Acabo de terminar de ver el documental sobre el PRI de Denisse Maerker que está publicada en VIX. ¿Es buena? Sí ¿La recomiendo? Sí. Pero tampoco te esperes una obra maestra. A pesar de ser interesante, creo que el documental tiene algunos problemas y en algunos aspectos se queda corta.
La serie PRI: Crónica del fin resulta interesante no tanto por lo novedoso de su contenido, sino porque ofrece la oportunidad de escuchar a varios protagonistas (sobre todo del viejo partido, algunos con trayectorias turbias) reflexionando sobre su propio declive. No es una joya del género documental, pero cumple con su propósito: narrar la caída de un régimen que durante décadas marcó la vida política del país.
Para quienes disfrutamos de la historia y la política mexicana, mucho de lo que ahí se cuenta es ya conocido. Sin embargo, la serie revela matices que llaman la atención, como el resentimiento que algunos priístas todavía sienten hacia Ernesto Zedillo, a quien acusan de haber detestado a su propio partido. Aunque parciales por razones muy lógicas y seguramente sin revelar todo lo que saben, es interesante escuchar cómo los propios priístas vivieron el declive de su partido y como se esfuerzan (muchas veces sin éxito) en hacer una suerte de autocrítica.
También es valioso asomarse a los conflictos internos entre los dos grandes bloques del PRI que fueron fundamentales en la ruptura de este partido: los tecnócratas y los revolucionarios o estatistas. Esa fractura explica en buena medida la posterior consolidación de la izquierda como oposición desde la escisión de los «revolucionarios» de la mano de Cuauhtémoc Cárdenas y la posterior absorción de los cuadros por parte del régimen de López Obrador, el cual, paradójicamente, al llegar al poder terminó heredando varias de las viejas prácticas priístas que hoy siguen vigentes.
El último capítulo me parece el más sólido, pues aborda con claridad la candidatura y el gobierno de Peña Nieto, al cual se muestra como un personaje que trajo un paquete de propuestas ambiciosas (Pacto por México) pero que tuvo varios desaciertos políticos (producto, mencionan los testigos, de su inexperiencia) así como escándalos que terminaron descarrilando su presidencia para, desde ahí, trazar la línea directa hacia el estado actual del PRI: un partido disminuido, sin proyecto ni liderazgo, cuyo resurgimiento luce cada vez más improbable.
Aunque como dijo el Jefe Diego cuando Denisse le preguntó si el PRI estaba muerto: el PRI se quitó la chaqueta tricolor para ponerse la moradita.
En ese cierre radica, quizás, la mayor virtud de la serie porque deja ver que el colapso es contundente y, como dijera Juan Villoro parafraseando a Marx en el El 18 de brumario de Luis Bonaparte, repitieron su historia primero como tragedia y luego como farsa. Las reflexiones finales del Jefe Diego y Marcelo Ebrard son contundentes.
Sin embargo, el documental queda lejos de ser exhaustivo y por momentos se queda corto. Elude, por ejemplo, la relación simbiótica entre el PRI y los medios de comunicación, particularmente Televisa, y que se repitiera en la campaña de Enrique Peña Nieto. No es un detalle menor, y menos aún cuando la serie es producida y difundida precisamente por esa empresa. Esto es algo paradójico, ya que uno de los puntos fuertes de la serie es el acceso al acervo histórico que tiene Televisa que nos permitió ver varias escenas que no habíamos visto, al menos en Internet u otro tipo de documentales.
Tampoco se profundiza del todo en episodios cruciales como el asesinato de Colosio, el de Ruiz Massieu, la devaluación de 1994 o la represión del 68, que aparece apenas mencionada de forma superficial y que fue muy importante ya que este evento fue, a mi parecer, una de las primeras fisuras que comenzaron a aparecer en el priismo. Creo que los documentales de Enrique Krauze sobre los presidentes que fueron transmitidos ya hace tiempo (y que pueden encontrarse en YouTube) hacen una mejor cobertura de estos temas.
Entiendo que la intención era concentrarse en la erosión del partido, pero un contexto más amplio habría fortalecido la narrativa, sobre todo para aquellos que no conocen tanto de su historia. Un capítulo adicional para situar los orígenes del PRI, y explorar esos episodios clave habría hecho la diferencia, especialmente para las nuevas generaciones que se acercan por primera vez a esta historia.
En suma, PRI: Crónica del fin es una serie recomendable que pasa la prueba, pero limitada como para convertirse en «el documental» que nos transitara de las épocas «gloriosas» del PRI al ocaso de un partido que moldeó al México moderno y que hoy parece condenado a ser apenas una sombra de sí mismo.
Creo que la polarización creciente que se vive en Estados Unidos, y en buena medida en Occidente, terminará muy mal.
Los cimientos de la democracia están tambaleando. La democracia no es solo ir a votar; es también un consenso tácito: el acuerdo de que nuestras diferencias no se resolverán mediante la violencia. Y ese consenso se está rompiendo.
Desde 2016, con la llegada de Donald Trump al poder y la aparición de sectores fascistoides en la derecha —como la Alt-Right— junto con una izquierda iliberal, poco dispuesta a debatir y más inclinada a cancelar, algunos comenzaron a advertir sobre el peligro de la polarización. Ocho años después, no solo sigue ahí: se ha agravado, y no parece haber un freno.
Pero esta fractura no nació con Trump, ni con la derecha iliberal, ni con lo que algunos llaman la “izquierda woke”. Todo eso son apenas síntomas de un proceso mucho más largo, una polarización que lleva gestándose décadas y que hoy amenaza con arrastrarnos a un escenario muy oscuro.
La explicación de Ezra Klein
En Why We’re Polarized, Ezra Klein sostiene que la polarización es el resultado acumulativo de múltiples factores. Uno de los más relevantes es la transformación ideológica de los partidos: desde los años sesenta, demócratas y republicanos comenzaron a distanciarse hasta el punto en que las familias de congresistas de diferentes partidos, que antes podían convivir sin problema, hoy casi no se relacionan.
A eso se sumó la irrupción de la televisión por cable, que segmentó a las audiencias con noticieros diseñados para reforzar identidades políticas. Así se construyeron burbujas ideológicas en las que la gente se acostumbró a escuchar solo lo que confirmaba lo que ya pensaba.
Las redes sociales aceleraron aún más este proceso, aunque de una forma más compleja de lo que se suponía con la idea de “cámaras de eco”. Lo cierto es que transformaron por completo la manera en que nos informamos, debatimos y compartimos. Nos arrojaron a un entorno comunicativo para el cual todavía no sabemos adaptarnos.
El asesinato de Charlie Kirk
El cobarde asesinato de Charlie Kirk es otro síntoma de esta dinámica: una polarización que se retroalimenta, donde los discursos de odio se intensifican, las facciones se detestan cada vez más y los puentes de comunicación están rotos.
Personalmente, mucho de lo que decía Kirk me parecía aberrante: solía estigmatizar a migrantes y a personas con otra orientación o identidad sexual. Aun así, considero que Ezra Klein (progresista) tiene un punto en algo que escribió en The New York Times: más allá de lo que pensáramos de sus ideas, Kirk hacía política de la forma correcta en un sentido dinámico. Iba a universidades y debatía con quienes quisieran enfrentarlo, generando un intercambio de ideas. Paradójico, sí: alguien con posturas intolerantes que, al mismo tiempo, estaba dispuesto a confrontarlas en público.
Aunque hoy no conocemos al asesino ni sus motivaciones, es altamente probable que discrepaba con las ideas de Kirk. Si él era ultraconservador, lo lógico es pensar que quien lo mató provenía de la izquierda. Y si ese fue el caso, no sería más que otro ejemplo de cómo la violencia política engendra más violencia política.
Redes sociales y discursos de odio
Twitter mostró enseguida el efecto. Muchos aprovecharon para declarar que “la izquierda es asesina” o que “esto es una guerra contra la izquierda”. La narrativa de “nosotros los buenos, ellos los malos”.
Pero la realidad es que ambos extremos han contribuido a este clima. También hemos visto violencia de la derecha: el asesinato de la congresista demócrata Melissa Hortman o el intento de secuestro de Nancy Pelosi, que Trump no condenó sino que ridiculizó.
Afirmar que “la izquierda” o “la derecha” es asesina es una generalización absurda, pero es un discurso útil para estigmatizar al adversario. Y es justo esa banalización la que acelera la polarización: que desde la izquierda se tache de “fascista” a cualquiera con ideas diferentes, o que desde la derecha se lancen eslóganes como “zurdos de mierda”, alentando incluso a romper vínculos familiares con quien piense distinto, como promueve Agustín Laje.
El dilema moral
Entiendo que haya personas incapaces de empatizar con Kirk (quien detestaba la idea de la empatía), sobre todo quienes se sintieron directamente afectados por sus dichos. Sin embargo, cualquiera con un mínimo de sensatez debería condenar lo ocurrido y rechazar la violencia contra cualquier persona.
Es cierto que la mayoría de los opositores a Trump y a las ideas de Kirk condenaron el asesinato, pero también hubo quienes dijeron que “se lo merecía” o incluso lo celebraron. Ese es el nivel de degradación moral al que hemos llegado.
¿Se puede frenar?
Esta violencia política, al tiempo que posiblemente desencadene en más violencia política, seguramente también ocasionará que tanto la derecha como la izquierda que quieran expresar algo (esta por medio a represalias) se terminen autocensurando cada vez más temiendo que algo similar pueda pasar. A raíz de lo que ocurrió, Comedy Central decidió remover la parodia que South Park hizo de Charlie Kirk producto de activistas de MAGA que, enojados, comenzaron a culpar a la serie de lo ocurrido y tanto los demócratas Gavin Newsom, Alexandra Ocasio-Cortez como el derechista Ben Shapiro, decidieron, por la misma razón, posponer o cancelar sus próximos eventos públicos.
¿Cómo detener este clima de odio? No lo sé. Como dije al principio, no soy optimista. Creo que esto terminará en un escenario doloroso y que solo cuando toquemos fondo podremos reflexionar y construir un nuevo consenso. La polarización, el desgaste de la democracia liberal y así como los cambios geopolíticos no muestran un futuro prometedor.
Me gustaría que pudiéramos promover un espacio donde las ideas se enfrenten sin miedo, donde el debate y la confrontación civilizada sean posibles. Pero quizá ya hemos entrado en un punto de no retorno. Y si un hecho tan lamentable como este sirve de pretexto para odiar más en lugar de reflexionar, entonces el panorama es aún más sombrío de lo que imaginamos.
En este artículo no me voy a centrar en la carrera futbolística del Chicharito, sino más bien en el fenómeno social en torno a sus videos y declaraciones que tanta polémica han causado en estas redes.
Soy consciente de que lo que escriba aquí no va a ser del agrado de todas las personas que lean este texto, y en realidad no importa, porque este espacio es para dar mi opinión y generar debate, no para quedar bien.
Así empezó la cosa. En mi TikTok apareció ese video donde el Chicharito está dentro de un carro en el cual decía:
Entonces, quieres a un hombre proveedor, pero para ti limpiar es opresión patriarcal. ¡Interesante!
Aunque sabía que ese contenido iba a generar polémica y, a pesar de su superficialidad (el Chicharito no es un intelectual ni mucho menos), pensé: igual tiene un punto.
A ver, es que en una relación o familia funcional los dos deben poner de su parte para sacar el barco a flote. Si esperas que el marido sea el que trabaje y te mantenga ¿qué vas a hacer tú en tu familia? Quien no trabaja se ocupa del hogar. Y lo mismo iría en el caso en que una mujer mantenga al marido (caso poco común en nuestro país, pero que sería lo consecuente en caso de que ocurra).
Pensé. Tal vez no lo expresó de la mejor forma pero, ta bien. No pasa nada.
Pero luego vino ese segundo video en el cual básicamente acusa a las mujeres de erradicar la masculinidad y dice que deben dejar liderarse por un hombre y sostener el hogar. Habla de energías masculinas y femeninas (lo cual es una construcción simbólica pero que no tiene ningún sustento científico ya que no son medibles ni verificables)
Es fácil advertir que, aunque el Chicharito lo diga en tono amable, el comentario es profundamente misógino. Básicamente le dice a la mujer que su papel está en el hogar. Este segundo video, a su vez, le da más contexto al primero al cual no le había dado mucha importancia.
Es importante hacer aquí una importante acotación. Si una mujer y un hombre deciden formar una pareja tradicional, es decir, que el hombre sea proveedor y la mujer se encargue del hogar, ello es completamente válido y respetable en tanto lo hagan desde su libertad de decisión.
No es lo mismo el respeto a quienes desean ese modelo de relación a indicar a una mujer que ese modelo de relación es el que debe de seguir. La postura de respeto, valga la redundancia, respeta la libertad de las personas a decidir qué camino quieren tomar. Decirle a una mujer que debe quedarse en el hogar es una forma de no reconocer la libertad que las mujeres tienen para elegir otra forma de relación o seguir una carrera profesional.
Y claro, en un contexto donde las mujeres han buscado ganar espacios y relevancia en el ethos social, este tipo de comentarios va a parecer a muchas personas muy insensible u ofensivo.
Podemos darle vueltas al asunto y tratar de entender por qué el Chicharito dijo lo que dijo. Que si su coach de vida Diego Dreyfus le lavó el cerebro, que si está frustrado porque está al borde del retiro y su nivel en la cancha es muy malo, que si pudiera ser que Chicharito tiene algún problema con el otro sexo, que si es tal o cual cosa.
Lo cierto es que no son pocas las personas en México que piensan como el Chicharito y eso es lo relevante. El quid del asunto es que el Chicharito es una persona muy famosa. Es uno de los tres futbolistas más importantes de la historia del país. Su discurso resuena en un sector de la población que por el efecto halo (en este caso, asumir que si una persona es virtuosa en un ámbito, debe serlo en los otros).
¿Derecho a decir lo que se dice?
El asunto de la libertad de expresión aquí se vuelve relevante. Yo soy una persona convencida del derecho de expresarse, incluso para decir sandeces como las que dijo el Chicharito, pero la libertad de expresión tiene consecuencias que deben asumirse, porque si la gente está en profundo desacuerdo con lo que dijo el Chicharito, entonces ellos tienen la libertad de recriminarlo y criticarlo fuertemente. Si yo voy a una Iglesia y, después de leer una de las lecturas, digo que Dios no existe y que todos están engañados, no estoy cometiendo delito alguno, pero es evidente que la reacción de quienes están en el recinto va a ser de profunda desaprobación.
Para que en una sociedad pueda existir una sana convivencia, es importante que existan reglas no escritas.
Y me parece absolutamente positivo (aunque algunos quieran calificarlo como censura) que la gente desapruebe expresiones como las del Chicharito, las cuales van en contra de la libertad de la mujer a decidir qué hacer con su vida para que, de esta forma, se concientice a la sociedad sobre ciertas ideas que pueden afectar la libertad de otros. Está muy bien que sea mal visto, como es mal visto hablar en favor de la esclavitud. Criticar y desaprobar lo que otra persona dice, en tanto no se le ejerza coerción efectiva, no es censura. También es, curiosamente, libertad de expresión.
Pero yo no creo que estas expresiones deban combatirse con la censura. Solo debe ser censurable aquello que, cuando se dice, puede poner en riesgo la integridad directa de otras personas. Por ejemplo, convocar a agredir a personas por su credo, color de piel o identidad sexual, etcétera.
En cierta medida no es del todo malo que este tipo de opiniones se lleguen a escuchar en tanto sigan siendo parte de las idiosincrasias de la gente, porque reconociendo su existencia se puede comprender que ese tipo de pensamientos están ahí y ser conscientes de que hay gente que sigue pensando así. Lo importante no es tanto que se diga menos que «las mujeres deben quedarse en el hogar» sino que menos gente realmente lo piense, y concientizar sobre ello es lo más importante. Para eso, hay que tomar el toro por los cuernos y profundizar sobre el fenómeno en cuestión.
Dada mi postura adversa hacia la censura, pienso que ni el gobierno ni la FMF deberían castigar al Chicharito por aquello que dijo (como, en efecto, sí hizo la Federación), pero sí están en su derecho de mostrar su posicionamiento ante los dichos del futbolista (como también ocurrió) y también es cierto que, de acuerdo con sus intereses comerciales, las empresas que patrocinaban a este jugador son libres de dejar de patrocinarlo (como ocurrió con la marca Puma).
Los actos de censura suelen empoderar a aquellas personas que tienen tales ideas para victimizarse y legitimar aquello que dicen. Además, las políticas que buscan regular la conducta, por más bien intencionadas sean, suelen ser muy contraproducentes. Las políticas de violencia de género en México han sido poco utilizadas para defender realmente a las mujeres de actos de misoginia y sí han servido mucho como mecanismo de persecución política de opositores, como acaba de ocurrir con el escándalo de Dato Protegido.
Dese cuenta, mi compa
Estas expresiones lamentables del Chicharito se dan en un contexto donde, como respuesta de la liberación de la mujer, muchos hombres sienten incertidumbre sobre cuál es su rol y se sienten amenazados.
Los cambios sociales, por más buenos y necesarios que sean (como estos) siempre traen efectos colaterales que hay que abordar porque si estos efectos generan la suficiente masa crítica pueden llegar a boicotear estos avances y mover la «ventana de Overton» para que la idea de la mujer más sumisa se vuelva a normalizar. Esta transición a la equidad es relativamente fácil para los hombres que son conscientes de que la equidad de género es algo justo y valioso y están empapados del tema. No lo es para muchos otros que no saben cómo adaptarse ante dichos cambios y que, vale decir, han quedado desatendidos.
Y ante esta desatención aparecen figuras como Andrew Tate, El Temach y demás gurús de la «masculinidad» que, para llenar ese vacío, proponen una suerte de retorno a lo pasado, a lo conocido, al rol del hombre proveedor que lidera a la mujer.
Tampoco es casualidad alguna que en muchos países se esté expresando un political divide donde las mujeres tienden a un voto más progresista y los hombres a un voto más conservador. En teoría, con el tiempo esta fricción debería comenzar a ceder, pero por el momento parece no hacerlo.
Y tal vez acá es donde nos deberían llevar los dichos del Chicharito. Mucha gente lo festeja, lo ve como un «buen madrazo a los progres», algunos hasta gritan «hombres, hombres», lo ven como una reivindicación del hombre, sobre todo de aquél hombre que se siente abandonado porque no sabe cómo adaptarse a estos cambios y que ha acumulado una cantidad de resentimiento que no duda expresar en las redes sociales.
En este contexto, la censura solo termina fortaleciendo este encono y dando legitimidad a su postura: por eso se vuelve contraproducente. Cuando no hay debate o intercambio de información que les ayude a contrastar sus posturas y, en cambio, existe un creciente sentimiento de persecución, la gente comienza a tomar posturas más duras y determinantes.
A pesar de que la vida del Chicharito ha venido en picada en los últimos años y que su comportamiento ha cambiado (para mal) en ese tiempo, no creo que sea una mala persona más allá de prejuicios que pueda tener. También es cierto que, cuando eres una persona con gran relevancia, lo que dices resuena mucho y eres responsable de aquello que dices. Si yo digo una sandez en Twitter tal vez me lleguen diez personas a criticar y hasta lo ignore, pero si lo hace el Chicharito, hasta los medios se le van a ir encima y él debe de ser consciente de eso.
Tal vez hablar de un video polémico del Chicharito en un país sumido en una deriva autoritaria y donde muchas mujeres son violadas y asesinadas pueda parecer algo trivial, pero me parecía importante hacerlo y expresar mis reflexiones por lo que esto deja entrever.
En el tercer capítulo de la temporada 2 de El Juego del Calamar, después de que en el primer juego los participantes que perdieron fueran asesinados, se les da a los participantes restantes la opción de retirarse con 24 millones de wones (poco más de 300,000 pesos mexicanos).
Para ello, la mayoría debe votar por salirse del juego, o bien, seguir jugando con el riesgo de ser aniquilados. Si se retiran, saldrán con una cantidad de dinero que tal vez no sea suficiente para arreglar las miserables vidas que tienen allá afuera. O pueden quedarse a arriesgar sus vidas con la promesa de que irán acumulando más dinero conforme se vayan eliminando.
Aunque a la mayoría se les da la «libertad» de votar, el orden de incentivos preestablecido garantizaría que el juego llegue a su final ya que los incentivos para quedarse para una mayoría son mayores a los que tienen para irse. Los organizadores no tienen ningún incentivo para que los jugadores salgan antes ya que por más personas cuenten lo vivido en el mundo real irán levantando más sospechas en las autoridades y la población. (Como no he terminado la serie, supondré que este resultado se cumple)
El arreglo de incentivos que han establecido los organizadores es una trampa. La decisión de quedarse para los participantes es irracional dado que están haciendo un cálculo basado en el corto plazo ignorando lo que puede ocurrir en el largo.
Los jugadores, a diferencia de los organizadores, no tienen la capacidad de prever qué ocurrirá en ocasiones posteriores porque no tienen la experiencia al respecto que los organizadores (y el jugador 456 quien, al parecer, no tiene mucha capacidad de convocatoria) tienen. Es decir, existe una asimetría de información al respecto que los organizadores aprovechan en perjuicio de los participantes a quienes afirman una y otra vez que tienen capacidad de decidir.
Muchos de ellos asumen que la mayoría en una siguiente ocasión decidirá retirarse, pero el orden de incentivos se mantiene dado que el monto prometido a ganar es cada vez mayor. En cada juego, la probabilidad de sobrevivir es mayor a la probabilidad de morir, no así al sumar los resultados de todos los juegos en conjunto.
La pregunta en cuestión aquí es: ¿Podemos afirmar que una persona está votando en libertad en tanto que los organizadores ya han establecido cierto arreglo de incentivos que les garantiza que ocurra el resultado que les interesa?
¿Qué tan libres somos cuando vamos a votar? Por lo general, los políticos establecen un sistema de incentivos para orientar nuestro voto de tal o cual forma. ¿Cómo medimos esa libertad?
Supondría que, por más impredecible sea el resultado para el poder político, el ciudadano votaría más libremente ¿no? Es decir, en ciudadano vota de forma libre en tanto el poder político no puede asegurar que el resultado que desea vaya a ocurrir.
Sin embargo, también es cierto que el resultado una elección puede ser muy predecible para el poder político dado que la gente está genuinamente contenta con su forma de gobernar sin necesidad de que el gobierno en turno haga un gran esfuerzo propagandístico.
O tal vez podríamos medir esa libertad en la capacidad de maniobra que tiene el poder político para orientar el voto de alguna u otra manera y que habría ocurrido de forma distinta si no existiese asimetría de información y los votantes no fueran sugestionados deliberadamente por el poder político. En el caso del Juego del Calamar, esa capacidad de maniobra es absoluta, saben que la receta funciona y si la repiten una y otra vez el resultado será el mismo.
En el caso de las democracias funcionales, la capacidad de maniobra no es nunca absoluta pero existe de tal forma que el resultado podría ser diferente si los políticos pueden echar mano de la propaganda y los recursos que tienen a la mano. En las democracias disfuncionales, donde los gobiernos utilizan más recursos públicos y programas sociales, la capacidad de maniobra, sin ser absoluta, es mayor de tal grado que decimos que la elección fue, cuando menos, inequitativa. Conforme el gobierno es más autoritario, como ocurre con la Rusia de Putin, la capacidad de maniobra es casi absoluta y, aunque la gente va a votar sin que alguien le ponga una pistola en la cabeza, el poder ya sabe cuál va a ser el resultado sin que, en muchas ocasiones, haya necesidad de orquestar un fraude en las urnas.
Dado que los políticos siempre tienen incentivos para orientar el voto a su favor, y dado que de ello resulta que harán todo lo posible por lograrlo, ¿qué tanta libertad real dejarán a los votantes con el uso de nuevas tecnologías predictivas como la Inteligencia Artificial y demás tecnologías?
Esa es una gran cuestión, porque una democracia debería presuponer elecciones libres. En la práctica, esa libertad nunca es completamente absoluta dado que siempre habrá gente que hubiese votado de otra forma si hubiera tenido información completa para decidir o no hubiese sido sugestionada, pero sí podemos decir que en las democracias más funcionales existe una relativa libertad. Sin embargo, en tanto el poder político logra aprender a maniobrar y orientar de mejor forma la intención de voto, sin que eso signifique necesariamente el uso de coerción, podremos decir que el votante estaría perdiendo cierta libertad de elegir, aunque sienta o crea que es libre.
En México conocemos a España como la Madre Patria. De esa región (aunque no existía España como Estado-nación en esos tiempos) llegó Hernán Cortés a conquistar y, de alguna forma, colonizar nuestro país.
La Nueva España existió hasta que se consumó su independencia en 1821 y a partir de ahí un nuevo país independiente comenzó a trazar su historia. Hoy, España es un país relativamente desarrollado dentro de la Unión Europea con una buena calidad de vida y una sociedad igualitaria mientras que México es un país en «vías de desarrollo» donde los grandes rascacielos de corporativos (de los cuales, en general, México tiene más y más altos) y los centros comerciales conviven con la pobreza más extremas, la violencia y los caminos sin terminar.
Pero para entender a un país hay que conocer al otro, hay que ponerlo en contraste, y qué mejor que hacerlo con su Madre Patria, de donde heredó gran parte de su cultura. Por eso es que he decidido escribir este artículo estando en España, después de 5 días de pasearme en Madrid y Barcelona, recorrer sus calles y platicar con amigos que están residiendo en este país.
Aclaro que, para este caso, el contraste aplica más para las principales ciudades de ambos países que son con las que he tenido contacto y que es mi experiencia después de pasar varios días en este país, y que como no resido ahí seguramente habrá muchísimos detalles y características de la sociedad española de los que no he reparado.
Estar aquí ha sido para mí me ha generado alguna suerte de conflicto porque la realidad española (que no es perfecta ni mucho menos) me parece que acentúa problemáticas y carencias de nuestro país a las que, por la cotidianidad, ya estaba acostumbrado y tal vez hasta normalizado. Muchas de ellas se pueden explicar, al menos parcialmente, por el rezago económico, pero otras son de carácter cultural y son productos de muchos procesos históricos propios de la colonia y el sistema de castas que se creó en nuestra región.
No cabe duda, para empezar, lo evidentes que son los lazos culturales que México tiene con España, sobre todo si de Madrid hablamos, ciudad que tuvo un mayor influjo en el terreno estructural (político, religioso), aunque ciertamente Barcelona sí llegó a tener cierta influencia sobre México pero ya más bien después de la Independencia y gracias a los intercambios culturales, arquitectónicos y artísticos. Basta por pasear por estas dos ciudades para comprender de donde viene gran parte de la arquitectura levantada en nuestros centros históricos.
Pero aún así, si bien existen muchas similitudes entre ambos países, existen muchas diferencias. Es evidente que la arquitectura colonial mama de la española y pasearte por el centro de Madrid, por el Barrio de las Letras o por el Paseo Gótico de Barcelona hace que te acuerdes más de una vez de México, de sus centros históricos o ciudades como Guanajuato y Zacatecas. Las diferencias, sin embargo, se comienzan a ver ahí mismo porque en España los edificios están mejor cuidados y mantenidos. Los centros históricos en México fueron progresivamente deshabitados mientras que en España vivir ahí puede llegar a ser prohibitivo por la alta demanda. En México al centro histórico se le relaciona con los sectores populares o el comercio informal. En España es irrelevante porque su sociedad casi no está estratificada y las clases sociales son poco notorias.
Y hablando de clases sociales ahí se nos presenta algo que a veces queda inadvertido en la cotidianidad pero que se vuelve grosero y grotesco al hacer el contraste. México es un país muy clasista. Por lo general, la identidad del mexicano está ligado a su clase social. Importa mucho donde vive, qué estudió, en qué trabaja, cuánto gana y qué carro tiene. Esos elementos son una señal muy presente en las relaciones interpersonales y dichos elementos ayudan a clasificar a los individuos en distintos sectores. En España eso es mucho menos notable. Acá es más difícil saber a qué clase social pertenece cada persona y la gente está menos al tanto de eso. A veces para ellos pueden llegar a ser algo insultantes esas distinciones. Los barrios acá son más parecidos, tienden a contrastar menos unos de los otros.
Para el mexicano el dinero como símbolo de status es muy importante, sobre todo en las clases medias y altas. Para el español no lo es tanto. No es que el dinero no le importe, claro que le importa, pero lo ve como más como un medio para el buen vivir que como una señal de status. Pasa algo igual con el vestido, no es que la vestimenta como señal de status social no exista en España, pero ocurre de forma más discreta y menos relevante. En México el vestir, el usar tal o cual marca busca simbolizar el status social de un individuo mientras que en España uno a veces puede vestir bien más por gusto que por ostentación. En nuestro país las mujeres utilizan más maquillaje que en la Madre Patria, donde o no lo usan o lo usan de forma discreta. Naturalmente, todos estos patrones de comportamiento son producto de una sociedad estratificada producto de un entramado de procesos históricos distintos a los de España.
La sociedad en España es más igualitaria no solo por el sistema económico, que sigue siendo un sistema capitalista (claro, con un sistema de seguridad social más robusto) sino por diversos patrones culturales que la configuran como tal. Vivir bien en España puede ser más importante que tener la urgencia de subir o mantener la posición social (lo cual genera presión en la psique del mexicano). Esa presión no necesariamente se traduce en una sociedad económicamente más productiva y es posible que ésta inhiba a los individuos de tomar decisiones acertadas a largo plazo. No es gratuito que los gurús del emprendimiento y diversos coaches tengan mucho más jale en nuestro país. No se trata necesariamente de ascender o ganar más, sino de la urgencia de hacerlo: aparentar, endeudarse para comprar el nuevo carro para apantallar a las personas del sexo opuesto o hasta corromperse para ese fin. México ciertamente mama de la cultura competitiva de Estados Unidos, pero nuestro vecino del norte, a pesar de tener una sociedad más desigual que la de sus pares desarrollados, es una sociedad mucho menos estratificada que la nuestra.
España presume de un gran sistema de transporte público. En sus principales ciudades, el peatón es importante. Las ciudades están muy bien conectadas, tanto por dentro como por fuera. Barcelona, que tiene poco más de la mitad de tamaño que Guadalajara, tiene 12 líneas de metro mientras que Guadalajara tiene 3 y apenas está construyendo su cuarta. La ciudad de Madrid (como ciudad) tiene poco más de 3 millones de habitantes mientras que la CDMX tiene 9 millones. Madrid tiene una línea más de metro que la CDMX. Regresando al tema del clasismo, es notable la diferencia de clase social entre quienes usan automóvil y el transporte público. En España, esto es mucho menos notorio si es que se llega a notar.
Ciudades como Madrid y Barcelona son perfectamente caminables de cabo a rabo, lo cual no ocurre en CDMX o Guadalajara y mucho menos Monterrey donde las zonas «caminables» se concentran en zonas específicas de la ciudad, ciertas colonias o barrios, sobre todo aquellos que tienen vida. Las banquetas en España son amigables y no son muy estrechas. Suelen estar bien cuidadas y siempre están adaptadas para personas con discapacidad. Los automovilistas tienden a respetar el paso al peatón y nunca «avientan el automóvil». Los peatones, de la misma forma, nunca se «atraviesan a la brava», a veces pueden cruzar la calle en semáforo rojo pero solo lo hacen cuando se han cerciorado de que no viene ningún automóvil cerca (porque para eso todos los cruces tienen semáforos peatonales)
La diferencia del respeto hacia la mujer también es drástico. No es que la situación no sea perfecta y no existan problemas que se puedan catalogar como violencia de género, pero me llamó la atención que a las 6 de la mañana mujeres de buen ver pudieran caminar en las calles sin preocupación alguna. En los 6 días que estuve en la ciudad nunca escuché ningún piropo indeseado o una mirada lasciva, lo cual es muy común en México (e incluso pueden llegar a verse en ciudades de Estados Unidos).
Y hablando de género, los roles entre el hombre y la mujer son más tenues que en México, e incluso se ve en el trato que se dan en la calle. En España es común ver a hombres paseando a su bebé en la carriola y, de la misma forma, más de una vez me tocó ver a un hombre cambiar el pañal del bebé en el baño porque sí, el baño de hombres suele también estar habilitado para esas tareas.
De la misma forma, es de notar que España es una sociedad muy liberal. Se nota que la gente con distintas orientaciones o preferencias sexuales se mezclan con la gente sin ningún problema o sin ser juzgados, a diferencia de México donde, si bien se han integrado más con el tiempo, todavía llaman la atención en algunas personas. Así mismo, no es poco común escuchar a los españoles hablando de temas que no serían tan bien vistos en México, como una pareja hablando en la calle de su relación sexual (cosa que escuché más de una vez) e incluso es normal que en la publicidad exterior pueda aparecer un busto de mujer al descubierto (lo cual generaría indignación en el país). La relación de la gente española con el sexo es muy peculiar.
Otra cuestión, a la cual no se le puede juzgar como más buena o más mala, pero que yo prefiero en el caso de España, es que acá la gente es más directa y franca. La gente dice lo que piensa y no se la piensa tanto si aquello que va a decir va a «herir susceptibilidades» y ya sabes qué esperarte de las personas con las que estás conviviendo.
A muchos mexicanos que vienen no les agrada del todo el servicio al cliente en los restaurantes porque a veces puede ser más frío o seco por el hecho de que, al no haber una cultura de propinas, no tienen incentivos para ser «muy» amables con el comenzal. A mi parecer, esto no me parece un problema, y de hecho no pocos meseros fueron amables conmigo, y eso se agradece porque dicha amabilidad la percibí más franca, meseros que platicaban contigo sin ningún interés detrás. Cabe decir que no me gusta la cultura de las propinas (sobre todo en México) porque pienso que, de alguna forma, degrada el trabajo de los propios meseros y eso da excusas para que sus empleados les paguen mal y poco. Yo preferiría que la comida fuera un poco más cara y que esa diferencia de precio sea compensada por la ausencia de propinas.
Todo esto no implica que los españoles no tengan problemas, algunos propios y otros que comparten con nosotros. No todo es miel sobre hojuelas. Acá también existe polarización política, problemas con la migración (migrantes que llegan al país y se encuentran con un escenario muy complicado para sobrevivir), índices de desempleo mayores a los de México, problemas con la vivienda, envejecimiento (que genera presión en el sistema de seguridad social) y un sinfín de problemas como casi cualquier sociedad.
Tampoco esto debería invitar a hacer juicios de valor a nosotros los mexicanos que, a pesar de tener muchos problemas (subrayo la violencia y el clasismo), también es una cultura que tiene varias virtudes y de la cual me siento orgulloso de pertenecer. Hay que recordar que más que la «voluntad» de los individuos, estas diferencias son producto de diversos procesos históricos y dichas diferencias (sobre todo en el aspecto negativo) no van a cambiar de la noche a la mañana pero creo que estos ejercicios sí pueden ayudar a concientizarlos para, a partir de ahí, irlos mejorando para seguir madurando y progresando como sociedad.
Los contrastes sirven, te confrontan, te hacen ver que aquello que dabas por sentado en realidad no lo era tanto, que la cultura tiene una gran importancia dentro de una sociedad, que la moldea y la da forma, que los siglos de historia pesan en la conformación de dicha cultura, que nuestra realidad no es universal, sino que hay muchas, pero a pesar de ello siempre se pueden encontrar algunos patrones que parecen ser constantes en las distintas culturas.
Porque, al final, todos somos seres humanos buscando satisfacer nuestras necesidades. Lo que cambian son los arreglos (culturas) para llegar a ese fin.
Dicen por ahí que cuando uno crece se vuelve más conservador. Es un mantra que muchos repiten aunque la investigación tiende a ser más bien compleja y mixta.
De hecho, ese no ha sido mi caso. Aunque desde que me interesé en la política he mantenido posturas relativamente moderadas, creo que, más que cambiarlas, las he madurado. En todo caso, con el tiempo me he vuelto un poco más liberal en lo económico y un poco más progresista en lo social (sin llegar, claro, a esos extremos o corrientes iliberales y dogmáticas que de pronto pululan por ahí). Si bien, suelo ser reacio a clasificarme como una cosa, tiendo a estar cómodo con la idea del socioliberalismo.
Yo sospecho que, conforme uno crece, se va volviendo más bien realista y prudente. A través de la experiencia y el conocimiento, uno empieza a comprender los límites del ser humano, que las utopías son, casi por definición, distopías cuando se pretende llevarlas a la práctica. Quienes tenemos posturas más progresistas que conservadoras mantenemos esa actitud de cambio y progreso, pero nos preguntamos ¿Cuáles son los límites de nuestra condición humana y, habiendo conocido dichos límites, qué cosas podemos cambiar y cómo deberíamos hacerlo?
Y es esa dosis de realidad, ese reconocimiento de los límites, los que pueden establecer las rutas que podemos seguir para incidir de forma positiva.
Porque lo que es cierto es que, a lo largo de la historia, nuestra especie ha cambiado muchas cosas para bien: libertades fundamentales que hoy damos por sentado y no existían, abolición de la esclavitud, mayor riqueza, derechos de la mujer, mayor reconocimiento de las minorías (raza, orientación sexual y un largo etc).
Si se negara la posibilidad de cambio, nuestra especie francamente no habría evolucionado, ni en lo económico, ni en lo social ni en lo cultural y ese es un argumento suficiente para afirmar que siempre habrá un espacio para el cambio. Pero también es cierto es que, el afán de cambio, cuando lleva ese componente utópico e ideológico-dogmático, cerrado a la crítica y al escrutinio, tiende a causar grandes desastres como ocurrió con el nazismo y el comunismo soviético. En este sentido, reconozco el papel de los conservadores como una forma de catalizador de los cambios que las personas de pensamiento más progresista queremos impulsar. Por eso el conflicto es necesario y, por ello, la democracia y sus valores liberales son necesarios.
Las elecciones en México han sido para mí una especie de sacudida intelectual y, quizás, una forma de reconocer límites que antes no veía del todo. Al principio, experimenté una sensación de decepción, pero después de reflexionar repetidamente, esto me ha ayudado a expandir mi mente.
¿Por qué figuras políticas que parecían a muchos un revulsivo en la vida política y que generaron muchas expectativas como Javier Corral, Pedro Kumamoto, el Padre Solalinde y otras figuras terminaron integrándose a un régimen que, en muchos sentidos, representa el regreso de la cultura del partido hegemónico del PRI, con muchas de sus prácticas e idiosincrasia? Es decir, de quienes se asumió podrían representar un progreso en la vida política, se sumaron a un movimiento que a ojos de muchos representa una suerte de regresión.
¿Por qué toda esta ola de participación ciudadana que me tocó vivir en mi ciudad, Guadalajara, y de la que fui parte, casi desapareció y terminó, en su mayor parte, absorbida por el poder político? ¿Por qué, a pesar de que muchos de los indicadores de este régimen son malos, la gente votó por la continuidad? ¿Por qué este régimen democrático por el que tanto se luchó terminó sucumbiendo y no logró dar «el gatazo»? Son preguntas que causan frustración de solo pensarlas, pero cuando uno hace el esfuerzo por responderlas se aprende algo, uno comienza a percatarse de cosas que antes no había considerado.
La respuesta fácil y corta habría sido buscar culpables, mentar madres de aquellas figuras que «se fueron a MORENA», culpar a los electores por «votar mal». Pero uno tiene que reconocer que la realidad es muy compleja, que uno es ignorante de muchísimas cosas, que muchas veces idealizamos a figuras políticas que representan, o parecen representar, aquellos valores con los que comulgamos y olvidamos que son seres humanos que, como todos, buscan satisfacer sus necesidades. Uno luego tiene que reconocer que en el país existen muchas realidades con las que estamos desconectados y nunca nos hemos molestado en conocer.
Es como si México fuera un organismo vivo y yo residiera en uno de sus órganos. Soy muy consciente del órgano del cual formo parte: sé cuándo está fuerte, cuándo enferma y qué necesita. Sin embargo, cuando otro órgano, del cual apenas tengo conocimiento, se enferma, ni siquiera me doy cuenta. Solo lo noto de forma indirecta cuando el órgano al que pertenezco se ve afectado por el desequilibrio causado por la enfermedad del otro órgano.
Al tratar de profundizar y sumergirse en la complejidad de las cosas, uno comienza a entender un poco más la condición humana y, por tanto, sus límites. Queríamos que los políticos que la gente idealizó se mantuvieran siempre en ese tenor cuando la realidad tiende a mostrarnos lo opuesto. Queríamos que personas con ingresos mucho menores, que están preocupados en satisfacer necesidades más básicas y que viven problemáticas que un clasemediero no tiene, estuvieran versados en cuestiones abstractas como la microeconomía, los contrapesos o la separación de poderes, y como no lo estaban, mejor los calificamos de irresponsables y mejor decidimos no darle propina al mesero porque votó por Claudia Sheinbaum.
Pero es el reconocimiento de toda esa estructura como un todo la que nos libera, porque por mejor reconozcamos el todo y entendamos sus límites, podemos tomar mejores decisiones para incidir positivamente en ella. Ciertamente, es técnicamente imposible conocer el todo de forma perfecta porque tendríamos que tener el conocimiento absoluto de todas las cosas, pero abrir nuestra mente y ser crítico con nosotros y con nuestro entorno nos puede ayudar a reconocer que allá afuera hay mucho más de lo que nos es inmediato a nuestra cotidianeidad y de lo cual asumimos un todo que no existe o está excesivamente sesgado.
Y ese abrirse, ese entender que un sistema tiene muchísimas ramificaciones y cuestiones a considerar, conforma una suerte de sabiduría adquirida. Y sí, es posible que sean los momentos de crisis, en los cuales nuestros paradigmas se ven cuestionados y sacudidos, los que nos incentiven a reflexionar sobre nuestra realidad, sobre el funcionamiento de nuestro entorno, sobre el comportamiento de los individuos, sobre las distintas realidades con las cuales la nuestra coexiste.
Lo peor que uno podría hacer es, ante los momentos de crisis e incertidumbre, preferir encerrarse y vivir en una eterna negación que solo traerá resentimiento y desconexión con la realidad.
Circula un video donde Nirvana Hank, hija de Jorge Hank Rhon, presume sin empacho todas sus pertenencias: jirafas en cautiverio, changuitos, equipos de futbol, mansiones y un largo etcétera.
En el video se ve a Nirvana desempeñando de forma muy natural y convincente un comportamiento que a la mayoría de los mortales nos parecería muy estrafalario y pretencioso. No parece siquiera que Nirvana pretendiera escupirle su posición de status a la gente: es simplemente ella, muy acostumbrada al entorno en el que ella fue criado, producto de éste y que ella percibe como normal.
Pero Nirvana Hank, quien parece narrar en su Instagram una vida más bien tormentosa donde le hizo falta atención en medio de un mar de hermanos que tuvo y que admite ser alcohólica, no es cualquier junior o persona que tuvo el privilegio de crecer en buena cuna. Es más bien hija de una familia que «comenzó desde abajo» y creció gracias a la corrupción y al poder político dentro del Grupo Atlacomulco.
Hank Rhon, el papá de Nirvana, tiene 3 carpetas de investigación por trata de personas. Es el presunto autor intelectual del asesinato de un periodista. Socio del infame Kamel Nacif. Detenido en el aeropuerto por traficar animales exóticos en peligro de extinción. Lo han acusado de lavar dinero del narco a través de sus casinos. Carlos Hank González, padre de Hank Rhon y abuelo de Minerva es recordado no solo por su corrupción en la política del Estado de México, sino por su icónica frase: «Un político pobre es un pobre político», frase que naturalmente está completamente impresa en el modus vivendi palaciego de su hijo Hank Rhon.
Es decir, esa calidad de vida que tiene Nirvana Hank está cimentada en muchos actos de corrupción, ilegalidades inmorales y muy posiblemente hasta sangre de otras personas.
Nirvana, sin embargo, no parece una persona malévola: más bien parece una persona común y ordinaria que goza y sufre como cualquier otra persona, que llora, que se siente solas, sufre depresiones o alcoholismo.
📍Soy nirvana Hank y te cuento como mi mi familia esta llena de feminicidas, asesinos y narcotraficantes 👇👇 pic.twitter.com/myOLzqqDKJ
En su libro Eichmann en Jerusalen, Hannah Arendt explicaba cómo Adolf Eichmann, uno de los principales artífices del holocausto nazi, no era una persona particularmente malévola, sino más bien un burócrata mediocre que simplemente seguía órdenes, lo cual le permitió llevar a cabo las distintas atrocidades que cometió sin sentir remordimiento por ello. Así, Arendt argumentaba que el mal podía manifestarse a través de meras acciones ordinarias producto del contexto en el que se encuentran insertas y el cual normaliza ese tipo de actos (como lo fue el propio régimen nazi).
Como Eichmann, Minerva parece ser una mujer ordinaria. Aunque ella, a diferencia de Eichmann, no parece haber cometido actos inmorales o inhumanos de la talla de su padre o su abuelo como para juzgarla, ciertamente se ha beneficiado de ellos y los ha normalizado porque su entorno (la familia Hank) ha normalizado ese tipo de conductas.
Minerva, igual que Eichmann, no parece ser consciente o terminar de dimensionar las bases sobre las que está cimentada su calidad de vida privilegiada que pertenece al 0.1% más rico de este país. Minerva vive una vida normal y cotidiana sin que sienta remordimiento por cómo es que sus familiares han obtenido esos recursos que ella disfruta: esas jirafas, changuitos y ese gran comedor no necesariamente salieron de las «actividades de la libre empresa».
A ella le preocupa más la falta de atención familiar, le preocupan las depresiones que ha vivido y su problema con el alcoholismo, le preocupa tener seguidores en TikTok como cualquier influencer. Sus problemas son demasiado cotidianos, como los de mucha gente, y parece ser una persona muy normal.
Si Hannah Arendt hubiera conocido de la existencia de Minerva Hank y cómo es que ella vive una vida muy cotidiana como creadora de contenido, seguro le habría llamado mucho la atención. Y tal vez le llame la atención que su preocupación por compartir su historia de vida con el alcoholismo para ayudar a más gente pueda ser hasta genuina.
Tal vez sea injusto satanizar en exceso a Minerva Hank por ello dado que ella no ha cometido ningún crimen y es muy posible que en su actuar diario no sea siquiera una mala persona, pero, al igual que el caso de Eichmann (quien sí los cometió), Minerva nos muestra cómo los seres humanos podemos ser capaces de adoptarnos a un entorno inhumano y normalizarlo de tal forma que podamos vivir vidas normales beneficiándonos de éste sin algún remordimiento de conciencia.
El triunfo de Javier Milei que tanto ha polarizado a las redes sociales nos deja varias lecciones.
Puede que a muchos no nos guste, pero hay algo que se le debe reconocer: logró construir una narrativa sólida y congruente que encaja muy bien con aquello que más preocupaba y molestaba a los argentinos.
También aprendimos de él que ser un outsider es un gran atributo. Muchos de los políticos ganadores, tanto de izquierda o derecha lo son o al menos aparentan serlo (como AMLO). Es prácticamente un fenómeno mundial el que se privilegie a outsiders sobre políticos de carrera.
Dicho esto, Xóchitl Gálvez debería tener una narrativa consistente y presentarse como una outsider.
Y, en teoría, tendría los elementos. A pesar de estar dentro del sistema político siempre ha sido una mujer que ha ido muy por su cuenta. Su historia de vida le permitiría construir una narrativa que apele al votante mediano de la oposición: su progresismo moderado en lo social apelaría a quienes están más en la izquierda y su historia de emprendimiento y esfuerzo a los de la derecha.
Voy más allá. Gran parte de sus posturas en ambos lados del espectro político pueden contrastar con López Obrador. En teoría se podría construir alrededor de ella una buena candidatura, y sigo pensando que, a la fecha, es lo mejor que la oposición tiene para presentar.
Sin embargo, en la práctica no hay nada de eso.
Xóchitl creció como la espuma en los primeros dos meses, en gran medida por su carisma, su personalidad «echada para adelante» y por los ataques desde Palacio. Pero ese crecimiento no se iba a sostener por sí mismo, había que consolidarlo y nada más no se logró. Por el contrario, se ha estancado groseramente.
Parece que a sus estrategas se les olvidó la estrategia. Pareciera que creyeron que la inercia de su despegue inicial sería suficiente.
Y pues no.
Hoy, no hay algo parecido a una narrativa alrededor de Xóchitl.
Es más, la candidata ha mandado mensajes que no solo generan confusión, sino que ahuyentan a parte de su electorado. Un día, ante la dirigencia del PRD, dice que ella es la «izquierda verdadera». Dos días después, parece dar a entender que se congratula por el triunfo de Javier Milei (una día después «corrigió» pero el daño está hecho).
Estas posturas tan disímiles e irreconciliables solo generan desconfianza en su electorado: se le puede percibir como una persona sin ideas claras y hasta como oportunista. Basta ver las reacciones en Twitter (X). Tanto izquierdistas como derechistas recibieron con mucho recelo esos mensajes y la han criticado duramente.
Una candidata que se ubica en el centro político para atraer al votante mediano opositor del régimen no debe buscar quedar bien con todos en todo momento porque no va a quedar bien con nadie, ese es un error muy común de varios candidatos moderados o centristas que debe evitar a toda costa. Más bien debe buscar coincidencias de su narrativa con las distintas facciones a sabiendas de algunas disidencias serán inevitables de tal forma que, aunque no sea la candidata perfecta para dichas facciones, es mejor que la opción de la continuidad del régimen.
¿Y por qué pasa esto? Respuesta simple: no hay estrategia, no existe una narrativa consistente, todo es improvisación, no se analizan las consecuencias de las decisiones que se toman, se deja que todo fluya.
El otro craso error tiene que ver con su postura de outsider.
Xóchitl está desperdiciando un activo que sería crucial en la elección. Claro, la configuración es complicada porque está abanderada por «los partidos de siempre», pero con una buena estrategia sería posible que esa relación le afectara poco. Sería necesario hacer ver que Xóchitl es la que está al frente de todo, la que toma decisiones y la que brilla con luz propia.
Sin embargo, aparece muy frecuentemente con los partidos como si fueran estos los que están al mando, se abraza con los que alguna vez criticó. Es comprensible que Xóchitl debe quedar bien con las bases y las estructuras de los partidos que la abrazan, pero debería ser más prudente al respecto, sobre todo con lo que comunica.
Los propios partidos también deberían comprender que sus negativos son altos y que exponerla demasiado con ellos puede jugar en contra de sus propios intereses, porque si bien pueden pensar que relacionar a Xóchitl con su partido les puede traer más votos en el Congreso, también es cierto que si las preferencias de la candidata bajan, bajará también el número de escaños que logren ganar ya que en las elecciones presidenciales los votos al mandatario tienden a trasladarse al propio Congreso.
Lo he dicho más de una vez en Twitter. Su campaña necesita un estratega que no sea miembro de los partidos, no Santiago Creel. Necesita a alguien que pueda analizar la situación desde fuera y no esté atrapado en la (evidente) burbuja discursiva de los partidos que parecieran no terminar de comprender el panorama político y social actual.
Claro, todo esto se hace más complicado con las pugnas partidistas del Frente. Se percibe desorden y caos cuando debería haber disciplina para poder ir unidos contra el régimen. Esas pugnas estorban y afectan la candidatura de Xóchitl. MORENA, en cambio, ha logrado demostrar cierta disciplina que hasta hace poco parecía ausente. A pesar de las disidencias (Ebrard) y pugnas, todos están ya alineados con Claudia Sheinbaum.
Hoy, la campaña de Xóchitl está a la deriva. No hay un hilo discursivo ni una estrategia sólida. Esto pasa al tiempo en que el régimen exhibe con un fuerte manotazo su capacidad de poder. Véase la alianza con el partido de Pedro Kumamoto, el asunto de Arturo Zaldívar, la reintegración de Marcelo Ebrard quien terminó cuadrándose, la propia disciplina y orden.
Se prenden los focos rojos, porque si hoy no se da a la de ya un golpe de timón en el cuarto de guerra podría ser ya demasiado tarde.
Y si eso no ocurre, Claudia Sheinbaum llegará, sin despeinarse, a la silla presidencial.