Categoría: reflexión

  • ¿Por qué odias a Jerónimo Zarco?

    ¿Por qué odias a Jerónimo Zarco?

    ¿Por qué odias a Jerónimo?

    Hace unos días apareció en redes (precisamente en Tik Tok) un adolescente de 16 años hablando sobre comunismo llamado Jerónimo.

    El chamaco es una persona de clase media-alta y hasta ha vivido en Estados Unidos. A juzgar por sus videos y por el hecho de tener una Mac (que seguramente sus papás le dieron) sabemos que no vive mal.

    Algunos medios lo abordaron porque se les hizo curioso ver a un jovencito hablando sobre Marx, el comunismo y demás corrientes de izquierda.

    Lo que me sorprendió fue ver todo ese cúmulo de reacciones de personas atacándolo, como si esperaran que diera una opinión digno de un doctor en filosofía o ciencia política. Lo criticaron por escribir «cosas marxistas» en su Mac, por hacer aseveraciones imprecisas, porque es de izquierda o porque es uno de tantos jóvenes que se sienten atraídos por las corrientes socialistas.

    Básicamente, lo que hicieron sus haters fue crear un alboroto: esos libertarios, o de derecha o conservadores que son muy inteligentes, leídos y sabiondos. Algunos hasta pedían no darle difusión. Y esos mismos «inteligentes, leídos y sabiondos» lo terminaron haciendo mucho más famoso. ¡Ah, qué contrariedad! Les ocurrió exactamente lo mismo que ocurre con los progresistas y su némesis el conservador Agustín Laje, quien ha visto en la reacción de los primeros una forma de tener más difusión.

    ¡Pero Jerónimo solo es un adolescente!

    No, no comparto muchas de las ideas de Jerónimo. Sí, le hace falta mucho «kilometraje», le falta mucha experiencia que vivir, pero ¿cuál es el problema? ¡Es un maldito adolescente!

    ¿A poco todos sus haters eran expertos en economía o política a los 16 años? Muchos posiblemente no sabían nada de eso siquiera. Seguramente algunos ni siquiera sabían quién era Marx.

    Resulta que cuando somos adolescentes muchos creemos en utopías, soñamos con un mundo idealizado donde no exista ni la guerra, ni la pobreza ni la injusticia. Él, como buen adolescente inquieto, se involucró en algunos activismos ambientalistas, leyó a Marx y se le abrió el mundo. ¿Y qué hay de malo en eso?

    Sí, luego va a crecer. Seguramente se va a dar cuenta que algunas cosas no son como creía, que el socialismo ha sido un fracaso. Posiblemente lea Gulag Archipielago y se dé cuenta de que los experimentos comunistas resultaron muy mal. Seguramente va a obtener un trabajo, va a ganar dinero y va a pagar impuestos. Es muy posible que en el futuro tome posiciones más moderadas y matizadas (como suele ocurrir en muchas ocasiones): tal vez se convierta en un socialdemócrata, en un liberal, no lo sé.

    Pero todo ese conocimiento que está adquiriendo (aunque pueda terminar criticándolo en el futuro o termine desencantándose de sus ideales primigenios) le va a ayudar, lo va a hacer más culto. Una persona, incluso de derechas, que sabe de Marx, es más culto que una persona que conoce poco de él.

    Para meterse en el mundo de la política hay que empezar por algún lado, y él dio ese paso. La inquietud tiene que venir de algún lado, y a él le vino de la izquierda.

    Si algo reconozco, a pesar de tener fuertes discrepancias ideológicas, es que es un joven abierto. Se ve que, en su corto recorrido en su interés por la política, se ha tomado la molestia de contrastar opiniones. Se ha molestado en confrontarse con George Orwell cuya crítica al comunismo soviético es sublime. No veo en Jerónimo a alguien que se sienta que se las sabe de todas todas, ni se parece a algunos de esos izquierdistas universitarios arrogantes.

    Lo más curioso es que, con todo y que es evidente que le falta un largo camino filosófico e intelectual que resolver, estoy seguro que hay cosas que él sabe y que muchos de sus «críticos grandotes» no. Hay gente que anda treinteando o cuarenteando y se rehusa a leer a Marx, o cree que leer a Marx te va a convertir casi por antonomasia en un defensor de la URSS. ¡Por favor!

    Toda persona que esté interesado en la política tiene que leer a Marx, tiene que abrir El Capital y tiene que entender qué es el materialismo histórico dialéctico (así como creo que debe leer a Adam Smith y otros pensadores).

    Leo algunas personas preocupadas porque Jerónimo va a propagar sus ideas de «izquierda», casi como si ello fuera a implicar que su presencia va a convertir a México al comunismo, pero las ideas no se censuran, se confrontan y se rebaten. ¿Qué tiene que una persona quiera hablar sobre comunismo? ¿Qué tiene que otra quiera hablar de conservadurismo, de liberalismo, de feminismo o qué sé yo? Mientras dicha persona no tenga la intención explícita de atentar contra la dignidad de alguien más se le debe dejar hablar.

    Y mejor que sobren voces de todo a que falten. En una sociedad abierta debemos valorar la pluralidad de opiniones. Ello fomenta el debate y el contraste de argumentos, algo a lo que parece nos estamos desacostumbrando en ambos lados del espectro político.

    ¿Y si se hace famoso, qué? ¿Y si a algunos les gusta, qué? ¿Y si no sabe más que cualquier otro joven que se obsesiona con el marxismo y aún así se convierte en influencer, qué?

    Para concluir, debo insistir en que, contrario a los deseos de muchos, mientras haya libertad de opinión y democracia, siempre habrá algo así como gente de izquierda o gente de derecha. No es como que si evitamos que los jóvenes escuchen a Jerónimo la izquierda va a desaparecer y el mundo se va a volver «de derecha» (ni viceversa). Quien piense eso no sabe cómo funciona el mundo y poco entiende de la condición humana.

    ¿Cuál es el problema?

  • Del Zoom a la TV Abierta. La brecha tecnológica en la educación en tiempos pandémicos

    Del Zoom a la TV Abierta. La brecha tecnológica en la educación en tiempos pandémicos

    Bien sabido es que la pandemia nos ha prohibido tener clases presenciales.

    Y cuando hablamos de ello, lo primero que se nos viene a la mente a quienes formamos de esa minoría privilegiada llamada «clase media» (de igual forma ocurre con la clase alta) son las clases remotas con Zoom, Blue Jeans o Microsoft Teams.

    Pero lo cierto es que ese es un lujo que muchos mexicanos no se pueden dar. No solo aquellos que no tienen acceso a Internet, sino muchos otros que sí tienen acceso pero de una forma precaria: aquellos que viven en lugares donde la conexión no es estable o aquellos que tienen Internet solamente en sus dispositivos móviles, los cuales, por cierto, son de gama baja. Ello también es un problema por si habías tenido la «asombrosa idea» de que se conectaran por ese medio.

    A todos estos sectores solo les queda una opción: las clases por televisión (esas que se están transmitiendo por Televisa). Y ese mundo es diametralmente distinto a nuestro mundo de «estudios de forma remota con actividades asincrónicas (como se les llama a las tareas en esta modalidad)».

    Actualmente estoy viviendo la experiencia de estudiar el primer semestre de la maestría en el CIDE de forma remota, y si bien creo que nada cambia la experiencia de las clases presenciales (la convivencia en persona con tus compañeros-colegas y con los profesores, el hecho de que puede ser más incómodo estar sentado frente a una pantalla que en el aula), la verdad es que funciona bien. No es lo mismo, pero se le parece. La calidad de la educación que uno recibe es similar.

    Las clases por televisión son otro mundo. Allí la interacción simplemente no existe y ello es una gran desventaja. El estudiante se convierte en un consumidor pasivo de información que le es dada en una pantalla. Pero ¿qué pasa si tiene una duda? ¿Qué pasa si no entendió bien? A lo mucho, podría echarle una llamada a su profesor, pero no es lo mismo, ya que el recurso visual es indispensable. ¿O cómo es que un profesor podría explicarle por teléfono al alumno cómo resolver una ecuación cuadrática?

    Las clases «a distancia» no son una novedad en sí (la novedad es que los colegios que dan clases presenciales hayan tenido que trasladarse a esta modalidad). Experiencia sobre cómo hacerlo hay de sobra (muchas instituciones ya daban cursos en línea a través de plataformas como Coursera o EdX y el reto no va mucho más allá de capacitar al profesorado para que hagan bien su trabajo y acostumbrarse a la modalidad. Las inconveniencias se arreglan en el camino y a través de la experiencia. La interactividad ayuda a que el sistema mismo se retroalimente y vaya mejorando.

    Pero con el sistema de clases por televisión no ocurre lo mismo. Éstas tienen una curva de aprendizaje más elevada y, como la dinámica no es interactiva sino pasiva, es más difícil percatarse de qué tan bien o qué tan mal está funcionando, lleva más tiempo.

    https://www.youtube.com/watch?v=cF8-QAsgkaI

    Es el sistema centralizado (el gobierno) el que carga con la mayor parte de la curva de aprendizaje, y generalmente los incentivos para ello son menores (basta ver la mala calidad de los contenidos preliminares como los del video). Seguramente muchos maestros harán su lucha y pondrán todo su esfuerzo para tratar de auxiliar a los alumnos, pero la brecha tecnológica siempre será un problema.

    En las clases remotas el profesor solo tiene que hacer lo que siempre ha hecho pero de forma virtual: no tiene pizarrón pero tiene el iPad. Basta con que esté bien capacitado para que la calidad de la educación sea casi la misma que la clase presencial. De hecho, el profesor puede valerse de muchos recursos tecnológicos que son tan útiles que seguramente van a perdurar incluso cuando regresen las clases presenciales.

    En las clases por televisión la dinámica cambia drásticamente. ¿Cómo hacer que el alumno, que ahora no está en un aula sino frente a la televisión, pueda tener un mayor aprovechamiento educativo? ¿Cómo es que deben ser mostrados los contenidos para que el alumno aprenda, no se canse o no se distraiga? ¿Cómo hacer para que la calidad de la educación no caiga dado que el alumno tendrá muchos más problemas para hacer preguntas al maestro y donde la interacción es prácticamente nula? Ello implica todo un replanteamiento de los métodos pedagógicos, lo cual hace la curva de aprendizaje todavía más grande.

    Así, la brecha tecnológica trae ganadores y perdedores.

    Todos aquellos que tienen la capacidad tecnológica de tomar clases de forma remota no verán cambios drásticos en el aprovechamiento de la educación. Los que no tienen ese privilegio estarán en desventaja. Ya de por sí la educación que reciben los sectores con menos recursos deja mucho que desear.

    Imaginemos lo que puede ocurrir cuando a un sistema educativo, ya de por sí problemático, se le despoja de la interactividad y convierte al alumno en un ser pasivo. Éste tan solo debe estar callado mirando la pantalla sin poder preguntarle nada a nadie y mucho menos puede pedir al profesor que repita el problema que no entendió.

    Es evidente que el aprovechamiento no va a ser el mismo y la brecha tecnológica acentuará más la brecha educativa, donde los más pobres estarán todavía peor educados. A ellos lo mejor que les podría pasar es que la pandemia termine pronto para que sea el menor tiempo posible el que deban estar pasivos frente a una pantalla a la que no le pueden preguntar nada.

  • Covid-19 ¿Quién tiene la culpa? ¿El gobierno o la sociedad?

    Covid-19 ¿Quién tiene la culpa? ¿El gobierno o la sociedad?

    Basta darle una checada a los números, basta tener que recurrir a la gráfica logarítmica porque en la lineal es complicado ver alguna desaceleración de los casos a más de seis meses de que la pandemia pisó nuestro país.

    Lo más triste es que al día de hoy no parece verse la luz al final del túnel. Parece que seguiremos a la deriva: contando centenares de muertos y miles de contagiados diarios mientras no ocurra una de dos cosas: 1) que se produzca la tan ansiada vacuna y se comience a aplicar o 2) que sí se logre la anhelada inmunidad de rebaño (claro, después de algunos cientos de miles de muertes).

    En la opinión pública (sobre todo en redes) corren dos versiones: una dice que no hay que culpar al gobierno, que veamos a toda la gente en las calles y vacacionando como si nada, y otra que dice que todo es culpa del gobierno y que si la gente no se cuida es culpa del gobierno mismo (por no tomar medidas drásticas o mandar mensajes confusos).

    ¿Y entonces quién tiene la culpa?

    La realidad es que tanto gobierno como sociedad cargan con la responsabilidad de la tragedia. Son corresponsables, y me explico…

    La responsabilidad del gobierno:

    Es evidente que el gobierno tiene capacidad y poder para tomar decisiones que incidan en el resultado de la pandemia, no es como que el gobierno no pueda hacer nada ante una sociedad que se comporta de forma irresponsable.

    El gobierno ha cometido errores muy graves.

    1. Ha mandado mensajes muy confusos. López Obrador (en la misma tesitura que sus colegas populistas Donald Trump y Jair Bolsonaro) se ha rehusado a usar cubrebocas e incluso invitó a la gente a salir en plena pandemia contradiciendo al subsecretario Hugo López-Gatell.
    2. Se ha negado a ayudar a pequeñas y medianas empresas a sortear la crisis económica producida con la pandemia, con lo cual mucha gente no solo está en aprietos económicos, sino que tiene menos margen de maniobra para cuidarse del Covid-19
    3. La estrategia seguida por Hugo López-Gatell (el modelo centinela) ha demostrado ser inadecuada para contabilizar el número de muertes y contagiados, con lo cual es imposible desarrollar una estrategia ya que el gobierno solo puede actuar «a ciegas». Ni hablar del afán del subsecretario por dar una y otra vez pronósticos que no se cumplen.
    4. La estrategia sanitaria también ha sido deficiente (y en parte se desprende del punto anterior). El hecho de que muchas personas mueran en casa y los hospitales no estén saturados (cosa que el gobierno presume como un logro), obedece a la deficiencia de la estrategia para atender a los pacientes con Covid-19 que requieren estar en cuidados intensivos.
    5. La falta de coordinación e incluso de voluntad de cooperación con los gobiernos estatales (claro, asignando a estos últimos parte de la responsabilidad).
    6. Y por último, la nula autocrítica. Ante el evidente fracaso de la estrategia no hay ningún cambio de plan y estrategia. Por el contrario, los esfuerzos van encaminados a convencer a la población de que sí lo están haciendo bien.

    La responsabilidad de la sociedad

    Pero sería absurdo culpar al gobierno de toda la tragedia cuando muchas personas están allá afuera sin cubrebocas y sin tomar medidas mínimas. Pensar eso implicaría anular el libre albedrío de la gente así como considerar a la gente como meros autómatas que solo actúan cuando el gobierno les da órdenes.

    Cabe resaltar que cuando hablo de «la sociedad» estoy haciendo una mera generalización. No toda la gente se comporta de forma irresponsable y no son pocos los que se cuidan, pero sí hay mucho otros que, teniendo posibilidad de tomar precauciones, simplemente no lo hacen. En promedio podría concluir que la respuesta de la sociedad ante la pandemia no ha sido la mejor.

    La verdad es que allá afuera hay mucha gente sin cubrebocas, que no toma medidas, y a la que no le importa siquiera portar su frasquito de gel antibacterial. Se entiende que hay gente que por su situación socioeconómica tienen que moverse en transporte público para ir a trabajar y tienen que pasar por aglomeraciones. Este tipo de eventualidades se obvian, pero uno esperaría que, eventualidades aparte, se tomen precauciones en medida de lo posible: si tengo que viajar en un vagón de metro congestionado, de menos me llevo mi cubrebocas.

    Incluso hemos visto eventos muy penosos y degradante como ataques y linchamientos a médicos por parte de personas que dicen no creer en el Covid-19. La gente también tiene la responsabilidad de informarse bien.

    Claro que todos quisiéramos salir sin cubrebocas, pero desde una postura racional es una incomodidad mucho menor portarlo que contagiarse o contagiar a otros de Covid-19. La verdad es que a mucha gente no le ha importado y algunos de ellos han tenido que pagar la lección de terrible manera (muchas veces con parientes que fallecieron producto de su irresponsabilidad).

    Conclusión

    Evidentemente, es imposible tarea medir cuantitativamente cuánto es responsabilidad del gobierno y cuánto de la sociedad, son demasiadas las variables en juego. Sí podemos, sin embargo, determinar por simple observación que ambos actores han puesto de su cosecha para que esto salga mal. Está claro que de ninguna manera la responsabilidad de un actor exime el de otro como si se tratara de una categorización binaria.

    Y para concluir, no podemos dejar de hacer notar que ni el gobierno ni la sociedad son dos entidades independientes que no interactúan. La forma de actuar del gobierno algo nos dice sobre la forma de ser de la sociedad. Los políticos no crecen sobre algún vacío cultural e idiosincrático. Por el contrario, el político no se puede terminar de explicar sin hacer referencia a la sociedad de la cual surgió y forma parte.

  • Lysenko Laboratories presenta:

    Lysenko Laboratories presenta:

    Lysenko Laboratories presenta:

    Después de más de seis meses, o bien, solo seis meses después, se acaba de anunciar la primera vacuna contra el Covid-19.

    Evidentemente, esto ocurre en un contexto donde existe una fuerte urgencia y presión (social, política y económica) de detener la pandemia a como dé lugar. La pandemia ha causado estragos económicos, ha afectado intereses políticos y ha creado problemas sociales.

    Dentro de esa presión también existen intereses geopolíticos. Las naciones saben muy bien que subirse a ese carro les puede traer muchos réditos, las farmacéuticas también lo saben. Estos intereses (político-económicos) están, en este contexto, alineados hasta cierto punto con los intereses de la gente. Tanto a las élites económicas, políticas, así como la sociedad en su conjunto les urge que haya una vacuna.

    Pero ello no quiere decir que dicha «alineación de intereses» sea perfecta, y Rusia es un caso.

    En la batalla geopolítica, Rusia dio un golpe mediático al anunciar la primera vacuna creada por el Instituto Galameya. No fueron ni los estadounidenses ni los chinos (como se sugería) quienes lo hicieron, sino los rusos. Hasta tuvieron el descaro de ponerle el nombre de Sputnik-V (en alusión al primer satélite lanzado por la URSS al espacio dentro de la carrera espacial que tuvieron con los EEUU).

    Pero luego vienen los problemas: si bien el propio Vladimir Putin asegura que la vacuna es eficaz y otorga inmunidad estable, lo cierto es que los rusos se saltaron los protocolos y el proceso de registro. Esta movida por parte de los rusos ha recibido críticas por parte de la OMS y parte de la comunidad científica.

    A diferencia de la guerra espacial que trajo muchos avances científicos, las prisas con el afán de figurar y dar golpes mediáticos pueden causar serios efectos adversos, sobre todo cuando dichas prisas provocan que se salten los protocolos y los métodos para garantizar la efectividad . Que Putin presuma que su hija ha tomado esa vacuna (ni siquiera hay forma de verificarlo, menos en un régimen autocrático) no prueba nada y no puede sustituir a los rigurosos métodos a los que se tienen que someter las vacunas y medicamentos antes de sacarlos al mercado.

    Los rusos podrán presumir que sacaron la primera vacuna, pero no necesariamente la más efectiva ni la mejor ni la más recomendable. Puede que en sentido estricto sí hayan sido los primeros, pero antes de darles cualquier aplauso hay que contextualizar y comprender que lo hicieron a costa de los rigurosos procesos necesarios para lanzar una vacuna eficaz y segura.

  • La Combi

    La Combi

    ¿Por qué un video del asalto frustrado en una Combi refleja tantas cosas de nuestra sociedad y organismos de justicia? ¿Qué conclusiones podemos sacar de lo que ocurrió ahí?

    Vivimos en una sociedad rota, en un orden social e institucional que es injusto.

    Pero no solo es injusto con los pobres, quienes no tienen acceso a herramientas para superar su condición, sino que lo es con la población en general porque no son pocas veces las cuales quienes han sido violentados o agredidos por el crimen ven que los organismos de justicia funcionen a su favor. La impunidad en el país es terriblemente alta: la mayoría de los crímenes no son castigados.

    Que un conjunto de pasajeros haya decidido agredir a su victimario (el asaltante) es prueba de ello, de la ausencia de las instituciones para hacer justicia.

    Esa reacción, por más «escabrosa» les pueda sonar a algunos, es normal: si un ser humano es atacado, agredido o su integridad es puesta en riesgo, y si se encuentra en una posición que pueda defenderse, no solo buscará neutralizar al enemigo, sino que, producto del coraje y la impotencia, reaccionará de forma virulenta.

    Evidentemente, este tipo de reacciones conllevan un riesgo y por eso la justicia institucional es necesaria. El castigo puede no ser proporcional al crimen. Quienes están pateando a los delincuentes, debido a que están envueltos en coraje, pueden llegar a provocar daños al delincuente (o incluso privarlo de su vida, sin que esa sea la intención explícita de los agredidos) que no padecería en caso de que los organismos de justicia aplicaran un castigo proporcional al crimen. También es posible que, producto de la misma virulencia y enojo, un conjunto de personas terminen agrediendo a una persona que es inocente.

    Pero los culpables no son ellos, los responsables de que esto suceda son las instituciones que no han logrado proteger a los ciudadanos. Al no haber un sistema de justicia que me proteja, tengo solo dos alternativas: o dejarme asaltar o navajear por el delincuente, o irme contra él y agredirlo. Evidentemente, no se me puede pedir que opte por la primera, y es cierto que en el caso de la segunda no es como que vaya a pensar en aplicar un castigo muy justo y medido, sino que me lanzaré contra mi agresor envuelto en un fuerte sentimiento de coraje y encono.

    Mucha gente vio con gusto este video. No sé si ello nos debiera preocupar o no, pero también es, en cierta medida, una reacción consecuente: muchas personas en México han sido asaltadas o temen que las asalten, que los delincuentes les hagan algo a ellos o a sus seres queridos. No son pocas las historias de secuestros, de personas que perdieron a sus padres o sus hijos producto de los delincuentes mismos.

    Por otro lado, es un terrible error romantizar la delincuencia. Hay voces que nos señalan que el ladrón lo es producto de un orden social injusto, poco equitativo o de una sociedad quebrada. Es cierto que condiciones así fomentan la delincuencia, y es cierto que ello hay que saberlo para diseñar mejores políticas para combatirla, pero ni el contexto ni la circunstancia puede eximir los actos en contra de una persona inocente. El delincuente tiene libre albedrío y no es un mero autómata como para pensar que su condición le obliga como por simple reflejo a actuar así.

    Es cierto también que muchos de los delincuentes no lo hacen por mera necesidad. La gran mayoría de ellos, aunque vienen de sociedades fracturadas, no roban para «llevar pan a su casa» (menos con un arma que cuyo costo tiene tres ceros cuando mínimo), sino para tener más recursos y comodidades a costa de los demás. Para la mayoría de los delincuentes, su actividad es una profesión y no un «instinto de supervivencia».

    El acto de delinquir debe ser igualmente reprobado sin importar si se trata de un empresario que desvió recursos o un chavo banda que asaltó a un grupo de personas con una navaja. Todos esos actos tienen un perjuicio para personas inocentes. ¿Por qué gente inocente tendría que pagar por el hecho de que el delincuente viva en «una situación difícil», si fuera el caso? ¿Por qué tendría que acceder a que me roben mi celular y me den de navajazos nada más porque el ladrón es «víctima de la desigualdad»?

    La respuesta ante todo esto es la necesidad de un Estado de derecho e instituciones fuertes y justas, que trabajen para todos y no solo para unos cuantos. Es imperativo también un orden social más meritocrático, donde quienes se encuentran en la base de la pirámide social tengan las herramientas para que mediante su esfuerzo y talento puedan aspirar a una mayor movilidad social. El problema del crimen debe ser atacado desde ambos flancos: 1) el preventivo, que debe sí, tener un enfoque social que busque fortalecer el tejido social al crear un orden más justo y 2) el correctivo, donde quien delinque reciba un castigo categórico, pero justo y proporcional a su crimen para evitar que vuelva a delinquir y sea realmente reincorporado a la sociedad después de haber cumplido su pena.

    Mientras eso no exista, la gente seguirá haciendo justicia por cuenta propia. Y es natural que suceda cuando no hay nadie que la proteja.

  • ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    ¿Es cierto que si emulo la trayectoria del éxito de tal o cual millonario o artista, me convertiré en uno? ¿Está todo en mí? Si lo deseo y trabajo duro ¿se me va a hacer?

    ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    Afuera hay muchas historias de éxito en libros, conferencias y demás. Pero las historias de fracaso no las conocemos porque realmente nadie va a escribir sobre cómo fracasó en su vida, y si lo hace, pocos lo van a escuchar.

    ¿Cuál es el problema con esto?

    Qué hay un evidente sesgo. Pensamos en que si emulamos las historias de éxito vamos a triunfar: hay toda una industria detrás de ello. Pero ahí en el fondo se esconden historias de aquellas personas que pusieron el mismo empeño que los exitosos y no lo lograron.

    La realidad, y que la «industria del éxito» nunca te va a decir es que éstas otras historias existen, que no hay receta segura, que el esfuerzo y talento son necesarios para salir adelante pero que el factor suerte juega un papel importante. No te lo va a decir la industria porque vende más decirle a la gente que tiene todo el control de su destino, y la verdad que no es así.

    Y esto es importante saberlo, no para desanimarse, por el contrario. El problema es que cuando se crea esa ilusión de «todo está en ti» entonces el fracaso se vuelve insoportable porque seguramente fue porque «no la hiciste», «no tuviste las tablas». Y la vida no funciona así: el contexto, la circunstancia (de la cual no tienes todo el control) e incluso la mera aleatoriedad son relevantes para que una cosa suceda o no.

    Basta con que el evaluador no se haya despertado de buen humor para que ello determine si te dan la beca o el trabajo o no. ¿Tuviste la culpa de ello?

    La vida es así, caprichosa, no es lineal ni binaria, es muy compleja y más impredecible de lo que creemos.

    Las historias de éxito repetidas son escasas, pero sí conocemos a muchos quienes supieron ser flexibles, que admitieron que no todo necesariamente se tiene que dar como uno exactamente quiere y que han logrado la dicha aunque hayan tenido que modificar un poco sus planes.

    Aquí, el estoicismo se convierte en una buena filosofía a la que podemos recurrir. Habrá que preocuparse por lo que está en nuestras manos. ¿Le pusiste todo el empeño? ¿Diste lo que pudiste dar? Si la respuesta es afirmativa, entonces no deberías culparte por tus fracasos, menos compararte con los demás.

    Claro, se puede aprender, se puede mejorar la estrategia, pero somos humanos imperfectos, la vida es muy compleja, muchas variables están en juego y tú no controlas todas. No te recrimines por lo que no puedes controlar.

  • ¿Son racionales los científicos y tecnócratas?

    ¿Son racionales los científicos y tecnócratas?

    ¿Son racionales los científicos y tecnócratas?

    Hay quienes argumentan que quienes están enfocados en la ciencia y la técnica son seres eminentemente racionales y que no están influidos por consideraciones ideológicas, o al menos así parecen considerarlos o considerarse algunas personas.

    Pero ello es rotundamente falso.

    Pensar que son seres con una racionalidad y objetividad privilegiada que no posee el resto implicaría que son esencialmente distintos de los otros seres humanos, lo cual simplemente no ocurre.

    El científico y el técnico, como todas las personas, llevan a cabo sus actividades movidos por emociones e incentivos producto de consideraciones ideológicas directas o indirectas (intereses personales y profesionales influidos, a su vez, de forma consciente e inconsciente, por un esquema ideológico). También varias actividades científicas pueden ser parte de una agenda ideológica o geopolítica (la carrera espacial es un gran ejemplo de ello).

    La ciencia simplemente no puede hacerse en un vacío ideológico, ya que la ideología le sirve al científico de guía para imaginar cómo el mundo debe ser, qué valores o principios defender. Sin ella, el ser humano sería un mero autómata que haría ciencia estéril sin objetivo alguno.

    ¿Por qué entonces la ciencia es más precisa que la mera opinión? No es porque quienes hagan ciencia sean más «racionales» y las emociones estén excluidas, sino porque sus actividades están sometidas al método científico, que si bien siempre es perfectible (como lo reconocen Bunge y Popper) ayuda a acotar las consideraciones ideológicas y reducir el efecto de los sesgos. El científico no solo debe apegarse a un metodología, sino que sus papers deben ser revisados por pares (gente que no necesariamente piensa igual que él) y sus teorías pueden ser refutadas por otros científicos a lo largo del tiempo.

    A lo más que puede aspirar el científico es a ser lo más riguroso posible apegándose de forma ética al método científico y a reconocer que tiene sesgos ideológicos, que ello es inevitable, ya que vive dentro de una sociedad estructurada por los paradigmas ideológicos vigentes y que, como todas las personas, defiende ciertos principios y posturas ideológicas. Aún así, es posible que los sesgos no se eliminen por completo.

    Dicho esto, la frase «ciencia, no ideología» se vuelve ociosa y, paradójicamente, es comúnmente utilizada como recurso retórico ideologizante. La pregunta correcta debería ser si el científico se ha apegado al método científico y no lo ha trasgredido para satisfacer sus fines ideológicos. Que un conservador, una feminista o un capitalista haga ciencia movido por su ideología no es algo malo en lo absoluto, en tanto haga ciencia de forma ética apegándose a sus estándares.

    Lo deseable es que personas con diferentes formas de pensamiento hagan ciencia. De hecho, muchos de descubrimientos científicos de los que ahora nos vemos beneficiados son producto de actividades científicas orientadas a fines ideológicos (fines militares o nacionalistas), incluso muchas de las tecnologías que ahora se utilizan en tu smartphone tuvieron inicialmente dicho propósito.

    Así como en la economía, podemos decir que en la ciencia, además de las acotaciones producto del método, hay una suerte de mano invisible donde varios científicos, afectados directa o indirectamente por consideraciones ideológicas o económicos, hacen ciencia, se contradicen, se refutan y se retroalimentan para llegar con el tiempo a consensos más sólidos.

    Es por esto que, a pesar de todas estas consideraciones, a pesar de que una teoría científica no implica necesariamente que sea la «verdad absoluta», la investigación científica debe tener más peso que la mera opinión y la ocurrencia, ya que ha pasado por más filtros (por más imperfectos que sean) y, por tanto, el procedimiento es más riguroso. Por eso importa más un medicamento que esté avalado por científicos a una solución casera que «le funcionó a mi tía».

    Y por todo esto es también absurdo pensar e incluso sugerir que deba ser prohibitivo tener motivaciones ideológicas (siempre y cuando se utilice el método científico de la forma correcta). También es cierto que la ciencia no puede responder a cabalidad todas las preguntas, como aquellas que tienen que ver con la ética, la moral y demás que corresponden a la filosofía.

    Para concluir, no es imposible que un «hecho científico» pueda estar muy afectado por consideraciones ideológicas y que los filtros no hayan sido suficientes para eliminar los sesgos ideológicos. Afortunadamente para la ciencia, ese hecho puede ser refutado de tal forma que se pueda llegar a un consenso más cercano a la realidad objetiva y última a la que a nuestra especie le es siempre complicado llegar.

  • Era tan grande que la tenía doble: Reflexión sobre la doble moral en tiempos de Internet

    Era tan grande que la tenía doble: Reflexión sobre la doble moral en tiempos de Internet

    Era tan grande que la tenía doble: Reflexión sobre la doble moral en tiempos de Internet

    Generalmente, se suele asociar la doble moral con el conservadurismo religioso, aunque últimamente también ocurre con los progresistas (como algún «aliado del feminismo» a quien se le descubrió un acto sumamente misógino o el simpatizante mexicano de Black Lives Matter que se refiere a la señora del aseo de forma despectiva).

    La doble moral no tiene ideología y se puede manifestar en cualquier corriente de pensamiento, aunque se vuelve más notable en aquellas corrientes que le demandan al individuo un fuerte compromiso con los ideales que las conforman (independientemente de las razones por las que se ha comprometido, si son legítimas o no). Ejemplos son los esquemas que tienen cierta carga de idealismo como varias causas progres así como los dogmas religiosos.

    Ya que dichos ideales tienen una mayor carga sobre el individuo, entonces se necesita más tesón y sacrificio para cumplirlos. Si las expectativas que recaen sobre la forma en que se deben manifestar dichos ideales (el deber ser) son muy altas, entonces más dificultades habrá para cumplirlas hasta un punto en el cual será prácticamente imposible hacerlo, más aún si dichos ideales implicaran confrontar los límites de la condición humana.

    Este conflicto, donde los ideales defendidos son más difíciles de cumplir de lo que parece, se acrecienta si el individuo vive en una sociedad donde dichos esquemas tal y como cree que deben de ser no están normalizados y donde el incentivo para romperlos es mayor, como cumplir cabalmente con el dogma religioso cuando la mayoría no lo hace o promoverse como un gran «aliado del feminismo» en una sociedad donde el machismo es común.

    Empeora la situación el hecho de que el individuo presuma esos ideales con ahínco e incluso se los exija a los demás (eso que ahora llaman virtue signaling, que aunque suena novedoso por su manifestación en las redes sociales, es algo que siempre ha existido). De hecho, es lo común ya que quien suele defender ciertos ideales se siente privilegiado (por ser conocedor de dichos ideales así como sus fines) y siente que tiene un deber moral en promoverlos. Pero no es lo mismo promoverlos que sostenerlos en la cotidianidad.

    Esta fricción y falta de correspondencia entre la promoción de los ideales que representan el deber ser (que, como tales, siempre tienen una carga moral) y la forma en que los adoptamos para nosotros en nuestra vida cotidiana y que representa el ser, es lo que conocemos como doble moral.

    No tiene nada de malo defender ideales, terrible sería recomendar a mis lectores el nihilismo para evitar cualquier posibilidad de conflicto. Para evitar la doble moral se necesita autoconocimiento y una reflexión profunda de sí mismo: el individuo debe reconocerse como un ser imperfecto que puede fallar y que, antes de recriminar el comportamiento de los demás, debería asegurarse ser congruente entre lo que dice y hace.

    Llevar los ideales a la práctica es tal vez lo más complicado, porque requiere más esfuerzo y autocrítica que el acto de presumir tener ciertos ideales y señalar a los demás a partir de ellos.

    En el corto plazo hay más incentivos sociales para presumir defender tales ideales que para llevarlos a cabo y que explican en parte la manifestación de la doble moral. Si bien, todos podemos a llegar a caer en ella, quien cae una y otra vez en cuestiones de doble moral termina, en un momento u otro, exhibido como un estafador y con su honor en serio entredicho.