Vamos a hacer un ejercicio. Observa este video. A la derecha, tenemos a Bárbara de Regil diciéndonos que sonriamos. A la izquierda una chava que, aparentemente está siguiendo los consejos de Bárbara, pero que en realidad se está burlando de ella.
Entendamos que esto se da en el contexto de la pandemia. Bárbara de Regil da clases de aerobics online para que la gente también lo haga, lo cual hasta aquí es loable porque en un encierro como el que estamos viviendo el ejercicio es muy sano para el bienestar emocional.
Pero luego se acerca a la cámara y te pide que sonrías: quiero que sonrías, hazlo, actitud ante todo, que nadie te apague, que nadie te quite esto, esto es tuyo, es tu sonrisa.
¿Cuál es el problema con esto? Que no tienes por qué estar feliz y sonriente durante todo el tiempo.
El problema con la cultura de la autoayuda comercial es que se ha querido vender la felicidad como un fin en sí mismo, como si fuera un producto: yo quiero estar bien, quiero estar contento todo el tiempo, quiero estar alegre. De aquí se sigue que esos sentimientos que llamamos «negativos»: el miedo, la incertidumbre, la angustia, debean ser repudiados y extirpados de la psique.
Pero eso no solo no se puede, no es deseable. Y con ello no estoy diciendo que debamos promover una mala actitud o una cultura del pesimismo, nada más lejano que eso. Lo que digo es que tenemos derecho a no estar alegres todo el tiempo. ¿Por qué?
Porque los sentimientos no son fines en sí mismos, son mecanismos de adaptación y es normal que en estos tiempos haya gente que sienta incertidumbre, miedo o incluso algo de angustia. Estos sentimientos, en tanto se mantengan bajo control, ayudan a la gente a adaptarse a su entorno. Si yo tengo miedo de perder mi trabajo por la cuarentena, dicho miedo podrá motivarme a buscar alternativas o desarrollar planes para que el impacto de esa pérdida sea menor.
¿Por qué tengo que sonreir todo el tiempo?
El bienestar emocional es muy importante y sí, es importante que hagas ejercicio, es importante que busques distractores, pero ello no es para que todo el rato estés muy feliz, es para que mantengas tus sentimientos bajo control y no termines paralizado por ellos cayendo en una depresión o en una larga angustia.
Pero una cosa es reconocer tus sentimientos para tener dominio sobre de ellos y otra cosa es negarlos. ¡Sonríe! ¡Sonríe! No, no tengo por qué sonreír todo el rato. Sería absurdo hacerlo cuando estoy pasando por un apuro, sería absurdo reprimir mis sentimientos y mostrar una sonrisa forzada pretendiendo tener una «actitud positiva», cualquier cosa que ello signifique.
Luego, cuando te encuentras en una posición privilegiada como pasa con Bárbara de Regil el mensaje se vuelve todavía más chocante. El contexto importa para que un mensaje dado se transmita como uno quiere, y es obvio que Bárbara no lo entiende. No es lo mismo vivir en una casa espaciosa y no sufrir apuros que van más allá de no poder salir que ser una persona que tiene miedo de perder su trabajo, que no sabe si le va a alcanzar el dinero y que vive en un espacio pequeño. Por eso es que el mensaje, más que generar una «actitud positiva» se vuelve desagradable y genera reacciones adversas (basta pasearse por la red).
Incluso puede que la intención sea bienintencionada, pero el mensaje no solo es equivocado, sino que para más de una persona hasta podría parecer insensible.
La gente acomodada importó el Covid 19 a México por una sola razón, ellos tienen mayores facilidades para salir del país. Esto aplica para cualquier país que no haya alcanzado el suficiente desarrollo como para que la mayoría de sus habitantes puedan viajar en avión.
Los primeros casos que aparecen entonces son personas de clase acomodada. Los primeros fallecimientos, por lo general, también.
Pero la gente acomodada convive con personas que pertenecen a las clases populares o que son pobres: las señoras del aseo, el de las tortillas, el peón de una fábrica, el zapatero, el jardinero y demás.
Así, llega un momento en que parece no haber distinciones sociales: todos se enferman.
Pero luego la gente acomodada se topará con que tiene más facilidades para hacer frente a la pandemia. Una vez que el contagio comunitario ha comenzado, ellos pueden hacer algo más para evitar contagiarse: ellos se quedan en sus casas y pueden trabajar desde el hogar. Si necesitaran salir, pueden usar el carro para trasladarse, lo cual representa un riesgo menor que si tuvieran que trasladarse en camión, lo cual se vuelve un foco de infecciones.
Entonces la distribución comenzará a cambiar paulatinamente. Si bien es cierto prácticamente todos vamos a portar el COVID19 en algún momento, es más probable que la curva «sea más plana» dentro de las clases más acomodadas, además de que tienen acceso a hospitales privados. En el caso de la gente más pobre, la curva será más pronunciada por lo anteriormente mencionado.
A eso hay que agregarle que los servicios de salud que reciben son pésimos. Si bien la misma clase acomodada sufrirá de «saturación de hospitales», los menos privilegiados lo sufrirán aún más. Tendrán todavía más problemas en ser atendidos y, por ende, la tasa de mortalidad ahí será más alta.
Así, una enfermedad importada por las clases medias y altas se volverá más que nada una enfermedad de los pobres, porque ahí habrá más casos, mayor tasa de mortalidad y peores condiciones para combatir el problema. Esto es recurrente en todas las pandemias a lo largo de la historia: la gente más pobre tenía más posibilidades de contraer la peste que la gente más rica e incluso Camus narraba en su novela que los acomodados trataban de evitar los barrios bajos y se prohibía el tránsito entre los distintos sectores.
Lo mismo sucedía con la tuberculosis y ya no digamos el cólera, donde las condiciones sanitarias lúgubres están fuertemente relacionadas con la incidencia de contagio (por lo general, por heces restantes en el agua) sin olvidar a la malaria que es otro caso ejemplar.
Nuevamente las diferencias socieconómicas incidirán sobre la forma en que la pandemia se manifiesta. El mismo fenómeno se puede percatar entre los distintos países. Primero «enfermaron» aquellos más desarrollados y que, por ende, tenían mayores conexiones aéreas. Hoy África tiene pocos casos, pero tal vez será cuestión de semanas para que el coronavirus se concentre dentro de los países más pobres del mundo y ahí residan las mayores afectaciones: la India, históricamente susceptible a las pandemias, posiblemente sufra mucho, y tal vez lo harán todavía más aquellos países cuyo sistema de salud sea muy pobre o casi inexistente.
En aquellos países más deprimidos, el COVID19 se encontrará con aliados como la malaria o el HIV que hará el problema todavía más grave. Sobre todo en aquellas ciudades atiborradas de personas como Lagos donde pensar en una cuarentena es casi imposible. Ahí es donde se va a sufrir más, aún más que los que viven en las periferias de las ciudades de México.
Por ello, los distintos sectores socioeconómicos viviremos el problema de forma distinta. Hasta el más rico tiene algunas posibilidades de riesgo, pero siempre serán menores a la de su contraparte de los barrios más deprimidos.
En estos tiempos pandémicos, y más con el encierro, es común que las personas consuman contenidos que les ayude de alguna u otra forma a explicar qué es lo que estamos viviendo. La Peste del existencialista Albert Camusha sido la referencia más obvia para muchos, al grado que las búsquedas relativas al escritor francés se dispararon. Existen otros contenidos que no son tan obvios y que ni siquiera hacen referencia a una pandemia, pero que nos pueden ayudar a reflexionar sobre lo que estamos viviendo y en este sentido, la película «El Hoyo» del español Galder Gaztelu-Urrutia me ha hecho meditar mucho. Es una película cruda y que a más de una le podrá parecer chocante verla en estos tiempos, pero vale la pena.
Esta cinta, que se encuentra en Netflix y que se ha vuelto muy popular estos días, trata sobre una suerte de prisión vertical ubicada en algún punto del futuro y que funge como una suerte de juego de supervivencia donde un banquete de comida que, en teoría, debería alcanzar para que todos se alimenten, se traslada a través del hoyo desde las celdas superiores a las inferiores; pero como los reos tratan de comer lo más posible en vez de racionar dicha comida, resulta que los de las celdas «no privilegiadas» reciben puros restos si no es que absolutamente nada.
La analogía más común que se ha hecho con esta película es aquella que tiene que ver con el capitalismo y la desigualdad. Parecería también una suerte de crítica a eso que los economistas llaman trickle down economics (teoría del goteo), que asegura que en los países donde hay pocas regulaciones se habrá generado tal desarrollo dentro de las clases altas y medias de un país que éste «se derramaría» hasta los sectores más pobres de tal forma que éstos resultarían más beneficiados que en el caso de que el gobierno interviniera para ayudar a los que tienen menos. La teoría ha sido criticada por algunos sectores de la izquierda quienes dicen que dicha proposición no se cumple en la práctica y que los pobres apenas reciben migajas de los más ricos.
Pero considero que la crítica puede ir más allá de meros modelos económicos porque igual podría tejerse alguna suerte de analogía con los países comunistas (nada más con «menos pisos»), donde las élites gubernamentales se quedan con casi todo el pastel y todos los demás se quedan con las migajas. Creo que «El Hoyo» tiene que ver un poco más con lo más oscuro de la condición humana en sí.
Un ejemplo lo podemos ver con las compras de pánico que vimos hace algunos días, lo que me recuerda a las personas de los primeros niveles que tratan de comer toda la comida posible sin pensar en lo que van a comer los de los niveles de abajo. ¿Por qué las personas decidieron vaciar los estantes de los supermercados de productos que no necesitaban en cantidad o de productos que eran completamente inútiles como los rollos de papel? Los que llegaron primero acapararon todo sin importar que ellos iban a necesitar tantas cosas y que la escasez que provocaron podría poner en riesgo la vida de más de una persona.
Esta dinámica también podría ayudarnos a entender la actitud del individuo ante la escasez y la necesidad. En la película, quienes estaban en los niveles inferiores y no recibían comida tenían que verse en la necesidad de comerse a sus compañeros de celda para sobrevivir, mientras que los de los niveles superiores podían disfrutar de su plato favorito de entre muchas opciones suculentas. Así, los que somos parte de las clases medias y altas, podemos pasar una «cuarentena VIP» trabajando desde casa, con televisión y redes sociales a la mano para comunicarse con sus seres queridos, mientras que quienes están en los sectores más populares no pueden darse el lujo de quedarse en casa porque tienen que salir si es que quieren comer.
¿Qué pasaría, por ejemplo, si a aquella persona necesitada de salir de su casa se le obliga a quedarse? ¿Qué va a pasar cuando se le acabe la comida? Es muy posible que se cree un ambiente muy tenso y derive en connatos de violencia y rapiña ya que tienen que hacer lo que sea para sobrevivir. Este es precisamente uno de los dilemas que tienen los países latinoamericanos, ya no digamos los africanos, ya que pueden verse en la necesidad de elegir entre contener el COVID_19 o mantener la economía relativamente estable.
Afortunadamente, en la vida real sí podemos ver un poco de esa «solidaridad espontánea» aunque a todas luces sea insuficiente. Por un lado tenemos a actores más parecidos a los prisioneros de los pisos de arriba que con cuyas posturas procuraron su propio bienestar y la abundancia, como ocurrió con algunos empresarios, mientras que otros sí mostraron algo de solidaridad espontánea como el caso de Cinépolis o Banorte que hicieron algunos sacrificios en aras del bien común.
También podemos ver esa diferenciación entre la actitud de la gente. Hay quienes ni siquiera se han molestado en tomar precauciones por no querer renunciar a su vida cotidiana, y otros que le dijeron a la señora del aseo que se quedara en su casa mientras le continuaban pagando como si estuviera trabajando. Así como hay algunas personas que creen que estamos en vacaciones, otras han hecho una suerte de activismo para tratar de ayudar a quienes se encuentran en los sectores más vulnerables. Por su parte, las invitaciones a «quedarse en casa» me recordaron también esa parte de la solidaridad espontánea a la que refería Imoguiri, cuando ella pedía a los reos del piso de abajo racionar la comida para que les llegara a todos.
Al final de la película, Goreng y Baharat intentan descender al último piso racionando la comida de tal forma que lograran subir hasta al primer nivel con la panacota para mandar un mensaje a la administración. Habrá quien pueda ver ello como una suerte de imposición de un régimen socialista, pero a mí no me pareció algo así, sino más bien un acto de irrupción para modificar un sistema evidentemente vicioso y contraproducente. Goreng y Baharat con la panacota son para mí todos aquellos que están poniendo de su parte para acabar con la pandemia y que tratan de remar contracorriente, aquellos que incluso son capaces de exponer su integridad o su bienestar para ayudar a los demás: ya sean doctores, científicos, personas comunes que tratan de concientizar y toman sus precauciones etc.
El coronavirus, como narraba Albert Camus en la peste, va a sacar lo mejor y lo peor de las personas. Algunos serán héroes, otros serán vistos como villanos aprovechados, otros, presas del pánico y por su falta de carácter, se aventarán por el hoyo.
Lo cierto es que estamos en tiempos inéditos. Tal vez son los tiempos «más históricos» que estemos viviendo aquellos que nacimos en las últimas décadas del siglo XX o en las primeras del XXI. El coronavirus cambiará muchas cosas, cambiará estructuras, cambiará modos de vida, patrones, sistemas, formas de hacer política. La pregunta es ¿en qué va a derivar todo esto y a donde queremos llegar?
Milton Friedman decía que la única responsabilidad social de los empresarios es aumentar sus ganancias.
Estaré de acuerdo con Friedman con varias de sus argumentaciones, pero no con esta. Y menos lo estoy en una etapa crítica como la que estamos viviendo. ¿Por qué?
Porque las empresas están compuestas por personas, y cuando hablamos de ética, no tendríamos que esperar algo diferente de una empresa de lo que esperamos de una persona.
Decir que la única responsabilidad de los empresarios es aumentar sus ganancias sería decir que la única responsabilidad de las personas es velar por sus intereses propios y no por la de los demás ni por su entorno.
Lo cierto es que si en una tragedia o en una crisis yo decido no ayudar a nadie cuando he podido hacerlo, la gente me va a juzgar de egoísta e incluso de poco confiable y tendrá razón en hacerlo. Así como juzgamos a una persona a la que no le importa el absoluto el coronavirus y no se cuida ¿Por qué tendríamos que medir con una vara distinta a una empresa cuando al final es una entidad presidida por personas?
Lo cierto es que los individuos no somos seres disconexos de nuestro entorno, formamos parte de él y de alguna forma nos debemos a él. ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos personas con quien relacionarnos? ¿Qué sería de nosotros si nadie nos comprara nuestros productos? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos bienes que son producidos por otras personas en otras latitudes del mundo? En tanto somos seres sociales, tenemos cierta responsabilidad ética con los demás.
Estoy de acuerdo en que la coerción del Estado no tendría por qué regular dicha ética empresarial más allá de lo normativo que ya hace (que pague impuestos y se apegue al marco legal). Dentro de lo legal, las empresas deben cumplir con las normas y obligaciones vigentes, pero la responsabilidad de una empresa no se agota en lo legal, porque también está sujeta a las normas sociales.
¿Qué podemos decir de una empresa que, dentro de una crisis sanitaria, lo único que hace velar es por sus intereses y nada más? ¿La gente tiene el derecho a juzgarlas y criticarlas vehementemente? ¿La gente tiene el derecho de castigarlas? Por supuesto que sí.
Y esto no es una postura «anticapitalista», de hecho forma parte de la misma dinámica del mercado donde los consumidores reprueban a una empresa la cual han juzgado de egoísta y poco sensible.
Es cierto que así como una persona no tiene la obligación moral de ayudar a las demás personas de tal forma que salga muy afectada personalmente (aunque ciertamente hacerlo podría ser visto como algo heróico), una empresa no tendría por qué ayudar al grado de que ello implique la quiebra (además que sería evidentemente contraproducente), pero sí se esperaría que lo haga con relación a su capacidad económica.
Y así como algunas empresas han hecho sacrificios, otras simplemente han terminado por velar sólo por sus intereses sin pensar en sus empleados casi pasándole toda la factura a ellos. La gente tendrá toda la razón del mundo para juzgarlas vehementemente, con todas las afectaciones que ello puede tener para la reputación de dichas empresas y el valor de su marca.
Es cierto, hay empresas que no se pueden dar tantos lujos, que cerrar un mes pagando a toda la plantilla podría ser suicida, pero el simple hecho de «estirarle un poquito» de acuerdo a sus capacidades, de decir que va a pagar al menos una fracción para que a los empleados no les pegue tanto y buscar un equilibrio donde se les pueda ayudar en algo y la empresa no se vea financieramente comprometida, es algo que se agradece. Detalles tan simples como el de una cadena de supermercado que pidió a la gente donar dinero (cantidad que ellos duplicarían) para que la gente de la tercera edad pueda irse a sus casas es algo que se agradece.
La realidad es que en una contingencia como ésta, el egoísmo es muy penalizado ya que va contra del bien de la sociedad en la cual esa empresa se encuentra inserta. Si bien el egoísmo, en una situación normal, puede traer beneficios para todos (como lo ilustra la mano invisible de Adam Smith), lo cierto es que en una contingencia puede ser fatal. Ayudar en la medida de lo posible a los empleados puede ayudar a que el virus se propague menos y puede salvar vidas.
Incluso dentro del propio interés, las posturas egoístas pueden ser contraproducentes porque en tanto el egoísmo es muy penalizado en una crisis, la imagen de la empresa en cuestión puede verse afectada y ello le podría acarrear afectaciones económicas. Porque la marca es no sólo construida por la propaganda de la empresa, sino por el concepto que los consumidores se han hecho de ella. Recordar que una marca fue irresponsable en la crisis sanitaria puede ser suficiente razón para que un consumidor se vaya con la competencia.
El #COVID19 va a exigir sacrificios a todos, a empresas, empleados, trabajadores, instituciones. Quien haya querido evadir su responsabilidad ética, o lo que se esperaría de él, será evidentemente penalizado. Dicha penalización es un mecanismo de supervivencia, donde el individuo preferirá establecer contacto y relación con aquel que en los momentos difíciles es capaz de dar algo de sí sobre quienes decidieron velar solo por sus intereses sin pensar en los demás.
Hace unos días leía un artículo que dice que el mundo estaba declarando su independencia de nosotros, como diciéndonos que el mundo no se limita a aquello que decimos que es. El mundo es para nosotros aquello que construimos como mundo dentro de nuestras mentes. El mundo era entonces aquello que los seres humanos decimos que es «el mundo».
Decíamos que el mundo era viajar en automóvil, trabajar, salir a la calle, planear las vacaciones, leer, hablar de finanzas, como si el mundo fuera dado por nosotros cuando más bien nosotros somos, al final, un subproducto del mundo mismo.
Con la crisis sanitaria provocada por el COVID-19, el mundo pareciera reclamar su independencia, el noúmeno reclama su independencia de la cárcel fenoménica que le hemos asignado y a partir de la cual lo hemos definido. Nosotros somos apenas una parte ínfima del mundo que en realidad nos es desconocido, no solo aquel que se encuentra lejos de nuestro entorno inmediato (las otras culturas, los otros planetas) sino aquel que tenemos frente a nuestras narices y creemos conocer bien.
Pero el mundo declaró su independencia sin hacer absolutamente nada, porque no hizo un solo movimiento. El mundo sigue rigiéndose por sus leyes y no ha cambiado absolutamente nada. Declaró su independencia con su mera existencia como un estado de cosas independiente a la abstracción que los humanos hacemos de él. Todo nos cambió porque asumimos que en «nuestro mundo» no habíamos terminado de contemplar la posibilidad de que un virus pusiera en jaque a toda nuestra especie. Todo nos cambió más bien por una fricción en nuestra abstracción del mundo y el mundo real, porque el primero fue el que falló, no el segundo que nunca falla.
Resulta que el mundo como abstracción humana nos fue cambiado de la noche a la mañana. Pero el mundo sigue siendo el mundo, porque el mundo no es lo que queramos que sea, sino lo que es. De pronto, muchas dinámicas sociales cambiaron; de pronto, aquello que era normal se convirtió en algo potencialmente mortal (como salir a la calle) o aquello que podía decirse propio de personas antisociales (personas que no salen de sus casas y tratan de no tener contacto físico con otras personas) se convirtió en lo deseable y lo correcto. Que el presidente de una nación se encerrara en su casa dos semanas habría generado indignación, hoy es algo visto como algo ejemplar o heróico. Solo tuvo que modificarse una de las tantas variables que configuran el mundo real (no el que decimos que es) y cuya modificación se explica no por una modificación del mundo mismo sino por su esencia misma que contempla dichas modificaciones como algo intrínseco a éste para que nuestra construcción de lo que decimos que el mundo es se viera comprometida. El mundo nos obligó a salir de nuestra zona de confort, a reconocerle el mundo su independencia de nosotros.
Las distintas construcciones del mundo se vieron comprometidas. La construcción social y global del mundo quedó en entredicho, pero también las construcciones personales que los diferentes individuos hacemos del mundo, aunque en distintas intensidades. Algunos «mundos» se vieron más comprometidos que otros, pero todos quedaron trastocados, ninguno de todos los «mundos personales» quedó exactamente igual.
Los humanos estamos limitados a hacer abstracciones del mundo real, no podemos conocerlo por completo y por ello nos parece más cómodo decir que el mundo es aquella abstracción que hemos hecho de él porque ella nos provee una zona de seguridad, pero en tanto nuestra concepción del mundo es una abstracción subjetiva (o intersubjetiva) fenoménica, siempre será imperfecta.
Pero bien haríamos en reconocer su independencia, decir que aquello que creemos que es el mundo es tan solo una abstracción de éste y que de cuando en cuando el mundo real nos va a sacudir. Tal vez ello nos mantenga mejor preparados.
El mundo como cosa independiente de nosotros va a continuar siendo el mismo dado que se rige por las mismas leyes. No está a discusión si el mundo como abstracción humana va a a cambiar, es un hecho que lo va a hacer y es inevitable. La abstracción humana del mundo no va a ser la misma nunca, muchos procesos tecnológicos y sociales se van a acelerar producto de la necesidad que tenemos de adaptarnos a un entorno adverso que exigirá más de nosotros, como todo lo que tiene que ver con las telecomunicaciones, el trabajo remoto, la educación en línea. Esto también va a afectar de alguna forma la política (local, nacional y mundial), va a sacudir muchos paradigmas, va a modificar hábitos y actitudes en muchas personas.
Pero si no está a discusión la existencia de esa inevitable sacudida, lo que sí podrá discutirse es la forma en que ésta se va a llevar a cabo. Algunas cosas serán inevitables, pero otras no, sobre todo aquellas que le impliquen al ser humano tomar decisiones. ¿Qué medidas tomaremos en torno a la crisis y qué resultados arrojarán? ¿La crisis fortalecerá los valores democráticos y la integración global o, por el contrario, fortalecerá el discurso autoritario?
Y reconocer al mundo como algo independiente de nosotros nos ayudará a responder de mejor forma dichas preguntas.
Nuestro país está comenzando a entrar a la etapa zona crítica del COVID-19 consistente en la etapa de infección comunitaria que se extenderá por algunas semanas. Es la etapa en la cual nos tenemos que quedar en nuestras casas y salir lo menos posible a la calle. Observando este comparativo, podemos ver que nuestro país tiene el mismo comportamiento que España hace algunos días.
Es en esta etapa donde se le requiere a la sociedad un mayor sacrificio: cambiar el ritmo de vida, olvidarse de viajes, eventos; en algunos casos se requerirá sacrificios de índole económica (no sin olvidar la afectación que esta contingencia tendrá a la economía). Es la etapa más complicada porque no siempre es fácil persuadir a la gente de que haga sacrificios. Hay quienes están invadidos por el pánico y otros a los que no les importa en lo más mínimo el problema y quieren seguir con su vida diaria.
En este sentido, las instituciones que comandan este país deben ser ejemplares. Éstas mismas deben de estar dispuestas a hacer sacrificios para que los ciudadanos entiendan por qué es importante que ellos los hagan. Si bien las instituciones no han manejado el asunto del todo mal y hace unos días la OMS reconoció su trabajo, es muy cierto que el Presidente de la República ha tenido una postura totalmente reprobable al respecto e incluso la misma OMS exigió un mayor compromiso de los políticos como dándose cuenta de la actitud que algunos sectores han tenido, incluyendo López Obrador.
Hemos visto a Andrés Manuel ir de mitin a mitin, convocando a grandes aglomeraciones, abrazando gente y besando niños (a veces hasta en contra de su voluntad) en un momento en que él debería aprovechar su liderazgo para pedir a la ciudadanía que tome las medidas necesarias para sortear esta emergencia sanitaria. Peor aún, hemos visto conductas reprobables como el negarse a ponerse gel antibacterial en las manos.
Aunque las instituciones traten de hacer su chamba, la conducta de López Obrador es un gran problema que estorbe en su afán. Si bien es cierto que su popularidad va en picada, sigue siendo lo suficientemente popular (ya no solo en lo cuantitativo sino en lo cualitativo) como para ejercer influencia sobre una considerable cantidad de gente que, al ver las reacciones de López Obrador, dirá que entonces no es necesario tomar precauciones. Ese símbolo, ese mensaje, puede convertirse en muertes que pudieron haberse evitado.
¿Quiénes se ven más afectados con estos mensajes? Las mismas personas que suelen ser siempre las más afectadas en las tragedias y las contingencias: los individuos que viven en situación de pobreza. Varios simpatizan con López Obrador y lo toman como una suerte de ejemplo, muchos de ellos no pueden darse el lujo que nosotros tenemos de hacer una «cuarentena VIP» con home office, redes sociales y Netflix. Ellos tienen que salir a ganarse el pan; muchos de ellos viven en la informalidad y no pueden darse «el lujo de trabajar desde casa y mucho menos de parar». Peor aún es cuando se envía el mensaje de que pueden acudir a aglomeraciones, que se relajen, que pueden abrazarse y que no pasa nada. Aquellos, que también son quienes tienen menos protección sanitaria porque no tienen ningún servicio privado y muchas veces la salud pública que tienen a la mano no es de la mejor calidad, son quienes están en mayor riesgo.
Esta no solo me parece una postura irresponsable, sino egoísta. Un líder que siempre dijo representar al pueblo está casi hasta supeditando su integridad a sus caprichos y al poder. El egoísmo es tan marcado que el propio López Obrador supedita su propia integridad a sus intereses porque un hombre que tiene 66 años y que ha sufrido de un infarto es, en automático, una persona vulnerable. El mensaje es terrible.
Y me preocupa que el Subsecretario de Salud Hugo López-Gatell, quien hasta hace pocos días era una figura que se percibía como un interlocutor confiable y quien podía contrastar con el arrebato populista del presidente, haya caído en esta dinámica alabando y mitificando a la figura de López Obrador (de tal forma que las analogías con la mitifación que se hace de los líderes en Corea del Norte no han faltado) para así justificar su conducta reprobable:
La forma en que ha abordado López Obrador esta contingencia que afectará a muchas personas es completamente errónea e incluso insensible.
Me preocupa también el ambiente de polarización que se está generando en torno a la contingencia. El Presidente no se ha cansado de politizarla y tampoco es como que los opositores estén poniendo mucho de su parte al entrar a su juego. En vez de tener un país donde haya cierta unión (como está ocurriendo con los países europeos) tenemos un país polarizado, lo cual solo va a derivar en una mayor desconfianza de los ciudadanos con sus autoridades y lo cual puede llegar a ser fatal.
López Obrador tiene que cambiar su conducta inmediatamente porque se convierte en un gran problema a muchos niveles (aunque dudo que lo haga). Él no es ningún dios ni alguien que cargue con una «fuerza moral», es un simple mortal que no presume necesariamente de la mejor salud y que tiene el privilegio de estar al frente de un país y cuyo trabajo ha sido, cuando menos, cuestionable. Su poca apertura, su afán de centralizar todo y tener control sobre todo el quehacer político podría a traer resultados muy adversos en momentos críticos con el coronavirus donde no solo hablaremos de fallecidos, sino también de pérdidas económicas.
Terrible y frustrante es ver este tipo de conductas en una persona de quien esperaríamos una suerte de liderazgo. No lo hay, vemos en López Obrador al mexicano irresponsable promedio, aquel que cree que la cuarentena son vacaciones y que cree que el coronavirus no le va a hacer nada.
Nos han pedido que nos quedemos en nuestras casas. Nos han dicho que con ello muertes serán evitadas.
No nos han pedido que vayamos a la guerra para tal vez no volver a ver a nuestros seres queridos. Nos piden resguardarnos precisamente para que nuestros seres queridos y los de los otros sigan en este mundo. ¡Somos privilegiados!
No nos han pedido aislarnos de los que más queremos, tan sólo que no tengamos contacto presencial por unas pocas semanas. Ahí están las redes sociales, el teléfono, los sistemas de mensajería y las video llamadas. En las cuarentenas de tiempos pasados se dejaba a ver a los seres queridos por completo por meses. Hoy podemos estar en contacto todos los días. ¡Somos privilegiados!
Nadie nos ha pedido enfrentarnos a la cruda realidad. De hecho podemos escapar del mundo cuantas veces queramos viendo Netflix o leyendo un buen libro. ¡Somos privilegiados!
Nadie nos pidió racionar al mínimo la comida, tan solo nos pidieron hacer home office. ¡Somos privilegiados!
A los que no vivimos en situación de pobreza, el mundo de hoy nos pide poco para salvar a muchos. Nuestro mundo del cual siempre mentamos madres es muy benigno, tanto que cualquier incomodidad nos parece un martirio. No vamos a ir a la guerra, tan solo nos vamos a restringir un poquito por los demás, hacer un poquito para que incida un muchito en la vida de los demás. ¡Somos privilegiados!
Y negarnos a dar un poco para ayudar a los demás sería no sólo egoísta, sino inhumano.
Lo natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad y la pureza, si usted quiere, son un producto de la voluntad.
El coronavirus resultó un problema más grande de lo que se esperaba (aunque ello no significa que el mundo se vaya a acabar ni que debamos caer en pánico). Resultó más grande porque la capacidad de varios de los países para controlarla ha sido baja (en gran medida por la alta facilidad de contagio) y, sobre todo, porque nos encontramos ante una situación relativamente inédita (y generalmente lo inédito es más difícil de abordar que aquello en lo que ya se tiene experiencia).
Podemos, sí, recordar la gripe española que mató a más de 40 millones de personas, pero eran tiempos muy diferentes. La tecnología, la ciencia y la medicina han avanzado mucho.
Podemos también recordar brotes como el SARS, el MERS, la gripe aviar o el ébola con tasas de mortalidad mucho más altas, pero estos jamás se han convertido en una pandemia. El coronavirus, en cambio, es sumamente contagioso: los síntomas tardan en aparecer y en algunas personas ni siquiera se manifiestan.
En realidad hay muchos más casos de coronavirus entre nosotros que los que nos dicen las autoridades, no porque estén ocultando algo, sino porque muchos contagiados no manifiestan síntomas o solo muestran catarro leve, no les pasa por la cabeza que tienen coronavirus y entonces no son contabilizados. Este extenso artículo nos explica a detalle con estadísticas cómo es que en realidad hay muchos más casos de los que han detectados por el gobierno. Ello quiere decir que desde ya tendríamos tener que estar tomando precauciones como lavarnos muy bien las manos o estornudar en el antebrazo.
Con la reciente clasificación de la OMS, el Covid-19 se convierte en la primera pandemia de su tipo dentro de nuestros tiempos modernos y, a pesar del evidente desarrollo tecnológico, científico y médico, no la estamos pasando tan bien. La OMS cree que muchos países no han hecho lo suficiente e incluso naciones como Italia, donde el problema se complicó mucho, han tenido que ponerse en cuarentena.
Incluso cada vez más personalidades como el actor Tom Hanks o el presidente brasileño Jair Bolsonaro han terminado contagiados por el virus, lo cual nos dice del alcance que está teniendo. Sabemos que ya se han cancelado eventos, congresos y conciertos y aplazado fechas de ligas de futbol en varias regiones.
El Covid-19 es un buen indicador para medir la capacidad de los sistemas de salud de los países y la capacidad que los gobiernos tienen para reaccionar a las contingencias. Es posible ver cómo algunos países han logrado detener el crecimiento de la epidemia dentro de sus países con tasas de mortalidad relativamente bajas como Corea del Sur e incluso la propia China y otros países asiaticos que ya han controlado el crecimiento de la pandemia mientras que otros como Estados Unidos y sobre todo Italia han reaccionado tarde y han tenido más problemas.
¿Y México? ¿A paracetamolazos?
La pregunta no es si el virus va a brotar exponencialmente en México o no (como ha terminado ocurriendo en todos los países a los que llega) sino cuándo ocurrirá, cómo reaccionará nuestro sistema de salud y hasta qué punto podrán contener el problema. Se estima que ello ocurra a finales de marzo. El coronavirus someterá a nuestro sistema de salud a las más duras pueblas y no es seguro que haya suficientes camas para toda aquella persona que requiera hospitalización. La eficacia del gobierno para atender este problema afecta la tasa de mortalidad. Si es más ineficaz, la tasa de mortalidad es más alta que cuando se toman las previsiones necesarias.
Dicho esto, es posible que en los próximos días nos quedemos recluidos en nuestras casas. Se van a cancelar eventos, conciertos, viajes. Vaya, vamos a tener que hacer un sacrificio.
El discurso del Presidente tampoco ayuda mucho. Es cierto que como mandatario debe mantenerse sereno y mantener la calma y la OMS ha destacado la reacción temprana del gobierno, pero también hemos visto casos de viajeros que llegan a México con síntomas de fiebre y no se les atiende y se les deja pasar sin ningún problema. Hay señales mixtas sobre la eficacia del gobierno hacia esta contingencia y solo podremos evaluado una vez que haya pasado la contingencia.
Me parece un poco preocupante que el Presidente de la República mande un mensaje subestimando de forma flagrante al decir que «no hay problema que la gente se abrace» cuando en muy pocos días será imprudente saludarnos de mano si no es que tal vez lo sea ya el día de hoy.
¡Es la economía, estúpido coronavirus!
El otro problema es el económico: contener la pandemia va a traer sacrificios económicos en una situación que tanto en lo nacional como en lo internacional ya es frágil y donde los gobiernos tendrán que, literalmente, jugarle al equilibrista. Decisiones políticas o demagógicas antes que prácticas podrían significar una mayor pérdida de vidas.
En tanto más extremas sean las medidas para contener el virus, menores serán las afectaciones sanitarias y mayores serán las afectaciones económicas. Por el otro lado, en tanto las medidas sean más laxas, las afectaciones económicas serán menores pero las afectaciones sanitarias mucho mayores. La difícil tarea de los gobiernos es encontrar ese sweet point (punto de equilibrio) donde logren sortear la emergencia sanitaria y donde la afectación económica sea la menor posible.
Si un país se mantiene lejos de ese punto de equilibrio puede correr el riesgo de que las afectaciones sanitarias afecten a las económicas que en teoría estarían controladas y viceversa. Por ejemplo, si un país implementa medidas muy laxas en aras de no afectar la economía, solo verá cómo el problema se salga de las manos y no quedará otra que aceptar una afectación económica mayor que la que se habría necesitado haber aceptado antes. Por el contrario, quien sacrifica demasiado la economía podrá verse en problemas si surge un rebrote, porque cuando se ejerce mayor presión sobre la economía el descontento social puede crecer y la capacidad operativa de las instituciones puede verse limitada, por lo cual el margen de maniobra para combatir la epidemia termina reduciéndose.
Los gobiernos que se sitúen dentro del punto de equilibrio podrán librar el problema de la mejor forma. Los que no, podrían caer en una pendiente resbaladiza por lo que he comentado anteriormente. Pero los gobiernos no son los únicos responsables, nosotros también lo somos:
Profesor Cocoon, ¿debemos entregarnos al pánico?
¿Debemos preocuparnos? Sí. ¿Debemos caer en pánico? No. La tasa de mortalidad es lo suficientemente baja como para pensar que esta epidemia se vaya volver análoga a la gripe española o la peste bubónica, pero es lo suficientemente alta como para confiarse y no hacer nada. Italia es un claro ejemplo de ese exceso de confianza.
La tasa de mortalidad en los jóvenes es bastante baja, pero esto también puede significar un problema si se subestima la urgencia, no solo por los riesgos colaterales que puedan haber, como terminar en el hospital y pescar otra bacteria o terminar con una lesión pulmonar en un caso grave, sino porque la displicencia va a terminar afectando mucho más a aquellos que sí están en una situación de riesgo mayor: la gente de la tercera edad y las personas que ya tienen problemas de salud que, en combinación con el coronavirus, podrían resultar fatales.
Nuestra responsabilidad ¡ya estamos grandecitos!
Si hablamos de la responsabilidad que tienen los gobiernos, también tenemos que hablar de la responsabilidad que tenemos como sociedad: habrá que hacer sacrificios, desde dejar de saludar de mano y lavarnos las manos más frecuentemente hasta incluso cancelar viajes o eventos.
No caer en pánico e informarse bien también es otra responsabilidad. No se va a acabar el mundo ni mucho menos. Estadísticamente, las posibilidades que tiene una persona de verse afectada (más allá de un simple catarro) son bajas, lo más probable es que no te vaya a pasar nada y tal vez ni te infectes, pero no vale la pena correr riesgos de más, porque ciertamente quien se confía aumenta las posibilidades de verse afectado en su salud por la pandemia y sus posibilidades de morir también aumentan de alguna manera. No hacer nada puede ser muy riesgoso, pero caer en pánico también porque ello te puede orillar a tomar malas decisiones.
Evitar consultar y propagar fake news, consultar fuentes confiables (no cadenas de Whatsapp, por favor) y seguir las recomendaciones de las instituciones (nacionales e internacionales) es lo que debemos hacer.
Vienen días relativamente complicados, pero no nos toca de otra más que ser responsables, seguir las recomendaciones de las autoridades y mantener la tranquilidad.