Categoría: reflexión

  • El que opina

    El que opina

    El que opina

    Allá afuera hay muchas parias con una pluma.

    No sólo son aquellos a los que todos conocen y a los que todos señalan, aquellos que escriben en favor de una facción política y que están al servicio de un mecenas. También están aquellos que escriben para quedar bien con una facción o escriben para quedar bien con todos.

    Hablo de aquellos que se preocupan más por conservar su «nicho de mercado» que por decir lo que piensan y lo que ellos creen que es la verdad.

    Se la piensan dos veces, porque si critican de forma severa a un político, temen que algunos de sus fans dejen de serlo. Peor aún, se llegan a preocupar por quienes están acostumbrados a linchar a todo mundo. Creen que deben de ser cuidadosos y políticamente correctos. 

    Se preocupan por el qué dirán. ¿Qué dirá la opinión pública después de escribir tal o cual columna? 

    Pero en el arte de opinar, nunca se puede quedar bien con todo mundo. Solo se puede quedar bien con la propia conciencia. 

    Porque si te pones de un lado, te avientan los tomates del otro y cuando te pones en el medio, en ese lugar que en apariencia es el más cómodo, te los avientan de los dos lados. Así que lo mejor será comprar un casco.

    Y que el casco sea resistente porque el papel de quien escribe es generar opinión, darle al lector una mejor perspectiva sobre lo que se opina, y eso implica que lo que se opine pueda confrontar las ideas preconcebidas del lector. Aquellos que sólo buscan mantener contento a su nicho de mercado que tan sólo los lee para escuchar lo que quieren escuchar y así reforzar su postura, generalmente dogmática e intransigente, son deshonestos. 

    Cierto es, que quien escribe siempre tendrá una línea ideológica y tenderá a opinar desde dicha perspectiva. Pero se espera que lo haga por convicción propia. Y si el escritor, producto de su crecimiento como persona y su experiencia, se desencanta de su postura ideológica, lo debería imprimir con su pluma propia y asumir el riesgo, el riesgo por ser congruente entre lo que piensa y lo que escribe. 

    Me ha tocado ver a quienes lo asumen, y en efecto, el vendaval de críticas, en especial por los más dogmáticos y de criterio más estrecho, cae de forma implacable. Palabras como traidor o vendido les caen en forma de tuits. Los asocian con cotos de poder con los que no tienen ninguna relación y con los que en muchos casos son adversos. Y como aquella gente cerrada y dogmática no entiende o no quiere entender por qué el escritor ha comenzado a disentir, le es más cómodo etiquetar y suponer en vez de molestarse en leer y comprender.

    Pero con el tiempo, a pesar de la crisis temporal, el escritor gana. Se le percibe como congruente por los lectores más pensantes (que son los más valiosos porque tienen una perspectiva más amplia) y lo respetan aunque no siempre piense como él. Pierde lectores chafas que solo son una horda de dogmáticos que piensan igual entre ellos mismos como si fueran clones y gana lectores muchos valiosos. Porque esos lectores están ahí para escuchar, para retroalimentar y no tan sólo para escuchar lo que quieren escuchar y para alimentar su dogma y el ego que les crece a la hora de sentirse superiores a los demás.

    Pero no todos asumen ese riesgo. Se preocupan más por el número de followers que puedan perder en Twitter que por mantener una postura congruente.

    Porque la tarea de quien opina no es mantener contentos a los demás. Por el contrario, su tarea es sacudirles las mentes, hacerlos pensar.

    Y tal vez tener a algunos pseudolectores enojados mentando madres y lanzando injuria sea señal de que algo se está haciendo bien.

    Porque no a todos les gusta que les digan sapere aude en su cara. 

  • Sobre la idealización del victimismo

    Sobre la idealización del victimismo

    Sobre la idealización del victimismo

    Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del victimismo.

    En el mundo contemporáneo, en este mundo donde se asume que la supresión del dolor traerá inevitablemente la felicidad, donde se asume que menos dolor implica necesariamente más placer (por dolor no sólo nos referimos a aquello que se padece, sino también al sacrificio y al esfuerzo), el victimismo se ha puesto de moda. Queda muy patente dentro de algunas causas sociales.

    Para entender al victimismo, primero hablemos del dolor, de la frustración y de la derrota. El dolor y el placer se entienden como opuestos y por lo tanto se asume de forma equivocada que al aminorar los efectos de uno, aumenta, por consecuencia, los efectos del otro. En realidad no es así, quien no ha experimentado dolor, difícilmente conocerá el sentimiento del placer a su máxima expresión. Igual sucede con la derrota y la victoria: quien nunca ha perdido, nunca gozará la victoria como el que sí. O con la tristeza y la felicidad. Quien ha pasado por la tristeza, gozará como nadie más de la felicidad. 

    Aquellos sentimientos negativos de los que rehuimos tienen una razón de existir, tienen una función dentro de nuestra psique que busca la supervivencia de la especie. Si ellos no existieran, si nuestro organismo nos garantizara una suerte de éxtasis eterno, nuestra especie hubiera desaparecido de la faz de la tierra ya hace algunos milenios.

    El dolor nos invita a superarlo porque éste es la manifestación de una suerte de desequilibrio del cual el organismo se debe de sobreponer. Cuando se muere un ser querido, debemos de sufrir un duelo, mediante el cual el nuestra mente se reajustará para contemplar una nueva vida donde el ahora fallecido ya no forme parte de. El dolor nos invita a salir de la condición en la que nos encontramos. Si nos despiden del trabajo, nos angustiamos, porque esa ansiedad es la que prepara a nuestra mente para readaptarse y no perder el equilibrio en el que se encontraba (por ejemplo, al buscar un nuevo trabajo).

    Pero hay otro tipo de dolor, es aquel que asumimos porque haciendo esto podremos obtener no sólo un mayor placer, sino un sentimiento de autorrealización. Es aquel dolor del sacrificio, del esfuerzo, el del postergar placeres mundanos e inmediatos por aquellos más a largo plazo pero que elevan nuestro espíritu, que nos dignifican. Dicho dolor implica un cambio, porque nuestro cuerpo y nuestra mente se fortalecen. Así como cuando levantamos una pesa y sentimos una pesadez en el brazo, pero que ante las constantes repeticiones, se vuelve progresivamente más fuerte. 

    Esto también implica una superación del dolor. Lo asumimos para posteriormente superarlo, y cuando lo hemos superado podemos asumir más dolor y así sucesivamente para llegar más arriba, hasta el punto donde queramos llegar.

    El victimismo huye del dolor, no lo supera. ¿Cuál es la diferencia? Que superarlo implica enfrentarlo, mientras que huir implica esconderse de él. 

    El victimismo no empodera (como algunos ingenuos podrían pensar). Por el contrario, atrofia. Porque la víctima busca quien le proteja del dolor, cede su espíritu y su voluntad a alguien más. Y así, quien se considera víctima se hundirá en un círculo vicioso. Por más se considere víctima, más desválido se sentirá y tendrá más argumentos para reforzar su victimismo.

    Ciertamente, vivimos en un mundo en donde no nos encontramos en igualdad de circunstancias. Ciertamente no tenemos la capacidad de sobreponernos a todas (un niño es débil físicamente, la mujer también en cierta medida, una persona con discapacidad no podrá correr en la calle), pero la victimización nos impide desarrollar los atributos y las potencialidades que sí nos permitirían abandonar nuestra condición, ya sea de forma parcial o total. No somos necesariamente responsables si nos encontramos en un contexto de desventaja (como aquellos que nacen en un contexto de pobreza, y con ello se sigue que esa frase de «el pobre es pobre porque quiere» es falaz en mucho de los casos), pero ciertamente podemos hacer algo para sobreponernos a nuestra condición. ¿Qué tan alto llegaremos? Tal vez no lo sabremos. Pero al menos, el que se haya esforzado y haya luchado, se sentirá bien consigo mismo, no siempre ganará, a veces perderá, pero su espíritu quedará intacto.

    El mundo posmoderno busca idealizar la victimización. Parece que no pretende que las minorías que puedan encontrarse en desventaja, tales como las personas de color, los LGBT+ o las mujeres se empoderen, que sean aceptados en la sociedad demostrando que tienen las capacidades que sus contrapartes les niegan. Por el contrario, el mundo posmoderno pretende victimizarlos, repetirnos una y otra vez lo tanto que sufren para que, por medio de la conmiseración, evitamos que sufran. Así, nos invitan a ser meticulosos con nuestro lenguaje y a pensar dos veces en ejercer nuestra libertad de expresión porque aquello que se dice puede, en apariencia, afectarlos. La idea no es que se empoderen, sino que huyan del dolor, que no vuelvan a sufrir estrés ni ansiedad. La idea es que busquen protección ahí donde podrían valerse por ellos mismos.

    Se entiende que se busque protección cuando la desventaja es tal que es prácticamente imposible colocarse en igualdad de circunstancias. De esto se sigue que sea sensato que a la mujer se le proteja de sufrir violaciones o de ser violentada cuando ella, en casi todos los casos, se encuentra en desventaja física y no tiene la fuerza para defenderse. Se entiende muy bien que las instituciones policiales defiendan a quienes son víctimas del crimen, o de muchos abusos de los cuales es imposible defenderse únicamente con la voluntad propia. Pero no se entiende cuando quien se encuentra en desventaja sí pueda desarrollar capacidades para poder cambiar el estado de las cosas y no lo haga. En lugar de desarrollar dichas capacidades, el mundo posmoderno espera que el gobierno establezca políticas artificiales para crear una igualdad artificial. Así, crea un individuo dependiente de ese artificio, sin el cual no sólo no sería nada, sino que se daría cuenta que su espíritu se encuentra completamente atrofiado. 

    Y lo peor es que, cuando el individuo se enfrenta menos al dolor, lo padece más. Así, cualquier cosa le duele, por lo cual la víctima buscará que dicha cosa se prohiba para que después le duelan cosas más pequeñas. Esto es un suicidio, es un atropello contra el espíritu. El individuo se vuelve más desválido que nunca mientras reafirma más y más su condición de víctima. La distancia entre su estado actual y el estado deseado es más grande que nunca. Habrá dejado de creer en sí mismo, y sólo podrá reducirse a una condición de parásito. 

    Y así, morirá en vida. 

  • ¿Debe un hombre ser un aliado feminista?

    ¿Debe un hombre ser un aliado feminista?

    ¿Debe un hombre ser un aliado feminista?

    Últimamente he escuchado mucho sobre esta idea de que un hombre no puede ser feminista, sino un «aliado del feminismo». Esto se dice así porque las feministas son quienes dirigen el movimiento, le dan forma, y está pensado para que ellas sean las que estén a la vanguardia. Los movimientos, agrupaciones y organizaciones se configuran de acuerdo a los designios de quienes lo construyeron. Si las feministas deciden que los hombres no pueden entrar a las juntas, técnicamente están en su derecho de hacerlo. Si deciden que ellas son las que le dan forma y contenido a su movimiento, también están en su derecho de hacerlo. Pueden criticarse las razones por las que decidieron que fuera así, pero naturalmente quienes están «fuera» de una organización no puede imponer nada a quienes están dentro (crítica no implica imposición). Hasta aquí todo bien. Del feminismo he hablado mucho, de sus aciertos y sus errores, y las feministas tienen su derecho a leerme o ignorarme. Pero mi punto en este artículo no son las feministas en sí, porque lo que diré también tiene que ver con los hombres. De hecho, tiene que ver mayormente con nosotros. El punto de este texto es la idea del «aliado».

    Se entiende por «aliado del feminismo» aquel hombre que se integra por fuera a un movimiento feminista de forma pasiva. Es decir, para ser aceptado como tal, el hombre debe adoptar el credo feminista, debe deconstruirse (idea derridiana) y formarse, debe de transformar su entorno y hacerlo feminista. El hombre debe de escuchar, puede participar en una conversación sobre feminismo pero no puede dirigirla, no puede hablar con una mujer de igual a igual sobre ser mujer, puedes ir a marchas pero no puedes tomar pancartas ni gritar consignas (por eso de que nuestras voces son más fuertes que las de ellas).

    Esa es la forma en que el hombre se puede «integrar» a un movimiento feminista, producto de las reglas de las feministas que naturalmente se deberían de respetar en el sentido de que es un movimiento que ellas crearon y cuyas reglas fueron establecidas por ellas (esto, de acuerdo a algunos círculos, dando por hecho que entre estos hay distintas corrientes y otras posiblemente permitan al hombre integrarse de otro modo). Mi pregunta va más bien en el sentido de ¿vale la pena ser un «aliado feminista»? ¿tengo que adoptar un credo de forma pasiva para decir que no soy machista y demostrar que me preocupan los abusos que sufren las mujeres? 

    Dicho todo esto, podemos entender que el concepto de «aliado del feminismo» implica una forma de sometimiento voluntario. Al decidir ser un «aliado del feminismo» me someto a una estructura ideológica. No puedo cuestionar nada de ella, no puedo ser escéptico de algunas de las cosas que se dicen porque, al serlo, dejaría de ser un aliado. 

    Si hablamos de equidad de género entonces entraríamos en una profunda contradicción dado que la equidad de género implica que ni el género masculino debe someterse al femenino ni viceversa. Implica más bien que ambos géneros son completamente libres y que ninguno puede imponerle nada al otro. Ciertamente, nadie obliga al hombre a ser un aliado y él tiene derecho a serlo o no serlo. 

    Es decir, ser un aliado del feminismo es algo que va mucho más allá de tener un deseo sincero de que la mujer no sea oprimida o violentada por su género. Implica la adopción de una doctrina ideológica de corte postestructuralista (las corrientes feministas afines al postestructuralismo son las que han adoptado el concepto de «aliados del feminismo»), y por ende, implica una aceptación (aunque sea de forma tácita e inconsciente) de las ideas de Michel Foucault o Jacques Derrida. Se espera que el aliado también transforme a los hombres por medio de la deconstrucción, pero no puede cuestionar la deconstrucción en sí ni sus mecanismos. 

    Muchas veces también se espera, desde este postestructuralismo (sobre todo en las corrientes más radicales), que los «aliados» se despojen de su masculinidad, como si toda la masculinidad fuera mala y nociva, en vez de hacer énfasis en aquellas conductas que efectivamente puedan oprimir o relegar a la mujer. Esto se entiende así porque dichas corrientes postestructuralistas aspiran a eliminar cualquier diferencia entre mujer y hombre porque dicen, cualquier diferenciación binaria (y aquí vuelvo a traer a Derrida) implica el sometimiento de uno sobre el otro.

    Así como no es incongruente sensibilizarse ante las manifestaciones de machismo que sufre la mujer (inequidad, violencia intrafamiliar, abusos sexuales) sin ser un «aliado del feminismo», tampoco es una garantía que el hombre, aliado del feminismo y reconocido como tal por las feministas, esté sinceramente sensibilizado con las causas de la mujer. Hay quienes deciden ser aliados del feminismo porque creen que de esa forma podrían encontrar pareja de forma más fácil. Defienden toda la doctrina, callan para darle la voz a las mujeres, pero lo hacen de forma convenenciera: «Si les digo a los hombres en las redes que revisen sus privilegios, Juanita se va a fijar en mí«, pero cuando ya no necesitan ser «aliados», entonces terminan mostrándose como patanes, tal cual siempre habían sido. 

    Yo incluso conocí a un «aliado feminista» que decía defender la causa. Pero que en privado decía: «Carla, la carne, qué sabrosa». 

    Hay voces que dicen que muchas veces quienes critican al feminismo lo hacen desde una postura machista. En muchos casos sí puede ocurrir. Evidentemente no creo que hombre alguno que someta o denigre a las mujeres se vaya a sentir cómodo con un movimiento que lo cuestiona. Su presencia es evidente, por ejemplo, en las redes sociales, cuando una mujer hace una denuncia y ellos se encargan de rematar más a la víctima con frases como «tú te lo buscaste», «fue porque ibas vestida así», o incluso hay personas que hacen críticas «constructivas» pero con cierto recelo. Pero eso no implica que todas las críticas al feminismo se hagan desde una postura machista, como algunas o algunos sugieren. Sería un tremendo error pensar esto porque además de incurrir en una falacia ad hominem, es el propio movimiento, al no aceptar ninguna crítica, el que terminaría afectado.  

    Por eso es que pienso que el concepto de «aliado del feminismo» es un contrasentido y por eso yo no puedo tomarlo ni definirme como tal. Evidentemente, si en algún momento quiero solidarizarme con ellas (por ejemplo, en el asesinato de Mara), si voy a la marcha tengo que adecuarme a sus reglas, porque no puedo imponer mis reglas a un movimiento al que yo no pertenezco. Pero solidarizarme con las mujeres no puede, en mi caso, implicar sometimiento ideológico alguno. La libertad de pensamiento es algo muy preciado y algo muy necesario en un mundo cada vez más polarizado y considero que es hasta peligroso someterse de forma pasiva y sumisa ante cualquier «ismo» por más noble sea lo que defienda en la teoría. 

    Estoy de acuerdo que el problema del machismo es todavía muy vigente en el país y que hay que combatirlo. Pero el problema se combate con hechos, no con la simple adopción de una doctrina o corriente ideológica. El problema se enfrenta en la práctica, en nuestro trato con las mujeres, y también advirtiendo a aquellas personas que muestren estos rasgos, dejando de discriminar a una persona por ser mujer, dejando de ofenderla, de referirse a ella como objeto, de hacerla sentir menos, o de denigrarla. El problema se combate aceptando que ambos géneros somos pares que deben estar en una situación de equidad, y que, sobre todo, son libres y que ninguno debe someterse al otro. Es un trabajo tal vez menos llamativo (pero más sincero) porque no implican los aplausos ni el reconocimiento de presumirse como «aliado del feminismo», ni tampoco implica el pertenecer a algo. 

    Tienen razón cuando dicen que hay que escucharlas, los géneros a veces nos conocemos menos de lo que creemos. Creo que ambos debemos de molestarnos en conocer más para entendernos y ciertamente hay conductas que nosotros creemos damos por sentado y que realmente las molestan a ellas. Pero debe de ser un dialogo, un conocimiento mutuo, donde podamos aspirar a un modelo de sociedad donde nadie se tenga que preocupar por ser mujer o ser hombre. 

  • El ocaso de la televisión mexicana

    El ocaso de la televisión mexicana

    El ocaso de la televisión mexicana

    Hace 15 años, frases como «ingue su» o «arribototota» (que puso en boga Adal Ramones, el conductor de Otro Rollo) se incrustaron dentro del lenguaje de los jóvenes. Las señoras hablaban de las telenovelas, emulaban las situaciones y personajes que ahí se presentaban, el día en que se transmitía el último capítulo era un día de asueto. La televisión era casi la referencia absoluta para los mexicanos, los educaba, los «informaba» ,dibujaba el entorno en que se desenvolvían, y hasta les fabricaba sus gustos musicales. 

    Pero ahora los jóvenes no dicen «ingue su», dicen ALV. Ya nadie habla del «noticiero» y es muy extraño que alguien mencione algún personaje de alguna telenovela. Peor aún, mucha gente no puede siquiera decir el nombre de alguna de las telenovelas que ahora se están transmitiendo.

    De hecho, la influencia (decreciente) que tiene la televisión dentro de la sociedad actual tiene que ver con la nostalgia, con aquellos tiempos, no porque fueran mejores que los actuales, sino porque marcaron a una generación (esa que ahora definen como «la generación de los chavorrucos»). Todos aquellos grupos pop fabricados dentro del ambiente televisivo (algunos decentes, otros no tanto) han visto que pueden salir de gira para rentabilizar dicha nostalgia. A veces en una gira participan dos grupos para así llenar el auditorio en el que se vayan a presentar, y funciona. 

    Dicha nostalgia también se presenta en forma de memes, llámese Catalina Creel, Soraya, Jaime Maussan (incluso Netflix ha recurrido a ellos para vender sus series) e influyen, de alguna manera, en la cultura actual. Pero la televisión actual ya no tiene nada que ver con esto, incluso han sido torpes en tratar de sacar provecho de ello (véase Blim). 

    Doña Tele no sólo ha perdido el monopolio, sino que incluso ha dejado de ser relevante como influencia cultural. Si ellos antes marcaban la pauta de la cultura y la idiosincrasia de la sociedad, ahora recurren a ella, que ellos ya no definen, para sobrevivir. En los programas de revista transmiten los videos de Youtube más famosos porque no tienen otra cosa que mostrar, ponen a sus «artistas» a bailar «Despacito» o «Felices los Cuatro», no importa que repitan dichas canciones hasta el hastío. De forma ingenua, creen que todavía están influyendo sobre el inconsciente colectivo, creen que llevan la pauta cuando en realidad son ellos los que tienen que agarrarse de las tendencias que ya no definen. 

    Las televisoras ya perdieron la capacidad de moldear a la sociedad. Apenas se han dado cuenta de que la conversación está en otro lado, y a donde a ellos se les tiene prohibido entrar. Las nuevas generaciones no sólo ignoran a las televisoras, sino que les tiene alguna suerte de recelo, las relacionan mucho con los conceptos de «manipulación» o «contenido chatarra» aunque consuman contenidos de calidad similar en Youtube. 

    Las televisoras intentan reciclar una y otra vez a las «estrellas» que todavía tienen, que a veces no son tan estrellas de lo que ellos consideran que son. Incluso los ponen a hacer de todo: a los cantantes de La Academia (de quienes muy pocos se acuerdan) los meten a los programas de revista, los ponen a ser jueces de cualquier cosa o a ser actores de telenovelas. A los comentaristas deportivos (quienes todavía son muy conocidos, al menos los de TV Azteca, porque apenas están perdiendo el monopolio de las transmisiones de partidos de futbol) los ponen a dirigir programas de concursos. Consideran que tienen en ellos un gran capital, pero en realidad, las estrellas, al menos los que tienen más talento, prefieren irse a probar suerte a otro lado, a Hollywood, a Netflix, a ESPN o al cine mexicano aunque sea. 

    Y como las televisoras tienen cada vez menos recursos, se ven obligados a prescindir de algunas de sus estrellas. Algunas figuras que tienen cierta relevancia (como los comentaristas deportivos) terminan en el cable. 

    Mientras eso pasa, los dueños se percatan de que sus acciones van en picada y apenas entienden que la conversación está en otro lado. Pero aún así parecen subestimar el fenómeno, creen que van a poder traer a esos «mocosos millennials» de regreso. Se renuevan la cara pero mantienen a los añejos productores en sus filas. Les piden que hagan una serie como las de Netflix que termina siendo, si bien les va, algo así como la familia peluche. ¿Y quién habla de ella? Nadie.

    Televisa y TV Azteca han perdido el monopolio de la información; y lo que es peor para ellos, su capacidad de ejercer influencia dentro de la sociedad. Se han convertido en irrelevantes. Apenas sí pueden influir sobre los sectores más pobres que tienen poco más que una televisión. Pero incluso ahí la «banda ancha» amenaza con penetrar y arrebatárselos.  

    Antes, hasta el lujo de promover candidatos a la presidencia se podían dar. 

    Los tiempos cambian, las circunstancias también. Pero el tiempo le ha arrebatado lo más preciado a las televisoras. Sus dueños, en especial Emilio Azcárraga (Salinas Pliego al menos se puede consolar con sus otros negocios), observan pasivamente cómo caen las acciones de Televisa, cómo se deprecia y cómo el valor de su marca cae (por eso es que se ha hecho a un lado). Pero peor aún, es testigo de la pérdida de lo que más puede desear un hombre ambicioso: el poder. 

  • ¿Cómo adquirir el hábito de la lectura? Para gente inteligente, no para dummies

    ¿Cómo adquirir el hábito de la lectura? Para gente inteligente, no para dummies

    ¿Cómo adquirir el hábito de la lectura? Para gente inteligente, no para dummies

    Este año me puse, como objetivo, leer 40 libros. Sin ninguna intención de ser soberbio puedo decir que estoy muy cerca de llegar a los 50 libros (cuando en general, mi promedio anual oscila entre 20 o 25 libros al año). La pregunta que me hice y que es la razón de este artículo es ¿cómo me habitué a leer tanto? 

    Quienes no leen siempre me han narrado excusas tales como: es que en mi casa no había libros (en mi casa tampoco, por cierto), hay gente que nace con el hábito de leer (lo cual es una falacia redonda), o simplemente me dicen que no tienen paciencia. Es decir, consideran que su aversión a la lectura tiene una causa determinista. Casi como decir: pues así me tocó.

    Si bien es cierto que hay entornos más propicios para que la gente adquiera el hábito (desde estar rodeado de lectores, e incluso creo que la capacidad intelectual sí puede tener alguna suerte de influencia), cualquier persona que no tenga algún defecto intelectual grave puede hacerse el hábito de leer. 

    Leer es una disciplina que requiere esfuerzo, sobre todo al principio. A diferencia de la televisión, donde toda la información ya esta dada gracia a su capacidad multimedia y donde el cerebro funciona nada más como un receptor pasivo, con los libros hay que aprender a pensar más, a razonar e imaginar. Como la lectura es más demandante para el cerebro, es muy común que cuando no se tiene el hábito, pueda ser pesado agarrar un libro y terminarlo. Aquí es cuando la gente desiste y dice «no, no es para mí». 

    En resumen: leer es como hacerse el hábito de hacer ejercicio (sobre todo aquellos deportes que no implican competencia tales como correr, levantar pesas, hasta el cross-fit que tan de moda está). Al principio es pesado porque el cuerpo no está habituado y desearíamos estar tirados en la cama en vez de estar haciendo ejercicios. Pero conforme tu cuerpo se acostumbra, se convierte en un placer. Ya no es algo pesado, sino algo que ya no quieres dejar de hacer porque ya tienes el hábito muy interiorizado. Algo así ocurre con la lectura.

    Pero ingresar a la lectura tampoco es algo tan sencillo porque no sólo implica empezar a leer, sino también con qué obras puedo introducirme al mundo de la lectura. Y como la lectura implica desarrollar ese «gran músculo» que tienes dentro de tu cabeza, es importante (así como tus primeros ejercicios en el gimnasio) comenzar con algo ligero.

    Si intentas empezar con libros como Metafísica de Aristóteles o cualquiera de Heidegger naturalmente te vas a rendir a las dos páginas. Pero tampoco te recomiendo comenzar con libros que no te dejen nada: en los cuales incluyo, con sus excepciones, los libros de autoayuda como los de Paulo Coelho o Deepak Chopra y toda esa literatura barata que abunda en las secciones de esoterismo del Sanborns. Que una obra sea sencilla o ligera no significa que sea mala ni basura.

    Una obra sencilla y muy fácil de entender, por poner un ejemplo, pero que tiene una gran dosis de sabiduría (hasta para los más doctos) es El Principito. Hay novelas que son también de lectura sencilla pero que a la vez son muy profundas como Crimen y Castigo de Fiodor Dostoievsky u Orgullo y Prejuicio de Jane Austen. Los libros de Alejandro Dumas (como Los Tres Mosqueteros o El Conde de Montecristo) aunque son muy extensos, son tan amenos que difícilmente los vas a dejar a la mitad. También autores latinoamericanos como Julio Cortázar, José Emilio Pacheco o Carlos Fuentes te pueden ayudar mucho. Incluso, si te gusta mucho la fantasía, libros como los de Harry Potter o El Señor de Los Anillos podrían ser una buena opción. Me atrevería a recomendarte un libro del filósofo Bertrand Russell que se llama La Conquista de la Felicidad, es un libro muy fácil de leer y se podría decir que se puede clasificar dentro de la autoayuda; pero al tratarse de uno de los filósofos más prestigiosos del siglo XX, encontrarás montones de sabiduría. 

    Aunque la mayoría de los libros que leo no son novelas, creo que este género te puede venir muy bien porque considero que las novelas, además de estimular la creatividad, son una gran puerta para que te introduzcas en otros géneros. Los buenos autores suelen recurrir a sabiduría filosófica, histórica, antropológica y hasta psicológica de tal forma que con mucha probabilidad te despertarán curiosidad para irte sumergiendo en otros géneros.

    Como en todo hábito, hay que empezar por el principio. Sería muy demandante que te propongas a leer 20 o 30 libros al año, pero puedes empezar con seis libros. Es una cantidad muy razonable porque implica leer tan sólo un libro en dos meses. Al menos ya estarás triplicando el promedio de libros leídos por mexicano al año.

    Naturalmente, dentro de estos seis libros no deberías de contar aquellos que tienes leer por obligación. Es decir, los libros de la escuela o los libros técnicos de la carrera o tu trabajo. Habiendo hecho esto, será mucho más fácil que el siguiente año subas la cantidad de libros. Por ejemplo, a diez. 

    Es cierto que el tiempo no siempre sobra, pero ocurre algo chistoso. Cuando la gente deja de leer siente que tiene menos tiempo, porque gasta el tiempo libre en cosas que no le sirven y el tiempo se pasa más rápido. Pero vaya, todos tenemos algún espacio de tiempo libre. Si vas a leer de 6 a 10 libros al año, leer no te tomará más de 30 minutos al día, minutos que tal vez gastes viendo televisión o viendo videos sin sentido en las redes sociales. Incluso puedes leer en el transporte.  

    He hablado con anterioridad de los beneficios que la lectura te puede dar. Pero resumiendo: la lectura estimulará tu creatividad, te dará un panorama de la vida mucho más amplio (y créeme, después de algunos años notarás la diferencia de forma abismal), tendrás mejor criterio, te ayudará a tomar mejores decisiones en tu vida, te volverás más culto, tus temas de conversación serán mucho más interesantes (porque vaya, ir a la fiesta para platicar de la fiesta anterior se vuelve tedioso), te volverá atractivo intelectualmente, te volverá un mejor profesional (incluso si los libros que lees no tienen relación directa con tu profesión) porque, además, los puestos de trabajo del futuro requerirán a personas creativas y con criterio propio. Básicamente, leer te cambiará la vida. 

    Y de alguna manera tu hábito beneficiará a la sociedad. Generalmente, la gente más participativa, más involucrada en temas sociales, que exige cuentas al gobierno y que proponen mejoras en beneficio de su comunidad suelen ser personas que tienen el hábito de la lectura.

    El hábito de la lectura está algo relegado en estos tiempos, pero eso es una razón de peso para que leas, porque además será una oportunidad para destacar (eso no significa que te debas convertir en un snob pretencioso). En una sociedad donde se premia la ignorancia, donde tan sólo se espera de ti que consumas y no cuestiones (por cierto, los CEO’s de las empresas más innovadoras son lectores voraces), convertirte en lector será un favor que le hagas a la sociedad. La sociedad está muy necesitada de mentes pensantes. 

    La pregunta entonces es ¿por qué libro vas a empezar?

  • Twitter: De opinantes y legiones de idiotas en 280 caracteres

    Twitter: De opinantes y legiones de idiotas en 280 caracteres

    Twitter: De opinantes y legiones de idiotas en 280 caracteres

    Soy usuario de Twitter desde 2008. 

    Esta red social, con todas sus virtudes y defectos, se ha convertido para mí en el principal recurso para consumir noticias, compartir opiniones y generar discusiones. Gracias a Twitter la información vuela. Es en esta red social, y no en los portales de los medios tradicionales, donde la gente espera la información más fresca y de primera mano.

    Pero, a diferencia de los medios tradicionales, es el propio usuario el que tiene que saber «colocar los filtros» para que la información sea lo más fidedigna posible. Yo, por ejemplo, he creado varias listas de columnistas (tanto de izquierda como de derecha), políticos, diarios, medios alternativos, para poder consultar ahí la información que se va haciendo pública y poder contrastarla. Si se habla de un tema, no sólo quiero saber qué ocurrió, sino también conocer la mirada de dicho tema desde distintas perspectivas.

    Es decir, para que Twitter sea funcional y productivo, hay que saber usar bien la herramienta. Más vale lo que aparezca en mi muro sea información que me sirva y no comentarios desagradables de la «legión de idiotas», como los llamaba Umberto Eco. Porque Twitter, vale decirlo, también es una herramienta que ha sido aprovechada por gente con fuertes resentimientos e incluso problemas psicológicos y de conducta para poder ser lo que no se atreverían a ser en la vida real. Varias de esas personas, que allá afuera son pusilánimes, inseguros, y tal vez hasta sumisos, se «desatan» en las redes. Se burlan de piedad de personas con síndrome de Down, atacan verbalmente a las mujeres que han sido violentadas o abusadas, critican igual a homosexuales que a religiosos.  

    La poca habilidad o más bien disposición de muchas personas en Twitter ha hecho que dicha red termine creando una especie de cámara de eco que polariza la opinión pública, creando cierto ambiente de intolerancia hacia el que piensa distinto. Es decir, muchos usuarios solamente siguen a aquellos líderes de opinión con los que simpatizan y les dicen lo que quieren escuchar. Prácticamente se aíslan de la gran diversidad de opiniones que uno pudiera encontrar dentro de la red social  y sólo salen de su burbuja para atacar y linchar a quienes están fuera de ella, sobre todo a los líderes de opinión que no piensan como ellos. 

    El «chiste» de Twitter era que, hasta el día de hoy, sólo podías utilizar 140 caracteres a la hora de redactar. Si a algo te obligaba la red era a sintetizar (creo que en demasía). No pocas veces nos acostumbramos a abreviar el «qué» con una «q» o la palabra «por» con la letra «x». Es cierto que por un lado nos obligaba a desarrollar una gran capacidad de síntesis, pero creo que el límite era tan estricto que muchas veces le terminaba quitando naturaleza al lenguaje. Tener una idea o un argumento y tratar de hacer malabares con él para que cupiera en un tuit (cosa que era bastante común) terminaba, de alguna u otra forma, empobreciendo el lenguaje. A veces alguna persona decidía sacrificar el punto y final o romper alguna regla ortográfica para que «quepa todo». 

    Tal vez, en este sentido, creo que el aumento a 280 caracteres fue acertado. Para que el cambio fuera menos drástico, Twitter cambió la tipografía y redujo su tamaño hace apenas unos meses, y después habilitó el cambio del límite de caracteres sólo a unas cuentas seleccionadas para comprobar la experiencia de usuario. Yo, en lo particular, he visto varios beneficios:

    Para empezar, gracias a la reducción del tamaño de la fuente y el cambio de tipografía, los tuits de 280 caracteres ocupan más o menos el mismo espacio (tanto en la PC como en el celular) que antes ocupaban los de 140, así que en cuestión de experiencia de usuario dicho cambio no significa, al menos para mí, un problema. Los 280 caracteres ya alcanzan para poder escribir un argumento corto sin preocuparte demasiado de llegar al límite de caracteres. 280 es lo suficientemente extenso para poder hacerlo y lo suficientemente restrictivo como para evitar que la gente use la red como si fuera un blog. Twitter no pierde la esencia de lo que es. 

    De alguna forma, todavía es necesario aprender a sintetizar, pero ya no al grado de quitarle elegancia al lenguaje y de permitirse algunos errores ortográficos y de puntuación para no vernos limitados. 

    Algunas personas están molestas con el cambio (tal vez por conservadurismo innato o aversión al cambio) pero me sigue siendo muy fácil navegar entre los tuits y el tamaño de ellos sigue siendo lo suficientemente corto. Naturalmente, algunas personas aprovechan dicha extensión para emitir puro ruido, tratar de hacer chistes, o incluso publicidad ingeniosa (como en el caso de algunas marcas), cosa que es natural ahora que se trata de una novedad. Pero puedo ver que, por ejemplo, los líderes de opinión a los que sigo se perciben escribiendo más cómodos. Ya pueden compartir información de forma más eficiente (evitando así colocar imágenes para completar el texto que no cabía en un tuit).

    Mientras Facebook ha relegado el texto en favor de frases muy cortas, fotografías y videos, haciéndolo cada vez más torpe como herramienta de opinión o información y más eficiente como una herramienta para estar en contacto con tus seres cercanos y compartir experiencias, Twitter tomó un paso acertado al hacer más eficiente su herramienta con el fin con el que fue pensado, como una herramienta de microblogging donde los usuarios pueden opinar, discutir y compartir información en tiempo real. Así, creo que Twitter, poco a poco, puede absorber esa función que Facebook está dejando cada vez más en un segundo plano.

    Pero quienes al final dibujan el ambiente de las redes sociales son sus usuarios. La capacidad de debatir, la capacidad de escuchar al otro y respetar su integridad no es algo que se pueda cambiar con unas líneas de código. Para que la herramienta funcione de mejor manera para todos, es indispensable que los individuos que participan en ella funcionen mejor.

  • Los líderes que nos hacen falta

    Los líderes que nos hacen falta

    Algo que caracteriza a las sociedades del siglo XXI es la ausencia de modelos de referencia que inspiren. 

    ¿Qué hace un modelo de referencia? ¿Cuál es su función? No sólo se trata de alguien que «destaca», un ídolo, un político importante o alguien «vistoso». En realidad, los modelos de referencia juegan un papel muy importante dentro de las estructuras sociales, renovándolas y actualizándolas. 

    Los modelos de referencia se enfrentan a lo desconocido, a lo caótico; asumen el costo (por eso es que en muchas ocasiones reciben muchas críticas o generan muchas resistencias en el proceso), para que después de haberse enfrentado al caos regresen con alguna conquista, una mejora, alguna innovación o alguna suerte de progreso. Aunque ciertamente, en algunos casos, pueden existir algunos modelos de referencia que pueden ser nocivos o pueden ser fabricados artificialmente por medio de la propaganda, aquí nos referiremos a los medios de referencia que valen la pena, aquellos que inspiran, a los que cumplen con una función positiva.

    De entre las personas que admiras, te darás cuenta que ellas cumplen con aquello que acabo de mencionar, ya se trate de un líder político que admires, un deportista admirable, un escritor o un artista. Admiramos a los modelos de referencia porque de esa forma adoptamos aquello nuevo que ellos han traído de lo desconocido para insertarlo en la sociedad. Por medio de la admiración adoptamos dichos cambios y los asimilamos. Como admiramos a dicho modelo de referencia, le imitamos, adoptamos su conducta y los rasgos o su forma de pensar que lo han convertido en algo admirable, porque dichos rasgos fueron sus armas con las que batalló contra «lo desconocido» y salió victorioso. Ya sea un escritor, que con una pluma, se atrevió a escribir una novela que rompió esquemas; un empresario que lanzó al mercado una tecnología disruptiva o un economista que propuso una nueva teoría. Todos ellos, de alguna manera, arriesgaron algo para generar un cambio.

    Cuando las estructuras sociales quedan completamente expuestas al caos, la sociedad degenera dado que, al ver sus estructuras comprometidas. los individuos que pertenecen a ella no tienen referencia alguna desde donde sostenerse. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el relativismo moral es excesivo y muchas veces se manifiesta por medio de severas crisis existenciales o un aumento de ansiedad dentro de la población.

    Pero algo similar ocurre en el sentido opuesto, cuando una estructura social nunca se expone al caos, cuando se vuelve incapaz de cuestionarse y se prefiere mantener el estado de las cosas, se vuelve rígida y arcaica, con lo cual, al final también se terminará degenerando y corrompiendo.

    En este sentido entendemos que es importante evitar que la estructura social no quede endeble pero que tampoco quede muy rígida. He ahí el papel importantísimo de los modelos de referencia. Al enfrentar el caos, obtienen sabiduría que terminará beneficiando a la sociedad a la que pertenecen incorporándola dentro de su estructura social, lo cual se logra por medio de la admiración y la imitación que los individuos de una sociedad determinada hacen del «héroe». Los modelos de referencia no necesariamente tienen que ser contemporáneos. Cuando se admira a un líder histórico o a un pensador importante, se está incorporando, de alguna forma, su pensamiento dentro de la estructura social, lo cual le ayuda a renovarse e incluso a fortalecerse. 

    En un mundo como el nuestro, donde los modelos de referencia son cada vez más escasos, y donde varios de ellos son banales o bien están envueltos en escándalos, deberíamos de preocuparnos. Cuestionamos nuestras estructuras sociales, pero somos incapaces de renovarlas. Tal vez ello explique la polarización política de nuestros tiempos: la izquierda, al radicalizarse, aspira a derribarlas y deconstruirlas porque las considera opresivas; en tanto que la derecha, al radicalizarse también, aspira a hacerlas cada vez más rígidas y absolutas. 

    Cuando escuchamos que algún ídolo se vio envuelto en un escándalo sexual, cuando un líder político al cual decíamos admirar fue captado in fraganti en un acto de corrupción, perdemos una gran oportunidad de renovar las estructuras que sostienen a nuestra sociedad. El modelo de referencia se vuelve ilegítimo, y aquella novedad que había adoptado, queda, al menos de forma parcial, extirpada de las estructuras sociales. Se asume que si aquel modelo está corrompido, entonces aquella novedad que había aportado podría estar corrompida también.

    ¿Cómo hemos llegado al punto en que los modelos de referencia son cada vez más escasos, al punto de que cada vez es más común que hagamos juicios a priori, de sospechar y desconfiar de aquellos que son candidatos a ser modelos porque algunos otros ya nos han traicionado en el pasado? ¿Quienes son los líderes políticos de nuestro tiempo? ¿Quienes son los pensadores que nos inspiran? ¿En quienes se inspiran los jóvenes o las nuevas generaciones cuando ven que sus ídolos tenían dinero en paraísos fiscales o se vieron envueltos en un escándalo? 

    En un mundo necesitado de modelos de referencia, estos parecen ausentes. Mientras tanto, los impostores buscan ocupar su lugar. 

    Porque nos hemos fallado a nosotros mismos. 

  • Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Kevin Spacey es un actor muy admirado por sus papeles, que de alguna forma, reflejan la decadencia de la cultura estadounidense. 

    En Seven, interpreta a un asesino en serie que «castiga» a quienes según él, han cometido alguno de los siete pecados capitales. En American Beauty (Belleza Americana) interpreta a un adulto frustrado, quien tiene un empleo mediocre, un matrimonio mediocre, se masturba constantemente y tiene sueños húmedos con la mejor amiga de su hija. En House of Cards, Spacey interpreta a un político sin escrúpulos que está dispuesto a hacer lo que sea por acaparar poder. 

    Ya sea la cultura de la violencia, la decadencia moral y la crisis existencial o la ambición desmedida de poder, Kevin Spacey ha logrado, a través de sus personajes, reflejar esa faceta decadente de la cultura estadounidense. Lo curioso es que ahora ha incluido un cuarto papel, donde no interpreta a un personaje suyo, sino donde es él mismo:

    Spacey fue acusado por al autor Anthony Rapp de acosarlo sexualmente cuando tenía 14 años. Ante ello, Kevin Spacey «salió del closet» para intentar desviar la atención, cosa que no ocurrió, y tan solo provocó la indignación de la comunidad LGBT. Pero el escándalo no quedó ahí porque a raíz de la noticia más personas (incluidas personas que trabajaron dentro de la serie House of Cards) se atrevieron a denunciarlo. Este «empoderamiento de las víctimas» ocurrió a raíz de las denuncias que cayeron sobre Harvey Weinstein. 

    Para Kevin Spacey, estas denuncias podrían ser casi el fin de su carrera. Ya fue despedido por Netflix, quien terminará la última temporada de House of Cards sin él (si es que se termina produciendo), además de que ya no volverán a trabajar con él de ninguna forma. 

    Dentro del cine y los espectáculos, una industria que presume de ser liberal, son constantes los abusos de poder. Aquel director o productor del cual depende la carrera de muchos actores o actrices, tiene un gran poder para chantajearlos y pedirles favores sexuales. Eso no es algo que ocurra solamente en Estados Unidos, sino también en México y en otras latitudes (de ahí la fama de algunos productores de Televisa). Pero el mismo poder hace que las actrices o incluso actores que son acosados callen y no alcen la voz. Denunciar a su victimario podría suponer el fin de sus carreras.

    Apenas las víctimas han decidido hablar, y la mugre y las cucarachas están empezando a salir. Lo que se ve es apenas la punta del iceberg. Seguro hay más actores y productores temerosos de que su caso salga a la luz. Temen que aquella actriz a la que acosaron o aquel individuo al que chantajearon, se anime a hablar para así acabar con su carrera. 

    Por supuesto que es una buena noticia. Que las víctimas se empoderen y denuncien a sus acosadores es una buena noticia, aunque no lo parezca dada la desilusión de ver que varios de nuestros actores favoritos tan sólo eran unos decadentes patanes que abusaban de su posición. Y tal vez tampoco lo parezca porque nos habla de una industria llena de perversiones, pero la industria siempre había sido así (y ya se hablaba de ello, aunque no se mencionaran muchos nombres). Y tampoco podrá parecerlo cuando la industria cinematográfica es una de las más grandes «armas de influencia» que Estados Unidos tiene sobre los demás países. 

    Pero es mejor eso que vivir en una mentira. Es mejor eso, conocer la dura verdad, que admirar a personajes que en realidad no deberían ser objeto de nuestra admiración.