Categoría: política

  • El dinosaurio feliz. Reflexión sobre las elecciones

    El dinosaurio feliz. Reflexión sobre las elecciones

    El dinosaurio feliz. Reflexión sobre las elecciones

    Seguramente, como yo, te sientes muy frustrado porque es casi un hecho que el PRI ganó el Estado de México y Coahuila. 

    Te preguntarás como yo, cómo es que después de todo lo que ha sucedido la gente sigue votando por el PRI. Te preguntarás cómo es posible que a pesar de los evidentes actos de corrupción y de cinismo, ellos sigan ahí. Me sorprende todavía más de Coahuila que el Estado de México. 

    Incluso podrías cuestionar a la democracia misma, que cómo una democracia puede funcionar si los votantes son tan irracionales al pararse frente a las urnas. Tal vez te consueles un poco al saber que en países como Estados Unidos o Reino Unido ha llegado a ocurrir algo similar. 

    Pero lo que da tristeza no es sólo la victoria del PRI, sino que todavía somos incapaces de organizar unas elecciones limpias donde quienes participan respeten el Estado de derecho. Evidentemente estas elecciones deberían de ser anuladas, hay elementos de sobra para hacerlo. Los más importantes son todos los actos ilegales en los que incurrió el PRI, que se trató evidentemente de una elección de Estado donde el gobierno de Peña Nieto intervino de forma flagrante utilizando incluso a su gabinete, pero de igual forma López Obrador utilizó estas elecciones para promocionar su imagen de cara al 2018. Las autoridades hicieron como que no vieron nada. Los ganadores proclamaron que «triunfó la democracia», yo por el contrario, veo algunos deterioros en esa transición democrática que quedó incompleta, especialmente por la incapacidad o falta de voluntad de las autoridades electorales para castigar de forma flagrante este tipo de «irregularidades».

    Los priístas pueden respirar tranquilos, de momento. Perder el Estado de México hubiera significado casi un tiro de gracia para el partido. Se salvaron, con todo y la candidatura gris de Del Mazo. Una victoria apretada donde apenas poco más de 16% del electorado (partiendo de que votó poco más del 50% del padrón) votó por el PRI, en el Estado priísta por excelencia y que funge como su centro neurálgico, es símbolo inequívoco del deterioro de ese partido. Aún con la victoria, y aún cuando intenten replicar el mismo método (dividiendo el voto), se sigue antojando difícil que el PRI gane las elecciones de 2018, e incluso se sigue antojando difícil que en un futuro vuelvan acaparar la cantidad de poder que ostentaron, sobre todo los primeros años dentro de este sexenio. Recordemos que estos resultados se pueden ver desde distintas perspectivas, porque los datos fríos nos dicen que el PRI perdió un Estado más. 

    La victoria en Coahuila y en Estado de México pareciera postergar lo inevitable. El PRI sigue dependiendo de su voto duro, y conforme éste envejece, se le hará cada vez más difícil ganar elecciones. Repito, el PRI ganó EdoMex con aproximadamente el 16% del padrón electoral. Si el PRI no entra en un serio proceso de renovación, podría caer en la irrelevancia y desaparecer de la arena electoral en un tiempo no tan lejano. El PRI ya no puede ganar elecciones por sí mismo, para ganar «su estado» tuvo que dividir el voto de una forma tan creativa y maquiavélica utilizando incluso candidatos «independientes» (Teresa Castell) así como incurrir en ilegalidades. 

    MORENA y AMLO, por el contrario, no deberían sentirse tan derrotados esta campaña. No ganaron, pero en realidad no perdieron nada y el orden de las cosas sigue igual. Evidentemente, tener acceso a las arcas del Estado de México hubiera sido un gran recurso para las elecciones de 2018; pero por otro lado, ante un López Obrador que ofrece expectativas delirantes (como decir que con su sola voluntad podría acabar con la corrupción), ver a MORENA gobernar en la práctica y con toda la oposición exhaustivamente vigilante de cualquier acto dentro de ese gobierno podría haber resultado contraproducente. 

    Por otro lado, López Obrador podría agarrar impulso hacia 2018 por medio de una protesta por los resultados en el Estado de México (siempre y cuando lo haga de una forma inteligente). Las elecciones fueron muy sucias y eso podría ayudarle a fortalecer su argumento. Aún con la derrota, López Obrador tiene varios escenarios a su favor de cara a las elecciones presidenciales. Recordemos que más que una victoria de Peña sobre AMLO, es una victoria muy apretada de Peña sobre AMLO donde se suponía, el primero tenía una gran ventaja sobre el segundo. 

    El PRD es el otro partido que también respira: ha encontrado en Juan Zepeda, quien se volvió el caballo negro de la elección, un activo muy importante, además que ganó Nayarit en coalición con el PAN, mientras que el partido azul de Anaya queda comprometido con la humillante derrota que sufrió Josefina. La derrota del PAN fortalece así, la candidatura de Margarita Zavala. 

    Como ha ocurrido ya en varias ocasiones, la presencia de López Obrador termina fortaleciendo al PRI. Así ocurrió en 2012 y ha ocurrido en 2018. Lo mejor que le puede ocurrir a un partido con negativos tan altos como el PRI es tener un contendiente con negativos tan altos como López Obrador (por vía de su candidata Delfina), dado que tiene mayor dificultad para acaparar el voto útil. De igual forma, si la victoria del PRI en 2018 es improbable pero no imposible es porque el candidato a vencer será López Obrador y no otro candidato cuyos negativos sean bajos y tenga la capacidad de acaparar el descontento y la indignación de la gente. Por eso es que es casi seguro que la estrategia del PRI para 2018 será la misma, pulverizar el voto y aprovechar que AMLO será el candidato a vencer. Si alguien puede volver a resucitar al PRI e incluso hacer que a pesar de todos los pesares, el PRI gane 2018 (que repito, sigue siendo difícil) es AMLO. 

    Para muestra, basta un botón. López Obrador genera mucha incertidumbre y eso le hace difícil rebasar su techo de votos. El comportamiento del peso es una clara muestra de ello, la gente sigue temiéndole. 

    Los obradoristas insisten en que hubo fraude porque López Obrador considera al conteo rápido una manipulación. El argumento es que el resultado era muy diferente al avance del PREP, aunque pudimos ver con el tiempo cómo el PREP comenzó a empatar lo que el conteo rápido decía. Insistieron en que hay actas manipuladas, pero casi no han mostrado nada, más que la «casilla 966» donde se colocaron (por error posiblemente) los votos de MORENA en los de Nueva Alianza. Casilla, por cierto, firmada por el propio representante de MORENA.

    Los seguidores de López Obrador insisten en que son algoritmos, manipulaciones de la mafia en el poder. Ciertamente, como dije, estas elecciones deberían anularse (no sólo por lo que hizo el PRI, sino por lo que hizo AMLO). Posiblemente, como ya ha sucedido en anteriores ocasiones, en lugar de centrarse en armar un buen caso con pruebas en mano. se preocuparán por manipular a la opinión pública con teorías de la conspiración para fortalecer el discurso de López Obrador. 

    López Obrador tampoco fue capaz de tejer una alianza con el PRD. Lo exprimió, se peleó con ellos, pensó que era prescindible y que iba absorber todo para dejar solamente el cascarón. Se dio cuenta que el PRD seguía vivo, y peor aún, decidió amenazar al partido para así responsabilizarlo de la derrota. El discurso de sus huestes es que «Zepeda se vendió». Ante la carencia de autocrítica dentro de MORENA la respuesta es la más simple y la más sencilla: «nosotros ganamos y la mafia del poder nos hizo fraude». MORENA y AMLO cometieron muchos errores que los privaron de su triunfo. 

    Dicen que el 2017 es un ensayo del 2018. Lo que queda claro es que una profunda renovación política es indispensable. No sólo porque tenemos una clase política incapaz de representar a la ciudadanía (y que explica en parte que el PRI pueda ganar con el 16% del total del padrón), sino por la incapacidad de la propia clase política de respetar el Estado de derecho. No son pocos los ciudadanos que no se sienten representados ante una clase política ensimismada, ante unas élites que no se ven forzadas a rendir cuentas ni a entregar resultados ¡Por Dios, volvió a ganar el PRI!

    Los cambios casi siempre tienen su origen en la clase media, y es precisamente la clase media la que está más indignada y la que se siente menos representada. Queda muy claro que si la clase media no toma un rol más activo, los partidos seguirán haciendo lo mismo, pactando, dividiéndose los votos o pronunciando discursos populistas para seducir a los más ingenuos. 

    Sí, despertamos y el dinosaurio seguía ahí. Estaba feliz, pero a pesar de su felicidad, se le veía algo decrépito, debilitado, y con un respirador que lo mantiene con vida.

  • Kuma y las formas de liderazgo

    Kuma y las formas de liderazgo

    Kuma y las formas de liderazgo

    Un problema que adolece la sociedad contemporánea es la ausencia de liderazgos. Algunos insisten, cuando hablamos de política, en que no son necesarios, como si el líder necesariamente tejiera una relación paternalista con sus seguidores (aunque se ha insistido que el buen líder no crea seguidores sino nuevos líderes).

    Dicen que la horizontalidad a la que dicen aspirar las sociedades modernas (que se muestra patente no sólo en las organizaciones sociales, sino también dentro de las empresas vanguardistas) no requiere de líderes sino de colectivos autónomos, que todo sea producto de la votación y deliberación del colectivo.  La realidad es que dentro de las organizaciones humanas siempre emergen líderes, es parte de nuestra naturaleza. Deberíamos preguntarnos más bien qué tipo de líderes necesitamos. 

    Las organizaciones horizontales son vistas como parte de una evolución que comenzó con las organizaciones jerárquicas, donde existía una estructura fija en la que el líder era quien se encontraba al tope. Él ordenaba y encargaba a las ramas que se encontraban debajo de él que dichas órdenes se ejecutaran, y para satisfacer la orden del superior los de estas ramas, a su vez, encargaban tareas a las que estaban por debajo de ellos. De tal forma, toda la maquinaria trabajaba para cumplir lo que el líder ordenaba. Bajo un orden social donde se obedece al superior no es difícil adivinar que se esperara que el «líder o la autoridad» resolviera los problemas de los demás dada la poca autonomía de los individuos y la cantidad de poder que el primero acumulaba.

    En este sentido, Max Weber hablaba de 3 tipos de autoridad: El líder carismático cuyo poder era producto de su carisma y la fe (a veces irracional) que le gente depositaba en él. El líder legal, cuya autoridad está regida por las leyes, y el tradicional, cuyo poder depende de la tradición o el orden ya establecido. 

    Tiempo después, las estructuras comenzaron a cambiar y a modernizarse. Así, apareció aquel líder cuya tarea no era ejecutar órdenes sino involucrar a todos en el proceso. El líder generalmente tiene la última palabra, pero sus subordinados pueden opinar y proponer e incluso tomar decisiones. El líder aprendió a delegar no sólo funciones sino parte de la toma de decisiones. Poco a poco, el líder comenzó a forjar su liderazgo desde el mérito y la legitimidad, y no por medio de la coerción. Así dio paso a lo que conocemos como el líder moderno, ese liderazgo del que tanto se habla.

    El líder moderno no da órdenes porque «se le antoja la gana», persuade y empodera. El líder moderno no entra del todo en las definiciones que hizo Max Weber, sino que toma esa posición por mérito, tiene el consentimiento de los demás para serlo y aunque pueda fungir como autoridad legal (en el sentido weberiano) en algunos casos, sabe que esa condición no es suficiente para poder ser un buen líder que sea reconocido por su comunidad. 

    Cuando se habla de que en el mundo faltan líderes no nos referimos a los primeros, de quienes se espera que resuelva los problemas de los demás, sino a los últimos, quienes tengan la capacidad de inspirar, quienes estén bajo el escrutinio de sus gobernados o de quienes lo consienten. 

    Habiendo explicado esto, traigo a colación un artículo que causó mucha polémica y con el que tuve muchas discrepancias. La autora Ana G. González, tomando como referencia el fenómeno «Kumamoto», alertó sobre el potencial mesianismo que podría gestarse. El planteamiento del problema no es malo (el mesianismo siempre es peligroso e indeseable), el enfoque es más bien el problema no considera, como acabo de explicar, que hay distintos tipos de liderazgo y confunde el liderazgo de Kumamoto como fenómeno con un liderazgo meramente carismático (tomando como referencia a Max Weber de nuevo) donde irracionalmente sus seguidores depositan su fe esperando que resuelvan sus problemas. El argumento que Ana esboza en dicho artículo para alertar sobre el mesianismo es el siguiente:

    Me preguntan que si conoces al muchacho que está haciendo política diferente en Guadalajara. Que ya no le creen ni al PRI ni al PAN ni a nadie, solo a Pedro Kumamoto. La mera mención de Pedro está acompañada ya de un aura de “sí se puede”. Lo peligroso de creer a Pedro Kumamoto el mesías de la política es creerlo incorrompible, invencible.

    ¿Usted ve un mesianismo implícito en este argumento? Yo no. Decir «no le creo al PRI ni al PAN y sólo a Pedro Kumamoto» no lleva un mesianismo implícito. Ana asumió con esto (no se lo dijeron) que Kumamoto era invencible e incorrompible. Partiendo de que Kumamoto, hasta la fecha, no se ha involucrado en un acto de corrupción y ha hecho bien su trabajo, hasta lo podría interpretar de la forma inversa: no creo en el PRI ni en el PAN porque ya se corrompieron, creo en Kumamoto porque él no se ha corrompido, ergo, si Kumamoto se corrompe ya no voy a creer en él.  

    Cuando uno navega por las redes sociales uno se da cuenta que muchas personas admiran a Pedro Kumamoto, pero eso por sí sólo no es un rasgo de mesianismo, admirar a alguien no es malo per sé, puede ser algo muy bueno si el líder en cuestión es positivo y congruente. Para que pudiéramos hablar de mesianismo se tendrían que dar las siguientes condiciones:

    1. Que la admiración sea irracional y se le atribuya a quien es objeto de admiración poderes o capacidades que no tiene. Que la admiración sea producto del carisma del líder y que el propio carisma tenga más relevancia que los propios actos o los resultados.
    2. Que quien es objeto de admiración busque deliberadamente ungirse como líder carismático, que se otorgue poderes o facultades que no tiene, y que adopte un discurso maniqueo que polarice a la sociedad creando una batalla entre los buenos (quienes simpatizan con él) contra los malos (quienes rivalizan con él).

    En la mayoría de los casos, el primer punto no se cumple: al decir «yo sí le creo a Kumamoto» no se le está otorgando ni poderes ni capacidades de las cuales carece. Por ejemplo, Juan Pardinas, director del IMCO y quien si de algo entiende muy bien es de participación ciudadana, dice:

    Pardinas, a pesar de ser muy halagador, no le está dando un cheque en blanco a Kumamoto. Por el contrario, Pardinas considera héroe a Kumamoto  por sus actos a los cuales considera heroicos (como promover y lograr que #SinVotoNoHayDinero se convirtiera en una reforma en Jalisco), su admiración está condicionada por dichos actos y por la congruencia de Pedro Kumamoto. A diferencia de los líderes carismáticos, Kumamoto no da discursos incendiarios ni invita a la confrontación, mucho menos es un líder que se impone. 

    Habrá quienes (excepción y no regla) idealicen en exceso a Pedro Kumamoto, digan que debería apuntarse a la Presidencia de la República (no tiene la edad para hacerlo, y yo considero que todavía está muy verde para ello) y que lo puede todo, pero eso también tiene que ver mucho con la ignorancia y el desconocimiento de cómo funcionan las instituciones. 

    El segundo no se cumple en lo absoluto en tanto Kumamoto nunca ha pretendido ser un líder carismático, incluso ni siquiera se trata de una persona que presuma un gran carisma. Por el contrario, siempre reconoce a su equipo como parte esencial para que sus logros se pudieran llevar a cabo. Es decir, el mismo Pedro Kumamoto no se entiende sin su equipo:

     

    ¡Se aprobó #SinVotoNoHayDinero en Jalisco!

    Posted by Pedro Kumamoto on jueves, 1 de junio de 2017

    Los líderes mesiánicos se otorgan todo el crédito, hablan de «yo». Kumamoto no lo hace, habla de «nosotros» y en el video sale junto con su equipo para mostrar que no es él, sino muchos los que lograron que la iniciativa pasara. El lenguaje corporal y las posturas hablan mucho de un tipo del liderazgo que se aleja mucho del «liderazgo mesiánico». 

    Para alertar sobre el mesianismo, Ana G. Gonzalez intenta relativizar el logro de Pedro Kumamoto insistiendo en el contexto:

    Pedro llegó a un Congreso de Jalisco que tiene la mitad de diputados del PRI y la mitad de diputados de Movimiento Ciudadano… los diputados de Movimiento Ciudadano ya habían presentado su propia versión de éstas iniciativas. Es natural, que estando más o menos alineados a la izquierda, MC y Pedro tengan coincidencias, pero sin la voluntad política de Movimiento Ciudadano, las iniciativas de Pedro no habrían llegado muy lejos.

    En política el contexto siempre importa, tanto que se debe de dar por sentado. Las decisiones políticas más importantes de la historia de la humanidad no se entienden sin el contexto bajo el que éstas se tomaron. Pedro Kumamoto encontró un escenario relativamente favorable pero eso no demerita su logro. Por ejemplo, Ana G. González dice que Movimiento Ciudadano (MC) ya había presentado su «propia versión». Pero entonces ¿por qué no la habían logrado pasar? ¿Por qué Kumamoto, diputado independiente, quien por tanto no tiene bancada en el congreso sí la logró impulsar?  

    Ana también ignora que Kuma y su equipo (recordemos que no es sólo un individuo sino varios) lograron colocar #SinVotoNoHayDinero en la agenda nacional. Kumamoto no fue el autor intelectual de esa iniciativa, Manuel Clouthier ya la había promovido antes y otros actores habían creado iniciativas parecidas, pero Kumamoto y su equipo (prácticamente sin recursos económicos) colocaron el tema dentro de la comentocracia nacional y las mesas de debate. 

    Ana no se equivoca cuando dice lo siguiente: 

    Nadie por sí solo puede cambiar al sistema, se necesitan muchos Kumas, muchos agentes de cambio, para romper con la política sucia. Necesitamos construir ciudadanía en lo político, regresar a las mesas de trabajo, a la consulta pública, al diálogo con la gente.

    Pero erra de nuevo al decir que la admiración que muchos tienen por Pedro Kumamoto se contrapone con esta idea. Por el contrario, si hablamos de un líder, que no es mesiánico, y que creció desde la participación ciudadana, su admiración puede lograr más bien que más personas se animen y se involucren. Si los líderes de ahora tienen sus propios modelos de referencia (como el empresario que admira a Steve Jobs o el ciudadano que admira a Mandela) ¿por qué deberíamos cuestionar a la gente por admirar a Pedro Kumamoto y creer en él? 

    Admirarlo tampoco está o debería estar peleado con exigirle cuentas. Se le admira porque precisamente, a la hora de exigirle cuentas, ha traído buenos dividendos. Efectivamente a Kumamoto se le debe exigir y si se involucrara en un acto de corrupción se le debería juzgar de forma determinante como se hace o se debería hacer con todos los políticos. 

    Ciertamente eso es lo que deberíamos esperar de todos los políticos. En un país con un clase política ideal Kumamoto debería ser un político común y no el sobresaliente. Kumamoto sobresale no porque tenga ningún superpoder, sino porque hace lo que le toca, representar a los ciudadanos y trabajar por ellos. Como dice Ana, en la política debería haber «muchos Kumas», gente que construya ciudadanía y que trabaje. Pero precisamente, el modelo de Kuma puede alentar a muchas personas a hacerlo, como aquellos que admiraron a líderes importantes y que, gracias a esa admiración, se animaron a hacer cosas grandes. 

    En el mundo actual faltan líderes que inspiren a la gente. Son ellos, quienes con sus actos y su congruencia, pueden inspirar a muchas otras personas a hacer lo mismo. 

  • AMLO, y cómo analizar a los políticos de forma objetiva. O tratar, al menos

    AMLO, y cómo analizar a los políticos de forma objetiva. O tratar, al menos

    AMLO, y cómo analizar a los políticos de forma objetiva. O tratar, al menos

    Algo que he repetido hasta el cansancio es que hay una campaña que tiene como fin evitar que López Obrador llegue a la presidencia.

    En realidad no se trata solamente una sola campaña sino varias, llevadas a cabo por distintos actores y que buscan distintos fines. Existen quienes, desde la clase política, pretenden que no llegue AMLO porque su llegada puede implicar cierta irrupción dentro de la estructura política (lo cual puede comprometer sus intereses).  Por otro lado, existen quienes tienen la sincera preocupación de que el tabasqueño pueda significar un riesgo para el país, o hay quienes tienen las dos motivaciones al mismo tiempo y buscan a través de redes sociales, columnas o spots, alertar sobre la llegada del tabasqueño al poder. Estas campañas se irán intensificando conforme se acerque el día de la elección del siguiente año. 

    Dada la existencia de estas dos corrientes, algunos consideran que la diferenciación es una tarea difícil. Esto pasa cuando se hacen juicios a los periodistas, opinadores o intelectuales opuestos a López Obrador. Los más férreos opositores pueden creer que los de la primera campaña (los que tienen un interés) forman parte de la segunda (los que tienen una genuina preocupación), mientras que con sus fieles seguidores ocurre lo contrario, e incluso de forma más determinante: cualquiera que se oponga o critique a López Obrador es parte de una conspiración de la «mafia del poder». 

    En un ambiente deliberadamente polarizado tanto por AMLO como por sus decractores, los actores aspiran a que los individuos tomen una de esas dos posiciones mencionadas, y que desde estas emitan un juicio (predecible por definición). Entendiendo que lo opositores y los simpatizantes ya lo son y difícilmente cambiarán de opinión, buscan que los independientes (quienes determinarán el resultado de la elección) tomen una de ambas posturas.

    Es decir, quieren evitar que los individuos analicen y tomen posturas «desde fuera» (porque las pasiones provocan que los individuos tomen posturas más determinantes e irracionales que si lo hacen por medio de la razón), y eso es lo que trataré de hacer por medio de este artículo. 

    La campaña más visible es la primera, la de los partidos o políticos tradicionales que no quieren que López Obrador llegue a la presidencia porque temen que con su llegada, los intereses y los acuerdos pactados puedan romperse (porque con la llegada de AMLO se pactarían otros donde muchos de ellos ya no formarían parte). Desde esta campaña es donde se han publicado los videos de Eva Cadena y se ha insistido en la supuesta relación de López Obrador con Javier Duarte, o ahora, con Elba Esther Gordillo.

    Los opositores difunden y promueven insistentemente los contenidos donde se intenta exhibir a López Obrador, mientras que los simpatizantes insisten en frenarlos y aseveran que es irresponsable compartirlos porque buscan, dicen, manipular a la población. En realidad, las dos partes buscan manipular asumiendo que el individuo es tonto y carece de criterio propio.

    Los primeros promueven esos contenidos asumiendo que los consumidores son ingenuos y se la van a tragar toda, y que van a creer todo aquello que sea mentira. Los segundos no sólo temen la ingenuidad (y así, que crean sólo lo que es manipulado), sino que por medio del buen juicio puedan discernir aquello que es verdad de entre lo que es «manipulado o premeditado» y que afecte a la imagen de su candidato, en este caso de López Obrador. 

    Como buen ejemplo de lo que digo, veamos el siguiente video:

    https://www.youtube.com/watch?v=C-ECqw56Jr4

    ¿Es José Cardenas parte de la campaña mediática partidista en contra de Obrador y es un pasquín pagado o es un periodista que, desde sus posturas políticas personales o desinteresadas, detesta a López Obrador? En realidad esa respuesta no la sé, en parte porque no conozco mucho a este periodista (aunque de lo poco que le conozco siempre lo recuerdo como un individuo que siempre ha sido beligerante con el tabasqueño).

    Pero responder esa pregunta no importa tanto para lo que quiero ilustrar. Lo que sí es evidente es que José Cárdenas fue muy parcial en su entrevista e intentó exhibir a López Obrador como el epítome de la corrupción. Los seguidores de López Obrador recomiendan no propagar esa entrevista porque es un acto de manipulación; pero a pesar del evidente sesgo, yo no estoy de acuerdo con esa petición, hacerlo sería asumir que el individuo es necesariamente tonto y que carece de criterio propio. 

    José Cárdenas le dice a López Obrador: ¿Estás manchado de huevo o estás manchado de corrupción? Esta pregunta por sí misma exhibe la tesitura con la que se conducirá la entrevista. Cárdenas insistirá en que López Obrador es corrupto, dirá algunas verdades, medias verdades y otras que son mentiras. 

    En la entrevista el espectador tiene dos tareas: comprender la subjetividad del entrevistador, pero a la vez, entender que esa subjetividad no necesariamente anula la validez de todo aquello que se expone en la entrevista. Bajo este entendido, sería tonto decir: «me he dado cuenta que José Cárdenas es parcial, voy a dejar de ver el video o voy a ignorar todo lo que contiene porque es un acto de manipulación», afirmar eso sería un acto de pereza mental, o incluso, una muestra de la inseguridad que el sujeto tiene sobre su propia capacidad intelectual para hacer razonamientos propios.

    A pesar de que el entrevistador está evidentemente sesgado y que su postura no sólo está sesgada, sino que lo está deliberadamente (ya sea por cuestiones personales o por un interés), hay mucha «tela de donde cortar» para poder hacer un análisis del tabasqueño.

    Por ejemplo, la reacción de López Obrador ante un entrevistador no es algo «manipulado» en tanto que se trata de su reacción natural ante un contexto dado. Así como se les dice a las mujeres que analicen el comportamiento que su prometido tiene con su madre porque éste es un reflejo del comportamiento que tendrá con ella en el matrimonio, también la reacción de los políticos ante determinados contextos cuando están en campaña son reflejo de las reacciones que tendrán y las relaciones con diversos actores. Así, la reacción de Peña Nieto en un contexto adverso, cuando se escondió en un baño para evitar a los alumnos que lo cuestionaron, fue muy ejemplar para mostrar la relación que tiene, en la práctica, con la prensa opositora y con quien no simpatiza con él: Peña Nieto se esconde, no da entrevistas, no sale a escenarios donde el público no está controlado, y de una manera silenciosa lleva a cabo actos de censura selectivas para que pasen desapercibidas (como ocurrió con Ferriz de Con y posteriormente con Carmen Aristegui).

    De la misma forma, el comportamiento que López Obrador tiene con los entrevistadores, con quienes lo cuestionan y con quienes no tanto (porque hasta con éstos resbala) habla mucho de la forma en que podría gobernar. 

    En la entrevista con José Cárdenas, López Obrador exhibe rasgos autoritarios. El candidato tiene el derecho a discrepar con la actitud del entrevistador e incluso hacerle notar su postura parcial, pero lo que importan son los «cómos»: Por ejemplo, que López Obrador le exija hacer buen periodismo (quien debería hacer esa exigencia es el público y no el político), y que al final con un tono casi amenazante y déspota le diga «serénate, serénate».

    De igual forma, podemos ver a un López Obrador que exhibe un ego desmedido al exhibirse como determinadamente honesto («Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan, mi plumaje es de esos»), como poseedor de la razón y la verdad. De igual forma, ante la incapacidad de elaborar argumentos en el instante recurre a clichés gastados (la mafia del poder, soy peje pero no lagarto, la moronga azul de la monarquía -para referirse al PAN-), cuya repetición ad nauseam ha generado un efecto en sus más fervientes seguidores, quienes repiten las mismas frases para elaborar sus argumentaciones. Insisto en que la reacción per sé no es manipulada porque muchos de estos rasgos se repiten en la reciente entrevista que tuvo con Carmen Aristegui, quien lo abordó desde un postura más objetiva (donde AMLO le sugirió, entre broma y no tanto, que no se pusiera al servicio de Miguel Ángel Yunes, su adversario), y donde de la misma forma exhibió (incluso con mayor insistencia) este tipo de rasgos y características exhibidas con José Cárdenas. 

    Que un elemento sea negro no significa que su opuesto sea blanco. Que lo que él llama «mafia del poder» (esa clase política, que tampoco está muy lejos de poder considerarse mafia) se sirva a sí misma, no implica que AMLO servirá a sus ciudadanos. Que esa misma mafia pretenda evitar que AMLO llegue no implica que López Obrador sea bueno. Esos ejercicios maniqueos son una trampa mental producto de la pereza intelectual. Si el individuo quiere hacer un juicio certero (o lo más aproximado a ello) tiene que analizar a los elementos de forma aislada y separarlos de aquello con lo que busca oponerse. De la misma forma, en vez de negarse a ver «contenidos manipulados» o a hacer juicios a priori al momento de notar el sesgo, deberá aprender a «leer entre líneas» y entender el contexto, para que de acuerdo a éste pueda hacer un juicio objetivo. 

    Posiblemente mis lectores no lleguen a la misma conclusión que a la que yo llego. Posiblemente en donde yo vea autoritarismo ellos vean determinación, o donde yo veo un ego desmedido ellos vean ideales. Se vale y todos tenemos derecho a hacer nuestra propia interpretación, pero lo que tenemos que evitar es que las pasiones desmedidas y nuestras posturas eviten que pensemos y ejercemos el uso de nuestra razón. 

  • La alianza PAN-PRD. Juntos contra AMLO en 2018

    La alianza PAN-PRD. Juntos contra AMLO en 2018

    La alianza PAN-PRD. Juntos contra AMLO en 2018

    Yo había dicho que si López Obrador no cometía errores tenía casi segura la presidencia ¿recuerdan? Seguramente el tabasqueño sigue arriba en las preferencias, pero hace unos días cometió un error que podría, en un dado caso, condicionar su triunfo (un error de varios, más bien) y éste fue haber «invitado», en tono amenazante, a los partidos de izquierda para que declinaran por la candidatura de Delfina en el Estado de México. El error cobró factura y el PRD (o su dirigencia), convertido ya en un partido satélite, tomó una decisión: irá en coalición con el PAN y no con MORENA rumbo a las elecciones del 2018. 

    Cuando hablamos de una alianza PAN – PRD surgen muchos sentimientos encontrados. Algunos dirán que esa fórmula alcanzará para evitar que AMLO llegue a la presidencia, otros hablarán de la incongruencia ideológica de ese «matrimonio». La realidad es que ese matrimonio cambia un tanto el contexto de las elecciones. 

    El argumento de esa alianza (así lo han presentado) es que hay que sacar al PRI de Los Pinos. Pero siendo sinceros, el PRI ya está fuera de Los Pinos; el rival a vencer es otro, y ese es López Obrador. AMLO no se equivoca cuando dice que si se tratara de una alianza contra el PRI, hubieran pactado de la misma forma en las elecciones del Estado de México

    No sé si los dirigentes lo hayan entendido como yo lo entiendo o se trate de un accidente, pero basar su argumento en oposición al PRI y no a AMLO puede llegar a ser acertado al menos a estas alturas, dado que insistir demasiado (como sucedió con el caso de Eva Cadena), en que hay que ir con todo contra el tabasqueño, podría terminar haciendo más fuerte a éste último.

    ¿Funcionará una alianza así? Depende de muchos factores, incluso podrían existir algunos escenarios donde esa alianza pueda resultar contraproducente. No es la primera vez que ambos partidos pactan una coalición, pero el contexto en el que se lleva a cabo es diferente. El PRD juega el papel de partido satélite y no de partido grande (lo cual es una desventaja natural dentro de las negociaciones que ambos partidos hagan), el enemigo a vencer no es tanto el PRI sino AMLO, y ambos partidos cargan con un nivel de desprestigio con el que no cargaban hace media década. 

    El problema que tenían estos partidos era que no había un candidato competitivo que pudiera sobresalir del «político común», lo cual es una desventaja frente al tabasqueño que tiene el privilegio de poder venderse como antisistema. Evidentemente, el problema sigue existiendo porque ni dentro del PAN ni del PRD existe una figura sobresaliente. Entonces tendrán que buscar otra alternativa: 

    Por ejemplo, dicha alianza podría servir como plataforma para postular a un candidato que no sea miembro de uno de los dos partidos, un candidato que pueda ser percibido como una suerte de «candidato independiente» para así ganar legitimidad. Ambos partidos cederían al no postular a alguno de los suyos, pero en cambio, conservarían todos los privilegios que implica continuar en el poder. El PRI, de igual forma, podría negociar una transición tersa y tranquila con el PAN (como ha venido sucediendo) para que su inminente derrota no signifique la pérdida absoluta de poder y privilegios. Ambos partidos podrían aprender la «lección de Francia» y postular a una figura que funja como «semi-independiente», y que pueda sacar del poder a lo que la gente más detesta (al PRI) sin caer en la demagogia (AMLO). 

    Bajo esta tesitura, PAN y PRD tendrían que postular a un candidato centrista (o al menos que no esté muy inclinado a la derecha o a la izquierda) que pueda abarcar la mayor cantidad de voto útil posible (recordemos que la masa que ya no se identifica con algún partido crece en grandes proporciones) haciendo una elección de tercios. Si logran presentar a un candidato lo suficientemente creíble, se encontrarán en ventaja cuando la elección se convierta en una batalla entre dos (como suele suceder en las elecciones presidenciales desde el 2000). El candidato en cuestión deberá tener la suficiente reputación para que la plataforma (dos partidos de la tan odiada clase política) no le juegue en su contra.

    Otro problema que podría presentarse en este escenario es que se presente una candidatura independiente. Ciertamente el «independiente» cobijado por el PAN-PRD tiene una estructura con la cual el otro independiente (el de a de veras) no podrá contar. Pero también es cierto que el primero tendría que brillar mucho más que el segundo, porque una candidatura independiente es mucho más creíble que una «semi-independiente» cobijada por los partidos.

    Esa podría ser una posibilidad, pero eso no quiere decir necesariamente que vaya a suceder así y posiblemente ocurra que la coalición decida postular a un candidato partidista. Si fuera uno miembro de PRD (muy poco probable, entendiendo que en esta negociación tiene desventaja) dudo que todos los panistas decidieran votar por él. Si en cambio, fuera un miembro del PAN, de igual forma dudo que los simpatizantes (cada vez más pocos) del PRD se vayan a convencer a votar por ese candidato, e incluso tal vez opten por votar por el candidato de MORENA. Un escenario así no cambiaría mucho las cosas, de hecho, que un partido haga una coalición con otro de ideología contraria (en el tema económico, pero sobre todo, en el social) podría no ser bien recibido por todo mundo y el electorado independiente no lo termine de acoger por su carácter partidista. 

    Todos sabemos que López Obrador (y no el PRI) es el candidato a vencer. Los partidos harán todo lo posible por pararlo, porque independientemente de lo que cada uno piense del tabasqueño, puede significar una ruptura que trastoque los intereses de la clase política vigente. Eso no convierte a López Obrador, desde luego, en la opción más deseable. Varias de sus alianzas (como la reciente con Elba Esther Gordillo) y varios de sus cercanos muestran que se trataría más de un reemplazo más que una evolución de la cultura política de nuestro país. 

    Los partidos harán todo, coaliciones, campañas de desprestigio. Pero la desesperación termina siendo un arma de doble filo. Falta poco más de un año para las elecciones presidenciales y todavía hay mucho que contar. Vamos a ver cómo se conforma la alianza, y sobre todo, se dura (porque dudo que todas las tribus del PRD se encuentren contentas con esta decisión). 

  • López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis

    López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis

    López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis
    Fuente: Youtube (Grupo Imagen)

    Cada vez que algunas elecciones se acercan, cierto deseo de esperanza y cambio se impregna en la psique de los electores. Esa palabreja llamada «cambio» se vuelve la insignia. Esa percepción (válida, ciertamente, en muchos casos) continua de que no están bien gobernados y que solamente una coyuntura electoral (esta ya no tan válida) podrá traer un cambio y una bocanada de aire fresco.

    Si entra el nuevo todo va a cambiar, se dicen. Ciertamente, la alternancia es algo muy sano y deseable en un país que aspira a ser democrático, pero no alcanza a satisfacer las altas expectativas que gran parte del electorado se hace. Esto, aún después de las decepciones continuas con políticos, que en casos anteriores, le prometieron dicho cambio de forma reiterada.

    Esta es una de las razones por las cuales López Obrador, a pesar de todo, puede presumir que lidera las encuestas. El elector ve llegar al poder a un candidato que le prometió un cambio para después darse cuenta que era lo mismo, y como si se tratara de una droga, piensa que entonces tal vez una dosis más alta sea una gran opción. Que el cambio sea lo más irruptivo posible, que no sea un cambio cosmético sino de uno de fondo. Importa, para muchos, más el cambio que la forma y la sustancia de tal cambio. Las cosas no pueden estar más mal, se dicen. 

    Y es lo suficientemente irruptivo cuando la clase política intenta, de forma desesperada, frenar su ascenso. Cada vez que los partidos tradicionales (PRI y PAN sobre todo) intentan frenar a AMLO, exponiendo casos como los de Eva Cadena para convencer a los electores de que es corrupto (que vaya, ese suceso que ciertamente es reprobable, no deja de ser algo muy pequeño comparado con lo que es la regla en todos los partidos) sólo reafirman ese carácter irruptivo del tabasqueño.

    Si AMLO fuera «como ellos», no tendrían siquiera la necesidad de insistir demasiado para bajarlo de las encuestas, ni siquiera tendrían una gran motivación para hacerlo. Si AMLO representara lo mismo que representan ellos, entonces a un priísta le valdría lo mismo que ganara Andrés Manuel a que ganara un panista o un perredista. Pero les importa más, porque una irrupción (termine siendo buena o mala para el país) puede poner en entredicho sus intereses. 

    Al contrario de lo que piensan sus seguidores y sus opositores más férreos, ambos conceptos (que algunos consideren a AMLO una suerte de amenaza para el país, y que otros consideren a AMLO una amenaza para sus intereses propios con los cuales buscan mantener un coto de poder) pueden coexistir. De hecho, coexisten sin ningún problema. 

    Si insisten tanto, dirán, es porque el «PRIAN» no quiere perder sus privilegios. Es que de verdad AMLO es alguien «que va a hacer que todas las corruptelas y los conflictos de interés se acaben». 

    No es ni su pretendido carácter inmaculado ni su pretensión de ser un redentor, sino la intencionalidad de romper con el orden de las cosas que él tiene que lo hace diferente a los demás. Evidentemente, López Obrador tiene la intención (la capacidad estaría por verse y la pongo más en duda) de romper con ese orden, donde los beneficiarios de la política ya no sean los mismos. Como él diría, que ya no sean los del «PRIAN» quienes compongan las élites de la política. 

    Si somos electores racionales, seríamos irresponsables al limitarnos al concepto del «cambio» como criterio para elegir a un gobernante. Tendríamos que determinar si ese cambio es bueno o malo. ¿Qué es lo que ese cambio nos ofrece a comparación de lo que tenemos ahora? ¿Qué es lo que cambiaría en términos políticos, económicos y sociales? Es decir, tendríamos que dejarnos un poco de sentimentalismos y racionalizar a las opciones que tenemos en frente.

    Para muchas personas, aceptar que López Obrador no es muy diferente a los demás políticos y que tiene considerables limitaciones como político (que sea irruptivo no significa que en esencia sea diferente) sería aceptar que no existe luz alguna de esperanza para las elecciones venideras. Aceptarlo les ocasionaría un fuerte conflicto. Por eso es que basta con que represente un cambio para darle su voto, lo demás se puede relativizar o atenuar. Se aferran tanto que, al igual que López Obrador, ven un interés oscuro en quienes son críticos con el líder tabasqueño (véase Twitter). 

    Hablando de las deficiencias de López Obrador, me llamaron la atención dos entrevistas que le hicieron dos periodistas diferentes. Me decían que en la primer entrevista Ciro Gómez Leyva había sido muy parcial y tal vez hasta poco profesional (ciertamente, Gómez Leyva no es alguien que se destaque por su imparcialidad y tal vez ni por su independencia periodística), que lo quiso exhibir como un tonto y que intentó hacer que resbalara una y otra vez. No eran las carencias de López Obrador, decían, sino la perversa forma en que Ciro conducía la entrevista. Otros incluso de plano ignoraron las carencias de AMLO y publicaron frases como «López Obrador humilló a Ciro, lo hizo pedazos». 

    https://www.youtube.com/watch?v=oPc1Rg3IZ2s

    Pero lo mismo ocurrió con Jorge Ramos, un periodista más imparcial que incluso es admirado algunos que se dicen de izquierda (él es incisivo con cualquier político que se le pare enfrente). Él también exhibió las carencias del tabasqueño, y tal vez, sin tener una intención «perversa» como se dice de Ciro, Jorge lo exhibió todavía más. Lo que sacó Jorge Ramos de las entrevistas es más preocupante.

    https://www.youtube.com/watch?v=ON3kjJ6Angg

    AMLO no supo articular ni argumentar sus propuestas, no supo definirse, no supo siquiera expresarse bien. Cayó en una fuerte contradicción al negarse a llamar dictador a Nicolás Maduro so pretexto de la «del derecho de la libre autodeterminación de los pueblos» pero a Trump sí lo llamó racista reiteradamente. López Obrador, ante la insistencia de Jorge Ramos, se opuso, sí, a ciertos rasgos autoritarios de Maduro, criticó la represión y los prisioneros políticos, pero luego se dijo admirador del Che Güevara (su hijo, Jesús Ernesto, tiene ese nombre por la inspiración que Jesucristo y el Che tienen en López Obrador) relativizando las masacres y los asesinatos a su nombre. Pero lo que me parece más grave es que se haya negado rotundamente a tomar una postura frente al aborto y los matrimonios de parejas del mismo sexo. Que eso lo decida el pueblo, dijo, e incluso consideró irresponsable emitir una opinión personal al respecto. 

    Por cálculos políticos, López Obrador es incapaz siquiera de mostrar sus preferencias sobre diversos temas, y que los electores deberían conocer para poder hacer un mejor juicio del candidato. Se asume como transparente y directo, pero es opaco. 

    Quien ha escuchado a López Obrador a través de los años, podrá darse cuenta que el discurso no ha cambiado en lo absoluto. Es el mismo discurso que el usado en el debate del 2000, en el 2006 y en las miles de entrevistas que le han hecho. La única diferencia, preocupante considero yo, es ese rasgo redentor cristiano que sólo hace acentuar su mesianismo. Que basta con que él no sea corrupto para que los demás no lo sean. Ante las preguntas que no sabe como contestar, recurre a las frases comunes, simplonas, que ha repetido una y otra vez.

    Si alguien quiere darse cuenta de las carencias de AMLO no tiene que recurrir a esos absurdos y tediosos memes o videos editados donde se intenta con insistencia comparar a López Obrador con Hugo Chávez (es absurdo querer equiparar a ambas figuras sólo porque dijeron en su momento que «no nacionalizarían nada»), ni mucho menos debería recurrir a los tweets de Ricardo Alemán y demás figuras evidentemente parciales y cuya libertad periodística está condicionada por algún partido político. 

    No son las supuestas coincidencias con Chávez, Maduro o Fidel Castro que muchos quieren tejer, son las peculiaridades de López Obrador las que más nos deberían de preocupar. 

    Las entrevistas, en cambio, son un gran material para conocer las limitaciones de este candidato, porque lo muestran tal cual es, mediante sus propias palabras. Quienes anhelan «el cambio» deberían de analizarlas detenidamente para después determinar si López Obrador es un cambio que en realidad vale la pena y si mediante esta figura, México logrará esa transformación que cada seis años desean.

    Como yo he insistido, un «cambio verdadero» sólo se va a dar cuando la ciudadanía se integre a la transición democrática y tome una responsabilidad mayor. Robert Putnam, mediante un estudio que realizó hace algunas décadas en Italia, encontró una fuerte correlación entre la cultura cívica y la calidad de los gobiernos. Eran las regiones más prósperas y mejor gobernadas aquellas donde la ciudadanía participaba de forma más activa, donde más ciudadanos eran miembros de organizaciones civiles; en tanto los que ostentaban una menor cultura cívica eran los mismos donde había más clientelismo y corrupción. Ciertamente, tendríamos que determinar porqué determinadas regiones tienen una mayor participación ciudadana y otras no, pero lo cierto es que la cultura cívica suele ser condición necesaria para tener gobiernos más horizontales y transparentes. Yo siempre he sido muy escéptico de la idea de que sólo el cambio de poder traerá un cambio drástico de las cosas si no hay una «transición ciudadana», habrá gobiernos un poco más buenos, otros un poco más malos, pero la esencia no cambia ni las estructuras de poder que ya están muy anquilosadas dentro del tejido social de nuestros país. 

    Todos anhelamos con un cambio, pero el sentimentalismo no es suficiente. Tendríamos que respondernos entonces si el cambio vale la pena. Yo les di mi particular opinión, que puede no coincidir con la suya. Ustedes tendrán la respuesta. 

     

  • Juan Zepeda Macron

    Juan Zepeda Macron

    Juan Zepeda Macron

    Las elecciones de Francia han generado muchas reacciones, pero sobre todo han inspirado a los comentócratas mexicanos a encontrar similitudes en nuestro país. Es que la oferta es atractiva, porque gracias a Macron, los franceses pudieron votar en contra de las élites partidistas sin caer en el populismo y la demagogia. En México son (somos muchos) los que quisiéramos hacer algo similar: castigar a la clase política sin caer en la tentación de López Obrador. 

    Si bien hay similitudes entre ambos casos (el desprecio de los ciudadanos por la clase política es incluso mayor en México que en Francia), también existen diferencias: la más notable es que en Francia existe la segunda vuelta, lo cual ayuda a ahuyentar a los candidatos con negativos altos, así como a dar mayor legitimidad a los presidentes electos (aunque Macron hubiese ganado de todos modos si el sistema electoral francés no tuviera ese «detalle»). 

    Aún así, las comparaciones ya son pan de cada día. Algunos, como Jorge Castañeda, buscan promover al Jaguar, Armando Ríos Piter, para que sea ese Macron mexicano; aunque como él mismo decía, a diferencia de Francia, la cancha no es pareja para los independientes y necesitarán un candidato lo suficientemente atractivo para que pueda aspirar a recabar las firmas que se necesitan para ser candidato. Ríos Piter también comparte con Macron ese carácter de «semi-independiente», al haber formado parte del PRD anteriormente. 

    Pero de lo que quiero hablar es del Estado de México. En las elecciones no hay un candidato independiente (Teresa Castell está vinculada al PRI y su  candidatura obedece a la necesidad el partido tricolor de fragmentar lo más posible las votaciones), pero sí hay uno que, aún siendo parte de un partido político, puede fungir como alguna suerte de «Macron mexiquense», y ese es Juan Zepeda del PRD, quien podría convertirse en una sorpresa. Posiblemente no se trate de un candidato excepcional o destacado, pero una eventual victoria del perredista (difícil pero no imposible, entendiendo que todavía hay una gran masa de indecisos y que tanto Del Mazo como Delfina ya tocaron techo) evitaría cualquiera de estos dos escenarios que considero indeseables:

    1. Que el PRI retenga el poder en el Estado de México, a pesar del pésimo estado en que se encuentra esa entidad, producto en parte de su gobierno hegemónico.
    2. Que MORENA, ganando el Estado de México, adquiera más fuerza que se traduzca en el eventual triunfo de López Obrador en las elecciones venideras.

    Los morenistas han llegado a afirmar que la campaña de Juan Zepeda es una estrategia malévola del PRI para dividir el voto (todo el que no esté con él forma parte de una estrategia perversa que conspira en su contra). Lo cierto es que, ante el ascenso de Zepeda en las encuestas, las huestes de López Obrador han empezado a preocuparse. López Obrador se ha comportado muy arrogante al pedir a los demás partidos de la izquierda «por última vez» que se sumen a su proyecto para así responsabilizarlos de una eventual derrota. 

    Juan Zepeda es la carta que tienen los independientes que ya no quieren al PRI en el Estado de México, pero tampoco quieren optar por la izquierda populista de López Obrador encarnada en Delfina Gómez Álvarez, quien es acusada con pruebas de haber descontado parte de su salario a los trabajadores. Juan Zepeda también es la opción para quienes darían su voto a Josefina Vázquez Mota, pero saben que las posibilidades que la panista tiene de ganar la gobernatura son prácticamente nulas, aquellos que nunca votarían por MORENA pero que tampoco lo harían por el PRI.

    El Estado de México también tiene a su «Macron», que ciertamente pertenece a un partido, pero que representa una irrupción contra el continuismo del PRI, al tiempo que garantiza a los electores no caer en el populismo. Faltan tres semanas y la distancia que tiene con el puntero oscila entre los 5 y los 9 puntos, una brecha que todavía es considerable pero que es mucho menor a los casi 20 puntos de diferencia que tenía hace poco más de un mes. 

  • Los partidos cascarón

    Los partidos cascarón

    Los partidos cascarón

    Estos días estuvo circulando una entrevista de Alfredo del Mazo, quien dijo estar en contra del matrimonio del mismo sexo y del aborto. Las frases que del Mazo utilizó son las mismas que claman las agrupaciones conservadoras cuando salen a manifestarse: «estoy en contra del matrimonio homosexual porque estoy a favor del derecho a la familia». Yo me sorprendí, porque que recuerde el PRI ha tratado últimamente de presentarse como un partido socialdemócrata, pertenece a la Internacional Socialista, y además, Enrique Peña Nieto (su primo) se había comprometido a legalizar el matrimonio gay

    Alguno podría decir que del Mazo no tiene que pensar como su primo, pero yo no creo que sea un tema de convicción propia. Así como su primo Peña Nieto propuso legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo por motivos políticos y no ideológicos, la postura de del Mazo con respecto a este tema debe de entenderse de la misma forma: primero, porque el Partido Encuentro Social, un partido sumamente conservador, es parte de la alianza que abandera a Alfredo del Mazo; y segundo, porque posiblemente una postura así en un Estado de México más conservador que la capital podría redituar dividendos. Pero, dicho esto. ¿Donde queda la ideología y la doctrina del partido?

    https://www.youtube.com/watch?v=rc13ywslqTs

    En gran parte del siglo XX, los votantes de los países democráticos votaban siempre por un mismo partido, su doctrina ideológica coincidía con sus creencias y su posición social. Los obreros que eran parte de un sindicato siempre votaban por el partido socialista en tanto que los empresarios y las clases altas siempre votaban por los conservadores. En ese entonces, por un decirlo, el voto era más duro. Eso empezó a cambiar después de los años 70 por varias razones, una de ellas es que con el descrédito del socialismo económico y el descrédito de las políticas keynesianas en favor de las liberales (eso que sus detractores llaman neoliberalismo), los partidos de izquierda (sobre todo los socialdemócratas) perdieron una de sus banderas y tuvieron que recorrerse más al centro en materia económica.

    La izquierda entonces tuvo que buscar otra bandera y así adoptó la de los derechos humanos, los derechos de las minorías sexuales, el multiculturalismo, entre otros (por eso la confusión de muchos con respecto de el concepto de izquierda en lo económico y lo social). Eso, y una sociedad cada vez más dinámica hizo que el votante pudiera cambiar de partido de forma más fácil de una elección a otra. Los políticos entendieron que, con ayuda de los medios de comunicación, ya no eran tanto los representantes de un partido con una doctrina en común, sino que eran ellos los que brillaban con luz propia. Vicente Fox fue un caso ejemplar en México, donde la mercadotecnia no tomó como base a su partido ni su doctrina, sino a él mismo.

    ¿Podría explicar esto el hecho de que los partidos en México estén en una profunda incongruencia ideológica, como el caso del PRI con del Mazo y las infames alianzas PAN-PRD? 

    No podría negar que esta tendencia centrada en los políticos como personas y no en programas de partido tenga una influencia. Evidentemente la tiene, pero no es toda la historia.

    Otra razón es el exceso de pragmatismo dentro de los partidos políticos donde el poder se ha convertido en lo único que importa, y todo lo que se haga tiene el fin de obtener más poder, más puestos de gobierno y más acceso al presupuesto. Si bien, hay casos de pragmatismo justificados porque tienen un fin ulterior (como la alianza que trazaron Churchill, Roosevelt y Stalin contra los nazis), o donde partidos de oposición con doctrinas diferentes buscan sacar del poder a una dictadura o a un gobierno hegemónico, estos tienen más bien muy poca relación con el «pragmatismo» que practican los partidos que dicen representar a los mexicanos.

    El pragmatismo y la carencia de doctrina son notorios incluso dentro de los partidos que presumen conservar sus principios y valores, como ocurre con Andrés Manuel López Obrador y MORENA quienes titubean en recorrerse al centro en materia económica o muy a la izquierda, quienes pueden dar cabida a personas como Yeidckol Polevnsky (quien apoya abiertamente a la dictadura venezolana), al mismo tiempo que su líder invita a Alfonso Romo, un empresario capitalista, para diseñar su programa de gobierno. 

    Que la dinámica se centre en los políticos y no en los programas no es justificación para la incongruencia ideológica que termina engañando al electorado. Porque sin faltar a la verdad, incluso los mismos políticos terminan contradiciéndose ellos mismos y a sus creencias. Para el político actual, los principios, los valores y la doctrina son relativos a la conveniencia electoral, a la fórmula que le de más votos y no aquellos que lo definan como persona que dice representar a una porción del electorado. 

    Así, los partidos se presentan sin ideología y se limitan a decir que son menos corruptos que otros como «ventaja competitiva». Los partidos en México son cada vez más lo mismo, no porque la historia les haya quitado banderas como ocurrió en el siglo pasado en Europa, sino porque su única bandera es esa que les da más votos, y por ende, más poder. Y si hay que cambiarla o hay que parcharla en el camino para hacer que parezca otra cosa, lo van a hacer. 

  • La izquierda mexicana al grito de Venezuela

    La izquierda mexicana al grito de Venezuela

    La izquierda mexicana al grito de Venezuela

    Me llama la atención que algunas corrientes de izquierda mexicanas defiendan la dictadura venezolana. Así lo hizo Gerardo Fernández Noroña en más de una ocasión e incluso visitó Venezuela para convencernos de que estábamos en el error; así lo hizo La Jornada en una publicación donde intentaba defender a la dictadura de Nicolás Maduro colocando algunos videos donde mostraba a la oposición como los violentos, los golpistas «movidos por el imperialismo estadounidense». Así también lo hizo la Secretaria General de MORENA, Yeidckol Polevnsky, al promover un «tuitazo mundial» a favor de la República Bolivariana de Venezuela

    Me llama la atención que defiendan a un régimen autoritario convertido ya en una dictadura en su amplia expresión de su palabra, y que lo hagan en el momento en que dicha dictadura ha terminado de mostrar todas sus incongruencias, que ya no se sostiene (aunque Maduro siga ampliando el salario mínimo por decreto) y que todas las evidencias apunten al fracaso del régimen socialista que se implementó con Hugo Chávez. Esa defensa es un acto tan bochornoso como haber intentado tratar de defender el éxito del comunismo en 1989 (algunos se atrevieron a hacerlo).

    Cuando eso sucede, cuando se defiende a un régimen que no se puede defender desde un punto de vista empírico, cuando la realidad termina por ser demasiado obvia y la necedad de negarla sigue, entonces ya solamente podemos explicar esa necedad a través de la ideología, donde no es la razón ni la ciencia, ni siquiera el sentido común, lo que determina lo que es real; sino que es la realidad la que se tiene que ajustar a la idea, la realidad para ellos está determinada por la idea.

    Es decir, la idea (esta idealización tergiversada de la justicia social adherida a un discurso anti imperialista que sobrepasa la neurosis) es la constante de la ecuación, la idea es inamovible, la variable es la realidad y está determinada por la constante (que es la idea). Si la realidad no puede amoldarse a la idea, entonces no es válida.

    En un contexto donde la idea es inamovible, está prohibido decir que la Revolución Bolivariana está errada. Si la realidad dicta que dicha revolución es errónea, entonces el problema no es la revolución sino la realidad, y hay que reinterpretarla. Si Venezuela está sumida en una profunda crisis, entonces debe de ser problema del imperialismo, que la crisis debe de ser desatada desde fuera; y, por lo tanto, hay que recordarle a todo el pueblo venezolano de los programas sociales que ha recibido, aunque económicamente hayan sido insostenibles y hasta parcialmente responsables de la crisis. Así, cuando se acaben los recursos para desacreditar a quienes se oponen a la revolución hay que callarlos o hacerlos a un lado.

    Esta actitud hacia la idea, donde ésta toma el papel preponderante y la realidad queda supeditada a ésta, es la que dio orígenes a los regímenes totalitarios como el comunismo soviético de Stalin y el nazismo de Hitler. En estos regímenes la ley natural no existe. Por el contrario, las leyes son dinámicas, dado que éstas tienen que ajustarse a dicha idea. Prescindir de los derechos humanos más básicos y la dignidad el individuo en favor de la idea puede entonces hacerse porque hasta eso debe de amoldarse. 

    Si uno intenta debatir con este sector de la izquierda (no sin olvidar los halagos de algunos miembros del PT a Corea del Norte) responderán que somos nosotros los antidemócratas. Hablarán de los plebiscitos, de las tómbolas, de los «excesos de democracia», mientras que dirán que la democracia liberal (que nunca la llaman como tal) es una treta del imperialismo. Buscarán confundir a sus gobernados con elementos propios de la democracia directa tergiversados y utilizados de forma conveniente a sabiendas de que el resultado ayudará a perpetuar al régimen. 

    Ciertamente, hace algunos siglos se debatía si lo que hoy llamamos democracia representativa (la democracia donde el individuo elige a quienes tomarán decisiones por él) era una democracia. Incluso, al principio no se consideraba como tal (podemos tomar como referencia a los padres fundadores de Estados Unidos). La referencia era la Antigua Grecia, donde se elegían a los miembros de la asamblea mediante una tómbola o lotería de forma aleatoria y no con base en el mérito, procedimiento que quedó en desuso con el tiempo en gran medida porque muchos de los representantes no tenían la preparación ni eran los más aptos para el cargo, al punto que ni Hobbes ni Rousseau la llegaron a considerar (no hace falta recordar que MORENA utilizó este desacreditado método para elegir sus candidaturas).

    La democracia representativa tenía algunos rasgos aristocráticos y otros democráticos. Por ejemplo, la libertad del individuo para votar era considerado un elemento democrático, pero el hecho de que el elector eligiera a los candidatos que pertenecen a una élite (con base en la preparación y el mérito) y que no pueden ser «cualquier ciudadano» era considerado un elemento aristocrático. Luego, fue introducido un concepto que definió a la democracia representativa como democracia, y fue el consentimiento. Es decir, cuando el ciudadano vota por un político, consciente y le da autoridad al político para que lo represente a él. El político está ahí no sólo porque fue elegido, sino porque el ciudadano le dio su consentimiento para que pudiera actuar en su nombre. El político se debe al ciudadano.

    Las democracias han ido evolucionando al grado que los políticos de las democracias más avanzadas están sujetos a la rendición de cuentas «being accountable«. Si un político falla, él y su partido serán castigados en las elecciones venideras. Los regímenes populistas tanto de izquierda como de derecha distorsionan este concepto, incluso buscan aparentar que son excesivamente democráticos. Construyen un régimen económicamente insostenible, ofrecen programas sociales asistencialistas para mantener contenta a la población; y así, ostentando un nivel alto de popularidad, someten su permanencia a un plebiscito sabiendo que lo van a ganar, pero sobre todo, ganarán lo que en realidad siempre buscaron: legitimidad.

    A pesar de que la dictadura como tal es palpable, que la libertad de expresión en Venezuela es cada vez más limitada, que el gobierno puede reprimir o hasta matar a los opositores a los que llama golpistas, los defensores insistirán en la gran democracia que es la Venezolana. Dirán verdades a medias y hechos convenientemente interpretados y tergiversados para legitimar al régimen con el que simpatizan: «Pues en Venezuela no hay tantos desaparecidos», «pues tú dices que han muerto decenas en las manifestaciones en Venezuela pero no se comparan con los 120,000 muertos de Calderón». Harán lo que insistí al principio, intentarán amoldar la realidad para que quepa en la idea.

    La idea, para este sector recalcitrante de la izquierda mexicana, es la inamovible y es la verdad absoluta, todo lo demás gira alrededor de ella y por lo tanto es relativo. La realidad es relativa a la idea.

    Así, así piensa ese sector, que a pesar de todas las «topadas con pared» siguen defendiendo a un régimen dictatorial que ha empobrecido a millones de personas e incluso proponen replicar la «receta del fracaso» en nuestro país. Así es la necedad cuando brinca a cualquier lógica o sentido común. Lo malo, es que esa necedad puede tener catastróficas consecuencias en la vida de miles o hasta millones de personas.    

    https://www.youtube.com/watch?v=bZmPxsN5PFE