Categoría: reflexión

  • Sobre la depresión y la ansiedad, Gibrán tiene otros datos

    Sobre la depresión y la ansiedad, Gibrán tiene otros datos

    Les cuento un poco de mi historia contra la ansiedad. Digamos que yo tengo un cuadro de ansiedad que me volvía un tanto aprehensivo y, peor aún, me generaban ataques de vez en cuando, ataques que tanto en lo físico como en lo psicológico son una pesadilla.

    Naturalmente este trastorno afectaba mi calidad de vida. Desde hace más de 10 años busqué una cura o algo que lo parara. Intenté todo: fui con psiquiatras, neurólogos, iba a terapia. Incluso bajé de peso y me puse a hacer ejercicio. El problema, de alguna u otra forma, seguía ahí.

    No fue hasta hace dos años que di con la sertralina, un medicamento que para mi suerte es demasiado barato (gasto $140 pesos al mes). A los pocos días la ansiedad se redujo al mínimo. De tener unos 5 ataques al año, en estos últimos dos solo he tenido uno y de intensidad mucho menor a los que tenía antes. En el día a día yo me siento mucho mejor y mi calidad de vida se disparó.

    Evidentemente no todo fue gracias a la sertralina. La terapia me ayudó, el hecho de que haga ejercicio me ayuda, es una combinación de varios factores, pero es muy evidente el cambio desde que comencé a tomar el medicamento.

    ¿A qué viene todo esto?

    Resulta que Gibrán Ramírez, el ya famoso comentarista oficialista, escribió una columna donde, con base en un libro que leyó llamado «Lost Connections» de Jonathan Hari, esbozó algunos argumentos que me parecen alarmantes. Gibrán comienza afirmando que la depresión «está ligada a la pérdida del sentido, a la soledad, y las pérdidas del respeto y el estatus» y que no está ligada a una condición orgánica. Podría, por mi experiencia, decir que esa afirmación no es completamente falsa (el hecho de que haya algo, un evento o experiencia dura que la pueda detonar), pero después argumenta que los medicamentos son básicamente placebos que no funcionan, y que es una mera estrategia de las industrias farmacológicas para enriquecerse a nuestras expensas.

    Me parece evidente que Gibrán no ha vivido un cuadro de depresión o ansiedad como el que muchas personas hemos pasado para decir que los medicamentos no son útiles y que basta con acudir a «soluciones alternativas» que ni se molesta en mencionar.

    Muchas de las personas que hemos padecido este tipo de cuadros no recurrimos solamente a las medicinas. De hecho, en mi caso, no fue el primer recurso e incluso soy de la idea de recurrir a ellas solo cuando es estrictamente necesario. Yo comencé con terapias y de hecho fue el mismo terapeuta quien me recomendó buscar alguna solución medicamentosa porque veía que el problema estaba fuera de mis manos y tenía que ser combatido desde muchos flancos (la misma terapia, ejercicio, vida saludable y medicación). Actualmente me mantengo bien no solo por el medicamento sino por todas las otras actividades que llevo a cabo.

    Gibrán asegura que prácticamente ninguna medicina funciona. Quien ha tenido este tipo de problemas sabe que encontrar la fórmula para contener el problema no es algo que ocurra de la noche a la mañana y el doctor debe tratar distintas dosis y medicamentos para dar con el remedio adecuado porque estos cuadros no se manifiestan de la misma forma y porque nuestros organismos no reaccionan de la misma forma. Si fuera un efecto placebo como dice Gibrán, ¿cómo es que los primeros medicamentos con los que los doctores trataron de solucionar mi problema no surtieron mucho efecto, y con la Sertralina sí sentí un cambio drástico? ¿Cómo es posible parar todos esos ataques y esa ansiedad solo por «sugestión mental» y autoengaño? Si fuera así, la homepatía, con sus chochos placebo, ya habría salvado la vida de millones de personas.

    A Gibrán, sin conocer absolutamente nada de medicina, de forma muy poco ética e irresponsable, se le hizo fácil leer un libro para hacer afirmaciones categóricas de algo que es lo suficientemente delicado como lo es la salud mental y que deberían corresponder a un farmacólogo o un doctor experto en el tema y no a alguien que no domina ese tema y que apenas ha leído un libro que, según él, muestra evidencia, aunque muchos doctores se le fueron encima en redes e incluso compartieron información para probar que Gibrán estaba equivocado.

    ¿Qué pasaría si una persona que tiene un cuadro severo de depresión o ansiedad lee su columna y se convence de que los medicamentos no sirven? Hay temas donde lo mejor, para quienes no somos médicos ni expertos, es cerrar la boca.

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    Fuente: https://twitter.com/hematologo/status/1161308010800648193
  • ¿Tienes un minuto para hablar de #Pigmentocracia?

    ¿Tienes un minuto para hablar de #Pigmentocracia?

    Hablemos de #pigmentocracia, pues

    No son pocos los casos que he escuchado de gente de piel oscura que ha sido rechazada o marginada por su mero tono de piel. En Guadalajara, mi ciudad, es todavía común que los cadeneros de los antros se fijen en ello (es decir, que si está muy «prietito» o no es agraciado no puede entrar). Por otro lado hay personas que dicen haber sido confundidas con «el chalán» por su tono de piel. Hay quienes siguen utilizando términos despectivos para referirse a la gente de color morena. De igual forma, el trato hacia los migrantes de tez morena conlleva más desprecio que el que reciben los migrantes argentinos o aquellos de tez blanca o morena clara.

    Vaya, el problema existe, se puede medir tanto cualitativa como cuantitativamente. El INEGI y el Colmex han hecho interesantes estudios sobre el tema. Eso es un hecho irrefutable científica y epistemológicamente.

    El racismo en México, a diferencia de lo que ocurre en otros lares, es gradual. No hay una clara división entre razas, lo cual hace mucho más difícil entender este problema. Por ejemplo, una persona de tez blanca europea podrá ver como igual a una persona mientras su tonalidad de piel no rebase cierto punto, o bien es posible que la diferencia de trato sea igual de progresiva que la diferencia del color de piel. Ese umbral puede ser distinto en distintas personas, mientras que algunas en un extremo pueden decidir no salir con una pareja porque no es tan blanca, en otro habrá a quienes no les importe salir con alguien de rasgos indígenas.

    La inequidad o desigualdad tampoco está determinada únicamente por el tono de piel. Es una de las variables, sí, pero no es la única razón: podemos hablar del clasismo, de una estructura social rígida, de instituciones que no funcionan bien y donde quienes se ven más afectados son quienes tienen menos. Hay que hacer enfáticos en esto porque sería un error caer en el reduccionismo de «la desigualdad es producto del tono de piel» y creer que la solución es crear un conflicto entre quienes son blancos y quienes no lo son, o señalar a los primeros como opresores de forma apriorística. El tema es mucho más complejo y es importante entender dicha complejidad.

    Es decir, el racismo que existe (y que sí existe) en México no es algo lineal o dicotómico como para pretender dividir a la sociedad en dos bandos: en los privilegiados (o whitexicans como les llaman algunos) y en los de abajo, los morenos, reduccionismo propio de la teoría interseccional. No se puede apostar a un discurso polarizador para atacar un tema que tiene muchas complejidades, donde las distintas personas actúan de distintas formas de tal forma que no se puede acusar a todas las personas de lo mismo por su mero tono de piel, y donde el problema representa una de las varias dimensiones de aquel otro (la desigualdad) y no todo el problema en su conjunto.

    No todos los blancos son racistas, aunque hay quienes sí lo son; no todos los morenos se han sentido discriminados, aunque hay varios que sí se han sentido así. Por eso, así como hay morenos que te van a contar historias de los más denigrantes, otros van a decir que nunca en su vida se han sentido limitados por otras personas. Ello es algo parecido a lo que ocurre con la equidad de género, donde todavía existe un problema, pero no todas la mujeres lo viven de la misma forma e incluso algunas tienen la fortuna de no encontrarse con problema alguno durante su vida. Los seres humanos somos diferentes entre sí, y las personas que conforman una raza o etnia, más en estos tiempos, suelen tener actitudes muy distintas entre sí con los demás como para atreverse a tratar a todos de la misma forma.

    Que exista una evidente división donde los blancos suelen estar en el tope de la pirámide y la gente más morena más abajo tampoco implica que todos los del tope sean racistas. Esa división no es sólo producto de actitudes actuales, sino más bien (y posiblemente con más fuerza) de procesos históricos donde la sociedad estuvo muy estratificada (hasta en lo legal) por castas. Desde hace tiempo todos somos iguales ante la ley, pero muchas de las construcciones culturales perviven hasta nuestros días. Revertir un proceso histórico así toma mucho tiempo, muchas décadas, y para hacerlo primero hay que reconocerlo. Incluso si se lograra hipotéticamente, de buenas a primeras, cambiar la actitud de toda la gente de tal forma que absolutamente nadie sea racista, tardaríamos tiempo en ver una distribución igual entre personas blancas y morenas dentro de la pirámide social ya que todos partirían desde la posición en la que se encuentran.

    Pero hacer estas acotaciones y estos matices no debe de ser pretexto para relativizar el problema. El problema del racismo existe en nuestro país y hay que combatirlo. Hay quienes son racistas de forma explícita, pero también existe mucho racismo normalizado: es decir, ese que se manifiesta en aquellas personas que no tienen la intención explícita de serlo pero que repiten patrones que han aprendido de la sociedad. Esto es importante entenderlo porque la forma de combatir ambas manifestaciones no puede ser igual. Quien es racista de forma explícita merece el oprobio y el señalamiento de la sociedad, quien lo llega a hacer de forma normalizada, más bien debería ser persuadido y concientizado.

    Me parece muy bien que se visibilice este problema porque ha estado oculto y no lo habíamos querido reconocer y que, a estas alturas, como hemos podido ver en las redes, sigue generando muchas incomodidades. Pero también es importante saber matizar y entender el problema con la complejidad que tiene.

    En las batallas gana quien usa la estrategia más inteligente y no necesariamente quien se lanza al campo de batalla encolerizada esperando que la pura emoción los convierta en vencedores. De igual manera, así como en una batalla, es importante reconocer el campo donde esta se va a llevar a cabo, entender bien al enemigo y llevar a cabo una estrategia inteligente. (Claro, entendiendo que el enemigo es el racismo y no las personas blancas).

  • ¡Aviso! Se busca una oposición

    ¡Aviso! Se busca una oposición

    ¡Aviso! Se busca una oposición

    «¡Ni chairos ni fifís! Todos mexicanos», «se cansó el ganso», gritan y repiten los opositores, quienes hasta el momento no han podido crear algún discurso o agenda propia.

    Repiten las frases que AMLO ha introducido en el discurso político y en la vida cotidiana, las usan para hacer sus consignas porque creen que así éstas van a tener más impacto. Pero no se han dado cuenta de que su discurso tan solo se ha vuelto parasitario del de AMLO. No importa si es la oposición política o la ciudadana, los dos han caído en su juego.

    Es decir, AMLO es el que propone, el que dice, el que pone las reglas, el que crea el discurso. La oposición no crea las suyas, se adapta al escenario propuesto por López Obrador. Ni siquiera son capaces de usar las frases del lenguaje obradorista para deconstruirlas y darles un nuevo significado. Así, AMLO logra que los opositores bailen a su ritmo.

    La oposición no ha podido crear ya no una agenda alternativa, sino un discurso, uno que les dé identidad propia, que los defina. La oposición hasta la fecha solo ha logrado crear un refugio para la catarsis, para gritar #AsíNoAMLO, para mostrar su hartazgo y su inconformidad, pero no más. La partidocracia ha dejado un vacío que hasta ahora nadie ha parecido molestarse en llenar o no han sabido cómo.

    Algunos han estado haciendo marchas de manera sistemática, lo cual de principio está bien porque los nuevos opositores y decepcionados saben a donde podrán recurrir, pero los opositores no han ido más allá de las consignas, de los tablones.

    ¿Cuál es el México que quiere esa oposición? ¿Qué propone para acabar con la corrupción? ¿Qué propone para reducir la pobreza, para reducir la injusticia social y la desigualdad que ésta crea? ¿Qué proponen para generar más empleos y riqueza? ¿Qué proponen para construir instituciones fuertes y justas para todos? No lo sabemos. Nadie está pidiendo que, a estas alturas, diseñen políticas públicas y profundicen en tecnicismos, pero sí que haya posicionamientos generales, que logren crear una narrativa que signifique algo, que genere alguna suerte de esperanza, no hay nada de eso.

    Lo único que vemos son consignas disonantes entre sí, unos llamando a la conciliación entre los distintos sectores, otros cayendo en la trampa de la polarización o incluso expresando consignas xenofóbicas hacia los migrantes. Y como estas marchas no han definido nada, entonces han permitido que sean los otros (sus adversarios) los que las definan. Basta con que vaya Hernán Gómez a entrevistar a manifestantes específicamente seleccionados (aquellos con ideas más reaccionarias y prejuiciosas) para hacer creer que toda la oposición es así, lo cual provoca que mucha gente (sobre todo jóvenes) decidan no asistir a dichas marchas.

    El obradorismo ha logrado, con relativo éxito, definir a una oposición que no se ha molestado en definirse. Han promovido la idea de que la oposición está compuesta de personas que no quieren perder sus privilegios, que son, de una u otra manera, una extensión de lo que llamaba «la mafia del poder». Ellos siguen siendo dueños del discurso y de los significantes porque los opositores no han creado los suyos.

    A la oposición le urge crear un discurso, una narrativa que logre amalgamar a todos los inconformes (más distintos entre sí de lo que parece) y un agenda de propuestas con las cuales puedan presentarse como una alternativa y que trascienda su inconformidad hacia el gobierno en turno. Y dada su heterogeneidad (desde jóvenes liberales y socialdemócratas hasta señores de ideas ultraconservadoras) tendrán que centrarse en las coincidencias y dejar fuera de ella las discrepancias para poder así hacer un movimiento unitario que funja como contrapeso hacia el gobierno. Todo esto implicará un increíble ejercicio de autocrítica.

    No son pocas las voces que me han expresado su desolación, que les preocupa este nuevo gobierno pero que sienten que no pueden hacer nada y no saben siquiera a donde podrían acudir, que no saben siquiera por dónde empezar. Es cierto que en los últimos días han comenzado a aparecer algunas propuestas como la de la Coparmex llamada Alternativas por México, que es muy rescatable aunque no es un proyecto propiamente político y que, al parecer, tiene una visión a mediano y largo plazo. Hay organizaciones civiles que tienen el expertise para cuestionar e investigar a gobiernos como lo es Mexicanos en Contra de la Corrupción y la Impunidad que mostraron ya de lo que son capaces en el sexenio pasado. Estos ejemplos son como piezas sueltas que si se logran unir y adherir a una narrativa, podrían crear un contrapeso a este gobierno, ese que hasta ahora no tienen ni dentro del ejercicio político ni de la ciudadanía.

    Todos los gobiernos necesitan un contrapeso, y este se caracteriza por no tenerlo. No se trata tampoco de destruir a López Obrador como algunos podrían pensar, sino de crear un ambiente donde el gobierno rinda cuentas, donde si bien sea reconocido por sus aciertos, sea cuestionado por sus errores.

    Por eso se busca una oposición.

  • El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    La elección del 2006 no fue una elección ejemplar: Fox intervino abiertamente en las elecciones en favor de Felipe Calderón (con quien luego se conflictuó) cuando las leyes dicen que un Presidente no podía hacerlo. Calderón le entregó la educación a Elba Esther Gordillo a cambio de los votos del sindicato de maestros, con todas las implicaciones que eso tuvo para la educación de los niños. Hubo acarreos, el PRI operó en favor de Calderón y ello se suma al desafuero de un año atrás que ciertamente era injusto y que naturalmente funcionó como antecedente para que AMLO y los suyos calificaron como fraude lo acontecido en estas elecciones. Es cierto que si alguna de estas cosas no hubiera pasado, AMLO habría ganado en el 2006.

    Aunque si bien este tipo de actos distorsionan el proceso democrático, no constituyen por sí mismos un fraude electoral. Para que una elección sea calificada como fraude, el número de votos registrados tendría que tener una discrepancia, producto de una manipulación, con el número de votos realmente emitidos. Y no pudieron probar que existiera alguna manipulación del número de votos que fueron emitidos. Los observadores internacionales calificaron las elecciones como limpias.

    Irregularidades como las que ocurrieron en el 2006, ocurrieron también en el 2012 (amén de toda la campaña de acarreo de Peña Nieto) y en el 2018, donde si bien MORENA no fue quien cometió más irregularidades ni se destacó por cometerlas, sí fue la mayor beneficiaria de ellas. Tampoco es como que el PRD (entonces el partido en el que militaba AMLO) hiciera demasiado en las reformas electorales subsiguientes para evitar este tipo de problemas (las cuales se limitaron a evitar que alguien ajeno a los partidos políticos hicieran propaganda, o que ya no se pudiera llevar a cabo guerra sucia en contra de un candidato). El 2018 demostró que la izquierda no hizo mucho para que aquello que ocurrió en el 2006 fuera causalidad de nulidad de una elección, ya que en el 2018 ellos se beneficiaron de actos muy parecidos perpetrados por el PRI.

    Ni AMLO ni MORENA dijeron nada sobre la intervención del gobierno de Enrique Peña Nieto vía la entonces PGR (acto que luego fue señalado por el tribunal) para afectar a Ricardo Anaya, donde el gran beneficiario fue López Obrador, ya que Anaya se encontraba en segundo lugar (ciertamente algo lejano, y quien aún sin dicha intervención difícilmente habría ganado). El pejismo nada hizo para reclamar esta tropelía que era todavía más agresiva que lo ocurrido en el 2006, ya que aquí hubo un uso directo de una institución para incidir en el resultado electoral.

    Irónicamente, en la toma de protesta AMLO agradeció a Peña por no haber intervenido en las elecciones, cosa que fue absolutamente falsa. Más irónico es que en sus filas tengan a Manuel Bartlett, el ejecutor del fraude del 1988, y quien está a cargo de la CFE.

    Con todo esto, el gobierno de AMLO rememora aquello que dicen que fue el gran fraude como uno de los días más oscuros de la historia mexicana para abonarlo como relato al simbolismo cuartotransformador, como si su llegada al poder no fuera siquiera suficiente como para sobreponerse a ese resentimiento que seguía ahí.

  • ¿Es malo el conflicto?

    ¿Es malo el conflicto?

    ¿Es malo el conflicto?

    Generalmente, la palabra conflicto tiene una connotación negativa. Cuando alguien nos habla sobre conflicto se nos viene a la mente una disputa, un desacuerdo o incluso la violencia. El conflicto implica una desestabilización del orden que lo antecedió dado que había una inconformidad con dicho orden preestablecido.

    Pero sería ingenuo pensar que el conflicto es per sé algo malo. La paz y el consenso, términos a los cuales les damos una connotación positiva, serían su categorización opuesta. Pero en realidad, así como el conflicto eterno es algo indeseable, en realidad también lo debería de ser la paz y el acuerdo eterno ¿por qué?

    Porque la paz y el acuerdo eternos implican una conformidad con el orden de las cosas, como si fuera indeseable cualquier progreso desde ese lugar, como si ha hubiésemos llegado al fin de la historia (erróneamente sugerido por Hegel y Fukuyama).

    El conflicto no es un defecto de nuestra especie, es parte inherente de ella.

    De hecho, el mundo que tenemos (incluidos sus miles de beneficios que nuestros antepasados no tuvieron) es producto de una cadena de conflictos a distintos niveles. Tus derechos, tu nivel de vida, tu entorno, todo es un orden que derivó de un sinnúmero de conflictos.

    Y de hecho, el equilibro de nuestro mundo actual no es uno rígido, sino producto de una serie de conflictos actuales se contraponen entre sí: conflictos sociales, ideológicos, económicos y políticos que, sumados a aquellos que ya se llevaron a cabo, nos presentan al mundo tal y como lo conocemos. Es decir, el orden y el conflicto no necesariamente se contraponen, sino que incluso pueden retroalimentarse: la democracia como orden tal persiste gracias al conflicto entre sus diversos actores tales como oposiciones políticas, prensa, o la ciudadanía que aprovecha su derecho a la libertad de expresión para incidir en lo público.

    El orden, como decía, es producto de diversos conflictos. Pero a la vez, un nuevo orden que representa un avance social (en lo cualitativo y/o en lo cuantitativo) genera nuevos conflictos. Tomemos la equidad de género, estadío al que ciertamente todavía no terminamos de llegar pero del cual estamos más cerca que antes. Su realización ha sido y será producto de diversos conflictos, principalmente de mujeres inconformes con su realidad actual que buscan desestabilizar el orden actual para así crear uno nuevo en el cual se encuentren en una situación de equidad.

    Evidentemente es un avance real, pero dicho avance genera nuevos conflictos que tienen que ver, por ejemplo, con el hecho de que en un matrimonio la mujer y el hombre, quienes tienen carreras profesionales, deben dividirse tareas del hogar así como estar al cuidado de los hijos. Esto también implica una alteración de las estructuras sociales para que se adapten a una nueva realidad donde ambos géneros puedan aspirar a tener una carrera profesional y que a la vez puedan cuidar de sus hijos y formarlos. Tal vez las empresas (como en algunos casos ya hemos visto) den también permisos de paternidad, o tal vez los horarios laborales cambien de tal forma que puedan satisfacer esta nueva realidad.

    Anteriormente el conflicto no existía, porque se decía que la mujer tenía que quedarse en el hogar cuidando a los hijos y el hombre debía salir a trabajar. El conflicto era ese rol mismo en el cual la mujer se sentía limitada, pero al sobreponerse a dicho conflicto, se generaron estos otros y era necesario que ello ocurriera para que la sociedad se adaptara al nuevo cambio.

    El conflicto es el que nos hace crecer como personas y especie. Es el que reconoce nuestra heterogeneidad, que los seres humanos somos irrepetibles y únicos. Sin él tan sólo podríamos aspirar a vivir en un mundo monótono y estancado incapaz de evolucionar y progresar. Los derechos que adquirimos en un Estado democrático como el derecho a participar en la vida política, el derecho a la libertad de expresión o la libertad de prensa, están íntimamente ligados con el conflicto. Dichos derechos permiten al individuo entrar en conflicto dentro de un esquema tal que puedan dirimir sus diferencias.

    Podemos, sí, aspirar a qué el conflicto tenga el menor impacto posible dentro de nuestra integridad. Podemos aspirar a que usemos cada vez menos la violencia física o la guerra para dirimir nuestros conflictos y cada vez más el debate y la discusión civilizada. Madurar (tanto personal como socialmente) no tiene que ver con acabar con el conflicto, sino con la forma en que nos conflictuamos.

    No podemos aspirar a acabar con él, no deberíamos. Acabar con el conflicto implicaría conformarnos. Negar el conflicto es tan solo una forma de huir, de negar nuestras convicciones, de dejar que otras personas sean las que determinen la forma y el ritmo de nuestra vida. Es necesario también el conflicto para neutralizar una amenaza o agresión. El conflicto es parte de nuestro crecimiento, de nuestra formación, de nuestro carácter y nuestro espíritu.

  • ¿Qué tiene que pasar para que alguien asesine a más de 20 mexicanos?

    ¿Qué tiene que pasar para que alguien asesine a más de 20 mexicanos?

    ¿Qué tiene que pasar para que alguien asesine a más de 20 mexicanos?
    Foto: BBC Mundo

    ¿Cómo es que un joven decide asesinar decenas de latinos en un Wal Mart, en Estados Unidos, uno de los países más desarrollados de este planeta?

    No se debe a una sola razón, sino a muchas. Que sean muchas no implica que debamos desestimar a quienes pudieron haber incidido en cada una de ellas. Más bien hay que recalcar su responsabilidad.

    Podríamos preguntarnos si Patrick Crusius tenía algunos conflictos internos, si tenía algún desequilibrio emocional, lo cual es posible. Pero dicho diagnóstico debería estar a cargo de especialistas en el tema. Además que sería irresponsable señalar la salud mental como el responsable principal del acto terrorista sin tomar en cuenta el contexto.

    También pudo haber afectado el entorno en el que creció y que pudo motivar su odio a los inmigrantes. Dicho odio lo pudo llevar a acudir a distintos textos o a otras figuras parecidas a él para darle más forma a su postura, como el escritor francés (abogado, físico y politólogo) Renaud Camus quien sostiene una teoría conspirativa llamada «El Gran Reemplazo» que dice que una élite global busca reemplazar a la población europea blanca por otras razas y que se trata de un complot para acabar con Europa. Esta teoría ha salido del territorio europeo para influenciar a terroristas como Brenton Harrison, responsable de la masacre en Christchurch, en Nueva Zelanda.

    La cultura de las armas típica del sur de Estados Unidos no puede soslayarse. La facilidad para adquirir armas en ese país seguramente facilitó el acto terrorista cometido por Crusius, pero hablar de la prohibición de las armas como la solución final y única a este problema es algo muy superficial (más porque las armas que ya han sido vendidas seguirán en propiedad de sus dueños). Se trata más bien de algo más complejo que la Segunda Enmienda, se trata de toda una cultura arraigada desde siglos atrás.

    Crusius, quien teme que Texas se vuelva un bastión demócrata, buscó quitar responsabilidad a Donald Trump ya que dice que su postura es anterior al gobierno del actual presidente, pero según lo relatado por la BBC queda patente que el gobierno de Trump sí ha influido de alguna u otra forma sobre Crusius, lo cual se puede ver en su insistencia en criticar a los medios por propagar «fake news» y el uso de hashtags como #BuildTheWall en su cuenta de Twitter.

    El propio Trump ha querido deslindarse de cualquier responsabilidad asegurando que son las enfermedades mentales y los videojuegos los que matan. Trump condenó el racismo, la intolerancia y la supremacía blanca, pero asegura que él no tuvo nada que ver, siendo que durante toda la campaña pasada mantuvo un discurso sistemático contra los migrantes mexicanos señalándolos como criminales, violadores y narcotraficantes. Basta ver cómo su discurso en la campaña pasada tuvo efecto sobre supremacistas blancos como Richard Spencer. No podemos desestimar el discurso nativista de Trump ni podemos negar su influencia sobre Crusius, aunque no haya sido Trump quien haya motivado a Crucius a adoptar sus posturas.

    Es difícil de medir la intensidad con la que el discurso de Trump pudo haber tenido influencia sobre Crusius, pero no puede deslindarse de lo ocurrido ya que él promovió un discurso de odio (que ahora dice condenar) en contra de los migrantes.

    Por último, habría que tomar nota en nuestro país (como si ya no fuera suficiente la lamentable muerte de varios connacionales) ya que hemos visto en los últimos meses un creciente discurso en contra de los migrantes centroamericanos. Debemos ver con preocupación liderazgos como los de Gilberto Lozano quienes propagan ideas y teorías de la conspiración muy similares a las de «El Gran Reemplazo» de Renaud Camus.

    Lo ocurrido en El Paso es lamentable, debe condenarse y no debe reducirse a un acto motivado por por un mero problema de salud mental. Es un acto que también tiene que ver con los discursos y con la cultura. Debe admitirse como un acto terrorista y no como un mero homicidio para intentar relativizar lo ocurrido. Hizo bien el canciller Marcelo Ebrard en hacer una pronunciación para así darle la importancia que lo ocurrido debe de tener.

    Que en paz descansen todas aquellas personas que fueron víctimas de este acto terrorista.

  • Cómo son las personas en redes y en la vida real

    Cómo son las personas en redes y en la vida real

    Cómo son las personas en redes y en la vida real

    Las discusiones en las redes a veces son engañosas. Técnicamente no te estás peleando con una persona, sino solamente con una de las dimensiones que esa persona tiene y que está estrechamente ligada al argumento en el que se han enfrascado.

    Por eso, en las redes es más fácil y cómodo etiquetar o clasificar a las personas de acuerdo a las preferencias relacionadas con los argumentos que debates con ellas: que si son feministas, conservadores, izquierdistas, libertarios, etc, porque solo estás debatiendo con esa dimensión, que es una de tantas, no con la persona en todas sus dimensiones.

    Esta dinámica se hace más evidente cuando se trata de personas desconocidas ya que desconoces sus otras dimensiones, pero incluso cuando se trata de personas más conocidas puede llegar a ocurrir lo mismo al enfrascarte solo en esa dimensión ya que, en ese momento, es la única que percibes porque no tienes acceso directo a las otras, las cuales solo puedes recordar o imaginar (los gajes de estar frente a una pantalla).

    Debido a esto, no debes sorprenderte cómo cambia la interacción cuando veas en persona a ese usuario con el que tuviste una muy dura discusión (y que pudo llegar a los insultos). Incluso pueden terminar bromeando sobre lo acontecido en redes, porque ahí estás frente a la persona con todas sus dimensiones y no solo esa entidad unidimensional cuya definición no escapa del argumento y la postura. Cuando estás frente a esa persona ya no solo te interesa su postura política, sino la persona como tal: te comienzan a importar sus hobbies, su vida, su trabajo, descubres además que coinciden en muchas otras cosas.

    Ese personaje que de él habías creado en tu mente al interactuar discutiendo en redes tan solo pasa a ser solo uno de los tantos rasgos de dicha persona. Eso hace que, al interactuar en vivo, se reduzcan o incluso lleguen a desaparecer esos estímulos para insultar o descalificar a la otra persona en cuestión y que son generados por una discusión virtual en la que la persona está discutiendo con argumentos y posturas más que con personas.

    Además de las ventajas de estar tras una pantalla, donde no existe posibilidad de que te agredan físicamente e incluso de que te ubiquen, de tal forma que, en muchos casos, no hay mayor riesgo que lo acontece dentro de las mismas redes, esa percepción de la persona como ser unidimensional donde se percibe al individuo como si la postura y el argumento determinara su esencia, hace más factibles las descalificaciones y los insultos dentro de las redes sociales.

    Por eso es más fácil insultar y señalar a ese ser unidimensional que a la persona en sí, por eso a veces aquella persona agresiva en redes puede parecerte más agradable en vivo, porque, en la percepción, no estás tratando con personas, sino con argumentaciones que toman la forma de un texto y que están ligados a un personaje al cual tú ya has clasificado para saber cómo abordarlo en la discusión. Estás, más que nada, peleando con párrafos, con significantes, con ideologías, con posturas, más que con personas.

  • El derecho a protestar

    El derecho a protestar

    Todas las personas tienen el derecho a manifestarse en la vía pública, incluso si su postura es equivocada, o sea cual sea su postura política (desde ultraconservadores hasta anarquistas o comunistas). En este sentido, ni las autoridades ni otros ciudadanos tienen el derecho a impedir el ejercicio de su libertad de expresión.

    El derecho a la libertad de expresión sobrepasa su límite cuando esta expresión afecta los derechos de terceras personas (desde el vandalismo a negocios, robos, hurtos, hasta violencia física hacia terceros), cuando esto ocurre, las autoridades tienen que hacer valer la ley y salvaguardar estos derechos que han sido violentados. Solo cuando esto ha sucedido, las autoridades deben intervenir de forma activa, y para ello deben usar la violencia mínima necesaria para poder neutralizar dicha afectación. Es decir, que las autoridades no se sobrepasen en el uso de la violencia ni utilicen más de la que es necesaria para evitar que sigan vandalizando o hurtando propiedad ajena.

    Una protesta no puede ser reprimida porque es incomoda al gobierno, ello es un atentado contra los derechos más elementales de las personas, además de ser un desplante autoritario. La represión sólo debe usarse específicamente contra quienes en el acto afectan a terceros como lo mencioné anteriormente y solamente con la mínima violencia necesaria para que dejen de afectar a terceros y sean puestos a disposición de las autoridades.

    Dichas autoridades tampoco pueden reprimir toda una protesta en conjunto sino sólo aquella parte que se ha involucrado en actos tales como vandalismo hacia negocios, robo y hurto, dejando a los inconformes pacíficos seguir protestando. La represión no debe usarse de forma indiscriminada, sino solamente contra aquellas personas de quienes se tiene seguridad que han cometido un acto ilícito y con el único fin de salvaguardar los derechos de los afectados.

    De la misma forma, quienes afectaron los derechos de terceras personas mediante el robo o el hurto, deberán cumplir con la pena o sanción correspondiente a su acto. El castigo no deberá ser ni mayor ni menor y no podrá utilizarse con fines políticos, sino que deberá corresponder a lo que dicta la ley o el reglamento en cuestión.