Categoría: reflexión

  • Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Más que hablar de izquierdas y derechas, el conflicto se centra en la batalla entre liberales (o más bien progresistas) y conservadores. En un forcejeo ideológico, ambas facciones se han apropiado de la agenda política. Si queda algún reducto ideológico bajo el cual se puedan resguardar los individuos es ese, entre los que están abiertos a todos los cambios y entre quienes quieren que se conserve el estado de las cosas.

    Lo preocupante es que lo que hemos visto es una creciente polarización entre ambas facciones donde están cada vez menos dispuestas a debatir. Ambas tienden a la radicalización, y peor aún, a elaborar juicios de valor de la otra facción desde un punto de vista maniqueo: yo soy bueno, tú eres malo.

    Por ejemplo, hace pocos días apareció un video de un pastor evangélico que se presentó en un programa de televisión en Chile y en el cual dicho pastor, enfrente del conductor abiertamente homosexual, sacó de su saco una bandera del colectivo LGBT para utilizarla como tapete, era la «bandera de la inmundicia». Lo que hizo naturalmente fue una grosería, el conductor visiblemente molesto le pidió que la quitara, y al final el pastor decidió abandonar el programa.

    Ante tal hecho, muchos progresistas señalaron: ¿ven? los religiosos conservadores son unos intolerantes, son reaccionarios que están llenos de odio y no quieren progresar. Hablan de amor y de Dios y sólo se la pasan discriminando por doquier. ¡Que se regresen a la edad media!

    Pocos días después, ante la llegada del «autobús de la libertad» que ha sido llevado a varios países por grupos conservadores para defender lo que ellos llaman la familia natural y que el Estado no les imponga la ideología de género a sus hijos, un colectivo LGBT visiblemente radical vandalizó el autobús. Lo rayaron, le pusieron calcomanías y gritaron consignas. Y ante esto fueron los conservadores los que señalaron: -Miren, ahí están los LGBT, no sólo quieren depravar y pervertir a la sociedad, son unos intolerantes, están llenos de odio y resentimiento-.

    Tanto los progresistas y los conservadores se acusan de lo peor, ambas posturas pregonan la tolerancia, pero por el contrario, ambas facciones son cada vez más intolerantes que sus opuestos. La creciente intolerancia no es tanto una manifestación de su postura política per sé ni es consecuencia de sus paradigmas sino que más bien los trasciende. La intolerancia entonces tiene más bien poco que ver con los valores que pregonan y mucho que ver con una actitud donde actúan como si fueran tribus, donde quienes están dentro son bienvenidos y quienes están fuera se convierten necesariamente en sus enemigos. Ese tipo de exclusión es el mismo que justificó los más atroces genocidios en la historia de nuestra especie. 

    Se niegan a debatir, se excluyen, se etiquetan. Ambas facciones se acusan de no respetar la ciencia, la biología, el sentido común. Se acusan de complots, de imposiciones. Todo lo ven como un ataque, todo es «un ataque a mis valores», no son ni siquiera capaces de confrontar sus ideas, de escuchar por qué el otro piensa como piensa. 

    Tergiversan de la palabra «tolerancia» porque sólo la utilizan cuando son atacados y no cuando atacan: eres intolerante cuando me atacas, pero yo no lo soy cuando te ataco porque «estoy defendiendo la tolerancia». Y cuando lo hacen, ambos creen que están haciendo un bien, porque se sienten atacados, y así entonces vemos cómo se forma un círculo vicioso.

    Nadie les dijo que tenían que estar de acuerdo, por el contrario, se asume que la democracia es conflicto y que por medio del conflicto, las posturas siempre podrán debatir y confrontar sus ideas para que el resultado de dicho debate derive en un estado de las cosas mejor. Eso no está sucediendo. 

    Así, en un mundo donde se habla de democracia, inclusión, solidaridad, integración, vemos como los individuos son cada vez menos capaces siquiera de sentarse a dialogar. Sus bienintencionadas banderas se vuelven inocuas e hipócritas ante sus actitudes. Ambos pregonan el amor por el prójimo, pero entre varios de ellos, pareciera sólo valer como prójimo aquel que pertenece a su tribu.

    Y así, tenemos una sociedad cada vez más polarizada y desintegrada. No es culpa de la doctrina ideológica del otro, sino de las actitudes propias. 

  • Tal vez no era culpa de Televisa

    Tal vez no era culpa de Televisa

    Tal vez no era culpa de Televisa

    Durante muchos años, se repitió hasta el hastío que la misión de Televisa era ser un «brazo» del gobierno cuyo objetivo era mantener a la gente en estado de ignorancia por medio de contenidos burdos y banales. Así, decían, la gente no se rebelaría contra el gobierno.

    Varios años después, en épocas de una Televisa casi agonizante que ha dejado de ser referencia informativa para la mayoría de los mexicanos, aparece esta joven que se hace llamar La Mars y quien decide dejar la prepa.

    Se crea un intenso debate en Internet sobre si la decisión que esta irresponsable chica había tomado era la acertada, hasta algunos opinadores medio de prestigio le entraron al debate que creó más opinión que, no sé, cómo reformar las instituciones electorales después del cochinero del Estado de México.

    La Mars será ignorante o irresponsable pero no tonta. Logró que todos hablaran de ella. Hizo de su apellido una marca. Los curiosos buscaron información y videos y gracias esa fama momentánea, fue invitada a algunos programas de televisión. 

    Acto seguido, La Mars sube un video donde se mete un condón por la nariz y se lo saca por la boca. Hizo que todos hablaran de ella; algunos, que presumen ser expertos de «temas que sí importan» los dejan de forma temporal a un lado para concentrarse en el morbo. ¡La Mars metiéndose un condón por la nariz! Observan el video una y otra vez, dizque para criticar e indignarse, no es la indignación de lo vulgar, es el morbo. En dos días, el video ya tiene 200,000 visitas.

    La Mars ya es famosa, logró explotar el morbo de los usuarios, si es lo suficientemente inteligente creará contenidos donde lleve a cabo actos frívolos y morbosos por medio de los cuales todos estén pegados a sus pantallas.

    La Mars hizo lo que se decía que Televisa hacía siempre, crear contenido basura para mantener distraídas a las masas. 

    Y ni siquiera lo hizo con ese objetivo. Tal vez de forma inconsciente, ella logró darle a la gente lo que pide, y se los dio. 

    Tal vez no era culpa de Televisa. Tal vez es nuestra sociedad la que se siente atraída por este tipo de contenidos. Ella los demanda y por eso se los dan. 

  • Léelo antes de que linches a un millennial

    Léelo antes de que linches a un millennial

    Leelo antes de que linches a un millennial
    Fuente: State Farm / Flickr

    En los últimos tiempos se ha vuelto una moda linchar a los millennials. Se ha vuelto un deporte.

    Ciertamente, como ocurre con muchas generaciones, la de los millennials tiene defectos y rasgos negativos. Podrían criticarse o señalarse tales rasgos, pero atreverse a condenarla me parece un craso e irresponsable error, y explicaré por qué:  

    Se ha dicho que son unos buenos para nada, que no tienen ideales, que se la pasan pegados a sus gadgets, que son una generación perdida. Y se dice como si ellos fueran los culpables, como si ellos se hubieran puesto de acuerdo para condenarse a la autoperdición. 

    En esta tesitura, me llamó la atención la columna de Antonio Navalón donde dice que lo más que han llegado a hacer es crear filtros para Instagram; columna, que por cierto, generó una gran polémica. Navalón, como «adulto grande» (el pleonasmo es a propósito) condenó a los millennials categóricamente:

    Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo.

    Antonio Navalón dice que su generación no quiere hacerse responsable del «fracaso que los millennials representan». Lo paradójico del caso es que fue su generación la que los crió y educó. Y no sólo eso, la suya fue la que les creó el mundo en el que viven, tanto en lo político, en lo social, como en lo tecnológico. Personas como Antonio Navalón pretenden ver a los millennials como algo ajeno a ellos cuando en realidad son producto de lo que su generación engendró.

    Si la generación de los millennials es tan vacía, lamentable y hasta catastrófica como los «adultos grandes» nos lo quieren pintar, entonces deberían ser igualmente estrictos con ellos mismos y responsabilizarse sobre el «monstruo que ellos engendraron». Ellos educaron a los jóvenes que se la pasan pegados a los smartphones.

    De la misma forma puedo hablar sobre el terreno político. No quiero de alguna forma justificar que, por ejemplo, los millennials del Reino Unido hayan sido lo suficientemente apáticos como para que ganara el sí al Brexit, pero también habríamos de preguntarnos si las estructuras políticas actuales (justo acababa de escribir un artículo sobre su relación con la política) son capaces de representar y comunicarse efectivamente con los millennials. Habríamos de preguntarnos si la apatía es una simple indiferencia o flojera de ellos, o si bien ellos se sienten ignorados por unas estructuras políticas ensimismadas y poco dispuestas a renovarse.

    Porque por ejemplo, es paradójico que en nuestro país se perciba una profunda apatía de los jóvenes cuando de salir a votar se trata, pero al mismo tiempo haya más jóvenes que nunca involucrados en organizaciones civiles y colectivos de participación ciudadana. Incluso, algunos de estos últimos forman parte de los primeros (participan activamente en temas ciudadanos pero no salen a votar porque no se sienten representados). 

    En el tema tecnológico y de emprendedurismo Navalón dice que la mayor aportación de los millennials son Apps y filtros de Instagram (ignora que Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, entra dentro de la categoría de los millennials). Ciertamente, los millennials tienden a ser más inestables cuando de empleos se trata y también son algo más indisciplinados que su antecesores, pero decir que no aportan absolutamente nada es un tremendo error que puede ser evidenciado fácilmente; e incluso algunos de dichos defectos parecen ir en consonancia con el entorno en que viven (y que crearon aquellos como Navalón que los condenan): por ejemplo, es casi un sinsentido esperar que un joven sea leal a la empresa donde trabaja como lo fueron los adultos cuando el mercado es muy cambiante y cuando ya ha dado por sentado que tendrá muchos trabajos a lo largo de su vida. 

    Así, los millennials son producto de su entorno y de sus circunstancias. Mientras los «adultos grandes» como Antonio Navalón se enclaustran en la nostalgia con el recurrente sesgo cognitivo de que lo pasado siempre fue mejor, los millennials, con todas sus virtudes y sus limitaciones, intentan crear un proyecto de vida dentro del mundo que sus antecesores les heredaron; ellos fueron los que les crearon este mundo posmodernista donde todos los simbolimos que les puedan dar una identidad son considerados constructos sociales; ellos fueron los que construyeron y diseñaron los gadgets a los que se la pasan pegados. Los grandes construyeron un mundo, y ahora se quejan de sus consecuencias. 

  • Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    El día de ayer tuve la oportunidad de discutir en una mesa de trabajo con varias personas expertas el rol que tenían los jóvenes, los millennials, dentro de la política.  Y creo que vale la pena hablar de eso porque los jóvenes de hoy son quienes en unos años más ocuparán los puestos de poder. 

    Siempre que queremos tejer una relación entre estas dos palabras (millennials y política) aparece un subproducto de estas dos llamado apatía. Se dice que los jóvenes son quienes menos quieren participar en asuntos políticos, sobre todo cuando tienen ese aroma tradicional de gente grande y rancia tratando de mover los hilos del poder; muchos piensan que «todos son lo mismo».  Pero hay una paradoja en todo esto, porque a la vez estamos viendo en nuestro país un vertiginoso crecimiento de organizaciones civiles y colectivos, cuyos miembros son en considerable medida jóvenes. Al final las ONG’s hacen política si nos apelamos al estricto significado de la palabra, sin que esto implique que se involucren en la política formal.

    Me atrevo a decir que parte del desprecio de los jóvenes por la política tradicional (o formal, partidista o como le quieras llamar) tiene que ver con la brecha generacional entre ellos y los políticos, así como la nula capacidad que tienen estos últimos para comunicarse con los jóvenes.

    Por ejemplo, los partidos políticos muchas veces consideran a los jóvenes como un accesorio o como un recurso operativo. Los jóvenes (cada vez menos) que entran a los partidos envueltos en un franco idealismo con el fin de hacer un cambio terminan pegando calcomanías, repartiendo folletos y bailando «despacito» en las calles para que la gente vote por su partido. Así mismo, los partidos políticos buscan formar cuadros con los nuevos talentos, pero no tanto para aprovechar esas energías y deseos de cambio de los jóvenes, ni para traer nuevas ideas, ni mucho menos con la intención de ir renovando paulatinamente al partido, sino para más bien adoctrinarlos con las ideas de los que ya están ahí.

    Al final, dar poder de decisión a los jóvenes y darles la libertad de que implementen sus nuevas ideas implica para los más grandes ceder poder, y lo que menos quieren ellos es cederlo. Y la mejor forma de integrarlos sin que eso represente una amenaza es el adoctrinamiento, que piensen igual que nosotros, que los jóvenes no se nos rebelen.

    Dicho esto, se entiende por qué hay muchos jóvenes en los partidos replicando los mismos discursos, apoyando las mismas plataformas obsoletas de los candidatos «grandes». Los jóvenes le hacen la talacha a los grandes y les aprenden en su afán de irse moviendo para poder aspirar a un puesto político.

    Los jóvenes entonces aprenden que un partido no es tanto una plataforma para darle rienda suelta a su idealismo sino una estructura donde pueden hacer carrera profesional para hacer dinero. Así, son menos los que entran para defender un ideal o para soñar con un México mejor que los que aspiran a obtener un puesto donde les vaya bien y tengan un buen ingreso. Son ellos en su mayoría quienes terminan conformando la «sangre fresca» de su partido, y por consecuencia vemos que despuésde algunos años, los jóvenes igualan, cuando menos, a sus antecesores cuando hablamos de actos de corrupción. Así, se entiende por qué los partidos han perdido de forma progresiva su ideario ideológico. 

    Peor aún, debido a esto, quienes ocupan los puestos importantes y trascendentales dentro del gobierno no son los más talentosos ni los que tienen las mejores ideas, sino el que «se supo mover», el que «se le pegó al diputado». Incluso siendo jóvenes, muchas veces no son los mejores, los que tienen mejores intenciones ni quienes tienen mejor preparación.

    Pero el problema no sólo está en la relación con los jóvenes que están dentro de los partidos, sino en la forma en que se comunican con los de fuera. Para muchos de los «grandes» los jóvenes (a quienes en muchos casos estigmatizan) son algo así como mocosos que le pican a eso del SnapChat. Los miran de arriba hacia abajo, los subestiman por su inexperiencia. Para comunicarse con ellos usan muchas etiquetas e intentan usar su lenguaje a veces sin entenderlo porque básicamente no lo entienden:

    Los partidos sólo intentan comunicarse con los jóvenes cuando las elecciones se acercan y cuando su voto importa. Los ven en términos de rentabilidad política y no como aquellos que podrían aportar con sus ideas, su frescura y su talento. Los jóvenes no son tan ingenuos como ellos piensan y no son seducidos tan fácilmente por los mensajes acartonados con los que los intentan persuadir. 

    Si bien los jóvenes entran progresivamente a los partidos y forman parte de ellos, como son adoctrinados y terminan emulando a los grandes, ni siquiera ellos son capaces de representar a los de afuera. Así la brecha entre los partidos políticos y los jóvenes (no afiliados) se torna abismal. Es decir, ni los jóvenes de adentro terminan de entender a los de afuera.

    Deberíamos preguntarnos entonces: ¿cómo podrían los jóvenes incidir en la política? ¿Cómo podríamos hacerla más atractiva para ellos tomando en cuenta que quienes conforman la política formal no son capaces de entenderlos? ¿Cómo decirles que la política es mucho más que burócratas ensimismados tomando decisiones en las que no los toman en cuenta?  ¿Qué mecanismos tienen disponibles los que realmente quieren incidir? ¿Tendrían que ingresar a las estructuras vigentes o tendrían que crear las suyas propias? ¿Deberían integrarse mejor a organizaciones civiles que buscan, desde la ciudadanía, incidir en lo político?

    Los jóvenes interesados en la política son cada vez menos y al mismo tiempo las oportunidades para que quienes sí quieran incidir lo hagan realmente son pocas. Eso no es una muy buena noticia si hablamos de renovar la forma de hacer política en nuestro país, y como vimos en las elecciones pasadas, las prácticas más añejas y rancias siguen ahí. 

  • Kuma y las formas de liderazgo

    Kuma y las formas de liderazgo

    Kuma y las formas de liderazgo

    Un problema que adolece la sociedad contemporánea es la ausencia de liderazgos. Algunos insisten, cuando hablamos de política, en que no son necesarios, como si el líder necesariamente tejiera una relación paternalista con sus seguidores (aunque se ha insistido que el buen líder no crea seguidores sino nuevos líderes).

    Dicen que la horizontalidad a la que dicen aspirar las sociedades modernas (que se muestra patente no sólo en las organizaciones sociales, sino también dentro de las empresas vanguardistas) no requiere de líderes sino de colectivos autónomos, que todo sea producto de la votación y deliberación del colectivo.  La realidad es que dentro de las organizaciones humanas siempre emergen líderes, es parte de nuestra naturaleza. Deberíamos preguntarnos más bien qué tipo de líderes necesitamos. 

    Las organizaciones horizontales son vistas como parte de una evolución que comenzó con las organizaciones jerárquicas, donde existía una estructura fija en la que el líder era quien se encontraba al tope. Él ordenaba y encargaba a las ramas que se encontraban debajo de él que dichas órdenes se ejecutaran, y para satisfacer la orden del superior los de estas ramas, a su vez, encargaban tareas a las que estaban por debajo de ellos. De tal forma, toda la maquinaria trabajaba para cumplir lo que el líder ordenaba. Bajo un orden social donde se obedece al superior no es difícil adivinar que se esperara que el «líder o la autoridad» resolviera los problemas de los demás dada la poca autonomía de los individuos y la cantidad de poder que el primero acumulaba.

    En este sentido, Max Weber hablaba de 3 tipos de autoridad: El líder carismático cuyo poder era producto de su carisma y la fe (a veces irracional) que le gente depositaba en él. El líder legal, cuya autoridad está regida por las leyes, y el tradicional, cuyo poder depende de la tradición o el orden ya establecido. 

    Tiempo después, las estructuras comenzaron a cambiar y a modernizarse. Así, apareció aquel líder cuya tarea no era ejecutar órdenes sino involucrar a todos en el proceso. El líder generalmente tiene la última palabra, pero sus subordinados pueden opinar y proponer e incluso tomar decisiones. El líder aprendió a delegar no sólo funciones sino parte de la toma de decisiones. Poco a poco, el líder comenzó a forjar su liderazgo desde el mérito y la legitimidad, y no por medio de la coerción. Así dio paso a lo que conocemos como el líder moderno, ese liderazgo del que tanto se habla.

    El líder moderno no da órdenes porque «se le antoja la gana», persuade y empodera. El líder moderno no entra del todo en las definiciones que hizo Max Weber, sino que toma esa posición por mérito, tiene el consentimiento de los demás para serlo y aunque pueda fungir como autoridad legal (en el sentido weberiano) en algunos casos, sabe que esa condición no es suficiente para poder ser un buen líder que sea reconocido por su comunidad. 

    Cuando se habla de que en el mundo faltan líderes no nos referimos a los primeros, de quienes se espera que resuelva los problemas de los demás, sino a los últimos, quienes tengan la capacidad de inspirar, quienes estén bajo el escrutinio de sus gobernados o de quienes lo consienten. 

    Habiendo explicado esto, traigo a colación un artículo que causó mucha polémica y con el que tuve muchas discrepancias. La autora Ana G. González, tomando como referencia el fenómeno «Kumamoto», alertó sobre el potencial mesianismo que podría gestarse. El planteamiento del problema no es malo (el mesianismo siempre es peligroso e indeseable), el enfoque es más bien el problema no considera, como acabo de explicar, que hay distintos tipos de liderazgo y confunde el liderazgo de Kumamoto como fenómeno con un liderazgo meramente carismático (tomando como referencia a Max Weber de nuevo) donde irracionalmente sus seguidores depositan su fe esperando que resuelvan sus problemas. El argumento que Ana esboza en dicho artículo para alertar sobre el mesianismo es el siguiente:

    Me preguntan que si conoces al muchacho que está haciendo política diferente en Guadalajara. Que ya no le creen ni al PRI ni al PAN ni a nadie, solo a Pedro Kumamoto. La mera mención de Pedro está acompañada ya de un aura de “sí se puede”. Lo peligroso de creer a Pedro Kumamoto el mesías de la política es creerlo incorrompible, invencible.

    ¿Usted ve un mesianismo implícito en este argumento? Yo no. Decir «no le creo al PRI ni al PAN y sólo a Pedro Kumamoto» no lleva un mesianismo implícito. Ana asumió con esto (no se lo dijeron) que Kumamoto era invencible e incorrompible. Partiendo de que Kumamoto, hasta la fecha, no se ha involucrado en un acto de corrupción y ha hecho bien su trabajo, hasta lo podría interpretar de la forma inversa: no creo en el PRI ni en el PAN porque ya se corrompieron, creo en Kumamoto porque él no se ha corrompido, ergo, si Kumamoto se corrompe ya no voy a creer en él.  

    Cuando uno navega por las redes sociales uno se da cuenta que muchas personas admiran a Pedro Kumamoto, pero eso por sí sólo no es un rasgo de mesianismo, admirar a alguien no es malo per sé, puede ser algo muy bueno si el líder en cuestión es positivo y congruente. Para que pudiéramos hablar de mesianismo se tendrían que dar las siguientes condiciones:

    1. Que la admiración sea irracional y se le atribuya a quien es objeto de admiración poderes o capacidades que no tiene. Que la admiración sea producto del carisma del líder y que el propio carisma tenga más relevancia que los propios actos o los resultados.
    2. Que quien es objeto de admiración busque deliberadamente ungirse como líder carismático, que se otorgue poderes o facultades que no tiene, y que adopte un discurso maniqueo que polarice a la sociedad creando una batalla entre los buenos (quienes simpatizan con él) contra los malos (quienes rivalizan con él).

    En la mayoría de los casos, el primer punto no se cumple: al decir «yo sí le creo a Kumamoto» no se le está otorgando ni poderes ni capacidades de las cuales carece. Por ejemplo, Juan Pardinas, director del IMCO y quien si de algo entiende muy bien es de participación ciudadana, dice:

    Pardinas, a pesar de ser muy halagador, no le está dando un cheque en blanco a Kumamoto. Por el contrario, Pardinas considera héroe a Kumamoto  por sus actos a los cuales considera heroicos (como promover y lograr que #SinVotoNoHayDinero se convirtiera en una reforma en Jalisco), su admiración está condicionada por dichos actos y por la congruencia de Pedro Kumamoto. A diferencia de los líderes carismáticos, Kumamoto no da discursos incendiarios ni invita a la confrontación, mucho menos es un líder que se impone. 

    Habrá quienes (excepción y no regla) idealicen en exceso a Pedro Kumamoto, digan que debería apuntarse a la Presidencia de la República (no tiene la edad para hacerlo, y yo considero que todavía está muy verde para ello) y que lo puede todo, pero eso también tiene que ver mucho con la ignorancia y el desconocimiento de cómo funcionan las instituciones. 

    El segundo no se cumple en lo absoluto en tanto Kumamoto nunca ha pretendido ser un líder carismático, incluso ni siquiera se trata de una persona que presuma un gran carisma. Por el contrario, siempre reconoce a su equipo como parte esencial para que sus logros se pudieran llevar a cabo. Es decir, el mismo Pedro Kumamoto no se entiende sin su equipo:

     

    ¡Se aprobó #SinVotoNoHayDinero en Jalisco!

    Posted by Pedro Kumamoto on jueves, 1 de junio de 2017

    Los líderes mesiánicos se otorgan todo el crédito, hablan de «yo». Kumamoto no lo hace, habla de «nosotros» y en el video sale junto con su equipo para mostrar que no es él, sino muchos los que lograron que la iniciativa pasara. El lenguaje corporal y las posturas hablan mucho de un tipo del liderazgo que se aleja mucho del «liderazgo mesiánico». 

    Para alertar sobre el mesianismo, Ana G. Gonzalez intenta relativizar el logro de Pedro Kumamoto insistiendo en el contexto:

    Pedro llegó a un Congreso de Jalisco que tiene la mitad de diputados del PRI y la mitad de diputados de Movimiento Ciudadano… los diputados de Movimiento Ciudadano ya habían presentado su propia versión de éstas iniciativas. Es natural, que estando más o menos alineados a la izquierda, MC y Pedro tengan coincidencias, pero sin la voluntad política de Movimiento Ciudadano, las iniciativas de Pedro no habrían llegado muy lejos.

    En política el contexto siempre importa, tanto que se debe de dar por sentado. Las decisiones políticas más importantes de la historia de la humanidad no se entienden sin el contexto bajo el que éstas se tomaron. Pedro Kumamoto encontró un escenario relativamente favorable pero eso no demerita su logro. Por ejemplo, Ana G. González dice que Movimiento Ciudadano (MC) ya había presentado su «propia versión». Pero entonces ¿por qué no la habían logrado pasar? ¿Por qué Kumamoto, diputado independiente, quien por tanto no tiene bancada en el congreso sí la logró impulsar?  

    Ana también ignora que Kuma y su equipo (recordemos que no es sólo un individuo sino varios) lograron colocar #SinVotoNoHayDinero en la agenda nacional. Kumamoto no fue el autor intelectual de esa iniciativa, Manuel Clouthier ya la había promovido antes y otros actores habían creado iniciativas parecidas, pero Kumamoto y su equipo (prácticamente sin recursos económicos) colocaron el tema dentro de la comentocracia nacional y las mesas de debate. 

    Ana no se equivoca cuando dice lo siguiente: 

    Nadie por sí solo puede cambiar al sistema, se necesitan muchos Kumas, muchos agentes de cambio, para romper con la política sucia. Necesitamos construir ciudadanía en lo político, regresar a las mesas de trabajo, a la consulta pública, al diálogo con la gente.

    Pero erra de nuevo al decir que la admiración que muchos tienen por Pedro Kumamoto se contrapone con esta idea. Por el contrario, si hablamos de un líder, que no es mesiánico, y que creció desde la participación ciudadana, su admiración puede lograr más bien que más personas se animen y se involucren. Si los líderes de ahora tienen sus propios modelos de referencia (como el empresario que admira a Steve Jobs o el ciudadano que admira a Mandela) ¿por qué deberíamos cuestionar a la gente por admirar a Pedro Kumamoto y creer en él? 

    Admirarlo tampoco está o debería estar peleado con exigirle cuentas. Se le admira porque precisamente, a la hora de exigirle cuentas, ha traído buenos dividendos. Efectivamente a Kumamoto se le debe exigir y si se involucrara en un acto de corrupción se le debería juzgar de forma determinante como se hace o se debería hacer con todos los políticos. 

    Ciertamente eso es lo que deberíamos esperar de todos los políticos. En un país con un clase política ideal Kumamoto debería ser un político común y no el sobresaliente. Kumamoto sobresale no porque tenga ningún superpoder, sino porque hace lo que le toca, representar a los ciudadanos y trabajar por ellos. Como dice Ana, en la política debería haber «muchos Kumas», gente que construya ciudadanía y que trabaje. Pero precisamente, el modelo de Kuma puede alentar a muchas personas a hacerlo, como aquellos que admiraron a líderes importantes y que, gracias a esa admiración, se animaron a hacer cosas grandes. 

    En el mundo actual faltan líderes que inspiren a la gente. Son ellos, quienes con sus actos y su congruencia, pueden inspirar a muchas otras personas a hacer lo mismo. 

  • Cómo quisiera poder vivir sin aire

    Cómo quisiera poder vivir sin aire

    Cómo quisiera poder vivir sin aire

    La ciencia es la manifestación suprema del hombre como individuo terrenal.

    Lo es porque la ciencia es el producto de sus más altas capacidades cognitivas. La ciencia no es perfecta en tanto el ser humano no es perfecto, pero tiene la capacidad de autolimitarse, regularse y de ponerse a prueba a sí misma a través del método empírico. Es decir, la ciencia no puede ser producto de arrebatos y arbitrariedades, ella misma funge como filtro ante las ocurrencias de nuestra especie. 

    La única forma en que se puede negar a la ciencia es con más ciencia. Si alguien duda de alguna teoría o hipótesis, debe plantear otra nueva que evidencie la hipótesis anterior y la sustituya. Quien pretenda negar a la ciencia fuera de esa dinámica es un charlatán.

    Pero esa negación, tomando en cuenta que el progreso humano y su autosustentabilidad tiene como base a la ciencia misma (y claramente a la filosofía que no contradice a la ciencia sino que le da sustancia), puede ser muy peligrosa. 

    Lo que acaba de hacer hoy Donald Trump es una rotunda negación de la ciencia. El cambio climático no es un concepto esotérico ni una arbitrariedad, es un hecho comprobable a través de la ciencia. Salirse del acuerdo climático de París es una de las decisiones más bárbaras que ha tomado Estados Unidos desde hace tiempo. 

    El pobre Donald Trump no entiende a la ciencia, básicamente porque su ignorancia y su desmedida ambición pesa más que la razón, porque el beneficio inmediato (si es que hay un beneficio tangible) importa más que la sustentabilidad a largo plazo. No entiende, el pobre Donald, que si no se toman medidas enérgicas (parte de la razón de ser del tratado) al planeta se lo va a cargar el payaso. Por ejemplo, se estima que en algunos años o décadas las principales ciudades del mundo tendrán un clima más cálido que cualquier otro año hasta 2005

    La ciencia es tan evidente que muchas empresas estadounidenses se opusieron a esta medida (porque recordemos que Trump busca, entre otras cosas, aumentar la productividad en su país al deshacerse de los «represivos protocolos ambientales»). Empresarios como Elon Musk y el CEO de Disney decidieron renunciar a los consejos consultivos de la Casa Blanca

    Nuestros antepasados creían que con el avance de la ciencia, la charlatanería terminaría siendo una anécdota histórica. Creían que bastaba con demostrar que algo era cierto o erróneo para que se estableciera de esa forma. Nos hemos dado cuenta que no es así, mucho de lo que ya puede ser afirmado o negado categóricamente por medio de la ciencia es ignorado (a veces de forma deliberada) para así crear una «interpretación alternativa» de la realidad, a pesar de que las evidencias son claras. El menosprecio por la ciencia que tienen algunos sectores de la sociedad estadounidense se ha traducido en políticas públicas tangibles. El dogma que puede ser fácilmente evidenciado ha logrado imponerse sobre la razón.

    La decisión de Trump hará mucho daño al planeta tierra (por el tamaño, importancia y el peso económico del país al que gobierna), un planeta cuyo ecosistema ha visto deteriorarse por la supremacía del ser humano sobre todas las demás especies. Justo cuando empezamos a tomar responsabilidad sobre ello, y justo cuando posiblemente lo hicimos tarde, la ambición de un líder, alimentado por la ignorancia y el dogma, pueden comprometer la sustentabilidad de nuestro planeta en un futuro que ya no es tan lejano.

    Y claro, la reacción de la comunidad internacional apareció al instante: 

  • El pobre es pobre porque quiere

    El pobre es pobre porque quiere

    El pobre es pobre porque quiere

    Pepe es un clasemediero (posiblemente esté condenado toda su vida a ser clasemediero).

    A Pepe le gusta mucho leer esos libros para cambiar y mejorar su relación con el dinero, ama a esos autores que presumen vastas riquezas a pesar de que la mayor parte es producto de las ventas de sus libros. Así, Pepe carga un libro de Robert Kiyosaki en su mano y afirma de manera categórica:

    – Los pobres son pobres porque quieren, los pobres deben de cambiar su actitud. Los ricos, en cambio (él no es rico) tienen una actitud positiva, se esfuerzan, saben ahorrar y «no tienen un problema personal con el dinero», no le tienen miedo. De hecho, hacen que el dinero trabaje para ellos -.

    Pepe trae datos para sostener su argumento. Dice, que leyó un estudio que decía que mientras los ricos ahorran dinero, los pobres se gastan los recursos que tienen enfrente, no tienen una cultura del ahorro. El estudio que leyó no es falso y tiene rigor académico.

    Pepe dice: -Ahí está, es su culpa. Ellos no tienen una cultura del ahorro, no se han molestado en aprender a entablar una «mejor relación con su dinero».

    Así, Pepe presume todo aquello que le ha forjado (según él) una actitud de éxito que le permite (según él, nuevamente) criticar de forma altiva a los pobres. Pepe presume sus cursos de superación personal, su diplomado de educación financiera, todos ellos con un costo no módico (que tal vez le pagaron sus papás): – yo me he molestado en tomar estos cursos, en educarme continuamente, y los pobres nada más no lo hacen, – se dice. – Yo sí me esfuerzo por salir adelante, ¡es la actitud, es la mentalidad! – Insiste.

    Pepe, el clasemediero altivo kiyosakista-multinivelista nunca se preguntó si aquel joven pobre al que desprecia tuvo no sólo el dinero para pagar todos esos cursillos que presume que «cambiaron su mentalidad de víctima a tomar las riendas de su vida» sino el tiempo o incluso el conocimiento de que esos cursos existían. Tampoco se preguntó si él, clasemediero que es, soportaría física o psicológicamente un trabajo de «pobres con actitud negativa que no le echan ganas a la vida» de 10 horas diarias en una construcción o el de la señora del aseo del Estado de México cuyo traslado de su casa a la casa de su patrona en la Colonia del Valle es de dos horas y que tiene que barrer y trapear toda una residencia para después hacer de cocinar.

    Aún así, Pepe se pregunta: – ¡A ver! ¿por que la muchacha de mi casa no ha aprendido a hacer networking? A mí me va bien (no le va tan bien en realidad) gracias a mis conectes y mis relaciones -.

    La cultura del pobre es diferente al del clasemediero y al del acaudalado, eso no queda duda. Los patrones de comportamiento son diferentes. Pepe insiste en que es cuestión de actitud. 

    – Es que a cualquier persona que le echa ganas a la vida le va bien, es cuestión de esfuerzo y nada más. 

    Después de rechazar una invitación de una organización civil que ayuda a los pobres precisamente para darles esos conocimientos que tanto él presume y así tengan mayores posibilidades de movilidad social (eso de ayudar no le gusta porque le quita tiempo para el business), sale a pasear a una colonia opulenta donde decidió no comer porque los costos de los restaurantes eran prohibitivos (dijo que su conciencia kiyosakiana le susurró al oído que tenía que practicar la cultura del ahorro, lo cierto es que no tenía dinero). En eso un joven acaudalado, parte de las élites de la ciudad, se le queda viendo y se dice a sí mismo:

    – Ese clasemediero es clasemediero porque quiere y porque no tiene pantalones. Leyendo a Kiyosaki, que loser. Si se hubiera esforzado como yo me maté cuando estudié en la escuela de negocios de Harvard, no sería un vil clasemediero. De verdad, cómo no tiene la visión para irse a Estados Unidos y tomar los congresos de negocios del MIT. Sí, son caros, pero pues que se ponga a trabajar para pagarlos. Le falta esa actitud que los acaudalados tenemos. 

  • México y la libertad de prensa

    México y la libertad de prensa

    México y la libertad de prensa

    Una sociedad democrática no se puede entender sin una prensa libre y abierta. La prensa no sólo es indispensable para poder informar y ayudar a los ciudadanos a formarse una opinión, sino que sirve como contrapeso a los poderes tradicionales: ante el abuso de poder, debe haber un medio que lo exhiba. 

    La prensa, al contrario de lo que muchos piensan (que dicen que los medios deben ser objetivos, lo que en realidad significa que deben ajustarse a su orden de creencias), debe ser ideológicamente diversa. Las distintas corrientes políticas deben estar representadas en los medios de comunicación y todos deben tener voz. Si hay algo peor que una prensa maniquea o sesgada, es que ésta no exista. Incluso, cuando la prensa en su conjunto es capaz de representar a las distintas facciones políticas logra así ser un contrapeso de sí misma. De este modo, ningún medio puede monopolizar la información.

    Comúnmente se dice que el principal enemigo de la prensa es el gobierno. La afirmación es casi una obviedad si hablamos de la prensa opositora o independiente (porque no toda la es), pero no es el único enemigo. Organismos privados con suficiente poder económico se pueden volver adversarios de la prensa. Y desde luego, no podemos olvidar al crimen organizado. 

    En general, el crimen organizado y el gobierno (en ese orden) son los responsables de que en México la libertad de prensa esté comprometida. La mano del gobierno se hace patente dentro de los medios más mainstream, es decir, la televisión abierta, y de alguna forma en algunos medios impresos; esto mientras que dentro de los medios digitales hay una mayor apertura y representatividad (son más difíciles de controlar). Ciertamente,  la «mano del gobierno» dentro de los medios tradicionales no tiene ni de lejos el tamaño que tenía con la casi absoluta monopolización de la información que ostentaba para que todos los medios hablaran bien del régimen. Con el narco, en cambio, cualquier medio que tenga influencia corre un riesgo a la hora de hacer una denuncia o exhibir un problema. También el castigo para sus denunciantes es mayor (la muerte) que el que el gobierno propina a quien se atreva a exhibirlo.

    Para que México se convierta en ese país que todos queremos ver, necesitamos una prensa libre. Las restricciones a la libertad de prensa hablan mucho de la dinámica del poder, donde unos pocos (gobernantes, narcotraficantes) acumulan una considerable cantidad de poder, el cual no está puesto al servicio de la comunidad, sino a su propio servicio. El acecho del narcotráfico a la prensa refleja la incapacidad del gobierno para combatir el problema; el acecho del gobierno a la prensa sólo es reflejo de su opacidad y de la corrupción que practica. 

    Así como hemos visto un crecimiento de organizaciones civiles y de canales para la participación ciudadana, hemos visto cómo la prensa, en calidad y en cantidad, ha mostrado una evolución, lo cual es muy patente en los medios independientes. El problema no tiene que ver tanto con su estructura sino con los agentes (narcotraficantes, gobernantes) que buscan intimidar a la prensa, y que son la razón de que en los rankings de libertad de prensa salgamos mal parados.  

    Es decir, un ciudadano de clase media ya tiene varias opciones para informarse, pero posiblemente algunos de esos medios decidan no abordar ciertos temas (como el de los cárteles de la droga) o lo hagan de una forma «prudente» para no meterse en problemas. Así, ser periodista en México puede ser considerado muy riesgoso y son sólo aquellos que están casi dispuestos a dar su vida los que se atreven a «meterse hasta la cocina». Eso es lo que hizo Javier Valdez, quien ya no se encuentra con nosotros

    En este entendido, tendríamos que preocuparnos por garantizar la libertad de prensa mexicana, la cual, además de sufrir los embates antes ya mencionados, también padece las mismos problemas que la prensa internacional donde el modelo de negocio para algunos medios se ha vuelto obsoleto y por lo cual han tenido que recurrir a otras formas de financiamiento (incluso, pidiendo a sus suscriptores que colaboren voluntariamente). La prensa es indispensable para que un país funcione bien, tenga instituciones sólidas, y garantice las libertades a sus ciudadanos. Quien intenta acechar la prensa no sólo intenta ir contra ella, también va en contra de la ciudadanía al restringirle varias de sus libertades.