Ser un líder de opinión es una gran responsabilidad. Incluso lo es para quienes no tenemos todavía grandes auditorios ni quienes somos parte del mainstream.
El término «líder de opinión» lleva implícita esa responsabilidad. El ser líder de opinión implica que hay gente que te lee, que a través de tu pluma (o más bien el teclado) logras influir en otras personas, les ayudas a formarse una opinión sobre lo público o lo político.
Eso no es cualquier cosa, incluso si apenas son decenas o centenas de personas sobre las que influyes. Aquello que dices tiene un impacto.
La cuestión es que existen muchas tentaciones para los líderes de opinión, ya que una simple pluma se puede convertir en un instrumento de poder y el ejercer ese poder sobre una determinada cantidad de personas genera diversos beneficios que van desde la posibilidad de alimentar al ego hasta aquellos de índole económica: así, el líder de opinión se sentirá muy contento si es invitado a escribir u opinar en espacios más grandes, diarios más importantes o programas de televisión.
Buscar ello no es malo en lo absoluto en tanto no atente contra su honestidad o congruencia, porque los líderes de opinión se pueden ver enfrentados a un dilema: podrán encontrarse con un escenario en el cual no decir lo que piensan y decir más bien lo que la gente quiere escuchar les puede traer más seguidores y tal vez más espacios que si se decide opinar de acuerdo con lo que se piensa.
El buen líder de opinión no cae en esa tentación. Un buen líder, porque al final estamos hablando de liderazgo, crea nuevos líderes, no meros seguidores a lo que les da lo que quieren. El buen líder sabe que es posible que una que otra persona de su público se llegará a molestar o contrariar con una opinión que quiere comunicar. El mal líder se abstiene de ello porque la congruencia le estorba, porque se preocupa más por el número de seguidores que tiene que por decir lo que piensa y ser honesto con su audiencia. El buen líder asume las consecuencias.
Y esto que mencioné representa los casos más cotidianos, aquellos que no son tan evidentes. Porque tenemos a quienes se dicen ser líderes de opinión y están dispuestos a venderse al mejor postor. Ese cheque de un gobierno o de un partido político que contiene algunos ceros en sus cifras pulveriza el espíritu crítico de quien se ostentaba como líder de opinión para convertirlo en un engranaje de una maquinaria de poder político a través del cual éste último busca incidir en la opinión pública para moldearla de tal forma que, a través de ella, logre mantener o aumentar su poder.
El líder de opinión tiene entonces una responsabilidad muy grande no solo con su público sino con la sociedad. Puede permitirse ser subjetivo y analizar las cosas desde su particular punto de vista en el entendido de que los hombres somos animales políticos que construimos nuestra realidad y la percepción que tenemos de ella, en gran parte mediante nuestras experiencias, la educación, el entorno e incluso factores mayormente heredados como el temperamento.
Pero el buen líder, dentro de esa subjetividad, está llamado a ser honesto, a comunicar aquello que él realmente percibe y piensa. También está llamado a ser crítico consigo mismo, a tener la capacidad de cuestionar los paradigmas sobre los cuales opera y a dar por sentado que no siempre va a tener la razón. El líder de opinión, entonces, debe sumergirse en un continuo aprendizaje, debe siempre seguir leyendo, debe comparar, contrastar con los demás, debe tener una mente abierta y la capacidad de escuchar a aquellos que no opinan igual que él.
El buen líder sabe que no solo se trata de ejercer influencia sobre la sociedad, sino de contribuir positivamente a ella.
Una de las mayores aspiraciones de los individuos es ser feliz, sea cual sea el matiz que se le dé a la definición de felicidad. Cuando se habla de felicidad hay quienes piensan en la alegría, otros en darle sentido y significado a su vida, otros piensan en la autorrealización.
Pero quiero hablar de una idea de lo que la felicidad es y que está en boga, se trata de la felicidad como ausencia de dolor. A diferencia de las otras definiciones de felicidad, esta es la definición que a mi parecer es la más frívola y la que se contradice a sí misma ya que la felicidad, en cualquiera de sus acepciones, implica el reconocimiento del dolor. ¿Cómo es que una persona va a reconocer su felicidad si nunca ha estado triste? ¿No es mayor el gozo que siente un individuo después de haberse sobrepuesto a un momento muy difícil que el de quien nunca ha tenido contratiempos?
Hablando de la felicidad como ausencia de dolor, ocurre que tanto desde la izquierda progresista como desde el conservadurismo capitalista, cada una a su manera, se ha promovido una filosofía donde el ser humano tiene que buscar ser feliz y rehuir del dolor a toda costa.
La izquierda progresista insiste en evitar todo lo que parezca una ofensa y poco se preocupa por formar la autoestima del individuo, impulsa espacios seguros (safe spaces) para que las minorías se refugien dentro de sí mismas en vez de lograr que se integren en la sociedad. Así, asumen que si se evita que los individuos se expongan a sentir dolor, angustia o estrés, el individuo será más feliz.
Con el conservadurismo empresarial ocurre algo similar. A diferencia del progresismo, este no busca tanto proteger al individuo del dolor, más bien le exige apartarse de él. Esta corriente promueve, por su parte, eso que llaman «psicología positiva» a través de libros de autoayuda y cursos donde le sugieren al individuo que siempre sonría, que siempre muestre una actitud «positiva» como si nunca tuviera derecho a sentirse mal. Esta corriente vilipendia los sentimientos negativos como si estos fueran nocivos por definición. «Sonríe» se les dice a los empleados, «una actitud positiva es clave del éxito». La tristeza, el miedo y la angustia, nos dicen, son signos de debilidad.
Esto ha permitido que eduquemos a nuestros hijos no para que se formen sino para que no sufran. Los padres de ahora buscan no hacer sentir mal a sus hijos para no «traumarlos». Si tienen malas calificaciones o el niño fue suspendido de la escuela es entonces culpa del maestro quien corre el riesgo de ser señalado como «agresor psicológico». En algunas universidades se implementan medidas para evitar que los alumnos se estresen por los exámenes, como si el estrés fuera una enfermedad y no un mecanismo con el cual el individuo se adapta a su entorno. Luego, el alumno entra a trabajar a un empleo de servicio al cliente y la empresa le coloca un slogan que dice «siempre sonríe al cliente». Este individuo teme estar triste o angustiado (por más paradójico que ello suene) porque sabe que una crisis de angustia o una depresión puede llegar a convertirse en un obstáculo dentro de su carrera profesional.
El problema con esta «felicidad a toda costa» es que se ignora de forma rampante que eso que llamamos «emociones negativas» tiene una función muy clara no solo en el equilibrio psíquico del individuo, sino en su capacidad de adaptación al entorno. Por ejemplo, el proceso de duelo que el individuo sufre después de la muerte de un ser querido o un rompimiento amoroso es crucial para que pueda readaptarse a su entorno en el cual esa persona querida ya no está. El miedo, por su parte, es muy importante para evitar peligros y agudiza los sentidos. El estrés también tiene una facultad adaptativa.
Buscamos rehuir de ellos porque esos sentimientos son desagradables sensorialmente. A nadie le gusta estar asustado, deprimido o angustiado, pero si el cuerpo lanza esas emociones es para que, por medio de ellas, induzca al individuo a tomar una decisión o actuar de una forma que no lo haría en la ausencia de dichos sentidos. ¿O tendría sentido estar al borde de un risco y no sentir nada? Si eso ocurriera, la posibilidad de fallecer en una caída crecería exponencialmente.
Lo más grave es que estas «corrientes» asumen que se puede ser feliz sin dolor, pero eso es rotundamente falso. En realidad, cuando se priva a una persona de sentir dolor, al no tener la experiencia ni la sabiduría para confrontarlo, se sentirá mucho más desgraciado y desprovisto de herramientas para hacerle frente.
Los resultados ahí están: gente muy frágil con una nula tolerancia a la frustración porque sus padres o educadores evitaron a toda costa que se enfrentara al miedo, a la angustia, a la soledad o al dolor. Profesionales que buscan a toda cosa sentirse tristes para no ser juzgados pero que regresan a casa y explotan toda esa frustración guardada y acumulada en el área de trabajo (y donde los receptores de dicha frustración suelen ser la pareja sentimental, los hijos o la familia). Paradójicamente, es esa cultura de la «felicidad a toda costa» la que está creando seres más infelices.
Es bueno que aprendamos a no maltratar y respetar a los semejantes, reconocer la necesidad del dolor no implica dejar permitir el bullying en las escuelas, ni los abusos, ni la humillación. También es bueno que comencemos a desestigmatizar y reconocer los trastornos mentales que mucha gente padece, que conozcamos su dolor, lo entendamos y dejemos de echarles la culpa por ello.
Pero otra cosa es inhibir y atrofiar los sentimientos negativos, ello es incluso inhumano. Nuestro deber es formar a las siguientes generaciones, no evitar que sufran. El dolor es indispensable en el desarrollo mental y espiritual del individuos. Cualquier persona que pueda preciarse de ser realmente feliz dirá que conoce el dolor muy bien, que se ha enfrentado varias veces a él, al punto de convertirse en un maestro.
Lo he repetido una y otra vez en este espacio y en mis redes: no solo se trata de ser oposición, se trata de saber ser oposición, y que dicha oposición esté supeditada al bien común (o al menos a lo que se cree que es).
Si algo ha caracterizado a este régimen lopezobradorista es a la ausencia de una buena oposición. Lo poco que hemos visto en estos 100 días ha venido de algunas plumas, de las tan vilipendiadas organizaciones civiles por parte de AMLO e incluso desde dentro del mismo gobierno (lograr que la Guardia Nacional tenga mando civil es un buen ejemplo). Pero allá afuera, en las calles, dentro de la sociedad, hemos visto muy poco, y dentro de ese poco lo que se ve en las calles es algo tan penoso que pareciera una autoparodia.
Y sí, me refiero a los Chalecos Amarillos.
Esta organización, que tiene células en varias ciudades pero que, a la vez, tiene muy pocos miembros (basta ver la cantidad de gente que acude a sus manifestaciones), se ha convertido en una burla en las redes sociales, incluso por parte de muchos opositores a López Obrador. Sus videos nos dejan ver que se trata de gente de derecha (y cuando me refiero a la derecha, me refiero a la derecha y no a los liberales o incluso socialdemócratas que los apologistas del gobierno actual buscan etiquetar como «derecha») que tiene más bien poca idea sobre la política, que no se informa bien y cuyas consignas parten desde la histeria, los lugares comunes y las suposiciones.
Para entender por qué este movimiento se ha convertido en una parodia tenemos que empezar por su nombre. Toman el nombre y el concepto del movimiento francés, supuestamente instigado por gente cercana a Marine Le Pen, que llevó a cabo destrozos en el centro de París para protestar en contra del presidente Emmanuel Macron y la alza en los precios de los combustibles entre otras cosas.
https://www.youtube.com/watch?v=Q5nftPr-uNs
Pero en el caso de los Chalecos Amarillos en México, lo que hay no son destrozos ni auto quemados, sino señores y señoras con viseras y lentes oscuros para que no les pegue el sol y que dicen haberse inspirado en este movimiento a raíz de la crisis del desabasto de hace algunas semanas. También, a diferencia de la manifestación en Francia, no vemos multitudes, sino unas pocas personas reunidas en ciudades como Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y León con pancartas alertándonos de Andrés Manuel López Obrador.
Los organizadores han insistido en que son parte de ese «movimiento global» que se ha expandido por algunas partes de Europa, aunque los organizadores de ese movimiento ya se deslindaron de la «versión mexicana» y afirmaron que no tienen nada que ver con ellos, aunque nuestros connacionales siguen insistiendo que sí son parte de este movimiento global..
Este movimiento (el mexicano) que ha adoptado una postura conservadora de derechas, no tanto porque tenga una postura en sí, sino por la idiosincrasia de sus participantes, también ha aprovechado para manifestarse en contra de los migrantes en Tijuana. No parece tener una agenda y ha recibido el beneplácito de cuestionables figuras como el regiomontano Gilberto Lozano, empresario y activista.
Sus manifestaciones se han caracterizado por ser desoladoras, hecho que ha sido aprovechado por los lopezobradoristas para señalar que la oposición en el país es inexistente. Los chalecos amarillos han realizado muchas en distintas ciudades, pero en la mayoría de las ocasiones no han rebasado las decenas de personas que cargan con pancartas que dicen #AsíNoAMLO:
Para entender de qué va, basta ver los volantes que ellos mismos reparten en sus manifestaciones, en los cuales comparan a AMLO con Hitler, afirman que es un enfermo mental y que pactó con los «comunistas de Sao Paulo» la creación de la Guardia Nacional. En sus redes suelen circular mucha desinformación ya que pareciera que ni siquiera filtran la información ni tienen el más mínimo rigor a la hora de analizarla para que, con base en esta, puedan elaborar sus demandas y peticiones. Basta una fake news en un grupo de Whatsapp para que ésta termine ilustrada en una de las pancartas que llevan a la calle.
Evidentemente, un movimiento de este calibre no solo abona a crear oposición ante el régimen actual sino que lo termina fortaleciendo porque, además, solo terminan contribuyendo a la polarización que tanto le beneficia al lopezobradorismo.
En México falta una oposición, no solo partidista, sino civil. Pero está claro que Chalecos Amarillos no es ni de lejos la oposición que México necesita. México necesita una oposición madura que logre ser contrapeso, no una oposición desinformada e histérica que solo estorba en el camino de la construcción de esa oposición que, al día de hoy, se muestra muy ausente.
Nadie dice que no tengan derecho a manifestarse, pero también es parte de la libertad de expresión advertir de los grandes problemas que este movimiento tiene.
A raíz de la aparición de plataformas digitales de video como Youtube surgió la figura del influencer, la cual modificó la dinámica de adquisición de información y de consumo de contenidos. Algunos podrían decir que esta figura tiene un elemento democratizador ya que, a diferencia de los líderes de opinión tradicionales, que deben hacer carrera, ingresar a algún medio de comunicación o ser un académico respetado, cualquier persona con una conexión a Internet, una inversión no muy grande (una cámara decente, micrófono, y tal vez un escenario) y una idea original podía aspirar a convertirse en un líder de opinión dentro del ciberespacio.
Y es que a raíz del surgimiento de los influencers, los medios tradicionales (sobre todo la televisión) se comenzaron a dar cuenta que ya no tenían el monopolio de la creación de gente famosa y de líderes de opinión, ya que la gente se dio cuenta que ya no tenía necesariamente que pasar por sus instalaciones. Basta ver los contenidos de principios de los años 90 donde Televisa monopolizaba la creación de «artistas», músicos, actores y comentaristas, y las rentabilizaba por medio de sus otras ramas (revistas) o incluso se vendían en forma de estampas de álbumes coleccionables.
Hoy la dinámica es bastante diferente. Ya no hay una empresa u organización que sirva de filtro y decida qué contenidos quiere o puede ver la gente. Gracias a Youtube, esta toma decisión queda enteramente en manos de la audiencia.
Los influencers son los nuevos líderes de opinión: no importa si hablen de política, filosofía, cocina, videojuegos, bromas, comida o viajes. Algunos de ellos se han convertido en referencia de su auditorio. Hay algunos que ciertamente han combinado su trayectoria profesional para potenciar su alcance como el doctor Jordan Peterson o el filósofo Slavoj Žižek, o incluso el periodista Pedro Sola, pero muchos otros se han sabido ganar un espacio desde el anonimato; pasaron de ser personas comunes y corrientes a referentes sociales que reciben cheques con decenas o centenas de miles de pesos mensuales por concepto de la publicidad insertada en sus videos.
Ya decía Marshall McLuhan, filósofo al cual se le considera un visionario de la «sociedad de la información», que el medio es el mensaje. Los contenidos en Youtube parecían hechos por gente más honesta y más desinteresada ya que era gente común la que usaba esa plataforma para expresarse. Ya no había una grande empresa o un gran aparato de comunicación detrás y eso le parecía más honesto al consumidor, hasta se podía pensar en un «nosotros» que estaba interactuando lejos de los mecanismos del capital y del poder.
Pero los propios influencers se dieron cuenta que el mero hecho de ser influencer conlleva un nuevo privilegio que los sitúa por encima del individuo común. Ellos ahora ya son famosos, su poder adquisitivo se ha incrementado enormemente (a menos que provengan de una familia adinerada) y la gente habla de ellos. Así, estas otrora personas comunes ahora tienen representantes, reciben dinero de patrocinios, e incluso llegan a ser invitados por las televisoras urgidas de ídolos, donde les dan un lugar, un espacio y más libertad que las que recibían las clásicas «estrellas».
Conforme pasó el tiempo, el mercado de los influencers comenzó a saturarse un poco por el simple hecho de que empezaron a abarcar la mayor parte de los temas de interés que pueden ser rentables: los grandes ya estaban consolidados, algunos comenzaron a perder la frescura inicial y fueron reemplazados por otros. Esto porque el exceso de patrocinios, participación con televisoras o incluso su actitud de estrellas mató ese perfil «honesto y fresco» que les había ayudado a hacerse de una audiencia.
También me atrevo a decir que la figura del influencer llegó a ensuciarse un poco, sobre todo porque muchas personas han comenzado a ver este medio como un mero negocio (lo cual es palpable, sobre todo en Instagram, donde muchos hombres y mujeres siguen a la mayor cantidad de personas para que los sigan a ellos y les den contenidos poco originales como «la peda en un antro» para así aspirar a que alguien los patrocine). Muchos creen que ser influencer es hacer cualquier cosa e incluso creen ingenuamente que ese trabajo que hacen los Youtubers es algo muy sencillo cuando en realidad es producto de mucho esfuerzo y trabajo.
Pero la figura del influencer también ha sido víctima de su propio éxito. Rawvana, la influencer vegana que fue descubierta comiendo pescado en Bali y que fuera referencia para muchos veganos (hasta ese día), también es una muestra de que la escasez de barreras de entrada a este mundo (que no sobrepasan el hecho de tener una idea muy original que vaya dirigida al mercado correcto) también pueden ser un arma de doble filo, y lo es más si pensamos en que muchos de ellos son completamente validados y legitimados por sus audiencias por el mero hecho de ser personas comunes que llegaron con una idea.
Tal vez alguien que no sea doctor o filósofo pueda ser evidenciado por alguien que sí lo es, pero hay casos como los de Rawvana quien mantuvo engañados a sus seguidores, los cuales solo se dieron cuenta por un accidentado video de una amiga suya donde entró a la toma el platillo que la Youtuber estaba consumiendo. Ante este hecho uno podría preguntarse cuántos influencers podrían estar engañando a sus audiencias sin que éstas se den cuenta. ¿Cuántos podrían estar fingiendo ser alguien que no es con el fin de volverse famosos o recibir dinero por medio de publicidad?
No es falso que algunos influencers inflan sus métricas para así engañar a las empresas para que los patrocinen o para que les den más recursos de lo que en realidad deberían de recibir; no es falso que otros usan estrategias de follow back para llegar con los patrocinadores cuando en realidad nadie les ponen atención. El problema es que en Youtube sí hay varios influencers que hacen las cosas bien y de forma honesta que pueden terminar pagando los platos rotos porque, a raíz de todos estos casos, el auditorio está comenzando a ver a los influencers con mayor escepticismo.
El que sea muy sencillo comenzar a publicar videos en Youtube no implica que el aspirante a influencer deba ignorar que, al convertirse en líder de opinión, adquirirá una nueva responsabilidad. Sus palabras y su comportamiento tendrán un impacto cada vez mayor dentro de la sociedad y el que no esté siendo vigilado por una empresa que lo haya contratado no lo exime de ser riguroso. Varios no lo han tomado en cuenta y creen que cualquier cosa se vale con el fin de ganar más dinero y seguidores.
Que la estructura de una plataforma como Youtube ayude a democratizar la «entrada al estrellato y al liderazgo de opinión» no implica que el rigor, la honestidad y la congruencia, que ya de por sí no siempre están presentes en los medios tradicionales, se puedan relajar. Las audiencias también pueden ser lapidarias como lo están siendo con Rawvana, quien seguramente no volverá nunca a tener la reputación de antes (no sin mencionar la afectación que le podrá traer esto en la carrera profesional) y mucho menos con una audiencia que suele ser muy exigente como la vegana.
Parafraseando a Abraham Lincoln: se puede engañar a una parte de la audiencia todo el tiempo, o se puede engañar a toda la audiencia durante un tiempo, pero no se puede engañar a la audiencia todo el tiempo. Bastó un descuido para que la audiencia de Rawvana se diera cuenta que había sido timada, aún con las excusas de la Youtuber quien se comenzó a dar cuenta cómo la gente iba dejándola de seguir en su canal.
La figura del influencer llegó para quedarse y se ha convertido en una oportunidad para gente que tiene mucho talento. También ha ayudado a descentralizar el poder de comunicar que antes se centraba en los medios que decidían a quien darle un espacio. Pero lo que hacen algunos puede terminar afectando a todos, y a la audiencia no le gusta nada que la timen.
Con toda la imperfección, las virtudes y los defectos que puedan traer los distintos movimientos feministas y relacionados detrás de sí, algunos moderados, otros radicales y de distintas ideologías (imperfecciones, virtudes y defectos que suelen ser constante en todas las luchas). usted, mi amigo, no podrá negar que estos últimos años las mujeres se han empoderado mucho, que han cobrado mayor relevancia como género como nunca antes y que ello representa uno de los cambios culturales más importantes de los últimos años. No solo votan y estudian, también escriben cada vez más libros y ocupan más puestos de poder.
Tampoco podrá negar que ya no habrá un punto de retorno hacia el pasado al cual no lo puede justificar ni la nostalgia, no podrá negar que las sociedades de la información actuales son completamente incompatibles con la relación asimétrica entre géneros que solo pueden explicarse como reminiscencias de etapas de desarrollo de la especie que ya fueron superadas.
Si usted es hombre como yo, no debería estar molesto ni asustado, en el entendido de que el ser humano es digno por solo el hecho de serlo no tiene elementos para argumentar que un género es superior a otro. Tampoco debería pensar que su masculinidad está en crisis ya que tan solo debería preocuparse por evitar esas conductas que minimizan, infantilizan o ridiculizan a las mujeres. Menos debe someterse para quedar bien, usted tiene derecho a disentir, pero sea crítico a la hora de detectar cuándo se trata de un disenso o cuestionamiento legítimo, y cuándo se trata de su reticencia a abandonar conductas que minimizan o denigran al género femenino.
Más allá de arroparse con términos como «aliado» o «feminista» (y peor aún cuando se usan por conveniencia o para quedar bien) simplemente nos debería parecer inconcebible que entre los dos géneros, igualmente importantes en la preservación de la especie, no exista por completo todavía una relación simétrica donde los roles sean producto del común acuerdo de ambos.
Tal vez no esté usted equivocado cuando dice que hay movimientos que llegan a caer en excesos o incongruencias (al igual que ocurrió con la emancipación de los negros o con los feminismos liberales de su tiempo), aunque también recuerde usted, estimado amigo, que nuestro género llegó a ser muy manchado con ellas, les dijimos que su rol debería ser tal o cual, que su rol estaba en la cocina, que debían obedecer «al hombre», roles que se justificaron bajo argumentos supuestamente naturalistas, pseudocientíficos, o como preservación de lo tradicional.
Cierto que explicar el papel de histórico de los roles de género va mucho más allá de los relaciones de poder, no se limita a éstas y son producto de algo mucho más complejo que solo puede analizarse desde una perspectiva multidisciplinar. Pero lo cierto es que ellas están pidiendo su espacio y, por el simple hecho de ser seres humanos, tienen derecho a ello.
Hace unos días, Consulta Mitofsky publicó los resultados de un estudio de opinión sobre la popularidad que tiene López Obrador y la percepción que la gente tiene sobre sus políticas públicas. En resumen, contrario a lo que algunos eruditos piensan, López Obrador ha aumentado sus índices de popularidad.
Pero me llamó la atención sobremanera el apartado sobre la percepción que la gente tiene de la seguridad del país, y creo que la interpretación de esta gráfica nos ayuda a interpretar casi todo lo demás, como por ejemplo ¿por qué AMLO es cada vez más popular?
La percepción no siempre está correlacionada con la realidad porque el individuo muchas veces no conoce la realidad más allá de lo inmediato, de su realidad cercana y los medios de comunicación, porque tiene escepticismo de la estadística (sobre todo cuando viene de fuentes oficiales) y, sobre todo, porque las emociones y las sensaciones influyen mucho a la hora de hacer un juicio. Vaya, se les pregunta a las personas lo que percibe, no si hizo un minucioso estudio de las estadísticas. Tomemos el caso de la seguridad: Es común que una persona que fue asaltada en el último mes y que en la televisión vio noticias sobre asaltos y asesinatos, diga que la inseguridad se ha disparado aunque los datos duros indiquen que ha pasado lo contrario: digamos que esta persona tuvo mala suerte porque aunque ha habido menos asaltos, a ella le tocó la mala fortuna de ser víctima de uno y los noticieros que esta persona ve generalmente exhiben nota roja porque así esperan tener más audiencia.
El caso de la gráfica que nos muestra Consulta Mitofsky muestra este mismo sesgo pero en el sentido inverso donde el porcentaje de la gente que percibe que México es más seguro es mucho mayor que en todos los 10 años en que la encuestadora ha lanzado esa pregunta. Es discutible si enero ha sido el mes más violento (como afirma un columnista en Animal Político donde, al parecer, hizo un mal desglose de la información proporcionada por la SESNSP al no excluir los homocidios accidentales de los demás homicidios). pero lo cierto es que, en el mejor de los casos, la tendencia se ha mostrado estable, lo cual muestra que ese cambio drástico en la percepción nada tiene que ver con la realidad.
¿Y entonces por qué ese drástico cambio en la percepción se dio? Si un indicador se mueve es porque una variable dentro de la ecuación cambió.
Y me atrevería a sugerir que este cambio podría explicarse por la figura y la retórica de López Obrador. ¿Por qué?
Mi argumento es el siguiente: la mayoría de los mexicanos en este momento evalúa de forma positiva la gestión de López Obrador porque tiene esperanza en su figura, su amplia popularidad creciente lo deja ver latente. Posiblemente la gente está tomando con agrado que se esté «gobernando de una forma diferente», que en poco tiempo le esté «pegando al avispero» y esté cambiando la forma de hacer las cosas. Muchos de los especialistas y la oposición han sido muy críticos sobre las formas y los métodos, pero el alcance que tienen en el contexto actual es limitado. Incluso toman eso como algo positivo, «si los perros están ladrando, es señal de que se está avanzando», podrían pensar. AMLO dirige la agenda, los medios bailan a su ritmo, sus seguidores la propagan y la defienden en las redes sociales.
Y como la gente está percibiendo que este gobierno «está haciendo algo», entonces en automático piensa que la seguridad está mejorando porque cuando una narrativa de cambio y rompimiento de un status quo deficiente está siendo implementada dentro del colectivo, se piensa que todo tiende a mejorar. Como en un lapso de tres meses solo una pequeña proporción de la población es asaltada y como hasta ahora no se ha suscitado algún escándalo fuerte relacionado con la seguridad, no hay algo que ponga en tela de juicio su argumento. Lo mismo explica por qué el desabasto de gasolina no redujo la popularidad de López Obrador en lo absoluto: muchos de los que aprueban su gestión tal vez se sintieron incomodados, pero al mismo tiempo llegaron a la conclusión es que es muestra de que «por fin se está haciendo algo». No es poco común que cuando un gobierno implementa cambios de fondo, suela generar incomodidades en el corto plazo (aunque podemos cuestionar si este es el caso).
El gobierno de López Obrador ha tomado como base lo simbólico. Es la forma en que aspira a mantener legitimidad mientras llegan los resultados (los cuales tardan más). Vender el avión presidencial, abrir Los Pinos o quitarles las pensiones a los ex presidentes tiene un efecto casi nulo dentro de las finanzas o dentro del combate a la corrupción, pero ayudan mucho a fortalecer la narrativa que López Obrador ha estado propagando.
El problema es que la fortalece tanto que la gente piensa que los indicadores sobre aquello que «sí importa» están mejorando cuando no hay evidencia empírica alguna de ello. Y ello es un problema porque la gente no está haciendo un juicio sobre los hechos, sino con base en una percepción muy sugestiva que ha sido, de alguna forma, alterada con la ayuda de la misma propaganda lopezobradorista, para que la gente crea que AMLO está gobernando muy bien y está transformando el país cuando en realidad su gobierno lleva solamente tres meses.
¿Hasta qué punto podrá el símbolo alterar la percepción de la gente? Difícilmente lo sabremos. Habrá que ver hasta que grado los hechos que contradigan a lo simbólico son suficientes para convencer a la gente de la cruda realidad, si bastarán datos duros o tenga que percibir una afectación en la vida cotidiana. Habrá que ver si en el mediano plazo, el gobierno de López Obrador comienza a mostrar resultados positivos con lo cual el símbolo se vuelve innecesario.
Pero lo cierto es que juzgar el mandato de un gobierno con base en lo simbólico puede llegar a ser peligroso. Imaginemos que López Obrador logra extender la fuerza de lo simbólico unos tres años aunque los resultados de su gestión no sean en realidad nada buenos, lo cual hace que la gente le vuelva a dar un voto de confianza en las cámaras porque «percibe» que este gobierno está haciendo las cosas bien. Imaginemos que la gente cuestiona a quienes evidencian los errores del gobierno bajo el pretexto de que son supuestamente parte de las élites que quieren que las cosas no cambien (por eso es que la polarización suele ser una buen arma política). Imaginemos que AMLO insista en estigmatizar a la prensa, a la oposición. No sería el primero en hacerlo, pero dada la popularidad que tiene López Obrador así como su fuerte y feroz narrativa, el efecto será mucho más grande que al que habría podido aspirar cualquier otro presidente.
A la hora de hacer juicios políticos, la gente es menos racional de lo que se piensa, ya que sus posturas no son necesariamente producto de una concienzuda deliberación, es a veces más producto de la forma en que percibe el mundo y, en muchas ocasiones, las personas se expresan a través de ésta. Los políticos lo saben, López Obrador lo sabe, y sabe sacarle partido.
Primero: En ella no deberían poder participar los políticos de siempre. Esto naturalmente excluye a Margarita Zavala, Felipe Calderón, gente como Javier Lozano y demás miembros de la clase política que fue sacada a patadas en el 2018. Su mera presencia deslegitimaría cualquier movimiento de oposición. Muestra de ello fue el movimiento #HijasDeLaMX (que tuvo el «beneplácito» de la clase política que fue barrida) y que cayó en el desprestigio casi en el momento en el que surgió.
Segundo: Debe tratarse de una coalición entre diversas corrientes de pensamiento pero que tengan la capacidad de defender el modelo de democracia liberal con división de podres, contrapesos, libertad de expresión, participación ciudadana, Estado de derecho, economía de mercado que esté acompañada de un sistema de seguridad social, que busque combatir los vicios estructurales que derivan en una sociedad injusta e inequitativa (falta de oportunidades, manifestaciones de clasismo o racismo). Dicho esto, esta oposición puede englobar tanto a movimientos de izquierda democráticos (por ejemplo, socialdemócratas), liberales (en el sentido clásico) e incluso corrientes de centro-derecha que coincidan en defender este modelo de democracia.
Tercero: Debe blindarse ante cualquier injerencia de movimientos de corte populista (de derecha) que pudieran surgir y que busquen aprovechar el descontento de la gente opositora hacia López Obrador para promover una agenda iliberal o, peor aún, autoritaria.
Cuarto: A partir de la defensa de ese modelo se debe de crear una narrativa poderosa, coherente y contundente que logre contrarrestar la narrativa de López Obrador. Naturalmente este sería uno de los retos más difíciles pero indispensables, y por ello esta oposición debería desligarse de los gobiernos anteriores, lo cual me lleva al siguiente punto:
Quinto: Deben de ser críticos con los regímenes anteriores y no aspirar a ser una reedición del estado anterior de las cosas. Deben ser oposición de López Obrador, pero también deben ser férreos críticos de los gobiernos anteriores, reconocer lo que se hizo mal de tal forma que puedan ofrecer un modelo nuevo.
Sexto: Es importante que quienes conformen este grupo (en especial las cabezas visibles) sean gente honorable, reconocida por la sociedad y que no vayan a promover o representar intereses nocivos, ya sean políticos o económicos. Deben saber establecer puentes de diálogo con los diversos sectores pero, a la vez, deben mostrar independencia de éstos.
Séptimo: Deben de ser capaces de integrar a gente de distintos sectores, de distintas clases sociales y personas que si bien, pueden tener discrepancias en algunas cuestiones políticas, coincidan en su entusiasmo de promover y defender un sistema democrático.
Octavo: Debe comportarse como una oposición responsable cuyo fin sea velar por los intereses de este país y de todas y todos los ciudadanos que la componen, y no que su papel sea llevar la contra al gobierno nada más por llevarla; mucho menos hacerlo de forma visceral. En este sentido, también debe de ser capaz de reconocer los que desde su consideración sean aciertos del gobierno actual. No debe caer en la tentación de polarizar a la sociedad ni de estigmatizar a quienes piensan diferente.
Noveno: Debe centrarse no solo en la oposición hacia determinadas políticas del gobierno que se consideren cuestionables, sino que deben estar dispuestos a analizar bien dichas políticas en vez de hacer críticas «por encimita» con base en el primer artículo que vea. Pero sobre todo, debe de ser capaces de plantear alternativas hacia las políticas propuestas y defenderlas.
Décimo: Debe tener un carácter incluyente y plural, que sea capaz de escuchar a las distintas voces y a los distintos sectores de la sociedad, que no viva en una burbuja y sepa abrirse e incluir a todos los «Méxicos».
Desde el terremoto de 1988, la cultura civil en México comenzó a transformarse. Ante la incapacidad del gobierno para responder, la sociedad se organizó para rescatar a los suyos u partir de ahí comenzaron a florecer varias organizaciones civiles de toda índole. El sismo de 2017 fue prueba de ello donde, a diferencia de 1988, ya existían organizaciones bien conformadas que con su expertise ayudaron a hacer más eficiente el rescate de personas (además, claro, con la ayuda de tecnologías más avanzadas).
Las organizaciones civiles como tales no representan necesariamente a toda la población, ni la representan en todo. Más bien suelen atender problemas muy específicos y suelen adquirir un alto grado de especialización en ello: que si unos se preocupan por los niños con cáncer, que si otros buscan solucionar problemas de movilidad, etcétera. Gracias a esta peculiaridad, estas organizaciones llegan a adquirir más conocimientos que el Estado dentro de esas problemáticas específicas que desean mejorar.
Así, las organizaciones civiles son un complemento del Estado mas no una sustitución de éste. Sería un error pensar que las OSC deben sustituirlo, pero de la misma forma es un error pensar que todo el quehacer público debe de ser «propiedad del Estado».
Las organizaciones civiles democratizan más la sociedad ya que permiten a diversos ciudadanos incidir en lo público. Su presencia puede servir como contrapeso del Estado, pueden llevar a cabo tareas que el propio Estado es incapaz de resolver (ya sea por desinterés, falta de alcance o capacidad) o incluso pueden trabajar de la mano con éste para solucionar problemas muy específicos.
Esas OSC que desprecia AMLO, como el IMCO, Mexicanos contra la Corrupción y demás, surgieron como un contrapeso al gobierno. Aunque sostienen una postura liberal en lo económico, no son parte del status quo. Todos fuimos testigos de que su postura ante el régimen de Peña fue lapidaria.
Pero en México organizaciones civiles en México las hay liberales, y también de izquierda y de todos colores y sabores. El Estado no puede aspirar, como afirmara López Obrador, a purificarlas, ello sería atentar contra los derechos políticos y civiles de los individuos. La única obligación de las OSC para con el Estado tiene que ver con el apego al Estado de derecho, el respeto a las instituciones y a su entorno.
Es cierto que la mayoría de quienes conforman las organizaciones civiles en México viene de una clase relativamente acomodada, y evidentemente suele tener una mayor representatividad que la gente que vive en la base de la pirámide, ya que los primeros tienen tiempo y recursos para involucrarse en el quehacer político en tanto las personas que viven en condiciones más difíciles no suelen tener mucho tiempo y no suelen tener acceso a un buen nivel de educación (que suele ser indispensable para formar una OSC). Pero recordemos que las organizaciones civiles como tales no buscan representar los intereses de toda la sociedad en su conjunto sino que buscan resolver problemas específicos. Recordemos también que las OSC no vienen a sustituir al Estado.
Tampoco se sigue que el hecho de que la mayoría de quienes participan en las OSC vienen de clases medias o altas implique que solo defiendan sus intereses. Muchas de las OSC buscan combatir problemáticas que afectan a los menos privilegiados.
Y tampoco implica que haya que ser rico para tratar de incidir en una OSC. Es posible que el hecho de que los más afortunados suelan involucrarse en actos de caridad o filantropía haya creado la percepción de que las organizaciones civiles son para ricos. La realidad es que incluso estudiantes jóvenes de clases medias sin mucho presupuesto pueden conformar sin problema una OSC.
Si descalificáramos en automático a las OSC por el hecho de que las clases medias o altas tienen más representación que las bajas, entonces tendríamos que descalificar a priori cualquier tipo de manifestación o activismo. No tendríamos por qué esperar a que la sociedad de nuestro país fuera muy igualitaria o se haya acabado la pobreza, más aún cuando incluso hay OSC que buscan de alguna u otra forma, atacar o aminorar las causas que mantienen una sociedad profundamente desigual.
Que la mayoría de quienes integran las OSC provengan de clases medias, medias-altas o altas, no implica que, como dice AMLO, estas organizaciones (evidentemente las que están bien constituidas y descartando las que utilizan la figura jurídica para cometer abusos) busquen mantener el status quo y los privilegios.
Las declaraciones de AMLO son un golpe y un mensaje de desprecio hacia un sector civil que, si bien todavía es incipiente, que ha crecido de manera sostenida en los últimos 30 años y ha adquirido una mayor relevancia en lo público. Con sus declaraciones le manda un mensaje a la ciudadanía diciéndole que es el Estado quien tiene la completa rectoría sobre lo público y que ella debe de sacar sus manos.