Gran parte de mi vida pensé que era malo para las matemáticas. Que no era lo mío, que eso de ser ingeniero no sería para mí (aunque sigo pensando que no tengo perfil de ingeniero).
Recuerdo el estrés que me causaban en la escuela. Ecuación grandota, igual a no la voy a poder resolver, igual a voy a reprobar en el examen, igual a me van a poner una zarandeada en casa. Las matemáticas me causaban mucho estrés.
Recuerdo cuando el profe llenaba el pizarrón de ecuaciones que había que resolver. Era increíble porque uno veía el pizarrón limpio, parpadeaba y, de pronto, ya estaba lleno de fórmulas y variables. Luego había que aprenderse la fórmula general (la chicharronera) para resolver las ecuaciones cuadráticas, luego venían las desigualdades, las funciones. Mi cabeza iba a estallar. El Baldor no sólo era pesado por su gran volumen y por su tapa sólida, sino porque bastaba abrir sus páginas para darse cuenta de lo que a uno le iba a esperar en el semestre.
Ahora que me estoy preparando para un examen de admisión, me he dado cuenta que en realidad no era malo para las matemáticas y que no necesariamente tenían por qué ser una pesadilla. Acudí a Internet para aprender el álgebra que no tocaba desde la preparatoria y lo encontré hasta divertido. En una semana aprendí a factorizar, a hacer ecuaciones lineales y cuadráticas, con fracciones o radicales, desigualdades, algo de geometría. En la preparatoria, el maestro nos mandó a más de la mitad del salón a examen extraordinario por menos que eso. Recursos en Internet como Khan Academy hacen que este proceso de aprendizaje incluso sea divertido y que uno vea a las matemáticas desde otra perspectiva.
¿Por qué nunca me enseñaron a ver así las matemáticas? ¿Por qué profe?
Tal vez algún ingeniero se esté riendo de mí por aprender álgebra básica cuando ellos andan «duro y dale» con el cálculo. Pero mi punto se entiende, creí que era malo para las matemáticas porque yo, como muchos, no tuve profesores que supieran enseñármelas bien.
El problema de todo esto es que hay muchas personas que creen que son malas para las matemáticas, porque sus profesores no tuvieron la habilidad de enseñárselas ni para agarrar el «gusto por los números». Y como los estudiantes creen que son malos porque sufren con las matemáticas, entonces piensan que «ni de locos» deberían de estudiar alguna ingeniería.
Las generaciones actuales tienen muchos recursos que nosotros nunca tuvimos. Cuando cursaba la preparatoria, si bien ya tenía Internet (en aquellos tiempos del ICQ y del Messenger), no existían las plataformas que los estudiantes de hoy tienen y si no le entendíamos al profesor, sólo nos quedaba pedirle a algún compañero que nos explicara, o en el peor de los casos, contratar a algún profesor privado que nos ayudara a regularizarnos. Pero aún así dudo que muchos de los alumnos saquen provecho de estas plataformas de la mejor forma. Al final, siguen siendo educados por maestros que, ya sea que no tengan la habilidad necesaria para transmitir sus conocimientos o que sus conocimientos matemáticos no sean suficientes, los enseñan a odiar las matemáticas y verlas con estrés.
El mercado laboral y los avances tecnológicos son claros cuando se trata de hablar de las habilidades que las nuevas generaciones necesitan, no sólo para que ellos puedan aspirar a un mejor nivel de vida, sino para el desarrollo del país. Necesitamos que las nuevas generaciones le agarren el gusto a las matemáticas, y para eso se necesita un revulsivo dentro de la docencia, tanto en la escuela pública como en la privada. Necesitamos nuevas generaciones de maestros que estén más preparados para transmitir esos conocimientos y estén interesados en que los alumnos aprendan las matemáticas de mejor forma.
Y mientras no pase eso, muchos seguirán pensando que las matemáticas son difíciles, aburridas y tediosas. Y así, seguirán engrosando las carreras universitarias que de por sí ya están muy saturadas.
Si con algo me quedo de la precampaña es con la incapacidad que muchos tienen de separar el razonamiento de sus simpatías partidistas, el sesgo es enorme. Muchos, incluso algunos de esos que presumen ser expertos, hacen maromas y contorsiones intelectuales para poder justificar a su candidato o partido político.
En este contexto se dan las declaraciones de López Obrador al llamar pirrurris y fifí a Jesús Silva-Herzog, y la otra declaración que a mi parecer es más grave, la de Enrique Ochoa Reza, el presidente del PRI, al llamar prietos a los priístas que migraron a MORENA.
Primero: los dos son actos de discriminación. La declaración de AMLO es, al menos, clasista, ya que se está refiriendo a Silva-Herzog de forma despectiva por su posición social. La declaración de Enrique Ochoa Reza no sólo es clasista, más bien es racista. Aunque trate de justificarse como lo hizo en Twitter, cualquier persona sabe que la palabra prieto tiene una connotación peyorativa hacia las personas de todo de piel oscuro y, por tanto, debió abstenerse de usarlo.
Segundo: La declaración de Ochoa Reza es, a mi parecer, más grave que la de López Obrador, pero eso tampoco implica que se debe relativizar (como varios hacen) las declaraciones del tabasqueño ya que no dejan de mostrar desprecio y discriminación.
Digo que es más grave porque podría hacerse el siguiente ejercicio: podemos ir a alguna calle de Polanco y decirle a alguna persona desconocido de dinero pirruris o fifí y la respuesta tal vez sea una risa e incluso podrá reafirmarlo como persona: ah mira, me dijo pirruris, pues claro, si yo tengo baro y ese pendejo no; o, en el peor de los casos, si le llega a molestar, dirá que el que le dice eso es un resentido o envidioso.
Aún así no deja de ser un acto de discriminación y una falta de respeto en contra de otra persona, más cuando se hace un juicio ad hominem de otra persona con base en su posición social como hizo López Obrador.
https://www.youtube.com/watch?v=bbwFXo43nPw
Pero si vamos por la calle y le decimos prieto a una persona de tez morena que no conocemos, la respuesta no va a ser la misma. Posiblemente recibamos un gesto de desaprobación, un insulto o hasta un golpe.
La diferencia estriba en que una de las personas aludidas se encuentra en una posición de privilegio y la otra no. El «pirruris» jamás se sentirá mal por su posición social ni su color de piel ya que ha sido históricamente dominante en nuestro país en el cual los españoles y los criollos siempre han estado en la parte superior de la pirámide en tanto las personas morenas suelen estar más bien en la base. Si bien, en la actualidad esto no siempre se cumple, sí existe una marcada tendencia, la suficiente como para que relacionemos al blanco con las clases altas y al moreno con las clases más bien bajas.
Otra cosa que me llama la atención de todo esto es el grado al que está internalizado el racismo en nuestro país. El adjetivo molesta cuando el insulto es explícito (que alguien en la calle te diga prieto) pero no siempre ocurre cuando alguien hace una mofa de la gente de tez morena. Hasta hace poco no se hablaba mucho de ello a pesar de que nuestro país es muy racista. Pero no solo está internalizado dentro de «los de arriba» sino también en «los de abajo»:
Si yo estuviera frente al estrado en un mitin en Estados Unidos donde hay varias personas de color y yo pronunciara tan solo la palabra nigga, recibiría insultos, tal vez intentos de agresión y una gran cantidad de desaprobación. Pero cuando Ochoa Reza hizo su lamentable declaración no se escucharon manifestaciones de indignación (si algo abundan en los mítines del PRI es gente de tez morena), inclusive algunos de ellos rieron.
Tienen razón quienes dicen que estas declaraciones (tanto las de AMLO como las de Ochoa Reza) fomentan la división, pero yo más bien diría que exhiben una realidad que siempre hemos querido ocultar «tapando el sol con un dedo». Ese es el México de de veras, el que también explica por qué somos una sociedad tan desigual. Una sociedad donde muchos blancos y privilegiados son muy racistas y clasistas con los pobres y morenos, pero donde también la discriminación ocurre a la inversa (de abajo para arriba).
Resulta que se armó un escándalo porque ahora que Netflix subió la serie de Friends, algunas personas se «escandalizaron» por los contenidos que juzgaron como homofóbicos, sexistas y machistas.
Yo vi Friends muy pocas veces y por eso no me atrevería hacer un juicio de la serie. Posiblemente no estén del todo equivocados quienes adviertan en la serie algunas manifestaciones de ese tipo, y no es difícil advertirlo ya que hablamos de una serie que terminó hace 14 años. Y la verdad es que de 14 años para acá han existido varios cambios dentro de la cultura occidental. La cultura estadounidense de 2018 no es la misma que la del año 2000.
El problema no es el juicio que hagan de la serie, el problema tiene que ver con la forma que llevan a cabo dicho juicio.
Yo esperaría, por poner un ejemplo, que dicha serie sirviera como punto de referencia para ver cuánto se ha avanzado en materia de derechos de la mujer o de los gays en los últimos 15 o 20 años. Si antes había ahí expresiones machistas normalizadas (como dirían algunas personas) que ahora se han «desnormalizado», entonces podría presumirse un logro.
Pero no, se procede al linchamiento hacia quienes vivieron y se desenvolvieron en otro contexto.
De verdad, esto es horrible. Vivir siempre conflictuado y resentido con el pasado.
Y la infinitud del conflicto será inevitable porque conforme la sociedad siga progresando, siempre se mirará al pasado con un fuerte recelo. La única alternativa para no pelearse con la historia sería no progresar como especie, pero ahí el recelo con el presente sería mucho mayor. Para ellos, no hay escapatoria.
Es paradójico, porque las corrientes posmodernas, aquellas tan influenciadas por corrientes filosóficas relativistas, están tomando una postura absolutista. Es decir, están haciendo juicios morales de eventos que ya ocurrieron tomando como referencia el tiempo actual. Así uno entiende que algunas de estas personas sean implacables hasta con William Shakespeare. Gran parte de los valores morales suelen ser relativos a la época a la que se encuentran (no confundir con relativismo moral) ya que son establecidos por culturas que se van modificando a través del tiempo con el fin de establecer una serie de normas y valores gracias a las cuales sus miembros puedan convivir, desarrollarse y satisfacer sus necesidades de la mejor forma.
¿El ser humano era más malo y desgraciado en aquellos tiempos en que se permitía la esclavitud o en aquellas épocas en las que se encontraba en constante guerra? Lo dudo mucho, porque se trataba de una sociedad mucho menos madura. La civilización contemporánea no es resultado de la espontaneidad, sino de una serie de procesos evolutivos que han tomado miles de años.
No somos seres humanos en su «estado natural». Por el contrario, somos educados y criados para sobrevivir y poder desarrollarnos en un entorno que es producto de la sabiduría y de la experiencia acumulada a través de los siglos. Nuestra forma de ser está, en gran medida, determinada por construcciones sociales que son resultado de todo este proceso evolutivo de nuestra especie.
Voltear al pasado y darnos de latigazos por haber sido más imperfectos en el pasado es una actitud muy injusta. Es injusta porque estamos haciendo un juicio tomando como base un modelo social que en ese entonces no existía siquiera (aunque claramente, existen muchas conductas absolutamente reprobables para la moral de la época y por eso es que podemos criticar a Hitler o a cualquier déspota sanguinario). Naturalmente, repetir dichas actitudes ya superadas en la actualidad sí debe ser reprobable: someter a una persona como esclavo es un delito que debe de ser castigado con todo el peso de la ley.
Que una cultura determinada progrese implicará necesariamente que cuando voltee al pasado (incluso al próximo) vea algunas posturas, conductas o actitudes que en la actualidad son criticadas o restringidas.
¿Y nos vamos a martirizar por eso?
Y lo más grave del asunto, de esta cultura de la autotortura con nuestro pasado, es que es imposible progresar cuando como especie guardamos mucho resentimiento hacia nosotros mismos y hacia nuestra historia.
Muchos de los debates políticos y, en especial, dentro de las elecciones, se suelen suscitar dentro de la dicotomía entre capitalismo y socialismo. El socialismo ya no entendido como un Estado dueño de todos los procesos de producción, pero sí con uno con tintes más bien socialdemócratas, o bien uno mixto y de carácter más nacionalista.
Muchos echan toda la suerte a la posición que mantienen dentro de esta dicotomía. Consideran que la solución a todos los problemas tiene que ver con la postura dentro del espectro político. Los socialistas exageran la relación entre tamaño del Estado y la igualdad e ignoran o subestiman el hecho de que un Estado sumamente interventor pueda atrofiar o restringir la productividad . Por el contrario, la derecha y, en especial, los libertarios, suelen exagerar dicho argumento hasta el punto de afirmar que el tamaño del Estado tiene una franca relación inversamente proporcional y con el desarrollo económico.
Entonces ¿qué explica que Dinamarca tenga un gobierno que gaste más que México, y tenga un Estado menos corrupto y más desarrollado?
La respuesta reside en un debate ignorado por aquellos que restringen su visión a la dicotomía Estado vs mercado y es el fortalecimiento institucional.
No sorprende que México, a pesar de tener un mercado relativamente más libre que hace varias décadas, siga siendo un país sumamente corrupto, y tampoco sorprende que la apertura económica no haya terminado de dar los beneficios que había prometido. Lo contrario también ocurre: en Brasil, cuyo gobierno gastaba como régimen socialdemócrata, logró combatir la desigualdad más bien poco básicamente porque, gracias a las instituciones débiles, lo recaudado no llegaba a donde tenía que llegar.
El discurso del fortalecimiento institucional pareciera ser menos atractivo que el que se suscita entre el debate entre el gobierno y el mercado. En principio, porque las ideologías políticas y económicas suelen ser tratados, en muchas ocasiones, como una forma de religión donde el individuo toma una postura y la defiende de forma dogmática. Pero para que cualquier régimen funcione, desde uno socialista hasta otro sumamente liberal en lo económico, necesita de instituciones fuertes y eficientes.
Cuando las instituciones son débiles, las élites (políticas y económicas) suelen ser más abusivas ya que tienen menos restricciones y contrapesos. Así, tienen la capacidad de poner a trabajar a los mismos órganos de gobierno en beneficio de sus intereses. Las élites se preocupan poco por mejorar las condiciones de seguridad de la población ya que ellos tienen sus guaruras y viven en cotos con murallas y vigilancia. Las élites económicas pueden promover un régimen más capitalista sin preocuparse siquiera por las instituciones porque así creen que pueden obtener mayor rentabilidad. Pero, por el contrario, en un régimen más socialista las élites no desaparecen ni dejan de abusar. En Brasil, bajo el gobierno de Lula, las élites continuaron enriqueciéndose, y si en Venezuela se creó un Estado un tanto más igualitario fue en parte porque las élites huyeron, con todo su dinero, a otros países. De nada sirve presumir un Estado socialista o capitalista si las instituciones que lo sostienen son débiles y sólo sirven para que las élites las utilicen a discreción.
El debate dentro de estas elecciones debería girar en torno al fortalecimiento institucional porque solo ello podrá convertir a México en un país menos corrupto donde los impuestos paren en beneficios para la población y no en el bolsillo de los políticos. Cómo hacerlo es un tanto complicado ya que a lo largo de la historia las naciones desarrolladas han creado instituciones fuertes ya sea porque pasaron por eventos históricos como la Revolución Francesa o la Revolución Industrial y porque debieron fortalecer sus burocracias para ir a la guerra (cosa que no ocurrió dentro de México y los países de América Latina). Las democracias per sé no solucionan el problema e incluso varios de estos países exitosos (con excepciones como Estados Unidos o el Reino Unido) se democratizaron cuando sus instituciones ya eran fuertes.
El empoderamiento de la ciudadanía debería ser un tema importante ya que una ciudadanía empoderada podría fungir como contrapeso ante las élites y pugnar por un Estado más fuerte y que funcione. Por tanto, los ciudadanos deberíamos esperar que los políticos accedan a llevar a cabo reformas e implementen mecanismos que deriven en un Estado más funcional donde haya menos espacios para excesos y abusos y existan los suficientes contrapesos. Si las instituciones son débiles, es iluso esperar que un político, por voluntad propia, cree instituciones fuertes porque no tiene incentivos para ello, y sólo lo hará cuando esté orillado a hacerlo. Por eso es que el debate sobre el fortalecimiento de las instituciones debería estar en boca de todos los ciudadanos y debería importar más que la mera dicotomía entre Estado o mercado.
En las últimas semanas se ha hablado bastante del acoso sexual, lo cual me parece bien porque es un problema real y que naturalmente se debe de combatir. Se ha generado un fuerte debate al respecto entre grupos feministas (como en el que se involucraron las francesas y la campaña #MeToo) e incluso vimos un debate en Televisa entre Marta Lamas, académica feminista de la vieja guardia, y Catalina Ruiz Navarro, una activista con una perspectiva más progresista.
En las redes me pude percatar que dicho debate generó reacciones viscerales dentro de las posturas contrarias: desde aquellas feministas que atacaron duramente a Marta Lamas hasta aquellas personas que la usaron como escudo para atacar duro a las propias feministas en redes. Para quienes vimos dicho programa, nos pudimos dar cuenta que el debate entre Lamas y Ruiz Navarro no era una competencia, no se trataba de ver quien ganaba, sino de un sano intercambio de ideas. Lamentablemente en redes no fue visto así por muchas personas:
Aunque Marta Lamas me causa más bien desconfianza, la «respuesta airada» de las #Feminazis me lleva a pensar que les dio un repaso…
A ver, no, a Marta Lamas no hay nada qué reconocerle. Ella ha traducido los intereses del mercado para la venta y explotación de los cuerpos de las mujeres en «feminismo». Han sido 30 años de de encubrimiento de redes de trata.
En lo particular, a mí como hombre me parecieron interesantes ambos puntos de vista. Evidentemente, Marta Lamas es una académica de la vieja guardia mientras que Catalina Ruiz Navarro es más emocional y combativa (más propio del feminismo postestructuralista). Si bien he criticado al postestructuralismo en este espacio y disiento con esta corriente ideológica, algunas observaciones de Catalina no dejaron de parecerme bastante interesantes. Habría sido un error cerrarme por medio de juicios a priori ya que sólo hubiera reforzado mi postura, por ello decidí escuchar a las dos y sacar conclusiones al final. Es un trabajo que a mucha gente le cuesta hacer porque puede confrontar sus pensamientos y paradigmas pero es una práctica indispensable para madurar intelectualmente e incluso como persona.
No me quiero detener en los puntos que abordaron, especialmente entre los disensos entre #MeToo y las feministas francesas quienes pueden tener puntos válidos (aunque la decadencia sea muy característica a Hollywood o aunque las francesas tengan una visión más tradicional de lo que el feminismo es). Por esto creo que es importante regresar a lo básico, al sentido común. Y desde ahí intentaré argumentar sobre un concepto que me parece importante: el consentimiento.
Dejando del lado filias y fobias o las ideas que tengamos sobre los géneros, existe un principio muy básico dentro de las relaciones entre seres humanos: una persona no puede obligar a otra a hacer algo sin su permiso con el fin de obtener un beneficio propio. Es un principio de vida, es uno de los valores fundamentales que deberíamos tener como seres humanos.
Se me hace más fácil analizar los reclamos de las mujeres bajo este principio ya que es universal, no forma parte de ideología alguna y aplica en toda relación humana sin distingo de género (con lo cual podemos eliminar cualquier sesgo). Bajo dicho principio podría darle la razón a varios de los argumentos que esgrimen las activistas de #MeToo ya que si en algo insisten es en el comportamiento del hombre contra su voluntad. Básicamente, los hombres no podemos forzar a una mujer a actuar en contra de su voluntad por un beneficio propio, porque no podemos hacer lo propio con cualquier ser humano independientemente del género que sea. Hacerlo constituye una forma de abuso: si un hombre corteja a una mujer insistentemente cuando ella ya dijo que no, entonces la galantería se convierte en una forma de acoso; si una mujer no quiere tener sexo con nosotros, o si en el acto manda señales de incomodidad y nosotros las pasamos por alto de forma deliberada, entonces es una forma de acoso sexual. Incluso, si a una mujer no le gusta que le abran la puerta y el hombre, sabiéndolo, insiste, ya no se trata de un acto de caballerosidad sino de un acto abusivo ya que está haciendo algo en contra de la voluntad de la mujer (algo que lamento mucho es que se pierda la costumbre de la caballerosidad, pero quienes reciben los cumplidos son quienes deciden si están de acuerdo con ellos o no).
¿Qué es lo que define el abuso? La intencionalidad. Es decir, el abuso existe en tanto el individuo tiene la intención de abusar de otro para obtener un beneficio. Dentro del contexto del debate que se ha llevado a cabo podríamos plantearnos las siguientes preguntas y responderlas:
¿Qué pasa si una mujer se siente incómoda en una relación sexual y el hombre lo pasa por alto? Para que constituya un abuso, el hombre debe tener el conocimiento de que la mujer se siente incómoda. No se puede considerar un abuso si el hombre no fue consciente de dicha incomodidad ya que entonces el hombre no tuvo la «intención» de abusar. Si el hombre se da cuenta que la mujer se siente incómoda, su obligación es parar, preguntar a la mujer qué es lo que incomoda y tomar la decisión necesaria para que la incomodidad desaparezca (incluso si eso implica parar el acto sexual).
Dicho esto, la comunicación es importante. Si una mujer se siente incómoda debería hacerlo notar. La inexperiencia de un hombre, por ejemplo, puede hacer que dentro de un acto sexual no note algunas señales de incomodidad de la mujer. Pero por otro lado, si el hombre sospecha, sin estar seguro, que la mujer se siente incómoda, entonces también debe de tomar cartas en el asunto. Si ante la sospecha, el hombre continúa, también constituye una forma de abuso ya que dentro de su mente cabe la posibilidad de que la mujer se sienta incómoda.
¿Pero qué pasa si la mujer, por temor, decide no hacer explícita su incomodidad ya que el hombre se encuentra en una posición de poder (por ejemplo, que sea su jefe de trabajo)? Es la intencionalidad per sé, y no necesariamente las señales, lo que determina si el abuso existe. Si una persona usa su posición de poder para forzar a otra persona a tener sexo a sabiendas de que no opondrá resistencia alguna entonces sí constituye un abuso. El hombre que se encuentra en dicha posición también debería ser responsable y evitar, a toda costa, que esta le traiga un beneficio cuando se trate de llevar a una mujer a la cama.
Por otro lado, hay quienes dicen que quien determina si el abuso existió es la mujer. Discrepo de esa afirmación ya que lo que determina si el abuso existe es el mero acto. La mujer puede asumir que el hombre intentó abusar de él, pero si ella no pudo o no quiso mostrar su incomodidad y el hombre no se percató de ella no podría considerarse como tal; recordemos que lo que determina el abuso es la intencionalidad como acto. También es posible que, bajo este argumento, la mujer pueda denunciar a un hombre que es inocente para obtener una ventaja, y de la misma forma el hombre tampoco puede determinar si el abuso existió; ya que, aunque lo sabe, es muy probable que mienta ya que los beneficios de su engaño son mucho más altos que los perjuicios. Por otro lado, es posible que un hombre haya abusado de una mujer sin que ella se haya dado cuenta (por ejemplo, cuando se encontrara dormida), el abuso existió, independientemente de que la mujer no lo haya podido determinar como tal.
Todo esto es muy importante notarlo ya que si bien es una muy buena noticia que las mujeres se hayan empoderado y estén denunciando los actos de acoso sexual de los cuales fueron víctimas (porque vaya, es uno de los delitos que menos se denuncian), también esto puede prestarse a algunos abusos; como por ejemplo, que una mujer acuse a un hombre inocente porque tiene un interés en atentar contra su dignidad.
Asumir que un hombre puede cruzar una barrera mediante la cual la mujer ha puesto un límite sí constituye un acto de machismo, ya que ello implica asumir que el hombre, por el hecho de ser hombre, tiene más permisos. Aquí incluyo todas esas afirmaciones del estilo de «feminazis locas, hacen un escándalo porque les agarraron una pierna». Concuerdo con ellas cuando reclaman que los hombres no pueden actuar en contra de su voluntad, porque básicamente nadie puede hace actuar a nadie en contra de su voluntad para obtener un beneficio propio.
También debemos tomar en cuenta que los diferentes tipos de abusos no tienen una misma dimensión, no es lo mismo agarrar una pierna que violar a una mujer. Los castigos, que van de los informales (la sociedad te señala o te reprende por el acto) a los formales (cuando constituye una falta a la ley o un delito) deben ser proporcionales al tamaño de la falla. Posiblemente sea un exceso encarcelar a un hombre que gritó «guapa» o, de la misma forma, un castigo informal es evidentemente insuficiente para una persona que intentó violar a otra.
Más allá de filias y fobias, de simpatías o antipatías con los movimientos feministas, esto es algo que tiene que ver con el sentido común, es un principio básico. Entendiendo que los hombres y mujeres tienen el mismo valor y merecen el mismo respeto, entonces ninguna persona tiene el derecho de abusar de otra. No se trata de un acto de puritanismo, se trata de un acto de respeto a la dignidad de la otra persona.
Los avances tecnológicos moldean las estructuras sociales. Lo hacen porque precisamente por medio de la tecnología aspiramos a cambiar las dinámicas sociales de tal forma que obtengamos un beneficio (ya sea a nivel individual o colectivo). Pero inclusive los avances tecnológicos y científicos tienen la capacidad de modificar las estructuras sociales de una forma más profunda e inesperada, ya sea para bien o sea para mal.
La forma en que nos relacionamos con los demás, los avances de los derechos de la mujer (que difícilmente serían entendidos sin aquellas tecnologías que relegaron a la fuerza bruta como medio de producción en favor del razonamiento y la inteligencia) la creación de riqueza, la educación o las formas de intercambio de información están fuertemente determinadas por los avances tecnológicos. Somos más dependientes de nuestras propias tecnologías de lo que queremos aceptar, la mayor parte de nuestras actividades cotidianas tienen una estrecha relación con ellas. Si prescindiéramos de ellas nos encontraríamos solos ante un entorno salvaje donde los animales volverían a ser una amenaza para nuestra supervivencia. Posiblemente, al no estar adaptados a un mundo primitivo, sucumbiríamos.
Black Mirror hace una crítica un tanto fatalista de nuestra dependencia con la tecnología en un futuro próximo. Ese fatalismo no es un defecto de la serie, porque no pretende hacer un pronóstico muy objetivo y acertado de lo que pasará (además de que es imposible hacerlo). Por el contrario, es un acierto ya que trata de resaltar los escenarios más negativos (que no dejan de ser posibles) de tal forma que podamos reflexionarlos y evitar caer en ellos.
Black Mirror no va muy lejos, rara vez aborda aquel mundo después de la singularidad tecnológica (cuando las máquinas rebasen en inteligencia a los seres humanos) y tal vez su éxito radique en ello: que el mundo distópico que presenta es bastante próximo al mundo actual que hace que la gente se sienta identificada con este. Una persona podría pensar sin ningún problema que en unos años o décadas cuando todavía se encuentre viva y le falte vida por vivir podrá ser alcanzada por un mundo distópico parecido.
Los escenarios que aborda la serie se ubican más bien en una etapa anterior en el tiempo, más cercano al nuestro; en la cual el individuo ha adquirido una dependencia todavía mayor de la tecnología, donde la inteligencia artificial es mucho más sofisticada, pero donde el humano todavía la domina. Todos los capítulos de la cuarta serie (tal vez podríamos discutir si en el capítulo de Metalhead ya se ha rebasado o no) se ubican en ese contexto: la tecnología está ya muy impregnada en el tejido social pero el humano todavía tiene la capacidad de apagarla.
La serie no plantea lo que ocurrirá después de la singularidad, sino que intenta exponer los riesgos que los avances tecnológicos podrían tener sobre los humanos ya que estos seguirán modificando y manipulando las estructuras sociales y de convivencia. En Black Mirror vemos una capítulo donde una hija agrede violentamente a su madre porque ella tenía tenía la capacidad, por medio de una tecnología, de violar su intimidad. En Hang the DJ (nombre que toma de la letra de una canción de The Smiths) vemos como la inteligencia artificial ha avanzado al punto de crear una distopía que es en realidad una suerte de mundo virtual que trabaja por debajo de una aplicación parecida a Tinder.
Lo que muestra Black Mirror puede ponerles la piel de gallina a muchos, pero los avances en inteligencia artificial actual ya pueden sonar un tanto escalofriantes. Por ejemplo, los buscadores como Google o Youtube ya no utilizan algoritmos (que son pedazos de código que tienen instrucciones precisas que se deben seguir una y otra vez) sino redes neuronales que aprenden solas y que toman decisiones por su cuenta. Así trabajan las recomendaciones de Youtube, por medio de un mecanismo que va aprendiendo y perfeccionando sus funciones con el tiempo sin intervención humana para mostrarle al usuario recomendaciones más atinadas de acuerdo con su historial. Siri, la aplicación del iPhone funciona de la misma manera y también el portal Cleverbot donde un usuario puede tener una conversación bastante fluida con una inteligencia artificial que va aprendiendo y haciéndose más sofisticada a través de todas las conversaciones que tiene a través del tiempo.
El escepticismo sobre la inteligencia artificial ha venido aumentando en la medida en que esta comienza a ser más sofisticada y cuando, a través de nuestra experiencia, podemos ser capaces de observar como modifica las dinámicas de convivencia (eres testigo de ello en tiempo real si estás leyendo este artículo en una reunión donde todos están pegados a sus teléfonos inteligentes). La singularidad tecnológica no es algo que tampoco se encuentre ya demasiado lejos e incluso varios expertos vaticinan que esta podría darse en el transcurso de este siglo (aunque hacer un pronóstico así es algo bastante complicado, incluso para los más doctos en la materia). Filósofos como Nick Bostrom han escrito sobre cómo esta podría desarrollarse y las medidas que el ser humano podría tomar para evitar, en la medida de lo posible, que las maquinas terminen conquistando o incluso aniquilando a la especie humana.
La singularidad, dice Bostrom, no es algo que ocurrirá de forma paulatina. Considera que, cuando la inteligencia artificial llegue a ese punto, esta podría llegar a crecer de forma exponencial e incluso llegar a dominar a la especie humana apenas instantes después de haber alcanzado dicha singularidad si no se toman las medidas necesarias. Si la inteligencia artificial ya está afectando la forma de hacer política, después de la singularidad la inteligencia artificial podría terminar modificando cualquier forma de relación humana de forma radical y en un periodo de tiempo muy corto.
Black Mirror apenas parece ser una probada de ello. La serie más bien narra, desde una postura pesimista, la continuación de algo que ya está ocurriendo. La inteligencia artificial pretende mejorar la vida de los seres humanos, pero pocas veces nos paramos en seco para reflexionar en los «efectos colaterales» que esta puede tener: si Facebook nos ayuda a mantenernos en contacto con nuestros seres queridos pero a la vez es capaz de provocar adicción e incluso trastornos mentales cuando se abusa en demasía de la red social, entonces muchas formas de inteligencia artificial podrían tener efectos secundarios que sean adversos. Si la robotización ayuda a proveer de mejores productos y servicios también podría hacer desaparecer muchos empleos.
Si la inteligencia artificial se desarrolla a pasos agigantados, entonces habría que ser más precavidos, incluso con las propuestas para ponerle candados y restricciones para evitar efectos colaterales. Un claro ejemplo es el UBI (Universal Basic Income o Ingreso Básico Universal) que se propone que todos los individuos reciban cuando las máquinas ya hagan todo el trabajo que antes hacían los seres humanos. Suena muy atractivo, pero pocos se han puesto a pensar que, cuando un gobierno no obtiene recursos del trabajo de los seres humanos, este suele ser más autoritario y hasta despótico con ellos (prueba de ello son los regímenes que obtienen la mayoría de sus ingresos de los recursos naturales en vez de los impuestos).
Hay mucho que pensar, hay mucho que reflexionar. Por eso es que se agradece la existencia de series de Black Mirror, aunque dibuje un mundo bastante pesimista y que ciertamente tiene como fin el entretenimiento, pero que logran plantear algunas preguntas importantes dentro de la opinión pública. Porque si bien los científicos, los filósofos y demás expertos estarán mejor preparado para contestarlas, también es importante que la gente de a pie comience a reflexionar.
El PRI y sus secuaces nos advierten que, de llegar López Obrador a la presidencia, México se convertirá en una nueva Venezuela. El problema es que, al menos en lo político, sus gobiernos parecen tener más cosas en común con el régimen bolivariano que con la democracia: censura a periodistas (como ocurrió con Pedro Ferriz de Con y Carmen Aristegui), espionaje a personajes incómodos y ahora censura a medios por medio de la propaganda gubernamental.
Los mexicanos se enteran de las tropelías de su gobierno no por los medios impresos, sino por diarios internacionales como The New York Times o medios digitales como Animal Político: no es coincidencia que el primero haya elaborado el reportaje y el segundo haya sido uno de los pocos que le ha dado difusión. Cuando un escándalo suena, este permanece ausente de las portadas de los diarios más importantes del país. A pesar de que Internet tiene cada vez más relevancia, las notas siguen perdiendo alcance cuando son ignoradas por los principales medios del país. La gente informada se entera de dichos escándalos; la gente no tan informada, la que se entera de las noticias por medio de los cabezales de los diarios en los quioscos, no tanto.
El PRI es campeón en este tipo de prácticas que se volvieron muy comunes en regímenes como los de Luis Echeverría y José López Portillo. Pero no son los los únicos que incurren en ellas. El problema es más bien uno estructural y hasta de negocios donde los incentivos para que los gobernantes ejerzan la censura a través de la propaganda oficial son bastante altos.
Los diarios impresos (no sólo en México) están batallando por obtener recursos para subsistir. La convergencia a lo digital les está siendo un fuerte dolor de cabeza porque en los portales de Internet no generan el volumen de ganancias que generaban anteriormente y aquí es la propaganda gubernamental es un alivio: es lo que los mantiene a flote y con vida, pero a cambio de la libertad de expresión. Diarios como El Universal que habían conservado un periodismo independiente se han convertido en pasquines del gobierno. Las críticas al gobierno dentro de Milenio y Excelsior tan sólo se pueden ver dentro de algunos muy pocos columnistas que son minoría ante aquellos que mantienen una postura oficialista. Incluso hicieron lo propio con La Jornada (ahora moribundo), el diario de izquierda opositor por excelencia, llegó a publicar encabezados favorables al gobierno. El Reforma es el único que mantiene una relativa independencia periodística y lo logra por dos razones que no suelen ser del agrado de sus lectores: que sólo se puede acceder a sus contenidos mediante una suscripción de paga, y que gran parte de sus ingresos vienen del Metro, que por cierto, se vende más que el propio Reforma. Aún así, dicho diario tampoco es inmune a dichas prácticas como bien explica el reportaje de NYT.
Animal Político, por su parte, busca no depender mucho de la propaganda gubernamental y ha tenido que crear un sistema de fondeo para poder sostenerse económicamente. Esto le ha permitido mantener una independencia periodística suficiente como para publicar reportajes como La Estafa Maestra.
Después de leer la nota de The New York Times varios internautas han sugerido que se legisle para que los diarios prescindan de dicha propaganda. El problema es que si eso sucede, muchos de estos diarios desaparecerían de la faz de la tierra ante la imposibilidad de sostenerse económicamente.
Algunos sugieren que los diarios creen contenido más atractivo para atraer suscriptores, pero eso ya lo han intentado hacer, han creado portales de Internet, contenidos multimedia, video-reportajes. El problema estriba, creo yo, en que el mercado de los diarios no es muy amplio. Tan sólo una minoría los lee (ya sea en físico o en Internet), la gente a la que le gusta informarse es tan sólo un «nicho de mercado». Debido a esto, las empresas que se anuncian en medios impresos no estarán dispuestas a pagar grandes carretadas de dinero como sí lo harían si los lectores fueran una mayoría. ¿Y sabes quien sí está dispuesto a hacerlo? El gobierno.
Dudo de la efectividad de la propaganda del gobierno e incluso dudo que les preocupe demasiado porque su función es más bien controlar lo que dicen los medios. No les preocupa tanto la imagen positiva de la propaganda oficial, sino evitar la «imagen negativa» de las notas críticas del gobierno.
Lo más grave de todo es que para ellos este mecanismo de coacción y censura es tan importante que pueden, sin remordimiento alguno, recortar presupuesto de otras áreas como el sector salud o las becas de Conacyt con el fin de que los diarios más importantes no sean críticos con el gobierno y «se comporten bien».
Y ahí está la pregunta, difícil de responder, y posiblemente aún más difícil de ejecutar la respuesta ¿cómo hacer para que los medios dejen de depender de la propaganda gubernamental?
Y es necesario que lo hagan, una democracia necesita un periodismo independiente, no pasquines al servicio del gobierno en turno.
Una buena persona no es aquella que no es capaz de hacer daño. Una buena persona es aquella que es capaz de hacer daño y decide, por convicción propia, no hacerlo.
Juan se pregunta por qué le va mal en su vida si no le ha hecho daño a nadie. Él piensa que ha sido justo porque trata bien a los demás, intenta no meterse en problemas ni en discusiones que puedan molestar a los demás. Él intenta no participar en aquellos debates de política o religión porque considera que su postura puede molestar a alguien más. De hecho, se preocupa mucho por lo que digan los demás de él y de sus opiniones, no vaya a ser que cause alguna molestia y pueda perder (piensa él) a algún amigo.
Juan se preocupa porque no tiene lo que quiere: le va mal con las mujeres, le va mal profesionalmente y no tiene un proyecto de vida propio porque teme, que al luchar por éste, alguien se pueda incomodar. Teme que sus padres lo vayan a criticar, que sus amigos se vayan a burlar de él y lo vayan a ver como incapaz: ¿quieres poner un negocio, tú? ¿Quieres estudiar esa carrera que no te va a dejar nada?
De forma inconsciente, Juan piensa que está haciendo todo bien porque hace lo que los demás esperan que haga. Es un subproducto de los paradigmas y los prejuicios de los demás. Vive en la eterna medianía, es alguien del montón, le cuesta mucho trabajo tomar riesgos pero cuando alguien lo necesita ahí siempre está.
Y ahí está siempre porque cree que la única forma de ser apreciado por los demás es quedar bien con ellos, no se ha molestado en desarrollar una personalidad propia y atractiva porque eso implicaría pisar callos, sobre todo los de aquellas personas que podrían reaccionar de forma adversa al ver que el «pobre Juan» se está superando y me siento amenazado que alguien tan inútil, pusilánime y mosca muerta me termine superando. A Juan le da miedo eso y por ello decide seguir viviendo en la medianía.
Juan ayúdame con esto: claro; Juan tráeme aquello: por supuesto; Juan, ¿te importaría? Sí. Y así Juan intenta una y otra vez complacer a los demás. Cree que es bueno porque le enseñaron que la bondad consiste en no estorbar a nadie, en no molestar a los demás, en ajustarse a lo «correcto».
El problema para Juan es que no podemos determinar siquiera si es bueno. Una persona buena es aquella que tiene la oportunidad y, sobre todo, la capacidad de ser lo opuesto, y decide no hacerlo. Un hombre casado sólo puede decir de sí que es fiel cuando la tentación de no hacerlo se le ha postrado enfrente y la ha rechazado. Una persona honesta sólo puedo hacerlo cuando la oportunidad de corromperse o mentir se le ha presentado y ha decidido resistir a la tentación.
A Juan, como es débil, nunca se le presentan esas oportunidades. Ninguna chica lo seducirá porque no es atractivo, no tiene siquiera pareja. Nadie tratará de corromperlo porque nadie cree que pueda obtener algo de él. Hasta les resultaría más rentable corromper a una piedra inerte.
Tal vez cuando le den algo de poder, cuando le suban un poquito la autoestima, podremos conocer quien es Juan. Y muy posiblemente no termine siendo aquel niño bueno que presumía ser. Porque muy posible el resentimiento que trae dentro, ese que se reprimió y guardó para no causar molestias, saldrá a flote.