Categoría: política

  • El que se mueve, no sale en la foto del cumpleaños de López Obrador

    El que se mueve, no sale en la foto del cumpleaños de López Obrador

    El que se mueve, no sale en la foto del cumpleaños de López Obrador

    El 13 de noviembre fue el cumpleaños de López Obrador.

    ¿Y cómo no saberlo? Todos hablaron de ello, hasta parecía día festivo. ¡El cumpleaños del gran líder!

    En mi ya no tan corta vida, yo no recuerdo a un presidente al que le hayan cantado las mañanitas en la Cámara de Diputados. Seguidas por un chiquitibum y un «es un honor estar con López Obrador» para concluir, la pleitesía al líder se hizo patente entre muchos de quienes dicen ser nuestros representantes.

    En política nada es fortuito, nada es casualidad. Este mesianismo hacia la figura de López Obrador explica por qué nuestro presidente tiene casi el 64% de popularidad según Mitofsky a pesar de las malas cuentas que ha entregado. El dominio de la narrativa y los símbolos son lo que sostienen al régimen y por eso es que apela a ellos. AMLO sabe cómo llegarle a la gente, no fue en vano su recorrido por todos los municipios del país: ello le permitió conocer la idiosincrasia del mexicano, algo que la mayoría de los políticos de la maltrecha oposición, recluidos en sus oficinas, desconocen por completo: que AMLO desprecie a cualquier tipo de élite: la científica, académica, económica o de lo que sea le trae muchos réditos. Los que ponemos el grito en el cielo somos pocos, unos cuantos privilegiados de clases medias para arriba que en su conjunto somos minoría. La mayoría se siente identificada con el discurso porque sienten que por fin alguien los representa.

    El festejo a López Obrador es también un despliegue de poder: se trata de mostrar que el presidente es querido, respetado y adulado. Se trata de hacerle recordar a los opositores que ellos no tienen ni remotamente una figura a la cual le aplaudan, le admiren y le celebren el cumpleaños; se trata de recordarles su insignificancia.

    Ello no quiere decir que todos los aduladores realmente sientan esa admiración y amor genuino por el señor presidente. Se trata más bien de que AMLO ha logrado configurar los incentivos de tal forma que los políticos, influencers orgánicos y empresarios (como Paty Armendariz o Ricardo Salinas Pliego), en su ambición propia, consideren que adular al presidente les va a traer réditos políticos o beneficios económicos. Si en el PRI, un partido altamente institucionalizado, todo se trataba de apoyar fervientemente al partido y al régimen en el poder, en el caso del régimen de MORENA, partido poco institucionalizado, todo se trata de adular al líder. Que se sea de MORENA no es tan relevante: todo es cuestión de «estar con López Obrador», de resaltar su imagen, de presumirlo, de adorarlo, de recordar que es un transformador, un personaje histórico.

    López Obrador lo sabe, sabe la conveniencia que hay detrás, pero ello no importa. Lo único importante es que los incentivos de los aduladores estén alineados con los intereses del régimen y los del propio Presidente. Los aduladores, en su ambición propia, terminan ayudando a consolidar esa imagen mítica del Presidente que tanta popularidad le trae y que tanto poder le da.

    Es como el viejo PRI, es como la originaria pleitesía al señor presidente. Nada más que aquí lo único que importa es el propio presidente. Todo gira en su órbita.

  • Donald Trump está vivo, y puede regresar al poder

    Donald Trump está vivo, y puede regresar al poder

    Donald Trump está vivo

    Pareciera que algunas personas están tranquilas con el estado de cosas actual. Donald Trump ya se fue del poder, ya no se escucha mucho sobre él (básicamente sus cuentas en redes sociales están suspendidas o canceladas) y se percibe una cierta tranquilidad incómoda.

    ¡Ya nos deshicimos del tirano! ¡Por fin los Estados Unidos regresaron a la normalidad! Algunos piensan, pero temo decir que se equivocan, y se equivocan rotundamente.

    Esa tranquilidad podría estar justificada si el demagogo surgiera de la nada, si fuera producto de la generación espontánea, pero Donald Trump no surgió de la nada, no es producto del vacío. Aquello que explica a Trump sigue existiendo ahí en la cultura estadounidense, de forma muy latente.

    Antes de profundizar en ello, es importante comprender el contexto actual. El inicio de la presidencia de Joe Biden ha sido gris, cuando menos. La terrible salida de Afganistán, la crisis migratoria en Texas que le ha valido críticas desde ambos lados del espectro político, un problema de inflación que se acumula, la derrota en Virginia así como dos paquetes ambiciosos que los demócratas han tenido problemas para sacar adelante.

    Los demagogos como Donald Trump o Andrés Manuel López Obrador son capaces de mantener una popularidad relativamente constante producto del tipo de relación emocional que establecen con sus seguidores en quienes el razonamiento motivado sobresale más de lo normal: prueba de ello es la misma afirmación que Trump hizo hace algunos años donde afirmó que si salía a disparar a la gente en la Quinta Avenida no perdería popularidad.

    Pero Joe Biden no cuenta con ese beneficio. La relación simbiótica que la derecha estadounidense tiene con Trump no se expresa de la misma forma con los liberales (y ni qué decir de los independientes) quienes estarán algo más dispuestos a juzgar a Joe Biden por sus acciones que por su figura. La popularidad de Biden ha caído más de diez puntos:

    Fuente: fivethirtyeight.com

    Ciertamente, es muy temprano como para pensar que el gobierno de Joe Biden va a terminar mal. Este patrón es relativamente normal: lo mismo con Barack Obama, Bill Clinton, Ronald Reagan, Jimmy Carter o Gerald Ford, pero lo cierto es que el estado de cosas actual juega a favor de Donald Trump, y ello no es poca cosa pensando en que las elecciones intermedias ocurrirán en un año. Aunque en algunos ámbitos Donald Trump sí fue el peligro que se vaticinaba, en especial su ataque a las instituciones democráticas (que incluyó no reconocer el triunfo de su oponente) junto con su terrible manejo de la pandemia, también es cierto que la economía no anduvo mal (tema para otra ocasión será ver qué tanto mérito tuvo en ello) y la política exterior (con aciertos y errores) no fue el desastre que se pensó que iba a ser, ello puede hacer que en, en caso de que los indicadores del gobierno de Joe Biden no terminen bien, algunos votantes independientes decidan optar por Donald Trump.

    Quienes nos informamos en redes sociales escuchamos poco de Trump: principalmente porque él ya no está y ya no controla la narrativa en estos ámbitos, pero si algo tiene es la capacidad de movilizar a los suyos, a tal punto que muchos republicanos ven con buenos ojos que él vuelva a ser el candidato en 2024. Donald Trump tiene una base electoral muy atractiva y nada desdeñable. Que no lo veamos no significa que no esté haciendo nada.

    Lo que muchos analistas ignoran es que el estado de cosas que «creó» a Trump pervive, y mientras ese estado de cosas exista y los republicanos estén dispuestos a apoyarlo, la posibilidad de que regrese a la presidencia en 2024 no es nada despreciable. Pero ¿qué estado de cosas?

    La politóloga Pippa Norris y el politólogo Ronald Inglehart hacen un análisis interesante sobre esta cuestión. Ellos afirman que lo que ha hecho surgir a Donald Trump (y que, con sus asegunes, también explica el populismo de ultraderecha en Europa) son los cambios culturales que han alienado a la clase blanca trabajadora de clase media-baja que tiene valores morales tradicionales y que vive lejos del progresismo urbano, así como los cambios económicos que afectan a la misma clase trabajadora que se ha convertido en la «gran perdedora de la globalización».

    Inglehart es conocido por los conceptos de materialismo y posmaterialismo. Mientras que el primero hace énfasis en la seguridad económica y física, el segundo hace énfasis en valores que no son de índole económica tales como la expresión personal. Cuestiones como el matrimonio igualitario, derechos de la mujer, combate al racismo, ecología y demás son valores posmaterialistas. ¿Y qué con esto? La transición de una sociedad materialista a una posmaterialista, o eso que denominan «revolución silenciosa» (la cual está ocurriendo en prácticamente todos los países desarrollados producto del desarrollo económico y social) es la que explica, en parte, el surgimiento de una batalla cultural que está alienando a aquellas personas que viven lejos de las grandes urbes y que defienden valores tradicionales materialistas.

    Esta transición es, a mi juicio, inevitable por dos razones. La primera tiene que ver con la composición generacional. Las nuevas generaciones: los millennials (y generaciones que le siguen) son los que más abrazan este tipo de valores. Los que abrazan valores tradicionales son cada vez menos (aunque siguen teniendo un tamaño considerable y salen a votar más) por la evidente razón de que están envejeciendo y de que cada vez menos personas de las nuevas generaciones están adoptando sus valores. Mi segundo argumento tiene que ver con la pirámide de Maslow, y es que una vez que las necesidades básicas han sido satisfechas, el individuo comenzará a priorizar aquellas que tienen que ver con el reconocimiento y la autorrealización: mi necesidad de trascender como persona, mi necesidad de expresarme, de ser libre y de encontrar algún sentido a la vida.

    A más positivo el número de la izquierda, más conservadurismo. Fuente: Norris, Pippa y Ronald Inglehart (2019), Cultural Backlash: Trump, Brexit, and Authoritarian Populism, Cambridge University Press.

    Pero que sea inevitable no implica que no traiga problemas. Las transiciones (culturales o económicas) suelen ser dolorosas para un sector de la población. Norris y Inglehart afirman que la transición cultural ha alcanzado un punto de inflexión (tipping point) en que los que mantienen valores tradicionales sienten que son una minoría en su propio territorio: se sienten alienados y, sobre todo, asustados. Ello explica esa pregunta que muchos se hacen cuando ven que los conservadores están dispuestos a votar por una figura nihilista como Donald Trump y ello explica por qué dentro de la religión evangélica, los pastores más polarizadores y politizados les están arrebatando seguidores a quienes no desean involucrarse en política. Ello explica también por qué los discursos xenófobos y racistas resuenan en esos sectores cuya población es homogénea y están social y culturalmente aislados de las zonas urbanas, ellos sienten que la migración es una amenaza no sólo económica sino cultural.

    Cuando un discurso o un estado de cosas pierde su hegemonía frente a otra, la configuración social hace que aquello que era normal y aceptable ya no lo sea y viceversa. La espiral del silencio propuesta por la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann ejemplifica muy bien este fenómeno. Cuando una opinión es minoritaria, muchas de las personas que la sostienen suelen estar indispuestos para expresarla por miedo al señalamiento o el escarnio social, pero cuando deja de serlo y dicho discurso se vuelve hegemónico entonces expresarlo se vuelve deseable y aceptable. Lo que se denomina como corrección política (que antes era de hechura conservadora y ahora es más bien progresista) se explica en parte por esto. Si hace algunas décadas una persona se la pensaba dos veces antes de defender a los homosexuales para evitar ser señalado o criticado, ahora una persona se la piensa dos veces antes de hacer una afirmación que pueda ser vista como homofóbica. Mientras que las minorías antes excluidas se están empoderando, los que defendían el estado anterior de cosas se están sintiendo excluidos y alienados.

    Que la transición posmaterialista sea inevitable (y de alguna manera deseable) no implica que haya cuestiones o actitudes que no puedan señalarse ya que pueden llegar a agravar esta problemática ni implica que las propuestas insertas dentro del posmaterialismo no deban estar exentas de escrutinio. La actitud de varios sectores progresistas frente a estos sectores tradicionales ha sido, por lo general, de desprecio y burla. Recordemos cuando los propios demócratas se refirieron a ellos con un burlas y un tono despectivo. Otros excesos, como, por ejemplo, reprimir a un trabajador blanco que vive en condiciones poco privilegiadas por su «privilegio blanco» tan solo aliena más a estos sectores y más dispuestos estarán a aceptar a un líder autoritario o demagogo que sacie sus sentimientos de incertidumbre y desesperación.

    Si algo ha sabido hacer Donald Trump es darle voz a aquellos que se sienten silenciados y hasta insultados. Por ello es que guardan cierto escepticismo de las élites (sociales, políticas e intelectuales) que son capaces de abrazar teorías que nos pueden parecer ridículas y hasta peligrosas como la de Qanon o sostienen teorías de la conspiración frente a la pandemia. Es cierto que su aislamiento de la globalización, las urbes y el menor acceso a la educación explican una parte de este fenómeno, pero también es cierto que el desprecio del que han sido sujetos explica en gran medida otra parte. A esto hay que agregar que estos sectores han perdido sus empleos, que sus comunidades están en crisis, que los demócratas se han preocupado poco por su situación, que la mano de obra está siendo automatizada o se está yendo a otros países: todo ello genera un caldo de cultivo para el populismo.

    Ciertamente, esta transición parece ser más dolorosa para Estados Unidos que para los países europeos (donde la ultraderecha se explica más que nada por la inmigración), a tal punto que ultraderechistas como el neerlandés Geert Wilders defienden valores posmaterialistas como la inclusión de la comunidad LGBT. Esto podría explicarse tanto por la mayor desigualdad económica como por una mayor cultura religiosa, entre otras razones.

    Es cierto que sería un despropósito dar «marcha atrás» al posmaterialismo, además de que es casi imposible, pero ciertamente se podría ser más empático con estos sectores sociales. La pretendida apertura de mente progresista también tendría que incluir una mayor apertura a escuchar a los que son marginalizados como arcaicos o conservadores. Lo cierto es que la actitud hacia estos sectores poco ha cambiado y poco se ha hecho para tender puentes. Por el contrario, los estadounidenses son una sociedad cada vez más polarizada, y mientras ello ocurra, siempre habrá espacio para figuras como Donald Trump o mucho peores.

    Y por ello sería un sinsentido pensar que el trumpismo «ya se acabó» y que «los gringos se libraron del problema». El reto es más difícil que solo «quitarle la cuenta al tirano». Si no se entiende, sorpresas desagradables podrían llegar más adelante.

  • No es falso, pero no es verdadero

    No es falso, pero no es verdadero

    No es falso, pero no es verdadero

    La jóven que se encarga de relatar las «fake-news» en la mañanera (esa puesta en escena donde, con el velo de un supuesto fact-checking, se lincha a los opositores) hizo una afirmación muy curiosa pero que habla mucho sobre la esencia de este régimen. Cuando hizo referencia a un estudio donde se colocaba a México como uno de los países más corruptos del mundo afirmó que «no es falso, pero no es verdadero».

    Esa frase describe muy bien el profundo nihilismo (decir relativismo ya sería hasta piropo) en el que éste régimen ha caído. Todos sabemos que los políticos mienten y engañan, tienen incentivos de sobra para hacerlo, pero cierto es que este régimen ha caído ya en un profundo cinismo.

    Pero cuando hablo de nihilismo no hablo de una amoralidad sino de inmoralidad: la ética y la moral se niegan no por el no reconocimiento de su existencia, sino por su reconocimiento y posterior atropello. El régimen pretende ser moral (más que los regímenes anteriores) y pretende una superioridad a partir de ellas. No solo eso, sino que la pregona como nadie más. Este régimen y, en especial, el propio López Obrador, nos dice a los mexicanos cómo es que debemos de pensar y qué postura deberíamos tener ante ciertos hechos. Pero la moral que pregona AMLO no tiene fundamentos: se dice progresista, pregona valores conservadores y actúa contraviniendo aquello que presume y pregona de tal forma que no queda nada. Esta paradoja es propia no solo de AMLO, sino de populismos tanto de izquierda como de derecha como el de Donald Trump o Nicolás Maduro en la cual no hay siquiera una base moral desde la que se parte (aunque se pretenda lo contrario) ya que el único punto de apoyo que existe es el poder.

    López, tal como Moisés y sus tablas con los mandamientos, nos dice que no debemos mentir, robar, ni traicionar, pero tanto él como su gobierno han mentido, robado y traicionado una y otra vez. Así, los principios que promueven no solo son meramente contextuales o relativos, sino que son un mero artilugio político. Se presume que se promueve algo, pero el gobierno mismo está completamente exento de su cumplimiento.

    Algunas personas insisten en que AMLO gobierna desde la «ideología», pero están equivocadas ya que no parecen existir siquiera principios políticos o ideológicos que guíen al gobierno. Prueba de ello es que es complicado ubicar al régimen dentro del continuo derecha-izquierda. Lo que existe es una visión del mundo personalísima y muy subjetiva del Presidente. Ella no se revela explícitamente: hay que adivinarla estudiando los actos pasados y presentes del personaje y develarla removiendo el velo que representan todos los artilugios retóricos bajo los cuales el régimen construye una narrativa legitimadora. Algunas partes son muy obvias (su visión anacrónica sobre muchos asuntos públicos y políticos) aunque otras no tanto.

    Alguna vez Peña Nieto decía que no tenía ideología sino que buscaba resultados. Aunque ciertamente la figura de Peña Nieto también tenía una visión cuasi-nihilista de la política y de principios éticos (vaya, no se puede decir mucho más del líder de un gobierno tan corrupto como el suyo), lo cierto es que su programa de gobierno (sus políticas públicas) tenía una suerte de base política-ideológica algo visible bajo la cual partía (aunque lo negara el mismo Peña Nieto). Es paradójico, porque Peña negaba la ideología en tanto que AMLO la presume, pero sus definiciones son tan vagas, ambiguas y retóricas que no queda nada: significantes como «neoliberalismo» y «conservadores» que sirven para polarizar a la población entre gobierno y oposición pero que en realidad no significan nada. A diferencia del gobierno de Peña, el actual es ideológicamente impredecible: AMLO se dice progresista pero desdeña la ciencia y acusa al feminismo de ser una herramienta para que los «neoliberales» sigan saqueando. Dice que los «otros» son conservadores, pero él mismo insiste en transmitir principios cristianos que contravienen el Estado laico y tiene una visión tan anacrónica del mundo y la política que lo mantiene demasiado alejado del liberalismo.

    Entonces lo falso puede ser verdadero y lo verdadero falso, porque los hechos se definen solamente en torno a los intereses del régimen: fuera de ello no hay nada, tan solo vacío.

  • Contrarréplica al artículo de Viridiana Ríos: «El error de defender a las instituciones»

    Contrarréplica al artículo de Viridiana Ríos: «El error de defender a las instituciones»

    Contrarréplica al artículo de Viridiana Ríos: "El error de defender a las instituciones"

    La académica Viridiana Ríos publicó en Expansión un artículo que me llamó mucho la atención (atención que me atrajo con el título y que corroboré al terminar de leer el texto) porque me parece que tiene muchos errores, omisiones e imprecisiones desde la ciencia política. Me pareció relevante hacer esta contrarréplica tanto por lo anteriormente mencionado como por el hecho de que es un tema relevante, de interés y muy vigente.

    Viridiana Ríos comienza su texto haciendo la siguiente afirmación:

    «Pensar que los organismos de gobierno no pueden desaparecer o cambiar, no es ser demócrata, es ser autoritario».

    La frase es muy ambigua y, aunque suena polémica, prácticamente no dice nada.

    Primero, que yo piense o incluso exprese que las instituciones no pueden desaparecer no me hace una persona autoritaria, tan solo estoy expresando una visión política. Segundo, esa sugerencia como tal tampoco es autoritaria: un régimen demócrata bien puede mantener sus mismas instituciones sin cambios sustanciales y no por ello deja de ser demócrata. Muchas de las instituciones (en especial de democracias consolidadas) llevan muchas décadas en pie sin cambios sustanciales y no pasa nada.

    Además, dudo que alguien esté haciendo esa sugerencia. De la afirmación «hay que defender las instituciones» no se implica que estas no puedan sufrir algún cambio alguna de estas pueda desaparecer como sugiere Viridiana. Cuando se hace esta afirmación se hace hincapié en evitar el abuso de poder o la improvisación de forma arbitraria.

    Las instituciones son organismos que desempeñan funciones de gobierno que les han sido conferidas por la constitución u otras leyes… Las instituciones, así definidas, surgen como resultado de procesos políticos, visiones y acomodos de fuerzas… Por ejemplo, la CRE, como hoy la conocemos, fue creada durante el sexenio de Peña Nieto como parte de la reforma energética.

    Primero, vale la pena mencionar las acotaciones que hace el profesor del CIDE Mauricio Dussange al respecto en un hilo de Twitter (que recomiendo leer en su totalidad): Viridiana comete dos errores en esta afirmación: 1) las instituciones son organismos que desempeñan funciones de Estado, no de gobierno y 2) la CRE fue creada en 1993, no en el régimen de Peña Nieto.

    Tiene razón Viridiana cuando dice que las instituciones surgen como resultado de procesos políticos, visiones y acomodos de fuerzas. ¿De ahí se infiere que puedan cambiarse indiscriminadamente? No, en lo absoluto, ni tampoco implica necesariamente que sirvan a los intereses del régimen. Muchas instituciones creadas en el régimen del PRI hegemónico siguen en pie y funcionando a pesar de los cambios de gobierno. Muchas instituciones trascienden a los regímenes que los crearon porque su tarea resulta beneficiosa para la sociedad: el IMSS es un claro ejemplo, también el INE, Banxico, el INAI y muchas otras instituciones.

    Este párrafo me llamó particularmente la atención:

    La democracia es por naturaleza cambiante. El autoritarismo no. Con el autoritarismo la decisión tomada es terminante.

    Esta frase es muy curiosa y engañosa. Bajo su supuesto las democracias más consolidadas son las que cambian de instituciones como de calcetines y eso no ocurre. Los cambios bruscos no son deseables en una democracia, cierta templanza es sana: que haya que cumplir una serie de condiciones para llevar a cabo una reforma constitucional (como mayoría calificada y aprobación en congresos estatales) busca evitar ello. Básicamente son candados para permitir cierta estabilidad y procurar que los cambios institucionales no sean agresivos de tal forma que no comprometa el orden institucional. Este espíritu se encuentra, por ejemplo, en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en su artículo 28: «Un pueblo tiene siempre el derecho de revisar, reformar y cambiar su Constitución. Una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras«. De la misma forma, dado que la Constitución requiere estabilidad, Alexander Hamilton, en The Federalist Papers afirma que estos procedimientos «protegen por igual contra esa facilidad extrema que haría a la Constitución demasiado variable y contra esa exagerada dificultad que perpetuaría sus defectos manifiestos. Además, capacita al gobierno general y al de los Estados para iniciar la enmienda de los errores, a medida que los descubra la experiencia de uno y otro sector».

    La democracia no contrasta con el autoritarismo por su naturaleza cambiante, los regímenes autoritarios también pueden llegar serlo e incluso necesitan serlo cuando un país transita de una democracia a un sistema autoritario: algo que omite Viridiana Ríos es que las transiciones de la democracia al autoritarismo suelen caracterizarse precisamente por esa naturaleza cambiante que ella desea. Basta recordar que el régimen de Hugo Chávez llevó o intentó llevar a cabo varias reformas constitucionales que le garantizaran una mayor permanencia en el poder y que ha seguido haciendo su sucesor Nicolás Maduro.

    Eliminar instituciones no solo es deseable en una democracia, es necesario para dar pie a mejores innovaciones y arreglos. De hecho, los arreglos democráticos que en la actualidad más reflejan el interés colectivo surgieron precisamente al erradicar instituciones previas.

    Esta afirmación solo puede ser contextual y nunca categórica. ¿Qué instituciones pretenden eliminarse? ¿Por qué razón? Eliminar alguna institución es deseable cuando la existencia de dicha institución no tenga un impacto positivo en la nación, no tenga utilidad alguna, su tarea pueda ser fácilmente reemplazable por otra u otra configuración sea más eficiente. Más allá de visiones y arreglos políticos, la eliminación de alguna institución debería estar justificada en este sentido. El cambio institucional puede ser positivo, pero también negativo.

    Vale la pena insistir que cuando se habla de «defender las instituciones» no se está sugiriendo la imposibilidad de que alguna pueda ser cambiada o sustituida (incluso en algún caso su defensa podría sugerir su mejora), de lo que se habla es de defender aquellas instituciones que sí tienen utilidad alguna para el país de su mal uso, modificación arbitraria o intento de eliminación para supeditar dicha utilidad al interés político del régimen en turno.

    Hay quien no quiere democracia y prefiere un gobierno de élites, una aristocracia.

    Cuando hablamos de la democracia como el gobierno del colectivo debemos tener cuidado, porque este concepto suele ser mal usado por los regímenes populistas que se ungen como «la voz del pueblo». La visión moderna de democracia se sostiene en tres pilares: un gobierno representativo, la separación de poderes y el sufragio universal. Ésta, como bien comenta Bernard Manin en su libro «Los Principios del Gobierno Representativo», tiene un componente aristocrático y otro democrático en el sentido clásico. En un gobierno representativo la sociedad elige a sus representantes (componente democrático) de una élite política (componente aristocrático), aunque ciertamente cualquier ciudadano está facultado para participar en política.

    Vale la pena señalar ello porque en la democracia moderna el ciudadano elige a alguien para que lo represente y tome decisiones a su nombre. Evidentemente las cosas no terminan ahí ya que, según Robert Dahl, deben existir ciertas condiciones para que el sistema político democrático funcione (eso que llama poliarquía): 1) Libertad de organización y asociación, 2) Libertad de expresión y pensamiento, 3) El derecho al sufragio, 4) El derecho a competir por el apoyo electoral, 5) Fuentes de información accesibles, 6) Elecciones periódicas libres y justas que produzcan un mandato limitado y 7) Instituciones que controlen y hagan depender las políticas gubernamentales del voto y otras expresiones de preferencias. Estas condiciones permiten al ciudadano una participación más activa, pero ello no implica que el colectivo gobierne directamente como sugiere Viridiana, sino más bien que exista una representatividad más efectiva y una mayor participación ciudadana que funja como contrapeso al poder político.

    Esto significa que la ciudadanía siempre va a ser gobernada por una élite política, así como el día de hoy está gobernada por una (que no se asuma como élite sino como voz del pueblo es otra cosa) y ello no implica que tengamos un régimen aristocrático y no uno democrático.

    La democracia no es el gobierno de los expertos, ni de los que saben más. La democracia es el gobierno del colectivo. Y el colectivo tiene el derecho y la prerrogativa de cometer aciertos y errores.

    Cuando Viridiana Ríos habla del gobierno de los expertos, hay que hacer una observación importante. La politóloga Nadia Urbinati denomina unpolitical democracy a aquella configuración que deslegitima la opinión política en favor del «expertismo» ya que, comenta ella, neutraliza todo aquello que caracteriza a la política democrática y que está asociado con la disputa, el desacuerdo y la deliberación. No es deseable que los «expertos» trabajen y deliberen sin tomar en cuenta las necesidades y requerimientos de los gobernados: esta es una de las razones que explican la creciente desafección democrática que viven muchos países. De igual forma Hanna Pitkin se pregunta hasta qué punto los especialistas y expertos representan a sus clientes ya que ciertamente los expertos saben mucho más que aquello que saben los ciudadanos.

    Sin embargo, no considero que este sea un problema que se explique por la mera presencia de los expertos, sino por su distanciamiento con la ciudadanía. Si los ciudadanos votaron por un partido o por un conjunto de ideales políticos, los expertos, que reciben el mandato de la sociedad, tendrían que buscar llevarlos a cabo de la mejor manera y con el mejor diseño de política pública. Es claro que hay una tensión aquí ya que el ciudadano, por lo general, no tiene la preparación para saber qué es lo que se requiere en muchos de los ámbitos políticos o económicos y, de hecho, por esa misma razón, los políticos que tienen un cargo público delegan ciertas funciones a los especialistas. Los expertos deberían tener la capacidad de comunicar sus visiones o decisiones a la ciudadanía y explicar de forma comprensible cómo es que sus decisiones empatan con sus necesidades y con las razones que llevaron a votarlos.

    Tal vez Viridiana no se equivoque completamente en este punto (por el distanciamiento de las élites políticas y no por la mera presencia de los expertos) pero ello no le da la razón en su argumento principal. El problema no es que las instituciones sean prescindibles, el problema es que la élite política (hoy opositora) no ha sido capaz de explicar a los gobernados por qué dichas instituciones son importantes, aunque ciertamente la población reconoce la utilidad de algunas de ellas, como es el caso del INE que mantiene una calificación aprobatoria por parte de los ciudadanos a pesar de los ataques del régimen. Que el distanciamiento exista no implica que lo deseable sea el gobierno de personas incompetentes ni que el gobierno ejecute todo lo que el pueblo pida sin importar si el pueblo tiene o no dominio sobre aquél tema de interés (recalcando que el mandato como entidad homogénea suele confundirse con el mandato del líder que dice ser su voz). Por ello mismo Nadia Urbinati pone el dedo en la llaga de aquello que llama populist power, en el cual se les da a las masas, como una entidad homogénea, la virtud de la sabiduría y a la que se agrega la virtud de la mobilización.

    Cuando Viridiana habla del interés del colectivo, pareciera que habla en este sentido: en el de la voluntad general de Jean Jacques Rousseau a la que gustan apelar los líderes populistas. La realidad es que los ciudadanos no tienen los mismos intereses y por ello se organizan distintos partidos políticos. En cualquier configuración hay ganadores y perdedores y es prácticamente imposible llegar a una configuración que sea Pareto superior ya que necesariamente alguien se va a ver perjudicado (claramente lo deseable es una configuración donde, en su totalidad, se maximice el beneficio, donde haya más ganadores y donde los perdedores pierdan lo menos) y por ello es que en una democracia es necesaria la disputa y la deliberación que si bien es cierto que lo que Urbinati denomina unpolitical democracy neutraliza, es ya de plano casi eliminada en un arreglo populista donde se considera que el pueblo o el colectivo tiene las mismas necesidades.

    Claro que hay quien piensa que esto no debe ser así. Argumentan que los votantes tienen malas ideas y por ello, empoderan a políticos ignorantes. Asumiendo (sin conceder) que sea así, ese es un riesgo natural de la democracia. Si se quiere evitar ese riesgo, se debe luchar en el terreno de lo político para convencer a los votantes de que piensen diferente y así lograr el empoderamiento de mejores políticos.

    Para concluir, me parece que esta afirmación busca crear un hombre de paja para descalificar a aquellos que piden defender las instituciones. Sin embargo, esta afirmación no tiene sentido.

    Suponiendo (cosa muy probable) que con esta afirmación Viridiana se quiso referir a los que «critican a quienes votaron por AMLO», lo que es un hecho es que las instituciones respetaron a cabalidad la voluntad de la mayoría de los ciudadanos. Podrán pensar misa y podrán albergar prejuicios, pero a nadie le están restringiendo su derecho a votar (independientemente de que se equivoque o no) y eso es lo que importa.

    Además, así como López Obrador guarda legitimidad como Presidente de la República, la oposición tiene todo el derecho de fungir como oposición y pedir que se respeten las instituciones. Si la mayoría votó por López Obrador y López Obrador busca atentar contra las instituciones, ello no significa de ninguna manera que sea algo deseable ni que la oposición no tenga derecho a oponerse a ello.

    Conclusión

    Solo quiero agregar que, aunque no se haya dado cuenta de ello al escribir el texto, pareciera que Viridiana está legitimando la tiranía de las mayorías como la definió John Stuart Mill (o, en todo caso, la tiranía del poder político mismo que dice representarlas). Al hablar de una voluntad del colectivo como cosa única y al asegurar que el cambio institucional siempre es deseable, se corre el riesgo de que una mayoría imponga su voluntad sobre los demás. Son precisamente esas restricciones al cambio lo que permiten que los cambios institucionales no deriven en un uso abusivo y arbitrario por parte del poder que dice representar a dichas mayorías. Son precisamente esas instituciones que no pueden cambiarse por un capricho las que lograron contener los desplantes autoritarios de Donald Trump y son esas mismas las que permitieron a López Obrador ganar la presidencia en 2018.

  • ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    En el no mucho tiempo libre que la maestría me deja me puse a reflexionar: ¿Por qué la gran mayoría de los influencers de izquierda son de clase media-alta o alta? ¿Por qué la gran mayoría son blancos en un país donde la mayoría de la población, sobre todo aquellas que la izquierda dice acostumbrar representar, es morena: mestiza o indígena?

    Pensemos en Antonio Attolini, en Simón Levy, en Diego Ruzzarín, Estefanía Veloz, Alberto Lujambio, Hernán Gómez Bruera. Todos ellos vienen de un sector privilegiado (todos ellos tienen estudios, tienen recursos económicos y contactos) y su posición ha sido indispensable para que estén donde estén.

    Las únicas excepciones que me vienen a la mente son Gibrán Ramírez y Tenoch Huerta, pero luego puedo mencionar más «influencers» (que ahora son parte de gobierno) como Pepe Merino o Andrés Lajous que también vienen de buena cuna.

    Es más, basta comparar la distribución socioeconómica y fenotípica con los influencers de «ultraderecha» que recibieron a Santiago Abascal de Vox, de quienes asumiríamos que son defensores de los privilegios o el orden social prevaleciente. La distribución es parecidísima: la mayoría es blanca y los morenos son la pequeña excepción.

    La nueva derecha dura mexicana, Vox y el PAN

    ¿Por qué sucede esto?

    En este texto no pretendo caer en lugares comunes. No creo que ser de buena posición socioeconómica o ser de fenotipo más caucásico sea incongruente con el hecho de ser de izquierda. Es más, no sería siquiera incongruente que una persona de izquierda cargue con un iPhone en tanto anhele un mundo más igualitario en el cual todas las personas puedan aspirar a comprar uno. Mi texto no pretende recriminar a estos influencers su postura ideológica (más allá de mis discrepancias con algunos de ellos). Lo que pretendo hacer es tratar de explicar por qué esto ocurre y qué problemas hay con eso. ¿Por qué es la gente que pertenece a una élite económica, social o hasta académica y no la que es «parte del pueblo» la que tiene un micrófono y exposición para hablar de justicia social? ¿Por qué no es un líder sindical o un profesor que trabaja con gente que vive en la pobreza?

    Lo más fácil de explicar tal vez sea el hecho de que la gente que vive en la base social no acceda con facilidad a esos espacios. Una persona que tiene que pensar en qué comer y cómo satisfacer sus necesidades básicas difícilmente tendrá las condiciones para convertirse en un líder de opinión: para ello se necesita educación superior (tal vez con algunas excepciones) y tener la capacidad para crear un liderazgo de opinión: ello explica por qué todas las revoluciones (la mexicana, la rusa, la francesa o la cubana) no fueron empujadas por el pueblo oprimido sino por las clases medias que hablaban a su nombre (y que luego tomaron el poder a su nombre y no en pocos casos se perpetuaron «a su nombre»). Pero también hablamos de influencers que requieren una computadora o un teléfono móvil con acceso a Internet.

    Otra cuestión que pueda darnos alguna pista es la educación. En Occidente, la izquierda (cada vez más alejada del marxismo y cada vez más cerca de la posmodernidad) se ha vuelto más elitista con el tiempo. Ciertamente, no pocos líderes de izquierda en la historia tenían cierta educación, pero como comenta el filósofo Michael Sandel en su libro La Tiranía del Mérito, la izquierda, con el tiempo, se ha encasillado en la intelectualidad o la academia de tal forma que se ha alejado de las clases bajas a las cuales acostumbra ver cada vez más por «encima del hombro»: ello explica, dice el autor, que estas clases, alienadas, voten más a Donald Trump o a Marine Le Pen que al partido socialdemócrata.

    La izquierda actual se preocupa más por la equidad de género o los derechos de la comunidad LGBT (lo cual en sí no es algo malo) que por los obreros o los campesinos (lo cual sí es un problema). Es decir, la izquierda contemporánea se ha abocado más a preocuparse por las minorías visibles en su propia clase que por aquellas personas de clases socialmente deprimidas. Si bien, es cierto que López Obrador está muy lejos de formar parte de esa «izquierda cultural» que le es tan ajena, sí que muchos influencers de izquierda en México (tanto aquellos que son seguidores de AMLO como aquellos que no) forman parte de esta nueva corriente, o bien, la amalgaman con la izquierda más clásica (aunque sin esa convicción o esa disposición a «ensuciarse los zapatos» de los izquierdistas de antaño). Se preocupan por los de abajo, pero desde muy arriba.

    Su participación consta de una discusión dentro de una élite en la que la mayoría no participa.

    Pero aún haciendo este descarte todavía nos queda un gran trecho de la población. Si uno se pasea por la UNAM verá que muchas de las personas que estudian ahí no son caucásicas. Muchas de esas personas (sobre todo en ciencias sociales) tienen ideales políticos, gustan hablar del tema e incluso participan en manifestaciones. Si esas personas tuvieran la mismas oportunidades para acceder a los espacios de opinión para volverse influencers u opinadores relevantes entonces tendríamos que ver otro tipo de distribución fenotípica y de clase: una donde ciertamente existan algunos de fenotipo más caucásico pero también algunos morenos e incluso alguno que otro indígena. Sin embargo, eso no ocurre. Algo pasa que muchos de ellos se quedan «atorados» en el camino y solo pocos logran avanzar.

    Aquí se vuelve más difícil de discernir qué es lo que está pasando. ¿Será que las personas de clase media-alta o alta tienen el suficiente tiempo libre o los contactos que el clasemediero no tiene? ¿Es que, siguiendo a Sandel, la sociedad en su conjunto está discriminando más a los líderes de opinión por su nivel educativo? ¿Será que hay una actitud diferenciada ante la gente por su apariencia fenotípica? ¿Será que la gente más «clasemediera» al ver que las barreras de entrada son algo más altas, desista de ser líder de opinión? Son preguntas que dejo al aire porque me son imposibles de contestar sin evidencia en mano: posiblemente podrá ser un muy buen tema de investigación para quienes estudian un doctorado. Lo único que sí puedo decir es que la distribución fenotípica y de clase no es producto de la aleatoriedad.

    ¿Y cuál es el problema?

    La izquierda dice ser cercana al pueblo y conocer las necesidades de la gente más de lo que lo hace la derecha. Ciertamente, como afirma el psicólogo social Jonathan Haidt en su libro The Righteous Mind, la gente de izquierda (o progresista) tiene una mayor facilidad para preocuparse por «el otro» que sus contrapartes de derecha. Sin embargo, no es lo mismo leer a Marx o a Piketty que vivir la realidad que vive la gente que dicen representar. No es que sea inútil leer a autores o estudiar, todo lo contrario, pero ciertamente la experiencia te da una sabiduría que no necesariamente te da la educación formal. Muchos líderes históricos de izquierda, aunque fueran de buena posición económica, se ensuciaban los zapatos, daban discursos. Los de hoy opinan en redes sociales y, en algunos casos, los invitan a programas de opinión. Habría que preguntarle a la gente que vive en colonias populares o con cierto grado de pobreza si saben quien es Diego Ruzzarín o Simón Levy. Seguramente la gran mayoría contestará con una negativa.

    Al final, su participación consta de una discusión dentro de una élite sobre cómo debería ser el mundo y qué es lo mejor para toda la población, pero en la que la gente que no forma parte de esa élite prácticamente no participa.

    Lo que habría que preguntarse es si estos influencers de izquierda conocen la realidad de aquellos que dicen defender y de quienes hablan a su nombre. Estos influencers hablan de desigualdad, de la canasta básica, de la escasa movilidad social y de otros temas que seguramente tienen cierta relevancia, pero difícilmente conocen el día a día que viven estas personas más allá de los artículos o las notas sensacionalistas de los noticieros. Al de abajo lo observan desde arriba, desde una posición privilegiada.

    El problema con ello es que entonces ellos asumirán que saben lo que los otros quieren cuando realmente no lo saben, con lo cual se corre el riesgo de convertirse en una suerte de imposición: «tú no sabes lo que quieres, mientras que yo, que tengo educación y preparación y que, sobre todo, soy de izquierda, sé qué es lo que quieres y necesitas, y lo diré en canales que seguramente tú no ves: en Twitter, en un programa de TV de paga». Una actitud así no podrá hacer otra cosa que generar resentimiento entre aquellos con los que dicen empatizar como ha ocurrido con el Partido Demócrata en Estados Unidos.

    Y de igual forma ocurre cuando el gobierno pretende reivindicar a los indígenas cuando casi nadie de los integrantes es indígena ni mucho menos representa a una de esas comunidades. Ello se vuelve una imposición porque entonces el «no indígena» le dice al indígena cómo es que tiene que se reivindicado (lo cual es completamente paradójico).

    La mejor forma de que el pueblo se escuche es que más personas que vienen de abajo tengan mayor acceso al micrófono. Evidentemente, si existiera una mayor movilidad social, esto sería más posible. Seguramente la perspectiva de la gente que viene «de abajo», que sabe lo que es estar abajo, será muy enriquecedora y le dará más voz al pueblo.

    Todo esto no quiere decir que los «influencers» actuales no tengan la capacidad de aportar algo valioso a la discusión ni mucho menos que se les deba descartar solo por el hecho de tener una buena posición socioeconómica (más allá de que muchos de ellos no sean de mi simpatía), lo que es cierto es que sus opiniones estarán casi condenadas a emitirse desde una postura elitista (es decir, desde su condición de miembros de una élite económica, social o académica) por lo que siempre quedará algo «incompleto» y lo que es cierto es que correrán el riesgo de asumir qué es lo que la gente más desfavorecida quiere cuando pocas veces realmente han convivido con ella y poco conocen de sus necesidades.

  • Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Lo he dicho antes: contra lo que piensa mucha gente, creo que López Obrador es una persona inteligente y hábil políticamente. Será pésimo para las políticas públicas (policy) pero es lo completamente opuesto cuando se trata de hacer política (politics). También he comentado que políticamente (para los intereses del régimen) las mañaneras son una genialidad.

    Por ello deberían preocuparnos los amagos autoritarios de este gobierno. Por ello debería preocuparnos que Alejandro Madrazo Lajous haya sido removido de la dirección del CIDE Centro con el ridículo argumento de «pérdida de confianza», por ello debería preocuparnos la exhibición que se hace de muchos ciudadanos en las mañaneras por atreverse a criticar al presidente.

    En su genialidad política, López Obrador ha logrado construir una narrativa en la cual se presenta como un hombre democrático que accede (a diferencia de otros presidentes) a escuchar aquél que disiente con él. El oficialismo dirá que no ha habido otra presidencia que permita que Jorge Ramos o Denise Dresser puedan acudir a reclamarle. Si Peña Nieto se escondía en el baño de la Ibero o si Calderón iba acompañado de sus guaruras a todos lados, López Obrador ahí está en el templete escuchando lo que el opositor tiene que decir.

    Pero dicha dinámica es un engaño, porque el juego está armado de tal forma que él gane. Él sabe que Denise Dresser o Jorge Ramos, después de tener ese atrevimiento, van a ser linchados en redes sociales por el oficialismo: van a hacer memes para humillarlos, para mostrarlos como corruptos, conservadores o prianistas. Así, alguno se la pensará dos veces antes de plantarse en Palacio y reclamarle cualquier cosa a AMLO. Deben saber que les va a llover: sus nombres serán recordados en la lista de antagonistas de la transformación que posiblemente tendrá más peso que la solidaridad del círculo rojo.

    Así, el régimen presume que no censura: a nadie se calla, puedes venir a hablar. El gobierno no te va a encarcelar, los que te van a linchar en las redes sociales son simples tuiteros que «están usando su libertad de expresión así como tú utilizaste la tuya».

    Pero, conforme pasa el tiempo, la censura, aunque todavía sutil, se vuelve cada vez más explícita. El caso de Madrazo Lajous y el CIDE muestra la poca tolerancia que el régimen tiene a quienes no se alinean a la concepción personalísima del mundo que tiene López Obrador (a lo que ni siquiera se le puede llamar ideología). Así ocurrió con los académicos a los cuales el régimen amagó con encarcelar. Dudo mucho que la intención del régimen fuera esa, más bien quisieron hacer creer que la gente que conforma la comunidad académica (sobre todo la que no está alineada al régimen) es corrupta para así descalificar al mensajero. ¿Que con un análisis de datos corroboraron el pésimo manejo de la economía por parte del régimen? Ah, recuerda que ellos son corruptos y no están del lado del pueblo.

    El régimen construye su narrativa de tal forma que pueda blindarse (al menos ante sus simpatizantes, que son millones) de la idea de que se trata de un régimen autoritario, y le funciona. La indignación por los atropellos al CIDE o a los académicos es completamente válida, pero se queda en el círculo rojo. Las mayorías ven estos asuntos como algo lejano a ellos y que no les atañe, tienen muchas otras preocupaciones antes que pensar en la ciencia o la academia, que ciertamente se conforman como élites (no pueden no serlo en ningún momento en ningún lugar), pero son precisamente élites a las que, por su carácter público, muchos más mexicanos pueden tener acceso y formar parte de (muchos de sus miembros no vienen precisamente de una cuna privilegiada y accedieron ahí gracias a una beca o un fideicomiso). Atentar contra la comunidad académica, que precisamente es la que produce conocimiento para resolver muchas problemáticas sociales, va a tener consecuencias nocivas para el país.

    No se trata de una censura abierta y explícita, pero es censura: se trata de estrategias muy puntuales contra grupos muy puntuales que el régimen considera como peligrosos ya no necesariamente porque sean críticos, sino porque no se ajustan al pensamiento único que el régimen de López Obrador busca promover: se trata de apretar los botones exactos para hacer los movimientos de tal forma que el impacto al régimen sea el mínimo posible al tiempo que maximiza los beneficios. Se trata también de desincentivar al opositor de enfrentarse al «aparato». Dudo mucho que el asunto con Madrazo Lajous o los académicos vaya a bajar siquiera medio punto porcentual de la popularidad de AMLO en las encuestas y dudo mucho que ello vaya a tener impacto alguno en las elecciones venideras, a menos que López Obrador haga un movimiento en falso que haga que todas estos agravios acumulados se le puedan salir de control.

    Por más sigilosa sea la forma de actuar de este régimen, por más que no haya «encarcelados o asesinados», su actitud ante lo diferente o la otredad rememora más bien a los regímenes autoritarios y dictatoriales que se enfrascaban en llevar a cabo purgas para eliminar al disidente y a los círculos intelectuales para así eliminar la pluralidad en pos de una estructura de pensamiento único y monotemático que beneficie y legitime al régimen en turno. Ella es la forma de actuar del populista que esconde su autoritarismo bajo un manto democrático. Desde Donald Trump a Nicolás Maduro u Orbán, el otro, el que no piensa igual, es indeseable: habrá que desacreditarlo, minimizarlo, que su voz sea irrelevante.

    Y cuando las sutilezas dejen de funcionar, la censura explícita y agresiva ahí estará siempre como recurso.

  • 7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    Bin Laden está muerto. Algunas personas dirán que al final perdió porque él está muerto y los Estados Unidos siguen de pie, pero esa es una interpretación muy frívola.

    La realidad es que Bin Laden ganó la guerra.

    A Osama Bin Laden lo mataron en 2011, una década después de los atentados, cuando ya no a mucha gente le importaba, cuando ya se había hecho a la idea de que EEUU había sido vulnerado y cuando ya había regresado a su vida cotidiana. Lo asesinaron cuando ya el daño (aquello que Bin Laden quería) estaba hecho.

    Es que Osama Bin Laden logró lo que quería: logró desestabilizar a los EEUU en muchos sentidos:

    1) Creó un profundo sentimiento de vulnerabilidad no solo en Estados Unidos sino incluso en todo Occidente (la cual sería ratificada con ataques posteriores en tierras europeas). Estados Unidos ya no era aquel país seguro y cuasi invencible. Atacaron varios de sus símbolos más importantes: el comercial reflejado en el World Trade Center y el militar reflejado en el Pentágono. Si el político (la Casa Blanca o el Capitolio) no sufrió daños es porque los pasajeros secuestrados del vuelo que iba a ese lugar se rebelaron y derrumbaron el avión.

    2) Orilló al gobierno estadounidense a tomar decisiones precipitadas y basadas en el miedo que mermaron su reputación en todo el mundo. Una de las principales «armas» con las que los imperios se sostienen son aquellas narrativas que le dan legitimidad endógena (dentro de su pueblo) como exógena (fuera del país). La Patriot Act mermó la legitimidad endógena y tanto Guantánamo como Abu Ghraib mermaron profundamente el discurso de que Estados Unidos es un país comprometido con los derechos humanos.

    3) Logró exhibir a Estados Unidos como un país ineficiente en materia estratégica y militar, lo cual a su vez merma su imagen como país poderoso. Desde el mismo atentado (que también se explica por deficiencias en los servicios de inteligencia) la incursión en Irak donde nunca existieron armas de destrucción masiva, hasta la desastrosa salida de Afganistán en el régimen de Joe Biden que terminó en mano de los talibanes (previo acuerdo con Donald Trump).

    4) Todo ello acentuó una suerte de profundo remordimiento nacional (incluso occidental) por los actos cometidos en Estados Unidos y los países occidentales a lo largo de su historia. Todas las críticas decolonialistas y análisis basadas en la teoría crítica o corrientes posmodernas que tomaron auge en la izquierda académica estadounidense se podría explicar, entre otras razones, por todos los eventos que siguieron al atentado e incluso los que le antecedieron (como la intervención estadounidense en Medio Oriente en el contexto de la Guerra Fría). No es que hacer una autocrítica sea algo malo, en lo absoluto (y menos si hablamos de las torturas que ocurrieron en Guantánamo y Abu Ghraib). El problema es que, como respuesta al miedo y el rencor por parte de quienes deberían haber mantenido la calma, se expuso a un Estados Unidos que no se parece mucho a aquel que repite la narrativa o los valores de los padres fundadores.

    5) Todo ello deslegitimó y desarmó, de una u otra forma, a los Estados Unidos como imperio: cualquier acción vista como «imperialista» es señalada por la opinión pública (incluso si se trata del menor de los males), incluso si se trata de un acto en defensa propia. Estados Unidos ya no es el «país que promueve la democracia en el mundo» sino aquel que engulle a países de todo el orbe para dominarlos. Este remordimiento causó que se revisitaran todos los actos pasados del imperio estadounidense en el pasado y se les juzgara con más determinación. ¿Nagasaki e Hiroshima? ¿El golpe de Estado a Allende? ¿Los iran-contras? ¿Vietnam? ¿La desastrosa incursión en Irak?

    6) Las teorías de la conspiración no son algo nuevo, pero ciertamente el 9/11 inauguró una nueva tradición que se extiende hasta nuestros tiempos con los antivacunas y terraplanistas y que tienen como constante la desconfianza en las instituciones. Como es difícil imaginarse que un país tan «poderoso» fuera vulnerado de tamaña forma, entonces es más cómodo imaginar que es el gobierno el que está mintiendo, el que hizo todo. Dicha desconfianza en las instituciones explica también el ascenso de líderes populistas como Donald Trump. ¿Qué habría pasado con la candidatura de Trump si el 9/11 no hubiese ocurrido? ¿Hubiera ocurrido? Y si lo hubiera hecho ¿Habría ganado?

    Americans' Confidence in Institutions Stays Low

    7) El terrorismo islámico no solo no está neutralizado sino que, de alguna manera, ha estado en su apogeo en los últimos años. Los diversos atentados en París como el de Charlie Hebdo o Le Bataclan, los de Bruselas, los que ocurren constantemente en Medio Oriente. Qué decir del talibán recuperando Afganistán o del Estado Islámico. Ello ha afectado también la confianza institucional y ha despertado reacciones xenófobas en varias partes de Europa.

    Si 9/11 no hubiese ocurrido, EEUU sería más fuerte hoy y Occidente sería más fuerte que hoy. Bin Laden sacudió al imperio con poquísimos recursos (humanos, tecnológicos, militares, económicos) comparados con la abismal fortaleza estadounidense. Nomás mencionarlo suena a tremenda humillación para muchos. Y como Osama Bin Laden o Al Qaeda no son un país o una entidad parecida, entonces se vuelve difícil construir un enemigo. Por eso, tras su muerte, la herida del 9/11 no se cerró. No se ha cerrado, las imágenes nos siguen dando muchísimos escalofríos e indignación.

    Bin Laden ganó y EEUU perdió. Bin Laden está muerto, pero partió sabiendo que había conseguido lo que quería. Incluso no tuvo la oportunidad de atestiguar por completo su victoria que terminó reforzada por diversos acontecimientos de la última década.

  • El asunto con el PAN

    El asunto con el PAN

    El asunto con el PAN

    Históricamente, el PAN había sido el “partido de oposición”. Fue casi siempre la fuerza más fuerte durante el régimen hegemónico del PRI (tal vez con excepción del 88 donde Cuauhtémoc Cárdenas se convirtió en el rival más importante del candidato priísta) y fue la primera fuerza de oposición al llegar al poder en el año 2000. Tan solo mencionar todo esto nos habla de la relevancia que ha tenido este partido en la historia política de este país.

    El PAN también ha sido el partido que había mostrado cierta consistencia ideológica, a diferencia del catch-all que siempre fue el PRI. El PAN se presentó como un partido humanista, democrático y con raíces ciertamente cristianas. En su organización convivían dos facciones: una de centro o centro derecha, con una perspectiva humanista, liberal e influida por principios cristianos, más en el sentido de las democracias cristianas europeas moderadas ideológicamente (y a la que se sumaron posteriormente sectores empresariales), y otra más marginal: de ultraderecha, confesional y dogmática. De alguna forma, la primera tuvo mayor preponderancia en los dos sexenios que gobernó.

    Pero el PAN comenzó a perder dicha consistencia en los últimos tiempos y se comenzó a comportar como un partido catch-all (atrápalo-todo) donde conseguir votos a costa de lo que fuera comenzó a primar sobre la propuesta ideológica. El PAN comenzó a partirse desde dentro. Los conflictos internos llevaron a Felipe Calderón y Margarita Zavala a salir del partido para crear México Libre que no logró obtener el registro (para luego regresar). Las alianzas con el PRD comprometieron su consistencia ideológica severamente, e incluso algunas figuras socialdemócratas como Agustín Basave entraron al partido, y ni qué decir de Ricardo Anaya que tenía una plataforma más bien socialdemócrata.

    En este escenario, el del partido dividido, fracturado y que presume resultados aceptables en el 2021 producto de la fortuna más que del mérito propio (mucha gente votó por ellos no por convicción sino porque era la vía para debilitar a AMLO y si tuvieron éxito en la CDMX fue más que nada porque a la izquierda capitalina “se le cayó la línea 12”) es que una nueva versión de esa ultraderecha (o la derecha dura, como se hacen llamar algunos activistas cercanos a esta corriente) quiso dar un golpe de autoridad.

    Fue esta ultraderecha la que trajo a Santiago Abascal de Vox a México a firmar la Carta de Madrid para “combatir el comunismo”, algunos se sumaron por convicción y otros por mera ingenuidad, pero no solo los panistas en su conjunto se desentendieron al ver la reacción adversa en las redes sociales de la opinión pública así como algunos de sus miembros, sino que el mismo Rementería, el coordinador de la bancada del Senado, terminó pidiendo disculpas. Cristian Camacho, un activista de “derecha dura” en redes que precisamente hacía trabajo de redes sociales para el partido, fue cesado por haber gestionado la visita de Santiago Abascal. Hicieron como que aquí no pasó nada.

    Los activistas de la derecha dura tienen razón en dos cosas: 1) que el PAN tiene una severa crisis de identidad incapaz de tomar posturas y que 2) parece estar preocupado por amasar votos más que por crear una plataforma que de verdad represente a la gente. Quieren ocupar ese vacío que está dejando el PAN producto de su indefinición.

    Esta derecha dura pretende impulsar una agenda muy conservadora, tradicional y nacionalista, lejos de la democracia cristiana de centro y más bien cerca de los fenómenos populistas que hemos visto en los últimos tiempos. Ellos son admiradores de Donald Trump (varios de ellos no reconocen su derrota en las urnas), Jair Bolsonaro e incluso Viktor Orban de Hungría. Quieren combatir de frente al “comunismo” que representa López Obrador, así como todo lo que tiene que ver con la agenda progresista, la corrección política y demás. Así como ocurre con los populismos de izquierda, dividen a la sociedad en buenos y malos: ellos, los buenos, los que defienden las libertades, y todo eso que llaman “la izquierda” donde no solo se encuentran los pejistas o las facciones radicales tanto de la izquierda clásica como de la denominada izquierda posmoderna (progre) sino a todos los socialdemócratas, centristas o incluso a la derecha moderada, a la cual llaman la “derechita cobarde” (tal y como Vox denomina al PP de España).

    El problema es que con esta visita promovida por la derecha dura el PAN no solo no se definió, sino que quedó peor de cómo estaba antes en muchos sentidos:

    1) La plataforma de centro derecha (si es que queda algo de ella) podría aspirar a obtener votos de todo el antilopezobradorismo, desde el centro hasta la derecha conservadora, e incluso hasta algunos izquierdistas moderados que, por su profundo desencanto con AMLO, podrían ver a la facción más liberal del PAN como un mal menor (tal como lo hizo en el 2000 para vencer al PRI). Con la visita de Vox, ya dejaron con muchas dudas a los votantes del centro que pueden ser determinantes en 2024.

    2) Tampoco quedaron bien con la derecha dura. Al desentenderse de sus propias decisiones, al decir que fue una visita de índole personal al tiempo que fue promovida por las cuentas del Senado, al despedir a Cristian Camacho por gestionar la visita y al pedir disculpas, terminaron viéndose como esa “derechita cobarde”. Posiblemente pensaron que era buena idea replicar el “modelo Bolsonaro” y el “modelo Trump” con un discurso populista y confrontativo, pero luego se echaron para atrás, que siempre no.

    Lo ocurrido no fue un accidente, que Cristian Camacho trabajara para Rementería no era casualidad: por alguna razón Rementería quería tener un “ultra” manejando las redes. El PAN se ha esforzado en convencernos de que lo ocurrido sí fue un accidente, que fue un pequeño resbalón que hay que olvidar. No fue así: allá al otro lado (en el oficialismo) tomaron nota y le dieron un cheque en blanco a López Obrador.

    La “derecha dura” considera que lo ocurrido es un éxito para ellos, que gracias a ellos se habló del partido y de ellos mismos. Ello no es falso y es posible que esta corriente sea la única que haya ganado algo con este escándalo (ya sea que termine actuando dentro o fuera del PAN) sin embargo, no pareciera muy viable que, en el corto plazo, o para 2024, ganen una alta participación de poder para “cambiar la hegemonía cultural” (al más puro estilo gramsciano), más aún tomando en cuenta que los sectores más conservadores que no pertenecen a la clase media o alta son más bien simpatizantes de López Obrador. Ello no quiere decir que subestimemos a este movimiento, más aún en estos tiempos donde la lógica tradicional de hacer política ha sido casi disuelta por aquellos discursos populistas que tienen eco en aquellos “no escuchados”. A diferencia de FRENA (que terminó siendo un movimiento muy peculiar y bochornoso), ellos tienen bastante más idea de lo que están haciendo y de los alcances que quieren tener.