Categoría: política

  • Pejesplaining: la pérdida de popularidad y la venganza de AMLO contra las feministas

    Pejesplaining: la pérdida de popularidad y la venganza de AMLO contra las feministas

    Pejesplaining: la pérdida de popularidad y la venganza de AMLO contra las feministas
    Imagen: Malv News

    AMLO está incómodo. Por primera vez desde que llegó a la presidencia tiene la sensación de haber perdido el control. Lo vemos más enojado en los mítines donde regaña a los simpatizantes que lo cuestionan, pero lo vemos, sobre todo, con una actitud hasta beligerante hacia los grupos feministas que organizaron el paro del 9M.

    Las feministas cometieron el «pecadillo» de robarle lo más preciado que López Obrador tiene: su discurso y su agenda.

    Pero no se lo robaron por querer «fregarse al Presidente». Se lo robaron básicamente por culpa del propio López Obrador quien desestimó los feminicidios y enardeció a los colectivos feministas quienes, en teoría, tendrían que esperar de la izquierda cierto apoyo, pero no en ésta (y eso lo sabíamos desde hace tiempo).

    El producto de la displicencia y el desprecio de López Obrador se vio reflejado en las encuestas publicadas el lunes, donde todos los estudios demoscópicos reflejaron una caída que ya venía arrastrando desde hace tiempo. Lo interesante es que dicha caída es más notoria en aquel sector que hace unos días comenté que podía perder, en las personas con educación universitaria:

    Ese sector, que le daba hasta hace un año una contundente aprobación del 79%, prácticamente le volteó la cara y tan solo el 43% lo apoya. Ahí perdió más del 35% de simpatizantes. Y para redondear las malas noticias, en los sectores con menos educación, mayormente beneficiarios de sus programas sociales, también ha perdido simpatizantes.

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    Pero enfoquémonos en el tema de las mujeres, porque podría convertirse en el «Ayotzinapa» de AMLO, en ese punto de inflexión que puede marcar un punto de no retorno (como sucedió con Peña Nieto).

    Venía hablando del gran error que cometió López Obrador al despreciar el tema de los feminicidios y enemistarse con los grupos feministas. Las encuestas le mostraron a López Obrador la factura de su error. Era obvio que ocurriría porque trató de desprestigiar el paro organizado por las mujeres y cuya convocatoria fue mucho más allá de los sectores feministas y/o progresistas del país.

    Pero no solo estos sectores le voltearon la cara, porque esta iniciativa trascendió el activismo progresista. Muchas mujeres se sumaron y se solidarizaron al ver cómo en solo una semana, una joven (Ingrid) era desollada y una niña de 7 años (Fátima) cruelmente asesinada. Mujeres y hombres que se sintieron afectados por estas noticias, simplemente le voltearon la cara.

    Si el problema era que la derecha estaba sacando provecho de la iniciativa (lo cual no es falso), entonces AMLO pudo hacerla criticado como tal, pero no a la iniciativa misma. En la práctica, la influencia que los partidos de derecha pueden ejercer en el 9M es muy marginal y tal vez hasta insignificante, y en teoría tampoco es como que su «simpatía» fuera muy bien recibida ni por los colectivos feministas ni por la comentocracia.

    López Obrador no quiso hacer esa distinción, no porque no pudiera, sino porque, al parecer, estaba molesto por el hecho de que le habían logrado arrebatar su agenda, y si ya las feministas estaban enojadas con él, entonces el ambiente se enturbió aún más.

    Ya era notoria la tesitura, algunos influencers adheridos a López Obrador como El Chapucero hicieron parte del trabajo sucio al decir que el #9M estaba organizado por George Soros para usar a las feministas e imponer «el neoliberalismo». Sorprendentemente era la misma teoría de conspiración de los sectores ultraconservadores acoplada al discurso del gobierno actual:

    ¿Y cual es la reacción de AMLO al ver su popularidad en declive? ¿Tratar de dialogar con las feministas? ¿Tratar de buscar puentes? ¿Comprometerse a combatir la violencia hacia la mujer para recuperar las simpatías de algunos de los decepcionados? Todo lo contrario. Un solo día después, López Obrador anunció que iniciaría la venta de los boletos de la rifa del avión el mismo día del paro nacional.

    Revanchismo puro, porque esa decisión no se puede explicar de otra forma:

    Si tú me arrebatas la agenda yo te voy a arrebatar la tuya, y lo haré con aquello mismo que opacaste: la rifa del avión presidencial.

    Estos movimientos ya no sólo son incómodos, ya se volvieron adversarios de López Obrador y él es el único responsable de que aquello sucediera. Los colectivos feministas tan solo hicieron lo que se esperaba que harían ante un gobierno que desestima los feminicidios. López Obrador no solo se echó encima a estos colectivos, sino a un considerable sector de la población indignada por los feminicidios.

    Además del evidente mensaje: que a López Obrador no le importan esas causas, que su forma de pensar es arcaica y hasta «patriarcal» al punto en que, al parecer, no le gustó que su esposa se sumara al paro (Beatriz luego «cambió de opinión») está otro aún más preocupante: uno donde la preocupación por la gente, incluso por esa abstracción tramposa llamada «pueblo», está supeditada a las ansias de poder.

    Los miembros de su gobierno también se han dado a la tarea de descalificar a estos movimientos, o bien, a tratar de encauzarlos a su favor. John Ackerman básicamente les dijo a las mujeres cómo es que tienen que llevar a cabo sus causas (es decir, en consonancia con los intereses de la 4T) e incluso buscó apropiarse de una de sus consignas para convertirla en propaganda gubernamental: «La Cuarta Transformación será feminista o no será».

    https://www.youtube.com/watch?v=BT3RNyxZZHE&feature=emb_logo

    López Obrador está tan confiado de su papel en la historia mexicana (o el que se imagina que debe ser) que cualquier cosa que parezca navegar contracorriente se convierte no solo en un problema, sino en un adversario. Está claro que ese paraíso cuasiutópico que AMLO imaginó lograr está muy lejos de llegar y que la forma en que concibió su gobierno como agente de cambio para llegar a éste ha cometido más errores que aciertos.

    El problema es que si López Obrador está cometiendo estos errores, ya de por sí graves, al ver que las cosas no le funcionan como quiere, ¿qué va a pasar cuando vea cada vez más imposible su ulterior objetivo? ¿Podrá tomar decisiones irracionales que puedan poner en jaque la estabilidad del país? Hay que poner mucha atención y estar vigilantes.

  • ¿Por qué #LopezEstaCayendo en una pendiente resbaladiza?

    ¿Por qué #LopezEstaCayendo en una pendiente resbaladiza?

    ¿Por qué #LopezEstaCayendo en una pendiente resbaladiza?

    López Obrador está a punto de meterse en una pendiente resbaladiza que condene su presidencia (si no es que ya se metió).

    En algún momento, su relato, ese que lo llevó a la presidencia, iba a chocar con la realidad. Eso parece estar sucediendo a ojos de muchas personas que progresivamente se han comenzado a decepcionar. AMLO les creó expectativas muy altas, mientras que hasta la fecha a muchos les ha entregado resultados magros.

    Su popularidad va en franco declive (aunque todavía es positiva). Y el creciente descontento producto de su mala gestión (donde el discurso no empata con la realidad) se nota ya en las calles y hasta en sus mítines.

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    Viajar en aviones comerciales tenía el claro propósito de mostrarse como un presidente diferente, cercano a la gente: «yo no soy como aquellos presidentes privilegiados que viajan en aviones lujosos lejanos al pueblo con un gran dispositivo de seguridad para protegerse del pueblo mismo. Yo viajo como viaja la gente de a pie, el pueblo me protege».

    Pero en tanto se vuelve menos popular, viajar en avión y convivir con la gente se va a volver menos costeable: habrá cada vez más gente que lo confronte y le diga de cosas; incluso hacerlo será cada vez más peligroso, por lo cual no le quedará de otra que usar aviones privados y usar transporte blindado ¡como los del PRIAN! (Basta ver el mar de críticas que ha recibido por viajar en una Suburban blindada en aquellas regiones donde evidentemente sí necesita un dispositivo de seguridad).

    Y eso, a su vez, va a poner en serio predicamento su discurso de «presidente cercano al pueblo», lo cual lo volverá aún más impopular: «si se oculta, si se aleja de nosotros, si decide ahora viajar en aviones privados, es porque en realidad no era tan diferente de los otros».

    Y así entonces saldrá aún menos a exponerse al público y buscará crear escenarios controlados para no correr riesgos (como sucedía con Peña Nieto) con lo cual reafirmará el mensaje de que se ha vuelto muy impopular.

    Y al volverse más impopular, tendrá que cerrarse y recluirse aún más, y entonces se volverá más y más impopular.

    Por ello AMLO necesita urgentemente algo que detenga esta pérdida de popularidad. Algunos sugieren que romperá un posible pacto de impunidad que tendría con Peña Nieto y lo meterá a la cárcel. Otros creen que podría tomar medidas económicas irresponsables y lanzar más programas sociales para mantener contenta a la gente (aunque para ello necesitaría una reforma fiscal que le recibiría muchas críticas desde varios sectores).

    Pero el futuro cercano no parece promisorio, el coronavirus podría tumbarlo más por los serios problemas que tiene el INSABI, ya que se requerirá una gran capacidad de los servicios de salud pública que ahora parece no haber, producto de la improvisación y de la evidente curva de aprendizaje que el INSABI necesita.

  • ¿Por qué Bernie Sanders es la mejor carta de los demócratas?

    ¿Por qué Bernie Sanders es la mejor carta de los demócratas?

    ¿Por qué Bernie Sanders es la mejor carta de los demócratas?

    Las elecciones de Estados Unidos están a la vuelta de la esquina. Una cosa es clarísima y es que Donald Trump va a ser el candidato republicano.

    Lo que no está claro es quién va a ser el candidato de los demócratas. A mi parecer, su mejor carta es Bernie Sanders. No es con el que tengo mayor afinidad política de su terna de los candidatos y cuestiono incluso si es la mejor opción de los demócratas para gobernar Estados Unidos, pero como candidato es la mejor opción.

    Una cosa es ser un buen candidato y otra un buen presidente, aquí me enfocaré en lo primero.

    Comienzo diciendo que si estuviésemos en tiempos normales, sería casi insensato pensar en Bernie Sanders, pero no estamos en tiempos normales.

    En tiempos normales, en los sistemas bipartidistas como el de Estados Unidos las elecciones tienden a gravitar al centro, hacia los indecisos que no saben por quién votar y que se encuentran en los famosos swing states.

    Pero como no son tiempos normales, este paradigma se vuelve casi inválido: la misma elección de 2016 nos lo ilustró a la perfección (Hillary era la centrista y Trump el «radical con el discurso peligroso«). Las preferencias no se están concentrando en el centro como en el pasado, más bien se están polarizando:

    Resultado de imagen para usa polarization

    Algunos creen que para vencer a Trump se necesita un moderado del centro político que transmita cordura y sensatez como para contrarrestar sus arrebatos. La verdad dudo que alguien así sea la mejor opción como candidato porque ¡no estamos en tiempos normales! Además, eso fue precisamente lo que ocurrió en el 2016 con Hillary Clinton, quien perdió una elección que creían ganada.

    Por el contrario, si en estos momentos algo le puede hacer batalla a un outsider como Trump es otro outsider como Bernie Sanders. Hay que entender el panorama político, hay que entender por qué hay menos votos en el centro que antes.

    ¿Cuáles son las razones por las que Sanders es la mejor carta para los demócratas?

    1) Sanders tiene la peculiaridad de que le puede robar parte del discurso a Trump; en ciertos puntos, su narrativa se empalma con la del ahora Presidente de Los Estados Unidos; en especial aquel que tiene que ver con aquellos clase trabajadora que fue flagrantemente ignorada por los demócratas en 2016. Trump «ha hecho algo al respecto», pero a mi parecer no con la enjundia con la que lo prometió.

    2) De este punto se sigue que hay un sector, sobre todo perteneciente a aquella clase que mencioné (concentrada en cierta medida en algunos swing states), que en caso de no tener a Sanders en la boleta votaría por Trump. Es decir, Sanders tiene la posibilidad de disputarle votos a Trump que no están precisamente en el centro político sino dentro de la clase trabajadora del rust belt y que ningún otro candidato puede quitarle (aunque tal vez Elizabeth Warren podría aspirar a ello).

    3) Convencer a los indecisos no necesariamente tiene que ser la primera prioridad en un contexto así, sino más bien hacer que la gente salga a votar. ¿Qué sector es el que suele ser más apático, aquel cuya ausencia le dio el sí al Brexit y consolidó la llegada de Trump? Los millennials. ¿Y cuál es el candidato favorito de los millennials? Bernie Sanders.

    4) Algo que es muy importante. Sanders no forma parte del establishment, es una suerte de outsider dentro de los demócratas. Además, a Sanders se le ve como un político transparente y bonachón, incluso su edad refuerza esos atributos percibidos. Un «crooked Biden» o un «crooked Warren» puede funcionarle a Trump, pero un «crooked Sanders» no va a funcionar muy bien. Hacerle bullying a Sanders posiblemente no sea la mejor idea.

    5) Y todo ello va a obligar a Trump a cambiar su narrativa, sobre todo para convencer a aquellos que dejarían de votar por él para hacerlo por Sanders.

    Bernie Sanders tiene la desventaja de ser «socialista» en Estados Unidos y ciertamente por ahí Trump lo puede atacar. Pero también el término «socialismo» es un significante cuyo significado puede modificarse a través de distintos contextos, tiempos y generaciones. El socialismo ha sido una palabra fuertemente prohibida en Estados Unidos, pero al día de hoy, la mayoría de los demócratas prefieren el socialismo al capitalismo. ¿Por qué?

    Porque es evidente que entre las nuevas generaciones hay un desencanto con el sistema económico y que tuvo raíz en el 2008, desencanto se consolidó con el #OccupyWallStreet. Fríamente, Estados Unidos no tiene malos números, la tasa de desempleo es baja, hay crecimiento. Sin embargo hay descontento porque muchos jóvenes sienten que no hay un futuro promisorio, porque esas cifras frías no las palpan en la cotidianeidad, porque el relato de «América como tierra de oportunidades donde el que se esfuerza puede salir adelante» se les vuelve cuestionable.

    También tiene que ver que ese «socialismo democrático» no significa convertirse en Cuba o Venezuela (aunque luego algunas declaraciones de Bernie no abonan mucho), sino que pretende adoptar el modelo de los países nórdicos quienes tienen un sistema de seguridad social muy generoso (no resta decir que es evidente que los números para lograr ello no terminan de cuadrar). Incluso, si extendemos el espectro ideológico desde el comunismo puro y duro al capitalismo laissez faire, el llamado socialismo económico terminará gravitando un poco más hacia el lado del capitalismo.

    El simple hecho de que Sanders haya ganado un estado como Nevada (por amplio margen) nos sugiere que el impacto negativo de asociar a Sanders con el término socialismo va a ser menor que lo que habría sido hace diez o veinte años.

    La propuesta de Bernie Sanders socialista en lenguaje estadounidense, pero no lo sería tanto en el lenguaje europeo.

    Evidentemente el término va a asustar a más de uno, sobre todo a la gente grande. Trump aprovechará (como ya lo está haciendo) para advertir de los riesgos del socialismo recordando todas esas dictaduras que destruyeron sus economías. Pero entonces habrá una lucha para redefinir el concepto (además de que Sanders al parecer ya no usará el término «socialismo») donde lo ideal para Sanders es que éste haga salir a votar a los Millenials y para Trump que los indecisos y la clase blanca trabajadora se espanten.

    Los votantes de la derecha van a rechazar ese término aunque Sanders no lo vuelva a mencionar, no hay forma de que ello pase y es un sector que no podrá conquistar. De lo que se trata es de apelar a ese conglomerado creciente de votantes con posturas más progresistas y sacarlos a votar.

    Es evidente que la elección va a ser muy polarizante porque lo que va a importar en estas elecciones no va a ser necesariamente el centro político ni buscar a los indecisos, sino hacer que la gente vote, y para ello tendrán que crear discursos que inspiren, que motiven a la gente y hacer una campaña de contraste para disuadir a la contraparte de votar por su candidato. En español: va a haber guerra sucia, pero a diferencia de 2016, seguramente Trump se enfocará en transmitir miedo en tanto que busca presentarse como quien representa los más profundos valores norteamericanos.

    Los números de Trump en materia económica no son malos (con todo y que podamos preguntarnos qué tanto mérito tiene su administración en ello) y en cuestiones internacionales ha superado las expectativas (muchos esperábamos un desastre al respecto). Sin embargo, a la fecha, el Presidente de EEUU tiene una aprobación negativa (ciertamente ha disminuído en los últimos meses) de acuerdo al agregador de encuestas de Nate Silver. Ésta que podría traducirse en cierta ventaja anticipada para los demócratas si hacen una buena lectura, aunque no es garantía ninguna porque basta con que quien desapruebe a Trump se le convenza de que la alternativa que se le presenta es aún peor.

    Nate Silver – http://fivethirtyeight.com/

    Es cierto que Sanders tiene algunos inconvenientes como candidato: ya está grande, por momento se le ve algo cansado (lo cual no ayuda mucho) y su discurso socialista con un pasado más socialista sí puede llegar a ahuyentar votos. Aún así, su faceta anti establishment, el creciente número de personas (y, sobre todo, jóvenes) que quieren un futuro más estable y un sistema de seguridad social más robusto, y el hecho de que puede robarle votos a Trump ahí en algunos de esos «estados bisagra» lo hace un candidato atractivo.

    Candidatos como Joe Biden, o Michael Bloomberg (A quien Warren humilló sin piedad en el debate pasado), a mi parecer, tienen menos posibilidades. Básicamente jugarán algo parecido al papel que jugó Hillary Clinton en las elecciones pasadas y van a hacer avasallados por la narrativa de Trump. Estos son vistos como «miembros del sistema político-económico» y no son personas muy carismáticas. Posiblemente Pete Buttigieg y Elizabeth Warren podrían ser más competitivos que los primeros, pero me parece que Sanders es quien, ante una persona como Trump y en un contexto como el actual, podría tener más ventajas.

    ¿Ganará? No lo sé, y no me atrevo a hacer un pronóstico preciso en estos momentos. Pero sí auguro una elección un tanto reñida y, por tanto, polarizada.

  • AMLO: crónica de un desastre «patriarcal escatológico»

    AMLO: crónica de un desastre «patriarcal escatológico»

    AMLO: crónica de un desastre "patriarcal escatológico"

    Febrero ha sido el peor mes de López Obrador en lo que va de su presidencia. De hecho, podría marcar un parteaguas en su presidencia.

    Y lo ha sido básicamente porque cometió una cadena de errores que podrían orillarlo a un punto de no retorno. El tema de Ovidio Guzmán o Santa Lucía no son nada a comparación de lo que este mes ha ocurrido.

    ¿Por qué?

    Porque, a diferencia de aquellos otros momentos, a López Obrador le arrebataron la agenda, algo que no le había pasado nunca desde el mismo proceso electoral donde él tuvo el dominio completo de lo que se decía.

    El evento que inauguró esta cadena de errores fue aquel momento que pronunció esa frase «fuchi caca». A alguien se le ocurrió ponerle «El cacas» y así le arrebataron algo de su agenda. Lograron convertir una de esas frases campechanas de AMLO que le funcionaban para comunicarse con su gente en un humillante apodo. No es un apodo muy grato y seguramente lo va a acompañar el resto de su sexenio.

    Si algo es bueno para destruir gobiernos, instituciones y conceptos es la risa y la ridiculización (pregúntenle al buen Peña Nieto). «El cacas» es un apodo lo suficientemente cómico, desagradable y humillante como para creer que no va a surtir ningún efecto en ese ser mitológico que el propio López Obrador hizo de sí mismo.

    Y eso fue solo es el inicio, luego vino lo peor: vinieron las protestas.

    Protestas contra López Obrador hemos tenido varias, pero esas protestas habían sido parasitarias de la misma agenda de AMLO y discursivamente él tenía control sobre ellas. Éstas eran llevadas a cabo en gran medida por gente de clase alta y media alta que desde un principio ya era opositora a esa cosa llamada Cuarta Transformación y a las cuales AMLO fácilmente etiquetaba como fifís. Esas protestas repetían las mismas frases de AMLO, acudían a lugares comunes como el «nos vamos a volver Venezuela» y demás. Esas protestas le hacían que a AMLO lo que el viento a Juárez: porque mientras sus seguidores estuvieran contentos ello no tendría que ser gran problema para él.

    Pero a López Obrador se le ocurrió despreciar el tema de los feminicidios y ahí se metió en un gran problema ¿por qué?

    Porque si alguien sabe de agendas y de comunicación es el progresismo. Si alguien podía competirle al discurso de López Obrador ese era un sector que también fuera capaz de construir discursos y metarrelatos (cosa que la derecha mexicana, por lo visto, tiene problemas para hacer).

    Básicamente, López Obrador se metió dentro de una batalla por la hegemonía del discurso que se está llevando a cabo en nuestro país (y en parte del globo terráqueo) y es aquella que tiene que ver con la hegemonía del progresismo sostenida por diversas élites liberales, medios de comunicación y activistas en contra de una cultura considerada machista o patriarcal.

    El relato progresista entonces ubicó a López Obrador dentro de «la facción machista y patriarcal». No está de nuestro lado, está del lado de ellos.

    Y como López Obrador es de izquierda, se asumió que se debía alinearse con el progresismo, aunque, como ya había dicho, la izquierda lopezobradorista y, en general, la tradición de la izquierda populista latinoamericana es más bien conservadora y poco tiene que ver con dichas corrientes. Si algunos advierten cierto «ímpetu progresista» en algunos sectores de MORENA, ello tiene más que ver con el hecho de que se trata de un partido atrapalotodo donde forman parte tanto chavistas, progresistas, conservadores como ultraderechistas. Ello es patente en el hecho de que en algún Estado con mayoría de MORENA se logran aprobar agendas como el matrimonio igualitario y en otros son los mismos morenistas los que tumban dichas iniciativas.

    Todo esto lo había advertido en este espacio antes del mismo inicio de las elecciones.

    Y como muchos progresistas creyeron ingenuamente que la 4T era la plataforma idónea para impulsar su agenda, en algún momento se iban a dar cuenta de que no era así, incluso el gobierno de Peña Nieto se vió un tanto más abierto a esos temas.

    Entonces le robaron su agenda a López Obrador.

    ¿O quién está hablando de la rifa el día de hoy? Nadie. Todos están hablando de los feminicidios, de Ingrid, de Fátima, del paro de mujeres, de la equidad de género. La agenda la tienen los colectivos feministas y tendrá que pasar el momentum (que el tema de los feminicidios se disipe) para que López Obrador vuelva a tener control. AMLO tendrá que «no regarla» al menos de aquí al 9 de marzo, el día del paro nacional, y que en ese lapso no aparezca a la luz algún otro caso de feminicidio.

    El paro no es en sí una marcha contra AMLO como tal, aunque sí busca de alguna forma exigir al gobierno que tome cartas en el asunto y sí se vio en parte motivada por la displicencia del gobierno. Esa displicencia le dio poder mediático y fuerza a la causa. Ésta ha crecido tanto que muchas personas mucho más allá de los tradicionales sectores «progres» se han sumado.

    Es cierto que los partidos de oposición han tratado de sacar raja política del paro, pero es falso que sea una iniciativa orquestada por la derecha. Lo cierto es que, producto de su displicencia, este fenómeno se le salió de control.

    Pero es posible que ni siquiera se dé cuenta de ello. Su gobierno todos los días le mete más carne al asador al intentar desacreditar la protesta, al decir que la derecha está detrás, al utilizar bots para desprestigiar dicha iniciativa, y lo único que hace es enfurecer a la gente y darle fuerza a esas voces que quiere acallar.

    Mientras tanto, López Obrador se ha convertido en parasitario de las élites progresistas. Los colectivos feministas y los sectores liberal-progresistas construyen su agenda y AMLO reacciona a ella: «no me rayen las paredes», «la derecha está detrás de esos movimientos». Y ese es el peor lugar en el que AMLO puede estar.

    La postura de López Obrador implica un rompimiento con el progresismo, con los jóvenes universitarios, con las mujeres feministas, y con varios sectores que en parte (aunque no todos) le dieron el beneficio de la duda. Incluso algunos de esos influencers que defendían a capa y espada al gobierno de pronto se desencantaron, así, de la noche a la mañana:

    Es cierto que este sector no es muy grande en número, pero sí que tiene a su disposición varios medios de comunicación, sabe construir discursos, sabe convocar. No son muchos, pero son muy ruidosos, son muy participativos políticamente y son muy estorbosos para quien se le oponga.

    El relato de que están matando mujeres y que AMLO ha sido displicente con ello está ahí en el aire, se respira. Y basta con que una mujer se sienta vulnerable por alguna razón como para que vea a AMLO con recelo.

    Y peor aún, ello seguramente va a crear un problema dentro de su partido, porque ese sector progresista que se había refugiado ahí con la convicción de que AMLO le daría la bienvenida a su agenda se va a desencantar.

    López Obrador, quien poco a poco va perdiendo simpatizantes (según lo reflejan las encuestas), algo va a tener que hacer para lograr que todo este momentum se disipe lo más rápido. Hasta ahora todo lo que ha hecho le ha resultado contraproducente.

    Y el problema es que corre el riesgo de que esto se convierta en un punto de no retorno.

  • Todos estamos ideologizados

    Todos estamos ideologizados

    Todos estamos ideologizados
    Ilustración: The Financial Times

    Amigo, te voy a hacer una pregunta: ¿guardas simpatía con una o algunas de estas corrientes de pensamiento?

    Capitalismo, liberalismo, conservadurismo, catolicismo, socialismo, feminismo, protestantismo, comunismo, cientificismo, anarquismo, machismo, islamismo, humanismo, masculinismo o cualquiera de todos los ismos habidos y por haber.

    Entonces temo decirte que estás ideologizado, o de la misma forma, adoctrinado. Y no hay escapatoria.

    Incluso si eres una persona que no conoce nada de política ni de la vida, seguramente sigues alguna de ellas cuando menos aunque no la sepas nombrar.

    Y es natural, porque nosotros nos valemos de relatos para explicarnos el mundo. Incluso los más tecnócratas y aquellos a los que les encanta el positivismo.

    Y en este mundo posmoderno donde el individuo aspira a construir su propio relato, es posible que sigas más de una doctrina (conservador en lo social y liberal en lo económico; o liberal en lo económico y feminista y un largo etcétera) pero de igual forma estás ideologizado.

    El conservadurismo ha renegado de esa definición argumentando que ellos no siguen ideologías (Russell Kirk) sino que aspiran a que los cambios sociales sean lo suficientemente lentos como para que no trastoquen el tejido social. Pero esa aspiración en sí ya es una idea, una idea sobre cómo el mundo debería funcionar.

    Peor aún, el conservador actual sigue ciertas ideologías que, al estar ya establecidas en el ethos social, considera casi como naturales. Algunos de ellos siguen el liberalismo económico, algunos otros profesan el catolicismo.

    Algo similar pasa con las religiones. La diferencia más notable entre una religión y una ideología secular es el componente trascendental de la primera que una ideología no tiene. No es gratuito que algunos aseguren que una ideología es una religión secular. Tanto las ideologías como las religiones tienen dogmas (aunque la religión los reconoce de forma más abierta) y de igual forma, de las dos se desprenden una serie de valores éticos y morales. La religión no deja de ser una suerte de ideología.

    Y lo diré claro: en tanto una persona tenga la capacidad de comunicarse, interactuar con las demás personas y formar parte de una sociedad, estará ideologizada. Es imposible no estarlo porque la ideología (o el conjunto de ideologías) le sirve como una suerte de brújula para entender el mundo y porque sin ideología no puede existir cohesión social alguna.

    Que una serie de ideas te parezcan normales o naturales no dejan de formar parte de una ideología por su mera condición de ideas. Puede sonar chocante pero lo explicaré de una forma sencilla: en el medievo, la idea el progreso básicamente no existía: el mundo se concebía como algo estático. Esta idea que nos parece natural, de ver al mundo como algo que progresa y evoluciona la heredamos de la modernidad o, mejor dicho, del liberalismo y no ha estado siempre con nosotros.

    El liberalismo también nos trajo esa herramienta útil que llamamos «método científico» que aspira llegar a los hechos reales (no falsables, como diría Karl Popper) y lo más limpios posible de cualquier sesgo ideológico. Realmente es útil y gracias a éste se explica gran parte del desarrollo que hemos alcanzado, pero ni el método científico está libre de ideología porque parte de su legitimidad está articulada por argumentos ideológicos (adheridos al liberalismo y su concepción de lo que el mundo debe ser) y porque es inevitable que lo ideológico (no necesariamente liberal) opere en el proceso de las siguientes formas:

    1) El individuo hace ciencia o busca conocer la verdad motivado por razones que a su vez están influidas por razones ideológicas. El individuo que hace ciencia no es neutro, siempre tiene una motivación, y ello puede hacer que publique su paper en caso de que su hipótesis haya resultado verdadera, pero es posible que no lo haga cuando ella sea falsa (este fenómeno tiene un nombre que no recuerdo, se los debo) dando más visibilidad a la forma de pensamiento afín de los científicos que la llevan a cabo.

    2) Los hechos en sí son objetivos en tanto que residen fuera de la mente del individuo, pero la interpretación de éstos puede estar influenciada por razones ideológicas al punto de correr el riesgo de hacer interpretaciones erróneas de un fenómeno que es en sí verdadero. Ya que todos los seres humanos estamos condenados a conocer la realidad de forma subjetiva o intersubjetiva (consenso de varios individuos subjetivos) y porque nuestras convicciones ideológicas afectan ese «conocer la realidad», nadie, absolutamente nadie, es ajeno a esa posibilidad y sólo puede evitarse en tanto los instrumentos utilizados sean lo más precisos posible. A mayor precisión, el sesgo ideológico queda más restringido. De igual forma, el consenso entre distintos científicos, producto de experimentos practicados por diferentes personas y en distintas circunstancias también ayudan a reducir el sesgo ideológico a su mínima expresión (y aún así no hay nada que nos garantice que éste estará completamente ausente).

    Reconocer que operamos bajo relatos ideológicos no quiere decir que debamos caer en el relativismo absoluto y pensemos que todas las ideologías valen igual; por el contrario, es completamente sano y deseable defender las convicciones ideológicas propias. También es cierto que unas ideologías han probado ser más eficientes que otras (el liberalismo probó ser más eficiente que el comunismo, por poner un ejemplo); unas perviven y otras son vencidas fácilmente, unas se adaptan bien a ciertas circunstancias y otras no.

    Del mismo modo, hay algunas ideologías más flexibles que otras, unas que restringen más la libertad del individuo que otras. Pero todas son, al final del día, ideologías.

    Y por eso estamos ideologizados e incluso adoctrinados. Incluso quienes somos liberales y nos regodeamos en la flexibilidad de nuestra doctrina, fuimos educados de tal forma y recibimos información tal que somos liberales. Evidentemente el adoctrinamiento no tiene por qué ser coercitivo, uno puede «adoctrinarse» producto de la voluntad propia, de la deliberación en nuestro fuero interno y de la adquisición de conocimiento, aunque nuestros valores previos, la cultura en la que estamos insertos, nuestra experiencia de vida y nuestro temperamento en cierta medida nos llegan a predisponer, lo cual se comprueba al darnos cuenta que en un país occidental existen muchas más personas liberales que en uno de Oriente Medio.

    Los autores posmodernos decretaron el fin de los metarrelatos (Lyotard, en específico) para ser reemplazados por un relato propio o microrrelato. En algo tienen razón al hablar de la sociedad posmoderna, pero dicho relato propio es, al final, una combinación de distintas doctrinas e ideologías: un ejemplo es una mujer que va a la Iglesia, en la tarde va al Yoga y estudia economía monetaria. El individuo apela a distintas doctrinas para distintos ámbitos de la vida, pero la ideologización pervive.

    El eclecticismo más profundo no libera a una persona del hecho de que está ideologizada.

    Es imposible desentenderse de ello. Sin ideologías no puede haber civilización y no puede existir orden alguno, sin ellas el individuo entraría en una profunda crisis existencial. Debe, a pesar de todo, existir algo parecido a un consenso.

    Ese consenso es lo hegemónico. La hegemonía actual en Occidente es la democracia liberal en lo político, capitalista en lo económico y progresismo en lo cultural, lo cual es sostenido y promovido (comprendiendo a Gramsci) por ciertos conglomerados como la educación, el intelectualismo y los medios de comunicación. No todos están de acuerdo y pueden disentir o profesar «ideologías distintas», pero al final terminan viviendo, de una u otra forma, el discurso hegemónico del cual la sociedad es parte: un socialista que se pone a vender camisas para pagar la renta puede ser un claro ejemplo, o también un aspirante a dictador sabe que la mejor forma de llegar al poder es mediante elecciones.

    Entonces, decir que alguien está ideologizado o adoctrinado (en sentido peyorativo) es impreciso porque de cierta forma todos lo estamos. Se dice en el argot popular que una persona lo está cuando se adhiere a otra ideología que no comulga con la nuestra, o cuando su postura ideológica es demasiado inflexible y sigue dicho credo a rajatabla y de forma profundamente dogmática. Pero que nosotros guardemos una mayor flexibilidad o sigamos la ideología dominante no implica no sigamos ideología o doctrina alguna, es absurdo.

    Los conservadores pueden argumentar si es mejor que los cambios sociales (y por tanto ideológicos) deben ser lentos y es válido, pero ello no implica que no sigan una ideología. La siguen.

    También es válido argumentar si una ideología puede ser peligrosa, pero ello no nos exime del hecho de que sigamos una o algunas.

    Pero siempre, en cualquier sociedad se cumplirán dos cosas: 1) Siempre existirá un discurso hegemónico dominante y 2) Todo aquel individuo que es parte de sociedad alguna profesará una o más ideologías bajo las cuales regirá su vida y tratará de entender el mundo.

    Estamos condenados a seguir ideologías, y ciertamente ser muy inflexible no es buena idea, pero tampoco lo es tratar de despojarnos por completo de ellas ya que nos conducirá irremediablemente al nihilismo. Lo responsable, a mi parecer, es siempre mantener un mínimo de flexibilidad a la hora de defender la doctrina que seguimos. Las ideologías son muy útiles, pero el mundo es lo suficientemente complejo como para enmarcarlo en una sola ideología, por lo cual habrá un momento en que cualquier ideología tenga deficiencias a la hora de mostrarnos la realidad de forma fidedigna.

  • AMLO y el desengaño de las feministas, ecologistas y progresistas

    AMLO y el desengaño de las feministas, ecologistas y progresistas

    AMLO y el desengaño de las feministas, ecologistas y progresistas
    Foto de @soytaniagomez

    Muchos, desde hace tiempo, advertimos que López Obrador era una persona conservadora.

    Y ni siquiera es que AMLO los engañara siquiera. Simplemente fueron ellos quienes se hicieron ilusiones.

    Muchos advertimos sobre los elementos cuasirreligiosos de su movimiento, o sobre su alianza con el PES (que muchos desestimaron reduciéndolo a un mero movimiento pragmático), y luego vino la cercanía con los evangélicos.

    Y aún así, algunos progres creyeron que su gobierno iba a abanderar su causa, que AMLO se iba a comprometer con el tema de las mujeres, los LGBT o el ecologismo.

    Muchos progresistas desestimaron las señales, creyeron que el tener a Marcelo Ebrard y a Olga Sánchez Cordero era suficiente razón para estar tranquilos. Incluso algunos de los ahora intelectuales orgánicos (en el estricto sentido gramsciano) adoptaron el lenguaje progresista para comunicarse con aquellos sectores de jóvenes universitarios y clases medias.

    Pero ese compromiso sencillamente no ocurrió.

    ¿Ecologismo? Si con algo se ha comprometido López Obrador es con el carbón.

    Pero fue en esta semana que se dió, me parece, un quiebre contundente. No es que todos los progresistas coincidieran o simpatizaran con AMLO, hubo muchos que no lo hicieron, pero otra cantidad considerable sí lo hizo.

    ¿Por qué se dio el quiebre?

    La respuesta es sencilla, a raíz del feminicidio de Ingrid Escamilla, muchos esperaron de López Obrador una respuesta contundente. En vez de esto, recibieron de él un mensaje de displicencia, lo cual generó protestas por parte de algunas feministas que fuera de Palacio Nacional quemaron una réplica del boleto de la rifa del avión e hicieron pintas declarando que AMLO era parte del problema y no de la solución.

    López Obrador replicó con un decálogo que no satisfizo de ninguna forma a las feministas, sintieron como si AMLO estuviera desconectado del problema. De la misma forma, se vieron actividades muy sospechosas en Twitter donde bots impulsaron hashtags en contra de dichas feministas como para acallar las críticas, cosa que muchos adjudicaron al gobierno de AMLO. También hubo indignación por el uso de gas pimienta para repeler a aquellas feministas que se dirigían al Ángel de la Independencia y por la reacción de Claudia Sheinbaum cuando se le cuestionó sobre lo ocurrido.

    Eso que llaman izquierda no es una cosa, no es una entidad, es un significante para categorizar a un conglomerado de diversas corrientes políticas dentro del espectro público y que ha ido mutando con el tiempo. Antes de ese punto de quiebre de 1968, la relación, por lo general, de las izquierdas con la mujer o con algunas minorías sociales (digamos, los LGBT entre otros) no era tan diferente que el que tenía la derecha. El Ché es conocido por su homofobia, basta leer las cartas de Gramsci para darse cuenta que no era precisamente un campeón de la equidad de género, y ni digamos de la relación de los gobiernos socialistas de los tiempos de la guerra fría con la ecología.

    López Obrador no pertenece a esa izquierda «progre», aquella más propia de los activismos urbanos de países en su mayoría desarrollados que tienen como foco las minorías. La izquierda de López Obrador es una bastante distinta: la de él es una más clásica, nacionalista y heredera de la Revolución Mexicana que el PRI adoptó durante un buen tiempo, y tal vez un poco más cercana al socialismo del siglo pasado enfocado en el conflicto de clases. López Obrador tal vez se sienta más cómodo leyendo a Marx, a los Flores Magón o la biografía de Emiliano Zapata que leyendo los textos de Michel Foucault.

    Es cierto que en algún caso estas izquierdas se pueden traslapar. Dentro de las secciones más radicales del feminismo se pueden encontrar anarquistas que quieren tumbar el Estado o socialistas radicales. Pero, en términos generales, y sobre todo en América Latina, esas izquierdas suelen ir por separado. Ni Chávez, ni Nicolás Maduro, ni Evo Morales (su creencia de la relación entre el homosexualismo y el consumo del pollo es muy ilustrativo) fueron férreos defensores del ideario progresista. Incluso, en algunos casos, pueden llegar a ser más conservadores que la derecha.

    Por eso me sorprendió que algunos activistas de género, ecologistas y demás cayeran redonditos, incluso cuando las señales eran evidentes. López Obrador no pertenece a esa tradición, y si en MORENA hay algunos integrantes impulsando agendas progresistas, es básicamente porque MORENA es un partido atrápalotodo que puede incluir a gente de muchas corrientes políticas. En un estado pueden promover el matrimonio igualitario y en otro oponerse completamente a éste.

    Evidentemente, AMLO está perdiendo un sector que tal vez no sea muy grande en número, pero que es importante dada su proclividad a la participación política, el activismo y la protesta. Este desencanto no solo se da con los progresistas más radicales (como aquellas que hicieron pintas) sino con las corrientes más moderadas como parte de la intelectualidad universitaria y jóvenes con ideas progresistas. No es como que haya hecho muchísimos esfuerzos para ganárselos, pero tenerlos como opositores podría provocarle muchos problemas.

  • Todos somos iguales, pero los empresarios aliados al gobierno son más iguales que otros

    Todos somos iguales, pero los empresarios aliados al gobierno son más iguales que otros

    Todos somos iguales, pero los empresarios aliados al gobierno son más iguales que otros

    López Obrador no va a expropiar empresas, no va a instaurar el comunismo y difícilmente va a convertir a México en Venezuela.

    Lo que sí va hacer es reforzar y perpetuar aquel estado de cosas que crearon una clase empresarial rentista (eso que llaman crony capitalism), eso que López Obrador llama «el neoliberalismo».

    En su tesis, López Obrador ha puesto como punto de partida el año de 1982, ignorando rampantemente que fue en los años anteriores donde se crearon las condiciones para el surgimiento de una clase empresarial rentista y que ciertamente vio sus beneficios crecer ante la liberalización de la economía (una liberalización maltrecha).

    Lo que está haciendo López Obrador es replicar esa etapa que ignora en su tesis. No solo vemos una separación del poder político y el económico como tanto lo prometió, sino lo opuesto.

    López Obrador, de alguna forma, está sometiendo al empresariado como lo hacían los gobiernos del PRI. No es un sometimiento que busque exprimirlos o destruirlos, sino uno que de alguna manera les pide lealtad para que no se vuelvan un problema para él. La relación entre la 4T y el empresariado es cupular, como en los viejos tiempos.

    Mucho dice algo tan simple como ese empeño de solicitar a los empresarios que «compren su cachito». En ese atrevimiento hay un doble discurso inherente, porque si la rifa busca apelar al pueblo y a sus bases, el hecho de que solicite comprar al empresario cachitos por millones de pesos hace que sea mucho más probable que un empresario se «gane el avión» que una gente de a pie. La retórica apela al pueblo, la realidad exhibe los privilegios del empresario.

    En esa sugerencia hay una suerte de sometimiento al empresario, pero no solo se le somete con «palo» sino con «pan». Si el empresario se somete puede adquirir privilegios, como contratos sin licitación, y los empresarios le siguen el juego porque bien les conviene. En lugar de innovar o pensar en como ser más competitivos, los empresarios van a Palacio Nacional, porque un jugoso contrato o un trato preferencial les puede traer muchos más beneficios que invertir en I+D.

    Ahí están los rentistas más ricos de México, los grandes potentados comprando sus cachitos: los Slim, los Azcárraga. los Salinas Pliego, el Consejo Coordinador Empresarial que se pone de tapete frente al gobierno en turno para ver qué saca. Hablar de «cachitos de millones de pesos» le podrá sonar al individuo común a una cantidad enorme de dinero, pero para el empresario rentista es un monto casi simbólico, casi como si una persona de a pie donara veinte pesos.

    Como bien decía George Orwell, «todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros». Esa clase empresarial sometida-beneficiada es parte de los «más iguales», mientras que aquellos empresarios que se mantienen ajenos al gobierno y no tienen privilegios terminan volviéndose parte de los otros.

  • El bizne llamado Hollywood

    El bizne llamado Hollywood

    Las premiaciones (el Oscar en este caso) siempre serán, en teoría, una decisión subjetiva; una decisión que parte de la construcción subjetiva de la realidad por parte de los jueces. No se utilizan números o metodologías, sino apreciaciones que son inherentemente subjetivas. Así, si los Oscar premian a la mejor película a tal o cual obra, ello no debe implicar que sea la mejor para mí ni para ti, y tal vez ni para la opinión pública, sino para los Oscar (los que es lo mismo, para los jueces). Pero posiblemente no sea la única motivación.

    El cine es, casi por consecuencia, liberal. Los perfiles psicológicos de la mayoría de los actores o directores de cine: «expresivos, creativos, caóticos, abiertos al cambio» empatan más con los valores progresistas que con los conservadores. Siempre los conservadores (tipo Clint Eastwood o Mel Gibson) serán minoría.

    Ahora, eso no implica que Hollywood adopte la agenda progre de multiculturalidad y equidad de género (hay un Harvey Weinstein que todo lo ve) solo por mera convicción, sino porque también ahí hay un negocio muy rentable.

    Primero, porque es rentable a futuro apostar a la diversidad a pesar de las reacciones nacionalistas ¿por qué? Porque al vivir en un mundo culturalmente más diverso (no solo por la diversidad de las grandes ciudades, sino porque gracias al desarrollo de las tecnologías de la información tenemos cada vez más contacto con gente de otras razas y culturas) Hollywood podrá aspirar a posicionarse como pionero y no solo eso, sino que podrá a los nuevos mercados que se están creando como consecuencia de los cambios sociales.

    Es la misma razón por la cual la mayoría de las empresas adoptan en junio la bandera LGBT, porque en tanto que las personas con otra orientación o identidad sexual están siendo asimiladas y aceptadas por la sociedad, se están creando nuevos mercados y porque ello les da una imagen de frescura, sobre todo hacia los consumidores más jóvenes, que son más liberales que los grandes y, por tanto, los más rentables. (Más vale conquistar a los jóvenes que preocuparse por el shock de la señora copetuda de Providencia).

    Hollywood también aspira a volverse más global y no solo un producto meramente estadounidense. ¿Por qué antes la gran mayoría de los directores que ganaban eran estadounidenses mientras que en esta década solo ganó uno (sin demeritar el trabajo de los ganadores)? ¡Adivinaste! ¡Hollywood goes global!. ¿Por qué Parasite ganó el Oscar (con todo y que creo que sí lo merecía)? Simple, van en busca de nuevos mercados, sobre todo aquellos mercados asiáticos que, por su desarrollo económico, está creando nuevos mercados potenciales.

    Y tal vez ello explique por qué para algunas personas su agenda se note algo forzada, porque más que un mero activismo político, Hollywood es un negocio, y como es un negocio, están enfocando sus esfuerzos en ello.

    Y recuerden, siempre hay un Harvey Weinstein.