Me preocupa que haya quien piense que Chumel Torres es un analista político.
Y me preocupa porque eso implica que creen que ver El Pulso de la República (y similares) equivale a informarse sobre lo que acontece en el quehacer público y social de México:
Es como si un norteamericano pensara que la forma de informarse de la política de ese país es John Oliver o Stephen Colbert (con todo y las enormes distancias que hay entre ellos y Chumel Torres). La realidad es que su tarea es hacer comedia a partir de un tema que suele ser más bien serio. Sí, dentro de su comedia (algo que hacen mucho mejor que Chumel, naturalmente) incluyen una dosis de crítica, pero es eso, comedia. Ni Oliver ni Colbert son analistas políticos, nunca han pretendido serlo.
Que recuerde, yo nunca he visto que el propio Chumel se asuma como tal. Esa es una etiqueta que muchos de los consumidores de sus contenidos (y algunos de sus detractores) le han puesto. En Twitter repiten: ¡Chumel no es un analista político! ¡No se dejen engañar!
Pero no es lo mismo un analista político que un comediante político. El primero hace un análisis riguroso sobre el acontecer político y el otro hace comedia ¿entienden la diferencia? El primero está leyendo a Norberto Bobbio, a John Rawls, Isaiah Berlin, libros de la Historia de México; el segundo está preocupado por los sketches, por los chistes que hagan reír al público.
El «desliz» de Chumel Torres, quien aseveró que Karl Marx separó a la Iglesia del Estado, soltó más de una carcajada a uno. Evidentemente, Chumel sabe más bien muy poco de Karl Marx y sus conocimientos de teoría política son muy básicos o casi nulos. Lo que me sorprende es que la gente se sorprenda demasiado y utilice su error para evidenciar algo que el propio comediante nunca negó: que Chumel Torres no es un analista político, que no es un politólogo ni es experto en la materia.
El pobre tipo se dedica a hacer comedia, y para que todo el proyecto salga bien, tiene en su equipo a gente que sabe mucho más de política que él: ellos se encargan de preparar los contenidos y hacer los análisis. Esto es muy evidente, porque se nota cuando Chumel los tiene como respaldo y cuando no (como cuando se pone a tuitear).
Que Chumel sea un ignorante de la teoría política no es algo que debería sorprender, ni siquiera necesita ser un erudito en el tema para lo que hace. Lo que me preocupa es que haya quien vea a Chumel como un medio de análisis y sea él, o Callodehacha (aunque este sí llega a pretender que es un analista político) a quien consideren como una de las principales voces en materia de política. Lo que Chumel hace son contenidos para hacer reír, que sí, pueden servir para enterarse, de paso y de forma superficial, sobre lo que está aconteciendo en el país. Lo que hace es eso, él nunca ha pretendido es otra cosa.
A mí no me preocupa Chumel, a mí me preocupa que mucha gente no vaya más allá de estos perfiles para informarse y generar opinión. Me preocupan que no puedan poner a un comediante en su justa medida y le den atribuciones que no tiene y que ni siquiera ha pretendido tener. Me preocupa que solo a través de la comedia se informen y sean menos capaces de consultar fuentes primarias y llegar a conclusiones por sí mismos.
Así es el nivel de consumo de contenidos en nuestro país, en el que la comedia genera en muchos más opinión pública que los medios más serios; en el que los usuarios están acostumbrados a leer los cabezales de las columnas y poco más. Y luego por qué ocurre lo que ocurre.
Me pregunto si la «mayoría de la raza» en Twitter tiene más conocimientos sobre Marx y el Estado laico que el propio Chumel. Tal vez la respuesta no llegue a ser muy halagadora.
La mayoría de los que votaron por López Obrador lo hicieron porque «estaban hasta la madre de la corrupción del PRI».
Apenas, dos semanas después del triunfo del tabasqueño, el escenario más optimista es que MORENA creó un fideicomiso cuyos recursos efectivamente fueron a parar a los damnificados y que la motivación de AMLO y los suyos fue genuina y no electorera. Pero incluso, en ese escenario más optimista, ya estamos hablando de una ilegalidad ya que los partidos no pueden darse a la tarea de «donar dinero y recursos» con aportaciones privadas.
Y ese es el escenario optimista; los otros escenarios, los más «pesimistas», son muy plausibles: por ejemplo, el 84% de quienes «aportaron» ese dinero eran legisladores de MORENA. Aquí se pone más raro el asunto. Leonardo Nuñez de «Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad A.C.» menciona que esos recursos se depositaron en efectivo y que lo hacían en varias ocasiones. Esta no es una «inferencia» del INE, está documentado en las grabaciones de los propios bancos.
Tal vez no se pueda determinar categóricamente que hubo algún fraude, pero la intensidad del olor crece cuando, en vez de aclarar a donde fueron a parar todos esos recursos y cómo se usaron, López Obrador sale a descalificar al INE y decir que se trata de una venganza, un complot.
La multa impuesta por INE a Morena por 197 mdp es una vil venganza. No existe ningún acto inmoral con el fideicomiso a damnificados por el sismo. Nosotros no somos corruptos ni cometimos ilegalidad. Por el contrario, buscan enlodar una acción humanitaria. Acudiremos a tribunales.
Yo esperaría de un gobierno que en campaña enarboló la bandera anticorrupción que fuera totalmente respetuoso con las instituciones, las leyes y las normas, ya que ello es condición necesaria para el combate a la corrupción. En el ámbito político, la corrupción es, valga la redundancia, corromper el normal funcionamiento de las leyes y las instituciones con el fin de obtener un beneficio, incluso aquellas «cosas buenas que parecen malas».
En el escenario más optimista, el mensaje que MORENA manda es que «no importa si torcemos la ley para hacer cosas que nosotros consideramos buenas o nobles», que la cuarta transformación no es un México donde las instituciones y las leyes funcionen y sirvan a los intereses del pueblo y la nación, sino uno donde una cúpula política pueda gobernar a discrecionalidad y en el cual ellos, y no las leyes, sean quienes determinen qué es bueno, qué es justo, y qué es lo injusto y lo malo, lo cual estará necesariamente acomodado a sus intereses.
Aunque las intenciones fueren buenas, la poca disposición a apegarse a la ley y la opacidad es la antesala para que un gobierno determinado entre dentro de una espiral de corrupción dado que no habrá contrapesos que controlen sus pulsiones.
Y ese es el escenario más optimista, el escenario del que hablan sus correligionarios y que defienden (aunque omiten que aún en dicho escenario hay una ilegalidad). El escenario pesimista, el cual dice que sí hubo un fraude y un mal uso de los fondos, es dilapidario; porque incluso sin haber llegado a la presidencia, la legitimidad que tenía AMLO en este sentido se habría deshecho (claro, menos dentro de la psique de los ceorreligionarios más fervientes).
Es paradójico también que dentro de los 50 puntos de austeridad se haya propuesto lo siguiente:
“Se cancelarán fideicomisos o cualquier otro mecanismo utilizado para ocultar fondos públicos y evadir la legalidad y la transparencia”.
Muchos de los puntos propuestos son positivos e incluso, en su mayoría, fueron reconocidos por algunos líderes de organizaciones civiles involucrados en estos temas. Pero ¿cómo confiar en que se van a implementar de buena forma si ellos mismos se contradicen entre su actuar y lo que proponen?
Estoy seguro que si este escándalo hubiera ocurrido dentro del PRI, la actitud de muchos de los que ahora defienden a MORENA e incluso están solicitando «coperacha» para pagar la multa, sería categórica e implacable.
Si dicen que es una «venganza» de los partidos o del INE, simplemente que comprueben cómo usaron el dinero. Y aún así lo que hicieron es una ilegalidad, no importa que AMLO haya donado regalías de su libro para los damnificados a través de ese fideicomiso.
Se dice constantemente que el poder corrompe al ser humano.
Yo no creo que sea así, aunque lo parezca. El poder más bien tiende a mostrar al ser humano tal cual es ya que le da el permiso de hacer cosas que en otras circunstancias no se atrevería o no podría hacer.
Un dictador se vuelve tal gracias, en cierta medida, a la ausencia de contrapesos que le permiten usar el poder de forma indiscriminada. Antes no era un dictador en acto, pero sí lo era en potencia. No es que antes fuera bueno y lo haya dejado de ser, sino que, al adquirir el poder, adquirió también el permiso de ser quien es.
La ausencia de contrapesos le permite al individuo exponer su ser sin restricciones o limitaciones. Los contrapesos aminoran y contienen los riesgos que implican que el sujeto tenga el permiso de expresar lo peor de su ser y que esto se convierta en políticas públicas irresponsables o en la restricción de derechos humanos. Pero esto no implica necesariamente que un individuo se vaya a convertir en un dictador o en un déspota. Si el individuo es bienintencionado posiblemente logre lo opuesto, que utilice el excesivo poder que ostenta en beneficio de los gobernados y para hacer los cambios que un país con contrapesos no le permitiría. Los contrapesos también pueden llegar a ser cínicos y estorbar (basta recordar al PRI en los sexenios de Fox y Felipe Calderón) en vez de acotar los impulsos autoritarios.
La historia nos muestra que la acumulación excesiva de poder tiende al despotismo pero también nos narra casos de figuras que aprovecharon su posición para transformar la nación de la que estaban a cargo y llevar a cabo cambios que, en otras circunstancias, no se hubieran podido llevar a cabo.
Si bien López Obrador no tendrá un poder absoluto, sí ostentará más poder que cualquier otro presidente dentro de la era democrática de nuestro país. AMLO tendrá mayoria absoluta en las cámaras (aunque no la mayoría calificada para hacer cambios a la constitución). Él lo sabe, todos lo saben, y las estructuras políticas ya se han comenzado a reconfigurar frente a esta nueva realidad.
Es evidente que López Obrador quiere llevar a cabo transformaciones para reformar este país de acuerdo a su peculiar visión, y para eso busca adquirir un mayor control. De esa forma, él piensa que logrará implementar sus medidas (algunas de ellas loables) de esa forma. Su meta es acabar con la corrupción y reducir la desigualdad. A diferencia del político de izquierdas promedio, él propone un plan de austeridad para recortar gastos dentro del gobierno, y espera que dicho plan se replique en toda la República Mexicana. En ese sentido van los súper-delegados o los «virreyes todopoderosos» como los llama Jorge Zepeda Patterson, y que fungirán como una suerte de «gobernadores en paralelo» con el fin de poder concentrar más poder en el centro y evitar la propia concentración de poder que los gobernadores ejercieron y que permitieron el surgimiento de figuras como Javier Duarte.
López Obrador pretende hace una reingeniería de gran calado. La duda que muchos tenemos es si esta va a llegar a buen puerto. En el mejor escenario reformará la estructura política mexicana de tal forma que logre dar un paso al hacia delante en el propósito de crear ese México más justo y con instituciones más fuertes, necesidades que no han sido satisfechas en el México moderno. Pero el peor escenario es uno donde el gobierno de López Obrador termine haciendo lo opuesto, que es básicamente lacerar o destruir la vida institucional del país y someta la estructura política a sus caprichos.
Habrá que preguntarnos también el papel que los contrapesos existentes jugarán. No serán muy grandes, pero AMLO tampoco tendrá una ausencia absoluta de contrapesos. Por un lado está el poder político de la oposición que no le permite cruzar por sí solo el límite de la mayoría calificada para reformar la constitución: ¿es pequeña? ¿Es débil? Sí, pero ahí está. También está el creciente contrapeso de la sociedad civil, las cámaras empresariales, los medios de comunicación y organismos de otro tipo.
Es difícil vaticinar a qué escenario se parecerá más su gobierno. Por un lado, es indudable que López Obrador tiene una sincera intención de pasar a la historia como alguien que transformó al país; no es alguien que parezca haber llegado al poder para enriquecerse. Pero por otro lado tenemos a un López Obrador al que le cuesta trabajo escuchar las voces que disienten, que hace juicios de valor ante las críticas de los columnistas (a los que llama fifís) y que tiene un discurso polarizante. La postura que ha mantenido tras su victoria tiende a parecerse un poco más al primer escenario pero es muy pronto para vaticinar que así será su gobierno.
Y es muy pronto porque un presidente se desempeña de acuerdo al cambiante entorno que se le presenta al llegar al poder y cuya postura debe modificarse a través del tiempo. No sabemos si esa temporal luna de miel con los empresarios se mantendrá por un tiempo o se quebrará a la primera. No sabemos bien a bien siquiera cómo se van a mover las cosas dentro de su propio partido. No sabemos qué decisiones tomará cuando, por poner un hipotético ejemplo, vea que la política de austeridad no es suficiente para llevar a cabo los programas sociales que prometió: ¿sacrificará algunas de sus propuestas o endeudará al país pensando más en el corto plazo? Ni siquiera su Jefatura de Gobierno es referencia dado que era el Congreso el que le aprobaba las partidas presupuestales.
Solo el tiempo nos dirá qué consecuencias (positivas o negativas) tendrá la presencia de un «Peje todopoderoso» en la silla presidencial. Tal vez tendrán que pasar unos años para que podamos hacer el veredicto. Lo cierto es que AMLO tiene el suficiente poder como para no tener excusas, los resultados de su gobierno recaerán sobre él y casi sobre nadie más.
En 2012 muchos decían que «Peña Nieto no es mi Presidente».
En 2018 escucho a varias personas decir lo mismo de López Obrador. Dicen que «no es su Presidente», que «no los representa».
Algunos hacen matemáticas absurdas al restar los votos efectivos que ganó López Obrador a la población total del país: «Mira, la mayoría no estamos representados por AMLO». Eso, ignorando que gran parte del remanente de la población son jóvenes, niños y bebés que no están en edad de votar.
La realidad es que formalmente sí es su Presidente y sí los representa. Pero no sólo lo es en la cuestión legal sino también si hablamos de lo que es justo. El Presidente fue elegido en las urnas por los mexicanos, y por lo cual, decir que «el Presidente no me representa» es una falta de respeto a quienes sí votaron por él, ya que lo hicieron libremente.
Reconocer que uno está representado por un Presidente no implica que se esté de acuerdo con él, no implica tampoco que se comparta sus valores o su ideología, menos implica que se tenga que chiflar y aplaudir. Por el contrario, se puede tomar una postura muy crítica.
Yo discrepo con AMLO en muchas cosas, pero reconozco que él será el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, y reconozco que Peña Nieto lo es actualmente, con todo y que creo que, si en México la justicia y las instituciones funcionaran bien, debería estar enfrentando algún proceso en su contra. Puede no representar mis valores, ni mis creencias. Pero a mí me representa formalmente ya que formalmente él es el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos y tiene, por ley, ciertas capacidades o facultades.
Decir: «no es mi Presidente» implica no reconocer la vida institucional de nuestro país. Es curioso ver que muchas personas adversas a López Obrador que lo criticaron por su «al diablo con sus instituciones» tomen una postura de no reconocimiento por el mero hecho de que el candidato no les gusta.
Pero peor para los que dicen «no es mi Presidente» es que para todas las demás naciones, nuestro Presidente es el que representa a nuestro país, él es nuestro interlocutor y él nos representa ante las instancias internacionales. Los mandatarios de otros países no van a hacer caso a quienes no estén legalmente habilitados para representarnos. Al único que tomarán en cuenta es al «Presidente que dices, no te representa» y a su comitiva.
También es absurdo decir que «no me representa» porque la mera representación implica que el Presidente debe de ser responsivo hacia los ciudadanos. Si el Presidente representa a los ciudadanos es porque tiene la obligación tanto formal como ética para gobernar para sus ciudadanos. Así como, en lo formal, el Presidente representa a los ciudadanos, en el mismo sentido éste debe de velar por los intereses del país y de quienes forman parte de él. El Presidente tiene derecho a representar a los ciudadanos porque éste fue elegido por la mayoría (sea relativa o absoluta) de ellos. Así es como el Presidente obtiene legitimidad por parte de la ciudadanía, unos lo eligen, los otros no, pero reconocen que sus pares (que son más) decidieron elegirlo.
Decir «no es mi Presidente» es un acto antidemocrático, ya que eso implica que sólo se va a reconocer al candidato que me gusta. Implica decir que mi intención de voto es la que debe de ser válida y no las intenciones de voto diferentes a la mía.
Por eso, aunque tengamos una postura muy crítica e incluso adversa (lo cual es legítimo) eso no implica que no se deba reconocer quién es el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. La misma crítica se sostiene sobre el hecho de que, anteriormente, se ha reconocido, que dicho Presidente ha sido reconocido como tal.
Tenemos un Presidente, y es el que formalmente representa a nuestro país y a los ciudadanos.
No fue la mañana más feliz de todas, me había ido a dormir pensando en que se revertirían las tendencias y los wikis lograrían la senaduría y uno que otro puesto más. En ese momento, el PREP ponía a Pedro Kumamoto en tercer lugar pero la brecha parecía cerrarse: – era cuestión de que comenzaran a entrar las actas de la Zona Metropolitana de Guadalajara. – Pensaba yo. Me fui tranquilo a dormir, y así como desde hace tiempo había «vaticinado» el triunfo de AMLO al grado en que ni me inmuté, casi daba como un hecho que Kuma alcanzaba al menos el segundo lugar que le diera acceso a una curul en el Senado.
Me desperté y vi con un amargo asombro cómo la brecha más bien se había abierto, pero no sólo con el caso de Kumamoto, sino también la elección donde participaba Susana Ochoa. Traté de explicarme qué había ocurrido, algunos amigos míos estaban devastados, una amiga que se había desvelado contando actas y solo había dormido una hora para después ir a trabajar me contaba con angustia su sentimiento, había llorado mucho; otra que había presumido un día antes su voto por los wikis estaba devastada. Al ver todo este ambiente se me salieron unas cuantas lágrimas (cosa que nunca me había ocurrido en alguna elección), me preguntaba por qué, buscaba culpables en mi mente, ¿qué fue lo que salió mal?. Ignoré el partido de México contra Brasil por completo y amenacé con sentarme frente a la computadora a escribir sobre el tema , pero sabía que opinaría con las vísceras y por eso decidí escribir el artículo hasta el día de hoy, una semana después, incluida una «peda postelectoral» en un depa en Santa Fe con unos amigos que son, como yo, apasionados de la política.
Le había mandado a Susana Ochoa un mensaje privado expresándole mis mejores deseos tras esta derrota y tras su agradecimiento me invitó al evento que tendrían en el parque La Calma, el primero después de esa elección tan difícil. Al momento que llegué entendí por qué habían elegido esa ubicación: no es un parque que sea icónico pero tiene como característica unos árboles muy frondosos y robustos. El mensaje que querían dar era claro: hemos construido un bosque.
A pesar de la lluvia que postergó el evento varios minutos, el lugar lució abarrotado. Ahí se encontraba toda la gente que había, de alguna u otra forma, colaborado con ellos (cosa que yo no pude hacer debido a los compromisos que tenía con el programa «Sin Comentarios» el día de la elección). Saludé a Susana Ochoa, a Bernardo Masini y a Pedro Kumamoto. No era uno de los mejores días pero no estaban cabizbajos ni derrotados, sabían que hay que seguir adelante y reconocían que en cuestiones de política no siempre se gana: en vez de lamentarse estaban ahí para agradecer a todas las personas que colaboraron. Además de ofrecer agua fresca y algunos aperitivos, también entregaron diplomas a los colaboradores y mostraron una galería. Ese evento fue una suerte de agradecimiento e incluso hasta de humildad. Saben que su movimiento está sostenido por muchas personas y había que agradecerles.
Los wikis tendrán una tarea difícil, pero no imposible: tendrán que mantenerse vigentes estando fuera de la política para llegar lo más fuerte posible durante los tres años que deberán transcurrir para las elecciones del 2021. Aunque creo que la derrota que sufrieron ocurrió mayormente por factores exógenos (cosas que estaban fuera de su control) sí hay algunas cosas que pienso que se pudieron hacer mejor (que mencionaré unos párrafos después). Invitaron a no criticar u atacar a los candidatos que ganaron la elección ni a quienes votaron por ellos y también reconocieron que deben de ser autocríticos con lo que hicieron o dejaron de hacer.
En política las narrativas importan y mucho, ya que son estas (más que las propuestas o cualquier otra cosa) las que seducen al electorado. Creo que el éxito o el fracaso del movimiento tendrá que ver con la narrativa que ellos construyan en estos tres años y, sobre todo, la narrativa de esta elección. Es tentador hablar de una derrota como tal: «perdimos, estamos frustrados, no logramos lo que queríamos», es lo primero que se viene a la mente ya que es lo primero con lo que nuestras emociones inmediatas conectan, pero una narrativa nunca atrae votos ni simpatías, por el contrario. Pero dentro de este suceso hay otra perspectiva que se debe narrar, y es que cuantitativamente Wikipolítica ganó mucho más votos que los que obtuvo para que ganara Pedro Kumamoto en 2015. Visto así, Wikipolítica ha crecido considerablemente estos últimos años. Kumamoto y los suyos han ganado simpatías dentro de la comentocracia a nivel nacional así como dentro de líderes de organizaciones civiles tan importantes como el IMCO.
Wikipolítica no ganó ninguna elección, pero aún así creció y se hizo más fuerte. Tal vez no fue lo suficiente para contrarrestar el vendaval compuesto de coaliciones de partidos (a los cuales, de forma individual, les ganaron) y al arrastre de MORENA, pero si hablamos de crecimiento tenemos que hablar de números positivos. En los años que vienen tendrán que hacer énfasis en ello, en que el movimiento es cada vez más fuerte. Será decisión de ellos si mantienen el movimiento con el mismo formato o deciden modificarlo (por ejemplo, convirtiéndose en un partido político u otra forma de organización) pero hay argumentos para crear una narrativa positiva a pesar de lo que ahora podríamos considerar una derrota.
¿Hubieran ganado se si hubieran hecho mejor las cosas? No lo sé, es difícil saberlo, pero si tuviera que hacer un diagnóstico de lo que se pudo hacer mejor haría énfasis en lo siguiente. Con esto no digo que hayan hecho una mala campaña, hay cosas que se hicieron muy bien, pero también es importante hacer notar aquellos puntos donde yo noté algunas fallas.
Muchos candidatos. Creo que colocaron demasiados candidatos, lo que hizo que su esfuerzo se diluyera. Pienso que debieron apostar a 5 o 6 candidatos a lo mucho (sumando los candidatos al Senado, diputados nacionales y locales) en vez de los 16 que postularon. No sé si ellos lo hayan visto así (me atrevo a pensarlo porque yo mismo lo llegué a pensar), pero pensar que el fenómeno Kumamoto iba a potenciar por sí solo las candidaturas es un exceso de confianza.
Posicionamiento de marca. Aunado a esto, percibo que la estrategia de branding (posicionamiento de marca) no fue la mejor. En 2015 funcionó haber creado a Pedro Kumamoto como marca, pero al parecer, y por lo que me comentaron algunas personas, hubo confusión entre quienes eran los candidatos. Kumamoto estaba muy posicionado, pero no Wikipolítica. Ya que Kuma estaba posicionado, tal vez era necesario tejer la relación entre Kuma y los otros candidatos (relación que, por ejemplo, hicieron los candidatos de MORENA con AMLO) o mejores estrategias para posicionar el movimiento. Siento que hizo falta más difusión del concepto de «sembrar un bosque» que tenía potencial para más.
Catálogo de propuestas mejor definido. Una de las cosas más valiosas de Wikipolítica es su disposición a rebotar su proyecto con la sociedad civil y con los vecinos, eso es algo a lo que está muy poco acostumbrada la clase política de nuestro país. Pero si yo no hubiera asistido a estas reuniones, posiblemente no hubiera sabido bien a bien qué es lo que estaban proponiendo. Las propuestas son importantes, no como meros tecnicismos, sino porque en su conjunto ayudan a crear narrativas y le dan identidad a un movimiento o a un candidato. Wikipolítica habló de «reemplazar a los políticos» y jugó con el hartazgo, lo cual me parece bien, pero se quedó simplemente ahí. El proyecto no estaba mal en general y estaba bien categorizado de tal forma que tuviera potencial para generar una narrativa (aunque por momentos parecían ser más una organización civil que un movimiento político), pero no fue debidamente difundido. Un proyecto más sólido y, sobre todo, con una mejor difusión, le hubiera dado más sustancia a su movimiento y a sus candidaturas.
Definición ideológica. Tengo la percepción de que Wikipolítica pretende «abarcar todo» lo cual a priori se puede interpretar como un mensaje incluyente. Sin embargo, en política, e incluso en esta era etiquetada como post-ideológica, querer abarcar gran parte del espectro ideológico se presta a confusiones. Yo ubico a Wikipolítica como un movimiento de centro-ízquierda o socialdemócrata (sobre todo por la forma de pensar de quienes lo forman) pero no se termina definiendo como tal y cae en muchas ambiguedades.
Más barrio. Tal vez sería injusto achacarles esto porque en estas elecciones sí se esforzaron por conocer otros sectores sociales distintos a los suyos. Salieron a la calle en vez de centrarse en las redes sociales. Pero algo que creo que ocurre con la participación ciudadana dentro de Guadalajara (hay que recordar que ellos son, en parte, herederos de la creciente ciudadanía organizada que ha visto nuestra ciudad) es que ha faltado un poco más conocer las otras realidades, y esas parecen ser algo totalmente nuevo para ellos. Algunas personas se llegaron a sentir alienadas por esta cuestión e incluso vieron a Wikipolítica como un «movimiento de hipsters con privilegios de clase». Estos tres años será una gran oportunidad para ir y conversar con las personas de las colonias populares, aquellos que viven otras realidades distintas, aquellos que han sido cooptados por el asistencialismo de partidos como el PRI. Si lo logran, llegarán muy fuertes al 2021.
Wikipolítica es un movimiento que tiene mucho potencial. Vaya, me atrevo a asegurar el movimiento político con mayor legitimidad en nuestro país. A pesar de la natural falta de experiencia o conocimientos en algunas cuestiones, la humildad para aceptar recomendaciones u opiniones hace que esto casi deje de ser un defecto. En lugar de mantener una postura soberbia, ellos asumen que no son perfectos, por lo cual les es indispensable escuchar y, sobre todo, seguir aprendiendo. Eso es algo que yo reconozco mucho, porque me habla de una visión completamente nueva de lo que es o lo que debe ser la política.
Tal vez por eso su derrota nos duela a muchos, pero el éxito está pavimentado de muchos fracasos (un fracaso que lleva consigo, como lo mencioné, un éxito que a veces podría no ser tan palpable). Yo estoy seguro que en 2015 llegarán muy fuertes. A pesar de que no ganaron nada, me llama la atención que en municipios que antes estaban muy ajenos a este movimiento como Tequila cobraron, de acuerdo al PREP, cierta relevancia. Llama la atención que, sin estructuras, le hagan ganado de forma individual a los partidos más importantes en mucho de los casos.
Luchar sin los beneficios del presupuesto y las estructuras es una tarea muy difícil, por eso sería una irresponsabilidad hacer creer que el movimiento se está diluyendo o debilitando, por el contrario. Wikipolítica ha seguido creciendo y estoy seguro que cimbrarán, en los años venideros, las estructuras políticas de nuestro país.
Desde hace tiempo había previsto el triunfo de López Obrador, me parecía una suerte de consecuencia natural. Lo que tal vez no preví sería la reacción de la sociedad ante su triunfo.
Yo me imaginaba a diversos sectores sociales sumidos en una fuerte incertidumbre, temerosos de la llegada de López Obrador a la Presidencia. ¿A dónde puedo enviar mi dinero? ¿Nos vamos a convertir en Venezuela? Y más lo temía si López Obrador ganaba una mayoría en el Congreso como evidentemente sucedió (pero no la mayoría calificada como para reelegirse o cambiar la constitución).
Pero, tras su triunfo, percibo un ambiente totalmente diferente: uno más bien parecido al triunfo de Vicente Fox que al de un candidato que, irremediablemente, nos conduciría al fracasado socialismo latinoamericano.
Lo que percibo más bien es un ambiente donde incluso mucha gente que siempre guardó cierto escepticismo hacia López Obrador pareciera albergar cierto sentimiento de esperanza, como si quisiera sumarse al júbilo y al éxtasis de los seguidores de AMLO que tanto esperaron este momento. Al final, la llegada de AMLO representa una sacudida al sistema político (y, sobre todo, al régimen priísta), cualquiera que fuera la opción para sacudirlo (incluso si es el candidato por el que no se votó) era mejor a nada. Algunos tal vez perciban riesgos en AMLO pero no dan por canceladas las posibilidades de que sí lo puedan hacer bien.
Incluso, dentro de la gente más escéptica, se puede percibir cierta tranquilidad. Están resignados, pero tampoco están tan alarmados como pensé que podrían estar. Veo, en realidad, pocas manifestaciones de resentimiento hacia la victoria de López Obrador: algo así como «no me gusta, pero la gente lo eligió y hay que respetarlo». Veo pocas manifestaciones de clasismo que antes me temía, pocas descalificaciones. A lo mucho dicen que «serán muy críticos con su gobierno».
Ciertamente influye el hecho de que la gente contraria a López Obrador no suela exhibir de forma tan explícita su indignación como lo hacen los seguidores del tabasqueño. Pero aún así, puedo decir que, al menos dentro de mis círculos compuestos por una mayoría panista y una minoría amloista (aunque esta no muy pequeña), el ambiente no es tan pesimista como el de 2012 cuando Peña Nieto llegó a la Presidencia. Dentro de la incertidumbre la palabra «cambio» no pierde su atractivo del todo, y el hecho de que se piense que se va a ver algo diferente a lo que vimos en el gobierno actual que tanto detesta genera cierta expectativa.
Y López Obrador, de alguna u otra forma, ha alimentado esta expectativa con las decisiones y actitudes que ha tomado desde el día de la elección, donde se ha mostrado más conciliador, donde lo primero que hizo fue reunirse con aquellos sectores con quienes tenía una relación más áspera (como las élites empresariales) e incluso se reunió con Peña Nieto (algo inédito en la corta historia democrática de nuestro país). A algunas personas no les agrada la idea de que sus ideas más radicales eran más bien demagogia de campaña, pero a muchos otros les agrada mucho saber que estas no se convertirán en políticas públicas.
Lo mismo ocurre dentro de la comentocracia. Son pocas las voces que dicen «ya valimos madre» y muchas las que mantienen sí, una postura crítica, pero que buscan darle el beneficio de la duda al tabasqueño, como pensando en que sea como sea hubo un «cambio» y por medio de sus columnas u opiniones buscaran incidir para que este cambio se lleve de la mejor forma.
Ayuda también el hecho de que, con excepción de su renuencia a la creación de un fiscal autónomo, López Obrador esté tomando hasta el momento decisiones acertadas que reducen la incertidumbre que ha rodeado a su persona. Como un amigo decía, está tan lejos de Lenin y tan cerca de Lenin Moreno (el mandatario ecuatoriano de izquierdas que ha sido pragmático y se ha recorrido más al centro). Su futuro gobierno está mandando mensajes de que el suyo no sería un gobierno radical.
Es cierto que no podemos afirmar de forma categórica, por medio de estas señales, que AMLO gobernará de una u otra forma, eso solo lo sabremos cuando ya esté en Palacio Nacional y comience a tomar decisiones. Lo cierto es que no se respira ese ambiente tan pesimista dentro de quienes no votamos por López Obrador. Pero eso no implica que no tomemos una postura crítica ante las cosas que se hagan mal. Si AMLO no va a tener una gran oposición política ni en lo cuantitativo (tiene mayoría en las cámaras) ni en lo cualitativo (la oposición proviene de una clase política muy desgastada) sí será necesaria una ciudadanía que sí, reconozca sus aciertos, pero que también sea muy crítica de sus errores.
La victoria de López Obrador se dio de una forma muy tersa y tranquila. José Antonio Meade ni siquiera se esperó al conteo rápido para, en una actitud democrática y ejemplar, reconocer el triunfo de López Obrador. Lo mismo ocurrió con Ricardo Anaya y El Bronco. Muchos líderes de diversos sectores sociales y empresariales (incluidos varios opositores) le desearon suerte y mostraron una actitud de cooperación. Pocos minutos después del cierre de las casillas ya todo se había acabado: la presidencia estaba definida. Por fin, a pesar de los cuestionamientos sobre el INE y el Tribunal Federal Electoral, habíamos tenido unas elecciones que no estuvieron plagadas de irregularidades, dudas o descalificaciones.
Pero ese acto de institucionalidad no solo se vio en los candidatos opositores, sino en el propio Andrés Manuel. A pesar de que Meade y Anaya ya había reconocido su victoria, López Obrador se esperó al conteo rápido para salir y celebrar su victoria. López Obrador dio un discurso conciliatorio que buscó reducir la incertidumbre y sanar la natural oposición ocasionada por la campaña electoral. No sólo eso, dos días después se reunió con Enrique Peña Nieto en Palacio Nacional para preparar la transición. Los primeros actos de López Obrador como virtual Presidente Electo estuvieron muy lejos del personaje rijoso que se le recuerda.
Por su parte, el papel de la comentocracia y de diversos sectores que siempre habían guardado cierto escepticismo hacia López Obrador es uno que incluye la disposición a cooperar y donde legitiman al próximo Presidente de la República. Tan sólo los más rijosos y extremistas han mantenido una postura adversa hacia el candidato.
Todas las partes han entendido que no es conveniente comenzar un mandato con resentimientos y sin puentes de diálogo. Si bien, no sabemos cómo será la relación entre AMLO y los demás sectores, es una muy buena noticia ver la postura que mantienen las diferentes partes en los primeros días de López Obrador como Presidente Electo. ¿Podrá mantenerse esta actitud conciliadora? ¿Habrá algún momento en el que comiencen las divisiones y las descalificaciones? No lo sé, pero lo cierto es que es más probable que no existan puentes de diálogo si desde un inicio no existen, lo cual no es el caso.
Es completamente natural y entendible la incertidumbre que genera que algún presidente tenga “el carro completo” en las cámaras. Pero que ambas partes se reconozcan me parece muy sano con el fin de generar gobernabilidad. Es muy sano que AMLO se reúna con Peña Nieto, también que dialogue con el Consejo Coordinador Empresarial, o que la Coparmex afirme que será un aliado de AMLO para combatir la corrupción. Eso no implica que tengan que ser críticos o incluso funjan como férreos opositores cuando Andrés Manuel haga más las cosas, pero partir de tabla rasa, donde se dejen del lado rencillas y diferencias, me parece un acierto de ambas partes.
El resultado puede no gustar y hasta preocupar a muchos. Pero al final, en una democracia lo que cuenta es la voluntad de los mexicanos que eligieron a López Obrador como su presidente. Esa es la realidad y, a partir de ahí, es que se debe trabajar, cada ciudadano, sector o político desde su trinchera, para sacar adelante a este país llamado México.
López Obrador será el próximo Presidente de la República, muy posiblemente gobernará la mayoría absoluta en las cámaras.
El triunfo del tabasqueño es algo histórico, inclusive lo es más que el triunfo de Vicente Fox en el año 2000. Vendrán muchos cambios (sean para bien o para mal) y estaremos viendo el fin de un modelo político y económico que ha prevalecido en nuestro país en las últimas décadas.
Algunas personas casi ya lo dábamos por sentado desde algunos meses, era muy evidente que López Obrador ganaría si la oposición no lograba postular a un candidato antisistema que tuviera credibilidad. Era evidente porque, como lo dije de forma reiterada, el voto del hartazgo tiene un efecto multiplicador. Ni Anaya ni Meade entendieron el hartazgo de la gente, porque creyeron que ir a hacer campañas en escenarios cerrados y no con el pueblo era muy buena idea.
Muchos no lo vieron venir porque prefirieron recluirse en sus cámaras de eco, en sus burbujas, en ese México que solo existe en sus mentes. Creyeron que por medio de encuestas podían entender el clima ciudadano. Bajo este grave sesgo se plantearon las campañas electorales, el PRI comenzó con una actitud triunfalista, Anaya pensó que con discursos «tecnológicos e irruptores» se captaría el voto de los mexicanos ávidos de un cambio. No entendio, no entendieron, y lo dije en este espacio.
López Obrador ganó merecidamente, él fue el único que entendió de que iba. Mientras Meade y Anaya estaban pálidos, López Obrador presumía una tez bronceada producto de sus mítines que fueron mayores en cantidad y menores en presupuesto. Debo reconocer la tenacidad de López Obrador quien recorrió dos veces todos los municipios del país durante 12 años. A pesar de las derrotas, el siguió, no se cayó, no se rindió, y logró llegar a la Presidencia. Es una ventaja, sí, pero de alguna forma merecida. Logró posicionar su mensaje, el cual se volvió imbatible. Hasta se dio lujo de caer en algunas contradicciones (la alianza con el PES, por un ejemplo) sin que eso le afectara en las intenciones de voto. Y mientras recorría todos los pueblos, el PRI y el PAN pensaron que bastaba con ofertas mediocres aderezadas con grandes estrategias de mercadotecnia para hacerle frente al vendaval en el que se convirtió MORENA.
Si bien, la intención de voto hacia AMLO no fue tan ideológica como en otras ocasiones, su victoria se explica, en gran parte, a esas cosas que muchos mexicanos hemos ignorado por vivir en una burbuja y a las cuales se sumó el hartazgo generalizado hacia una clase política displicente, tan distante de los ciudadanos. López Obrador fue el único que supo o tuvo la voluntad política para hacer un diagnóstico medianamente acertado (independientemente de lo cuestionable que pueda ser el remedio). Por eso ganó y por paliza, por eso gobernará con mayoría. Porque trabajó durante años y se posicionó como el único candidato que representaba una esperanza ante el hartazgo, ante un país donde reina la injusticia.
Si bien yo tengo serias diferencias con López Obrador, reducir su triunfo a «la ignorancia de población» o «las vísceras» es un error garrafal, además de que es una postura muy arrogante e irracional y que no permite hacer un diagnóstico certero sobre lo que ocurre en México. Ni siquiera creo que la votación a AMLO sea consecuencia de la ignorancia: votaciones irracionales o «ignorantes» pueden verse en ambos lados del espectro.
Quienes detestan a López Obrador más bien deberían cuestionarse qué es lo que dejaron de hacer porque López Obrador es la manifestación y la consecuencia de los diversos problemas que arrastra nuestro país: un país con índices de corrupción excesivamente altos, un país con una profunda desigualdad y que no es producto del mérito sino de unas estructuras que no permite a los que están en la base de la pirámide ascender. Y si bien México no es un Estado fallido como algunos dicen, sí es un país con unas instituciones lo suficientemente débiles para que no cumplan con su función, para que quienes tienen más poder y recursos las puedan cooptar.
Tal vez López Obrador sea una lección que nos merezcamos los mexicanos, una cachetada para que despertemos de nuestro letargo, de nuestra indiferencia. Mucha gente quiso un cambio y lo expresó en las urnas. Esa decisión se debe de acatar, se debe de respetar (lo que incluye respetar a quienes votaron distinto a nosotros, abstenerse de «culparlos» si AMLO gobernara mal o hacer juicios de valor). Nuestro papel debe de ser propositivo, debemos involucrarnos más como ciudadanos, debemos fungir como un contrapeso real en vez de esperar que el gobierno lo haga todo.
Algunos están llenos de algarabía, otros prevén una catástrofe. Yo me siento tranquilo, no es un resultado que me guste, pero es un resultado que asumo y que entiendo. Quiero felicitar desde aquí a Andrés Manuel López Obrador por su triunfo así como a sus seguidores, es un triunfo muy merecido. Yo y muchos otros seremos férreos críticos en aquellas cosas que no concordemos, pero también reconoceremos los aciertos que su presidencia tenga.
Y a pesar de todo, me siento motivado, porque creo en el poder que los ciudadanos tenemos para transformar la realidad de nuestro país.