Categoría: política

  • Venezuela Libre

    Venezuela Libre

    Venezuela Libre

    Evidente es que Venezuela ha caído en desgracia en estos últimos 20 años desde que Chávez llegó al poder, producto del deterioro económico y político de ese país. Los propios indicadores lo dejan patente: inflación, desabasto, pobreza, deterioro institucional y un régimen que, a los 20 años, no ha estado dispuesto a soltar el poder. Ciertamente, al principio se pudieron jactar de que ganaban en las urnas, luego ya ni eso ocurrió. Con el tiempo fueron deteriorando todos los contrapesos democráticos para acumular más y más poder.

    Venezuela pasó de ser un país con mucho potencial de desarrollo a uno estancado en el atraso. Las ciudades de Venezuela se ven ya muy viejas y deterioradas por la poca inversión y derrama. Son pocos los edificios que rebasan la década de los 80: uno de ellos, la Torre David, sin terminar y que hace pocos meses sufrió un colapso en los últimos pisos, se ha convertido en una favela vertical. Si se desconfía de los indicadores, basta ver la realidad, las fotografías, los testimonios o incluso viajar allá para constatar lo que han estado viviendo nuestros hermanos de Venezuela.

    Desabasto de medicinas, de pan, índices altos de violencia (que se convierte en la excepción de la regla donde las sociedades más igualitarias suelen ser más pacíficas), hiperinflación, crisis económicas recurrentes. El colapso es evidente, hasta con los ojos cerrados se puede ver. Muchos venezolanos están sufriendo dos décadas de irresponsabilidades que se implementaron bajo el mantra de la igualdad y las buenas causas. Las élites del gobierno de Venezuela, mientras, pueden viajar por el extranjero sin ningún problema y darse una vida con el dinero del pueblo, ese que tanto dicen defender.

    Tal vez no se haya tratado de una dictadura genocida, pero sí de un régimen autoritario que restringió la libertad de expresión comprando diarios de oposición e incluso llegando a cerrar televisoras y utilizando todo el aparato del Estado (muy a la usanza del viejo PRI mexicano) para que, a través del acarreo y el asistencialismo, se aseguraran de salir victoriosos en las elecciones. También encarcelaron opositores y ridiculizaron a quienes no pensaban como ellos para condenarlos al ostracismo. De forma progresiva, el chavismo fue deprimiendo a Venezuela hasta sumirla en el caos y la miseria producto de una cadena de errores tomados a lo largo del tiempo: demagogia, populismo, irresponsabilidad económica.

    Por más adjetivos, por más culpables externos que se quieran buscar, Venezuela cayó en la desgracia producto de sus propios errores. Tal vez no se equivoquen quienes cuestionan la congruencia de Estados Unidos por condenar y desconocer el régimen de Maduro en tanto que tolera otros regímenes autoritarios amigos, pero se equivocan rotundamente cuando no reconocen el evidente fracaso en el que se ha convertido el llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Prácticamente todos los países del Cono Sur que tienen relación con el “imperio estadounidense” se encuentran en mejores condiciones que la otrora prometedora Venezuela. Como decía un amigo: los patios traseros siguen estando mejor que el basurero.

    Los países que han decidido guardar cierta distancia con el “imperio” y sus “malévolos brazos” como el FMI y el Banco Mundial, se han desarrollado a partir de una estrategia muy planeada en la que no le dieron completamente la espalda al mercado. Por el contrario, pusieron restricciones iniciales para fortalecerse internamente y así poderse integrar a dicha dinámica de mercado de forma estratégica, como ocurrió con países como China o Corea que no siguieron los recetarios de las suprainstituciones en un inicio. El caso de Venezuela no se parece en nada al de los países asiáticos. En 20 años, Corea y China tuvieron un despunte económico impresionante, lo contrario ha ocurrido con Venezuela.

    Se puede criticar la congruencia de muchos países y la parcialidad de otros, pero, independientemente de eso, la realidad es que Venezuela fracasó por mérito propio. Su gobierno, y nadie más, es responsable del caos que provocó.

    Y por eso, espero que este régimen caiga. Venezuela ya lo merece.

  • ALERTA: Un gobernante muy popular puede ser peligroso.

    ALERTA: Un gobernante muy popular puede ser peligroso.

    Un gobernante al frente de un cargo importante que ostenta un muy alto nivel de popularidad puede llegar a ser ser peligroso.

    El precio que debe pagar la oposición (política e incluso civil o por parte de algún medio de comunicación) por oponerse es más alto, ya que, valga la redundancia, oponerse a un político popular puede ser muy impopular. Entonces los contrapesos que tiene ese gobernante son ínfimos: no muchos se atreven a cuestionarlo porque se llevarán las rechiflas y porque es hasta políticamente incorrecto criticar a un gobernante que, según las mayorías, está velando por el país o por el pueblo. No importa si ese gobernante es de izquierda o derecha, si viene de arriba o de abajo.

    Cuando nadie se opone a un gobernante, por consecuencia termina concentrando mucho poder en sus manos. El político popular, al tener poder político en exceso para gastar, podrá darse el lujo de tomar medidas que no son democráticas o que incluso puedan afectar los derechos humanos, ya que, aunque pudiera llegar a perder algo de popularidad por estas medidas, seguirá siendo popular. Es tan popular que es impopular cuestionar esas medidas que podríamos considerar como peligrosas. En el mejor de los casos, pocos se dispondrán a escuchar a quien hace la denuncia.

    Una de las formas idóneas para que un gobernante adquiera mucha popularidad es a través de una crisis que le dé legitimidad. Por ejemplo, un mandatario que adquiera mucha popularidad consecuencia de la corrupción rampante de sus antecesores, una amenaza externa que genere pánico en la población como un ataque terrorista o cualquier crisis en la que el gobierno (al menos en las apariencias) no tenga responsabilidad alguna. En ese entendido, la gente estará más dispuesta a aceptar medidas que en otras circunstancias no habría aceptado: es por el bien del pueblo, es para defendernos del «eje del mal». Los líderes autoritarios entienden muy bien estas dinámicas e incluso ellos pueden llegar a inventar crisis para que la gente cierre filas ante su gobierno y puedan así implementar medidas antidemocráticas bajo las cuales aumente su poder.

    Lo sano es que un presidente tenga una aceptación relativamente positiva pero no en exceso; en el otro caso, cuando un presidente es sumamente impopular, pierde margen de maniobra para gobernar y tomar decisiones difíciles pero necesarias. Así, el presidente no debe tener un nivel de aprobación tan alto que le permita concentrar el poder, pero tampoco uno tan bajo que le imposibilite tomar decisiones que, al menos en el corto plazo, podrían no ser bien aceptadas por la población, pero que son indispensables para el futuro de una nación.

  • La Guardia Nacional y desabasto. Nuestras prioridades al revés

    La Guardia Nacional y desabasto. Nuestras prioridades al revés

    La Guardia Nacional y desabasto. Nuestras prioridades al revés

    Ayer, el Congreso (MORENA + PRI) aprobó la Guardia Nacional propuesta por AMLO que, de alguna forma, profundiza (aunque digan lo contrario) una estrategia que comenzó con Felipe Calderón.

    Sin escuchar a la sociedad civil y a los organismos internacionales, el gobierno hizo realidad algo que podría tener muchos riesgos ya que termina de militarizar al país otorgándole tareas de seguridad pública, lo cual puede generar un aumento de desapariciones forzadas y puede constituir un riesgo para los Derechos Humanos.

    Pero es curioso que esta noticia no haya merecido mucha indignación ni manifestaciones como sí lo hizo el desabasto. No vimos a los denominados chalecos amarillos (que es una esquizofrénica tropicalización de las manifestaciones en Francia que incluyeron vandalismo y saqueos traducida en personas de clase media alta que salen con lentes para que no les dé el sol) ni a movimientos similares en las calles como sí los vimos con el desabasto.

    ¿Por qué una medida que generará incomodidades en algunos días genera más indignación que otra que puede generar problemas más graves en el mediano y largo plazo?

    La respuesta es sencilla, porque nos molesta más las incomodidades que podamos tener en nuestra vida cotidiana que las afectaciones a toda la nación en su conjunto. Es una visión muy individualista.

    En realidad, parece ser que los chalecos amarillos y organizaciones similares no salieron a las calles porque estuvieran preocupados por su país, sino porque estaban preocupados por ellos mismos. Al momento que escribo esto en su fan page no hay casi ningún contenido sobre la Guardia Nacional y sí lo hay sobre el desabasto y alertas sobre cómo México se podría convertir en Venezuela.

    Podría argumentarse que estas organizaciones compuestas en lo general de personas de clase media-alta ya están saliendo al espacio público. Pero eso no implica necesariamente que haya un involucramiento con el quehacer político y social del país ni el deseo de hacerlo, sino que quieren que aquello que les aqueja en lo inmediato como personas se resuelva. En su Fan Page no vemos algún ideal o alguna causa sino tan solo la solución a sus problemas inmediatos, tampoco vemos siquiera una postura o contrapropuestas. Tan solo vemos un escueto análisis a la estrategia de AMLO que no profundiza y hace muchas suposiciones. Dicho esto, es difícil esperar que de este tipo de agrupaciones pueda surgir alguna oposición real ya que son meramente reactivas.

    Es evidente que el desabasto genera incomodidad, la gente tiene derecho a sentirse molesta por ello (independientemente de si éste haya sido un mal necesario para el combate al huachicol o no). Pero lo que me llama la atención es que las medidas que nos afectan como país no nos importen sino solo las que nos afectan como personas en lo inmediato.

    A diferencia del combate al huachicol, la Guardia Nacional ya era de dominio público desde hace ya algunos meses, la cual recibió más bien críticas dentro de los comentaristas y especialistas y no tanto en la calle, donde solo llegó a ser abordada de forma muy secundaria y marginal por alguna de las primeras manifestaciones en contra de AMLO.

    Tal vez tengan razón quienes se han atrevido a dominarnos como «liberales salvajes», todavía nos falta un buen tramo para aspirar a ser una sociedad que se involucre en lo público y que logre construir una oposición fuerte y responsable ante un gobierno que se ha encontrado sin una ni dentro de las instituciones políticas ni en la sociedad civil.

  • El presidente catequista

    El presidente catequista

    El presidente catequista

    Ayer le dí una buena leída a la Cartilla Moral de Alfonso Reyes que está distribuyendo el gobierno de López Obrador.

    Esta cartilla ya se puede consultar en línea y será, en un inicio, entregado a los adultos mayores que recibirán su pensión.

    ¿Qué me pareció? En general me agradó, esta pequeña obra puede leerse en una sola sentada y tiene un componente muy cristiano y humanista. Evidentemente, debe leerse tomando en cuenta que fue escrito hace muchas décadas ya que una que otra vez el lector se topará con algunos párrafos que en estos tiempos generarían escozor:

    Hasta aquí no hay ningún problema. Es una simple cartilla moral que, aunque no apela a ninguna religión, sí tiene una connotación profundamente cristiana y es que por eso, al terminarlo de leer, muchas personas lo comparen con el catecismo. Evidentemente, como cartilla moral que es, tiene una connotación conservadora, y aún más si no se advierte que fue escrita ya hace tiempo.

    Pero como lo he venido diciendo, la moral es un asunto privado. La moral es algo que concierne a las familias, a las Iglesias, no es algo que concierne al gobierno. El gobierno debe hacer leyes y hacerlas valer, no dar cátedras de moral.

    Esto es algo a lo que ni el PAN, tan conservador y confesional en sus vertientes más derechistas, se atrevió a hacer. A Fox se le criticó por ir a la Basílica de Guadalupe, a su partido se le criticó por quitar las imágenes de Benito Juárez dentro de las oficinas de gobierno, pero nunca promovieron ninguna moral a la ciudadanía. El gobierno de AMLO sí lo está haciendo:

    Es paradójico que un gobierno que se dice de izquierda lo haga. La cartilla moral naturalmente, por el mero hecho de promover un orden moral, tiene una inclinación conservadora. Se supondría de un gobierno de izquierda que más bien hiciera lo contrario, que pusiera la moral vigente en tela de juicio, que la deconstruyera bajo el argumento de que parte de dicha moral restringe la libertad del individuo: como por ejemplo, el hecho de que bajo los cánones del orden moral, la mujer no tuviera la misma relevancia que el hombre en la sociedad, o que la obediencia a la autoridad no debiera ser incuestionable.

    Pero López Obrador es, en muchos sentidos, una persona conservadora. Él cree sinceramente que distribuir esta cartilla moral ayudará a que los ciudadanos se fortalezcan en sus valores y eso se traduzca en menores índices de delincuencia y corrupción.

    https://www.youtube.com/watch?v=TuO1A4vKrGQ

    Lo más preocupante es la visión sumamente personalista que tiene esta política. López Obrador no solo quiere promover una moral, sino la moral tal como él la entiende y la concibe. Es decir, su intención es que los ciudadanos, adopten, de una u otra forma, su cosmovisión a través de una obra que lo marcó intelectual y espiritualmente como lo es la Cartilla Moral de Alfonso Reyes. Para reducir los problemas que aquejan al país, los ciudadanos tendrían que pensar un poquito más como yo.

    Esta intención de López Obrador es, por un lado, una afrenta contra la libertad religiosa y, al mismo tiempo, tampoco ayuda a fortalecer de ninguna manera al Estado Laico, donde el Estado y la Iglesia deben de ser entidades separadas. Si bien no está promoviendo explícitamente a una Iglesia, a través de ese ideario se le está dando preferencia a una visión de la moral que parte de la filosofía cristiana sobre las demás.

    El gobierno debe generar las condiciones para que la gente pueda construir su proyecto de vida, no es su papel decirles como hacerlo.

  • Crónica de un desabasto no anunciado

    Crónica de un desabasto no anunciado

    Crónica de un desabasto no anunciado

    Ayer me fui a formar para ponerle gasolina al automóvil. Era una fila kilométrica que daba vuelta en varias cuadras. En la esquina unos automovilistas se agarraron a golpes porque uno había tratado de meterse a la fila. Otro ya no tenía gasolina y tenía que empujar su automóvil. La situación era caótica, la gente estaba desesperada porque no sabía si iba a alcanzar a llegar a la gasolinera. La gente temía que se acabara el abasto de gasolina antes de que le tocara el turno, que pasara eso implicaba ir a buscar otra gasolinera y hacer el mismo procedimiento.

    El gobierno de López Obrador ha tomado una decisión muy impopular con el fin de acabar con el huachicoleo, un problema que se ha convertido en un cáncer, no solo por la afectación a las finanzas públicas sino porque termina financiando a los mismos grupos de delincuentes que se benefician de ella (incluidos cárteles de la droga). Su gobierno hizo bien en hacerle frente y era necesario tomar medidas drásticas.

    Y como toda medida drástica, esta iba a tener afectaciones en la vida cotidiana de la gente. Así como cuando la policía tiene que cerrar toda una cuadra para perseguir a un criminal o como cuando el gobierno tiene que hacer recortes producto de la mala gestión del gobierno anterior o cuando algunos negocios terminan perjudicados debido la construcción de un transporte público que era necesario, se entiende que una medida como la actual tenga afectaciones en la vida cotidiana. Sería pecar de ingenuo pensar que algo así no fuera a ocurrir.

    Esta parte, esta voluntad política puede reconocerse y no podría negarse. El gobierno de AMLO está haciendo frente a un cáncer que los otros gobiernos dejaron crecer (lo cual los convierte en automático en corresponsables de lo que estamos viendo el día de hoy) y está apostando parte de su capital político combatirlo.

    Pero el infierno está pavimentado de buenas intenciones…

    El tomar medidas drásticas también conlleva responsabilidades, responsabilidades que han sido omitidas por este gobierno y que pueden terminar comprometiendo la estrategia que está llevando a cabo.

    Entre todos los errores, el que me parece más grave es el que tiene que ver con la comunicación pero que también puede estar explicado por los otros (que tienen que ver con una deficiente planeación, deficiencia que, por cierto, no conocemos a profundidad ni podemos dimensionar bien por la misma falta de comunicación entre el gobierno y sus gobernados).

    La comunicación es importantísima cuando le quieres pedir a la gente que haga sacrificios. Si la gente va a tener una alteración en la vida cotidiana de menos debería saber para qué fin ésta se va a ver alterada (tal vez esto es lo único que sabe y a medias), por qué debe combatirse ese problema, en qué consiste el problema, qué estrategia se va a seguir (aunque no pueda darse a conocer al público por completo, al menos que se delineen algunos puntos de ella para que la gente sepa que hay una estructura y un plan detrás), cuáles son las medidas a largo plazo para que el huachicoleo no resurja y para que los huachicoles no terminen delinquiendo en otras cosas, aproximadamente cuánto va a durar, o qué medidas va a tomar el gobierno para que el impacto, inevitable, sea el menor posible.

    Como todas estas cuestiones no han sido respondidas, la gente llega a la conclusión de que no hay estrategia alguna y se trata de una mera ocurrencia a la cual ya le han sentenciado un rotundo fracaso a pesar de que lleva pocos dias (producto de la poca disposición del gobierno de comunicarla). De la misma forma, la gente tampoco dimensiona el problema que se busca combatir (el huachicoleo) y, aunque reconoce que sí es un problema, le puede restar importancia. La gente tampoco entiende cómo funciona Pemex, no sabe por qué se tuvieron que cerrar los ductos, no sabe cuándo van a abrir, no sabe nada. Esto es responsabilidad del gobierno y de nadie más.

    El gobierno no puede exigir a los ciudadanos que se solidaricen, más bien deben ganarse la comprensión de la ciudadanía. El gobierno debe de ser empático y explicar bien por qué ese sacrificio que van a hacer vale la pena, lo cual no ha hecho. En cambio, hemos visto declaraciones de AMLO y los suyos que llegan a rozar en la burla y la arrogancia, vemos descalificaciones a diarios a la Trump e incluso burlas de algunos de los suyos en redes sociales.

    La comunicación podrá parecer una nimiedad, pero ésta puede determinar el éxito o el fracaso de la estrategia. Por ejemplo, con la comunicación tan deficiente que el gobierno está teniendo, el umbral de tolerancia de la gente se reduce considerablemente. Con una mejor comunicación la gente podría estar más dispuesta a hacer sacrificios y eso le daría un mayor margen de maniobra al gobierno para actuar.

    Pero en vez de ver una estrategia de comunicación sensata, lo que vemos son flyers que no dicen nada, que contienen un tufo de culto a la personalidad y que incluso violan el artículo 134 de la constitución. Es paradójico que se viole el Estado de derecho para anunciar una estrategia que busca fortalecerlo:

    También, podemos ver que detrás de esta estrategia están ausentes previsiones y mecanismos que tengan el fin de aminorar el impacto y las externalidades. En caso de que no se haya podido avisar a la ciudadanía con tiempo (por la mera estrategia), sí podría haberse implementado medidas tales como coordinación con las gasolineras para racionalizar la gasolina de forma ordenada, se me ocurre algo así y también agrego una sugerencias que un amigo mío hizo: por ejemplo, que solo puedan despachar gasolina los automóviles que tengan menos de medio tanque lleno, que tal terminación de placas pueda abastecerse tal día para que las colas no sean tan grandes, o que si bien es cierto que Pemex tiene poca capacidad de almacenaje (lo cual explica por qué hay barcos varados en el mar) haber buscado la forma de tener una reserva, aunque sea la mínima. Otra medida debería haber sido priorizar la gasolina a los vehículos automotores que trasladan insumos de primera necesidad tales como alimentos perecederos, medicinas así como ambulancias. Si la gente hubiera visto alguna forma de coordinación tal vez no estaría tan enojada. La poca coordinación que hay es producto de los mismos ciudadanos, no del gobierno. Son los ciudadanos los que se han tenido que organizar por sí mismos.

    Es cierto que la gente está haciendo muchas suposiciones, que si cerrar los ductos es una tontería, que si de verdad están combatiendo el problema del huachicoleo e incluso corrieron teorías de la conspiración que tenían el fin de acabar con las importaciones en aras de la soberanía energética. Algunos activistas piden a AMLO que abra ya los ductos sin saber bien si esto es una buena idea porque ni siquiera conoce bien la estrategia. Pero el gobierno es en gran medida responsable de esto. La gente no tiene la suficiente información porque el gobierno no se las ha dado. Lo que la gente percibe allá afuera es desorden porque el gobierno ha sido incapaz de explicar el por qué del caos, los ciudadanos opinan y especulan con lo que tienen a la mano (que es poco, y eso poco les es muy molesto).

    La gente no cree en la estrategia porque no ve detenidos. En efecto, no necesariamente tendría que haberlos a estas alturas del juego, pero la gente lo entendería si el gobierno hubiera comunicado mejor. Como la gente no conoce la estrategia, se imagina o asume cómo debería de ser y con base en ello hace esas suposiciones. Pero eso no es responsabilidad de la gente, sino del propio gobierno.

    Yo apoyo la decisión de AMLO, creo que ha tomado una medida necesaria e incluso valiente para combatir un problema producto de la complicidad o la displicencia de los gobiernos anteriores. Yo quiero que se acabe con el huachicol porque es un problema gravísimo y si para eso algunos días nos vamos a tener que formar en las gasolineras estoy dispuesto a asumir el sacrificio. Pero el apoyo también significa ser crítico con lo que se está haciendo mal y con lo que se puede hacer mejor y no podemos negar que detrás de esta estrategia, bien intencionada, sí, falta planeación y hay mucha improvisación.

    Al final, lo que importa y lo que debe importar no son las buenas intenciones, que se agradecen pero nada más. Lo que importa son los resultados, nosotros votamos a los candidatos para que den resultados, no para que «le echen ganas» y se jacten de ello. La gente quiere ver resultados tangibles y concretos. Si no existe eso, entonces esta estrategia habrá fracasado y la gente tendrá todo el derecho de estar molesta porque su vida se vio interrumpida a cambio de absolutamente nada.

  • El huachicoleo y el populismo

    El huachicoleo y el populismo

    Voy a decir una cosa a favor de López Obrador.

    Generalmente el populista quiere mantener contento al pueblo, al populista le gusta mucho tener una alta aprobación en las encuestas y así generalmente siempre ocurre hasta que el sistema implosiona por sus contradicciones. El populista suele ser cortoplacista porque pensar a largo plazo implica aplicar medidas que en el corto plazo podrían no ser muy bien recibidas. El populismo siempre piensa en mantener al pueblo contento aunque las consecuencias de hacerlo puedan terminar creando fuertes problemas a largo plazo… como en Venezuela.

    Bueno, en este sentido, el tema del desabasto es una muestra de que AMLO, a diferencia del estereotipo del populista, parece dispuesto a tomar medidas que son impopulares a corto plazo y que generan muchas molestias que incluso tocan a sus bases como con el desabasto en la CDMX, para aspirar a lo que él piensa que es un fin mayor y que es sanear Pemex de este problema que compromete sus finanzas.. Eso a mi parecer se debe de reconocer, un político debe de velar por el bienestar y el progreso del país, no por su aprobación en las encuestas (lo uno no implica lo otro). A pesar de que su gobierno tiene algunas cosas que me preocupan, que muestre que no siempre va a estar buscando salir muy alto en los índices de aprobación es algo que me da un poco de tranquilidad.

    Merece una conversación aparte la eficacia de la estrategia, si en realidad se combate el problema del huachicoleo o solo termina siendo un parche. Muchas de las críticas están hechas con base en suposiciones: «qué es tonto cerrar los ductos para combatir el huachicoleo, que es más caro traerlo en pipas». Son suposiciones porque la realidad es que la gran mayoría de nosotros no sabemos muy bien como opera Pemex y no tenemos elementos para argumentar si era o no necesario el cierre de los ductos.

    Pero si la estrategia fue acertada o no no lo sabremos ahorita mismo sino hasta después, hasta que los resultados realmente se empiecen a ver; y con base en ellos se deberá de juzgar si la medida es correcta. Si es la correcta, la gente terminará entendiendo que este desabasto fue un mal necesario (y tal vez algunos no lo terminen de entender), si no lo fue, AMLO perderá varios puntos de aprobación y él tendrá que aceptar las consecuencias.

    La gente tiene razón en estar molesta por el simple hecho de ver su vida cotidiana interrumpida. Pero eso en el gobierno lo saben muy bien y lo asumen porque, como dije, la tarea del gobierno no es tener a la gente contenta todo el rato, la tarea es trabajar por el país, y en muchas ocasiones estas dos cosas no van de la mano, a veces los gobiernos deben tomar medidas impopulares, recortes o despidos, porque saben que si no lo hacen, a largo plazo, el problema va a ser mayor.

    Es bueno ver que AMLO sea capaz de tomar decisiones impopulares y no siempre sucumba ante el populismo y la demagogia fácil. Después de decisiones aberrantes como la cancelación del aeropuerto de Texcoco, por fin podemos ver algo de sensatez.

  • ¿Qué es ser un buen opositor?

    ¿Qué es ser un buen opositor?

    ¿Qué implica ser oposición? ¿Qué es lo que hace que yo me defina como opositor de un gobierno? ¿Qué es lo que haría que yo fuera un simpatizante o no de éste?

    Todos se dicen opositores, pero me temo que es un poco más complicado definir este término de lo que uno podría pensar. Incluso no descartaría la posibilidad de replantear el uso del término y la forma en que lo utilizamos para definirnos.

    En una definición apresurada alguien podría decir que ser oposición implica, como el término lo sugiere, oponerse a una entidad, en este caso a un gobierno. Si AMLO está gobernando el país, yo como opositor me opondría a él y a su gobierno.

    Pero si tomáramos esta definición de forma literal, estaría siendo irresponsable. ¿Por qué? Porque qué pasaría si AMLO toma una decisión que creo acertada. Si me tengo que oponer a AMLO, entonces implicaría que me tendría que oponer también a sus aciertos. Ser oposición en ese sentido implicaría ser un fanático porque entonces oponerme sería llevarle la contra a todo lo que una figura haga. Y cuando se trata de gobiernos lo que una persona sensata esperaría es que el político gobierne con base en lo que creemos mejor para el país.

    Y como hasta el político más desgraciado puede llegar a tomar una buena decisión alguna vez, entonces es casi imposible que se de el caso que estemos en contra de absolutamente todo lo que haga algún político si lo evaluamos de acuerdo con lo que creemos que es mejor para el país y para la sociedad.

    Para estar totalmente en contra de todas las acciones de un político por lo que su figura representa se necesita cierto grado de cinismo o de supeditar el bien común a las simpatías políticas o a algún capricho.

    Entonces tendríamos que desligar el término opositor de esa definición apresurada, ya que seríamos irresponsables si fueramos opositores de esa forma.

    Otra definición, más sensata, es decirse opositor de una figura con la que se está de acuerdo la mayoría de las veces o con quien no se comparte su proyecto o sus ideales. Es más sensata porque, en este caso, hay cierta flexibilidad para aceptar y reconocer los aciertos del político, al menos desde la percepción subjetiva del individuo. Si el político en cuestión cambiara su programa y empezara a tomar decisiones muy diferentes, es posible que el opositor llegue a la conclusión de que ya no hay elementos para seguir siéndolo.

    El primer opositor toma una postura a priori con respecto del político con base en lo que representa para él: he decidido que tal político me cae mal porque es de tal corriente política, o simplemente porque su cara no me gusta, entonces me voy a oponer a todo lo que haga. Incluso si hace cosas bien, voy a buscar pretextos para demeritar su trabajo.

    El segundo opositor, más responsable, toma una postura a posteriori. Es decir, primero evalúa las acciones del político y con base en ellas se determina si es opositor (es decir, que se oponga la mayoría de las veces) o no. Él no juzga por ser opositor, él juzga y, como consecuencia de ese juicio, decide si es opositor o no. Es cierto que puede darse una idea del político a priori antes de que llegue al poder y tome cierta postura o guarde cierto escepticismo. rechazo o temor, por lo que el político le transmite, porque su postura política es distinta o por sus declaraciones, pero no toma una postura opositora de forma tan categórica y definitiva, sino que espera a ver si las acciones que tome el político confirma la idea que tenía sobre él y es capaz de evaluar las acciones por sí mismas y no por medio de una falacia ad hominem.

    El problema en México es que tenemos muchos opositores del primer tipo y pocos del segundo. No importa si se trate de López Obrador o de Enrique Peña Nieto.

    Los opositores del primer tipo no pueden priorizar el bien común por obvias razones. Ellos incluso esperan, tal vez de forma inconsciente, que el político fracase para confirmar su postura. Eso explica por qué ante cualquier acción de AMLO (aunque no tenga relación alguna) algunos digan «así empezó Chávez ¡aguas!» y empleen silogismos abductivos para forzar la realidad de tal forma que su postura se vea confirmada. Estos opositores no investigan, no indagan y no se cuestionan nada. Menos profundizan, lo que provoca que ni siquiera pongan atención a aquellas cosas criticables por concentrarse en superficialidades a las cuales atienden para confirmar su postura.

    A los políticos incluso les conviene tener una oposición del primer tipo (aunque sean opositores suyos). Aunque suene paradójico, son más fáciles de engañar. Se les puede distraer con nimiedades. Se puede hacer una declaración polémica para mantenerlos distraídos e indignados de tal forma que no pongan atención aquello que sí debería ser más polémico.

    Tal vez por eso AMLO puede sentirse tranquilo. Porque mientras sus opositores sigan diciendo «está tonto y está loco» o «es ignorante» o «es como Chávez», o «él estuvo detrás de la muerte de Érika Alonso y Moreno Valle» no tiene que preocuparse tanto por aquello que sí debería importar.

  • Se convirtieron en lo que tanto criticaron

    Se convirtieron en lo que tanto criticaron

    Y de pronto nos dimos cuenta que no eran solo los lopezobradoristas.

    Y también nos dimos cuenta que también eran los otros.

    Me explico. Tenemos una costumbre de crear estereotipos (incluso hombres de paja) de los distintos sectores sociales de tal forma que dejamos de poner atención a nuestro propio comportamiento: Mira, es que los «chairos» son de esta forma, inventan teorías de la conspiración, hacen esto o aquello.

    Y entiendo que era difícil para muchos darse cuenta de la contradicción. Los izquierdistas nunca habían estado en el poder, eran antisistema, no eran sistema. Bastaba que se cambiaran los papeles para que la realidad saliera a flote.

    Pero es muy curioso cómo al tiempo que cambia el gobierno, los roles se invierten para que, de alguna u otra manera, quienes tienen una postura adopten las conductas de sus contrincantes: esas conductas de las que tanto criticaban y renegaban.

    Y es más curioso aún que los unos vociferen tanto sobre la contradicción de los otros que no se paran a ver que la suya es igualmente evidente.

    Descubrimos que muchas de las conductas no eran tanto particularidades de un colectivo, sino del universo, del conjunto de la sociedad mexicana. Particularidades que no son producto de sus posturas políticas, sino más bien un conjunto de comportamientos más bien universales que más bien se manifiestan con base en la relación de su postura política con el poder. Así, los lopezobradoristas, al llegar al poder, adoptan muchos de los comportamientos de los antilopezobradoristas y viceversa.

    Ciertamente, me podrán argumentar que ese culto a la personalidad a su líder es muy característico de varios de los izquierdistas. Pero, en todo caso, más bien tendríamos que esperar a que un líder similar surja desde la derecha. Un demagogo que prometa mano dura contra el crimen y denuncie el «socialismo que nos va a llevar hacia la catástrofe».

    Hasta hace poco nos dimos que esas peculiaridades también se manifiestan en la otra facción: ahí están los antilopezobradoristas tejiendo teorías de la conspiración en torno al lamentable fallecimiento de Moreno Valle y Martha Érika Alonso en un helicóptero. Ahí tenemos a los lopezobradoristas descalificando marchas de los «antis«, algunos de los cuales hasta hace poco pedían que se regularan.

    Tenemos también a los lopezobradoristas pidiendo no politizar cosas que politizaron cuando fueron oposición. Los antilopezobradoristas que decían que había que dejar de criticar al presidente y ponerse a trabajar son los que ahora suben memes y memes de López Obrador.

    Y en vez de percatarse de su propia paradoja, solo se la pasan señalando las incongruencias del otro.

    Así el nivel de debate político en nuestro país.