Categoría: reflexión

  • Mi conversación con un xenófobo

    Mi conversación con un xenófobo

    Esto ocurrió en un grupo de Whatsapp de un movimiento de activismo político, y al cual me agregaron.

    Vi que muchas personas estaban compartiendo información que Gilberto Lozano estaba propagando en redes. Esa que decía que, producto del Pacto Mundial de Migración y de una supuesta agenda del Foro de Sao Paulo (para convertirnos en comunistas), este gobierno estaba dejando a entrar a migrantes de forma indiscriminada.

    Yo coloqué como respuesta un artículo de El Economista que exhibía con datos y gráficas que, contrario a lo que AMLO había prometido en campaña, el número de deportaciones en este sexenio no había bajado, sino subido. Incluso varios migrantes quemaron piñatas de Trump, AMLO y Olga Sánchez Cordero en protesta.

    Las respuestas que recibí por parte de algunos integrantes de ese chat fueron muy agresivas. Una persona empezó a colocarme muchas notas donde hablaban sobre cómo México estaba firmando acuerdos con países de Centroamérica, notas que no leyeron porque ahí mismo decía que dichos países buscarían mitigar el problema de la migración.

    Pero otra persona, que llamaremos Javier, me increpó diciéndome zombie y que no llegara a desinformar. Dijo que lo que dice Gilberto Lozano no es mentira, que todo forma parte de una agenda globalista. Me di cuenta que se trataba de un señor cuyo discurso tenía un fuerte contenido de xenofobia y racismo.

    Javier me comenzó a mandar mensajes de audio explicándome en qué consistía esa agenda. Se le notaba molesto, alterado, era evidente el tono de desprecio de su voz cuando se refería a los centroamericanos, chinos y árabes, a quienes se refirió como «gentuza» y gente «ignorante hambreada» para después intentar revirar y decir que no tiene problemas con los migrantes sino con quienes promueven esta «agenda globalista». Aún así después volvió a utilizar esos términos despectivos.

    Lo que me llamó más la atención de Javier, que me trajo sentimientos mixtos (algo de gracia y a la vez preocupación), fue cuando empezó a explicarme de qué iba esa agenda globalista que buscaba deliberadamente destruir a Europa y a Estados Unidos. Javier me explicó que en esa agenda macabra buscaban acabar las fronteras en el 2030. Me dijo que me fuera a investigar la agenda de la ONU, (seguramente se refiería a la agenda para el desarrollo sostenible de esta organización). Fui a consultarla, no porque me dejara con la duda, sino para demostrar que él no estaba en lo correcto, y en dicha agenda no viene ninguna propuesta para acabar con las fronteras. Lo único que dice al respecto es lo siguiente:

    Facilitar la migración y la movilidad ordenadas, seguras, regulares y responsables de las personas, incluso mediante la aplicación de políticas migratorias planificadas y bien gestionadas.

    http://www.sela.org/media/2262361/agenda-2030-y-los-objetivos-de-desarrollo-sostenible.pdf

    Naturalmente eso no implica ni mucho menos la derogación de las fronteras y va en consonancia del Pacto Mundial de Migración donde dice que los países tienen derecho a establecer sus controles sobre migración.

    Javier me contó cómo en Europa hay muchos migrantes y cada vez se ven menos personas de origen francés en Francia, lo cual es cierto, pero eso no es producto de una conspiración oscura y secreta. Lo más cómico fue cuando me mencionó quiénes estaban detrás de esa agenda globalista: La Unión Europea, la ONU, los judíos, George Soros, los masones y el Vaticano.

    Sí. Según Javier, los masones y el Vaticano (la Iglesia), enemigos acérrimos e históricos, ¡estaban confabulados en la misma conspiración! O sea, dos organizaciones meramente occidentales y que han moldeado, por un decir, lo que Occidente es hoy, ¡estaban confabulados para destruir Occidente! No pude hacer nada más que soltar una carcajada.

    Pero esa carcajada se reprimió a sí misma cuando me puse a pensar que hay gente que de verdad cree eso, y que hay personas como Gilberto Lozano que están propagando esas ideas xenófobas de odio en contra de los migrantes. Javier coincide con Gilberto Lozano en que a México no solo van a llegar millones de chinos (que pocas razones tendrían para migrar a México con una economía que en tamaño está a punto de rebasar a la de EEUU) sino también árabes de ISIS.

    Por más que lo quisiera negar para no parecer «políticamente incorrecto», en su voz y en sus mismas palabras se notaba un fuerte desprecio a los migrantes. Javier estaba seguro de lo que me decía, estaba completamente convencido. Al final me dijo que me largara de ahí con mis «tonterías» y que dejara de desinformar. Hasta creyó que era un simpatizante de AMLO.

    Lo triste no es tanto que haya gente que piense así, sino que haya quienes, como Gilberto Lozano, estén propagando ese discurso de odio. Es cierto que quienes tenemos una postura más cercana al multiculturalismo debemos de ser críticos: podríamos preguntarnos si la migración a Europa fue excesiva o muy precipitada y qué tanto ello ha provocado el surgimiento de liderazgos de ultraderecha. También habría que preguntarnos si la oleada masiva de migrantes que hubo en México al final del gobierno de Peña Nieto y que resultó en un Estado rebasado y migrantes varados en las ciudades fronterizas ayudó a fortalecer este discurso.

    ¿Hasta qué punto un país podría recibir migrantes? ¿Debe haber controles? ¿Y cuáles? ¿Deberían ellos adaptarse al nuevo país o podrían atraer consigo mismos su propia cultura? Son preguntas razonables que nos podríamos contestar, pero ninguna respuesta puede llevar consigo un discurso de odio.

    Pero con todo ello, es cierto también que hay líderes como Lozano que están promoviendo un discurso de odio ante los migrantes que, hay que recordarlo, son seres humanos. Es de reconocer el papel de la Iglesia y de diversas agrupaciones religiosas en nuestro país en favor de los migrantes y que sirven de contención ante el crecimiento de los discursos xenófobos que muchos creyeron no existían en nuestro país (tal vez eso explique por qué algunas de estas teorías de la conspiración meten al Vaticano junto con los masones y la ONU dentro del mismo complot).

    La realidad, y como lo hemos visto a través de la historia de nuestro país, es que nuestra especie apunta hacia un mundo globalizado. Manifestaciones que van en contra de esa corriente como el nazismo, por más crueles en inhumanos hayan sido, no terminaron alterando ese rumbo globalizador cuyo proceso, como todo, no es estrictamente lineal pero cuya tendencia se percibe a lo lejos. ¿Habrá fronteras en el futuro? ¿Habrá naciones y aduanas? No lo sabemos. Lo que sí es cierto es que, al ser un mundo cada vez más interconectado y donde los ajenos se perciben cada vez un tanto menos ajenos, el proceso globalizador podría parecer una natural consecuencia.

    Tal vez ese México aislado y de fronteras bien selladas que quisiera ver Javier terminará siendo meramente una ilusión suya.

  • ¿Qué es la heterofobia? ¿Existe eso?

    ¿Qué es la heterofobia? ¿Existe eso?

    ¿Qué es la heterofobia?

    Varios círculos conservadores han insistido una y otra vez en que la homofobia no existe, que solo es que «no están de acuerdo con la homosexualidad», algo que es absurdo entendiendo que la homosexualidad es algo que ha acompañado a nuestra especie y no es algún invento o una mera construcción. Si bien, los círculos homosexuales se sirven de ciertos postulados ideológicos para promover sus causas, la homosexualidad per sé no es una ideología sino algo inherente a nuestra especie. Básicamente, es un sinsentido «no estar de acuerdo con la homosexualidad».

    Dicen que ese «no estar de acuerdo» no es homofóbico, porque no tienen miedo a la homosexualidad ni les da pánico, solo es que no concuerdan con ella: en algunos casos respetan que los homosexuales existan en tanto tengan una vida privada discreta y no busquen adquirir derechos en modelos de organización tradicionalmente heterosexuales (como el matrimonio), y algunos otros sí llegan a tener una postura más beligerante y acusan a la «corrección política» de ya no poder utilizar términos como maricón o puñal para referirse a ellos.

    Pero de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, se inventan la palabra «heterofobia» como lo ha hecho la organización «Confamilia» presidida por Juan Dabdoub. La verdad es que yo no entiendo bien qué es lo que quieren dar a entender con este término, además de que resulta muy incongruente la creación de esta definición después de batallar incesantemente para intentar probar que el término «homofobia» no tiene sentido alguno.

    Independientemente de cuestiones semánticas y de precisiones en la definición, todos sabemos lo que la homofobia es o al menos conocemos la definición que se le ha tratado de dar. La homofobia, decimos, tiene que ver con un rechazo o prejuicio a los homosexuales y lesbianas.

    Si la definición de heterofobia fuera la contraparte de la homofobia, entonces no tendría sentido alguno, porque en nuestra sociedad no hay prejuicios hacia los heterosexuales. Los homosexuales buscan integrarse como complementario a la heterosexualidad, no como una sustitución:

    Yo soy heterosexual, a mí nunca me han discriminado jamás por serlo, no me han negado trabajos, no me han dicho «maricón» en la calle. ni la gente se me ha quedado viendo raro, ni me han corrido de mi familia ni me han dicho que tengo que entrar a terapias para corregir mi heterosexualidad. Tampoco recuerdo que a ninguno de mis conocidos y amigos heterosexuales los hayan discriminado alguna vez. ¿Entonces cómo puedo decir que existe algo así como una heterofobia?

    Si no existe rechazo alguno ante la heterosexualidad ¿entonces qué demonios es la «heterofobia»?

    Podría pensar que tiene que ver con que los gays (al menos los que participan activamente en los colectivos LGBT) se muestran orgullosos de serlo y lo presumen a los cuatro vientos, mientras que los heterosexuales no lo hacen o podría ser raro o hasta mal visto. Es algo que a veces grupos similares a Confamilia han llegado a mencionar.

    El problema es que cuando presumen su heterosexualidad lo hacen contrastándola con la homosexualidad (cosa que no pasa con los homosexuales). Es decir, estoy orgulloso de ser heterosexual porque es lo que (consideramos) la verdad dicta, porque la heterosexualidad está bien y la homosexualidad está mal porque es antinatura, lo cual tratan de mostrar con ejemplos aparentemente didácticos (tornillo-tuerca).

    El orgullo de los homosexuales, según recuerdo, no va en ese sentido. No se contrastan como los heterosexuales, sino que resaltan su condición de homosexuales para así buscar una mayor relevancia dentro de la sociedad e incidir sobre ella. Como los heterosexuales no tenemos que buscarla porque son la regla y no la excepción, entonces no la presumimos ni la celebramos, no hay necesidad de ello. Tan solo vivimos nuestra heterosexualidad.

    Entonces, si la definición de heterofobia es realmente ésta (que los gays tengan derecho de sentirse orgullosos de su condición, mientras que nosotros no podemos sentirnos orgullosos de ser heterosexuales para mostrar una superioridad de nuestra condición -moral y hasta biológica- sobre la otra), estarían validando en la práctica ese término de homofobia que tanto han querido combatir.

    Vaya lío en el que se ha metido Confamilia con estas definiciones.

  • El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    Los libertarios y liberales clásicos nos dicen que por más intervenga el gobierno en la economía menos libertad económica hay y, como dice Milton Friedman, los gobiernos más interventores son más propensos a desembocar en una tiranía.

    La frase hasta cierto punto tiene sentido, pero luego uno se pregunta por qué los países europeos con un Estado de bienestar más robusto son más democráticos que los países latinoamericanos donde dicho Estado de bienestar es más bien más pequeño y donde se recaudan menos impuestos (más por ineficiencia que por otra cosa).

    Me parece que para que la ecuación sea más precisa falta otra variable: lo que los libertarios, me parece, ignoran, es que no solo se trata del tamaño del Estado, sino de la relación que éste tiene con los ciudadanos. Así, un Estado más pequeño puede llegar a tener más poder sobre los ciudadanos que uno un poco más grande.

    Por esto es que es necesario hacer la distinción entre el Estado de bienestar y el asistencialismo. Algunos ingenuamente lo catalogan como una sola cosa porque se trata de dinero de los impuestos de los ciudadanos que se utilizan para cuestiones sociales, pero en realidad son dos conceptos muy diferentes y con efectos muy distintos.

    El Estado de bienestar (welfare state) consiste en derechos adquiridos que el gobierno debe proporcionar a través de los impuestos que cobra a los mismos ciudadanos: salud, educación, etc. con el fin de que todos tengan una base desde la cual desarrollarse y así una generar una sociedad más equitativa.

    Mientras que el discurso del libertarismo se basa en la libertad negativa (de acuerdo a las definiciones de Isaiah Berlin) que se basa en la ausencia de coerción, el Estado de bienestar tiene que ver más con la libertad positiva: es decir, que el individuo tenga una base (buena educación, salud etc) para que tenga mayores capacidades para realizar acciones y sea amo de sí mismo. Una persona que tiene mejor educación y salud está en mejores condiciones para aspirar a un mejor empleo, emprender o llevar a cabo sus sueños.

    Estos beneficios pueden otorgarlos entidades públicas o incluso privadas, en tanto sean beneficios financiados con los impuestos recaudados por los ciudadanos que el gobierno administra. Prácticamente todos los países desarrollados, en mayor o menor medida, tienen alguna forma de Estado de bienestar así como muchos países en vías de desarrollo (más pequeños, dada su capacidad económica).

    El Estado de bienestar requiere de institucionalidad y de un Estado sólido para que funcione bien. El sujeto no se siente agradecido al gobierno por esos beneficios, sino que entiende que son derechos que el gobierno proporciona a través de los mismos recursos de los ciudadanos. Así, se sobreentiende que el individuo no le «debe» nada al gobierno, ya que son los recursos de todos y el gobierno solamente administra dichos recursos de tal forma que un porcentaje minoritario de lo que el ciudadano produce, y que se transfiere mediante impuestos, sirva en beneficio de la colectividad. El IMSS o el Seguro Popular, la educación básica o incluso las universidades públicas, por poner un ejemplo, son parte de lo que podríamos llamar el Estado de bienestar mexicano (naturalmente muy precario comparado con sus pares europeos por la capacidad económica del país).

    Los estados desarrollados, con instituciones sólidas y un Estado de bienestar sólido logran combatir la desigualdad de mucho mejor forma que los países en desarrollo con una visión asistencialista. Fuente: researchgate.net

    El asistencialismo, por su parte, consiste en dádivas que el gobierno da a los ciudadanos para generar una relación de codependencia para que, de esta forma, el gobierno acapare más poder. Su objetivo no es proporcionar un servicio a los ciudadanos, sino cooptarlos para darle más poder al gobierno. Lo que busca el asistencialismo es que el individuo se sienta agradecido con el gobierno (el Presidente me ayudó, tengo esto gracias al gobierno de tal persona) para que se lo retribuya en votos o en asistencia a mítines. Las políticas asistencialistas no tienen como fin otorgarle un beneficio al ciudadano, sino darle más poder al gobierno mediante su cooptación.

    Mientras que el Estado de bienestar busca un balance entre la libertad negativa y la libertad positiva (el balance entre la coerción que implica la obligación de pagar impuestos y la mayor libertad para que quienes integren la sociedad puedan desarrollar su proyecto de vida mediante herramientas o prestaciones que los sitúen en una mejor condición), el asistencialismo atenta contra los dos tipos de libertades: implica coerción a la hora de cobrar impuestos para políticas asistencialistas y a la hora de condicionar la posibilidad de recibir un beneficio a la obligación de realizar una acción, aunque sea tácita (vota si quieres seguir recibiendo esta despensa porque si no ganamos ya no la vas a recibir), y atenta contra la libertad positiva porque al generar una relación de codependencia, se inhiben en mayor o menor medida sus capacidades para salir adelante.

    Hablando de la acumulación de poder de gobierno, podemos ver que el asistencialismo le da más poder al gobierno sobre los ciudadanos que el Estado de bienestar: no es lo mismo sentir que se le debe algo al gobierno (asistencialismo) a que se vea un beneficio como un derecho que no deja de ser visto como algo financiado con los impuestos de los mismos ciudadanos (Estado de bienestar).

    Si un gobierno gasta diez millones de pesos en beneficios sociales, un liberal clásico o libertario podría llegar pensar que en los diversos casos existe una coerción similar (al cabo al ciudadano se le cobra la misma cantidad de impuestos). Pero en realidad, esos diez millones de pesos que, invertidos en un Estado de bienestar pudieran permitirse en un Estado democrático, podrían vulnerar la misma democracia y la institucionalidad si se invirtieran en programas asistencialistas.

    Y una muestra de ello es lo que vemos en el gobierno actual. AMLO, a diferencia de varios demagogos latinoamericanos, no se está endeudando y está gastando igual o quizá menos que los gobiernos anteriores. Pero con los recortes al IMSS o a las guarderías para mujeres para la implementación de transferencias directas (sin olvidar otros proyectos como la refinería Dos Bocas) está desmantelando el Estado de bienestar para redirigir los recursos al asistencialismo (práctica ya recurrente en los gobiernos del PRI). No necesita gastar más, basta con reorientar los mismos recursos para promover una relación asistencialista y así acumular mayor poder.

  • En defensa de Celia Lora

    En defensa de Celia Lora

    En defensa de Celia Lora

    Algunos simpatizantes de AMLO se indignaron porque Celia Lora le contó a Adela cuando le dijo en broma a su novio piloto «Haz Kamikaze, mátalo por favor» al saber que iba en el avión en el que la iba transportando. Naturalmente hicieron campaña en contra de la hija de Alex Lora.

    Pero hace dos sexenios le llamaban Fecal a Felipe Calderón. Le decían pelele y usurpador (repitiendo las frases el entonces frustrado candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador)

    Después algunos de ellos participaron en la quema de un muñeco de Peña Nieto en el Zócalo, de él se burlaban, no le perdonaban ningún desliz (lo sé, tuvo muchos), insultaron e hicieron memes una u otra vez.

    Y que lo hayan hecho no tiene nada de malo.

    Y no me parece malo que quemen muñecos o que le recuerden su madre a Peña, están en su derecho. La gente tiene derecho a expresarse de su gobierno como le convenga. Podremos decir que es una crítica madura o hasta infantil pero tienen la libertad de expresión para hacerlo. Criticar y burlarse del poder es algo hasta sano.

    Pero así como ellos tenían el derecho de criticar a Calderón o a Peña Nieto. Celia Lora está en su derecho a decir lo que quiera de AMLO y también los ahora manifestantes están en su derecho de insultar a AMLO para sacar sus frustraciones como los simpatizantes de AMLO alguna vez lo hicieron.

    Pero resulta que no, que no es lo mismo, que de López Obrador no se puede hablar mal, que hasta que hay que tener mucho cuidado porque el ejército de las redes sociales se te va a venir con todo.

    Si Celia Lora hubiese dicho ese «mátalo por favor» en el tono que lo dijo Ricardo Alemán donde incitaba a la violencia y que le costó merecidamente el despido en algunos de los espacios donde colaboraba, hablaríamos de otra cosa. Es obvio en el video que el comentario que hizo no tenía esa intención. Le dijo a su novio que el fuera el kamikaze: naturalmente no es como que quiera que su novio estrelle el avión y muera.

    Además ¿Cuántos de los ahora indignados no hacían ese tipo de bromas cuando Peña o Calderón gobernaban? Yo escuché a muchos. Ahora resulta que no se puede.

    Caray, Celia Lora dijo lo que muchísima gente dice en su vida diaria. Ahora resulta que es una villana.

    Caray, López Obrador es un servidor público, no es la Virgen ni Dios ni Alá.

  • Pensar la política en binario primitivo

    Pensar la política en binario primitivo

    Pensar la política en binario primitivo

    Las oposiciones binarias siempre han acompañado a nuestra especie humana:

    • Bien vs mal
    • Hombre vs mujer
    • Capitalismo vs socialismo
    • Amigo vs enemigo
    • y un largo etcétera.

    Los oposiciones binarias nos son altamente eficientes porque son simples, porque dentro de todos los modelos son los que requieren la menor abstracción. Esa es una de las razones, por ejemplo, por las cuales la búsqueda de la deconstrucción del modelo «hombre vs mujer» en favor de un modelo donde exista una gran cantidad de identidades de género para incluir a aquellos que tienen una identidad distinta a las tradicionales ha generado mucha resistencia. Ciertamente, modificar las instituciones humanas y los procesos para abarcar a un sinnúmero de géneros se podría antojar complicado y poco eficiente.

    Las oposiciones binarias pueden ser muy útiles, ya que si utilizaramos siempre marcos de referencia complejos, estos obligarían al ser humano a detenerse a pensar ante cualquier circunstancia que le requiera tomar una decisión pronta (pensar lleva tiempo y consumo de energía) lo cual lo haría más lento y torpe. Esto último también es una de las razones por las cuales los valores morales (muchas veces basados en oposiciones binarias) existen y son útiles: determinar que algo está bien o mal por medio de una predisposición a priori le permitirá al individuo tomar una decisión más ágil y pronta que si el ser humano se detuviera a analizar toda la complejidad del caso en cuestión y le diera un valor entre varios matices o conceptos de bondad o maldad.

    Estas oposiciones reducen un fenómeno complejo a algo simple. Por un lado, son más eficientes porque requieren una menor abstracción, pero por otro lado, puede conducir al error al no reparar la complejidad del asunto. En esa simplicidad también se encuentran sus defectos.

    De ahí viene esa idea de que no toda la vida es blanco y negro, sino que implica una escala de grises.

    Y es que, en diversas circunstancias, es indispensable detenerse y salir de esos marcos de referencia binarios para conocer la realidad de mejor forma y poder tomar mejores decisiones. La política es un claro ejemplo de ello:

    La polarización política es un claro ejemplo de una oposición binaria: tenemos a quienes simpatizan con López Obrador y a quienes lo detestan. Conforme la polarización se acrecenta, los dos polos toman una postura más rígida en donde ambas partes se vuelven más homogéneas entre sí. Los matices desaparecen para volver este conflicto en una feroz batalla entre dos partes.

    No es indeseable que los conflictos existan, por el contrario. De hecho, la democracia presupone el conflicto y le da un espacio para que este se desarrolle. Pero también es importante reparar en la forma en que se desarrolla este conflicto, porque su destino final dependerá en gran parte de ella. La mayor capacidad de abstracción es lo que nos ha permitido crear sistemas sociales más complejos y sofisticados.

    Cuando reducimos la política a una mera confrontación binaria (estoy con AMLO o contra AMLO) los puentes tienden a romperse porque se descartan a priori la posibilidad de tener coincidencias, dialogar o llegar a acuerdos, pero eso es un problema menor. El mayor problema es aquella «alienación autoinflingida» con la cual el individuo ya no tiene siquiera la capacidad de preguntarse por qué ha tomado esa postura y mucho menos de llegar a la conclusión de que aquella postura que ha tomado, aunque posiblement loable, no es necesariamente perfecta. Aquí es donde el fanatismo y la irracionalidad se manifiestan.

    Esto no significa que siempre sea deseable que las partes lleguen a acuerdos. En algunos casos las diferencias son irreconciliables y ello no tiene nada de malo. Matizar y ser autocríticos con nuestra postura no implica dejar de tomarla o mantener una postura tibia o ambigua. A veces las circunstancias nos obligan a tomar decisiones duras: si un tirano o una amenaza exterior pretende atacarnos, lo que toca, sí, es confrontarlo porque es lo más eficiente.

    Pero los fenómenos de polarización social como los que vive nuestra sociedad nos da mucho margen para salir de esa oposición binaria y entender los matices y las complejidades del problema con el fin de abordarlo de mejor forma, e incluso hasta para combatir el problema del que surgió dicha polarización.

    ¿O de qué otra forma muchos de los que le temen a López Obrador podrían persuadir a aquellos que votaron por él pero que le guardan escepticismo? ¿Cómo podría uno darse cuenta que si un mandatario busca polarizar a la sociedad, actuar de forma visceral sólo le va a hacer la chamba? ¿O de qué otra forma podría uno dejar de estigmatizar a los del bando contrario y ponerles etiquetas que en muchos casos no se merecen?

    Naturalmente, ello requiere de una mayor abstracción (es decir, pensar y razonar más). Tal vez suene incómodo decirlo, pero en una sociedad excesivamente polarizada muy posiblemente la mayoría no se hayan detenido a analizar la situación y estén muy seguros de una postura que posiblemente ni han terminado de entender bien. Por ello es que la oposición binaria termina convirtiéndose en una gran herramienta para el demagogo.

    Entendiendo que el ser humano se diferencia de las demás especies animales por su capacidad de abstracción, podemos entender que un conflicto político que se mantiene en un nivel binario donde todo son blancos o negros (abstracción baja) termina siendo más primitivo que en uno donde los integrantes de dicho conflicto tienen la capacidad de matizar y de entender sus complejidades.

    Porque nuestra sociedad y nuestro mundo es de una complejidad tal que conocemos muy poco de ella. Nuestra evolución consiste en ir entendiendo y descubriendo dicha complejidad de mejor forma. Tanto las matemáticas, la física, la filosofía, la política, la economía, la sociología y gran parte de las disciplinas apuntan en esa dirección y, en este sentido, reducir o someter conflictos y diferencias a una mera oposición binaria (donde la gente tome posturas irreconciliables donde sea incapaz siquiera de matizar) significa un estancamiento, si no es que un retroceso a la hora de buscar construir mejores sociedades.

  • Guía para hacer que las marchas contra AMLO funcionen

    Guía para hacer que las marchas contra AMLO funcionen

    Guía para hacer que las marchas contra AMLO funcionen

    Este domingo se llevó a cabo una marcha en diversas ciudades de la República Mexicana pidiendo la renuncia del presidente López Obrador, o bien, exigiendo que cambie su postura con respecto de ciertos temas.

    Puedo sacar dos conclusiones que me servirán para la argumentación que haré: la primera es que esta marcha fue, en lo general, más grande que las marchas anteriores (sin embargo, sigue siendo muy minoritaria). La segunda es que me he dado cuenta que muchas personas que se oponen al gobierno de López Obrador se oponen también a estas marchas.

    Una marcha comenzará a lograr su cometido en tanto logre generar la suficiente masa crítica. La masa crítica es un concepto prestado de la física que, en esta disciplina, significa la mínima cantidad necesaria de combustible para producir una reacción nuclear en cadena. En sociología vendría a ser como la mínima cantidad de personas necesarias para que un fenómeno concreto tenga lugar (que el gobierno se vea presionado y cambie su forma de gobernar, por poner un ejemplo).

    Aquí nos encontramos con un problema. Las marchas están compuestas mayoritariamente de personas de clase alta y media alta (que no quiere decir que no haya asistido nadie de otros estratos sociales, pero son menos), las cuales son una minoría en nuestro país, pero cuando se trata de salir a la calle la historia es otra. Es muy complicado que la clase alta y media alta por sí sola logre generar masa crítica.

    Luego nos encontramos con otro problema. A la clases alta y media alta se les percibe como clases privilegiadas. Generalmente esta condición de privilegio se refleja en las propias marchas: por ejemplo, que salgan a manifestar con ropa de marca o viseras para que no les dé el sol. Esta condición de privilegio genera rechazo y muchos cuestionan por qué la mayoría de ellos no se involucraron en marchas producto de la indignación como los 43 de Ayotzinapa o la corrupción del gobierno de Peña Nieto. Ello tal vez explique la reticencia de varios opositores a unirse a las manifestaciones.

    No los estoy culpando ni criticando por su posición social, ella no les impide ser ciudadanos ni pueblo, pero debemos tenerlo en cuenta porque es una variable que juega un papel muy importante en la ecuación (una variable con la que los amloístas han sabido jugar bien). Dado que es imposible que las clases altas por sí solas generen masa crítica, entonces es importante la incorporación de personas de otros sectores sociales (incluso de la misma clase media alta o alta que se resisten a manifestarse por lo anteriormente mencionado).

    El otro problema es el siguiente: López Obrador es muy popular, según las encuestas (incluidas las llamadas «fifís») le dan un 70% de aprobación. Es un número muy grande y difícilmente va a bajar en el corto plazo porque no lo ha hecho a pesar de los errores. Mucha gente tiene esperanza en un cambio y no quiere dejarla ir así nada más. Esto también juega en contra del deseo de lograr esa «masa crítica».

    Ello no significa que el 70% de los electores estén casados con AMLO, ni siquiera todas las personas que votaron por AMLO están casadas con él. Tomando en cuenta el voto duro de López Obrador (el que tuvo en las elecciones, menos el voto útil que ganó y que fue mucho) sospecho que ha andar rondando por el 30% de la población.

    Bueno, es hora de hacer política. Y en política gana quien logra persuadir a los indecisos.

    Tomemos esta imagen de referencia. Podemos ver que hay 3 polos: los anti AMLO (los marchantes que están preocupados), los indecisos (como aquellos opositores a AMLO que le tiene reticencia a las marchas o los que votaron por él pero que le guardan cierto escepticismo) y los que son férreos simpatizantes de AMLO.

    Lo que le conviene al régimen es polarizar a la sociedad para dividir el discurso entre buenos y malos, donde ellos sean mayoritarios. Esto es, que básicamente existan dos frentes que no puedan hablarse entre sí, para que de esta forma, los pro AMLO puedan estigmatizar a los anti AMLO como los fifís o la mafia del poder. Con su discurso del «pueblo bueno», AMLO busca no solo estimular a sus férreos seguidores, sino sumar a los que llamamos indecisos a su causa, o bien, anularlos y hacerlos irrelevantes (que existan pero que no hagan nada).

    Este escenario es el ideal para AMLO. Una mayoría de simpatizantes contra una minoría de simpatizantes y unos indecisos que no hagan nada o que no existan.

    En un estado así, el gobierno tiene todo el poder y el control. Ya no solo por su mayoría absoluta en el Congreso, sino porque tiene a una sociedad compuesta de tal forma que resulta legitimadora de todos sus actos. Lo que se desearía es lo contrario.

    Pero resulta que los que forman parte de un conglomerado pueden terminar involuntariamente ayudando a lo que hace el otro. Cuando en las manifestaciones alguien dice

    • Los que sí tenemos cerebro no votamos por AMLO
    • Sus seguidores son menos inteligentes
    • Soy fifí, abajo los chairos

    terminan haciéndole la chamba al gobierno ¿por qué?

    Primero, porque no votaron ni por ignorantes ni por tontos (es totalmente válido y respetable que hayan votado por AMLO). Transmitirles eso hará que se opongan a nosotros, lo cual sería un craso error.

    Recordemos que dentro del conglomerado de los indecisos (aquellos que están en posibilidad de ser persuadidos y a quienes se necesita persuadir para lograr masa crítica) está gente que votó por AMLO o gente opositora a AMLO que se resiste a sumarse a la manifestación. Con esto, unos indecisos se anularán (seguirán siendo indecisos pero ya no podrán ser persuadidos) o se pasarán al bando de los pro AMLO (la gente que votó por él pero que guarda cierto escepticismo). Este tipo de actitudes y manifestaciones alienarán a los indecisos, perdiendo así una gran oportunidad para hacer masa crítica.

    El problema en las manifestaciones del domingo es que vimos manifestaciones clasistas (que naturalmente los amloístas aprovecharon en su beneficio) pero que existieron y no se pueden ocultar:

    ¿Cómo persuadir a los indecisos para que el polo anti AMLO logre ser masa crítica? Es cierto que la gran popularidad del Presidente juega un papel en contra pero algo puede hacerse para tener un escenario así. La manifestación debería prohibir consignas clasistas o de odio que ataquen o alienen a otras personas.

    Voy a decir algo que puede sonar políticamente incorrecto: es ilusorio que toda la gente se vaya a desencantar de AMLO, es imposible que «todo México se una»; no hay que ser románticos, hay que ser inteligentes y pragmáticos. Personas que simpatizan con AMLO siempre habrá, y toca mantener una postura de respeto, lo que nos interesa aquí es generar la masa crítica para incidir en las decisiones de este gobierno (creer que va a renunciar es casi una ilusión por la forma en que está compuesto nuestro sistema político presidencialista. Eso ya lo vimos en las manifestaciones en contra de un EPN con 19% de popularidad) y donde se pueda cambiar la narrativa a una donde no es AMLO quien tiene todo el poder, sino que tiene enfrente suyo un contrapeso ciudadano. No se trata tampoco de «destruir a López Obrador» sino de buscar beneficiar a nuestro país y a sus habitantes siendo un contrapeso incómodo sobre las decisiones erróneas pero que reconozca, sí, las buenas decisiones.

    Ahora, en el entendido de que se pretenda sumar a personas de otros sectores, hay que buscar los puntos en común y dejar fuera de la mesa aquellos puntos que pudieran generar conflicto. Por ejemplo, hay mucha gente que tiene una postura política progresista (aborto, matrimonios del mismo sexo) y que se opone a AMLO, y seguramente dentro de los manifestantes actuales habrá quien se oponga a esa agenda. Esos temas deben de dejarse fuera de toda discusión porque, de lo contrario, será imposible «marchar juntos». Esto nos permitirá aglutinar personas no solo de varios sectores, sino de distintas ideologías políticas (conservadores, liberales, progresistas) que coincidan en su preocupación por el rumbo del gobierno de AMLO. Si Churchill y Roosevelt pudieron sentarse con Stalin para acabar con la amenaza que representaba Hitler (no estoy sugiriendo, por cierto, que AMLO sea algo remotamente cercano a Hitler) ¿por qué personas que piensan distinto en algunos puntos no se pueden unir?

    Es muy importante entender por qué la gente voto por AMLO. Si creemos que lo hicieron por tontos o ignorantes estamos perdidos porque se parte de una premisa falsa. La mayoría de la gente votó por AMLO por un justificado descontento con la clase política, porque no ha visto mejorías sustanciales en las últimas décadas, realidades que AMLO ha aprovechado para construir su narrativa.

    No puedo dejar del lado la necesidad de informarse bien, analizar las políticas de AMLO y entender qué es lo que tiene más prioridad. En las marchas he visto desinformación (incluyendo repartición de volantes con contenido xenófobo con respecto a los inmigrantes) o que se hace hincapié en frivolidades como «AMLO nos va a volver comunistas» en vez de enfocarse en lo que sí importa.

    Por último, y el punto más difícil y tal vez por mucho (a algunos le sonará utópico), pero indispensable, es lograr empatizar con las personas de otras clases sociales y tender puentes con ellas. Mucha gente asocia a las clases altas y media alta con el mismo sistema político que fue sacado a patadas. Eso es lo que algunos perciben actualmente en las marchas y por eso se resisten a ir, es como: no apoyo a AMLO pero tampoco al estado anterior de las cosas y considero que ustedes lo representan.

    Eso implica la necesidad de crear una suerte de pacto entre los distintos sectores socioeconómicos. ¿Cuál va a ser el papel de la gente que tiene dinero para que a la gente que tiene menos le vaya mejor? ¿Qué se hará para combatir el clasismo y el racismo prevalente en nuestra nación? ¿Cómo nos vamos a comunicar? ¿Qué actitudes del uno respecto del otro tenemos que cambiar? Muchas cuestiones de este estilo tendrán que responderse para que así pueda construirse un pacto o consenso que incluya a muchos «Méxicos» y no solo a uno minoritario. Incluso un pacto así pueda derivar, a la larga, en un movimiento político o en una oposición política al régimen actual.

    Básicamente, para atraer a ese sector indeciso que permitirá crear esa masa crítica, lo que estoy sugiriendo es:

    • Evitar comentarios o consignas clasistas.
    • Invitar gente de distintas corrientes ideológicas pero que coincidan en la preocupación del gobierno de AMLO.
    • Entender por qué la gente votó por AMLO para así no volver a repetir las causas.
    • Informarse bien y evitar fake news.
    • Dejar fuera temas que generen conflicto.
    • La creación de un pacto ciudadano que trascender ideologías políticas pero que busque la lucha por ciertos puntos en común.

    Se escucha difícil, pero a mi juicio es lo que se puede hacer para crear una real oposición al gobierno de AMLO que logre crear esa masa crítica necesaria para incidir y para que a México le vaya mejor.

  • La marcha contra AMLO

    La marcha contra AMLO

    Me parece paradójico, analizando las decisiones que ha tomado AMLO en sus primeros meses, que los que serían menos afectados son los que se manifiestan el día de hoy, no les están subiendo más impuestos ni sus empresas se han visto afectadas. Muchos de ellos tienen recursos, seguros privados, algunos hasta pueden darse el lujo de irse a otro país en un hipotético y extremo caso de que las cosas se pusieran realmente mal. Ellos no van a caer en la pobreza, porque aunque se ponga mal la cosa, se pueden apoyar entre ellos. Muchos de ellos tienen habilidades, educación y capacidades para salir adelante que los de abajo no tienen.
    Llama la atención que los menos afectados se manifiesten y que los más afectados no lo hagan.

    Los afectados de muchos de los errores del gobierno actual son la gente que no tiene tantos recursos (clases populares medias bajas y bajas), los que dependen de programas sociales que han sido desmantelados y sustituidos por programas clientelares, los que reciben educación pública paupérrima. Como dice un amigo mío, los niños de escuelas privadas están recibiendo clases de robótica mientras los otros son educados por la CNTE. Ellos son los afectados cuando no se generan empleos y son los que pierden más oportunidades de movilidad cuando, aunado a una pésima educación, se ignora las potencialidades de la ciencia y la tecnología. Con excepción de la Reforma Laboral (que me parece acertada) y alguna otra, creo que las decisiones que les compete a ellos les afecta más que beneficiarles.

    Muchos de ellos votaron por AMLO, en gran medida porque vieron cómo en los últimos decenios no vieron que su condición de vida mejorara, porque vieron gobiernos que se servían a sí mismos y empresarios que se beneficiaban del poder político (eso que de pronto ya hemos olvidado). Ellos lo van a seguir apoyando hasta el momento en el que puedan percibir en su vida cotidiana los errores de este gobierno (a menos que cambien de rumbo y tomen mejores decisiones), cuando la realidad rompa el sentimiento de esperanza. En lugar de recriminarlos por su voto o por simpatizar con AMLO (lo cual solo va a polarizar a la población), deberían preocuparse por ellos que van a ser los más afectados.

    Error sería sentirse superiormente morales a ellos porque no votaron por AMLO como si ellos fueran necesariamente racionales a la hora de votar y los otros no. No creo que todos piensen así, pero sí vi alguna pancarta que decía «los que tenemos cerebro no votamos por AMLO».

    La gente que tiene todos los recursos tiene el derecho a manifestarse y celebro que tomen la calle y se involucren en lo público, pero si quieren que la causa funcione y trascienda de un mero acto de catársis, tendrían que establecer puentes con ese «mexicote» saltándose incluso las diferencias culturales históricas entre ambos Méxicos, y me parece que hasta el momento no lo están haciendo. En tanto no lo hagan, al gobierno no le va a pesar mucho las marchas y simplemente las va a ignorar. Tejer puentes implica un compromiso de los que sí tienen con los que no tienen (o no tienen tanto) real. Es un trabajo muy difícil, ciertamente, pero de lo contrario, al ser minoría, tendrán serios problemas en generar la masa crítica suficiente como para que estas marchas se conviertan en una piedra en el zapato de AMLO.

  • ¿Cómo vender humo y hacerte rico?

    ¿Cómo vender humo y hacerte rico?

    En algún momento no muy lejano, emergió una suerte de cultura del emprendimiento cuyo relato nos decía que no teníamos que conformarnos con ser empleados y que el emprender podía ser una buena alternativa para quienes no gustaran de esa cultura godínez de 9-7 (más las horas extras impagas).

    Hacía sentido, porque ante un mercado cada vez más dinámico que ya no garantizaba desarrollar una carrera de por vida en una corporación (algo que Alvin Toffler presagió muy bien) , el emprendimiento surgio como una buena opción incluso para crear nuevas empresas que significaran un cambio de valores y de enfoque con respecto del empresariado tradicional; uno que tuviera ese espíritu más global, más competitivo y que estuviera abierto a la innovación. El Internet y una sociedad más globalizada le dieron al individuo más herramientas para poder emprender como no habría podido hacerlo antes.

    Pero con esta nueva cultura también llegaron los «trepadores», aquellos que vieron en la mera narrativa emprendedora un modelo de negocio. La narrativa (o más bien su perversión) era el producto en sí, y el mercado potencial eran aquellas personas que querían ganar dinero y querían «emanciparse» del godinato. Ya no era necesario hablar del materialismo dialéctico histórico para explicar cómo es que el trabajador iba a romper con sus cadenas, mucho menos hacer revoluciones, bastaba con que te convirtieras en un emprendedor para liberarte de ellas.

    Si hace poco más de un siglo se hablaba del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, el «Padre Rico, Padre Pobre» de Kiyosaki parecería convertirse en su análogo del siglo XXI (sin intención de ninguna manera de demeritar todo el trabajo de Marx y Engels ni mucho menos de bajarlos tanto de nivel), ya que gracias a esta obra se comenzó a propagar esta narrativa del emprendimiento como una forma de emancipación del empleo tradicional. Pero mientras que los marxistas vieron en la burguesía al enemigo que tenían que liquidar, el kiyosakismo apuntó al empleado en sí, aquel que iba a la escuela para después buscar un trabajo.

    Esta perversión de la narrativa emprendedora terminó progresivamente ridiculizando al empleado (y de paso a la educación formal), pero en realidad ofrecía poco a cambio: consigue un mentor, independízate, piensa en una cifra grande, en el Lamborghini, adquiere educación financiera (muchas veces sin reparar en los métodos) y «piensa positivo». Se enfocaron en polarizar el mundo profesional haciendo una marcada distinción entre los emprendedores (exitosos) y los empleados (perdedores). Culparon a los empleos y a la educación tradicional casi sin reparar la indispensable función que tiene dentro de la sociedad. Pero ni Marx habría sido tan ingenuo como para pensar que una sociedad con emprendedores y sin empleados podría sostenerse.

    En este contexto presentamos a Carlos Muñoz, una suerte de coach o influencer neokiyosakiano quien, al parecer, ha hecho un muy buen negocio a través de la propagación de esta narrativa emprendedora.

    La venta de una narrativa como producto de consumo, en tanto esta no esté acompañada de una metodología muy clara, termina ofreciendo algo muy estéril. Pero para Carlos Muñoz y sus pares lo importante no es el producto (prácticamente inexistente), sino el mensaje, el simbolismo, el discurso aspiracional. Seguramente Carlos Muñoz, al igual que muchos de sus pares, ha hecho un mayor esfuerzo y una mayor inversión en el símbolo que en el producto en sí. Importan más sus trajes extravagantes, su speech (es muy malhablado, lo cual en este contexto puede ser una ventaja, ya que se le puede percibir como una persona más directa u honesta, e incluso la arrogancia puede jugar a su favor dentro de su nicho de mercado). Básicamente se presenta como el individuo que los clientes que componen su nicho quisieran llegar a ser: una persona adinerada, exitosa, arrogante, que tiene cierto poder, que puede romper barreras y puede hacer básicamente lo que sea. Básicamente propone una visión muy nihilista y amoral de lo que debe de ser el acaparamiento (y no tanto creación) de la riqueza.

    La estrategia de polarización que utiliza ayuda mucho a su causa. Básicamente se trata de la versión análoga del político demagogo pero en el sector privado, y no dudo que haya aprendido algo de los demagogos y la forma en que manipulan a las masas: Carlos Muñoz insiste en la división entre los grandes emprendedores y los pobres y perdedores empleados (a quien llama nacos en más de una ocasión). Constantemente se refiere a sus críticos como sus haters para así estigmatizarlos: «Ellos son unos pobres perdedores, en cambio tú y yo somos unos emprendedores chingones y ganadores«. Pareciera un discurso del pueblo bueno y las élites malas y corrompidas pero a la inversa.

    Pero si la estrategia de venta podría parecer casi impecable (tiene un número de seguidores nada despreciable), cuando nos asomamos a ver el producto otro gallo es el que canta. Básicamente se trata de desinformación. Tomemos este video por ejemplo.

    El mensaje inicial es igual de enérgico y contundente que erróneo: «las universidades son una mierda», dice nuestro amigo. Afirma que lo son básicamente porque los maestros que la componen no son emprendedores sino empleados con un sueldo mediocre. Luego presume que tiene dos carreras. ¿Y entonces si las universidades son una mierda, por qué demonios estudió dos carreras?

    Su sugerencia es que todos los maestros deberían ser emprendedores. Carlos Muñoz evidentemente no conoce siquiera cuál es la función de una universidad en una sociedad. No creo que Marx hubiera sido tan ingenuo como para afirmar que una sociedad compuesta con puros emprendedores y sin empleados podría llevarse a cabo.

    Carlos Muñoz ignora, deliberadamente, otra cuestión: no todas las personas quieren ser emprendedoras, no todas las personas tienen la capacidad ni la personalidad para ser emprendedoras, y no todas las personas se sienten autorrealizadas por medio del emprendimiento. Hay gente que es empleada y que es feliz con su trabajo, que se siente satisfecha con el ingreso que tiene, y ello no tiene nada de malo.

    Sí es importante fomentar el emprendimiento, pero no es para cualquiera. Para que una sociedad funcione también se necesitan empleados, profesores y profesionistas que juegan un papel igual de valioso en la sociedad.

    Pero Carlos Muñoz sabe lo que hace, porque no está vendiendo un producto que funcione, está vendiendo humo. Lo que importa no es el producto, son las emociones: se trata de estimular a la gente que desea ser rica, que quiere sentirse parte de una élite que está por encima de las personas comunes y corrientes. Lo importante es hacer la distinción: «Ellos son unos pobres losers que van a la universidad compuesta por perdedores, pero en cambio tú, que pagas mis conferencias a precios exorbitantes, eres un ser superior, que puede tener su coche de lujo, que puede ser millonario». Es esa distinción el producto de venta, es esa distinción la que le da likes y la que anima a más de uno a pagar hasta decenas de miles de pesos por conferencias que está compuesta, sí, de más palabrería que apela a las emociones.

    Lo peor del caso es que dentro de su discurso no hay un método tangible que ayude a la gente a emprender. Carlos Muñoz apenas se ha molestado en recopilar consejos que encuentra en la literatura afín. Para poner un ejemplo preciso de esto busqué un video que tiene relación con el que ha sido mi profesión durante varios años (desarrollo web):

    El video es un tanto penoso porque digamos que lo que ha dice lo ha sabido cualquier agencia de desarrollo web, freelancers y cualquier persona que está en el medio sabe desde hace más de 10 años, pero Carlos Muñoz lo vende como algo novedoso, y lo busca transmitir con la edición del video (donde evidentemente puso la mayor parte de su esfuerzo y su inversión). Ni siquiera te dice como hacerlo, no te ofrece ningún método ni literatura de referencia alguna (que vaya que en Internet hay mucha al respecto). Pero, de nuevo, lo importante no es el contenido, es la emoción a la que apela, es la forma en la que él se quiere vender para que lo percibas como un referente a quien seguir.

    Carlos Muñoz estigmatiza y ridiculiza tanto a los empleados como a la educación formal. Pero dice haber estudiado dos carreras y tiene empleados que le ayudan a que su negocio funcione.

    Si uno escarba en los videos puede encontrarse con lo mismo: una producción cara y casi impecable, un discurso bien pensado e incluso una vestimenta arrebatadora (que a mí me parece de mal gusto pero que posiblemente funciona con su nicho de mercado). Pero no ofrece nada nuevo (bueno, aquí se tardó 10 años), te dice cosas que ya se han dicho una y otra vez, pero con una sofisticación tal que al ingenuo le podría parecer algo novedoso. ¿Por qué podría esperar que una conferencia suya, de esas que vende tan caro, me dé las herramientas que necesito para ser un emprendedor, si en sus videos no me ofrece nada nuevo ni nada que no se haya dicho ya? Luego también difunde ideas que pueden ser fácilmente refutadas por un estudiante de primer semestre de economía:

    Se trata de un vendedor de humo que embauca a sus empleados vendiéndoles emociones y aspiraciones, pero sin decirles en lo absoluto cómo hacerle. Tan no lo sabe que se limita, como ya había dicho, a recopilar información y consejos que está disponible desde hace tiempo, que pareciera que en algunos casos ni siquiera domina bien, pero la cual ofrece con una sofisticación tal que más de uno puede salir engañado.

    Para emprender es importante especializarte en aquello en lo que quieres aprender, y en muchas ocasiones los estudios y la educación continua serán muy útiles. Los trepadores del emprendimiento nunca te insistirán en ello ni te dirán que gran parte del éxito reside en ello.

    Me atrevo a decir que Carlos Muñoz es el estereotipo claro de esta corriente pseudoemprendedora que ha logrado crear toda una cultura que solo enriquece a quienes han sabido cómo venderla y que poco beneficia a sus clientes, quienes tal vez solo podrán aspirar a salir de sus talleres emocionados e inspirados.

    ¿Y qué tal si estoy equivocado? ¿Y qué tal si se está reservando todo para las magistrales conferencias que imparte? Bueno, pues basta ver una cápsula de una de ellas para darme cuenta de la misma constante:

    Y nos topamos con lo mismo. Cualquier persona con conocimientos básicos en Youtube sabe que los videos cortos funcionan mejor. ¡Todos los pinches influencers lo saben! Lo peor es que, si bien Carlos Muñoz acierta al decir que los videos en general no deben de ser de una duración muy larga y que en Facebook deben, en general, durar menos, ni siquiera entiende exactamente por qué. Pero tiene la osadía de utilizar como referencia un estudio de consumo en Internet ¡del 2012! En el cual el usuario pasa 34 minutos al día en Internet (lo cual seguramente ha cambiado mucho). Ignora también que el número de minutos puede variar de acuerdo al tipo de contenido. Por ejemplo, él dice que en Youtube un video debe durar 420 segundos (7 minutos), lo cual suena sensato para cierto tipo de contenidos, pero muchos influencers pueden darse el lujo de hacer videos de 10 a 15 minutos en Youtube y funcionan muy bien. El problema es que él ni siquiera toma esto al pie de la letra porque sus videos en todas las redes sociales ¡duran lo mismo!

    Luego es cómico porque dice que muchos haters lo juzgan por los videos que hace, que le dicen que está vendiendo humo, que lo están juzgando solo por sus videos y que no conocen todo lo que ha hecho. Pero es fácil dilucidar que nuestro querido Carlos Muñoz entonces tiene problemas de comunicación graves. ¿Por qué si su modelo funciona tiene tantos haters? Y si su respuesta es que no conocen todo lo que ha hecho y todos los libros que ha publicado, entonces es que Carlos ha fallado en su estrategia de comunicación para que la gente sepa realmente quien es. Y en lugar de preocuparse por eso, se limita a estigmatizar a la gran cantidad de haters que tiene señalándolos como perdedores. Ya ni que decir de su pésima analogía al afirmar que «The Avengers estuvo de la verga» porque duró mucho, afirmación con la que seguramente discrepan muchísimas personas que fueron a ver la película.

    La mayoría de los emprendedores tienen éxito porque tuvieron una gran idea que supieron desarrollar y que los apasionó. Los trepadores del emprendimiento, por el contrario, insiste en que te fijes en el dinero y en los autos deportivos.

    Si Carlos Muñoz ve este artículo, posiblemente diga que está muy largo, posiblemente diga que soy un hater más, que no soy un emprendedor millonario como él y por tanto diría «no sé del pedo». Pero el problema es que él tampoco lo sabe, su éxito reside en saber vender algo que no sabe bien siquiera como funciona. Su éxito es venderse él como marca para apelar a un nicho de mercado nihilista que su máxima aspiración es acaparar dinero por acapararlo.

    Tal vez alguno más diga que le estamos dando importancia y difusión a este tipo de personajes. El problema es que si para algo son buenos es para difundirse y propagarse en las redes (eso es lo único que les importa porque es lo que les da dinero), y en este sentido me parece importante decir las cosas tal y como son.