Categoría: política

  • Breves reflexiones sobre las elecciones intermedias

    Breves reflexiones sobre las elecciones intermedias

    Breves reflexiones sobre las elecciones intermedias

    Sobre la oposición partidista:

    Pensar que esto es un gran éxito de la oposición es equivocado.

    1. Es la gente que se organizó y no la legitimidad de los partidos de oposición lo que hizo que la 4T quedara lejos de la mayoría calificada. El éxito es de la gente.
    2. La alianza sirvió para que la gente supiera con mayor facilidad por qué candidatura votar contra MORENA y poco más.
    3. Después de la desastrosa gestión de AMLO, que la oposición solo pudiera evitar que AMLO quedara lejos de la mayoría calificada y no ganara la absoluta es un fracaso monumental.
    4. ¿Hubo voto de castigo contra AMLO por parte de una población? Sí. Pero también lo hubo contra la oposición, si la oposición tuviera legitimidad, AMLO habría perdido cuando menos, la mayoría absoluta

    Las cosas como son. Los ciudadanos podemos festejar, los opositores no. Ellos tienen que ponerse a trabajar para el 2024, porque si hoy fuera la elección presidencial, el candidato de MORENA ganaría.

    El voto de castigo a AMLO y MORENA en la ciudad de México:

    No fueron los «fifís» o los privilegiados los que castigaron a AMLO. Esos nunca votan por él. Quienes votaron contra él fueron las clases medias que, curiosamente, fueron las que terminaron de llevar a AMLO al poder.

    AMLO, con su desdén a la academia y la ciencia, con su desdén a la violencia hacia la mujer, y con su desdén a los pequeños empresarios que no recibieron apoyo en la pandemia. Que el poniente de la CDMX se haya vuelto azul no es culpa del clasismo ni significa que se está volviendo conservador. Es la gente que está encabronada.

    En cambio, AMLO ha ganado apoyo en las clases más marginadas (antes del PRI) con quien ha tejido una relación clientelar. México se parece cada vez a lo que fue Estados Unidos con Trump, donde él tenía el apoyo de los menos favorecidos mientras los demócratas (acá la oposición) tenían a los grandes centros urbanos.

    Puede ser complicado comprender el voto de castigo a AMLO en números brutos, porque el voto perdido de la clase media se traslapa con el voto ganado. Los números pueden ser engañosos porque parece que AMLO perdió «poquito» y salió bien librado. Pero si comprendemos que la gente votó por el PRI y el PAN, por los que mucho sienten, cuando menos, asco, si comprendemos que estuvieron dispuestos a votar por eso, entonces comprendemos la gran necesidad que la gente tenía de castigar a AMLO. Si existiera una oposición fuerte y consistente, es muy posible que AMLO no tuviera siquiera mayoría simple.

    Sobre el clasismo que fortalece a AMLO:

    Pero AMLO sigue vivo y coleando a pesar de lo desastroso de su gestión. Y si eso pasa es porque la oposición (tanto política como ciudadana) no ha estado a la altura de las expectativas:

    Para una persona que vive en situación de pobreza o en una condición cercana a ella, una despensa mensual de 1,000 pesos o 2,000 pesos presupone una gran diferencia en su calidad de vida.

    Contrario a lo que piensa mucha gente, aceptar la despensa y votar por el candidato que la promete es una decisión racional para un individuo y sus necesidades. La respuesta simplona es «que se pongan a trabajar». El problema es que ya muchos trabajan (en ocasiones más que los quejumbrosos) y la movilidad social en México es escasa. El esfuerzo, si bien necesario, no es suficiente para abandonar su condición, se necesita suerte y estar el lugar correcto a la hora correcta (lo cual no aplica para la mayoría de la gente sin recursos) para tener la oportunidad de abandonar la trampa de la pobreza.

    La alternativa es el crecimiento económico de tal forma que la misma creación de riqueza creara muchos empleos y sacara adelante a la gente, el problema es que la que es hoy oposición no logró hacer crecer el país durante más de 20 años.

    Si la gente sale con sus argumentos tipo «ellos son huevones, resentidos y que no pagan impuestos» (como dice falsamente un meme por ahí), el populismo siempre va a acechar porque a una persona que vive en una situación complicada le va a beneficiar ese tipo de despensas y no se le está ofreciendo alternativa alguna.

    Si ya no quieren a gente como López Obrador, entonces deben poner su granito de arena para que haya más crecimiento, más movilidad social, para que quien se esfuerce sí tenga posibilidades de mejorar su condición de vida en esos sectores, que se involucren en campañas para dar mayor acceso a educación a la gente que nació en condiciones difíciles. Esos quejidos (porque luego algunos de ellos evaden impuestos y terminan pagando menor porcentaje de impuestos que los que menos tienen) no ayudan, solo nos mantienen en la trampa del populismo. Un populista se irá, luego llegará otro, y no saldremos del círculo. A ellos también hay que recriminarles la presencia de AMLO, son corresponsables.

  • Decirle a la gente por quién votar

    Decirle a la gente por quién votar

    Te tengo un notición que NO te va a gustar

    Decirle a la gente por quién votar

    Aleccionar a la gente cómo tiene que votar es inútil y tal vez hasta ingenuo. A nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

    Ello ha sido un error garrafal en muchos pro «voto útil».

    Cuando alguien te dice cómo tienes que votar, la gente siente que la están subestimando o, básicamente, que está tonta o es ignorante, y ese sentimiento es muy desagradable. Es más, es posible que termines reforzando tu voto para reafirmarte como persona autónoma o independiente.

    La gente, por lo general, expresa sus valores, cosmovisiones o creencias por medio de su voto, y no es como que éstos vayan a cambiar con una discusión en redes sociales.

    Cuando mucho, la gente cambia cuando le das información muy relevante que le puede ser útil para que él decida su voto (y tampoco es como que cambien muy seguido de parecer. Los sesgos son muy poderosos incluso en quienes dicen ser muy «rigurosos y racionales»).

    Pero es raro que la gente te diga algo nuevo o algo que no sepas. Mucha información (alguna de ella basura) circula a través de las redes sociales y tanto tú como quien te quiere convencer está expuesta a ella. Que no votes por AMLO porque el aeropuerto de Santa Lucía, que la pandemia. Eso ya todos lo hemos escuchado hasta el hartazgo.

    Uno dice muchas cosas en Facebook, discute y así, pero en el fondo sabemos que todo es más un acto de mera catarsis y expresión.

    Nota al pie: poco tiempo he tenido de escribir aquí en estas últimas semanas porque estoy en entregas finales y pues mi escritura está abocada a ello. Pero juro, ya que termine la siguiente semana, que hablaré largo y tendido sobre lo acontecido en estas elecciones.

  • El voto útil: la persuasión de «sofá»

    El voto útil: la persuasión de «sofá»

    El voto útil: la persuasión de "sofá"

    Para llamar al voto útil, se está haciendo todo mal.

    Si la oposición se encuentra con que le lograron quitar la mayoría (ya de menos la calificada) al régimen, no habrá sido por mérito propio, sino por los errores de López Obrador, porque algunos simpatizantes se sienten personalmente traicionados por él, o porque la gente vio en una App por qué partido votar (no porque ese partido haya sido exitoso en persuadirlos).

    La oposición (en todas sus especificaciones) urge a la gente a votar contra MORENA, pero no da nada a cambio, no hay sacrificio de su parte. La oposición partidista no está siquiera dispuesta a cambiar las causas que hicieron que la gente votara por López Obrador. Parecen creer que la gente tiene urgencia de regresar al estado de cosas anterior, ese estado de cosas que fue votada en contra de forma contundente en la elección pasada.

    La oposición es como un sujeto gordito con halitosis y con poca confianza en sí mismo que está urgido de conseguir novia. Se fija y se obsesiona con la primer mujer que ve, pero no hace nada por ser más atractivo: cree que él es «bueno» y que por eso la mujer debe fijarse en él.

    En la oposición (tanto política como parte de la ciudadana) hay una profunda desconexión con la realidad, con el otro. No hay un ejercicio mínimo de empatía. Columnas como ésta donde se considera que a los trabajadores hay que hablarles como Adal Ramones es prueba de ello. Somos nosotros, los poseedores de la razón y la sabiduría, los que le hablamos desde un pedestal de superioridad moral al ignorante, al otro, y le decimos qué es lo que tiene que hacer: hay que incluso parecer cool y usar frases juveniles para llegarle «a los chavos».

    Igualmente, muchas personas están convencidas de que «voy a hablar con mi sirvienta para convencerla de que no vote por MORENA, con ese mismo tono con el que le pido que tienda la cama o planche la ropa», voy a decirle a mis trabajadores, casi con un afán de «educar», que no voten por MORENA. Les voy a contar, desde una postura paternalista casi de relación amo-esclavo en el sentido hegeliano, lo difícil que es ser empresario, porque yo sé más que ellos, y les voy a contar todo desde mi perspectiva, les voy a decir cómo un triunfo de MORENA me va a afectar a mí y cómo, por tanto, yo siendo el empresario que les doy trabajo a mis empleados, les va a afectar a ellos. Pero la gente lo nota, y cuando los empleados salen de trabajar, lo primero que van a hacer es quejarse de sus patrones que les dicen «qué tienen que hacer». Si el patrón no es alguien que se destaque por la profunda admiración y respeto que recibe de sus empleados, en su fuero interno se mofarán de él y hasta incentivos de sobra tendrán de no hacerle caso y votar en sentido contrario.

    Apostar por el voto útil para que MORENA no gane mayoría en el Congreso es completamente válido y, en las circunstancias actuales, hasta necesario, ya que existen riesgos de involución democrática. No se debe malinterpretar lo que digo. Sin embargo, insisto en que quienes lo promueven no hacen esfuerzo o sacrificio alguno: les basta aleccionar y educar, pero no ponen nada a cambio, no quieren asumir nada. El esfuerzo ni siquiera está centrado en compartir información para que la gente tome una buena decisión en las urnas, sino de decirles «qué es lo moralmente correcto», «qué es lo que se debe de hacer», porque yo estoy en una posición en que te puedo decir a ti qué es lo que tienes que hacer.

    Creen que su percepción de la realidad, esa construida a través de sus propias experiencias, es la misma realidad del otro. Asumen que el otro posee una realidad más incompleta, que son ignorantes de ella, como si ellos fueran una versión muy inacabada de ellos mismos y que, por lo tanto, se les debe educar, pero son completamente incapaces de sentir sus necesidades que no son las mismas que las de ellos, porque no es lo mismo ir a trabajar en carro que en camión, no es lo mismo vivir en esta colonia que en aquella otra, porque la interacción con la demás personas no es la misma, porque la relación con las autoridades tampoco lo es. No conocen sus realidades y no parece siquiera estar dispuestos a conocerla: es el trabajador, el de abajo, el que tiene que esforzarse por comprender la realidad del patrón, le delegan al trabajador esa responsabilidad.

    Pero los que sienten estar en una posición de superioridad intelectual y hasta moral pueden llegar a ser ignorantes y tomar decisiones irracionales de la misma forma que, piensan ellos, el «otro» lo hace. Muchos, me consta, tienen poca idea de la política y sus insumos sobre el tema provienen de los chats de WhatsApp. Si asumiéramos que votar contra MORENA es «estar del lado correcto de la historia» no se debería omitir el evidente hecho de que estar del lado «correcto de la historia» no implica necesariamente que se sea un conocedor de la política o que se sepa más que el que «está equivocado»: a veces se puede estar en el camino correcto por las razones equivocadas. En muchos casos, estar «del lado correcto» es meramente circunstancial: puede ser producto de la presión social o, simplemente, porque exista la coincidencia de que lo que parece convenir o cree que conviene a una persona en lo individual le conviene al colectivo en su conjunto. ¡Vaya! A veces hasta los más «cultos y doctos» llegan a tomar malas decisiones.

    Y la realidad es que la falta de empatía, la incapacidad de abordar al otro para persuadirlo es también una manifestación de ignorancia.

    Tal vez por eso López Obrador sigue siendo popular a pesar de su gobierno tan errático, porque sabe comprender esas otras realidades (aunque luego se mofe o se burle de ellas). La oposición no ha hecho el mínimo esfuerzo siquiera.

  • Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    La tragedia del #MetroCDMX sí debe politizarse, en especial cuando los responsables son los mismos políticos. Los ciudadanos tenemos derecho a saber quienes son los responsables y a exigir justicia.

    Viajan en los vagones del metro cansados después de una dura jornada de trabajo. Apenas es lunes y parece ser un día ordinario. Algunos de ellos exponiéndose a algunos riesgos de más por el Covid debido a las aglomeraciones que se dan en las estaciones del Metro. Todo parecía tan cotidiano. Desde allá arriba, desde el paso elevado construido por ICA y Grupo Carso, se ven las luces de la gran ciudad. De pronto, en un instante, todo se cae. Todo pasa tan rápido que a algunos apenas les dio tiempo de sentir subir la adrenalina antes de fallecer. Otros, lesionados o ilesos, tuvieron suerte como para poder contar esa terrible experiencia que marcará sus vidas. A nadie se le ocurre que el tramo elevado en el que uno se desplaza vaya a colapsar. De entre millones que usan el metro a diario, solo a ellos, a esas decenas, les tocó la trágica suerte: una tragedia que nunca debió ocurrir.

    Tragedias ocurren en la vida, pero las que indignan y encabronan son aquellas que son producto de fallas éticas humanas: de aquellos que sabían del desperfecto que tenía ese tramo, de aquellos que «le metieron materiales más baratos» para quedarse con el sobrante, de aquellos que no fueron profesionales en su trabajo, de los que simplemente fueron omisos. Por eso encabrona, porque la tragedia se habría podido evitar.

    Las autoridades lo sabían, los vecinos lo advirtieron, las mismas estructuras «gritaron» desde hace años que estaban en riesgo de colapsar.

    Hoy las huestes obradoristas insisten en que no politicemos lo ocurrido, que no nos «aprovechemos» para criticar al régimen. Pero está muy bien que se politice: lo ocurrido es un asunto de interés público y, por tanto, político. Poco ético sería que los opositores pronunciaran calumnias o difamaran. No lo hacen, en principio porque ni siquiera tienen necesidad: es evidente que hay responsables y quiénes son ellos. Criticar el derecho a politizar una tragedia es faltar el respeto a las personas que murieron, ellas merecen justicia y merecen que los responsables paguen de forma categórica (cosa que anticipamos no va a suceder). Las huestes nos reclaman cuando ellas mismas, cuando opositoras, fueron campeonas no solo de la politización (en algunas ocasiones tenían razón en sus críticas), sino de la difamación virulenta. Es más, estando en el poder siguen difamando a aquellas personas que osan disentir con el régimen. Ello es tan solo una expresión de intolerancia y autoritarismo.

    Una de las ventajas de la democracia y los partidos es ello: la politización de lo público. Los partidos pueden acusarse de todo por interés propio, pero esa dinámica (en tanto no implique mentira o difamación) da a la ciudadanía más información sobre sus representantes. Antes no conocíamos cuán corruptos eran muchos de ellos, hoy lo sabemos más y tenemos más información para tomar decisiones al respecto. Así supimos que Peña Nieto es un corrupto, y así sabemos que Marcelo Ebrard, Mario Delgado y todos los involucrados en la construcción y mantenimiento de la línea 12 son responsables (funcionarios, empresas privadas como Grupo Carso) y deben pagar por ello.

    Después de la tragedia, uno habría esperado que la mañanera se tratara sobre ella, sobre las labores de rescate. En vez de eso, López Obrador se encargó de linchar a la prensa además de presentar estampas. No hubo solidaridad con las muertes más que algunas condolencias verbales y decretar luto nacional (vaya, nada que le requiera un gran esfuerzo de su parte), porque pareciera que importan más las víctimas que convienen a la narrativa del régimen: los indígenas ultimados por los españoles, las víctimas de Porfirio Díaz, pero no importan tanto las de ayer, con todo y que seguramente varios de ellos votaron por López Obrador. Es cierto, López Obrador no es directamente responsable de la tragedia como sí lo son sus colegas Marcelo Ebrard, Mario Delgado, Miguel Mancera así como las empresas privadas involucradas en la construcción de la línea 12 (varias de ellas, de los empresarios favoritos del régimen), pero al evadir responsabilidad y tratar de diluir el golpe político que implica lo ocurrido, entonces se vuelve cómplice. Él no fue, pero tapa a los responsables.

    ¿Dónde está esa izquierda que decía velar por los de abajo? Son los de abajo los que más han pagado por las irresponsabilidades de este gobierno con respecto de la pandemia, son los de abajo los que fallecieron en los vagones del Metro. En los hechos, ellos siguen siendo ignorados o, en todo caso, utilizados políticamente, incluso más que en los «gobiernos neoliberales». Los muertos merecieron poca empatía por parte del gobierno que insiste en el pueblo bueno, fueron plato de segunda mesa en la mañanera porque el banquete principal era el linchamiento a la prensa. Hasta los mandatarios extranjeros se mostraron más solidarios. De López Obrador no merecieron un tuit.

    El régimen actual se precia de ser como un ave que vuela sobre un pantano y no se mancha, pero los responsables de la tragedia (con excepción de Miguel Mancera) hoy forman parte de esa denominación oligofrénica llamada Cuarta Transformación y son sus pilares principales. No hay razones para tener esperanza en el régimen, ayer a decenas les quitaron la vida y no recibieron siquiera la compasión del Presidente. Un Presidente que se precia de representar al pueblo se hubiera involucrado de lleno, hubiera ido al lugar, hubiera instruido órdenes, hubiera hablado con las familias, pero López Obrador no lo hizo, para él lo ocurrido quedó en el anecdotario porque le importa más el impacto político de un evento que las vidas humanas.

    Los muertos y sus familias merecen justicia.

  • La democracia no está de moda

    La democracia no está de moda

    Quienes ya tenemos treinta y tantos años cuando menos, nos acordamos de ese México autoritario (y eso que a finales de los años 80 e inicios de los 90 ya existían indicios de apertura democrática). Sabíamos que el PRI era «el partido», el que siempre «ganaba» y que las elecciones eran, pues un fraude o una simulación. De chicos conocimos a los medios alineados al gobierno, conocimos la escasez de voces disidentes e incluso había algo de atractivo en ver a aquellas personas que se atrevían a cuestionar al gobierno: era como una suerte de rebeldía.

    La democracia entró a México justo cuando la idea de la democracia liberal en el mundo tuvo su mayor auge (en los años 90) y se le veía como un camino al que todos debían llegar. Hasta a Francis Fukuyama se le ocurrió decir que la democracia liberal era el fin de la historia.

    En nuestro país la democracia nunca se terminó de asentar por completo, durante gran parte de la primera década del año 2000 hablamos de la transición democrática. En efecto, muchos de sus engranajes elementales ahí estaban: división de poderes, libertad de expresión y manifestación, libertad de prensa. Lo que tal vez nunca se terminó de asentar del todo fue la cultura democrática y por ello algunos vicios del régimen autoritario perduraron.

    Los gobiernos que fueron parte de esa transición (de 1994 a 2018) no fueron precisamente gobiernos excepcionales: fueron muy imperfectos, a veces mediocres y, en algunos casos, hubo corrupción rampante (sobre todo en el gobierno de Peña). Aún así, durante esta época se sentaron unas bases que hacían al estado de cosas algo diferente de lo que había en el pasado, un estado de cosas que nos dotaron a los ciudadanos de más derechos: derecho a expresarnos, derecho a elegir a nuestros gobernantes y demás.

    Pero ese tiempo de algarabía ya terminó, desapareció justo cuando presenciamos retrocesos democráticos en varios países del mundo. La democracia ya no está de moda: su defensa pareciera ser casi un capricho de académicos y opinadores que la defienden en Twitter. Los lopezobradoristas simplemente creen que el concepto de democracia se agota en el régimen actual y, siendo más precisos, en la figura de López Obrador. Otros sectores, como FRENA, tampoco es que crean mucho en ella ni en los contrapesos (de los cuales Gilberto Lozano se ha mofado en varias ocasiones), sino que simplemente están preocupados por esta idea de que «AMLO nos va a llevar al comunismo».

    Es posible que parte de este fenómeno tenga que ver con el hecho de que ya damos por sentado algunos de sus beneficios y pensamos que nunca se van a ir, podría uno suponer que alguna gente va a valorar la democracia cuando ya no esté ahí, cuando ya no se pueda expresar tan libremente, pero lo que es innegable es que parte del desencanto viene por la profunda decepción que ha generado la clase política y que crea la percepción de una democracia estéril.

    Y es comprensible: los partidos se han vaciado de cualquier contenido ideológico y se han llenado de un pragmatismo grosero con el mero afán de ganar votos y que hace que los ciudadanos ya no se sientan identificados con ellos. El sistema partidista existe, pero es disfuncional. En teoría, tener muchos partidos debería aumentar la representatividad (como ocurre con varios sistemas de representación proporcional o mixtos como el nuestro): tendría que haber varias opciones de distintas ideologías de tal forma que todos encuentren su partido que los representen, pero la mayoría de los partidos son entidades-negocio que fungen como satélites de los partidos grandes.

    Los políticos ya hasta evitan reconocerse como tales: se definen a sí mismos como ciudadanos, ignorando el inevitable hecho de que el individuo que entra a «hacer política» de manera formal es un político, y que un político es igualmente ciudadano que quien no es político. Muchos partidos, ante el fortísimo escepticismo de la gente hacia sus promesas y propuestas, buscan hacer cualquier cosa para llamar la atención de sus electores.

    El problema es que, con todo y estos inconvenientes, la democracia nos permite castigar a los malos gobernantes (aunque tengamos que conformarnos con votar por el menos peor) y da mayores posibilidades a los ciudadanos de entrar a la política. La democracia, imperfecta como es en México, nos dota de pesos y contrapesos que, de menos, diluye los abusos de poder de los gobernantes. Difícilmente (y así lo demuestra la historia de nuestro país) un régimen autoritario podrá traernos mayores beneficios (los «éxitos» de países como China o Singapur se explican en gran medida por una cultura que difícilmente podremos emular). Hoy, de menos los gobernantes pueden ser evidenciados y castigados en las elecciones. En un régimen autoritario que concentre todo el poder, los gobernantes podrán hacer lo que les plazca y abusar a sus anchas porque no existe contrapeso alguno. Ahí, la gente no puede sacarlos con su voto. Ahí, la prensa estará más restringida o limitada para evidenciar todo el cochinero. Ahí, la gente será menos libre.

    Y tal vez la gente solo valorará la democracia cuando ya no la tenga.

  • 8 razones por qué a AMLO el contexto actual le viene como anillo al dedo

    8 razones por qué a AMLO el contexto actual le viene como anillo al dedo

    8 razones por qué a AMLO el contexto actual le viene como anillo al dedo
    Imagen: Warner Bros

    1) Después de una recesión, en parte provocada por la pandemia, en parte autoinflingida, la economía se medio recupera y se crean algunos empleos (no por mérito del gobierno sino porque después de la crisis siempre viene una recuperación). No es cuestión de números sino de cómo la gente lo percibe en su cotidianidad. Algunas personas que habían perdido su empleo ya encontraron uno, las ventas comienzan poco a poco a subir.

    2) Mucha gente ahora sí se siente representada y comprendida después de ver pasar a tanto tecnócrata queriendo entender al país desde un penthouse en Santa Fe. Además, ellos reciben su apoyo de Sembrando Vida o su pensión. Para ellos 1,000 pesitos al mes hace una gran diferencia en su vida y los saca de muchos apuros económicos.

    3) Sí, este gobierno ha manejado la pandemia «con las patas», pero la mayoría de la gente no se va a poner a ver números ni a hacer comparaciones con gráficas como acá le hacemos en las redes sociales. Parece que en los sectores populares (por falta de información, responsabilidad sí, del gobierno) no les parece preocupar tanto e incluso varias personas, sobre todo en los pueblos, no quieren vacunarse. Y de los otros tantos que sí se están vacunando, se sienten agradecidos con los «cuervos de la nación» y el gobierno.

    4) La oposición es un chiste, no han logrado construir un mensaje medianamente inspirador para sacar a los apáticos e indecisos a votar. Los spots son una porquería, no entienden que no entienden Todo se trata de AMLO, AMLO y AMLO, y eso sólo fortalece la imagen de AMLO.

    5) ¿El INE? ¿La democracia? aquí coincidimos en que es muy importante. Pero a la mayoría de la gente no le importa, en gran medida porque no les hemos sabido comunicar su importancia. Peor aún, para muchos la democracia trata de elegir entre puros políticos corruptos. Para las bases de AMLO, democracia es estar representados por un líder que sí los entiende como AMLO y no por gente ajena a ellos.

    6) De acuerdo a los datos demoscópicos, parece que la alianza «Va por México» no ha sido bien recibida. Varios panistas nunca votarían por un priísta y viceversa. Su único mensaje es «odiamos a AMLO» y «es una desgracia». Básicamente, lo único que hacen es repetir todo lo que ya se dice en la sobremesa, solo que con trabajadores del pueblo «blancos».

    7) Porque no hay un líder opositor, uno solo. Es más, hasta la vieja guardia: véase Diego Fernández de Cevallos, es la que ha tratado de rescatar al PAN. No hay cuadros nuevos.

    8) Nuestra percepción de la realidad no es la misma que la percepción de la realidad de los menos privilegiados. Nunca nos molestamos en entenderla, los políticos de oposición peor aún. Muchos dicen estar impresionados por lo «irracionales o lo ignorantes en materia económica» de la gente de a pie, pero no tener la capacidad siquiera de entender las otras realidades es un acto de profunda ignorancia.

    Y si no hay una profunda reflexión, un ejercicio de empatía con esa «otredad», (empatía de verdad, no las jaladas de Ricardo Anaya) no sólo van a mantener la mayoría calificada, sino que en 2024 seguirán en el poder con todos los lujos.

  • La oposición burbuja

    La oposición burbuja

    La oposición burbuja

    Si el día de hoy fueran las elecciones, el oficialismo mantendría no solo la mayoría absoluta sino también la calificada. Los datos que presenta el agregador de encuestas de Oráculus (y que acertó en 2018) no nos dejarán mentir.

    Seguramente la oposición se pregunta por qué esto está ocurriendo si López Obrador ha gobernado tan mal, si el PIB ha caído y si han manejado de forma tan terrible la pandemia. Están anonadados, sus indicadores, esos que solo ellos entienden y no saben comunicar a la gente, les pintan un retrato fatal, pero gran parte de la población está feliz, feliz con este gobierno.

    Estoy segurísimo que en sus cabezas (y en sus conversaciones) argumentarán que el votante es irracional, que están bien tontos, que no saben de economía, que no tienen estudios. Debe haber una explicación.

    Pero me suena más a que es esta actitud, la suya, la que explica por qué López Obrador es muy popular. La verdad es que gran parte de los opositores no parecen conocer otras realidades que las que viven ellos en su cotidianeidad. Pareciera que ven al mexicano «de abajo» como algo exótico, como si sus pocos vasos comunicantes con esos sectores fueran la señora del aseo o el jardinero.

    Basta ver uno de los spots que la alianza «Va por México» lanzó. Muy «whitexican» como me decía un amigo mío:

    Es que observen el fenotipo de las personas que aparecen ahí. Pareciera que estoy viendo una novela de Televisa donde todos los personajes son blancos y los «de abajo» son tan solo un poquito más morenos.

    No es la primera vez que eso ocurre. Hace no mucho a esta alianza se le ocurrió utilizar una imagen de un campesino blanco de país desarrollado. Creyeron que bastaba comprar una imagen de un banco digital para poder representar a «las mayorías», como si con ello se fueran a sentir identificadas, cuando lo único que reflejan es una suerte de combinación de ignorancia y desprecio: en nuestro mundo, ustedes no son como ustedes.

    La campaña de Ricardo Anaya va por el mismo talante. Creyó que era bueno acercarse (o invadir la privacidad) de los que menos tienen. Pero el candidato panista adolece del mismo problema: no los entiende, e incluso los critica como cuando el jefe del hogar quiere aleccionar a la señora del aseo. Los memes al respecto no se hicieron esperar. Su campaña ha sido muy comentada y opinada pero por las razones equivocadas.

    Lo peor del caso es que hasta para las clases medias y altas de las cuales ellos vienen el performance se ve falso y acartonado. Si votan por ellos es solo porque desean votar contra MORENA.

    Si de algo se puede preciar López Obrador es de conocer esas realidades y muy bien. Las utiliza electoralmente e incluso a veces llega a hacer comentarios lamentables sobre los pobres, pero conoce muy bien su idiosincrasia y sabe cómo abordarlos.

    Es más, todas esas simpatías que AMLO perdió en el progresismo urbano y en los sectores académicos e intelectuales (que le habían dado su voto) los ganó con el México bronco. AMLO hasta se dio el lujo de prescindir de los primeros con el desprecio a las problemáticas a las mujeres y los ataques a la ciencia, a los cuales la oposición quiere ahora representar y se siente tan urgida de hacerlo que se le percibe falsa e interesada; y tanto en el amor como en la política, los urgidos no son nada atractivos.

    El problema para la oposición es que el votante mediano, a ese que los modelos formales sugieren apelar, se parece más a aquella mayoría que desconoce y bastante menos a ellos mismos. Ellos son una minoría privilegiada, y el problema es que asumen que México es esa minoría: lo demás, los pobres, los del México bronco, son algo exótico o folclórico. Pero en democracia una persona es un voto.

    Y justo por eso AMLO es popular: porque esos sectores se sienten representados por él, porque lo sienten como uno de los suyos mientras que los otros, los ahora opositores, son una entidad exógena que solo se aparece de vez en cuando en tiempos de elecciones y que viven una realidad muy distinta a la de ellos. Y sorprende que el PRI, el partido que históricamente ha tenido más contacto con los menos favorecidos, y que supieron establecer arreglos clientelares como los que ahora busca establecer el presidente López Obrador, también se encuentre atrapado en esa burbuja.

    La realidad es que si no salen de esa burbuja en la que están atorados (y puede que ya sea tarde), el oficialismo va a mantener su mayoría calificada y terminarán condenados a seguir siendo meros espectadores del ejercicio político.

  • Liberales que en realidad son conservadores o socialistas

    Liberales que en realidad son conservadores o socialistas

    En nuestros tiempos, el concepto de liberalismo se ha venido vaciando de significado, y esto ha ocurrido, a mi parecer, porque el término «libertad» es atractivo y todos quieren subirse a él. Todos quieren ser o dicen ser libres y todos quieren, dicen, respetar la libertad de los demás.

    El problema de los significantes es que, por más cosas intenten abarcar, se van volviendo más abstractos al punto que dejan de tener significado. Si todas las corrientes políticas se dicen liberales, entonces el concepto de liberalismo se vuelve inútil.

    El concepto de liberalismo nació en contraposición al conservadurismo: lo contrario de liberar es conservar o retener. El liberalismo buscaba el cambio, el conservadurismo pretendía mantener el orden monárquico.

    Pero si el liberalismo nació en contraposición al conservadurismo, ¿por qué es cada vez más común que personas que tienen ideas tradicionalistas y busquen mantener el orden social se digan liberales? Una razón es el appeal que el término «liberalismo» tiene. El concepto de conservador, en cambio puede llegar a sonar peyorativo; sobre todo por el papel que han jugado en la historia: son generalmente los que pierden, los vencidos, los que «no quieren que las cosas cambien» y contra quienes se han llevado a cabo las más grandes batallas idílicas.

    Un recurso retórico que suelen usar los conservadores es el uso del anacronismo. Los conservadores suelen apelar a los usos y costumbres del liberalismo de antaño para definir qué es un liberal hoy, y de tal forma poder «preservar las costumbres de esos tiempos»: citan a Adam Smith, John Locke o Stuart Mill para presentarse como liberales. Pero el liberalismo no es solo una ideología, sino una actitud.

    El liberalismo de antaño y el liberalismo actual aspiran ambos a la idea de la libertad del individuo, tanto la económica como la social, esta idea como valor es ciertamente inmutable. Lo que no es inmutable es el contexto en el que se desempeña: John Stuart Mill tenía un concepto sobre la mujer que damos por sentado, pero que en sus tiempos fue algo completamente revolucionario. Lo que define a Mill como liberal no es el concepto que tenía de la mujer en sí, sino el espíritu que había detrás de dicha postura.

    De alguna forma, el liberal debe abrazar el cambio sobre la tradición en un contexto donde siempre se procure la libertad del individuo: en el cual el papel del gobierno, si bien es necesario, debe tener ciertos límites (en ello se diferencia del socialismo). En el liberalismo hay posturas tanto socioliberales, que están más a la izquierda y que tienen como base el pensamiento de John Rawls con su idea del velo de ignorancia (pero que no llegan a ser socialdemócratas), hasta las corrientes más libertarias o de derecha que llevan el liberalismo a un extremo y abrazan a pensadoras como Ayn Rand.

    Ciertamente es raro que existan posiciones liberales puras. Algunos pueden tener cierta inclinación socialista o conservadora, pero siempre en segundo término frente al liberalismo que siempre va a ser la postura sobresaliente. Pueden existir algunas combinaciones: el conservador puede ser conservador en lo social y liberal en lo económico o político, pero como tal, es conservador más que liberal. Igualmente, el socialista podrá ser liberal en lo social y socialista en lo económico, pero entonces será socialista más que liberal.

    El liberal puede abrazar ciertos valores progresistas, incluso debería ser cuestionable que un liberal hable de cuestiones como «el matrimonio natural» donde no caben otros modelos ya que ello es una postura eminentemente conservadora, pero no puede aspirar a la coerción para que dichos cambios se lleven a cabo. Ciertamente, para que esos cambios ocurran, tienen que agregarse nuevas normas morales y éticas dentro de la sociedad (por ej, que sea mal visto discriminar a alguien con otra preferencia sexual), pero el liberal no puede esperar que el Estado censure a quien piensa distinto.

    En la actualidad, muchos se dicen liberales, pero no lo son tantos. Varios progresistas no son liberales porque aspiran a la coerción estatal para combatir a quien piensa distinto, y difícilmente lo son aquellos que se autodefinen como libertarios pero que, a la primera, abrazan nacionalismos como los de Donald Trump e incluso derechas iliberales como la Alt-Right y terminan dando más primacía al orden y la tradición.

    Todos estos anacronismos que he mencionado son utilizados por Andrés Manuel López Obrador quien ni siquiera se molesta en revisar el «liberalismo primigenio» sino que incluso lo distorsiona al afirmar que «él quiere cambiar el statu quo«, mientras que los otros quieren «conservar», para así «tomarse la foto» con los liberales de antaño. Pero que el cambio consista a retornar al pasado, como aspira Andrés Manuel, es cosa de reaccionarios. En lo social, López Obrador es conservador (y posiblemente más que muchos panistas) ya que busca mantener el orden y la tradición en materia moral. En lo económico, si bien no parece estar tan cercano a las izquierdas chavistas como le han acusado algunos de sus adversarios sí es, de alguna forma, socialista, ya concibe al Estado como aquella entidad rectora e incluso como paternalista (lo cual conjuga con su conservadurismo moral).

    La postura liberal es una que abarca, de forma holística, las convicciones de una persona. El liberal lo es en todos los ámbitos: es liberal en lo social: prefiere el cambio a la tradición; es liberal en lo económico: el papel del Estado en la economía debe tener ciertos límites y el mercado debe ser el motor de ésta (claro está, puede haber cierta flexibilidad a la hora de definir dónde se encuentran esos límites); y por último y muy importante, lo es en lo político: cree en la democracia, en el sufragio universal y la libertad de expresión. El conservador o el socialista puede adoptar alguna de estas posturas, pero no las adopta todas, y lo define más aquello que lo hace conservador o socialista.

    Acotar el término liberalismo es sano. Es necesario, sí, acudir a las raíces para comprenderlo, pero ello implica necesariamente que debe ser contextualizado de acuerdo a la época. Esta imposibilidad o falta de voluntad para contextualizar es lo que hace que el conservador se presente como un liberal.