Categoría: reflexión

  • Chris Cornell y el fin del rock

    Chris Cornell y el fin del rock

    Chris Cornell y el fin del rock

    Hoy se fue uno de los más grandes íconos del grunge: Chris Cornell. El famoso vocalista de Soundgarden, quien sólo horas después de tocar en el que sería su último concierto, decidiera quitarse la vida al igual que lo hiciera Kurt Cobain. Ciertamente, a diferencia de Cobain (que era una estrella a la cual le faltaba mucho por brillar), Cornell se fue ya a los 52 años, cuando posiblemente ya había dado lo mejor de sí, aunque ciertamente conservaba esa gran y potente voz que siempre le caracterizó.

    Su partida es un golpe para quienes nos empapamos y crecimos con la música de los 90. Y es que después de eso ya nada volvería a ser igual dentro del mundo de la música.

    Cuando hablamos de rock, quienes fueron o fuimos parte de esas generaciones que transcurrieron desde los años 60 hasta los 90 (de los baby boomers a la generación X) coincidimos en que algo se perdió, que la música actual ya no tiene esa capacidad de marcar generaciones y darles una identidad como hasta los años 90 ocurría. No es necesariamente ese sentimiento fatalista al que el humano está tan acostumbrao donde percibe que el pasado siempre ha sido mejor. Esto es algo que va más allá. 

    Al menos yo no recuerdo casi ninguna banda actual de rock que haya tenido tal impacto cultural como lo pudieron tener los Beatles, los Rolling Stones, Led Zeppelin, Metallica, Nirvana o el propio Soundgarden. No es cuestión de falta de talento, talentos musicales allá afuera hay muchos e incluso muchos músicos que trabajan dentro de la industria musical componiendo esas «rolas pop» pegajosas pueden presumir que las dotes musicales les sobran. Se trata más bien del rol que la música juega en la vida del individuo y la sociedad.

    Me atrevería a decir que lo que hemos vivido es una progresiva pérdida de «espíritu musical». Trataré de explicar desde mi punto de vista cuales pudieron haber sido las razones para que esto sucediera. 

    El primer argumento que se me viene a la mente y del que hablan todos es la hipercomercialización de la música: La industria musical, especialmente en el rock, fungía como distribuidora del talento de otros para después tener un papel cada vez más activo y preponderante en el producto en sí. Anteriormente las bandas llevaban sus LP a las disqueras y éstas determinaban si valían la pena. Ahora parecen tratarse de involucrarse más en la música, les piden a las bandas, por más experimentales que sean, que compongan «una rola pegadora para la radio» (en el mejor de los casos). No son lo mismo las letras depresivas de Nirvana y Radiohead que obedecen más al estado de ánimo de los músicos, que las de grupos como Linkin Park y otras bandas cuyas letras parecen obedecer más a un «mercado de consumo». Pero ésta es tan sólo una respuesta parcial y ni siquiera es la más importante. La hipercomercialización de la música no lo termina de explicar todo.

    Mi segundo argumento que viene a la mente, y que a mi consideración tiene más peso que el primero, tiene que ver con la forma en que el individuo consume la música, así como el entorno en que se desenvuelve. Con el Internet y el Mp3, creímos ingenuamente que un gran abanico de posibilidades se abría, que la «opresión de la industria musical» había acabado, que todo el mundo tendría acceso a toda la música, y por lo tanto, aquellos más talentosos tendrían menos problemas para armarla y convertirse en rock stars, en los Freddie Mercury del nuevo milenio. Eso no ocurrió.

    En la actualidad hay muchos guitarristas cuyas manos vuelan más rápido que los de los guitar hero de los años 80 y 90, aprendieron a ser maestros de la guitarra gracias a infinidad de tutoriales y videos que se encontraron en Internet (algunos de ellos con un muy buen sentido musical). Los mejores, aquellos que hubieran sido la envidia de las bandas de los 80 tratando de reclutar nuevos guitarristas, no tocan conciertos; muchos de ellos ganan algo de dinero, sí, pero con la publicidad de Youtube:

    Muchos pensamos que se crearía una especie de meritocracia musical. Pocos años después incluso nos dimos cuenta que ya no había que pagar raudales de dinero en un estudio para grabar un disco, que bastaba con que cada integrante tuviera su equipo (su guitarra, el ampli, la batería), algún software no mucho más caro que el Microsoft Office y cascarón de huevo que aislara el sonido para poder grabar un disco cuya calidad no le pidiera mucho a los grabados en estudios profesionales. Por poco más de mil de pesos, el aficionado podía hacerse de simuladores de esos sintetizadores tan caros y que suenan casi igual de bien. Se supone que cualquier persona podría crear su grupo de rock desde su casa y de ahí saltar a los escenarios. No es que eso no haya pasado nunca, pero ciertamente no ocurrió como se esperaba.

    Paradójicamente, podríamos decir que hoy tenemos más músicos talentosos que nunca porque el costo para ser un buen músico es cada vez más bajo y el acceso al conocimiento para poder entrenarse es cada vez más accesible. Basta darse una vuelta por soundcloud.com para darnos cuenta que no es el talento el que falta. ¿Entonces, qué está pasando?

    Más bien parece que esa «nueva libertad» generó una suerte de fragmentación musical. Hay tanta música allá afuera que parece no haber por donde empezar. Los grupos de rock ya no son «los grupos de rock», más bien son uno entre tantos. El consumidor de música actual ya no compra «el disco», más bien crea playlists de las canciones que más le gustan. Esa ansiedad por conocer el nuevo disco de su banda favorita ha ido menguando y sólo se preocupa por ver qué dos o tres canciones le gustan para meterla en el bonche de canciones que escuchará en el automóvil o mientras trota. El placer de escuchar un disco desde el principio hasta el final ha desaparecido, los amigos ya no se juntan en alguna casa para escucharlo completo y dar sus opiniones al respecto. Por esto, los artistas se sienten forzados a sacar algún éxito que sobresalga de los demás en vez de preocuparse por terminar una obra que tenga coherencia entre sí, que en su conjunto logre transmitir algo. Un Dark Side of the Moon ya no es viable porque la mayoría de los consumidores no están acostumbrados a escuchar discos completos. 

    La sociedad contemporánea, acostumbrada a la inmediatez, a la novedad y a la excesiva experimentación, tampoco ayuda mucho. Las generaciones anteriores «se clavaban» con las bandas. Compraban el nuevo disco y lo escuchaban una y otra vez. Tener «el disco» era importante, no sólo era un conjunto de canciones, era toda una obra. Los más conocedores creaban sus colecciones de discos y atiborraban sus recámaras de ellos, se pegaban a la TV para ver los especiales de su banda favorita y para enterarse de la nueva gira. Antes, ver un especial de su banda en concierto era casi excusa para dejar lo que se estaba haciendo; ahora los usuarios pueden ver miles de conciertos y bootlegs en Youtube (varios de ellos con muy buena calidad) con tan sólo hacer un clic. 

    El acceso a la música es cada vez más fácil, pero eso también le ha quitado un poco de magia a la relación que el individuo tiene con los conjuntos musicales que más le gustan. 

    Un tercer argumento que puedo esbozar es la finitud de la música. ¿Qué quiero decir con ello? Básicamente, una escala musical se compone de 8 notas y 5 semitonos y cualquier canción (con excepción de la música microtonal que es muy difícil encontrar en la música de rock) está sujeta a dicha escala que tiene siempre a una de esas 8 notas como nota base o tónica. La combinación de estas notas sujeta a un ritmo (ritmo, melodía y armonía) compone las piezas musicales. El rock, a diferencia de la música clásica o el jazz, no suele ser muy complejo en la forma en que utiliza estos recursos (tal vez con excepción del rock progresivo), por lo tanto las limitaciones son todavía mucho mayores. Entendiendo esto, y entendiendo que el rock tiene más de 50 años con nosotros, podemos llegar a la conclusión de que cada vez es más complicado crear una pieza musical nueva o un estilo nuevo. Así, es cada vez más común que artistas se acusen de plagio sin que haya una intención explícita.

    En algún momento, las bandas se dejaron de preocupar por la armonía musical porque ya casi todo estaba hecho. Entonces se enfocaron en los arreglos, a ese círculo de acordes tan repetidos había que ponerle algo de delay, chorus o incluso shimmer (tan recurrente en bandas como U2) para que sonara a otra cosa. También ya eran muchos guitarristas cuyas manos en el diapasón volaban, parecía que todo estaba dicho en el shred y ya eran demasiados solos largos, entonces había que experimentar con sonidos raros y tecnificados elaborados con whammys y pedales modificados a propósito, algo que supo hacer muy bien Tom Morello, aquel guitarrista simpatizante del comunismo y del EZLN que acompañó a Chris Cornell en Audioslave.

    Cuando ya se ha experimentado casi todo, cuando las bandas actuales han tenido que recurrir insistentemente a la fusión e incorporación de otros estilos para tratar de encrontar algo, o cuando se han aferrado a las bases, es más difícil aspirar a crear un estilo propio y un arte que logre por sí mismo generar un impacto cultural.

    Otro argumento que me atrevo a plantear tiene que ver con el número creciente de alternativas culturales más allá del rock. El rock fungió como música de protesta y de rebeldía ante lo establecido, y para muchos era casi el único medio por el cual podían escapar de la «opresión». El rock era la vía para ser uno mismo y expresar sus sentimientos. Si algo abunda en el siglo XXI son los medios por los cuales el sujeto puede escapar de la realidad y expresar su inconformidad. Incluso la rebeldía ya no es algo que necesariamente esté prohibido sino es más bien algo que se empaqueta constantemente en productos de consumo. Hasta hemos aprendido a hipercomercializar la rebeldía.

    Los puntos álgidos de la música suelen, o más bien, solían coincidir coyunturas sociales o políticas. El rock de los años 60 y 70 y el movimiento hippie que se oponía a la guerra de Vietnam, o la música de fines de los 80 y el grunge de la generación X, de los jóvenes «sin futuro» en medio de drásticos reajustes económicos llevados a cabo por líderes como Ronald Reagan o Margaret Thatcher, donde los últimos años de la guerra fría marcaron el fin del idealismo. En este sentido, las convulsiones económicas y políticas que comenzaron en 2008 para arreciar con la amenaza de la ultraderecha xenófoba no trajeron consigo expresión alguna dentro del rock. 

    La realidad es que los festivales de rock como Glastonbury o Lollapalooza, tan de moda en los últimos años, suelen tener a la cabeza a grupos ya consolidados. Todas las bandas nuevas buscan hacerse un hueco entre los gustos de los aficionados a la música, pero las que destacan son las de antaño; ellas son las que encabezan dichos festivales, bandas que muy rara vez debutaron después de los años 90. Ahí tenemos con la letra más grande de los carteles a U2, Red Hot Chilli Pepers, Coldplay, Foo Fighters, Radiohead, Metallica, Blur, Oasis, The Rolling Stones, y en el mejor de los casos, bandas de principios de la década pasada como Arcade Fire.  

    Las canciones más épicas, las que son capaces de seguir vigentes, son aquellas que fueron compuestas entre los años 60 y 90. Incluso las nuevas generaciones, los millennials, las conocen. No son pocos los jóvenes que conocen Bohemian Rhapsody o Smells Like Teen Spirit. Seguramente, de entre la infinidad de músicos ciberconectados, hay piezas musicales que pudieron haberse convertido en un himno generacional si hubieran sido creadas 20 años antes, pero que están condenadas a vivir solamente en la nube con algunos miles de likes y comentarios de usuarios anónimos tales como «hey bro, tienes talento». 

    Es paradójica la coexistencia de la abundancia de talento con la escasez de música y de bandas que logran marcar generaciones, que logran ser parte de la historia social y cultural de una determinada sociedad. Esa paradoja se explica porque no es el talento el problema, el mundo actual les exige a los músicos talentosos saber de muchos otros temas (negocios o relaciones públicas) si quieren alcanzar el estrellato en medio de una sociedad y un mercado cada vez más complicado que prefiere navegar entre un mar de música en vez de concentrarse en el arte de una banda especial. El problema es que la mayoría de los músicos talentosos o no tienen tiempo para convertirse en hombres de negocios y con extraordinarias habilidades interpersonales, o no tienen o no han desarrollado dichas habilidades. 

    Los tiempos cambian y la sociedad cambia. El rock poco a poco parece quedar relegado en el pasado, la música de los 80 y los 90 están cada vez más cerca de considerarse «oldies». Muchos de quienes se juntan a rockear con sus guitarras con covers de Pearl Jam y Guns N’ Roses presumen una barba canosa y llevan a sus hijos al toquín: -Mira mijo, esto es lo que nosotros tocábamos en nuestros tiempos-, y entonces el padre pisa el pedal de la distorsión para hacer sonar ese famoso riff de Nirvana. Para mí, por ejemplo, causó un gran impacto ver en el concierto de Pearl Jam en México en 2011, a muchas personas que ya rebasaban los 30 o 40 años cuando en aquel del 2003 el público estaba compuesto por puros jóvenes enardecidos. 

    Con la muerte de Chris Cornell se va un cachito de ese espíritu musical ausente en este nuevo siglo, un cachito que nos marcó a muchos y que deja sólo a Eddie Vedder ya como el único heredero del grunge que se encuentra todavía entre nosotros. El líder de Pearl Jam ahora tiene la tarea de cargar con esa responsabilidad, sin la ayuda de nadie más. Extrañaremos la potente voz del vocalista de Soundgarden y Audioslave, aquel cuya voz pudo adaptar a varios estilos musicales, y que se arriesgó a hacer «covers prohibidos» como Billie Jean, de una manera excelsa

    QEPD. Chris Cornell.

     

     

  • Soy más inteligente que tú

    Soy más inteligente que tú

    Soy más inteligente que tú
    Fuente: Cultura colectiva

    Hace tiempo estaba atendiendo una clase y quienes la integrábamos estábamos platicando de temas diversos. En eso, uno de quienes estaban ahí presumió su cociente intelectual. Yo soy 132, decía (se refería a su cociente, no al contingente que se formó antes las elecciones del 2012). Lo curioso era que se esforzaba por hacerse pasar como inteligente, había que desquitar ese 132. No era ninguna persona exitosa o destacable, sin más no recuerdo era una suerte de freelancer. Evidentemente no era un tonto y su cerebro no le funcionaba mal, pero esa arrogancia era incómoda: «soy inteligente y haré cualquier cosa por recalcarlo, aunque tenga que opinar sobre temas que desconozco».

    Aunque ha habido largas discusiones en torno a este tema, sabemos que el cociente intelectual es determinado en gran medida por factores hereditarios. Es decir, quien nace con un bajo o alto IQ en realidad ya no puede aumentarlo de forma considerable. Entonces se entiende que la inteligencia racional (que es lo que intenta medir este puntaje) tiene muy poco que ver con el mérito y sí mucho con un accidente hereditario. Pero a pesar de esto, muchos insisten en presumir algo por lo que no trabajaron, que les fue dado.

    What is your IQ I have no idea. People who boast about their IQ are losers (¿Cuál es su IQ? No tengo idea. La gente que presume su IQ es perdedora) – Stephen Hawking

    De hecho, apelando al mérito, la exigencia debería ser mayor sobre quienes tienen un cociente intelectual más alto. Si se supone que tienen una mente privilegiada, entonces se esperaría que su desempeño fuera mejor: elaborar un cálculo avanzado o programar un sistema complejo debería ser menos meritorio para una persona con un IQ alto que aquel que no lo tiene porque para la última persona lograr aquello requirió de un mayor esfuerzo.

    Es muy cierto que la sociedad debe de tener la facultad de detectar a las personas superdotadas porque con su gran potencial pueden convertirse en esos agentes que logren transformaciones: son los nuevos físicos, los nuevos empresarios o artistas. Ciertamente, en algunos casos, su condición sobresaliente suele ser un arma de doble filo para, por ejemplo, socializar dentro de una sociedad cuyo IQ es más bajo que el suyo, o también para poderse adaptar a una estructura que no contempla a quienes tienen una inteligencia sobresaliente. Pero al final, la inteligencia es más un privilegio que un mérito. 

    Luego, tenemos que agregar que el Cociente Intelectual mide sólo un tipo de inteligencia (racional) y que no lo hace necesariamente bien. La inteligencia en realidad está determinada por muchos factores que son difíciles de medir en un conjunto. Howard Gardner rebatió los tests de cociente intelectual al proponer la teoría de las inteligencias múltiples, que afirma que no existe solamente un tipo de inteligencia, sino que son varios y muy diversos entre sí. Después vino el concepto de inteligencia emocional popularizado por Daniel Goleman (éste sí con un alto contenido meritocrático en el sentido de que cualquier persona puede modificarla con la práctica). Por ejemplo, una persona con un alto IQ y una inteligencia emocional muy baja podría convertirse no en un físico prominente sino en un delincuente.

    Entonces, con todo esto, tendríamos que preguntarnos qué es realmente la inteligencia. Y como punto de partida podemos ver que tenemos algo mucho más complejo que su definición tradicional y arcaica. Pero si sumamos todos estos componentes: que son muchos los tipos de inteligencia, y que dentro de éstos hay una inteligencia emocional, entonces podemos encontrar una mayor fuerte correlación entre inteligencia y éxito. Y aunque no todos los rasgos de la inteligencia pueden ser modificables, hay otros que sí, y así el individuo puede hacer algo más por desarrollarla. Tal vez no tenga tanto margen de maniobra en cuanto a la inteligencia lógico matemática, pero sí puede desarrollar su inteligencia interpersonal y la inteligencia emocional. Tal vez una persona con un IQ relativamente bajo pueda no llegar a ser nunca un gran matemático estrella o un filósofo de talla mundial, pero podría desempeñarse muy bien en áreas donde la empatía con otras personas y las habilidades sociales son necesarias si desarrolla su inteligencia interpersonal. 

    Presumir el IQ es presumir sólo uno de los tantos rasgos que la inteligencia tiene. No significa que debamos despreciar la inteligencia racional. Tal y como comenté, es importante que la sociedad sea capaz de detectar a quienes tienen un IQ sobresaliente por lo que pueden aportar. Pero también hay que dejar de pensar que la inteligencia es sólo eso, que la inteligencia son rankings de las personas más inteligentes del mundo seleccionadas de forma arbitraria y sin un test real de por medio.

    Al final, el juicio que hagamos sobre las demás personas no debe recaer en su inteligencia, sino en lo que puede aportar como individuo a la sociedad y que está determinado en gran medida por su inteligencia en el amplio sentido de la palabra (entendiendo que hay varias y que hay un componente emocional). Las competencias para ver quien tiene el IQ más alto son absurdas, más cuando en muchas ocasiones no se termina viendo reflejado en el desempeño del individuo. 

  • Javier Valdez, el héroe que desenfundó su pluma

    Javier Valdez, el héroe que desenfundó su pluma

    Javier Valdez, el héroe que desenfundó su pluma

    Un héroe ha caído. 

    No tenía un arma de fuego, ni siquiera una espada, tan sólo tenía su pluma la cual fungía como su única arma de combate. 

    Javier Valdez jamás lanzó una bomba molotov. Él escribía columnas en La Jornada y Riodoce, y también libros. Sus armas jamás mataban a nadie, pero tenían un efecto tal, que sus «adversarios» decidieron quitarle la vida.

    Una amiga mía que tuvo el placer de conocerlo me lo describió como una persona muy valiente. Vaya, porque para escribir abiertamente sobre el narcotráfico se necesitan agallas. 

    Y esto ocurre mientras los políticos, que no tienen nada que ofrecer, juegan a embarrarse lodo en lugar de aportar soluciones para atacar el problema del narcotráfico o la inseguridad. En vez de crear una estrategia convincente para recuperar al país de las garras del narco, se exhiben entre ellos, se critican, se tiran mierda y se acusan entre ellos de tener nexos con el narco. 

    Las autoridades pasan casi sin ver. El Presidente manda, de forma reactiva y por compromiso, una condolencia y un tweet comunicando que «ya dio indicaciones». No, no se prenden los focos rojos. Tan sólo fue uno de tantos periodistas, como el de Rubén Espinosa, a quien no se le ha hecho justicia, y que ni siquiera mencionan los que ya han presumido en medios haber lanzado una cruzada contra Javier Duarte. 

    Tal vez como a nuestro gobierno le incomoda el periodismo que no se arrodilla ante el chayote, entonces no tiene tantos incentivos para proteger a los periodistas y garantizar la libertad de expresión.

    El gremio periodístico entonces llega a la conclusión de que debe defenderse sólo. No hay nadie que garantice su seguridad, entonces no queda más que la solidaridad, no queda más que parar labores por un día y publicar desplegados producto de la rabia y la impotencia. Pero aún así saben que no tienen el monopolio de la fuerza, esa la posee el gobierno, y ya habíamos dicho que el gobierno hace poco más que nada.

    El asesinato de nuestro héroe en cuestión ya es uno de tantos. ¿Por qué te indignas tanto, si se la pasan matando periodistas a cada rato? Hay quienes se atreven a afirmar. La sociedad se indigna pero no hace nada, sólo lamenta. No se siente amenazada porque el individuo promedio no es periodista y mucho menos «está metido en esos pedos», entonces no le va a tocar. 

    Menos «se agarra la onda» de que el periodista y el que investiga siempre tiene que correr riesgos para que personas como tú y como yo tengamos las noticias peladitas en el periódico, en la revista o en el portal de Internet, como si fuera obligación de alguien postrarlas ante nuestra cara, para que después las compartamos en las redes sociales haciendo como que somos intelectuales. 

    Personas como Javier Valdez nos mostraron que, a pesar de todo, hay quienes se juegan el pellejo desde su trinchera para hacer algo por este país «patas pa’rriba», para informarle a la gente sobre lo que está pasando en México y denunciar toda esa cultura del narco que ha lacerado y destruido tejidos sociales. 

    Javier Valdez cayó, pero no así su espíritu. Su espíritu de lucha y combate está más vivo que nunca. 

    La muerte de Javier Valdez no debe de atemorizarnos ni hacernos recular. Su muerte no debe orillarnos a ceder ante los criminales, ante los hombres del mal. Por el contrario, debe motivarnos a los mexicanos a seguir luchando, a exigir más a las autoridades, a denunciar más.

    Muchas gracias Javier Valdez, posiblemente habrás perdido una batalla, pero no perdiste la guerra, tu espíritu sigue combatiendo junto con nosotros. 

    QEPD Javier Valdez. 

  • López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis

    López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis

    López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis
    Fuente: Youtube (Grupo Imagen)

    Cada vez que algunas elecciones se acercan, cierto deseo de esperanza y cambio se impregna en la psique de los electores. Esa palabreja llamada «cambio» se vuelve la insignia. Esa percepción (válida, ciertamente, en muchos casos) continua de que no están bien gobernados y que solamente una coyuntura electoral (esta ya no tan válida) podrá traer un cambio y una bocanada de aire fresco.

    Si entra el nuevo todo va a cambiar, se dicen. Ciertamente, la alternancia es algo muy sano y deseable en un país que aspira a ser democrático, pero no alcanza a satisfacer las altas expectativas que gran parte del electorado se hace. Esto, aún después de las decepciones continuas con políticos, que en casos anteriores, le prometieron dicho cambio de forma reiterada.

    Esta es una de las razones por las cuales López Obrador, a pesar de todo, puede presumir que lidera las encuestas. El elector ve llegar al poder a un candidato que le prometió un cambio para después darse cuenta que era lo mismo, y como si se tratara de una droga, piensa que entonces tal vez una dosis más alta sea una gran opción. Que el cambio sea lo más irruptivo posible, que no sea un cambio cosmético sino de uno de fondo. Importa, para muchos, más el cambio que la forma y la sustancia de tal cambio. Las cosas no pueden estar más mal, se dicen. 

    Y es lo suficientemente irruptivo cuando la clase política intenta, de forma desesperada, frenar su ascenso. Cada vez que los partidos tradicionales (PRI y PAN sobre todo) intentan frenar a AMLO, exponiendo casos como los de Eva Cadena para convencer a los electores de que es corrupto (que vaya, ese suceso que ciertamente es reprobable, no deja de ser algo muy pequeño comparado con lo que es la regla en todos los partidos) sólo reafirman ese carácter irruptivo del tabasqueño.

    Si AMLO fuera «como ellos», no tendrían siquiera la necesidad de insistir demasiado para bajarlo de las encuestas, ni siquiera tendrían una gran motivación para hacerlo. Si AMLO representara lo mismo que representan ellos, entonces a un priísta le valdría lo mismo que ganara Andrés Manuel a que ganara un panista o un perredista. Pero les importa más, porque una irrupción (termine siendo buena o mala para el país) puede poner en entredicho sus intereses. 

    Al contrario de lo que piensan sus seguidores y sus opositores más férreos, ambos conceptos (que algunos consideren a AMLO una suerte de amenaza para el país, y que otros consideren a AMLO una amenaza para sus intereses propios con los cuales buscan mantener un coto de poder) pueden coexistir. De hecho, coexisten sin ningún problema. 

    Si insisten tanto, dirán, es porque el «PRIAN» no quiere perder sus privilegios. Es que de verdad AMLO es alguien «que va a hacer que todas las corruptelas y los conflictos de interés se acaben». 

    No es ni su pretendido carácter inmaculado ni su pretensión de ser un redentor, sino la intencionalidad de romper con el orden de las cosas que él tiene que lo hace diferente a los demás. Evidentemente, López Obrador tiene la intención (la capacidad estaría por verse y la pongo más en duda) de romper con ese orden, donde los beneficiarios de la política ya no sean los mismos. Como él diría, que ya no sean los del «PRIAN» quienes compongan las élites de la política. 

    Si somos electores racionales, seríamos irresponsables al limitarnos al concepto del «cambio» como criterio para elegir a un gobernante. Tendríamos que determinar si ese cambio es bueno o malo. ¿Qué es lo que ese cambio nos ofrece a comparación de lo que tenemos ahora? ¿Qué es lo que cambiaría en términos políticos, económicos y sociales? Es decir, tendríamos que dejarnos un poco de sentimentalismos y racionalizar a las opciones que tenemos en frente.

    Para muchas personas, aceptar que López Obrador no es muy diferente a los demás políticos y que tiene considerables limitaciones como político (que sea irruptivo no significa que en esencia sea diferente) sería aceptar que no existe luz alguna de esperanza para las elecciones venideras. Aceptarlo les ocasionaría un fuerte conflicto. Por eso es que basta con que represente un cambio para darle su voto, lo demás se puede relativizar o atenuar. Se aferran tanto que, al igual que López Obrador, ven un interés oscuro en quienes son críticos con el líder tabasqueño (véase Twitter). 

    Hablando de las deficiencias de López Obrador, me llamaron la atención dos entrevistas que le hicieron dos periodistas diferentes. Me decían que en la primer entrevista Ciro Gómez Leyva había sido muy parcial y tal vez hasta poco profesional (ciertamente, Gómez Leyva no es alguien que se destaque por su imparcialidad y tal vez ni por su independencia periodística), que lo quiso exhibir como un tonto y que intentó hacer que resbalara una y otra vez. No eran las carencias de López Obrador, decían, sino la perversa forma en que Ciro conducía la entrevista. Otros incluso de plano ignoraron las carencias de AMLO y publicaron frases como «López Obrador humilló a Ciro, lo hizo pedazos». 

    https://www.youtube.com/watch?v=oPc1Rg3IZ2s

    Pero lo mismo ocurrió con Jorge Ramos, un periodista más imparcial que incluso es admirado algunos que se dicen de izquierda (él es incisivo con cualquier político que se le pare enfrente). Él también exhibió las carencias del tabasqueño, y tal vez, sin tener una intención «perversa» como se dice de Ciro, Jorge lo exhibió todavía más. Lo que sacó Jorge Ramos de las entrevistas es más preocupante.

    https://www.youtube.com/watch?v=ON3kjJ6Angg

    AMLO no supo articular ni argumentar sus propuestas, no supo definirse, no supo siquiera expresarse bien. Cayó en una fuerte contradicción al negarse a llamar dictador a Nicolás Maduro so pretexto de la «del derecho de la libre autodeterminación de los pueblos» pero a Trump sí lo llamó racista reiteradamente. López Obrador, ante la insistencia de Jorge Ramos, se opuso, sí, a ciertos rasgos autoritarios de Maduro, criticó la represión y los prisioneros políticos, pero luego se dijo admirador del Che Güevara (su hijo, Jesús Ernesto, tiene ese nombre por la inspiración que Jesucristo y el Che tienen en López Obrador) relativizando las masacres y los asesinatos a su nombre. Pero lo que me parece más grave es que se haya negado rotundamente a tomar una postura frente al aborto y los matrimonios de parejas del mismo sexo. Que eso lo decida el pueblo, dijo, e incluso consideró irresponsable emitir una opinión personal al respecto. 

    Por cálculos políticos, López Obrador es incapaz siquiera de mostrar sus preferencias sobre diversos temas, y que los electores deberían conocer para poder hacer un mejor juicio del candidato. Se asume como transparente y directo, pero es opaco. 

    Quien ha escuchado a López Obrador a través de los años, podrá darse cuenta que el discurso no ha cambiado en lo absoluto. Es el mismo discurso que el usado en el debate del 2000, en el 2006 y en las miles de entrevistas que le han hecho. La única diferencia, preocupante considero yo, es ese rasgo redentor cristiano que sólo hace acentuar su mesianismo. Que basta con que él no sea corrupto para que los demás no lo sean. Ante las preguntas que no sabe como contestar, recurre a las frases comunes, simplonas, que ha repetido una y otra vez.

    Si alguien quiere darse cuenta de las carencias de AMLO no tiene que recurrir a esos absurdos y tediosos memes o videos editados donde se intenta con insistencia comparar a López Obrador con Hugo Chávez (es absurdo querer equiparar a ambas figuras sólo porque dijeron en su momento que «no nacionalizarían nada»), ni mucho menos debería recurrir a los tweets de Ricardo Alemán y demás figuras evidentemente parciales y cuya libertad periodística está condicionada por algún partido político. 

    No son las supuestas coincidencias con Chávez, Maduro o Fidel Castro que muchos quieren tejer, son las peculiaridades de López Obrador las que más nos deberían de preocupar. 

    Las entrevistas, en cambio, son un gran material para conocer las limitaciones de este candidato, porque lo muestran tal cual es, mediante sus propias palabras. Quienes anhelan «el cambio» deberían de analizarlas detenidamente para después determinar si López Obrador es un cambio que en realidad vale la pena y si mediante esta figura, México logrará esa transformación que cada seis años desean.

    Como yo he insistido, un «cambio verdadero» sólo se va a dar cuando la ciudadanía se integre a la transición democrática y tome una responsabilidad mayor. Robert Putnam, mediante un estudio que realizó hace algunas décadas en Italia, encontró una fuerte correlación entre la cultura cívica y la calidad de los gobiernos. Eran las regiones más prósperas y mejor gobernadas aquellas donde la ciudadanía participaba de forma más activa, donde más ciudadanos eran miembros de organizaciones civiles; en tanto los que ostentaban una menor cultura cívica eran los mismos donde había más clientelismo y corrupción. Ciertamente, tendríamos que determinar porqué determinadas regiones tienen una mayor participación ciudadana y otras no, pero lo cierto es que la cultura cívica suele ser condición necesaria para tener gobiernos más horizontales y transparentes. Yo siempre he sido muy escéptico de la idea de que sólo el cambio de poder traerá un cambio drástico de las cosas si no hay una «transición ciudadana», habrá gobiernos un poco más buenos, otros un poco más malos, pero la esencia no cambia ni las estructuras de poder que ya están muy anquilosadas dentro del tejido social de nuestros país. 

    Todos anhelamos con un cambio, pero el sentimentalismo no es suficiente. Tendríamos que respondernos entonces si el cambio vale la pena. Yo les di mi particular opinión, que puede no coincidir con la suya. Ustedes tendrán la respuesta. 

     

  • México, a 5 años de #YoSoy132

    México, a 5 años de #YoSoy132

    México, a 5 años de #YoSoy132

    Hoy se cumplen 5 años del surgimiento del movimiento #YoSoy132, un movimiento que marcó a muchos y que significó un aire de frescura dentro de una juventud poco acostumbrada a participar en asuntos políticos y sociales.

    Pero entonces deberíamos preguntarnos: a 5 años, ¿qué fue lo que dejó? ¿Qué nos heredó este movimiento? ¿Qué le falto? Y sobre todo ¿qué nos deja como experiencia?

    #YoSoy132 fue una manifestación estudiantil y juvenil lo suficientemente grande como para tener como su más inmediato antecedente al movimiento estudiantil de 1968. Aunque surgió de manera espontánea (como respuesta a las declaraciones del entonces Presidente del CEN del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, quien había afirmado que los manifestantes universitarios en la visita de Peña Nieto eran porros pagados), ésta se debe entender también como resultado de distintas manifestaciones de indignación a través de los últimos años que tuvieron su origen en el 2009 con el movimiento del voto nulo.

    La indignación ante la clase política comenzaba a manifestarse desde aquel entonces, esas elecciones intermedias fueron las que exhibieron que el discurso del «cambio» y de la transición democrática que tanto repetían los políticos ya estaba agotado. No era que ya no estuviéramos en una transición ni que ya no fuera deseable, era más bien que ésta ya no podría seguirse gestando desde una clase política que había quedado rebasada, sino desde la ciudadanía. El término «partidocracia», para referirse de forma despectiva a una clase política que sólo se mira a sí misma, ya se comenzaba a utilizar entre los opinadores de los asuntos políticos.  

    Las circunstancias externas también alimentaron a esta manifestación. #YoSoy132 surgió poco después de la Primavera Árabe, del #OccupyWallStreet de Estados Unidos y del 15M de España. A principios de la década, y en cierta medida como parte de la crisis mundial del 2008, surgieron varios movimientos que respondían a una falta de representatividad política, movimientos que no terminaron de lograr su objetivo dado que el problema que denunciaron siguió ahí para que en los siguientes años alimentara los discursos de la derecha xenófoba. Ahora ya no era la sociedad urbana la que se manifestaba, sino la rural, la que vio partir sus empleos a otros países y que vio con recelos a los migrantes, y lo hacían votando por candidatos populistas. 

    Eso no quiere decir que estos movimientos no hubiesen heredado nada o que ya no quede nada de ellos. La campaña de Bernie Sanders no se podía terminar de explicar sin el #OcuppyWallStreet, en tanto que en España sí lograron ir un poco más allá: del 15M derivó un movimiento de izquierdas un tanto radical llamado Podemos, que a cargo de Pablo Iglesias, lograron hasta hace poco irrumpir como una nueva fuerza política.

    De igual forma ocurrió con #YoSoy132 que no logró que sus objetivos iniciales se llevaran a cabo: la deslegitimación de la clase política no sólo sigue sino que es cada vez más fuerte y #YoSoy132 no logró generar, a excepción de la campaña de Pedro Kumamoto, una alternativa política que tuviera peso, aunque eso no quiere decir que no nos haya heredado nada. 

    #YoSoy132 nació dentro de una coyuntura política (las elecciones del 2012), aunque su propósito inicial no era ir contra la campaña de Enrique Peña Nieto, sino que buscaba la neutralidad en la información de los medios de comunicación. Dada la coyuntura, era inminente que el movimiento pusiera en su mira a la candidatura del candidato del PRI, porque representaba una regresión (a 5 años de su presidencia, podemos decir que #YoSoy132 no se equivocó en el diagnóstico y sus temores eran fundados) y porque los jóvenes, sobre todo, veían con mucho recelo al PRI. Al movimiento no sólo se sumaron estudiantes, también lo hicieron activistas, algunos intelectuales e incluso artistas:

    El movimiento, que siempre procuró mantener su autonomía y horizontalidad con varias ramificaciones en las principales urbes de la República Mexicana, también se enfrentó a una sociedad mexicana muy estratificada, lo cual le impidió tomar más fuerza. Los «chavos de la IBERO» no eran iguales a los «chavos de la UNAM». Los primeros tenían una propuesta más democrática y moderna, en tanto que los segundos tenían una más nacionalista y tenían más «colmillo» que los primeros dado que tenían más experiencia en actividades políticas y estudiantiles. Eso se palpó cuando en las peticiones, los últimos solicitaron que se incluyeran propuestas de corte estatista y se manifestaran explícitamente contra lo que llamaban el «neoliberalismo».

    El PRI se apresuró para tratar de deslegitimar este movimiento, intentaba relacionar constantemente al #YoSoy132 con la candidatura de López Obrador, subían videos donde trataban de demostrar que la campaña del tabasqueño y Carlos Slim (quien aparentemente tenía intereses dentro de la candidatura de AMLO) estaban detrás de esta manifestación, y creaban «movimientos alternativos» como GeneraciónMX para deslegitimar un movimiento que ponía en peligro la campaña de su candidato.

    Lo que sí fue cierto fue que conforme se acercaron las elecciones, MORENA (en ese entonces como movimiento y no como partido político) intentó penetrar en el movimiento y en algún momento hasta intentó hacerlo suyo; y también que después de las elecciones terminara siendo cooptado por las facciones estudiantiles más radicales. Así, lo que quedaba del #YoSoy132 terminó tejiendo alianzas con organizaciones radicales como el SME. Eso y el fin de la coyuntura electoral fue lo que terminó apagando esa «vela de esperanza». 

    Pero esto no significa que #YoSoy132 no nos haya dejado nada. El movimiento tal vez no logró por sí mismo las reformas para garantizar la neutralidad de la información (lo cual básicamente tendría que hacerse garantizando el acceso a las diferentes voces y posturas ideológicas), pero es cierto que a partir de ese entonces los medios que estuvieron al servicio de un partido como lo fue Televisa sufrieron una fuerte desprestigio, que junto con la evolución del mercado que se ha trasladado desde la televisión abierta al Internet, ya no les permiten tener la suficiente capacidad de influencia para determinar el curso de una elección presidencial. De igual forma no podemos dejar de atribuir ciertos avances en la materia (tal vez no suficientes) con la Reforma de Telecomunicaciones cuyo contenido se fue construyendo desde el sexenio pasado.

    También pusieron en la mesa temas que estaban guardados en el cajón. No hay que olvidar que lograron organizar un debate (al que no asistió Enrique Peña Nieto), que con toda la ingenuidad e inexperiencia que haya podido haber, resultó más provechoso y evolucionado que los infumables debates que organiza el INE.

    Algunos líderes y jóvenes que fueron parte del movimiento tienen ya un papel importante en la política y en los medios de comunicación. El caso más destacable es el del tapatío Pedro Kumamoto, diputado local y quien impulsa agendas políticas a nivel nacional como #SinVotoNoHayDinero en conjunto con Manuel Clouthier. También en los medios de comunicación destacan personas como Genaro Lozano, quien fue invitado por Televisa en una intentona de la televisora para aminorar el daño que dicho movimiento le causaba a su credibilidad. Cinco años después, Genaro Lozano puede expresarse libremente en sus programas de Foro TV y puede arremeter contra el gobierno actual. La propia Televisa se ha visto orillada a abrir algunos espacios a voces más críticas para poder sobrevivir comercialmente. 

    También debemos ver a #YoSoy132 como parte del crecimiento que la sociedad civil organizada ha tenido en estos últimos años. Si algo positivo ha ocurrido en este sexenio (producto de la ciudadanía y no del gobierno) es el surgimiento de organizaciones que exigen transparencia y rendición de cuentas a los gobernantes y políticos y que impulsan reformas políticas, así como organizaciones ya existentes que con su expertise buscaron sumarse a la causa (el IMCO es un claro ejemplo). Tener a este movimiento como antecedente también sirvió para que la gente saliera a manifestarse a las calles después de la masacre de Ayotzinapa. Incluso las clases medias acomodadas aprendieron que también podían usar las calles, algo a lo que no estaban acostumbradas.

    A pesar de que el panorama en nuestro país pareciera muy oscuro, es innegable que se está gestando una suerte de «evolución ciudadana» donde los ciudadanos son cada vez capaces de organizarse, ya sea por medio de colectivos u organizaciones civiles. Ciertamente falta mucho, pero el avance no se puede subestimar.

     Aunque se repite con insistencia que el pueblo tiene el gobierno que se merece, la historia también muestra que los gobiernos vigentes pueden representar más bien a una sociedad que quedó en el pasado. Tarde o temprano, la innegable evolución ciudadana terminará reflejándose en nuestras instituciones y en la forma de hacer política. Algo así ocurrió en la última etapa franquista en España cuando ya todos los españoles tenían «el chip de la democracia» que se terminó reflejando en el gobierno un tiempo después. 

    Y a pesar de los errores que se pudieran haber cometido y a que hay muchas cosas que se deberían hacer de forma diferente en un futuro, debemos estar agradecidos con el surgimiento de #YoSoy132, que dio un golpe de frescura a una sociedad poco participativa, y que formó parte de esta evolución ciudadana que ya está creando un cambio en el país.

  • La izquierda mexicana al grito de Venezuela

    La izquierda mexicana al grito de Venezuela

    La izquierda mexicana al grito de Venezuela

    Me llama la atención que algunas corrientes de izquierda mexicanas defiendan la dictadura venezolana. Así lo hizo Gerardo Fernández Noroña en más de una ocasión e incluso visitó Venezuela para convencernos de que estábamos en el error; así lo hizo La Jornada en una publicación donde intentaba defender a la dictadura de Nicolás Maduro colocando algunos videos donde mostraba a la oposición como los violentos, los golpistas «movidos por el imperialismo estadounidense». Así también lo hizo la Secretaria General de MORENA, Yeidckol Polevnsky, al promover un «tuitazo mundial» a favor de la República Bolivariana de Venezuela

    Me llama la atención que defiendan a un régimen autoritario convertido ya en una dictadura en su amplia expresión de su palabra, y que lo hagan en el momento en que dicha dictadura ha terminado de mostrar todas sus incongruencias, que ya no se sostiene (aunque Maduro siga ampliando el salario mínimo por decreto) y que todas las evidencias apunten al fracaso del régimen socialista que se implementó con Hugo Chávez. Esa defensa es un acto tan bochornoso como haber intentado tratar de defender el éxito del comunismo en 1989 (algunos se atrevieron a hacerlo).

    Cuando eso sucede, cuando se defiende a un régimen que no se puede defender desde un punto de vista empírico, cuando la realidad termina por ser demasiado obvia y la necedad de negarla sigue, entonces ya solamente podemos explicar esa necedad a través de la ideología, donde no es la razón ni la ciencia, ni siquiera el sentido común, lo que determina lo que es real; sino que es la realidad la que se tiene que ajustar a la idea, la realidad para ellos está determinada por la idea.

    Es decir, la idea (esta idealización tergiversada de la justicia social adherida a un discurso anti imperialista que sobrepasa la neurosis) es la constante de la ecuación, la idea es inamovible, la variable es la realidad y está determinada por la constante (que es la idea). Si la realidad no puede amoldarse a la idea, entonces no es válida.

    En un contexto donde la idea es inamovible, está prohibido decir que la Revolución Bolivariana está errada. Si la realidad dicta que dicha revolución es errónea, entonces el problema no es la revolución sino la realidad, y hay que reinterpretarla. Si Venezuela está sumida en una profunda crisis, entonces debe de ser problema del imperialismo, que la crisis debe de ser desatada desde fuera; y, por lo tanto, hay que recordarle a todo el pueblo venezolano de los programas sociales que ha recibido, aunque económicamente hayan sido insostenibles y hasta parcialmente responsables de la crisis. Así, cuando se acaben los recursos para desacreditar a quienes se oponen a la revolución hay que callarlos o hacerlos a un lado.

    Esta actitud hacia la idea, donde ésta toma el papel preponderante y la realidad queda supeditada a ésta, es la que dio orígenes a los regímenes totalitarios como el comunismo soviético de Stalin y el nazismo de Hitler. En estos regímenes la ley natural no existe. Por el contrario, las leyes son dinámicas, dado que éstas tienen que ajustarse a dicha idea. Prescindir de los derechos humanos más básicos y la dignidad el individuo en favor de la idea puede entonces hacerse porque hasta eso debe de amoldarse. 

    Si uno intenta debatir con este sector de la izquierda (no sin olvidar los halagos de algunos miembros del PT a Corea del Norte) responderán que somos nosotros los antidemócratas. Hablarán de los plebiscitos, de las tómbolas, de los «excesos de democracia», mientras que dirán que la democracia liberal (que nunca la llaman como tal) es una treta del imperialismo. Buscarán confundir a sus gobernados con elementos propios de la democracia directa tergiversados y utilizados de forma conveniente a sabiendas de que el resultado ayudará a perpetuar al régimen. 

    Ciertamente, hace algunos siglos se debatía si lo que hoy llamamos democracia representativa (la democracia donde el individuo elige a quienes tomarán decisiones por él) era una democracia. Incluso, al principio no se consideraba como tal (podemos tomar como referencia a los padres fundadores de Estados Unidos). La referencia era la Antigua Grecia, donde se elegían a los miembros de la asamblea mediante una tómbola o lotería de forma aleatoria y no con base en el mérito, procedimiento que quedó en desuso con el tiempo en gran medida porque muchos de los representantes no tenían la preparación ni eran los más aptos para el cargo, al punto que ni Hobbes ni Rousseau la llegaron a considerar (no hace falta recordar que MORENA utilizó este desacreditado método para elegir sus candidaturas).

    La democracia representativa tenía algunos rasgos aristocráticos y otros democráticos. Por ejemplo, la libertad del individuo para votar era considerado un elemento democrático, pero el hecho de que el elector eligiera a los candidatos que pertenecen a una élite (con base en la preparación y el mérito) y que no pueden ser «cualquier ciudadano» era considerado un elemento aristocrático. Luego, fue introducido un concepto que definió a la democracia representativa como democracia, y fue el consentimiento. Es decir, cuando el ciudadano vota por un político, consciente y le da autoridad al político para que lo represente a él. El político está ahí no sólo porque fue elegido, sino porque el ciudadano le dio su consentimiento para que pudiera actuar en su nombre. El político se debe al ciudadano.

    Las democracias han ido evolucionando al grado que los políticos de las democracias más avanzadas están sujetos a la rendición de cuentas «being accountable«. Si un político falla, él y su partido serán castigados en las elecciones venideras. Los regímenes populistas tanto de izquierda como de derecha distorsionan este concepto, incluso buscan aparentar que son excesivamente democráticos. Construyen un régimen económicamente insostenible, ofrecen programas sociales asistencialistas para mantener contenta a la población; y así, ostentando un nivel alto de popularidad, someten su permanencia a un plebiscito sabiendo que lo van a ganar, pero sobre todo, ganarán lo que en realidad siempre buscaron: legitimidad.

    A pesar de que la dictadura como tal es palpable, que la libertad de expresión en Venezuela es cada vez más limitada, que el gobierno puede reprimir o hasta matar a los opositores a los que llama golpistas, los defensores insistirán en la gran democracia que es la Venezolana. Dirán verdades a medias y hechos convenientemente interpretados y tergiversados para legitimar al régimen con el que simpatizan: «Pues en Venezuela no hay tantos desaparecidos», «pues tú dices que han muerto decenas en las manifestaciones en Venezuela pero no se comparan con los 120,000 muertos de Calderón». Harán lo que insistí al principio, intentarán amoldar la realidad para que quepa en la idea.

    La idea, para este sector recalcitrante de la izquierda mexicana, es la inamovible y es la verdad absoluta, todo lo demás gira alrededor de ella y por lo tanto es relativo. La realidad es relativa a la idea.

    Así, así piensa ese sector, que a pesar de todas las «topadas con pared» siguen defendiendo a un régimen dictatorial que ha empobrecido a millones de personas e incluso proponen replicar la «receta del fracaso» en nuestro país. Así es la necedad cuando brinca a cualquier lógica o sentido común. Lo malo, es que esa necedad puede tener catastróficas consecuencias en la vida de miles o hasta millones de personas.    

    https://www.youtube.com/watch?v=bZmPxsN5PFE

  • ¿Somos víctimas de nuestro propio entorno?

    ¿Somos víctimas de nuestro propio entorno?

    ¿Somos víctimas de nuestro propio entorno?

    ¿Por qué la gente de distintas ciudades son diferentes? ¿Por qué a veces nos caen mejor las personas de alguna ciudad que de otra? Son preguntas que siempre me he intentado responder. ¿La gente de cierta ciudad es más buena que otra? ¿La gente de forma voluntaria eligió ser así o es el entorno el que moldea a los individuos para que se comporten de cierta forma? ¿La gente de entidades más corruptas es más mala que de aquellas más sólidas?

    Una amiga se preguntaba por qué en Zacatecas y en las ciudades pequeñas la gente suele ser más amable que en Guadalajara, mi ciudad natal. Yo fui más allá: me pregunté si acaso los zacatecanos son más buenas personas, o es que simplemente viven en una ciudad más pequeña, donde el tráfico no es un gran problema y donde el ritmo de vida es más lento.  Tal vez es el entorno el que nos hace a los tapatíos muy paranoicos, me decía yo mismo. Mi amiga me rebatía, (inspirada en el libro «El Hombre en Busca de Sentido» de Viktor Frankl) diciendo que la gente tiene la capacidad de cambiar su actitud frente a las circunstancias y que por ende no podemos decir que es el entorno, sino la actitud del individuo. 

    Ciertamente, como mi amiga decía, el individuo tiene la capacidad de modificar su comportamiento ante determinada circunstancia. El caso planteado por Viktor Frankl (quien eligió ser libre dentro de un campo de concentración nazi) es un caso radical con el cual el psicólogo de origen judío se inspiró para decirle a las demás personas que su felicidad y su libertad no estaba completamente condicionada por el entorno y que podían hacer algo con respecto de ello.

    A nivel individual el argumento funciona. Si quiero ayudar a que una persona cambie de actitud, le tengo que decir que tiene la capacidad de hacerlo y que no tiene que esperar a que el entorno cambie. 

    Pongo un ejemplo, en mis varias visitas a la Ciudad de México me he percatado de que la gente de las clases más altas suele ser un poco más arrogante y suele presumir más de sus posesiones y marcas de ropa que las clases opulentas de Guadalajara. Los «mirreyes» son más comunes en la capital que en la perla tapatía. ¿Eso quiere decir que ellos son más «mamones» porque todos se pusieron de acuerdo para joder gente? Lo dudo. Ellos son, en gran medida, producto de su entorno. Lo cual tampoco significa que no puedan cambiar de forma individual, ni tampoco significa que no puedan modificar dicho entorno.

    El argumento de que el individuo tiene la capacidad de cambiar su actitud ante determinada conducta es válido, el argumento de que el entorno condiciona de alguna manera la conducta y los hábitos de las personas también es válido. Pareciera haber aquí una contradicción, pero en realidad no la hay si entendemos lo siguiente.

    1) Que un cambio de actitud requiere de un esfuerzo, de una inversión, y que la cantidad de esfuerzo que el individuo puede invertir es finita dado que el esfuerzo representa un gasto de energía, la cual también es finita. 

    2) Y que la conducta del individuo parte de una base determinada por el entorno. Pero que aún así, el individuo tiene la capacidad de moverse de ahí, ahí donde el individuo tiene libre albedrío.

    Tomemos el caso del nivel de estrés que el individuo padece en las distintas ciudades. Los zacatecanos no tienen niveles más bajos de estrés porque hayan, de forma voluntaria, decidido tener una mejor actitud; sino porque su ciudad tiene menos tráfico, menos contaminación, el ritmo de vida es más lento y los traslados son más cortos. Los tapatíos padecen más estrés porque las calles están más congestionadas y el ritmo de vida es más acelerado.

    Un tapatío puede decidir vivir sin estrés, puede tomar técnicas de relajación, yoga, puede ir a servicios religiosos o incluso tomar medicamentos. Es decir, tiene margen de maniobra para reducir su estrés de forma voluntaria. Eso le conlleva un esfuerzo.

    Pero de alguna manera, independientemente de nuestro entorno, los individuos siempre tendemos a hacer ciertos esfuerzos para mejorar nuestra calidad de vida. Imaginemos entonces que el nivel de estrés de Guadalajara es de 60% y el de Zacatecas 40% (estoy usando números arbitrarios), y que los zacatecanos y los tapatíos deciden invertir una misma cantidad de esfuerzo para reducir el estrés. Digamos que deciden hacer ejercicio, con lo cual reducen su nivel de estrés en 20%. La diferencia de estrés entre los zacatecanos y tapatíos que decidieron hacer ejercicio (ahora 40% los tapatíos y 20% los zacatecanos) sigue siendo la misma. El tapatío como individuo podrá sentirse muy bien porque los niveles de estrés bajaron considerablemente, pero aquí seguimos diciendo que los tapatíos tienen más estrés que los zacatecanos.

    Si los tapatíos quisieran tener los mismos niveles de estrés que los zacatecanos, tendrían que invertir un mayor esfuerzo (traducido en más energía, y hasta más dinero invertido). El costo para los tapatíos para llegar a reducir el estrés a cierto punto es más alto que el de los zacatecanos.

    Por más costo tenga un determinado esfuerzo, es menos probable que se lleve a cabo. 

    De igual forma, una persona que tiene vastos recursos económicos puede sentirse libre sin ningún esfuerzo mientras que Viktor Frankl tuvo que realizar un asombroso esfuerzo mental para aspirar a la libertad dentro de un campo de concentración.

    Así, yo puedo entender que el hecho de que los tapatíos sean de un modo, los capitalinos de otro y los regiomontanos de otro, no es debido a un acto completamente voluntario sino que es producto tanto de su adaptación al entorno y al condicionamiento de éste. Al final, de alguna manera todos intentan mejorar su calidad de vida y buscar cómo pueden ser más felices. 

    Por eso es que no se puede actuar de la misma forma a nivel individual y a nivel colectivo. Un psicólogo que trata al individuo deberá insistir en la actitud y tal vez en sanar la psique del individuo para aspirar a un cambio. Pedirle que lea el libro de Viktor Frankl puede ser una muy buena idea.

    Por su parte, un «hacedor de políticas públicas» no puede abordar el problema desde la misma perspectiva ni puede pedirle al individuo que cambie su actitud; por el contrario, las políticas públicas que implemente deberán intentar modificar el entorno de tal forma que incida positivamente en la calidad de vida de los individuos.

    O por ejemplo. Si queremos acabar con el mal de la corrupción, podemos partir desde lo individual empezando a hacer cambios dentro de nosotros mismos. Pero visto desde un punto de vista colectivo tendríamos que modificar el entorno de tal forma donde elevemos el costo de ser corrupto, o donde cambiemos la narrativa social a una donde ser un buen ciudadano sea algo honorable y ser corrupto sea objeto de la más profunda vergüenza; donde logremos crear un Estado de derecho sólido y unas instituciones legítimas que motiven al individuo a ser un mejor ciudadano y que castiguen la corrupción. 

    La esencia, los hábitos y los vicios de las distintas comunidades, ciudades y países, están determinados por el contexto en que se encuentran. El contexto, a su vez, es un producto de varias decisiones que se han tomado a lo largo del tiempo. Entonces podemos llegar a la conclusión de que aunque la esencia de una comunidad dada está determinada fuertemente por el entorno, los que son parte de ella sí tienen margen de maniobra y la capacidad de realizar cambios de forma paulatina.

    La base de donde parte el individuo está condicionado por el entorno y el contexto, producto de decisiones que han tomado otras personas y hasta de accidentes geográficos. Pero el individuo puede, con su granito de arena, incidir para modificar su entorno y así cambiar los vicios individuales y sociales (incluso aquellos que algunos incautos atribuyen a la cultura o a los genes).

     

  • De la flexibilidad ideológica

    De la flexibilidad ideológica

    La flexibilidad ideológica

    Las corrientes ideológicas existen, son conjuntos de ideas, valores y principios bajo los cuales el individuo se rige para así formar una opinión; o estando bajo una situación de poder, tomar decisiones. Varios estudios se han hecho para determinar por qué un individuo decide formar parte de una corriente ideológica y me atrevo a concluir que esto se debe a diversos factores: Estos incluyen tanto los rasgos genéticos del individuo que condicionan su temperamento, el entorno en que se desarrolla, y su historia de vida, como los grupos sociales de los cuales forma parte, los estudios y la información a la que accede. 

    Tomando a la sociedad como si fuera un organismo, podría atreverme a decir que las corrientes ideológicas sirven como contrapesos entre ellas mismas para mantener a dicho organismo en cierto equilibrio. Cuando una corriente ideológica se vuelve absolutista rompe con dicho equilibrio y el organismo enferma: un claro ejemplo son las dictaduras fascistas y comunistas. Por el contrario, en una democracia liberal donde los capitalistas y los socialistas debaten y discuten sobre el programa a seguir, donde unos pugnan por un estado de bienestar y otros por mayor libertad económica sin que ninguna de las partes utilice la coerción, se puede llegar a un estado óptimo de las cosas que derive en una mejor calidad de vida y mayores libertades para todos. 

    Que el punto de equilibrio sea el centro político no implica que lo óptimo sea que todos los individuos sean parte de ese centro político, sino que los individuos abracen ciertas ideologías que sumadas todas nos lleve como conjunto a un punto situado cerca del centro. No sólo se trata de una suma cuantitativa, sino también de alternancia, donde una corriente política se mantenga temporalmente en el poder para que luego llegue otra.

    Que los individuos tomemos una postura ideológica es normal y deseable, lo que no es tan deseable es que se haga desde una postura dogmática donde dicha postura sea completamente inflexible. Es normal que con el tiempo el individuo modifique su postura ideológica, más no lo es que lo haga de forma abrupta. Cuando se trata de una transición progresiva es porque el individuo tuvo la capacidad de confrontar sus ideas y creencias. Cuando se trata de una transición abrupta suele ser por conveniencia, por ignorancia o hasta por oportunismo político. En esa transición, el individuo mantiene los valores rectores que lo definen como persona y cuando modifica su postura tiene que ver con que ha llegado a la conclusión de que existen otros caminos para llegar a esos valores de mejor forma. 

    Por ejemplo, a mí siempre me ha molestado la enorme desigualdad de mi país, así como el excesivo materialismo, la frivolidad y la ignorancia. Comencé tomando una postura de izquierda (sin llegar a ser seducidos de ninguna forma con caudillos como Hugo Chávez y mucho menos Fidel Castro, que contrastaban con mis otros valores rectores que incluyen la democracia y la libertad del ser humano) donde más que esperar que el gobierno interviniera, esperaba que por medio de la voluntad propia, los individuos se preocuparan más por sus semejantes. Consideraba al mal llamado «neoliberalismo» como uno de los problemas del estado de las cosas que me molestaba. Critiba al capitalismo no tanto desde lo económico sino desde lo moral. 

    También me preocupaba la enajenación y la capacidad que un líder o una entidad tiene para manipular a los demás. Lo viví en carne propia cuando fui parte de uno de esos «cursos de superación personal» con tintes sectarios y tal vez por ello comencé culpando al capitalismo y a las técnicas de publicidad engañosa. Así, leí a Naomi Klein y otros autores críticos de estas manifestaciones. Pero después, en mi recorrido al centro, descubrí que desde el Estado la capacidad de manipulación era peor. Lo constato al ver personas que defienden a muerte a líderes mesiánicos o a partidos hegemónicos cuya corrupción y agravio al país está más que probada. Los gobiernos totalitarios, a diferencia del capitalismo, casi no dan margen de maniobra para que el individuo no sea condicionado por la propaganda. 

    A través de los años comencé a entender más el comportamiento humano, las formas en que la sociedad se organiza y satisface sus necesidades. Entonces me recorrí al centro. Comprendí que el capitalismo también puede ayudar a muchas personas a dejar su condición, que puede generar fuentes de trabajo para que la gente pueda subir dentro de la pirámide social. Ciertamente el capitalismo no puede garantizar la igualdad, pero al menos la desigualdad es un poco más justa (porque toma una forma un tanto más meritocrática) que en un país como el de México donde la alianza histórica de los gobiernos mayormente priístas con empresas y sectores productivos le cerró las puertas a muchas personas que estaban fuera del sistema. No era el capitalismo como tal y sí el corporativismo de estado el que hace que personas millonarias vivan en un país con más de 50 millones de pobres. 

    En general me podría definir como liberal tanto en lo económico como en lo social, pero dentro de mi postura siempre hay un margen de error, porque estoy convencido de que no existe un orden de ideas perfecto, sino que es la suma de los contrapesos de diversos órdenes de ideas las que nos pueden llevar a un punto óptimo. Aunque soy más capitalista eso no implica que esté siempre en contra de los programas sociales, de hecho pegaría un grito si el gobierno quitara de buenas a primeras los sistemas de salud y de pensiones. En lo social soy liberal pero, si bien soy un convencido de la equidad de género y los derechos de las minorías y las personas con otra preferencia sexual, tengo varias discrepancias con los estudios de género, sobre todo en aquellos puntos donde la base científica es muy dudosa o no existe. 

    Es ese margen de error, ese pequeño espacio que hace que nuestra postura no sea una dogmática, es el que me ha hecho crecer intelectualmente porque de esa forma he podido poner mis creencias a prueba. No, no significa que seamos endebles a la hora de debatir. Por el contrario, a veces hay que tener seguridad y firmeza al defender la postura propia. Se trata de aceptar que como humanos somos imperfectos, y que por lo tanto, todas las corrientes ideológicas y de pensamiento tampoco lo son, y que estas siempre deben estar en un continuo crecimiento. Es ese margen de error, esa capacidad de ser flexibles, el que nos permite convivir con quienes no piensan como nosotros, porque al final, aunque no coincidamos en muchas cosas, sabemos que podemos aprender algo. 

    Sólo los valores base, esos valores que nos dicen que debemos respetar a los demás y a su integridad, donde debemos ver por el bien común y respetemos la libertad del otro, son los que deben quedar inamovibles. 

    Tal vez nos falta recordarlo en un mundo polarizado, donde nos atrevemos a asumir que incluso la bondad de las personas está condicionada o es exclusiva de una ideología, asunción peligrosa porque ha sido históricamente el origen de las más crueles guerras y represiones.