Categoría: política

  • La oposición ciudadana de AMLO y la brecha generacional

    La oposición ciudadana de AMLO y la brecha generacional

    La oposición ciudadana de AMLO y la brecha generacional

    La oposición actual de AMLO es, permítanme hacer la comparación, como un feto, un organismo al cual a duras penas se le empiezan a distinguir sus partes: eso que está ahí parece una cabeza, eso de allá abajo parecen ser las piernas.

    La oposición es un organismo todavía un tanto amorfo, pero ya se alcanzan a vislumbrar algunas de sus características. Es decir, sus partes todavía no están muy definidas pero, al parecer, ya podemos ver qué forma están tomando.

    Hay un elemento que sí es muy notorio en la forma que está comenzando a tomar la oposición: la brecha generacional. Los jóvenes no piensan igual que los grandes, unos tienden a ser más liberales y otros conservadores, los últimos suelen analizar la política desde paradigmas más propios de la Guerra Fría o el PRI hegemónico en tanto que los jóvenes suelen verla con sus propias particularidades influidas por un mundo cada vez más interconectado y por un mayor intercambio cultural. Ello no quiere decir que no haya jóvenes conservadores o gente mayor liberal, pero sí parece haber cierta consonancia con los procesos sociales que ocurren en los Estados Unidos donde los jóvenes tienden a ser más liberales (aunque no estoy seguro que haya esa consonancia en lo económico, y adelante explicaré por qué).

    Los grandes y la derecha dura

    Una de las oposiciones hacia AMLO, y que está conformada mayormente por gente grande, toma la forma de una derecha conservadora con algunos tintes nacionalistas, algo más dura que la centro-derecha panista por la cual muchos de ellos solían votar. Ellos tienen una representación considerable en las marchas que se han llevado a cabo en los últimos meses en contra de López Obrador.

    Muchos de ellos suelen ver al gobierno de la 4T con los mismos prismas ideológicos típicos de la Guerra Fría: suelen relacionar a López Obrador con el término «comunismo» y son más proclives a verse seducidos por teorías conspirativas que narran una estrategia orquestada por poderes oscuros (Foro Sao Paulo, George Soros o alguna entidad relacionada con el eje bolivariano) para convertir a México al comunismo, teorías a las cuales se agregan preocupaciones de estos sectores sociales, como lo que llaman «ideología de género» o incluso la migración (a la que suelen oponerse).

    Este sector también se caracteriza por un mayor apego a los valores tradicionales y busca mantener el estado de las cosas, suelen ser más religiosos y su cosmovisión parte de una doctrina religiosa a la que se apegan. Suelen oponerse a los cambios sociales promovidos por los liberales y/o progresistas. Por ejemplo, una encuesta de Parametría publicada en 2016 arrojó que mientras que el 61% de los jóvenes mexicanos (18 a 29) estaban a favor del matrimonio igualitario, solo el 20% de la gente mayor de 50 años lo estaba.

    Por último, ellos también tienden a abrazar posturas nacionalistas, sobre todo en lo relacionado con la migración, lo cual se refleja tanto en las asociaciones de vecinos que no quieren que los migrantes anden por sus colonias como en quienes exigen al gobierno parar por completo el tránsito de los migrantes. Aunque es algo paradójico que la Iglesia Católica, la cual encuentra a los más fieles adeptos en este sector, suela ser más abierta e incluyente, e incluso ayude activamente a los migrantes que circulan por nuestro país.

    Los jóvenes libertarios

    Mientras que en Estados Unidos los jóvenes esperan que el gobierno tenga un mayor rol en lo público (aunque sin acudir a alguna utopía comunista ni a algún socialismo duro), en México parece que el libertarismo ha ejercido influencia sobre un importante sector de la juventud opositora a AMLO (medido más en términos de influencia que en términos cuantitativos).

    Los libertarios fungen, en términos prácticos, como opositores al progresismo mexicano (bañado de las peculiaridades de la izquierda latinoamericana). La libertad (en el sentido de la libertad negativa de Isaiah Berlin) es su bandera y no quieren que «el gobierno se meta con ellos» ni en temas económicos ni sociales. En lo económico suelen ser ultraliberales y por ello insisten en frases como «Don’t tread on me» o «taxation is theft«. El activismo de algunos líderes libertarios como Gloria Álvarez le ha dado mayor difusión a esta corriente que, en nuestro país, suele tener presencia dentro de algunas universidades donde se conforman grupos a los que jóvenes se adhieren, páginas de redes sociales o incluso algunos economistas jóvenes que tienen alguna relevancia en lo público.

    En lo social suelen ser liberales (generalmente están a favor del matrimonio igualitario, la legalización de las drogas y, no en pocos casos, del aborto) aunque discrepan del progresismo en todo lo que tiene que ver con la intervención gubernamental para la búsqueda de los derechos sociales (suelen oponerse al lenguaje inclusivo, a las cuotas de género o a los programas sociales que tendrían como fin de velar por ciertos sectores sociales como las mujeres o los homosexuales) así como con algunos de los comportamientos de los colectivos feministas y LGBT. Es decir, comparten varias posturas con el progresismo, pero lo abordan desde otra perspectiva muy distinta, desde el de la libertad negativa: «Nadie puede prohibir a una pareja del mismo sexo que se case» o «el gobierno no puede prohibir el consumo de drogas porque coarta mi libertad», mientras que los progresistas buscan visibilizar a distintos sectores sociales que consideran oprimidos para generar una condición de equidad o igualdad (y para lo cual pueden llegar a esperar la intervención gubernamental): «los gays no pueden ser discriminados» o «la mujer ha sido oprimida y tenemos que lograr que tengan una mayor relevancia».

    Es cierto que algunos jóvenes conservadores abordan el ideario libertario solo dentro de lo económico, pero son, en general, un grupo más pequeño que los primeros por lo cual decidí no incluirlos dentro de esta categoría.

    https://www.youtube.com/watch?v=1hEt6gpeFE4

    ¿Hay oposición entre los jóvenes progresistas?

    Hay quienes asumen, erróneamente, que quien es progresista (o liberal de acuerdo al término estadounidense) en lo social debe ser izquierdista en lo económico. Hay quienes suelen englobarlos en una sola cosa para así crear un hombre de paja, pero ello es falso. No son pocas las personas que defienden la agenda progresista en lo social mientras que, a la vez, defienden una economía de mercado. Tampoco son pocas aquellas personas que, siendo feministas (incluso de las radicales), se oponen a López Obrador, e incluso dudan de que sea un líder progresista en lo social.

    En general, la izquierda socialdemócrata (bajo el cual se podrían englobar varios de estos jóvenes) suele ver con escepticismo a López Obrador e insisten en contrastar la socialdemocracia apegada a las instituciones con la corriente lopezobradorista a la cual suelen relacionar más con el populismo norteamericanos.

    No son pocos los que mantienen esta postura, pero tampoco podríamos hablar de una oposición articulada a diferencia de los primeros dos casos. Es posible que con el tiempo ello pueda ocurrir, más aún con las decisiones de este gobierno que no ha dejado muy contento a académicos, artistas o científicos que suelen adherirse a una de estas corrientes.

    Conclusión

    A diferencia de la categorización binaria que AMLO pretende vendernos, la oposición a la Cuarta Transformación es más bien heterogénea. No es un solo sector privilegiado ni adherido a la «mafia del poder» sino uno diverso que puede albergar grandes diferencias con sus pares: conservadores, libertarios, socialdemócratas distintos entre sí se oponen a un proyecto de nación cuyos simpatizantes tampoco son tan homogéneos como podría pensarse.

    Será interesante ver cómo esta oposición a López Obrador, heterogénea y diversa, es capaz de irse articulando. ¿Podrán ir de la mano un señor de 55 años que está muy preocupado por la «ideología de género» con un jóven que está muy molesto con AMLO porque ve con malos ojos sus alianzas con los evangélicos que tienen una postura aún más conservadora que la Iglesia Católica? ¿La oposición podrá trascender esa brecha ideológica que la divide y la separa? Solo el tiempo lo dirá.

  • Desprestigiar a la oposición

    Desprestigiar a la oposición

    Desprestigiar a la oposición

    Hace unos días, en un nuevo programa llamado La Maroma Estelar del Canal 11 (es decir, con los recursos de la gente) afín al gobierno de López Obrador, se hizo una parodia de la politóloga Denise Dresser, a quien llamaron Madame Didí. A Dresser, además de ridiculizarla, la interpretaron con una fuerte dosis de clasismo.

    Pero no quedó ahí. Dieron de alta una cuenta de Twitter de este personaje (que ya tiene 14,000 seguidores) para seguir parodiando y burlándose de Denise Dresser exhibiéndola como clasista y afín al poder (pero no el de la 4T, sino el otro, el de la clase política que se fue, el de los empresarios, el de la mafia del poder).

    Llama la atención que, en vez de ver a medios de oposición parodiando a políticos, veamos a medios oficialistas parodiando a voces opositores que ni siquiera son parte de la política mexicana, como si ahora los patos le tiraran a las escopetas. Ahora resulta que la voz crítica es nada más ni nada menos que el oficialismo.

    Pocos días después, David Ricardo, un joven que pertenecía a Wikipolítica y que luego migró a las filas de MORENA, publicó el siguiente tuit con la intención de desprestigiar a Futuro, el movimiento creado por la propia Wikipolítica con miras a convertirse en un partido político:

    Incluso, ante la respuesta de Futuro en las redes, siguió buscando desacreditar a este movimiento:

    Si a estos casos les agregamos la publicación de una lista de periodistas que supuestamente recibieron dinero del gobierno de Peña Nieto, si le sumamos los ataques de López Obrador a Reforma, y el uso de hashtags como #NarcoReforma por parte de bots y fieles seguidores, podemos llegar a la conclusión de que hay una campaña sistemática para debilitar a la oposición, cualquiera que ésta sea.

    Como escribí hace unas semanas, el gobierno de López Obrador no parece pretender ejercer censura directa, e incluso ha decidido gastar mucho menos recursos en publicidad oficial (mecanismo que muchos gobiernos han utilizado para chantajear o silenciar opiniones incómodas). Lo que sí es palpable es una campaña en contra de las voces opositoras para quitarles prestigio y autoridad moral.

    Por eso los personajes de Madame Didí y las acusaciones a Futuro. En los dos casos buscan vincularlos con la una clase política desprestigiada y con una oligarquía que este gobierno dijo que combatiría (pero con la que López Obrador tiene juntas periódicas con empresarios (muchos de ellos cronies) para así dividir en la sociedad entre los que están con su gobierno (los buenos) y los que se oponen a él (los malos), evitando cualquier tipo de matiz.

  • ¡Oye, Trun!

    ¡Oye, Trun!

    En anteriores ocasiones, yo he afirmado que el gobierno de López Obrador no se parece tanto al de Chávez. Y hace sentido porque un mandatario de la calaña de Chávez o Maduro ya habría despotricado contra el «imperio estadounidense». (lo pongo entre comillas porque la condición imperial en el gobierno de Trump está en cuestión).

    Pero no, ello no ocurrió así.

    Es paradójico y un tanto curioso que un gobierno que se dice de izquierda esté haciendo alegorías al libre mercado y festejando que no le impusieron aranceles gracias a su servilismo con el imperio Yanqui con quienes «estrecharon manos». Es algo inédito.

    Peor aún, ese discurso de López Obrador donde criticaba a Trump (eso sí, sin la beligerancia del izquierdismo bolivariano) desapareció, se disipó por completo. Ahora todos somos amigos, todos nos estrechamos la mano, llegamos a acuerdos y negociaciones «ganar-ganar».

    Pero eso no fue lo que sucedió, Trump se salió con la suya, hizo lo que quiso.

    Es evidente que el gobierno de Trump no tenía como fin cobrar aranceles a las importaciones, él quería frenar la migración de Centroamérica a su país y lo logró; logró que el Gobierno Federal reforzara la frontera sur con miembros de la Guardia Nacional. Básicamente, logró su promesa de campaña, construir un muro y que México pagara por él, con la salvedad de que este estará en la frontera sur de México y no en la frontera norte.

    En ese entendido no hay nada que festejar. Es cierto que lo único que perdió México fue algo de su dignidad y 6,000 elementos de la Guardia que reforzarán la frontera sur para evitar que los migrantes sigan llegando a Estados Unidos (y no para los intereses de nuestro país). Los mayores perdedores son los propios migrantes que buscan huir de la pobreza y la miseria, y el ganador no fue en sí Estados Unidos, sino Donald Trump, quien encontró en este acto una gran posibilidad para fortalecer su discurso de campaña, sobre todo para mantener contentas a sus bases. Y no sería extraño que sea este «acuerdo» el que haga la diferencia en unas elecciones donde Trump tiene posibilidades de reelegirse:

    Imagina cuando Trump vaya a esos estados de centro-sur de su país, a Alabama, Indiana, Nuevo México. Dirá que puso a México a sus pies, que los arrodilló, que él sí va a acabar el «problema» de los migrantes. Tiene con qué probarlo, no son palabras, son hechos, técnicamente hizo que México hiciera lo que él quisiera.

    Ciertamente, a estas alturas no había muchas alternativas. Tampoco podría recriminársele mucho a Marcelo Ebrard porque no podía hacer mucho más. La situación económica de México no es la mejor, y en cierta medida no lo es por las malas decisiones que se han tomado en nuestro país (cancelaciones de aeropuertos, refinerías poco viables, recortes excesivos, degradación de las calificadoras) y eso naturalmente no le permitía a México involucrarse en una guerra de aranceles. México estaba en la posición perdedora, parcialmente autoinflingida.

    En un contexto así, es absurdo festejar esto como un logro. La algarabía en Tijuana no se puede interpretar más allá de un mero control de daños. Básicamente porque Trump no estaba tan interesado en subir los aranceles (cuyo beneficio para Estados Unidos era altamente cuestionable) sino en la migración.

    Entonces hablar sobre cómo nos salvamos (que gracias al cielo la inversión no se va a desplomar ni el PIB se va a ir para abajo) no tiene sentido alguno porque Trump obtuvo lo que quiso. No es que lo hayan hecho entrar en razón, más bien el gobierno mexicano se sublevó a los caprichos del demagogo naranja que los chantajeó con la subida de los aranceles.

    Festejar ello es irrisorio, es algo bastante penoso. Curioso que sea un gobierno autollamado de izquierda el que haya llevado a cabo una de las más grandes manifestaciones de entreguismo de los últimos tiempos (ciertamente no había mucho margen de maniobra para hacer algo distinto), aunque los porristas o intelectuales orgánicos de este gobierno quieran convencernos de que ocurrió lo contrario.

  • El primer triunfo de MORENA

    El primer triunfo de MORENA

    Foto: Fan Page oficial de Miguel Angel Barbosa en Facebook.

    AMLO sigue siendo muy popular. ¿Ha bajado en las encuestas? Sí, aunque al mismo nivel que ocurre con cualquier político que llega con preferencias sumamente altas. Sin embargo, su porcentaje de aprobación sigue siendo alto. Por eso AMLO se da el lujo de hacer recortes y despedir funcionarios porque, aunque ellos se decepcionen de AMLO, su popularidad es tan alta que podía darse el lujo de gastarse algo de ella para aplicar sus políticas públicas.

    No solo es cuestión de popularidad en términos de porcentaje, sino de la relación entre el político y quienes lo aprueban. No es lo mismo alguien que diga que aprueba a tal político porque cree que hace un buen trabajo a uno que lo aprueba porque cree que ese político representa un verdadero cambio y al cual la tiene fe. La relación entre AMLO y su electorado se parece más al segundo, y ello importa porque esa relación es más difícil de romper que la primera, la primera es producto de una evaluación programática y la segunda tiene más que ver con la fe.

    ¿Y cómo es que esta fe puede beneficiar al partido en su conjunto?

    Sí, el porcentaje de votos hacia MORENA cayó comparado con 2018 en todas las entidades cuando AMLO estaba presente en las boletas. Es evidente que eso ocurriría ya que no tienen las estructuras que tiene el PRI. Crear estructuras clientelares lleva tiempo y es necesario tener acceso a recursos para irlas consolidando. MORENA lleva 6 meses en el poder y no tiene la experiencia de los tricolores. Es evidente que trabajarán en crear y fortalecer estructuras de aquí al 2021.

    No es raro que en una elección estatal, legislativa o municipal, el número de votaciones baje. Primero, porque esas elecciones suelen generar menos interés (en Puebla solo votó el 30% del padrón). Segundo, porque la gente no siempre trasladará la imagen del candidato al partido.

    Pero lo que obtuvo le bastó a MORENA para ganar Puebla con un Barbosa que era repudiado incluso por algunos simpatizantes de AMLO les fue más que suficiente. He ahí el poder de la figura de AMLO, logró llevar a un candidato cuestionable y poco agradable al poder. Y mejor aún para ellos, lograron quitarle Baja California al PAN que gobernaba ahí desde hace 30 años. Un partido nuevo tiene ya en sus manos CDMX, Veracruz y Puebla, 3 de las entidades más grandes de México. Como sea, la figura de AMLO alcanza para trasladar votos a sus candidatos y que ganen gobernaturas. Yo no sé cómo algunos se atreven afirmar que MORENA fracasó o se llevó una derrota que la gente no quiere ver.

    Penoso sería lo que hizo el PAN, que celebró haber ganado algunas alcaldías en Aguascalientes después de que MORENA le arrebatara dos entidades federativas, y no entidades cualquiera.

  • Gilberto Lozano. El aviso de la ultraderecha mexicana

    Gilberto Lozano. El aviso de la ultraderecha mexicana

    Gilberto Lozano. El aviso de la ultraderecha mexicana

    A nivel global, hemos visto el surgimiento de líderes con un carácter fuerte. De esos que parecen ser directos y que dicen las cosas como son. Ellos contrastan con el tradicional político de carrera que llega a puestos de poder tras numerosos filtros dentro de su partido, ese que muchos consideran que gobierna dentro de una burbuja y lejano a la gente.

    Es cierto que muchos de estos outsiders también contrastan con los políticos tradicionales por el hecho de tener una mayor inclinación a presentar actitudes demagógicas o incluso caudillistas, y no importa si estos personajes son de izquierda o de derecha. Estos personajes no son producto en sí de un partido (aunque alguno de ellos milite o haya militado en uno) sino de sí mismos. Son personajes carismáticos, directos y saben muy bien cómo mover los sentimientos de la gente sin necesidad de recurrir a una aparatosa estrategia de comunicación.

    Y México no está exento del surgimiento de estas nuevas figuras. Como dice bien Steven Levitsky en su libro How Democracies Die, el hecho de vivir en un mundo tan interconectado y expuesto gracias a las nuevas tecnologías ha fortalecido a este tipo de personajes que no necesitan de la publicidad oficial (para lo cual sería necesario ser candidato designado por un partido) y que se puede construir a sí mismo gracias a las redes sociales y al impacto que ellos mismos generan dentro de la prensa. Esto no implica que todos los outsiders sean demagogos, muchos no lo son (por ejemplo, Pedro Kumamoto y su Wikipolítica fueron outsiders pero no mostraron un discurso demagógico), pero sí implica que no existen los filtros que los partidos generalmente utilizan para relegar a quienes mantienen un discurso excesivamente beligerante o radical.

    No son pocas las figuras de este estilo que han logrado irrumpir en la arena política: ahí tenemos a El Bronco o a Samuel García de Movimiento Ciudadano, quienes presentan un discurso directo y arrebatador, hablan de mochar manos o de bajar el precio de las gasolinas porque son discursos que suenan directos y políticamente incorrectos. Pero el que más me interesa, porque a diferencia de los primeros dos mantiene un discurso político más radical, es Gilberto Lozano.

    Gilberto Lozano es un empresario y líder político de ideas ultraderechistas quien, a través de Congreso Nacional Ciudadano (un movimiento jerárquico del cual él es la cabeza), ha promovido un discurso beligerante en contra del sistema político (del cual, por cierto, formó parte siendo invitado por Santiago Creel y Vicente Fox al equipo de transición) . Su activismo lleva ya varios años y empezó a cobrar notoriedad cuando ocurrió el gasolinazo en el sexenio de Enrique Peña Nieto, donde supo agitar la indignación para sumar gente a su causa.

    Si bien no tiene nada de malo ser crítico de una clase política evidentemente decadente, ello no quiere decir que no tengamos que estar alertas ante quienes toman este discurso con fines meramente demagógicos que a largo plazo podrían causar problemas peores en vez de enmendar el problema actual. Gilberto Lozano, a diferencia de otros políticos outsiders y columnistas que han hecho severas críticas sobre el régimen, tiene un discurso beligerante que va en contra de toda institucionalidad. Lozano ataca al sistema de partidos como si el sistema per sé fuera el cáncer y no a la crisis como tal, incluso en tiempos de Peña Nieto llamó a abolir el Congreso de la Unión.

    Gilberto Lozano, como los ultraderechistas reaccionarios de estos tiempos, promueve un discurso xenófobo combinado con teorías de la conspiración. Acusa a AMLO de traidor a la Patria por firmar el Pacto Mundial de Migración de la ONU que, según Lozano, obliga a México a abrir las fronteras a los migrantes de forma indiscriminada (para atraer gente de la Mara Salvatrucha e incluso «terroristas de ISIS») Esto es falso, ya que el documento firmado no es vinculante y respeta la soberanía de los Estados.

    Todo esto, según Gilberto Lozano, forma parte de una conspiración comunista promovida por una supuesta agenda del Foro de Sao Paulo, al cual pertenecen MORENA y el PT y prácticamente todos los partidos de izquierda de América Latina, desde partidos comunistas hasta socialdemócratas o laboristas. Es cierto que partidos como los de presidentes como Nicolás Maduro o Daniel Ortega pertenecen a ese foro, pero también es cierto que partidos de mandatarios democráticos de una izquierda moderada como Michelle Bachelet de Chile, Pepe Mujica y Tabaré Vázquez de Uruguay o Lenin Moreno de Ecuador (quien se distanció del chavismo) también pertenecen a dicho foro y no hemos visto algo parecido a la implementación de una agenda para convertir a sus países en comunistas. Es cierto que gran parte de la izquierda latinoamericana y que pertenece a este foro se ha sumido en crisis económicas como Brasil, Argentina o Venezuela (y es válido cuestionar si AMLO pudiera repetir los errores que cometieron esos países) pero no existe evidencia alguna de que haya una estrategia oculta para llevar a México al comunismo (régimen que casi ha desaparecido del planeta, teniendo solo a Cuba y Corea del Norte como sus remanentes). Lo cierto es que las distintas izquierdas latinoamericanas han tenido destinos muy distintos.

    Gilberto Lozano dice que AMLO es un dictador comunista, pero al mismo tiempo puede organizar una improvisada rueda de prensa en San Lázaro sin que no sea molestado por nadie. ¿Podría haber hecho eso en Cuba o en el Chile de Pinochet? Lo dudo mucho. Lozano coloca todas estas teorías de la conspiración dentro de una sola canasta: la ONU, el Foro de Sao Paulo, como si existiera una conspiración internacional para acabar con la soberanía de la nación. Así, lozano busca agitar a cierto sector conservador del país.

    Es curioso, porque aunque denuncia a AMLO (MALO como él le llama) comparte muchos rasgos con él, comenzando por el discurso nacionalista. Gilberto Lozano, como López Obrador, insiste en la soberanía nacional, incluso dentro de sus manifestaciones contra el gasolinazo de Enrique Peña Nieto aparecen pancartas que dicen «El petróleo es de todos los mexicanos». También ataca a los «intelectualoides», y ha criticado de forma beligerante a iniciativas promovidas por organizaciones civiles como la #Ley3de3. De la misma forma ha sido crítico de las televisoras e incluso de algunas empresas y gusta de usar frases pegajosas y poner apodos a sus contrincantes ¿les suena?

    No sé a ciencia cierta cuál es la intención de Gilberto Lozano, pero su discurso fuertemente antisistémico y xenófobo podría provocar más problemas que beneficios a la sociedad. Peligroso es, en un estado actual de las cosas donde la institucionalidad en la llamada Cuarta Transformación corre el riesgo de precarizarse más, que un liderazgo como Gilberto Lozano, que cuenta con un discurso antiinstitucional y muy polarizante, comience a cobrar relevancia.

  • 1994. Una serie que debes de ver

    1994. Una serie que debes de ver

    1994. Una serie que debes de ver
    Imagen: Netflix

    Siempre le he guardado cierto respeto al trabajo de Diego Enrique Osorno, un periodista que tal vez no sea muy famoso y no tenga los reflectores encima como algunos otros, pero que es capaz de crear contenidos e investigaciones como pocos. Basta ver el libro que escribió sobre Carlos Slim.

    Y es que esta serie que él dirigió tiene una dinámica muy parecida al del libro de Carlos Slim en el cual busca narrar una historia a través, sobre todo, de los testimonios de las personas que fueron actores de ese año tan álgido para la política mexicana y para el país en conjunto que fue 1994.

    ¿Por qué es una serie que debes de ver?

    1994 fue un año muy convulso. En ese entonces tenía 12 años, todavía era relativamente pequeño, pero parece como si no hubiese sido tanto tiempo: Chiapas, el asesinato de Colosio (me quedé toda la tarde pegado a la televisión), la crisis económica, el triunfo de Zedillo y un largo etcétera de acontecimientos que cambiaron la política para siempre. Muchos no lo vivieron y no lo recuerdan. Para ellos, sobre todo, es imperativo ver esta serie.

    Esta serie-documental de 5 capítulos nos narra lo que sucedió en ese año a través de la mayoría de sus principales actores, de documentos y de videos históricos (algunos que no había visto). Diego Enrique Osorno tuvo el cuidado de dar voz a las dos partes. Así, en esta serie vemos a Carlos Salinas y al Subcomandante Marcos (ahora Galeano), a los colosistas que insisten en que la orden del asesinato vino desde el poder y lo que dicen que fue Mario Aburto. Uno de los grandes aciertos, como ocurre también con su libro sobre Carlos Slim, es que esta obra no busca sacar conclusiones categóricas por sí misma, sino que deja preguntas abiertas para que el público las conteste. La serie no trata de tomar partido, más bien trata de recrear lo que pasó, recordar lo que se vivió en 1994, el sentir social, el papel de los actores, el México convulso.

    Si uno quiere entender la política actual no puede dejar el año 1994 del lado. Entendiendo 1994 es menos complicado entender lo que ocurre hoy porque entendiendo 1994 se entiende de mejor forma la cultura política, sus vicios, sus asegunes. Porque si bien 1994 marcó un antes y un después, no significó una fractura por completo sino una parcial.

    En ese entonces el control de los medios por parte del aparato político era mucho más asfixiante que ahora. Televisa básicamente era una máquina de fake news al servicio del PRI comandada por Jacobo Zabludovsky. Son ilustrativos los videos que se muestran en la serie donde en el programa Al Despertar (que recuerdo muy bien) donde un reportero dice que «Ernesto Zedillo dio una muestra de vitalidad y sencillez para saltar una valla y acercarse a los estudiantes» (la valla era básicamente uno de esos separadores de filas que se utilizan en los bancos).

    En ese entonces se quebró por completo la credibilidad del sistema político: magnicidios, asesinatos, traiciones. La percepción que tenía la gente sobre la política se terminó de transformar y de trastornar. El relato del PRI como partido hegemónico se venía abajo, todo comenzaba a ser cuestionado; nadie creía ya las versiones oficiales y era la gente la que daba el veredicto a través de sus sospechas y conjeturas. El Subcomandante Marcos se convirtió en el héroe de la película y el aparato propagandístico del gobierno no pudo con él: el gobierno era el malo de la obra. Zedillo terminó siendo la peor pesadilla para la familia Salinas y logró lo que Colosio siempre había querido hacer: lograr por primera vez la transición democrática y la alternancia de poderes.

    Aunque se insistió en el discurso en hacer una separación total entre el gobierno hegemónico y el llamado México democrático, podemos ver ahí a muchas caras conocidas. Ahí está Marcelo Ebrard de fondo mientras Camacho Solís habla con Carlos Salinas cuando explotó el conflicto de Chiapas. Ahí está Manlio Fabio Beltrones en las ruedas de prensa sobre el caso Colosio. Ahí está Juan Ignacio Zavala quien fue Director de Comunicación Social de la PGR de Antonio Lozano Gracia (gobierno de Zedillo). Ahí está Federico Arreola, de SDP Noticias, quien fue observador de la campaña de Colosio.

    Ciertamente, ya no existe ese régimen hegemónico del PRI, pero sí varios de sus vicios y estructuras. Seguimos teniendo una prensa a la que, en su mayoría, todavía le cuesta trabajo terminar de ser libre y se la piensa dos veces antes de criticar al régimen: Televisa ya no es un simple aparato de Estado como antes pero sigue acomodándose a los gobiernos en turno. Su papel en la campaña de Peña Nieto fue descarado y no ha rivalizado en lo absoluto con López Obrador (que tiene a TV Azteca como su mejor aliado gracias a los negocios que Salinas Pliego ha logrado tejer con la llamada Cuarta Transformación). El régimen hegemónico se ha ido, pero su cultura todavía está impregnada en el aire.

    1994 es una oportunidad para recordar nuestra historia reciente, para entendernos mejor como país. Ciertamente no es falsa aquella famosa frase que dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, y sería un error olvidarnos de 1994.

  • La peligrosa lista de AMLO y los periodistas supuestamente vendidos.

    La peligrosa lista de AMLO y los periodistas supuestamente vendidos.

    Tengo muchas sospechas de las listas de periodistas que supuestamente se beneficiaron de Peña Nieto que filtró presidencia y que apareció en Reforma.

    No es algo para celebrar que un gobierno busque exhibir a la prensa cuando el trabajo de ésta es ser contrapeso del gobierno.

    Es cierto que algunos de los que aparecen en la lista tenían consigna muy clara en favor de Peña (Ricado Alemán, Pablo Hiriart) y muy probablemente recibían alguna recompensa por su chamba de oficialistas pero…

    …yo recuerdo que Raymundo Riva Palacio se la pasaba criticando y exhibiendo a Peña Nieto durante todo su sexenio y aparece ahí. Animal Político y Daniel Moreno (de ese medio) aparecen en esa lista, y fueron muy críticos con el gobierno de Peña. ¿Por qué les pagaría Peña a quienes se la pasaban criticándolo?

    Enrique Krauze también aparece ahí y seguramente muchos se están congratulando de ello, pero que yo recuerde él también fue crítico del gobierno de Peña, ni que decir de su hijo León Krauze.

    No aparece ningún periodista de TV Azteca (empresa que tiene intereses muy cercanos a AMLO) y aparecen muy pocos de Televisa (Joaquín López Dóriga y tal vez alguno que se me olvide). No aparece ni Loret de Mola ni alguna otra figura que hasta hace poco era tachado de paria del régimen. El duopolio, antes visto como el acérrimo enemigo de AMLO y parte de la «mafia del poder» salió prácticamente limpio de la embestida.

    El informe no dice si los periodistas recibieron directamente el dinero o los medios que trabajan por cuestión de publicidad, cosas muy diferentes porque lo segundo no necesariamente compromete la libertad periodística de los periodistas. Pero no hace la distinción y da la apariencia de que todos esos periodistas recibieron dinero de Peña Nieto.

    Esta lista genera la percepción de que «todos están al mismo nivel», que Animal Político es igual de chayotero que Ricardo Alemán.

    Imaginen que en un futuro Animal Político publique un documental que comprometa a AMLO (así como lo hizo con Peña). El «ejército» de la 4T en las redes sociales dirá que están vendidos, buscarán desprestigiar al medio: «es el diario al que le pagó Peña». Usarán hashtags como #HampaDelPeriodismo o hasta #NarcoAnimalPolítico (como lo hicieron con Reforma para así desprestigiar a los medios disidentes).

    Más escalofriante es que esta operación se haga a través de Reforma, diario al que se le estuvo yendo a la yugular en todo este tiempo. ¿Qué pasó? ¿Hubo algún chantaje? ¿Alguna amenaza?

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  • El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    Los libertarios y liberales clásicos nos dicen que por más intervenga el gobierno en la economía menos libertad económica hay y, como dice Milton Friedman, los gobiernos más interventores son más propensos a desembocar en una tiranía.

    La frase hasta cierto punto tiene sentido, pero luego uno se pregunta por qué los países europeos con un Estado de bienestar más robusto son más democráticos que los países latinoamericanos donde dicho Estado de bienestar es más bien más pequeño y donde se recaudan menos impuestos (más por ineficiencia que por otra cosa).

    Me parece que para que la ecuación sea más precisa falta otra variable: lo que los libertarios, me parece, ignoran, es que no solo se trata del tamaño del Estado, sino de la relación que éste tiene con los ciudadanos. Así, un Estado más pequeño puede llegar a tener más poder sobre los ciudadanos que uno un poco más grande.

    Por esto es que es necesario hacer la distinción entre el Estado de bienestar y el asistencialismo. Algunos ingenuamente lo catalogan como una sola cosa porque se trata de dinero de los impuestos de los ciudadanos que se utilizan para cuestiones sociales, pero en realidad son dos conceptos muy diferentes y con efectos muy distintos.

    El Estado de bienestar (welfare state) consiste en derechos adquiridos que el gobierno debe proporcionar a través de los impuestos que cobra a los mismos ciudadanos: salud, educación, etc. con el fin de que todos tengan una base desde la cual desarrollarse y así una generar una sociedad más equitativa.

    Mientras que el discurso del libertarismo se basa en la libertad negativa (de acuerdo a las definiciones de Isaiah Berlin) que se basa en la ausencia de coerción, el Estado de bienestar tiene que ver más con la libertad positiva: es decir, que el individuo tenga una base (buena educación, salud etc) para que tenga mayores capacidades para realizar acciones y sea amo de sí mismo. Una persona que tiene mejor educación y salud está en mejores condiciones para aspirar a un mejor empleo, emprender o llevar a cabo sus sueños.

    Estos beneficios pueden otorgarlos entidades públicas o incluso privadas, en tanto sean beneficios financiados con los impuestos recaudados por los ciudadanos que el gobierno administra. Prácticamente todos los países desarrollados, en mayor o menor medida, tienen alguna forma de Estado de bienestar así como muchos países en vías de desarrollo (más pequeños, dada su capacidad económica).

    El Estado de bienestar requiere de institucionalidad y de un Estado sólido para que funcione bien. El sujeto no se siente agradecido al gobierno por esos beneficios, sino que entiende que son derechos que el gobierno proporciona a través de los mismos recursos de los ciudadanos. Así, se sobreentiende que el individuo no le «debe» nada al gobierno, ya que son los recursos de todos y el gobierno solamente administra dichos recursos de tal forma que un porcentaje minoritario de lo que el ciudadano produce, y que se transfiere mediante impuestos, sirva en beneficio de la colectividad. El IMSS o el Seguro Popular, la educación básica o incluso las universidades públicas, por poner un ejemplo, son parte de lo que podríamos llamar el Estado de bienestar mexicano (naturalmente muy precario comparado con sus pares europeos por la capacidad económica del país).

    Los estados desarrollados, con instituciones sólidas y un Estado de bienestar sólido logran combatir la desigualdad de mucho mejor forma que los países en desarrollo con una visión asistencialista. Fuente: researchgate.net

    El asistencialismo, por su parte, consiste en dádivas que el gobierno da a los ciudadanos para generar una relación de codependencia para que, de esta forma, el gobierno acapare más poder. Su objetivo no es proporcionar un servicio a los ciudadanos, sino cooptarlos para darle más poder al gobierno. Lo que busca el asistencialismo es que el individuo se sienta agradecido con el gobierno (el Presidente me ayudó, tengo esto gracias al gobierno de tal persona) para que se lo retribuya en votos o en asistencia a mítines. Las políticas asistencialistas no tienen como fin otorgarle un beneficio al ciudadano, sino darle más poder al gobierno mediante su cooptación.

    Mientras que el Estado de bienestar busca un balance entre la libertad negativa y la libertad positiva (el balance entre la coerción que implica la obligación de pagar impuestos y la mayor libertad para que quienes integren la sociedad puedan desarrollar su proyecto de vida mediante herramientas o prestaciones que los sitúen en una mejor condición), el asistencialismo atenta contra los dos tipos de libertades: implica coerción a la hora de cobrar impuestos para políticas asistencialistas y a la hora de condicionar la posibilidad de recibir un beneficio a la obligación de realizar una acción, aunque sea tácita (vota si quieres seguir recibiendo esta despensa porque si no ganamos ya no la vas a recibir), y atenta contra la libertad positiva porque al generar una relación de codependencia, se inhiben en mayor o menor medida sus capacidades para salir adelante.

    Hablando de la acumulación de poder de gobierno, podemos ver que el asistencialismo le da más poder al gobierno sobre los ciudadanos que el Estado de bienestar: no es lo mismo sentir que se le debe algo al gobierno (asistencialismo) a que se vea un beneficio como un derecho que no deja de ser visto como algo financiado con los impuestos de los mismos ciudadanos (Estado de bienestar).

    Si un gobierno gasta diez millones de pesos en beneficios sociales, un liberal clásico o libertario podría llegar pensar que en los diversos casos existe una coerción similar (al cabo al ciudadano se le cobra la misma cantidad de impuestos). Pero en realidad, esos diez millones de pesos que, invertidos en un Estado de bienestar pudieran permitirse en un Estado democrático, podrían vulnerar la misma democracia y la institucionalidad si se invirtieran en programas asistencialistas.

    Y una muestra de ello es lo que vemos en el gobierno actual. AMLO, a diferencia de varios demagogos latinoamericanos, no se está endeudando y está gastando igual o quizá menos que los gobiernos anteriores. Pero con los recortes al IMSS o a las guarderías para mujeres para la implementación de transferencias directas (sin olvidar otros proyectos como la refinería Dos Bocas) está desmantelando el Estado de bienestar para redirigir los recursos al asistencialismo (práctica ya recurrente en los gobiernos del PRI). No necesita gastar más, basta con reorientar los mismos recursos para promover una relación asistencialista y así acumular mayor poder.