Categoría: política

  • El Mochairo

    El Mochairo

    El Mochairo

    «Mocho» es un término despectivo para referirse a las personas profundamente conservadoras en tanto que «chairo» se utiliza despectivamente para referirse a las personas de izquierda excesivamente idealistas. Podría decirse que son la antítesis, ambos personajes suelen diferir en casi toda la agenda que promueven. Los «mochos» son conservadores en lo social, y suelen creer, al menos hasta cierto grado, en el libre mercado. Los «chairos» suelen ser, al menos en la mayoría de los casos liberales en lo social y conservadores (o intervencionistas) en lo económico (ciertamente lo segundo les es más importante y pueden llegar a prescindir un poco del liberalismo social con tal de defender el intervencionismo estatal). 

    Podría pensarse que en estas condiciones es imposible crear una alianza en común, pero al menos parece ser que es lo que AMLO estaría tratando de hacer o al menos tendría que hacer para que la alianza de MORENA con el PES (Partido Encuentro Social) rinda frutos (me imagino que debió haber calculado que los votos de los evangélicos que gane serán más en número que los votos que podría perder). López Obrador ha dejado a varios de sus seguidores en un dilema muy complicado: ¿cómo apoyar a un candidato que se está recorriendo de forma alarmante al conservadurismo, y al más rancio y retrógrada, si yo soy profundamente progresista? Dirá alguno de los suyos.

    Pero lo que más debe de llamar la atención es la incongruencia que esto implica. Es una traición a sus seguidores (aunque algunos no lo quieran ver). Hasta hace poco, López Obrador podía decir que, a diferencia del PRI (partido ambiguamente ideológico por definición) y el frente (compuesto por un partido de derecha y  dos de izquierda), él mantenía una postura ideológica definida y era congruente con ella. A partir de hoy esto ya no es así, incluso la contradicción es más grosera que en los otros casos.

    Esta decisión, además, habla de su mesianismo populista, paralelo a lo ocurrido con algunos de los mandatarios del Caribe y del cono sur quienes a pesar de decirse de izquierda suelen ser más bien conservadores en lo social e incluso suelen aprovechar la religiosidad de su pueblo para alimentar su liderazgo. Los regímenes autoritarios buscan intervenir también en la moral del individuo. López Obrador ya lo había dejado patente en su libro donde acudía constantemente a pasajes bíblicos y donde hablaba de la felicidad y la bondad, incluso la definía. No es casualidad que se haya destapado como precandidato el 12 de diciembre, el día de «la MORENA de Guadalupe«.

    El propio López Obrador dice que la alianza con el PES es muy importante porque «incluye principios, valores culturales morales y espirituales». Al igual que dijo en su libro, AMLO dice que esta alianza es muy importante porque «no solo vamos a buscar el bien material, sino el bienestar del alma». Estas propuestas son peligrosas porque así López Obrador quiere intervenir directamente en la moral de los individuos, quiere definir por ellos qué es la bondad y casi condicionarles su plan de vida para que no discrepe con este credo. 

    La contradicción se vuelve más grande porque AMLO había tomado a Benito Juárez como estandarte, quien, de forma paradójica, representó lo opuesto a lo que López Obrador quiere representar. Los líderes autoritarios de América Latina de igual forma suelen tomar a algún héroe o un mito y usarlo como estandarte aunque en el camino tergiversen su ideario hasta que casi no quede nada de él. 

    Preocupa, preocupa y mucho que AMLO vaya a construir su «cartilla moral» con la ayuda del sector más rancio y conservador de todo el país. Preocupa porque este tipo de estrategias políticas son más parecidas a la de la izquierda populista latinoamericana que las de la izquierda moderna. Incluso deberíamos poner el término «izquierda» en entredicho. 

    El «mochairo» no puede existir, violaría el principio de no contradicción de Aristóteles donde una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. La alianza MORENA – PES viola ese principio de no contradicción. Más bien parece que se podría explicar mejor por medio del gato de Schrodinger.

    Dicen que hoy AMLO acaba de cavar su tumba. Yo no estaría tan seguro de eso. 

  • AMLO, Anaya y Meade. El inicio de la feroz batalla por la silla presidencial

    AMLO, Anaya y Meade. El inicio de la feroz batalla por la silla presidencial

    AMLO, Anaya y Meade. El inicio de la feroz batalla por la silla presidencial

    Ya tenemos a los tres principales contendientes para las elecciones del 2018. El próximo presidente será López Obrador, Ricardo Anaya o José Antonio Meade. Falta por definir a los candidatos independientes quienes tienen realmente muy pocas posibilidades de ganar (y si es que juntan las firmas), pero que podrían fungir como comodín y alterar el resultado de la elección.

    Si me pidieran apostar dinero por un candidato, es decir, por quien creo que va a ganar y no necesariamente por quien quiero que gane, apostaría por López Obrador. 

    El destape de Anaya dice dos cosas: primero, que toda la estrategia que orquestó para hacer su necia ambición una realidad le funcionó: es candidato, y logró formar un frente; segundo, hay frente. Esto, por supuesto, no es una buena noticia para el PRI como sí lo es para López Obrador. El PRI no se salió con la suya, la coalición está viva y coleando. 

    En estos momentos todo el mundo subestima a Ricardo Anaya. Lo acusan de traicionar al PAN y de acabar con su espíritu democrático. La realidad es que este comenzó a apagarse cuando Felipe Calderón comenzó a nombrar a los presidentes de su partido cuando dirigía a este país. Es decir, Anaya no hizo algo muy diferente a lo que también hicieron quienes le reprochan el dedazo. Las acusaciones pueden ser válidas, pero la autoridad moral de quienes lo critican brilla por su ausencia.  

    Meade tiene esa gran ventaja natural llamada «el voto duro del PRI» Pero el problema para él es que Anaya podría anular algunas de las que serían sus ventajas competitivas. Anaya también se puede presumir como estudiado (doctor en Ciencias Políticas por la UNAM, sabe hablar inglés y francés) y también puede prometer «estabilidad frente al riesgo». Peor para Meade: él solo se puede limitar a ofrecer «estabilidad con continuismo» mientras que Anaya puede vender «estabilidad y cambio». Un cambio edulcorado para quienes no quieren asumir «el riesgo de López Obrador», un cambio a la segura que se limitaría más bien a la «despriízación» del gobierno.

    A Anaya le pueden achacar, por ejemplo, el Pacto por México. Siendo presidente de su partido ayudó a orquestar las reformas estructurales y por eso es que no podrá presentarse como una suerte de outsider, no deja de ser parte de la clase política. Quienes se oponen a las reformas con más enjundia son quienes de todos modos no iban a votar por él (los seguidores de López Obrador). El voto antiPRI que no simpatiza con López Obrador y que representa ese tan asediado voto útil está molesto con el gobierno actual no tanto por las reformas (en muchos casos las reconocen) sino por la corrupción y la inseguridad. Ciertamente, Meade tiene una trayectoria más sólida que presumir pero la diferencia entre los dos candidatos es más bien tenue y en esas circunstancias me parece más probable que se inclinen por Anaya ya que es más grande la diferencia entre votar por el PRI que odian (con el fin de que AMLO no llegue) o no votar por él que la diferencia entre Anaya y Meade producto de la percepción que tienen de los dos candidatos. 

    Meade habla de que para convertir a México en una «potencia mundial» fortalecerá el Estado de derecho, su campaña parece girar ante esta idea. El problema es que es muy endeble (¿Estado de derecho? ¿PRI?) y el propio Anaya se la puede ganar. Anaya seguramente se desligará de los dos sexenios del PAN y de la «guerra contra el narcotráfico» y de la misma forma insistirá en que el PRI es muy corrupto. Así, Meade podría quedarse entre la espada y la pared. ¿Cómo ofrecer fortalecer el Estado de derecho postulado por un partido que si algo hizo estando en el poder en este sexenio fue deteriorarlo y socavarlo, partido del que dijo que los mexicanos le debemos mucho? Y no, de verdad no creo que presumir haber encarcelado a algunos gobernadores pueda ayudar a que al elector se le borre esa percepción.

    Anaya tiene la ventaja de saber hablar mejor en público, sabe alzar la voy y despierta más emociones. Un perfil así vende más que un «académico de bajo perfil como Pepe Meade» dentro de unas elecciones en las cuales la indignación con el PRI y el estado de las cosas es muy grande. Si bien las columnas que han escrito sobre el destape de Anaya son muy distintas (algunos lo reconocen, otros no lo perdonan), podría recibir el espaldarazo de intelectuales y gente reconocida como Emilio Álvarez Icaza. Es posible que algunos sectores políticos, intelectuales y académicos que detestan al PRI terminen apoyándolo. 

    Discurso de destape de Ricardo Anaya:

    Discurso de José Antonio Meade:

    Por otro lado, el escenario más pesimista para López Obrador es que el voto útil en su contra se vaya hacia el PRI, básicamente porque el PRI tiene una base de votantes duros que sumados al voto útil podría rebasarlo. Por eso es que AMLO está muy feliz, porque el PRI con el voto útil es más fuerte que el frente con el voto útil. Eso no significa de ninguna manera que el frente le pueda ganar, pero creo que el PRI sería más competitivo. El problema del PRI, reitero, es que la tendrá mucho más difícil para captar el voto útil, sobre todo con el frente vivo y coleando. 

    López Obrador, por su parte, debe jugar a mantener su ventaja e incluso intentar acaparar al menos un poco de voto útil (ese voto antiPRI que tal vez no termina de creer en él pero que podría darle una oportunidad) para amarrar su victoria. AMLO tiene el dilema de mantener contentas a sus bases (con discursos un tanto estridentes) y no asustar a los votantes más cercanos al centro. Así también debe tener mucho cuidado de no cometer errores, no sólo porque en ocasiones suelen ser graves, sino porque la oposición intentará magnificarlos para generar miedo entre la población: ahí está el caso de su propuesta de la amnistía a los narcos, lo cual es evidentemente una propuesta muy absurda, pero de la cual sus opositores se han agarrado para decir que los cárteles van a financiar su campaña. El problema que ya todos conocemos es que AMLO se tropieza mucho y suele ponerse él mismo el pie. 

    ¿Cuáles son las posibilidades? Imaginemos que estamos en la última jornada del futbol mexicano y se juega el pase a la liguilla. López Obrador depende de sí mismo, incluso puede darse el lujo de perder el último partido y aún así clasificar si se da una combinación de resultados, mientras que el frente y el PRI deben de ganar su partido (el frente y el PRI son rivales en el último partido) y esperar que pierda López Obrador. López Obrador tiene un partido relativamente fácil pero tiene fama de confiarse de más y perder con rivales que son fáciles en el papel.

    Así, tendremos 3 actores: El PRIAN (representado por el PRI y una parte del calderonismo) y que se colocará a la derecha del espectro político, el frente que como coalición se colocará más bien al centro (y tal vez el único que se acerque un poco al progresismo social, entendiendo que AMLO es muy conservador) y MORENA, que ocupará ese sector de la izquierda intervencionista y nacionalista. De la misma forma, el PRIAN venderá continuismo, MORENA un rompimiento con el sistema y el frente vende más bien un cambio moderado, un «cambio sin riesgos».

    Por último no debemos olvidar a los independientes (si es que consiguen las firmas). Dudo mucho que Margarita tenga posibilidades de ganar, menos aún el Bronco. La presencia de Margarita podría debilitar al frente al recordarle a Anaya la «traición» y posiblemente intente golpearlo para robarle voto útil y dárselos a Meade. El Bronco, por su parte, podría quitarle algunos votos a AMLO; seguramente serán muy pocos, pero si la contienda termina muy cerrada (algo probable que ocurra) podría alterar el resultado. 

    A estas alturas es muy difícil hacer pronósticos. En medio año muchas cosas pueden cambiar, pero como inicié este artículo, creo que al momento López Obrador es quien tiene mayores posibilidades de ganar. Estas elecciones requerirán de precisión quirúrgica por parte de los contendientes porque un paso en falso, una estrategia errónea o hasta unas palabras mal pronunciadas podrían alterar el curso de la elección.

  • El PRIAN

    El PRIAN

    Antes de hablar de la candidatura de Anaya haré lo propio con «los otros».

    Los otros, los traidores. A esos que alguna vez les dimos su confianza porque queríamos sacar al PRI de Los Pinos, y nos traicionaron.

    Esos que se hacen llamar «los rebeldes del PAN» y que más bien deberían haberse llamado «los sumisos del PRI». Aquellos que sin empacho alguno apoyan al candidato del PRI. Esos quienes acusan a Anaya de traidor, pero cuya traición fue más grande.

    ¿Alguien imaginaba esto en el año 2000, cuando muchos fuimos seducidos por la campaña populista de Fox?

    17 años después Vicente Fox es uno de los principales promotores del PRI. De la misma forma lo fue de la campaña de Enrique Peña Nieto. Es más que evidente que si Margarita Zavala no alcanza sus firmas, Felipe Calderón apoyaría a José Antonio Meade. El michoacano, que alguna vez acampañara en contra del fraude del PRI en 1988, no sólo ya no es opositor a éste (tan sólo con quienes ha tenido algunas rencillas como Humberto Moreira) sino que las pocas veces que ha hablado del gobierno actual lo ha hecho con vítores y aplausos: «muchas felicidades presidente por detener a tal capo (luego se le escaparía) muy bien por aquello». Su esposa habla una y otra vez de la corrupción del PRI (es evidente, quiere ser candidata) pero  él no dice nada. 

    Peores son los casos de quienes están en funciones, como Ernesto Cordero, Roberto Gil Zuarth y, sobre todo, Javier Lozano, quien destaca por su intolerancia dentro de las redes sociales. Lo mismo insulta a personas comunes como a artistas de cine. Gael García no se equivocó al compararlo con Trump por la forma tan peculiar de usar su Twitter. 

    Y seguramente, durante la campaña, ellos intentarán llevar votos a Meade. «¿te acuerdas de Felipe Calderón? ¿Te acuerdas cuando gobernamos? Bueno, entonces ahora te pedimos que votes por el PRI». Dirán que Anaya es un traidor y que destruyó al PAN, pero callarán cuando les pregunten sobre la traición suya, más grave. Dirán que es pragmatismo, que están ahí para contrarrestar el «populismo» de López Obrador, pero al menos ya le dieron la razón cuando el tabasqueño hablaba del PRIAN.

    Ellos son más responsables de dejar a un gran número de ciudadanos (gente que ya no se siente representada por nadie) que el propio Ricardo Anaya. Es posible que algunas de las críticas que hagan ahora al «candidato destapado» sean válidas, pero no tienen la autoridad moral para hacerlas.

    Ellos traicionaron a los que creían en el PAN y a quienes veían en este partido un alternativa al PRI. 

    ¡Y con qué cara! 

  • AMLO contra Meade. Técnicos contra rudos

    AMLO contra Meade. Técnicos contra rudos

    AMLO contra Meade. Técnicos contra rudos

    La izquierda mexicana tiene un serio problema, el cual explica, yo creo, por qué ha sido incapaz de llegar al poder.

    Y es que, si bien se presume experta para emitir diagnósticos, es tremendamente torpe cuando se trata de presentar proyectos, propuestas o metodologías.

    Muchas personas detestan la figura del tecnócrata. El tecnócrata es frío, calculador, lo suficientemente técnico para interpretar las circunstancias del individuo por medio de un número o una métrica. 

    Pero los tecnócratas son el ejemplo de que del otro lado sí están haciendo su chamba. Son técnicos con posgrados en otros países que si algo saben hacer es desarrollar estrategias, diseñar programas específicos y ejecutarlos. Uno no siempre podrá estar de acuerdo con lo que hacen pero saben lo que hacen (y aún sabiendo aquello que hacen pueden ser susceptibles a caer en errores).

    El tecnócrata es pulcro, cuidadoso, se apega a una metodología, respeta la formas, cuida bien lo que dice, entiende que una causa tiene un efecto específico.

    La izquierda no tiene algo parecido, no tiene técnicos ni especialistas en la materia que logren hacer un análisis exhaustivo del diagnóstico hecho para que, con base en éste, se presente un programa, una metodología específica que resuelva la problemática. Incluso en la forma en que ambas partes hacen demagogia queda patente este contraste:

    Por ejemplo, el lema que usa José Antonio Meade es «voy a convertir a México en una potencia mundial». La frase es muy demagógica (porque evidentemente en un sexenio no se puede convertir a un país en una potencia), pero la intencionalidad de esa frase es clara: generar una percepción tal en el electorado para que se decante por Meade (el futuro promisorio en vez del riesgo populista). Por eso es que esta frase, aunque muy mentirosa, no genera ruido. El peor escenario es que no genere efecto alguno, pero no le bajará puntos al candidato.

    Pero por otro lado tenemos a López Obrador diciendo que le ofrecerá amnistía al narcotráfico. La propuesta es muy demagógica también, pero dicha frase refleja su desconocimiento sobre el tema y queda más al descubierto cuando, al siguiente día, analistas y expertos en la materia la desmenuzan y la critican. No sólo es lo absurdo de la propuesta, sino que el electorado percibirá que Obrador es un hombre improvisado y poco preparado. Si dice puras ocurrencias, dirán, es porque está improvisando; y alguien que improvisa, sobre todo cuando aspira estar a cargo de un país, es alguien poco confiable. 

    Lo veremos con el tiempo. Las propuestas de Meade seguramente serán muy conservadoras e incluso maquillarán algunas pensando en que, de ser presidente, deberá «salvaguardar» los intereses de quienes lo pusieron en el poder. Si a Meade le preguntan por la corrupción, se saldrá, como ya lo hace, por la tangente e intentará, como buen técnico, dar una respuesta ambigua para desviar el tema. Pero dicha ambigüedad estará bien preparada, ya habrá ensayado dentro del cuarto de guerra con sus asesores qué respuesta corresponde a qué pregunta. Si lo acusan de esto, responderá esto. Intentará, en la medida de lo posible, no decir ocurrencias. 

    Con López Obrador esta dinámica será muy diferente. Las propuestas ya las vimos en su proyecto de gobierno, el cual tiene muchísimas deficiencias tales como errores de redacción, argumentos mal fundamentados y un largo etc. De igual forma es muy descuidado con su habla, no mide bien las consecuencias de aquello que quiere decir, tan solo las dice porque las quiere decir. Así, AMLO tropieza una y otra vez consigo mismo. Mientras López Obrador no analiza las consecuencias de sus palabras, en el cuarto de guerra de enfrente ya planean estrategias para propiciar que López Obrador caiga más. 

    Nadie se preocupa porque Meade proponga convertir a México en una potencia mundial. Muchos se preocupan por la propuesta de AMLO de amnistiar a los narcotraficantes. Desde el cuarto de guerra del PRI, los bots aprovechan el desliz para magnificarlo y a veces sacarlo de contexto al decir que pactará con el narco para que financie su campaña. 

    Pongo otro ejemplo: López Obrador dice que si él no es corrupto, todo su gobierno será honesto. ¿Qué percepción deja dicha afirmación? Que está sustentando su proyecto en ocurrencias imposibles de llevar a cabo, otros advertirán un tufo autoritario en la frase. Algo así como «El Estado soy yo» de Luis XIV.

    La candidatura de Meade sugiere algo parecido: «como la gente nos ve a los priístas como una bola de corruptos, pongamos a alguien que no es priísta y presuma un perfil honesto, o al menos lo parezca para que la gente piense que su gobierno se basará en la rectitud». El argumento es parecido, pero cómo se plantea es muy distinto. El PRI no dirá que es honesto, Meade se limitará a presentar sus credenciales y evadirse cuando le pregunten sobre la corrupción del partido que lo postula. Otra vez, el peor escenario es que la estrategia no tenga efecto alguno. 

    López Obrador tiene la ventaja de ir arriba en las encuestas y de ser más carismático que el candidato del PRI. Ciertamente, en una elección como esta, un perfil bajo como el de Meade podría no ser el más adecuado. Pero apelando a la capacidad técnica del uno y a la discapacidad técnica del otro, Meade podría, al menos, intentar trabajar sus desventajas, mejorar su discurso para escucharse al menos un poco más enérgico. Seguramente lo hará. Es un técnico y entiende que una causa determinada genera un efecto determinado. Lo que es dudoso es que López Obrador trabaje en las suyas, él cree que siendo como siempre es basta, que no hay que cambiar nada. Así, esa ventaja natural que tiene López Obrador sobre Meade, podría reducirse.

    Peor aún para López Obrador es que la gente termine apostando a lo seguro, y cuando sucede eso, quien gana es el técnico.

    Yo no sé quien vaya a ganar en 2018, yo no sé si a Meade le vaya a alcanzar. Lo cierto es que la técnica de Meade puede ser un factor clave en las elecciones entrantes, así como la rudeza y la improvisación de López Obrador. 

  • ¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

    ¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

    ¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

    Sé que algunos van a decir que me subí al mame de «hacer ruido mediático» a favor de Meade como ya lo están haciendo los medios alineados al PRI. Nada más falso, pero ahora que el PRI postuló candidato (de López Obrador he hablado mucho) creo necesario hablar de las posibilidades que tiene José Antonio Meade. 

    La pregunta es difícil de responder porque todavía no conocemos la estrategia que el PRI va a utilizar para apuntalar a su candidato.

    Son muchas variables las que están en juego, pero yo considero que los priístas tendrán un dilema, el cual posiblemente llegue a ser determinante:

    Para que el PRI gane necesita conservar su voto duro (ese voto fiel, que está ahí, pero que cada vez es más reducido de tamaño). Si no lo hace, Meade pierde. Por otro lado, necesita ganar una porción de voto útil dado que con el puro voto duro no le alcanza. Si no lo logra obtener, también pierde.

    El problema que tiene el PRI es que su candidato tiene que ser atractivo tanto para los muy priístas como para los no priístas sin que eso signifique un problema. Y eso, en efecto, es un problema. ¿Por qué?

    La estrategia sensata para con el voto útil sería distanciarse del PRI a más no poder. Esto incluye su discurso, la comunicación e imagen, todo. Meade podrá argumentar que también fue Secretario de Hacienda en un gobierno del PAN y que tiene buena relación con algunos de ellos. Pero su ventaja puede ser una desventaja a la vez, porque Meade fortalece el discurso del «PRIAN» y de la «mafia del poder» de López Obrador. 

    La estrategia con el voto duro consistiría en adoptar un discurso mucho más tradicional y típico. Tendría que ponerse su chaqueta roja, tomarse fotos con los simpatizantes y acarreados, abrazarlos como buen priísta. De hecho ya empezó con esa faceta al ser cobijado por la CTM y la CNOP.

    No es el primer candidato del PRI que conozco que usa esa doble cara, de hecho es algo que se volvió muy usual incluso desde antes de la llegada de Enrique Peña Nieto al poder. La marca PRI atrae al voto duro y ahuyenta al voto útil. Y el problema es que al final las dos caras quedan en evidencia. Al final, aquella persona que no es priísta terminará viendo a Meade en la faceta más tradicional y rancia del PRI. Bastará verlo con su chaqueta roja, con todo el escenario y las estructuras del PRI.

    Y el mismo problema se suscita si esto ocurre al revés. Si Meade trata de desligarse de la marca PRI el voto duro lo verá con mucho recelo. Incluso algunos podrán percibir esta actitud como alguna forma de traición. Muchos esperan que su candidato cumpla con las formas y con los rituales propios del PRI y es casi condición necesaria para que sea ungido. 

    Uno de los pilares del éxito de su campaña es saber cómo resolver este dilema. Porque como decía Javier Tello: Meade es priísta para los no priístas y es «no priísta» para los priístas.

    Pero no es el único problema que tiene el PRI. Meade es un «tecnócrata neoliberal» en una elección que será muy visceral y que estará muy dominada por las pasiones. Meade representa la continuación del sistema con todo lo que ello significa (lo bueno y lo malo) y la única respuesta que puede dar ante los problemas de corrupción que serán una constante durante la campaña es que no es militante del PRI (aunque es simpatizante de hueso colorado) y que durante su trayectoria no ha cometido actos de corrupción. Pero si bien no los ha cometido, es muy cierto que los ha dejado pasar: tal y como ocurrió con la Estafa Maestra o toda la corruptela dentro de la SEDESOL. No soy corrupto, él podrá decir, pero sí ha sido cómplice. 

    Meade no es una persona muy carismática que mueva muchas pasiones. No es una persona confrontativa que se haya peleado ni discutido nunca con nadie. Ciertamente tiene una capacidad intelectual y académica mucho mayor a la de López Obrador y ello podría significarle una ventaja en los debates, pero su personalidad tan tranquila, tan de de centro (que suele funcionar más bien poco dentro del contexto en el que estamos) podría terminar boicoteándolo.

    La apuesta del PRI es dispersar el voto para que todo quede entre Meade y López Obrador. Sólo en un escenario así Meade podría ganar, ellos lo saben y por eso lo nombraron su candidato. La única forma en la que Meade podría acaparar voto útil es que se muestre como la alternativa al populismo de AMLO. Es la única forma en que su perfil tecnocrático podría funcionar: que la gente prefiera un régimen, sí, corrupto y nefasto pero que al menos sepan que su economía no está en riesgo, que otro que rememore al PRI de las crisis de los años setenta, a Venezuela y a la izquierda latinoamericana. Su apuesta es que en este escenario, el temor a López Obrador sea mayor que el encono social contra el PRI. Por eso Meade habla de la esperanza y de convertir a México en potencia, porque al no poder hablar de cambio tan solo puede hablar de mirar hacia delante en lugar de «regresar al pasado». 

    Dicho todo esto, el Frente tiene el comodín en sus manos. Le podría bastar, a mi parecer, con presentar a un candidato medianamente decente como Romero Hicks o a un candidato ciudadano como Jorge Castañeda que tengan la capacidad y autoridad moral de denunciar la corrupción del gobierno saliente y que puedan enarbolar una especie de cambio para sacar al PRI de la ecuación y dejar la batalla entre el Frente y López Obrador. 

    ¿El PRI tiene posibilidades de ganar? Sí, pero no puedo considerarlo el favorito. El PRI es como aquel equipo de futbol en la última jornada que necesita ganar y que que otros equipos no sumen puntos para poder clasificar. El PRI no depende de sí mismo (más cuando la sombra de Peña Nieto acompañará a Meade en la boleta), depende de que el Frente no ponga a un candidato competitivo y de que López Obrador cometa errores que puedan estropear su campaña (algo que es plausible).  

    La que será la campaña de Meade necesitará encontrar una fórmula muy creativa para construir a un candidato que no destaca por su carisma y que se encuentra en el dilema de ser o no ser priísta. La estrategia la entienden bien (pulverizar el voto para dejar todo entre PRI y AMLO). La ejecución, y los pequeños detalles, serán la tarea más difícil. 

  • Y el dedo del PRI apuntó a José Antonio Meade

    Y el dedo del PRI apuntó a José Antonio Meade

    Y el dedo del PRI apuntó a José Antonio Meade

    Ahora sí lo sabemos, Meade será candidato del PRI a la Presidencia de la República. 

    Algunos insistían en que Osorio Chong era el mejor posicionado en las encuestas, pero las encuestas ayudan en realidad muy poco para determinar quien es el candidato idóneo, y en este sentido, José Antonio Meade es quien tiene más potencial de todos: se trata de un hombre percibido como capaz, honesto, académico, inteligente, y lo que es más importante, no es priísta, tanto así que presidió la Secretaría de Hacienda cuando el gobierno de Felipe Calderón.

    Su presencia, dicen, seducirá a la clase empresarial y a parte de la clase media que estaba muy a disgusto con el gobierno de Peña Nieto. La seduce también por el contraste que planta frente a López Obrador. Mientras el tabasqueño les representa la improvisación, el populismo o el riesgo, Pepe Meade es, para ellos, lo opuesto: el equilibrio, la seguridad, la técnica y la capacidad. Así, algunos sectores, ahora enemistados con el gobierno actual, podrían ver con buenos ojos al hasta ahora secretario de Hacienda. Ahí está, la batalla del doctor en Economía por Yale contra el que salió con siete de promedio después de postergar varios años el término de su licenciatura en ciencias políticas por la UNAM. Ahí está el hombre de tez blanca que hasta presume tener vitiligo en su rostro, el que representa a la tecnocracia, contra el tabasqueño con su tez tostada, que representa a ese México bronco y tradicional.

    Dicho esto, Meade sería la única forma en que el PRI podría aspirar a acaparar algo de voto útil. Meade podría mostrarse como una figura que contrasta con el mandatario actual: Peña es percibido como tonto, corrupto e incapaz, mientras que Meade es visto como una persona inteligente, honesta y buen burócrata. 

    Tal vez, quienes hagan esta lista de cualidades de Meade no erren del todo. Meade es un «buen burócrata», aunque también es cierto que no conocemos tan bien varios de esos atributos que se esperan de un presidente, que no son necesariamente los mismos que puede tener un burócrata.

    Pero dentro de toda esta algarabía se está olvidando algo: Meade es el abanderado del PRI.

    Y ser candidato del PRI implica muchas cosas: basta ver toda la parsimonia del «viejo PRI» detrás de su nombramiento de su candidato, el destape por parte del presidente Peña Nieto que busca cumplir con cabalidad y meticulosidad esta ceremonia, tal y como sucedía en el régimen de partido único. Ahí está, el viejo PRI, comandado por el Presidente de la República que lo decide todo, aunque diga que «le tomó un día decidir su candidato, no, menos, cinco».

    Ser candidato del PRI implica adquirir, de forma automática y con mayor peso que en cualquier otro partido, una serie de compromisos que tienen que ver con los intereses del partido, que a la vez están compuestos por los intereses de sus integrantes. Serlo implica mantener un sistema que ha favorecido la corrupción, ese mismo sistema que permitió el surgimiento de los Duarte, de los Borge, de los Moreira. Si fuera como dice AMLO, que si el presidente es honesto todos van a ser honestos, entonces podríamos pensar que Meade podría hacer lo mismo, pero todos sabemos que eso no es cierto.

    Y tampoco erran del todo quienes nos invitan a poner la honestidad de Meade en tela de juicio. Dicen que también oculta cifras o las maquilla, que dice una cosa y luego dice otra, que dentro de su paso por Hacienda también hay errores que se deben de señalar. Posiblemente ello tenga que ver, no tanto con el propio Meade, sino con el hecho de formar parte de una forma de gobierno acostumbrada a la opacidad y a la mentira y al que ninguna persona se podría rebelar del todo. 

    Quienes tachen la boleta por Pepe Meade, aunque odien al PRI, también deberán ser conscientes de que votarán por el PRI, con todo lo que eso implica. No solo estarán votando por un personaje sino por toda una maquinaria de hacer política (a la mala, se dice mucho). 

    Es decir, aunque Meade no llegue a estar de acuerdo con muchas de las cosas que «allá dentro se hacen» tendrá que dejar pasar muchas cosas. No podrá rebelarse del todo frente a ese conglomerado de intereses que busca mantenerse, a como dé lugar, en el poder. 

    Los medios, sobre todo aquellos que estén cómodos con la idea de ver a Meade en Los Pinos, buscarán ensalzar al candidato. Como dice de forma acertada Jesús Silva-Herzog en su columna de hoy, nos lo mostrarán como el gran padre de familia que es, nos hablarán de su trayectoria, nos contrastarán sus doctos conocimientos en economía con la ignorancia «norcoreana» de López Obrador. ¿Que AMLO está contra la corrupción? Miren, Meade no es corrupto, a él no lo puede poner en la misma canasta, Meade es diferente, nada que ver con Peña: «él es el cambio», aunque sea el mismo PRI. Y no sin olvidar la arrastrada que le va a poner Meade a AMLO en los debates, no se equivocan quienes dicen que Meade es mucho más capaz que el tabasqueño.

    Pero no es lo mismo Meade abanderado por el PRI que Meade sin ser abanderado por el PRI. Serían dos presidentes absolutamente distintos, dos formas de gobierno distintas. Dicen, quienes no saben mucho de política, que no hay que votar por el partido sino por el candidato. Pero el partido sí importa, y más si es el PRI. El desempeño del Barcelona con Messi, no sería el mismo desempeño que mostraría, por un decir, el Necaxa si llegara a contratar al ídolo argentino. 

    José Antonio Meade es el recurso de un partido que está muriendo por dentro, que ve cómo su voto duro se diluye con el tiempo y con el cambio generacional. El fatal destino del PRI no podrá ser frenado ni siquiera si Meade llega a ser presidente. El PRI intenta ocultarlo, pero queda en evidencia cuando su mejor estrategia es colocar el «menos priísta de todos». y espera dividir el voto opositor porque el PRI no puede brillar con luz propia. Los priístas se aferran a Meade porque es la única forma que tienen para seguir sujetos a sus intereses aunque sea por tan solo seis años más. 

    A la vieja usanza, ahí está el candidato del PRI, el destapado: José Antonio Meade.

  • Un trabajo mal hecho. López Obrador y su proyecto de nación parte 2

    Un trabajo mal hecho. López Obrador y su proyecto de nación parte 2

    Un trabajo mal hecho. López Obrador y su proyecto de nación parte 2

    Existe un librito muy interesante y ameno del filósofo Harry Frankfurt llamado On Bullshit, que es básicamente un ensayo sobre cómo se puede manipular la verdad sin tener que mentir de forma explícita (es eso a lo que llama «Bullshit»). No se trata de una mentira como tal, pero es una falsedad. Por ejemplo, cuando una persona opina sobre aquello que no sabe, cuando se habla de un tema del cual no tiene dominio, cuando se dice algo sin prestar a los detalles o de forma descuidada de tal forma que no se toman en cuenta ciertas cuestiones relevantes para emitir una opinión. Posiblemente la intención no sea mentir deliberadamente, pero lo más probable es que aquello que diga sea falso. 

    Ahora que le presté más atención al proyecto que presentó López Obrador, me vino a la mente ese libro. Algo que es constante son las ocurrencias y las improvisaciones.

    Parece algo irrelevante, algo fútil, pero es algo importante y que dice mucho de lo que podría llegar a ser su gobierno. Los analistas de la cosa política, mas que concentrarse en que López Obrador se pueda convertir en el «Chávez mexicano» (afirmación bastante apresurada, a mi parecer), deberían fijarse en estos detalles. No sólo en lo que dice, sino en lo que quiso decir, y sobre todo, en lo que trató de no decir.

    Si existe una constante dentro de todos los proyectos de gobierno escritos por los candidatos es que estos suelen ser muy cuidadosos. Se procura que la redacción sea impecable, que se perciba muy técnica e incluso se disfrace aquellas propuestas demagógicas por medio de tecnicismos. Se comprende que quienes leerán los proyectos de gobierno son aquellos que leen, que analizan, que desmenuzan, y que por tanto, son más críticos. Estos textos están dirigidos mayormente a ellos. Se asume que la estructura del proyecto está plasmada de mejor forma ahí que en ninguna otra parte. La demagogia abierta queda para los spots y los discursos callejeros, aquí hay que ser más rigurosos o al menos aparentarlo.

    Eso no sucede aquí. El sitio web en el que se presenta, por su desarrollo y acomodo de los elementos, sugiere un trabajo profesional. Pero cuando uno empieza a leer los textos parece estar leyendo uno de esos trabajos en equipo de la preparatoria hechos un día antes de la presentación final. Hay errores de redacción imperdonables y, sobre todo, el texto no es consistente. Parece como si hubiera sido escrito por varias personas.

    Basta entrar a ver el planteamiento de las propuestas para darse cuenta que algunas de ellas son muy escuetas e improvisadas y dejan más dudas que respuestas. También se percibe una inconsistencia argumentativa e incluso ideológica: no es un proyecto, más bien parece la suma de varios proyectos diferentes (de entrada, parece una extraña combinación de las disimiles visiones de López Obrador y Alfonso Romo). Así como en los trabajos de preparatoria donde nota que la calidad final es distinta entre sus distintos elementos porque lo llevaron a cabo varias personas y ni siquiera se molestaron en integrarlo bien.

    Estos descuidos son muy relevantes porque no sólo hablan del poco profesionalismo, sino que muestran la incongruencia del discurso de López Obrador. Digo que se trata del proyecto de nación de López Obrador porque todos sabemos de antemano que él será el candidato de MORENA (el partido gira en torno a él). Sin embargo, ha prometido que el candidato de MORENA se someterá por encuesta y no por dedazo. Entonces uno se pregunta porqué en el proyecto se dice habla de un «objetivo del gobierno de AMLO» y no un «objetivo de MORENA». 

    Luego uno encuentra errores de redacción como «abatir la fuga». Parece que ni siquiera se molestaron en que un editor revisara la redacción para que estos errores no aparecieran. Estamos hablando del «proyecto de nación», no es cualquier documento.

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    También es posible encontrarse con silogismos tramposos y mal cuidados que muestran el poco rigor a la hora de plantear las propuestas. Si «A»  y «B» entonces «C».

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    Este error es más grave aún. No tanto por el «unas sola» sino porque se les olvidó eliminar del texto los comentarios y las anotaciones que se hacían sobre el texto mientras lo estaban trabajando. 

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    Voy a la siguiente. MORENA se había aliado a los demás partidos para evitar que el PRI-Gobierno impusiera al fiscal carnal y de igual forma se opusieron al despido de Santiago Nieto, titular de la FEPADE. El argumento en ambos casos (y con el que concuerdo) es que esto tiene la intención de que el gobierno pueda adquirir más control sobre diferentes dependencias de tal forma que le permitiera ser más opaco y así servirse a su intereses. 

    La otra incongruencia aquí es que López Obrador propone lo mismo. Quiere nombrar él al fiscal, quiere tener mayor control sobre los asuntos de seguridad:

    La improvisación y el descuido son «el sello de la casa» de MORENA y de López Obrador. Hay que recordar que en 2012, cuando intentaron denunciar al PRI por compra de votos (denuncia completamente legítima, dado que aquello que se quería probar sí ocurrió), armaron la demanda de una forma muy descuidada e improvisada. Mientras los priístas cuidaban mucho los detalles para hacer parece que no había delito donde sí lo hubo, los obradoristas fueron lo suficientemente descuidados como para que el equipo de Peña Nieto ni se despeinara. En vez de eso, crearon una suerte de exposición en el Zócalo mostrando las «pruebas del fraude» en las que había burros, objetos de campaña y demás artilugios que como tales no probaban nada. 

    Este es otro de tantos casos donde la improvisación hace gala de presencia. Y si la improvisación es típica de López Obrador, habría que preguntarnos cómo es que esto incidirá dentro de su hipotético gobierno. ¿Improvisarán cuando tengan que tomar decisiones a corto plazo que puedan afectar el rumbo del país? ¿Improvisarán de la misma forma cuando a la economía se refiere? ¿No pondrán atención a los detalles en las relaciones con otros países como Estados Unidos, o para determinar si una política propuesta es viable económicamente? Responder esas preguntas posiblemente sea más necesario que pronosticar inútilmente si México se convertirá en Venezuela, Cuba o hasta Corea del Norte. 

    Y no sin olvidar las incongruencias bajo las que se intentan ocultar esos rasgos de López Obrador que son los que generan más temor, como su afán de controlarlo todo (si yo soy honesto, todos van a ser honestos, y por tanto yo voy a decir que se hace en temas de seguridad). 

    Es importante notarlo, porque si queremos formarnos una idea de lo que sería el gobierno de López Obrador debemos saber que «el diablo está en los detalles», no en las campañas negativas ni en los discursos llenos de lugares comunes que se repiten una y otra vez. 

    Primera parte

  • Menos Venezuela, más PRI. López Obrador y su proyecto de nación

    Menos Venezuela, más PRI. López Obrador y su proyecto de nación

    Menos Venezuela, más PRI. López Obrador y su proyecto de nación

    Hace poco leí por ahí que lo que México necesita es el apego irrestricto a las leyes y no héroes. Esa afirmación me vino a la cabeza cuando leí el programa de gobierno que presentó Andrés Manuel López Obrador con los empresarios Alfonso Romo y Esteban Moctezuma. 

    No puedo terminar de concordar de todo con la frase porque si bien el Estado de derecho es indispensable, los liderazgos, en cierta medida, son necesarios. Los países occidentales carecen de ellos y por eso desde la extrema derecha e izquierda varios están levantando la mano. Con la parte que sí concuerdo de esa frase es con aquella donde el individuo no debería depositar toda su confianza en un individuo, como si éste por sí sólo pudiera llevar a cabo los cambios que se necesitan. 

    Después de ver y leer la presentación, me queda claro por qué López Obrador no es el líder que México necesita. 

    Primero. Porque un líder debe de ser irruptivo y ver hacia delante, no debe de vivir de la nostalgia. El proyecto de nación, en varios de sus puntos, tiene tintes nostálgicos que rememoran a ese PRI clásico antes de insertarse en aquello que llaman «el neoliberalismo». Se trata de una especie de reedición de aquella época del régimen de sustitución de importaciones dentro de las circunstancias actuales, de ese desarrollismo de Estado que fue tan común en Latinoamérica por muchos años y que fue adoptado hace poco tiempo por países como Argentina o Brasil con resultados cuestionables. 

    Segundo. Porque López Obrador no parece aspirar a «revolucionar el sistema político». Ver a empresarios como Esteban Moctezuma y Alfonso Romo podría calmar un poco los nervios de quienes ven en López Obrador un nuevo Hugo Chávez, pero ambos son hijos del régimen y deben su existencia y riquezas a esas a alianzas político-empresariales. Pareciera, al ver al equipo que propone, que más bien parece querer perpetuar el sistema político que ha venido en decadencia en los últimos años pero con una cara más «social». Posiblemente no sea la intención de López Obrador de instaurar un régimen chavista (con todo y que algunos de sus colaboradores, relegados a un segundo plano en dicha presentación simpatizan con el régimen bolivariano), pero es cierto que su apuesta a aspirar a un estado interventor en la economía podría poner en riesgo la estabilidad macroeconómica, lo cual podría derivar en una crisis política más profunda. Muchos de los gobiernos que han fracasado no lo son por que quienes lo lideraron hayan planeado su fracaso, fracasó más bien como producto de una cadena de malas decisiones que se tomaron. Y en algunos puntos AMLO parece querer repetir aquello que ha fracasado en el pasado (con el trillado argumento de «esta vez sí va a funcionar»).

    Pienso que Javier Sicilia acierta cuando dice que el de López Obrador es más bien algo así como una revolución cosmética, que se trata de un priista que no aspira a renovar el sistema político:

    Ya lo vimos con el caso de [Ricardo] Monreal, es la misma historia. López Obrador es un priísta disfrazado de rojo. Ese es mi punto de vista, es un tlatoani más, ya la vida de los tlatoanis no nos sirve para nada, y López Obrador reproduce aquello donde se cultivó, que es el priísmo. Tiene la estructura del PRI y trabaja así. – Javier Sicilia

    Más que ver en él un Hugo Chávez, veríamos algo más bien parecido a una reedición del PRI con una mayor intervención estatal (tal vez no al grado de Venezuela, como dicen sus adversarios). No terminarían los vicios de la corrupción. De hecho, creo que la mayor intervención del Estado podría acrecentarlos. No hay que olvidar que bajo este tipo de regímenes es que se crearon aquellas organizaciones clientelares que siguen siendo un dolor de cabeza y también aquellas empresas que tuvieron su razón de ser gracias a su connivencia con el gobierno y que, gracias a dicha alianza, adquirieron mucho poder. Sí, un ejemplo de ésto es Televisa.  

    Uno lee el proyecto de nación (que en realidad no presenta muchas cosas nuevas si se contrasta con su libro) y las ambigüedades y las deficiencias salen a la luz. Ciertamente, López Obrador presenta un proyecto donde toma en cuenta la estabilidad macroeconómica. Pero los argumentos para llegar a ella son los más deficientes de su proyecto porque espera reducir el gasto del gobierno con base en el combate a la corrupción y la austeridad republicana (que se generará como resultado de su voluntad personal). ¿Cómo la va a combatir? no lo sabemos muy bien. Lo cierto es que ese tema fue uno de sus puntos débiles cuando fue Jefe de Gobierno. El problema es que si no logra dicha estabilidad macroeconómica y la «austeridad republicana» reduciendo las finanzas públicas y combatiendo la corrupción (tarea casi imposible porque las metas propuestas son demasiado elevadas) quedará como alternativa la opción del endeudamiento, y esa historia ya la conocemos.  

    AMLO, Populismo

    No es que los programas sociales sean necesariamente indeseables como afirman los más libertarios, pero éstos deben estar apegados a la realidad macroeconónica. El problema es que entre la macroeconomía y los programas sociales, López Obrador podría optar por la segunda opción (con todo y el impacto negativo que podría generar dentro de las finanzas). 

    No está de más señalar que siguen ahí también propuestas absurdas como cancelar la construcción del nuevo aeropuerto de la CDMX y trasladar parte de la actividad al aeropuerto de Santa Lucía. 

    Con esto no quiero decir que todas sus propuestas estén mal. Existen varias propuestas más que rescatables (fomentar la competencia en la banca, como propone, me parece una apuesta muy atinada). Pero cuando hablamos de la esencia de su proyecto de gobierno, se pueden observar muchas debilidades en su estructura central. Porque incluso varias de estas propuestas «rescatables» necesitan que la estructura central esté sólida para que terminen de funcionar bien. 

    Una de las prioridades para este país debería ser fortalecer el Estado de derecho. Si las instituciones no funcionan bien, entonces es difícil que todo lo demás funcione. Esto queda patente dentro del gobierno de Peña Nieto donde las instituciones se han debilitado de forma alarmante, y por consecuencia, la aplicación de varias de las reformas (necesarias en la teoría) termina siendo defectuosa. En este apartado, que se menciona dentro del programa, también vemos muchas ambigüedades, buenas intenciones, pero no hay nada que nos diga que habrá un trabajo serio para fortalecerlas. Para que eso suceda es indispensable la vigilancia de la ciudadanía, y si bien López Obrador dice que consultará a académicos y miembros de la sociedad civil, la realidad es otra: López Obrador es muy celoso de aquellas entidades que cuestionarán a su gobierno, tal y como lo mostró con su profundo escepticismo a la ley 3 de 3. Eduardo Buscaglia (experto en temas anticorrupción, a quien siempre se ha ubicado dentro de la izquierda política) afirma que, cuando era Jefe de Gobierno, no veía muy conveniente que los ciudadanos pudieran revisar las cuentas del gobierno. Él cree que la corrupción se va a solucionar por su propia voluntad y no producto de la vigilancia de la ciudadanía:

    Pero cuando el equipo de López Obrador regresó a Buscaglia con una respuesta de su jefe, señaló que le dijeron que las juntas daban ‘mucho control a la gente’ y que el alcalde podría hacer un mejor trabajo para combatir la corrupción por su cuenta – The New Yorker

    Bajo esta idea, sería ingenuo esperar que en el gobierno de López Obrador se vaya a fortalecer el Estado de derecho. Por el contrario, podría llegar a agravarse más la crisis institucional por la que el país ya pasa. Si AMLO aspira a establecer un régimen opaco, entonces, así como sucedió cuando gobernó la capital con colaboradores cercanos suyos, podríamos ver escándalos similares a los que vemos dentro del gobierno actual. Tampoco se puede esperar mucho si dentro de su equipo habrá muchos colaboradores que fueron parte de ese régimen que coincide con el gobierno actual en que las instituciones sirven no para servir a los ciudadanos, sino para servirse a ellos mismos. 

    Es posible que quienes creían que López Obrador iba a implantar el comunismo o crear una Venezuela o hasta una Corea del Norte, vean que sus temores eran algo exagerados (aunque sí hay un riesgo de que la estabilidad macroeconómica se ponga en entredicho y que se lleven a cabo regresiones en materia económica), si López Obrador tuviera dichas aspiraciones dudo mucho que Romo o Moctezuma le ayudaran a crear su proyecto de nación. Pero es muy posible también que quienes veían a López Obrador como un salvador les va a ocurrir como la fábula de Monterroso, que cuando despierten, verán que el dinosaurio seguía ahí, y que el régimen de AMLO no era tan diferente al actual. 

    Evidentemente, muchos sectores de la clase política le tienen recelo porque la llegada de López Obrador significa para ellos un riesgo para sus intereses. Los priístas intentan asustar con el cuento de Venezuela y hasta Corea del Norte porque decir la verdad, que López Obrador tiene muchos vicios priístas, sería como darse un tiro al pie. Otros actores (empresariales o civiles) basan su deseo en un temor sincero, no quieren regresar a esos gobiernos cuyos sexenios terminaban con una crisis económica. Por eso es que la campaña negativa interesada para destruir la campaña de López Obrador por parte de algunos políticos, no implica que otros actores no puedan, de forma sincera, ver con temor la llegada del tabasqueño.

    Dicho esto, criticar severamente a López Obrador no implica ser parte de una campaña sucia de desprestigio ni estar «manipulado por ella». 

    El cambio de personajes dentro del panorama político puede sonar a priori puede sonar bueno, pero tal vez no lo sea tanto si muchos de sus colaboradores son dinosaurios del régimen son los que aspiran a ocupar dichos puestos de poder. No veo en López Obrador una nueva generación de políticos ni sangre nueva. La clase política, aunque cambie de configuración, seguirá siendo en esencia la misma.  

    Y su gobierno trae pocas ideas nuevas, y un mucho de nostalgia por ese México de hace unas décadas. 

    Si no recuerdas como eran, pregúntale a tu papá. 

    Consulta su proyecto de gobierno aquí: http://www.proyecto18.mx/