Categoría: reflexión

  • De terapias de conversión gay a los libros quemados

    De terapias de conversión gay a los libros quemados

    Yo estoy absolutamente a favor de que se prohíban las terapias de conversión gay.

    Primero, es un absurdo, a estas alturas de la vida, plantearse por qué a alguien debería «quitársele lo gay». La homosexualidad es algo que ha estado ahí en toda la historia de la vida humana y no es algo que se vaya a ir ni hay sentido en esperar ello. Entonces vamos de una vez a promover terapias para forzar a los pelirrojos a que cambien su color a negro porque ser pelirrojo no es común.

    No solo eso, es anticientífico. No hay bases científicas medianamente serias que sustenten este tipo de terapias, aunque quieran decir lo contrario.

    Los sectores ultraconservadores argumentan que el Estado les está quitando el derecho a educar a sus hijos.

    (Y digo ultraconservadores porque cada vez son más los conservadores ya no tienen problemas o conflictos con que alguien tenga otra orientación sexual. Entonces hay que hacer otra diferenciación para no meter a todos en el mismo saco)

    Pero al mismo tiempo estas terapias se escudan en el hecho de que las personas «tratadas» tienen que ir voluntariamente y no forzadas o persuadidas por alguien más (lo cual, en la práctica, es falso, y hay muchos testimonios de ello).

    Entonces hay una severa contradicción entre ambos argumentos. Porque el último implica que el «paciente» es quien toma la decisión, no sus padres. El argumento del «derecho de los padres a educar a sus hijos» invalida el argumento de que la gente va ahí voluntariamente.

    Regresemos al argumento de la «intervención estatal». Estoy de acuerdo en que el Estado no debe quitar el derecho a los padres a educar a sus hijos, pero las terapias tienen como el fin explícito evitar la libertad de su desarrollo personal. Es decir, hay una libertad anterior que se está restringiendo.

    Porque lo cierto es que en la práctica muchas personas van forzadas a esas terapias y no son extraños los casos de aquellas personas que se llegan a suicidar o a desarrollar severos trastornos psicológicos.

    Porque bajo ese mismo argumento, yo entonces tendría derecho a agredir a mis hijos y a golpearlos violentamente porque considero que esa es la forma de educarlos.

    Bajo ese mismo argumento en tiempos pasados el esposo tenía derecho a golpear a su esposa. Al cabo es mi asunto ¿no? Y si bien el Estado no debe meterse en la educación que doy a mis hijos, hay un límite en el cual si la integridad de un ser humano se está viendo amenazada, el Estado tiene que intervenir.

    Y por lo mismo no estoy de acuerdo con el hecho de que algunas mujeres hayan quemado libros sobre conversión afuera de la FIL ¿Por qué?

    Primero, por el mero simbolismo que tiene la quema de libros y que creo queda bien plasmada en la novela Fahrenheit 451. Segundo, porque quemar un libro no implica destrozar un argumento, sino negarte a la posibilidad de hacerlo.

    Y lo que se necesita es exhibir los argumentos bajo los cuales estos «terapeutas de la conversión gay» siguen haciendo un gran negocio. Se necesita socializar el hecho de que dichas terapias son inhumanas y restringen la libertad del individuo. Se necesita que más gente lo sepa y lo entienda.

    Me hubiera encantado que leyeran el libro y destruyeran los argumentos. Seguramente no habría sido un trabajo muy difícil.

    ¿Por qué mejor no hubieran hecho una puesta en escena donde se hubieran mofado de los contenidos de ese libro?

    Pero la quema de libros cancela esa posibilidad, la posibilidad de confrontar argumentos, de socializar una causa (que es no solo completamente legítima, sino humana). Por el contrario, lo único que van a lograr es darles argumentos a los ultraconservadores precisamente en el preciso instante en el que se debate prohibir este tipo de terapias.

    Y por más que esté a favor de la equidad de género, de combatir la violación hacia las mujeres y de prohibir estas terapias, no puedo secundar que se quemen libros, simplemente no puedo aprobarlo.

  • Una semana sin Facebook

    Una semana sin Facebook

    Por ahí dicen que no valoras lo que tienes hasta que no lo tienes.

    No es que tengamos que valorar a las redes sociales, pero algo análogo ocurre cuando nos desconectamos de ellas. Solo cuando esto ocurre nos damos cuenta cómo es que cada vez están impregnadas en nuestra vida.

    Hace una semana me banearon de Facebook por subir esa imagen del funcionario de MORENA haciendo una seña obscena. El ban iba a ser por un mes, aunque apelé y a la semana decidieron que había sido un error y lo levantaron, con lo cual el ban terminó durando una semana, lo cual aparentemente no es mucho, pero sí lo suficiente para darme cuenta de la forma en que las redes ya son parte de mi cotidianeidad.

    Es chistoso, porque el ban me evocó al instante a un capítulo de Black Mirror: podía entrar a Facebook y ver todas las publicaciones, pero no podía interactuar con nadie, ni darle «like» a ninguna publicación. Yo los veo, pero ellos no me ven.

    Me di cuenta que, debido al ban, tenía que hacer algunos ajustes. Resulta que por ese medio me comunico con algunos clientes (de uno ni siquiera tenía su contacto fuera de Facebook) y que parte de mis actividades en las organizaciones civiles a las que pertenezco se llevan a cabo ahí, entonces como no podía tampoco administrar las Fan Pages, tuve que coordinarme con otras personas para que me ayudaran.

    Evidentemente tampoco podía dar mis «opiniones políticas» ni interactuar con la de los otros (porque vaya que me gusta debatir), lo cual me dejó como cierto vacío al ver las opiniones y no poder opinar de nada. El ban pasó a ser algo así como una «ley del hielo colectivo» donde yo los veo pero nadie me habla, como si solo fuera un expectador del mundo.

    Si algunos hablan sobre el transhumanismo como una cuestión del futuro, tendrían mejor que comenzar a abordarlo desde el presente. Tal vez nuestro organismo biológico no esté directamente intervenido pero sí que lo está indirectamente al utilizar cada vez la tecnología como una extensión de nuestro cuerpo.

    Y este sentimiento que tuve me llama la atención, porque las redes sociales como Facebook se alimentan de toda la información que le damos, a través de la cual van construyendo bases de datos cada vez más grandes y alimentando algoritmos para que por medio de machine learning, se vuelvan más inteligentes. Yuval Noah Harari tiene razón cuando dice que los datos son poder, porque por más sofisticados se vuelvan estos algoritmos podrán hacer cada vez más cosas, podrán predecir con mayor fidelidad nuestra conducta y nuestras decisiones. No sabemos las consecuencias que ello tendrá en el futuro.

    Pero básicamente cada vez, sin darnos cuenta y sin sentirlo, estamos más integrados a un sistema que extrae de nosotros datos que no solo se convierten en negocio sino en poder. Datos que en teoría tienen propósitos comerciales pero que también pueden utilizarse, como ya vimos en 2016, para propósitos políticos y propagandísticos.

    El problema será cuando llegue ese momento en que los algoritmos nos conozcan un poco más de lo que nos conocemos nosotros mismos, como dice Borja Moya en su libro Data Dictatorships. Cuando ese momento llegue, podríamos llegar a estar en aprietos.

    Mientras, las redes cada vez se impregnan más en nuestra cotidianeidad, hacen muchas cosas por nosotros, nos facilitan la vida en muchos sentidos, aunque a cambio de ello les cedemos nuestra privacidad, le entregamos datos para fines comerciales y, sobre todo, para seguir entrenando a esos algoritmos.

  • ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    Partamos de la idea de que la vida de todos, hombres y mujeres, valen igual. Parto de la idea liberal, sí, que incluso es heredada del propio cristianismo, de que el ser humano es digno por el mero hecho de serlo.

    Cuando se habla de la violencia contra las mujeres se dice que a los hombres nos matan más, y que se está ignorando ese hecho; pero, a grandes rasgos (excluyendo tal vez a algunas expresiones misándricas que son minoritarias) no creo que sea así. Me voy a explicar.

    A los hombres nos matan más, creo que nadie puede estar en desacuerdo con ello porque es empíricamente comprobable, pero el hombre, a la vez, tiene más margen de maniobra para evitar ser asesinado. El hombre se involucra mucho más en situaciones de riesgo que la mujer, se involucra más en peleas, en pandillas, hasta en cárteles. El hombre puede decidir no involucrarse en situaciones de riesgo y las posibilidades de ser asesinado disminuyen dramáticamente.

    Eso no sucede con las mujeres. Si bien, a las mujeres las matan menos, una mujer tiene menos margen de maniobra para que la maten porque 1) a ella también se le debe incluir en la mayoría de aquellas situaciones en las que el hombre no tiene margen de maniobra (como el hecho de ser asesinada por algún asaltante en la vía pública) 2) sobre todo, porque la violencia contra la mujer ocurre más bien en el ámbito privado (en el hogar) donde el margen de maniobra para evitar ser violentada e incluso asesinada es mucho menor (no es que no llegue a existir violencia doméstica contra el hombre, pero suele ser menor en cantidad e intensidad) y 3) porque debido a la diferencia de fuerza física y a la forma en que ambos sexos se atraen sexualmente, un hombre tiene más incentivos y mayor facilidad para violar a una mujer que una mujer a un hombre.

    La violencia hacia el hombre suele ser pública, y la violencia contra la mujer suele ser más bien privada. Ese es un problema, porque entonces la violencia contra la mujer (en el hogar o incluso en el ámbito laboral) no solo es menos visible, sino es que es casi invisible. Otro problema es que la forma en que las políticas y estrategias de seguridad se enfocan más en lo público que en lo privado. Es decir, la mujer dentro de casa está menos protegida.

    Dicho esto uno puede responder a la pregunta: Si a un hombre lo matan más, ¿por qué las mujeres se sienten más vulnerables cuando salen a la vía pública? ¿Por qué ellas se la piensan más en tomar un taxi o un Uber?

    La respuesta tiene que ver con la situación de vulnerabilidad.

    No se trata de hacer absurdas y falsas distinciones de que el hombre es malo y la mujer es buena, ambos pueden ser crueles y abusivos, una mujer puede llegar a destruir la vida de un hombre también. Vaya, ambos son seres humanos imperfectos y con muchos defectos. Se trata de entender cómo el sistema de cosas (social, cultural, económico, político) mantiene a la mujer en una situación de mayor vulnerabilidad.

    Nunca he estado cómodo con el término «patriarcado» porque, como lo he sostenido en este espacio, me parece que implica un régimen de total dominio del hombre hacia la mujer, y a estas alturas creo que ya no es tan así: la mujer tiene cada vez más espacios de poder y mayor participación en la vida pública. Lo que sí podría argumentar es que todavía existen varias reminiscencias de un régimen patriarcal anterior. Me voy a explicar:

    Los roles de género tienen mucho que ver con el contexto histórico, social, económico y tecnológico en el que se encuentran insertos. Durante mucho tiempo el hombre (que tenía más fuerza) era quien salía a trabajar por el pan y la mujer era quien criaba a los hijos (evidentemente esto con muchos matices a lo largo del tiempo y entre diferentes culturas). Como el hombre era quien más participaba de la vida pública, quien trabajaba y hacía la guerra, era también quien tenía más poder, por lo cual había una asimetría de poder entre el hombre y la mujer. La mujer cedía poder pero en cambio recibía alimento y protección: sí había una suerte de hegemonía patriarcal pero también, hasta cierto punto, podría hablarse de una suerte de consenso. El hombre era quien hacía las leyes y construía el mundo, la mujer se quedaba en casa básicamente a criar a mujeres y a esos mismos hombres que tomarían roles protagónicos en el futuro. Vaya, la mujer estaba tan fuera de la vida pública que no tenía derecho a votar.

    Hubo un momento en el cual la mujer se comenzó a dar cuenta de que no necesitaba ese alimento y protección porque podía ganárselo ella misma, ahí el «consenso patriarcal» se comenzó a resquebrajar, aunque ese resquebrajamiento no se dio de forma paulatina en los diversos sectores, prueba de ello es que mientras la sufragistas buscaban el voto había ligas de mujeres en contra de adquirir dicho derecho. El inicio de este resquebrajamiento ocurrió básicamente después de la Revolución Industrial, sobre todo cuando la fuerza comenzó a ceder a otras habilidades y al conocimiento como medio principal de producción, donde la mujer ya no se encontraba en desventaja. Casualmente, las primeras organizaciones feministas comenzaron a surgir en este contexto y algunos fenómenos aceleraron ese proceso, como la Segunda Guerra Mundial, donde las mujeres tomaron los trabajos de los hombres que habían ido a la guerra.

    Hoy, a pesar de la insistencia de algunos necios, no hay razón alguna como para que la sociedad persuada u obligue a la mujer tomar el rol pasivo y el hombre el activo porque aquellos rasgos se volvieron totalmente irrelevantes en el contexto actual. La tendencia actual ahora va más en función de la adopción de la división de tareas entre mujer y hombre. Digamos que los avances tecnológicos y sociales promovieron por sí mismos la idea de equidad de género, que tiene que ver, sobre todo, con la equidad dentro de lo público. Pero los cambios no son completamente tersos ni lineales, sino un poco disparejos y abruptos.

    Y considerando la naturaleza de estos cambios, entendemos que en un estado de cosas que ya no debería esperar que ambos géneros tomen roles diferentes, siguen existiendo manifestaciones de esa sociedad patriarcal que aparentemente ya habría sido superada. El machismo, los celos de algunos hombres cuando las mujeres cobran relevancia dentro de lo público, y demás problemas que son los que aquejan a la mujer, son ejemplo de dichas manifestaciones. Son como una suerte de desfase, de rasgos propios de un sistema que ya no existe dados los avances sociales y hasta tecnológicos.

    Las estrategias para combatir la violencia y el crimen no están exentas de esas reminiscencias patriarcales. Posiblemente la idea de que el hombre fuera quien participara de lo público, y el hecho de que él tenía a su cargo a la mujer, hizo que la violencia hacia ella no fuera visible y de hecho por mucho tiempo llegó a ser legal que el hombre golpeara a la mujer y lo sigue siendo en algunos de los países más atrasados. Incluso socialmente era más aceptado que el hombre tuviera una pareja fuera del matrimonio que el hecho de que la mujer lo tuviera, algunas mujeres tenían que callar cuando eso ocurría y, por el contrario, si ellas eran infieles, el más pesado escarnio caía sobre de ellas. Todo ello se explicaba por esta idea de que el hombre era, de alguna forma, el protector de la mujer. Las leyes no contemplaban una situación de igualdad, sino una donde la protección del primero a la segunda se asumía.

    Todo esto no implica que la violencia contra la mujer sea meramente un asunto de género. Pero el género sí está inmiscuido, es lo suficientemente relevante, y no puede negarse por todo lo que he comentado anteriormente. Pero son varios factores los que la detonan y los que la magnifican y hay que entenderlo como el fenómeno complejo que es. Que en México haya una impunidad generalizada y una crisis de seguridad evidentemente incrementa de forma drástica el número de mujeres asesinadas y violadas; pero como había comentado, la lógica de las estrategias de seguridad atienden más lo público que lo privado y también hay factores culturales propios que son reminiscencias de una sociedad patriarcal obsoleta, y por ello entonces también deben de ponerse los puntos sobre las íes en este tema.

    Es importante, sí, crear un Estado de derecho donde cualquier crimen y asesinato sea castigado, de poco sirve un gobierno que pregone tener «conciencia de género» y presuma de pasar leyes para proteger a la mujer cuando su estrategia de seguridad general es un desastre. Pero, por otro lado, quienes relativizan el problema o dicen que es cualquier violencia porque todas las violencias importan igual (lo cual es un falso dilema) no ayudan en mucho. Hay muchos países donde los niveles de seguridad son relativamente bajos pero donde sin embargo aquellas violencias que son privadas y que son las que afectan más a la mujer siguen estando muy presentes.

    Live and Learn staff pose with a ‘Stop! Violence against women’ sign. (L-R) Wilson David, Clifton Mahuta Mainge, Ellison Sau and Francis Rea.

    Si se crean políticas públicas a partir de estos dos extremos: que es exclusivamente un tema de género, o que el género es completamente irrelevante, tarde o temprano nos daremos cuenta de su ineficiencia. Hay alguna cuestión de género cuando un hombre golpea a su esposa o viola a una mujer, la hay cuando la mujer decide no contarlo por miedo a ser juzgada; pero también hay otros factores: que el hombre sea una persona psicológicamente inestable o tenga ciertos traumas, etc. Combatir la violencia hacia la mujer requiere de una estrategia multidisciplinar.

    Si el feminismo ha crecido a pesar de los pronósticos que decretaban su fin (más allá de cuestiones ideológicas, intereses, imperfecciones, excesos y demás cuestiones propias de cualquier causa social) es en gran medida porque las mujeres, en tanto han comenzado a externalizar aquello que estaba invisible, se han dado en cuenta que el sistema (como estado de cosas económico, social, político y cultural) tal como se muestra es incapaz de enfocarse en aquello que les aqueja. Dicen las feministas que lo privado es público, y en ese sentido, eso que ocurre en lo privado ha sido subido al ágora. Las mujeres cada vez callan menos la violencia de la que muchas veces son objeto y que hasta hace poco habían enterrado por miedo al juicio de la sociedad (sí, otra reminiscencia de lo que fue una sociedad patriarcal).

    No solo es el hecho, como dije, de que la impunidad general sea muy alta y la ineficiencia de las autoridades en torno a la seguridad agrave fuertemente el problema, sino que en el caso específico de las mujeres el paradigma del sistema de seguridad invisibilice su problema.

    Todos somos iguales ante la ley porque todos somos dignos como seres humanos, pero de ahí no se sigue que deba establecerse un paradigma unidimensional para atacar las diversas problemáticas que existen, sino que debe entenderse la heterogeneidad de la sociedad y atender las problemáticas específicas. Así como hay leyes y normas que protegen a las personas de la tercera edad o para proteger a la niñez, entonces ¿por qué no tendría que haber un enfoque específico que atienda los problemas de la mujer, así como también debería haberlo para atender los problemas del hombre?

    Y por alguna razón, es la violencia contra la mujer la que más se regatea, a la que más se le ponen peros. Concuerdo con que, en varios casos, falta empatía sobre el tema (lo que incluye burlas por parte de algunos hombres y hasta mujeres), pero en muchos casos también falta el conocimiento para poder empatizar, porque no se puede empatizar con lo que se desconoce. Mucha gente no empatiza porque en realidad no entiende. Y lo que hemos visto en las últimas fechas es un grito para alertar, para llamar la atención de lo que está pasando.

    Y no se trata de presumirse feminista o aliado (siendo sinceros, a veces su uso por parte de los hombres me llega a causar cierta sospecha) ni es imperativo siquiera adoptar el discurso o evitar disentir con aquellos movimientos, sino simplemente de empatizar con el dolor de los otros a partir de la idea del ser humano como digno por el hecho de serlo, y desde ahí entender este problema que aqueja a las mujeres, que es real, y que es muy duro (porque incluso las violaciones destruyen muchas veces su ser como los hombres no tenemos idea).

    Porque las viscerales burlas por parte de quienes en teoría están preocupados por que los movimientos feministas se radicalicen solo harán eso, radicalizarlas. Porque justamente es la falta de empatía y la impotencia la que genera el encono.

    El problema es real, y no se puede ocultar.

  • El feminismo mexicano como fenómeno político

    El feminismo mexicano como fenómeno político

    Allá hace algunos meses, cuando explotó el #MeToo, algunos presagiaron el fin del feminismo dados los efectos colaterales producto del método a seguir para hacer denuncias y que constaba de creer el testimonio de las mujeres y darlas por válidas (que más de un hombre llegó a ser falsamente denunciado producto de alguna mujer que aprovechó el momentum para difamar).

    Luego también presagiaron su fin cuando algunas anarquistas vandalizaron el Ángel de la Independencia. Lo volvieron a matar ahora con el vandalismo ocurrido en la Avenida Juárez de la Ciudad de México.

    Decían que el feminismo estaba perdiendo apoyo y legitimidad, que hay gente indignada por lo ocurrido. Pero en realidad está ocurriendo justamente lo contrario, más gente se está sumando. ¿Por qué?

    Quienes presagian su muerte no han entendido de qué va la cosa, parten desde la idea de que una lucha social tiene que legitimarse ante la comunidad, convencer y caer bien a todos, lo cual no es solo absolutamente falso, sino también absurdo.

    Una causa social solo necesita legitimarse ante el número suficiente de personas necesarias para que tenga la suficiente capacidad de difundir el mensaje que quieren comunicar e impulsar sus peticiones. Lo que importa aquí no es tanto la legitimidad del colectivo como tal, sino la del mensaje que quieran que sea escuchado para que a partir de ahí se gesten los cambios.

    Las feministas no pretenden siquiera generar simpatías ante todo el mundo, no son «un político en busca de la mayor cantidad de votos» (además ni los políticos buscan agradar a todos, sino a los suficientes para ganar). A veces pueden resultar nefastas y caer gordas, y no es como que les importe, tampoco les interesa tanto que todo el mundo lea a los filósofos postestructuralistas de los que tanto gustan algunas de ellas. Lo que les interesa es cambiar la realidad en la que se encuentran y por ello quieren visibilizar aquello que consideran que está invisibilizado. Lo que quieren no es caer bien, sino que el mensaje se escuche para que las problemáticas que les afecta se combatan.

    De hecho, es probable que más de una de ellas asuma que caerle bien a todos implicaría que no están haciendo bien su chamba. Porque si hablamos de una batalla cultural donde pretenden cambiar actitudes y normas, queda implícito que algunas personas van a quedar muy incómodas con ello. Asumen que el diálogo se ha quedado corto y que el conflicto se vuelve inevitable.

    Pero el feminismo como tal no está en crisis, por el contrario, está creciendo y ya logró esa masa crítica necesaria para insertarse dentro del ágora política y social de nuestro país. Con el polémico #MeToo primero lograron esa masa crítica necesaria para que muchas mujeres se atrevieran a externar los casos de violación de los que fueron objeto, eso pesó más que las deficiencias del método. El mero hecho de que quedara al descubierto que el problema era más grande de lo que se pensaba hizo, contrario a lo que muchos pensaron, que su movimiento creciera.

    Poco a poco más mujeres, muchas de las cuales tienen miedo de salir a la calle o de ser violadas, como varias de sus pares, sumado a esto los altos niveles de impunidad y la ineficiencia de las autoridades para combatir el problema, comenzaron a sentir alguna forma de simpatía con la causa. Importó más encontrar un canal o un refugio para sus preocupaciones y temores que las imperfecciones o los excesos que puedan existir en su movimiento.

    Y entendido que se trata de la legitimidad del mensaje más que la del colectivo, los mismos actos vandálicos (cometidos por una minoría y no en nombre de todo el contingente, ciertamente) les terminaron siendo útiles de alguna forma. Muchas personas se molestaron (tienen derecho a oponerse a las formas y no implica necesariamente una disyuntiva), sí, pero aquello logró amplificar su mensaje. Entre tantas molestias por los monumentos rayados varios entienden que hay una dura molestia detrás. Y como en la publicidad, la idea es repetir varias veces el mensaje para que «se posicione en la mente del individuo».

    Tal vez muchos nunca simpaticen con estos colectivos pero comprendan que el problema existe y logren cierta empatía con ello.

    Y después de lo acontecido en el Día Internacional contra la Violencia contra la Mujer, quienes recibieron opiniones mixtas por la comentocracia mexicana donde algunos se lanzaron en contra (el escarnio de Paty Chapoy) y otros a favor, las mujeres se lanzaron al Zócalo a replicar una puesta en escena creada en Chile y que se viralizó en las redes sociales hasta replicarse internacionalmente. Dicha puesta en escena se convirtió en un símbolo, de esos que dan cohesión e identidad a un movimiento:

    Lograron invadir parte de la explanada del Zócalo, fueron la cantidad suficiente de mujeres como para enseñar «músculo», como diciendo que no se trata de un grupo minoritario y que la cosa va en serio. Fue tal cantidad de gente que incluso en la puesta en escena es posible percatarse de la velocidad del sonido a través del movimiento de sus brazos.

    Y más que hablar de un movimiento social en desprestigio, muchas mujeres que han sido afectadas (algunas que incluso veían con escepticismo ese tipo de movimientos), o mujeres que temen serlo, han encontrado en ese movimiento una forma de contención y refugio ante la problemática que viven.

    El feminismo, como cualquier causa social, es perfectible, puede no gustar, puede llegar a caer mal, pueden haber excesos, pueden manifestarse algunos radicalismos, pueden generar escepticismo, molestias y hasta indignación. Lo cierto es que el feminismo como fenómeno político no es un fenómeno aislado surgido de la nada ni es una «conspiración macabra ideada por George Soros y algún reptiliano», más bien tiene una causa bastante clara, y justamente esa causa es increíblemente parecida a ese mensaje que quieren comunicar. Y si se quiere entender este fenómeno, ya sea para analizarlo, criticarlo o apoyarlo, se vuelve indispensable entender la causa en sí.

  • El #LordCafé y el manejo de las emociones

    El #LordCafé y el manejo de las emociones

    El Director General del restaurant La Gorda (identificado Daniel Gutiérrez) tuvo un percance donde hizo todo mal.

    Una joven quien aparentemente trataba de esquivar un camión chocó en contra del ahora apodado #LordCafé. La joven hizo lo que hace cualquier persona razonable cuando tiene un percance, que es detener el automóvil y hablar al seguro para que éste se encargue de reparar el daño causado.

    En teoría uno puede estar molesto cuando le chocan, por el percance, porque te rompen la rutina y a veces hasta por el susto. Pero uno sabe que si quien le chocó está asegurado podrá estar seguro de que su automóvil será reparado y no tendrá que pagar un solo peso.

    Pero lo que hizo el #LordCafé fue todo lo opuesto a lo que una persona debería hacer cuando le chocan, y en todo salió perdiendo. El hombre bajó, agredió el carro de la mujer, agredió a la mujer aventándole su café directamente a ella y escapó. Probablemente él tendrá que pagar los daños que sufrió su carro y los que causó a la mujer, y lo peor, que ese acto le hizo un severo acto a su reputación como persona que podría derivar en la pérdida de su puesto con todo lo que ello implica. Todo esto justo en el marco del Día Internacional contra la Violencia contra la Mujer que magnificó aún más la indignación hacia este personaje en las redes sociales. Vaya, hasta el ex Presidente Felipe Calderón tuiteó al respecto amplificando el escarnio que cae sobre el #LordCafé.

    No todo termina ahí para el #LordCafé, Director General y uno de los dueños de La Gorda ¿qué le van a decir los otros accionistas por un evento que está manchando la reputación de su restaurante (conocido en la ciudad)? Inclusive este altercado ya ha sido aprovechado por su competencia para robarle algunos clientes. Seguramente el impacto que esto tenga en su carrera profesional va a ser muy fuerte.

    También ¿qué implicaciones tendrá su actitud para la el restaurant que actualmente maneja y que, como muchos restaurantes de Guadalajara, se ha construido a través de muchas generaciones? ¿Ello le causará remordimiento? Ni que decir del hecho de que ya está siendo investigado por la Fiscalía, por lo cual seguramente recibirá sanciones, seguramente tendrá que pagar a la mujer, además de las otras sanciones correspondientes.

    La mujer, de quien se quiso desquitar por quién sabe qué razón, salió tal vez hasta ganando. Ante la mediatización del hecho, ya hay talleres que con el afán de hacerse publicidad se ofrecieron a reparar gratis el carro de la chica, además de que la propia fiscalía ya se puso en contacto con ella. Toda la comunidad se solidarizó con ella ante la agresión que recibió, mientras que el #LordCafé ve cómo su reputación se va hasta los suelos en un evento que seguramente no será olvidado por la gente en tan poco tiempo, y menos por las mujeres quienes vieron la agresión en redes apenas un día después del día contra la violencia hacia la mujer.

    Y lo más triste para #LordCafé es que el escarnio que está recibiendo es justo. No hay un linchamiento con base en mentiras o suposiciones, todo quedó grabado en ese video.

    Si el #LordCafé hubiera controlado sus emociones, su vida seguiría transcurriendo normalmente, la peor incomodidad tal vez habría sido tener que usar el Uber en algunos días mientras su coche (de cuya reparación no pagará ningún peso) sale del taller. Pero en vez de eso, ahora es visto públicamente como una persona violenta, arrogante, agresiva y hasta machista, y no es injusto. Todo por no manejar bien sus emociones y volverse esclavo de sus más primitivos instintos.

  • La camioneta de Musk está horrible ¡yo la quiero!

    La camioneta de Musk está horrible ¡yo la quiero!

    Elon Musk es uno de esos genios que llegan muy de vez en cuando, de esos que se cuentan con los dedos, que irrumpen dentro del escenario y rompen cualquier forma de esquema. Musk es de esos que están dispuestos a coexistir con el caos porque para ellos no hay convenciones ni cosas que se tomen como normales.

    Ya sean sus automóviles, ya sea SpaceX y todas las iniciativas que el sudafricano ha emprendido, Musk ha generado muchas incomodidades a aquellas personas que suelen estar acostumbradas a las convenciones y cuyas innovaciones no salen mucho de esa caja de lo que es correcto (la mayoría y que incluyen muchos que creen ser los nuevos Steve Jobs).

    A los genios son difíciles de entenderlos, porque son muy escasos y porque su mente opera mediante una lógica que no es nada convencional. Son encumbrados y universalmente aceptados cuando casi ya han concluido con su revolución, pero suelen generar muchas resistencias a la mera hora de innovar. Albert Einstein sufrió muchas críticas por parte de la comunidad científica: el judío llevó a cabo una de esas revoluciones científicas a la Thomas Kuhn al entender la física desde una perspectiva novedosa y que dejaba de ser un continuismo de la física tradicional, que era lo que se esperaba (eso que Kuhn llama ciencia normal). Hasta los sectores conservadores lo cuestionaron porque pensaban que esa teoría de la relatividad pudiera trasladarse a alguna suerte de «relativismo social y cultural» (de lo cual Einstein no tuvo intención alguna, aunque el relativismo cultural y social apareció poco después, fenómeno que no necesariamente está completamente disconexo de aquella relatividad einsteniana, comprendiendo que son abstracciones muy similares en tanto son relacionales).

    Cuando pensamos en genios modernos nos vienen a la cabeza Bill Gates y Steve Jobs, aunque me parece que la genialidad de Elon Musk me parece aún mayor. Musk es una persona irreverente a quien es difícil categorizar. Es un adicto al trabajo a quien acusaban de exprimir a sus empleados pero que, a la vez, no tiene empacho de fumarse un porro con Joe Rogan o bien de sugerir que el Ingreso Básico Universal va a ser necesario cuando los robots se apoderen de los trabajos. Musk es de esas personas que están lejos de todo convencionalismo. Involucrado en industrias bastante diferentes: entre ellas una compañía de automóviles y una agencia espacial que aspira llevar al hombre a Marte (para posteriormente colonizarlo).

    La nueva camioneta que Tesla presentó muestra a Musk tal cual es, y además muestra la reacción de la sociedad hacia un genio en ciernes, la cual se tambalea entre la admiración, el escepticismo y las críticas abiertas.

    Muchos criticaron a Musk por el diseño de la camioneta, que está horrible, que la presentación salió mal, dijo la BBC. Lo cierto es que ya tiene cientos de miles de pedidos. Algunos dicen que está fea pero que si tuvieran el dinero la comprarían, a otros les empezó a gustar con el tiempo. Una persona convencional habría hecho algún estudio de mercado o habría analizado las tendencias actuales que obligan a cualquier diseñador a crear autos con acabados curvos (tendencia que reapareció a finales de los años 80 con la finalidad reducir el consumo de gasolina), pero Musk no hizo nada de eso y lanzó una camioneta from scratch que no tiene absolutamente nada que ver con lo que hoy vemos en las calles. Y como no había referencias, la gente trató de comparar el automóvil con cualquier cosa que se les hiciera parecida: que parecía sacada de Blade Runner, que es como el Delorean de Volviendo al Futuro, hicieron memes para compararlos con otros objetos, hasta con aspiradoras.

    Y eso es lo que un genio hace. Un genio no satisface las necesidades de su mercado para hacerse de utilidades, ni siquiera prevé en demasía si a la gente le va a gustar, tan solo hace que le guste. El genio no toma un papel pasivo donde, en este caso, el mercado es el que moldea el producto; más bien es él quien moldea el mercado. El genio se salta todas esas convencionalidades típicas de libros de empredimiento que te «invitan a innovar y tomar riesgos haciendo lo que todos hacen», presenta su idea y deja que los demás se hagan bolas con ella, que se conflictúen y asimilen su invención revolucionadora.

    No sé qué tanto éxito vaya a tener esa camioneta, pero mientras que unos la critican y otros sacan artículos demoledores para ganar algunos views, ya todo el mundo está hablando de ella y muchos ya la están comprando. Cosas de genios, no de gente normal.

  • De la sociedad del deber a la sociedad de los derechos

    De la sociedad del deber a la sociedad de los derechos

    De la sociedad del deber a la sociedad de los derechos

    Desde hace mucho tiempo se ha dicho que nuestra sociedad ha sucumbido al nihilismo, que ya todo vale, que todo está permitido, pero en sentido estricto en realidad ello no es tan así. Sí así fuera, nuestras sociedades ya se habrían resquebrajado desde hace tiempo; pero, a pesar de todo, se mantienen en pie. Una conclusión así podría hacer un poco de más sentido para hablar de aquella rebeldía de los años 60 y 70 del sexo, drogas y rock & and roll, pero lo que estamos viendo hoy no es necesariamente una suerte de degeneración sino más bien la consolidación de una transición de entender la moral desde la lógica del deber hacia la lógica de los derechos en aras de buscar un marco ético y moral que funcione dentro de una sociedad líquida, capitalista y posmoderna con narrativas fragmentadas. En esa etapa de rebeldía de los años 60 y 70 el individuo buscó liberarse de las normas, los tabúes y los deberes. Lo que hoy ocurre parecería ir un poco en sentido opuesto: no se trata de un retorno a la sociedad del deber, sino la búsqueda de una estructura que satisfaga a una sociedad ya «liberalizada», que le dote de un cierto orden y la mantenga en pie.

    La sociedad del deber, como le llama Lipovetsky, fue promovida dentro de las sociedades modernas que emergieron en la sociedad industrial para evitar la degeneración y el caos. No solo eran las instituciones religiosas las que la promovían, sino el propio Estado secular y laico (siendo el punto más álgido la sociedad victoriana). Por ejemplo, se decía que tu deber como hombre o como mujer era comportarte de esta manera o llevar a cabo ciertos roles, debes sacrificarte por tu país aún si ese sacrificio no te iba a traer un beneficio personal, debías de salir a votar porque es tu obligación. Bajo esta cultura del deber, más que los derechos (que existían, aunque jugaban un papel secundario al respecto), las sociedades occidentales se mantuvieron en pie.

    En nuestros tiempos, en cambio, la idea del sacrificio ahora termina siendo sustituida por la del bienestar. La cultura del deber ha sido eclipsada por la cultura de los derechos, que mantiene la idea toral de la cultura occidental de que el ser humano es digno por el mero hecho de serlo, pero que cambia el enfoque bajo el cual se aborda la ética y moral.

    Ya no se habla de sacrificios en torno a un bien común sino de derechos: tienes derecho a ser respetado, tienes derecho a la educación, tienes derecho a votar, tienes derecho a expresarte etc. Pero para satisfacer estos derechos es imperativo crear obligaciones y un marco ético: si tienes derecho a expresarte, entonces yo estoy obligado a permitir expresarte, si tienes derecho a vivir, entonces yo estoy obligado a no matarte. No hay un «todo se vale expreso» ni un nihilismo absoluto en tanto que para poder garantizar los derechos se vuelve indispensable crear reglas y normas que la gente debe seguir.

    Incluso dentro de los sectores conservadores donde permea y se mantiene más el sentido del deber han adoptado progresivamente el enfoque de los derechos para defender sus convicciones: ahora se habla del «derecho de los niños a tener mamá y papá», «el derecho a la vida», por poner algunos ejemplos. La batalla cultural entre conservadores y progresistas va en función a los derechos mucho más que los deberes, dado que los derechos que uno y otro defienden se contradicen y no pueden coexistir y dado que, hablando de derechos dentro de una cultura basada en los derechos más que en los deberes, es más fácil persuadir a la gente. Más suena hablar de «el derecho del niño a tener una madre y un padre» que hablar del tema en cuestión de deberes.

    ¿Podrá nuestra sociedad, tan líquida y cambiante, mantenerse en pie prescindiendo por completo de la cultura del deber, de la cual las nuevas generaciones ya se sienten muy ajenas? ¿Esta cultura de los derechos representa un avance o un riesgo con respecto de la cultura del deber? Las opiniones al respecto están muy divididas, más cuando esta nueva forma de abordar la ética es relativamente nueva. La liquidez de nuestra sociedad evidentemente espanta a más de una persona dado que se percibe que no termina por consolidarse una estabilidad muy fija y anclada lo cual deriva en una suerte de angustia hacia lo desconocido, como si más de una vez nos sometiéramos a asomarnos a un precipicio al cual tememos caer, algo similar a la angustia de Kierkegaard. Pero tampoco se percibe lo opuesto, que la sociedad termine por sucumbir a la degeneración y al caos. Pareciera que nuestra sociedad se ha mantenido en una suerte de estado de equilibrio bajo el cual aspira a expandir el sentimiento de liberación sin prescindir de un marco ético y moral.

  • La ilusión del progreso

    La ilusión del progreso

    La semana pasada debatía con unos amigos sobre si nuestra especie humana ha progresado con el tiempo o no. Yo argumenté que sí, que aunque el progreso es dispar dentro del globo terráqueo y que éste no es estrictamente lineal sino que más bien se trata de una línea sinuosa (no se podría entender de otra forma al nazismo en el siglo XX) además de que los progresos siempre traen externalidades que hay que solventar (por ejemplo, la equidad de género y el problema que en un principio trajo a la hora de acordar roles para cuidar a los hijos), el progreso existe y es completamente medible.

    El contraargumento que me hacían es que dichas métricas están sujetas a una narrativa propia del sistema económico vigente que tiene sus intereses propios: el capitalismo. Yo rebatí al decir que, aunque muchas de las métricas ciertamente responden al diseño y a los intereses de un sistema capitalista, era una obviedad que la gente tiene una mayor esperanza de vida, que tiene una mejor calidad de vida y que esto ocurría incluso ocurría dentro de la mayoría de los países históricamente oprimidos. De la misma forma no se pueden soslayar los avances tecnológicos, médicos y científicos que han mejorado nuestra calidad de vida. Por ello es que, a la fecha, la economía de mercado me sigue pareciendo la menos mala de todas las alternativas existentes.

    Pero luego me puse a pensar ¿qué implicación tiene este desarrollo para nuestra psique? Podemos hablar de un desarrollo o progreso objetivo que reside fuera de nuestras mentes y que puede ser medible más allá de consideraciones ideológicas. Pero al final, ¿qué implica ese progreso objetivo para cada uno de nosotros? ¿Podemos hablar entonces también de un progreso subjetivo? Aquí la respuesta se vuelve mucho más turbia y complicada.

    Partamos del hecho de que, si bien la realidad que reside fuera de nuestra mente es objetiva (el hecho de que haya árboles o montañas no cambia debido a nuestra actitud o percepción), la forma en que nosotros percibimos la realidad e interactuamos con ella es una construcción subjetiva producto de nuestra interacción con dicha realidad objetiva (a la que no podemos acceder completamente) que se da a través de la experiencia, la educación recibida y los rasgos biológicos que influyen sobre la forma en que nos desenvolvemos (como nuestro temperamento). Es más, se puede decir que construimos, en parte, nuestra percepción de la realidad con base en la construcción que han hecho de ella otras personas (como nuestros padres, nuestros maestros y demás). Los individuos no conocemos toda la realidad, conocemos tan solo una interpretación subjetiva de una parte de ella, a la cual se dice que podríamos acceder de mejor forma si tenemos una buena educación o diseñamos estructuras o sistemas para reducir esa subjetividad (como el método científico) y que nos han permitido acelerar el progreso objetivo, aunque tampoco terminan de ser una garantía absoluta ya que no terminan por eliminar lo subjetivo por completo.

    ¿A qué viene todo esto? Básicamente que nuestra percepción de nuestra realidad es contextual y está muy enclavada con la realidad en que vivimos y nos desenvolvemos, y no la realidad de forma completa, la cual es prácticamente infinita (en espacio y tiempo).

    Por ejemplo, cuando nos imaginamos la forma en la que vive una persona que vive en condición de pobreza, sentimientos de angustia y dolor se nos vienen a la cabeza. Pero muchos pobres no viven angustiados ni sufren mucho más que lo que sufrimos nosotros. ¿Por qué entonces nos sentimos angustiados y tenemos un terror a caer en la pobreza en la que viven la mitad de nuestros connacionales quienes están, por lo general, menos angustiados de lo que nosotros pensamos que podríamos llegar a estar? Porque a la hora de imaginar la pobreza imaginamos la pérdida: imaginamos la caída de nuestra posición de clase media a la posición de clase baja y con base en esa caída juzgamos a la pobreza. Y ocurre lo mismo cuando nos imaginamos a los ricos: pensamos que si nos volvemos ricos estaremos jubilosos y seremos eternamente felices cuando la realidad es que ese gozo solo se da en el momento en que transitamos de nuestro estado actual a un estado de riqueza, ya que con el tiempo nos acostumbramos a nuestra realidad. Ello explica que haya ricos que entren en estados de depresión o tengan problemas psíquicos muy fuertes.

    Ahora, si hablamos de progreso a través del tiempo, ocurre una situación análoga. Si nos imaginamos la forma de vida de la Edad Media nos perecería terrible y hasta inhumano vivir en esos tiempos: podíamos morir asesinados, encarcelados o contagiados por la peste bubónica, pero no estoy seguro que los medievales se sintieran mucho más desgraciados que nosotros. Básicamente, a la hora de comparar se nos olvida contextualizar.

    Lo mismo pasa con este escarnio que cae sobre los millennials a los cuales acusan de ofenderse de todo e incluso de ser un tanto más frágiles. Tal vez, objetivamente, no estén tan equivocados quienes hacen ese señalamiento al compararlos con los baby bommers, aunque el escarnio me parece un tanto injusto por lo anteriormente mencionado: un millennial creció en un contexto diferente al de un baby boomer y se adaptó a él. El baby boomer juzga al millennial desde la realidad tal como él la construyó y que no es igual a la realidad construida por el millennial. Incluso, objetivamente (más allá de las construcciones) ambas realidades no son iguales: no es lo mismo 1950 que el año 2000, y por ello no podemos esperar que construyan la realidad de la misma forma si la base es diferente.

    Dicho todo eso, ¿cómo podemos hablar de un progreso subjetivo? Si concluimos que el estado de la psique del individuo a través del tiempo (es decir, su capacidad para sufrir dolor o gozar de alegría) ha permanecido relativamente estable, ¿cómo podemos asegurar que el progreso objetivo ha hecho que nos sintamos mejor, que es básicamente a lo que hemos aspirado a la hora de construir civilizaciones más avanzadas o hacer descubrimientos científicos? Ciertamente, una persona del siglo XVIII perdía hijos de forma más fácil y vivía menos, pero seguramente el impacto que tenía la pérdida de un hijo en la psique habría sido menor que la que tiene para nosotros en tanto que asumían que era común que una familia perdiera hijos (e incluso lo daban por sentado al procrear muchos hijos con el fin de asegurar descendencia).

    Si bien eso que llamamos progreso objetivo, eso que medimos con indicadores y estadísticas, me parece que es innegable, la idea del progreso subjetivo, es decir, que la gente se sienta más feliz y satisfecha a través de las generaciones, me parece más cuestionable. ¿Vivir más años se traduce en una mayor felicidad y goce? ¿Acaso las personas del siglo XV se sentían más angustiadas que nosotros porque su esperanza de vida fuera de menos de 50 años? ¿Por qué, con todos los avances evidentes en la psicología, en la psiquiatría y las neurociencias, hay mucha gente deprimida? Evidentemente es mucho mejor ir a terapia y tomar medicamentos que no hacerlo cuando se requiere, pero ¿estamos en realidad más felices por ello que en otros tiempos? ¿O será que nuestro organismo se ha ido adaptando en un contexto donde existen disponibles medicamentos y terapias? Y si el progreso subjetivo es cuestionable, habrá quien se pregunte cuál sería el sentido de trabajar para que la sociedad progrese. Podría ser que quien se beneficia psicológicamente de ese progreso no es tanto quien lo recibe, sino quien lo produce. Tal vez quien recibe un mayor gozo es aquél médico que descubrió una nueva sustancia y fue premiado por ello, o aquella persona que se decidió estudiar una maestría para luchar en favor del medio ambiente o que se autorrealizó en su profesión.

    Evidentemente, esa lucha inalcanzable produce un progreso objetivo tangible y palpable. Pero parece que, con respecto a nuestra psique, no habría tanto que hacer, ya que está condenada adaptarse al contexto en el que se desarrolla porque esa es su función. Y es mucho más entendible si comprendemos que tanto aquellos sentimientos positivos (felicidad, gozo, placer, autorrealización) como los negativos (tristeza, miedo, angustia y demás) siempre serán absolutamente necesarios para que el individuo se adapte a su entorno. Una persona que siempre esté feliz y que no tenga la capacidad de sentir miedo o tristeza seguramente tendrá muchos problemas para adaptarse a sus circunstancias y perecerá de una forma mucho más fácil.

    Y todo esto nos lleva a una cruda realidad: el fin último de nuestra especie dentro del mundo terrenal no es la felicidad, la felicidad más bien es uno de los medios por los cuales el ser humano puede adaptarse y sobrevivir dentro de su entorno. Y tal vez por eso, a pesar de los innegables progresos en el sentido positivo, la psique y su relación con el goce y el dolor se mantiene siempre relativamente constante.