Está de moda en las redes sociales hacer juicios categóricos de políticos con base en alguna fotografía o video en los que aparecen con algún «innombrable». Javier Duarte es el de moda: si Margarita se tomó la foto con él entonces es cómplice, si lo hizo Meade también, si López Obrador se tomó la foto con Abarca entonces es casi el autor intelectual de la masacre de Ayotzinapa.
A mi parecer, ese tipo de juicios son absurdos y tan sólo reflejan un profundo desconocimiento de lo que la política es.
-Pero velos, hasta se están riendo, seguramente están planeando un atraco ¡no seas ingenuo!
Primero, una fotografía no explica el contexto en la que esta se tomó.
Segundo y más importante, un político, por más honorable que sea, tiene que establecer relaciones y entablar diálogo con varios políticos si es que quiere gobernar. Porque aunque dicho político sea sabedor de que su contraparte es un «corruptazo», no tiene los recursos para procesarlos y, mientras ese corruptazo se encuentre en su puesto, el político no puede romper cualquier tipo de relación así nada más porque a él no le toca impartir justicia, sino cumplir sus funciones como servidor público.
Javier Corral ha denunciado que el gobierno de Peña Nieto está negando recursos al Gobierno de Chihuahua por perseguir a César Duarte y procesar a altos cargos del PRI que desviaron dinero para las elecciones del año pasado. Está en posición de hacerlo ya que su gobierno se está viendo afectado por estas represalias. Pero hasta Javier Corral se tomó la foto con Peña Nieto. Evidentemente Corral sabe que Peña es un político corrupto, pero es Presidente de la República, y sabe que lo mejor que puede hacer para gobernar su estado es mantener una relación cordial. Corral hace la denuncia porque dicha relación cordial, después de las represalias emprendidas por el gobierno, ya no tiene razón de ser. Vaya que Corral es un gobernador valiente porque se está enfrentando al sistema. Pero ¡se tomó la foto con Peña Nieto!
Foto: La Jornada San Luis
Es más, que un presidente vaya a un estado cuyo gobernador es corrupto y entable diálogo con él no es algo reprobable per sé. De hecho, en varios casos es necesario, ya que no es él sino los órganos de justicia los que se deben de encargar de procesar al gobernador. Un problema sería si el presidente protegiera a dicho gobernador o le otorgara inmunidad.
Al final, la política es eso, política, no un capricho. Los políticos deben aprender a llevarse con sus antagonistas y tener, cuando mínimo, una relación de respeto. La diplomacia es esencial dentro de la política y sólo se debe recurrir a la confrontación directa cuando es explícitamente necesario. En todos los países democráticos, los políticos de las diferentes facciones, a pesar de que sus posturas políticas son irreconciliables, pueden tener la capacidad de dialogar o incluso de salir a comer. En Estados Unidos atribuyen la parálisis que se ha vivido en el congreso, en parte, a que anteriormente los senadores vivían en Washington con sus familias y eso fomentaba una mayor convivencia entre los políticos y sus propias familias. Cuando eso dejó de ser así, la capacidad para llegar a acuerdos se hizo más estrecha.
Al final, el trabajo de un político es servir a sus gobernados, no «aplicar la ley del hielo» o «cortarla», y por tanto se les debe evaluar por su probidad y por sus resultados, no por una mera foto cuyo contexto, en la mayoría de los casos, se desconoce.
En el artículo pasado hablé de todas las estrategias que podrían llevar a cabo los partidos políticos para manipular la opinión pública y obtener el número posible de votos. Ya que todas las opciones se han vaciado ideológicamente, cualquier cosa se vuelve válida para ellos (como las alianzas con partidos políticos de ideología antagónica). No se trata de convencer al electorado sobre quien tiene mejores propuestas y por qué son las mejores, se trata de narrar una historia, de crear personajes, de alienar a la sociedad con la finalidad de obtener el poder en el 2018.
En el 2018 no veremos debates ni contrastes de ideas, eso será algo muy secundario si bien nos va. Veremos descalificaciones, los candidatos te recordarán una y otra vez cómo es que el PRI ha sumido a México en la corrupción o cómo es que si llega AMLO convertiría a México en Venezuela. Apelarán a las emociones más viscerales por lo cual lo verdadero del mensaje es lo que menos importa, no importa que sea falso en tanto mueva las elecciones del electorado (sobre todo aquel que no se encuentre muy informado). Los equipos de comunicación podrían esparcir por medios como Whatsapp mensajes como los que siguen (vaya, sabemos que los grupos de los tíos no son precisamente una arena de alta discusión política):
López Obrador se reunió en privado con su amigo Nicolás Maduro para convertir a México en Venezuela si gana
Si José Antonio Meade gana las elecciones, censurará Facebook y Whatsapp
Ricardo Anaya acordará con Donald Trump la construcción del muro
Los argumentos que mostré como ejemplo son absurdos, pero pueden ser muy efectivos si de mover emociones se trata, en especial las emociones de aquellos que no tienen muchos conocimientos en política. Muchos detectarán lo absurdo de los mensajes, pero otros tantos podrán creérselo y así dejarse influir. Basta con que algunos lo hagan, su voto vale lo mismo.
Pero toda esta maquinaria propagandística que se quiere ejecutar con la ayuda de herramientas digitales, de inteligencia artificial y de neurociencia, no es completamente infalible, porque no está completamente automatizada. Es decir, la inteligencia artificial no crea por sí misma las premisas (inputs) sobre las cuales trabajará, sino que le serán dadas por seres humanos (naturalmente de los equipos de comunicación de campaña) que han llegado a una conclusión.
Y cuando los seres humanos (en forma de candidatos o asesores partidistas) trabajan sobre esas premisas pueden llegar a ser muy torpes. Si ellos no hacen un buen diagnóstico del entorno y las circunstancias en las que se encuentran todo lo demás pueda fallar, por más sofisticado que sea:
Por ejemplo, el equipo de campaña del PRI puede crear algunos mensajes que son enviados estratégicamente a sectores muy específicos de la sociedad para generar un efecto determinado en cada uno de estos. La inteligencia artificial se encarga de entregar esos mensajes a dichos sectores, pero son los seres humanos quienes tejen esa relación entre el tipo de mensaje y el sector al que se envían. El equipo de campaña del PRI puede ignorar o subestimar algunas variables como el encono que la gente tiene a su partido, por poner un ejemplo. Hecho esto, la estrategia no obtendrá los resultados que habían pronosticado.
El problema de los partidos es que siguen trasladando las viejas formas de hacer política al mundo digital. Han aprendido a usar las redes sociales y ya conocen su alcance mediático, pero no han aprendido a utilizarlas para establecer canales de comunicación con sus potenciales electores. Basta ver a los priístas en Twitter quienes entre ellos se alaban por medio de mensajes acartonados propios de una ceremonia partidista de los setentas: «Nuestro candidato Meade, todos estamos unidos con usted, la CNC y la CNOP le agradecemos» como si eso fuera a tener algún efecto fuera de sus círculos. Fuera de dichos círculos son cínicos, parece que «no entienden que no entienden», le pagan a un periodista como Joaquín López Dóriga cuya reputación dentro de las redes es bastante mala a que presuma a Juana Cuevas haciendo el súper: el canal y los receptores fueron los equivocados.
Es muy posible que quien gane sea quien haya creado la mejor estrategia de comunicación, pero parecen estar lejos de eso y parece no haber visos de que, una vez que empiece la campaña, alguien cree una estrategia pegadora (ganará la estrategia menos mala). Los candidatos son tan poco atractivos que ponen casi todos sus esfuerzos en la guerra sucia: lo acepto, mi candidato es malo, pero es menos malo que el otro. Así los veremos en los debates, exhibiéndose una y otra vez para que al final todos digan que ganaron. Peor aún, en dichos debates resaltarán los defectos y los errores que ya conocemos, los convertirán en una arena de lucha libre de candidatos acartonados. Tanto repetirán los defectos del otro que dejarán de ser novedosos en muy poco tiempo. ¿Qué AMLO va a convertir a México en Venezuela? ¡Ya chole con lo mismo! ¿Qué el PRI es muy corrupto? ¡Woow, ni me había enterado! ¿A poco?
Este 2018 veremos una campaña muy primitiva, muy básica. La gente estará esperando a que se acabe, harta y cansada: algunos porque perdieron algunos amigos por candidatos que ni valían la pena, otros porque ya estarán hasta las madre de tantas discusiones tan huecas. Será algo terrible, patético. Sacará lo peor de los individuos ya que si la persuasión no funciona, sólo queda el miedo y el odio para hacer que el elector vote de una forma.
Será un circo, pero uno al cual no irías ni aunque te paguen.
Las elecciones del 2012 fueron las primeras donde las redes sociales se hicieron presentes. Los equipos y sus equipos de comunicación todavía no terminaban de entenderlas. Sabían que podían utilizarlas para manipular la opinión pública pero sus estrategias para hacerlo eran un tanto arcaicas e incluso torpes. En ese entonces la izquierda (ya que tenía las puertas cerradas en los medios de comunicación tradicionales) se había apoderado de las redes (sobre todo Twitter), ellos eran quienes tenían las fan pages más populares, quienes generaban más opinión, quienes tenían más videobloggers criticando al gobierno y a la campaña de Peña Nieto.
No sabían que hacer con ellos, Peña Nieto veía que su distancia era cada vez más estrecha y los jóvenes, por medio del movimiento #YoSoy132, pusieron en riesgo el triunfo de un candidato que pensaba que iba a ganar las elecciones caminando. La arena era de ellos, tanto de la izquierda simpatizante de López Obrador como de aquella que no necesariamente lo era (aquella representada por los jóvenes) pero que no quería que Peña Nieto ganara la presidencia. Apresurados, quienes eran parte del equipo de comunicación de Peña intentaron crear videos para desinflar a esa masa opositora que ponía en riesgo sus ambiciones. Inventaron movimientos como la GeneraciónMX. crearon videos de jóvenes que supuestamente apoyaban a Peña, los cuales fueron exhibidos inmediatamente como parte de una estrategia electoral.
En 2012, los equipos de comunicación de las campañas políticas todavía no terminaban de entender las redes sociales. Ahora ya las entienden bien.
Si en 2012 las redes sociales eran vistas como el espacio que la ciudadanía tenía para hacer contrapeso a los políticos ahora serán una gran herramienta para manipular la opinión pública. Ya aprendieron a hacerlo gracias a los tropiezos que tuvieron en el pasado y a lo que han aprendido de las campañas llevadas a cabo en otros países. Si bien dichas estrategias de manipulación no garantizan el éxito sí que podrán ser un factor importante en las elecciones venideras.
De 2012 a 2018 la inteligencia artificial que reside detrás de las redes sociales ha tenido un crecimiento considerable, lo mismo ha ocurrido con las herramientas que dichas redes ponen a su disposición a sus anunciantes. Como el número de usuarios dentro de las redes también ha tenido un incremento considerable éstas ya no serán un espacio donde «las minorías se aglutinan», sino el lugar donde sucede todo, o casi todo: la televisión tiene menos poder de influencia ya que muchas personas (en especial los millennials) han dejado de verlas y se han concentrado en el mundo digital.
La vida de los individuos está cada vez más ligada a la tecnología: con ayuda de esta se informan, se conectan con sus seres queridos y satisfacen muchas de sus necesidades. Los equipos de comunicación política lo saben y saben que si quieren obtener voto deben de entrar a esta dinámica, porque aquí es donde los sujetos conversan, donde sucede casi todo.
Las estrategias de desinformación serán más sutiles y sofisticadas que antes. Todos los partidos echarán mano de ellas.
Términos como big data, neurociencia y machine learning podrían haber sonado extraños hace algunos años, pero ahora podrán ser la piedra angular de algunas de las estrategias digitales que lleven a cabo los equipos de comunicación:
Gracias al big data, podrán segmentar sus contenidos a sectores muy específicos de la sociedad, sectores que podrán ser de un tamaño reducido pero que podrán determinar las elecciones. Por ejemplo, después de un análisis exhaustivo de datos, se logra segmentar el voto útil de distintas formas: algunos son personas mayores que tienen una vida hecha y otros son millennials que todavía no saben por quien votar porque dicen, no se sienten representados. Supongamos que las personas mayores están encabronadas con el PRI, no quieren enfrentar riesgos, apostarán a la estabilidad, y a la vez, son conservadores (se oponen al matrimonio gay, a la adopción y al aborto) mientras que los millennials que están encabronados con el PRI, quieren un cambio y son liberales. Ahora supongamos que soy el encargado del equipo de comunicación de la campaña de Meade y López Obrador está arriba de mi candidato en las encuestas ¿qué tengo que hacer?
Evidentemente no puedo utilizar una misma estrategia para ambos sectores sino que más bien tengo que crear dos mensajes muy distintos (y no importa que se contradigan entre sí, ya que cada sector sólo va a ver uno de ellos). Con ayuda de las herramientas publicitarias de Facebook (que he utilizado y créeme, son muy potentes) puedo hacer que cada mensaje llegue a cada sector. A las personas mayores les diré que López Obrador convertirá a México en Venezuela y que, como es de izquierda, atentará en contra de la familia por medio del matrimonio gay. A los millennials les diré lo contrario: AMLO es en realidad una forma de continuismo de la corrupción del PRI, la presencia de Manuel Bartlett y Esteban Moctezuma lo confirman, además de que gracias a su alianza con el PES, el partido más ultraderechista de México, los derechos de las minorías sexuales están en riesgo.
Estas estrategias serán todavía más sofisticadas que el ejemplo que puse y no se harán a nombre de los partidos, nunca verás las siglas del PRI, PAN o MORENA en este tipo de contenidos, sino que se utilizarán Fan Pages creadas específicamente para este propósito. Algunas de ellas ya han sido creadas y alimentadas desde hace tiempo con este propósito de tal forma que los usuarios piensen que no son parte de una estrategia electoral hasta que ya sea demasiado tarde. En mayor o menor medida, este tipo de estrategias publicitarias serán utilizadas por todos los partidos.
¿Y cómo esparcirán este tipo de información? Propagarán noticias falsas, comprarán planas de algunos diarios e incluso podrán propagar la opinión de algún experto que sea conveniente para esta estrategia (sin que eso implique que el experto sea parte de dicha estrategia), pero sobre todo utilizarán memes o contenidos chuscos para divertir a la gente: si a la gente le gusta divertirse en las redes sociales, entonces «haremos que se diviertan». Incluso utilizarán estrategias más sutiles para reforzar o degradar la imagen de un candidato. En muchos casos no lo atacarán o promoverán directamente, sino que lo venderán como alguien peculiar que transmite algo de frescura o lo relacionarán de forma chusca con un villano conocido.
Los equipos de comunicación entienden de mejor forma cómo funciona la mente del ser humano. Los avances en neurociencia les ha dado más conocimientos y herramientas para poder llevar a cabo estrategias que generen determinadas sensaciones en la psique cuando se expongan a diversos contenidos. Posiblemente contraten a algunos expertos: antropólogos, psicólogos y hasta etnógrafos. La desinformación se mimetizará con la información hasta el grado en que la gente no sepa cual es cual; intentarán, en la medida de lo posible, insertar columnas compradas para que se pasen desapercibidas entre aquellas que no lo son. Incentivarán al incauto para que las comparta por Whatsapp: «AMLO se reúne con Maduro», «Meade pactó con Trump la construcción del muro». Dentro de las campañas saben que hay gente más crédula que otra e incluso a ellos les pueden enviar contenidos que crean son los más indicados para influir en ellos.
Como los candidatos tienen poco que ofrecer apostarán a la división y al engaño. La guerra sucia se convertirá en la piedra angular de las elecciones y posiblemente veamos la elección más sucia de la historia. Estas estrategias, seguramente, harán que muchos pierdan amigos, e incluso provocarán algunos divorcios. Pero no importa, porque todo se vale cuando de poder se trata.
El problema para los partidos no se encuentra en el nivel de sofisticación de estas herramientas sino en su arrogancia y su constante incapacidad de ver «hacia afuera», lo cual podrá hacer que terminen subestimando o sobredimensionando algunas de las variables que entrarán en juego y terminen mermando su efectividad (como aquel post de López Dóriga presumiendo a la esposa de Meade haciendo el súper). Es el margen de error humano el que determinará qué tan eficaces terminan siendo las estrategias digitales.
Pero ojo, saben que los usuarios rara vez revisan la fuente de los contenidos que consumen.
Cuando el PRI destapó a Meade, la reacción de parte de la opinión pública y de la sociedad fue que el PRI se había salido con la suya: «va a ganar, nos la aplicaron de nuevo». El PRI se encargó de revestir a su nuevo candidato con bombo y platillo y puso a la maquinaria a trabajar para lograr un impacto mediático contundente. Trataron de que desde la opinión pública se dijera que el PRI había tomado una decisión muy bien calculada y sensata como para crear la sensación de que los tricolores habían dado un fuerte golpe en la mesa para decir: aquí estamos, más vivos que nunca.
Se comenzó a decir, Meade va a arrasar en los debates: pobres Anaya y López Obrador, que se agarren de donde puedan porque este tecnócrata con maestrías y doctorados en el extranjero va a acabar con ellos.
Pero conforme pasaron los días, ese optimismo desbordado se ha comenzado a diluir. Básicamente porque esa grandilocuencia ha empezado a chocar con la cruda realidad. El PRI no se había salido con la suya, más bien hizo algo que cualquiera hubiera hecho y que ya se sugería por muchos analistas: si todos los candidatos de tu partido están quemados, coloca a uno que tenga un perfil más independiente. Incluso José Narro hubiera sido la opción más indicada ya que, a diferencia de Meade, no formó parte del gobierno de Peña Nieto ni del de Felipe Calderón. El «golpe de autoridad» donde pusieron toda la maquinaria mediática a trabajar tampoco era algo tan novedoso. Mucho de todo eso fue una ilusión.
El PRI más bien hizo lo que está muy acostumbrado a hacer. Tanto que, al menos en estos primeros días, parecen estar comprometiendo la campaña de José Antonio Meade. Llamaron a su coalición «Meade ciudadano por México» pero en la práctica han hecho todo lo contrario: Meade ha sido absorbido por el ethos del PRI, ha formado parte de todos los rituales, ha «reconocido» públicamente a figuras de cuestionada reputación como Arturo Zamora, ha hablado de la importancia de los órganos políticos del PRI tales como la CTM y la CNOP. Lo que hemos visto en estos últimos días no es a José Antonio Meade, sino al «candidato del PRI».
El discurso de «Pepe Meade» con la militancia del PRI termina sonando al discurso de cualquier priísta, que alaba públicamente a gobernadores o a candidatos mientras todos le gritan «presidente» una y otra vez. El discurso suena soso y acartonado. Meade sonríe como un adolescente nervioso que se para por primera vez en un estrado ante el público.
Los priístas, desde sus cuentas de redes sociales, han dirigido mensajes de alabanza a su candidato: mensajes compuestos por palabras que parecen salir no de su boca, sino de un guión preestablecido del cual no se pueden salir: que se vea la fuerza del PRI. Todo el PRI unido en torno a su candidato, quien dicen, es ciudadano, pero es nuestro candidato del PRI, el que va a continuar con los «buenos gobiernos del PRI». PRI aquí, PRI allá.
Podrían decirme que peco de ingenuo ya que se está dirigiendo a su militancia, que esa no es la imagen que va a proyectar al resto del país. Pero precisamente uno de los spots que circulan en televisión muestra al mismo Meade rodeado por priístas y por coros del PRI.
https://www.youtube.com/watch?v=fVBDI3stlhY
Con Meade se apuesta al continuismo contra el riesgo de López Obrador, se busca resaltar sus capacidades intelectuales y académicas para mostrar certidumbre a quienes temen un salto al vacío: «con López Obrador tu economía está en riesgo, conmigo puedes estar tranquilo». Intentan agregarle un componente extra y es el de «convertir a México en una potencia mundial» para vender un mensaje de «tranquilidad y futuro promisorio». Así, la candidatura de Meade buscará apelar al voto útil conservador esperando que con este y con el voto duro les alcance para rebasar al tabasqueño y hacerse del triunfo.
Es una fórmula riesgosa (aunque ciertamente el PRI no tenía muchas alternativas) porque asume que la narrativa de las elecciones del 2018 es «López Obrador es el candidato a vencer» cuando en realidad esta coexiste con la otra que dice «estamos muy encabronados con el PRI». Esta le quita mucho margen de maniobra a Meade, porque para quitarse la carga que representa la imagen pública de su partido necesitaría distanciarse a tal grado que provocaría diversas molestias dentro de su partido. Después de verlo decir que México le debe mucho al PRI mientras se deja arropar por su militancia, nos percatemos de la estrechez de su margen de maniobra.
En una elección que apuesta a ser muy visceral, presentarse como un candidato de centro-derecha con un perfil académico no suele ser la opción más rentable. En Francia, Emmanuel Macron tuvo que ser mucho más que eso para poder vencer a Marine Le Pen, quien al igual que López Obrador, causaba temor en un sector de la sociedad, al tiempo que los negativos del presidente anterior, François Hollande, estaban cerrando en un nivel preocupante. Macron logró crearse una imagen de independiente (cosa que le está costando demasiado trabajo a José Antonio Meade) y logró venderse como una suerte de «irrupción moderada» ante la «irrupción riesgosa» de Le Pen. Ofreció algo nuevo, vendió un discurso, y no contendió por el partido socialista. Meade, en cambio, apuesta tan sólo al continuismo y es arropado con el partido más detestado del país. Macron se distanció de Hollande, Meade no hace lo propio con Peña Nieto. Por el contrario, nos pide a los mexicanos que seamos agradecidos con el PRI.
Pruebas de esta dificultad para distanciarse del gobierno son las entrevistas que tuvo con El País y con Enrique Toussaint. En el primer caso, cuando se le insiste en que la marca del PRI está dañada, Meade se sale por la tangente y afirma que lo que está dañado (a nivel global) es la relación entre el partido y el ciudadano y que el PRI ya está dando el primer paso. Es decir, desconoce la indignación que existe hacia su partido, le echa la bolita a un fenómeno exterior a este y afirma que el PRI es pionero en resolver ese problema: un acto de cinismo priísta puro.
La entrevista con Enrique Toussaint es igualmente reveladora, a pesar de que Meade sólo le pudo dar pocos minutos y no tuvo la oportunidad de contraatacarlo. Toussaint fue al grano e hizo las preguntas incómodas que muchos hubieran querido hacerle. De nuevo, Meade intentó salirse por la tangente e incluso lo hizo de manera muy torpe cuando se le preguntó sobre el reportaje de The New York Times donde el gobierno de Peña Nieto buscaba censurar a la prensa: calificó al reportaje como «malón» y cayó en una falacia argumentativa al sugerir que al hacer este tipo de aseveraciones se dudaba de la integridad del periodismo en México y de los avances de la prensa libre. Meade no puede ser un Macron básicamente porque no puede ni quiere desligarse del partido que lo postuló.
De Meade se argumentará que es honesto o es ciudadano y que no se ha beneficiado de actos de corrupción. Pero esta cercanía con el PRI crea más bien la apariencia de que es uno más. Si es un tecnócrata preparado y estudiado puede terminar siendo asociado con el modelo de tecnocracia salinista más que con un político eficaz y preparado. Para no pocos, el mero hecho de pertenecer al PRI pone en tela de juicio la honorabilidad de un individuo.
Pero Meade tiene otro problema y se llama Ricardo Anaya, ese candidato del frente que incluye al PAN, PRD y MC al cual el PRI (junto con los rebeldes del PAN, Calderón y Margarita) intentó matar (cabezales de El Universal incluidos). Pero está ahí vivo, el frente también, y su mera presencia ya es una derrota para el PRI. Anaya sabe que antes de contender con López Obrador tiene que contender con Meade y en este sentido creo que su campaña está teniendo varios aciertos:
Anaya sabe que tiene que rebasar a Meade primero para que la batalla quede entre él y López Obrador, y para esto está intentando neutralizar las ventajas competitivas del priísta: ¿Cómo? Presentándose como un político que también tiene maestrías y doctorados y que habla muy bien el inglés y el francés, idiomas con los cuales ha defendido a México allá afuera. Si Meade es un académico preparado, yo también lo soy, pero yo, a diferencia de Meade, no estoy abanderado por el PRI, de hecho soy opositor y voy a «desmantelar el régimen del PRI». Si bien, su distanciamiento con Calderón podría llegarle a afectar de alguna forma (que algunos de los simpatizantes del ex presidente optaran por Meade) también aumenta su margen de maniobra. Anaya se puede dar el lujo de criticar a los gobiernos del PAN y acusarlos de no haber desmantelado el régimen priísta. Esto le podría traer varios votos independientes.
Por eso a Meade le está costando mucho trabajo construir una narrativa sólida, porque no tiene para donde hacerse. Tendría que encontrar una forma de enarbolar lo bueno del continuismo y evitar al mismo tiempo ligarse al régimen de Peña Nieto, algo que realmente se antoja muy difícil y para lo cual tendría que hacer muchos malabares acrobáticos. Apuesta al continuismo ante el riesgo de López Obrador, pero no estoy tan seguro de que lo primero sea mucho más atractivo que lo segundo. Debido a sus pronunciamientos y actividades que ya ha realizado será muy difícil desligarse de la marca del PRI, a quien hemos visto estas semanas es a Meade el priísta. Su etiqueta de ciudadano es poco creíble, su oratoria no es muy buena y, a pesar de ser una persona inteligente y preparada, no parecer ser muy elocuente (cosa que Anaya sí puede presumir) y no sé si seis meses sean suficientes para lograr un cambio importante con respecto a ello.
No es imposible que Meade llegue a ganar la presidencia, puede ocurrir. Pero no es tan probable como lo han querido sugerir los priístas y varios medios de comunicación estas últimas semanas y mucho menos es el favorito. También quienes dicen que harán compra masiva de votos para arrebatar el triunfo sobrevaloran esta estrategia, que apenas le alcanzó a Alfredo del Mazo para ganar un estado que el PRI ganaba por goleada. La compra del voto sólo será determinante si Meade termina la elección con una diferencia bastante cerrada contra su principal opositor, y eso sin olvidar que el voto duro del PRI tiene cada vez un tamaño más reducido.
Tienen mucho trabajo que hacer en el cuarto de guerra de Meade. No, no la tienen fácil.
Si no se enteraron ustedes, el PRI y MORENA decidieron aliarse rumbo a las elecciones. El candidato, naturalmente, será López Obrador, quien declaró que Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray y el «pirrurris» Pepe Meade ya fueron perdonados. A esta alianza también se sumaron los «rebeldes del PAN» como Javier Lozano y Ernesto Cordero. AMLO afirmó que esta es la fórmula ganadora para vencer a la mafia del poder.
Pero yo me pregunto ¿dónde quedó la mafia del poder si ahora todos son buenos?
Me preocupa mucho esta alianza porque si bien teníamos una partidocracia rígida y decadente, ahora tenemos algo cercano a un partido único, donde el PRI, parte del PAN y la ex izquierda son una sola cosa. Me preocupa porque no sé qué pueda pasar si López Obrador es presidente (lo cual es muy seguro, ya que con esta alianza, lleva 30 puntos de ventaja sobre Ricardo Anaya) aliado con un partido que ejerce la censura por medio de la propaganda oficial y espía a los opositores.
Incluso a Ricardo Anaya ya le ofrecieron una secretaría, es un secreto a voces que ya no es tan secreto después de que The Guardian publicara el audio donde él y Osorio Chong cierran las negociaciones.
En las negociaciones que PRI y MORENA hicieron, MORENA se quedará a cargo de la economía del país y el PRI manejará los asuntos políticos. ¿Esto quiere decir que el país se va a endeudar mientras los gobernadores siguen robando a diestra y siniestra? ¿Por ellos van a votar? Me preocupa muchísimo. Me preocupa que aquellos que se decían feroces opositores del régimen ahora lo alaben o que los férreos opositores de AMLO ahora lo traten casi como un semidios:
Es triste ver cómo la ideología y la política se prostituye por la ambición de poder. Triste que quienes se oponían hagan este tipo de acuerdos para favorecer sus intereses. La democracia está a punto de desaparecer en México, y los ciudadanos nos quedamos como si nada. A ver si no censuran mi blog.
Caíste inocente palomita, feliz día de los inocentes.
El PRI y sus secuaces nos advierten que, de llegar López Obrador a la presidencia, México se convertirá en una nueva Venezuela. El problema es que, al menos en lo político, sus gobiernos parecen tener más cosas en común con el régimen bolivariano que con la democracia: censura a periodistas (como ocurrió con Pedro Ferriz de Con y Carmen Aristegui), espionaje a personajes incómodos y ahora censura a medios por medio de la propaganda gubernamental.
Los mexicanos se enteran de las tropelías de su gobierno no por los medios impresos, sino por diarios internacionales como The New York Times o medios digitales como Animal Político: no es coincidencia que el primero haya elaborado el reportaje y el segundo haya sido uno de los pocos que le ha dado difusión. Cuando un escándalo suena, este permanece ausente de las portadas de los diarios más importantes del país. A pesar de que Internet tiene cada vez más relevancia, las notas siguen perdiendo alcance cuando son ignoradas por los principales medios del país. La gente informada se entera de dichos escándalos; la gente no tan informada, la que se entera de las noticias por medio de los cabezales de los diarios en los quioscos, no tanto.
El PRI es campeón en este tipo de prácticas que se volvieron muy comunes en regímenes como los de Luis Echeverría y José López Portillo. Pero no son los los únicos que incurren en ellas. El problema es más bien uno estructural y hasta de negocios donde los incentivos para que los gobernantes ejerzan la censura a través de la propaganda oficial son bastante altos.
Los diarios impresos (no sólo en México) están batallando por obtener recursos para subsistir. La convergencia a lo digital les está siendo un fuerte dolor de cabeza porque en los portales de Internet no generan el volumen de ganancias que generaban anteriormente y aquí es la propaganda gubernamental es un alivio: es lo que los mantiene a flote y con vida, pero a cambio de la libertad de expresión. Diarios como El Universal que habían conservado un periodismo independiente se han convertido en pasquines del gobierno. Las críticas al gobierno dentro de Milenio y Excelsior tan sólo se pueden ver dentro de algunos muy pocos columnistas que son minoría ante aquellos que mantienen una postura oficialista. Incluso hicieron lo propio con La Jornada (ahora moribundo), el diario de izquierda opositor por excelencia, llegó a publicar encabezados favorables al gobierno. El Reforma es el único que mantiene una relativa independencia periodística y lo logra por dos razones que no suelen ser del agrado de sus lectores: que sólo se puede acceder a sus contenidos mediante una suscripción de paga, y que gran parte de sus ingresos vienen del Metro, que por cierto, se vende más que el propio Reforma. Aún así, dicho diario tampoco es inmune a dichas prácticas como bien explica el reportaje de NYT.
Animal Político, por su parte, busca no depender mucho de la propaganda gubernamental y ha tenido que crear un sistema de fondeo para poder sostenerse económicamente. Esto le ha permitido mantener una independencia periodística suficiente como para publicar reportajes como La Estafa Maestra.
Después de leer la nota de The New York Times varios internautas han sugerido que se legisle para que los diarios prescindan de dicha propaganda. El problema es que si eso sucede, muchos de estos diarios desaparecerían de la faz de la tierra ante la imposibilidad de sostenerse económicamente.
Algunos sugieren que los diarios creen contenido más atractivo para atraer suscriptores, pero eso ya lo han intentado hacer, han creado portales de Internet, contenidos multimedia, video-reportajes. El problema estriba, creo yo, en que el mercado de los diarios no es muy amplio. Tan sólo una minoría los lee (ya sea en físico o en Internet), la gente a la que le gusta informarse es tan sólo un «nicho de mercado». Debido a esto, las empresas que se anuncian en medios impresos no estarán dispuestas a pagar grandes carretadas de dinero como sí lo harían si los lectores fueran una mayoría. ¿Y sabes quien sí está dispuesto a hacerlo? El gobierno.
Dudo de la efectividad de la propaganda del gobierno e incluso dudo que les preocupe demasiado porque su función es más bien controlar lo que dicen los medios. No les preocupa tanto la imagen positiva de la propaganda oficial, sino evitar la «imagen negativa» de las notas críticas del gobierno.
Lo más grave de todo es que para ellos este mecanismo de coacción y censura es tan importante que pueden, sin remordimiento alguno, recortar presupuesto de otras áreas como el sector salud o las becas de Conacyt con el fin de que los diarios más importantes no sean críticos con el gobierno y «se comporten bien».
Y ahí está la pregunta, difícil de responder, y posiblemente aún más difícil de ejecutar la respuesta ¿cómo hacer para que los medios dejen de depender de la propaganda gubernamental?
Y es necesario que lo hagan, una democracia necesita un periodismo independiente, no pasquines al servicio del gobierno en turno.
En la actualidad varias voces insisten en los términos izquierda y derecha son obsoletos, que no sirven para entender al mundo actual. Su argumento es la despolitización de los partidos políticos en Occidente. Pero quienes dicen eso están muy equivocados. ¿Por qué?
Durante la Revolución Francesa surgieron los conceptos de izquierda y derecha, tan conocidos y utilizados dentro de las ciencias políticas y que se han venido utilizando hasta la actualidad. En resumen, la derecha se ha utilizado para defender al status quo en tanto que la izquierda busca oponerse a él.
Pero los términos izquierda y derecha no son conceptos absolutos ni rígidos, más bien se enclavan en el contexto en el que se encuentran. En la Revolución Francesa se trataba de la monarquía: la derecha quería preservarla, la izquierda más radical pretendía sustituirla por una República. Después tuvo que ver con la economía: la izquierda pretendía la intervención de estatización de todos los procesos económicos para crear un régimen igualitario en tanto la derecha apostaba por la propiedad privada, que era la forma que había tomado el status quo en ese entonces.
Después, algunos politólogos sugirieron que más bien habría que hacer una distinción entre lo económico y lo social, que en lugar de hablar de derecha e izquierda tendríamos que hablar de conservadurismo o liberalismo en lo económico y en lo social. Los compases políticos que circulan por Internet se basan en este argumento que si bien es completamente válido, no es un sustituto para aquel dualismo izquierda y derecha. Esta propuesta creo tiene más que ver con el hecho de que hay una transición progresiva de lo económico a lo social. Después de la caída del comunismo las diferencias el conflicto ideológico en términos económicos se ha vuelto un tanto más tenue, y gran parte de esa izquierda, ante las innegables fallas que dicho sistema mostró en la URSS de abocó a los temas sociales como el feminismo, el ecologismo y los derechos humanos.
Es decir, los críticos del capitalismo suelen ya no aspirar por un régimen comunista sino por un sistema más bien mixto. La diferencia entre el régimen ideal de la izquierda y derecha es más estrecho que antes pero existe. En lo social, por el contrario, la diferencia se ha vuelto más marcado, pero incluso el contexto se ha modificado:
Tomemos como ejemplo el matrimonio igualitario. Hace unas décadas una propuesta así era propio de un progresista radical, ahora, ante la progresiva asimilación de este modelo dentro de los países occidentales, es cada vez más común ver a personas enclavadas en el centro político que concuerdan con dicho modelo, incluso lo he llegado a escuchar de parte de algunos conservadores moderados.
Los términos izquierda y derecha no están desapareciendo. Más bien parece que algunos pretenden matarlos porque interpretan dichas etiquetas con base en un contexto que ya quedó en el pasado y no representa a la sociedad actual. Lo mismo pasa con los partidos que parecen quedarse enclavadas en ideas del pasado y por eso terminan despolitizándose, porque parecen ser incapaces de entender la realidad actual, donde las formas de comunicación e interacción han cambiado drásticamente gracias al Internet y a los medios digitales.
Sólo en un régimen totalitario o en una cultura que asuma que todo está dado y no hay nada nuevo que buscar (más propio de la Edad Media) se puede prescindir de estas etiquetas. En tanto los individuos tengan ciertas garantías individuales y en tanto que nuestra cultura no asuma que todo está dado (cosa que no ocurre ni en lo económico ni en lo social) los términos izquierda y derecha seguirán ahí, como parte esencial de nuestra civilización, y seguramente en el futuro representen otra cosa de lo que representan ahora. Sugerir su desaparición es sugerir que los conflictos y las diferencias políticas han desaparecido, y eso es algo rotundamente falso.
Lo que mueren no son los términos izquierda y derecha, más bien quienes pierden relevancia son aquellos que piensan que deben desaparecer.
Firma en change.org para oponerte a la Ley de Seguridad Interior, firma para que el gobierno no censure en Twitter, firma para oponernos al gasolinazo, firma para que tu vecino quite la basura de tu canasto, firma porque es injusto que tu mamá te haya castigado en tu cuarto. Firma aquí, firma allá, firma por esto, firma por aquello, firma en change.org.
Charge.org es la máxima expresión del activismo de sofá. Ese activismo que no le requiere esfuerzo alguno al individuo más que agarrar su teléfono inteligente y apretar un botón. Y tristemente tengo que decir que dentro del activismo así como todo en la vida todo lo que vale la pena implica un esfuerzo. Si es fácil y cómodo, entonces no vale la pena.
Seamos sinceros, imagina que eres un político corrupto, uno de esos que está a punto de aprobar una medida polémica: por ejemplo, vas a subir los impuestos o vas a reducir las prestaciones sociales. Entras a tu computadora y ves una de esas peticiones de change.org que tiene como diez mil firmas de gente molesta con esa medida que está a punto de aprobar (dudo que en la práctica lo vean o siquiera se enteren de ello). ¿De verdad te importaría?
¿De verdad crees que los políticos no saben que una medida que están a punto de tomar va a generar indignación? Lo saben muy bien y lo asumen, o ya lo han medido con antelación, saben que sus beneficios son mucho más altos que el «costo» de tener a decenas de miles de personas indignadas, menos aún si se quedan en su casa mandando peticiones en change.org. Para ellos eso no representa nada, no les dice nada siquiera, no representa una amenaza porque como tal un bonche de personas en change.org no afecta de ninguna forma su poder porque en realidad no están haciendo absolutamente nada más que un acto de catársis. El político corrupto se ríe y siente hasta ternura: «me los estoy chingando y en vez de que me pongan en mi madre andan firmando en change.org ¡bendito Internet! Hasta es menos molesto que cuando me dicen de cosas en el Twitter».
De hecho ellos podrían estar muy felices con change.org porque así los indignados canalizan su molestia en un espacio virtual en vez de que salgan a las calles o se organicen. Por eso es que hay tantas peticiones y por eso es que si se pone la atención debida casi ninguna de ellas funciona: es un placebo.
Hay quienes podrán decir que esas peticiones ayudan a correr la voz, que más personas se enteran de la «polémica medida que el gobierno está por implementar» porque cuando firmas una petición la aplicación te permite postearla en el Facebook de tus contactos. El problema es que lo más seguro es que ya se hayan enterado por otros medios, y también es muy probable que ni siquiera le pongan mucha atención. A veces me llegan tantas peticiones que termino ignorándolas de forma automática. Y siempre siempre que me llega una petición ya me había enterado de la noticia en Twitter o en un portal de Internet.
Y a pesar de todo, el sujeto aprieta el botón rojo para firmar y apaga su teléfono contento de que «ya hizo algo».
Y mientras, el político ríe y dice: «hay que robarles más».