Categoría: política

  • Izquierdistas o derechistas ¿Quiénes son más inteligentes?

    Izquierdistas o derechistas ¿Quiénes son más inteligentes?

    Izquierdistas o derechistas ¿Quiénes son más inteligentes?

    La inteligencia suele utilizarse muchas veces para otorgarse una suerte de superioridad moral.

    De esta forma, vemos constantemente decir a la gente de izquierda que la gente de derecha es más estúpida y viceversa. Es común escuchar afirmaciones como las siguientes:

    1) La gente de derecha es más tonta porque es religiosa, la gente que es religiosa se aferra a un dogma en vez de buscar el conocimiento por sí misma, esto derivado de su falta de inteligencia.

    2) La gente de izquierda es más tonta porque ante su incapacidad para salir adelante por ellos mismos, esperan que el Estado los proteja. Como son poco inteligentes son poco capaces. 

    3) La gente de izquierda es tonta porque tiene baja tolerancia a la frustración.

    4) La gente de derecha es tonta porque le tiene miedo al cambio. Como son poco inteligentes, prefieren que todo siga igual.

    Primero tenemos que decir tanto la gente de izquierda como de derecha tiene conceptos algo distintos de lo que la inteligencia es, y generalmente dicho concepto está sujeto a sus valores políticos: 

    Dentro de la izquierda, que busca la igualdad y la equidad, se tiende a pensar que la inteligencia es muy maleable e incluso algunos de ellos suelen tener mucho recelo a la idea de que la inteligencia puede medirse a través del cociente intelectual. Les desagrada la idea de que la inteligencia esté determinada porque eso significaría que no se podría aspirar a crear una sociedad completamente igualitaria. 

    En la derecha sucede lo contrario, se tiende a pensar que la inteligencia está más bien determinada por la naturaleza e incluso los más extremos suelen hacer uso de ella para promover el racismo o la discriminación hacia las mayorías. La inteligencia es el argumento para mantener el estado de las cosas. 

    La ciencia parece mostrarnos un punto medio entre las dos aseveraciones. La inteligencia sí tiene que ver en parte con la genética pero también existe cierta maleabilidad. Hay quienes nacen más inteligentes que otros, pero los que son menos inteligentes pueden aspirar, al menos, a acortar distancias. 

    Pero a pesar de que no conciban a la inteligencia de la misma forma, los dos bandos sí coinciden en su uso para descalificar al oponente. 

    Uno de los argumentos es que la gente menos inteligente es más influenciable y por tanto susceptible de ser manipulada, lo cual de alguna forma es cierto. Pero también es cierto que la manipulación o el adoctrinamiento ideológico es algo que es muy patente en ambos espectros ideológicos y no sólo en uno.

    Otro argumento es que la gente inteligente es más racional y por tanto es inmune al dogma. Se cree que la gente inteligente es completamente tolerante y abierta a todas las corrientes de pensamiento. Sin embargo esto no siempre sucede así. Como Jonathan Haidt afirma, una persona inteligente puede utilizar sus altas capacidades cognitivas para aferrarse más bien al dogma que defiende y construir argumentos elaborados para combatir a sus opositores. 

    En realidad, las posturas políticas tienen poco que ver con la inteligencia y mucho que ver con otros rasgos: la genética predispone, de forma parcial,la orientación política del individuo; pero también influye mucho el contexto (el entorno en el que crece, las experiencias que viva a lo largo de su vida). Como dice el propio Jonathan Haidt, tiene que ver más con el hecho de que unos valoren más unos fundamentos morales que otros. 

    Resultado de imagen para the righteous mind

    Los estudios que intentan probar alguna relación entre la inteligencia y las posturas políticas suelen contradecirse entre sí. Unos dicen que los liberales son más inteligentes que los conservadores, otros que los inteligentes suelen ubicarse al centro y los menos inteligentes a los extremos, en tanto otros piensan que es a la inversa. No parece existir algo determinante que diga que cierto espectro político sea «más inteligente que el otro». 

    Y de hecho, si analizamos los rasgos que los individuos de izquierda o de derecha suelen tener, tienen que ver más bien poco con la inteligencia. Los progresistas suelen ser más creativos y abiertos al cambio en tanto que los conservadores suelen ser más metódicos y ordenados. Ambos perfiles son necesarios en el desarrollo de la especie humana y nada dice que alguno de éstos dos deba quedar rezagado producto de su «inteligencia menor». 

    Tratar de argumentar las posturas políticas por medio de su supuesta correlación con el grado de inteligencia tan solo trivializa el debate haciéndolo propenso a incurrir en falacias ad hominem (decir que la opinión del oponente tiene validez porque se cree que la gente de su postura política tiene una inteligencia menor). 

    Por lo tanto, apelar a la inteligencia en un debate político es algo absurdo.

    Y poco inteligente. 

  • De verdad, ¿Sirve de algo la ratificación de mandato?

    De verdad, ¿Sirve de algo la ratificación de mandato?

    De verdad, ¿Sirve de algo la ratificación de mandato?
    Fuente: Semanario La Verdad @LaVerdadPrensa

    Dentro de las democracias se han creado instrumentos que tienen como fin mejorarlas. Con ellos se busca ir más allá del clásico concepto de la democracia representativa donde el ciudadano vota por políticos que forman parte de una élite (política) para que lo represente y tome decisiones a su nombre. 

    Una vez que el ciudadano eligió a su representante, éste no tiene forma de castigarlo si ha hecho mal las cosas hasta que se lleven a cabo las siguientes elecciones. Es decir, si su representante faltó a su confianza seguirá gobernando como le plazca hasta que se acerque el proceso electoral, e incluso en ello influirá el interés que tenga el representante en esas elecciones. Por eso se dice que los representantes que aspiran a un cargo más alto (un alcalde que quiere ser gobernador, o un gobernador que quiere llegar a la presidencia) suelen gobernar mejor que quienes no tienen dicha aspiración (aunque ciertamente también suelen implementar políticas populistas y programas a corto plazo).

    La ratificación y la revocación de mandato buscan, al menos en teoría, perfeccionar el funcionamiento de la democracia dándole más poder al ciudadano para que quien lo represente tenga menos incentivos para fallarle. 

    Es decir, el representante (sea alcalde, gobernador o presidente) sabe que en algún momento de su gestión será evaluado por los ciudadanos para determinar si sigue en el poder o no. De esta forma sabe que si traiciona su confianza, estará de patitas en la calle.

    Pero para que la ratificación o la revocación de mandato funcione, necesita estar bien instrumentada. En el caso de la Zona Metropolitana de Guadalajara, donde los alcaldes de Movimiento Ciudadano se sometieron ante esta figura, se han exhibido muchas fallas en la instrumentación y en la concepción de esta herramienta. 

    ¿Qué características debe tener la figura de ratificación / revocación de mandato para que funcione bien?

    Primero, el árbitro debe ser imparcial. Si el propio alcalde o gobierno que se someterá lo convoca, entonces será juez y parte y el ejercicio puede perder credibilidad. 

    Segundo, la figura debe ser institucionalizada. Es decir, si dicha figura se va a implementar, debe aplicarse por ley a todos los alcaldes de todos los partidos que pasen por el puesto y en un determinado tiempo (por ejemplo, a la mitad del mandato). En el caso de Guadalajara no fue así, sino que fue promovida por los mismos alcaldes de Movimiento Ciudadano, argumentando que fue una de sus promesas de campaña. Los opositores afirman que esta medida es convenenciera y tiene propósitos políticos. Esto trae varias distorsiones a dicha figura:

    El representante en cuestión puede apelar a esta figura en un cálculo pragmático sabiendo que obtendrá un beneficio. Por ejemplo, que dicho representante sepa que su popularidad es lo suficientemente alta como para correr el riesgo de perder (porque ya ha hecho mediciones y estudios para conocerla). Así, sabe que con el triunfo asegurado obtendrá mayor legitimidad, lo cual le servirá no sólo para mantener su puesto sino para aspirar a un cargo de mayor rango: así, presumirá en su campaña que los ciudadanos ratificaron su mandato y que por lo tanto la voz del pueblo está con él.

    Tercero, una cantidad considerable de electores debería de participar en dicha convocatoria. Si participa una minoría, serán pocos los que están tomando una decisión a nombre de muchos. El problema se agranda cuando esos pocos pertenecen a un sector social de tal forma que dicho sector toma decisiones por los demás. 

    Movimiento Ciudadano, Enrique Alfaro
    Fuente: @Info_ThamaraV / El Informador

    Pero aunque esta figura fuera bien implementada, con todo y los beneficios que pueda traer, también presenta un problema:

    La permanencia de un representante depende de la popularidad que tenga dentro de la ciudadanía. Pero el buen desempeño de dicho representante no lleva necesariamente una correlación directa con su popularidad. Con el Brexit aprendimos que la población en su conjunto puede tomar malas decisiones. 

    Por ejemplo, imaginemos que un gobernador con buenas intenciones llega al poder. Al darse cuenta de la situación de las cosas sabe que tiene que tomar medidas drásticas que en el corto plazo resentirán los ciudadanos pero que son necesarias y benéficas en el largo plazo. Imaginemos que se ve en la necesidad de subir impuestos porque las arcas están vacías y necesita implementar programas y crear infraestructura la cual es necesaria para reactivar la economía del estado. El gobernador prevé que con esa medida la economía se reactivará hacia el final de su mandato, lo cual derivará en más empleos, un mayor poder adquisitivo y una mejor calidad de vida.

    El problema viene porque a la mitad de su gestión (cuando la gente salga a votar para ratificar su mandato) la gente no percibirá los beneficios; peor aún, sólo habrá visto un aumento en sus impuestos. El gobernador no es popular porque su apuesta es crear un beneficio a largo plazo que sea mayor a los sacrificios a corto plazo. Pero como sabe que su baja popularidad lo tendrá de patitas en la calle, entonces tendrá más bien pocos incentivos para aplicar esas medidas. Incluso, desde un punto de vista pragmático, a él como gobernador le convendrá más aplicar medidas populistas (que tengan malas repercusiones a largo plazo, más grandes que los beneficios a corto plazo) para conservar el poder. Podría entonces pagar el precio y dejar el proyecto a la mitad para que el gobernador que lo reemplace lo termine, pero en realidad no tiene ninguna certeza de que eso vaya a ocurrir. 

    El gobernador podría, sí, tratar de socializar el proyecto, de convencer a los ciudadanos de su plan, pero cuando la gente tiene poco dinero en sus bolsillos no suele ser muy paciente y es difícil (más en estos tiempos) que los ciudadanos depositen toda su confianza en el político esperando que sí de los resultados que prometió.

    ¿Sirve la ratificación o revocación de mandato?

    La respuesta es que depende mucho del contexto y de la instrumentación. No hay nada mejor en una democracia que la creación de un Estado de derecho sólido y un sistema donde los ciudadanos sí se sientan representados por los políticos. La ratificación de mandato, con todo y sus beneficios, no garantiza una mejor representatividad. Es simplemente un instrumento que puede ser útil en ciertos contextos.

    Y también útil para ciertos políticos que buscan legitimarse. 

  • La teoría de la tolerancia

    La teoría de la tolerancia

     

    La teoría de la tolerancia

    A raíz de la grosera relativización que hiciera Donald Trump sobre la violencia de los supremacistas blancos se ha hecho un acalorado debate sobre si a los nazis y a los blancos supremacistas deberíamos colocarlos a la derecha política o a la izquierda, como atreven hacer algunos por el término «nacionalsocialista», término que fue más bien producto de una estrategia para atraer a los obreros a su movimiento. En realidad, a pesar de que el nazismo buscó, en un principio, tener una retórica de izquierda, sus acciones fueron más bien de «derecha».

    A pesar de ser un movimiento ateo (lo cual debo señalar en tanto se suele asociar a la derecha con la religión), el nazismo (porque el fascismo como tal en Italia o en España sí llegó a tener una relación estrecha con la Iglesia) tiene que ver más bien poco con la justicia social y mucho con mantener un status quo basado en la superioridad racial, la expansión de sus territorios (el espacio vital) y la consolidación del capital, donde la empresa privada estaba permitida en tanto estuviera alineada con el Estado (a diferencia de los regímenes comunistas donde era más bien poseída por el Estado).

    En la práctica hemos visto que cuando un individuo se inclina mucho hacia la derecha, comienza a adoptar algunas creencias fascistas, en tanto que quien se inclina muy a la izquierda comienza a adoptar ideales marxistas. Así también, dentro de los partidos de derecha, las células radicales (dentro de partidos que como tal no lo son) tienden hacia el fascismo (por ejemplo, en México los simpatizantes nazis suelen encontrarse más bien en el PAN o en alguna otra organización de derecha). 

    Se dice que lo ideal es un justo medio, que la política no debe estar muy cargada a ninguno de esos dos extremos. Pero también es cierto que en la práctica ese justo medio no es algo estático ni un pensamiento único, sino que producto de la suma de la interacción de varias corrientes (que se ubican en la derecha o en la izquierda).

    Pero hoy me quiero enfocar en el ámbito social y hacer el tema económico a un lado.

    Y con ámbito social también me refiero al rol que juegan los individuos. Ciertamente un partido político que presuma estar cercano al centro puede corromperse e incluso incurrir en prácticas autoritarias, pero la siguiente definición que hago tiene que ver un poco más con el rol de la sociedad y no tanto de los partidos en sí.

    Empecemos pues, con lo que he decidido llamar la teoría de la tolerancia

    Dentro de la mayoría de los esquemas de espectros ideológicos se propone la vertiente liberalismo vs conservadurismo. Pero yo he decidido no hacerlo así, y he preferido emular, de alguna forma, el concepto de moral de Aristóteles con relación a las virtudes y a los vicios en la que la virtud es el medio y los vicios son los extremos para así tratar de aplicarlo dentro del espectro político dentro de su vertiente social. Por ejemplo, para Aristóteles una virtud es la amistad, la cual se encuentra en el punto medio; el odio se encuentra en un extremo, y la adulación en el otro.

    De la misma forma, yo podría decir que la democracia es una virtud en tanto que el ultraconservadurismo o el fascismo son defectos y el progresismo radical es un exceso (o bien, se puede hacer el mismo ejercicio a la inversa). El ultraconservadurismo usa la coerción para mantener el estado de las cosas en tanto que el progresismo radical también es coercitivo cuando se trata de promover cambios radicales.  

    La democracia liberal, por el contrario, cree en la libertad y que mediante el diálogo, el debate y el consenso, la sociedad puede ir construyendo y reformando el estado de las cosas. 

    Si en el mundo dominara el conservadurismo, la especie humana se mantendría estancada y no avanzaría, además de que se perpetuarían las injusticias y la inequidad. En cambio, si en el mundo dominara el progresismo radical, se generaría un estado de caos donde el individuo no tendría ninguna base ética ni moral sobre la cual sostenerse. 

    Con la siguiente imagen, se puede entender mejor el esquema que propongo. A diferencia de las virtudes de Aristóteles donde uno es amistoso o aduloso a la vez, con las corrientes políticas el punto medio abarcaría no sólo un punto, sino todo un tramo de la franja. Explicaba que no se trata de un pensamiento único, sino que el punto medio es producto de la interacción de corrientes políticas que se contraponen entre sí.

    Dicho esto, el liberalismo (lo que entendemos por democracia liberal y no tanto lo que se entiende por liberalismo en Estados Unidos) no sólo es un punto que se encuentra en el medio, sino que es capaz de abarcar parte del espectro político en el que pueden caber el progresismo moderado y el conservadurismo moderado. Slavoj Zizek sugiere que el punto medio (lo que llama el centro radical) está carente de ideología y es apolítico. Aquí no lo considero así, el punto medio es más bien consecuencia del jaloneo entre conservadores y progresistas. Es decir, es el justo medio al que se suele aproximar el estado de las cosas producto de dos batallas políticas.

    No debemos aspirar a un pensamiento único que se inserte en el justo medio, hacer eso implicaría una paradoja dado que el pensamiento único es por definición antidemocrático. También hay que señalar que los individuos (en gran medida por su temperamento, pero también por su experiencia de vida) suelen ubicarse en uno de ambos espectros ideológicos, lo cual no sólo es natural, sino que es deseable. Por ejemplo, las personas de izquierda suelen ser creativas pero no son muy hábiles para implementar sistemas porque están acostumbradas al cambio y no al orden; y por otro lado, las personas de derechas son poco creativas, pero sí son hábiles cuando de implementar sistemas se trata porque están acostumbradas al orden y no al cambio. No es coincidencia que empresas como Google o Facebook tengan una tendencia progresista, ni que las empresas financieras suelan ser más bien conservadoras.  

    Pero hablamos de que el progresismo y el conservadurismo deberían mantenerse dentro de lo que consideramos una democracia liberal. Cuando las corrientes políticas se mantienen dentro de ella, el estado de las cosas suele inclinarse hacia el punto medio (como si fuera una campana de Gauss), y cuando se concentran fuera de ella, suelen más bien polarizarse. En el primer estado, las distintas facciones son capaces de llegar a consensos, en la segunda se polarizan y atrincheran y apelan a un discurso de odio que justifica la radicalización de la contraparte cayendo así en un círculo vicioso: 

    Entendemos que quienes se inserten dentro de la democracia liberal podrán tener muchas diferencias ideológicas, pero también comparten algunas similitudes que les permiten estar dentro de lo que llamamos democracia liberal y son las siguientes:

    • Creen en el debate como mecanismo para resolver conflictos.
    • Creen en la libertad de expresión.
    • Respetan la independencia de la ciencia con respecto de las doctrinas ideológicas.
    • Creen que una sociedad con diversidad de opiniones es deseable.
    • Respetan la libertad del individuo y no utilizan la coerción para llegar a sus fines. 

    Eso no implica que sus peticiones deban ser timoratas. Algunas pueden llegar a ser un tanto radicales, pero siempre se deben insertar en la lógica de la democracia liberal donde se respeta la integridad del otro. 

    De esta forma, podemos analizar si los canales de comunicación, la forma en que hacemos política y nos organizamos, contribuyen a la polarización; o bien, a llevar al estado de las cosas cerca del justo medio. Por ejemplo, podríamos pensar que gracias a Internet, que almacena información de las distintas corrientes ideológicas, el individuo estaría expuesto ante contenidos diversos lo cual lo haría una persona más abierta y tolerante. Pero en ocasiones ocurre lo contrario: por medio de las cámaras de eco que se forman en las redes (que suelen mostrar a los usuarios los contenidos que les interesan) los usuarios suelen más bien atrincherarse, lo que fomenta la polarización.

    A continuación muestro algunos roles que suelen tomar las 3 posturas que he mencionado con respecto de distintos temas. Ciertamente, una persona puede no compartir todos los rasgos propios de una postura pero sí tenderá hacia una. Recordemos que aquí hablamos meramente del ámbito social. Hay quienes, por ejemplo, pueden considerarse de izquierda en el ámbito económico mientras que en el social suelen ser más bien conservadores:

    La democracia liberal asume que el ser humano es digno, valioso y es libre. También asume que la democracia es conflicto y que el disentimiento es esencial, que no se trata de un pensamiento único, pero que sí debe coincidir en el respeto al prójimo y a sus libertades. Es válido que los conservadores, dentro de una democracia liberal, vivan plenamente sus creencias religiosas y se sientan inspirados por ellas, de la misma forma que es completamente válido que los progresistas utilicen la teoría crítica para analizar las condiciones de inequidad que existen en la sociedad. 

    Y para terminar, debo de decir que más que como una referencia para elegir el voto en las siguientes elecciones, esto que acabo de explicar debería funcionar más bien a nivel individual y colectivo. Que el individuo, preocupado por la creciente polarización política cuestione si es tolerante con la demás personas, o por el contrario, suele relegar a quienes no piensan como él. Este esquema puede servir incluso para revisar nuestras conductas en redes sociales y en las discusiones en la sobremesa. La radicalización no sólo no construye una sociedad incluyente, también puede hacernos perder amigos y seres queridos. 

  • Los blancos supremacistas y la radicalización ideológica de la sociedad

    Los blancos supremacistas y la radicalización ideológica de la sociedad

    Los blancos supremacistas y la radicalización ideológica de la sociedad

    Un amigo me decía, considero de forma acertada, que hay que temer más a los movimientos de ultraderecha que al radicalismo de algunos progresistas. Los ultraderechistas pueden imponerse más fácilmente en tanto los progresistas terminan, con el tiempo, siendo víctimas de sus propias contradicciones. Podemos condenar la corrección política que se promueve desde el progresismo, pero son más graves los actos racistas de la ultraderecha que per sé incitan a la violencia y que no se pueden explicar sin ella. 

    Lo que ocurrió en Virginia es una muestra de ello. Charlottesville tiene la peculiaridad, como algunas otras ciudades de Estados Unidos, de tener varios monumentos confederados, por lo cual Alt-Right decidió llevar a cabo su manifestación con antorchas ahí (dicha ciudad había decidido remover la estatua de Robert E. Lee), para que un día después, en la «contramanifestación», algunos ultraderechistas estamparan su automóvil contra los manifestantes liberales matando a uno e hiriendo a casi veinte más. 

    Pero las dos facciones políticas, que explican la polarización ideológica en Estados Unidos, no pueden entenderse sin su contraparte. El progresismo radical y el ultraderechismo son antípodas, pero como lo sugiere la teoría de la herradura, los extremos ideológicos suelen parecerse más bien:

    Entiéndase aquí muy liberal como muy progresista. Fuente: Pew Research Center.

    Ambos movimientos son utópicos, románticos (en el sentido de que son excesivamente idealistas) y tienen sus orígenes en la «contrailustración». Es decir, ambos movimientos son antiliberales (aunque algunos de izquierda se hagan llamar liberales) y están influenciados por corrientes de pensamiento irracionales. Son utópicos porque quieren establecer un modelo de sociedad de forma artificial. uno con base en el racismo y otro en el igualitarismo.

    Ambos se fortalecen y se radicalizan gracias a la presencia de su contraparte. Por un decir: la ultraderecha defiende un modelo de sociedad de supremacía blanca; luego, en consecuencia, el progresismo encuentra un argumento para fortalecer su discurso del «white privilege«. Entonces sugieren políticas públicas orientadas a buscar un estado de igualitarismo artificial por medio de políticas de acción afirmativa (que no debe de confundirse con acceso a oportunidades a todos con independencia de su raza, género y demás), y eso a su vez fortalece el discurso de la ultraderecha. Ahí está el ejemplo del ex empleado de Google, James Damore, que fue despedido y linchado en las redes sociales por sugerir que la diferencia entre la representación de género en las STEM se debía a ciertas diferencias de carácter biológico. Alt-Right ha decidido presentar a Damore como víctima, como mártir del progresismo, para así, fortalecer su discurso racista.

    Así, ambas facciones caen en un círculo vicioso. Peor aún, piensan que para combatir a su contraparte deben ser más beligerantes, pero eso sólo termina fortaleciendo a su oposición. Conforme crece más, entonces creen que deben serlo aún más.

    Ambas facciones son proclives a la generalización o incluso a la adopción de mitos para sostener sus argumentos. Mientras la ultraderecha afirmará que los negros son menos inteligentes, los progresistas radicales dirán que todos los hombres blancos son patriarcas opresores hasta que no demuestren lo contrario. Ambos optan por la coerción y en muchos casos la violencia para impulsar sus agendas. Los ultraconservadores buscan controlar a la mujer condenándola a roles tradicionales, pero los progresistas radicales también buscan controlarla para que adopte una forma de ser que no represente aquello que asumen que es parte de la «cultura del patriarcado». Así, mientras unos le prohiben a la mujer tener un rol activo en la sociedad, otros le prohiben ser tiernas, sensibles o sentirse orgullosas de su maternidad

    Es también una generalización decir que el feminismo como tal es una conspiración marxista (el espíritu marxista es patente sólo en sus vertientes radicales, que ciertamente hacen mucho ruido) o que todos los conservadores son racistas o machistas (de la misma forma, es algo que se ve más bien en sus vertientes extremistas). Pero los extremos intentan convencer al individuo que la otra facción política (desde la moderada a la radical) es completamente igual para así fortalecer su discurso: Todas las feministas son «locas feminazis marxistas» o todos los conservadores son «mochos blancos supremacistas». 

    Entonces, lo que sucede es que las posiciones moderadas, aquellas que van de la centro-izquierda a la centro-derecha, terminan en el limbo y poco a poco son superadas por sus vertientes extremistas. Este fenómeno es muy peligroso y es algo que tenemos que aprender a parar.

    Y no puedo terminar este artículo diciendo que el ascenso de Donald Trump (quien relativizó descaradamente el atentado de los supremacistas blancos) y los amagos de la ultraderecha en Europa se explican, entre otras muchas razones, por este fenómeno que acabo de explicar.

  • México está mejor que Venezuela

    México está mejor que Venezuela

    México está mejor que Venezuela

    El Gobierno Federal y algunos miembros de nuestra clase política han insistido en el tema de Venezuela porque saben que en el inconsciente colectivo todavía se encuentra aquella relación «Venezuela – López Obrador». Ante un tabasqueño al cual todavía no saben como bajar de las encuestas, asumen que el miedo a que México sufra lo que están sufriendo los venezolanos debe generar un efecto.

    Y en efecto, hay algunos miembros de MORENA que simpatizan con el régimen venezolano, y la crítica de la izquierda y López Obrador a este régimen o es muy tenue, o brilla por su ausencia. 

    Algunas personas identificadas con las facciones lopezobradoristas insisten en la hipocresía del gobierno mexicano por denunciar lo que ocurre en el cono sur. Pero van más allá, dicen que México está peor que Venezuela. 

    Para decir ello se basan en la violencia (evidente) que existe en nuestro país. Dicen que nuestro país es mucho más violento que el del país que gobierna Nicolás Maduro porque allá no hay narcotráfico ni «nada de esas cosas» aunque los números son claros: De cada 100,000 mexicanos 16 son asesinados (lo cual ya es una cifra muy alta), pero en Venezuela matan a 71 de cada 100,000 ¡más del triple!

    Ciertamente México es un país muy corrupto. La corrupción y la impunidad se han incrementado considerablemente en este sexenio. Pero el nivel de corrupción no se equipara con el de Venezuela que es el país más corrupto de América Latina de acuerdo a Transparencia Internacional. Nuestro país tiene, sí, un gobierno muy deficiente y prácticas que distorsionan severamente lo que debería ser una democracia, pero a Venezuela, después de la Constituyente de Maduro, ya se le puede considerar una dictadura donde la libertad política es muy escasa, donde mantienen prisioneros políticos, y donde prácticamente todos los medios están controlados por el régimen.

    México no es el mejor ejemplo de democracia y libertad, al punto en que se han utilizado herramientas de espionaje para vigilar a los «incómodos al régimen». Pero por otro lado no vemos a miembros de MORENA u otros movimientos opuestos al régimen tomados como prisioneros políticos como ocurre con Leopoldo López. 

    El estado de la economía de nuestro país no es el mejor, pero mal que bien se encuentra estable y no tiene esos índices de inflación desproporcionada que hacen que el valor del material de los billetes de los bolívares venezolanos sea más alto que su valor nominal. En nuestro país no hay desabasto de comida, ni de pan, ni se deben hacer largas filas:

    Muchas de estas afirmaciones tienen un origen ideológico: «Al menos Venezuela no es víctima del imperialismo», «Venezuela es un país socialista y revolucionario donde el gobierno se preocupa por todos y no por los ricos», «Venezuela es un país más igualitario que México (aunque esa igualdad se procure «bajando a los de arriba» y no «subiendo a los de abajo»).

    Concedo la crítica de que es hipócrita que el gobierno mexicano exija a Venezuela prácticas democráticas cuando nuestro gobierno no es un paladín de la democracia (véase Coahuila y el Estado de México). Pero por otro lado es mejor que esos pronunciamientos se hagan a que no se hagan porque el régimen ya dictatorial de Nicolás Maduro sólo puede terminar con la presión de la comunidad internacional.

    Es fácil idealizar a Venezuela sin investigar mucho de lo que realmente sucede allá, sin platicar con los venezolanos, quienes saben que manifestarse implica arriesgar su vida y su integridad. Es más sencillo pensar que todo se trata de una conspiración, de que los contenidos son arreglados, de que se le paga a la gente, de que se trata de reflejar una realidad distorsionada para «desacreditar al socialismo». 

    México está mal, absolutamente. Pero Venezuela está peor. 

    No nos engañemos. 

  • ¿Por qué soy liberal y no progresista?

    ¿Por qué soy liberal y no progresista?

    ¿Por qué soy liberal y no progresista?

    Quiero cerrar este conjunto de artículos que han ido enfocados a las críticas del postestructuralismo y el relativismo que ejercen influencia en el mundo moderno entendiendo que hay actualmente más cosas de las que hablar como la crisis de Venezuela, el acontecer político de México y demás. 

    Quiero cerrarlo, porque después de todo lo que he leído y vivido (con algunas experiencias no muy gratas), he llegado a la conclusión de que los términos «liberal» y «progresista» deberían de ser desvinculados. En realidad tienen poco que ver.

    El vínculo, creo, se hizo por el concepto que se tiene de «liberal» en Estados Unidos. Donde los liberales suelen ser demócratas que pueden ser, sí, liberales, pero que en muchos casos también son progresistas. Los liberales estamos más cercanos al centro político y los «progres» están más orillados a la izquierda. 

    Ciertamente, antes estaba inclinado un poco más a la izquierda, pero conforme fui creciendo y también como resultado de diversas experiencias (internas y externas) fue que he decidido considerarme de centro.  Eso no significa que me esté haciendo conservador. Por el contrario, las razones por las que he comenzado a rechazar el progresismo son parecidas a las razones por las que no simpatizo con el conservadurismo.

    Tampoco soy libertario, porque creo que serlo implica llevar la libertad a un punto muy lejano y utópico. Las libertades también deben tener ciertos controles para poder vivir de forma civilizada y los seres humanos debemos regirnos bajo ciertas reglas y normas, y aunque creemos que el papel del gobierno debe ser limitado, sí deben existir algunas regulaciones. Que sea liberal no significa que no me preocupe la desigualdad, y tampoco estoy en contra de todas las políticas de distribución de la riqueza, pero creo que la «igualdad» deja de tener sentido cuando la libertad se restringe de forma considerable y cuando dicha igualdad es artificial: un mundo igualitario donde todos tengan lo mismo independientemente de sus méritos no es igualitario en realidad.

    Los liberales y los progresistas podemos coincidir en temas como los derechos de las minorías (raciales, religiosas, de género o de orientación sexual) pero las razones por las que estamos de acuerdo con dichos derechos son muy diferentes.

    Los progresistas

    Los progresistas buscan «liberar» al individuo intentando eliminar todo aquello que dicen lo restringe. La mujer no es libre porque es oprimida por el hombre y entonces hay que eliminar cualquier manifestación de opresión. Los negros no son libres porque los blancos los reprimen. Los pobres son pobres por culpa de los capitalistas. En cuanto a la cultura y los derechos de las minorías, ellos recurren al concepto de interseccionalidad. Es decir, dicen que las categorías no actúan de forma independiente, sino que interseccionan en múltiples niveles. Por eso es que en los ensayos de académicos progresistas es común escuchar términos como «opresión del heteropatriarcado blanco capitalista»; porque dicen, la raza, la preferencia sexual, el género y la posición social inciden de forma simultánea. 

    Los progresistas victimizan a las minorías y, por tanto, postulan que se debe eliminar aquello que los mantiene en su condición de víctima. Para ello, aspiran a la intervención del aparato del Estado. Si la mujer o los negros tienen pocas oportunidades, entonces hay que crear políticas de acción afirmativa (o discriminación positiva) tales como las cuotas de género. También pugnan por la deconstrucción del lenguaje (porque afirman que hay que modificar el lenguaje para acabar con la opresión aunque eso implique despojarle de su utilidad para llegar a la razón), y pugnan por la corrección política que no es otra cosa que la coerción a la libertad de expresión en aras de evitar, dicen, la discriminación de las minorías.

    Ellos no creen en la libertad que los individuos tienen de educar a sus hijos de acuerdo a sus principios. Por el contrario, buscan que se implemente una agenda homogénea (cargada de corrección política y deconstrucción del lenguaje) porque creen que de esta manera acabarán con las relaciones de opresión de los privilegiados (hombres y heterosexuales) con los oprimidos (mujeres y homosexuales).

    Los liberales

    Nosotros buscamos liberar al individuo empoderándolo. Nosotros no negamos que existan relaciones de inequidad, pero creemos que más que eliminar al opresor debemos empoderar al «oprimido» para que abandone su condición (por eso podemos preferir políticas públicas como becas para estudiantes que políticas asistencialistas). Nosotros creemos en las libertades porque consideramos que todos los individuos son igualmente valiosos independiente de género, raza, religión, edad o preferencia sexual. No vemos al individuo como víctima porque eso implicaría subestimar y despreciar su potencial. Una víctima sólo lo puede ser en tanto se restrinja su libertad por medio de la coacción y la fuerza. Por eso, los liberales podemos estar de acuerdo con el combate al feminicidio o las alertas de género, dado que por su complexión física el hombre puede coaccionar a la mujer por medio de la fuerza; pero no estamos de acuerdo con las demás políticas de acción afirmativa porque así subestimaríamos su capacidad (que la tienen) de ponerse al mismo nivel de los demás. 

    Al ser liberales, respetamos los derechos y las opiniones de los demás aunque no simpaticemos con ellas. Estamos en contra de la corrección política porque es un método antidemocrático que busca imponer una nueva cultura sin que los individuos puedan disentir o dar su opinión al respecto. Eso no significa que «aplaudamos la discriminación abierta». Por el contrario, entendemos que la libertad de expresión tiene su límite cuando atenta contra la integridad de los demás. Por eso, estamos a favor de que se reprueben, y en su caso, se castiguen las expresiones abiertas de machismo (un insulto o una agresión) o la discriminación hacia un homosexual. Pero no estamos a favor de censurar a una persona que disienta ante temas como el matrimonio gay, o quien diga que la diferencia entre géneros no es meramente anatómica. Creemos que nuestras diferencias no deben de ser objeto de censura, sino de debate. Es mediante la argumentación cómo podemos tener una pelea con quien defiende una postura con la cual no simpatizamos, y no por medio de la censura. Porque al establecer que los seres humanos somos igualmente valiosos, quienes disienten también valen lo mismo.

    Los liberales también creemos en la persuasión. Creemos que aquellos que tienen conductas que limiten la libertad de los demás no son necesariamente conscientes de ello y no necesariamente obedece a una intención explícita de oprimir al prójimo, sino que puede ser derivado de la educación que recibió (entre otras razones), y por tanto, por medio de la persuasión se pueden lograr concientizar dichas conductas de tal forma que el individuo por sí mismo (y no por medio de la coerción) pueda modificarlas. Por eso es que nosostros usamos los términos «homofóbico» o «misógino» de forma menos frecuente que los progresistas. Sólo los utilizamos cuando hay una discriminación abierta e intencional. 

    Conclusión

    Los liberales no creemos en los dogmas. Las corrientes de pensamiento, ciertamente, son muy útiles para dar forma a nuestras convicciones (porque no se trata de creer en todo ni creer en nada), pero como los seres humanos nos sabemos imperfectos, y por tanto todas las corrientes son imperfectas, entonces éstas deben estar sujetas a la crítica, incluso el mismo liberalismo.

    Aunque no somos conservadores, no por eso ignoramos la necesidad de adquirir una escala de valores y principios que partan de la dignidad del ser humano. No tener una escala de valores nos conduciría progresivamente a la anarquía o a la pesadilla hobbesiana al regresarnos a nuestra condición salvaje. Sin embargo, los liberales, también partiendo de que existen unos valores universales, creemos que las «costumbres morales» no son rígidas y que deben irse replanteando con el tiempo echando de mano la sabiduría y el conocimiento. Los valores no deben deconstruirse arbitrariamente en tanto son consecuencia del progreso intelectual del humano a través de nuestra historia (vivimos en hombres de gigantes), pero también deben de quedar sujetos al escrutinio para crear una escala que corresponda con la etapa evolutiva de nuestra especie o de determinada sociedad. 

    De la misma forma, nosotros creemos en la verdad porque es imposible crear algo que tome como base algo que es falso. Por eso somos críticos de la posverdad que existen en ciertos círculos, tanto en el progresismo como en el conservadurismo que niega la ciencia. 

    Por eso es que creo que es necesario que se nos desmarque del progresismo. El progresismo no apela a la libertad, sino a combatir la inequidad reduciéndola. Nosotros deseamos más bien poder compaginar ambas cosas y que una se sirva de la otra.  Nosotros respetamos a los movimientos feministas, los LGBT+, los veganos o los ecologistas, pero rechazamos una imposición ideológica que reduzca nuestras libertades. Rechazamos también los juicios de valor y ataques ad hominem por tener alguna discrepancia: Por ejemplo, decir que se es asesino porque uno come carne, o que uno es machista u homofóbico porque alguna persona discrepa con la teoría de la performatividad de Judith Butler. 

    Todos los humanos valemos lo mismo, por eso es que debemos pretender la equidad, no la sumisión ni la venganza. 

  • De Duarte a Miarte

    De Duarte a Miarte

    De Duarte a Miarte

    Javier Duarte no es la excepción, más bien es la regla exhibida de forma extravagante y desorbitante, como caricaturista que exagera los rasgos de aquel al que está dibujando, rasgos que pueden ser exagerados, pero que son reales. Porque el caricaturista exagera lo que existe, no lo que no. 

    Ni Javier Duarte ni todas las circunstancias que lo rodean son la excepción, son la norma. Duarte no llama la atención por tratarse de algo nuevo (un gobernador corrupto dentro de un mundo de gobernadores que no lo son) sino por tratarse de aquello que es común pero en su máxima expresión (la norma es que sean corruptos, pero el caso de Duarte lleva la corrupción al exceso).

    El tremendo desorden y descuido (muy posiblemente de forma premeditada) con el que la PGR presentó su caso también es algo común en su máxima expresión. No es como que sea la excepción en un país donde la justicia sea pronta y expedita. 

    Tampoco es excepción que Duarte parezca más prioritario (en resolver «su problema», no en hacer justicia) que el padre y el hijo que murieron el socavón del paso exprés, el cual, dado lo que ya sea explicado, debería ser considerado un homicidio imprudencial, y en vez de eso, Gerardo Ruiz Esparza conserva muy campante su trabajo y hasta se atreve a ser cínico. Duarte sonríe y recita poemas mientras que a la gente de pie que fue agraviada le dicen que ni tiene caso que presente su denuncia porque no se va a resolver nada.  

    Mucho menos es la excepción la frustración que la gente siente cuando ve que en lugar de hacerse justicia, parecería que «le están haciendo el paro» al ex gobernador de Veracruz, al grado que muchos sospechan que no pisará la cárcel, o al menos, que estará muy poco tiempo ahí mientras su esposa merece la abundancia, merece la abundancia, merece la abundancia. 

    Periodistas muertos, niños que murieron porque les dieron un «placebo» para su cáncer, personas que vieron su calidad de vida reducirse como «daño colateral» de las tropelías y robos de Duarte. Ese gobernador, que no es excepcional sino que es la norma llegada al exceso recibe un trato que parece sí ser excepcional. En cambio, ni los periodistas, ni los niños, ni los veracruzanos verán justicia jamás. 

    No la verán jamas:

    Aborrescencia
    Displicencia
    Verbal indolencia
    Dominio de influencias
    ¿Fraudulencia o violencia?
    Según conveniencia.

    Porque sí merezco la indulgencia
    Sí merezco la indulgencia
    Sí merezco la indulgencia.

     

  • Padre e hijo, antes del socavón

    Padre e hijo, antes del socavón

    Padre e hijo, antes del socavón

    Un padre y su hijo, originarios de Morelos, se desplazan en su automóvil por la flamante nueva Vía Exprés. El hijo le preguntaba a su padre por qué había tantos letreros que decían «Gracias Señor Presidente por la construcción de la nueva Vía Exprés»:

    Hijo: Papá, ¿por qué hay tantos letreros agradeciendo al Presidente por la nueva Vía Exprés? Si todos mis compañeros se burlan del Presidente en la escuela. Incluso, una vez, a Juan, el más tonto del salón, todos mis compañeros le empezaron a gritar «Peña Nieto, Peña Nieto». 

    Papá:  Mijo, en mis tiempos así era, había que agradecer al Presidente por todas las obras que hacía, porque nos decían que el Presidente provee y nosotros tenemos que aplaudir. Antes no se criticaba al Presidente, y si lo hacías podías terminar en la cárcel.

    Hijo: Pero ahora dicen por todos lados que el gobierno actual son unos rateros papá.

    Papá: Sí, pero nuestros gobernantes siguen viviendo en el pasado y gobernando como antes. Pero ahora toda la mugre se ve.

    Hijo: Pero ¿a quién le importa si construyeron una carretera? Ni está tan chida. Mira, esa parte de adelante parece que no la construyeron muy bien, hay un tubo de fuera y el piso se ve resbaloso. Es su obligación construir bien las carreteras, no sé por qué la presumen si está hecha con las patas.

    Papá: ¿Y sabes por qué no lo construyen muy bien?

    Hijo: No papá, por qué. 

    Papá: Para hacer negocios.

    Hijo: ¿Y cómo lo hacen?

    Papá: Pues digamos que se roban parte del dinero usado para construir la carretera. Aparte de que hay moches y que el gobierno contrata a sus empresas favoritas en lugar de la que pueda hacer mejor el trabajo, usan materiales más baratos y hacen mal las obras para ahorrar dinero y quedárselo.

    Hijo: ¿Y no los pueden meter a la cárcel? ¿No pueden quitar a Peña Nieto? ¿Por qué si el presidente tiene casas muy grandes y hace este tipo de tranzas, nadie le hace nada?

    Papá: Porque hay un pacto de impunidad. En otros países como Brasil sí pueden quitar a un presidente e incluso encarcelarlo como sucedió con Lula da Silva. En Estados Unidos posiblemente juzguen a Donald Trump por los rusos que los ayudaron a ganar la elección. Los castigan por menos de lo que ha hecho el Presidente Peña. 

    Hijo: ¡Qué coraje!

    Papá: Sí mijo, da mucho coraje. Pero en México parece que no pasa nada. Incluso la gente sigue votando por ellos. 

    Hijo: Ya me dio miedo esta carretera. Qué tal si se cae Papá. Como son tan corruptos como me dices, si se cae son capaces de quitar primero los letreros de «Gracias Señor Presidente», antes que rescatar a las víctimas.

    Papá: No te preocupes hijo, Gerardo Ruiz Esparza presumió lo bien que estaba construida la carretera, aunque esté mal hecha no creo que sea para tanto, no creo que sean tan tontos para presumirla y ocurra algo unos días después, apenas tiene tres meses de…

    En eso se abre un socavón en la flamante vía exprés, justo unos metros antes de un puente peatonal donde está colocado uno de los tantos letreros que agradecen al Presidente por la flamante obra. El carro cae y tanto el papá como el hijo mueren. Tardan varias horas en rescatarlos y Gerardo Ruiz Esparza, sabiendo que estará protegido por el sistema, busca un chivo expiatorio para responsabilizarlo de la tragedia y culpa a la basura ¡la basura y  tres días de lluvia son las culpables! 

    Pero no se puede llevar a juicio a la basura, mucho menos meterla a la cárcel.

    Y no pasa nada…