Categoría: política

  • La mentira de la voluntad del pueblo

    La mentira de la voluntad del pueblo

    La mentira de la voluntad del pueblo

    El concepto de «voluntad del pueblo» o «voluntad general» fue acuñado por el filósofo francés Jean Jacques Rousseau para dar fundamento a la idea de la democracia. Es decir, en vez de que el rey fuera el soberano y se gobernara bajo su voluntad, debería ser el pueblo en el que residiera dicha soberanía. Para esto, decía, que la suma de las voluntades individuales que firmaban un contrato social derivaba en la «voluntad general». 

    Cuando me quiero referir a la «voluntad del pueblo» no me refiero a este concepto en específico, sino al concepto de «voluntad del pueblo» tan usado y reciclado por los demagogos de izquierda y derecha. Ese pueblo al cual apelan Marine Le Pen, Nicolás Maduro, Donald Trump o López Obrador. 

    A diferencia del concepto de Rousseau que concibe a la «voluntad general» como una suma suma de voluntades, -es decir, Rousseau entiende que los individuos quienes acuerdan adherirse al contrato social no son necesariamente iguales-, los demagogos entienden el concepto de la «voluntad del pueblo» como si éste se tratara de una sola cosa.

    El pueblo no es un ser ni una sola sustancia, es más bien la suma de muchos seres que no son iguales entre sí pero que se agrupan, comparten culturas y afinidades en común. Firman contratos sociales y convienen leyes para que en un ambiente de respeto entre ellos mismos puedan llevar a cabo sus proyectos de vida individuales. El sentimiento de pertenencia a una comunidad, una nación o una región va en este sentido y no porque exista una «consciencia colectiva».

    Como mecanismo de supervivencia tanto individual como colectiva -porque recordemos que somos animales sociales y políticos- los individuos nos agrupamos con aquellos con los que tenemos afinidad. No somos parte de una sola agrupación, sino que integramos varias a la vez y las cuales tienen diferentes dimensiones. Por ejemplo, yo soy mexicano porque aparte de haber nacido en México comparto ciertos valores y soy parte de una cultura, pero también soy atlista por el sentimiento de pertenencia que otorga irle al Atlas (aunque nunca gane nada) porque mi familia extensa tiene profundas raíces. A la vez soy parte de una organización civil donde los miembros compartimos la idea de combatir la corrupción. 

    Pero a la vez, a pesar de las afinidades, yo no soy igual a todos los aficionados del Atlas. Tenemos algo en común pero todo lo demás puede ser diferente. Tampoco soy un copia de los compañeros de mi organización civil, de hecho somos una organización muy heterogénea.

    De la misma forma, si bien, los seres humanos tenemos la capacidad de solidarizarnos con aquellos que viven en el otro lado del planeta -ante una catástrofe por ejemplo-, nuestra corteza cerebral, según Robin Dunbar, no nos permite tejer relaciones fraternales con más de 150 personas -Sí, eso quiere decir que si tienes 1,000 amigos en Facebook, no te importan realmente más que 150 de ellos-.  Por eso se explica que el comunismo pueda funcionar bien en pequeñas comunidades pero sea un fracaso rotundo dentro de los Estados. 

    Entonces no se puede pensar en una fraternidad que abarque todo el pueblo, como lo sugieren los demagogos. De hecho, entre las 150 personas con las que tenemos una relación fraternal e íntima, siguen existiendo muchas diferencias. 

    Lo que existe a veces es un interés colectivo. Por ejemplo, toda una comunidad está de acuerdo en que todos los integrantes deben recibir una buena educación porque la suma de las voluntades individuales llega a esa conclusión, no porque el pueblo per sé sea un entidad autónoma. 

    Trump holds a rally with supporters in Albuquerque
    Foto: Jonathan Ernst – RTSFS8C

    Los demagogos que apelan a «la voluntad del pueblo» lo conciben como si éste fuera completamente homogéneo, como si no hubiera diferencias entre los que suman el pueblo. Y vaya que eso les conviene, porque así, al homogeneizar y concebir a los miembros como iguales -quienes entonces deben de creer en lo mismo y tener los mismos valores- pueden imponer el suyo. Es decir, la voluntad del pueblo -del cual ignoran su pluralidad y los asumen como seguidores- son ellos. Esta voluntad no cuadra con aquella de Rousseau, porque se parece más a la «voluntad del rey» que quería combatir el filósofo francés al proponer un Estado democrático.

    Los líderes carismáticos apelan a los rasgos que los individuos tienen en común para iniciar, hasta donde les sea posible, el proceso de homogeneización y construir el falso argumento de la «voluntad del pueblo». Las personas que se sienten vulnerables debido a ciertas presiones o se encuentran en un estado de estrés son más fáciles de manipular e inculcar el pensamiento de dicho líder carismático -ese que dice él, que es la voluntad del pueblo-. No es coincidencia que Donald Trump haya conformado su base de entre quienes han sido los más perdedores de los procesos económicos de Estados Unidos y quienes más sienten que su país va por mal camino.

    Los circuitos que se activan en el cerebro de aquellas personas que se exponen a líderes carismáticos a los que admiran inhiben aquellos relacionados con el pensamiento analítico, es decir, se suprimen de tal forma que el seguidor que fue seducido por un demagogo o un líder carismático tiende a no pensar y analizar lo que el líder está diciendo. De hecho, muchos científicos han encontrado que bajo las circunstancias idóneas, los seguidores de dichos líderes pueden caer en cierto estado de hipnosis.

    Los demagogos insisten en concebir al pueblo como un ente y una voluntad suprema a la de los individuos cuando dicen por ejemplo, que «el pueblo es bueno y es víctima de las élites». No se puede concebir a un pueblo bueno, no sólo porque no tiene voluntad propia, sino porque los individuos que conforman el pueblo pueden ser buenos o pueden no serlo. 

    Así también, los demagogos pueden polarizar a la sociedad -entre quienes se dejaron seducir o quienes no-, imponer regímenes dictatoriales o hasta totalitarios. Al construir una narrativa del «pueblo», se deshacen de la heterogeneidad y de la pluralidad de éste. Obligan a quienes lo conforman a compartir, no por voluntad propia, ciertos valores y posturas. Al hablar de una sola voluntad del pueblo niegan las disidencias y las diferencias. 

    Entonces quien disiente ya no es parte del pueblo y debe de ser -de acuerdo al tipo de régimen- criticado, condenado al ostracismo, expulsado o hasta aniquilado.

    No, el discurso de la «voluntad del pueblo» no se trata de la voluntad general de Rousseau, y sí más bien a un «El Estado soy yo» de Luis XIV escondido dentro de una narrativa tramposa donde el líder busca imponer su voluntad sobre el pueblo en un arrebato megalomaniaco de poder. 

     

  • Todos ven a López Obrador en Los Pinos

    Todos ven a López Obrador en Los Pinos

    El poder tiene efectos gravitatorios, tiende a atraer lo que encuentre a su paso: personas, empresas, y a veces hasta ideologías. 

    Si muchos actores se están alineando a un candidato, -es decir, están siendo atraídos hacia él-, es símbolo de que dicho candidato, como si se tratara de un astro que acumula masa, está acumulando poder. Y la razón por la que sucede esto es por las amplias posibilidades que tiene de ganar la presidencia en el 2018.

    Yo no he escuchado, por ejemplo, de actores que se sumen a la campaña de Margarita Zavala y la respalden públicamente, tal vez algún futbolista por acá, algún opinador, pero no algún personaje o institución que tenga peso político o capacidad de influencia. Eso tampoco sucede con Osorio Chong, ni Miguel Mancera o Pedro Ferriz.

    En cambio con López Obrador ya se han sumado el polémico empresario Alfonso Romo y el presidente de Fundación Azteca Esteban Moctezuma. Dicho sea de paso, es muy probable que TV Azteca termine decantándose -como lo hizo en 2006- por López Obrador. Si a estos actores sumamos a Carlos Slim, quien siempre ha apoyado a AMLO, veremos no solamente la paradoja de que grandes empresarios apoyan al izquierdista sino a personajes a quienes se les podría relacionar con la «mafia del poder».

    El día de antier, Carmen Aristegui, a quien algunos -sobre todo las plumas que escriben a favor del gobierno actual como Alemán o Hiriart- acusan de ser la vocera de López Obrador y de trabajar por sus intereses, criticó duro al tabasqueño por las nuevas alianzas y lo llamó el «candidato del establishment«. Carmen, quien en su faceta de opositora al establishment -en eso coincidía con AMLO y era la razón por la que ella le daba voz a un López Obrador que tuvo por un momento que enfrentar la hostilidad de los medios mainstream- ahora considera que AMLO está adquiriendo compromisos con un sector de la «mafia del poder».

    Algunos pueden ver en este cambio de postura una «moderación» del candidato. Algunos posiblemente se convenzan de que López no será ningún radical y no manejará la economía de forma irresponsable. Otros -tal vez los menos, dado que López Obrador al ser el único líder político que representa una oposición y preferirán engañarse y justificarlo- se sentirán traicionados por aliarse con quienes antes podrían considerarse enemigos. Otros simplemente nos quedamos en la incertidumbre al ver un acto de ambigüedad donde no sabemos a ciencia cierta como gobernará el tabasqueño si es que llega al poder.

    Ambigua también es su postura donde por un lado habla de moderación y pide apoyar al presidente Peña Nieto, pero por el otro descalifica y es intolerante quien lo critica como lo hizo con Martín Moreno -aunque coincido con él en que Martín Moreno es un pésimo escritor-.

    Ahora todo mundo habla de López Obrador, lo invitan a todos los foros -hasta en Televisa-, dan amplia cobertura a su visita a Estados Unidos donde dice, defenderá a los migrantes y hará lo que el gobierno de Peña Nieto no se atreve a hacer -como demandar a Trump ante la ONU-, y algunos ya hacen campaña en su contra. El trato que hacen los medios, los actores políticos y empresariales al tabasqueño es el que corresponde a un candidato que es visto como el natural sucesor de Peña Nieto en Los Pinos. 

    Todos saben que el contexto -nacional e internacional- está beneficiando enormemente a López Obrador que tuvo la fortuna de ser candidato en tiempos de una clase política desacreditada y de la presencia de un presidente nacionalista en el país del norte, así como de la ola de voto antisistema crece en Occidente. 

    De este modo, los actores se sienten orillados a tomar cualquiera de las siguientes dos decisiones: Alinearse a López Obrador entendiendo que es el sucesor natural y que es quien tendrá la mayor cantidad de poder político en el sexenio, o postrarse como fuerte opositor esperando que López Obrador se frustre solo -como ya ha sucedido- la candidatura.

    Así están las cosas. Así se mueve el poder, López Obrador es un astro que crece de tamaño y empieza a atraer todo lo que ve a su paso. Si no surge desde la candidatura independiente un liderazgo que despierte pasiones y aproveche bien el descontento de la clase política y si López Obrador no termina cometiendo errores graves, será un hecho que el tabasqueño llegará a Los Pinos. 

  • Merezco la abundancia – El síndrome de Karime

    Merezco la abundancia – El síndrome de Karime

    Merezco la abundancia - El síndrome de Karime

    Muchos se preguntan cómo es que aquellos políticos y «figuras» pueden robar lo que los otros trabajan. ¿Cómo no les da remordimiento?

    Lo que sabemos es que su perfil dista de aquel tipo malévolo que agita sus manos ante cualquier maldad. 

    Porque, de acuerdo a los escritos de la esposa de Javier Duarte, con todo y todo, ella parece aspirar a un equilibrio espiritual, va al yoga -seguramente es asidua del bikram–  y toma cursos de superación personal.

    Muchos de ellos tienen guías espirituales, algunos son religiosos, otros acuden con gurús o se van a algún lugar recóndito del planeta a «encontrarse con ellos mismos», y aún con este «equilibrio espiritual» siguen robando y tomando dinero de las arcas.

    Esto nos puede parecer un acto de cinismo, y de cierta forma lo es. 

    Pero si escarbamos un poco más, podremos llegar a la conclusión de que ya han dado por descontados a quienes perjudican con sus actos. No es que sean necesariamente personas que disfruten de hacer el mal, más bien parecen ser personas que dentro del proceso psicológico mediante el cual realizan sus actos ya no tienen la capacidad de evaluar el daño que hacen a terceras personas, ya no sienten remordimiento por lo que hacen.

    Como ese mecanismo ya no existe, entonces ya no les incomoda, ni les genera remordimientos. Entonces pueden aspirar a «reencontrarse con ellos mismos» o a «encontrarse espiritualmente» sin que las razones de su enriquecimiento ilícito constituyan un estorbo.

    ¿Y por qué sucede esto? Existen muchas razones, pero creo que tiene mucho que ver el hecho de que este tipo de personajes se hayan desarrollado en un entorno donde les han enseñado a estar por encima de los demás. De que no solamente gozan de los privilegios del poder, sino que los merecen. Por eso actúan siempre por encima de la ley, porque además saben que hacerlo no tendrá consecuencias.

    Podríamos decir que se trata de gente muy desequilibrada o que tiene severos conflictos psicológicos. En realidad, ellos pueden estar «en paz consigo mismos» e incluso en algunos casos sentir que no están haciendo nada malo. Muchos de ellos han crecido y se han desarrollado dentro de familias que pertenecen a élites políticas que siempre han acostumbrado a sentirse superiores, como si fueran parte de una aristocracia. Así se desarrollaron o se educaron, y si no, conforme fueron entrando al clan, fueron asimilándose hasta el punto de pensar que lo que no debería ser normal es normal.

    Si partimos de que los seres humanos intentamos adaptarnos a nuestros grupos de referencia y de alguna forma a emularlos como una forma para adaptarnos y sentirnos parte de, como la suya es una clase económica y de poder ensimismada, terminarán actuando igual. Si dentro de mi grupo de referencia todos roban, entonces es normal robar, y como es lo común, entonces es lo aceptable y hasta lo bien visto. 

    El síndrome de Karime es uno que padece gran parte de la clase política, quienes han dejado de ser servidores de los ciudadanos para convertirse en una élite que trabaja para sí misma, que sólo «atienden» las peticiones de los ciudadanos como parte de la dinámica en la cual todos pelean por una tajada de poder.

    Y mientras, con el dinero de nuestros impuestos pagan cursos de superación personal caros para encontrarse con ellos mismos, tarea difícil dentro de una vida opulenta pero hueca, promotora de grandes vacíos existenciales que sólo pueden ser saciados con el poder.

  • Mas si osare dos extraños enemigos

    Mas si osare dos extraños enemigos

    México no tiene un enemigo en común, sino dos. No sólo es Trump, también es Peña Nieto. Esta paradoja no ha permitido al país cerrar filas ante el magnate.
    Marcha #VibraMéxico

    El semiólogo recientemente fallecido Umberto Eco decía que todos necesitamos tener un enemigo. Ello, dice él, define nuestra identidad y nuestro sistema de valores. Se puede tratar de un enemigo concreto (otra nación o algún personaje) o uno abstracto (alguna corriente política o forma de pensar).

    Por ejemplo: la Unión Soviética forjó gran parte de su identidad con el discurso antioccidental y la conceptualización de Estados Unidos como «el enemigo». Un clásico de futbol también está explicado por ésto. Los equipos -Real Madrid o Barcelona, Chivas o América- no sólo tienen un rival acérrimo a quien odiar, sino que parte de su esencia tiene que ver con ese odio: ser aficionado al Guadalajara es odiar al América y viceversa. 

    De igual forma ocurre con los enemigos abstractos: Los enemigos de los libertarios son los keynesianos, el enemigo de la religión es el ateísmo y viceversa. 

    México ha conocido a un nuevo enemigo, una amenaza que pudiera ayudarle a reforzar su identidad: Donald Trump. Ante la amenaza, el mexicano hace énfasis en los valores que lo definen como mexicano: saca su bandera, presume el guacamole, y hasta hace campañas para producir lo hecho en México. Ante una amenaza así el mexicano intenta ser más mexicano. 

    Pero México tiene dos problemas, que aquel «extraño enemigo» no era el primero ni el único. 

    El que «pegó primero» fue aquel que primero le daba identidad a la izquierda pero que después -producto de sus errores y agravios- se convirtió un enemigo común para todo mexicano sin distinguir corriente política o posición social -el 88% según las encuestas-: Enrique Peña Nieto.

    Entonces estamos en un problema. ¿Por qué?

    Porque parte de la dinámica en la cual la entidad -sea una persona, un grupo o una nación- toma una postura ante el enemigo, consiste en reforzar los lazos de quienes conforman dicha entidad. Pero resulta que dentro de esa entidad hay, a su vez, otras entidades que juegan el mismo papel y que debilitan el reforzamiento de la identidad como un todo. 

    Para decirlo más fácil, tener un enemigo interno no permite a la nación crear una unidad absoluta en contra del enemigo exterior. Quienes forman parte de esos lazos -los ciudadanos- no sólo gastan muchas energías en tratar de combatir a los dos, sino que son incapaces de crear una unidad completa.

    La única forma de hacerlo es reconciliándose con el enemigo interior, de quien se supone -y no todos concuerdan con ello- representa una amenaza inferior al enemigo exterior, y porque esas entidades internas al final forman una parte de una otra más grande y suprema -llamada México-. Si la identidad suprema se vence, las internas quedarán muy comprometidas.

    Pero sí entonces tenemos tan sólo la reconciliación como opción para aspirar a la mejor unidad posible, tendríamos que poner sobre la mesa las razones por las cuales el enemigo interior -Peña Nieto- fue creado. ¿Por qué la gente odia a Peña Nieto y lo considera su enemigo? Porque está muy relacionado con la corrupción, por su postura displicente -cuando menos- con la tragedia de Ayotzinapa, por el conflicto de intereses de la Casa Blanca, por el estado actual de las cosas de nuestro país. 

    El enemigo de los ciudadanos es Peña Nieto en tanto que no ocurre lo contrario, al menos no con tanta fuerza. Los ciudadanos odian a Peña por las causas antes mencionadas, Peña tiene cierto resquemor con los «ciudadanos de oposición» que son el 88% porque lo odian por las causas anteriormente mencionadas. 

    Entonces las únicas dos formas en que ambas partes pueden conciliarse serían las siguientes:

    1. Que los ciudadanos cedan. Esto es, que «perdonen» los agravios al Presidente o al menos los relativicen lo suficiente para que Peña Nieto no merezca la etiqueta de enemigo.
    2. Que Peña Nieto ceda. Esto es, que resuelva todos los agravios de los que se le acusa y que lo haga de tal forma que dichos actos tengan credibilidad y sea perdonado por el pueblo.

    Lo cual se antoja muy difícil por cualquiera de los dos partes. Personajes como Steve Bannon, el hombre detrás de Donald Trump, conocen muy bien estas dinámicas. Parece ser que en la Casa Blanca se esfuerzan por debilitar aún mas la figura del presidente, porque así la unidad es menos posible y el país se vuelve más vulnerable. 

    El enemigo de fuera juega con el enemigo interno. Pero el enemigo interno ha agraviado tanto a la población que los mexicanos están muy poco motivados a cerrar filas con él.

    Por eso se entiende que hasta las marchas se polaricen. Ante la búsqueda de legitimidad el gobierno trata de incidir en ellas, esperando que sea algo «pro Peña», o al menos que no sea «anti Peña». Por eso los letreros de repudio a Trump se hacen a acompañar por los del repudio a Peña Nieto, por eso se debate con insistencia si la marcha de #VibraMéxico tiene que ser en pro o en contra de Peña como si no existiera un punto medio. El agravio con el enemigo interno es tan grande que muchos no pueden dejar de «recordársela a Peña. 

    Si esta paradoja de los dos enemigos no existiera ya hubiéramos visto las calles de México abarrotadas desde hace mucho. Pero el mexicano, con dos enemigos y no uno, se siente atacado por diferentes flancos que no puede concentrarse en uno solo.

    Y por eso México llega muy debilitado al combate. 

  • ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    FOTO: DIEGO SIMÓN SÁNCHEZ /CUARTOSCURO.COM

    Las redes sociales están divididas en torno a esta marcha. Hay quienes dicen que es organizada por el establishment, que se trata de una marcha descafeinada en repudio a Trump pero que no profundiza en las causas y hay quienes de plano creen que su propósito es legitimar al gobierno de Peña Nieto. 

    Argumentos tan simplones como: «Si Enrique Krauze promovió la marcha en el programa de Denise Maerker, si el programa de Maerker se transmite por Televisa, y si Televisa apoyó a Peña Nieto en 2012, entonces la marcha tiene el propósito de legitimar a Peña Nieto».

    Algunos de estos críticos lincharon a Enrique Krauze por no marchar cuando desaparecieron los estudiantes de Ayotzinapa -aunque escribió varios artículos lamentando lo ocurrido-. Pero si cuando ocurrió lo de Ayotzinapa casi todos marcharon, mucha gente «de derecha» hasta monjas salieron a las calles. ¿Si esa vez prácticamente todo México se unió, por qué no ahora?

    Los críticos también parten de otro supuesto -más que válido-. Si el Gobierno de Donald Trump nos puede humillar es porque somos muy débiles como nación, y esta debilidad se explica en gran medida porque México es un país muy corrupto donde la clase política forma parte de la corrupción. El problema es que piensan que dado esto, entonces primero tenemos que resolver todo antes de manifestarnos con un demagogo que nos insulta y que es un riesgo no sólo para México, sino para el mundo.

    La conclusión es errónea. Voy a hacer una analogía:

    Tú eres una persona debilucha y el bully de la escuela siempre te golpea en la salida. Si fueras una persona menos débil el bully ya no se metería contigo, naturalmente llegas a la conclusión de que debes ir al gimnasio para que en unos meses tengas más masa muscular y puedas darle unos buenos golpes al agresor. Pero ¿eso significa que mientras tanto vas a dejar que te golpeen? Naturalmente no, vas a tratar de defenderte en la medida que sea posible. Posiblemente vayas con el director de la escuela o le avientes un mesabanco al bully, y que lo hagas no implica que no dejes de ir al gimnasio.

    Es una obviedad que México tiene que fortalecerse y resolver sus problemas internos para ser un país más fuerte del cual no abusen. Pero eso no está peleado con el hecho de que los mexicanos salgan a las calles para mostrar su repudio al bully llamado Donald Trump, una cosa no cancela la otra. El problema del bully es un problema inmediato, el problema del país débil que necesita fortalecerse es uno necesitará varios años de lucha, voluntad y esfuerzo. 

    Los críticos dicen que es algo que está organizado por el gobierno. Pero yo por más que me meto a su página y veo todas las organizaciones involucradas no veo a nada que me huela a gobierno. 

    ¿Amnistía Internacional? ¿El CIDE y el Colmex que tiene académicos muy críticos con el gobierno actual? ¿El IMCO que con la #Ley3de3 tuvieron muchos roces con el gobierno y cuyo titular es duro crítico de Peña Nieto? ¿Transparencia Mexicana? ¿La Universidad Iberoamericana que respaldó a los alumnos que formarían #YoSoy132?

    Curiosamente muchas de esas ONG’s e instituciones se la han pasado trabajando para incidir en el gobierno y cambiar las cosas. ¿O son despreciables las reformas políticas propuestas desde la ciudadanía y estas organizaciones?

    Ciertamente, yo dije que no puedo apoyar moralmente a Peña Nieto, pero sí puedo exigirle que haga lo que tiene que hacer y esperar que represente a México de la forma más digna. El sitio web dice que el propósito de la marcha es:

    … «que los ciudadanos sumemos esfuerzos y unamos voces para manifestar nuestro rechazo e indignación ante las pretensiones del Presidente Trump, a la vez de contribuir a la búsqueda de soluciones concretas ante el reto que ellas implican». A su vez «Requerir que el gobierno informe permanentemente de las negociaciones con Estados Unidos» y «Exigir el buen gobierno que merecemos». 

    La marcha tiene como propósito la inmediatez y es totalmente comprensible porque el riesgo es «inmediato», nos manifestamos por eso que ya está enfrente de nosotros. Es inmediato que el gobierno tome medidas ante este nuevo contexto y por eso hay que marchar. 

    Y sí, también hay que marchar en contra de Donald Trump. Que seamos un país débil no significa que no tengamos el derecho a defendernos de un agresor. Que deploremos a nuestro gobierno no significa darle derecho a alguien externo a agredirlos. Esos cómicos memes de: -Peña es un pendejo, pero es nuestro pendejo, no te metas con él Donald Trump- llevan algo de verdad. Y si algo es muy cierto es que Steve Bannon pretende debilitar lo más posible al gobierno así como deteriorar aún más la imagen de Peña Nieto para poder incidir así más sobre México, que pierda lo más posible en las negociaciones para cumplir los caprichos políticos de Donald Trump. 

    Pero no sólo se trata de México, el repudio hacia Donald Trump debe unir a todas las voces de distintas partes del mundo, que sea generalizado. Recordemos que el mayor peligro de Trump y su gente es que pretenden destruir los cimientos de la democracia liberal y modificar el panorama geopolítico llevándonos a un estado de las cosas que ya habíamos superado. Por eso es importante colmar las calles, porque se trata de unir fuerzas de repudio en todo el globo terráqueo. Debemos evitar que las tentaciones de ultraderecha prosperen.

    Por eso me preocupa que ante un momento así decidamos dividirnos, afirmar sin bases que unirnos a esta marcha implica abandonar los temas nacionales, el gasolinazo o la corrupción, o que nos «estamos volviendo paleros de Peña Nieto» cuando esta marcha ni siquiera está organizada por el gobierno ni tiene relación alguna. Los problemas de México son muchos y se pueden atacar por diferentes flancos. 

    No es con banderitas ni con nacionalismos absurdos de activistas de sofá, es salir a las calles no sólo a defender a México, sino unirnos con todo el mundo, con todos los ciudadanos del mundo que no queremos a Trump, que no queremos que la ultraderecha avance. El repudio debe ser generalizado, y si Estados Unidos puede -todavía- incidir en todo el mundo, entonces todos los ciudadanos del mundo tenemos que mostrar músculo.

    Como dijo Genaro Lozano en su Twitter: si tu problema es que no quieres marchar «con la derecha» puedes unirte al colectivo de la UNAM. Esta marcha no debe tener colores, debe unir a todos los mexicanos y todas las facciones están representadas. 

    Vibra México no es sólo un alto a las agresiones de Donald Trump, es un alto al fascismo y al oscurantismo. 

  • No es México, es todo el mundo el que está en riesgo

    No es México, es todo el mundo el que está en riesgo

    No es México, es todo el mundo el que está en riesgo
    Fuente: Bloomberg

    Si yo saliera con un micrófono a preguntarle a la gente qué es lo que más le preocupa de Donald Trump, seguramente escucharía muchos argumentos donde relacionan al magnate con nuestro país. Me dirían: «Trump nos ha humillado, nos quiere hacer pagar el muro, o qué va a pasar con los mexicanos que están allá». Las preocupaciones que la gente tiene no sólo son válidas, sino que tienen sustento. 

    Sin embargo a mí me preocupa más lo que ya está pasando en el mundo y en Occidente con el ascenso de Trump y los gobiernos nacionalistas de ultraderecha.

    Y no, no es que no me importe México. Es que esto también va a impactar a nuestro país, y a la vez puede terminar impactándonos a nosotros los ciudadanos. Esto es algo que la gente de pie no toma mucho en cuenta.

    Por decirlo de alguna forma, el modo de vida que tú llevas, lo que consumes, tu derecho a expresar tu opinión, todo es producto de un sinnúmero de equilibrios que damos por sentado porque ahí han existido desde hace mucho tiempo. Esos «equilibrios» no sólo se han estado desgastando como producto del tiempo -la historia es cíclica de algún modo- sino porque hay quienes están ansiosos por derribarlo, como Steve Bannon, el hombre que está detrás de Donald Trump.

    Gracias a la democracia liberal es que podemos no sólo salir a votar, sino expresarnos libremente en las redes sociales, podemos reunirnos y crear organizaciones ciudadanas. Aún con una democracia disfuncional como la muestra, al ser la democracia liberal la regla en Occidente, ésta ejerce cierta influencia en el país: -México debería tener una prensa libre, México debería de promover los derechos humanos y debería garantizar la equidad de género-. A pesar de que las instituciones supranacionales como la ONU y similares no están de ningún modo exentas de corrupción e intereses, no deja de ser cierto que parte de los valores que se promueven van en el sentido de garantizar ciertas libertades a los individuos.

    En una democracia liberal el individuo tiene la libertad de manifestarse contra sus propias instituciones. 

    ¿Qué pasaría si la democracia liberal en Occidente fuera reemplazada por regímenes autoritarios? ¿Qué pasaría si la demagogia y el autoritarismo se convirtiera en regla?

    Primero, que los gobiernos -y sí, incluyo el mexicano- tendrían menos incentivos para democratizarse. Si países como Estados Unidos, Francia u Holanda se volcaron al nacionalismo ¿por qué no hacerlo nosotros? Al cabo nos gusta mucho seguir el ejemplo de los países desarrollados ¿o qué no?

    No sin olvidar la influencia y presión que otras naciones pudieran ejercer sobre nuestro país.

    Segundo, ante el rompimiento del orden geopolítico sería más difícil acudir a instancias internacionales -porque posiblemente algunas de ellas desaparezcan o su naturaleza se corrompa- para resolver conflictos. Me preguntaría que relevancia tendría la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -recordemos de ahí el GIEI de Ayotzinapa- ante un nuevo orden geopolítico donde el multilateralismo ha muerto (deseo de Trump y Bannon) y ha sido reemplazado por relaciones bilaterales entre los distintos países. 

    Steve Bannon, un leninista de derecha (es profundamente admirador de Lenin) quiere romper con lo que él considera el establishment. Eso no sólo significa influir en Europa para que la Unión Europea desaparezca como tal, ni sólo implica acabar con el progresismo e ideas liberales para sustituirlas por otras ultraconservadoras. Va más allá y parece estar conspirando contra el Papa Francisco al apoyar e instigar a los círculos más ultraconservadores de la Iglesia Católica porque considera que el Papa es muy liberal, dada su agenda de cambio climático, migración y pobreza. 

    Pero independientemente de lo que haga este hombre tras el poder, Europa se podría reconfigurar por sí misma. El primer paso ya está dado con el Brexit, pero ahora tendremos que esperar a ver lo que pasa en Holanda y Francia en el primer semestre de este año. En Holanda, Geert Wilders,  del Partido por la Libertad de ultraderecha, es favorito a ganar según las encuestas. En Francia, no son pocas las posibilidades que tiene la ultraconservadora Marine Le Pen, y a pesar de que las encuestas -a esas que tanto les encanta fallar- dicen que ganará la primera ronda, vaticinan que en la segunda votación perderá contra su opositor -posiblemente Emmanuel Macron-. 

    Ahora, no sólo es Occidente inclinándose hacia la derecha -rompiendo ese consenso liberal que abarcaba de la centro-izquierda a la centro-derecha-. Habrá que ver como se configura el nuevo orden geopolítico. Habrá que ver el papel que toman países como Rusia o China -que tampoco son democráticos- en esta nueva configuración. La democracia liberal tendrá que resistir desde las calles y las universidades, el conflicto entre ideologías y naciones estará asegurado. 

    Este nuevo panorama me preocupa más que lo que ocurra en México porque al final este reacomodo geopolítico e ideológico impactará sí o sí a nuestro país. La postura de Trump ante México no se explica mediante un conflicto entre dos países, sino entre uno de carácter más global. México es la víctima fácil para legitimar el discurso nacionalista, es el que no opondrá resistencia a diferencia de lo que sí haría China. 

    Vienen tiempos difíciles, y no sé si oponerse a Trump con un nacionalismo ramplón de banderitas como avatares ayude en algo. 

  • ¿Por qué no me puedo alinear con Peña Nieto?

    ¿Por qué no me puedo alinear con Peña Nieto?

    ¿Por qué no me puedo alinear con Peña Nieto?

    Uno de los factores por los cuales los nazis no ganaron la Segunda Guerra Mundial fue porque Churchill, Roosevelt y Stalin forjaron una alianza estratégica. Las diferencias entre los tres mandatarios eran muchas -más bien las que tenían Churchill y Roosevelt con Stalin-, sin embargo decidieron hacerlas a un lado porque había un interés supremo sobre aquellas diferencias evidentes. Si no trabajaban en conjunto, Hitler y la Alemania Nazi podrían ejercer una dictadura casi mundial sobre los demás países. 

    Con este argumento traté de justificar la necesidad de alinearnos con el Presidente de la República, cuyo papel en este conflicto entre México y Estados Unidos comenzó de una forma vergonzosa aunque al final terminó componiéndose un poco -no lo suficiente-. Algunos personajes de los medios estadounidenses más opositores a Donald Trump incluso hablaron de que Peña Nieto le había soltado un buen golpe a Trump. La realidad es que Trump ya casi lo había desinvitado -al condicionar la visita al pago del muro- y Peña simplemente dijo no. Por primera vez Peña -sin dejar del todo a un lado ese semblante artificial y alienado- se pronunciaba con enjundia: «México no va a pagar ese muro».

    Pero si hay un bien supremo a las evidentes diferencias que tenemos el 88% de los mexicano con Peña Nieto ¿por qué decidí ya no apoyarlo?

    Tan fácil y tan sencillo, si dos facciones se van a unir con un propósito en común todos van a poner de su parte. La Guerra Fría y el conflicto de la URSS con Occidente comenzó hasta ya terminada la misión. La URSS, Estados Unidos y el Reino Unido se respetaron mientras duró el pacto. 

    En nuestro caso, Peña Nieto no está poniendo de su parte, me explico…

    Yo no puedo entender cómo en este momento tan crucial fue capaz de darle empleo a su amigo el infame Virgilio Andrade como director de Bansefi, quien lo exoneró de los conflictos de interés con la casa blanca. No puedo entender cómo es que uno de los gobernadores de su partido, Rodrigo Medina, quien pisó unas horas la cárcel en un teatro lamentable, termine en libertad, como seguramente permanecerá. No puedo entender tampoco que Peña  pretenda regular los derechos de audiencias.

    Hay que preguntarnos, ¿por qué México es un país suficientemente débil como para que nos hayamos convertido en el juguete de Donald Trump?

    Fácil, somos un país sin instituciones sólidas, con una clase política, por tanto, corrupta. En gran medida la clase política -sin querer eximir a los ciudadanos de las tareas que nos toca hacer- es responsable del estado actual de las cosas. Si Peña quisiera a un pueblo unido en torno a él, entonces estaría obligado a comprometerse con éste, y eso implicaría dejar a un lado esas prácticas nocivas que tanto han lacerado al país.

    ¿Lo hizo? No, al contrario.

    ¡Basta ya de mensajes estériles que en vez de crear una unidad como mexicanos parecen hasta tener la intención de obtener un beneficio político!

    Y no, no porque López Obrador o Carlos Slim inviten a la unidad -esa palabreja que les encanta a la clase política- lo tenemos que hacer. En un acto de unidad ambos tienen que estar comprometidos y Peña Nieto no lo está. Peña nunca defendió a México siquiera cuando Trump pretendía contender por las elecciones primarias y casi nadie daba un peso por él:

    El gobierno de México ha dejado solos a los mexicanos en Estados Unidos frente a Donald Trump. Quedarse callados, con la intención de no subir su perfil, ya no es suficiente. Ese momento ya pasó. El momento de enfrentarlo es ahora, no un día después de la elección. Es un grave error no tomarlo en serio. Sus palabras son muy peligrosas. Otros ya están siguiendo su ejemplo con ataques verbales en contra de inmigrantes de todas las nacionalidades. – Jorge Ramos. Agosto 2015.

    Dejemos atrás nacionalismos bananeros, dejemos detrás esas manifestaciones estériles que consiste portar banderitas en los perfiles que no causan efecto alguno y concentrémonos en unirnos de verdad los mexicanos para trabajar en este país, para que ya no sea la pobre víctima de los fuertes y poderosos. Una verdadera unidad tiene que ser legítima donde ambas partes pongan de su parte, donde tanto el gobierno como los ciudadanos trabajemos por México y no por intereses propios. 

    Si queremos a un México unido no tenemos que elaborar puestas de teatro llenas de parsimonia e hipocresía. Por el contrario, debemos primero tener la convicción de que nos la queremos «rajar por México» y sí, con esa convicción trabajar juntos y unirnos.

    No puede haber unión con quien no parece siquiera tener el interés de trabajar por esa meta en común.

    Y lo único que me queda es exigir a Peña Nieto, como patrón suyo que soy, a que vele por los intereses de México. 

  • Potus el que no lo lea

    Potus el que no lo lea

    Potus el que no lo lea
    Fuente: TAMI CHAPPELL/AFP/Getty Images

    Siempre se ha dicho que las marchas no sirven de nada, que son inútiles. Lo ocurrido este fin de semana ha demostrado que ello no es cierto.

    En algunos casos las marchas deben ir acompañadas, ya en una etapa posterior, de una propuesta. Esto sí es así en muchos casos, mas no siempre. En ocasiones la marcha per sé es la herramienta necesaria para poder aspirar a un cambio o para ejercer resistencia. Tal fue el caso de las manifestaciones en contra de Donald Trump.

    Gracias a la presión que los estadounidenses ejercieron en los principales aeropuertos -incluidos políticos como el alcalde de Boston o la senadora Elizabeth Warren- y a los abogados que trabajaron como voluntarios, lograron que un juez bloqueara temporalmente la iniciativa de Donald Trump de prohibir el paso de personas de Medio Oriente -en países donde Donald Trump no tiene negocios o intereses económicos- a su país, en un acto que tiene un tufo light a esa Alemania de los años 30. 

    A diferencia de los casos de otros países que se han lastimado ante el ascenso de líderes autoritarios, Donald Trump -dictador en potencia, su egocentrismo y megalomanía lo demuestran- no sólo se ha topado con un sistema político estadounidense que blindará, al menos de forma parcial, sus caprichos, sino con una ciudadanía y medios de comunicación que se mantendrán en pie de guerra.

    En la otrora Repúbica de Weimar, Hitler pudo convencer a una mayoría, gracias a la cual legitimó todos sus actos. Los alemanes estaban desesperanzados por los efectos de la crisis económica de 1929 que los maltrató. El contexto de Estados Unidos -a pesar de sufrir el embate de la crisis del 2008- es bastante diferente. Donald Trump tendrá bastantes dificultades para convencer a esa mayoría que se le opone, los argumentos para convertir a las clases medias urbanas e intelectuales en nacionalistas carecen de fuerza. Trump ganó fuerza gracias un sector, el de la clase media trabajadora que vive aislada de las clases urbanas cosmopolitas. 

    Esas clases urbanas, a diferencia de las historias de otros países, no se han mostrado displicentes y timoratas. Por el contrario, quieren mostrar su músculo, quieren que no le arrebaten lo que es suyo. Las clases urbanas quieren, como cualquier ciudadano de cualquier nación, a su país. Pero esas clases tienen un concepto de país muy diferente a los blancos de los apalaches o de las zonas más deprimidas de Michigan que difícil se dejarán seducir por un discurso anacrónico como el de Donald Trump. Ellos conciben a Estados Unidos como lo que siempre ha sido, un país construido por migrantes, por una gran diversidad de culturas. 

    En vez de agitar y emocionar a las masas, el efectismo y la radicalización de Trump ha ahuyentado a algunos simpatizantes -posiblemente a los más moderados, y que pensarían que Trump se moderaría al llegar a la Casa Blanca-. Trump tal vez aspiraba con sus actos de esta semana a mostrarse como un líder efectivo, como el que va a restaurar «América». La realidad es que sus índices de aprobación bajaron casi 5 puntos:

    Fuente: Gallup

    Peor aún, Donald Trump basó su discurso pesimista sobre Estados Unidos en mentiras. Aunque sus medidas fueran efectivas, éstas no tendrán el impacto esperado porque Trump creó una percepción falsa de la realidad. Por ejemplo, reducir la tasa de desempleo del 4% actual -el menor hace casi una década- a un porcentaje menor no es algo que vaya a ser muy notorio. Por el contrario, al obligar o convencer a las empresas de emplear estadounidenses solo obtendrá un alza en el costo de los productos -que afectará el poder de consumo de los propios estadounidenses-. 

    Trump no tiene, como Hitler de la mano de Goebbels, toda una gran estructura propagandística -aunque no se puede negar que supo jugar con los medios en la campaña-. Por el contrario, tiene a casi todos los medios de comunicación -excepto Fox News y algún otro panfleto derechista- en su contra. Hitler y Mussolini contaban con el apoyo de muchas empresas, como el caso de la Volkswagen quien fabricó el famoso coche para el pueblo -el vocho- para complacer al dictador nazi. En los tiempos actuales, la gran mayoría de las empresas, sobre todo las que tienen que ver con la tecnología, ven con muchos recelos a Trump: ahí están las declaraciones de los CEO’s de Apple, Facebook, Google, Amazon, PlanetX -aunque Elon Musk forma del consejo que asesora a Donald Trump, ya se ha pronunciado muy en contra de las políticas del magnate demagogo-, y el propio Twitter con el que Trump gobierna y amenaza. 

    Sería muy ingenuo no alertar el creciente nacionalismo en el mundo y no preocuparse por éste. Pero de la misma forma también es ingenuo pensar que la democracia liberal va a morir de nada. Por el contrario, todos aquellos que defienden -defendemos- un mundo cosmopolita, de libertades y abierto el mundo, opondrán, como ya lo están haciendo, una gran resistencia. Los de derecha -incluso de izquierda- nacionalista, tendrán como respuesta mucha gente en las calles, empresarios y a todas las élites -académicas y científicas- en su contra. 

    El riesgo existe y es muy latente. Las primeras muestras de resistencia han sido muy alentadoras porque son una muestra de que esta ola nacionalista xenófoba tendrá serios obstáculos que no habían contemplado. Si la democracia liberal vence y logra hacer de esta ola nacionalista un bache o un fenómeno pasajero, éste habrá servido como lección para que los demócratas nos replanteemos y entendamos que esta manifestación no sólo fue producto de los discursos mentirosos de los demagogos, sino de nuestra mediocridad, al dar el sistema democrático por sentado; y tal vez sí, al exceso de corrección política que en vez de fomentar la inclusión provocó que muchos otros se sintieran excluidos. De igual forma, será una lección que nos obligará a enmendar los defectos de la globalización, a ser más críticos con nuestros sistemas políticos y económicos y reconocer nuestras contradicciones.

    Si eso no ocurre, si la xenofobia y el nacionalismo irracional vence, tendremos que, desde la oposición, dar la lucha en un contexto que todavía no conocemos, un anacronismo político conviviendo con una sociedad tecnológicamente evolucionada e interconectada. 

    Y no, las manifestaciones no son en vano, por el contrario, son un gran arma para combatir la intolerancia y la cerrazón. Las marchas sí sirven.