que fortalecerse y resolver sus problemas internos para ser un país más fuerte del cual no abusen. Pero eso no está peleado con el hecho de que los mexicanos salgan a las calles para mostrar su repudio al bully llamado Donald Trump, una cosa no cancela la otra. El problema del bully es un problema inmediato, el problema del país débil que necesita fortalecerse es uno necesitará varios años de lucha, voluntad y esfuerzo. 

    Los críticos dicen que es algo que está organizado por el gobierno. Pero yo por más que me meto a su página y veo todas las organizaciones involucradas no veo a nada que me huela a gobierno. 

    ¿Amnistía Internacional? ¿El CIDE y el Colmex que tiene académicos muy críticos con el gobierno actual? ¿El IMCO que con la #Ley3de3 tuvieron muchos roces con el gobierno y cuyo titular es duro crítico de Peña Nieto? ¿Transparencia Mexicana? ¿La Universidad Iberoamericana que respaldó a los alumnos que formarían #YoSoy132?

    Curiosamente muchas de esas ONG’s e instituciones se la han pasado trabajando para incidir en el gobierno y cambiar las cosas. ¿O son despreciables las reformas políticas propuestas desde la ciudadanía y estas organizaciones?

    Ciertamente, yo dije que no puedo apoyar moralmente a Peña Nieto, pero sí puedo exigirle que haga lo que tiene que hacer y esperar que represente a México de la forma más digna. El sitio web dice que el propósito de la marcha es:

    … «que los ciudadanos sumemos esfuerzos y unamos voces para manifestar nuestro rechazo e indignación ante las pretensiones del Presidente Trump, a la vez de contribuir a la búsqueda de soluciones concretas ante el reto que ellas implican». A su vez «Requerir que el gobierno informe permanentemente de las negociaciones con Estados Unidos» y «Exigir el buen gobierno que merecemos». 

    La marcha tiene como propósito la inmediatez y es totalmente comprensible porque el riesgo es «inmediato», nos manifestamos por eso que ya está enfrente de nosotros. Es inmediato que el gobierno tome medidas ante este nuevo contexto y por eso hay que marchar. 

    Y sí, también hay que marchar en contra de Donald Trump. Que seamos un país débil no significa que no tengamos el derecho a defendernos de un agresor. Que deploremos a nuestro gobierno no significa darle derecho a alguien externo a agredirlos. Esos cómicos memes de: -Peña es un pendejo, pero es nuestro pendejo, no te metas con él Donald Trump- llevan algo de verdad. Y si algo es muy cierto es que Steve Bannon pretende debilitar lo más posible al gobierno así como deteriorar aún más la imagen de Peña Nieto para poder incidir así más sobre México, que pierda lo más posible en las negociaciones para cumplir los caprichos políticos de Donald Trump. 

    Pero no sólo se trata de México, el repudio hacia Donald Trump debe unir a todas las voces de distintas partes del mundo, que sea generalizado. Recordemos que el mayor peligro de Trump y su gente es que pretenden destruir los cimientos de la democracia liberal y modificar el panorama geopolítico llevándonos a un estado de las cosas que ya habíamos superado. Por eso es importante colmar las calles, porque se trata de unir fuerzas de repudio en todo el globo terráqueo. Debemos evitar que las tentaciones de ultraderecha prosperen.

    Por eso me preocupa que ante un momento así decidamos dividirnos, afirmar sin bases que unirnos a esta marcha implica abandonar los temas nacionales, el gasolinazo o la corrupción, o que nos «estamos volviendo paleros de Peña Nieto» cuando esta marcha ni siquiera está organizada por el gobierno ni tiene relación alguna. Los problemas de México son muchos y se pueden atacar por diferentes flancos. 

    No es con banderitas ni con nacionalismos absurdos de activistas de sofá, es salir a las calles no sólo a defender a México, sino unirnos con todo el mundo, con todos los ciudadanos del mundo que no queremos a Trump, que no queremos que la ultraderecha avance. El repudio debe ser generalizado, y si Estados Unidos puede -todavía- incidir en todo el mundo, entonces todos los ciudadanos del mundo tenemos que mostrar músculo.

    Como dijo Genaro Lozano en su Twitter: si tu problema es que no quieres marchar «con la derecha» puedes unirte al colectivo de la UNAM. Esta marcha no debe tener colores, debe unir a todos los mexicanos y todas las facciones están representadas. 

    Vibra México no es sólo un alto a las agresiones de Donald Trump, es un alto al fascismo y al oscurantismo. 

  • Make nuestra pinche hipocresía great again

    Make nuestra pinche hipocresía great again

    Make nuestra pinche hipocresía great again

    Lo voy a decir claro, si un Donald Trump mexicano surgiera dentro de nuestro territorio -esto es, una figura igual que el magnate estadounidense, pero adaptado o tropicalizado al contexto y la realidad mexicana- sería muy popular entre un considerable sector de la población, y hasta podría ganar. 

    Ahora ya entró la moda de subestimar a los estadounidenses, y sobre todo, de ser implacables con quienes votaron por Trump, aquellos de los apalaches, del rust belt, de las zonas más deprimidas de nuestra nación vecina. A veces las críticas se llevan a cabo con cierto tufo de superioridad moral: –mira que la «clase media ilustrada» mexicana está mucho más avanzada que esos white trash-. E incluso muy dentro de nosotros nos congratulamos de su condición porque haciendo la comparación ya nos sentimos tan mal. 

    La realidad es que incluso nuestras clases urbanas ilustradas, a diferencia de las estadounidenses, siguen siendo en gran medida apáticas, o bien, se limitan al activismo comodino. Si bien es cierto que la participación ciudadana en México ha aumentado en los últimos años, sigue siendo mayoría la que sigue sin involucrarse y no muestra responsabilidad alguna para con su comunidad. 

    Estados Unidos presenta una curiosa dicotomía, una aparente contradicción que es parte de su cultura y sus raíces y que de alguna manera siempre ha coexistido. Por un lado está el multiculturalismo, el país de migrantes. Por otro lado está el nativismo y el racismo. Uno vive dentro de las ciudades, otro dentro de las áreas rurales y suburbanas. Las segundas fueron olvidadas por el sistema, y desde un contexto decadente, de exclusión, de tejidos sociales rotos, votaron por un demagogo que les dio voz. 

    Los estadounidenses no niegan esa contradicción ni se la guardan. Por el contrario, la gritan. Las élites intelectuales y el multiculturalismo presumen su condición y sus ideales, los nativistas también. 

    Los mexicanos, por nuestra parte, no nos caracterizamos por ser directos. No sólo porque a veces llegamos a pecar de ser demasiado humildes como para poder terminar de presumir todas nuestras virtudes, sino que nos gusta esconder muchos de nuestros defectos y a hacer como que no existen. Esto ocurre mucho con el tema del racismo, muy presente en nuestro país. 

    La realidad es que si reconocemos nuestra condición tal y como es, podemos llegar a la conclusión de que nuestra situación es igual o posiblemente peor a la de los Estados Unidos. Posiblemente nosotros no tengamos red necks o nativistas que salen al pórtico de sus casas a decir que matarán al primer migrante que encuentren dado que no recibimos las olas de migrantes que los estadounidenses reciben. Pero la realidad es que nosotros también discriminamos a los migrantes.

    Eso sin importar la incongruencia que eso representa cuando criticamos el racismo y la xenofobia de Donald Trump.

    La Encuesta Nacional de Migración de UNAM realizó las siguientes preguntas: ¿estás de acuerdo en que se deporten a los migrantes centroamericanos? O ¿estarías de acuerdo en que se construya un muro en la frontera sur? Las respuestas fueron las siguientes:

    • La mitad está totalmente o parcialmente de acuerdo en que se construya un muro en el sur.
    • El 40% está total o parcialmente de acuerdo en que se deporten a los migrantes.
    • El 30% está de acuerdo en que los extranjeros paguen más impuestos que nuestros connacionales.

    Un Trump o una Marine Le Pen mexicana estarían frotándose las manos.

    Eso sí, cuando se habla de los migrantes mexicanos en Estados Unidos el consenso es unánime: no debe haber muro, no deben haber deportaciones.

    ¿Qué ésto no sólo es contradictorio, sino producto de un nacionalismo trasnochado y convenenciero, como ese que tanto le reclamamos a Trump?

    Peor aún, los mexicanos también somos selectivos con los extranjeros, y el criterio para hacerlo es muy parecido al del gobierno de Donald Trump, En esa misma encuesta, los mexicanos muestran más confianza ante estadounidenses, canadienses y españoles, en tanto estigmatizan más a los centroamericanos. Por más blancos y más limpios, son más bienvenidos.

    Incluso somos más tolerantes con los sirios porque no son sucios y porque gracias a los medios están de moda. Aplaudo que el esfuerzo de muchos haya dado la oportunidad a Samah, una siria que huía de la guerra, para que continuara con sus estudios y su proyecto de vida. Pero esa solidaridad no la muestran todos, ni siempre, ni con todos. 

    No debemos tampoco olvidar las manifestaciones de discriminación hacia los migrantes que es pan de cada día. En Guadalajara, muchas personas se opusieron a el establecimiento de una casa de paso para ayudar a los migrantes porque decían, afean sus colonias, son sucios, y traen inseguridad -a pesar de que han demostrado lo contrario-. De igual forma, en esta misma ciudad, algunos colonos han desplegado mantas donde invitan a los migrantes a retirarse de sus colonias. 

    Si queremos que otras naciones respeten a la nuestra debemos actuar con congruencia respetando no sólo a aquellos de otras nacionalidades sino a nosotros mismos. Lo primero que deberíamos hacer es aceptar nuestros defectos culturales en vez de verlos reflejados como un «lo que te choca te checa» en los defectos del vecino. 

    Duele, pero es la verdad. Y si queremos avanzar deberíamos primero ser conscientes de nuestra realidad. No, no somos tan incluyentes con los migrantes como pensamos y presumimos. Dejemos de pensar que lo somos porque a los extranjeros -predominantemente blancos- se les atiende con una cálida cortesía.

    Y vaya que sólo he hablado de los migrantes, porque hasta con nosotros mismos discriminamos. 

  • Hacen falta líderes en México

    Hacen falta líderes en México

    Fuente: Redshift

    En este mundo posmoderno, tan horizontal y tan «colaborativo» se piensa que los liderazgos ya no tienen mucho sentido. Que basta con que un grupo de personas que tienen algo en común se reúna para luchar por ciertas causas donde todos sean igual de importantes y todas las voces tengan el mismo peso.

    Este mecanismo, aplaudido por unos por ser «muy democrático» comparte también los defectos de una democracia «muy excesiva», como el hecho de que la capacidad de reacción ante alguna circunstancia pueda ser lenta y torpe porque ante cada eventualidad los miembros tienen que deliberar y ponerse de acuerdo. La falta de liderazgos también puede comprometer la cohesión del colectivo ante las diferencias que puedan existir entre los miembros, y por más numeroso sea ese colectivo, más dificultoso resulta poder mantenerlo unido sin algún liderazgo.

    No estoy sugiriendo ningún liderazgo vertical al que los miembros se tengan que someter. Por el contrario, los miembros tienen que legitimar a su líder y condicionar, por medio de esa legitimidad, a dicho liderazgo. Éste tiene que representar de la forma más fiel o aproximada, los intereses del grupo o colectivo. El líder tiene que conducir, pero también tiene que escuchar y tiene que saber hacer equipo. 

    Los liderazgos, se supone, deberían emerger cuando ellos hacen falta y cuando una comunidad dada no se encuentra satisfecha con el estado de las cosas.  

    Dicho esto, alguien tiene que levantar la mano. En México hacen falta líderes y hay una gran insatisfacción.

    Peor aún, cuando dentro de la política -de aquellos de quienes se dice están llamados a liderar a sus gobernados- el liderazgo es ausente, más apremia la necesidad del surgimiento de líderes que los pueda representar, si no por la vía formal, sí por la ciudadana. 

    Ante el gran vacío de liderazgo en el gobierno actual -un claro ejemplo es el gobierno de Peña Nieto quien no parece cargar al país en hombros en el conflicto con Donald Trump- algunos han levantado la mano.

    Pero no todos son líderes genuinos, algunos de ellos pretenden aprovechar la coyuntura y la ausencia de liderazgo para asumirse como líderes mesiánicos. Esto no solo ocurre desde la política sino desde la propia ciudadanía. Se trata de liderazgos que intentan capitalizar el descontento de la gente a su favor. Pero difícilmente podríamos llamarlos liderazgos porque no terminan por representar un liderazgo genuino, ellos no representan la voz del pueblo, sino que tratan de hacer que el pueblo adapte la suya propia. Ellos quieren seguidores, no formar nuevos líderes.

    Ante este contexto, el de la ausencia de liderazgos y de la abundancia de oportunistas, hacen falta aquellos que representen a aquellas personas que tienen la iniciativa pero que no han terminado de articularse. No son pocos los mexicanos que quieren un cambio, ni son pocos los que quieren hacer algo, pero en muchas ocasiones no cuentan con la plataforma para que éstos puedan actuar en conjunto y en este sentido un liderazgo, uno positivo, puede amalgamar a este conjunto de ciudadanos que quieren hacer algo por su comunidad o nación, que sí existen, que son más de los que pensamos, pero que son casi invisibles al estar poco articulados.

    Las organizaciones civiles son la muestra del potencial que tienen los liderazgos. A pesar de que éstas no necesariamente tengan un líder personal visible, el ser una plataforma que lucha por ciertas causas hace que mucha personas decidan colaborar y sumarse. Pero los líderes personales, que inspiren por su integridad, por sus valores y sus causas, no deben de verse como competencia de estas organizaciones. Por el contrario, por más flancos y más plataformas tenga el ciudadano a la mano, será mejor. 

    Todas las revoluciones -positivas- y las más grandes causas históricas están representadas por sus líderes. Ahí estuvieron Martin Luther King o Nelson Mandela representando a los suyos, los de raza oscura, que habían sido discriminados y relegados. Fueron buenos líderes porque fueron legítimos y, sobre todo, porque dejaron un legado. Pero su liderazgo no se puede entender sin aquellos que los acompañaron, aquellos que fueron parte de su causa y lucharon, aquellos que no fueron meros seguidores, sino que inspirados en los propios líderes, ejercieron una suerte de liderazgo en los suyos.

    ¿Quién será el mexicano que levante la mano? ¿Quienes serán los nuevos líderes que representen las causas, esas que tanto abundan ante una realidad tan imperfecta y poco apremiante?

    Lo peor que pudiéramos hacer es esperar a que eso suceda. Más bien deberíamos tener la iniciativa.

  • Potus el que no lo lea

    Potus el que no lo lea

    Potus el que no lo lea
    Fuente: TAMI CHAPPELL/AFP/Getty Images

    Siempre se ha dicho que las marchas no sirven de nada, que son inútiles. Lo ocurrido este fin de semana ha demostrado que ello no es cierto.

    En algunos casos las marchas deben ir acompañadas, ya en una etapa posterior, de una propuesta. Esto sí es así en muchos casos, mas no siempre. En ocasiones la marcha per sé es la herramienta necesaria para poder aspirar a un cambio o para ejercer resistencia. Tal fue el caso de las manifestaciones en contra de Donald Trump.

    Gracias a la presión que los estadounidenses ejercieron en los principales aeropuertos -incluidos políticos como el alcalde de Boston o la senadora Elizabeth Warren- y a los abogados que trabajaron como voluntarios, lograron que un juez bloqueara temporalmente la iniciativa de Donald Trump de prohibir el paso de personas de Medio Oriente -en países donde Donald Trump no tiene negocios o intereses económicos- a su país, en un acto que tiene un tufo light a esa Alemania de los años 30. 

    A diferencia de los casos de otros países que se han lastimado ante el ascenso de líderes autoritarios, Donald Trump -dictador en potencia, su egocentrismo y megalomanía lo demuestran- no sólo se ha topado con un sistema político estadounidense que blindará, al menos de forma parcial, sus caprichos, sino con una ciudadanía y medios de comunicación que se mantendrán en pie de guerra.

    En la otrora Repúbica de Weimar, Hitler pudo convencer a una mayoría, gracias a la cual legitimó todos sus actos. Los alemanes estaban desesperanzados por los efectos de la crisis económica de 1929 que los maltrató. El contexto de Estados Unidos -a pesar de sufrir el embate de la crisis del 2008- es bastante diferente. Donald Trump tendrá bastantes dificultades para convencer a esa mayoría que se le opone, los argumentos para convertir a las clases medias urbanas e intelectuales en nacionalistas carecen de fuerza. Trump ganó fuerza gracias un sector, el de la clase media trabajadora que vive aislada de las clases urbanas cosmopolitas. 

    Esas clases urbanas, a diferencia de las historias de otros países, no se han mostrado displicentes y timoratas. Por el contrario, quieren mostrar su músculo, quieren que no le arrebaten lo que es suyo. Las clases urbanas quieren, como cualquier ciudadano de cualquier nación, a su país. Pero esas clases tienen un concepto de país muy diferente a los blancos de los apalaches o de las zonas más deprimidas de Michigan que difícil se dejarán seducir por un discurso anacrónico como el de Donald Trump. Ellos conciben a Estados Unidos como lo que siempre ha sido, un país construido por migrantes, por una gran diversidad de culturas. 

    En vez de agitar y emocionar a las masas, el efectismo y la radicalización de Trump ha ahuyentado a algunos simpatizantes -posiblemente a los más moderados, y que pensarían que Trump se moderaría al llegar a la Casa Blanca-. Trump tal vez aspiraba con sus actos de esta semana a mostrarse como un líder efectivo, como el que va a restaurar «América». La realidad es que sus índices de aprobación bajaron casi 5 puntos:

    Fuente: Gallup

    Peor aún, Donald Trump basó su discurso pesimista sobre Estados Unidos en mentiras. Aunque sus medidas fueran efectivas, éstas no tendrán el impacto esperado porque Trump creó una percepción falsa de la realidad. Por ejemplo, reducir la tasa de desempleo del 4% actual -el menor hace casi una década- a un porcentaje menor no es algo que vaya a ser muy notorio. Por el contrario, al obligar o convencer a las empresas de emplear estadounidenses solo obtendrá un alza en el costo de los productos -que afectará el poder de consumo de los propios estadounidenses-. 

    Trump no tiene, como Hitler de la mano de Goebbels, toda una gran estructura propagandística -aunque no se puede negar que supo jugar con los medios en la campaña-. Por el contrario, tiene a casi todos los medios de comunicación -excepto Fox News y algún otro panfleto derechista- en su contra. Hitler y Mussolini contaban con el apoyo de muchas empresas, como el caso de la Volkswagen quien fabricó el famoso coche para el pueblo -el vocho- para complacer al dictador nazi. En los tiempos actuales, la gran mayoría de las empresas, sobre todo las que tienen que ver con la tecnología, ven con muchos recelos a Trump: ahí están las declaraciones de los CEO’s de Apple, Facebook, Google, Amazon, PlanetX -aunque Elon Musk forma del consejo que asesora a Donald Trump, ya se ha pronunciado muy en contra de las políticas del magnate demagogo-, y el propio Twitter con el que Trump gobierna y amenaza. 

    Sería muy ingenuo no alertar el creciente nacionalismo en el mundo y no preocuparse por éste. Pero de la misma forma también es ingenuo pensar que la democracia liberal va a morir de nada. Por el contrario, todos aquellos que defienden -defendemos- un mundo cosmopolita, de libertades y abierto el mundo, opondrán, como ya lo están haciendo, una gran resistencia. Los de derecha -incluso de izquierda- nacionalista, tendrán como respuesta mucha gente en las calles, empresarios y a todas las élites -académicas y científicas- en su contra. 

    El riesgo existe y es muy latente. Las primeras muestras de resistencia han sido muy alentadoras porque son una muestra de que esta ola nacionalista xenófoba tendrá serios obstáculos que no habían contemplado. Si la democracia liberal vence y logra hacer de esta ola nacionalista un bache o un fenómeno pasajero, éste habrá servido como lección para que los demócratas nos replanteemos y entendamos que esta manifestación no sólo fue producto de los discursos mentirosos de los demagogos, sino de nuestra mediocridad, al dar el sistema democrático por sentado; y tal vez sí, al exceso de corrección política que en vez de fomentar la inclusión provocó que muchos otros se sintieran excluidos. De igual forma, será una lección que nos obligará a enmendar los defectos de la globalización, a ser más críticos con nuestros sistemas políticos y económicos y reconocer nuestras contradicciones.

    Si eso no ocurre, si la xenofobia y el nacionalismo irracional vence, tendremos que, desde la oposición, dar la lucha en un contexto que todavía no conocemos, un anacronismo político conviviendo con una sociedad tecnológicamente evolucionada e interconectada. 

    Y no, las manifestaciones no son en vano, por el contrario, son un gran arma para combatir la intolerancia y la cerrazón. Las marchas sí sirven.