Categoría: reflexión

  • Un día te vas a morir

    Un día te vas a morir

    Foto: Carlos Pacheco

    La muerte es algo que nos obsesiona a los seres humanos. 

    Y nos obsesiona porque es algo que nos va a pasar a todos pero no sabemos a ciencia cierta cómo es la experiencia de la muerte. 

    ¿Nos vamos ir al cielo, al infierno? ¿reeencarnaremos en otra persona, en un animal, en materia inerte? ¿O simplemente desapareceremos y dejaremos de existir?

    Podemos ver a la gente morir desde fuera, podemos ver el sufrimiento de su cuerpo cuando la mente es dolorosa, pero somos incapaces de ver lo que vive el alma en esa transición. Y en parte, es por eso que las religiones son poderosas, porque por medio de la fe el individuo puede sentir cierta seguridad de lo que va a ocurrir cuando se vaya. Por eso, la idea de la inmortalidad del alma de Platón que plasmó en su «Fedón» se volvió muy poderosa. El concepto del alma como una entidad espiritual venció ante aquel concepto del alma meramente material. Tampoco son pocos los casos de aquellas personas no creyentes, que en el lecho de su muerte, solicitaron la bendición de un sacerdote. Por si las dudas, ante la incertidumbre que es muy grande e inminente, por si estaba equivocado. 

    Como la incertidumbre de nuestro futuro post-mortem es grande, a veces preferimos ignorar el tema. Vemos la muerte como algo que va a ocurrir en un tiempo muy lejano: «todavía faltan algunas décadas, no hay por qué preocuparnos, al cabo eso va a suceder cuando estemos muy grandes y ya no seamos conscientes de nosotros mismos«. 

    Así, ignoramos que la muerte puede adelantarse: «a mí no me va a pasar«. Ignoramos que un accidente automovilístico, alguna enfermedad o alguna catástrofe podría quitarnos la vida en cualquier momento: «a mi no me va a pasar«. De alguna forma, queremos sentirnos especiales, como si tuviéramos una suerte de privilegio que todos los demás no tienen, que si soy consciente de mí mismo y no de alguien más, es porque yo soy especial, tal vez este mundo es creado por mi mente y los demás son tan sólo manifestaciones de mi pensamiento: «a mí no me va a pasar». 

    Pero la muerte está ahí, rondando. Si la definiéramos como una entidad (como se ha hecho en muchas ocasiones para darle forma), podríamos decir que se trata de un individuo cuyos criterios de selección son un tanto arbitrarios y, a veces, hasta irracionales. Esa arbitrariedad es la que explica que en cualquier momento podría llegar por nosotros.

    Pero si yo me portaba bien, pero si soy un padre o madre de familia de quien depende el futuro de varios niños, que si estaba destinado a derrocar aquella dictadura que oprime sanguinariamente al pueblo. Parece que la muerte no toma mucho en cuenta la realidad de sus víctimas, aunque dicen, que puede tener cierta predilección por las personas que fuman mucho, que comen demasiado y no hacen ejercicio; por las personas que disfrutan mucho de la violencia, o por aquellos que viven en aquellas zonas donde las calamidades, tales como huracanes y terremotos, son frecuentes. 

    El individuo más sagaz podrá hacerle a la muerte la tarea un poco más difícil, pero lo que ocurre es que en ese momento la muerte anda un poco cansada y está preocupada por las presas más fáciles. La muerte saca su agenda, y simplemente pospone el destino de dicho individuo para cuando tenga más energías y esté más de buenas.  A la muerte no se le escapa nadie. Dicen que de más de cinco billones de «chambas» que ha tenido, no ha fallado una sola vez. Nadie, absolutamente nadie, se le ha escapado vivo.

    ¿Y tú quien eres para sentirte tan especial como para creer que a ti no te va a pasar? ¿Por qué eres tan especial para sentirte privilegiado entre billones de semejantes? 

    Tal vez te rías de mí. pero nadie te puede garantizar que ahora que bajes las escaleras para ir por un vaso de agua, des un mal paso, tropieces, golpees tu cabeza y fallezcas. 

    Y la muerte te anotará en su lista, como uno más de tantos. 

    Porque tú estabas desprevenido.
    A tu espaldas se postró la muerte.
    Tan especial te habías sentido.
    Pero hoy te tocó mala suerte.
    En ultratumba volveremos a verte.

  • México quiere un estadista, no un presidente cool

    México quiere un estadista, no un presidente cool

    Hace poco vi este video, un tanto penoso, donde la politóloga Denise Dresser describe el presidente que quieren los millennials mexicanos. Dice, con un acento «gringo mamón», que ellos quieren un presidente ‘cool’, que se la pase mandando tweets, que tenga un tatuaje, sea fan de Gilmore Girls y se la pase visitanto la página de Buzzfeed. 

    Naturalmente tomó como referencia a Barack Obama y a Justin Trudeau (de quien pronunció su apellido con un tono gringo mamón y no con el francés que le correspondía), y lo hizo porque ambos mandatarios son admirados por un sector de la sociedad mexicana, pero no necesariamente por sus dotes como estadistas, sino porque el primero basó su legitimidad en la cultura popular, y el segundo en su apariencia física. Esto, dejando parcialmente del lado su forma de gobernar porque al final del día gobiernan un país distinto al de sus admiradores, y por ende, no esperan resultados tangibles como sí lo harían dentro de nuestro país. 

    Denise desearía que el siguiente presidente sea muy activo en Twitter y se comporte como millennial, que repita sus clichés, que vea los mismos programas para «estar en sintonía con ellos», como si con eso bastara (pregúntenle a Peña Nieto como le fue cuando su equipo de comunicación le quiso dar ese perfil). Me llama la atención que una persona que dice ser politóloga haga tanto hincapié en el empaque y no en el contenido. 

    Denise Dresser subestima a los millennials de una forma grosera, casi los llama ignorantes. Piensa que sólo les importa «lo de afuera», como si con eso bastara para acabar con la crisis de legitimidad de la política en Occidente. Como si el problema fuera que los presidentes no ven Gilmore Girls o que no tienen un tatuaje de infinito en el brazo: –No aplicaré políticas para generar empleos para jóvenes, pero sí me tomaré una foto en el upside down para subirme al tren del mame de Stranger Things

    Dresser dice se nota que los millennials están interesados en la política porque hacen memes, pero que el problema es que «no hay contestación del otro lado», como si todo se redujera a un problema de comunicación donde los únicos responsables son los políticos. Dice que se sienten incómodos pero «sin muchos instrumentos» para incidir. Es decir, que si la sociedad se queda en el activismo de sofá y no sale a luchar por sus derechos, si no saben organizarse como «miembros de la sociedad civil» es culpa del gobierno, de los políticos, pero no de ellos mismos. Después de subestimar a los millennials, los victimiza.

    México quiere un estadista, no un presidente cool
    Fuente: Youtube / Nación 321

    Denise se equivoca porque yo no creo que los millennials esperen un presidente que sólo se arrincone en la cultura popular, sino uno que saque al país adelante, uno que cree las condiciones para que ellos puedan tener acceso a mejores empleos y puedan aspirar a tener un mejor futuro. Denise Dresser parece creer lo que creen dentro de los equipos de comunicación de candidatos de medio pelo, que para «rejuvenecer al susodicho» lo tratan  de vender como jovial, lo hacen pronunciar frases trilladas, pero que al final no conecta, porque el empaque no corresponde con el producto.

    Más grave es que presente a los millennials como víctimas de sus circunstancias. Cree que van a poder influir sólo hasta que el gobierno les de las herramientas para hacerlo (lo cual es una terrorífica contradicción) cuando en realidad es desde la ciudadanía donde se tienen que empezar a crear los instrumentos para poder incidir en el quehacer político. Lo más grave es que hay claros ejemplos de que eso se puede hacer, y ejemplos de los que ella mismo ha sido promotora como la Ley 3 de 3. Denise debería más bien invitar a los millennials a que se involucren, a que sepan como organizarse, a que asuman su rol como generación, pero en vez de eso, es condescendiente con ellos y los caricaturiza como personas que están viendo series en su laptop mientras retuitean memes políticos desde su smartphone. 

    México no necesita un presidente cool ni que vaya a conciertos ni se aparezca en el Corona Capital y cante con Brandon Flowers, necesita un presidente que sea estadista y que haga su trabajo.

    México tampoco necesita una generación que se oculte bajo su smartphone porque piensa que no puede hacer nada más dado que el gobierno «no les da las herramientas para luchar contra sus propios excesos», sino una que asuma su responsabilidad histórica para construir el México que quieren.

  • ¿Por qué las mujeres escriben menos libros?

    ¿Por qué las mujeres escriben menos libros?

    La otra vez hice un ejercicio. En Goodreads (que es algo así como una red social enfocada a libros) tengo la lista de casi todas las obras que he leído en mi vida. Entonces me puse a contar cuántos de esos habían sido escrito por hombres y cuántos por mujeres.

    Resulta que los libros escritos por el género femenino no no llega si quiera al 10%. De 232 libros que he leído, tan sólo 23 son de autoras. ¡23 libros!

    Sigo: de los libros escritos por mujeres que he leído ninguno fue escrito antes del siglo XIX, y ciertamente, conforme son más actuales son, el número de escritoras aumenta. Pero incluso si tomara como referencia los libros escritos en el siglo XXI, los hombres siguen dominando. 

    No, no soy alguien que desprecie la literatura femenina, ni pienso que sean menos capaces al escribir. Cuando selecciono qué libro leer me fijo en muchas cosas pero no en el género del autor o la autora. Creo que más bien esto tiene que ver con el papel de los géneros en el quehacer público de donde la mujer ha quedado relegada. Y también refleja, que de alguna u otra forma, ha ganado muchos espacios con el tiempo. 

    Naturalmente no tiene que ver con la capacidad. Basta leer a Hannah Arendt o Simone de Beauvoir para percatarse de que la mujer no tiene impedimento alguno. Si en algo destacan estas autoras es en su gran capacidad de análisis y argumentación. La obra de Arendt llamada «The Origins of Totalitarianism» es tan excelsa que seguramente muchos politólogos hubieran querido escribir algo así en sus vidas.

    ¿O qué decir de Orgullo y Prejuicio de Jane Austen? Dada la época en la que vivía, ella salía poco de casa, no viajaba, y casi no andaba en las calles. Casi recluida en una habitación donde podía ser interrumpida a cada rato, según afirmó Virginia Woolf, escribió esta gran obra. La escribió con la desventaja de no poder ser una «mujer de mundo» (en el buen término de la palabra) que pudiera salir más allá de la burbuja familiar, que pudiera viajar y tener una perspectiva más amplia del mundo.

    Las mujeres comenzaron a escribir novelas, que era lo más natural dado que para ello no requería la experiencia de estar en la academia u ocupar cargos que la dotaran de experiencia. Conforme la mujer comenzó a ganar más espacios, entonces sí llegaron los libros de otras disciplinas. Sin embargo, hasta la fecha las mujeres han contribuido muy poco a la filosofía occidental la cual ha estado dominado casi por puros hombres. Su participación comenzó a tomar cierta relevancia hasta el siglo XX con figuras con posturas muy distintas como María Montessori, la propia Simone de Beauvoir, Edith Stein, o Ayn Rand. Pero hasta la fecha no han instaurado corrientes de pensamiento como lo han hecho los hombres. 

    Pero por otro lado, partiendo de que el papel histórico de la mujer fue quedarse en casa a cuidar y educar a sus hijos, entonces podemos hablar de alguna suerte de influencia implícita dentro de los filósofos y pensadores de ese entonces. Tal vez no hubiésemos conocido a varios de ellos si durante su infancia no hubieran tenido una madre que los criara. Dentro de la filosofía occidental dominada y construida por el género masculino, deberíamos también reconocer que la influencia de la mujer es más relevante de lo que se piensa. 

    El pensamiento de la mujer es cada vez más relevante dentro de la sociedad. Cada vez escriben más obras y publican más papers. Según Steven Pinker, el papel cada vez más activo de la mujer podría guardar alguna relación con la disminución de la violencia a nivel global porque dice, que su  creciente presencia incentiva a los hombres a ser menos violentos y agresivos. Hasta hace poco la mujer había sido mera espectadora de los cambios políticos, sociales y culturales. Ya no lo es, y seguramente en un futuro la forma de organización de la especie humana estará más influenciada por el pensamiento de las mujeres de lo que lo está ahora. 

    Las mujeres tienen mucho que aportar y ya nos han mostrado una y otra vez dentro de la literatura que tienen la capacidad para hacerlo. Serán cada vez más mujeres las que escribirán libros, las que influirán sobre las corrientes de pensamiento, sobre la filosofía, la política y hasta la economía. Mi experimento es un reflejo de la participación de las mujeres en el quehacer público. En el pasado fue nulo, pero cada vez se han ganado más espacios. Todavía falta, pero ya podemos decir que la mujer tiene una papel activo en la cultura, en la filosofía y en la política de nuestros tiempos. 

  • El regreso a la cruda realidad

    El regreso a la cruda realidad

    El regreso a la cruda realidad

    Hemos regresado al mundo cotidiano, a nuestra cruda realidad. Como lo mencionaba, el furor por ayudar pasaría (porque es natural que así suceda) y todos regresaríamos a nuestras rutinas, a nuestros trabajos, volveríamos a repetir una y otra vez los patrones de conducta a los que estamos tan acostumbrados.

    De nuevo las noticias son muy típicas: nos enteramos que de acuerdo al Barómetro Global contra la Corrupción, nuestro país es el más corrupto de América Latina; que más de la mitad de los mexicanos han sobornado a autoridades en el último año para acceder a servicios públicos; que la oposición (ni los candidatos independientes) pueden ponerse de acuerdo en nada; que dos mil capitalinos aprovecharon la ayuda económica que el gobierno de la CDMX estaba ofreciendo a los damnificados sin serlo; que periodistas siguen desapareciendo; que mujeres son violadas o asesinadas. Regresamos del México deseable al México que queremos dejar atrás.

    Los damnificados, quienes estaban cobijados por la organización ciudadana, ahora están al amparo de las ineficientes autoridades, de los coyotes. Cada vez menos cámaras los entrevistan para contar su situación, cada vez reciben menos atención. El México excepcional ya no está ahí (porque naturalmente ayudar como lo hizo la gente de forma incansable requiere muchas energías), sino el México común. Ellos ahora están ahí enfrentándose a nuestros más oscuros vicios, el de la corrupción y la ineficiencia. Habitantes de la Colonia del Valle ven, al regresar a su edificio, que «alguien» robó varias de sus pertenencias; a los de Iztapalapa ni les hacen caso porque su colonia no es tan trendy y los medios de comunicación ni los pelan. Otros se quejan de que las autoridades les dan largas cuando les preguntan si su edificio es habitable. Y todo esto mientras que de las comunidades de Oaxaca, Puebla y Morelos sabemos menos, y lo poco que se sabe es gracias a quienes todavía siguen ayudando, a los donativos de empresas y grupos de rock.

    Este momento llegaría, pero también es cierto que ante las tragedias se cimbran los cimientos de la sociedad y se convierten en oportunidades para generar cambios. Algunas organizaciones están en ello, aquellas que exigen justicia o transparencia en la reconstrucción, aquellos vecinos que se han organizado para demandar colectivamente a quienes fueron responsables de actos de corrupción que costaron vidas. Aquellos habitantes de La Condesa que deciden quedarse y «no dejar que se caiga todo». Colocan una gran imagen de la perra Frida en la glorieta donde se encuentra la Fuente de Cibeles como recuerdo e inspiración mientras parte de las calles de los barrios siguen acordonados ante los edificios que deben ser reparados o demolidos. 

    La opinión pública se ha volcado al tema de las elecciones, pero lo aborda como si se tratara de una carrera de caballos. Que si el Peje va arriba, que si el PRI se va adelantar, que si el frente. Pero pocos hablan de los temas que importan y que serán o deberían de ser trascendentales en las siguientes elecciones: poco se habla de la corrupción, de los proyectos económicos (porque muy pocos tienen algo parecido a un proyecto de gobierno). Se habla más bien del cotilleo, del chisme, del meme. La tragedia desnudó, una vez más, la corrupción que existe dentro de nuestra sociedad y nuestras instituciones, tema que debería ser primordial en las elecciones venideras.

    Hemos regresado a la normalidad, a la vida cotidiana. Pero hace poco, hace apenas unos días, los mexicanos demostramos que tenemos la capacidad de romper con ella y de dejar al lado nuestros vicios que replicamos todos los días. Y como los vicios son conductas aprendidas, son también, por tanto, conductas que se pueden desaprender. ¿Hasta qué punto la tragedia logrará modificar el estado de las cosas? ¿Hasta qué punto esa lección que nos dimos nosotros mismos gestará cambios dentro de nuestro inconsciente colectivo y nos motivará a cambiar algunas conductas?

    Son preguntas que tenemos que responder, y de la mejor manera. 

  • La hipocresía de defender los derechos humanos

    La hipocresía de defender los derechos humanos

    La hipocresía de defender los derechos humanos
    Fuente: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

    Siempre he tenido la curiosidad: Cuando la gente habla de derechos humanos ¿los aborda en su universalidad donde estos trasciendan cualquier cualquier ideología o corriente de pensamiento? ¿O defienden los derechos humanos como si estos fueran un mero instrumento de alguna ideología determinada?

    Me he podido percatar, al menos en redes sociales, que algunas personas (incluyendo algunos que se dicen ser líderes de opinión) responderían más bien a la segunda pregunta. Es decir, los derechos humanos les sirven para defender o atacar alguna ideología determinada.

    Hace unas semanas así ocurrió con algunas personas quienes aseguran ubicarse a la izquierda del espectro político. Relativizaron a más no poder la represión orquestada por Nicolás Maduro. La intentaron justificar afirmando que los manifestantes estaban manipulados por «la derecha internacional» o el imperalismo. Defender los derechos humanos como tales habría significado para ellos aceptar las falencias de su doctrina o del régimen que defienden (porque no sería compatible defender ambas cosas al mismo tiempo). En aras de la «justicia social» decidieron hacer caso omiso de la agresión (que incluyó algunas muertes) del gobierno de Maduro hacia varios ciudadanos venezolanos (por más paradójico que parezca). Se vale, dicen, agredir a los manifestantes porque están manipulados, son enviados, pertenecen a alguna clase de interés oscuro.

    Ahora ha vuelto a ocurrir lo mismo con la represión que sufrieron los catalanes, pero en este caso son algunos conservadores los que han sido parte de la hipocresía. Varios han justificado la represión del gobierno de Mariano Rajoy para «defender la legalidad y el Estado de derecho». En efecto, el referendum al que convocaron era ilegal, pero los manifestantes nunca usaron la violencia o dieron alguna razón que permitiera a las autoridades utilizar la fuerza bruta. 

    En ambos casos, para tratar de desestimar el argumento de que las víctimas de la represión son inocentes, intentan convencer a la opinión pública de que no es así compartiendo «evidencias» de algún manifestante que se descarrió, algunos otros pocos que hicieron pintas, para así mostrarlos como si fueran parte de un todo, como si fueran la regla y no la excepción. Así entonces, la represión no es represión sino solamente la «aplicación de la ley». 

    Y la represión, en tanto no es una respuesta a la violencia o no tiene como fin disuadir los actos violentos de un grupo o una organización, no puede ser justificada de ninguna forma. 

    Quienes argumentan así, quienes relativizan o justifican actos represivos, no conciben los derechos humanos como universales y niegan de forma tácita que éstos trasciendan cualquier ideología. Hannah Arendt decía que las dictaduras totalitarias no están fundamentadas en la idea de que el ser humano es un ser digno cuya integridad debe respetarse, sino que todo debe «reinterpretarse» para que pueda caber en la ideología y por tanto, ésta no pueda contradecirse. La dignidad del ser humano está condicionada a la ideología, y si hubiera alguna incompatibilidad, es de la dignidad de la que se debe prescindir, no de la ideología misma. Si bien, ni el régimen de Maduro ni el gobierno de Rajoy son dictaduras totalitarias, sí podemos advertir que muchas personas son capaces de relativizar o negar estos derechos universales para poder darle fuerza a la corriente ideológica que defienden. 

    Algunos hablarán de la libertad y el Estado de derecho, otros hablarán de la justicia social. Todos esos conceptos son loables, pero cuando se promueven solamente como parte de una doctrina o de un conjunto rígido de ideas, pierden fuerza y validez (Un Estado de derecho que reprime a los ciudadanos ya no puede concebirse como tal, ni tampoco la justicia social, en tanto niega a los individuos el derecho a manifestarse). A partir de aquí entonces constatamos que ni siquiera esto trata ya de los principios básicos de la doctrina, sino del poder. Porque si algo hemos aprendido a través de la historia es que el poder termina pervirtiendo la esencia de la doctrina y ésta termina siendo solamente un instrumento a favor de quienes buscan ostentar o conservar el poder. 

    Los derechos humanos son universales, todos los individuos somos dignos y nuestra integridad debe de estar garantizada. Por eso es que debemos advertir cuando éstos quedan sujetos a algún interés o doctrina política. Los derechos humanos trascienden cualquier doctrina porque son los seres humanos quienes han creado las doctrinas, no al revés. 

  • El sismo y las televisoras

    El sismo y las televisoras

    El sismo y las televisoras

    El miércoles pasado me llevé mi laptop a la televisión. La idea era que mientras estaba haciendo llamadas, compartiendo información en redes sociales y conectando gente o gestionando vuelos con aerolíneas para trasladar voluntarios, pudiera estar al tanto de lo que pasaba. Quería tener mi computadora ocupada en las «labores de voluntariado» y doña tele sería mi principal fuente de información en esos momentos. 

    Por un momento había olvidado porqué había dejado de ver televisión y porqué los noticieros dejaron de ser, para mí, cualquier fuente de referencia. 

    Lo primero que entendí fue que las cadenas de televisión se han visto rebasadas por las redes sociales y los medios de comunicación digitales. Por ejemplo, mientras TV Azteca estaba concentrada en la Frida Sofía que nunca existió (luego supimos que no fue tanto culpa de las televisoras) y narrando apasionadamente un intento de rescate en la Obrera, en Internet se propagaba el rumor, propagado por algunos medios serios, de que el hotel Plaza Condesa tenía daños estructurales (que es un icono del lugar porque hospeda un inmueble de conciertos, bares y restaurantes). Pero la televisora del Ajusco se limitó a comentar algo así como «después vamos a hablar de un edificio de La Condesa que está en riesgo de colapso». Se notaba, la televisora estaba muy atrasada, no le aguantaba el ritmo a Internet.

    ¿Qué fue lo que vi en esa transmisión? Básicamente un show. Parecía que estaban preocupados por todo menos por ser un canal de comunicación que pueda a poner disposición herramientas para ayudar en las labores de rescate. En vez de informar, se preocupaban por narrar relatos de «telenovela» para mantener al espectador enfrente de la televisión. Así trataron el caso de Frida Sofía, todas las cámaras apuntaban al colegio Enrique Rébsamen donde supuestamente había una pequeña niña atrapada. Cierto, no inventaron la historia como acusaron algunos de sus detractores, pero parece que tampoco (ni ellos ni Televisa) se preocuparon por corroborar bien sus fuentes de información.

    En ese momento existían varios edificios en riesgo de colapso, vecinos preocupados porque el edificio de al lado no se les fuera a caer, muertos, pánico, gente sufriendo, pero todo se centraba en el Enrique Rébsamen y solamente en el caso de Frida Sofía. Después cortaron la transmisión para entrevistar a personajes de la farándula y preguntarles cómo vivieron el temblor. Aprovecharon el momento para promocionar a sus grupos pop, y de paso, promocionar a sus fundaciones como las hermanas de la caridad, dona a nuestra fundación y nosotros donamos otro peso. De nuevo, se presentaban con ese aire paternalista dentro de una sociedad donde ya casi nadie los voltea a ver ni los toma en cuenta. Ante la incapacidad de ser un medio de información, prefirieron ser uno de espectáculos para llegar a ese target que todavía está condenado a verlos.

    Y las pocas veces que se molestaron en buscar la noticia (cuando cuadraba con las telenovelas que hacían por medio de la tragedia) no se molestaron siquiera en ser sensibles con el dolor y la desesperación que muchos vivían:

    Si en 1985 el gobierno fue rebasado groseramente por la ciudadanía, ahora quienes fueron rebasadas fueron las televisoras. Internet fue el medio de comunicación que sirvió para todo, para informar (y sí, para desinformar de vez en cuando) y para que la ciudadanía se organizara o reportara personas. La gran mayoría conoció información de primera mano a través de Internet. Lejos quedaron los tiempos de aquellos reportajes pletóricos como el de Jacobo Zabludovsky quien salió a las calles en su automóvil inmediatamente después del terremoto de 1985. Ahora todo lo supimos por medio de los videos posteados en redes sociales. Televisa y TV Azteca, ante la falta de contenido propio, tuvieron que echar mano de ellos para narrar la tragedia. 

    Y hasta para eso se vieron lentos. Retransmitían los videos que ya rolaban desde hace varios minutos u horas en Twitter y Facebook. 

    Básicamente, las televisoras fueron inútiles como medio de comunicación. Ni siquiera se molestaron en usar toda su capacidad humana y tecnológica para involucrarse en las tareas de localización de personas, de rescate y de ayuda. Fueron meros espectadores y transmitieron lo que percibían como espectadores. Pasmados, en la búsqueda de rating, tuvieron que recurrir al show, ahí donde (piensan) todavía no han sido rebasados. Las televisoras no tendrán su nombre impreso en estos días que fueron trágicos, pero a la vez históricos. A diferencia de 1985, nadie recordará ni compartirá las transmisiones de las televisoras si no es para criticarlas. 

    Dicen que las tragedias sacan lo mejor o lo peor de las personas. En el caso de las televisoras, tan sólo mostraron que cada vez son más irrelevantes en el concierto nacional. 

  • Ayudar después del furor de ayudar

    Ayudar después del furor de ayudar

    Ayudar después del furor de ayudar

    Casi todo México ha cerrado filas. Con excepción de unos pocos sumidos en la crítica y el meme barato, la mayoría de los mexicanos están poniendo su granito de arena para ayudar a los suyos. Esto sin importar clase social, género o raza. 

    Pero si queremos ayudar de la mejor forma posible, también hay que comprender nuestras limitaciones como seres humanos. 

    Es decir, hubo algo que nos motivó a romper nuestra rutina diaria: algunos dejaron de ir al gimnasio, otros trabajamos menos horas y no «nos divertimos» el fin de semana. Vimos atónitos videos de edificios caerse, de gente gritar, de personas atrapadas, de muertos, de perros que se convirtieron en héroes. Esa angustia de «sentirla cerca», de sentirnos vulnerables, modificó nuestros hábitos. 

    A esto se sumó un círculo virtuoso. Conforme más personas se involucraban, subían y compartían información, muchas más personas se motivaron a ayudar. Se crearon insignias que representan este despertar ciudadano (por ejemplo, la perra Frida). No sólo se trataba de una intención sincera, sino también de un sentimiento de pertenencia. Así como las tribus suelen defender y ayudar a los suyos de las amenazas exteriores porque el individuo está más protegido dentro de una tribu que en la completa soledad, nosotros decidimos ayudar a los nuestros. Conforme el ser humano evoluciona, el círculo con el que empatizamos se vuelve más grande. Ya no sólo son los círculos con los que mantenemos lazos consanguíneos, sino los habitantes de nuestra ciudad, nuestro país, Occidente y hasta con cualquier población del mundo (aunque no sea en la misma medida). Por esto se explica que muchas personas de otros países se preocuparan por nosotros. Los círculos de empatía han crecido al grado que Cristiano Ronaldo se ha solidarizado con la madre del niño (ferviente admirador suyo) que murió a causa del terremoto.

    Pero este círculo vicioso es finito. Es difícil mantener la llama prendida hasta que se terminen de resolver por completo los problemas que el terremoto ha causado (lo cual posiblemente dure años). Con las semanas, la llama se ira apagando, el furor irá desapareciendo y volveremos a nuestras vidas normales (lo cual incluye, que muchos capitalinos ya no tengan tanto miedo a dormir en su departamento). Mientras tanto, la gran mayoría de las víctimas no abandonarán su condición. Muchos seguirán viviendo desamparados en albergues, muchos no tendrán donde vivir o seguirán llorando a los seres queridos que ya no están aquí. Se empezará a reconstruir la ciudad, las empresas inmobiliarias buscarán preguntar por los lugares siniestrados para levantar torres de departamentos más modernos (lo cual, hasta donde he escuchado, ya está ocurriendo), y ante una sociedad que ya no pone «tanto el dedo sobre la llaga» no se eliminarán del todo los incentivos para involucrarse en actos de corrupción (lo cual explica por qué algunos edificios nuevos cayeron).

    En unas semanas ya no se compartirán muchos tweets relacionados con el terremoto, la gente hablará del partido de futbol o de la nueva serie de Netflix; y mientras tanto, las víctimas posiblemente se sentirán más solas. Mientras intentan ver cómo conseguir una nueva casa o mientra demandan a la agencia inmobiliaria que les prometió un edificio de acero y les dio uno de plástico, verán que ya no están «todos los mexicanos unidos» ayudándolos. Se sentirán más desamparados que nunca.

    No, no es un acto de hipocresía. Por el contrario, hay pocas cosas más sinceras que la solidaridad de casi todos los mexicanos. Pero así es la condición humana y tenemos que aceptar nuestros límites.

    Una de las razones que explican que esta llama se vaya apagando es el cansancio. Ayudar a los demás implica gastar energía, tanto física como intelectual; implica un esfuerzo extra, y para muchos, adoptar un modo de vida que no puede ser sostenida de forma indefinida. En mi caso, como en el de muchos otros, los síntomas de agotamiento comienzan a aparecer algunos días después. El individuo así como la sociedad tienen que regresar a su equilibrio natural. Esta reacción al terremoto, si concebimos a la sociedad como un organismo, es una alteración del equilibrio para poder neutralizar una amenaza exterior o los efectos de una afectación al organismo. Así ocurre cuando enfermamos de gripa y nos sentimos mal porque nuestras defensas están actuando en contra de un virus que puede poner en riesgo nuestra integridad. 

    Si entendemos esto como un fenómeno natural de nuestra especie y que es inevitable ¿qué podemos hacer para ayudar de mejor forma a las víctimas?

    La primera sugerencia, y tal vez la más obvia, sería dosificar esfuerzos, de tal forma que «esa llama» dure un poco más. Es decir, evitar el agotamiento en la medida posible para que en unas semanas, cuando todavía existirán problemas, dispongamos de la suficiente energía para colaborar de una u otra forma. Será inevitable que regresemos a nuestra vida normal, pero al menos tendremos más disposición para seguir «haciendo algo».

    Todos queremos gastar todas nuestras energías y romperla, pero también es bueno procurar descansar o distraernos un poco para en unas semanas sigamos estando en condiciones de ayudar. 

    La segunda es institucionalizar aquellas actividades que vayan encaminadas a ayudar a las víctimas de tal forma que no dependan del «furor del momento» y adquieran autonomía propia. Por ejemplo, es tiempo (y que al parecer ya se está planteando) de crear organismos cuya función sea vigilar que la reconstrucción de las ciudades siniestradas no se vean afectadas por la corrupción. Que las organizaciones de la sociedad civil, sobre todo aquellas que tengan expertise en el tema, se encarguen de vigilar las políticas gubernamentales y de ayudar de forma indefinida a las víctimas hasta que su problemas sean resueltos. Ya no estarán todos los mexicanos volcados en ayudar, pero sí lo harán las organizaciones más capacitadas para ello y en quienes las víctimas puedan apoyarse. 

    La tercera es intentar trascender toda esta energía a otro nivel y así promover cambios estructurales permanentes que ayuden, entre otras cosas, a que en un sismo futuro (que inevitablemente ocurrirá) sean menos las víctimas, pero también a promover un mejor gobierno y una mejor sociedad. Un ejemplo de esto es que los partidos políticos se hayan sentido orillados a renunciar a parte de su presupuesto, lo cual podría transformarse en políticas permanentes. Muchas veces son este tipo de tragedias las que originan cambios estructurales en las formas de gobierno de los países. 

    Hay muchas cosas por hacer, pero hay que aceptar que el «furor de ayudar» no durará para siempre. Por eso es que ha llegado la hora de plantearnos soluciones a largo plazo para ayudar a las víctimas y evitar, en la medida de lo posible, que sean las menos cuando ocurran catástrofes próximas.

  • El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    Hoy, a tres días del terremoto, miles de capitalinos no tienen donde vivir. Regresaron a su edificio y ya no existía, o bien, estaba demasiado cuarteado como para considerarlo habitable. Una amiga está viviendo con sus tíos porque su edificio está fracturado, el de otra está bien pero el edificio de enfrente está al borde del colapso. Muchos se derrumbaron provocando una gran pérdida de vidas mientras que otros se vinieron abajo ya que estaban desalojados. 

    Durante muchos años se habló del terremoto como la «prueba» para determinar qué tanto se había avanzado en materia de cultura, prevención, códigos de construcción. El martes llegó la prueba, y si bien el progreso existe, podemos hablar de un progreso a medias:

    Lo que tiene que ver con la cultura de la prevención y la alarma sísmica es lo más rescatable. Llaman la atención los videos donde ante la sacudida la gente tiene capacidad de mantener cierto orden y seguir el protocolo. Eso salvó muchísimas vidas. Cierto que este sismo no fue tan intenso como el de 1985 pero tampoco fue «diez veces más débil» cómo lo hizo notar la revista Proceso. Aunque la diferencia sea de un grado, en esta ocasión el epicentro fue más cercano. 

    Luego vienen aquellos avances que son más bien insuficientes y que tienen que ver con la reacción del gobierno y los códigos de construcción. Indudablemente la reacción del gobierno en todos sus niveles fue bastante mejor que en 1985, pero también es cierto que pudo ser mejor. Porque es cierto también que en cierto momento la ciudadanía volvió a rebasar al gobierno y suplir las deficiencias de éste. El gobierno de Peña reaccionó con prontitud, pero en algunos casos fue notorio que no existió mucha coordinación, lo cual llegó a costar algunas vidas. A pesar de que la reacción gubernamental fue «mejorable» sí pudimos ver a los militares dando todo de sí. 

    Lo mismo va para los códigos de construcción. Sí se ha mejorado en el tema, los edificios «post-1985» en general están mejor construidos, y aunque es cierto que este terremoto fue menos intenso que el de 1985, también es cierto que la gran mayoría de los edificios y condominios que se vinieron abajo eran viejos. Pero también es cierto que algunos nuevos colapsaron, y a juzgar por los videos donde se exhibieron la manera en que fueron construidos, vemos que dichos derrumbes sólo se pueden explicar por medio de la corrupción. Fueron muy pocos los que murieron en los inmuebles más recientes, pero muchas personas que habían adquirido ahí un hogar no tienen donde vivir. 

    El colegio Enrique Rébsamen es un claro ejemplo de ello. El edificio que se desplomó tenía poco tiempo de haberse construido y es evidente que había tenido muchas modificaciones (lo que puede explicar su colapso). Lo más grave del asunto es que esto es muy «típico» con las escuelas privadas, que se establecen en edificios que van «cambiando» de acuerdo a las necesidades o que tenían otra función y que han sido modificados para ser escuelas. 

    Otro problema son los edificios viejos, varios de ellos ya estaban resentidos y no se había hecho nada al respecto, la gente seguía viviendo ahí. La semana pasada, cuando viajé a la Ciudad de México y caminaba sobre la avenida Amsterdam, me llamó la atención el edificio con el número 27, estaba fracturado en la parte de la derecha y me preguntaba cómo es que seguía habitado. Pensé que si temblaba esto se iba a caer, y eso fue lo que sucedió:

    En todas las ciudades sísmicas, como la propia Ciudad de México, Guadalajara y Puebla entre muchas otras, deberían implementarse políticas para revisar todas las estructuras y determinar cuáles no son habitables o necesitan ser reparadas. No debería permitirse que la gente viva en «bombas de tiempo». Eso también pudo haber evitado muchos muertos. 

    Con los avances que sí se han tenido, centenares de personas que hubieran muerto antes no murieron, pero si los avances no hubieran sido insuficientes tal vez solamente hablaríamos de decenas de muertos. Muchas muertes no se evitaron por la negligencia y la corrupción. No debemos conformarnos con avances a medias. Y aunque es cierto que por más desarrollada y mejor gobernada esté una ciudad no se podrá evitar del todo catástrofes, si debemos evitar que no sean causa de la negligencia o de algo que sí pudimos hacer.

    Ya habrá tiempo para revisar a fondo que sucedió, tendremos que hacer un honesto análisis de qué tan bien preparados estamos y de lo que se tiene que mejorar. Debemos, sí, reconocer los avances, pero debemos reconocer que no es suficiente y que todavía adolecemos problemas que nos cuestan vidas y que terminan fracturando familias.