Categoría: reflexión

  • ¿Por qué el paro nacional sí es una buena idea?

    ¿Por qué el paro nacional sí es una buena idea?

    ¿Por qué el paro nacional sí es una buena idea?

    Como ya muchos saben, diversos grupos feministas convocaron un paro nacional en el cual se convoca a que las mujeres no realicen sus actividades (que no trabajen, que no vayan a estudiar o no vayan al súper) y los hombres ayuden a que puedan llevarlo a cabo sin ningún problema, no solo para protestar contra la violencia de género (que es el motivo principal) sino para visibilizar al género femenino como tal en aras de lograr una real equidad de género.

    Ante esta idea, hay quienes se muestran escépticos, desde aquellos que sin ningún afán destructivo dicen que no creen en las marchas, que no va a resolver la problemática o que corre el riesgo de ser una marcha de clase media alta que no visibiliza a las mujeres de las clases más bajas (donde la cultura machista es mucho más intenso), hasta quienes incluso con agresiones y descalificativos buscan desestimar este movimiento (gente que se siente amenazada, etc).

    Pero, ¿por qué considero que el paro nacional sí es una buena idea?

    Antes que nada, hay que recalcar que esta iniciativa ha escalado mucho más allá de los activismos de los colectivos feministas ya que gran parte de la sociedad se ha sumado (incluso algunos políticos de derecha se tan tratado de subir al tren). Hay quienes no se explican por qué, pero la respuesta es muy sencilla: y es que la sociedad se siente muy indignada por lo que ha ocurrido en estos últimos días (los brutales asesinatos de Ingrid y Fátima).

    Ello en sí explica en parte por qué sí es una buena idea.

    Es cierto que una protesta por sí misma no va a acabar con la violencia, pero la protesta no tiene la función de crear políticas públicas (eso es lo que viene después) sino de socializar y visibilizar una problemática o una serie de problemáticas: la protesta es lo que antecede a la propuesta. No se puede proponer nada sobre algo que no se conoce o no se sabe cuál es su real dimensión.

    La protesta podría ser vista, en cierta medida, como una continuación de aquello que pretendió hacer el #MeToo, y que era visibilizar la violencia que sufre la mujer. El #MeToo fue polémico y evidentemente por su configuración no estaba libre de arbitrariedades (que hubiera quienes aprovecharan el momentum para difamar gente), pero logró mostrar a la luz el problema: fue muy chocante, sobre todo para aquellos que se desengañaron y aquellos que se vieron amenazados. Pero esta protesta lo que hace ya no es solo visibilizar en sí el problema, sino reconocerlo. El #MeToo y todas las protestas que le siguieron decían: a las mujeres nos acosan, nos violan y nos matan. El paro nacional va más allá ya que busca internalizar ese mensaje en gran parte de la sociedad.

    La protesta opera a nivel de la narrativa, busca trastocar un relato hegemónico en el cual la violencia contra la mujer era algo que estaba mayormente oculto por otro donde éste se reconozca. El hecho de que gran parte de la sociedad (mujeres y hombres que apoyan) se haya unido implica una asimilación de ese mensaje: reconocemos que hay mucha violencia contra la mujer, reconocemos la importancia que tiene la mujer dentro de la sociedad, reconocemos que la equidad de género es un mandato. Y ello es una condición sine qua non para que posteriormente se busquen soluciones al problema.

    La convocatoria misma es ya parte de esta aspiración de cambiar el relato hegemónico: el hecho de que muchas mujeres y hombres más allá de los círculos que cotidianamente abordan estos temas se estén solidarizando ya genera un impacto mediático; el hecho de que la gente en las redes sociales comparta las imágenes y use ciertos avatares crea la percepción de que se está generando cierto consenso hacia dicho tema.

    Ese reconocimiento y esa asimilación ya implica algún grado de cambio cultural, el mismo «previo» de la protesta ya genera una suerte de efecto; pero, evidentemente, la marcha, que romperá con la cotidianeidad, también generará un efecto sobre parte de la población.

    Hay otros críticos que apuntan a que la marcha se puede quedar en algo de «clases medias y altas», y en cierto sentido no se equivocan. También es cierto que salir de ahí es una empresa más complicada por la configuración y estratificación social dentro de nuestro país, pero bien valdría hacer el esfuerzo (por ejemplo, que aquellos jefes y jefas que socialicen el tema dentro de sus empresas) sobre todo porque la cultura machista está más arraigada en aquellos sectores.

    Pero aún cuando su impacto termine limitado a la clase media y alta ya es un avance y es mucho mejor a que no ocurra absolutamente nada. Amén de que el mensaje llegará a quienes tienen una mayor capacidad de incidir sobre la sociedad en su conjunto.

    También dicen que el fin de esta protesta es la catarsis. Pero ni siquiera ello es algo malo. El mero hecho de expresar como sociedad el repudio a ciertas conductas es sano para la psique, una que se ha visto amenazada por el sentimiento de vulnerabilidad que sienten las mujeres.

    Sería ingenuo pensar que una protesta por sí misma va a resolver el problema. Sería ingenuo que será cuestión de poco tiempo para que el problema desaparezca y que se reconozca el lugar de la mujer donde debe de estar. Llevará mucho tiempo, y más porque al día de hoy no sabemos muy bien qué hacer siquiera para resolver esta problemática, pero sí que ayudará a ir construyendo los cimientos de una nueva cultura en la que toda la violencia contra la mujer sea visibilizada y condenada y donde se reconozca que la mujer y el hombre deben estar en condición de equidad.

    Esta protesta por sí misma no va a llevar a cabo una transformación revolucionaria, pero sí va a poner su granito de arena, por más pequeño que sea, para que ello suceda. La iniciativa opera en lo simbólico, en el discurso, en lo que los ciudadanos opinamos respecto del tema, porque es lo que tiene que modificarse primero. Y basta eso para que haya valido la pena.

    Habrá quienes se incomoden y hagan burlas hirientes, pero quedarán aislados y su discurso será relegado a la periferia. La buena noticia es que parece haber una suerte de consenso tal que no solo la gran mayoría de las y los líderes de opinión y personajes importantes se están sumando, incluso lo están haciendo alumnos de universidades tradicionalmente conservadoras y personas que hasta hace poco habían permanecido ajenos.

  • Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Hasta hace apenas unas décadas la violencia intrafamiliar hacia la mujer no era muy mal vista. Era correcto que «los varones corrigieran a sus esposas». El hombre era la cabeza de la casa y los asuntos familiares, en este sentido, eran privados. El mismo hombre era quien, a la vez, fungía como protector de la mujer ante la violencia externa.

    En términos generales, el hombre era lo público y la mujer lo privado. El hombre es quien trabaja y produce y la mujer se queda en casa a cuidar a los niños.

    Ello tiene un efecto en el diseño en el orden institucional. Si la cultura siempre dijo que los problemas domésticos y privados eran «asunto privado», entonces sería iluso esperar que el orden institucional atienda lo privado como debiera. Pero ese estado de cosas que buscaba proteger a la mujer en lo privado es el mismo que invisibiliza este tipo de violencia.

    Dado que la mujer ha querido liberarse de la condición anterior (patriarcal) muchos de estos mecanismos de contención (protección de los padres, vigilancia a la hora de seleccionar pareja, por ejemplo) se han vuelto más laxos ya que dichos mecanismos contemplaban a la mujer como un asunto privado. Pero esos mecanismos no han terminado de ser sustituidos por aquellos que contemplen a la mujer en la misma condición de equidad que el hombre.

    Puede sonar algo chocante pensar que el proceso de liberación femenina las ha dejado en un proceso de mayor vulnerabilidad, pero no porque la liberación femenina esté mal, sino porque no se han terminado de construir los mecanismos de contención que contemplan a la mujer dentro de lo público, como ser autónomo y que no necesita la «protección paternalista del hombre que está a cargo de ella».

    Una porción del «también la mujer tiene responsabilidad por juntarse con esa gente» parte del mismo esquema. Como los asuntos domésticos son privados, entonces es la mujer quien debe evitar de estar con una persona violenta y no es tanto la autoridad o la sociedad quien debe defender a la mujer en caso de ser abusada (problema que se traslada también a situaciones laborales y de noviazgo).

    Por eso los padres de familia han sido históricamente mucho más estrictos al evaluar a las parejas de las hijas que la de los hombres. Por ello las mismas mujeres deciden guardarse sus historias, porque como se asume que hay corresponsabilidad ya que en ese estado de cosas anterior es la presión social la que evitaba que se fuera a involucrar con un gañán, entonces se le estigmatiza, como ocurre con las mujeres que han sido violadas.

    Lo que estás viendo es, en resumen, una crisis producto de una transición de un sistema patriarcal a un sistema de plena equidad entre ambos géneros. Los avances obtenidos por la mujer son muy evidentes, pero igual es evidente también que esa transición no ha, de ninguna forma, terminado.

    Una transición implica una crisis porque no todas las variables evolucionan a la misma velocidad lo cual provoca disonancias. Implica un salir de la zona de confort en aras de llegar a otra estado de cosas estable superior. Algunos hombres a estas alturas todavía ven con recelo que las mujeres se emancipen. Otros, al ver que la mujer está más presente en lo público y al ver que los mecanismos de protección «patriarcales» son más laxos y que no han sido sustituidos aquellos otros, tienen más estímulos para abusar, acosar o violar a una mujer.

    Evidentemente habrá siempre resistencia, ello es inherente a todos los cambios sociales. Hay quienes quieren ver la violencia contra la mujer como cualquier violencia, como si debiéramos de categorizarla en la sección de «misceláneos». Y tiene sentido, porque es una negación de que aquello está ocurriendo porque antes no importaba, y como no se veía, no se tenía una dimensión real.

    Hay quienes insisten en que la mujer busca privilegios, pero en realidad quiere un estado de cosas que la considere como parte de lo público al igual que el hombre y que desde ahí vele por su seguridad y su integridad.

    Algunos se niegan a verlo por el shock que genera el conocer la dimensión real del problema, que la cultura del acoso y la violación es una plaga (con todo y que les parezca reprobable y nunca se hayan involucrado). Algunos otros se resisten por la pérdida de privilegios, porque el mero hecho de hacer público algo privado de lo cual se beneficiaban los hace sentir vulnerables.

    No solo se trata de crear instituciones fuertes que obedezcan a esta nueva realidad de equidad, se trata también de cambios culturales, de nuevas normas, valores y convenciones dentro de las propias familias, amistades y los distintos ámbitos que implique una relación entre hombres y mujeres.

    Y tienen todo el derecho a buscar cambiar esa condición.

  • ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo empatizar con los demás?

    ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo empatizar con los demás?

    ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo empatizar con los demás?

    Si la empatía significa ponerse en los zapatos del otro, entonces no existe una empatía perfecta como tal, sino, en dado caso, una empatía aproximada a la cual podemos aspirar con mucho esfuerzo.

    Partamos de la idea de que los seres humanos somos seres subjetivos que construyen la realidad a través de la experiencia. Nada de lo que pensamos o imaginamos puede estar fuera de aquello que hemos conocido o experimentado personalmente. Incluso los sueños más bizarros e inimaginables son simplemente peculiares disposiciones de diversos elementos que ya conocemos por medio de la experiencia. No podemos imaginar nada nuevo de la nada.

    Si los seres humanos no hemos experimentado lo que otra persona sí ha experimentado, entonces no podremos terminar de experimentar en carne propia lo que la otra persona está sufriendo. Las construcciones de la realidad que los distintos seres humanos tienen nunca van a ser exactamente iguales, lo que hace muy complicado entender exactamente que es lo que el otro está pasando. Y en este sentido, las construcciones de la realidad entre hombres y mujeres tienden a ser más diferentes que entre las de personas del mismo género por obvias razones.

    Podemos aspirar, solamente, a entender los sentimientos y experiencias del otro solo de forma aproximada a través de nuestros propios esquemas. Si quiero tratar de entender la emoción de mi amigo siente al caminar por las calles de Dubai (donde yo no he estado) puedo echar mano de los esquemas que ya tengo: sé, por medio de fotos que he visto, más o menos como es Dubai, conozco el sentimiento de la emoción y sé qué es caminar. Uso esos esquemas para imaginarme la situación, pero es muy probable que cuando vaya a Dubai me encuentre con que la sensación no va a ser la misma que me he imaginado, e incluso es muy posible que ni siquiera sea la misma sensación que mi amigo sintió: tal vez yo me frustre por el calor y ni siquiera me sienta emocionado. ¿Ven lo difícil que es?

    Algo análogo ocurre cuando, tomando lo que ha ocurrido en los últimos días, los hombres tratamos de empatizar con lo que las mujeres sienten y reaccionan hacia estos hechos (y lo mismo pasa cuando una mujer trata de empatizar con un hombre). Creemos que sabemos, pero es muy probable que estemos equivocados, porque no solo se trata de hacer un perezoso ejercicio de imaginación, sino un esfuerzo intelectual que solo se da por medio de la voluntad porque:

    1) Es importante escuchar aquello que sienten para tener elementos que nos den el mayor número de elementos posibles bajo cuales hacer nuestro juicio. Más información (que creará nuevos esquemas) nos dará más elementos para el ejercicio, mientras que los prejuicios solo nos darán información errónea que obstaculizarán la tarea.

    2) Luego imaginemos que, después de ese esfuerzo intelectual, ya sabemos que las mujeres se sienten más vulnerables por el tipo de violencia que ellas sufren y que nosotros no sufrimos.

    3) Pero como no hemos experimentado exactamente lo que ellas sienten, solo podemos imaginarnos ello a través de situaciones análogas que hemos vivido. Es decir, a través de nuestros propios esquemas, entonces tenemos que encontrar situaciones análogas que sí hayamos experimentado, como recordar algún momento en el que nos sentimos vulnerables.

    4) El ejercicio nos va a acercar más a aquello que una mujer siente pero nunca sentiremos exactamente su sentimiento propio. Incluso podemos sentirnos mal y hasta llorar al imaginarnos lo que la otra persona está pasando, pero eso no quiere decir que sintamos exactamente lo que aquella persona siente.

    Y es a lo máximo que podemos aspirar. Así que cuando me preguntan si un hombre puede sentir lo que una mujer siente (y viceversa), la respuesta es no. Solo podemos darnos una idea aproximada a través de nuestros propios esquemas, y el problema es que los prejuicios, paradigmas o preconcepciones juegan un papel muy importante aquí. Como se requiere esfuerzo intelectual (e incluso desgaste emocional) para hacerlo, entonces es una obviedad que no empatizaremos con quienes no nos interesan, nos son indiferentes o relegamos, y sí nos esforzaremos por hacerlo con quienes sí nos importan.

  • ¿Por qué no quieres ver lo que tienes que ver?

    ¿Por qué no quieres ver lo que tienes que ver?

    Justicia para Fátima

    ¿Por qué se rayan paredes?

    Para muchos, este ha sido el tema de discusión principal. Y mientras eso ocurre, nos enteramos que a una mujer la desollaron, luego a otra, y luego incluso a Fátima, una niña de siete años.

    Y tal vez he ahí la respuesta.

    La respuesta está en eso que pasa por debajo de ellos.

    Y se enfocan en el tema de las paredes como si fuera causa y no efecto de algo. Para no ver, prefieren reducir el tema con argumentos como: «son personas antisociales o están manipuladas», como para decir que lo que pasa es que simplemente ellas están mal y que el problema no existe o está sobreestimado, como si no hubiera un detonante real.

    ¿O por qué crees que en México el feminismo crece como la espuma cuando muchos insisten en las redes en que «se ha tergiversado la causa» y casi pronostican el fin de estos movimientos? ¿Por qué cada vez más mujeres, contra sus expectativas, se solidarizan con el tema? La respuesta es simple y muchos no lo quieren ver, porque la sensación de riesgo y vulnerabilidad es real.

    Y no lo quieren ver porque prefieren tener una sensación de orden y estabilidad que es, dicho sea de paso, ilusoria. Porque así ignoran que «les puede tocar a ellos y a los suyos». Mejor decir que todo ese encono es producto de una mera manipulación, que no hay nada que lo detone.

    Y su afán por vivir en un estado ilusorio de estabilidad entorpece, paradójicamente, las tareas que se deben llevar a cabo para combatir el problema, porque para combatir un problema debe reconocerse. Pero el problema, para su mala fortuna, existe y no es ajeno a ellos. Les puede llegar a tocar.

    ¿Qué se puede pensar de un país en el cual este tipo de crímenes inhumanos se vuelven pan de cada día?

    El entramado social, cultural e institucional está fallando y gacho.

    Hay quien dice que la sociedad no tiene responsabilidad de ello, pero sí la tiene. Si no, no se explicaría por qué en México estos crímenes son el pan de cada día y en muchos otros países la tasa es mucho menor.

    Luego, hay quien dice que el machismo no tiene nada que ver.

    ¡Claro que tiene que ver! No es la única razón y no se puede reducir solamente a una cuestión de género, pero claro que es parte de la ecuación, y podría quedarme a hablar sobre cómo es que una cultura del machismo abona a que este tipo de tragedias sean más constantes, pero lo dejaré para una ocasión posterior.

    Pero regreso a mi punto ¿qué es lo que está pasando en nuestro país como para que estas cosas pasen? Que pasan, aunque no nos guste admitirlo ¿Qué es lo que está pasando para que haya tanta insensibilidad con respecto al tema?

    Hay quien dirá que el asesino es un psicópata como para excusarse, como para negar que hay en nuestro país-sociedad-instituciones algo que está podrido, como para negar que como sociedad tenemos un grado de responsabilidad. Muchos asesinos no son psicópatas y su condición de asesinos se explica por el contexto en el que éste se desarrolló. No, no son meras víctimas de su contexto, no es como que no tengan libre albedrío y deben ser castigados con la fuerza de la ley, pero el contexto, como expliqué hace poco, no está ausente.

    El problema existe, y no hay nada que te asegure que a ti, a tu esposa o a tu hija no le pueda llegar a tocar.

    ¿Y ven por qué ese sentimiento de vulnerabilidad?

    Este tipo de noticias es el que hace que las personas tengan miedo de hacer su vida cotidiana. Ambas reacciones tienen que ver con eso: unos se ponen a la defensiva y hacen como que no pasa nada, los otros, en una postura más proactiva, tratan de visibilizar el asunto para que se cambie el problema desde abajo. Es evidente que la segunda postura es más productiva.

    Y tal vez en un contexto así ponerse a la defensiva puede terminar siendo, no solo una postura irracional, sino tal vez un tanto egoísta. Porque implica negarles la atención a aquellas personas que sufren con tal de sentir una falsa sensación de tranquilidad.

    Nos arrebataron a Fátima, una inocente niña de tan solo 7 años, en un crimen de lo más cruel, vil, indignante e inhumano, y que como sociedad no podemos tolerar en lo absoluto.

    Y no tengo palabras para ello, es algo muy fuerte.

    Error sería que lo normalizáramos.

  • ¿Qué tanta responsabilidad tiene la sociedad de los actos de los individuos?

    ¿Qué tanta responsabilidad tiene la sociedad de los actos de los individuos?

    ¿Qué tanta responsabilidad tiene la de los actos de los individuos?

    Hay quienes dicen, «no es la sociedad la que engendra a los asesinos o maleantes, son sus padres, es solamente el asesino que decidió matar». ¡No culpes a la sociedad, culpa a los padres o culpa al maleante en cuestión!

    Evidentemente, el asesino es el principal responsable de lo ocurrido, sus padres también pueden cargar con mucha responsabilidad. Eso es innegable. No quiero que se piense preguntarnos si debemos cargar con cierta responsabilidad a la sociedad implica eximir la decisión del individuo ni mucho menos victimizarlo.

    ¿Pero se puede eximir por completo a la sociedad de lo ocurrido?

    Si se pudiera hacer ello, entonces nos encontraríamos que entre distintas sociedades la diferencia entre el número de asesinatos sería, a lo mucho, producto de la aleatoriedad, pero no ocurre así.

    La ciencia y la evidencia empírica exhibe el error producto de un evidente sesgo ideológico de quienes piensan así, ya que hay sociedades y naciones que engendran más asesinos, violadores y psicópatas que otros.

    La sociedad, ciertamente, está compuesta por individuos heterogéneos y no es un monolito donde todos son iguales, pero en su heterogeneidad, la sociedad tiene patrones, normas y leyes que la trascienden en mayor o menor intensidad. Si estos patrones comunes no existieran, no podría existir ni cultura ni las leyes ni las instituciones.

    Resulta que los individuos no somos seres disconexos; si lo fuéramos, entonces sería imposible construir civilización alguna. Nuestra esencia como personas está determinada, en cierta medida, por la relación que tenemos con los demás. El individuo construye su realidad de acuerdo con el entorno en el que está inserto, su actuar está moldeado por el entorno al que pertenece y que está determinado por la cultura, el diseño institucional, la idiosincrasia y un largo etcétera.

    Ello es condición suficiente para preguntarnos qué relación tiene la sociedad actual con estos fenómenos. ¿Qué influencia tiene la cultura, las instituciones, los paradigmas, las distintas relaciones y redes en los actos antisociales de las personas? Sí, el individuo tiene libre albedrío y no se le puede considerar esclavo de sus circunstancias, pero tampoco es ajeno a ellas de tal forma que un individuo en un entorno dado puede ser más propenso a asesinar que en otro.

    Me parece que ese argumento de «no es la sociedad, es exclusivamente el individuo» busca hacer ver tal o cual problema como algo completamente ajeno a mí. relegando a victimarios y víctimas a la otredad. Ese argumento implica que el individuo está disconexo de la sociedad y ello solo sería posible en un entorno donde los individuos están completamente aislados uno del otro, y aún así el contexto no dejaría de ejercer influencia sobre el individuo (por ejemplo, el clima donde habita, la disposición de recursos naturales y cómo ello influye en el individuo).

    El liberalismo presupone la libertad individual, que el individuo pueda velar por sus intereses y que el gobierno no intervenga de forma excesiva en su cotidianeidad. Pero dicha libertad individual no implica que el sujeto esté «desconectado de los demás», sino que su libertad no será restringida ni reprimida en favor del bien común. De hecho, el individuo en este caso pertenece a una «sociedad liberal», sociedad al fin y al cabo. El decir que un evento dado ocurrió solamente por decisión del individuo sin que el entorno ejerciera alguna influencia sobre él solo puede ser producto de un sesgo ideológico y no de la realidad.

  • El asesinato de Ingrid Escamilla

    El asesinato de Ingrid Escamilla

    El asesinato de Ingrid Escamilla

    Ingrid Escamilla fue asesinada cobardemente por Erik Francisco Robledo Rosas, asesino, feminicida, bestia, a raíz de una discusión.

    En un país normal, esto habría suscitado una indignación y escándalo terrible. Pero estamos en México, donde ya acostumbramos a normalizar la violencia.

    Muchas personas son asesinadas a diario (como si tuviera que ser algo normal), pero la forma en que fue asesinada Ingrid (después de darle varias puñaladas, le sacaron los ojos y la desollaron) es terrible.

    Sí, hubo quien se indignó, la nota salió en la prensa. Pero la noticia rápido se va a perder dentro de toda la cotidianeidad.

    Y si algunos se indignaron, otros se burlaron:

    «Tenemos como hombres que exigir justicia por el señor quien sabe qué vieja loca tenía por esposa #NiUnoMenos» dijo uno.

    «La dejó en los puritos huesos» dijo otro.

    Muchos de ellos seguramente son acosadores o violadores potenciales.

    Hubo quienes cobarde e inhumanamente compartieron las fotos del cuerpo desollado, como si la tragedia pudiese ser vista como un espectáculo. Esas personas tienen un poco de Erik en su interior.

    No es la primera vez que el morbo se manifiesta. Ocurrió lo mismo con aquel niño que disparó a sus compañeros de clase en Monterrey. Y lo peor es que la prensa llega a tener el descaro de capitalizarlo.

    Algunos hombres (y mujeres) culparon a la víctima: que es su culpa también por andar juntándose con ese tipo de gente. Algunos por ser hijos de su madre, otros por protección psicológica: la teoría del mundo justo en su máxima expresión.

    Hace dos años, la misma Ingrid había criticado al feminismo, diciendo que termina cuando su mejor argumento es «por el hecho de que somos mujeres». Dos años después, Ingrid murió a causa más atroz violencia que un hombre le puede causar a una mujer.

    Seguramente ella no se imaginó que le podía tocar. Seguro pensó, como muchas personas, que no correría con esa suerte, que no podría ocurrirle a ella, y le ocurrió.

    Y muchas mujeres se espantan y se indignan por una noticia como esta, porque al ver que si a una mujer como Ingrid, con una vida cotidiana como la de ellas, le tocó, entonces también les puede tocar.

    Seguramente los colectivos feministas verán su tamaño crecer. Ante estos casos, más mujeres verán en estos colectivos una contención, un escudo de protección.

    Hubo algunas mujeres, leí en redes, que buscaron adjudicarle cierta responsabilidad a la víctima. De nuevo la teoría del mundo justo entra en acción. No quieren pensar que exista posibilidad alguna de que a ellas les toque: que por andarse metiendo con gente más grande, que por buscar hombres de ese tipo. No es por mamonas necesariamente, sino porque quieren protegerse psicológicamente.

    En la mañanera, AMLO no quiso responder las preguntas relacionadas con el feminicidio. Esa palabra, la de feminicidio, que causa escozor en un sector de la opinión pública.

    «Se han manipulado mucho los feminicidios… la prensa dice muchas mentiras» dijo López Obrador.

    Y es la misma discusión ideológica (que si las feministas exageran, que si esto y lo otro) lo que termina sobresaliendo dentro de la opinión pública más que el denigrante e inhumano asesinato de Ingrid Escamilla.

    Seguramente mañana más de una mujer tendrá más miedo de salir a la calle. A los hombres nos matan más, pero tenemos mayor margen de maniobra para que no nos maten (no meternos en pedos), al punto en que yo me siento más seguro saliendo a la calle que lo que se siente una mujer.

    Yo no tengo que estar tomando excesivas precauciones a la hora de tomar un Uber. Los riesgos que tengo en la calle también los tienen las mujeres (que me asalten, me agredan o me maten para despojarme de mis pertenencias) pero ellas tienen otros que nosotros no tenemos (que te violen, por ejemplo).

    Y ni qué decir del ámbito privado, que es donde suceden las más dolorosas tragedias. Y no solo es un tema de género (que sí está presente dentro de la ecuación) sino de instituciones que no funcionan (ni para mujeres ni para hombres), de un pacto social tan endeble que no funciona bien como contención frente a gentes enfermas e inhumanas como Erik Francisco Robledo Rosas y que orilla a muchas personas a hacer justicia por cuenta propia (con los problemas que ello acarrea).

    Yo no sé si era buena o mala persona, si cometió errores, si engañó a alguien, si fue una persona ejemplar. Pero ella no mereció morir así, de eso puedo estar seguro. Y puedo seguir hablando…

    …y podría extenderme más y más. Pero ya es noche y tengo que irme a dormir, porque mañana tengo que trabajar en mi cotidianeidad, esa que le rebataron a Ingrid.

    Pero Ingrid ya no está.

    Que en paz descanse.

    #NiUnaMás

  • Occidente capitalista y progre. 20 puntos para entender los discursos hegemónicos

    Occidente capitalista y progre. 20 puntos para entender los discursos hegemónicos

    Occidente capitalista y progre. 20 puntos para entender los discursos hegemónicos

    En política siempre hay un discurso hegemónico dominante, incluso en las democracias consolidadas. Los discursos hegemónicos siempre han existido y siempre van a existir.

    Un discurso hegemónico es básicamente un conglomerado de valores o ideas impuestos o promovidos por una élite o clase dominante (dice Gramsci) bajo los cuales se dice lo que el mundo es y lo que debería de ser.

    En las democracias distintos discursos hegemónicos pueden coexistir, en tanto que aquellos discursos que no son dominantes pueden llegar a tener cierta expresión por las garantías que la democracia misma les da.

    Aún así, el discurso hegemónico dominante siempre va a tener más visibilidad, tendrá más puertas abiertas en los medios de comunicación y en la mayoría de las instituciones. Siempre existirá cierto consenso en torno a dicho discurso hegemónico.

    En Occidente, existen tres discursos hegemónicos dominantes. Pueden coexistir entre sí porque uno trata de explicar la organización política, otro lo económico y el otro lo cultural.

    Esos discursos son la democracia liberal (la forma de organización política) la economía de mercado (la forma de organización económica) y el progresismo social (lo cultural).

    Aunque epistemológica e ideológicamente estos discursos puedan tener diferencias, coexisten porque rara vez uno invade el espacio del otro e incluso pueden interactuar. Un claro ejemplo son todas las empresas participando en el mes del orgullo LGBT y expresando libremente su postura.

    En los medios de comunicación, una persona tendrá más puertas abiertas si va a hablar de economías de mercado y si los cuestionamientos a éste no implican su supresión (por ejemplo, hablar sobre desigualdad o de subir impuestos en tanto el sistema de mercado no quede comprometido). Si hablas de un intervencionismo muy excesivo o incluso de un cambio de modelo, pocas puertas te serán abiertas. Lo mismo pasa con el tema social: las posturas liberales y progresistas tienden a ser mejor recibidas en la mayoría de los medios de comunicación que el conservadurismo confesional.

    Lo que no coincide con el discurso dominante se convierte en lo extraño, en lo otro. El conservadurismo social y el socialismo económico son vistos con recelo por parte de lo establecido.

    Y lo «otro», al no ser bienvenido en la mayoría de las plataformas del establishment, busca espacios alternativos de expresión. En el pasado consistía más en panfletos, revistas o medios alternativos, aunque en la actualidad las redes sociales juegan un papel muy importante.

    La Segunda Ley de la Termodinámica dice que todos los sistemas tienden a la entropía, y si los sistemas tienden a la entropía, los discursos hegemónicos también lo hacen. La ventaja de las democracias sobre los regímenes autocráticos en este sentido es que permiten, en cierta medida, criticar al discurso hegemónico, aunque ésta sea limitada en comparación con el poder político y mediático que el poder dominante tiene. Ello puede ayudar a que los discursos puedan recibir cierta retroalimentación y pervivan por más tiempo o incluso se actualicen. A la vez, podrán ser sustituidos más fácilmente si los discursos terminan siendo ineficientes.

    La polarización ideológica de estos últimos años es muestra patente del deterioro de este mecanismo de retroalimentación, ya que requiere un mínimo de apertura. Cuando discurso hegemónico deja de recibir y asimilar retroalimentación entonces se comienza crear un contradiscurso que se vuelve cada vez más fuerte.

    Pueden ocurrir dos cosas: 1) que en algún punto el sistema logre ser consciente de su deterioro y asimile la retroalimentación (que se ha acumulado) para mantenerse vigente o 2) que sea sustituido por otro: esta sustitución puede ocurrir en un relevo de poder (democrático), un cambio cultural que no es (mayormente) promovido por el poder político o por medio de una revolución.

    El primer punto implica entrar en un terreno fangoso, porque el discurso hegemónico debe asimilar qué tanta retroalimentación está dispuesta a admitir pero que no sea tanta que el discurso se modifique a tal grado que termine perdiendo su esencia, ni tan poca que termine creando un discurso adverso dispuesto a suplantarlo.

    En el segundo, se puede dar el caso de que el relevo de poder sea insuficiente para hablarse de un cambio. Un régimen que ha relevado a otro con un discurso distinto, podrá verse con el problema de que, aún estando en el poder, su discurso no es el hegemónico. Podrá toparse con que los medios de comunicación tienen más influencia en la sociedad que su gobierno.

    También se puede dar el caso que un régimen hegemónico cambie sin que haya grandes cambios dentro del poder político. Por ejemplo, que la cultura sea modificada por los medios de comunicación dominantes o instituciones ajenas al poder político-institucional.

    Las posibilidades de que un discurso hegemónico sea sustituido serán más grandes en tanto el discurso se acerque más a la entropía, pero dichos discursos suelen mantenerse por un buen periodo de tiempo, sobre todo aquellos que son más eficientes que los otros.

    La sustitución de un discurso hegemónico por otro se puede dar de dos formas:

    1) Una sustitución total por otro relato opositor que mantiene su misma forma al volverse hegemónico.

    2) Por medio de una dialéctica (a la Hegel) donde el discurso hegemónico actual (tesis) se contrapone a un discurso opuesto (antítesis) para dar paso a una superación de ambas (síntesis). Un ejemplo podría ser el liberalismo del siglo XIX contrapuesto con las corrientes socialistas que dieron paso a una economía de mercado con un Estado de bienestar.

    En los regímenes democráticos es más deseable la segunda (dado que implica menor inestabilidad) en tanto que en los autocráticos, sobre todo cuando la opresión y la concentración de poder sea mayúscula, puede llegar a ser más deseable la primera.

    Y para terminar, es muy probable que el nuevo discurso hegemónico termine, con el tiempo, repitiendo muchos de los vicios del discurso al que sustituyó. Los discursos, en tanto son oposición, apelan con más energía a la libertad que cuando ya se han vuelto hegemónicos.

  • Minorías, gobierno y paternalismo

    Minorías, gobierno y paternalismo

    Minorías, gobierno y paternalismo

    Veo, con un poco de preocupación, que se recurra cada vez más a ese vicio de pedir al gobierno o a las autoridades pedir silenciar a aquellas personas que expresan algo que se considere ofensivo (lo sea o no).

    Que si x persona se burló del baile feminista, que si aquella persona criticó a otra cultura o que el gobierno no debe dejar entrar a Agustín Laje (por más nefasto se me haga el tipo). ¿Qué no se puede defender uno o una?

    El problema es que, a la larga, quienes pierden más son precisamente aquellos sectores que quieren integrarse a la sociedad y ser vistos como iguales. ¿Por qué?

    1) Porque pedirle al gobierno que me defienda es opuesto al espíritu de empoderamiento y corre el riesgo de establecer una relación de paternalismo y codependencia entre individuo y Estado. Al hacer eso, el individuo no se está empoderando, está empoderando al Estado de quien se está haciendo dependiente.

    2) Porque el exceso de corrección política sólo genera gente hipócrita: gente que en su fuero interno tiene prejuicios pero no los expresa, gente que hace como que te tolera pero para la cual eres una patada en los huevos porque al pedirle que no hable, gente que solo termina reforzando más su postura y basta con que encuentre una válvula de escape para soltar todo. Energías y tiempo que se podrían usar en empoderar realmente a las minorías y mostrarle al mundo que valen y se merecen su lugar, se gastan en sobreprotección.

    3) Porque en la práctica ello hace poco o nada para cambiar los paradigmas y combatir prejuicios contra dichas personas. Peor aún, aquello que está prohibido se vuelve atractivo, no solo para quienes disienten, sino también para quienes guardan serios prejuicios en contra de algún sector de la población. Así, el acto de discriminación corre el riesgo de convertirse en un acto de rebeldía: «soy rebelde por decir que los negros son inferiores o por decir que las mujeres deben quedarse en la cocina».

    4) Porque en un mundo tan interconectado, la censura es contraproducente. Incluso aquellas personas que realmente guardan prejuicios aprovechan la situación para empoderarse y legitimar su discurso. Así se crea un círculo vicioso: las voces antagónicas y discursos reales de odio crecen y se le pide aún más ayuda al Estado que absorbe el empoderamiento que debería ser propio de las mismas minorías.

    Conclusión: El gobierno sólo debe intervenir en aquellos casos donde la integridad de alguien esté en peligro producto del discurso de odio a un sector de la población. Dejarle la tarea al gobierno una chamba que debe ser de la sociedad y los activistas mismos solo termina dando más poder a aquel. Porque empoderarse implica ser independiente, valerse por sí mismo para colocarse en el centro y no en la periferia y, de esa forma, exigir su lugar dentro de la sociedad.