Categoría: política

  • La política no es un hobby

    La política no es un hobby

    La política no es un hobby

    Estaba, como cualquier otro día, navegando en mi Twitter cuando me encontré esta publicación de Gerry Sánchez, uno de esos pick up artists que venden seminarios para aprender a ligar:

    Entiendo que no es una persona conocedora del tema y seguramente no entiende muy bien la función que la política tiene dentro de una sociedad, pero abordo este contenido porque sé que muchos piensan así. También dentro de esta peculiar publicación hay un punto importante que es el que lo motiva a pensar así (ver la política como opio) y que casi seguramente se deriva del bajo nivel del discurso político en nuestro país.

    Primero debo de decir categóricamente que la política no es un hobby.

    A ver, el entorno en el que vivimos no es algo dado o algo que debamos dar por sentado, es la suma de muchos equilibrios o muchas variables que, de ser modificadas, pueden cambiarnos todo el contexto. Las decisiones que se toman en política terminan irremediablemente afectando la vida cotidiana, y desde ahí debemos entender que la política es algo lo suficientemente serio como para rebajarlo a la categoría de hobby.

    Posiblemente Gerry Sánchez, como muchos otros, se frustre al ver el nivel de discusión política que existe en nuestro país (sabemos que es bastante malito). Tal vez, a partir de esa frustración, deduzca que se trata de algo innecesario: si veo que toda la gente se está peleando y discutiendo cuando podría estar «formándose», entonces no deberíamos interesarnos en política a menos que «tengamos los medios para hacer algo y modificarlo».

    La política es frustrante (otra razón para no considerarla un hobby), en muchos casos molesta e incomoda. Pero la política es necesaria: un país desarrollado o que aspire a serlo necesita de ciudadanos que al menos estén al tanto de lo que acontece en su comunidad y/o en su país.

    Estar al tanto de la política es una responsabilidad que uno tiene como ciudadano, no es un hobby

    Digamos que, si los ciudadanos nos desentendiéramos de la política, le daríamos demasiado poder a los políticos. Seríamos más manipulables (sí, todavía más de lo que somos) porque no tendríamos ninguna información a la mano.

    Gerry Sánchez y quienes piensan así entonces deberían estar contentos al ver que las nuevas generaciones se muestran, por lo general, menos interesadas en la política y salen menos a votar. Pero ya hemos visto las consecuencias que eso ha traído en algunos países como el Reino Unido y los Estados Unidos. Y tampoco es, como pensaría él, que entre la juventud tengamos más «hombres forjándose». De hecho, él mismo hace hincapié en esta idea de que las nuevas generaciones (esas mismas que son más apáticas políticamente) son más débiles de carácter.

    Dice también que «si tienes los medios para modificar algo al respecto, entonces lo hagas». La cuestión es que estar al tanto de lo que ocurre en la política es condición necesaria para lo que viene. Si la sociedad está completamente despolitizada, entonces nadie va a hacer nada, nadie se va a manifestar ni nadie siquiera querrá involucrarse activamente. El estar informado y al tanto de lo que pasa ya es hacer algo, por más mínimo e insignificante que parezca.

    Dice Gerry que la política es el opio. Opio es más bien el que tratan de vender los políticos, y se vende más fácil cuando la gente no está al tanto y no cuestiona lo que acontece. El ciudadano pasivo, apático y desinteresado es aquel que más interesa a aquel político que privilegia sus intereses personales sobre el bien común. Ese tipo de ciudadano es más peligroso incluso que aquel fanático que defiende a un gobierno sin cuestionarlo porque es quien tiene la posibilidad de fungir como contrapeso y no lo hace.

    En su publicación critica a los «intelectuales» que opinan, como si tuviéramos demasiados y muy vistos como sí ocurre, por ejemplo, en los deportes. Pero los intelectuales, como sea, ayudan a formar opinión pública. De nuevo, si no existieran, la población estaría aún más desinformada y sería más presa de los intereses políticos. Y si no fueran relevantes y no tuvieran peso alguno, no veríamos a algunos gobernantes quejarse de ellos e incluso reprender a algunos diarios por sus actividades.

    La conclusión a la que él parece querer llegar es que «un hombre que quiere forjar acero» no debería estar perdiendo su tiempo en esas «frivolidades». Pero dudo que el tiempo que se le debe invertir en estar al tanto del acontecer político prive a una persona de leer un buen libro, ir a ligar al antro o ir al gimnasio.

    Otra cosa es que el nivel de la discusión política sea muy magro, pero eso es resultado del fenómeno opuesto al que propone Gerry Sánchez. En lo cuantitativo, mucha gente es apática con relación al quehacer político, y en lo cualitativo, mucha gente no es rigurosa a la hora de informarse y se deja llevar por la información que corre en las redes sin verificarla siquiera.

    Por último, pensar que no nos debemos preocupar por la política porque «nosotros nos podemos forjar» es un craso error. Muchos dentro de este mundito de la autoayuda, desde una causalidad radical y una postura ultraindividualista por no decir egoísta, piensan que la política no importa porque si nos forjamos no habrá crisis ni problema que nos afecte. La verdad es que pensar ello es iluso.

    Desde luego un hombre o una mujer con un buen temple y carácter tendrá más posibilidades de sortear una dificultad, pero no hay garantía de ello por el simple hecho de que nadie tiene la capacidad de controlar todas las variables. El individuo tampoco vive aislado como para despreocuparse de todo lo demás y desprenderse de la sociedad. El individuo vive en comunidad y requiere de ella para salir adelante, el individuo convive, hace negocios y se relaciona con otras personas que conforman la comunidad. El individuo es ciudadano de un país. Eso le obliga moralmente a estar al tanto del acontecer político.

    Por ello pensar que la política es un hobby es un craso error. La política no es una frivolidad, es muy importante. La política está en todos lados, es parte de nuestra vida, de nuestra cotidianeidad, y no se puede dejar del lado.

  • Bartlett y AMLO: Deconstruyendo al ave que cruza el pantano y no se mancha

    Bartlett y AMLO: Deconstruyendo al ave que cruza el pantano y no se mancha

    Si algo nos prometió la 4T de forma insistente fue acabar con la corrupción.

    López Obrador nos lo prometió. Nos dijo que si el Presidente era honesto, todo el gobierno y todo el «pueblo» lo iba a hacer. Que había que barrer las escaleras de arriba a abajo.

    Muchas personas le creyeron. Ciertamente los gobiernos pasados (y en especial el de Peña Nieto) como que se esmeraron mucho para legitimar su discurso. Muchos dedujeron que AMLO debía tener algo de razón, entonces ¡votemos por la alternativa!

    Ciertamente, al día de hoy, nadie puede decir que el mismo Presidente haya robado o se haya beneficiado del erario público de forma ilegal para enriquecerse. Pero nada más.

    Ni siquiera podemos decir que López Obrador no es corrupto. Hay muchas formas de corromperse y no solo tienen que ver con el robo o involucrarse personalmente en conflictos de interés. Saltarte la vida institucional en aras de amasar poder (véanse las consultas populares) es una forma de ser corrupto, decir que vas a hacer una cosa y luego hacer otra también es otra forma de corromperse. Ignorar deliberadamente el rigor técnico a la hora de gobernar también lo es.

    Defender y mantener en puestos claves a corruptos también es una forma de corrupción, y es una forma grave, porque entonces no solo se es cómplice de la corrupción de otros, sino que dicha conducta termina promoviéndola.

    Y eso es lo que ocurre con Manuel Bartlett, quien fue exonerado por la Secretaría de la Función Público al más puro estilo Virgilio Andrade ¿se acuerdan?

    Y más preocupante es ver a gran parte de eso que llaman «Cuarta Transformación» alinearse para defender a su corrupto (a Bartlett). Preocupante es que AMLO incluso tenga la osadía de subir una fotografía a Twitter con el propio Bartlett y Santiago Nieto, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera. El mensaje es clarísimo: cerrar filas para proteger las espaldas de Bartlett. Eso, evidentemente, es una forma de corrupción.

    A diferencia de otras ocasiones, no todos los acólitos de la 4T hicieron lo mismo (sobre todo aquellos que no forman oficialmente parte de ella pero que simpatizan por alguna suerte de convicción). Hubo quienes no vieron forma de justificar esta defensa, tomaron distancia o incluso repudiaron el hecho. Pero los que están ahí, los que forman parte y se alimentan de la 4T ni siquiera fueron prudentes. Defendieron a su corrupto y se fueron en contra de quien acusara: de Loret de Mola, de la «prensa fifí» e incluso las cuentas oficiales se sumaron a la campaña con un descaro que ni en el gobierno pasado habíamos visto.

    En resumen, todo ese conglomerado de personas y sectores que nos prometieron que ahora todo sería diferente, están solapando a un corrupto.

    Pero, a pesar de lo que es tan evidente, con todo esto no son pocas las personas que tienen depositadas las esperanzas en este gobierno, del cual creen que sí es diferente.

    La realidad es que los vicios que han acompañado a los gobiernos contemporáneos siguen ahí vivitos y coleando. La realidad es que este gobierno en la práctica no propone un gran cambio al respecto. Su discurso de la corrupción es muy retórico y poco práctico.

    Y despertar de la ilusión no será algo grato.

  • ¿Por qué el impeachment le puede ser útil a Trump para reelegirse?

    ¿Por qué el impeachment le puede ser útil a Trump para reelegirse?

    ¿Por qué el impeachment le puede ser útil a Trump para reelegirse?

    La apuesta de los demócratas parece ser utilizar el impeachment como arma estratégica en las elecciones. ¡Miren, es el 3er presidente en toda la historia de los EEUU que es sometido a este proceso! ¡Es un gran corrupto!

    Y seguramente hay muchas razones válidas para procesar a Trump, y tal vez objetivamente hasta mereciera ser destituido, pero eso en temas electorales es irrelevante, porque lo que importa es la percepción, y eso es algo que parece no se ha entendido.

    Pareciera que los demócratas están seguros de que al mostrar a Trump como «un gran corrupto» lo van a vencer en las urnas. Pero parece que no están entendiendo, y parece que no aprendieron la lección de 2016, donde se le acusó de misógino, corrupto y hasta aliado de los rusos ¡y ganó!

    El hecho de que el impeachment se vaya atorar en el Senado compuesto por una mayoría republicana que está dispuesta a defender a Trump tampoco ayuda mucho a la causa de los demócratas. De hecho, Trump puede fortalecer su narrativa desde el argumento de que «los demócratas no pudieron con él».

    Los demócratas, hasta la fecha, son en cierta medida parasitarios de la narrativa de Trump (así parecido a lo que ocurre con la oposición mexicana, aunque con sus matices claro está), es decir, mucho de lo que dicen gira en torno a Trump, a sus dichos, sus posturas y sus tweets. Si bien hay algunos candidatos con ideas propias, los demócratas no han construido una narrativa lo suficientemente potente que compita con la de Trump. Si ponen todas sus energías a mostrar a Trump como corrupto, como malo, como misógino o como lo que sea, no les va a alcanzar, necesitan una narrativa que brille por sí misma.

    El día de hoy, Trump quien lleva la voz cantante, es Trump de quien se habla, y hasta ahora, siempre que se habla de los candidateables demócratas, siempre se habla de ellos en relación con Trump. Es cierto que hasta cierto punto es inevitable ya que él será el contendiente del candidato que sea nominado, pero ante una figura dominante como el hoy Presidente de los Estados Unidos, se necesita algo más que eso.

    Hoy la opinión pública respecto al impeachment está dividida; y peor aún, el «NO» al impeachment tiene más puntos porcentuales que la propia aprobación que tiene Trump, (46% en contra de impeachment vs 43% de personas que apoyan a Trump) un 3% (gente que no apoya a Trump pero que está en contra del impeachment) que por pequeño parezca puede determinar las elecciones si Trump lo sabe capitalizar. En resumen: el 47% que está a favor del impeachment es gente que NO va a votar por Trump, es voto que ya damos por descontado.

    Los demócratas lo tienen mucho más difícil porque entonces tienen que convencer a gente que está en contra del impeachment y que aprueban a Trump de que en realidad es una muy buena idea procesarlo para así afectar su imagen y cambiar su intención de voto, una tarea mucho más complicada que atraer votos de aquellos que no aprueban a Trump pero están en contra del impeachment (sobre todo partiendo de que los demócratas llevan años socializando el tema).

    Técnicamente, el impeachment parece ser más ventajoso para el propio Donald Trump que para los demócratas que, hasta la fecha, no parecen haber entendido del todo por qué perdieron en 2016 (más allá de una candidatura tan mediocre como la de Hillary Clinton).

    Y peor es para los demócratas el hecho de que la mayoría de los estadounidenses no perciban que asuntos como la economía o la inseguridad sean un problema (como sí lo era con Bush por ejemplo). Estados Unidos hoy en día está relativamente estable (a pesar de lo que se pueda decir de las implicaciones a largo plazo de las posturas y decisiones de Trump). A los electores no les importa tanto las cifras o las consecuencias a largo plazo, sino el efecto de la política en su vida cotidiana.

    Entonces vemos que no hay nada que garantice que usar el impeachment a favor de la campaña de los demócratas les va a traer beneficio. Al parecer, en todo caso, moverá las emociones de quienes se oponen a Trump y que, de cualquier forma, nunca votarán por él, lo cual para efectos electorales es marginal. En cambio, si Trump crea una narrativa de victimización puede aspirar a arrebatarle a los demócratas ese pequeño pero significativo porcentaje de gente que no apoya a Trump pero tampoco apoya el impeachment.

    Entonces los demócratas necesitan brillar con luz propia y proponer una narrativa alternativa sólida y convincente. Barack Obama lo supo hacer muy bien. Pudo haberse concentrado en capitalizar la baja popularidad de George W Bush golpeándolo, pero en vez de eso logró crear un discurso de esperanza que le dio el triunfo. Obama se «desató» de la narrativa del gobierno de Bush y propuso otra más sólida.

    Si los demócratas no construyen una narrativa sólida y que atraiga por sí misma a los electores, entonces muy probablemente Trump se va a reelegir.

    Lo bueno para los demócratas es que todavía están a buen tiempo.

  • Si Juárez viviera, sería opositor de López Obrador

    Si Juárez viviera, sería opositor de López Obrador

    Si Juárez viviera, sería opositor de López Obrador

    Digamos las cosas como son: López Obrador no es liberal. La forma en que concibe el ejercicio de gobierno lo delata.

    AMLO es juarista en la retórica, pero antijuarista en los hechos.

    Podría decirse que en algún sentido es posmoderno, no en el sentido de suscribirse a las corrientes progresistas influenciadas por filósofos posmodernistas o postestructuralistas, sino porque no se adscribe a una metanarrativa o gran relato. En cambio, construye una micronarrativa muy propia que espera que sea adoptada por todo el ethos. Así, AMLO crea una donde caben desde conceptos socialistas hasta otros tan conservadores que ni los gobiernos de derecha anteriores se atrevieron a abordar. Pero esa narrativa de liberal tiene poco.

    López Obrador no es entusiasta de la autodeterminación del individuo, no es gratuito que deje de lado el término «ciudadano» que asume su heterogeneidad por el de «pueblo» que la niega, y en cambio incluya a la sociedad en su conjunto dentro de esa entidad superior homogeneizante (exceptuando, claro, a los privilegiados con excepción de aquellos afines al gobierno).

    López Obrador no se asume como un funcionario público o representante de un país, sino que cree estar destinado a moldearlo de acuerdo con su forma personal de lo que la sociedad debería ser. Y cuando se tiene una aspiración tan ambiciosa, poco lugar queda para aspirar a defender la idea íntimamente liberal de la autodeterminación del individuo, quien construye su proyecto de vida y el cual solo tiene como límite las normas legales a las que está sujeto y ciertos principios que buscan promover cohesión social (como algunos conceptos y símbolos afines a un espíritu de patriotismo). Las convenciones sociales o normas morales a las que el individuo está sujeto no son competencia del gobierno, sino más bien de la sociedad o el sector social en el que se encuentra inserto y que buscan regular y armonizar la convivencia social (que tienen que ver con las características y/o idiosincrasia del sector al que pertenece, con su credo religioso, etc.)

    López Obrador busca adjudicarse muchas más atribuciones que las que un gobierno liberal suele tener. Así, puede atreverse como ningún mandatario moderno a utilizar símbolos cristianos para promover la moral dentro del «pueblo»: sugiere a sus gobernados que vayan a misa y que no cometan «pecados sociales». López Obrador cree que debe moralizar al pueblo ¿y cuál moral? En resumidas cuentas, su propia concepción personalísima de lo que la moral debe ser. Es cierto, todos los mandatarios tratan de reflejar sus principios a la hora de gobernar, pero ello no implica que se involucren en la esfera íntima del individuo, ni que influyan sobre sus creencias religiosas o no religiosas. López Obrador sí lo hace, y hacerlo es profundamente antiliberal.

    El deseo de López Obrador de influir en la moral personal del individuo queda patente en las intentonas de su partido de atacar al Estado Laico (tan juarista para nosotros) como ni el PAN se habría animado a hacerlo, como ocurre con la propuesta de una senadora de MORENA quien propone una reforma tan ambiciosa que se atreve a borrar ese renglón que habla de la «separación del Estado y las iglesias» para que éstas (en específico, los evangélicos) puedan involucrarse en tareas como brindar «asistencia espiritual» en centro de salud públicos, ejército, cuerpos policiacos y demás. De la misma forma, esa pretende que las asociaciones religiosas puedan transmitir o difundir mensajes sin previa autorización de la Secretaría de Gobernación.

    Debemos comprender que el Estado Laico no tiene como fin acabar con las religiones, sino convertirlas en un asunto privado y no público. Es decir, yo tengo el derecho a profesar cualquier religión (o no profesar ninguna) libremente sin que el Estado intervenga en ese ejercicio. Es una decisión privada, mía, que es transmitida por mis familiares o mi comunidad, y no por el Estado.

    Esta separación de igual forma promueve la libertad religiosa ya que evita que alguna religión, producto de su relación con el Estado, tenga alguna ventaja sobre de otra o que el Estado persuada o imponga al individuo un credo.

    Tal vez no sea casualidad que los evangélicos estén haciendo su agosto en América Latina con gobiernos iliberales de izquierda o derecha como el de Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, y en nuestro caso, el de Andrés Manuel López Obrador. Las organizaciones religiosas no están exentas de las dinámicas de poder (que incluye su ambición) por el mero hecho de ser religiosas. No lo están porque, sea cual sea su credo y por más respetable o valioso que sea, están compuestas de seres humanos falibles, y López Obrador, al permitir que los evangélicos participen en actividades que competen al Estado, está permitiendo que organizaciones religiosas acumulen más poder lo cual, aunque suena paradójico, atenta contra la libertad religiosa por lo que he comentado anteriormente.

    AMLO se parece a Benito Juárez más bien casi nada. Juárez no buscaba, que yo recuerde, imprimir su visión muy personal sobre el pueblo ni pretendía dictarles moral. Menos permitió que organizaciones religiosas pudieran participar en lo público, todo lo contrario.

  • Genaro, la cruda realidad de Felipe Calderón

    Genaro, la cruda realidad de Felipe Calderón

    Genaro, la cruda realidad de Felipe Calderón

    Hasta el día de hoy (espero), para un sector de la población Felipe Calderón era un Presidente al que se debería añorar y extrañar: «El sí es honesto, responsable y trabajador» escuché decir a más de uno.

    No se puede negar que sus números no fueron tan malos. La economía se mantuvo estable y hasta redujo la desigualdad. Nada del otro mundo tampoco.

    Pero la autoridad moral es sumamente importante para quien quiere fungir como oposición, y Felipe Calderón está a punto de perderla (a menos que García Luna sea declarado inocente, lo cual, temo, es poco probable). Poco probable también es que Calderón no se haya enterado de las «formas» de García Luna ni de sus vínculos con el Cártel de Sinaloa. Vaya, era quien estaba a cargo de toda la estrategia.

    En caso de que Luna haya sido culpable entonces Calderón fue, o cómplice o incluso participó activamente. Poco probable es que haya sido engañado o, como él mismo dice, que desconozca aquello que se le imputa.

    La detención fortalece la «leyenda urbana» que recaía sobre el gobierno de Calderón y la cual decía que su gobierno habría pactado con el Cártel de Sinaloa para combatir a los Zetas, ya que éstos últimos eran más violentos. Si bien, habrá quien vea esto como una decisión pragmática, lo cierto es que el mero hecho de una colaboración entre un gobierno (que le había declarado una guerra frontal al narcotráfico) y un cártel, deslegitima por completo lo que fue el sello del gobierno de Felipe Calderón.

    ¿Y cuál es el problema con esta noticia?

    Los problemas son muchos, además de los evidentes que recaen sobre García Luna, quien también pierde, y mucho, es Felipe Calderón:

    La menos mala (y muy mala aún) es el deterioro del juicio histórico sobre su presidencia, juicio del cual parece estar actualmente preocupado. La guerra contra el narcotráfico generaba opiniones divididas y las generó hasta la fecha, pero era algo que sus simpatizantes y cierta porción del país le aplaudían. Evidentemente la narrativa sobre la guerra va a cambiar, y con ella, el juicio histórico.

    La peor tiene que ver con las aspiraciones políticas del ex Presidente. Con parte de la autoridad moral perdida, no solo su papel de opositor de la 4T perderá mucho peso, sino que su partido México Libre, que está a punto de cumplir con los requisitos (a pesar de las adversidades) perderá mucha legitimidad. Y dicho esto, esta noticia no es una que deba congratular mucho a López Obrador. ¿Por qué?

    Porque toda narrativa, discurso, o figuras como López Obrador que basan su poder en una retórica muy fuerte, necesitan a un enemigo para sostener su narrativa como decía Umberto Eco. Ante una oposición debilitada y que no tiene visos de crecer en el corto plazo, Calderón se convirtió en ese enemigo a quien pegarle, por ello AMLO lo mencionaba a cada rato en sus mañaneras. Calderón se convirtió sin querer en un activo de la 4T. Y si bien es cierto que en el corto plazo a López Obrador la noticia le podrá servir mucho para recordarnos lo corrupta que era la «mafia del poder», lo cierto es que Felipe Calderón como oposición y enemigo se va a debilitar mucho. AMLO necesitaba a un Calderón respondón, que fungiera el papel de enemigo, y el único que hacía algo parecido es Felipe Calderón. ¿A quién se va a agarrar ahora AMLO? ¿A Reforma de nuevo? ¿A una organización civil que no conocen más allá del mundo académico o intelectual?

    El otro problema para López Obrador es que la presencia de México Libre en las elecciones le va a ser útil para fragmentar el Congreso. Evidentemente, dicha fragmentación no influirá tanto en la posibilidad de que MORENA mantenga o no la mayoría en el Congreso (al final 10 curules perdidas a manos del PAN completamente o divididas entre el PAN y México Libre siguen siendo 10 curules), pero sí le va a convenir una oposición más dividida y peleada entre sí (cosa que podría llegar a ocurrir dada la animadversión entre Calderón y los panistas) que una oposición completamente unida que le haga frente a MORENA

    Y por último, la sensación de que Estados Unidos está haciendo la chamba que el gobierno de la 4T debería estar haciendo, y que México termine exhibido como un narcoestado donde el gobierno y el narco están coludidos. Aunque no sea responsabilidad de López Obrador lo ocurrido, no es como que la opinión pública internacional vaya a señalar que «eso ya no aplica porque el régimen es otro».

    La detención de García Luna tendrá implicaciones dentro del tablero político y no de una forma positiva. Un ex presidente opositor deslegitimado, un PAN que sale embarrado (porque aunque estén hoy peleados con Calderón, él fue presidente estando dentro de este partido), una nación puesta en tela de juicio por la comunidad internacional, mayor desconfianza hacia la clase política y un largo etcétera.

    Y fueron los estadounidenses los que hicieron la chamba que a nosotros nos tocaba hacer.

  • ¿Quiénes son los conservadores?

    ¿Quiénes son los conservadores?

    ¿Quiénes son los conservadores?

    Para nosotros los liberales, los conservadores (en el sentido político) son como los conservadores de los alimentos:

    Renegamos de ellos, hablamos de los efectos colaterales que tienen (en la comida son los efectos que tienen en el cuerpo, en la política es la lentitud o aversión a llevar a cabo cambios para integrar a quienes están excluidos), pero en el fondo no podemos negar que, mientras que los liberales hacemos que la comida sepa mejor, los conservadores ayudan a conservarla por más tiempo haciendo que los cambios que proponen los liberales se den de forma más paulatina para que el tejido social no se quiebre. Un liberal sensato aprende a coexistir con ellos y, a pesar de las discrepancias, respeta su derecho a existir. No los oprime, los confronta.

    Los conservadores son más reacios a los cambios, creen que estos se deben de llevar de una forma muy lenta, a veces en demasía, como si casi no los notaran. Los reaccionarios (o ultraconservadores) en cambio, se niegan a cualquier cambio por mínimo que sea e incluso buscan regresar a un estado anterior de cosas.

    El conservador prima el orden sobre el cambio. Un conservador, por ende, verá con mucho desagrado alguna manifestación que se salga de control y su deseo por el orden hará que en más de una ocasión solicite una reacción determinante hacia aquello que le parece desordenado: «que manden a reprimir a esos desquehacerados». Prefieren ver el orden que el caos que genere el hecho de que algún sector que se encuentra en desventaja quiera reivindicarse. Lo que importa es tener un mundo tranquilo y estable donde puedan desarrollar su proyecto de vida sin trabas, aunque en algunos casos esto implique que otros estén completamente impedidos a ello. Por ello es que le dan mucha importancia a las jerarquías y a la autoridad.

    El conservador en este sentido es cuadrado, ordenado y predecible, comparado con el liberal que tiende a ser más bien creativo, irruptivo y desordenado. Un conservador con mayor posibilidad trabajará en un banco que en las industrias creativas.

    Los conservadores no se preocupan tanto por el individuo ajeno, sino por el cercano. A ellos les importan más los lazos familiares o los amigos cercanos que los indígenas que están siendo explotados otra región. No es que ser conservador implique que se justifique esto, simplemente le dan menos importancia ya que eso no altera su vida cotidiana.

    A ellos les importa mucho preservar las tradiciones. Dicen (y me parece que en este sentido tienen un punto) que estamos en hombros de gigantes, reafirmando el hecho de que nuestra civilización está cimentada en un largo proceso y que no puede ser sustituida simplemente por una «ocurrencia ideológica» construida desde cero. Por ello hacen hincapié en preservar las tradiciones.

    Aún así, podemos ver cómo con el tiempo los conservadores han ido adoptando parte de los cambios que anteriormente impulsaron los liberales. Podemos ver, dentro de la nueva ola conservadora, que ya no hay un abierto rechazo al matrimonio entre parejas del mismo sexo, cosa que en las viejas olas (y que se nota en las generaciones más grandes en México) sí lo hay y de forma explícita. Incluso dentro de Vox, el partido populista de derechas de España, no están cerrados a que los homosexuales adopten hijos. De igual forma Edmund Burke se oponía a llevar a cabo elecciones en el Reino Unido porque ello podría alterar el estado de cosas mientras que ahora es algo que dan por sentado.

    El conservadurismo como tal no es una ideología, me parece que es más bien una postura o una actitud frente al estado de cosas. Pero erran cuando dicen desentenderse de cualquier precepto ideológico (es imposible no defender ideología alguna). Al conformarse solo con cambios muy paulatinos se da por entendido que defienden el relato hegemónico que está compuesto por preceptos ideológicos (que ellos asignan a la naturaleza). Incluso en este sentido las religiones solo podrían diferenciarse de las ideologías por su componente trascendental (que hay un ser superior y un mundo más allá que se alcanza por medio de la salvación), pero al final, por más redefiniciones hagan, terminan defendiendo una doctrina ideológica que tiene normas, valores y que buscan explicar al mundo (aunque un conservador no necesariamente tiene por qué ser religioso).

    El conservadurismo siempre va a existir, ya que a lo largo de la historia siempre ha existido cierta diferenciación entre quienes piden algún tipo de cambio y entre aquellos que buscan mantener el estado de cosas actual.

  • El primer año de López, #SaveTheDate

    El primer año de López, #SaveTheDate

    El primer año de López

    Este primero de diciembre López Obrador cumple su primer año en el poder, y las cosas no andan bien. No es la «Venezuela chavista» que presagió la oposición ni vamos «rumbo al comunismo», pero sí tenemos un gobierno errático e improvisado con algunas pulsiones autoritarias de las cuales hay que estar alertas.

    Nos prometieron una Cuarta Transformación, pero más que una ruptura, esto parece más un tímido retorno al pasado bajo el cual se entienden muchos de los vicios políticos del presente. La ruptura es más de discurso, de retórica y de cambio de élites.

    Pero también es cierto que este nuevo régimen tiene sus peculiaridades y que tienen que ver con la particular visión de López Obrador que, en un gobierno casi sin contrapesos, puede imprimir su particular visión del mundo con más facilidad y soltura que cualquier otro presidente.

    Si nos atenemos a la forma en que la politóloga italiana Nadia Urbinati describe al populismo, evidentemente López Obrador es uno: vemos un evidente debilitamiento de los contrapesos, el desdén por la pluralidad (los ataques a la prensa, o la forma en que etiqueta a sus adversarios) y un discurso polarizador donde dice representar a una mayoría (el pueblo) frente a una minoría. Sin embargo, tiene ciertas particularidades si lo contrastamos con aquellos populistas con los que lo han comparado. Por ejemplo, su gobierno busca mantener una macroeconomía estable y un servicio público austero (eso sí, con muchas torpezas en el proceso), algo que parece más cercano a las recomendaciones del Consenso de Washington que a la tradición de gasto y deuda propia del Cono Sur, casi como un «neoliberalismo improvisado».

    A pesar de estas consideraciones, López Obrador adolece de aquello característico de muchas izquierdas (aunque su definición como izquierdista sea puesta en tela de juicio por más de uno) y es esa fricción entre el ser y el deber ser, o dicho de otra forma, entre la realidad y la idealización que AMLO hace de México, el cual piensa que puede ser limpiado de corrupción en 6 años y que basta con ahorrar dinero del servicio público para tener las arcas con el dinero suficiente para impulsar programas sociales y demás. En ese forzar lo real para que se parezca a lo ideal, AMLO ha cometido errores como ignorar cualquier criterio técnico y la rigurosidad a la hora de crear políticas públicas.

    Ante la falta de resultados, o al menos, los que esperaría obtener (comprendiendo que la expectativa que López Obrador tiene de su gobierno es alta), AMLO se refugia en su narrativa, porque es lo que le da fuerza y cohesión a su movimiento. Celebrará por cuarta vez su triunfo en el Zócalo, como para hacer que los suyos no pierdan las esperanzas; publica libros, da informes, pero la excesiva insistencia en los símbolos parecieran sugerir que el mismo López Obrador no está satisfecho con el rumbo de las cosas.

    ¿Aciertos? Sí los hay: el alza al salario mínimo, la libertad sindical, la norma 035 y algunos otros que se me olvidan. Pero posiblemente queden opacados por una gran cantidad de desaciertos: por la creciente inseguridad, por la economía estancada, por el deterioro de la institucionalidad o la incertidumbre que este gobierno genera. A un año la popularidad de López Obrador sigue siendo alta, pero el declive es palpable. Es cierto que dicho declive es natural en los mandatarios que llegan con índices de aprobación muy alta producto de las altas expectativas, pero lo novedoso aquí es que el propio presidente se ha puesto él mismo expectativas muy altas sobre lo que su gobierno debe de ser:

    López Obrador es un personaje que desea pasar a los anales de la historia (el término «Cuarta Transformación» no es gratuito) y su épica heroica incluye ese México ideal, libre de corrupción y justo con el que sueña ¿Qué va a pasar cuando esa fricción con la realidad se vuelva más evidente? ¿Qué pasará cuando vea que ese México ideal con el que soñó y que lo vistió de héroe se aleje cada vez más de sus ojos? ¿Se conformará, arrojándose al México real, con hacer un gobierno aceptable? ¿Se desesperará y comenzará a cometer muchos errores que se conviertan en una bola de nieve? ¿Querrá extender su mandato y se aferrará al poder para ver si con uno más logra crear ese México? No lo sabemos.

    Una de las promesas de este gobierno fue separar el poder económico del poder político, pero parece que está recreando el mero génesis a partir del cual surgió ese problema que tanto gusta López Obrador denunciar: vemos, en una recreación de las relaciones cupulares entre gobierno y empresa, a Carlos Slim colaborando muy de cerca del presidente López Obrador y hablando maravillas de su presidencia. En la práctica no pareciera existir esa separación, sino una distinción entre los empresarios que colaboran y aquellos que se oponen. AMLO no es anticapitalista ni parece que vaya a expropiar empresas, pero su forma de concebir la política es muy propensa a construir un nuevo «capitalismo de cuates».

    Lo mismo ocurre cuando habla de representar al pueblo (ese que había quedado relegado e ignorado) y a sus más nobles causas. Dice darles voz, pero en realidad López Obrador solo lo utiliza para acumular poder porque es el que le da legitimidad. Basta ver las consultas a modo y fuera de toda legalidad donde hace sentir al pueblo que toma decisiones pero que están organizadas de tal forma que gane la opción que tanto interesa al Presidente de la República. Al igual que con el PRI, este gobierno acarrea gente a sus mítines, les da «Boings», tortas y Frutsis como hacía el gobierno de Peña Nieto el sexenio pasado.

    La distinción de «pueblo bueno» está íntimamente relacionada con la postura que alguien tiene hacia su gobierno. Así, Javier Sicilia, quien quiso asumirse como crítico, mereció el desprecio de López Obrador y fue excluído dentro de esa «lista» del pueblo bueno que tiene una gran cantidad de reservas morales. Hace lo mismo con la prensa: solo es válida la que secunda las decisiones de su gobierno mientras que manda al ostracismo a la opositora asegurando que siempre debe haber algún interés detrás de quien critica. No se trata de la construcción de un México nuevo, sino uno que, sin necesidad de renegar de los vicios y defectos políticos, gire en torno a él.

    En resumen, dentro de esta transformación no hay un real tránsito hacia un nuevo México más libre y más justo, sino sólo un cambio de élites. Acierta Urbinati (basándose en el trabajo de Gramsci) cuando dice que si bien el populismo comienza con un fenómeno de descontento de masas y participación política, es al final una estrategia política de transformación de élites y de la creación de una nueva autoridad. Básicamente lo que estamos viendo es el establecimiento de una nueva élite política a la que se suman varios sectores (desde sindicales hasta empresariales) y donde, a pesar del discurso puritano del Presidente, caben políticos corruptos como Manuel Bartlett y Carlos Lomelí.

    En el primer año las cosas no han cambiado mucho, las formas y las narrativas han cambiado más que el fondo. Tenemos un líder populista que echa mano de muchos de los vicios de la política mexicana para ejercer el poder. No terminará por ser un Chávez seguramente ni creo que terminemos haciendo filas para comprar el pan, pero tampoco es como que su gobierno pinte muy bien y sí hay rasgos preocupantes, sobre todo aquellos que tienen que ver con el deterioro institucional y la inseguridad.

    Para finalizar, la oposición también ha hecho su mérito para que los contrapesos no existan. Tenemos una oposición muy acomodaticia, mediocre y tímida que no ha entendido por qué fueron votados del poder. Siguen operando desde la misma lógica bajo la cual su legitimidad se vino desgastando, y en muchas ocasiones no hacen nada más que fortalecer la narrativa de este gobierno. Si López Obrador debería irse decepcionado de su primer año, la oposición debería irse con la misma frustración de ser una fuerza prácticamente irrelevante.

  • Lo Cortés no quita lo demagogo

    Lo Cortés no quita lo demagogo

    Si Hernán Cortés no hubiese conquistado México, López Obrador no habría nacido.

    Sí, Cortés fue conquistador, y como cualquier conquistador de su época fue despiadado con quienes conquistó.

    Sí, nuestras sociedades están construidas sobre eventos históricos que a la fecha nos parecen lamentables. Ni Estados Unidos, ni México ni cualquier país europeo ni asiático puede erigirse como ejemplo humanitario en este sentido, sobre todo si partimos de una época donde el humanismo tal y como hoy lo conocemos no existía.

    ¿Y qué le vamos a hacer? La historia no es muy grata, pero si algo supimos hacer es, en el lapso que separa esos eventos con la actualidad, progresar como especie de tal forma que eso, que era lo normal, ahora nos sea repugnante.

    Se puede argumentar, sin equivocaciones, que fuertes reminiscencias de lo que ocurrió hace cientos de años se palpan en la actualidad, como el hecho de que los indígenas sean el sector que se encuentra en mayor desventaja. Pero también es cierto que la realidad actual es lo suficientemente diferente a aquella anterior como para pensar que para combatir esa brecha de inequidad que sufren sobre todo los indígenas el remedio sea lamentarnos una y otra vez por lo acontecido hace más de cinco siglos.

    Pero lo más cuestionable es el trato que López Obrador le da a los indígenas. Presume de haber estado en causas sociales en pro de ellos y de todos los pobres, que si ayudó a los chontales o hizo aquello. Pero recordemos que hace pocos meses López Obrador dijo que los pobres eran como animalitos a los que hay que alimentar.

    López Obrador dice que su gobierno trabaja en pro de los sectores más desaventajados, pero, al parecer, no los ve como iguales. Algunos de los programas que propone para ayudarlos son de corte asistencialista y no se ve en el horizonte alguna estrategia para empoderar a los indígenas o para que tengan una mayor movilidad social. Se observa más bien la construcción una base clientelar que le ayude a consolidar su poder.

    Diría alguno de esos sociólogos modernos que López Obrador más bien pareciera «reafirmar el dominio hegemónico eurocéntrico instaurado por Hernán Cortés». López Obrador podría disentir diciendo que él es mestizo, pero nada más. Es más, en su gobierno la presencia indígena más relevante es el propio Evo Morales quien está exiliado en nuestro país. Casi todo su equipo está compuesto por gente blanca o mestiza. Quienes tienen mayor legitimidad para representar a los pueblos indígenas como el Subcomandante Marcos (ahora Galeano) ya desde hace muchos años han tomado una drástica distancia de López Obrador.

    ¿Entonces por qué López Obrador debería gastar su tiempo en decirnos que Cortés representó el primer fraude nacional al imponerse a un pueblo al cual no pertenece ni por raza, ni por credo, y cuando el mismo presidente utiliza a los indígenas y a quienes están menos aventajados para consolidar su poder a través de programas asistencialistas y consultas que están deliberadamente sesgadas? ¿Por qué dice representarlos cuando los ignora, por poner un ejemplo, ante las grandes obras que plantea construir en el sur de nuestro país?

    ¿Por qué la necesidad de abrir heridas que deberían estar cerradas? ¿Por qué la necesidad de reclamarle a los españoles, tan diferentes en muchos sentidos a aquella que creó a Hernán Cortés (reclamo que recibió una feroz respuesta de Vox, el partido populista de derecha española)? ¿Por qué si dice estar con los indígenas no trabaja para que tengan mayor movilidad social, o respetar sus usos y costumbres según sea el caso más allá de la palabrería y de los atuendos o ceremonias?

    Lo que menos debería importarle es abrir estas heridas para alimentar su narrativa y su discurso retórico con un tono victimista, y debería preocuparse en crear políticas públicas que de verdad ayuden a los indígenas. Hasta ahora, AMLO parece fortalecer esa hegemonía que él dice combatir.