Categoría: reflexión

  • ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    Esta una pregunta muy complicada de contestar, e incluso lo es para los especialistas en el tema.

    Tal vez por ello quienes estén urgidos de dar una explicación por algún motivo traten de dar una respuesta facilona: «¡Los videojuegos! Dijo el Gobernador de Coahuila Miguel Ángel Riquelme»; el bullying, las armas, tal o cual problema, dirán otros. Pero eso, tratar de crear un responsable casi como si fuera el único problema, no nos ayuda en mucho.

    El problema es que la ecuación que explica por qué un niño es capaz de ir a matar a sus alumnos contiene muchas variables, la gran mayoría de las cuales deben estar presentes para que algo así (o algo parecido a ello) ocurra.

    ¿Por qué señalar con el dedo inquisidor a los videojuegos si millones de niños juegan juegos violentos y a casi ninguno de ellos se le ocurre ir a matar a alguien (incluso se debate si existe correlación alguna entre videojuegos y violencia aquí y aquí)? ¿Por qué centrarse exclusivamente en el bullying cuando millones de niños lo sufren y no es como que gran parte de ellos decida ir a matar a sus compañeros?

    Para que algo así ocurra muchas variables tienen que alinearse, interconectarse y coincidir de tal forma que deriven en la lamentable tragedia que ocurrió en Torreón.

    La salud mental es una variable muy relevante. Que un niño tenga una salud mental deteriorada es casi condición necesaria para que algo así ocurra, pero no es condición suficiente. Muchos niños padecen trastornos mentales y no salen a matar a la calle.

    Si vemos cómo aconteció la historia podemos darnos una pista de todas las variables que pudieron estar en juego. Seguramente el niño tenía problemas mentales, él quiso recrear lo ocurrido en la Masacre de Columbine, tuvo acceso a armas, pudo ingresarlas a la escuela, seguramente era víctima de bullying, se sospecha que tenía conflictos familiares. Posiblemente basta con quitar una de todas esas variables para que la tragedia no ocurriera. Incluso cosas que pueden parecer tan insignificantes como, por ejemplo, que sea invierno (en el entendido de que en invierno las depresiones aumentan), pueden ser la gota que derrame el vaso.

    En el libro Talking to Strangers, Malcolm Gladwell argumenta que sabemos menos de las personas que no conocemos de lo que inferimos, y pone un ejemplo que podría ayudarnos a entender de mejor forma este caso:

    En el Reino Unido, nos dice Gladwell, muchas personas se suicidaban con la ayuda de las estufas de monóxido de carbón que hacían relativamente fácil la tarea. Por razones que no tenían nada que ver con la tasa de suicidios, el gobierno de esta nación llevó a cabo una campaña para remover estas estufas con el fin de sustituirlas por otras más modernas, las cuales no serían útiles para quitarse la vida. Uno podría esperar que las personas buscaran otra forma de suicidarse porque «quien quiere matarse lo hace», pero esto no ocurrió y con la desaparición de estas estufas la tasa de suicidios se redujo.

    Hay muchas variables involucradas en un suicidio. Quien se quita la vida muy probablemente tiene un padecimiento mental como depresión, ansiedad o algún otro. Posiblemente le haya ocurrido un evento muy difícil. Ahí están los problemas latentes. Pero el hecho de tener una herramienta para suicidarse de forma fácil (la estufa de monóxido de carbón) es la gota que derrama el vaso.

    El que suicidarse sea fácil o no lo sea puede ser la variable que defina el resultado final, pero no es la única, solo es una de tantas.

    Y aunque estas estufas aumentan la incidencia de suicidios, no es como que explique los suicidios por completo, ni mucho menos podríamos hablar de una «estufa asesina» o algo por el estilo. Una persona que no tenga depresiones o no haya sufrido un evento traumático no se suicidará por el simple hecho de tener una estufa de monóxido de carbón en su casa.

    Lo mismo pasa con el alumno. El simple hecho de que no tuviera acceso a un arma habría sido condición suficiente para que la tragedia no ocurriera. Pero si el niño no hubiera sufrido bullying, o no tuviera problemas, o tuviera una escuela con una entrada más vigilada, o inclusive el caso hipotético de que viviera con sus papás y no con su abuela, entonces la tragedia no habría ocurrido. Incluso puede ocurrir que con solo cambiar de ciudad donde ocurre este escenario (el mismo niño, los mismos problemas) el resultado sea diferente.

    Y como son muchas variables las que explican la tragedia, entonces solo podemos llegar a la conclusión de que el problema se debe combatir desde muchos flancos para que reducir la posibilidad de que esto vuelva ocurrir al mínimo. Sí, tenemos que hablar de la salud mental; sí, tenemos que hablar del hecho de que un niño pueda tener acceso a armas; sí, tenemos que hablar de la cohesión familiar; sí, tenemos que hablar del bullying. Tenemos que hablar de todo.

    Y tenemos que hablar de todo porque si bien argumenté que es posible que puede bastar extraer una variable para que el resultado sea diferente, si solo atendemos a una, basta con que las otras variables sigan presentes para que se combinen con alguna otra para que ocurra otra tragedia.

    Digamos que otro niño tiene los mismos problemas que éste con excepción del bullying que aquél no sufre. Puede darse el caso de que el maestro repruebe a este otro niño y ello desate otra tragedia. O en el caso del Reino Unido, habría bastado con que apareciera alguna tecnología que, de alguna forma, también ayudara a la gente a suicidarse de forma fácil como lo hacían con la estufa de monóxido de carbón para que las tasas de suicidio vuelvan a su estado anterior.

    Por eso es que tomar una camiseta con el nombre de un videojuego como línea de investigación es absurdo y hasta demagógico. Absurdo es pensar que basta solo con atender una de las tantas variables involucradas para evitar que esto se vuelva a repetir. El problema tiene muchas dimensiones, hay que atender el mayor número de ellas posibles.

    Y entendiendo que son muchas las variables involucradas, que el estado de cosas en nuestro país de posibilidad a que tragedias así ocurran (no es la primera vez), nos habla de que hay cosas que no están bien en la sociedad. Y el problema es que algunas de esas variables, conjugadas con otras, también crean otro tipo de problemas.

    Pensar que un problema tan fuerte como este tiene una sola causa es ocioso y no va a combatir el problema. Menudo dilema para los hacedores de políticas públicas e incluso para la sociedad en su conjunto.

  • Sobre la postrebeldía

    Sobre la postrebeldía

    Sobre la postrebeldía

    En tiempos pasados, la rebeldía era atractiva porque, al sumirse en la incertidumbre y en la posibilidad de recibir un castigo o de ser señalado, el individuo sentía una sensación de vértigo al rebelarse contra el estado de cosas.

    El individuo que se hacía un tatuaje, fumaba, se dejaba el pelo largo, se ponía un arete o escuchaba metal sentía esa sensación de ser un rebelde. Era una forma de inconformidad, una forma de rebelarse contra el estado de cosas, contra las autoridades, contra el gobierno. Podemos discutir si tal o cual forma de rebeldía tenía alguna causa o justificación o no, pero no podemos negar que el rebelde sentía el placer de serlo.

    Para que la rebeldía sea tal, se requiere que aquellos que se rebelen sean una pírrica minoría frente a una mayoría conformista y apegada a los cánones del deber ser. La mayoría no puede ser rebelde porque en automático dejaría de serlo. El rebelde se asume como outsider y rehuye de todo aquello que pueda parecer normal.

    Por eso, al ser minoría, a los rebeldes se les ve como especiales, diferentes y arrebatadores: la rebeldía atrae, al rebelde se le percibe como un alfa, como alguien que incluso tiene cierto sex appeal, como aquel que lidera, irrumpe y que no le importa el juicio de los demás; el rebelde es quien, en el imaginario colectivo, es capaz de enfrentarse al caos y pagar el precio por ello.

    En el fondo, muchos querían ser rebeldes, pero pocos se atrevieron a serlo.

    Pero las empresas y las organizaciones vieron que esa rebeldía podría explotarse comercialmente y la empaquetaron como para exhibirla en un anaquel y venderla de forma masiva: sé rebelde, sé diferente, nos dijo la publicidad, y los consumidores que soñaban con ser rebeldes cayeron. ¿Y qué pasó?

    Que el sistema (el estado de cosas cultural, social, político y económico) asimiló esos elementos de rebeldía y los vació de contenido.

    El arete o el tatuaje ya son cada vez menos una expresión contra el sistema porque progresivamente el sistema mismo los ha incluido en su ethos. Las empresas admiten cada vez más sin problema a una persona tatuada en aras de promover la diversidad. La publicidad nos dice que ser rebelde (en su concepto empaquetado) es cool, pero ser rebelde es una cosa y ser cool es otra. Lo cool así se convierte en lo aceptable, se convierte en el propio deber ser que se suponía era el antípodas de la rebeldía: tienes que ser cool y, por tanto, tienes que aparentar ser rebelde, pero no lo eres, eres normal.

    Al sistema no le importa si dicha persona tiene 10 aretes o si fuma marihuana siempre y cuando cumpla con lo que se espera de él. El otrora rebelde ya no es diferente, ya es uno más, ya no es tan especial porque como las barreras de entrada para ser rebelde (o más bien aparentarlo) bajaron, entonces todo mundo lo puede ser, y como todo mundo lo puede ser, ya no se es especial, ni rebelde.

  • Los nuevos años 20, la era de la incertidumbre

    Los nuevos años 20, la era de la incertidumbre

    Cuando llegamos a 1990, el discurso era uno de libertad. Caía el muro de Berlín, la URSS comenzaba a colapsar y la bipolaridad entre el occidente capitalista y el régimen comunista soviético (y satélites) llegaba a su fin. México veía los últimos años del régimen de partido único que poco tiempo después perdería mayoría en el Congreso. La apertura era patente en muchos sentidos.

    Luego llegó el año 2000. En el ámbito global no había tantas novedades. Dábamos por hecho el estado de las cosas y le comprábamos a Francis Fukuyama la idea del fin de la historia, bajo la cual aseguraba nuestra civilización había arribado a la democracia liberal como punto culmen de su desarrollo, aunque todo ese optimismo pronto empezaría a resquebrajarse, sobre todo a partir del 9/11. A México le fue muy bien, el año 2000 fue el inicio de la alternancia.

    En el año 2010 las cosas ya no eran tan positivas. Tanto el propio 9/11 como la crisis global del 2008 nos hizo repensar ese optimismo de las décadas pasadas. Sin embargo, con todos los «accidentes», todavía teníamos fe en la idea de la democracia liberal como aspiración, aunque su legitimidad comenzaba a recibir algunos cuestionamientos. Comenzamos a decir (en México y en casi todo Occidente) que los políticos no nos representaban, que el sistema político no funcionaba del todo bien. Pero teníamos a Internet como ese elemento liberalizador que, decíamos, democratizaría todo.

    En el 2020, por primera vez después de varias décadas, entramos a una era de profunda incertidumbre. Comprendimos que la democracia liberal no era el fin de la historia, con lo cual el futuro ahora nos comenzó a parecer más bien dudoso y oscuro. En las décadas pasadas ignoramos el hecho de que los cambios tecnológicos modificaban las dinámicas sociales y nos dimos cuenta hasta que ello simplemente ocurrió. Si la imprenta o la Revolución Industrial modificaron de forma drástica todas las dinámicas sociales ¿por qué entonces subestimamos el poder de Internet para hacerlo?

    El Internet había irrumpido de forma drástica. Pensamos que el sistema político-económico «antes de Internet» iba a funcionar igual de bien dentro de nuestra era y no fue así. De hecho, el estado de cosas se está modificando sin que tengamos la más mínima idea de cual vaya a ser su forma final porque el propio Internet y las tecnologías evolucionan a pasos agigantados cambiando de forma continua las dinámicas políticas, económicas y sociales.

    No estamos sobre piso firme, sino desde uno muy líquido, que cambia drásticamente y que es acompañado de esta idea posmoderna de la sustitución de las grandes narrativas por la interpretación personal del mundo.

    Hoy no hablamos de ningún fin de la historia. Hoy hablamos de las nuevas corrientes demagógicas de derecha e izquierda iliberal que toman popularidad, de los cada vez más sofisticados algoritmos, de la inteligencia artificial y del advenimiento de la singularidad (ese momento en que la propia inteligencia artificial se vuelva autónoma y superior al propio ser humano) como algo que ya no está tan lejos como para ignorarlo.

    Hoy el futuro es incertidumbre, no tenemos la más mínima idea de cómo vaya a ser. Bueno, nunca la tuvimos, pero creímos haberla tenido y eso nos daba una sensación de seguridad y confort que hoy es prácticamente inexistente.

  • La política no es un hobby

    La política no es un hobby

    La política no es un hobby

    Estaba, como cualquier otro día, navegando en mi Twitter cuando me encontré esta publicación de Gerry Sánchez, uno de esos pick up artists que venden seminarios para aprender a ligar:

    Entiendo que no es una persona conocedora del tema y seguramente no entiende muy bien la función que la política tiene dentro de una sociedad, pero abordo este contenido porque sé que muchos piensan así. También dentro de esta peculiar publicación hay un punto importante que es el que lo motiva a pensar así (ver la política como opio) y que casi seguramente se deriva del bajo nivel del discurso político en nuestro país.

    Primero debo de decir categóricamente que la política no es un hobby.

    A ver, el entorno en el que vivimos no es algo dado o algo que debamos dar por sentado, es la suma de muchos equilibrios o muchas variables que, de ser modificadas, pueden cambiarnos todo el contexto. Las decisiones que se toman en política terminan irremediablemente afectando la vida cotidiana, y desde ahí debemos entender que la política es algo lo suficientemente serio como para rebajarlo a la categoría de hobby.

    Posiblemente Gerry Sánchez, como muchos otros, se frustre al ver el nivel de discusión política que existe en nuestro país (sabemos que es bastante malito). Tal vez, a partir de esa frustración, deduzca que se trata de algo innecesario: si veo que toda la gente se está peleando y discutiendo cuando podría estar «formándose», entonces no deberíamos interesarnos en política a menos que «tengamos los medios para hacer algo y modificarlo».

    La política es frustrante (otra razón para no considerarla un hobby), en muchos casos molesta e incomoda. Pero la política es necesaria: un país desarrollado o que aspire a serlo necesita de ciudadanos que al menos estén al tanto de lo que acontece en su comunidad y/o en su país.

    Estar al tanto de la política es una responsabilidad que uno tiene como ciudadano, no es un hobby

    Digamos que, si los ciudadanos nos desentendiéramos de la política, le daríamos demasiado poder a los políticos. Seríamos más manipulables (sí, todavía más de lo que somos) porque no tendríamos ninguna información a la mano.

    Gerry Sánchez y quienes piensan así entonces deberían estar contentos al ver que las nuevas generaciones se muestran, por lo general, menos interesadas en la política y salen menos a votar. Pero ya hemos visto las consecuencias que eso ha traído en algunos países como el Reino Unido y los Estados Unidos. Y tampoco es, como pensaría él, que entre la juventud tengamos más «hombres forjándose». De hecho, él mismo hace hincapié en esta idea de que las nuevas generaciones (esas mismas que son más apáticas políticamente) son más débiles de carácter.

    Dice también que «si tienes los medios para modificar algo al respecto, entonces lo hagas». La cuestión es que estar al tanto de lo que ocurre en la política es condición necesaria para lo que viene. Si la sociedad está completamente despolitizada, entonces nadie va a hacer nada, nadie se va a manifestar ni nadie siquiera querrá involucrarse activamente. El estar informado y al tanto de lo que pasa ya es hacer algo, por más mínimo e insignificante que parezca.

    Dice Gerry que la política es el opio. Opio es más bien el que tratan de vender los políticos, y se vende más fácil cuando la gente no está al tanto y no cuestiona lo que acontece. El ciudadano pasivo, apático y desinteresado es aquel que más interesa a aquel político que privilegia sus intereses personales sobre el bien común. Ese tipo de ciudadano es más peligroso incluso que aquel fanático que defiende a un gobierno sin cuestionarlo porque es quien tiene la posibilidad de fungir como contrapeso y no lo hace.

    En su publicación critica a los «intelectuales» que opinan, como si tuviéramos demasiados y muy vistos como sí ocurre, por ejemplo, en los deportes. Pero los intelectuales, como sea, ayudan a formar opinión pública. De nuevo, si no existieran, la población estaría aún más desinformada y sería más presa de los intereses políticos. Y si no fueran relevantes y no tuvieran peso alguno, no veríamos a algunos gobernantes quejarse de ellos e incluso reprender a algunos diarios por sus actividades.

    La conclusión a la que él parece querer llegar es que «un hombre que quiere forjar acero» no debería estar perdiendo su tiempo en esas «frivolidades». Pero dudo que el tiempo que se le debe invertir en estar al tanto del acontecer político prive a una persona de leer un buen libro, ir a ligar al antro o ir al gimnasio.

    Otra cosa es que el nivel de la discusión política sea muy magro, pero eso es resultado del fenómeno opuesto al que propone Gerry Sánchez. En lo cuantitativo, mucha gente es apática con relación al quehacer político, y en lo cualitativo, mucha gente no es rigurosa a la hora de informarse y se deja llevar por la información que corre en las redes sin verificarla siquiera.

    Por último, pensar que no nos debemos preocupar por la política porque «nosotros nos podemos forjar» es un craso error. Muchos dentro de este mundito de la autoayuda, desde una causalidad radical y una postura ultraindividualista por no decir egoísta, piensan que la política no importa porque si nos forjamos no habrá crisis ni problema que nos afecte. La verdad es que pensar ello es iluso.

    Desde luego un hombre o una mujer con un buen temple y carácter tendrá más posibilidades de sortear una dificultad, pero no hay garantía de ello por el simple hecho de que nadie tiene la capacidad de controlar todas las variables. El individuo tampoco vive aislado como para despreocuparse de todo lo demás y desprenderse de la sociedad. El individuo vive en comunidad y requiere de ella para salir adelante, el individuo convive, hace negocios y se relaciona con otras personas que conforman la comunidad. El individuo es ciudadano de un país. Eso le obliga moralmente a estar al tanto del acontecer político.

    Por ello pensar que la política es un hobby es un craso error. La política no es una frivolidad, es muy importante. La política está en todos lados, es parte de nuestra vida, de nuestra cotidianeidad, y no se puede dejar del lado.

  • Si Juárez viviera, sería opositor de López Obrador

    Si Juárez viviera, sería opositor de López Obrador

    Si Juárez viviera, sería opositor de López Obrador

    Digamos las cosas como son: López Obrador no es liberal. La forma en que concibe el ejercicio de gobierno lo delata.

    AMLO es juarista en la retórica, pero antijuarista en los hechos.

    Podría decirse que en algún sentido es posmoderno, no en el sentido de suscribirse a las corrientes progresistas influenciadas por filósofos posmodernistas o postestructuralistas, sino porque no se adscribe a una metanarrativa o gran relato. En cambio, construye una micronarrativa muy propia que espera que sea adoptada por todo el ethos. Así, AMLO crea una donde caben desde conceptos socialistas hasta otros tan conservadores que ni los gobiernos de derecha anteriores se atrevieron a abordar. Pero esa narrativa de liberal tiene poco.

    López Obrador no es entusiasta de la autodeterminación del individuo, no es gratuito que deje de lado el término «ciudadano» que asume su heterogeneidad por el de «pueblo» que la niega, y en cambio incluya a la sociedad en su conjunto dentro de esa entidad superior homogeneizante (exceptuando, claro, a los privilegiados con excepción de aquellos afines al gobierno).

    López Obrador no se asume como un funcionario público o representante de un país, sino que cree estar destinado a moldearlo de acuerdo con su forma personal de lo que la sociedad debería ser. Y cuando se tiene una aspiración tan ambiciosa, poco lugar queda para aspirar a defender la idea íntimamente liberal de la autodeterminación del individuo, quien construye su proyecto de vida y el cual solo tiene como límite las normas legales a las que está sujeto y ciertos principios que buscan promover cohesión social (como algunos conceptos y símbolos afines a un espíritu de patriotismo). Las convenciones sociales o normas morales a las que el individuo está sujeto no son competencia del gobierno, sino más bien de la sociedad o el sector social en el que se encuentra inserto y que buscan regular y armonizar la convivencia social (que tienen que ver con las características y/o idiosincrasia del sector al que pertenece, con su credo religioso, etc.)

    López Obrador busca adjudicarse muchas más atribuciones que las que un gobierno liberal suele tener. Así, puede atreverse como ningún mandatario moderno a utilizar símbolos cristianos para promover la moral dentro del «pueblo»: sugiere a sus gobernados que vayan a misa y que no cometan «pecados sociales». López Obrador cree que debe moralizar al pueblo ¿y cuál moral? En resumidas cuentas, su propia concepción personalísima de lo que la moral debe ser. Es cierto, todos los mandatarios tratan de reflejar sus principios a la hora de gobernar, pero ello no implica que se involucren en la esfera íntima del individuo, ni que influyan sobre sus creencias religiosas o no religiosas. López Obrador sí lo hace, y hacerlo es profundamente antiliberal.

    El deseo de López Obrador de influir en la moral personal del individuo queda patente en las intentonas de su partido de atacar al Estado Laico (tan juarista para nosotros) como ni el PAN se habría animado a hacerlo, como ocurre con la propuesta de una senadora de MORENA quien propone una reforma tan ambiciosa que se atreve a borrar ese renglón que habla de la «separación del Estado y las iglesias» para que éstas (en específico, los evangélicos) puedan involucrarse en tareas como brindar «asistencia espiritual» en centro de salud públicos, ejército, cuerpos policiacos y demás. De la misma forma, esa pretende que las asociaciones religiosas puedan transmitir o difundir mensajes sin previa autorización de la Secretaría de Gobernación.

    Debemos comprender que el Estado Laico no tiene como fin acabar con las religiones, sino convertirlas en un asunto privado y no público. Es decir, yo tengo el derecho a profesar cualquier religión (o no profesar ninguna) libremente sin que el Estado intervenga en ese ejercicio. Es una decisión privada, mía, que es transmitida por mis familiares o mi comunidad, y no por el Estado.

    Esta separación de igual forma promueve la libertad religiosa ya que evita que alguna religión, producto de su relación con el Estado, tenga alguna ventaja sobre de otra o que el Estado persuada o imponga al individuo un credo.

    Tal vez no sea casualidad que los evangélicos estén haciendo su agosto en América Latina con gobiernos iliberales de izquierda o derecha como el de Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, y en nuestro caso, el de Andrés Manuel López Obrador. Las organizaciones religiosas no están exentas de las dinámicas de poder (que incluye su ambición) por el mero hecho de ser religiosas. No lo están porque, sea cual sea su credo y por más respetable o valioso que sea, están compuestas de seres humanos falibles, y López Obrador, al permitir que los evangélicos participen en actividades que competen al Estado, está permitiendo que organizaciones religiosas acumulen más poder lo cual, aunque suena paradójico, atenta contra la libertad religiosa por lo que he comentado anteriormente.

    AMLO se parece a Benito Juárez más bien casi nada. Juárez no buscaba, que yo recuerde, imprimir su visión muy personal sobre el pueblo ni pretendía dictarles moral. Menos permitió que organizaciones religiosas pudieran participar en lo público, todo lo contrario.

  • En defensa de la generación de cristal

    En defensa de la generación de cristal

    En defensa de la generación de cristal

    Una famosa frase que circula en las redes sociales dice que las «sociedades prósperas generan individuos débiles que, a su vez, generan sociedades caóticas que generan individuos fuertes».

    Habría que analizar a fondo la historia universal para determinar qué tan precisa es esta frase, ya que si bien podemos encontrar ejemplos de ello, también podemos encontrarnos con sociedades caóticas producto de factores que poco tienen que ver con el «debilitamiento» de la calidad de los individuos producto de la prosperidad, como la República de Weimar castigada con el Tratado de Versalles que dio origen al régimen nazi o la Rusia en la que acaeció la Revolución de 1917.

    Pero, más allá de qué tan precisa sea aquella frase, no es un secreto que conforme la sociedad se vuelve más próspera, los individuos se debilitan en varios sentidos, pero ello es una consecuencia natural porque los seres humanos no hacemos nada más que adaptarnos a nuestro entorno para funcionar lo mejor posible en él.

    Por ejemplo, casi nadie de nosotros (ni los preocupados por la «fragilidad de las nuevas generaciones») podría sobrevivir en la selva como lo hacían nuestros antepasados. No tenemos ni la fortaleza física ni las habilidades necesarias, la gran mayoría pereceríamos ahí. Pero es que para sobrevivir en la actualidad no necesitamos dichas habilidades.

    También es cierto que cada vez menos nos vemos necesitados de ir a la guerra. E incluso ahí, con el tiempo, la fuerza física, aunque sigue siendo muy importante, se ha vuelto progresivamente menos relevante ya que los ejércitos dependen cada vez más de la tecnología para poder triunfar en el campo de batalla. Paradójicamente, la existencia de las armas nucleares (que actúan como disuasorio) junto con la forma en que están configuradas las economías actuales, hacen cada vez menos viable una guerra en el sentido tradicional.

    Vaya, nuestro mundo se ha vuelto cada vez más próspero, donde la fuerza ha dado paso al intelecto como medio de producción y de supervivencia. Ya no nos importa ser muy fuertes, nos basta con tener un cuerpo sano y relativamente atlético, y en el mejor de los casos. Y de igual forma hemos buscado, en la medida de lo posible, construir un mundo que sea lo más confortable con respecto a la psique. Por ello hemos venido humanizando los trastornos psíquicos de tal forma que aquello que podíamos calificar como locura (un trastorno de ansiedad o un TOC) se ha venido convirtiendo de forma progresiva en algo parecido a una gripe.

    Debido al progreso, hemos procurado una sociedad más confortable para todos: desde el mercado, desde el Estado, desde la familia y desde diversas instituciones. Nuestras camas son más cómodas que las de hace un siglo, desde el celular realizamos ciertas actividades que nos facilitan la vida, nos preocupa la salud más que nunca. Y es evidente que así, las generaciones que nazcan en ese mundo de confort, lo den por sentado. Recordemos que los individuos construimos la realidad de forma subjetiva por medio de nuestra educación e interacción con el entorno.

    Es curioso que muchas de las personas que aseguran que los millennials y los centennials son «generaciones de cristal» son los mismos que se esmeraron por construirles esa vida llena de comodidades, los que pensaron que habría que alejar a los hijos de cualquier dolor. Son los mismos que se quejan de una presunta falta de tolerancia a la frustración. Ellos, como cualquier otra generación, lo único que hicieron fue adaptarse a su entorno. ¿Por qué ellos habrían de tener la culpa?

    Bien podría decir que estas generaciones, como todas, tienen sus particularidades y no todas ellas son necesariamente buenas, aunque ha caído un severo escarnio sobre ellas y creo que se ha hecho un juicio, a veces, excesivamente lapidario, casi como asumiendo que las generaciones pasadas (la generación X y los Baby Boomers) eran generaciones con un gran tesón y una fortaleza de espíritu digna de ejércitos imperiales, lo cual, siento decirles que no. No es como que las dos generaciones pasadas fueran muy diferentes en este sentido.

    El problema es que las comparaciones entre generaciones son, en muchos casos, complicadas de hacer porque éstas se desenvuelven en contextos distintos. Por ejemplo, estaba leyendo un artículo del caso del ITAM donde muchos alumnos salieron a manifestarse por el caso del suicidio de una estudiante. El autor explicaba varios casos del trato que algunos maestros les daban a los alumnos, y la verdad que esto hace algunos años habría sido casi igual de escandaloso e indignante. En mi secundaria (hace ya 20 años) llegaron a correr a profesores por menos que eso (producto de la presión de los alumnos y padres de familia).

    Es cierto que, en algunos casos, sí se han manifestado algunos excesos en aras de proteger la psique de los estudiantes que les podrá traer más problemas que beneficios en el largo plazo, como la creación de espacios seguros que solo ayudan a aislar y tribalizar al estudiantado. Pero tampoco nos engañemos y pensemos que las generaciones pasadas tenían una fortaleza moral profunda y eran capaces de hacer frente a cualquier obstáculo que tuvieran enfrente.

    La hiperconectividad que existe ahora tampoco ayuda a la hora de hacer comparaciones. Asumimos que esto que estamos viendo es nuevo, como si antes no hubiesen existido casos de suicidios o de alumnos indignados por la conducta de los maestros, pero antes no recibíamos tanta información. Casos como estos se centraban en las comidas familiares de personas que se habían enterado del caso y que en la actualidad se esparcen y viralizan por medio de las redes sociales.

    Las dinámicas sociales el día de hoy son diferentes, hasta para la misma organización de protestas con el fin de solicitar a una institución que tome cartas en el asunto. Las comparaciones son, en muchos casos, muy tramposas y engañosas.

    Por ejemplo, se dice que hay menor compromiso de los empleados con las empresas (lo cual muchas veces no es falso), pero ¿el compromiso de las empresas con los propios empleados es igual que antes? En el pasado un empleado entraba a una empresa y sabía que ahí crecería y trabajaría toda su vida, lo cual evidentemente generaba un fuerte compromiso y hasta cariño con la empresa que trabajaba. Hoy eso no ocurre. El individuo da casi por sentado que trabajará en varias empresas a lo largo de su vida, que en algún momento será dado de baja por un recorte de personal (y que muchas veces no estará ligado a su desempeño) o buscará otro lugar donde seguir creciendo dado que asume que su crecimiento no está ligado a una empresa, sino a su trayectoria personal. Ya ni hablemos de los freelancers o autónomos que cada vez abundan más.

    En defensa de la generación de cristal

    También se asume, en varios casos, que ciertos problemas que existen en la actualidad no existían en el pasado, como si el propio pasado fuera idílico, como si en el pasado todas las personas tuvieran una gran capacidad para sortear la tolerancia a la frustración. Por ejemplo, muchos hablan de la mediocridad de muchos estudiantes, que falta compromiso en los estudios. Pero desde que tengo uso de memoria eso siempre, en mayor o menor medida, ha existido.

    Hay quienes agregan como ejemplo de la fragilidad de las nuevas generaciones el ambiente de crispación que hay en las redes sociales. Pero ¡es que antes no había redes sociales y por lo tanto no había un punto de comparación! No sabemos cómo habría sido dicha interacción si en 1970 hubiera existido Facebook. Les aseguro que no estarían debatiendo con galletitas y café. Otros todavía tienen la osadía de incluir a ciertos movimientos reivindicativos como responsables de la fragilidad de las nuevas generaciones: «ya no puedo decirles maricones, ¡qué frágiles!» o señalan a los excesos de corrección política como si la corrección política no hubiese existido en muchos otros ámbitos en el pasado (promovida en esos entonces más bien por sectores conservadores).

    Y lo mismo ocurre con la relación de los jóvenes con la democracia. Al parecer, existe un menor compromiso, parte de ello tiene que ver con el hecho de que a ellos no les tocó conocer algún régimen distinto como a muchos de nosotros sí . Ellos suelen votar menos (aunque, al parecer, sí son capaces de involucrarse en otras formas de hacer política y que responden a sus preocupaciones actuales) ¿Hong Kong, Chile, hola? ¿Hemos hecho lo suficiente para transmitirles esos valores? ¿Nos hemos dado cuenta de sus propias dinámicas para adaptar esos valores a las suyas? Ellos la dan por sentado porque todos damos por sentado aquello con lo que crecemos y de lo cual no conocemos alternativas en carne propia, nos familiarizamos y lo asumimos como si fuera algo natural, es algo muy humano. Y seamos sinceros, no es como que muchas de las generaciones pasadas (las hoy molestas) hayan luchado por su vida para construir países más justos, la mayoría solo fueron meros espectadores mientras seguían su rutina cotidiana. De los Boomers y la Generación X en México prácticamente nadie fue a la guerra y los contratiempos más bien fueron de carácter económico (crisis, devaluaciones y demás).

    No pocos se quejan de la frustración de las nuevas generaciones, pero también les entregaron un mundo hipercompetitivo determinado por el capitalismo en lo económico y el posmodernismo en lo cultural (y que por más antagónicos se presuman, actúan como fraternos aliados moldeando las estructuras sociales): una sociedad líquida y cambiante, más inestable que la que vivieron las generaciones pasadas que saborearon las mieles del crecimiento de los años de la posguerra. Les entregaron un mundo paradójico: un mundo que procura confort y libertad, pero a la vez carente de un piso firme. Y tampoco es como que les hayan entregado un mundo tan horrible como los pesimistas y los nostálgicos del pasado (a veces ellos mismos) aseguran, pero tampoco les entregaron un mundo igual al que ellos vivieron como para esperar que se comporten igual.

    ¿Son las nuevas generaciones más débiles? La respuesta es que, como todas, lo único que han hecho es adaptarse a su entorno. En algunos ámbitos podríamos hablar de algunas manifestaciones de fragilidad o falta de tolerancia a la frustración, pero tampoco creo que sea algo tan dramático o exacerbado como algunos aseguran (y que creen falsamente que sus generaciones tuvieron un gran tesón) y ello es producto de su adaptación al entorno que la otras generaciones les crearon.

    Me rehúso a pensar que se trata de una generación perdida. Las nuevas generaciones, así como tienen ciertos defectos, también tienen cualidades particulares: son, por lo general, más multitarea lo cual les facilita más adaptarse a los cambios, son más especializados, son más flexibles y curiosos. No es casualidad, por ejemplo, que la filosofía, que ya había sido casi descartada, esté recobrando cierto auge (no dentro de las aulas, sino más bien por otros medios, sobre todo, digitales).

    En resumen, me atrevo a decir que estas críticas lapidarias no son más que uno de esos tantos conflictos generacionales, con el aditivo de que el conflicto actual es propagado y magnificado por Internet y las redes sociales.

  • Homo Youtubens

    Homo Youtubens

    Homo Youtubens

    Hace unos días, en uno de esos programas de revista de TV Azteca, los conductores compartían los videos más chistosos que habían visto en Youtube. Ese simple hecho, que puede parecer tan inocente, se convierte en clara muestra de que la conversación ya no está en la llamada «caja idiota» sino en los contenidos que se producen en la plataforma propiedad de Google.

    Hasta bien entrado el nuevo milenio, muchas personas soñaban con desfilar en los pasillos de Televisa para ser conductores, cantantes o actuar en una telenovela. Lo que ocurría en la televisión era el tema de conversación del siguiente día: la final de la novela, la última noticia que transmitió Hechos con Javier Alatorre, la nueva serie que van a «pasar por el canal 5».

    ¿Y quién habla de eso? Más allá de los deportes donde las televisoras tradicionales ostentan todavía los derechos de transmisión (aunque poco a poco se han ido al cable) ¿cuándo se habla de lo que ocurre en la caja idiota? Ello ocurre en contadas ocasiones, y cuando ocurre, la misma conversación se lleva al propio Internet para que ahí se desarrolle.

    ¿O quién espera al telediario deportivo de la noche para ver todos los goles del partido cuando los puede ver en Youtube minutos después de que haya concluido? En ese momento, la televisión, productora y transmisora de los contenidos, pierde el monopolio y la conversación se lleva a las redes donde los usuarios interactúan y reinterpretan los contenidos. Lo que era un contenido televisivo, en minutos ya es un video en un canal de Youtube (aunque sea el canal oficial de la televisora). La televisora poco a poco se convierte en uno de tantos productores que hay en Youtube. Ahí la gente ve los resúmenes de los programas, porque ahí los tiene a la mano, disponible a la hora que sea y donde sea.

    La televisión ha perdido prácticamente el control de la conversación y poco a poco, sin reconocerlo, se ha venido convirtiendo en una parasitaria de la conversación que ocurre en Internet. En las transmisiones recurren al hashtag de Twitter o a las votaciones en Facebook, como para tratar de jalar algo de la conversación que ocurre allá, porque saben que ya no tienen el monopolio de la atención del usuario.

    Como menos que nunca los televidentes ven los anuncios (apenas se van a comerciales y el televidente se pone a ver su Facebook), las televisoras recurren en demasía al product placement y a las tácticas publicitarias similares para vender espacios. Los comentaristas de deportes anuncian más productos que nunca y hasta narran «goles patrocinados». Y tarde que temprano ni a eso podrán recurrir para que sus ingresos dejen de desplomarse.

    Y como la televisión se ha vuelto casi irrelevante, entonces el sueño de las y los jóvenes ya no es salir en la tele, sino ser youtuber y producir sus propios contenidos. Los sueños están donde está la atención, donde está la atención está también el dinero e incluso el poder. Y la atención, hoy por hoy, no está en la televisión, está en Youtube.

    Y todos lo saben. Los estudios cinematográficos lanzan ahí los trailers de sus nuevas películas. Los anunciantes gastan menos en pagarle a Televisa y más en pagarle a Google Adwords para insertar anuncios muy bien dirigidos y segmentados en los videos de Youtube. Algunos de los periodistas «recortados» por la crisis financiera que pasan las televisoras busca hacerse un espacio como Youtubers, desde donde opinan o comparten sus videocolumnas.

    Ya no se habla de rating, se habla de likes, de views y de suscripciones. Ya no es el «sintonícenos a las 10 de la noche el Canal de la Estrellas», sino el «dale like y suscríbete a mi canal».

    El emporio de Youtube, con sus algoritmos cada vez más sofisticados, se encarga de que los otrora homo videns (como les llamaba Giovanni Sartori), ahora convertidos en homo youtubens, vean lo que quieren ver. A Youtube le encantan los números y los datos, tanto que cada vez se vuelve más capaz de anticiparse a lo que quiere ver el usuario.

    Las televisoras te ponían los contenidos que ellos querían y que creían que iban a funcionar mejor para vender más espacios a los anunciantes a mayor precio. Youtube no. En teoría el usuario elige lo que quiere ver, pero la plataforma se anticipa al usuario cada vez con mayor precisión: ¡así que te interesan mucho los videos de música latina! Pues aquí te va otro bonche para que pases más tiempo en mi plataforma y veas más de esos anuncios patrocinados que me generan ingresos.

    El Youtube Rewind de 2019 (al que tantas críticas le llovió) es un claro ejemplo de la esencia de Youtube: los números, los likes, la popularidad, porque todos ellos se traducen inevitablemente en recursos económicos. Se crea una paradoja, porque por un lado pareciera que la producción de contenidos se descentralizó: cualquier persona puede crear lo que quiera en la plataforma libremente, pero por otro lado, Youtube como plataforma se convierte casi en un monopolio que almacena, concentra y monetiza todas tan heterogéneas y diversas producciones.

    Técnicamente en Youtube tenemos centenas de miles de televisoras (la gran mayoría pequeñas) cuyo set no es un gran complejo sino un pequeño estudio adaptado pero que están, de alguna forma, controladas por sus tentáculos de Youtube. Y si bien Youtube no decide qué contenidos deben publicarse, sí marca reglas o pautas que afectan la forma en que los contenidos se producen. Las pequeñas producciones caseras han pasado con el tiempo a convertirse en producciones más sofisticadas donde ya incluso se crean empresas dedicadas a administrar a varios creadores de contenidos. Con el tiempo, las barreras de entrada para cualquier aspirante a youtuber crecen: se requiere más dinero para competir con producciones más elaboradas (mejores cámaras, audio profesional, un estudio), los nichos de mercado están cada vez más saturados y competidos. Así, poco a poco la creación de contenidos empieza a concentrarse en menos manos: en aquellas que tienen la capacidad de invertir más dinero en crear producciones profesionales casi análogas a lo que era la televisión profesional.

    Pero el mandón, el que concentra el monopolio dado que en su plataforma es donde ocurre todo, es Youtube. Si Youtube decidiera apagarse, este ecosistema desaparecería casi por completo y tendría que conformarse con unas de las pocas alternativas que no ofrecen un ecosistema tan flexible como Youtube, con lo cual muchas producciones desaparecerían (me viene Facebook a la mente). Basta con que Youtube cambie algunas de sus reglas para modificar el ecosistema, para hacer que quienes ganaban mucho con ello ya no ganen tanto y viceversa. Basta un cambio en el algoritmo (propenso, como cualquier algoritmo que le da a la gente lo que quiere, a crear cámaras de eco) para cambiar las reglas del juego. No es poco común que muchos Youtubers se quejen: que ya les está costando trabajo seguir con el proyecto porque Youtube los está desmonetizando por decir alguna frase políticamente incorrecta como «ok Boomer» (sí, sucedió) mientras otros ven un gran incremento de ingresos de la nada y sin saber por qué.

    Hoy podemos hablar del homo youtubens, del individuo cuya opinión ya no es influenciada por la televisión, sino por Youtube, por lo que producen los demás ¡oh, pareciera ser el epítome de la ciudadanización y la democracia de la información! Aunque tampoco nos engañemos tanto, porque quien tiene más recursos será más escuchado y ejercerá una mayor influencia.

    Ya no es la televisión esa «ventana a lo que acontece el mundo», es Youtube (y ciertamente, en menor medida, otras plataformas). Ahí es donde sucede todo, ahí es donde los contenidos multimedia circulan y se propagan. Ahí es donde se llevan a cabo cada vez más transmisiones. Youtube es la nueva televisión, más interactiva y donde los usuarios, en teoría, son los que crean los contenidos.

    Youtube es donde sucede todo. No es el canal de las estrellas, son centenas de miles de canales de algunas estrellas que brillan mucho y otras no tanto.

  • ¿Quiénes son los conservadores?

    ¿Quiénes son los conservadores?

    ¿Quiénes son los conservadores?

    Para nosotros los liberales, los conservadores (en el sentido político) son como los conservadores de los alimentos:

    Renegamos de ellos, hablamos de los efectos colaterales que tienen (en la comida son los efectos que tienen en el cuerpo, en la política es la lentitud o aversión a llevar a cabo cambios para integrar a quienes están excluidos), pero en el fondo no podemos negar que, mientras que los liberales hacemos que la comida sepa mejor, los conservadores ayudan a conservarla por más tiempo haciendo que los cambios que proponen los liberales se den de forma más paulatina para que el tejido social no se quiebre. Un liberal sensato aprende a coexistir con ellos y, a pesar de las discrepancias, respeta su derecho a existir. No los oprime, los confronta.

    Los conservadores son más reacios a los cambios, creen que estos se deben de llevar de una forma muy lenta, a veces en demasía, como si casi no los notaran. Los reaccionarios (o ultraconservadores) en cambio, se niegan a cualquier cambio por mínimo que sea e incluso buscan regresar a un estado anterior de cosas.

    El conservador prima el orden sobre el cambio. Un conservador, por ende, verá con mucho desagrado alguna manifestación que se salga de control y su deseo por el orden hará que en más de una ocasión solicite una reacción determinante hacia aquello que le parece desordenado: «que manden a reprimir a esos desquehacerados». Prefieren ver el orden que el caos que genere el hecho de que algún sector que se encuentra en desventaja quiera reivindicarse. Lo que importa es tener un mundo tranquilo y estable donde puedan desarrollar su proyecto de vida sin trabas, aunque en algunos casos esto implique que otros estén completamente impedidos a ello. Por ello es que le dan mucha importancia a las jerarquías y a la autoridad.

    El conservador en este sentido es cuadrado, ordenado y predecible, comparado con el liberal que tiende a ser más bien creativo, irruptivo y desordenado. Un conservador con mayor posibilidad trabajará en un banco que en las industrias creativas.

    Los conservadores no se preocupan tanto por el individuo ajeno, sino por el cercano. A ellos les importan más los lazos familiares o los amigos cercanos que los indígenas que están siendo explotados otra región. No es que ser conservador implique que se justifique esto, simplemente le dan menos importancia ya que eso no altera su vida cotidiana.

    A ellos les importa mucho preservar las tradiciones. Dicen (y me parece que en este sentido tienen un punto) que estamos en hombros de gigantes, reafirmando el hecho de que nuestra civilización está cimentada en un largo proceso y que no puede ser sustituida simplemente por una «ocurrencia ideológica» construida desde cero. Por ello hacen hincapié en preservar las tradiciones.

    Aún así, podemos ver cómo con el tiempo los conservadores han ido adoptando parte de los cambios que anteriormente impulsaron los liberales. Podemos ver, dentro de la nueva ola conservadora, que ya no hay un abierto rechazo al matrimonio entre parejas del mismo sexo, cosa que en las viejas olas (y que se nota en las generaciones más grandes en México) sí lo hay y de forma explícita. Incluso dentro de Vox, el partido populista de derechas de España, no están cerrados a que los homosexuales adopten hijos. De igual forma Edmund Burke se oponía a llevar a cabo elecciones en el Reino Unido porque ello podría alterar el estado de cosas mientras que ahora es algo que dan por sentado.

    El conservadurismo como tal no es una ideología, me parece que es más bien una postura o una actitud frente al estado de cosas. Pero erran cuando dicen desentenderse de cualquier precepto ideológico (es imposible no defender ideología alguna). Al conformarse solo con cambios muy paulatinos se da por entendido que defienden el relato hegemónico que está compuesto por preceptos ideológicos (que ellos asignan a la naturaleza). Incluso en este sentido las religiones solo podrían diferenciarse de las ideologías por su componente trascendental (que hay un ser superior y un mundo más allá que se alcanza por medio de la salvación), pero al final, por más redefiniciones hagan, terminan defendiendo una doctrina ideológica que tiene normas, valores y que buscan explicar al mundo (aunque un conservador no necesariamente tiene por qué ser religioso).

    El conservadurismo siempre va a existir, ya que a lo largo de la historia siempre ha existido cierta diferenciación entre quienes piden algún tipo de cambio y entre aquellos que buscan mantener el estado de cosas actual.